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El poder del reparo

Carlos Navarro Antolín | 17 de septiembre de 2017 a las 5:00

José Miguel Braojos

SEVILLA es una ciudad en la que el temor es sinónimo de respeto. En la ciudad de las fotos de grupo con los brazos extendidos sobre los hombros ajenos, las escenas de besos entre sudorosos costaleros, los continuos manoseos de la palabra hermano en referencia al que se conoce desde hace un cuarto de hora, la adulteración del concepto de amistad y otras prácticas similares que embadurnan las relaciones sociales, lo mejor, lo más conveniente y lo más saludable es inspirar cierto temor, porque la masa hispalense tiene un poderoso agujero negro que tiende a absorber a todo bicho viviente. Y en esta ciudad los bichos montan una cofradía en dos minutos y hasta trincan subvención por recorrer la carrera oficial de la ojana en el sentido que ustedes quieran, que eso es lo de menos. La distancia, como aconseja la Dirección General de Tráfico que dirige Gregorio Serrano, es la seguridad, saber mantenerla en una ciudad que pisa continuamente la raya de picadores subida a lomos del jaco del desahogo, el tuteo y su mejor rima asonante: el compadreo. En Sevilla, pese a todo, pululan personas serias por la calle. No es casualidad que muchos de estos vecinos no hayan nacido aquí, sino que procedan de pueblos castellanos y que, poco a poco, se hayan hecho, en silencio y con discreción, con el manejo de las claves de una ciudad tan sencilla y tan compleja al mismo tiempo.

José Miguel Braojos (Gálvez, Toledo, 1952) es el interventor general del Ayuntamiento. Es un alto funcionario al que no le gusta el adjetivo por delante de su condición laboral, sino simplemente que le digan funcionario, a secas. Y si la referencia es a la Intervención General, sin alusiones personales, mucho mejor. Tiene estética de respetable árbitro de primera división, de los años de García de Loza y Guruceta Muro, y, por eso, sabe que lo mejor para su puesto es pasar absolutamente desapercibido, aunque en ocasiones eso sea poco menos que un metafísico imposible.

Este interventor es el garante de la legalidad para algunos y el malo de la película para otros, según el espejo con el que se mire en la ciudad que se pirra por los espejitos, los reflejos, las miradas indirectas y el parecer lo que no se es, o tratar de no ser el que se parece. Los políticos pasan, Braojos permanece. Es como los canónigos, que siguen cuando se va el cardenal. Braojos tiene plaza fija en la curia municipal, a la que llegó procedente de la Cádiz de Téofila.

El político decide en qué se gasta el dinero, el interventor dicta cómo se gasta. El presupuesto que se aprueba cada año es su biblia particular, el carril al que se debe disciplina, la hoja de ruta obligada. La legislación de las entidades locales, el marco. Y el ministro Montoro es su pesadilla, el que ha mandado a los interventores a ejercer de soplones ante el Tribunal de Cuentas si un alcalde usa su potestad para levantar uno de sus reparos suspensivos. El reparo suspensivo es la bicha para los alcaldes, el coco más temido. El reparo suspensivo es el botón rojo que el interventor Braojos puede apretar en caso de alarma para frenar un dislate. De formación humanista, nadie podrá dudar de que intenta buscar soluciones a los problemas que sobre gastos e ingresos son planteados cada día en su despacho por concejales, asesores, directores de distrito y esa larga letanía de cargos municipales que viajan en carrozas con caducidad de cuatro años y desde las que lanzan golosinas con cargo al presupuesto municipal.

A Braojos intentan todos los días meterle goles para que firme gastos imposibles, desvíos de partidas más que sospechosos y contabilidades opacas. Su despacho es una suerte de fortaleza en la calle Fabiola, al que los concejales acuden con cara de póker como los toreros cuando entran en la plaza por el callejón de Iris. Para los ediles del gobierno es una práctica habitual ir a negociar a su despacho, explicar o proponerle asuntos para que se tramiten con fluidez. Muchas veces desespera a propios y extraños con enfoques percibidos como rocosos, aunque la palma hoy se la lleva el viceinterventor, conocido como el viceinterruptor por varios ediles, capaz de echar para atrás un expediente por no ajustar el precio de mercado de las arandelas que se pretende adquirir (0,35 euros de media) en el pliego de licitación.

Braojos es un profesional querido por sus colaboradores. Y no será, precisamente, porque frecuente con ellos los bares del entorno los mediodías de los viernes. Persona austera en el mejor sentido, difícilmente lo verán en uno de los cientos de saraos a los que es invitado por su condición y responsabilidad. Para encontrarse con el temido Braojos en un acto social del Ayuntamiento tiene que ser, por lo menos, porque el Rey o el presidente del Gobierno presidan la convocatoria en el Real Alcázar.

La oposición usa los informes del interventor para erosionar al gobierno. El gobierno trata de hacerle la rosca al interventor. Un día de hace ya mucho años cometió el pecado de asistir de buena fe a un almuerzo ofrecido por un alto cargo que deseaba limar asperezas con algunos funcionarios. La factura bailó por las redacciones de los periódicos porque fue remitida al Ayuntamiento para ser abonada con fondos públicos, cuando los asistentes a la comida habían dado por hecho que se trataba de una invitación personal. Una y no más, se dijo desde aquellos hechos.
Antes de ganar las oposiciones a interventor ejerció de gerente en una empresa de productos cárnicos. Se dice que desde entonces no prueba una salchicha. ¡Qué no habrán visto sus ojos! Y aconseja a sus amigos que no lo hagan.

La vida es Cádiz. Es perderse por cualquier mercado de abastos y examinar los precios de las viandas. La vida es una visión economicista por deformación profesional. Es ser un paciente testigo de las reivindicaciones de colectivos profesionales ante una clase política acomplejada y lastrada por el buenismo. Es cultivar un saludable espíritu crítico con los hechos que marcan la actualidad, es revelarse ante prácticas abusivas de los políticos para contentar a sus administrados (¿La banda municipal puede ser calificada como “servicio esencial” del Ayuntamiento?), por ese cortoplacismo que hace imposible la seriedad y el rigor al afrontar proyectos que necesariamente requieren de gestión y tiempo. La vida es ser del Atlético de Madrid, pero con carnet del Sevilla Fútbol Club para disfrutar del espectáculo que le apasiona: el fútbol. Su parecido con Vicente del Bosque le ha generado anécdotas simpáticas, como la del niño que hace varios años estaba convencido de haberse encontrado en la calle con el mismísimo seleccionador de fútbol y al que costaba trabajo dejarle sin la ilusión de creer que tenía delante a “don Vicente”. La vida es caminar por el centro con el secretario, Luis Enrique Flores, camino de algún consejo directivo de las empresas u organismos municipales. Flores y Braojos, Braojos y Flores. Forman parte de los dúos más conocidos de la ciudad: el cardenal y Pablo, Zoido y Serrano, Monteseirín y Marchena, Salazar y Bajuelo, Victorio y Lucchino, Carlos Herrera y Manolo Marvizón, Manolo Sainz y Pedro Lissén.

Ni se acude a comidas con políticos, ni se prueban las salchichas. Mejor la distancia, la seguridad, ser un poco temido. Es el problema de saber demasiado. Que conoce cómo se elaboran las salchichas… de una política demasiadas veces salchichera. Y ante las salchichas sólo caben los reparos. Suspensivos. Como los puntos…

El músculo de la memoria

Carlos Navarro Antolín | 10 de septiembre de 2017 a las 5:00

LUCIANO ROSCH

CUÁNTOS sevillanos quedan que hayan conocido la Plaza Nueva sin pavimentar y con farolas de gas, las corridas de toros en la Real Maestranza con caballos sin petos, la España del general Primo de Rivera, la Sevilla de Queipo de Llano, Franco pronunciando un discurso desde la balconada del Palacio de Yanduri… Luciano Rosch Nadal (Sevilla, 1925) es todo un desafío a esas pirámides de población que se quedan casi a cero cuando cifran los habitantes mayores de 90 años. Gracias a este incombustible de la vida siempre hay color –aunque sea una mínima rendija– en esa franja reservada a los nonagenarios de un municipio. Ha pasado de las tabernas con serrín de la Sevilla de su infancia a los restaurantes de varias estrellas en las guías más reputadas. Todos sus recuerdos son de una sociedad que ya no existe. O que existe en una memoria, la suya, limpia de resentimientos, teñida del color azul de la infancia y marcada por las curvas pronunciadas de una trayectoria no siempre fácil, pero sí siempre intensa. A sus 92 años se le puede ver ejerciendo de procurador en Madrid, toga y corbatas negras, o sentado en el restaurante A Poniente del Puerto de Santa María, camisola de hilo, pantalón de pinza, náuticos de ante y su inseparable reloj Rado.

Con cuatro años estuvo en la Plaza de España de la mano de su padre, constructor de profesión, para asistir nada menos que a la inauguración de la Exposición Iberoamericana de 1929, un acto presidido por el general Primo de Rivera, presidente del directorio civil que gobernaba la nación bajo el reinado de Alfonso XIII. La memoria es un músculo que esta vaca sagrada de la procuraduría ha ejercido a diario.

En su infancia vivió en un chalé de Nervión que su familia vendió a Manuel Jiménez Moreno Chicuelo en los años previos a la Guerra Civil. No era un barrio seguro para un empresario. Los asesinatos de algunos compañeros de su padre obligaron a la búsqueda de un lugar con menos riesgos. De Nervión pasó a Almirante Ulloa y, en una tercera etapa, al bloque de pisos grandes del número 11 de la entonces emergente Avenida de República Argentina, donde en la acera de los soportales se conservan –perfectamente apreciables– las iniciales LR en el pavimento de chinos. Es la firma de su padre, Luciano Rosch Ibáñez, constructor del edificio, de la Plaza Nueva y de tantas y tantas reurbanizaciones de una ciudad que levantaba el vuelo tras los terribles años cuarenta y encaraba el desarrollismo de los sesenta.

A Manuel Clavero, que sigue siendo uno de sus íntimos amigos, debe su licenciatura en Derecho en la Universidad de la calle Laraña, donde empezó Filosofía y Letras, pero tras dos años cambió la vocación por influencia del catedrático y ex ministro. Con Clavero sigue hoy hablando por teléfono. Corrían los años cuarenta cuando su padre le preguntó al niño Luciano con qué podía decorar el pavimento de la Plaza Nueva: “Con el escudo del Betis”. Y ahí sigue la heráldica de las trece barras a los pies de San Fernando, como también está el dibujo empedrado de un casco de soldado alemán en recuerdo del origen germánico del apellido Rosch.

Nazareno de la Buena Muerte con farol de cruz de guía en los tiempos de la Anunciación. Nunca dice Los Estudiantes, es de los que emplea una suerte de hermosa metonimia: “Soy de la Buena Muerte”. La parte por el todo. Su inscripción de hermano data del 7 de febrero de 1945, el día que pagó dos pesetas como cuota de entrada. Forma parte de la cofradía apócrifa de los sevillanos sin carnet de conducir. Nunca le hizo falta. Estuvo casado más de cuarenta años con una leonesa, una corredora de rallies que en alguna ocasión lo llevó a 180 kilómetros por hora por las carreteras españolas.

