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El éxito del desorden

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2017 a las 5:00

PASCUAL GONZALEZ

LOS artistas son gentes libres que reivindican constantemente su libertad, su desorden o, mejor dicho, su particular concepto del orden. Necesitan vivir fuera de plazo, sin ventanillas en las que rendir cuentas, rehuyendo a los funcionarios, ajenos al mundo real, constituidos en su particular hábitat. Los artistas son mitad genios, mitad caprichosos. Y si el éxito los bendice, pueden resultar encandiladamente insoportables. Un compañero de oficio me confesó una vez: “El día que me jubile me quedaré sin cobrar la pensión porque se me habrá olvidado rellenar un papel”. Será que el periodismo tiene una cuota de artista al ser un oficio más que una profesión. El periodismo, al menos el bueno, tiene mucho de sobrevolar cielos turbulentos por encima de ciertas normas. Y de vivir al margen del mundo oficial aunque haya que camuflarse de vez en cuando para parecer que se está dentro, pero sin perturbar el paisaje.

Pascual González (Sevilla, 1950) es un ejemplo de éxito. Y de desorden. Es un personaje bohemio, de figura alta, en tiempos enjuta, con un punto de Quijote majara, un hombre pegado a una melena larga que visto de lejos tiene aspecto de Cautivo madrileño con largas colas de espera, un señor con gafas de cristales esféricos y voz tamizada por las horas de cante y nicotina.

Usted ve a don Ángel Peralta de paseo por Sierpes y parece que va a caballo. El Centauro de la Puebla tiene todas las hechuras de ir siempre montado. Usted ve al Litri hijo en una cena de Ernst&Young –de esas a las que invita Pepe Pérez Benítez con derecho a abrazo a ministro– y parece que el de Huelva siempre está haciendo el paseíllo. Y usted ve a Pascual González de paseo cualquier día por La Calzá, por su calle Mallén, y parece que sus brazos están pidiendo la guitarra como los del Señor de la Victoria están hoy reclamando la cruz. Hay brazos hechos para cargar la cruz y brazos hechos para abrazar la guitarra. Las hechuras de caballero rejoneador, las de torero o las de artista del cante no se pierden nunca. Las hechuras delatan.

A Pascual González, Pascuá para muchos sevillanos, lo han pasado por el quirófano para ponerle a punto la “sedienta garganta” donde vibran los Padrenuestros que Buzón le regalaba al Cristo del Amor en los versos de su pregón. A Pascual se le ve poco ahora, porque está en recuperación. Y trabajando para reaparecer con todas las de la ley. Un pajarito me ha dicho en la ciudad de los pájaros (y pájaras) que Pascual tiene una máxima: “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. Por eso sigue maquinando, esbozando letras y melodías, soñando con ese pregón imposible que guarda con las mejores pastas del mundo: unos cartones amarrados con una guita. Y hasta sigue cosechando envidias de quienes ni siquiera ahora le perdonan tener más de mil obras registradas: sevillanas, canciones, marchas cofradieras, sintonías…

Ha cantado en la Gran Manzana de Nueva York subido a una carroza en el Desfile de la Hispanidad. Ha estado en los palacios presidenciales de Doñana en un cierre de campaña ochentera de Felipe González. Se ha quedado cientos de veces dormido encima del folio en el que se hizo la noche mientras trataba de buscar los duendes de la inspiración. Siempre le han molestado el ruido del día, el ring-ring del teléfono, las distracciones cotidianas. El desorden ha sido el abono de su particular huerta, hasta que el problema de garganta, con su operación, lo ha vuelto un ciudadano ordenado, formal, impetuoso, disciplinado. De aquellos días en el Hospital Macarena, cuando se comunicaba por escrito con médicos y familiares, a los días de hoy en su casa del Aljarafe, donde prepara nuevos trabajos y se comienza a ver de nuevo su perfil controlador, el de artista al que le gusta llevar las riendas de todo dentro de su particular desorden.

