Archivos para el tag ‘Cardenal Amigo’

El ojo del amo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

JUAN ROBLES

UN joven de 16 años de la década de los cincuenta no era un joven al estilo de los de hoy. Era más bien un tío, un mozo, un adulto prematuro que se ve obligado a sacar pecho en una España donde el confort era un vocablo impronunciable, no había psicólogos, ni pedagogos, ni actividades extraescolares, ni los padres exigían la climatización en las aulas. En Sevilla, junto a Santa Catalina, había un colegio, Los Escolapios, con un magnífico patio interior para el deporte, un espléndido jardín, amplias galerías a las que a veces llegaba el olor de las cocinas y por donde los más pequeños se cruzaban con los alumnos internos. Impartían clases maestros como don Secundino o los padres Gregorio y Bernabé. Bernabé, por cierto, era quien desde el púlpito pronunciaba la homilía en la misa dominical a la que asistían todos los alumnos, unas eucaristías con un coro donde destacaba la voz del solista Pichardo. El colegio tenía una revista en la que se publicó el caso de aquel escolapio venido del Norte que tuvo que acompañar a la Virgen del Subterráneo un Domingo de Ramos. Los escolapios se entendían muy bien con la Hermandad de la Sagrada Cena, una corporación muy humilde por aquellos tiempos que, al menos, presumía de un piquete del regimiento de Caballería que se alojaba en la parte del edificio del colegio más próxima a la calle Sol. En aquellas aulas, en aquel ambiente, cursó los estudios de primaria un niño llamado Juan Robles (Sevilla, 1935). Compartió clase y pupitres con dos Navarros: Navarro García, catedrático, y Navarro Palacios, abogado del Estado, pero a los 16 años el mozo Robles no se vio estudiando cursos superiores. Cuentan que su padre le dio dos alternativas: estudiar o fregar vasos en la pileta. Y se puso a lavar vasos y a trabajar detrás de la barra del bar Robles de la Puerta de la Carne, donde su padre, de Villalba del Alcor –donde tenía sus viñedos– había apostado por vender directamente sus caldos, despachados en botellas de medio litro. En la Sevilla de entonces no se servía el vino por copas sino por medios litros. Allí se forjó el niño Juan en el oficio de tabernero. Después lo hizo en el segundo negocio: la taberna El Colmo, en la Puerta Osario, donde vio a los viejos costaleros profesionales darle al moyate y donde presenció las tertulias de célebres capataces. Y por último se hizo con la taberna de su padre en la calle Álvarez Quintero, un local muy chico a la vera de la Catedral que terminaría siendo la nave mayor de la flota imperial de la hostelería hispalense.
El joven Robles trabaja en sus primeros años subido en un tarugo: despacha los medios litros de vino, sirve altramuces y avellanas y se harta de fregar. Su juventud pasa detrás de la barra en una taberna sin tapas de cocina, sin aplicaciones digitales, sin refrigeración, sin manteles de tela gorda, ni una contabilidad profesionalizada.

Dicen que muchas veces se le ha oído una sentencia bañada quizás de cierta melancolía: “Yo no he tenido juventud”. La obsesión de su padre era primar la presencia en el negocio. El ojo del tabernero engorda la cuenta en la barra. Hay que estar encima de los trabajos, pendientes de la lumbre. Sólo así se desarrolla la destreza, la sagacidad, la capacidad para saber al instante qué tipo de cliente entra por la puerta. Cuentan que Juan Robles es de los que siguen calculando mentalmente en monedas de 25 pesetas y pasa las cantidades a euros sin coger un papel ni mucho menos dispositivos digitales. Las primeras tapas llegan de la mano de su mujer: ensaladilla y caracoles. En aquellos años, el suelo de las tabernas era la papelera a la que se arrojaba todo: cigarros, pieles de altramuces, conchas de caracoles y, al final, serrín, mucho serrín para limpiar los desperdicios.

Testigo privilegiado del desarrollismo económico, vivió el éxodo de los vecinos del centro de toda la vida al emergente barrio de Los Remedios que ideó Gabriel Rojas cuando se dio cuenta de lo cerquita que estaba la Plaza de Cuba de la Puerta de Jerez. Eran años en los que el anticuario El Moro era el emperador inmobiliario de los alrededores de la Catedral. La hostelería de calidad de Sevilla se la repartían entre Becerra, El Burladero, Los Corales, Senra y poco más. La Raza quedaba para los visitantes de la Plaza de España y el José Luis de la Plaza de Cuba para esos primeros moradores de Los Remedios, pronto arrepentidos de haber dejado las casas señoriales del casco antiguo.

La vida son recuerdos de una juventud marcada por el trabajo cansino de todo tabernero y por los viajes en vespa de Sevilla a Villalba para visitar a su novia. Son recuerdos de una primera vivienda pequeña en la planta superior del recoleto local del primer negocio, que se nutría, sobre todo, de los clientes de los almacenes Peyré en Francos, que eran El Corte Inglés de la época. El joven Juan era Juanito para muchos de ellos. El mismo joven que con los años se compró un Seat Panda, que sirvió en Sevilla las primeras endivias y que estableció los miércoles como día de descanso. Muchos clientes llamaban esos miércoles a la puerta del negocio cerrado al advertir su presencia y se quedaban a comer con la familia. La vida es fidelidad a la Hermandad de San Esteban, donde tiene el número tres de antigüedad, una cofradía que lo vincula a sus orígenes de la Puerta Carmona. Y también es la pertenencia a Santa Marta como todo tabernero sevillano que se precie de serlo.

El tabernero no solo debe estar siempre presente en el establecimiento, sino abrir y cerrar el negocio, presidir el orto y el ocaso de cada jornada, como el sumo sacerdote que abre y cierra el templo. Sólo así se desarrolla la capacidad de observación que corrige defectos y evita conflictos. Con la madurez llegó la presidencia de la patronal hostelera, un cargo que casi nadie quería y que le generó solventes relaciones con el poder político en los años de Monteseirín mandando en Sevilla (vía Marchena, el último virrey) y Chaves ocupando San Telmo, hasta que oteó la llegada de los primeros indios de los ERE acosando el fortín socialista.
Robles se ha entendido a la perfección con los socialistas. Este Robles, que es un discreto pero ágil relaciones públicas, podría decir como el cardenal Amigo cuando le reprochaban sus fluidas relaciones con el PSOE de la Junta: “Es que no he conocido gobiernos de otros partidos, ¿con quién me voy a entender?”. Chaves entraba y salía con frecuencia de Robles. Y lo sigue haciendo hoy con derecho a saludo premium: “Buenas noches, don Manuel”. Robles ha cuidado al poder y el poder lo ha cuidado a él. Nadie lo pone en duda en Sevilla. El pequeño local de los orígenes lo aumentó poco a poco a base de pagar al contado. Nunca ha sido amigo de pedir a los bancos, sino de ahorrar e invertir lo ahorrado, como tampoco lo ha sido de expandir el negocio hacia sitios como el Laredo, pero ahí ya han entrado en juego los planteamientos de las nuevas generaciones: sus hijos.

Los árboles, frondosos árboles, de los veladores, ingente cantidad de veladores, no deben impedir la contemplación del bosque de una carrera de éxito forjada sin coaching, ni escuelas de negocio, ni otras bagatelas, sino con el sacrificio que empieza por fregar vasos subido a un tarugo y termina por servir a Su Majestad el Rey. Y, por supuesto, formando parte de la cofradía de los que nunca se ponen malos en Sevilla, una cofradía muy reducida, porque hay que ver la de gente que se queda yacente para no ir a trabajar por un sarpullido en el dedo gordo. En Sevilla, durante muchos años, nunca se pusieron malos ni Juan Robles ni el hermano Pablo.

El negocio que nació ayudado por las reseñas de Garmendia terminó siendo la referencia para el público madrileño. Robles, al menos, mantiene un porcentaje de clientes sevillanos, aunque la mayoría son de fuera. Quiso ser en su día el tabernero oficial del Sevilla y del Betis. Lopera declinó la oferta, pero el Sevilla de Roberto Alés aceptó el millón de pesetas en consumiciones a cambio de ser la marca hostelera del club. La apuesta salió redonda porque el logotipo de Robles pasó de los estadios de Segunda División a los de toda Europa.