Pasó muchos veranos en la paradisiaca Matalascañas de finales de los años 70 y parte de los 80, hospedado en el hotel Tierra-Mar, cuando el turismo alemán de calidad ocupaba los escasos y buenos hoteles de ese tramo de la Costa de la Luz, antes de la invasión del ceceo y el tuteo de las provincias de Sevilla y Huelva. Aquellos años se encontraba uno en la librería Cernuda a escritores comoAntonio Burgos, catedráticos como Antonio Garnica, periodistas como Nicolás Salas o Antonio Colón, la vaticanista Paloma Gómez Borrero, el entrenador Helenio Herrera, Juanita Reina y hasta al cardenal Bueno Monreal. Con los años y la decadencia llegó todo eso que la chancla simboliza a la perfección. Luciano Rosch conoció una playa sin paseo marítimo urbanizado, pero acogedora y con una oferta hostelera de mantel gordo y sin fritangas, una playa donde una vez sufrió la picadura de una víbora, metáfora del final de los años buenos. Vivió en directo episodios de contaminación del mar, motivo definitivo para dejar la playa por excelencia del Coto y buscar un nuevo refugio estival en Vistahermosa (Cádiz).

De estatura alta, muy alta en comparación con la media de su generación, cuentan que fue un metrosexual cuando los hombres en España no contemplaban ni la posibilidad de usar cosméticos. Ni por supuesto se usaba el vocablo metrosexual. A los 28 años dejó Sevilla, donde había hecho amistad con la duquesa de Alba, que era de su quinta. En su nueva etapa trató a personajes como Sinatra, Dalí, Onassis o Manolo Santana. Llegó a vender un Sorolla. Jamás revela quién fue el comprador. Viajó por Nueva York, Londres, París y parte de Sudáfrica. Siempre ha sido un animal social que se ha cuidado como un dandi y que ha tomado las medicinas justas Ha practicado yoga hasta hace pocos años y el tenis hasta los 87. Le horroriza que le llamen abuelo o bisabuelo. Mejor simplemente “Luciano”. Acostumbró a su hija Patricia a visitar el Tribunal Supremo los fines de semana desde que era muy pequeña.

Asistió a la inauguración de la Expo del 29 y vivió intensamente la del 92, donde se abonó al restaurante del pabellón de Turquía. Como procurador tuvo que intervenir en Madrid en el proceso de liquidación de la sociedad estatal Expo 92. Y ha trabajado para despachos de Sevilla como el de su querido Manuel Olivencia o el de Montero y Aramaburu.

Los juristas dicen que este procurador fue pionero en practicar el denominado turismo de notarías. ¿No existe un turismo de congresos o un turismo sanitario? Pues don Luciano inventó el turismo de notarías, consistente en hacer la ruta de los despachos de los fedatarios de toda España para pedir que en el otorgamiento de poderes para pleitos se le designara como procurador en Madrid. Si el caso llegaba al Supremo, don Luciano ya estaba nombrado como procurador y se llevaba el gato al agua. Y los clientes, encantados de ahorrarse un trámite.

La juventud son recuerdos de la milicia universitaria en Ronda. La vida cotidiana es una liturgia donde ciertos hábitos tienen su justificación. La sabiduría marca que la cerveza hidrata, el oporto tiene poca graduación, el tinto es cultura de los romanos y el whisky es un vasodilatador. A don Luciano lo siguen viendo almorzar y cenar con generosidad, tomar en ocasiones hasta dos postres distintos y encenderse por la noche un habano regado con dos dedos de escocés con hielo. La vida son también recuerdos de salidas nocturnas con esmoquin blanco. Son sufrimientos como presidente de la comunidad de vecinos en Madrid. Y almuerzos en el hotel Los Jándalos de Vistahermosa, donde el metre Javier Domínguez sabe que el aperitivo de este Petronio del siglo XXI siempre incluye una cerveza cortita. La vida es una enseñanza continua: “Hay que tener baraka y tratar siempre por igual al príncipe que al camarero”. La vida es recordar una Sevilla que acaso sólo está ya en algunos libros, el azulejo de la Encarnación donde el Cristo de la Buena Muerte de su juventud recibe oraciones a deshoras y los meandros de una dilatada existencia mientras el humo de un veguero dibuja espirales en el aire y los minutos pasan. Todo pasa, Luciano se queda. Alguien tiene que vigilar que siga viva la llama de la memoria.

Tengo un argumento para usted

Carlos Navarro Antolín | 2 de julio de 2017 a las 5:00

Juan Carlos Blanco

EL catedrático fue enérgico aquel día. En respuesta al uso creciente de las nuevas tecnologías y de dispositivos aplicados a la docencia, que pocos años antes hubieran sido tomados como una muestra de locura, el viejo profesor zanjó cualquier debate con una sentencia rotunda: “Los buenos alumnos se defienden escribiendo mucho en el examen, con mucha tinta, como los calamares”. Ni pruebas tipo test, ni prácticas para sustituir los ejercicios de razonamiento por escrito. Se trataba de escribir, exponer, argumentar, relacionar hechos, demostrar que se controlaba la doctrina de varios autores y la del propio catedrático. Inventos, los precisos. Con los políticos ocurre algo muy parecido. Tienen que demostrar locuacidad, capacidad de razonamiento, sagacidad verbal, dominio de los asuntos que son de su competencia y hasta de los que escapan a su jurisdicción. Si se adolece de falta de argumentario, hay que saber adquirirlo fuera. Si no se tiene capacidad para explicar lo sabido y convencer, hay que externalizar los servicios.

Juan Carlos Blanco de la Cruz (Ginebra, Suiza, 1967) siempre tiene un argumento para usted. Es el calamar de la oratoria. Mucha tinta, mucha labia, mucha voz. Escribe textos que se leen cuesta abajo. Y elabora argumentarios que son platos combinados de actualidad pasada por la parrilla de San Telmo con guarnición variada de pedagogía y didactismo, con la sal del optimismo vitalista y la pimienta de eso que se llama comunicación política o comunicación institucional, según convenga.

La vida lo llevó por la radio y la prensa escrita mucho antes de ser lo que es hoy: el portavoz del gobierno andaluz en un período delicado para su presidenta. La verdad es que Blanco nunca hablaría de coyuntura delicada. Calificaría de reto cualquier momento difícil y vería una oportunidad en todo período de crisis. Susana Díaz ha tenido que replegar sus tropas y retirarse a Andalucía tras el frustrado asalto a Ferraz. No hay problema, este Juan Carlos Blanco verá la parte positiva: la dirigente andaluza se humaniza al perder, genera afectos en una sociedad que empatiza con los derrotados, y amabiliza su figura tantas veces presentada con perfiles duros. ¿Se dan cuenta? El argumentario está hecho, sólo hay que exponerlo. Sólo hay que hacer el calamar. Mucha tinta, mucha labia. Es fácil: la derrota no hunde a nadie, suaviza las aristas.

Este licenciado en Derecho es un gran conversador tanto como un gran conservador. Se ha pasado su vida a la búsqueda del centro político. Lo suyo siempre fue lamentar no haber vivido en directo los tiempos de la UCD y añorar el CDS como la opción de centro que necesitaba una nación como España, tan aficionada a los pendulazos. Criado en el barrio de Los Remedios, socio del Mercantil, cada año más aficionado a la Semana Santa, algunas veces se le ha visto en los tendidos de sombra de la plaza de toros. Su interior está sociológicamente decorado con los hábitos de la derecha. Su fachada exterior está pintada ahora con los colores del PSOE. La misma semana recibió las ofertas de trabajo del equipo de Susana Díaz y del de Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz. Al final pudo más en su conciencia la adscripción al partido que tradicionalmente hace de las políticas sociales su estandarte.

No milita, pero se compromete. Navega entre la comunicación y el periodismo. Dice que no tiene enemigos. De acuerdo, pero sí tiene una legión de envidiosos a la que ahora se suma el ejército de pelotas que lampan por estar próximos al poder establecido. Los envidiosos son potenciales enemigos a los que conviene alimentar cada mañana como a los canarios, a los que hay que poner su poquito de agua, su puñadito de alpiste y su ramita de perejil para que sigan felices en la jaula de la mediocridad. Ocurre que este periodista metido a portavoz nunca reconoce la existencia de enemigos, se autoaplica una suerte de terapia por la que prefiere pensar que todo el mundo es bueno. En el fondo sabe y tiene muy claro que no es así. Como dice el doctor Rodríguez Sacristán, la maldad humana existe. Pero Blanco se hace el sueco. Y silba. Los malajes hispalenses le provocan cierto rechazo, aunque procura disimularlo, tanto como los opinadores contundentes que no dan lugar a debate, que no le dejan libre una rendija donde colar alguno de sus argumentos. En esos momentos tira de paciencia. Porque este vecino del centro es más paciente que un usuario del C-2.

Sonó con fuerza para dirigir la RTVA, donde llegó a trabajar en sus inicios y donde después se perdieron contar con su colaboración como contertulio. Alguna quizás se arrepiente hoy de no haberle dado el sitio. Tiene pendiente un curso sobre cómo hacerse el nudo de corbata. Es de los que un día se declararon abstemios para siempre después de haber vivido sus buenas ferias. Si se tiene en cuenta su alergia al pelo de caballo y su aversión al alcohol, dicen que pasar un día de Feria con Blanco es todo un ejemplo de equilibrio emocional. Es un gran cliente de Emasesa y de las botellitas de agua mineral, de las que bebe poquito a poco, como recomiendan los médicos para estar bien hidratado.

En los años noventa se decía que Juan Carlos Blanco era el doble del juez Garzón, antes de que al magistrado le dieran varios golpes de bimba y se le avinagrara el carácter, claro está. Este portavoz del gobierno tiene un perfil poco conocido de humorista. Tiene una innegable habilidad para imitar a personajes públicos, una faceta donde demuestra su capacidad para fijarse y reproducir tonos de voces y ademanes.

La vida son recuerdos de un joven especialmente travieso, calificado de verdadero trasto y alma inquieta. Muy inquieta. De aquella frenética actividad adolescente ha quedado quizás un viajero hiperactivo que prefiere conocerse todos los pueblos de una comarca antes que apostar por una estancia tranquila y permanente en sólo uno. Siempre en movimiento, siempre programando, siempre alerta. Devorador de libros y de periódicos en formato digital. La vida es el dedo índice ajustando el puente de las gafas, una mesa de pocos papeles, pero con cierto desorden; un andar con cierta dejadez en brazos y piernas, una actitud entusiasta por los asuntos sustanciales de la vida y un uso continuo de las redes sociales. La vida es pasar de la Suiza natal al País Vasco, después a Tánger y finalmente a Andalucía. La vida es licenciarse en Derecho por amor a su madre. La vida es perder la templanza y toda muestra de equilibrio cuando al Real Madrid le meten un gol. En esos casos experimenta un proceso de transformación radical donde la búsqueda del centro político se torna en una quimera. Parece poseído por el diablo durante unos instantes. La vida es recibir en la redacción del periódico a principios de los años noventa una llamada telefónica con un inicio muy singular: “¿Juan Carlos? ¿Eres tú, canijo? ¡Soy Susana, la concejal!”. Y, en efecto, era la muy trianera edil de Juventud, que promovía un botellódromo en la Cartuja por aquellos tiempos en los que San Telmo quedaba lejos, muy lejos.