Un día se revistió con capa de tuno, cogió la guitarra y se marchó de España. Llegó a Dinamarca y allí se afincó. Al paso del tiempo, su madre le envió una caja que contenía chacinas y una cinta con sevillanas de Los Romeros de La Puebla. Aquel envío fue un pellizco de los que acaban con un “ya estoy yo en mi casa”. Se vino para La Calzá unos días antes de Semana Santa y hasta se vistió de nazareno de San Benito. Cuando cargaba la cruz le dio un sopitipando por el contraste de los fríos vikingos a los que ya estaba aclimatado y las fuertes calores que entonces marcaban aquellos Martes Santos. Acabó refugiado en un portal, antifaz quitado, capa enrollada, cruz apoyada en la pared: “Ay, qué malito estoy”. Y de aquel año surgió una de esas sevillanas que están en el imaginario colectivo, que son ya de la ciudad más que de Los Cantores de Híspalis: El puente te está esperando.

Pascual no tuneó el género de las sevillanas, como algunos dicen, ni las profanó, como denuncian los envidiosos. Irrumpió en el mundo de las sevillanas. Rompió los moldes, se inventó unos nuevos. Se hizo un traje a medida. Adaptó las sevillanas a su estilo con tal intensidad que volvió locos a muchos productores. Aún se recuerdan los pesares del productor suramericano de Hispavox que no concebía los textos recitados entre palo y palo de las sevillanas de San Benito.

Son las cuatro de la tarde, La Calzada en su gran fiesta… Hasta Carlos Herrera ha hecho de recitador de esos textos para televisión. Pascual recogió influencias desde Atahualpa hasta Fredy Mercury y las deja entrever en su concepto de las sevillanas. Dio un vuelco, lo cambió todo, jugó a confundir hasta que confundió e hizo de la confusión la razón de su éxito. La música y letra de Que no nos falte de ná y Somos más de veintitantos… La música de Quiero cruzar la bahía y A bailar, a bailar. Pascual es el I+D de las sevillanas, acentuando con la guitarra donde nadie acentúa, inventando estribillos y melodías distintos en cada palo, haciendo sufrir a los arreglistas… El mundillo estaba acostumbrado a El Pali, Los Marismeños y Los Romeros de la Puebla. Hasta que llegó este loco de La Calzá e incluso le dio por dedicar unas sevillanas a la Hermandad del Silencio. La junta de gobierno de aquellos años ochenta mostró sus recelos cuando se enteró por los rumores de la ocurrencia de Pascual González. Pascual, hermano de la cofradía, envió una cassette a la hermandad para que supervisaran el trabajo. La cofradía, como corresponde, contestó con su bien más preciado: el silencio. No rechazó la iniciativa, lo que equivalía a una suerte de bendición. Y sonó miles de veces la historia de que ahí viene Jesús, llevando su cruz que mira hacia el cielo…

La vida son recuerdos de un alumno universitario que obtuvo el título de Magisterio y llegó a ejercer la docencia en el colegio San Isidoro, donde tuvo de pupilo a un tal Ernesto Neyra. Pero los horarios, la disciplina laboral, no eran lo suyo. Pascual dejó la docencia por la aventura en el extranjero ya referida. La vida son recuerdos de una abuela que le enseñó la ruta por los templos de la ciudad, de la amistad de Luis Sevillano y de las horas que se pasó para componer el himno oficial del Betis. Gran aficionado a la buena mesa, sibarita en lo gastronómico, no ha dejado de ser un niño grande ni con 50 años. La vida son recuerdos de 1988, cuando hizo 120 galas en una sola temporada y, al regresar a casa, cuentan con humor que su hija abrió la puerta y se oyó: “Mamá aquí hay un hombre que dice que es papá”. Por aquel entonces, Pascual vivía en el autobús, de ciudad en ciudad, de gala en gala. La vida son programas de televisión, escribir canciones para un sinfín de cantantes, desde Paloma San Basilio hasta Massiel. La vida es un ego disparado que ha sido el motor de su vida. La vida es tal desorden que la Guardia Civil lo paró un día que conducía hacia Herrera, donde estaba anunciada la actuación del Sevilla reza cantando. El agente le pidió todos los papeles, se fue a la motocicleta, consultó por radio, volvió al coche y le dijo: “¿Usted tiene carnet de conducir de verdad?”. Pascual respondió: “Sí, señor. Se lo he dado”. “No, esto que usted me ha dado lleva once años caducado”, zanjó el guardia. Y el multazo fue de aúpa.