De la tiza en la oreja izquierda al ordenador. De pagar a los proveedores en la barra a las transferencias y la hoja de excel. De los clientes de Peyré a los ministros. Del serrín al mármol. De los mostos de medio litro a los caldos de alta bodega. Impulsivo, constante, intenso, discreto y con su ración de genio bien despachada. Pasea todos los días para cuidar su salud y para vigilar cómo marchan los negocios. No le gusta que un empleado descuide el saludo a un cliente o que haya alguien sin ser atendido. Alguna vez usa los servicios del limpiabotas, un oficio en extinción. Corbata y chaqueta a diario, salvo en verano, cuando alivia la indumentaria con alguna guayabera bien planchada. Encaja las críticas y hace ver su desacuerdo con algún lamento muy medido. Poco más. Sabe quizás que el precio del éxito es la envidia. Y sabe también que los veladores hacen mucho ruido. Robles es sevillano, aunque mucha gente piense que es de Villalba. La humildad es un tarugo desde donde se alcanza la pileta. La vida es una barra. El cliente es una oportunidad. Y los nietos son la ilusión. De las tres tabernas del padre al imperio del hijo. Siéntate en un velador y verás pasar la película de tu vida. Los hombres que fundan un imperio no tienen juventud.

El cura monárquico en Bellavista

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

PEDRO YBARRA
ESTANDO en su casa de los Estados Unidos, el profesor Márquez Villanueva, invitado a recordar su infancia sevillana, acertó a decir por teléfono en un arranque muy meditado: “Nací en una casa de la calle Oriente que hoy no existe”. La importancia del lugar, el poder de la referencia, la posibilidad de retornar al sitio exacto de aquellos maravillosos años ya no existía más que en el altillo de los recuerdos donde se emite, cargada de interferencias y salpicaduras, la película de Super8 sin más sonido que el tableteo del proyector. Muchos sevillanos han visto cómo la piqueta derriba casas, crujías, patios, arquerías, corrales… Y se levantan bloques de viviendas, áticos retranqueados, adosados y hasta casas modernas en el centro con la careta de fachadas viejas. Pero no siempre el truco (¿o trato?) de guardar la fachada sirve. Un edificio son sus inquilinos, es el uso que tiene, es la historia de sus dueños que se conserva en las notas marginales del registro de la propiedad y las notas de las emociones vividas que se inscriben en la memoria. Un edificio puede ser la infancia de una persona, la representación de sus mejores años y hasta la vida entera. Un edificio puede ser parte de una ciudad, enclave que los siglos apuntalan y valores artísticos que lo hacen único, Entonces es cuando adquiere toda la fuerza de un símbolo. Márquez Villanueva confesó con tono apesadumbrado, con el barniz pausado de la melancolía, que la casa de su infancia no existía. Estaba la ciudad, estaba la calle, estaban en otros sitios los vecinos, pero no estaba la casa. El símbolo se había esfumado.

Pedro Ybarra Hidalgo (Sevilla, 1931) es un cura que un día sufrió mucho por la pérdida de un símbolo, de un edificio que ha marcado a una generación de sacerdotes. No se perdió por la piqueta, pero sí por una venta maquillada como pacto de cesión institucional. El cura Perico, como le llaman con todo cariño quienes así pueden llamarlo, es el último de San Telmo, el edificio vendido a la Junta de Andalucía en la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico aprobada por la Santa Sede en Europa “en muchísimos años”, como recordada el cura Benigno García Vázquez. El arzobispo Amigo realizó una ronda de consulta entre los sacerdotes más vinculados al entonces seminario metropolitano. Pedro Ybarra lo ha sido todo entre aquellas paredes: de estudiante a rector. Se mostró contrario a la venta. Cien años llevaba San Telmo siendo escuela de sacerdotes. Y debía seguir siendo de la Iglesia, como pensaban otros ilustres de la diócesis como Gil Delgado. Pero Don Carlos tenía claro que la venta era la salvación económica de la Diócesis, pues el mantenimiento de San Telmo era el agujero de unas cuentas maltrechas, la pesadilla del ecónomo. El clero local se dividió entre favorables a la venta y contrarios a ella. El cura Perico no estaba para paños calientes, se expresó abiertamente en contra. Venía de vivir los años del tardofranquismo y la Transición en plazas hostiles como Morón de la Frontera y Bellavista, haciendo hueco en la sacristía a los sindicalistas perseguidos, atendiendo como feligresa a la madre de un tal Felipe González, estando junto a los obreros del campo… Venía de vivir un Concilio Vaticano II donde se estaba a favor de la libertad sindical. Ybarra, de familia selecta, monárquico sin fisuras, con estudios en Derecho y viajes frecuentes al extranjero, supo interpretar a la perfección aquellos años. Nunca fue un rojo, pero estaba a favor de la libertad. Si el Rey quería serlo de todos los españoles, él no aspiraba más que a ser el párroco de todos: de la señora de alta sociedad y del militante clandestino de las Comisiones Obreras, del feligrés de pantalón de pinza y vuelta en los tobillos, y del de chaleco gordo de cuello alto y pantalón de pana. Venía de vivir todo aquello, con el sambenito de ser tildado rojo por los mismos que llamaban mantequilla a Gutiérrez Mellado, cuando no pudo callarse y se opuso a la venta del símbolo de sus mejores años. Y sufrió. Como jurista que fue pasante del despacho de don Juan Moya García, no entendió la modificación sustancial del testamento de la Infanta, que cedió el edificio para la formación de curas, no para despacho de Chaves, Griñán y Susana Díaz. Soñó con un San Telmo convertido en gran casa de la Iglesia, en sede de la Colombina y en residencia sacerdotal. Y ahora sufre cuando ve sus jardines restringidos al público.

Este cura alto, de voz nasalizada, nariz prominente y ojos claros, es un símbolo de la Transición en Sevilla. Como lo fueron los difuntos Bueno Monreal, Diamantino y Javierre. Pero en versión monárquica, selecta y con tres idiomas. Don Pedro ha ido al cine con Doña Pilar de Borbón en Londres, donde estudiaba inglés para la carrera diplomática que quiso hacer. Tanto ayudó a las Comisiones Obreras de aquellos años del nunca cumplido espíritu aperturista del 12 de febrero, que en el primer congreso legal del sindicato en Sevilla fue invitado a formar parte de la mesa presidencial. Declinó, pero mandó una carta de agradecimiento: “No soy comunista, jamás puedo serlo. Pero estoy a favor de la libertad sindical”. Libre se siente cuando se enclaustra en el jardín de la hacienda familiar del XVIII, Santa Eufemia, entre sus queridos cactus y plantas de todo tipo, allí donde están los naranjos de los que florece el azahar que ha de perfumar cada primavera el paso de su Virgen de la Concepción. La gran afición de este cura de 84 años son las plantas. Nunca lo fue el Rocío, al que sólo acudió un año con sotana y a caballo, un año en que debajo de su carreta sufrió cada noche el escándalo que formaban las gallinas que llevaba la hermandad de Umbrete para ir sacrificándolas por el camino.

La vida es fumar un cigarrillo Ducados en momentos muy escogidos. Es recordar la Semana Santa de la infancia desde el ventanal del Ayuntamiento reservado a su padrino, que fue alcalde y al que debe su nombre: Pedro Armero Manjón, conde de Bustillo. La vida es hacer la milicia en El Ferrol (entonces del Caudillo) y, oh casualidad, mandar vista a la izquierda cuando la tropa debía mirar a la derecha. La vida es viajar a Roma, Jerusalén, Rabat, Ginebra… Decir misa en inglés y en francés. La vida es ver llegar a Sevilla a un joven arzobispo procedente de Tánger el año de los mundiales de España y dar por cerrada una etapa y por abierta otra: “Pues ya tengo un jefe más joven que yo”. La vida es rezar la Salve con añadidos personales: “En este valle de lágrimas… y alegrías”. No sólo de pláticas vive el cura, sino de pintar, modelar en arcilla y cultivar la pasión por la Genealogía. La vida es emocionarse con Santa Cruz, la hermandad que nunca le ha dejado.

Dicen que su relación con monseñor Amigo quedó tocada después de la operación de venta del viejo palacio. Incluso hay quien precisa que el destino que le fue asignado con los años, la Parroquia de Santa Cruz, era una suerte de castigo para quien hubiera preferido un lugar más apropiado a su perfil activista y comprometido. Santa Cruz era visto como un retiro dorado. Sí, dorado como una canastilla, pero un retiro. Las malas lenguas se calmaron cuando el ya cardenal lo nombró canónigo de la Catedral. El cura Perico es un canónigo que puede presumir de ser nieto de canónigo, pues su abuelo Tomás gozó del tal consideración honorífica al ser bienhechor de la Catedral en tiempos en los que hubo que levantar nada menos que el cimborrio caído. Como canónigo dejó en evidencia a unos pusilánimes compañeros cuando propuso al Cabildo un pronunciamiento contra el aborto. El deán, que parecía ser Zapatero sin ceja arqueada, negó el debate al alegar que sólo correspondía deliberar sobre asuntos de altar y coro.

