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Una dama a contraquerencia

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

ANABEL MORENO

EN Sevilla hay gente que conoció los años en los que una mujer no podía entrar sola en los bares. Estaba mal visto. Si acudían a los toros era para ejercer de florero. Y, por supuesto, sin lucir la minifalda que censura la letra de las sevillanas. En Sevilla aún queda gente que conoció los caballos de picar sin petos, vísceras por el ruedo y agujas gordas de coser sobre la marcha de las que necesita el PSOE de hoy. En Sevilla hay gente que se estrenó viendo la primera máquina de asar pollos en la calle Azofaifo, o que acudían a subir y bajar una y otra vez por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés recién estrenado en la Plaza del Duque en 1968. En Sevilla hay listos, charlatanes e inteligentes. Los mejores, habitualmente, suelen ser los que se callan, se quedan con la música y son capaces después de dirigir la orquesta. Éstos últimos son los brillantes, capaces de abrir camino, con fuerza para soportar las presiones, hombros anchos donde resbalan los balazos del que dirán y un desparpajo encauzado con racionalidad. En Sevilla hay muchas mujeres que han demostrado que el feminismo verdadero, no el de escaparate, pancarta y convertido no pocas veces en negocio o usado como coartada para las venganzas, se demuestra andando, trabajando, asumiendo y liderando.

Anabel Moreno (Las Palmas, 1959), funcionaria de la Junta de Andalucía y actual directora general en el Ayuntamiento de Sevilla, no milita en ningún partido político. No tiene carné. Forma parte de esa izquierda ilustrada, viajada y carente de prejuicios que es capaz de defender valores progresistas al mismo tiempo que disfrutar con sus hermandades del Valle, la Carretería y los Sastres.

Tuvo que haber un día en que una mujer entró por primera vez en un bar o se atrevió a vestirse de nazareno, como hubo un día en que esta mujer se decidió a aceptar el reto de presidir una corrida de toros en la plaza de Sevilla. Y hacerlo con el criterio propio de una aficionada de reconocido prestigio, tal como dicta el reglamento. En lugar de instalarte en la queja o en vez de aludir a los techos de cristal para justificar supuestas metas nunca logradas, esta funcionaria de cabeza bien amueblada aprovechó la primera oportunidad, se subió al primer tren y dio el paso al frente en un sector marcado por con fuerza por una suerte de machismo especialmente recalcitrante. Siempre le atrajeron los toros como rito, nunca como espectáculo. Si los toros se convierten en un mero espectáculo les ocurre como a la Semana Santa: están condenados al fracaso por un virus interno sin necesidad de que actúen enemigos exteriores. No fue nada fácil la primera experiencia en unos tendidos donde clamaban el “mujer tenías que ser” o el “vete a tu casa a limpiar”. Esta vecina del centro traía como defensa su formación académica, sus años en la facultad de Derecho, la mejor de España según Clavero y Olivencia, su sólido criterio taurino forjado en plazas de España y Francia.

Hizo la tesina sobre la eutanasia cuando el tema resultaba especialmente delicado, un trabajo dirigido por Jimmy Sainz-Pardo, quien muchos años después negoció como alto cargo de la Junta de Andalucía el traspaso de competencias del Estado en materia de Justicia. El interlocutor de Jimmy en el Ministerio de Justicia, por cierto, fue Juan Ignacio Zoido como director general.

Anabel era una joven estudiante que siempre acudía a clase con un ejemplar de El País bajo el brazo. Inteligente, culta, curiosa, cabezona hasta decir basta. Con mucho carácter. Nada amiga de acudir al real de la Feria. Lo suyo son los toros, los viajes previos a las dehesas para evaluar las reses elegidas por la empresa, asistir a los sorteos matinales los días de festejo, unos días en los que come poco, acude a pie hasta la plaza, se bebe un refresco sin azúcar y viste con la corrección propia que merece la responsabilidad. Siempre accede al coso por la puerta de cuadrillas y desea suerte a los matadores y a sus cuadrillas. Con Finito de Triana, su asesor artístico, se entiende con la mirada. Si la tarde ha sido de bronca al palco presidencial, cuando el festejo acaba y los matadores ya han abandonado el ruedo, aguanta de pie unos minutos para recibir todos los reproches que el respetable considere oportunos. Sabe como nadie que escrito está que la auténtica fiera ruge en los tendidos. ¡Y cómo ruge a veces, señora presidenta! Tras firmar todos los papeles que hay que despachar cuando termina un festejo, que pareciera que está uno en una notaría cerrando una fusión bancaria, la presidenta se refugia en el bar Taquilla con su gente, con ese círculo de confort que necesita todo ser humano expuesto al juicio del público. Es curioso cómo los aficionados, según el perfil, se reparten por las tabernas del entorno de la plaza en cuanto acaba la corrida. Los intelectuales acuden a la bodega San José, más conocida como El Punto. Los aficionados más entendidos, a la bodeguita Romero. Los más habituales de la vida cotidiana del Arenal, al recoleto Ventura. Y los conductores, areneros, los músicos de Tejera y otros personajes secundarios, prefieren el Taquilla de la calle Adriano. Al Taquilla se va la presidenta, donde ya la coca-cola adquiere el sabor de algún aliño propio de las horas de la relajación. Allí, alguna vez, ha recibido llamadas gratificantes en tardes especialmente duras: “He vuelto a ver la faena en la televisión y has acertado no concediendo la segunda oreja. Tenías razón”.

