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El ojo del amo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

JUAN ROBLES

UN joven de 16 años de la década de los cincuenta no era un joven al estilo de los de hoy. Era más bien un tío, un mozo, un adulto prematuro que se ve obligado a sacar pecho en una España donde el confort era un vocablo impronunciable, no había psicólogos, ni pedagogos, ni actividades extraescolares, ni los padres exigían la climatización en las aulas. En Sevilla, junto a Santa Catalina, había un colegio, Los Escolapios, con un magnífico patio interior para el deporte, un espléndido jardín, amplias galerías a las que a veces llegaba el olor de las cocinas y por donde los más pequeños se cruzaban con los alumnos internos. Impartían clases maestros como don Secundino o los padres Gregorio y Bernabé. Bernabé, por cierto, era quien desde el púlpito pronunciaba la homilía en la misa dominical a la que asistían todos los alumnos, unas eucaristías con un coro donde destacaba la voz del solista Pichardo. El colegio tenía una revista en la que se publicó el caso de aquel escolapio venido del Norte que tuvo que acompañar a la Virgen del Subterráneo un Domingo de Ramos. Los escolapios se entendían muy bien con la Hermandad de la Sagrada Cena, una corporación muy humilde por aquellos tiempos que, al menos, presumía de un piquete del regimiento de Caballería que se alojaba en la parte del edificio del colegio más próxima a la calle Sol. En aquellas aulas, en aquel ambiente, cursó los estudios de primaria un niño llamado Juan Robles (Sevilla, 1935). Compartió clase y pupitres con dos Navarros: Navarro García, catedrático, y Navarro Palacios, abogado del Estado, pero a los 16 años el mozo Robles no se vio estudiando cursos superiores. Cuentan que su padre le dio dos alternativas: estudiar o fregar vasos en la pileta. Y se puso a lavar vasos y a trabajar detrás de la barra del bar Robles de la Puerta de la Carne, donde su padre, de Villalba del Alcor –donde tenía sus viñedos– había apostado por vender directamente sus caldos, despachados en botellas de medio litro. En la Sevilla de entonces no se servía el vino por copas sino por medios litros. Allí se forjó el niño Juan en el oficio de tabernero. Después lo hizo en el segundo negocio: la taberna El Colmo, en la Puerta Osario, donde vio a los viejos costaleros profesionales darle al moyate y donde presenció las tertulias de célebres capataces. Y por último se hizo con la taberna de su padre en la calle Álvarez Quintero, un local muy chico a la vera de la Catedral que terminaría siendo la nave mayor de la flota imperial de la hostelería hispalense.
El joven Robles trabaja en sus primeros años subido en un tarugo: despacha los medios litros de vino, sirve altramuces y avellanas y se harta de fregar. Su juventud pasa detrás de la barra en una taberna sin tapas de cocina, sin aplicaciones digitales, sin refrigeración, sin manteles de tela gorda, ni una contabilidad profesionalizada.

Dicen que muchas veces se le ha oído una sentencia bañada quizás de cierta melancolía: “Yo no he tenido juventud”. La obsesión de su padre era primar la presencia en el negocio. El ojo del tabernero engorda la cuenta en la barra. Hay que estar encima de los trabajos, pendientes de la lumbre. Sólo así se desarrolla la destreza, la sagacidad, la capacidad para saber al instante qué tipo de cliente entra por la puerta. Cuentan que Juan Robles es de los que siguen calculando mentalmente en monedas de 25 pesetas y pasa las cantidades a euros sin coger un papel ni mucho menos dispositivos digitales. Las primeras tapas llegan de la mano de su mujer: ensaladilla y caracoles. En aquellos años, el suelo de las tabernas era la papelera a la que se arrojaba todo: cigarros, pieles de altramuces, conchas de caracoles y, al final, serrín, mucho serrín para limpiar los desperdicios.

Testigo privilegiado del desarrollismo económico, vivió el éxodo de los vecinos del centro de toda la vida al emergente barrio de Los Remedios que ideó Gabriel Rojas cuando se dio cuenta de lo cerquita que estaba la Plaza de Cuba de la Puerta de Jerez. Eran años en los que el anticuario El Moro era el emperador inmobiliario de los alrededores de la Catedral. La hostelería de calidad de Sevilla se la repartían entre Becerra, El Burladero, Los Corales, Senra y poco más. La Raza quedaba para los visitantes de la Plaza de España y el José Luis de la Plaza de Cuba para esos primeros moradores de Los Remedios, pronto arrepentidos de haber dejado las casas señoriales del casco antiguo.

