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El culto al tacticismo

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

GÓMEZ DE CELIS

ERA Alfonsito. Lo fue durante mucho tiempo. El niño inquieto del PSOE, criado en el Polígono de San Pablo, con carisma para tener primero una alegre y poblada pandilla y después, con el paso de los años, una cuadrilla que sigue siendo fiel a sus llamadas. Era Alfonsito el que recibía el magisterio del profesor Emilio Carrillo, el que metió a una chica de Triana llamada Susana en las filas del PSOE, el que siempre, siempre, ha estado embistiendo contra el aparato, contra el poder establecido, contra el orden constituido. Era Alfonsito rebelde porque el mundo lo hizo así. Rebelde e indeciso. Rebelde y tacticista. Rebelde y desconfiado, de los que miden todas las situaciones, escrutan la reunión y se van relajando poco a poco, lentamente y siempre con el asidero de alguna compañía que le permita no sentirse solo. Era Alfonsito hasta que tuvo que dejar de serlo. El tiempo, las elecciones y los congresos pasan para todos (y todas).

El buen concejal de Hacienda con Monteseirín sufrió cuando le tocó lidiar con Urbanismo. Lo suyo es el poder más que la gestión. Paró el tren de su vida municipal y se marchó a los despachos anónimos de la Junta de Andalucía cuando se dio cuenta de que no le iban a permitir ser el candidato a la Alcaldía, cuando percibió que las apuestas de Pepiño Blanco desde Madrid y de José Antonio Griñán desde Andalucía eran otras.

Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (Sevilla, 1970) fue muchos años el niño bonito de Monteseirín en el Ayuntamiento. El profesor Manuel Marchena era el cirineo, el brazo ejecutor, el virrey. Celis era la apuesta política, el delfín después de que la opción de Carrillo se hubiera diluido. Ocurrió que Celis estaba y está en la lista negra de Susana Díaz. La presidenta andaluza experimenta convulsiones cuando ve a Celis. No le tiene ninguna simpatía. Quizás porque se conocen a la perfección de los años de pandilla, noches de fines de semana y jornadas de Feria. ¡Ay, esas fotos de mozalbetes risueños en las casetas de distrito! La belle epoque duró hasta que las listas del 99 los separaron. No se respetó el orden natural. Ella entró en la candidatura pero él no. Caballos, que era quien mandaba en el aparato, ¡siempre los aparatos cruzándose como un toro resabiado!, fracturó aquella pandilla para siempre. Casi dos décadas después, Celis está hoy en la Junta de Andalucía, en un puesto de libre designación de cuya existencia no nos hemos enterado hasta que él llegó al cargo. Pedro Sánchez, siendo secretario general del PSOE, le pidió a Susana Díaz que Celis estuviera en el gobierno andaluz. Y lo puso en el gobierno… de los Puertos de Andalucía. Y ahí sigue, pese a la caída de Sánchez, porque no hay mejor forma de sobrevivir en Andalucía que siendo la cuota minoritaria. Se convierte uno en lince y todos te protegen. Celis es el lince del PSOE andaluz en Sevilla. Interesa tenerlo colocado porque es la prueba de la magnanimidad de la presidenta andaluza, la cuota del respeto a la minoría que se jacta de serlo. “Celis no se toca”, reza en San Telmo.

Alfonsito, el chico alto, austero, con pelazo y capacidad de liderazgo, dejó de serlo. Pasó a ser Celis, curtido por los golpes y los desengaños. Experimentó cómo Griñán lo citaba en su casa del Aljarafe, tapita de jamón en el porche, y le prometía ser candidato a la Alcaldía de Sevilla. Brindó con champán en Madrid con Pepiño Blanco, secretario de Organización del PSOE, por su condición de sucesor de Monteseirín en el Ayuntamiento. Y fuéronse ambos, Griñán y Blanco, y no hubo nada. Se acabaron el jamón y el champán. Como es un alma inquieta, se metió a apoyar a Rubalcaba frente a Carmen Chacón en el congreso de Sevilla. Ganó el avieso Rubalcaba, pero ya se sabe que el federal nunca acude al rescate de sus apoyos en las provincias. Y Celis se quedó solo en Sevilla, protegido (y vigilado) por la guardia pretoriana susanista. Fue parlamentario autonómico un tiempo plúmbeo, pero después lo sacaron de las Cinco Llagas. En una etapa posterior se dedicó a apoyar a Pedro Sánchez cuando pocos lo hacían en Andalucía. Y Susana mientras tragando, entonando cuando ve a Celis lo mismo que Lorca a la muerte de Ignacio: “Que no quiero verlo, que no quiero verlo”. El secretario general del PSOE visitó la Feria de Sevilla y no hubo nadie a recibirle cuando su coche llegó hasta la portada. Nadie, salvo el director de la Agencia Pública de Puertos de Andalucía: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis.

Sánchez cayó una tarde de sábado después de haber tenido a España bloqueada. Ahora se quiere levantar. Ha fichado a Celis de druida Panoramix, de lo que siempre ha sido Celis: estratega. Toda su carrera es un culto a la táctica, al estudio previo, a la tasación de riesgos. Es como Curro Pérez en el PP, pero más eficaz y sin gatos. Miau. Celis ha pecado no pocas veces de indecisión, de arriesgar poco, de no atreverse a dar el paso cuando todos creían en su capacidad. Porque pocos dudan de su capacidad, pero muchos ven que le cuesta salir del burladero. Y ahora, al fichar por el equipo del codicioso guapo oficial, el de las camisas albas, ha dado por fin un paso decisivo en su trayectoria.

La vida es la lucha por el poder aprendida en las Juventudes Socialistas. Es darse cuenta de que el futuro dentro del partido ya no está asegurado por el mero paso de las generaciones, eso se acabó. Ahora hay que dar el salto y arriesgar. La vida es soñar con una agrupación única de Sevilla capital en la estructura del PSOE, una reforma orgánica frustrada que hubiera hecho más fuerte a Monteseirín en sus últimos años como alcalde. La vida es Santa Catalina, la Hermandad de los Caballos donde es muy querido, la tradición de la Semana Santa, alguna visita muy especial a ceremonias íntimas en la Macarena de las que prefiere que no trasciendan. La vida es pasión por el Betis, la ciudad de Barcelona, atender a Judith Mascó en la Caseta Municipal de la Feria de Sevilla y entregarse a la afición de la pesca. La vida es incorporar a las campañas del PSOE a grandes personajes como el sevillista Monchi, el actor Paco Tous o el cantante Juan Valderrama.

Este mariscal de Monteseirín quiso ser el hombre que gestionara la obra del tranvía. Visitaba los trabajos a diario, siguiendo la escuela de Martínez Salcedo. Nunca confió en la rentabilidad política de las obras del Plan de Barrios. Suya es la teoría cierta de que el centro es el salón de la ciudad, por lo que invertir en el centro es hacerlo para todos los vecinos de la urbe. Supo lo que es estar imputado durante unos días por una verdadera chorrada que quedó en nada, pero que hoy le hubiera salido cara. La vida es oír a Herrera decir para toda España que Celis es la “cabeza mejor amueblada del PSOE en Sevilla”. La vida es un viaje discreto a tierras lejanas, donde los cristianos oficiaron las primeras misas.

Cuando dejó el Ayuntamiento a punto estuvo de ser el director general de Empleo de la Junta, pero, por fortuna para su futuro, se cruzó con Rosa Aguilar, quien le ofreció la dirección general de Vivienda. Siempre ha tenido habilidad para llevarse bien con el núcleo duro del entonces emergente Zoido. Mantuvo que en Sevilla no se producirían nuevas mayorías absolutas. Zoido consiguió la absolutísima de los 20 concejales en mayo de 2011 y esa misma noche electoral hubo camisetas en la sede de la calle San Fernando dedicadas a Celis y a su pronóstico fallido. Quedó claro que Celis era la gran referencia para aquellos peperos. Celis era el modelo que ellos querían seguir. Tenían cierta fijación.

El corredor de fondo ha echado la caña de pescar. El pedrista andaluz sonríe. Por fin algunos podemos destacar algo positivo del obcecado Sánchez: su asesor en estrategias. Al final, el tal Mariano tiene hasta razón. La vida es aguantar y que alguien te ayude. Esperar hasta que piquen. Ser pacientes. O aguardar hasta que sencillamente sea Jueves Santo y entonces vayamos a lo sustancialmente importante: los felices orígenes anclados en Santa Catalina. El templo que pronto volverá a abrir.

Lady Diz en la Plaza Nueva

Carlos Navarro Antolín | 11 de diciembre de 2016 a las 5:00

CARMEN DIZ
CUANDO el grupo de cofrades eufóricos por la victoria electoral terminó con las existencias de pescadas y pedacitos fritos, bien regados por la pilsen de turno y el tinto cosechero, el primero de ellos en marcharse preguntó si se debía algo, dando por hecho que la nueva mayordomía se haría cargo de los gastos. ¡La ocasión era especial!, pensó alguno. “Claro que se debe, divide y se paga como en Bollullos, cada uno lo suyo”, respondió el hermano mayor. Nadie cuestionó si se refería al termino municipal del sevillano Bollullos de la Mitación o si se trataba de Bollullos Par del Condado. Eso era lo de menos, sobre todo porque lo mejor estaba por llegar. El candidato victorioso dio una buena nueva que a alguno le sentó como un jarro de agua fría en enero: “Aquí se ha acabado eso de dejarle las ronchas a la hermandad, entramos en un nuevo tiempo. Los mil cuatrocientos hermanos no tienen que pagar las cuchipandas de diez o doce”.

Carmen Diz García (Trujillo, Cáceres, 1954), funcionaria, fue una brillante concejal del PP, lo cual se puede decir de muy poquitos de los ediles que han pasado por la Plaza Nueva desde las primeras elecciones locales. Estuvo al frente de Medio Ambiente y de Parques y Jardines. Y ejerció también de vicepresidenta de Emasesa, lo que, en la práctica, suponía estar en la máquina de mandos de la joya de la corona de las empresas municipales.

Una vez que se escapó a Munich con su marido, Sebastián Herrero, la alcaldesa Soledad Becerril le puso deberes: “¡Qué bien, qué bien, Carmen…! Aprovecha el viaje para conocer las nuevas técnicas de limpieza del viario público, que me han dicho que hay unas máquinas que las pasan por la calle, hacen muy poco ruido [Soledad se esfuerza en una onomatopeya] y dejan todo estupendo. Me encargaré de que te reciban. Verás cómo a Sebastián le encantan las máquinas”. Y cuando en otra ocasión fue a París, la alcaldesa también le hizo encomiendas. Lo mejor de todo es que los viajes estaban pagados con la técnica de Bollullos, que no se sabe como la denominarán los sabuesos interventores municipales, ni los sesudos preceptos de la Ley de Haciendas Locales o de la Ley de Bases de Régimen Local. Pero la Diz se pagó de su bolsillo varios de aquellos viajes, ¿verdad Carmen?, y los aprovechaba para traerse la información de las barredoras de última generación. Y si el viaje era oficial, su marido se pagaba su plaza. Que le cuenten a cierto recepcionista de París, no muy diestro, por qué tenía que hacer dos facturas para que cada miembro del matrimonio pagara su mitad: una a nombre del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla y otra al de don Sebastián Herrero. Enseguía ocurrió eso en los tiempos que vinieron después, cuando algunos concejales y sus asesores comían con la ansiedad de cierto notario ya desaparecido, el mismo que estaba un día poniéndose púo en un velador del centro y al que interpelaron:

–¡Vaya usted despacio, don […], que la comida no es robada!