El lenguaje sencillo para hablar y para escribir. El calamar siempre en guardia. El argumentario preparado. La prudencia en público, la acidez en privado. El empleo de los términos exactos para calificar unos hechos. El dardo en la palabra. Un seguidor de Lázaro Carreter en el viejo San Telmo. Uno de sus temas favoritos son los nuevos modelos de negocio en la información. Cuánto durarán los periódicos, hacia dónde irá internet, cómo evolucionarán los hábitos sociales de consumo de la información. Juan Carlos Blanco tiene un argumento para usted sobre cada uno de estos enigmas de futuro. Si le pregunta sobre estos temas, agárrese porque vienen curvas. Por el momento mantiene intacta la salud mental y no se ha contagiado en sus intervenciones y escritos del todos y todas, los andaluces y las andaluzas, las arrobas y otras gaitas del escaparatismo verbal de la ideología de género imperante.

En el vestir es como un árbol de Navidad: se cuelga lo que ponen. Estilo ortodoxo: de sota, caballo y rey. Pantalón chino, camisas formales y chalecos de cuello de pico. También es aficionado a los náuticos de suela gorda. Cualquier día, al llegar a la Puerta de Jerez, se mete en la sede regional del PP en vez de seguir hacia San Telmo y el conserje de la calle San Fernando le da los buenos días con toda naturalidad. Es capaz de llevar la comunicación institucional de un mastodonte como la Junta de Andalucía, pero incapaz de controlar su propia cuenta del banco. En asuntos domésticos recibe un cero patatero. Nadie podrá dudar de su honradez. De algún mullido sillón se ha marchado con premura antes de estampar una firma que le hubiera conducido al corredor de los imputados. Ha preferido perder ciertos abrigos antes que correr riesgos seguros. Para abrigarse ya tiene chaquetas de pana fina y camisas azules de tonalidad ‘congresista del PP’.

Vive enganchado a las redes. Se sienta en el consejo de gobierno de la Junta. Con voz pero, por fortuna, sin voto. El cardenal Amigo, hijo predilecto de Andalucía, siempre dice que si se le rasca la sotana púrpura aparece el hábito franciscano de cardenal. A Juan Carlos Blanco se le rasca el traje de portavoz y aparece el bañador de veraneante de La Antilla dispuesto a debatir con usted sobre el futuro del mundo de la comunicación. A poner en sus manos un enjambre de estudios, opiniones, análisis y discursos sobre el tema. Piquito de oro, analista consumado, calamar que derrocha tinta.

La cátedra de la calle

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2017 a las 5:00

Manuel Pérez Carrera

EL teléfono sonó en la vivienda de la calle Clara de Jesús Montero. “Buenas tardes, ¿don Manuel Pérez Carrera, por favor?”. Al otro lado, una voz un tanto brusca y muy directa, segó cualquier atmósfera de amabilidad: “¡Aquí no vive nadie con ese nombre!”. Sorprendido, quien hacía la llamada reaccionó: “¿Pero no vive ahí El Triana?”. “Ahora sí, El Triana sí, ahora lo aviso”. Manuel Pérez Carrera (Sevilla, 1941) lleva por apodo el nombre del barrio de sus amores, donde nació en un corral que la piqueta derribó en la década de los sesenta. Su vida es la calle, ejemplo de persona hecha a sí misma. Superviviente, especialista en las cuestas arriba, sableador con arte, escrutador preciso que diferencia quién es auténtico por sus orígenes y quién es un nuevo rico. Comenzó como ditero dedicado a la venta de joyas por cuenta ajena. Cuando se hartó de ir cobrando a las clientas del barrio, recurrió nada menos que a su amigo Francisco Rivera Paquirri para lograr un empleo estable. El matador de toros movió los hilos para buscarle trabajo en la banca. Antes debía examinarse en Madrid. Paquirri sólo le exigió un requisito: “Triana, preséntate al examen, pero tú no escribas nada, ¿eh? Ni una línea, que ya me encargo yo del resto”. Y El Triana obtuvo, cómo no, plaza de ordenanza en la sucursal de la Avenida de República Argentina del entonces denominado Banco de Financiación Industrial (Indubán). Con el tiempo pasó a cajero en una oficina de Sevilla Este, donde este trianero no cuadró las cuentas ni un solo día. El director de la sucursal bancaria compareció a pedirle explicaciones y El Triana sólo sabía repetir:

–¡Yo no me he llevado nada, yo no me he quedado un duro!

En la reestructuración bancaria le llegó su hora como a tantos empleados, el jefe de personal habló con El Triana, quien le respondió con firmeza: “Hable usted con mis asesores”. El responsable de Recursos Humanos, venido expresamente de Madrid, se citó, efectivamente, con los asesores de El Triana en el bar Nuria, junto a la estación de Cádiz. Su sorpresa fue cuando aparecieron como representantes del trabajador nada menos que Fernando Yélamo, considerado uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, el senador y abogado Juan Moya y el presidente de Persán, José Moya. El representante de Indubán, tan agobiado como sorprendido, tuvo que plegarse en un momento de la reunión y preguntar: “Díganme, señores, qué quiere su cliente”. Y le respondieron: “Un taxi o una paguita”. Y El Triana consiguió una indemnización fraccionada en una cantidad importante de años. El Triana siempre ha pregonado que son mejores pocos garbanzos mes a mes durante muchos años que una morterá gorda de una sola tacada: “Las morterás te las gastas en un día”.

Siempre ha sido habilidoso para elegir amistades con influencia y que lo han tratado con el máximo cariño. Ha controlado el quién es quién de cada sitio que le ha interesado. Cuando identifica a una institución con una persona, no hay quien lo mueva de su criterio por mucho que se produzcan cambios en el organigrama. Persán es Concha Yoldi. La Cruzcampo es Enrique Osborne. El notariado es Antonio Ojeda. La Hermandad de Los Estudiantes era su amigo Juan Moya. Su ilusión en la práctica no es otra que, por ejemplo, repartir bolígrafos de la Cruzcampo, abanicos de Puntomatic de Persán o cualquier otra baratija que le permita cultivar su sentido de la generosidad. Sin complejos para pedir, nunca ha aspirado a trincar nada, sino a sacar adelante a su familia con mucho mérito y dignidad, o a comer marisco en buena compañía. Hubo un día de camino en el Rocío que le tocó una reunión donde el anfitrión presumía una y otra vez de selecta latería. El Triana, que echaba de menos las gambas y las cigalas de las reuniones de otros años, soltó una de sus sentencias tras comprobar que allí sólo se tiraba y tiraba de anillas de una célebre marca conservera: “Menos Cuca y más patitas”.

Al Pregón de Semana Santa se ha colado más de un Domingo de Pasión con la entrada del año anterior. Juan Moya le consiguió una entrada para la final de la Copa de Europa de 1986 en el Sánchez Pizjuán. Cuando se percató de la cantidad de catalanes que habían venido a Sevilla sin entrada, El Triana no lo dudó: vendió la entrada y se coló en el estadio gracias a la amistad labrada repentinamente con un jefazo de los entonces GEO. Se ganó su confianza porque le fue narrando con precisión quién era quién de los altos cargos que accedían al palco. “Mira, el alcalde”. “El que llega ahora es el presidente de la Diputación”. “Éste es de la Junta de Andalucía”. Tras entrar el último invitado VIP, El Triana le dijo a aquel señor corpulento: “Grande, ahora vámonos para dentro tú y yo, ¿no?”. Y presenció el partido en lugar preferente con derecho a piscolabis en el descanso.

La vida son recuerdos de las decenas de reuniones en las que El Triana ha recitado de memoria la misa en latín, fruto de los pontificales a los que ha asistido desde niño. Pocas, muy pocas veces se ha vestido de nazareno. Siempre le ha tocado ir de faena en la cofradía, recogiendo varas, cirios rotos o cumpliendo cualquier otra función de paisano. La vida es su mujer, La Chata. Son recuerdos de aquella noche en que se pasó tres horas junto a célebres cofrades para estudiar cuántos centímetros había que retrasar el caballo del misterio del Señor de las Tres Caídas. O del servicio militar, cuando se inventó una dolencia para escaparse y estar en Sevilla la Madrugada del Viernes Santo. La coronación de la Macarena, por cierto, la vio por televisión en el cuartel, oyó un comentario despectivo hacia la Virgen de la Esperanza y le pegó una atragantá al individuo irreverente. Aquella reacción le costó un arresto. La vida son recuerdos de los meses en los que su amigo Juan Moya Sanabria redactaba el pregón de Semana Santa en su casa de la calle Castelar. El Triana lo acompañaba muchas noches en silencio, le llevaba y le traía la cena en una bandeja o le resolvía alguna duda: “¿Qué digo del Cristo de Burgos, Triana”? “Pues… Burgos 1, Betis 2”. Las Madrugadas son recuerdos de adelantarse a ver la entrada de la Macarena en la Campana donde el entonces hermano mayor, Joaquín Sainz de la Maza, tenía un gesto de complicidad con este hombre bueno del arrabal. Sainz de la Maza le dio siempre “calor”, como el mismo Triana ha explicado alguna vez. Y son también recuerdos de la entrevista radiofónica que le hizo Carlos Herrera para toda España en plena Campana en 2003, cuando sólo salió su cofradía de la Esperanza de Triana.

El Triana es la alegría en persona pese a que la vida lo ha sometido a curvas pronunciadas desde bien pequeño. Listo en el diagnóstico certero de la gente como sólo sabe el que es titular de la cátedra de la calle. Audaz para saltarse controles convencionales sin hacer ruido. Humilde para pedir la caña de pescar y rechazar el pescado y, siempre, con memoria para agradecer. Ha conocido a todos los conductores de los coches oficiales y a todos los camareros de los actos sociales importantes. Su vida es la Esperanza de Triana, su hermandad, donde se ha llevado disgustos importantes en alguna ocasión, que ya se sabe que donde hay fuertes afectos existe siempre riesgo de intensos conflictos. Vive las tardes de Martes Santo en la casa de hermandad de Los Estudiantes, metido en tareas de intendencia: los bocadillos de los costaleros, las meriendas de los monaguillos, la vigilancia de la puerta de la priostía para que nadie pase a donde no debe, etcétera.

Si el señorío de una reunión se mide por los cubiertos que faltan después del encuentro, de este veterano del arrabal hay que decir que, al final, nunca se quedaba con ningún bolígrafo de la Cruzcampo ni con ningún abanico de Puntomatic. Pedía para dar a los demás. Como no se quedó con una peseta en aquella caja del banco. Por eso siempre ha tenido quien lo proteja y ha sabido salir con dignidad de un sitio cuando no ha sido bien tratado, cerrando la puerta sin hacer ruido. Manuel Pérez Carrera es el trianero que no se contuvo cuando se metieron con la Virgen de la Esperanza Macarena en la gloriosa coronación del 64. En todo lo demás se ha contenido, como le enseñó Paquirri. Hay que ir al examen, pero no escribir. El resto lo hacen los asesores.

