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El último mohicano

Carlos Navarro Antolín | 2 de abril de 2017 a las 5:00

LUIS CARLOS PERIS

EL corrector llegó a opinador con eco. El ciudadano se convirtió en personaje. El vecino del centro se fue a vivir a Triana y se volvió en cuanto pudo a intramuros. Cada pájaro a su árbol. Cada individuo a su hábitat. Hay que vivir a favor de querencia, nunca a contraestilo. Aunque haya que pagar un precio por ser como uno es. Luis Carlos Peris Zoffmann (Sevilla, 1944) ni escribe con erratas, ni entra en un bar malo, ni regala un saludo. Es fiel a su particular sota, caballo y rey. Paga gustoso la cuenta por su original modo de concebir la vida y las relaciones sociales. Como no se presenta a ningunas elecciones, las farolas se quedan sin sus abrazos como muchos de sus paisanos se quedan sin sus saludos. Un paseo a su vera por el eje de Sierpes y Tetuán es toda una experiencia. Peris no sólo no reparte ojana, sino que ejerce de malaje con gracia. Que en Sevilla te digan malaje es un elogio, como llegó a comprender con los años el obispo que vino de Tánger y se marchó como cardenal. Muchos amagos de saludos a Peris se quedan sin ser correspondidos.

–Te ha mirado ese directivo del Mercantil para saludarte
–(…)
–Y ahora aquel abogado tan conocido.
–(…)
–Ahí viene uno que por lo que veo te conoce, ¿cómo se llama?
–Ya, pequeño, ya. Pero yo no soy un saludador.

Peris tiene su particular estilo. Se puede afirmar que ha creado estilo. Su firma en la prensa es archiconocida. Lo que dice Peris de un tema tiene influencia. Por eso hasta tiene imitadores, algunos a sueldo como en ciertas tertulias de radio. Bienaventurados los imitadores. El estilo es el lenguaje. Las cuestiones delicadas son “procelosas”. El término baúl es la “cosa”. La cosa puede ser desde un elogio a la belleza femenina (“¡Cómo es la cosa!”) hasta la descripción de un menú copioso (“¡Cómo ha estado la cosa!”). Los enemigos son “imbéciles” o “cretinos”. Los indiferentes pueden llevar el antetítulo de “ciudadano” seguido de sus respectivos nombres. De aquellos que desconfía dice que son “taimados”. Y a los que están entrados en años los llama “provectos” de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia. Si un espontáneo crítico le pega la brasa hablando de fútbol dice que un “individuo se ha engorilado conmigo”. Si, en cambio, el interlocutor es un seguidor de sus crónicas y opiniones, se trata de un “partidario”. Si un amigo frecuenta muchas y muy distintas mujeres, asevera en voz baja que Fulanito es un “gran amador” o que “el tío sabe compaginar”. Si el amigo hace poco ejercicio físico, afirmará que “es un tipo feble”. Si en la barra del Cairo se ha disparado la cuenta, pega un trincherazo a la salida mientras se ajusta el abrigo: “Oye, pequeño, el Cairo ha sido hoy muy cairo, ¿no?”. Si llega a un bar y está poblado de gente con cargos, Peris dice que hay que buscar hueco “entre los próceres”. Si alguien lo somete a una conversación telefónica larga en la que el interlocutor no capta las ganas que tiene Peris por dar por terminada la conversación, dirá que “hay que ver lo que le cuesta a este tío dar el pase de pecho”. Si le pide reiteradamente la cuenta al camarero, pero éste sigue distraído, llega un momento en que Peris exclama entre la bulla de clientes: “¡Amigo! ¿Me facilita la huida?”.

Peris nunca ha dejado de llevar dentro el corrector de periódicos del Movimiento que un día fue, antes de convertirse en un escritor pulcro, sabio, enemigo de las erratas e imprecisiones. España ganó la Eurocopa del 64 con camiseta azul, las gambas no tienen pelo sino bigotes y a la una y media ya está preparado el sofrito en La Barbiana.