Algunos comieron en las corporaciones posteriores a Soledad como si las viandas fueran eso: robadas. Criaturas. Y cómo viajaron, cuantísimo aspirante a Willy Fog en versión gañote. En el Ayuntamiento se pasó de Soledad y Carmen apagando las luces de la Casa Consistorial, a enviar escoltas al restaurante Casa Yebra para coger mesa con tiempo porque no se hacían reservas. Cierto escolta aún recuerda la de fantas que se bebió durante la espera.

A Diz le tocó literalmente cerrar el grifo de la ciudad antes de que otros lo abrieran en sentido figurado. Esta edil cortó el suministro de agua a los sevillanos en aquella sequía larga (1991-1994) regulada por bandos del alcalde Rojas-Marcos, aquellos años de carencia en los que los presidentes de las comunidades de vecinos eran responsables incluso si se usaba el agua de los aljibes privados en horario prohibido. Diz cerró bares de la movida y negocios ilegales. Puso a Sevilla tan limpia que nos dieron la escoba de oro y nunca se vieron tantas plantas bonitas en los lugares monumentales de la ciudad. Cuando el pasado julio adornaron la Plaza del Triunfo con motivo de la visita frustrada de Obama, muchos ya sabíamos hacía años por Carmen Diz cómo quedan de lustrosos los parterres de la Plaza del Triunfo sin necesidad de recibir a grandes personalidades que, encima, nos dejan con las croquetas servidas y el vino descorchado. Pregúntenle a Carmen por algún tipo de planta. Se las sabe todas, a lo padre Mundina pero con glamour.

Hija de extremeños. Su padre fue un ingeniero militar que acabó de director de la Fábrica de Artillería de Sevilla después de una etapa en Asturias. De hecho, cuando Carmen llega a la Facultad de Derecho de Sevilla es conocida como “la asturiana”, pese a que sus orígenes están en Trujillo. Es la mayor de seis hermanos, acostumbrada a mandar, a supervisarlo todo, tanto como a administrar. Dejó la política el 12 de diciembre de 2000. Soledad había renunciado a seguir de alcaldesa en 1999 al no ceder a las pretensiones abusivas de Rojas-Marcos. “Alejandro, ¿vas a pactar con ese que suda tanto?”, le dijo en alusión a Monteseirín.

Cuando Soledad dimitió, el tiempo en política de Carmen estaba finito. Ella lo sabía, pero siguió unos meses de líder de la oposición porque Soledad así se lo pidió antes de marcharse como vicepresidenta del Congreso de los Diputados. Los niños de Arenas empezaron a meter palos en la rueda de su portavocía. Y la Diz dijo eso tan de sevillano serio cuando en un banquete de boda comienza a sonar Paquito, el chocolatero: “Ya estoy yo en mi casa”. A los niños de Arenas que los aguante Javié, a muchos de los cuales, precisamente ahora, el de Olvera los está sufriendo en sus propias carnes.

–¡Críe cuervos, don Javié! Ahora lo quieren dejar a usted de florero en el PP sevillano los mismos a los que usted enseñó el arte de la guerra. Perdón, de la política.

Como esta Diz tenía una plaza ganada por oposición hacía muchos años sin necesidad de pegar codazos, se volvió a su puesto en el Ayuntamiento. El gobierno socialista, se dice pronto, le confió la jefatura de servicio de Gobierno Interior, donde muchos años más tarde, el gobierno del PP de Zoido –¡Al suelo que vienen los nuestros!– colocó a un anarquista de director general. Atrás quedaron unos años de camaradería con socialistas y comunistas. Adolfo Cuéllar, aquel portavoz de Izquierda Unida, aquel señor en toda regla, siempre le decía a Sebastián Herrero: “Tienes una mujer excepcional, cuídala”. La Diz era Lady Diz para los grupos políticos de la izquierda de aquellas corporaciones en las que las diferencias políticas se quedaban en los plenos.

La vida es obsesión por el rigor, la búsqueda de lo perfecto, el gusto por las cosas bien hechas. Son recuerdos de Antonio Fontán animándola a entrar en el Grupo Popular como asesora cualificada, y de Soledad convenciéndola años después para que aceptara ir con ella de concejal. La vida es pedir varios presupuestos para atender un almuerzo institucional del Ayuntamiento y no disparar a lo loco con la pólvora de los ciudadanos. Con muchos políticos en España con estos criterios, la crisis económica hubiera sido más llevadera. La vida es una noche de enero de 1998 cuando, ay, sonó el teléfono pasadas las tres de la madrugada: “Han matado a Alberto y Ascen”. Y Carmen y Sebastián se fueron para la Plaza Nueva siguiendo las instrucciones de seguridad: en un taxi, nada de vehículo particular. Días después, la alcaldesa le encomendó la parcela de gobierno de Alberto: la Hacienda local. “No puedes decirme que no”, le dijo Soledad. Se hizo el silencio. Carmen dijo que sí, llegó al despacho de Alberto y se encontró con que todo estaba en orden y al día. La vida son recuerdos de la finca de Gabriel Rojas donde pasar los días azules con Alberto y Ascensión y otros compañeros del gobierno. Apostó por la limpieza sin olvidar detalles como la recuperación de los nidos de cigüeñas en los campanarios del centro.

Esta funcionaria es una persona seria en el mejor sentido. A nadie extrañó que acabara siendo el brazo derecho de Soledad. Seria, pero nada de aburrida. Hacendosa y puro nervio. Sólo teme a los perros. Guau. Juvenil en el estilo. Cose, cocina, canta, baila, toca la guitarra y, sobre todo y por encima de todo, camina siempre a gran velocidad. Ver a Carmen Diz por la calle es el mejor anuncio sobre hábitos saludables. Siempre a paso de mudá, siempre a la dizvelocidad. Carmen hace camino al andar. Su vida es siempre volver del Ayuntamiento a casa. Por eso no le costó trabajo dejar el palomar en 2000. Dieciséis años después sigue haciendo lo mismo: trabajar en el Ayuntamiento. Otros, dieciséis años después, también siguen haciendo lo mismo: culebrear. Y nunca pasan por Bollullos, aunque al final, acaban pagando lo suyo.

El caballito de cartón

Carlos Navarro Antolín | 27 de noviembre de 2016 a las 5:00

Francisco Carrera Iglesias Paquili
EN Sevilla quedan algunos vecinos que aún recuerdan la tarde del 18 de julio con una Plaza Nueva iluminada con farolas de gas. Aquellos niños tienen hoy más de 90 años. Y también los hay que recuerdan las calles de su barrio sin pavimentar, andando por la tierra y sufriendo los días de lluvia. Estos últimos no son ni mucho menos nonagenarios. No alcanzan ni los 60 años. Pero aunque sea difícil de creer, vieron esa Sevilla, vivieron en ella y aprendieron a amarla pese a las circunstancias adversas. Francisco Carrera Iglesias (Sevilla, 1957) se crió en las calles de un Cerro del Águila casi sin urbanizar, cuando era un niño sin caballito de cartón. No llegó el equino soñado al igual que otras niñas de la España en sepia se quedaron en su día sin la deseada Mariquita Pérez. El niño es el Cerro en Superocho, el adulto es el bordador en color de alta definición. Entre uno y otro, la evolución de una ciudad radicalmente distinta en prácticamente todo. Paquili lo llaman y por Paquili responde este sevillano nervioso que osó comprometer a un cardenal para que coronara a la Virgen de los Dolores. Y el cardenal, que se entusiasma con los perfiles transgresores y se aburre con la ortodoxia de sota, caballo y rey, le concedió la petición. La hermandad de la que Paquili era hermano mayor se había volcado en ayudar a la parroquia cuando el edificio estaba en obras. “¿Cómo os lo puedo agradecer?”, preguntó el prelado. Y Paquili, sin ningún tipo de corte, pidió su particular caballito de cartón. “Coronando a la Virgen de los Dolores, señor arzobispo”. “Hecho”, respondió don Carlos. Y aquella coronación se convirtió en un hito. Nunca ha habido más socialistas juntos en una misa. El Suresnes de las coronaciones canónicas con Soledad Becerril, entonces vicepresidenta del Congreso, como excepción.

Paquili tiene sobradamente ganada la categoría de personaje. Su principal virtud no es que haya sido capaz de cambiarse de acera recientemente.

–Oiga, ¿a qué se refiere?
–Pues que siempre tomaba café en el Horno de San Buenaventura de la Alfalfa y ahora lo hace en el de enfrente, el Horno del Abuelo. No todo el mundo lo tiene tan claro para introducir modificaciones sustanciales en un hábito cotidiano. ¿O no?
–Bien, siga.

Su principal virtud, seguimos, es que es de los personajes que no le tienen ningún miedo a la Sevilla Eterna. Forma parte de ella y sabe cómo ganársela, o cómo tocarle los costados. Le gusta provocar al sector rancio, al que tiene cogida la medida porque, en el fondo, Paquili lleva un rancio en su interior, por mucho que sea capaz de pasearse por la Avenida de la Constitución con un traje amarillo y disfrutar de las miradas que provoca. Ríanse ustedes ahora de la discutida estética de una Avenida cargada de veladores, ciclistas, el tranvía más lento del mundo y otros cachivaches. Para estética polémica la de un Paquili sonriente, vestido del color de la selección de Rumanía y con la Catedral de fondo.

De lo que más disfrutó cuando dejó el cargo de hermano mayor del Cerro fue de colgar para siempre las corbatas y los trajes anodinos, que se enfundaba durante aquellos años por respeto institucional. Tiene corbatas para montar un centro comercial, pero no las suele usar. Es como esas señoras que tienen joyas y pieles para disfrutar con su contemplación, pero no quieren incurrir en la ostentación. Clase se llama. La debilidad de este sevillano peculiar son los zapatos. Cuanto más raros, mejor. Si la lengüeta es de un color y el resto de otro, aún mejor. Se cuenta que en su casa hay más de cien pares, lo que le convierte en la versión masculina de Imelda Marcos. Los acharolados los guarda para las ocasiones especiales. Los trajes, de Purificación García. Y el cuello, bien abrigado.

Paquili es artesano, como le gusta que se diga. Aprendió a bordar porque le apenaba no sólo ver sin pavimentar las calles del Cerro de su infancia, sino el pobrecito ajuar de su Virgen de los Dolores de aquellos años del Nodo. Se buscó una oportunidad a lo Palomo Linares, llamando a las puertas de las plazas. El empuje de la humildad se llama. Después de ser rechazado en algunos talleres, logró que una vecina, Fidela, le enseñara el arte del bordado. Siempre reconoce el papel que jugó Fidela en el inicio de una carrera que hoy está jalonada por las principales firmas nacionales e internacionales. Paquili borda desde la Alfalfa para Victorio y Luchinno, Loewe, Justo Salado, Cañabate, el Teatro Real de Madrid y un largo etcétera. No tiene complejos en defender que las técnicas del bordado cofradiero son aplicables en muchos órdenes. Que se lo digan a Hillary Clinton, que lució un mantón de Manila bordado por este cerreño. Con el precio del mantón, diseñado por el 150 aniversario de Loewe, se puede pagar la entrada de un piso en República Argentina.