La vida son recuerdos de una juventud marcada por el trabajo cansino de todo tabernero y por los viajes en vespa de Sevilla a Villalba para visitar a su novia. Son recuerdos de una primera vivienda pequeña en la planta superior del recoleto local del primer negocio, que se nutría, sobre todo, de los clientes de los almacenes Peyré en Francos, que eran El Corte Inglés de la época. El joven Juan era Juanito para muchos de ellos. El mismo joven que con los años se compró un Seat Panda, que sirvió en Sevilla las primeras endivias y que estableció los miércoles como día de descanso. Muchos clientes llamaban esos miércoles a la puerta del negocio cerrado al advertir su presencia y se quedaban a comer con la familia. La vida es fidelidad a la Hermandad de San Esteban, donde tiene el número tres de antigüedad, una cofradía que lo vincula a sus orígenes de la Puerta Carmona. Y también es la pertenencia a Santa Marta como todo tabernero sevillano que se precie de serlo.

El tabernero no solo debe estar siempre presente en el establecimiento, sino abrir y cerrar el negocio, presidir el orto y el ocaso de cada jornada, como el sumo sacerdote que abre y cierra el templo. Sólo así se desarrolla la capacidad de observación que corrige defectos y evita conflictos. Con la madurez llegó la presidencia de la patronal hostelera, un cargo que casi nadie quería y que le generó solventes relaciones con el poder político en los años de Monteseirín mandando en Sevilla (vía Marchena, el último virrey) y Chaves ocupando San Telmo, hasta que oteó la llegada de los primeros indios de los ERE acosando el fortín socialista.
Robles se ha entendido a la perfección con los socialistas. Este Robles, que es un discreto pero ágil relaciones públicas, podría decir como el cardenal Amigo cuando le reprochaban sus fluidas relaciones con el PSOE de la Junta: “Es que no he conocido gobiernos de otros partidos, ¿con quién me voy a entender?”. Chaves entraba y salía con frecuencia de Robles. Y lo sigue haciendo hoy con derecho a saludo premium: “Buenas noches, don Manuel”. Robles ha cuidado al poder y el poder lo ha cuidado a él. Nadie lo pone en duda en Sevilla. El pequeño local de los orígenes lo aumentó poco a poco a base de pagar al contado. Nunca ha sido amigo de pedir a los bancos, sino de ahorrar e invertir lo ahorrado, como tampoco lo ha sido de expandir el negocio hacia sitios como el Laredo, pero ahí ya han entrado en juego los planteamientos de las nuevas generaciones: sus hijos.

Los árboles, frondosos árboles, de los veladores, ingente cantidad de veladores, no deben impedir la contemplación del bosque de una carrera de éxito forjada sin coaching, ni escuelas de negocio, ni otras bagatelas, sino con el sacrificio que empieza por fregar vasos subido a un tarugo y termina por servir a Su Majestad el Rey. Y, por supuesto, formando parte de la cofradía de los que nunca se ponen malos en Sevilla, una cofradía muy reducida, porque hay que ver la de gente que se queda yacente para no ir a trabajar por un sarpullido en el dedo gordo. En Sevilla, durante muchos años, nunca se pusieron malos ni Juan Robles ni el hermano Pablo.

El negocio que nació ayudado por las reseñas de Garmendia terminó siendo la referencia para el público madrileño. Robles, al menos, mantiene un porcentaje de clientes sevillanos, aunque la mayoría son de fuera. Quiso ser en su día el tabernero oficial del Sevilla y del Betis. Lopera declinó la oferta, pero el Sevilla de Roberto Alés aceptó el millón de pesetas en consumiciones a cambio de ser la marca hostelera del club. La apuesta salió redonda porque el logotipo de Robles pasó de los estadios de Segunda División a los de toda Europa.