El ojo del amo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

JUAN ROBLES

UN joven de 16 años de la década de los cincuenta no era un joven al estilo de los de hoy. Era más bien un tío, un mozo, un adulto prematuro que se ve obligado a sacar pecho en una España donde el confort era un vocablo impronunciable, no había psicólogos, ni pedagogos, ni actividades extraescolares, ni los padres exigían la climatización en las aulas. En Sevilla, junto a Santa Catalina, había un colegio, Los Escolapios, con un magnífico patio interior para el deporte, un espléndido jardín, amplias galerías a las que a veces llegaba el olor de las cocinas y por donde los más pequeños se cruzaban con los alumnos internos. Impartían clases maestros como don Secundino o los padres Gregorio y Bernabé. Bernabé, por cierto, era quien desde el púlpito pronunciaba la homilía en la misa dominical a la que asistían todos los alumnos, unas eucaristías con un coro donde destacaba la voz del solista Pichardo. El colegio tenía una revista en la que se publicó el caso de aquel escolapio venido del Norte que tuvo que acompañar a la Virgen del Subterráneo un Domingo de Ramos. Los escolapios se entendían muy bien con la Hermandad de la Sagrada Cena, una corporación muy humilde por aquellos tiempos que, al menos, presumía de un piquete del regimiento de Caballería que se alojaba en la parte del edificio del colegio más próxima a la calle Sol. En aquellas aulas, en aquel ambiente, cursó los estudios de primaria un niño llamado Juan Robles (Sevilla, 1935). Compartió clase y pupitres con dos Navarros: Navarro García, catedrático, y Navarro Palacios, abogado del Estado, pero a los 16 años el mozo Robles no se vio estudiando cursos superiores. Cuentan que su padre le dio dos alternativas: estudiar o fregar vasos en la pileta. Y se puso a lavar vasos y a trabajar detrás de la barra del bar Robles de la Puerta de la Carne, donde su padre, de Villalba del Alcor –donde tenía sus viñedos– había apostado por vender directamente sus caldos, despachados en botellas de medio litro. En la Sevilla de entonces no se servía el vino por copas sino por medios litros. Allí se forjó el niño Juan en el oficio de tabernero. Después lo hizo en el segundo negocio: la taberna El Colmo, en la Puerta Osario, donde vio a los viejos costaleros profesionales darle al moyate y donde presenció las tertulias de célebres capataces. Y por último se hizo con la taberna de su padre en la calle Álvarez Quintero, un local muy chico a la vera de la Catedral que terminaría siendo la nave mayor de la flota imperial de la hostelería hispalense.
El joven Robles trabaja en sus primeros años subido en un tarugo: despacha los medios litros de vino, sirve altramuces y avellanas y se harta de fregar. Su juventud pasa detrás de la barra en una taberna sin tapas de cocina, sin aplicaciones digitales, sin refrigeración, sin manteles de tela gorda, ni una contabilidad profesionalizada.

Dicen que muchas veces se le ha oído una sentencia bañada quizás de cierta melancolía: “Yo no he tenido juventud”. La obsesión de su padre era primar la presencia en el negocio. El ojo del tabernero engorda la cuenta en la barra. Hay que estar encima de los trabajos, pendientes de la lumbre. Sólo así se desarrolla la destreza, la sagacidad, la capacidad para saber al instante qué tipo de cliente entra por la puerta. Cuentan que Juan Robles es de los que siguen calculando mentalmente en monedas de 25 pesetas y pasa las cantidades a euros sin coger un papel ni mucho menos dispositivos digitales. Las primeras tapas llegan de la mano de su mujer: ensaladilla y caracoles. En aquellos años, el suelo de las tabernas era la papelera a la que se arrojaba todo: cigarros, pieles de altramuces, conchas de caracoles y, al final, serrín, mucho serrín para limpiar los desperdicios.

Testigo privilegiado del desarrollismo económico, vivió el éxodo de los vecinos del centro de toda la vida al emergente barrio de Los Remedios que ideó Gabriel Rojas cuando se dio cuenta de lo cerquita que estaba la Plaza de Cuba de la Puerta de Jerez. Eran años en los que el anticuario El Moro era el emperador inmobiliario de los alrededores de la Catedral. La hostelería de calidad de Sevilla se la repartían entre Becerra, El Burladero, Los Corales, Senra y poco más. La Raza quedaba para los visitantes de la Plaza de España y el José Luis de la Plaza de Cuba para esos primeros moradores de Los Remedios, pronto arrepentidos de haber dejado las casas señoriales del casco antiguo.

La vida son recuerdos de una juventud marcada por el trabajo cansino de todo tabernero y por los viajes en vespa de Sevilla a Villalba para visitar a su novia. Son recuerdos de una primera vivienda pequeña en la planta superior del recoleto local del primer negocio, que se nutría, sobre todo, de los clientes de los almacenes Peyré en Francos, que eran El Corte Inglés de la época. El joven Juan era Juanito para muchos de ellos. El mismo joven que con los años se compró un Seat Panda, que sirvió en Sevilla las primeras endivias y que estableció los miércoles como día de descanso. Muchos clientes llamaban esos miércoles a la puerta del negocio cerrado al advertir su presencia y se quedaban a comer con la familia. La vida es fidelidad a la Hermandad de San Esteban, donde tiene el número tres de antigüedad, una cofradía que lo vincula a sus orígenes de la Puerta Carmona. Y también es la pertenencia a Santa Marta como todo tabernero sevillano que se precie de serlo.

El tabernero no solo debe estar siempre presente en el establecimiento, sino abrir y cerrar el negocio, presidir el orto y el ocaso de cada jornada, como el sumo sacerdote que abre y cierra el templo. Sólo así se desarrolla la capacidad de observación que corrige defectos y evita conflictos. Con la madurez llegó la presidencia de la patronal hostelera, un cargo que casi nadie quería y que le generó solventes relaciones con el poder político en los años de Monteseirín mandando en Sevilla (vía Marchena, el último virrey) y Chaves ocupando San Telmo, hasta que oteó la llegada de los primeros indios de los ERE acosando el fortín socialista.
Robles se ha entendido a la perfección con los socialistas. Este Robles, que es un discreto pero ágil relaciones públicas, podría decir como el cardenal Amigo cuando le reprochaban sus fluidas relaciones con el PSOE de la Junta: “Es que no he conocido gobiernos de otros partidos, ¿con quién me voy a entender?”. Chaves entraba y salía con frecuencia de Robles. Y lo sigue haciendo hoy con derecho a saludo premium: “Buenas noches, don Manuel”. Robles ha cuidado al poder y el poder lo ha cuidado a él. Nadie lo pone en duda en Sevilla. El pequeño local de los orígenes lo aumentó poco a poco a base de pagar al contado. Nunca ha sido amigo de pedir a los bancos, sino de ahorrar e invertir lo ahorrado, como tampoco lo ha sido de expandir el negocio hacia sitios como el Laredo, pero ahí ya han entrado en juego los planteamientos de las nuevas generaciones: sus hijos.

Los árboles, frondosos árboles, de los veladores, ingente cantidad de veladores, no deben impedir la contemplación del bosque de una carrera de éxito forjada sin coaching, ni escuelas de negocio, ni otras bagatelas, sino con el sacrificio que empieza por fregar vasos subido a un tarugo y termina por servir a Su Majestad el Rey. Y, por supuesto, formando parte de la cofradía de los que nunca se ponen malos en Sevilla, una cofradía muy reducida, porque hay que ver la de gente que se queda yacente para no ir a trabajar por un sarpullido en el dedo gordo. En Sevilla, durante muchos años, nunca se pusieron malos ni Juan Robles ni el hermano Pablo.

El negocio que nació ayudado por las reseñas de Garmendia terminó siendo la referencia para el público madrileño. Robles, al menos, mantiene un porcentaje de clientes sevillanos, aunque la mayoría son de fuera. Quiso ser en su día el tabernero oficial del Sevilla y del Betis. Lopera declinó la oferta, pero el Sevilla de Roberto Alés aceptó el millón de pesetas en consumiciones a cambio de ser la marca hostelera del club. La apuesta salió redonda porque el logotipo de Robles pasó de los estadios de Segunda División a los de toda Europa.

De la tiza en la oreja izquierda al ordenador. De pagar a los proveedores en la barra a las transferencias y la hoja de excel. De los clientes de Peyré a los ministros. Del serrín al mármol. De los mostos de medio litro a los caldos de alta bodega. Impulsivo, constante, intenso, discreto y con su ración de genio bien despachada. Pasea todos los días para cuidar su salud y para vigilar cómo marchan los negocios. No le gusta que un empleado descuide el saludo a un cliente o que haya alguien sin ser atendido. Alguna vez usa los servicios del limpiabotas, un oficio en extinción. Corbata y chaqueta a diario, salvo en verano, cuando alivia la indumentaria con alguna guayabera bien planchada. Encaja las críticas y hace ver su desacuerdo con algún lamento muy medido. Poco más. Sabe quizás que el precio del éxito es la envidia. Y sabe también que los veladores hacen mucho ruido. Robles es sevillano, aunque mucha gente piense que es de Villalba. La humildad es un tarugo desde donde se alcanza la pileta. La vida es una barra. El cliente es una oportunidad. Y los nietos son la ilusión. De las tres tabernas del padre al imperio del hijo. Siéntate en un velador y verás pasar la película de tu vida. Los hombres que fundan un imperio no tienen juventud.

Una dama a contraquerencia

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

ANABEL MORENO

EN Sevilla hay gente que conoció los años en los que una mujer no podía entrar sola en los bares. Estaba mal visto. Si acudían a los toros era para ejercer de florero. Y, por supuesto, sin lucir la minifalda que censura la letra de las sevillanas. En Sevilla aún queda gente que conoció los caballos de picar sin petos, vísceras por el ruedo y agujas gordas de coser sobre la marcha de las que necesita el PSOE de hoy. En Sevilla hay gente que se estrenó viendo la primera máquina de asar pollos en la calle Azofaifo, o que acudían a subir y bajar una y otra vez por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés recién estrenado en la Plaza del Duque en 1968. En Sevilla hay listos, charlatanes e inteligentes. Los mejores, habitualmente, suelen ser los que se callan, se quedan con la música y son capaces después de dirigir la orquesta. Éstos últimos son los brillantes, capaces de abrir camino, con fuerza para soportar las presiones, hombros anchos donde resbalan los balazos del que dirán y un desparpajo encauzado con racionalidad. En Sevilla hay muchas mujeres que han demostrado que el feminismo verdadero, no el de escaparate, pancarta y convertido no pocas veces en negocio o usado como coartada para las venganzas, se demuestra andando, trabajando, asumiendo y liderando.

Anabel Moreno (Las Palmas, 1959), funcionaria de la Junta de Andalucía y actual directora general en el Ayuntamiento de Sevilla, no milita en ningún partido político. No tiene carné. Forma parte de esa izquierda ilustrada, viajada y carente de prejuicios que es capaz de defender valores progresistas al mismo tiempo que disfrutar con sus hermandades del Valle, la Carretería y los Sastres.

