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La captura del tiempo

Carlos Navarro Antolín | 7 de mayo de 2017 a las 5:00

CARMEN LAFFÓN

LA obra está viva mientras su autor lo está. El artista que vive de capturar el tiempo no puede permanecer impasible cuando se reencuentra con un cuadro realizado veinte o treinta años antes. Para un pintor, un cuadro es un hijo que por mucho que crezca siempre le parecerá en edad infantil, susceptible de ser corregido, mimado y cuidado por mucho que hayan pasado los años. La captura del tiempo obliga a estar siempre alerta, a seguir pintando sobre lo que se creó años antes. La condición de padre es estar pendiente del fuego permanente en la lumbre que es todo hijo. El cuadro es el hijo. El pintor es el padre. Carmen Laffón (Sevilla, 1934) trata a sus cuadros como a hijos por mucho que hayan pasado cincuenta años desde que los pintó. Busca a los hijos perdidos hasta en las subastas, los retoca, acicala y modifica si cree que han podido perder la función de representar la captura del tiempo. Sigue pintando en ellos como el escritor que, años después, sigue puliendo el estilo sobre un texto pretérito. Un cuadro de Laffón es lo contrario a una foto fija mientras ella siga activa. Por eso hay quien cuenta que no quiere que doña Carmen acceda a un cuadro suyo, para que no pueda seguir trabajando sobre su propia obra: “Es que lo sigue pintando y a mi me gusta como está”.

Esta vecina del centro, del entorno del templo de San Nicolás, lo tendría todo, absolutamente todo, para ser una diva, un personaje de la galería de altivos de esta ciudad de los que se dan lustre a base de ir con la cara estreñida, vestidos en tono monocolor y el semblante avinagrado como si llevaran colgado un letrero: “Soy importante”. Laffón pasa desapercibida en cualquier ambiente. Se esconde, no hace ruido, va por la vida con el paso racheao, se levanta con humildad de refectorio a recoger su desayuno de la barra para sentarse en un velador (interior) del bar la Candelaria con vistas al azulejo del Nazareno de la Salud. Es pudorosa, austera, tímida en primera instancia y se resiste a hablar de su vida: “Yo se la cuento si usted quiere, pero la verdad es que no creo que le interese a nadie”, le dijo a un periodista en 2010.

Huye de los micrófonos, de hablar en público, de la notoriedad, de los premios. Recuerda a Pepe Luis Vázquez cuando declinaba recoger galardones. Lo pasa mal cuando es el centro de atención. Lo suyo es pintar, pintar, pintar. La luz, el paisaje, Sanlúcar, La Jara, Doñana. El pastel, el carboncillo, el óleo. Cada rincón de su estudio se dedica a una técnica pictórica. Los albarelos con sus pinceles son verdaderas esculturas. Su vida es el blanco, la pulcritud, el orden. Y también una obsesión por controlar todos los aspectos de su obra. Laffón ejerce un control férreo, maniático, atosigante, sobre todos los detalles del acto de presentación de una obra: la hora, la luz, el caballete, los pliegues de la tela de fondo si se precisa, el uso de chinchetas… Si sus exigencias cuestan dinero, Laffón las paga de su bolsillo para que no corra con ellas la entidad anfitriona. Todo por la obra, todo por el hijo. Hasta tal punto su obsesión es que la obra se entienda como ella cree que debe entenderse, que no le importa que el periodista la descubra antes de tiempo siempre y cuando haya sido bien explicada. Laffón no responde al perfil del sevillano mediocre. Tiene altura de miras. En febrero de 2013 se publicó en exclusiva su cartel de la Semana Santa pintado por encargo de la Hermandad de la Macarena. La noticia era doble: la identidad de la autora y su obra. Laffón no suele pintar para las cofradías, mucho menos carteles oficiales. Que se lo pregunten al Consejo, que aún no ha logrado convencerla para que haga el oficial de Semana Santa. Cuando vio su cartel macareno descubierto antes de tiempo, se encargó de que al periodista le llegara su agradecimiento: “Por lo bien explicado y lo bien reproducido que está”. Ni una queja, ni un lamento, ni una papafritada sobre la magia rota o el clásico me ha aguado usted la fiesta. La pintora cumplió su objetivo y el periodista el suyo. Años después, la Macarena convirtió aquel espléndido cartel en un azulejo fijo en la fachada de la basílica, dada la categoría de la obra. Pero pocos saben que Laffón se niega a pasar por delante de ese azulejo. No le gustó nada esa iniciativa. Doña Carmen sería feliz si la hermandad retirara el azulejo.