De la tiza en la oreja izquierda al ordenador. De pagar a los proveedores en la barra a las transferencias y la hoja de excel. De los clientes de Peyré a los ministros. Del serrín al mármol. De los mostos de medio litro a los caldos de alta bodega. Impulsivo, constante, intenso, discreto y con su ración de genio bien despachada. Pasea todos los días para cuidar su salud y para vigilar cómo marchan los negocios. No le gusta que un empleado descuide el saludo a un cliente o que haya alguien sin ser atendido. Alguna vez usa los servicios del limpiabotas, un oficio en extinción. Corbata y chaqueta a diario, salvo en verano, cuando alivia la indumentaria con alguna guayabera bien planchada. Encaja las críticas y hace ver su desacuerdo con algún lamento muy medido. Poco más. Sabe quizás que el precio del éxito es la envidia. Y sabe también que los veladores hacen mucho ruido. Robles es sevillano, aunque mucha gente piense que es de Villalba. La humildad es un tarugo desde donde se alcanza la pileta. La vida es una barra. El cliente es una oportunidad. Y los nietos son la ilusión. De las tres tabernas del padre al imperio del hijo. Siéntate en un velador y verás pasar la película de tu vida. Los hombres que fundan un imperio no tienen juventud.

El guardián de los ritos

Carlos Navarro Antolín | 12 de junio de 2016 a las 5:00

Ángel Gómez Guillén
SEVILLA, 1982. Los mundiales han terminado. Naranjito se conserva aún en algunos comercios. Calvo Sotelo gobierna en funciones y prepara la visita del Papa. Hoy es Rajoy, por cierto, el que está en funciones y ultima la llegada de Barack Obama. En aquella Sevilla del 82 gobierna Uruñuela, la selección brasileña hace días que dejó la ciudad, escasean los coches con refrigeración y la diócesis aún sigue comentado el aldabonazo del Papa Juan Pablo II al designar en mayo como nuevo arzobispo de Sevilla a un joven franciscano que Pablo VIhabía convertido en prelado de Tánger. Meses después del nombramiento llega a la sede de San Isidoro, por fin, ese joven fraile “experto en islamismo”, según había avanzado la prensa de Madrid, para sustituir al cardenal Bueno Monreal, el que ayudó a la Transición desde los despachos del poder eclesiástico y el que participó en las sesiones del Concilio Vaticano II. Cuando Carlos Amigo aterriza en San Pablo, un reducido grupo de sacerdotes lo espera en el aeropuerto. Entre ellos está Ángel Gómez Guillén (Sevilla, 1943), que fue su primer secretario, quien lo llevó a conocer todos los pueblos a bordo de un caluroso Seat 127 de color amarillo.

Gómez Guillén es a la liturgia en Sevilla lo que Ayarra al órgano. Y como experto en la materia, le ocurre lo que a tantos vecinos de esta ciudad, que es más reconocido fuera que dentro, más valorado en Roma que en algunas parroquias hispalenses donde los curas se colocan el micrófono de solapa cual Matías Prats y que a la hora de la plática se dan paseos por el templo. Esos mismos curas que permiten que el padrino de turno tenga su minuto de gloria en el altar (speech, lo llaman los cursis) para hablar de los novios, todo muy al estilo americano, todo muy litúrgico por las que hilan. Una verdadera paliza que por momentos alcanza cotas de tortura.

Este canónigo con dignidad de chantre podría escribir la biografía más exclusiva del cardenal Amigo, al que ha acompañado desde muy cerca durante sus casi treinta años de pontificado en Sevilla. Pocos curas pueden presumir de haber estado junto a monseñor Amigo antes incluso de que el hermano Pablo se convirtiera en el Gran Hermano del cardenal.

Tal es su proximidad con el fraile de Medina de Ríoseco que siempre se dice que Gómez Guillén forma parte de la Casa Civil del cardenal. Tras la recepción en el salón del trono por la festividad de San Carlos Borromeo, Gómez Guillén era invitado fijo al almuerzo especial. DonCarlos invitaba cada año a algún vicario distinto. Los únicos comensdales que repetían siempre eran Gómez Guillén y Pablo Noguera. Y las hermanas de Jesucristo Sacerdote, claro. Si Gómez Guillén era la Casa Civil del cardenal, hay quienes decían, con cierto colmillito, que la Casa Militar eran los inolvidables García Vázquez, Navarro Ruiz y Garrido Mesa, el tridente rojo con el que don Carlos se garantizaba una interlocución fluida con el poder socialista que, como él, llegó a España y a Andalucía en el 82 para quedarse. Los reyes y los príncipes no tienen amigos. Si alguien puede ser calificado de amigo de monseñor Amigo Vallejo –un príncipe de la Iglesia– es Gómez Guillén.