En el código de Peris hay que ir vestido al trabajo “como si fueras a entrevistar al cardenal a las doce”. Es tajante si dos hermanos no se parecen físicamente: “Son de la misma ganadería, pero de distinto encaste”. Bético ferviente, a veces hasta alcanzar límites difícilmente soportables, este veterano de la prensa es querido y respetado en el Sevilla F. C.. Su padre lo llevaba de niño a los dos estadios. El club de Nervión lo invita a sus principales actos sociales en el antepalco. Tiene amistad con José María del Nido, que un día lo invitó a su casa a una copa de periodistas y a su llegada le confesó al oído: “Eres el único que ha venido con corbata”. Don Manuel Clavero lo tiene en su despacho en una fotografía enmarcada en la que Peris posa junto a otras celebridades de la ciudad. Pocos como Peris, muy pocos, dominan tantos registros con tanta solvencia y con una memoria enciclopédica en la cabeza: fútbol, toros, Semana Santa, flamenco… Si Peris escribiera todo, absolutamente todo lo que sabe, si volcara en un libro todo lo que ha vivido en directo (pues no ejerce de ladrón de oído) se tambalearían tal vez los cimientos que sostienen otras firmas. Una de sus señas de identidad es que no disimula cuando alguien no encaja en sus cánones, o cuando algún comentario le toca los costados, sobre todo si se trata del tema con el que nunca se juega: el Betis. Peris es lo contrario a un agradaor. Otra seña de identidad es que busca la pureza en el lenguaje. ¿El vocablo ruan lleva tilde? “No, porque Juan no la lleva”. Y suelta unas respuestas de lógica aplastante de las que luego él mismo termina riéndose. Cierto compañero cobardón estaba un día justificando su inacción en un asunto a base de repetir que él no podía poner en peligro el “pan de sus hijos”. Tantas veces refirió el “pan de sus hijos” que Peris terció: “Deja ya lo de tanto pan que sólo tienes un hijo, joé”.

Debutó como nazareno de cirio en las Siete Palabras en 1958 en un tramo que tenía como diputado a un tal Juan Salas Tornero. Hacía 37 Miércoles Santos que no llovía. Ese día lo hizo. La cofradía se quedó en casa y el joven Peris retornó a la suya empapándose por Alfaqueque. “Niño, lo tuyo es la Virgen de los Reyes”, lo saludó su padre al verle. Algún año se vistió en Los Estudiantes, pero ha sido más de ver las cofradías que de salir en ellas.

La vida son recuerdos de la mano de su padre que lo guió por la Semana Santa. Es viajar en el Seat 124 de Ruesga Bono camino de la redacción de Suroeste, sita en un polígono. Son evocaciones de una sólida amistad con Juan Teba, Manuel Ramírez y Chano Amador, o con Joaquín Sierra ‘Quino’. La vida es escribir el enésimo artículo sobre el tráfico de la calle Baños, sobre el sentido litúrgico de la ceniza en el inicio de la cuaresma, sobre la silla vacía en Navidad, sobre los días de verano en las tierras cántabras de Trifón, sobre los bares (“abrevaderos”) que abren en agosto, o sobre aquellas camisas azules de los 20-N en blanco y negro. La vida es pasión por Barcelona, Santander, La Coruña, Vigo… Por Asturias, Madrid… La cultura geográfica de Peris es de nota. Controla con precisión dónde viajar, dónde comer y dónde dormir. Jamás verán a este parroquiano de la Puerta Real en un bar malo. Lo que tiene lo gasta en vivir bien, con intensidad y generosidad. Al cruce de La Flor de Toranzo, Enrique Becerra y Casa Moreno lo llama el “agujero negro” de la hostelería local, al que se sabe cuándo se entra, pero nunca cuándo se sale. La vida son tres actos sociales en un día, que se pueden resumir en la actividad del croquetaje.

La vida es un domingo por la mañana yendo a por el mazo de periódicos a la redacción. La vida son recuerdos de partidas de frontón y de visitas a un gimnasio del Porvenir donde compartía saludos y charlas con el entonces presidente Manuel Chaves. A Peris siempre le ha gustado hacer deporte tanto como redactar con precisión semántica y gramatical. La vida son tardes de Feria en la caseta de Enrique Fernández Asensio, el madrileño más espléndido que ha conocido Sevilla, y días del verano hispalense refugiado “bajo el Fujitsu”.

