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Una dama a contraquerencia

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

ANABEL MORENO

EN Sevilla hay gente que conoció los años en los que una mujer no podía entrar sola en los bares. Estaba mal visto. Si acudían a los toros era para ejercer de florero. Y, por supuesto, sin lucir la minifalda que censura la letra de las sevillanas. En Sevilla aún queda gente que conoció los caballos de picar sin petos, vísceras por el ruedo y agujas gordas de coser sobre la marcha de las que necesita el PSOE de hoy. En Sevilla hay gente que se estrenó viendo la primera máquina de asar pollos en la calle Azofaifo, o que acudían a subir y bajar una y otra vez por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés recién estrenado en la Plaza del Duque en 1968. En Sevilla hay listos, charlatanes e inteligentes. Los mejores, habitualmente, suelen ser los que se callan, se quedan con la música y son capaces después de dirigir la orquesta. Éstos últimos son los brillantes, capaces de abrir camino, con fuerza para soportar las presiones, hombros anchos donde resbalan los balazos del que dirán y un desparpajo encauzado con racionalidad. En Sevilla hay muchas mujeres que han demostrado que el feminismo verdadero, no el de escaparate, pancarta y convertido no pocas veces en negocio o usado como coartada para las venganzas, se demuestra andando, trabajando, asumiendo y liderando.

Anabel Moreno (Las Palmas, 1959), funcionaria de la Junta de Andalucía y actual directora general en el Ayuntamiento de Sevilla, no milita en ningún partido político. No tiene carné. Forma parte de esa izquierda ilustrada, viajada y carente de prejuicios que es capaz de defender valores progresistas al mismo tiempo que disfrutar con sus hermandades del Valle, la Carretería y los Sastres.

Tuvo que haber un día en que una mujer entró por primera vez en un bar o se atrevió a vestirse de nazareno, como hubo un día en que esta mujer se decidió a aceptar el reto de presidir una corrida de toros en la plaza de Sevilla. Y hacerlo con el criterio propio de una aficionada de reconocido prestigio, tal como dicta el reglamento. En lugar de instalarte en la queja o en vez de aludir a los techos de cristal para justificar supuestas metas nunca logradas, esta funcionaria de cabeza bien amueblada aprovechó la primera oportunidad, se subió al primer tren y dio el paso al frente en un sector marcado por con fuerza por una suerte de machismo especialmente recalcitrante. Siempre le atrajeron los toros como rito, nunca como espectáculo. Si los toros se convierten en un mero espectáculo les ocurre como a la Semana Santa: están condenados al fracaso por un virus interno sin necesidad de que actúen enemigos exteriores. No fue nada fácil la primera experiencia en unos tendidos donde clamaban el “mujer tenías que ser” o el “vete a tu casa a limpiar”. Esta vecina del centro traía como defensa su formación académica, sus años en la facultad de Derecho, la mejor de España según Clavero y Olivencia, su sólido criterio taurino forjado en plazas de España y Francia.

Hizo la tesina sobre la eutanasia cuando el tema resultaba especialmente delicado, un trabajo dirigido por Jimmy Sainz-Pardo, quien muchos años después negoció como alto cargo de la Junta de Andalucía el traspaso de competencias del Estado en materia de Justicia. El interlocutor de Jimmy en el Ministerio de Justicia, por cierto, fue Juan Ignacio Zoido como director general.

Anabel era una joven estudiante que siempre acudía a clase con un ejemplar de El País bajo el brazo. Inteligente, culta, curiosa, cabezona hasta decir basta. Con mucho carácter. Nada amiga de acudir al real de la Feria. Lo suyo son los toros, los viajes previos a las dehesas para evaluar las reses elegidas por la empresa, asistir a los sorteos matinales los días de festejo, unos días en los que come poco, acude a pie hasta la plaza, se bebe un refresco sin azúcar y viste con la corrección propia que merece la responsabilidad. Siempre accede al coso por la puerta de cuadrillas y desea suerte a los matadores y a sus cuadrillas. Con Finito de Triana, su asesor artístico, se entiende con la mirada. Si la tarde ha sido de bronca al palco presidencial, cuando el festejo acaba y los matadores ya han abandonado el ruedo, aguanta de pie unos minutos para recibir todos los reproches que el respetable considere oportunos. Sabe como nadie que escrito está que la auténtica fiera ruge en los tendidos. ¡Y cómo ruge a veces, señora presidenta! Tras firmar todos los papeles que hay que despachar cuando termina un festejo, que pareciera que está uno en una notaría cerrando una fusión bancaria, la presidenta se refugia en el bar Taquilla con su gente, con ese círculo de confort que necesita todo ser humano expuesto al juicio del público. Es curioso cómo los aficionados, según el perfil, se reparten por las tabernas del entorno de la plaza en cuanto acaba la corrida. Los intelectuales acuden a la bodega San José, más conocida como El Punto. Los aficionados más entendidos, a la bodeguita Romero. Los más habituales de la vida cotidiana del Arenal, al recoleto Ventura. Y los conductores, areneros, los músicos de Tejera y otros personajes secundarios, prefieren el Taquilla de la calle Adriano. Al Taquilla se va la presidenta, donde ya la coca-cola adquiere el sabor de algún aliño propio de las horas de la relajación. Allí, alguna vez, ha recibido llamadas gratificantes en tardes especialmente duras: “He vuelto a ver la faena en la televisión y has acertado no concediendo la segunda oreja. Tenías razón”.