La trayectoria de Gómez Guillén no está marcada por grandes cargos pese a su proximidad con quien ha mandado casi tres décadas en la Iglesia de Sevilla y es cardenal desde 2003. Su principal objetivo ha sido siempre ser un cura libre, no atado a ningún lugar, con los compromisos justos, al mismo tiempo que entregado en todo momento a las tareas de su ministerio. Tan libre que nunca ha usado su condición de canónigo para pedir un piso en la Plaza del Cabildo, lo que le ha garantizado coger distancia con ese runruneo cotidiano de la Catedral que tiene poco que ver con asuntos de altar y coro. Ni siquiera ha querido estar al frente de parroquias más tiempo del necesario. En tiempos fue párroco de Burguillos y Arahal, donde lo siguen reclamando. Si fuera periodista sería un freelance, dispuesto a tapar un hueco para decir misas en Santa Clara, el Salvador, el convento de la Encarnación… Pero sin periodicidad fija.

Asesor de la Conferencia Episcopal Española en asuntos de liturgia, participó en el congreso internacional sobre la materia celebrado en Roma, en el convento de San Anselmo. Como en el pasaje de San Lucas, se sentó el último en la sala. Y la organización lo invitó rápidamente a tomar asiento entre los cardenales, arzobispos y principales especialistas del mundo.

Sevillano nacido en la casa de la calle Tetuán donde hoy sigue el azulejo del Studebaker, siempre bien acompañado a la hora del almuerzo por alguno de sus buenos amigos. Huye de la soledad a mediodía. Gómez Guillén ha sido feligrés del Salvador y nazareno de la Borriquita antes que sacerdote. Su vida gira en torno al templo barroco donde recibe culto el Cristo del Amor, de cuya cofradía es director espiritual. Pocos saben que este cura limpió plata antes de decir misa.

Gran impulsor del Instituto de Liturgia, donde se enseñan los gestos, signos y palabras que conducen a Dios, una suerte de coreografía sacra que se desarrolla en el altar y fuera del altar: cómo se mueve el cura, dónde tiene que estar colocados los acólitos, qué hay que decir y cuándo hay que decirlo, qué significado tiene el color de la ropa del oficiante, por qué se inciensa la mesa de celebración, etcétera. De lo visible, la liturgia, a lo invisible, que es Dios. Cuantísimo ha ayudado Gómez Guillén a las cofradías a saber de liturgia y a adaptarse sin tensiones a las normas emanadas del Concilio Vaticano II, las que dispusieron a la asamblea como parte fundamental de las celebraciones y promovieron el uso de las lenguas vernáculas y la comunión bajo las dos especies. Gómez Guillén es el guardián de los ritos que entendió todos los cambios, pero siempre sin menospreciar el Latín. De hecho, hoy es de los escasos sacerdotes de la diócesis que saben Latín y Griego. Porque hasta en la propia Catedral se ha terminado orillando el Latín por la sencilla razón de que los nuevos canónigos no tienen ni pajolera idea de la lengua de Cicerón, pues pareciera que la ESO se ha implantado también en los seminarios. Ha llevado al Instituto de Liturgia de Sevilla casi al mismo nivel que el centenario Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona. Durante muchos años ejerció como prefecto de Liturgia de la Catedral, lo que toda España pudo contemplar con ocasión de la boda de la Infanta Elena.

La vida es recordar las aulas de Salamanca en las que tenía como compañero de estudios a un tal Antonio Cañizares. Es evocar los años de párroco en Burguillos, donde un monaguillo se llamaba Alfredo Sánchez Monteseirín. Yechar de menos el instituto de bachillerato de Nervión donde impartió clases durante tantísimos años. Los alumnos siguen reclamando su presencia para bodas y bautizos. La vida es recordar el viejo San Telmo como lugar de formación de los futuros sacerdotes. Gómez Guillén es uno de los nostálgicos del palacio, pero siempre aceptó la operación de venta impulsada por el arzobispo Amigo y el presidente Rodríguez de la Borbolla. La vida es estar convencido de la utilidad del seminario menor como cantera de sacerdotes. Y ser siempre un cura de fácil acceso para todos los públicos, nunca parapetado en un despacho de la curia. La vida es procurarse unos días de retiro espiritual cada seis meses en algún convento perdido de España, adonde siempre llega al volante con escalas estratégicas en algún Parador. La vida es un café o una cerveza con Joaquín de la Peña o Francisco Cuéllar en los alrededores de la Catedral en las vísperas del Corpus o de la Virgen de los Reyes. Y, por supuesto, la vida es asistir todas las mañanas al coro de la Catedral, como está mandado, y cumplir cada Jueves de Corpus con el rito de entonar el Tantum Ergo en la misa de autoridades.