El cura de hoy, testigo de la pérdida de San Telmo y de una oleada de secularizaciones, sigue siendo largo, larguísimo, y con ese punto rebelde que lo mismo le impulsa a decir que no a la venta de un palacio que a saltarse los semáforos. Lo mismo va al cine con Doña Pilar en la City que se mezcla con el rojerío de Bellavista. Pero cuando susurra a los cactus, hay que dejarlo solo.

La voz de la cultura y la fe

Carlos Navarro Antolín | 1 de febrero de 2015 a las 5:00

Juan del Río -arzobispo castrense
MUY pocos años antes de su ordenación episcopal en 2000, se lo anunciaron en una mesa del restaurante Barbiana. “Lo veo a usted de obispo”. Ysu reacción fue de negación absoluta, mechada con algo de brusquedad y alguna referencia vaga a que ya estaba pasado de edad para tan altos menesteres. Tal vez ya sabía algo por sus estrechas relaciones con los nuncios de Su Santidad en España, primero con el italiano Tagliaferri y después con el portugués Monteiro, porque Juan del Río (Ayamonte, 1947) siempre ha gozado de hilo directo, directísimo, con Roma. Cardenales ha habido que subían la escalera de la sede de la Nunciatura en Madrid que se han encontrado con Juan del Río bajándola cuando era un simple sacerdote de la diócesis sevillana.

Juan del Río es el arzobispo castrense, el que tiene la archidiócesis más grande: toda España. Yha sido obispo de Jerez. Pero para muchos sevillanos sigue siendo el cura de la Universidad, el que logró abrir un servicio religioso (Sarus) en la antigua Fábrica de Tabacos siendo rector Javier Pérez Royo, gran amigo de Felipe González y autor de un magnífico manual de Derecho Constitucional, y también el que le negó cobijo a la Hermandad de Las Aguas en el Rectorado y que se presentaba en botines las mañanas de Martes Santo en el vestíbulo de la Universidad donde están preparados los dos pasos para hacer estación a la Catedral. A Pérez Royo la cofradía le importaba muy poco, tan poco que amenazó con dejarla sin espacio en la Universidad, pero un hermano mayor como Juan Moya Sanabria le habló muy claro: “Si la hermandad es obligada a salir de aquí, el señor rector sale detrás de ella”. Y ocurrió lo que decían de Paco Ojeda en el toreo: rectores vienen, rectores van, pero la hermandad siempre está.

Pérez Royo sólo bajaba del despacho las mañanas de Martes Santo si le chivaban que Pepote Rodríguez de la Borbolla había acudido como presidente de la Junta a cumplimentar a la hermandad de los Estudiantes.

Juan del Río, hijo de un trabajador del astillero de su Ayamonte natal y de una madre fundamental en su carrera, es el cura que mejor representa la alianza de la cultura y la fe, es la voz que reza el rosario mientras los penitentes van cargando las cruces por los pasillos de la Universidad las tardes de interiores de rejas, ruán y monaguillos. Aquel Sarus se convirtió en una buena cantera del seminario sevillano, donde fue vicerrector, un puesto que le costó algunas discrepancias con el cardenal Amigo. Algunos recuerdan una conversación algo airada entre ambos por los Jardines del Cristina. Don Carlos y sus más allegados colaboradores, entre ellos el cura Benigno García Vázquez, conocido como el capellán del PSOE, eran partidarios de flexibilizar los criterios de admisión en el seminario. El caso es que muchos curas ortodoxos y muchos laicos de hoy se forjaron en aquellas dependencias de la Universidad, muchas veces convertidas en salas de estudio;  en las misas que a diario oficiaba a la una del mediodía a los pies de la Buena Muerte, y en las mil y una charlas que dirigía. Aquellos eran los niños del cura, en ellos dejó huella. Hoy vuelve a la Universidad y son muchos los profesores, administrativos y limpiadoras quienes se acercan a saludarle. En aquellos años consiguió que el servicio religioso quedara consagrado en los estatutos de la Universidad, como uno más. Muchos recuerdan que las puertas del Sarus estaban abiertas a todo el que quisiera entrar. Y entraba gente muy variopinta –algunos de aquellos nombres sorprenderían hoy– buscando una respuesta a esas dudas propias de una edad en la que el futuro es difuso.

Juan del Río fue un niño de Bueno Monreal, el cardenal bizcochable, como lo ha sido del canónigo Antonio Hiraldo, uno de sus grandes mentores que le ha abierto puertas importantes junto a José María Piñero Carrión. Hiraldo bien pudo haber sido obispo de no ser por sus graves problemas de vista. El cura Castillejo, poderoso presidente de Cajasur, publicó la tesis doctoral de Juan del Río sobre la eclesiología en el pensamiento reformador de San Juan de Ávila por la Universidad Gregoriana, en cuyas aulas tuvo el privilegio de formarse.

Llegó a obispo Juan del Río en el año 2000 con muchos apoyos, entre ellos el de monseñor Cañizares, pero sin el aval del entonces arzobispo Amigo, que asistió a su ordenación pero no como ordenante principal, porque a Jerez se desplazó con tal motivo el mismísimo nuncio de Su Santidad.

Una de sus virtudes es que sabe revestir de solemnidad los cargos, hacerlos importantes y que adquieran peso específico. Con Juan del Río y los cargos que ocupa pasa como con esos hermanos mayores con carisma que cuando dejan la vara dorada ya nadie habla de sus sucesores. No es un cura que pase desapercibido, quizás porque en Roma aprendió de Juan Pablo II a perder los complejos, a no tener miedo y a vivir la fe en ambientes hostiles. Así explican algunos que negociara con éxito con Pérez Royo. Al Sarus supo darle prestigio como se lo ha dado al Arzobispado Castrense. Nunca se ha encasillado en ningún movimiento específico de la Iglesia, aunque conoce de primera mano a los neocatecumenales, de su etapa juvenil en la parroquia de la Sagrada Familia del Retiro Obrero, donde pudo coincidir hasta con Felipe González cuando éste acudía a las Juventudes Obreras de Acción Católica, y por supuesto conoce las cofradías andaluzas y todas las manifestaciones de religiosidad popular.

No lo dice, pero todos saben que el sueño de este cura rociero y matalascañero es ser arzobispo de Sevilla, la ciudad a la que nunca deja de venir y por donde se le puede ver paseando cualquier noche, como si todavía fuera el director del Sarus, acompañado por decenas de jóvenes, como si aún estuviera consagrado a la forja del brillante Pabellón de la Santa Sede de la Expo´92, como si se hubiera citado a almorzar con Ángel Gómez Guillén y el equipo del semanario diocesano de información, como si fuera camino de la Capilla de la Universidad cualquier tarde de cuaresma a oficiar el quinario y en la puerta estuvieran esperándolo Juan Moya Sanabria, Carlos Rossell, Antonio Gutiérrez de la Peña o Antonio Piñero. Tiene un pectoral con la cabeza del Cristo de la Buena Muerte, regalo de la Universidad de Sevilla en su ordenación episcopal; es aficionado a las camisas de doble puño y es notorio su porte de cura elegantón. Su destreza con los medios de comunicación es evidente, fruto de su innegable capacidad para las relaciones sociales. Es miembro de la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal y es la voz enérgica de las homilías en los funerales de los militares muertos que retransmite en directo el Canal 24 horas de Televisión Española.

Hay quien dice que tuvo el coraje de formarse en San Telmo cuando en Sevilla había una tendencia a emigrar a las aulas del seminario toledano. Cuando fue nombrado obispo, su Hermandad de los Estudiantes le regaló todas las vestimentas propias de un prelado. Cuando lo llamaron para felicitarle por su condición de arzobispo castrense, aludió con humor a que la cofradía estudiantil pasaba a tener “dos generales”: Antonio Gutiérrez de la Peña, que ha sido hermano mayor, y él mismo, que tiene la consideración de general de división por decreto del Jefe del Estado en virtud de los Acuerdos de la Iglesia con la Santa Sede.