Paquili no cobra por ir a vestir vírgenes de capital o de pueblos de la provincia. Lo sigue haciendo por amistad, o cuando lo requieren por razones de urgencia. Solo pide que lo lleven y lo traigan porque forma parte de los que tienen claro que el lujo de hoy es vivir en el centro y no tener que depender de un coche.

La vida es provocar. Apostar por los chaqués y los ramos cónicos en una hermandad de barrio como el Cerro, por el diseño de un manto tan discutido como en su día tuvo que serlo el de la Virgen de los Ángeles, de los Negritos. Ahí sigue el manto cada Martes Santo. La vida son charlas interminables con Miguel Caiceo y Eduardo Altolaguirre. Ocon Luis Becerra. Es una honda afición por cocinar y por ejercer de anfitrión con candelabros de plata en una casa presidida por un cuadro de su madre. Es la fidelidad al gimnasio para estar de buen humor y encajar las críticas a las que está expuesto por su trabajo. Paquili se ríe cuando lo comparan con Sampaoli. Y cuando dicen que jamás lo han visto entrar en Cañete o en Galán para probarse un blazer.

Si Fernando Villalón soñaba con criar toros de ojos verdes, Paquili sueña con una saya de cristal y pedrerías para la Virgen del Cerro, su musa, la imagen con la que se atreve a innovar como vestidor, la devoción de su vida. Dicen que lo acabará consiguiendo, como el caballito de cartón, como la Medalla de la Ciudad que ya se ha merecido. Alguien le regaló el caballito ya de adulto. Y está colocado en un lugar privilegiado de su casa. Quizás ese día aprendió que no hay camino, que se hace camino al bordar. Y que todo llega. Hasta los autobuses de Tussam acabaron llegando al Cerro. Y Paquili acabó conquistando el centro. Pese al traje amarillo.

El soldado sin batalla

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS 2
ES ese vecino amable que te encuentras en el ascensor y te hace un análisis preciso sobre la previsión del tiempo para los próximos días. Juan Espadas (Sevilla, 1966) te recuerda al detalle cuánto llovió el pasado otoño mientras busca las llaves de casa con una mano y sostiene con la otra la bolsa de Polvillo con el pan del día y una carterita con los papeles del banco donde ha hecho alguna gestión. Espadas, que tiene cierta estética de cajero hacendoso del Banco Popular, es ese amigo discreto que nunca llamaba la atención ni por exceso ni por defecto, ese amigo al que un día sus antiguos compañeros de clase vieron en Canal Sur coronado como consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio. Y justo en ese momento nadie pudo decir nada contra él por efecto de una posible envidia. Nadie. Y eso que Sevilla es muy dada a la defenestración exprés en cuanto uno de los nuestros, de los que nos encontramos en el ascensor, sale en los periódicos por algún motivo feliz. De Espadas nadie largó porque siempre se hizo perdonar sus virtudes. No caía mal. De hecho, sigue sin caer mal.

Si hubiera nacido quince o veinte años antes ya sería un respetado ex alcalde de Sevilla, porque hubiera sido ese perfil de candidato del PSOE, homologado y de catálogo, que arrasaba en los años ochenta o noventa en casi todas las circunscripciones electorales. Si fuera soldado, nunca llevaría calada la bayoneta y jamás dispararía por más que se le pusiera a tiro el más feroz enemigo. Si fuera sacerdote, sería de los de pláticas densas e interminables, y pronto se haría acreedor a un puesto en la curia diocesana por su capacidad de servicio al prelado. Si fuera atleta, su especialidad hubiera sido la marcha. De hecho, es un ciudadano de zancada larga que se lo hace pasar mal a los asesores que padecen algo de sobrepeso. Cuando va desde la Plaza Nueva hasta San Telmo para ver a La Que Manda en el PSOE, siempre quiere ir a pie por la Avenida y la Puerta Jerez. En ese rato aprovecha para ir despachando con sus concejales, como Juan Carlos Cabrera, delegado de Seguridad y Movilidad, y asesores como el director general de Emergencias, Rafael Pérez, con los que trata el número de vallas que se instalarán en Semana Santa, los cortes de tráfico por la cabalgata del Orgullo Gay o las negociaciones con la Casa Real para preparar la visita de Obama. En ese momento, el tío de los cupones que está junto al mexicano que canta en la escuálida sombra de la acera de las oficinas centrales del Santander, exhibe el aguijón:

–Míralos. Ahí van los tres fritos de calor. ¿Sabes qué te digo? Me alegro de que sufran la falta de sombra como nosotros.
–No… Van fritos los dos que van junto al alcalde, ninguno le aguanta la velocidad. Criaturas, me dan hasta sentimiento. Me los va a matar a ese ritmo.

Espadas no suele repartir abrazos ni dar ojana. Se parece más a Uruñuela que a Zoido en ese sentido. Es agradable más que chistoso. Tiene el peligro sordo de los que nunca quieren meterse en un lío. No te va a golpear, pero tampoco va dar la cara por ti si te dan un mamporro. Alguna vez ha tenido a algunos rivales del PP cogidos por donde más duele y ha preferido dejarlos políticamente vivos. No quiere broncas, porque teme el efecto boomerang más que un cofrade a un cielo panza de burra. No quiere refriegas con los ajenos ni con los propios. No mete el pie en el área jamás. No se acerca al pitón del toro nunca. Es como una locomotora antigua por una carretera de alta montaña: despacito, muy despacito, pero siempre avanzando con un chuchú adormecedor. Y al final llega a la estación de la Consejería, de la Alcaldía y ya veremos a cuál más en estos tiempos inciertos para un PSOE que no lo conoce ni la madre que lo parió, que diría uno con traje de pana que mandaba en Sevilla más que el Consejo de Cofradías.

A veces muestra un carácter que raya lo pusilánime y que ha sacado a más de un colaborador de sus casillas, pero él es así aunque desde la bancada rival siembren dudas maliciosas sobre aspectos de alguna etapa suya en empresas públicas andaluzas. Se ha guardado ciertas facturas ajenas del pasado, ciertas irregularidades graves que afectarían a protagonistas del mandato anterior, ciertos gastos legítimos pero polémicos que efectuaron sus adversarios. Todo lo ha mandado al cajón de las siete llaves. Mira al frente como un nazareno de ruan. Y punto. Si de él depende, no hiere a nadie. Tiene claro a quién no se debe molestar nunca, caso de Susana Díaz. Baste un ejemplo. Si el ínclito Pedro Sánchez acude a la Feria como secretario general del PSOE, no hay nadie del organigrama municipal para recibirle en la portada de la Feria. Ni un teniente de alcalde, ni un patrullero de la Policía Local. Jamás se puede molestar a La Que Manda, que ya se sabe cómo se las gasta con casi todos los que han sido sus rivales.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de la Trinidad donde un alumno listo, poco competitivo, prestaba mucha atención a las enseñanzas de don Florentino. Son evocaciones de un colegio donde vivía las bajadas de María Auxiliadora, los días de verbena, las competiciones en los campos de deporte y las horas de intensa convivencia con su primo Cejas o con amigos como Enrique Belloso. En la Facultad de Derecho, años después, fue delegado de alumnos, pero sin aparente perfil político, sino más bien de los que pringaban a la hora de trabajar y organizar los viajes. La verdad es que tardó cinco años en acabar Derecho, no los diez de su mentora. El mundo es así, fútbol es fútbol, y quien tardó el doble en sacar la licenciatura es quien decide la trayectoria del que la hizo en su tiempo. La vida es pasión por el Medio Ambiente desde que Fernando Martínez Salcedo le ofreció una de sus primeras oportunidades laborales. La vida es participar en los actos de los 25 años de la promoción del colegio, siendo consejero de la Junta, y apuntarse en el autobús que lleva a todo el grupo de la clase al lugar de celebración como uno más, sin distinguirse en ningún momento. Espadas, de hecho, es de los que dejan el coche oficial dos o tres calles antes de llegar al sitio de destino. La vida es entenderse a la perfección con la jerarquía eclesiástica. Siempre hace un aparte con el cardenal Amigo o con don Juan José Asenjo si coincide con alguno de ellos en un acto. Monseñor Asenjo lo conoció siendo Espadas líder de la oposición municipal. Cuentan que tras un primer encuentro con el hoy alcalde, el prelado musitó: “Ahí hay persona”. La vida es comer un bocadillo y dormir poco desde que es alcalde, es pasarlo mal cuando tiene que explicar en casa que el sábado debe oficiar una boda, o al no saber cómo quitarse de encima a los brasas que lo invaden durante una breve estancia en el bar del barrio.

Espadas está obsesionado con Málaga, convencido de que los nuevos polos de desarrollo son las costas y de que el futuro de Sevilla, sobre todo del aeropuerto de San Pablo, pasa en buena medida por una conexión rápida y eficaz con la capital costasoleña en todos los ámbitos. Espadas es a Málaga lo que Javier Arenas a Almería. ¿Recuerdan los años que el lince del PP se pasó dando barzones por la Andalucía Oriental con tal de no cruzar por la calle Sierpes? Cualquier oportunidad es buena para una reunión con Paco de la Torre en Gibralfaro o para recibirlo en el Salón Colón de Sevilla con todos los honores. Después de Málaga, dicen que la segunda obsesión de Espadas son las medidas de ahorro energético en las viviendas de nueva construcción, lo cual debe ser un asunto interesantísimo de tertulia para una cena de sábado noche… Espadas no es aburrido, pero tampoco es para pegarse por estar a su vera en la cena del alumbrao. Al término de la cena del ‘pescao’ de su primera Feria como alcalde, se levantó de la mesa para pedir una cerveza en la barra de la caseta de Emasesa. Había doble fila para suplicar la atención del camarero. Espadas aguantó su turno con paciencia de ordenanza en un Pleno de viernes por la tarde, que ya es tener paciencia… Alguien rogó al camarero: “Dale una cerveza al alcalde de Sevilla, hombre, que está aquí esperando y el hombre sólo quiere eso”. Y el camarero miró incrédulo, con cara del que siente que le están tomando el pelo. No se creyó que tuviera al alcalde delante y soltó una fresca del estilo de si este es alcalde de Sevilla, yo soy la reina de Saba.

Austero, sin concesiones ni alharacas, y con una gran memoria. Se acuerda al detalle de un artículo publicado hace años sobre los veladores, o de algún personaje del Carrión de los Céspedes de sus años mozos. También se acuerda, seguro, de que el día que se presentó en Fibes su primera candidatura a la Alcaldía, la de las elecciones 2011, no acudió nadie de la sociedad civil, tan sólo militantes de agrupaciones llegados en autobuses. El PSOE del tardoalfredismo ya no le cogía el pulso a Sevilla tras doce años de desgaste en el gobierno y con la amenaza de un Zoido arrollador, como se demostró en la noche electoral. Aquella noche, al menos, los fotógrafos captaron su abrazo afectuoso con un señor con aspecto de verdadero señor, que no tenía estética de militante exaltado, sino de ciudadano de prestigio, de los que exhibe el sosiego de la sabiduría y la humildad del verdadero intelectual. Era el catedrático de Psiquiatría Jaime Rodríguez Sacristán, pariente suyo y un fino observador de la ciudad.