La vida son recuerdos de la promoción 1976-81 de Derecho, donde compartía noches de estudio con Rosamar Prieto-Castro. La vida es decir sí cuando Demetrio Pérez le ofreció entrar en el equipo de presidentes de la plaza de Sevilla en la temporada 2006. Ella, una aficionada autodidacta, no lo dudó en ningún momento. Como no dudó en hacer oposiciones y como no duda en viajar a lo destinos más alejados cada vez que puede. La han visto por Turquía, Siria, Egipto, Uzbekistán… Dicen que se busca a alguien que tenga una foto suya en Matalascañas. Le gustan un museo y unas ruinas históricas casi lo mismo que la embestida brava de un vitorino. Apasionada de la novela negra tanto como del barco de la Carretería. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la grada 3 junto a su inseparable Manuel Grosso, un aficionado culto que los días que ella preside se ve obligado a guardar disciplina de nazareno del Silencio cuando hay reproches al palco. Y esa disciplina no hay estampida que la altere. La vida son recuerdos de un mano a mano entre Romero y Ojeda en la plaza de Málaga a la que esta incombustible Anabel acudió embarazada de ocho meses.

Le gusta ver los toros desde el callejón, disfrutar del embarque del ganado y cultivar las relaciones personales con toreros y ganaderos. Pero como el torero mate mal no hay segunda oreja. Como debe ser. Ya lo dijo un portero del teatro La Scala de Milán: “Todos los días de función no pueden acabar con aplausos de 45 minutos”. Tiene claro que la plaza de toros de Sevilla no es una ONG, que los momentos previos y posteriores a la corrida forman parte del rito. La pueden ver dando una conferencia en un club taurino de París o en los palcos de Semana Santa de la Plaza de San Francisco, con un velo en cualquiera de esos países árabes a los que se escapa, o en los veladores de la Plaza del Pan dándole cadencia a un trago largo. Dicen que es de izquierdas. En realidad es más bien de la hermandad del sentido común, del partido de la naturalidad, del colectivo de los que no están dispuestos a renunciar a todo lo auténtico que tiene su ciudad, de los que se niegan a vivir en el frentismo, rechazan el cultivo de esas visiones excluyentes que no admiten que se pueden hacer cambios sin necesidad de bochinches, que se puede ser devota de la Virgen del Valle, entender de música israelí, no pisar la Feria y perderse con insistencia por los rincones de Turquía menos conocidos. Que la lucha por la igualdad no es una estética de arrobas, del todos y todas, del sevillanos y sevillanas, sino de hechos, apuestas, esfuerzo y decisión y de ocupación de espacios con tanta naturalidad como determinación. La suya es una vida a contraquerencia. En contra de las inercias casposas y en contra de postureos que no admitirían alguna de sus combinaciones por no encajar en las etiquetas que pretenden una reducción al blanco o negro, al rojo o al azul.

La clave quizás ha sido tener arrojo y, como siempre, una buena cuadrilla. Un día una mujer entró sola en un bar y le importaron muy poco las miradas. Lo hizo sin ira. Un día una mujer aprobó las oposiciones de notarías y ejerció entre hombres mayores escapados del NO-DO. Lo hizo con naturalidad. Un día otra mujer se matriculó en la vieja facultad de Derecho de Laraña. Y después, poco a poco, llegó otra, luego otra y después muchas más. El caso es quedarse de pie cuando arrecian las críticas. Y, por supuesto, no irse a casa a limpiar. Se va una al Taquilla, que es mucho mejor. Y a esas horas las fieras han dejado de rugir y la categoría de la plaza ha quedado protegida: una plaza de primera gracias a la dama del palco.