Algunos lo sitúan ya en un nuevo destino: la archidiócesis de Granada. Sería su retorno a Andalucía, a pie de la A-92 que conecta con la Plaza de la Virgen de los Reyes. Una A-92 llena de curvas que obligan a bajar la velocidad continuamente, ese freno motor que siempre ha manejado a la perfección. No le pregunten por Sevilla, donde dio una homilía de puerta grande el pasado mayo ante la Virgen de la Esperanza en el Altar del Jubileo. Dirá como a finales de los noventa en aquel almuerzo entre amigos: que se le ha pasado la edad. Al fin y al cabo, son designios de la Nunciatura, esa casa cuyas escaleras bajaba con toda soltura mientras aquel cardenal las subía con toda solemnidad.

El guardián de San Onofre

Carlos Navarro Antolín | 18 de enero de 2015 a las 5:00

image
SENTADO sin apoyar la espalda. La mirada baja para responder, y de frente para oír las preguntas. Un cañón de luz tamizada por las cortinas blancas baña generosamente la estancia. Habla despacio y muy bajo, como si estuviera en confidencias con su interlocutor y temiera que media ciudad estuviera con la oreja puesta. Acabada la cita, se levanta. Abre las puertas de las dependencias más próximas: la capilla, la alcoba, el despacho de trabajo… Puertas abiertas para que la luz siga envolviéndolo todo. La intención es sana. La agenda de un arzobispo de Sevilla cansa. Confidencia en sentido figurado: “Sevilla mata a los obispos”. Por algo esta ciudad tiene hasta un viento propio: el matacanónigos. Ya estamos con las leyendas que requieren un mínimo sentido del humor… Hay ciudades a las que no se las puede tomar al pie de la letra. A veces no conviene ni tomárselas en serio, como se hace con los niños. Sevilla es muy niña. Y los niños son crueles cuando proclaman verdades y clavan agujas sin algodón previo.

Juan José Asenjo (Sigüenza, 1945) lleva cinco años al frente de la Iglesia de Sevilla, junto con Toledo una de las dos diócesis de España que histórica y tradicionalmente son sedes cardenalicias. Llegó a Sevilla, se enojó con algunos lances menores y no le faltaron ganas de marcharse en más de una ocasión, aunque su sentido de la obediencia lo lleva tan a rajatabla como su vocación pastoral. Se tomó demasiado a pecho algunos detalles, como el comentario de un pregonero de la Semana Santa sobre su supuesto desdén a la hora de recibir una estampa de la Virgen de la Esperanza. Quizás sea porque se teme lo que se desconoce. Y se teme casi todo si no se tiene sentido del humor. Y este concepto de humor no se puede simplificar en la capacidad de hacer gracietas o reírse de ellas, ni consiste en la exhibición de un espíritu jaranero, ni en dar rienda suelta al tópico festivo y despreocupado con el que suele ser estigmatizado el sur de España. El humor es algo muy serio. Es una actitud de la vida que empieza por reírse de uno mismo, que consiste en tener la flexibilidad de una caña de pescar: capaz de combarse al máximo sin perder nunca el punto fijo de apoyo.

Dice el Papa Francisco que la lepra está en la curia. La curia trata de apropiarse de los Papas, de controlarlos, de marcarles la agenda, de filtrar las cartas, las visitas y las compañías. La curia termina engullendo, capitalizando y, si puede, utilizando la figura del Papa. Cuestión de inercia. La curia procura que el Papa conozca cuanto ocurre en el exterior por sus únicos comentarios y por sus únicas recopilaciones de artículos de prensa. El Papa tiene que tratar de romper ese intento de apropiación, como el Rey que debe abrirse a todos y no limitarse a dejarse acompañar por la corte. Asenjo debutó en Sevilla como coadjutor con derecho a sucesión, un tiempo en que tuvo que convivir con la curia designada por el cardenal Amigo. Algunos no se lo pusieron fácil. Poco a poco ha ido renovando los cargos, ha ido tratando de ejercer el legítimo gobierno de la diócesis y de implantar su concepto de orden en el seminario metropolitano. La quinta del cardenal prácticamente ha sido laminada. Asenjo manda en la Iglesia de Sevilla con la sola incomodidad de tener que convivir con la sombra de la enorme figura del cardenal. Y, por supuesto, manda con el inconveniente de una curia liderada por un vicario general que, ironías del destino, no deja de romperle puentes al pontífice. Y el significado etimológico de pontífice, precisamente, alude a alguien especializado en construir puentes, en unir, en no abusar de las notas marginales que son el rencor archivado.

Asenjo es trabajador, capaz y está siempre dispuesto a ejercer de pastor. Así lo avala su currículum: desde la organización de la última visita del Papa Juan Pablo II a España, a la secretaría general de la Conferencia Episcopal. Desde el impulso de la gran concentración de jóvenes en El Rocío con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, a interesarse por un sacerdote en apuros.

Carece de destreza con los medios de comunicación en una sociedad condicionada por los medios. Le duelen las filtraciones porque detrás de cada una de ellas sospecha la traición de un colaborador. Sufre con las críticas porque entiende que no ha hecho mal a nadie como para recibirlas, sin caer en la cuenta de que todo el que se mueve en una faceta pública se desenvuelve en un escenario donde se combinan las luces con las sombras, la risa y el llanto, el destello y el apagón, el elogio y el desprecio. Monseñor Asenjo dice lo que piensa, muchas veces con la inocencia temeraria de un niño. Es un arzobispo transparente, como cuando declaró que tras aquel primer pregón de Semana Santa tuvo ganas de volverse a Córdoba andando, o como cuando confesó a la Cope la noche de fumata blanca de 2013 que Bergoglio no estaba en sus “quinielas”. No hay dobleces. Es así. Incluso si considera que un periodista no le ha tratado bien, lo pone en cuarentena, aplica una suerte de retirada de embajadores, de cautela máxima, de poner tierra de por medio, de pequeña condena si cabe.

No necesita séquito. Se le ha visto entrar y salir solo de una iglesia y de un restaurante con toda naturalidad. Una vez se le olvidó el anillo pastoral y regresó con celeridad al Palacio Arzobispal. Su fuerte no son ni la oratoria ni las relaciones públicas, sino la oración, el pastoreo de las almas, el sacramento de la confesión, la adoración al Santísimo… Es puntilloso cuando advierte de algún detalle indebido o llama la atención sobre algún aspecto fuera de la liturgia, lo que genera recelos que podría ahorrarse para no dar pie al anecdotario de leyendas.

Gana muchísimo en el terreno corto, cuando se relaja y aparece el gran capellán de San Onofre que lleva dentro, porque en San Onofre, templo de adoración perpetua de Jesús Sacramentado, es donde se aprecia la mejor cara de este arzobispo, como cuando se ofrece a presidir enlaces matrimoniales y bautizos. Con Zoido se lleva la mar de bien. Y Zoido le ayuda en casi todo lo que le pide. En el PP, además, no hay especial simpatía por el cardenal, al que se considera más bien rojo que púrpura.

Asenjo tal vez no eligió al mejor obispo auxiliar para sus intereses, el simpático Santiago Gómez Sierra al que multó la Audiencia Nacional por la gestión en CajaSur, pero al menos no lo dejó tirado en la cuneta tras los servicios prestados en Córdoba, y logró que se le premiara con la mitra.

Sevilla no mata a los obispos, pero es cierto que se lo pone difícil. En la misa de despedida al cardenal en la Catedral, la cola para recibir la comunión de manos del purpurado era kilométrica. La cola de Asenjo era tan corta que desapareció en pocos minutos. Fue un frío elocuente, como el silencio de los tendidos de la Real Maestranza. Sevilla maneja muy bien los excesos de frío y los derroches de calor. La guasa es el término medio, el terreno fronterizo donde naufraga la rigidez. Asenjo fue recibido con desconfianza, tal vez por ser vinculado a una figura para muchos antipática como la de Rouco, pese a que expertos en la materia aseguran que al prelado hispalense no se le conocen afinidades en el episcopado español; quizás también porque sobre su figura se descargaron las culpas por la salida exprés del cardenal, cuando a los cardenales se les suele permitir una prórroga.