Tuvo que haber un día en que una mujer entró por primera vez en un bar o se atrevió a vestirse de nazareno, como hubo un día en que esta mujer se decidió a aceptar el reto de presidir una corrida de toros en la plaza de Sevilla. Y hacerlo con el criterio propio de una aficionada de reconocido prestigio, tal como dicta el reglamento. En lugar de instalarte en la queja o en vez de aludir a los techos de cristal para justificar supuestas metas nunca logradas, esta funcionaria de cabeza bien amueblada aprovechó la primera oportunidad, se subió al primer tren y dio el paso al frente en un sector marcado por con fuerza por una suerte de machismo especialmente recalcitrante. Siempre le atrajeron los toros como rito, nunca como espectáculo. Si los toros se convierten en un mero espectáculo les ocurre como a la Semana Santa: están condenados al fracaso por un virus interno sin necesidad de que actúen enemigos exteriores. No fue nada fácil la primera experiencia en unos tendidos donde clamaban el “mujer tenías que ser” o el “vete a tu casa a limpiar”. Esta vecina del centro traía como defensa su formación académica, sus años en la facultad de Derecho, la mejor de España según Clavero y Olivencia, su sólido criterio taurino forjado en plazas de España y Francia.

Hizo la tesina sobre la eutanasia cuando el tema resultaba especialmente delicado, un trabajo dirigido por Jimmy Sainz-Pardo, quien muchos años después negoció como alto cargo de la Junta de Andalucía el traspaso de competencias del Estado en materia de Justicia. El interlocutor de Jimmy en el Ministerio de Justicia, por cierto, fue Juan Ignacio Zoido como director general.

Anabel era una joven estudiante que siempre acudía a clase con un ejemplar de El País bajo el brazo. Inteligente, culta, curiosa, cabezona hasta decir basta. Con mucho carácter. Nada amiga de acudir al real de la Feria. Lo suyo son los toros, los viajes previos a las dehesas para evaluar las reses elegidas por la empresa, asistir a los sorteos matinales los días de festejo, unos días en los que come poco, acude a pie hasta la plaza, se bebe un refresco sin azúcar y viste con la corrección propia que merece la responsabilidad. Siempre accede al coso por la puerta de cuadrillas y desea suerte a los matadores y a sus cuadrillas. Con Finito de Triana, su asesor artístico, se entiende con la mirada. Si la tarde ha sido de bronca al palco presidencial, cuando el festejo acaba y los matadores ya han abandonado el ruedo, aguanta de pie unos minutos para recibir todos los reproches que el respetable considere oportunos. Sabe como nadie que escrito está que la auténtica fiera ruge en los tendidos. ¡Y cómo ruge a veces, señora presidenta! Tras firmar todos los papeles que hay que despachar cuando termina un festejo, que pareciera que está uno en una notaría cerrando una fusión bancaria, la presidenta se refugia en el bar Taquilla con su gente, con ese círculo de confort que necesita todo ser humano expuesto al juicio del público. Es curioso cómo los aficionados, según el perfil, se reparten por las tabernas del entorno de la plaza en cuanto acaba la corrida. Los intelectuales acuden a la bodega San José, más conocida como El Punto. Los aficionados más entendidos, a la bodeguita Romero. Los más habituales de la vida cotidiana del Arenal, al recoleto Ventura. Y los conductores, areneros, los músicos de Tejera y otros personajes secundarios, prefieren el Taquilla de la calle Adriano. Al Taquilla se va la presidenta, donde ya la coca-cola adquiere el sabor de algún aliño propio de las horas de la relajación. Allí, alguna vez, ha recibido llamadas gratificantes en tardes especialmente duras: “He vuelto a ver la faena en la televisión y has acertado no concediendo la segunda oreja. Tenías razón”.

La vida son recuerdos de la promoción 1976-81 de Derecho, donde compartía noches de estudio con Rosamar Prieto-Castro. La vida es decir sí cuando Demetrio Pérez le ofreció entrar en el equipo de presidentes de la plaza de Sevilla en la temporada 2006. Ella, una aficionada autodidacta, no lo dudó en ningún momento. Como no dudó en hacer oposiciones y como no duda en viajar a lo destinos más alejados cada vez que puede. La han visto por Turquía, Siria, Egipto, Uzbekistán… Dicen que se busca a alguien que tenga una foto suya en Matalascañas. Le gustan un museo y unas ruinas históricas casi lo mismo que la embestida brava de un vitorino. Apasionada de la novela negra tanto como del barco de la Carretería. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la grada 3 junto a su inseparable Manuel Grosso, un aficionado culto que los días que ella preside se ve obligado a guardar disciplina de nazareno del Silencio cuando hay reproches al palco. Y esa disciplina no hay estampida que la altere. La vida son recuerdos de un mano a mano entre Romero y Ojeda en la plaza de Málaga a la que esta incombustible Anabel acudió embarazada de ocho meses.

Le gusta ver los toros desde el callejón, disfrutar del embarque del ganado y cultivar las relaciones personales con toreros y ganaderos. Pero como el torero mate mal no hay segunda oreja. Como debe ser. Ya lo dijo un portero del teatro La Scala de Milán: “Todos los días de función no pueden acabar con aplausos de 45 minutos”. Tiene claro que la plaza de toros de Sevilla no es una ONG, que los momentos previos y posteriores a la corrida forman parte del rito. La pueden ver dando una conferencia en un club taurino de París o en los palcos de Semana Santa de la Plaza de San Francisco, con un velo en cualquiera de esos países árabes a los que se escapa, o en los veladores de la Plaza del Pan dándole cadencia a un trago largo. Dicen que es de izquierdas. En realidad es más bien de la hermandad del sentido común, del partido de la naturalidad, del colectivo de los que no están dispuestos a renunciar a todo lo auténtico que tiene su ciudad, de los que se niegan a vivir en el frentismo, rechazan el cultivo de esas visiones excluyentes que no admiten que se pueden hacer cambios sin necesidad de bochinches, que se puede ser devota de la Virgen del Valle, entender de música israelí, no pisar la Feria y perderse con insistencia por los rincones de Turquía menos conocidos. Que la lucha por la igualdad no es una estética de arrobas, del todos y todas, del sevillanos y sevillanas, sino de hechos, apuestas, esfuerzo y decisión y de ocupación de espacios con tanta naturalidad como determinación. La suya es una vida a contraquerencia. En contra de las inercias casposas y en contra de postureos que no admitirían alguna de sus combinaciones por no encajar en las etiquetas que pretenden una reducción al blanco o negro, al rojo o al azul.

La clave quizás ha sido tener arrojo y, como siempre, una buena cuadrilla. Un día una mujer entró sola en un bar y le importaron muy poco las miradas. Lo hizo sin ira. Un día una mujer aprobó las oposiciones de notarías y ejerció entre hombres mayores escapados del NO-DO. Lo hizo con naturalidad. Un día otra mujer se matriculó en la vieja facultad de Derecho de Laraña. Y después, poco a poco, llegó otra, luego otra y después muchas más. El caso es quedarse de pie cuando arrecian las críticas. Y, por supuesto, no irse a casa a limpiar. Se va una al Taquilla, que es mucho mejor. Y a esas horas las fieras han dejado de rugir y la categoría de la plaza ha quedado protegida: una plaza de primera gracias a la dama del palco.

La sonrisa del corazón

Carlos Navarro Antolín | 14 de mayo de 2017 a las 5:00

MARINA BERNAL

HABÍAN pasado dos horas del inicio de aquella fiesta benéfica en el Club Pineda, una de las primeras del curso tras el parón del verano. La convocatoria había sido un éxito, el aparcamiento estaba atestado y la animación junto al hipódromo era notable. Tras la pasarela de bandejas con el canapé de rigor y el sorteo de algunos premios aportados por firmas colaboradoras, todo estaba a punto para el comienzo de la barra libre. Aún quedaba un fotógrafo en la fiesta, los demás se marcharon tras hacer las galerías de turno: grupos de tres o cuatro personas donde ellas lucen el moreno portuense y ellos meten barriga y bajan la cabeza levemente para disimular papada. Tres señoronas, bastante apergaminadas, llamaron la atención del único retratista aún presente. Lo hicieron con esa voz elevada que delata cierta sordera y con ese estilo mandón propio de la edad: “¡Chico, chico! ¡Haznos una foto a las tres, anda!”. La sorpresa fue que el fotógrafo, que se había pasado dos horas en la fiesta como uno más, que estaba más integrado que muchos invitados de pago, se negó a darle el gusto al trío de señoras que parecían escapadas del salón alto de Ochoa de los años setenta. Menudo jarro de agua fría. Entonces fue cuando una de ellas, madre de uno de los promotores de la cita, llamó a su hijo para pedirle explicaciones con esa frase tan sevillana que equivale a poner en entredicho a un individuo, esa pregunta a modo de sentencia sin plazo para ser recurrida: “¿Pero éste quién es?”. Y tras recibir explicaciones sobre el susodicho, que ni siquiera debía haberse tomado la licencia de probar bocado, pues estaba en su condición de fotógrafo, la señora mandona zanjó: “Ha sido un grosero, un desahogado por muy bien vestido que vaya. No quiero verlo más. Con la chica alta y rubia de otras veces nunca pasan estas cosas”. Ella y sus dos amigas se fueron al lugar donde les recogería el taxi pedido desde el teléfono de la garita de entrada. Alea jacta est.

Marina Bernal (Sevilla, 1968) es esa chica alta y rubia que cultiva ese género tan difícil como es la crónica social. Lo hace desde su ciudad natal para toda España. Un género complejo porque vale tanto lo que publica como lo que no publica. Un género con tantas aristas porque importan tanto las fotografías disparadas (“¿Esto cuándo sale?”) como el estilo con el que se consiguen, eso que los consultores llamarían el know how. Para hacer crónica social en Sevilla, que bien puede ser considerada la capital de la España del corazón, hay que saber hacer dos cosas con mucha pericia: sonreír y pasar desapercibida. Marina jamás hubiera dejado a aquellas tres señoras con la miel en los labios de una foto. Por tres razones. Primero, por educación. Segundo, porque sabría perfectamente quién era el hijo de la peticionaria. Y tercero, porque haría tiempo que se hubiera marchado de la fiesta tras hacer su trabajo. Es el estilo de su oficio: mantener la distancia, saber cuál es su sitio y, por encima de todo, guardar silencio. Jamás ha pisado la raya de picadores de la carroña y la casquería, tan habituales en su gremio. Y eso que esta sevillana criada en el Cerro del Águila, hija de profesor, se sabe el latín y el griego de algunos de los principales famosos de España. Pero si ya es difícil oírle hablar mal de un famoso, más aún lo es oírle alguna crítica sobre un tercero. Su amabilidad le abre las puertas, su ética personal es su sello y cuentan que su lema es bien claro: “No critiques, busca siempre sumar, sumar y sumar”.
Con Miguel Gallardo, su inseparable compañero y socio, forma uno de los dúos más conocidos de la Sevilla del centro, de esos sevillanos que se recorren el eje Avenida-Tetuán varias veces al día, pero trabajando de verdad, no paseando la agenda en plan postureo. Entre esos dúos están el cardenal Amigo y el hermano Pablo, los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo, los bordadores Joaquín Lóez y Juan Areal y, cómo no, los periodistas Miguel Gallardo y Marina Bernal.