Peris es como una casa sevillana: con las puertas abiertas que dejan admirar un hermoso patio, pero que el propietario sólo abre en contadas ocasiones. En el fondo se recrea con el cultivo de ese halo personal de misterio, como Curro Romero en sus buenos tiempos, cuando no se prodigaba en saraos y concedía muy contadas entrevistas. Entonces Curro era más Curro. La influencia de Peris ha llegado a ser de tal intensidad que cierto periodista, entonces muy joven y sin bigote, jamás olvidará que la primera vez que entró en casa de su novia, hoy esposa, el hielo del ambiente se rompió cuando dijo que trabajaba en Diario 16. Su potencial suegro ya se relajó: “Ahí trabaja Luis Carlos Peris, ¿no?”. Y la charla se tornó distendida y se centró en los mil y un detalles del personaje. Si algo caracteriza a Peris es su capacidad para relacionarse con la gente joven y con las nuevas tecnologías. Paco Robles bautizó su artículo cotidiano en las páginas locales de Diario de Sevilla como la “media verónica del periodismo”. A un periodista que solía ir solo a los sitios porque su novia estudiaba oposiciones, le espetó un día: “¿Pero tú tienes novia de verdad, o es que ella sale menos que el Cachorro?”.

El desayuno es una tostada de aceite. La crónica de un partido es una labor de artesanía. Los libros que están bien escritos se leen “cuesta abajo”. En cuestiones de comer, tonterías las precisas. Y al escribir, florituras las justas. Firmó una serie titulada Sevillanos Gran Reserva en la que él mismo hubiera encajado como protagonista. El inolvidable Juan Moya Sanabria lo definió como “el último mohicano” de la prensa sevillana. Nacido el día del Desembarco de Normandía, pocos pueden presumir a su edad de seguir firmando artículos. Y hasta informaciones, como la de la reciente muerte de Manolo Cortés. Pocos pueden elegir a quién saludan y a quién no. La libertad, al final, no radica tanto en el dinero que cubre los riñones, sino en estar dispuesto a pagar el precio de tu particular forma de ser. Y Peris nunca ha tenido problemas en desenfundar para pagar: “Amigo, ¿me facilita la huida?”.

El mayor de catorce

Carlos Navarro Antolín | 16 de octubre de 2016 a las 5:00

Miguel Rus Palacios
CUANDO uno mira las ramas altas de su árbol genealógico, o se reconforta al comprobar cuántos de sus mayores están vivos o sufre un desgarro interior al enumerar las ausencias. El día que en Villamanrique murió don Pedro de Orleáns y Braganza, alguien recordó públicamente que el Rey se quedaba sin referencias por arriba, pues hacía ya años del fallecimiento de sus padres y sólo le quedaba aquel tío al que tanto le gustaban el Rocío y los paseos a caballo. En realidad aún le quedaría don Leandro durante un tiempo, el hijo bastardo de Alfonso XIII, pero ya se sabe que en cuanto el bastardo asomó el bigote por los platós, quedó orillado para la Familia Real. Como si no existiera. Por encima del rey emérito ya no queda nadie de la generación anterior. Cuando uno hace el ejercicio en otra dirección y mira quiénes y cuántos son sus colaterales en el árbol, puede encontrarse con que no hay nadie (la soledad del hijo único), con solo un hermano (el caso de la parejita) o con un verdadero fenómeno de superpoblación. Esto último le ocurre al presidente de los empresarios sevillanos, Miguel Rus Palacios (Sevilla, 1965). Cuando cumplió los 15 años contempló su árbol particular y tenía nada menos que trece hermanos, lo cual, como ciertos sacramentos, imprime carácter.