La vida son recuerdos de la promoción 1976-81 de Derecho, donde compartía noches de estudio con Rosamar Prieto-Castro. La vida es decir sí cuando Demetrio Pérez le ofreció entrar en el equipo de presidentes de la plaza de Sevilla en la temporada 2006. Ella, una aficionada autodidacta, no lo dudó en ningún momento. Como no dudó en hacer oposiciones y como no duda en viajar a lo destinos más alejados cada vez que puede. La han visto por Turquía, Siria, Egipto, Uzbekistán… Dicen que se busca a alguien que tenga una foto suya en Matalascañas. Le gustan un museo y unas ruinas históricas casi lo mismo que la embestida brava de un vitorino. Apasionada de la novela negra tanto como del barco de la Carretería. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la grada 3 junto a su inseparable Manuel Grosso, un aficionado culto que los días que ella preside se ve obligado a guardar disciplina de nazareno del Silencio cuando hay reproches al palco. Y esa disciplina no hay estampida que la altere. La vida son recuerdos de un mano a mano entre Romero y Ojeda en la plaza de Málaga a la que esta incombustible Anabel acudió embarazada de ocho meses.

Le gusta ver los toros desde el callejón, disfrutar del embarque del ganado y cultivar las relaciones personales con toreros y ganaderos. Pero como el torero mate mal no hay segunda oreja. Como debe ser. Ya lo dijo un portero del teatro La Scala de Milán: “Todos los días de función no pueden acabar con aplausos de 45 minutos”. Tiene claro que la plaza de toros de Sevilla no es una ONG, que los momentos previos y posteriores a la corrida forman parte del rito. La pueden ver dando una conferencia en un club taurino de París o en los palcos de Semana Santa de la Plaza de San Francisco, con un velo en cualquiera de esos países árabes a los que se escapa, o en los veladores de la Plaza del Pan dándole cadencia a un trago largo. Dicen que es de izquierdas. En realidad es más bien de la hermandad del sentido común, del partido de la naturalidad, del colectivo de los que no están dispuestos a renunciar a todo lo auténtico que tiene su ciudad, de los que se niegan a vivir en el frentismo, rechazan el cultivo de esas visiones excluyentes que no admiten que se pueden hacer cambios sin necesidad de bochinches, que se puede ser devota de la Virgen del Valle, entender de música israelí, no pisar la Feria y perderse con insistencia por los rincones de Turquía menos conocidos. Que la lucha por la igualdad no es una estética de arrobas, del todos y todas, del sevillanos y sevillanas, sino de hechos, apuestas, esfuerzo y decisión y de ocupación de espacios con tanta naturalidad como determinación. La suya es una vida a contraquerencia. En contra de las inercias casposas y en contra de postureos que no admitirían alguna de sus combinaciones por no encajar en las etiquetas que pretenden una reducción al blanco o negro, al rojo o al azul.

La clave quizás ha sido tener arrojo y, como siempre, una buena cuadrilla. Un día una mujer entró sola en un bar y le importaron muy poco las miradas. Lo hizo sin ira. Un día una mujer aprobó las oposiciones de notarías y ejerció entre hombres mayores escapados del NO-DO. Lo hizo con naturalidad. Un día otra mujer se matriculó en la vieja facultad de Derecho de Laraña. Y después, poco a poco, llegó otra, luego otra y después muchas más. El caso es quedarse de pie cuando arrecian las críticas. Y, por supuesto, no irse a casa a limpiar. Se va una al Taquilla, que es mucho mejor. Y a esas horas las fieras han dejado de rugir y la categoría de la plaza ha quedado protegida: una plaza de primera gracias a la dama del palco.