Gómez Guillén tuvo devoción por su madre. Siempre la atendió con veneración. Muchos cofrades recuerdan cómo este canónigo la llevaba en coche a las procesiones de gloria de los domingos, cómo estudiaba los recorridos para encontrar el sitio preciso donde aparcar para que su madre pudiera ver el paso de la Virgen desde el automóvil. No pocas veces el cofraderío, que reconocía a don Ángel, se quitaba de delante del coche para no interrumpir la visión. Nunca necesitó dar un speech para decir cuánto la quería. Obras eran amores. Y en eso fue también un liturgista perfecto.

El órgano es vital

Carlos Navarro Antolín | 3 de abril de 2016 a las 5:00

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CONTABA Aznar, en uno de esos libros que los ex altos mandatarios sacan al mercado para hacer caja, que cuando llegó a la Moncloa en 1996 sintió la necesidad de explotar el perfil internacional de una serie de españoles que, a juicio de su poderosa libreta azul, estaba desaprovechado o poco reconocido. En esas líneas se refería a Julio Iglesias, Norma Duval, Plácido Domingo… Españoles con trayectoria internacional que pasaron por el comedor del palacete presidencial para probar el postre de helado de moka luego del menú regado con Ribera del Duero. Entonces no se usaba el concepto de marca como ahora. El Gobierno de Rajoy mantiene hoy un comisionado de la denominada Marca España para vender las bondades del reino allí donde no somos siquiera paellas, toros, flamencas y cármenes cigarreras. La marca es mucho más que el perfil de personajes de trayectoria con cuenta inagotable en google, pero aquel presidente que comenzó a desfondarse en El Escorial con la boda pretenciosa de su hija puso tal vez los cimientos para unas labores donde la política y el márquetin comparten carril.

Si Sevilla algún día tomara como norma de cumplimiento cotidiano el reconocimiento de sus vecinos más ilustres y de sus hijos más notables, hay un canónigo que entraría de lleno en la lista de los que poseen eco mucho más allá de la Puerta de Jerez. Y usamos como referencia la Puerta de Jerez porque hay sevillanos de los que salen todos los días en las secciones del colorín que tienen que conectar el romming en cuanto se alejan una mijita del Prado de San Sebastián; sevillanos que no pasan de ser chuflas de actividades difusas, paseadores de la agenda del Colegio de Abogados por Tetuán, o vivaqueadores profesionales de las cafeterías del centro.

–¿Y este tío tan alto que sale en tantos retratos de qué trabaja realmente?
–Pues ni idea. Ahí lo vinculan a una firma impronunciable donde no sé qué hace. En estos casos, aplica la norma:si fuera magistrado del Tribunal Supremo lo pondrían muy clarito, con todas sus letras.

José Enrique Ayarra Jarné (Jaca, Huesca, 1937) lleva más de cincuenta años como organista titular de la Catedral de Sevilla. Es un cura, un canónigo, un organista. Un aragonés que se afincó en Sevilla hace muchísimos años. Yaquí sigue. Un vecino de la ciudad que ha tocado los órganos de las catedrales de medio mundo, que tiene una proyección personal internacional que encuentra pocos ejemplos similares en esta misma ciudad. Es una suerte de Willy Fog de los teclados de catedrales, basílicas, templos, monasterios, orquestas y universidades de los cinco continentes.

–Buenas tardes, quería hablar con don José Enrique.
–Pues no está.
–¿Sabe usted si vuelve pronto de la Catedral o se habrá parado quizás en el Horno de San Buenaventura?
–Mire usted, me parece que tardará un poquito porque está dando un curso en la Universidad de Hiroshima.

Ayarra no es sevillano. En Jaca le tienen veneración. Es un vecino ilustre de Sevilla desde los tiempos del cardenal Bueno Monreal que cualquier gobierno hábil y con criterio, más allá de la Fundación Focus, hubiera convertido hace tiempo en santo y seña de la Sevilla más internacional. Es uno de los grandes desconocidos en la ciudad ingrata por antonomasia, que devora a sus hijos con crueldad de Saturno. Una urbe que a veces cree que hasta ha pagado con generosidad por el solo hecho de dejar caer alguna medalla. Ayarra es el trabajo callado como organista de la Catedral, sublime contradicción que refleja una vida que bien podría titularse Al sacerdocio por la música. Es un guardián de la pureza de los sonidos de la Catedral y un dinamizador del calendario cultural de la ciudad a base de organizar espléndidos conciertos de órgano.