Aficionada al pilates, de fuertes convicciones religiosas, Dios le concedió la exquisitez necesaria para cultivar el género de la crónica social, pero no le otorgó dones para manejarse en la cocina. En los anales queda el día que intentó hacer un gazpacho sin pan, sólo con tomates y agua. Aún hay debate sobre la denominación del resultado de aquella mezcla exprimida. Mejor siempre almorzar en el bar Santa Marta de la plaza de San Andrés, toda una garantía, sobre todo los viernes que sirven pisto con huevo. De carácter muy reservado, hay quien dice que incluso hermético, no suele hablar de sí misma. Prefiere escuchar y emitir energía positiva. Entre sus debilidades están los zapatos. Cuentan que en su casa del centro hay una habitación dedicada sólo y exclusivamente al calzado (sobre todo de la firma Nuria Cobo), que cuida especialmente cuando le toca presentar galas o aparecer en televisión. Dicen que en su particular redacción hay tantas revistas del corazón apiladas que a veces no se ve la figura de Miguel, que es de tamaño XXL.

Su presencia en los actos sociales es un aliño imprescindible. Sin Marina no es lo mismo. Ella es al mundo del corazón lo que Martín Cartaya a las cofradías. Ni una indiscreción, ni un chiste a destiempo, ni una confianza desproporcionada. Lástima que sus valores no coticen al alza en el estilo de la crónica social de hoy, pero bien sabe esta sevillana espigada que el cultivo de un estilo es una carrera de fondo: sólo los que resisten y tienen uno propio podrán recoger la cosecha del reconocimiento. ¿Cuántas veces, ay Marina, ha pasado por delante de ti una oferta para largar en un plató, herir a algún famoso y trincar una buena cantidad de dinero que te quitaría, tal vez, de pasar tantas horas de Feria al sol y aguantando con una sonrisa a una buena cantidad de chiripitifláuticos con corbata? Tantas como se te ha oído la misma respuesta con gesto incluido de desaprobación: “Yo ahí no entro”. Quizás su éxito es que se ha convertido en un personaje popular desde la discreción, sin necesidad de histrionismos ni de gansadas. Con la cámara al hombro, la sonrisa esculpida y abasteciendo de reportajes a la agencia propia, la empresa en la que dicen que Miguel pone la cabeza de gerente y ella el don de las relaciones públicas. Lo que seguro que controla ella es la de veces que algunos tratan de salir en sus galerías. Lo fácil en los días de relumbrón es sacar a Carlos Herrera, Luismi o Rivera Ordóñez. Lo difícil es sacar el beso de Ana Rosa Quintana con su marido, o a esos señores de Madrid de alta alcurnia empresarial que pocos conocen.

La vida son recuerdos del barrio cerreño que la vio nacer, de los años en que atendió a su madre cada día, de la amistad con Rocío Jurado y la duquesa de Alba. La vida es un trato fluido con María Teresa Campos. Es comprarle un traje al hijo del Cordobés cuando aún no era conocido para que saliera en las fotos en condiciones. La vida es colaborar con muchas causas sociales de las que no habla porque aplica taxativamente el principio de la ignorancia de la mano izquierda sobre cuanto hace la derecha. La vida es que un nazareno te sople desde los urinarios de la Catedral la presencia de un ilustre en la ciudad el Sábado Santo: “Escucha rápido que no tengo mucho tiempo. Vargas Llosa y la Preysler están en Sevilla”. La vida es devoción por la Soledad de San Lorenzo desde que una noche de Viernes de Dolores, ay aquel momento, alguien la metió por sorpresa a portar las andas de la Virgen. Y Marina, siempre dispuesta a caerse del caballo, se quedó prendida para siempre de esa gran señora de San Lorenzo que no necesita música, pues Ella misma la lleva en los suspiros de todos los sevillanos que lamentan el final de la Semana Santa, como la lleva en los chasquidos de las sillas de Quidiello que en su cierre van diciendo adiós a la fiesta más hermosa. La vida es tener el verde como color favorito para sacarle aún más partido a la tonalidad de sus ojos. Y la vida, por supuesto, es la luz de Chipiona, donde tiene su particular refugio todo el año, donde es querida y donde tampoco para de pegar barzones con la cámara.

Nerviosa, muy familiar y un punto hiperactiva. En ocasiones especiales le gusta entregar el álbum de fotos de una celebración el mismo día en que ha tenido lugar. Ha habido novias que han llegado a la suite del hotel y se han encontrado la sorpresa de ver sus instantáneas ya en papel y cuidadosamente presentadas. Se irrita cuando alguien no cede el paso o no da el trato debido a una persona mayor. Alérgica a las especias de los caracoles y las espinacas, siempre le queda en las interminables jornadas de Feria la opción de un cartucho de pescao frito reconstituyente en compañía de Miguel, siempre Miguel, en la freiduría de Santa María la Blanca, cuando el cuerpo se ha quedado sin batería tras conseguir por enésima vez una veintena de fotos de personajes conocidos a base de recorrer la Feria y de hacer guardia en la Puerta del Príncipe.

Escrupulosa, educada y con sumo tacto en un sector agreste, faltusco y crispado. Quizás esta Marina, al final, sea fiel al estilo de su cofradía. No hace ruido y todo el mundo, como mínimo, le reconoce el valor de la exquisitez. Ella le hubiera hecho la foto a aquellas tres señoras mayores. Y, como se descuiden, les pide el taxi y les hace compañía hasta que llega el coche.

La captura del tiempo

Carlos Navarro Antolín | 7 de mayo de 2017 a las 5:00

CARMEN LAFFÓN

LA obra está viva mientras su autor lo está. El artista que vive de capturar el tiempo no puede permanecer impasible cuando se reencuentra con un cuadro realizado veinte o treinta años antes. Para un pintor, un cuadro es un hijo que por mucho que crezca siempre le parecerá en edad infantil, susceptible de ser corregido, mimado y cuidado por mucho que hayan pasado los años. La captura del tiempo obliga a estar siempre alerta, a seguir pintando sobre lo que se creó años antes. La condición de padre es estar pendiente del fuego permanente en la lumbre que es todo hijo. El cuadro es el hijo. El pintor es el padre. Carmen Laffón (Sevilla, 1934) trata a sus cuadros como a hijos por mucho que hayan pasado cincuenta años desde que los pintó. Busca a los hijos perdidos hasta en las subastas, los retoca, acicala y modifica si cree que han podido perder la función de representar la captura del tiempo. Sigue pintando en ellos como el escritor que, años después, sigue puliendo el estilo sobre un texto pretérito. Un cuadro de Laffón es lo contrario a una foto fija mientras ella siga activa. Por eso hay quien cuenta que no quiere que doña Carmen acceda a un cuadro suyo, para que no pueda seguir trabajando sobre su propia obra: “Es que lo sigue pintando y a mi me gusta como está”.

Esta vecina del centro, del entorno del templo de San Nicolás, lo tendría todo, absolutamente todo, para ser una diva, un personaje de la galería de altivos de esta ciudad de los que se dan lustre a base de ir con la cara estreñida, vestidos en tono monocolor y el semblante avinagrado como si llevaran colgado un letrero: “Soy importante”. Laffón pasa desapercibida en cualquier ambiente. Se esconde, no hace ruido, va por la vida con el paso racheao, se levanta con humildad de refectorio a recoger su desayuno de la barra para sentarse en un velador (interior) del bar la Candelaria con vistas al azulejo del Nazareno de la Salud. Es pudorosa, austera, tímida en primera instancia y se resiste a hablar de su vida: “Yo se la cuento si usted quiere, pero la verdad es que no creo que le interese a nadie”, le dijo a un periodista en 2010.

Huye de los micrófonos, de hablar en público, de la notoriedad, de los premios. Recuerda a Pepe Luis Vázquez cuando declinaba recoger galardones. Lo pasa mal cuando es el centro de atención. Lo suyo es pintar, pintar, pintar. La luz, el paisaje, Sanlúcar, La Jara, Doñana. El pastel, el carboncillo, el óleo. Cada rincón de su estudio se dedica a una técnica pictórica. Los albarelos con sus pinceles son verdaderas esculturas. Su vida es el blanco, la pulcritud, el orden. Y también una obsesión por controlar todos los aspectos de su obra. Laffón ejerce un control férreo, maniático, atosigante, sobre todos los detalles del acto de presentación de una obra: la hora, la luz, el caballete, los pliegues de la tela de fondo si se precisa, el uso de chinchetas… Si sus exigencias cuestan dinero, Laffón las paga de su bolsillo para que no corra con ellas la entidad anfitriona. Todo por la obra, todo por el hijo. Hasta tal punto su obsesión es que la obra se entienda como ella cree que debe entenderse, que no le importa que el periodista la descubra antes de tiempo siempre y cuando haya sido bien explicada. Laffón no responde al perfil del sevillano mediocre. Tiene altura de miras. En febrero de 2013 se publicó en exclusiva su cartel de la Semana Santa pintado por encargo de la Hermandad de la Macarena. La noticia era doble: la identidad de la autora y su obra. Laffón no suele pintar para las cofradías, mucho menos carteles oficiales. Que se lo pregunten al Consejo, que aún no ha logrado convencerla para que haga el oficial de Semana Santa. Cuando vio su cartel macareno descubierto antes de tiempo, se encargó de que al periodista le llegara su agradecimiento: “Por lo bien explicado y lo bien reproducido que está”. Ni una queja, ni un lamento, ni una papafritada sobre la magia rota o el clásico me ha aguado usted la fiesta. La pintora cumplió su objetivo y el periodista el suyo. Años después, la Macarena convirtió aquel espléndido cartel en un azulejo fijo en la fachada de la basílica, dada la categoría de la obra. Pero pocos saben que Laffón se niega a pasar por delante de ese azulejo. No le gustó nada esa iniciativa. Doña Carmen sería feliz si la hermandad retirara el azulejo.

La vida son recuerdos del Madrid de los 50 donde no se dejó llevar por las corrientes abstractas imperantes. Fue fiel y sigue fiel a su concepto figurativo del arte. La vida es recibir cada Jueves Santo el clavel de la Virgen del Valle de un maniguetero llamado Manuel Lozano. La vida es orden, disciplina, el despertador programado a las siete de la mañana, el trato exquisito con el prójimo, los conciertos de música clásica, la ópera, el cultivo del espíritu que luego se proyecta en la obra. La vida es una huerta propia en la casa de La Jara, una alberca de lujo que hace de piscina con Doñana al fondo. La vida es Heliodoro, su ayudante, o Manolo, el conductor que la lleva de Sevilla a Sanlúcar y de Sanlúcar a Sevilla. La vida es evocar las enseñanzas de Manuel González Santos y las charlas con su inolvidable Pepe Soto.