Con licencia para largar

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

EMILIO DE LLERA 2
MANOLO García se fue del Ayuntamiento en 1999, donde había sido concejal del Partido Popular desde 1983. Ejerció de edil en la oposición y de teniente alcalde con funciones de gobierno. Hizo casi de todo, desde saludar al Papa Juan Pablo IIy a Fidel Castro hasta montarse en el patrullero de la Policía Local para cerrar bares de la movida o gestionar las reparaciones de los pavimentos del casco antiguo. Pero al dejar la Casa Grande después de tantos años de contienda política y alguna que otra polémica de las que roban el sueño, reconoció públicamente una espinita clavada: “Mi pena es no haber sido concejal de Fiestas Mayores”. Años después, gracias a que el PP decidió aquel año renovar a sus representantes en el Ayuntamiento, tuvimos a uno de los hermanos mayores de la Macarena más grandes de la era contemporánea. De haber seguido en política, el destino de Manolo hubiera sido otro bien distinto. Aquella pena se esfumó, aquella espinita de las fiestas mayores se sacó sin apenas dejar herida. La vara de las capillas ha sido, de hecho, la responsabilidad más elevada que ha podido desempeñar este hombre curtido en las madrugadas del negocio de frutas de la Encarnación.

Emilio de Llera Suárez-Bárcena (Badajoz, 1951), consejero de Justicia e Interior de la Junta de Andalucía, quiso ser fiscal jefe de la Audiencia de Sevilla. La verdad es que estaba llamado a ser el sucesor de una leyenda viva del Ministerio Público en la ciudad: el salmantino Alfredo Flores, el que llegó a ser hermano mayor de una cofradía y pregonero de la Semana Santa. Llera echó los papeles para hacerse con esa jefatura, pero le sacaron bolas negras. García se quedó sin apretar el botón del alumbrao y Llera sin dar la rueda de prensa anual de la memoria de la Fiscalía. Su gozo cayó en el pozo una y otra vez. Y bien que lo sentimos muchos partidarios de este fiscal con nombre de marisquería de selecta ensaladilla junto a la Plaza de Cuba, porque desde los despachos de Madrid apostaron por una fiscal jefe que es modelo de neutralidad, equilibrio y ponderación por las que hilan…

Emilio no fue fiscal jefe, pero con el paso del tiempo le cayó del bombo de la política el premio gordo de la Consejería de Justicia e Interior. Franco no se metió en política, pero Llera sí. Y ahí anda, desde el burladero de su despacho de la Gavidia, orientando al Ejecutivo andaluz por las arenas minadas de esos asuntos que están sub iudice. “Emilio no es del PSOE, Emilio lo que quiere es terminar su carrera de consejero, aunque pierda dinero”, dicen los compañeros de oficio. De vez en cuando saca el mandoble y se despacha a gusto contra los jueces, hace juicios sobre la magistrada Alaya trufados de cierta frivolidad e incluso arrea a los medios de comunicación por el tratamiento de algunos temas. Emilio va por libre. Tiene licencia para largar. Pocos recuerdan que es el único consejero reprobado por el Parlamento. Debe ser porque en el fondo sigue siendo un fiscal. Ya se sabe que los fiscales se pueden permitir casi todos los juicios, son casi infalibles, pues un juez, un letrado de la Administración de Justicia o un cargo público pueden incurrir en prevaricación, pero un fiscal nunca. No existe ese tipo penal para los representantes del Ministerio Público. ¿Por qué? Misterios. Si resulta que el protagonista, además, forma parte de las filas de la progresía oficial, disfruta de las ventajas de la superioridad moral de la izquierda. Así que miel sobre hojuelas. Emilio sabe que siempre hay agua en ciertas piscinas. Si Arenas o Zoido sueltan la mitad de las perlas que Llera en los últimos años, los están corriendo a gorrazos desde la calle San Fernando hasta la puerta de Antares, donde los dejan sueltos para que se reconcilien jugando al pádel. Emilio puede decir que Alaya sigue estando muy “guapa” pese a la carga de trabajo que asume, porque él está en un gobierno del PSOE. Susana jamás le va a dar un tirón de orejas. Y Amparo Rubiales tampoco le va a dedicar un artículo crítico cargado de arrobas.

Pero Emilio cae bien. Es simpático y un poco pillo. Sabe clavar dardos al enemigo con sutileza. No se suele quedar un gato en la barriga. Jamás muerde la mano que mece la cuna del PSOE en España, que es la que lo mantiene en el cargo. En política, ay Emilio, no hay plazas en propiedad. Su oficio de fiscal sí se parece al del político en que en ambos rige el principio jerárquico. Este Llera prepara a conciencia cada aparición pública con un latiguillo que evoca sus años de opositor: “Os dejo, tengo que estudiarme el tema”.