Es hijo de Antonio Miguel Rus, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y de Carmen Palacios, funcionaria de Hacienda. Desde chico fue conocido en el ámbito familiar como Miguelín, un apelativo que servía para dar nombre a la saga, Los Miguelines, y ser distinguidos de los demás primos. Rus Palacios pertenece a la hermandad de los sevillanos que combinan un tercio de timidez, un tercio de distanciamiento defensivo y un tercio de carácter jovial que sólo deja ver en ocasiones especiales.
Con sólo cinco años se puso a fregar platos subido en una banqueta para ayudar a su madre porque había fallado la asistenta. Puso a su hermano de cuatro años a enjuagar lo que él iba fregando.

La constructora que hoy dirige este Rus tiene sus orígenes en 1921. Miguel es nieto de Salvador Rus López, figura imprescindible para entender la trayectoria del hoy presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES). El abuelo Salvador nació en Doña María (Almería), donde su padre trabajaba en la construcción de una estación de ferrocarril a cargo de una compañía inglesa, pues en esos tiempos en blanco y negro no había empresas españolas preparadas para obras de cieerta enjundia. El abuelo terminó por fundar en Sevilla la empresa Salvador Rus López Construcciones, que en 1997 pasa a denominarse Grupo Rus, ya con la segunda generación controlando el accionariado, y en el año 2003 pasa a denominarse Rusvel, en alusión a los herederos e hijo de Salvador Rus López, que se apellidaban Rus Velázquez. Al tomar el mando de la empresa la tercera generación, Miguel Rus Palacios alcanza la actual responsabilidad de consejero delegado.

Los veranos del quinceañero Miguel no eran para echarse en una hamaca a ver pasar las nubes. Su padre tenía una máxima:las vacaciones son para cambiar de ocupación, no para tirarse al palo hasta el comienzo de curso. Así es como empieza Miguel a ayudar en el polígono Isla Menor, en unas instalaciones que llamaban El Polo, donde se guardaban las máquinas de asfaltado y funcionaban varios talleres. El pequeño Miguel era el chico de los recados y las chapuzas que incluían los arreglos del jardín. Según pasan los años, tanto Miguel como sus hermanos varones van asumiendo tareas de mayor responsabilidad: interminables hora en la báscula de camiones, funciones diversas en las plantas de machaqueo y canteras, a pie de obra extendiendo el asfalto. Dicen que es entonces cuando destaca por su disposición para el trabajo, la celeridad en el aprendizaje de los distintos oficios y una notable facilidad para la integración en los colectivos.

Durante el curso escolar, los hermanos varones se turnaban por semanas, de modo uno se levantaba una hora antes para preparar el almuerzo que debían llevar ese día al colegio. Un total de 28 bocadillos, 14 de un relleno para media mañana y otros 14 de otro sabor para el almuerzo. El encargado tenía que ir por el pan a las 6:30 y acto seguido ponerse manos a la obra. Hoy sigue teniendo pasión por el bocadillo de filete empanado de su madre.

Un verano se lo pasó trabajando junto a sus hermanos en la construcción de un pequeño puente en una vereda particular en el término de Aznalcóllar, una obra que el cabeza de familia asumió en solitario. Miguel ejercía de encargado de obra y los demás hermanos eran los peones. Como es lógico en unos adolescentes, lo que menos les apetecía era levantarse temprano para ir a trabajar de sol a sol en los meses de vacaciones. El padre les enseñó a todos cómo se hacían los planos, la preparación de los hierros para el forjado, las cimentaciones, la colocación de las vigas. Entre los hermanos organizaron turnos:unos trabajaban a ratos, mientras otros cazaban ranas. Con el tiempo se sintieron sumamente orgullosos de haber hecho esa obra todos juntos y sin cobrar. El padre de Miguel destinó el dinero a afrontar los gastos de la gran familia.