Bueno Monreal lo trajo a Sevilla por sus evidentes capacidades musicales. Ayarra se trajo a sus hermanos. Entró como beneficiado del Cabildo. En aquellos años los canónigos y los beneficiados tenían retretes y vestuarios distintos. Con los años, los beneficiados pasaron a ser canónigos en toda regla. Yse dice que algún beneficiado experto en libros corales tardó mucho en ser canónigo como castigo del cardenal Amigo, pero eso es otra historia y otro personaje…

Como canónigo es fiel a la misa de 8:30 en la Capilla de la Antigua, donde tiene verdaderos seguidores que serían la envidia de cualquier hermandad con los bancos del quinario semidespoblados. También es un verso suelto del Cabildo. Ayarra va por libre. Dicen que tiene la cuota de vanidad y soberbia propia de los creadores. Se muestra distante de las miserias del Cabildo, ajeno a las cuitas del funcionamiento cotidiano del templo. Yeso alguna vez ha provocado recelos en los compañeros de canonjía. Desde que fue trasplantado con el riñón recibido de su hermano el médico, fallecido en accidente de tráfico, dicen que Ayarra es otro, mucho más próximo y familiar. Yel órgano, que ya era fundamental en su vida, ironías del destino, ahora resulta vital.

Francisco Navarro, el canónigo que concibió el modelo de Catedral que se financia gracias al turismo, tenía claro que Ayarra era un genio de la música. Tocó en la boda de la Infanta Elena en 1995, cuando se preocupó en tener un monitor de televisión a su lado para saber en qué momento exacto entraba el Rey con su hija del brazo e interpretar la Marcha Real. Yen la Plaza de San Pedro de Roma en 2003, cuando Juan Pablo II invistió a don Carlos como cardenal. Es un viajero consumado que acepta pocas disciplinas procedentes del exterior. Si está ensayando y se acercan los turistas, se adorna y se deja admirar. En oasiones deja entrar a los turistas en el coro y se da un baño de multitudes. Si en la Catedral se celebra un acto y él tiene que ensayar, no duden que el ensayo no se suspende. Lo dicho:es un verso libre. Y con música.

Al Cabildo lo convence siempre de la necesidad de dedicar partidas económicas al mantenimiento del órgano. El órgano de la Catedral sigue en construcción y cuando esté acabado será hijo de Ayarra, uno de los primeros de Europa y un orgullo para la ciudad que, como en tantas otras cuestiones de verdadero valor cultural, permanece ajena a cuanto ocurre.

Ayarra pertenece a esa generación de canónigos cultos, profundos y eficaces (haberlos haylos) que, además, se ha preocupado de estudiar la historia de la música en la Catedral de Sevilla. Es uno de los más prestigiosos músicos eclesiásticos con especial relevancia en los países asiáticos, donde raro es el año que no acude para dar algún concierto.

La vida es un ensayo por la noche, a solas en la Catedral. Una pequeña pausa para saludar a Alfonso Jiménez y Joaquín de la Peña que tratan sobre la logística del Jueves de Corpus. La vida es ensoñarse tocando todo tipo de composiciones, desde las más selectas a las más populares. En su repertorio le gusta combinar sonidos de su tierra con marchas de Semana Santa. No es un cura cofradiero, pero valora el papel de las hermandades en la religiosidad popular. La juventud son recuerdos de París, donde se formó. Yla vida es sentir orgullo cuando le dedican composiciones. Tiene más obras para órgano dedicadas a su persona que algunas vírgenes de pueblo por las que se paga para que tengan marchas ramplonas. La vida es clavar la mirada en las bóvedas mientras actúa, cuando toca ese organo hipercomplejo y colosal de la Catedral sevillana, más electrónico que mecánico. La vida es estudiar y recuperar los órganos de viejos monasterios y de capillas escondidas. La vida es ser anfitrión de grandes músicos extranjeros, a los que anima a tocar el órgano de la gran montaña hueca que es el templo sevillano; es destinar a fines benéficos de la infancia el dinero que recibe por ciertos conciertos.