Vivir tratando de capturar el tiempo con los pinceles es una suerte de sacerdocio. Un trabajo que nunca termina. Es una encomienda vitalicia que a Laffón le genera la felicidad que revela su forma de ser. Cuando pasea por la calle deja entrever un aire de intelectual despistada que camina ajena al mundo exterior, una velocidad pausada y una sencillez propias de una devota del Tiro de Línea que anda detrás del Cautivo. No se sabe si es humilde por sabia, o si ha alcanzado la sabiduría a fuerza de ser humilde. Sus compañeros de oficio la admiran, las nuevas generaciones la tienen por maestra. No se da lustre, no abusa de las joyas, se esconde en el interior de la Anunciación para ver a la Macarena con las luces del alba de la Encarnación. Educada en la exquisitez y con experiencia desde muy joven en el extranjero, no ha sido la pintora oficial de ningún régimen pese al interés de algunos por capitalizar su figura. Ha ido por libre, nunca ha sido especialmente transgresora y siempre ha seguido criterios arquitectónicos a la hora de tratar su obra. Incluso el título de su gran exposición en Sevilla tiene un barniz arquitectónico: El lugar y el paisaje. El sitio importa, la ubicación de la obra es fundamental. Dicen que esta Laffón pinta con mente de arquitecto. Por eso, quizás, deja extenuados a los montadores, instaladores y enmarcadores. Pero a quien deja desconcertado es al sevillano medio con pretensiones, que daría la vida por recibir la mitad de los premios que a ella le han ofrecido. Siempre orgullosa de su padre, el médico Manuel Laffón (1902-1981). Don Manuel Clavero confesó un día que en tiempos pasaba los veranos donde estuviera el doctor Laffón considerado por varias generaciones como el mejor pediatra de Sevilla. Era la forma de garantizar la salud de la prole ante cualquier urgencia.

Su casa con una fachada sin molduras, de estilo neutro, revela la sencillez de su estilo de vida. En el interior sí combina, por ejemplo, una biblioteca de caoba muy clásica con lámparas de grandes globos del estilo de los años veinte. Es una gran comercial sin que lo parezca, está al loro de las subastas, mueve sus hilos, recupera obra suya cada vez que puede, pero todo con ese aire de despistada, de ajena al mundo terrenal, de devota de barrio que disimula la gran señora que hay en su interior. Lo importante es que la obra, un cuadro o una escultura, sean bien presentados, respondan en todo momento a los criterios con los que fueron creados. Por eso les hace un seguimiento, nunca los abandona. Como los padres a sus hijos. Siempre está dispuesta a mancharse los dedos de pastel, plantarlos en un lienzo antiguo y seguir capturando el tiempo. Seguir insuflando vida a su obra. La loba capitolina nunca abandona a sus cachorros. Pintar es eso que ocurre cuando no se está de camino a Sanlúcar o de retorno a Sevilla.

El éxito del desorden

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2017 a las 5:00

PASCUAL GONZALEZ

LOS artistas son gentes libres que reivindican constantemente su libertad, su desorden o, mejor dicho, su particular concepto del orden. Necesitan vivir fuera de plazo, sin ventanillas en las que rendir cuentas, rehuyendo a los funcionarios, ajenos al mundo real, constituidos en su particular hábitat. Los artistas son mitad genios, mitad caprichosos. Y si el éxito los bendice, pueden resultar encandiladamente insoportables. Un compañero de oficio me confesó una vez: “El día que me jubile me quedaré sin cobrar la pensión porque se me habrá olvidado rellenar un papel”. Será que el periodismo tiene una cuota de artista al ser un oficio más que una profesión. El periodismo, al menos el bueno, tiene mucho de sobrevolar cielos turbulentos por encima de ciertas normas. Y de vivir al margen del mundo oficial aunque haya que camuflarse de vez en cuando para parecer que se está dentro, pero sin perturbar el paisaje.

Pascual González (Sevilla, 1950) es un ejemplo de éxito. Y de desorden. Es un personaje bohemio, de figura alta, en tiempos enjuta, con un punto de Quijote majara, un hombre pegado a una melena larga que visto de lejos tiene aspecto de Cautivo madrileño con largas colas de espera, un señor con gafas de cristales esféricos y voz tamizada por las horas de cante y nicotina.

Usted ve a don Ángel Peralta de paseo por Sierpes y parece que va a caballo. El Centauro de la Puebla tiene todas las hechuras de ir siempre montado. Usted ve al Litri hijo en una cena de Ernst&Young –de esas a las que invita Pepe Pérez Benítez con derecho a abrazo a ministro– y parece que el de Huelva siempre está haciendo el paseíllo. Y usted ve a Pascual González de paseo cualquier día por La Calzá, por su calle Mallén, y parece que sus brazos están pidiendo la guitarra como los del Señor de la Victoria están hoy reclamando la cruz. Hay brazos hechos para cargar la cruz y brazos hechos para abrazar la guitarra. Las hechuras de caballero rejoneador, las de torero o las de artista del cante no se pierden nunca. Las hechuras delatan.

A Pascual González, Pascuá para muchos sevillanos, lo han pasado por el quirófano para ponerle a punto la “sedienta garganta” donde vibran los Padrenuestros que Buzón le regalaba al Cristo del Amor en los versos de su pregón. A Pascual se le ve poco ahora, porque está en recuperación. Y trabajando para reaparecer con todas las de la ley. Un pajarito me ha dicho en la ciudad de los pájaros (y pájaras) que Pascual tiene una máxima: “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. Por eso sigue maquinando, esbozando letras y melodías, soñando con ese pregón imposible que guarda con las mejores pastas del mundo: unos cartones amarrados con una guita. Y hasta sigue cosechando envidias de quienes ni siquiera ahora le perdonan tener más de mil obras registradas: sevillanas, canciones, marchas cofradieras, sintonías…

Ha cantado en la Gran Manzana de Nueva York subido a una carroza en el Desfile de la Hispanidad. Ha estado en los palacios presidenciales de Doñana en un cierre de campaña ochentera de Felipe González. Se ha quedado cientos de veces dormido encima del folio en el que se hizo la noche mientras trataba de buscar los duendes de la inspiración. Siempre le han molestado el ruido del día, el ring-ring del teléfono, las distracciones cotidianas. El desorden ha sido el abono de su particular huerta, hasta que el problema de garganta, con su operación, lo ha vuelto un ciudadano ordenado, formal, impetuoso, disciplinado. De aquellos días en el Hospital Macarena, cuando se comunicaba por escrito con médicos y familiares, a los días de hoy en su casa del Aljarafe, donde prepara nuevos trabajos y se comienza a ver de nuevo su perfil controlador, el de artista al que le gusta llevar las riendas de todo dentro de su particular desorden.

Un día se revistió con capa de tuno, cogió la guitarra y se marchó de España. Llegó a Dinamarca y allí se afincó. Al paso del tiempo, su madre le envió una caja que contenía chacinas y una cinta con sevillanas de Los Romeros de La Puebla. Aquel envío fue un pellizco de los que acaban con un “ya estoy yo en mi casa”. Se vino para La Calzá unos días antes de Semana Santa y hasta se vistió de nazareno de San Benito. Cuando cargaba la cruz le dio un sopitipando por el contraste de los fríos vikingos a los que ya estaba aclimatado y las fuertes calores que entonces marcaban aquellos Martes Santos. Acabó refugiado en un portal, antifaz quitado, capa enrollada, cruz apoyada en la pared: “Ay, qué malito estoy”. Y de aquel año surgió una de esas sevillanas que están en el imaginario colectivo, que son ya de la ciudad más que de Los Cantores de Híspalis: El puente te está esperando.

Pascual no tuneó el género de las sevillanas, como algunos dicen, ni las profanó, como denuncian los envidiosos. Irrumpió en el mundo de las sevillanas. Rompió los moldes, se inventó unos nuevos. Se hizo un traje a medida. Adaptó las sevillanas a su estilo con tal intensidad que volvió locos a muchos productores. Aún se recuerdan los pesares del productor suramericano de Hispavox que no concebía los textos recitados entre palo y palo de las sevillanas de San Benito.

Son las cuatro de la tarde, La Calzada en su gran fiesta… Hasta Carlos Herrera ha hecho de recitador de esos textos para televisión. Pascual recogió influencias desde Atahualpa hasta Fredy Mercury y las deja entrever en su concepto de las sevillanas. Dio un vuelco, lo cambió todo, jugó a confundir hasta que confundió e hizo de la confusión la razón de su éxito. La música y letra de Que no nos falte de ná y Somos más de veintitantos… La música de Quiero cruzar la bahía y A bailar, a bailar. Pascual es el I+D de las sevillanas, acentuando con la guitarra donde nadie acentúa, inventando estribillos y melodías distintos en cada palo, haciendo sufrir a los arreglistas… El mundillo estaba acostumbrado a El Pali, Los Marismeños y Los Romeros de la Puebla. Hasta que llegó este loco de La Calzá e incluso le dio por dedicar unas sevillanas a la Hermandad del Silencio. La junta de gobierno de aquellos años ochenta mostró sus recelos cuando se enteró por los rumores de la ocurrencia de Pascual González. Pascual, hermano de la cofradía, envió una cassette a la hermandad para que supervisaran el trabajo. La cofradía, como corresponde, contestó con su bien más preciado: el silencio. No rechazó la iniciativa, lo que equivalía a una suerte de bendición. Y sonó miles de veces la historia de que ahí viene Jesús, llevando su cruz que mira hacia el cielo…

La vida son recuerdos de un alumno universitario que obtuvo el título de Magisterio y llegó a ejercer la docencia en el colegio San Isidoro, donde tuvo de pupilo a un tal Ernesto Neyra. Pero los horarios, la disciplina laboral, no eran lo suyo. Pascual dejó la docencia por la aventura en el extranjero ya referida. La vida son recuerdos de una abuela que le enseñó la ruta por los templos de la ciudad, de la amistad de Luis Sevillano y de las horas que se pasó para componer el himno oficial del Betis. Gran aficionado a la buena mesa, sibarita en lo gastronómico, no ha dejado de ser un niño grande ni con 50 años. La vida son recuerdos de 1988, cuando hizo 120 galas en una sola temporada y, al regresar a casa, cuentan con humor que su hija abrió la puerta y se oyó: “Mamá aquí hay un hombre que dice que es papá”. Por aquel entonces, Pascual vivía en el autobús, de ciudad en ciudad, de gala en gala. La vida son programas de televisión, escribir canciones para un sinfín de cantantes, desde Paloma San Basilio hasta Massiel. La vida es un ego disparado que ha sido el motor de su vida. La vida es tal desorden que la Guardia Civil lo paró un día que conducía hacia Herrera, donde estaba anunciada la actuación del Sevilla reza cantando. El agente le pidió todos los papeles, se fue a la motocicleta, consultó por radio, volvió al coche y le dijo: “¿Usted tiene carnet de conducir de verdad?”. Pascual respondió: “Sí, señor. Se lo he dado”. “No, esto que usted me ha dado lleva once años caducado”, zanjó el guardia. Y el multazo fue de aúpa.

El locutor Carlos Herrera asistió un día al Sevilla reza cantando en el antiguo Teatro Imperial. Al término de la gala entró en el camerino y le dijo: “¡Bigotes! Te voy a mangar dos o tres cositas para mi Pregón”.