El locutor Carlos Herrera asistió un día al Sevilla reza cantando en el antiguo Teatro Imperial. Al término de la gala entró en el camerino y le dijo: “¡Bigotes! Te voy a mangar dos o tres cositas para mi Pregón”.

Si estuvo con Felipe en Doñana, también conoció a Rajoy en la Feria de Abril catalana. La vida cotidiana es un traje oscuro y una corbata estrecha que luce vaya donde vaya. Atrás quedaron los días de cajetillas de Winston y Marlboro, las jornadas del desorden, las noches de encuentros y desencuentros con la inspiración. “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. La vida es hoy orden, orden y orden por imperativo de la salud. Algunos hoy siguen sin perdonarle el éxito. El puente siempre espera a este loco de la Calzá que se hartó de vender discos con la capa almidoná de su osadía. A este caballero de la calle Mallén, cuyos brazos siempre esperan la guitarra como el Nazareno la cruz, le pusieron una calle, pero no le han dado el Pregón de la Semana Santa. Pascual sin guitarra parece que va desnudo. Pascual callado es un nazareno del Silencio, la cofradía ordenada en la que un día quiso inscribirse quien lo debe todo al cante y al baile, a la jarana y a la bohemia. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones. Y el silencio es parte de la música, como los espacios en blanco lo son de la escritura.

Piano, piano

Carlos Navarro Antolín | 31 de enero de 2016 a las 5:00

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AQUEL 2 de abril de 2009 estaba el Teatro Lope de Vega de punta en blanco, con bulla de autoridades socialistas a la búsqueda de foto y un ceremonial marcado por una cuidada liturgia civil. Sevilla estrenaba Metro en el tardío, siempre tardío, Domingo de Ramos de las infraestructuras pendientes. El presidente Manuel Chaves, la ministra Magdalena Álvarez y el alcalde Monteseirín formaban aquel cartel, hoy imposible por imputaciones judiciales o cortes de coleta política. Los políticos pasan, el Metro permanece. El presidente de la Junta ordenó desde el escenario del teatro que el primer convoy saliera de la estación de San Bernardo. Todos los asistentes pudieron presenciar la puesta en marcha de aquel tren en dirección al Aljarafe. Un vídeo explicaba el proceso de construcción mientras doce percusionistas recreaban el sonido de la tuneladora. El Metro nacía con una sintonía fresca, con la chispa necesaria para despertar a la ciudad del letargo que es marca heráldica de la urbe, una suerte de sevillanos levantaos… de la siesta. Cuando el periodista Carlos Herrera oyó aquella música se quedó enganchado. Esa música que simbolizaba el despertar de la ciudad en un proyecto que arrancó con Franco, pasó por la vergonzosa campaña municipal El Metro, un túnel sin salida, y terminó con Chaves activando el botón de la línea uno, que en realidad es la línea única, esa melodía –decíamos– debía servir también para levantar a millones de oyentes. Por eso Herrera la pidió para hacerla suya en las horas punta de su programa radiofónico, entonces en Onda Cero y hoy en la Cope, la emisora de los obispos a los que hay que pedir oraciones para que nuestros nietos, algún día, se monten en la línea dos. La melodía del Metro de Sevilla suena a las seis, siete y ocho de la mañana en toda España. Herrera pegó el mangazo de las corcheas.“Me gusta esa música. ¿Me la puedo quedar, Manolo?”. Y Manolo, vicario de la iglesia herreriana en la tierra, hizo las gestiones con la Sociedad Metro de Sevilla para obtener el plácet. Ese influyente Manolo no era Manolo Chaves, sino Manuel Marvizón Carvallo (Sevilla, 1956), músico de profesión, empresario, productor y un etcétera cargado de siete revueltas en el callejero de una prolífica vida.