La vida son recuerdos del Madrid de los 50 donde no se dejó llevar por las corrientes abstractas imperantes. Fue fiel y sigue fiel a su concepto figurativo del arte. La vida es recibir cada Jueves Santo el clavel de la Virgen del Valle de un maniguetero llamado Manuel Lozano. La vida es orden, disciplina, el despertador programado a las siete de la mañana, el trato exquisito con el prójimo, los conciertos de música clásica, la ópera, el cultivo del espíritu que luego se proyecta en la obra. La vida es una huerta propia en la casa de La Jara, una alberca de lujo que hace de piscina con Doñana al fondo. La vida es Heliodoro, su ayudante, o Manolo, el conductor que la lleva de Sevilla a Sanlúcar y de Sanlúcar a Sevilla. La vida es evocar las enseñanzas de Manuel González Santos y las charlas con su inolvidable Pepe Soto.

Vivir tratando de capturar el tiempo con los pinceles es una suerte de sacerdocio. Un trabajo que nunca termina. Es una encomienda vitalicia que a Laffón le genera la felicidad que revela su forma de ser. Cuando pasea por la calle deja entrever un aire de intelectual despistada que camina ajena al mundo exterior, una velocidad pausada y una sencillez propias de una devota del Tiro de Línea que anda detrás del Cautivo. No se sabe si es humilde por sabia, o si ha alcanzado la sabiduría a fuerza de ser humilde. Sus compañeros de oficio la admiran, las nuevas generaciones la tienen por maestra. No se da lustre, no abusa de las joyas, se esconde en el interior de la Anunciación para ver a la Macarena con las luces del alba de la Encarnación. Educada en la exquisitez y con experiencia desde muy joven en el extranjero, no ha sido la pintora oficial de ningún régimen pese al interés de algunos por capitalizar su figura. Ha ido por libre, nunca ha sido especialmente transgresora y siempre ha seguido criterios arquitectónicos a la hora de tratar su obra. Incluso el título de su gran exposición en Sevilla tiene un barniz arquitectónico: El lugar y el paisaje. El sitio importa, la ubicación de la obra es fundamental. Dicen que esta Laffón pinta con mente de arquitecto. Por eso, quizás, deja extenuados a los montadores, instaladores y enmarcadores. Pero a quien deja desconcertado es al sevillano medio con pretensiones, que daría la vida por recibir la mitad de los premios que a ella le han ofrecido. Siempre orgullosa de su padre, el médico Manuel Laffón (1902-1981). Don Manuel Clavero confesó un día que en tiempos pasaba los veranos donde estuviera el doctor Laffón considerado por varias generaciones como el mejor pediatra de Sevilla. Era la forma de garantizar la salud de la prole ante cualquier urgencia.

Su casa con una fachada sin molduras, de estilo neutro, revela la sencillez de su estilo de vida. En el interior sí combina, por ejemplo, una biblioteca de caoba muy clásica con lámparas de grandes globos del estilo de los años veinte. Es una gran comercial sin que lo parezca, está al loro de las subastas, mueve sus hilos, recupera obra suya cada vez que puede, pero todo con ese aire de despistada, de ajena al mundo terrenal, de devota de barrio que disimula la gran señora que hay en su interior. Lo importante es que la obra, un cuadro o una escultura, sean bien presentados, respondan en todo momento a los criterios con los que fueron creados. Por eso les hace un seguimiento, nunca los abandona. Como los padres a sus hijos. Siempre está dispuesta a mancharse los dedos de pastel, plantarlos en un lienzo antiguo y seguir capturando el tiempo. Seguir insuflando vida a su obra. La loba capitolina nunca abandona a sus cachorros. Pintar es eso que ocurre cuando no se está de camino a Sanlúcar o de retorno a Sevilla.