Otra consecuencia de vivir en una familia de 14 hermanos era la inexistencia de paga semanal. El hambre agudiza el ingenio. El joven Miguel tenía que apañárselas para sacar algunas pesetas para los caprichos de la edad. Así arrancó su primera aventura empresarial y, de paso, que su nombre empezara a sonar en esa generación de sevillanos que hoy ronda la cincuentena: las fiestas de los Rus. Se celebraban en un local vacío que tenía la constructora en la avenida Padre García Tejero y que hoy sigue siendo sede de la empresa familiar. Se convocaban los fines de semana en los que el Claret no organizaba sus propias fiestas juveniles. Todos recuerdan que las fiestas de los Rus tenían un éxito rotundo con el cartel de no hay billetes en las primeras horas. De aquellos años queda una notoria capacidad para organizar fiestas. Se dice que Miguel Rus tiene uno de los mejores quit de juergas de Sevilla: equipo de música, bafles, micrófonos, bolasy luces colores para una perfecta ambientación… Hoy conserva la misma pandilla de amigos del colegio y del entorno de Heliópolis con citas fijas como el encuentro en las vísperas de Feria, los cumpleaños y santos y hasta el horripilante Halloween tan desgraciadamente emergente de los últimos años. Pero conocida es la máxima: “Hay gente pa tó”.

Miguel fue aficionado al futbito, con partido semanal hasta que los médicos le aconsejaron reducir la actividad tras varias lesiones en el tobillo. Ahora no perdona un día sin algo de actividad física: correr, pasear, ciclismo o natación. Es bético, pero nunca ha condicionado su agenda para ver un partido de fútbol.

La vida es una carpeta donde su madre va guardando los recortes de prensa en los que aparece su primogénito. La vida son recuerdos de los 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, cuando el niño Miguel organizaba una función de teatro en homenaje a su madre. Durante años repitió con sus hermanos y primos La Tierra de Jauja de Lope de Rueda con un argumento muy evocador para quienes se criaban en una familia numerosa: dos ladrones muertos de hambre planean asaltar a Mendrugo y comerse toda la comida de su olla. Para entretenerlo le hablan de un lugar llamado La Tierra de Jauja que es una especie de paraíso hecho de comida donde nadie sufre ni trabaja, y mientras uno habla el otro va comiendo hasta dejar a Mendrugo con la olla vacía. La vida es una familia organizada en dos mitades: los siete mayores y los siete pequeños. El despiste a la hora del almuerzo o de la cena se pagaba con una ración menor de rancho. La vida son recuerdos de paseos por Punta Umbría con un cartuchito de camarones en la mano o una tapa de mojama por delante y, ya de adulto, de visitas al mercadillo dominical de Manilva tras descubrir las bondades de la costa malagueña.

Al terminar la diplomatura universitaria comenzó a trabajar en la empresa familiar, entonces aún dirigida por su abuelo, quien siempre lo quiso a su lado para pilotar la sociedad al apreciarle capacidad para conciliar los intereses de las distintas ramas familiares. El abuelo marcó al nieto. El nieto hoy no quiere defraudar la confianza del abuelo y hace lo imposible por impedir que la empresa, con una antigüedad de 95 años, engrose la lista de sociedades familiares que se van al traste.

Miguel jamás olvidará la muerte de su abuelo. El día del funeral se produjo una anécdota reveladora. El velatorio fue en la casa familiar de la calle Tajo. Los nietos portaron el féretro hasta el templo. Al salir la comitiva del edificio, un grupo de trabajadores de la compañía, vestidos con los monos azules, esperaban en la acera de enfrente para portar también los restos mortales del patrón.

Hace pocas semanas envió un correo electrónico a todos los accionistas de la familia para comunicar el anuncio de adjudicación de las obras del gol sur del estadio del Betis a la empresa Heliopol, filial de la constructora Rus:“Una obra que, junto con otras que se están ejecutando, nos situará de nuevo entre las grandes constructoras andaluzas”.

En su entorno está considerado como un tipo especialmente cuidadoso con su cabello. Ahí le sale el perfil narcisista. Y también como un experto en comerse los “marrones”. Dicen que es el primero en dar un paso al frente si ve que nadie sale del burladero. No suele pelearse con nadie, ni responder a críticas o chismes. Es intransigente con la falta de profesionalidad. Suele ir al grano. A los problemas, solución. Le cuesta pedir ayuda, si acaso informa de que va a hacer algo y comenta que le vendría bien alguna asistencia. Tampoco hace reproches o recuerda favores realizados.