Las sintonías de Marvizón son como las buenas coplas: se las queda el pueblo. Baste un ejemplo: el anuncio del queso Vega e Hijos, un clásico de la radio, tan natural y tan rico como siempre, salió de la cabeza de este músico que casi acaba en médico, de este músico que fue testigo de cómo su maestro, Álvaro Nieto, creaba el anuncio del Almendro que marca la Navidad española con la fuerza de un villancico. Melodías, sintonías, anuncios, marchas de Semana Santa, sevillanas. De su mente salió la melodía de Navidad en Canal Sur. Estudio, grabaciones, piano, auriculares, más piano, vista perdida en el horizonte de forma repentina para tararear una composición. Una vida ligada al pentagrama hasta en lo alto de una moto ajada, que los duendes nunca están liberados.

La sintonía es a la música lo que el trincherazo a una faena taurina. Menos es más. Reflejar un estado anímico (España despertándose) en diez segundos de música es un don al alcance de pocos, al igual que componer la banda sonora del Jardín Botánico de Córdoba. Poner música a momentos de la vida cotidiana, he ahí la clave. Músico se nace, quizás por eso abandonó las aulas de Medicina cuando estaba al final de la carrera. Su padre quería que fuese galeno, pero el niño estaba enamorado del piano. Ganó el niño, pero este músico es hoy un vademécum farmacéutico. Una de sus grandes aficiones es estar el día de todos los medicamentos. Tiene cuenta abierta en una botica, adonde acude cada día como el que va a por el pan. En Sevilla hay gente que colecciona serpientes o soldaditos de plomo. Y otros están encantados con genéricos, fórmulas magistrales y todo tipo de pomadas. Manolo no es sólo el vecino que te echa el capote en una obra y te aporta el teléfono de unos carpinteros la mar de serios, un electricista formal y unos pintores que cobran por horas pero no ralentizan la tarea con tal de trincar más, sino que se conoce la pastilla perfecta para la tos quintosa, la cefalea primaveral y la dureza de pies tras un día de cofradías.

Es un sevillano de los que aman su ciudad en agosto, odian la arena de la playa y pasan los días de Feria sin beber ni bailar. Marvizón abandona el real cargado de aire como un globo de la cantidad de refrescos que ingiere.

Es un perfecto diplomático en las relaciones sociales. Hace lo imposible por evitar la confrontación en una sociedad cada día más crispada y tobillera. Quizás su problema sea que nunca quiere decir que no y que ha sacado adelante a muchos jóvenes talentos que en algunos casos, la vida misma, se han comportado como cuervos. Cuando se pregunta por su carrera como músico a algunos directores de orquesta, hay unanimidad: “Manolo no copia, tiene un lenguaje propio y reconocible”. Por eso tal vez sea envidiado y por eso, también, ha ayudado a mucha gente que después, España pura, no quiere reconocer quién les tendió la mano para levantarse.

El músico se mete en charcos, es un vecino activo de la ciudad. Dicen que le ha quedado una conclusión muy clara de su contacto fugaz con la clase política a cuenta del negocio de la recogida de aceites usados de bares y restaurantes: el aceite es mejor dejarlo para las tostadas.

La vida es la búsqueda de la música alegre, colorista, que anuncia un futuro con la luz de la Alfalfa, la música que ayuda a los palios a exhibir la gracia azul y plata. Es ayudar al guitarrista alemán que desembarca en Sevilla pidiendo una oportunidad, es pedirle el teléfono a un músico callejero, o buscarle un profesor de piano a un chaval del Polígono Sur. La vida son cuestas arriba y pendientes hacia abajo que se alternan como la calle Muñoz y Pabón. Según se suba, o se baje.