Sus posibles salidas de Sevilla han quedado cegadas. Cañizares ha venido devuelto de Roma al refugio valenciano. A Barcelona ya se sabe que no va nadie nacido en Sigüenza, ni en Lugo, ni en Almería. A Osoro lo han enviado a Madrid sin que aún haya recibido la birreta púrpura. Blázquez sigue en Valladolid y al frente de la Conferencia Episcopal. Sólo si el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, fuera reclamado para alguna responsabilidad en Roma, quedaría libre una sede digna de un prelado hispalense. No sería el primer arzobispo en dejar Sevilla para ser primado de España, ya lo fue Almaraz a principios del siglo XX. Pero todo indica que Asenjo se queda en la ciudad que le hace volver de su tierra los 6 de enero para estar en San Lorenzo, o retornar de sus vacaciones de agosto para estar en la novena de la Patrona; la ciudad de la bulla con un arzobispo apasionado por la ortodoxia de altar, coro y clergyman; la ciudad de la guasa con un arzobispo sin dobles sentidos. La guasa está en la ciudad, la lepra está en la curia y el arzobispo está en San Onofre. Y en San Onofre caben pocos sevillanos, aunque nunca falten los más fieles guardianes de Dios. Pero la grey es mucho más amplia. Y las notas marginales pueden ser tan nefastas como la curia.

La rama del tronco

Carlos Navarro Antolín | 7 de diciembre de 2014 a las 5:00

JOAQUIN MOECKEL
EN los despachos hay sillas para sentarse. O no. Depende del despacho. Hay un bufete de abogados en cuyo despacho principal sólo está libre el sillón del titular. El resto de las sillas de la estancia tienen pilas de libros encima, sobre todo las dos que están mirando hacia la mesa principal. No se trata de un criterio de decoración moderna, del último grito en el interiorismo de vanguardia que mezcla grandes bolas y otros cachivaches con enciclopedias huérfanas de lectores. Los libros encima de los asientos son eminentemente funcionales en este caso. Están para impedir que nadie se siente. No hay otro objetivo. En el despacho de Joaquín Moeckel (Sevilla, 1966) sólo se sienta, de entrada, su titular. Es la forma de ahuyentar a los apalancados: tenerlos de pie. Hasta que se marchan por agotamiento. Moeckel nunca se ofrece a acompañarle a la puerta para instarle a salir. Simplemente no quita los libros de la sillas, que resulta menos tenso. Si usted quiere manejar los verdaderos criterios de valoración de este abogado –el algodón que no engaña–compruebe si quita los libros de la sillas o no. Como no los quite, coja la puerta ligero.

El médico evalúa en sus análisis el colesterol y los triglicéridos, pero en su caso vigila también el índice de moeckelina. En este personaje son tan claves los trajes de Rodríguez Ávila, cuya caída de pantalón acaricia levemente el calzado, como los niveles de moeckelina en sangre, que informan del espíritu combativo, del instinto de réplica a todo bicho viviente y del grado de aceleración al narrar cualquier suceso. El mundo es de los inteligentes y de los que tienen ideas, se dice. A más moeckelina, mayor es la envidia que provoca. Alguien escribió una vez que todos los que critican a Moeckel, en el fondo quieren ser como él. Porque tal vez lo que escuece de su forma de ser sea su libertad de acción y de movimiento. Esta ciudad tiende a destruir todo lo que se mueve. Es una suerte de miseria de los pobres, resignados todos a no comer. Cuando uno de los pobres se levantó un día a buscar pan, el resto de los pobres reaccionaron poniéndole zancadillas para que no pudiera comer. Aquí, todos pobres.

No salir en las fotos genera desconfianza. Salir muchas veces genera notoriedad y su prima hermana: envidia. Y hay que pagar el precio de las fotos, que es como la tarjeta VISA: se sigue pagando varios meses después del gasto. La fama en Sevilla sale bastante cara. Un sabio le dijo una vez que su mejor defensa contra la envidia era la calvicie: “Si encima llegas a tener melena, te pasan por la pira en la Plaza de San Francisco”.

Y la notoriedad también genera leyendas. Como el sevillano tiene la mala costumbre de hablar tan alto, a veces con vozarrones pasados de tinto, el otro día pudimos oír una charla entre varios profesionales reconocidos de la ciudad. Uno aseguraba que el mismísimo Gobierno de España estaba presionando a los inspectores de Hacienda para que ni rozaran a Moeckel, porque se temían sus críticas en las tertulias y programas de televisión de ámbito nacional.
El rasgo principal que define su carácter lo describió a la perfección el canónigo Juan Garrido, al que asistió en la gran restauración del Salvador: “Joaquín, hijo, necesitas constantemente reivindicar tu libertad y tu independencia”. Por eso será muy difícil verle algún día encorsetado en la estructura de un partido político. No vemos a Moeckel aceptando estrategias de comunicación, argumentarios procedentes de Madrid o imposiciones de compromisos en una lista. Cuando el cardenal lo honró con la medalla Pro Ecclesia et Pontifice, dejó claro en su discurso de agradecimiento que seguiría discrepando de la Iglesia cada vez que fuera necesario. “No se vaya a pensar don Carlos que yo me callo por una medalla”.

Un día le telefoneó un letrado de Madrid. De voz engolada, nombre compuesto y con apellidos de varios vagones. El bufete, cómo no, lucía rótulo comercial en inglés, similar al que reproducimos:

–Buenos días, soy Borja Manuel López de Tejada, de Lawyers Company and Trade, ¿con quién hablo, por favor?
–Con Joaquín Moeckel, de Moeckel.
–[…]
–Dime, compañero, dime. Que no hay más títulos, que soy Moeckel, de Moeckel. Dime.

La generación de sevillanos que peor digiere la forma de ser de Moeckel es la que, como él, ya se acerca a los cincuenta años. Una generación que en muchos casos sigue vistiendo como si tuviera todavía 25, con los mismos hábitos de ocio que cuando los 25 y dedicando las tardes libres a las conspiraciones cofradieras, que es lo que hacía con 25. Cuando los servicios jurídicos del Arzobispado mandaron una carta al Baratillo, nada menos que a finales de julio de 2001, imponiendo cambios en las reglas de la cofradía, muchos creyeron ver el final de este personaje, que era entonces el hermano mayor. Y la ciudad de la guasa, representada en esa generación que describíamos, dejó asomar la patita del gato que maulla en sus entrañas:

–Ea, Moeckel… ¡Con la Iglesia has topado!
–¡O la Iglesia ha topado con Moeckel! Ya veremos.

Desde una piscina de Benidorm y con un teléfono móvil articuló toda la defensa jurídica y mediática de la cofradía. La Iglesia de Sevilla, por primera vez, tuvo que nombrar a un interlocutor para negociar de tú a tú. El cardenal confió la causa nada menos que a Manuel Benigno García Vázquez, quien en los años ochenta había pilotado la operación de venta del Palacio de San Telmo a la Junta de Andalucía, el conocido como capellán del PSOE. Y lejos de producirse un choque de egos, nació una bonita amistad. Después vino lo del Salvador y la medalla. El inteligente Juan Garrido le rogó el máximo cuidado con la figura del cardenal, al que jamás se podía evidenciar como una “figura vulnerable”. Quizás por eso la solución para contentar a ambas partes fue convertir las imposiciones en un exhorto pastoral firmado por monseñor Amigo donde se instaba –que no obligaba– a ciertos cambios normativos. El texto del exhorto se fraguó en un velador de la calle Adriano.

Jamás le oirán hablar del arzobispo como el “pastor”, denominación que considera propia de cofrade blandengue y cortito con sifón. No soporta a los “padrejones” que le dan consejos sin haberlos pedido, especialmente uno que le saca de sus casillas del Arenal:“No vayas tan rápido que eres muy joven”. La camisa por fuera es síntoma de relajación de fin de semana. Los pantalones verdes, señal de que hay barbacoa en algún lugar de la sierra. El uso reiterado del dedo índice en la conversación, con el rostro más pegado al del interlocutor que dos camiones subiendo Despeñaperros, es señal de tensión en una conversación, de moeckelina disparada, de loco muy cuerdo.

Un mediocre le dijo una vez que no daba el “perfil” para ser delegado de la Madrugada en el Consejo de Cofradías. El eco de las risas aún se oye. Otro día le recomendaron que no saliera tanto en los periódicos ni en la televisión, que sería víctima de una “sobreexposición” con graves perjuicios. “Cuando a ti te llamen, no salgas tú. No te preocupes tanto por mi, que veo que eres tú muy buena persona”. También lo acusaron de aparecer tanto en los medios para ganar clientela en el despacho. “También me quita clientes el salir tanto y también pago el precio de las críticas y las fobias por aparecer”. Yhasta le cuestionan cuándo saca tiempo de trabajo para el despacho con tanta tertulia de televisión: “No juego al golf, ni al pádel. Llego a todos los sitios porque voy en moto”.