La música es sagrada para este aragonés que conserva el vozarrón de chicarrón norteño. No le gustan ciertas novedades, como cuando don Carlos introdujo flamenco en la conmemoración de la beatificación del gitano Ceferino Giménez Malla, el Pelé. Medio teatro de la Maestranza lo vio levantarse indignado en medio de un concierto navideño porque el director de la Sinfónica de aquel entonces había querido hacerse el gracioso “destrozando” la pieza que estaba interpretando. Aquello no era ni serio ni gracioso para nadie, pero para don José Enrique era una herejía.

Meticuloso en las ceremonias y en el coro a la vez que sumamente paciente con los cantores, es ante todo un maestro fino que sabe qué audiencia tiene delante. Es un placer escucharle explicar los órganos (en plural, como los Alcázares)en las vísperas del Corpus a un público nada avezado, como si estuviera explicando las piezas del barco pirata de Playmobil. Solemne, educado, culto, sufrido. Se queja poco, ni siquiera en los momentos delicados de su enfermedad. Sólo gruñe si el órgano falla. En esos casos son los alemanes de la casa de Gerhard Grenzing (Insterburg, 1942) los que atienden sus lamentos.

El arquitecto sin chaqué

Carlos Navarro Antolín | 30 de noviembre de 2014 a las 18:05

Alfonso Jiménez
El martes de Feria de 1997 subió hasta el Giraldillo acompañado por José María Cabeza y Juan Luis Barón, arquitectos técnicos, y por el vicario general de la Diócesis, Antonio Domínguez Valverde, de rigurosa sotana. En lo más alto esperaba una cuadrilla de operarios dispuestos a seguir las indicaciones para desmontar el Giraldillo y dejarlo depositado en la azotea de las azucenas. La Giganta fue literalmente bajada a brazos mientras don Antonio rezaba el rosario. Todos sintieron miedo. La operación era de alto riesgo. Ignoraban si la veleta saldría con facilidad o si tendría algún tipo de freno en el vástago. Ni siquiera sabían cuánto medía el vástago. O si el grado de oxidación del interior era elevado y podía dificultar la extracción. Se aprovechó a conciencia que media ciudad dormía tras la noche de la prueba del alumbrao y la otra media estaba trabajando. Al mediodía, la Giralda se quedaba sin Giraldillo y cesaban los bisbiseos de las oraciones de don Antonio. La ciudad indolente no se había enterado de nada. Ningún medio de comunicación, ningún avispado viandante. Estos hombres llegaron, subieron y bajaron la veleta. En tierra todo seguía igual, como cuando las tropas alemanas entraron en París y los parisinos seguían haciendo su vida. Una breve nota de prensa comunicó los hechos. Alfonso Jiménez Martín (Sevilla, 1946) es el maestro mayor de la Catedral que osó llevar al quirófano al principal símbolo de la ciudad tras años de observación y, sobre todo, tras leer que el catedrático José Luis Comellas afirmaba en uno de sus libros que la veleta pasaba demasiado tiempo en la misma posición. Un buen observador saca partido de lo que dicen otros finos observadores. La lectura de aquella aseveración provocó la reacción propia del hombre inquieto, el impulso necesario para cometer la locura. Si está documentado en castellano antiguo que “doce moros” trasladaron la veleta recién fundida desde San Bernardo hasta la Catedral, una cuadrilla de operarios podría bastar para bajarla. Y así fue.

Lleva enamorado de la Catedral desde 1979, cuando en un paseo vio (siempre observando) que una azucena de la Giralda estaba a punto de desprenderse. Lo denunció ante la Delegación de Cultura, donde le pidieron si él mismo podía hacerse cargo de la restauración urgente, valorada en 25.000 pesetas. Y aquello, como la teja desprendida de la casa de Ben-Hur, fue el comienzo de una larga película. Casi 40 años de relación con el monumento más importante de la ciudad. Un arquitecto que hasta entonces no había tenido más contacto con la Iglesia que la que mantenía con su párroco de la Ciudad Jardín, donde fue criado en valores en un bloque de las denominadas viviendas colectivas, que son una suerte de corrales de vecinos.
Se llevó casi un mes viviendo en la Catedral con motivo de los preparativos de la boda de la infanta Elena en 1995. Consiguió que se aceptara su advertencia para que un retén de bomberos se situara discretamente durante la ceremonia a los pies del altar mayor. Convenció a la reina Sofía de que era inútil colocar ramos altos de flores, pues la gran montaña hueca que es la Catedral lo engulle todo. Y tal fue su labor y dedicación que la Casa Real le envió a última hora una invitación al enlace, cuando ya no había tiempo para encargar un chaqué. Consultó a su inseparable Francisco Navarro, el canónigo que revolucionó el modelo de gestión del templo, cómo debía proceder ante al tarjetón recibido.
–Paco, ¿qué hago?
–Ponte el traje oscuro y colócate la pegatina de un sindicato. Verás como nadie te dice nada.
Y allá que se fue a la boda en traje oscuro. El único invitado sin chaqué. Navarro iba ese día con sotana y fajín, indumentaria propia del diplomático del Vaticano que había sido con destino en África. Jamás se volvió a ver a este cura de esa guisa. Jiménez le pidió un favor al arzobispo: acceder juntos al Real Alcázar. Y así fue. Don Carlos entró acompañado por Isabel, la mujer de Alfonso Jiménez. “¿Quién será ella?”, se preguntaba el público curiosón detrás de las vallas. Y el maestro mayor de la Catedral entró junto al hermano Pablo.