Segundo de cinco hermanos, siempre ha sido un poco despistado con un leve barniz de hombre desastre. De soltero tenía, además de una legión de yogures caducados, una colección de lubinas en el congelador y una pila de paquetes de sal en la despensa que ríanse de las salinas de San Fernando, porque cada día que iba al pescadero echaba en la cesta un paquete de sal. Lleva a gala presumir en círculos privados de su pericia al cocinar la lubina a la sal, cuyo ingrediente clave guarda con el mismo celo que las monjas de San Leandro mantienen en secreto la receta de las célebres yemas.

A Carlos Herrera lo conoció nada menos que en el palquillo de la Campana una Semana Santa de finales de los setenta. Cuentan que cuando el comunicador habla de Marvizón una tarde cualquiera de café en el Candelaria, escondido en unas gafas de sol y con un atuendo no apto para el palco de la Maestranza en tarde de farolillos, lo tiene claro. “Manolo es un renacentista, un hombre que brilla en la música, pero que podía haber brillado en otros ámbitos. ¿Demasiado buena persona? Nunca se es demasiado buena persona”.

Pudo ser hermano mayor de una santa cofradía, la Hiniesta, pero no quiso. Cada día está más implicado en la Sociedad General de Autores, lo que contribuye a desvincular esta entidad de los trincones de telediario, que para eso Marvizón es un obsesionado de la higiene. ¿Cuántas veces se lava las manos al día este compositor? Será porque el ritual de tocar el piano requiere de manos limpias, que aquí no suena a sindicato, sino a cura que celebra el sacramento de la eucaristía.

El músico que sale con vara en Santa Cruz pasea por el centro y tiene que lidiar con el cofraderío que le pide que escriba una marcha para su Virgen. De balde, por supuesto. O le ruegan que medie para que Herrera escriba en el boletín, presente una gala o recoja un premio. Sin dar las gracias, por supuesto. O le piden que arregle una marcha antigua en sus estudios de grabación. Con el mero agradecimiento de un cuadrito con marco dorado, por supuesto.

Inventó el pregón multimedia en la Hiniesta hace muchos años. Ha vivido experiencias próximas al más allá, como oír cantar al cura Lanzafame en su estudio de grabación. Se quitó el bigote que había lucido durante 30 años porque una tierna voz infantil se quejó de que el rostro pinchaba. Como luce calva desde que era muy joven, su imagen es la de la eterna juventud. Los relojes, mejor de esfera grande. El deporte, ¿para qué? La moto, como los zapatos, cuanto más usada mejor se adapta. Disfruta comiendo pan. Si los médicos lo someten a pruebas que incluyan técnicas de última generación, su tendencia a la hipocondria se rebaja.

La música es el celofán que envuelve el mejor regalo, el lazo de un día perfecto. La música es como una vida templada: piano, piano. En la música hay una combinación de reposo, meditación, sacrificio, horas de oído y ejercicio mental. Si tres personas hablan y hay una radio de fondo, tengan por seguro que Marvizón está oyendo la radio. Érase una vez un hombre pegado a unos auriculares que luchó por ser músico sin olvidar la vocación humanista del médico que vio su padre. Serán cosas del Renacimiento, palabra de Herrera. ¡Dentro sintonía!

Un café a las 18:47

Carlos Navarro Antolín | 23 de noviembre de 2014 a las 5:00

CARLOS HERRERA
TODOS los días hacía sonar el claxon de la moto al pasar por la calle Feria, justo a la altura de la casa de Charo Padilla, una de las grandes redactoras de Canal Sur Radio. Cada día, a las seis de la mañana, sonaba aquel estruendo que ponía de los nervios a los vecinos. El motorista iba cargado de fuerzas para presentar el matinal de aquellos años noventa, aquel programa en el que inventó la sección del tema del día para explotar el gracejo andaluz de los oyentes que narraban situaciones tan cotidianas como esperpénticas. El secreto mejor guardado por la Padilla era la identidad de aquel motorista un punto faltón que debía andar en busca y captura por el vecindario de Ancha la Feria.

–Charo, ¿tú te has dado cuenta de que hay un cabrón en moto que pita todos los días sobre las seis? Porque hay que ser cabrón… ¡Es que el tío no falla ni una mañana!