Siempre lleva encima dos o tres paquetes de tabaco rubio de diferentes marcas. A sus colaboradores más directos los sitúa a su mismo nivel, no fuerza esa estética del séquito que gusta tanto a otros consejeros. Tiene un despacho oficial en la Gavidia y una mesita alta en la terraza del Oriza, donde sigue tomando la copita de manzanilla, marca Solear, muchos mediodías de clima apacible (¿Lo de siempre, don Emilio?). Los dueños de los bares, por cierto, llaman a esas mesas altas los quitamiedos de la hostelería, porque la gente cree que la consumición es más económica que en un velador tradicional con asientos. No es el caso de este pacense, que se nota que no es de Sevilla en que suele desenfundar el primero a la hora de pagar en un bar. Es de la vieja escuela, de los que no deja nunca que sus acompañantes abonen la cuenta.

Con Zoido se lleva muy bien. Coinciden en tener el mismo dentista, en cortar trajes en privado y en saber rematar las reuniones oficiales con la confraternidad debida. Una de las muchas veces que el entonces alcalde Zoido reclamó la Ciudad de la Justicia en una visita al consejero Llera, éste, tras los cinco minutos de rigor en privado donde para decirle que no es posible porque no hay un duro, le espetó: “Bueno, Juan Ignacio, ahora ya podemos irnos a tomar una cerveza que se hace tarde, no?”. Y allá que bajaron al bar de la esquina a comentar los últimos chascarrillos judiciales…

Lo mejor de Llera es que nunca da la brasa con el fútbol ni con las cofradías. No gasta ni en un tema ni en el otro. Y siempre te cede el taburete, porque prefiere la verticalidad. Este vecino de Los Remedios es un gran admirador de la belleza femenina, usa los retrovisores con sutil y discreta habilidad. No va de místico ni de bendito, lo cual se agradece en la ciudad de los misticones.

La vida son recuerdos de la Extremadura donde nació. Su madre vivía en una pequeña localidad de Badajoz de apenas dos mil habitantes,un pueblo fundado por Felipe II con un precioso nombre: La Granja de Torrehermosa. Son recuerdos de sus primeros años como fiscal en Bilbao, una plaza dura en los años ochenta, en los que el País Vasco salía en los telediarios con tañidos de luto y banderas a media asta. La vida son recuerdos de sesiones preparando opositores de judicatura y fiscalía junto sus amigos Julio Márquez de Prado, hoy presidente del Tribunal Superior Justicia de Extremadura, y Luis Fernández Arévalo, experto en vigilancia penitenciaria y actual fiscal jefe de Huelva. La vida son refugios estivales en algún hotel de la Costa del Sol.

Si tiene que cenar en algún lugar perdido de Andalucía, fuera ya del protocolo de los actos oficiales, le pide al camarero que le hagan una tortilla francesa. Así duerme mejor y le cuesta algo menos madrugar, porque Llera no es precisamente de los aficionados a levantarse al alba por gusto.
El fiscal no fue jefe pero gestiona todas las competencias de Justicia de Andalucía. El fiscal es doctor en Derecho, con una tesis dirigida por Víctor Moreno Catena, pero se metió en política. La vida es ver pasar la ciudad desde una mesa quitamiedos. Y en Sevilla, al final, somos pocos y todos vamos desfilando. Somos casi los mismos que en La Granja de Torrehermosa. Pero sin desenfundar los primeros al pagar.

El soldado sin batalla

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS 2
ES ese vecino amable que te encuentras en el ascensor y te hace un análisis preciso sobre la previsión del tiempo para los próximos días. Juan Espadas (Sevilla, 1966) te recuerda al detalle cuánto llovió el pasado otoño mientras busca las llaves de casa con una mano y sostiene con la otra la bolsa de Polvillo con el pan del día y una carterita con los papeles del banco donde ha hecho alguna gestión. Espadas, que tiene cierta estética de cajero hacendoso del Banco Popular, es ese amigo discreto que nunca llamaba la atención ni por exceso ni por defecto, ese amigo al que un día sus antiguos compañeros de clase vieron en Canal Sur coronado como consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio. Y justo en ese momento nadie pudo decir nada contra él por efecto de una posible envidia. Nadie. Y eso que Sevilla es muy dada a la defenestración exprés en cuanto uno de los nuestros, de los que nos encontramos en el ascensor, sale en los periódicos por algún motivo feliz. De Espadas nadie largó porque siempre se hizo perdonar sus virtudes. No caía mal. De hecho, sigue sin caer mal.