Por fortuna ya se ha enterado de que a ciertos bares cofradieros no se debe ir de madrugada porque es cuando se produce una exposición peligrosa. El hombre en manada actúa diferente a cuando está en soledad. Este ciudadano libre sufrió una vez a la manada de lengua engordada por los gin tonics.

El PP andaluz de Javier Arenas lo incluyó hace bastantes años en una encuesta sobre posibles candidatos a la Alcaldía. Nunca será presidente del Consejo de Cofradías ni decano del Colegio de Abogados, salvo que liderara la única lista. Su forma de ser chirría por incontrolable, por la energía de su carácter y por la carencia de complejos. Es el hijo de su padre, una rama dichosa del tronco de don Otto. No hay más misterio.

Tal vez no daba el perfil por la calvicie. O por los pantalones verdes. Quién sabe. O quizás no quitó los libros de la silla en aquella reunión. Y alguien no le perdonó estar de pie, que es malo para la espalda.

El arquitecto sin chaqué

Carlos Navarro Antolín | 30 de noviembre de 2014 a las 18:05

Alfonso Jiménez
El martes de Feria de 1997 subió hasta el Giraldillo acompañado por José María Cabeza y Juan Luis Barón, arquitectos técnicos, y por el vicario general de la Diócesis, Antonio Domínguez Valverde, de rigurosa sotana. En lo más alto esperaba una cuadrilla de operarios dispuestos a seguir las indicaciones para desmontar el Giraldillo y dejarlo depositado en la azotea de las azucenas. La Giganta fue literalmente bajada a brazos mientras don Antonio rezaba el rosario. Todos sintieron miedo. La operación era de alto riesgo. Ignoraban si la veleta saldría con facilidad o si tendría algún tipo de freno en el vástago. Ni siquiera sabían cuánto medía el vástago. O si el grado de oxidación del interior era elevado y podía dificultar la extracción. Se aprovechó a conciencia que media ciudad dormía tras la noche de la prueba del alumbrao y la otra media estaba trabajando. Al mediodía, la Giralda se quedaba sin Giraldillo y cesaban los bisbiseos de las oraciones de don Antonio. La ciudad indolente no se había enterado de nada. Ningún medio de comunicación, ningún avispado viandante. Estos hombres llegaron, subieron y bajaron la veleta. En tierra todo seguía igual, como cuando las tropas alemanas entraron en París y los parisinos seguían haciendo su vida. Una breve nota de prensa comunicó los hechos. Alfonso Jiménez Martín (Sevilla, 1946) es el maestro mayor de la Catedral que osó llevar al quirófano al principal símbolo de la ciudad tras años de observación y, sobre todo, tras leer que el catedrático José Luis Comellas afirmaba en uno de sus libros que la veleta pasaba demasiado tiempo en la misma posición. Un buen observador saca partido de lo que dicen otros finos observadores. La lectura de aquella aseveración provocó la reacción propia del hombre inquieto, el impulso necesario para cometer la locura. Si está documentado en castellano antiguo que “doce moros” trasladaron la veleta recién fundida desde San Bernardo hasta la Catedral, una cuadrilla de operarios podría bastar para bajarla. Y así fue.

Lleva enamorado de la Catedral desde 1979, cuando en un paseo vio (siempre observando) que una azucena de la Giralda estaba a punto de desprenderse. Lo denunció ante la Delegación de Cultura, donde le pidieron si él mismo podía hacerse cargo de la restauración urgente, valorada en 25.000 pesetas. Y aquello, como la teja desprendida de la casa de Ben-Hur, fue el comienzo de una larga película. Casi 40 años de relación con el monumento más importante de la ciudad. Un arquitecto que hasta entonces no había tenido más contacto con la Iglesia que la que mantenía con su párroco de la Ciudad Jardín, donde fue criado en valores en un bloque de las denominadas viviendas colectivas, que son una suerte de corrales de vecinos.
Se llevó casi un mes viviendo en la Catedral con motivo de los preparativos de la boda de la infanta Elena en 1995. Consiguió que se aceptara su advertencia para que un retén de bomberos se situara discretamente durante la ceremonia a los pies del altar mayor. Convenció a la reina Sofía de que era inútil colocar ramos altos de flores, pues la gran montaña hueca que es la Catedral lo engulle todo. Y tal fue su labor y dedicación que la Casa Real le envió a última hora una invitación al enlace, cuando ya no había tiempo para encargar un chaqué. Consultó a su inseparable Francisco Navarro, el canónigo que revolucionó el modelo de gestión del templo, cómo debía proceder ante al tarjetón recibido.
–Paco, ¿qué hago?
–Ponte el traje oscuro y colócate la pegatina de un sindicato. Verás como nadie te dice nada.
Y allá que se fue a la boda en traje oscuro. El único invitado sin chaqué. Navarro iba ese día con sotana y fajín, indumentaria propia del diplomático del Vaticano que había sido con destino en África. Jamás se volvió a ver a este cura de esa guisa. Jiménez le pidió un favor al arzobispo: acceder juntos al Real Alcázar. Y así fue. Don Carlos entró acompañado por Isabel, la mujer de Alfonso Jiménez. “¿Quién será ella?”, se preguntaba el público curiosón detrás de las vallas. Y el maestro mayor de la Catedral entró junto al hermano Pablo.

Alfonso Jiménez se revuelve cuando ignora algo sobre la Catedral. Este catedrático impulsivo, inquieto, sin concesiones al tópico hispalense y con cierto aire para algunos a lo Sean Connery, nunca olvidará el día de Santiago de 2006. Los sensores colocados para la auscultación perenne de los pilares agrietados del trascoro detectaron movimientos de hasta tres centímetros en la piedra de la Catedral. Otra vez el temor a lo desconocido. El miedo. La alerta. Planteó al deán la conveniencia de desalojar el templo de turistas. Pasó la noche en la Catedral junto a Juan Luis Barón. La observación, esa suprema fuente de conocimiento, reveló que la dilatación se producía cada mañana. Y que la piedra volvía a su ubicación original por la noche. Se supo entonces que este gran templo respira hondo al amanecer y expira al anochecer. Se infla y se desinfla. No se trataba de nuevas grietas ni de nuevos riesgos.

Su relación con algunos de los grandes sacerdotes del pontificado de monseñor Amigo es absolutamente clave. Sobre todo con Francisco Navarro, aquel cura que sobrevivió como tal pese al revoltijo provocado por el Concilio Vaticano II, que hizo que la mayoría de sus compañeros de promoción colgaran los hábitos. Navarro, Garrido, García Vázquez… Sacerdotes que eran tildados de rojos por la Sevilla más conservadora y que siempre demostraron un amor, una capacidad de servicio y una lealtad a la Iglesia más allá de postureos de clergyman. Con Navarro se entendía con la mirada, con una socarronería deliciosa para los amantes de la ironía y de las cargas de profundidad. Navarro y Jiménez tal vez no sean para algunos los compañeros más idóneos para una tarde de Feria, de vino y jarana, pero nadie podía negar que entre ellos había un sentido del humor fino, para paladares exquisitos, que no pocas veces era el carril de desaceleración de las broncas que provocaba el día a día entre quienes trabajaban juntos con tanto presupuesto y tan alta responsabilidad.
En esa capacidad de observación innata al personaje figuran los turistas, los amos y señores de la Catedral. Nadie como el maestro mayor sabe cuál es el sitio en el que los visitantes se quedan boquiabiertos al comprobar la colosal grandiosidad del interior del templo. Se trata justo del momento en el que abandonan el pabellón de entrada y terminan de recorrer –un poco agachados los de mayor altura– el túnel de los vestuarios de los canónigos. En ese instante es usual oír una exclamación:“Oh, my God!”. En el caso del turismo nacional, la expresión es algo más prosaica: “¡Coñoooo!”.
En la Catedral fue testigo del interés de monseñor Amigo por comunicar en qué capilla quiere recibir sepultura. El vicario Domínguez Valverde, tal vez tensionado por el tema de conversación, zanjó el asunto: “Usted preocúpese de morirse que nosotros ya nos preocuparemos de enterrarle”.
Navarro murió. Jiménez dejará su puesto en la Catedral el 31 de diciembre. La película de Ben-Hur tiene un final feliz. Hace pocos días le preguntaron mientras disfrutaba de la comodidad de un mullido sofá.
–¿Usted cree más en Dios tras llevar casi cuatro décadas mimando a la Catedral?
La respuesta fue un silencio, después una sonrisa a medias y, de remate, una mirada a las alturas. Seguro que el mismísimo Francisco Navarro hubiera reaccionado igual. Tal vez la fe, como el movimiento, se demuestra observando. Y en la Catedral caben todos. Hasta los cables que siempre se preocupa en ocultar.