Y Charo estuvo años sin revelar que su despertador de lujo era el mismísimo Carlos Herrera (Cuevas de Almanzora, Almería, 1956), poseedor de una virtud de la que pocos pueden presumir, pues no habiendo nacido en Sevilla ha conseguido que esta ciudad le perdone sus osadías, le consienta los cuellos abiertos cuando todo el mundo los lleva cerrados y le permita acudir en vaqueros cuando se impone el consabido pantalón de pinza. Herrera puede hacerlo, otros no. Herrera puede presumir de la belleza de su mujer en el Pregón de Semana Santa, pero a todos los demás los hubieran corrido a gorrazos a la salida del teatro por el Paseo de Colón y hasta el Alamillo, y hubieran sido achicharrados en la hoguera de la ortodoxia más plúmbea. Tal vez Sevilla se haya dado cuenta de que Herrera nunca le ha tenido temor a pesar de la merecida fama de la ciudad en cerrar puertas y generar recelos. Nacido en Almería y criado en Cataluña, no le teme a la Sevilla Eterna ni ha guardado nunca la distancia mínima de seguridad con las cofradías. Se mete en todo tipo de bullas. Tan pronto está tapeando con el presidente de La Caixa como charlando con el capiller de San Nicolás. Sabe que la mejor forma de no marearse entre las nubes es tener los pies bien clavados en la tierra, sin perder el cultivo, la referencia y el seguro carril de las amistades de hace treinta o cuarenta años.

A Herrera le gusta Sevilla desde que hizo el servicio militar con los ferroviarios de la Plaza de Armas y se enamoró de una sevillana que le enseñó a pasear por la ciudad. Quizás por eso sigue caminando a diario, sobre todo para eliminar la grasa del jamón y las morcillas que se jama, y en especial los domingos por la tarde, que es cuando aprovecha para despachar asuntos varios con su amigo Manuel Marvizón, que es una especie de Hermano Pablo sin consagrar. Marvizón es su alter ego y forma parte del núcleo duro de los herrerianos, donde están por supuesto sus principales colaboradores de la radio y compañeros de los gañotes en restaurantes varios de la península ibérica, antiguas colonias y resto del planeta. El teléfono de Marvizón suena cada día una docena de veces para requerir la presencia de Herrera en algún acto. Y Marvizón, camarlengo de la curia herreriana, se encarga de ir dando los lances oportunos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ya publicó un informe preciso: el 90% de las peticiones son denegadas, un 5% sometidas a estudio y otro 5% atendidas. La gran clave es burlar a los comedores de tiempo. Existen personas que transmiten energías positivas como existen las que hacen perder el tiempo. Esas guadañas de reloj ponen de los nervios al locutor de ustedes, que tiene el tiempo obsesivamente medido. Hace poco le pidieron cita y respondió por sms: “A las 18:47 en el bar La Candelaria”. Todo está tasado una vez que acaba el programa nacional a las 12:30: el aperitivo de sardinas marinadas, la pequeña cabezada, el tiempo del paseo vespertino, las paradas en las iglesias, la duración del café y el regreso a la casa por la que entra el mismo torrente de luz que baña el Guadalquivir. El timing de la radio lo exporta al resto de la jornada. Todo está tasado con precisión ferroviaria para quien tiene que estar en la cama a las 21:30 y en planta a las 04:30. Vive cada día en el sufrido horario del Calvario en la Madrugada. El orden es la seguridad. No lo llamen por teléfono a las once de la noche. El último que lo hizo aún sufre temblores y ha tenido que ir al psicólogo.

Quien sí lo llamó una vez estando en la ducha fue el Rey de España. El locutor vio en la pantalla de su móvil las iniciales S.M. Se salió chorreando, se lió la toalla como un capote de paseo y respondió con el debido respeto a la llamada (“Señor, dígame”), pero no se oía bien en el cuarto de baño ni en el resto de la casa. Tuvo que salirse al balcón. Cuando se dio cuenta estaba semidesnudo y hablando por teléfono con Don Juan Carlos a la vista de los viandantes. La verdad es que ahí fue un precursor, porque eso ocurrió muchos años antes de que el central Puyol recibiera a la Reina en toalla en el vestuario de un estadio de Sudáfrica. Al fin y al cabo, con el Rey y el jefe de su Casa ha cenado muchas veces, libando (o tumbando) un par de botellas de tinto en Oriza en una de las ocasiones más recientes. Y de Príncipes de la Iglesia tiene especial predilección y afecto personal por monseñor Amigo, al que propuso ser tertuliano habitual en las mañanas de Onda Cero.