Si hubiera nacido quince o veinte años antes ya sería un respetado ex alcalde de Sevilla, porque hubiera sido ese perfil de candidato del PSOE, homologado y de catálogo, que arrasaba en los años ochenta o noventa en casi todas las circunscripciones electorales. Si fuera soldado, nunca llevaría calada la bayoneta y jamás dispararía por más que se le pusiera a tiro el más feroz enemigo. Si fuera sacerdote, sería de los de pláticas densas e interminables, y pronto se haría acreedor a un puesto en la curia diocesana por su capacidad de servicio al prelado. Si fuera atleta, su especialidad hubiera sido la marcha. De hecho, es un ciudadano de zancada larga que se lo hace pasar mal a los asesores que padecen algo de sobrepeso. Cuando va desde la Plaza Nueva hasta San Telmo para ver a La Que Manda en el PSOE, siempre quiere ir a pie por la Avenida y la Puerta Jerez. En ese rato aprovecha para ir despachando con sus concejales, como Juan Carlos Cabrera, delegado de Seguridad y Movilidad, y asesores como el director general de Emergencias, Rafael Pérez, con los que trata el número de vallas que se instalarán en Semana Santa, los cortes de tráfico por la cabalgata del Orgullo Gay o las negociaciones con la Casa Real para preparar la visita de Obama. En ese momento, el tío de los cupones que está junto al mexicano que canta en la escuálida sombra de la acera de las oficinas centrales del Santander, exhibe el aguijón:

–Míralos. Ahí van los tres fritos de calor. ¿Sabes qué te digo? Me alegro de que sufran la falta de sombra como nosotros.
–No… Van fritos los dos que van junto al alcalde, ninguno le aguanta la velocidad. Criaturas, me dan hasta sentimiento. Me los va a matar a ese ritmo.

Espadas no suele repartir abrazos ni dar ojana. Se parece más a Uruñuela que a Zoido en ese sentido. Es agradable más que chistoso. Tiene el peligro sordo de los que nunca quieren meterse en un lío. No te va a golpear, pero tampoco va dar la cara por ti si te dan un mamporro. Alguna vez ha tenido a algunos rivales del PP cogidos por donde más duele y ha preferido dejarlos políticamente vivos. No quiere broncas, porque teme el efecto boomerang más que un cofrade a un cielo panza de burra. No quiere refriegas con los ajenos ni con los propios. No mete el pie en el área jamás. No se acerca al pitón del toro nunca. Es como una locomotora antigua por una carretera de alta montaña: despacito, muy despacito, pero siempre avanzando con un chuchú adormecedor. Y al final llega a la estación de la Consejería, de la Alcaldía y ya veremos a cuál más en estos tiempos inciertos para un PSOE que no lo conoce ni la madre que lo parió, que diría uno con traje de pana que mandaba en Sevilla más que el Consejo de Cofradías.

A veces muestra un carácter que raya lo pusilánime y que ha sacado a más de un colaborador de sus casillas, pero él es así aunque desde la bancada rival siembren dudas maliciosas sobre aspectos de alguna etapa suya en empresas públicas andaluzas. Se ha guardado ciertas facturas ajenas del pasado, ciertas irregularidades graves que afectarían a protagonistas del mandato anterior, ciertos gastos legítimos pero polémicos que efectuaron sus adversarios. Todo lo ha mandado al cajón de las siete llaves. Mira al frente como un nazareno de ruan. Y punto. Si de él depende, no hiere a nadie. Tiene claro a quién no se debe molestar nunca, caso de Susana Díaz. Baste un ejemplo. Si el ínclito Pedro Sánchez acude a la Feria como secretario general del PSOE, no hay nadie del organigrama municipal para recibirle en la portada de la Feria. Ni un teniente de alcalde, ni un patrullero de la Policía Local. Jamás se puede molestar a La Que Manda, que ya se sabe cómo se las gasta con casi todos los que han sido sus rivales.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de la Trinidad donde un alumno listo, poco competitivo, prestaba mucha atención a las enseñanzas de don Florentino. Son evocaciones de un colegio donde vivía las bajadas de María Auxiliadora, los días de verbena, las competiciones en los campos de deporte y las horas de intensa convivencia con su primo Cejas o con amigos como Enrique Belloso. En la Facultad de Derecho, años después, fue delegado de alumnos, pero sin aparente perfil político, sino más bien de los que pringaban a la hora de trabajar y organizar los viajes. La verdad es que tardó cinco años en acabar Derecho, no los diez de su mentora. El mundo es así, fútbol es fútbol, y quien tardó el doble en sacar la licenciatura es quien decide la trayectoria del que la hizo en su tiempo. La vida es pasión por el Medio Ambiente desde que Fernando Martínez Salcedo le ofreció una de sus primeras oportunidades laborales. La vida es participar en los actos de los 25 años de la promoción del colegio, siendo consejero de la Junta, y apuntarse en el autobús que lleva a todo el grupo de la clase al lugar de celebración como uno más, sin distinguirse en ningún momento. Espadas, de hecho, es de los que dejan el coche oficial dos o tres calles antes de llegar al sitio de destino. La vida es entenderse a la perfección con la jerarquía eclesiástica. Siempre hace un aparte con el cardenal Amigo o con don Juan José Asenjo si coincide con alguno de ellos en un acto. Monseñor Asenjo lo conoció siendo Espadas líder de la oposición municipal. Cuentan que tras un primer encuentro con el hoy alcalde, el prelado musitó: “Ahí hay persona”. La vida es comer un bocadillo y dormir poco desde que es alcalde, es pasarlo mal cuando tiene que explicar en casa que el sábado debe oficiar una boda, o al no saber cómo quitarse de encima a los brasas que lo invaden durante una breve estancia en el bar del barrio.