El renglón torcido de Dios

Carlos Navarro Antolín | 9 de noviembre de 2014 a las 5:00

JOSÉ CHAMIZO
EL teléfono sonó en agosto de 2007. El periódico preguntaba a varias personalidades de la ciudad por el impacto de las recién estrenadas catenarias del tranvía en la procesión de la Virgen de los Reyes. El Defensor del Pueblo Andaluz aceptó participar en la encuesta y se mostró esperanzado en que el paso del tiempo fuera reduciendo la contaminación visual de aquella infraestructura que acababa de irrumpir en parte del paisaje urbano más tradicional de la ciudad. Antes de terminar la conversación, en un formato ya off the record, espetó al periodista:
–Oye, niño, sabéis que yo os atiendo con mucho gusto siempre, pero eso de llamarme para preguntarme por las catenarias… ¡Que tengo a la gente llegando en patera por el Estrecho!
José Chamizo de la Rubia (Los Barrios, Cádiz, 1949) nació el mismo día que Soledad Becerril pero algunos años después. Tan cierto es que trabaja a destajo (“Ojú, hijo qué pechá”) como que se mueve siempre en los dominios que forman su particular Triángulo de las Bermudas: los restaurantes El Cairo y el Copo y el italiano Portarrosa, éste último muy frecuentado por la clase política andaluza. Tanto se deja ver en la terraza de El Cairo que es el otro Faraón de Sevilla. Aunque, siempre, es un cliente moderado en la mesa.
Mucha gente cree que no, pero Chamizo sigue siendo cura. Aunque sea un cura que no vista de cura, aunque la Sevilla más conservadora ponga la cara estreñida cuando lo ve en vaqueros, luciendo pañuelos y sentado en un velador. Tras unos años de inquieto estudiante en el Seminario de San Telmo en los años de la Transición, fue ordenado en 1978 por el obispo Dorado Soto. La cuestión sobre su condición de clérigo está incluida en las eternas preguntas de la ciudad. ¿Por qué está sentada la Virgen de los Reyes? ¿Por qué hay una curva justo en el tramo soterrado de la calle Arjona? ¿Por qué siempre llueve los Viernes Santos? ¿Sigue siendo sacerdote el cura Chamizo o se dio de baja? Pues lo sigue siendo, aunque la publicación de una foto suya celebrando la eucaristía en una parroquia de la Pañoleta le hizo ser más discreto a la hora de revestirse. No le gusta que lo saquen de cura en los papeles. No es un cura de couché. Ni por supuesto de cuello duro de clergyman. Su estilo como presbítero es más del cardenal Amigo y del difunto Diamantino que del actual arzobispo de Sevilla, monseñor Asenjo. Nunca lo ha ocultado. Los temas sociales son su pasión. Su obsesión. En las reuniones con los defensores del pueblo de toda España, no soportaba los enfoques jurídicos de la mayoría de sus colegas. Su vida está dedicada, casi consagrada, a la vertiente social de todos los temas de actualidad.
Hace tiempo que dejó de ser párroco, aunque sus maneras como tal siempre se notaron en la sede del Defensor del Pueblo Andaluz. A Chamizo le encantaba controlarlo todo, no delegar en nadie y le enervaba que los funcionarios fueran a tomar café todos juntos, dejando despobladas las mesas de trabajo. Chillidos ha habido. Cuando retornaba aquel al que había citado sin éxito, se asomaba a la barandilla interior para saludarlo públicamente:
–¡Vamos, que llevas media hora tomando café!
Es cierto que no se ha casado con nadie. Ni le ha importado enfrentarse a los que manejaban grandes presupuestos públicos con sonadas broncas telefónicas, como la que tuvo con la entonces todopoderosa consejera de Hacienda, Magdalena Álvarez. A Chamizo hay que reconocerle que elevó el prestigio, la notoriedad y la utilidad pública de la institución, que no han sido pocos los fines de semana que se ha pasado trabajando a solas en su despacho, incluso devolviendo las llamadas de particulares que dejaban razón en el contestador telefónico, y que ha recibido a todos los que se lo han pedido.
Quienes han trabajado muy de cerca con este cura, que parece un sayón de paso de misterio de cofradía de vísperas, trazan el perfil de un ciudadano maniático, inflexible en muchos momentos, puntilloso, quisquilloso, ególatra e hipocondríaco. Cuentan que es tan cesarista como Pablo Iglesias. En la presentación de su primer informe ante el Parlamento, no dudó en llamar la atención de los diputados parlanchines y desconsiderados que no guardaban una concentración absoluta en su discurso.
El aire informal que se gasta no excluye ni mucho menos una notoria afición por las marcas. A Chamizo le encantan los trajes de Armani y de Hugo Boss. Los zapatos son su gran pasión, tanto como escaparse en verano a las playas del Algarve o viajar periódicamente a Italia, más a Florencia que Roma, donde se pirra por adquirir nuevos modelos de calzado. Chamizo no luce botines, sino zapatos abotinados, que no es lo mismo. Si le piden la hora, se la dará con un reloj de marca.
Es un cura que pone las velas a Dios y no olvida la ofrenda debida al diablo, capaz de dar leña al PP cuando habita en la Moncloa y de arremeter contra el PSOE en la dilatada hegemonía de la Junta. No se doblega. Todo el mundo sabe que está escorado a la izquierda, muy a la izquierda, pero como buen cura en puestos de responsabilidad pública sabe poner el intermitente a la derecha al mismo tiempo que no deja de pegar el volantazo a esa izquierda soñada. Tiene amistades en el PSOE y en el PP, como también tiene enemigos en el PSOE y en el PP. Con el actual líder de IU, Antonio Maíllo, conserva una amistad personal.
Por mucho que sea cura, muchos dudan de que haya perdonado a Susana Díaz y al PP andaluz cuando hace un par de años pactaron su salida exprés de la Defensoría. Chamizo se encolerizó cuando culpó de su marcha a la hoy presidenta andaluza, “esa chica de Presidencia”, y a uno de los adjuntos del PP en la Oficina del Defensor, al que tildó de “paranoico” sin decir su nombre y del que ya había pedido por escrito su destitución a Javier Arenas. Todos apuntaron a Francisco Gutiérrez, hoy miembro del Consejo Consultivo de Andalucía. La verdad es que en aquella operación de derribo del cura Chamizo fueron conniventes necesarios su antiguo amigo Diego Valderas y el PP regional liderado entonces por un Zoido que dejó hacer al gobierno andaluz sin poner mayores pegas, tal vez sin valorar que se podía estar dando pie a un nuevo personaje electoral en las próximas municipales dentro de la candidatura de Ganemos.
Este renglón torcido de Dios, al que jamás se ha visto con sotana y que se formó en el Vaticano en los tiempos de las Brigadas Rojas, del secuestro y asesinato de Aldo Moro, se ha hecho ya más de Sevilla que del Campo de Gibraltar con el paso de los años. Tiene coche, pero no le gusta nada conducir. Una vez le aconsejaron saludar con cordialidad a ciertos periodistas críticos con su persona, recomendación que cumple a rajatabla.
En una de sus últimas intervenciones en el Parlamento en 2012, Chamizo volvió a reñir a sus señorías, pero esta vez no por parlanchines, sino para afearles la conducta alejada de los problemas reales de la calle:“La gente está muy cabreada con ustedes, no sé si lo saben. Están muy enfadados porque los ven todo el día en la peleíta. La gente está hasta el gorro de todos ustedes. No sé si puedo decirlo con todo el cariño del mundo. Por favor, por favor. Un ejercicio de buena voluntad y avanzad para resolver los problemas del personal”.
Hoy hay quien ve en aquella intervención a un muñidor preclaro de Podemos. Después de aquello, el cura Chamizo se quedó sin púlpito público. Mantiene una web propia de contacto con los ciudadanos. Su vida, sus tribulaciones y sus andanzas, tienen un libro. Lo quitaron los partidos políticos que lo pusieron. Se recorrió la mayoría de los pueblos andaluces porque nunca fue un ratón de despacho. Ni un cura de sacristía.