Juan Espadas se ríe cuando oye críticas a la longitud de las mangas de su chaqueta o al exceso de caída de los bajos de sus pantalones. Se ríe menos cuando aparece como el alcalde que alquila los monumentos para cuchipandas, o el que ha provocado que España entera nos ponga, como siempre, de ciudadanos ociosos que nos dedicamos a participar en plebiscitos sobre la ampliación de la Feria. Pero nunca, en ningún caso, da un golpe sobre la mesa para culpar a nadie de ciertos despropósitos. Casi nunca pronuncia una palabra más alta que otra. Por eso dicen que es un gestor metido a político. De hecho, huye de asesores beligerantes. Odia las polémicas, evita el cuerpo a cuerpo. Le sientan bien los elogios de los sectores más conservadores de la ciudad. Se lleva muy bien con el portavoz de IU, el ex monaguillo Daniel González Rojas, o con el concejal Beltrán Pérez, del PP. El primer día que llegó al despacho de la Alcaldía mandó quitar el suntuoso sillón usado por todos sus predecesores: “Con tanta tachuela dorada se me estropean las chaquetas”. Mandó poner un insípido sillón de oficina. De Zoido admira lo bien que le quedan los trajes y dicen que siempre recuerda que en la toma de posesión del gobierno de los 20 concejales, Juan Ignacio le comentó en privado: “Vas a estar invitado con tu mujer a todos los actos de la ciudad, yo no voy a hacer lo que Alfredo ha hecho conmigo estos años”.

Espadas es habilidoso, porque, por ejemplo, va a pegar el mangazo de salir de Baltasar en la Cabalgata del centenario y casi nadie se ha enterado o ha opinado en contra. ¡Con lo que dudó Zoido para aceptar o no la corona de rey mago! Al final se quedó sin serlo por esa manía de la derecha de ser cautiva del que dirán.

La máquina avanza a golpe de chuchú por las pendientes pronunciadas. La zancada es larga por la Avenida. En política se trata de resistir, de disfrutar del amplio margen del tono gris, de sonreír en el ascensor, comentar el sirimiri matinal y cómo ha abierto la tarde, y de ir mientras buscando la llave adecuada en cada momento.

El arte del culebreo

Carlos Navarro Antolín | 11 de septiembre de 2016 a las 5:00

Blas
EL sueño de la razón genera monstruos. Y la actual política, secuestrada por los aparatos de los partidos, genera culebras hábiles que se adaptan a todo tipo de firmes. Cambia el firme, nunca la culebra. Existen los fondos de reptiles como existen reptiles en el fondo, muy en el fondo. Culebrear es un arte en una ciudad como Sevilla, donde hay culebras y pavimentos tan diferentes como para impartir un máster. En alguna de la ristra de universidades que pueblan esta tierra, que ya hay tantas casi como cofradías de vísperas, deberían abrir la Cátedra de Culebreo, que daría mucho más lustre al estudio de esta actividad que un mero observatorio, que los observatorios se los llevó la crisis como todo lo que era sólido. La Cátedra de Culebreo no sólo se centraría en el estudio de las habilidades de los reptadores de la política, sino, sobre todo, en la cohorte de simpatizantes, adeptos y padrinos de los que pueden llegar a gozar durante sus hazañas. La culebra hispalense nunca repta sola. Hay quienes la ayudan en su zigzagueo, le retiran los obstáculos y hasta la jalean.
Blas Ballesteros Sastre es un socialista que un día fue un importante concejal del gobierno de la ciudad gracias a que el PSOE pactó con el PA de Rojas-Marcos (catedrático del culebreo) en 1999 y desalojó de la Alcaldía a Soledad Becerril. El edil del nombre monosílabo se vio en la poltrona sin esperarlo. Como tantos. Como el propio Alfredo. Como todos los del PSOE de entonces. Y a Blas le dieron la doble T de la política municipal: tráfico y turismo. Los expertos sitúan en aquel momento el nacimiento de esta estrella de la política local que lleva más de diecisiete años en la órbita del puño y la rosa. Han leído bien: diecisiete años. Son más años que Paco Vélez en el Consejo de Cofradías y casi tantos como Cañete en Aprocom. Lo de Blas es ya de pontificado más que de supervivencia. Ha saltado de cargo en cargo, de puesto en puesto, de chiringuito en chiringuito como el que salta de velador en velador de Robles y va bordeando la fachada norte de la Catedral. Qué facilidad, que soltura, qué desparpajo. No es un tren, no es un avión. Es Blas.

Blas se hizo para la política. Y la política de hoy se hizo para Blas. Cada día tiene su intriga como cada día tiene su barra. “¿Dónde comemos hoy?”, se preguntaba cada mañana en los años del emergente alfredato. Yera como el hombre primitivo, medio pecho al descubierto y alguna piel con la que cubrir sus partes, que cada amanecida salía a cazar el mamut. Antes de que Espadas se inventara lo del hábitat urbano para revestir de una toga especial a su edil de Urbanismo, este Blas ya tenía claro su hábitat: la cervecería el Tremendo de Huerta del Hierro y el restaurante La Cococha de la Avenida del Greco. En ambos sitios tuvo Blas su corte de aduladores en los años de vino y rosas (del PSOE) municipales. Aquel tiempo en el que Blas alternaba con arzobispos a los que vender la peatonalización de la Avenida y en el que sus zapatos se deslizaban por los pasillos enmoquetados de los mejores hoteles de España. Y de Europa. Sí, hay que reconocer que Blas escondía el garbancito de la peatonalización de la Avenida en uno de los tres cubiletes sin que nadie acertara su ubicación. Nadie daba crédito al proyecto. Pero el garbancito estaba. Blas sabía que Monteseirín estaba dispuesto a dejar la Plaza Nueva sin el flujo de 2.200 autobuses que transportaban 37.000 viajeros cada día. Alfredo nunca tuvo miedo y lanzó a Blas, lo quemó en aquella iniciativa. Y Blas se tiró a la hoguera.

Vecino del Fontanal, se arrimó a don Manuel en el tardoloperismo con algunas perlas muy sonadas, como llamar “Ramona” a Sánchez Pizjuán. Como responsable de fundaciones varias no se olvidó de familiares ni de hacer carrera en Iberoamérica. Como posterior cónsul de Brasil tuvo placa de aparcamiento reservado en el barrio. ¡Cómo se mueve el artista en la pista! Como licenciado en Derecho, juró como abogado con un padrino de la categoría del ex fiscal jefe Alfredo Flores. Y hasta como integrante de un coro, Los Moracos de Triana, hizo sus pinitos en el carnaval.

En sus años de vivaqueo por la Plaza Nueva tuvo especial predilección por los periodistas. Ocurrió que no pudo engañar a todos todo el tiempo. Se acabaron los P-3 para aparcar en la Feria de tanto repartirlos. Blas repartía los aparcamientos como un antiguo rey entregaba las tierras para su cultivo tras la conquista del poder: “Hacedlas productivas y sacad provecho”. En versión: “Ve, úsalo y habla bien de mi”. Había que verlo abriendo el maletero del coche para sacar los pases y negociar como un tratante de ganado. Una vez mandó un pase de aparcamiento de oficio, sin que se lo hubieran solicitado, pero en lugar del P-3 (reservado a prensa y autoridades) metió en el sobre un pase para uno de los estacionamientos que está en Blas Infante, mirando al Aljarafe más que a la Calle del Infierno. El destinatario telefoneó a su secretaria: “Dígale a don Blas que muchas gracias, pero que lo que me ha mandado no es un parking para la Feria, sino una grada de Sol… Y con el reloj delante”.

Estaba obsesionado con la prensa, como tantos de sus compañeros de partido. Pero, en su caso particular, su obsesión le provocaba cambios de decisiones en función de lo publicado. Hay que reconocerle que quiso acabar con la mafia del taxi en el aeropuerto, que es como pretender que se vea bien la televisión en Matalascañas. Un metafísico imposible. Los bravucones del gremio quisieron pegarle y hasta acudieron a su domicilio particular. Aún hoy sigue sufriendo pintadas, prueba de que esos piratas del volante reconocen que el mero intento de este concejal por acabar con el chollo sirvió, al menos, para poner de relieve una situación de privilegio de un grupo basada en meter miedo a todos los demás compañeros.

El arte del culebreo es imposible si no se tiene verborrea ni se es simpático. Toca tantos palos este Blas que le gusta el flamenco y, en ocasiones, ha usado muchas letras de coplas en sus discursos. En la agrupación Centro del PSOE está parte del origen de su poder, pues fue secretario general y en ella conserva adeptos. Sus críticos han envidiado su capacidad para llevarse bien con destacados socialistas del País Vasco. Por Sevilla se le ha visto con Odón Elorza. Y a alguno le dio un sopitipando cuando el telediario informó de la toma de posesión de Pachi López como lehendakari y en las primeras filas estaba el sevillano Blas Ballesteros, imparable como la Junta, que aguanta más que la sábana de abajo y que no hay tsunami que arrase sus chiringos. ¿Por qué? Todos le atribuyen ser el poseedor de secretos inconfesables que comprometerían a gente importante del partido. El silencio de Blas tiene un precio que diferentes responsables del PSOE han ido pagando religiosamente.

Blas va literalmente en moto, usa pantalones Lois y una mochila que carga en el hombro derecho como Moragas cuando acompaña a Rajoy. Al igual que al presidente en funciones, le gustan los puros, aunque tiene la mala costumbre de mojarlos en la copa de alcohol.

Blas nunca ha estado solo. Cae bien a mucha gente, porque en esta tierra se siente una suerte de adoración por Rinconete. En el Ayuntamiento aún se recuerdan las mañanas en las que el edil de Tráfico no aparecía, pues la noche debió ser larga y la “cofradía” se debió encerrar al alba… Entonces era uno de sus colaboradores, el hoy concejal Cabrera, vicario en la curia de Espadas, quien tenía que intervenir en la radio para dar la información sobre la circulación y las rutas recomendadas para evitar los embotellamientos.

Algunos médicos recuerdan cuando Blas ayunaba justo antes de los análisis de sangre para mejorar los resultados. Citaba a los doctores para recoger los informes en el bar del Hotel Inglaterra, donde, destilado de importación por delante a eso de las 13:30 horas, se alegraba por el trampantojo del tubo de ensayo, la bilirrubina y los leucocitos…

La vida es una romería del Rocío vestido como un cowboy junto a Susana Díaz. Coincidió con La que Manda en el PSOE andaluz en la Casa Grande, cuando ella era la edil de Juventud, proyectaba un botellódromo y llamaba a los periodistas críticos: “Canijo, ¿otra vez escribiendo eso?”. A ella le reza ahora, como una santa apócrifa de la mística andaluza. Blas corrió el riesgo de acabar como un Guerrero suelto a la deriva en el mastodóntico organigrama de la Junta, pero tuvo mejor suerte. La vida es sobrevivir a los naufragios y a las denuncias sobrecogedoras. Nunca ha estado imputado, ni se le han sacado fotos comprometedoras. Hoy tiene un sueldo envidiado de 69.800 euros anuales como gerente de un consorcio de aguas, de cuya existencia hemos sabido gracias a Blas. La vida es estar pegado al aparato del PSOE sevillano para lograr los fines personales. Los factótum, secretarios generales y de organización pasan, pero Blas permanece. ¿Verdad, Pepe Caballos? ¿Verdad, José Antonio Viera? La vida es repetir una frase como salvoconducto: “Yo soy del PSOE”. Y dejar Tussam como la carrera oficial tras el paso de la última cofradía. La vida es pretender portar como gobernante una vara en el Baratillo con traje de chaqueta y que el entonces hermano mayor, un jovencísimo Joaquín Moeckel, fuera claro ante los servicios de protocolo del Ayuntamiento: “O viene de chaqué, o no hay vara”.