Espadas está obsesionado con Málaga, convencido de que los nuevos polos de desarrollo son las costas y de que el futuro de Sevilla, sobre todo del aeropuerto de San Pablo, pasa en buena medida por una conexión rápida y eficaz con la capital costasoleña en todos los ámbitos. Espadas es a Málaga lo que Javier Arenas a Almería. ¿Recuerdan los años que el lince del PP se pasó dando barzones por la Andalucía Oriental con tal de no cruzar por la calle Sierpes? Cualquier oportunidad es buena para una reunión con Paco de la Torre en Gibralfaro o para recibirlo en el Salón Colón de Sevilla con todos los honores. Después de Málaga, dicen que la segunda obsesión de Espadas son las medidas de ahorro energético en las viviendas de nueva construcción, lo cual debe ser un asunto interesantísimo de tertulia para una cena de sábado noche… Espadas no es aburrido, pero tampoco es para pegarse por estar a su vera en la cena del alumbrao. Al término de la cena del ‘pescao’ de su primera Feria como alcalde, se levantó de la mesa para pedir una cerveza en la barra de la caseta de Emasesa. Había doble fila para suplicar la atención del camarero. Espadas aguantó su turno con paciencia de ordenanza en un Pleno de viernes por la tarde, que ya es tener paciencia… Alguien rogó al camarero: “Dale una cerveza al alcalde de Sevilla, hombre, que está aquí esperando y el hombre sólo quiere eso”. Y el camarero miró incrédulo, con cara del que siente que le están tomando el pelo. No se creyó que tuviera al alcalde delante y soltó una fresca del estilo de si este es alcalde de Sevilla, yo soy la reina de Saba.

Austero, sin concesiones ni alharacas, y con una gran memoria. Se acuerda al detalle de un artículo publicado hace años sobre los veladores, o de algún personaje del Carrión de los Céspedes de sus años mozos. También se acuerda, seguro, de que el día que se presentó en Fibes su primera candidatura a la Alcaldía, la de las elecciones 2011, no acudió nadie de la sociedad civil, tan sólo militantes de agrupaciones llegados en autobuses. El PSOE del tardoalfredismo ya no le cogía el pulso a Sevilla tras doce años de desgaste en el gobierno y con la amenaza de un Zoido arrollador, como se demostró en la noche electoral. Aquella noche, al menos, los fotógrafos captaron su abrazo afectuoso con un señor con aspecto de verdadero señor, que no tenía estética de militante exaltado, sino de ciudadano de prestigio, de los que exhibe el sosiego de la sabiduría y la humildad del verdadero intelectual. Era el catedrático de Psiquiatría Jaime Rodríguez Sacristán, pariente suyo y un fino observador de la ciudad.

Juan Espadas se ríe cuando oye críticas a la longitud de las mangas de su chaqueta o al exceso de caída de los bajos de sus pantalones. Se ríe menos cuando aparece como el alcalde que alquila los monumentos para cuchipandas, o el que ha provocado que España entera nos ponga, como siempre, de ciudadanos ociosos que nos dedicamos a participar en plebiscitos sobre la ampliación de la Feria. Pero nunca, en ningún caso, da un golpe sobre la mesa para culpar a nadie de ciertos despropósitos. Casi nunca pronuncia una palabra más alta que otra. Por eso dicen que es un gestor metido a político. De hecho, huye de asesores beligerantes. Odia las polémicas, evita el cuerpo a cuerpo. Le sientan bien los elogios de los sectores más conservadores de la ciudad. Se lleva muy bien con el portavoz de IU, el ex monaguillo Daniel González Rojas, o con el concejal Beltrán Pérez, del PP. El primer día que llegó al despacho de la Alcaldía mandó quitar el suntuoso sillón usado por todos sus predecesores: “Con tanta tachuela dorada se me estropean las chaquetas”. Mandó poner un insípido sillón de oficina. De Zoido admira lo bien que le quedan los trajes y dicen que siempre recuerda que en la toma de posesión del gobierno de los 20 concejales, Juan Ignacio le comentó en privado: “Vas a estar invitado con tu mujer a todos los actos de la ciudad, yo no voy a hacer lo que Alfredo ha hecho conmigo estos años”.