Herrera da los primeros buenos días a España en pijama de cuadros y zapatillas de franela. Lo mismo está en Sevilla, Madrid o Nueva York. Las zapatillas de franela son muy importantes, incluso hasta para lucirlas en Nochevieja en una cena con amigos de punta en blanco. Herrera es así. Las zapatillas, modelo babuchas, son casi tan importantes como el bigote, que hasta lo usó postizo alguna vez en ciertos programas de televisión para no decepcionar a la audiencia. Esa televisión que no le gusta nada, porque no permite salir como uno es, con la barba de varios días ni, por supuesto, ir en zapatillas de andar por casa, como sí consiente su gran admirada y mimada:la radio.

Su concepto de libertad lo lleva hasta el límite. “Charo está embarazada, no se lo digas a nadie”, le comentó su amigo Marvizón en 2001. Y Herrera lo contó nada menos que en el Pregón de Semana Santa. Charo se quitó el auricular y miró a su marido:“¿Yo he oído lo que he oído?” Fue un embarazo literalmente pregonado del que nació un precioso hijo llamado Manuel. Herrera, por cierto, estaría encantado de poder dar otra vez el Pregón. De aquella experiencia quedó marcado. Disfrutó tanto que no le importó el ceremonial de besos y abrazos que se organiza después en los camerinos, que no hay en la ciudad una liturgia más falsa que esa. Sentados en un velador del barrio de Santa Cruz, le preguntamos en las vísperas del Pregón si era consciente de la gran hipocresía que se avecinaba.

–No me importa, quiero vivirlo. Forma parte del rito.

Tiene costumbres muy peculiares. Valgan varios ejemplos. Nunca falta un 22 de diciembre a su cita con Barcelona, que le gusta recorrer en moto. No se pierde un Corpus en las sillas de la Plaza de San Francisco o una Nochevieja en el Rocío con su madre, doña Blanca, con canelones cocinados al estilo Mataró. Ylos Domingos de Resurrección, tras ver el Resucitado en la Campana y desayunar calentitos, se da el primer paseo por la Feria, una fiesta por la que se compró una suerte de guarida cerca del real para tener una alcoba propia próxima a su caseta.

Tiene un punto de supersticioso que se acentuó en un viaje a Nueva York. Yendo por Madrid cargado con las maletas se encontró a un famoso cantante que es tenido por cenizo: “Un abrazo, Carlos. ¡Verás lo bien que lo vais a pasar en Nueva York!” Se le cambió la cara. El viaje fue, como se dice ahora, brutal: faltaban pasaportes al llegar a Barajas, el cajero automático se tragó varias tarjetas, una tormenta descomunal provocó la inundación de varias calles de Manhattan y perdieron el avión de vuelta.
Nunca olvidará el día que se montó en el ascensor de la sede de RNE portando una caja de puros que le había dado el vigilante de seguridad. Cuando la abrió y vio aquella masa plastificada rodeada de cables, el viaje se hizo eterno. ETA se lo quiso despachar. Aquel mediodía se fue a comer a Casa Rufino, en Umbrete, con varios inspectores de la Policía Nacional, entre ellos el ex edil Demetrio Cabello. El artefacto falló porque alguien había tirado previamente la caja con desdén y los cables habían quedado desconectados. Pero estando en el ascensor con la cajita en la mano, Herrera ignoraba si aquello era de explosión retardada. Para el hombre obsesivo por el timing, su hora aún no había llegado. Todavía tiene que dar el Pregón por segunda vez. Y seguir despertando a vecinos con el claxon.