Alfonso Jiménez se revuelve cuando ignora algo sobre la Catedral. Este catedrático impulsivo, inquieto, sin concesiones al tópico hispalense y con cierto aire para algunos a lo Sean Connery, nunca olvidará el día de Santiago de 2006. Los sensores colocados para la auscultación perenne de los pilares agrietados del trascoro detectaron movimientos de hasta tres centímetros en la piedra de la Catedral. Otra vez el temor a lo desconocido. El miedo. La alerta. Planteó al deán la conveniencia de desalojar el templo de turistas. Pasó la noche en la Catedral junto a Juan Luis Barón. La observación, esa suprema fuente de conocimiento, reveló que la dilatación se producía cada mañana. Y que la piedra volvía a su ubicación original por la noche. Se supo entonces que este gran templo respira hondo al amanecer y expira al anochecer. Se infla y se desinfla. No se trataba de nuevas grietas ni de nuevos riesgos.

Su relación con algunos de los grandes sacerdotes del pontificado de monseñor Amigo es absolutamente clave. Sobre todo con Francisco Navarro, aquel cura que sobrevivió como tal pese al revoltijo provocado por el Concilio Vaticano II, que hizo que la mayoría de sus compañeros de promoción colgaran los hábitos. Navarro, Garrido, García Vázquez… Sacerdotes que eran tildados de rojos por la Sevilla más conservadora y que siempre demostraron un amor, una capacidad de servicio y una lealtad a la Iglesia más allá de postureos de clergyman. Con Navarro se entendía con la mirada, con una socarronería deliciosa para los amantes de la ironía y de las cargas de profundidad. Navarro y Jiménez tal vez no sean para algunos los compañeros más idóneos para una tarde de Feria, de vino y jarana, pero nadie podía negar que entre ellos había un sentido del humor fino, para paladares exquisitos, que no pocas veces era el carril de desaceleración de las broncas que provocaba el día a día entre quienes trabajaban juntos con tanto presupuesto y tan alta responsabilidad.
En esa capacidad de observación innata al personaje figuran los turistas, los amos y señores de la Catedral. Nadie como el maestro mayor sabe cuál es el sitio en el que los visitantes se quedan boquiabiertos al comprobar la colosal grandiosidad del interior del templo. Se trata justo del momento en el que abandonan el pabellón de entrada y terminan de recorrer –un poco agachados los de mayor altura– el túnel de los vestuarios de los canónigos. En ese instante es usual oír una exclamación:“Oh, my God!”. En el caso del turismo nacional, la expresión es algo más prosaica: “¡Coñoooo!”.
En la Catedral fue testigo del interés de monseñor Amigo por comunicar en qué capilla quiere recibir sepultura. El vicario Domínguez Valverde, tal vez tensionado por el tema de conversación, zanjó el asunto: “Usted preocúpese de morirse que nosotros ya nos preocuparemos de enterrarle”.
Navarro murió. Jiménez dejará su puesto en la Catedral el 31 de diciembre. La película de Ben-Hur tiene un final feliz. Hace pocos días le preguntaron mientras disfrutaba de la comodidad de un mullido sofá.
–¿Usted cree más en Dios tras llevar casi cuatro décadas mimando a la Catedral?
La respuesta fue un silencio, después una sonrisa a medias y, de remate, una mirada a las alturas. Seguro que el mismísimo Francisco Navarro hubiera reaccionado igual. Tal vez la fe, como el movimiento, se demuestra observando. Y en la Catedral caben todos. Hasta los cables que siempre se preocupa en ocultar.