El tesorero de Dios

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2014 a las 5:00

CURA MIGUEL CASTILLEJO
DE tanto decir amén la misa no sale bien. Lo ha tenido muy claro este sacerdote que siempre ha ido más allá del altar y el coro, ajeno al qué dirán por las amistades peligrosas y que ha navegado con soltura por las aguas del poder económico y su pariente más próximo: el poder político. Miguel Castillejo Gorráiz (Fuente Obejuna, 1930) se ha hartado de dar créditos como presidente de Cajasur, se ha hartado de colocar en plantilla a familiares de curas y amigos y se ha hartado de poner dinero para causas sociales, benéficas y de conservación del patrimonio, pero también para la revitalización del sector industrial en Córdoba (la naranja, los cárnicos, el cobre, el mueble). Su problema, quizás, fue verse superado por los tiempos. La sociedad, y con ella la Iglesia, pasaron página en muchos usos y costumbres que dejaron al cura Castillejo convertido en una silueta en blanco y negro. Su estilo como presbítero estaba más ligado a Pío XII que a Juan Pablo II, con formas majestuosas de celebración y con homilías en un tono más propio de tribunal de tesis doctoral que de púlpito para llegar a todas las capas de la grey. Sus obsequios a políticos y grandes clientes de la entidad dibujaban un perfil dadivoso que no encajaba en la condición de clérigo. Hoy ni siquiera encajaría en la de presidente de una entidad financiera en una España en la que toda familia tiene uno o más miembros en el paro. Aplicaba a la perfección el viejo dicho:Al amigo, todo. Al enemigo, nada. Y al indiferente, la legislación vigente. Si el amigo le pedía veinte libros, aparecía un mensajero con dos cajas de veinte cada una.
“Espero no perder aquí la fe”, susurró un alto directivo a los pocos meses de estar en los despachos de Cajasur. Don Miguel cultivaba el buen yantar. En una primera etapa, si el cliente que había sido recibido sobre la hora del Ángelus era un VIP, el mismo don Miguel lo invitaba a almorzar a la recoleta sucursal de El Caballo Rojo. Si no era VIP, lo hacía un directivo. En una etapa posterior, las comidas fueron casi siempre en su despacho, en una mesa noble que sólo era cubierta parcialmente con manteles individuales. El camarero, de batín blanco, servía aperitivos de chacinas y un menú de tres platos: crema de verduras, un pescado y una carne. Todo rematado con postres y café. Y al término de cualquier reunión con don Miguel, se podía salir por donde se había entrado o por una puerta trasera. Ironía del destino, presagio de la arquitectura, la presidencia siempre tenía conexión directa con la calle.
Este tesorero de Dios vio a los indios cercando el fuerte de Cajasur cuando el atentado del 11-M desalojó al PP de la Moncloa. En su despacho le preguntaron: “¿Qué va a ser de Cajasur, don Miguel? Tenemos a Magdalena [Álvarez] cada día más encima y ahora…”Y Castillejo comenzó una larga respuesta que empezaba en 1864 con la narración de la fundación de aquel Monte de Piedad donde Cajasur tenía sus raíces. Y siempre, siempre, hablaba en primera persona del plural, aun refiriéndose a tiempos en los que él ni siquiera había nacido. Lo mejor fue el final, con don Miguel de visionario: “…Yen el año 2235 habrá un canónigo de Córdoba que estudiará nuestros legajos. La Junta de Andalucía no existirá. Pero la Iglesia, sí. Yla Caja será otra vez de la Iglesia”.
En los peores tiempos de confrontación con la Junta de Andalucía, don Miguel siempre encontró consuelo en el hombro del cardenal Amigo. Poca gente sabía que el presidente de Cajasur pasaba temporadas hospedado en el Palacio Arzobispal de Sevilla, en una suerte de retiro lejos de los focos. El cardenal siempre lo tuvo en alta estima. El dadivoso don Miguel pagó la millonaria restauración de una veintena de campanas de la Giralda que hubo que trasladar a un taller especializado en Alemania, como pagaba no pocas obras para la conservación de bienes inmuebles de la diócesis hispalense. Fue distinguido por el Cabildo hispalense, cómo no, con el título de canónigo honorario. Días antes de las grandes celebraciones, alguien se encargaba de telefonear a la Catedral de Sevilla para rogar que don Miguel fuera sentado “junto a los obispos”. Y siempre se le explicaba al intermediario que si don Miguel quería destacar, era mucho mejor que fuera sentado como canónigo honorario, porque entre las decenas de obispos con mitra quedaría eclipsado. Este canónigo penitenciario de la Catedral de Córdoba –un puesto que ganó con todo mérito por oposición– siempre se ha quedado con la pena de no ser obispo, pese a que ha mandado mucho más que la gran mayoría de obispos y hasta envió a paseo a cierto prelado de Córdoba con el aval de Roma. En la Ciudad Eterna se solía hospedar con su estado mayor en la distinguida Hostería del Sol. En octubre de 2003, en la celebración del cardenalato de monseñor Amigo en el Colegio Español de Roma, se pensó dos veces si concelebrar o no la eucaristía dada la gran cantidad de presbíteros. La bulla nunca fue de su agrado. En ellla se destaca menos.
Acostumbrado a mandar, a saltarse las comisiones de evaluación de riesgo para dar créditos a quien consideraba oportuno, a la tapicería de los Audi y a la fría compañía de los escoltas, no faltaba a la cena de inauguración de la caseta de Cajasur en la Feria de Córdoba, una caseta con las dimensiones de un estadio. Un año se produjo una situación esperpéntica. El concesionario de la caseta, al que se le había pedido algún espectáculo especial para esa primera noche, contrató a bailarinas para animar los postres. Un cañón de niebla fría se activó para anunciar la salida de las señoritas, ataviadas como gogós, de las que se adivinaban entre el humo los destellos de las lentejuelas de los bikinis. Don Miguel y los canónigos del consejo de administración pusieron cara de circunstancias, algunos se levantaron, pero todos aguantaron con templanza ante la rápida intervención de algunos directivos con ganas de correr a gorrazos al concesionario en presencia de cientos de trabajadores con sus familias.
–¡Por favor, sáquelas de aquí! ¡Y mientras eche más niebla, más niebla, que se vean lo menos posible! ¡Déle, déle al cañón!
Cómo no recordar las largas colas el día de San Miguel para felicitar al presidente en una ceremonia propia del salón del trono. Ola cena de cada verano en Marbella con decenas de profesionales de la caja. Don Miguel lucía igual el bonete en las celebraciones litúrgicas que el traje y la corbata para entenderse con socialistas y comunistas la mar de bien en ese estilo que alguien bautizó como la “hipocresía institucional”.
Se hizo con el precioso Palacio de Viana para el patrimonio de la caja de ahorros, convertido en un Castelgandolfo particular, donde recibir a las visitas más especiales entre los destellos de suntuosas vajillas envitrinadas. En los reposabrazos de aquellos sillones descansaban unas manos con dedos tan gruesos como morcones. “¡Don Carlos es un cardenal propio del Renacimiento!”, le dijo al periodista sevillano en una entrevista. A su término, llamó a solas al responsable de prensa de Cajasur, al que cuchicheó instrucciones.
–Don Miguel quiere que te dé un paseo en coche por Córdoba y te invite a merendar antes de que cojas el AVE de regreso.
Hoy preside la fundación que lleva su nombre. Se comunica por correo electrónico con viejas amistades y antiguos colaboradores, sobre todo para felicitarles la onomástica con puntualidad y enviar algunos libros de regalo con dedicatoria: “Espero que te guste”.
Don Miguel ha salido limpio de las desagradables cuitas que dejó la muerte de la caja, cuyo cadáver envolvió cual José de Arimatea un cura que hoy es obispo auxiliar de Sevilla: Santiago Gómez Sierra. Don Miguel no ha sufrido ni un roce. Y algunos de sus enemigos entran y salen hoy de los juzgados entre alcachofas de la prensa. Su mayor problema fue que no supo irse a tiempo, que no aceptó la llegada de la jubilación. Pero nadie puede discutirle que recibió una caja de zapatos que convirtió en una de las grandes cajas de ahorro de España. Al final, técnicamente, lo echó la Iglesia al reformar el estatuto del Cabildo. Y no el PSOE. Siempre te echan los tuyos. Los adorables compañeros de canonjía. De altar y coro. Y ahora es el tesorero emérito de Dios, viendo en el telediario cómo se sientan en el banquillo algunos de sus viejos conocidos.