El arte del culebreo no está al alcance de cualquiera. Sólo los ungidos por la gracia y el desahogo pueden permitirse pisar ciertas rayas de picadores. Diecisiete años dan para repartir muchos P-3. Diecisiete años después, la Cococha ha cerrado y la Avenida es peatonal. El profeta Blas anunció que quitaría los coches del entorno de la Catedral. Acertó. Pero la mafia del taxi sigue en San Pablo. Y en Matalascañas se sigue engollipando la caja idiota. Sin P-3 no hay paraíso. Con Blas siempre tenemos fiesta, canijo.

Un icono de la radio

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

Charo Padilla (1)
LA imagen de un pueblo la construyen sus narradores, la enaltecen los poetas, la distorsionan sus tópicos y la destrozan los resentidos. Se puede usted quedar con la Sevilla de postal, como iba a hacer hoy Obama, o recrear la que relatan los viajeros franceses del XIX. Con las fiestas del pueblo, con sus señas de identidad, ocurre exactamente lo mismo. Se puede usted limitar a la Semana Santa chabacanizada, fagocitada por los movimientos del neocostalerismo, donde Dios es la coartada y hasta se graban los ensayos de pasos sin vírgenes, o dejarse llevar por los momentos de emoción interior y de autenticidad a prueba de esnobismos. La elección es libre. La Semana Santa tiene manos que la cuidan y hacen posible, como las de Manuel Palomino. Tiene escritores que la acariciaron en el pasado, como Peyré. O incluso que la desnudaron como Núñez de Herrera.

La Semana Santa tiene hoy sevillanos que la retratan con amor como Martín Cartaya, el último mohicano de la Leica, fogonazo, abrigo azul, cuello cerrado y siempre en la posición idónea para mirar sin ser visto, para disparar sin ser oído. Y tiene reporteros capitalinos de tres minutos de telediario que equivocan los rótulos y sacan con la alcachofa estereotipos ceceantes para ahondar en la vieja e injusta vinculación de la religiosidad popular con el bajo nivel cultural. La Semana Santa, quizás como el periodismo en general, está necesitada de profesionales que la sepa tratar a pie de calle sin edulcorantes, que hagan crónicas en vez de pláticas, que sepan emplear el bisturí imprescindible para diseccionar lo cutre de lo auténtico, lo nuevo y pasajero de lo que siempre permanece, lo popular de lo chabacano, la elegancia que conocieron varias generaciones de lo fabricado hace un cuarto de hora.

Si la Semana Santa, la ciudad misma, tiene manos, fotógrafos y escritores, también tiene voces. Se llama Rosario Padilla de la Hoyuela (Sevilla, 1962) y es conocida como ‘Charopadilla’, dicho todo junto, de una sola chicotá y pararse ahí. Para muchos, muchísimos, es la voz de la Semana Santa, la profesional que tiene ese bisturí tan necesario en tiempos de cochambre y misticismo. Muchos, muchísimos, no entendemos la retransmisión de la salida del Cerro sin su trabajo, por esa capacidad para escrutar el público de las primeras filas, el de las vecinas de toda la vida que esperan a la Virgen de los Dolores, y tener claro en unos instantes quién es la que da juego por antena, cuál es la que tendrá capacidad para expresar con su testimonio la vida, el torrente de emociones, la alegría de terciopelo burdeos, que brota en esa calle Afán de Ribera cada mañana de Martes Santo, alicatados de las casas, comercios de toda la vida mezclados con los chinos de nueva hornada, júbilo en la barra de Los Balcones, eco de tambores que se pierden en el océano de asfalto de Ramón y Cajal, Paquili hecho un puro nervio, Adolfo el ginecólogo ajustándose la capa… Oficio se llama el saber escoger el testimonio adecuado sin incurrir en el papafritismo, sin dejar jamás en evidencia a la entrevistada, sino, muy al contrario, convertirla en ejemplo de esa popularidad elegante sin la cual no se entiende la fiesta más hermosa de la ciudad, el día más bonito del barrio… Charo no entrevista los Martes Santo. Confiesa a las vecinas cada Martes Santo, que no es lo mismo. Y ellas le cuentan a toda Andalucía, por la celosía de confesionario que es su micrófono, cómo ha sido el año vivido. La nieta que se estrena, el hermano que falta, la deuda que por fin se tapó, la tristeza de las Navidades, la playa que pudieron disfrutar gracias a las excursiones de la parroquia, la manita que tiene que echar de nuevo la Virgen por un problemilla de salud que tiene un ahijado, el empleo que falta a un sobrino… Periodismo, reporterismo. Llámenlo como quieran. Su voz está ligada a la mejor Semana Santa, a la más auténtica por más popular, alejada de la oficialidad, el compadreo, el frikismo, las modas con caducidad, el almíbar y el elitismo de cabildo.

Carlos Herrera la llamaba ‘Sharon’ Padilla cuando trabajaban juntos a principios de los noventa, cuando la Stone estaba en pleno apogeo por Instinto básico. A Herrera se le pregunta por ella en un café en la barra del Candelaria, mientras Carmen Laffón sueña paisajes sanluqueños en el velador de al lado, y responde con la brevedad y contundencia casi de un tuit: “Charo es seria, pero no aburrida. Metódica, pero no cuadriculada. Cariñosa, pero no empalagosa. Y tiene un sentido de la fidelidad a prueba de bombas”. Pues por eso a veces no parece sevillana, querido Carlos. Pues por eso no responde al estereotipo de andaluz. Y de andaluza, que diría el tonto del género. Pues por eso dice las verdades mechadas tal vez de cierta brusquedad. Pero no gasta en agrados estériles.

Siempre el usted por delante en cualquier entrevista. Lo tiene como una máxima, ya sea al dirigirse al cardenal en la salida del Cerro o al tío de la pértiga en la entrada de la Redención, al alcalde tras presentar un proyecto urbanístico o al portavoz de un colectivo que se manifiesta en la Plaza Nueva. Tiene aversión por ese tuteo de la falsa confianza que no sólo no relaja el ambiente, sino que degrada al periodismo. Charo Padilla es mucho más que una periodista con capacidad para narrar la Semana Santa verdadera, que suele estar detrás de las vallas. En su currículum hay muchos años de trasteo en los pasillos del Ayuntamiento. Los concejales se cuentan entre ellos si han merecido o no el saludo de la reportera de Canal Sur Radio. “¿Te ha saludado la Padilla? Pues eso es que le caes bien”. A ciertas alturas de la carrera profesional, Padilla no está para hacer concesiones al niñaterío de nuevo cuño que invade la política.

Ostenta el privilegio, tal vez poco conocido, de haber realizado la última entrevista a Miguel de Molina (1908-1993), uno de los exponentes de la copla durante la República y los primeros años del franquismo, aunque hay quien le resta mérito como cantante y atribuye parte de su fama a sus dolorosas vicisitudes. Molina atendió a Charo por teléfono desde Argentina, donde vivía en el exilio desde que se tuvo que ir de España tras haber recibido una paliza de manos de falangistas por ser rojo y homosexual.

La vida es retransmitir sus tribulaciones cotidianas a Manuel Marvizón, el afamado músico que fue a por su corazón una noche de bajada de la Esperanza en la que Charo tuvo el privilegio de retransmitir un acto tradicionalmente cerrado a las cámaras. Marvizón, entonces en condición de pretendiente, hizo aquella noche de diciembre de ayudante de la reportera con tal de ganarse su favor. De meritorio en el atrio, aguantaba la bobina y se agachaba para soltar más cable cada que vez Charo lo pedía: “¡Tira cable, Manolo!”. Una señora, extrañada ante la escena, lo reconoció en plenas labores ajenas a las corcheas: “¿Pero usted no es Marvizón, el músico?”. Y Marvizón respondió un tanto apurado, mientras se peleaba con la bobina para desenredar el cable y complacer a su pretendida: “Sí, señora, lo soy, pero ahora estoy tirando cable, ¿no me ve?”.

La vida es obsesión por cuidar un cuerpo estilizado, de farola fernandina, exento de grasa y curtido en el gimnasio, pese a la afición por el queso y la cocina. La vida es un vestidor muy variado, de donde sale un estilo personal de formas simples y originales, carente de barroquismos. La vida es rechazar prácticamente todas las invitaciones en horario extralaboral. Ni pregones, ni mesas redondas, ni cuchipandas para profesionales de la captura de la pavía a partir de las ocho y media. La vida es recordar los comienzos en Antena Médica, donde la jornada laboral duraba lo que la estación de penitencia de Santa Genoveva. Es reñir con Sánchez Araujo porque su voz tronante para los oyentes de la SER se cuela por el micrófono de Canal Sur Radio durante la retransmisión de la Macarena. La vida son caracoles y cabrillas de la Alfalfa, un rato de distensión con Pepa, Arancha y Carmela, un arroz con Herrera el domingo de Feria.

Cuarta de nueve hermanos, nieta del fundador de la sombrerería Padilla Crespo, hija de un empresario inquieto cuyo último negocio fue un exquisito restaurante en Benahavís donde Herrera dio cuenta de selectas carnes asturianas y gallegas. Padilla devora literatura gastronómica con la perseverancia y el metodismo que imprime a todas sus acciones. Orden y limpieza. Método y disciplina. Duerme lo que dura el Silencio en la calle. La cama le quema. Arriba el corazón cada día a las 04:30, cuando aún suena el eco de los manguerazos de Lipasam por las calles del centro. La Padilla es un icono de la radio pública andaluza que no vive de la marca. Confiesa cada Martes Santo a las mejores vecinas del Cerro, que le abren su corazón porque se sienten bien tratadas, porque les da el mismo respeto que si fuera Don Carlos con la vara o el alcalde con el chaqué. Esa voz es patrimonio inmaterial de la Semana Santa de las últimas décadas. Tira cable, Manolo, más cable, mucho más, que en aquel balcón he visto un rostro que tiene que tener toda una vida que contar.

El penitente sin cirineo

Carlos Navarro Antolín | 3 de julio de 2016 a las 5:00

JUAN IGNACIO ZOIDO
TODO político tiene dos objetivos: llegar al poder y perpetuarse. Los cuentos chinos sobre la posibilidad de cambiar la sociedad, ayudar a los más débiles y otras hermosas teorías son justificaciones, argumentarios, envoltorios, celofanes con los que sustentar y adornar la carrera por el cetro. Los administrados tenemos que creernos esas razones idílicas por aquello de que la sociedad debe funcionar con un orden en valores. Hay que mantener en pie el edificio del sistema. Y en ese concepto de orden se incluye la necesidad de confiar en la buena fe de los que nos dirigen al mismo tiempo que se debe evitar poner la nariz cerca de las cloacas de cualquier gobierno. Por todo esto, los políticos están obsesionados con su imagen, encomiendan el aumento de su notoriedad a sus asesores, se vinculan en fotografías a deportistas laureados o a tiernos niños para vampirizar su prestigio y su inocencia. El objetivo de todos los políticos, jamás se olvide, es perpetuarse en el sillón cada cuatro años. Para ese fin hay que gestionar con réditos un presupuesto. Y también hay que mantener la imagen más solvente, angelical o ingenua que se pueda en función del perfil de cada uno. Cada cuál trata de potenciar sus fuertes y obviar sus debilidades. Hablemos, por ejemplo, de los alcaldes de Sevilla. Uruñuela era la imagen del político señorial propio de la Transición. Rojas-Marcos proyectaba un perfil enérgico, decidido y rocoso. El ego disparado. Soledad, de dama altiva, selectiva, ahorradora, la buena administradora. Monteseirín, de inventarse cada mañana un charco que pisar.