Espadas es habilidoso, porque, por ejemplo, va a pegar el mangazo de salir de Baltasar en la Cabalgata del centenario y casi nadie se ha enterado o ha opinado en contra. ¡Con lo que dudó Zoido para aceptar o no la corona de rey mago! Al final se quedó sin serlo por esa manía de la derecha de ser cautiva del que dirán.

La máquina avanza a golpe de chuchú por las pendientes pronunciadas. La zancada es larga por la Avenida. En política se trata de resistir, de disfrutar del amplio margen del tono gris, de sonreír en el ascensor, comentar el sirimiri matinal y cómo ha abierto la tarde, y de ir mientras buscando la llave adecuada en cada momento.

El hermetismo defensivo

Carlos Navarro Antolín | 29 de marzo de 2015 a las 5:00

MERCEDES ALAYA 2
EL Rey no puede tener amigos. El Príncipe tampoco. El cardenal es un príncipe de la Iglesia, luego tampoco debe tener amigos. Yel juez es un poder del Estado. La amistad, el poder y el Estado casan mal. Es una cuestión de estética. De prevención a largo plazo. De cautela. El juez debe ser cuidadoso. El que hoy está a su lado puede estar mañana enfrente. El juez decide sobre la libertad, el honor y la hacienda. Decidir continuamente sobre tres pilares fundamentales para una persona es estar en continuo ejercicio del oficio, es limitar el círculo de amistades a aquellos que estaban en la reunión antes de revestirse por primera vez con la toga. Ocurre como con el sacerdocio. Una vez ordenado, nadie ve al cura sin sotana. Una vez aprobada la oposición, todos la ven con toga, puñetas y trolley.

Mercedes Alaya (Écija, Sevilla, 1963) es de esa cofradía de personajes públicos herméticos sobre los que se crea una leyenda. Nadie conoce su voz, salvo que haya tenido que comparecer ante su mayestática figura. Alaya es una gran tímida, como Soledad Becerril, como Curro Romero. El hieratismo es una forma de ser. La timidez es una defensa. Y el hermetismo es una barrera. Si se funden el hermetismo, la timidez y el hieratismo sale porcelana cara.

La vida ha golpeado con dureza a esta magistrada. Es hija de un directivo de la empresa privada con sede en un parque industrial de la provincia y de un ama de casa que ha demostrado sobradamente su inteligencia y capacidad de sacrificio en los momentos más complicados.

Alaya, a la que algunos guardias civiles en privado llaman la muñequita, estudió en la Escuela Francesa sevillana en una breve primera etapa, para pasar a la educación pública: el colegio Cervantes y posteriormente el Instituto Cristóbal de Monroy, ambos de Alcalá de Guadaíra. Criada en los Pinares de Oromana, en un cómodo chalé con piscina, fue siempre una alumna brillante, la clásica empollona seriota, pero accesible. No contaba chistes, pero se reía con ellos. Entonces era ya celosa de su imagen. Su belleza fue reconocida en el pueblo con el título de dama de honor de la Reina Dulcinea. Una dama de honor que se enojaba con las trampas en los exámenes y en los juegos de mesa. Alguna vez se enfrentó a la salida de las clases a algún compañero aficionado a la carne de chuleta.

En la etapa final del bachilleratorecibió la primera cornada grave de su vida: el fallecimiento de su padre. Suele pasar que cuando el cabeza de familia desaparece, también lo hace la llave de la despensa. Alaya se hace mayor por imperativo de la vida. Se endurece por exigencias del guión. A la Facultad de Derecho llega conociendo ya a su actual marido, un joven procedente entonces de las aulas del San Francisco de Paula. Atrás quedan ya los años de residencia alcalareña. En la Fábrica de Tabacos es la borrega de su promoción. No quiso serlo, pero aquella chica de 17 años procedente del pueblo y recién aterrizada en la Universidad no supo oponerse.