Es muy detallista. Pide el taxi para sus padres cuando deciden abandonar un sitio, le ofrece una cerveza al que se la está terminando, le busca una silla a la madre de un amigo, o deja pagado un desayuno a unos amigos sin decir nada. Se conoce cualquier bar nuevo y le encanta ejercer de cicerone. Se desplaza en moto los días de Semana Santa y Feria. Es hermano del Cristo de Burgos, donde suele salir de penitente, aunque como presidente de la CES suele ir con vara.

Uno de los días más aciagos de su vida fue el del fallecimiento de su hermana Rocío en 2005 al no superar una operación quirúrgica. Se pasó la noche escribiendo una carta especialmente emotiva que leyó en el funeral. Lejos de ser un texto lacrimógeno, Miguel ensalzó la gran familia en la que se habían criado todos los hermanos gracias a la generosidad de sus padres, lo que les permitió disfrutar de alguien como Rocío tantos años. Ydio gracias a Dios por tener fe como para sobrellevar la pérdida de una hermana.

Su llegada a la presidencia de la patronal sevillana supuso una ruptura con los perfiles anteriores. Rus no es un empresario en retirada o en el tramo final de su carrera. No es Fernando Guerrero o Antonio Galadí. Rus está muy activo, lo cual ha sido objeto de crítica desde instancias oficiales que han llamado la atención sobre una posible colisión de intereses que le restaría independencia. Lo que nadie duda es que a Rus le ha tocado dirigir una CES en crisis, por no decir en quiebra, que tuvo que marcharse de la sede noble de República Argentina por falta de recursos y que sufre la amenaza de la Cámara de Comercio, que preside Francisco Herrero, que aprovecha la debilidad de la patronal para ganar terreno como representante de facto del empresariado. La verdad es que Rus y Herrero no se llevan como para ir juntos al Rocío.

En algunos discursos se ha metido Rus en fregados gratuitos al echar flores en plena campaña electoral al entonces candidato del PSOE a la Alcaldía. Estos últimos años los ha pasado yendo y viniendo a Panamá, asumiendo personalmente la gestión de varias obras. No fue fácil participar en reuniones en las que algún interlocutor guardaba un arma debajo de la mesa, y donde las complicaciones de las obras eran habituales. Lejos de amedrentarse, aprovechó los días para conocer a fondo el país y traerse todo tipo de artilugios como altavoces, auriculares acuáticos o muestras de artesanía local.

El niño grande

Carlos Navarro Antolín | 5 de julio de 2015 a las 5:00

Rogelio Gómez Trifón
La bicicleta es al transporte lo que el lince a la fauna, o lo que el velador al mobiliario urbano. Son especies protegidas. Los ciclistas por Tetuán son como vacas sagradas por las calles de la India. Pueden desplazarse a su antojo, al libre albedrío, sin cortapisas. Hay padres que señalan a sus hijos la amalgama de veladores y ciclistas por Mateos Gago:“Hijo, esto un día fue una acera”. Hoy tiene poco mérito ir por cualquier calle de Sevilla en una bici de alquiler. Los hay que llevan los auriculares puestos, sin poder advertir no ya una llamada de atención de un peatón, sino el claxon de un coche arrollador. Todo está consentido. Como al lince. En esta sociedad de pendulazos, lo que hoy es sagrado, ayer era todo un reto. El mérito era ir en bicicleta por las calles del centro en la Sevilla de los años 60. A Rogelio Gómez (Sevilla, 1946) lo paró un policía por ir a dos ruedas por la calle Barcelona a contramano cuando era un quinceañero. La multa pedía un marco en Venecia. Rogelio tiene varios títulos y distinciones, pero pocos pueden presumir de tener la de haber sido un ciclista multado en Sevilla.

El aprendiz de tabernero era un adolescente sonriente que trabajaba ora en bici, ora en triciclo, según el peso del porte que había que llevar a los clientes del negocio paterno. Con doce años ya se forjaba en el oficio de servir. Rogelio era un niño feliz. Y sigue siendo tan niño como feliz. Hay sevillanos adultos que en realidad son niños grandes, porque no han perdido la capacidad de ilusionarse con las cosas en apariencia pequeñas. Y eso genera un estado de bienestar interior que también produce envidiosos, pues si el sol ilumina, siempre hay quienes tuercen el gesto ante tanto destello. Ocurre en todos los oficios. Y Rogelio es uno de los astros de la galaxia hostelera.