¿Y Zoido? El alcalde más votado y con más poder de toda la historia de la democracia ha sido muy probablemente el de un balance material más escaso. Juan Ignacio Zoido (Montellano, Sevilla, 1957) ha proyectado siempre una imagen campechana, próxima y risueña, pero nunca se ha guardado las espaldas. Ningún alcalde como él ha carecido tanto de un número dos, de un vicealcalde, de un hombre fuerte que fuera ejecutando proyectos mientras él repartía abrazos y besos; de un edil de Presidencia que se fajara con los concejales para apremiarles, para fiscalizar su trabajo, para ponerle fecha a las terminaciones de las obras, para vertebrar toda la acción del inmenso aparato del gobierno y canalizarla en beneficio del número uno. Zoido se negó siempre a delegar. Reinó pero no gobernó. No quiso. Redujo Sevilla a su paraíso particular en no pocas ocasiones. Y el paraíso era bello, pero efímero si no se cuidaba. En demasiadas ocasiones se le notaba que le escocían los problemas, se evadía ante una narración larga o miraba el reloj cuando un concejal trataba de explicarle las novedades de una ordenanza polémica. Como acaparaba todo el poder, también concentraba todos los problemas. Al no desatascar entuertos y prometer soluciones que nunca se traducían a la práctica, comenzó a generar la frustración entre muchos electores.

No han conocido las corporaciones municipales un líder de la oposición más tenaz y vehemente que este Zoido, como tampoco han visto un alcalde que dilapide en menos tiempo el mayor crédito concedido en Sevilla a un político municipal. La crisis económica restó su capacidad de maniobra, eso es cierto. Pero pudo hacer más. Los criterios –tan legítimos como severos– de la concejal de Hacienda también influyeron. A este alcalde risueño, que tiene la gran habilidad de saber esconder el aguijón, le faltó tener un Manolo Marchena, un brazo ejecutor, alguien que se la jugara para sacar adelante los proyectos, como tuvo Monteseirín durante los doce años de Alcaldía socialista. Cada vez que Alfredo tenía detrás a un empresario con exigencias, lo resolvía con una frase: “Háblalo con Marchena”. Y Marchena se partía la cara por su señorito y se exponía a las cornadas mediáticas. A lo más que llegaba Zoido para salir del paso de peticiones de dinero, colocaciones de allegados o proyectos de cierto peso era a una sentencia habitual: “Que se encargue Jesús”. Y Jesús Maza, consejero delegado de Emasesa y vicepresidente de las empresas municipales, buscaba fondos para la final de la Davis, pero poco más de aquello que de verdad le da proyección a un alcalde, que es cortar cintas e inaugurar infraestructuras. O no había dinero en la caja, se argüía, o estaba todo el funcionariado y los altos cargos en posición de defensa para no firmar un papel que les pusiera en riesgo de pasar por el juzgado. Demasiado miedo. En la Corporación de Zoido imperaba la inacción de los funcionarios, la flojera de muchos gerentes y el criterio técnico del secretario y del interventor, dos personajes poderosos con los que nadie se atrevía a discutir. Nadie se remangaba, tal vez porque todos daban por hecho que se repetiría, al menos, cuatro años más en el gobierno.

El ejecutivo de Zoido lo basó todo en la economía, un objetivo inmaterial, y en la Zona Franca, de la que, como todo el mundo sabe, están todos los vecinos hablando en el desayuno mientras untan la mantequilla en la tostada. Sólo un par de asesores se movieron para dar un brillo especial a este alcalde del PP que no parecía del PP: Antonio Castaño, en Turismo, y Benito Navarrete, en Cultura. Cuantísimos no sestearon durante cuatro años, cuantísimos no se embriagaron en la primera taberna del poder de los 20 concejales, cuantísimos no aconsejaron mal al jefe dejándole cultivar la Sevilla de los Morancos, las bodas de chistera y otros saraos de la ciudad más frívola… Para que, al final, José Manuel Soto, premiado por Zoido con el oro de la ciudad, opine en Twitter que Juan Espadas merece un notable alto en su primer año de gestión. Ay, el fuego amigo.

Zoido llegó al gobierno pero no se perpetuó. Como un Papa sin curia. Como un rey sin corte. Como un penitente sin cirineo. No quiso tener un segundo. Durante los años de la oposición se hartó de hablar con los vecinos, limpiar el Vacie, colocar bancos, empujar carritos de la compra, dar abrazos, sonreír, hacer gimnasia con las señoras en los centros cívicos, visitar ensayos de costaleros, estar en las cabalgatas de los barrios más alejados del centro… Pero se desentendió a la hora de gestionar una ciudad y lo dejó todo en manos de funcionarios sin criterio y carentes de nociones de la política real. Y, tal vez lo peor, su círculo de confort fue reduciéndole su perspectiva y haciéndole ver enemigos gigantes en los molinos de la crítica. Zoido sabe de sobra que su lepra estaba en la curia. Todo lo que se abrió en los años de oposición –captando votos de sevillanos que estaban en sus antípodas ideológicas– se cerró en cuatro años de gobierno. O se lo cerraron. O él se lo dejó cerrar.

La vida es el reencuentro periódico con Fregenal de la Sierra, que siempre sabe a dulce de la infancia. La vida es un innegable espíritu de superación a prueba de las mayores desgracias. La vida es un armario de la Alcaldía con unos cuantos botellines de Cruzcampo entre las tazas de café de la Cartuja con la flor de Lys. La vida son unos trajes perfectos de Javier Sobrino, que son la envidia de Juan Espadas, y una condición pública de católico sin complejos. La vida es retener la mirada al periodista que ha contado algo incómodo. Es usar una frase recurrente ante los problemas: “Hay que dar la patada para adelante”. La vida es juntar los labios y emitir un sonido bilabial característico. Es pedirle a un funcionario de la Plaza de España que corrija con fotoshop algún detalle de una foto en la que posa con el Rey. La vida es recorrer en vehículo la orilla de las playas del Coto de Doñana en sus últimos días como delegado del Gobierno. La vida es no plantearle nunca a Rajoy en corto y por derecho que José Luis Sanz debía ser su sustituto en la presidencia regional del partido. La vida es cualquier actividad menos la de ser juez. Porque los jueces toman decisiones y hay personas que prefieren dar abrazos antes que firmar condenas. Ya lo decía Curro Romero: mejor torear que matar. Mejor reinar que gobernar. Pero sin matar no se cortan orejas. Y sin gobernar no se mantienen los reinados.

El andaluz inglés

Carlos Navarro Antolín | 8 de mayo de 2016 a las 5:00

LUIS URUÑUELA
EN Sevilla hay gente que sabe hablar sin voz tronante y que sabe ir vestida en tiempos de calores sin necesidad de hacer el indio, enseñar las uñas de los pies o emitir olores de autobús en hora punta. Sí, las hay. Son de una cofradía civil selecta por minoritaria. A este tipo de gente los llaman señores hasta los que tienen pinta zarrapastrosa. Es curioso. Es un ejemplo de autoexclusión inconsciente. Estos señores, como así los llama la gente, han estado incluso en la política, que hoy es un cultivo idóneo para los sin oficio, los de pensamiento epidérmico y los cautivos del titular del periódico digital que cambia cada dos minutos a golpe de f5. En Sevilla hay sevillanos que no lo parecen porque no pegan voces, no anidan en la crispación cotidiana, no tratan de colarse al subir al tranvía, no exhiben los sobacos en agosto, no descansan los pies en lo alto de un velador, dejan pasar al público en una bulla de Semana Santa y no tratan de aparentar ser catedráticos de todas las materias. Los sevillanos que no parecen serlo pueden ser quizás los mejores sevillanos, estirpe de la mejor estirpe, que diría el pregonero cursi, una especie de aristocracia que habría que proteger como linces de Doñana. Aman la ciudad, viven la ciudad, están dentro de la ciudad a todos los efectos, pero no te dan la vara cada cinco minutos, ni su intenso grado de integración impide una visión más allá de los límites del tranvía más corto del mundo.

Luis Uruñuela (Sevilla, 1937) es uno de esos sevillanos que no lo parecen. Encaja más bien en el perfil de un andaluz inglés. Un inglés andaluz en meses de abrigo y en tiempos de mercurio alto. Fue alcalde de 1979 a 1983, cuando el Ayuntamiento pagaba nóminas a gente que literalmente no aparecía nunca por su puesto de trabajo. Un Ayuntamiento en bancarrota en una ciudad por revitalizar, donde todo estaba por hacer y donde existían dos fuerzas descaradas que presionaban en sentidos opuestos. Unos no querían que nada cambiara, veían rojos peligrosos con tridentes y cuernos en cada esquina, y otros apostaban directamente por irrumpir en las instituciones, destrozar todo lo anterior, incluido lo que de bueno pudiera haber. Uruñuela fue la moderación necesaria en tiempos convulsos, en una ciudad de casitas bajas, sin instalaciones deportivas, con una Carretera de Carmona colapsada por el tráfico de Huelva y Madrid, un parque móvil donde el Seat 127 era el reyezuelo de la selva entre autobuses azules y blancos con franja roja, y todavía elegantes taxis negros con franja amarilla. Resulta curioso hoy que aquel alcalde señor fuera visto como una amenaza por los sectores conservadores, que tuviera que soportar que algunas cofradías no hicieran la parada de respeto a que están obligadas ante la presidencia de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Pero aquella ciudad no comprendía entonces que Uruñuela, procedente de los movimientos de Acción Católica, se hubiera entendido con los comunistas, como pocos años después no entendió que monseñor Amigo vendiera San Telmo al rojerío del PSOE.

Stefan Zweig dejó escrito en Momentos estelares de la humanidad que hay instantes que tienen una trascendencia irrevocable. Un “sí”, un “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” pueden cambiar de forma definitiva la vida de una persona, la de una sociedad e, incluso, la de la historia. Corría el año 1979 cuando el resultado de las elecciones municipales dejó abierta la posibilidad técnica de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda para hacerse con el control de los ayuntamientos de las capitales andaluzas. El PSOE de José Rodríguez de la Borbolla, en adelante Pepote, el PSA de Ladislao Lara y Alejandro Rojas-Marcos, y el PCE de Fernando Soto negociaban para dejar fuera de los sillones a los candidatos de la UCD de Suárez. O todo o nada. O puerta grande o enfermería. El PSOE estaba dispuesto a garantizarse la Alcaldía de todas las capitales menos la de Sevilla, la cual cedía a los andalucistas a cambio de que éstos permitieran al PSOE coger el bastón de alcalde de Granada. Un cambio de estampas en blanco y negro que hoy pasaría por un juego de tronos a todo color. Pepote andaba una tarde de negociaciones con los comunistas en la sede de la calle Teodosio cuando decidió telefonear al secretario general de su partido, Felipe González, para reclamar la bendición superior a los pactos de izquierda. Felipe dio el visto bueno a todo. No puso un pero. El socialista Rodríguez Almodóvar, cabeza de lista municipal, se tendría que conformar con la primera tenencia de Alcaldía y ceder la vara de mando al andalucista Uruñuela. Pepote tenía claro que Sevilla acabaría cayendo bajo el control del PSOE más pronto que tarde, como así ocurrió. Felipe remató aquella conversación sin ningún atisbo de pena por perder la plaza de Sevilla: “Además, Uruñuela será un buen alcalde”, sentenció. Minutos después, Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, trató de localizar a Pepote para deshacer el acuerdo. Pero Pepote no se puso al teléfono. Guerra insistió, buscó intermediarios en tiempos en los que no existía la telefonía móvil.