Si estuvo con Felipe en Doñana, también conoció a Rajoy en la Feria de Abril catalana. La vida cotidiana es un traje oscuro y una corbata estrecha que luce vaya donde vaya. Atrás quedaron los días de cajetillas de Winston y Marlboro, las jornadas del desorden, las noches de encuentros y desencuentros con la inspiración. “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. La vida es hoy orden, orden y orden por imperativo de la salud. Algunos hoy siguen sin perdonarle el éxito. El puente siempre espera a este loco de la Calzá que se hartó de vender discos con la capa almidoná de su osadía. A este caballero de la calle Mallén, cuyos brazos siempre esperan la guitarra como el Nazareno la cruz, le pusieron una calle, pero no le han dado el Pregón de la Semana Santa. Pascual sin guitarra parece que va desnudo. Pascual callado es un nazareno del Silencio, la cofradía ordenada en la que un día quiso inscribirse quien lo debe todo al cante y al baile, a la jarana y a la bohemia. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones. Y el silencio es parte de la música, como los espacios en blanco lo son de la escritura.

El último mohicano

Carlos Navarro Antolín | 2 de abril de 2017 a las 5:00

LUIS CARLOS PERIS

EL corrector llegó a opinador con eco. El ciudadano se convirtió en personaje. El vecino del centro se fue a vivir a Triana y se volvió en cuanto pudo a intramuros. Cada pájaro a su árbol. Cada individuo a su hábitat. Hay que vivir a favor de querencia, nunca a contraestilo. Aunque haya que pagar un precio por ser como uno es. Luis Carlos Peris Zoffmann (Sevilla, 1944) ni escribe con erratas, ni entra en un bar malo, ni regala un saludo. Es fiel a su particular sota, caballo y rey. Paga gustoso la cuenta por su original modo de concebir la vida y las relaciones sociales. Como no se presenta a ningunas elecciones, las farolas se quedan sin sus abrazos como muchos de sus paisanos se quedan sin sus saludos. Un paseo a su vera por el eje de Sierpes y Tetuán es toda una experiencia. Peris no sólo no reparte ojana, sino que ejerce de malaje con gracia. Que en Sevilla te digan malaje es un elogio, como llegó a comprender con los años el obispo que vino de Tánger y se marchó como cardenal. Muchos amagos de saludos a Peris se quedan sin ser correspondidos.

–Te ha mirado ese directivo del Mercantil para saludarte
–(…)
–Y ahora aquel abogado tan conocido.
–(…)
–Ahí viene uno que por lo que veo te conoce, ¿cómo se llama?
–Ya, pequeño, ya. Pero yo no soy un saludador.

Peris tiene su particular estilo. Se puede afirmar que ha creado estilo. Su firma en la prensa es archiconocida. Lo que dice Peris de un tema tiene influencia. Por eso hasta tiene imitadores, algunos a sueldo como en ciertas tertulias de radio. Bienaventurados los imitadores. El estilo es el lenguaje. Las cuestiones delicadas son “procelosas”. El término baúl es la “cosa”. La cosa puede ser desde un elogio a la belleza femenina (“¡Cómo es la cosa!”) hasta la descripción de un menú copioso (“¡Cómo ha estado la cosa!”). Los enemigos son “imbéciles” o “cretinos”. Los indiferentes pueden llevar el antetítulo de “ciudadano” seguido de sus respectivos nombres. De aquellos que desconfía dice que son “taimados”. Y a los que están entrados en años los llama “provectos” de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia. Si un espontáneo crítico le pega la brasa hablando de fútbol dice que un “individuo se ha engorilado conmigo”. Si, en cambio, el interlocutor es un seguidor de sus crónicas y opiniones, se trata de un “partidario”. Si un amigo frecuenta muchas y muy distintas mujeres, asevera en voz baja que Fulanito es un “gran amador” o que “el tío sabe compaginar”. Si el amigo hace poco ejercicio físico, afirmará que “es un tipo feble”. Si en la barra del Cairo se ha disparado la cuenta, pega un trincherazo a la salida mientras se ajusta el abrigo: “Oye, pequeño, el Cairo ha sido hoy muy cairo, ¿no?”. Si llega a un bar y está poblado de gente con cargos, Peris dice que hay que buscar hueco “entre los próceres”. Si alguien lo somete a una conversación telefónica larga en la que el interlocutor no capta las ganas que tiene Peris por dar por terminada la conversación, dirá que “hay que ver lo que le cuesta a este tío dar el pase de pecho”. Si le pide reiteradamente la cuenta al camarero, pero éste sigue distraído, llega un momento en que Peris exclama entre la bulla de clientes: “¡Amigo! ¿Me facilita la huida?”.

Peris nunca ha dejado de llevar dentro el corrector de periódicos del Movimiento que un día fue, antes de convertirse en un escritor pulcro, sabio, enemigo de las erratas e imprecisiones. España ganó la Eurocopa del 64 con camiseta azul, las gambas no tienen pelo sino bigotes y a la una y media ya está preparado el sofrito en La Barbiana.

En el código de Peris hay que ir vestido al trabajo “como si fueras a entrevistar al cardenal a las doce”. Es tajante si dos hermanos no se parecen físicamente: “Son de la misma ganadería, pero de distinto encaste”. Bético ferviente, a veces hasta alcanzar límites difícilmente soportables, este veterano de la prensa es querido y respetado en el Sevilla F. C.. Su padre lo llevaba de niño a los dos estadios. El club de Nervión lo invita a sus principales actos sociales en el antepalco. Tiene amistad con José María del Nido, que un día lo invitó a su casa a una copa de periodistas y a su llegada le confesó al oído: “Eres el único que ha venido con corbata”. Don Manuel Clavero lo tiene en su despacho en una fotografía enmarcada en la que Peris posa junto a otras celebridades de la ciudad. Pocos como Peris, muy pocos, dominan tantos registros con tanta solvencia y con una memoria enciclopédica en la cabeza: fútbol, toros, Semana Santa, flamenco… Si Peris escribiera todo, absolutamente todo lo que sabe, si volcara en un libro todo lo que ha vivido en directo (pues no ejerce de ladrón de oído) se tambalearían tal vez los cimientos que sostienen otras firmas. Una de sus señas de identidad es que no disimula cuando alguien no encaja en sus cánones, o cuando algún comentario le toca los costados, sobre todo si se trata del tema con el que nunca se juega: el Betis. Peris es lo contrario a un agradaor. Otra seña de identidad es que busca la pureza en el lenguaje. ¿El vocablo ruan lleva tilde? “No, porque Juan no la lleva”. Y suelta unas respuestas de lógica aplastante de las que luego él mismo termina riéndose. Cierto compañero cobardón estaba un día justificando su inacción en un asunto a base de repetir que él no podía poner en peligro el “pan de sus hijos”. Tantas veces refirió el “pan de sus hijos” que Peris terció: “Deja ya lo de tanto pan que sólo tienes un hijo, joé”.

Debutó como nazareno de cirio en las Siete Palabras en 1958 en un tramo que tenía como diputado a un tal Juan Salas Tornero. Hacía 37 Miércoles Santos que no llovía. Ese día lo hizo. La cofradía se quedó en casa y el joven Peris retornó a la suya empapándose por Alfaqueque. “Niño, lo tuyo es la Virgen de los Reyes”, lo saludó su padre al verle. Algún año se vistió en Los Estudiantes, pero ha sido más de ver las cofradías que de salir en ellas.

La vida son recuerdos de la mano de su padre que lo guió por la Semana Santa. Es viajar en el Seat 124 de Ruesga Bono camino de la redacción de Suroeste, sita en un polígono. Son evocaciones de una sólida amistad con Juan Teba, Manuel Ramírez y Chano Amador, o con Joaquín Sierra ‘Quino’. La vida es escribir el enésimo artículo sobre el tráfico de la calle Baños, sobre el sentido litúrgico de la ceniza en el inicio de la cuaresma, sobre la silla vacía en Navidad, sobre los días de verano en las tierras cántabras de Trifón, sobre los bares (“abrevaderos”) que abren en agosto, o sobre aquellas camisas azules de los 20-N en blanco y negro. La vida es pasión por Barcelona, Santander, La Coruña, Vigo… Por Asturias, Madrid… La cultura geográfica de Peris es de nota. Controla con precisión dónde viajar, dónde comer y dónde dormir. Jamás verán a este parroquiano de la Puerta Real en un bar malo. Lo que tiene lo gasta en vivir bien, con intensidad y generosidad. Al cruce de La Flor de Toranzo, Enrique Becerra y Casa Moreno lo llama el “agujero negro” de la hostelería local, al que se sabe cuándo se entra, pero nunca cuándo se sale. La vida son tres actos sociales en un día, que se pueden resumir en la actividad del croquetaje.

La vida es un domingo por la mañana yendo a por el mazo de periódicos a la redacción. La vida son recuerdos de partidas de frontón y de visitas a un gimnasio del Porvenir donde compartía saludos y charlas con el entonces presidente Manuel Chaves. A Peris siempre le ha gustado hacer deporte tanto como redactar con precisión semántica y gramatical. La vida son tardes de Feria en la caseta de Enrique Fernández Asensio, el madrileño más espléndido que ha conocido Sevilla, y días del verano hispalense refugiado “bajo el Fujitsu”.

Peris es como una casa sevillana: con las puertas abiertas que dejan admirar un hermoso patio, pero que el propietario sólo abre en contadas ocasiones. En el fondo se recrea con el cultivo de ese halo personal de misterio, como Curro Romero en sus buenos tiempos, cuando no se prodigaba en saraos y concedía muy contadas entrevistas. Entonces Curro era más Curro. La influencia de Peris ha llegado a ser de tal intensidad que cierto periodista, entonces muy joven y sin bigote, jamás olvidará que la primera vez que entró en casa de su novia, hoy esposa, el hielo del ambiente se rompió cuando dijo que trabajaba en Diario 16. Su potencial suegro ya se relajó: “Ahí trabaja Luis Carlos Peris, ¿no?”. Y la charla se tornó distendida y se centró en los mil y un detalles del personaje. Si algo caracteriza a Peris es su capacidad para relacionarse con la gente joven y con las nuevas tecnologías. Paco Robles bautizó su artículo cotidiano en las páginas locales de Diario de Sevilla como la “media verónica del periodismo”. A un periodista que solía ir solo a los sitios porque su novia estudiaba oposiciones, le espetó un día: “¿Pero tú tienes novia de verdad, o es que ella sale menos que el Cachorro?”.

El desayuno es una tostada de aceite. La crónica de un partido es una labor de artesanía. Los libros que están bien escritos se leen “cuesta abajo”. En cuestiones de comer, tonterías las precisas. Y al escribir, florituras las justas. Firmó una serie titulada Sevillanos Gran Reserva en la que él mismo hubiera encajado como protagonista. El inolvidable Juan Moya Sanabria lo definió como “el último mohicano” de la prensa sevillana. Nacido el día del Desembarco de Normandía, pocos pueden presumir a su edad de seguir firmando artículos. Y hasta informaciones, como la de la reciente muerte de Manolo Cortés. Pocos pueden elegir a quién saludan y a quién no. La libertad, al final, no radica tanto en el dinero que cubre los riñones, sino en estar dispuesto a pagar el precio de tu particular forma de ser. Y Peris nunca ha tenido problemas en desenfundar para pagar: “Amigo, ¿me facilita la huida?”.