Era una alumna que marcaba la cintura, lucía minifaldas y se solía sentar en primera fila con el mismo interés en las asignaturas de Derecho que tuvo en las enseñanzas medias. A mitad de la carrera se produce un hito que marca su vida: se queda embarazada. Los planes de estudio siguen adelante. La hoja de ruta se mantiene. Su madre asume la intendencia diaria con el bebé para que ella pueda seguir estudiando. Ni un paso atrás. Perdida la figura del padre, no queda otra que exprimir el tiempo y los recursos. Gana las oposiciones a juez –la vocación que siempre tuvo clara– en un tiempo récord:menos de dos años. Y como suele ocurrir: las oposiciones se ganan cuando el opositor tiene raza y las circunstancias de la vida son adversas. Yella tenía raza y una vida cuesta arriba.
El segundo gran golpe de su vida fue la muerte de su único hermano en accidente de tráfico. Dos muertes prematuras que marcan su carácter. Muchos de los problemas son relativizados a partir de entonces. Las previsiones de futuro para Alaya no van más allá de unos días.

Siempre ha ejercido la judicatura en destinos andaluces. Dicen que nunca ha buscado el protagonismo, pero tampoco lo ha rehuido cuando le ha venido dado por la resonancia de los casos. Esos grandes casos la han obligado a enclaustrarse más en sí misma, a fomentar la leyenda, a encapsularse como defensa ante los que le piden fotos, autógrafos, o la paran por la calle para darle ánimos. Los encausados refieren con amargura su impuntualidad en el comienzo de los interrogatorios, su pose altiva, sus preguntas tenidas por capciosas, sus formas poco delicadas y su pasión por condenar en lugar de limitarse a instruir. Incluso se quejan de que no mira a la cara y de que se sitúa física y cómodamente por encima de una pléyade habitualmente apretada de abogados y procesados. Sus admiradores aseguran que no deja nada al arbitrio, que no se guía jamás por el capricho, que es un modelo de honestidad profesional y que es celosa a la hora de fundamentarlo todo en Derecho. Si cree que alguien debe tener habitación en el hotel Don Reja, no duda en hacerle la reserva.

En privado selecciona las compañías, los lugares y el menú. La intolerancia a muchos alimentos restringe sus opciones al salir de casa. Los alimentos, mejor suaves y a la plancha. En la Feria, mucho mejor en la trastienda de las casetas, nunca en la puerta, para no exponerse en esas horas en que al personal se le aprieta una fosa nasal y sale vino por la otra. Las noches de fines de semana, con esos amigos de siempre que sí conocen su tono de voz. Ysi es por los alrededores de la Catedral, mucho mejor. También tiene la opción de disfrutar de la paz de una finca en El Castillo de las Guardas, o de alguno de los viajes al extranjero que tanto le apasionan, cuando los teléfonos móviles escupen fotos de sus largas esperas en los aeropuertos. Si las condiciones lo permiten, los papeles del juzgado pasan con ella el fin de semana.

Alaya es una magistrada de ruán porque es una persona de ruán. Un ruán con rebuscado glamour. Habla poco. Ni siquiera se caracteriza por tener muchas relaciones entre sus compañeros de profesión. Alguno fuerza desde lejos su saludo (“¡Adiós, Mercedes!”) porque sabe que le escuece tener que saludar. En eso se le nota cierta sevillanía malaje. Es crítica con la politización de la Justicia, con el Consejo General del Poder Judicial y con la pusilanimidad de muchos de sus compañeros. No soporta a los jueces con las siglas de los partidos debajo de la toga, a los que parece que deciden en función de intereses políticos. No se la ve tomar café por los alrededores de los juzgados. Alguna vez sí se le ha oído hablar en las juntas de jueces cuando alguna cuestión afecta a la organización de su trabajo.
Es capaz de estar en la barra libre de una celebración durante varias horas sin beber nada. Si acaso, en el mejor de los supuestos, pide una copa de champán. Pero la bebe con tanta parsimonia que el carbónico acaba por coger temperatura. Es entonces cuando ya no bebe más, pero se queda con la copa en la mano dándole coba. En ocasiones muy escogidas pide un cigarrillo. Pero los momentos de aparente relajación están muy calculados.

Disfruta de una preciosa casa en Nervión. El reportaje del Vanity Fayr fue un despropósito que frivolizó su imagen más aún que hacer coincidir ciertos autos con fechas clave del calendario político. A la celebración de la famosa reboda acudió el presidente del PP de Sevilla, Juan Bueno, uno de esos amigos anteriores a su condición de magistrada.

La infancia son recuerdos de Alcalá. El hieratismo es el envoltorio de la porcelana. La trolley es la sinécdoque. La vida ofrece momentos para un pitillo mientras el champán se calienta.