Mucha gente regresa de sus trabajos con hastío, con la sensación de ser soldado de un ejército vencido por las inercias de la cotidianidad, con el rostro fatigado por los gajes de cada día. Los retornos del trabajo de este tabernero laureado han sido siempre a pie, anunciados por el tintineo de las llaves colgadas del cinturón, con alguna bolsa de plástico bien agarrada en una mano (la leyenda dice que era la recaudación del día) y flanqueado por las dos santas Justa y Rufina de su vida: su mujer y su hija. Un andar pausado, un adiós y hasta mañana a Enrique Becerra, una mirada entre merluzas y besugos por la cristalera de La Isla por si había alguien conocido, y una breve estación en la capilla de la Pura y Limpia para dar las gracias en el ocaso de la jornada.

El bar no es un bar. El bar es una tienda. Una tienda donde se puede comprar todo lo que se sirve. Ydonde se puede tomar algo mientras se compra. Como no es un bar, prácticamente no hay platos. Eso de te gastas menos que Trifón en lavavajillas es verdad, por mucho que lo digan los penitentes de la cofradía de la envidia, que en Sevilla no hay tiempo de paso suficiente para ese cortejo. Porque realmente es una tienda aunque parezca un bar, sublime contradicción donde radica la verdad. Esto es como el Barrio Sésamo de la hostelería, cuando el Conde Draco explica lo de arriba y abajo, lo de cerca y lejos, lo de izquierda y derecha, mientras se mueve compulsivamente por la pantalla. Pues La Flor de Toranzo es una tienda con mesas altas y taburetes, una tienda con camareros de camisas albas donde no ha llegado el color negro que sirve para disimular manchas y lamparones, una tienda con tirador de cerveza y muestrario de vinos y carbónicos. Y así quiere Rogelio que siga siendo. Como es una tienda, no se sirven copas largas, que si con el no también se educa, con las omisiones también se forja el sello de una casa. Quien quiera destilados, debe ahuecar el ala. Ocurre como en la taberna de don José Yebra Sotillo en la calle Boteros, donde jamás ha habido más de veinticuatro vasos (duralex), ni se ha servido whisky. Pepe tuvo un día la gentileza de explicárselo a un cliente preguntón, con guasa y cierta pretensión de tocar los costados.

–¿Y por qué no tiene usted whisky,Pepe? Porque veo que sí tiene ron y ginebra.
–Porque esto no es una barra americana.

Han cantado premio. Con esos criterios es cuando un bar deja de ser un bar para empezar a ser una casa. “En esta casa no se sirve whisky porque eso es propio de tugurios con mucho humo y muchas luces rojas cambiantes”. Y al que no le guste, tiene cuatro mil bares para elegir. Pues eso:en Trifón, ni platos, ni tragos largos.

Muchos empleados de Trifón son casi de la familia. Rogelio ha ayudado a muchos como a hijos. Hasta los ha habido que pidieron ser bautizados. Y allí que estaba Rogelio haciéndoles los papeles en la parroquia, que en esos casos este tabernero siempre ha recordado al cuadro de Colón llevando a los indios a la pila de bautismo en la plaza cacereña de Guadalupe, con el monasterio al fondo.

En esta casa no se sirven destilados. Ni se discute. Un día le cuestionaron machaconamente la tipología de la anchoa a quien es embajador de este boquerón en salmuera. El cliente, con el cuentakilómetros del tinto algo pasado, se puso bastante espeso y haciendo aspavientos, modalidad controlador de pista de aeropuerto con la lengua gorda. Rogelio, viendo el pitón del toro, zanjó el asunto mientras pegaba un bayetazo en otra zona de la barra:“Tiene usted razón con la anchoa, no voy a discutir, porque yo no discuto con mi mujer, así que no voy a discutir con usted”.