–Pepe, que es Alfonso, que quiere hablar contigo, que te pongas por favor.
–No me voy a poner. Ya sé lo que quiere y yo ya he hablado con Felipe.

En la trayectoria de Sevilla, de Uruñuela, del PSOE y del PSA, aquel fue un momento estelar. Si Pepote se hubiera puesto al teléfono, la probabilidad del vuelco se hubiera disparado, los acuerdos políticos podrían haberse deshecho, la historia, en fin, podría haber sido otra muy distinta. Pero dejó a Guerra esperando. Y Uruñuela comenzó una etapa de cuatro años en los que sufrió. Vivió el gran momento de recibir al Papa Juan Pablo II; pero también las zancadillas de su primer teniente de alcalde, que dicen que aprovechaba para sentarse en el sillón principal del Pleno tan pronto como Uruñuela se ausentaba por el menor motivo. A Uruñuela le dieron por todos lados: sus supuestos aliados políticos, la ciudad que no quería modificaciones sustanciales ni en su vida cultural (que era un páramo en los estertores del franquismo) ni en sus fiestas mayores. Soportó el bochorno de una caseta municipal abierta a todo el público, un público que interpretó a su particular manera el todos somos iguales de la democracia recién estrenada, y tuvo que remangarse y poner orden al año siguiente para impedir ciertos espectáculos poco edificantes bajo las lonas. El modelo de Feria actual procede en buena parte de los cambios impulsados en aquellos años.

Una decisión que refleja con nitidez el talante de este alcalde es que siguió vistiendo el frac en el cortejo de la Hiniesta, como habían hecho sus predecesores. No quiso romper con la etiqueta de mayor gala usada por los alcaldes en ciertos actos. Siempre tuvo claro que la institución estaba por encima de cualquier coyuntura y que los cambios debían ser con sosiego. Tenía quizás una visión utópica del poder. Se encontró arañas en la tesorería, por lo que no pudo pagar las subvenciones a las cofradías. Se inventó entonces el modelo que sigue hoy en uso. El Ayuntamiento no paga de forma directa, pero cede el espacio público para que las cofradías lo exploten mediante la instalación de sillas y palcos. El Ayuntamiento se libró del mochuelo y las cofradías quedaron contentas.

La infancia son recuerdos de una casa familiar donde la Semana Santa estaba ligada a San Roque y Los Negritos con cortejos de menos de 300 nazarenos. La juventud son recuerdos de una sólida amistad con Felipe González. Sus respectivos padres ya se conocían. Uruñuela tramitó los papeles para la boda de Felipe con Carmen Romero, pero no intervino como apoderado en la ceremonia, tal como aseveran algunos tratando de crear leyenda. La vida son recuerdos del SEU en la Facultad de Derecho, de un activismo dentro del régimen, nunca desde fuera. Son años de colaboración con el cardenal Bueno Monreal promoviendo foros de pensamiento donde quedó frustrado el intento de traer como invitado al discutido filósofo José Luis Aranguren. La vida es creer en una Andalucía dentro de España, un nacionalismo no excluyente y, por tanto, nunca asimilable al separatismo catalán o el vasco. La vida son recuerdos de un concejal de Cultura y Fiestas Mayores, José Luis Ortiz Nuevo, de aspecto desaliñado y que solía llegar tarde a los actos para enojo del alcalde. La vida es tener claro que en tiempos convulsos lo que se precisa, sobre todo, es que el edificio del sistema no se caiga y, en definitiva, evitar la acción de los bochincheros y alborotadores. La vida hoy es seguir al frente de la escuela universitaria que creó como centro de nuevas profesiones tras dejar la política. Si cada político en retirada fundara una empresa como la que levantaron Uruñuela y Nicolás Valero, el paro en España no abriría los teledarios. Qué poquito tiene que ver Uruñuela con el niñateo zarraspastroso de la política de hoy, las fotos de mariscadas pantagruélicas, los paseíllos por los juzgados, los papagayos del argumentario y los gabinetes que diseñan cómo hay que repartir los abrazos. La vida hoy es un palco en primera fila en la Plaza de San Francisco, único legado que le queda como alcalde, donde este inglés andaluz se mantiene de pie al paso de una cofradía de la vida donde no han faltado las cruces más dolorosas ni los cirineos más fieles.

Un socialista en la frontera

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2016 a las 5:00

Juan Carlos Cabrera
A muchos sevillanos de orden les gusta un rojo en misa más que los picos gordos de una ensaladilla servida en un par de cucharadas bien despachadas y no con pinzas de heladería para dejar dos insípidas bolitas. Qué horripilante manía la de las pelotas ensaladilleras. Cuantísimo le gustaba a la Sevilla cofradiera de los ochenta ver a Fernández Floranes debajo del paso de misterio de San Esteban, metiendo riñones en la trabajadera bajo la ojiva imposible del Martes Santo. O admirarlo de tiros largos el Domingo de Pasión para leer con voz radiofónica las pedazos de presentaciones que escribía de los pregoneros en tiempos de Manuel del Valle, alcalde de ruan y de Semanas Santas marcadas por el estruendo del laterío callejero y los excesos de flores en los pasos. Qué gran presentador de pregoneros fue este socialista barbudo que hoy no quiere ni oír hablar de su etapa municipal. ¿Y lo que ha disfrutado la Sevilla Eterna viendo a Rosamar Prieto-Castro de mantilla en los oficios del Jueves Santo con una joyería fina, justa y medida que no se volverá a ver por las Casas Consistoriales hasta sabe Dios cuándo?

–Eso digo yo. ¿Cuándo volveremos a ver algo igual?
–Cuando el PP tenga otro gobierno con 20 concejales.
–Antes tienen que desaparecer las diputaciones provinciales, por lo menos.
–Pues entonces no veremos nunca más al PP con 20 tíos en el gobierno, miarma.

La Sevilla conservadora flirtea con el rojerío de altar y coro. Se deja cortejar. Uno del PP elogia una cofradía, concede una subvención, se pone el chaqué de O´Kean delante de un paso, pero el cofraderío se queda igual, estático, al considerar todos esos gestos amortizados. Ni fú ni fá. Pero llega un socialista con su chaqué de José Gestoso, las manguitas una mijita largas y sabiéndose sentar y levantar cuando corresponde durante la misa y, hala, se ha ganado al personal en dos minutos. ¡Vengan golpes de incensario para el rojo de carné que se sabe la liturgia! La Sevilla cofradiera trata al PSOE como al hijo pródigo. Está deseandito que vuelva al redil. Ocurrió con Manuel Marchena en sus tiempos de gerente de Urbanismo, al que el Consejo de Cofradías lo sentó en primera fila en la presentación de un cartel de Semana Santa y después le insistió en que participara en la copita en Las Lapas. Aquella presencia motivó las protestas de la entonces durísima oposición municipal del PP, que hizo al oído de los señores del Consejo la sevillanísima pregunta de quien siempre se cree en una posición superior: “¿Y el Marchena éste que hace aquí?”

–Es el que nos atiende a la primera en todo.

Juan Carlos Cabrera (Sevilla, 1965) cambia de color según el ojo que lo mira. Primero, es un rojo para los del PP. Segundo, es el militante de un partido abortista dispuesto a pactar con la extrema izquierda en varias comunidades autónomas para los miembros de la Sevilla ultraconservadora, los del aperitivo de la una en el salón adornado con cuadros de la caza del ciervo. Y tercero, es un tío de derechas para muchos de sus compañeros del PSOE, que no entienden que públicamente se confiese macareno, hable de la Esperanza y exalte la caridad. Este concejal licenciado en Derecho –en las mismas aulas con preciosos crucifijos de la Buena Muerte en las que se formó Felipe González– navega en la frontera en una ciudad muy dada a las fronteras. Las propias cofradías están en la frontera de la fe. Anda que no…

Cabrera vive días de gloria en el Ayuntamiento tras los éxitos de la Semana Santa y la Feria. Pero su trayectoria también está jalonada por baches. Cuando trabajó con el concejal Blas Ballesteros en el Instituto del Taxi, tuvo que tragarse varios sapos por efecto de la agenda díscola de aquel concejal metido después a cónsul. Aquel concejal que a veces no había aparecido a la hora del Ángelus…

Cuando Monteseirín cesó a Carmelo Gómez, Cabrera se quedó fuera del organigrama municipal hasta que, buscando posada, se le abrió la puerta de la Diputación Provincial, una institución que después tuvo que indemnizarle por despido improcedente. En 2011, por fin, fue incluido en la lista municipal del PSOE por influencia del propio Carmelo Gómez. Y en 2015 mejoró el puesto por méritos propios. Es la cara amable del gobierno en minoría de Juan Espadas, la sonrisa del régimen que dirían otros. Siempre dispuesto a contar un chiste que sea celebrado con carcajadas, todo lo contrario, por ejemplo, a los candidatos a la Presidencia del Consejo, que en vez de vivir días de gloria andan detrás de las glorias hasta en la Feria. Y alguno hasta con cara de manigueta. A uno de ellos lo vieron en la puerta de una caseta y parecía el contratado de Prosegur para no dejar pasar a las gitanas de los claveles. Vamos a reírnos una mijita, por favor, que hay vida más allá de San Gregorio.

Sigamos con Cabrera. Algún veterano del PSOE le ha advertido en privado que tenga cuidado con las Fiestas Mayores, que no son siempre una parcela amable de gestión, que debe poner los cinco sentidos en la adjudicación de las casetas y en los dineros para no llevarse disgustos. También le han dicho que se apriete los machos con el sindicato mayoritario de la Policía Local. Cometió el error de colocarse el pin de esta central el día de su toma de posesión como concejal en el Salón Colón, cuando lo prudente hubiese sido seguir el sabio consejo que Asenjo le dio al delegado diocesano de hermandades cuando debutó en el cargo: “Guarda la distancia, Marcelino, no te mimetices con las cofradías”. Eso le decimos a Cabrera: ¡Cuidado con ese sindicato, que puede traer los idus en marzo o en cualquier otro mes!

Cabrera cumplió con diligencia sus labores en los cuatro años de oposición al gobierno plano de Zoido. Junto a Moriña y Bazaga formaba el trío de capilla que arropaba a Espadas en los actos cofradieros. Se llevó bien con algunos del PP, con los que compartió veladas de cuaresma en la denominada Concordia de la Croqueta. Algunas tardes de Pleno, cuando los periodistas ya se habían ido hartos de las plúmbeas sesiones, Cabrera se sentaba en los bancos de la derecha para charlar de fútbol y cofradías con Beltrán Pérez o Rafael Belmonte mientras el altivo presidente de la sesión, Javier Landa, les miraba con su ternura habitual (por las que hilan) y las mociones políticas urgentes (risas en off) se desparramaban sin control hasta la noche.