Los madrileños se bajan del AVE y se van de “cañas y vinos” a Trifón. Con estos calores, siempre piden que Rogelio suba la potencia del aire acondicionado. A la cuarta demanda con ese acento capitalino barnizado de prepotencia, con los chinos del interior del Daikin hartos de pedalear, este tabernero no pudo más: “Señores, el aire está al máximo. ¿No será que ustedes llevan ya dentro media Rioja Alta?”.

Rogelio es del Baratillo, donde conoció los tiempos de cuatro gatos en la vida diaria de la hermandad, cuando se daban papeletas de sitio la noche del Martes Santo con tal de conseguir dinero para pagar a las bandas de música, cuando funcionaba un rinconcito que se llamaba Bar Atillo, donde se guardaba la botella de Valdepeñas. Rogelio se ha pisado el yo hasta enterrarlo, al modo de Sor Ángela, por su hermandad del alma, pues es la escuela que ha aprendido del factótum de la cofradía: Otto Moeckel. Rogelio es personaje en Sevilla y en Cantabria. Entrando al convite de la boda de la nieta de Franco en el santanderino Hotel Palacio del Mar, toda la tribuna de prensa gráfica se desgañitaba en que este sevillano se parara un instante en la alfombra roja y posara junto a Blanca: “¡Rogelio, Rogelio! ¡Un momento, por favor, una foto!” Ytoda la Sevilla emperifollada que venía detrás se dio de bruces con la notoriedad de este tabernero que es sevillano en Cantabria y cántabro en Sevilla.

Creyeron que no sería capaz de jubilarse. Y se jubiló. Pero el tabernero, como el torero, nunca deja de serlo. Los matadores con la coleta cortada se ponen delante del toro en el campo, sólo para sus familiares y amistades, para matar el gusano que habita en el interior. Los viejos taberneros tienen también sus festejos a puerta cerrada, donde sólo sirven a sus amigos, donde cortan de nuevo el Riera al taco sin las prisas del oficio. El buen anfitrión es un gran egoísta que disfruta sirviendo a los demás. Por eso en el fondo auspicia reuniones.

Dicen que Rogelio fue de los primeros en colocar el detector de billetes falsos. Hay debate al respecto. De los primeros sí que fue en detectar a los falsos, que es mucho más importante.

–Rogelio, hay que ver lo estirada que es esa chica que nos ha atendido, ¿no?
–La marquesa de Villaverde, se cree ella… Ydetrás de una barra no se puede ir con tantos humos.

La vida es el Baratillo, un traje de chaqueta cruzada, una ración de bonito, un puente aéreo con Santander, el aperitivo de Doña María de las Mercedes, una colección de vacas tudancas en la vitrina de casa que sólo suelta en las pascuas para que pasten en el campo verde del Belén navideño, una misa de domingo por la tarde en el Sagrario, una reunión de curas en la barra de la tienda que convierte el negocio en un trozo de Roma junto a la Plaza Nueva, una tarde en los palcos de Semana Santa vigilando la compostura de los concejales, una noche de vísperas de San Pedro entre clarines que evocan las lágrimas del apóstol, un almuerzo pantagruélico en Borleña, Puente Viesgo o Comillas; una tableta de chocolate puro cien por cien, una llamada telefónica de Antonio Burgos, la memoria del padre que llegó a Sevilla a la búsqueda de la prosperidad del 29, el oro de la Medalla al Trabajo que aumenta el cuerpo de penitentes de la cofradía de la envidia, una copa de champán con burbujas diminutas, unos mejillones XXL, un tendido de sombra, una oración en voz alta mientras es vestido de nazareno, la foto en sepia de los portes en triciclo, un comentario sobre el Betis con Luis Carlos Peris, unos sobaos con la mantequilla justa, unas quesadas traídas directamente desde el Valle del Pas… Y siempre, siempre, un manojo de llaves que, como una esquila, anuncia con su melodía el final de la jornada laboral. La vida de verdad es ser fiscal del paso de la Piedad y guardián de la Pura y Limpia. Lo demás son circunstancias. Yeso, ya se sabe, no se discute.