Este socialista ha sabido capitanear la Agrupación del Casco Antiguo, permanecer leal a Espadas y exigir su puesto en la lista cuando sabía que había sumado méritos y estaba en una posición de fuerza.

La vida es teñirse las patillas cuando llega el verano. Es intentar que el alcalde se pasee por la Plaza del Salvador y se pare a tomar una cerveza entre los sevillanos para que cese en el estudio minucioso de los expedientes. La vida debería ser tener claro que a ciertos sindicalistas no se les puede combatir de frente y apelando al patriotismo (¿verdad, sheriff Cabello?). La paz social sólo existe mientras haya dinero para el pago de productividades, lo demás son amistades peligrosas. La vida es recordar, ay, cuál fue la última vez que salió de nazareno en la Macarena. Cabrera, nadie lo dude, es tan socialista por los cuatro costados como votante de Manuel García, político del PP, cuando se trata de las urnas macarenas. García, por cierto, era un concejal de derechas que se llevaba mejor con socialistas y comunistas que con sus compañeros de bancada. La vida es triunfar a la primera en la presentación del pregonero. Falta, quizás, probar su perfil de gestor cuando se haya rearmado la oposición del PP, entretenida ahora en revueltas de Twitter y a la espera de que Zoido pida la cuenta. Si para entonces sigue teniendo el mismo cartel, algún día le dirán lo que le dijo un señor muy de derechas a Rosamar: “Eres como la Virgen de San Roque, le caes bien a todo el mundo”. De lo contrario, le ocurrirá como a Fernández Floranes, al que llamaban hace años para recordar sus años de vida municipal y, siempre, siempre, parecía que se cortaba el teléfono.

El fajín de la felicidad

Carlos Navarro Antolín | 21 de febrero de 2016 a las 5:00

GREGORIO SERRANO
HAY gente que paga con el único objeto de tener buena prensa. Gente que se rodea de asesores de imagen, que busca cómo llegar a ciertas instancias que sirvan de trampolín de su figura. Gente dispuesta a comprar el prestigio con la firma de un talón, o a adquirir el chaleco antibalas que amortigua un titular en contra poniendo por delante la “pastora” (divina) que sea menester. Hay gente para la que el desayuno es el peor momento del día, magdalena atragantada al ver sus cuitas publicadas. Y gente que es feliz en su cotidianeidad porque ha caído de pie en el ruedo de la ciudad, adonde llega la luz de los focos que están en la arquería del graderío de sol… Y del graderío de sombra. ¿Cuánto pagarían algunos por ser marcas blancas, por estar limpios de notas marginales en la ficha registral de su vida, por emprender cualquier acción que encuentre eco en los medios por el mero hecho de ser su autor, por tener la capacidad de congeniar con el nuevo jefe de turno en poco tiempo y, sobre todo, por caer bien a la mayoría de los periodistas? Algunos entregarían no ya la vida, sino algo mucho más importante:el palco de Semana Santa.

Gregorio Serrano (Sevilla, 1967)es probablemente el concejal que tiene mejor prensa de entre los que tienen el peor concepto de la prensa. Yeso tiene mérito, oiga.

–Y tanto.

Para este niño grande en el mundo de la política, todos los periodistas son prácticamente iguales. Dicho así, tal como él lo dice a sus íntimos, mientras navega a vela por la costa de Huelva. Dicho con un desencanto barnizado con el desdén de quien un día descubrió que los malos existen y que el caballo del bueno sólo es el más veloz… en las películas. Su condición de niño grande se basa en un estado de felicidad evidente. Hay quien para ser feliz necesita un camión. Yotros que lo son ciñéndose el fajín de concejal el 15 de agosto. Serrano lleva más de una década siendo lo que quería ser de niño: concejal del Ayuntamiento de Sevilla.

Este veterano de los despachos municipales, por los que vivaquea desde 2003, es una suerte de república independiente en el Partido Popular por mucho que haya ostentado algún que otro carguillo orgánico en el pasado. Forma parte ya por cuarta vez de la corporación municipal, pese a no ser un político de aparato ni tener alguno de los tradicionales padrinos de la trinidad pepera hispalense:ni Tarno, a pesar de compartir con él algunos periplos cántabros entre humos de vegueros;ni Bueno, ni Sanz. Ninguno de los tres lo ha amparado nunca. Serrano ha volado sólo gracias a su amistad con Jaime Raynaud, y gracias a que supo salir del ostracismo al que quedó relegado cuando Arenas (Javié) decidió la tarde de Corpus de 2006 apartar al hoy diputado autonómico y colocar a Zoido como candidato a la Alcaldía en 2007. Yeso que Arenas se había pasado meses confirmando a Raynaud como cabeza de lista del PP al Ayuntamiento, pero siempre acotaba la confirmación mientras arqueaba la ceja: “Hoy por hoy”.

–¿Cuánto dura un “hoy por hoy” en boca de Arenas?
–Lo mismo que un salivazo en una tabla de planchar.

Aquel Jueves de Corpus, al término de la procesión, los inseparables Raynaud y Serrano subieron juntos al palomar del Ayuntamiento. Ambos comentaron en la intimidad del ascensor que era la última procesión en la que habían participado como ediles de la oposición. La siguiente sería ya como alcalde y teniente de alcalde, respectivamente. Pero en torno a las cinco de la tarde, el teletipo de una agencia de noticias que citaba “fuentes del PP” pinchaba las cuatro ruedas del coche municipal de Raynaud y dejaba el de Serrano varado en la cuneta y a la espera de la grúa. Comenzaba un período muy duro para este edil feliz, donde pudo comprobar cuántos se alegraban de su orillamiento repentino y qué volatil es el mundo de la política. Se acabaron los días de ir con Jaime a las asociaciones de vecinos, donde él mismo servía las migas de confraternización: “Las mejores migas que he probado en mi vida, Jaime; las mejores”. Y Jaime sonreía. Siempre sonreía a su amigo Gregorio, con el que compartía jornadas de mar en cruceros de relax donde aliviar las tensiones.

Zoido aterrizó en el Ayuntamiento y, de entrada, no quiso saber mucho de Serrano, cuya familia conocía desde hacía mucho tiempo. De hecho, cuando Arenas telefoneó a Zoido en 2000 para hacerlo delegado del Gobierno en Castilla la Mancha, Zoido estaba paseando por la Feria en un coche de caballos con familiares de Serrano. Pero ni por esas fue suave el camino para el animoso concejal. Cuando todos lo daban por perdido, cuando todos se jactaban de que jamás volvería a tener ese grado de proximidad y confianza con un líder municipal, Gregorio se levantó, se ganó la confianza del nuevo candidato (un Zoido desconfiado en sus inicios, pero muy lejos aún de ser víctima de su propio círculo de confort) y poco a poco, paso a paso y barra a barra, Serrano logró ser en 2011 el concejal con más delegaciones en el poder.

Y tras el descalabro de Zoido en las pasadas municipales, hoy es el portavoz adjunto de un desdibujado grupo municipal. Dicen que se ha convertido en el Arias Navarro del zoidismo. Tal vez su gran reto sea intentar ser más bien el Suárez que pilote la transición del PPen el palomar en unos tiempos irreconocibles para el partido:Arenas está escondido en un burladero de Génova, Moreno Bonilla tiene ansias por controlar de una vez el PP sevillano, que aún se le resiste como la aldea de los galos locos; y Zoido trata de estirar su presencia en el Ayuntamiento para no perder ese asidero con Sevilla por lo que pueda pasar en el panorama político español, donde su condición de presidente de comisión en el Congreso de los Diputados puede tener la consistencia de la mantequilla junto al horno.

Serrano está obligado a ser portavoz adjunto. Y no un adjunto al portavoz, que no es lo mismo, como no es lo mismo Trifón que Moreno. Estará perdido si cuando Zoido se va a Madrid, se limita a hacer como Borja, el secretario de monseñor Asenjo, cuando el arzobispo sale de Palacio:“Guarda la viña, Borja. Adiós, adiós”.

Zoido jamás podrá pagarle a Serrano los servicios prestados en los años de gobierno. A Serrano, que quiso quedarse con la secretaria de su antecesor socialista en el Ayuntamiento, le tocó cerrar la televisión local y el colocadero de amigos que era Sevilla Global, dejar diezmada Mercasevilla (lo que le costó pintadas de amenazas en los muros de su casa) y soportar la losa de Fibes. Nunca un concejal tan campechano y cercano bailó con tantas tan feas durante tanto tiempo. Hubo días que era la viva imagen de la tensión en sus paseos cotidianos por Méndez Núñez. El niño feliz se tragó varios cálices amargos pese a que en la lista electoral había sido adelantado por esos marineros de la política que abandonan el barco a la primera vía de agua. Ni pisar la alfombra palaciega de las Fiestas Mayores debió compensar una zozobra aderezada, además, con la insulsa –por descafeinada– delegación de Empleo. Serrano hizo el trabajo más ingrato del zoidismo. Dios, qué buen vasallo… Al menos siempre le quedará el recuerdo de la senda ascendente que tomó el turismo en años de crisis gordas, un turismo cuyo consorcio confió a Antonio Castaño, que junto con Benito Navarrete fue uno de los escasos asesores eficaces del zoidismo, un período cargado de pantuflos sin oficio ni beneficio en el organigrama municipal.

Hoy es portavoz adjunto en tiempos de incertidumbre. No renuncia al móvil analógico, que consulta mientras eleva las gafas que despejan su miopía. Es un apasionado de los documentales de historia, sobre todo si son de la Segunda Guerra Mundial. También ha hecho su crucero con Zoido, como ya hizo con Raynaud. No pierde el vínculo con la Universidad, donde da clases para desintoxicarse, como se desintoxica los viernes por la tarde por el tabernerío de su feligresía como un vecino más.

El confidente de Zoido, el introductor del político de Fregenal en la Sevilla más eterna y esquiva, ha sido investido como adjunto para mantenerlo todo atado y bien atado, un encargo envenenado de quien todo lo perdió por su incapacidad para tomar decisiones. Serrano es un viejo sacerdote de la política municipal que conoce a la perfección los peligros de la curia de la Plaza Nueva. Ha visto caer al que hubiera sido el mejor alcalde de la ciudad (Raynaud) y años después ha presenciado la cruel defenestración en las urnas del alcalde más votado de la historia de la democracia (Zoido). Nunca ha tenido apoyos del partido, siempre se ha reído de sí mismo (incluso de no poder usar camisas entalladas) y hasta sus críticos reconocen su capacidad de trabajo. Nunca dice que le gusta que le llamen por su nombre de pila completo, no por un diminutivo que debiera estar reservado para familiares e íntimos. Pero se calla por no ser descortés.

La vida es comprar una camisa barata y que, una vez puesta, parezca cara. La vida es una copa de vino, un viernes sin Pleno, el olor próximo a Quizás, de Loewe; practicar ciclismo con una equipación a la última, bisbisear los discursos antes de pronunciarlos, aprender idiomas a base de esfuerzo y método, y ser un nazareno del Calvario curtido en el sacrificio de unos horarios que rompen el cuerpo. Serrano es el caballero de la buena prensa al que, en el fondo, no le gusta nada la prensa. La vida son unas migas a fuego lento y bien machacadas. “Las mejores, Jaime, las mejores”. Los niños dicen la verdad. Hasta cuando hablan mal de la prensa, ese gremio.