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El último mohicano

Carlos Navarro Antolín | 2 de abril de 2017 a las 5:00

LUIS CARLOS PERIS

EL corrector llegó a opinador con eco. El ciudadano se convirtió en personaje. El vecino del centro se fue a vivir a Triana y se volvió en cuanto pudo a intramuros. Cada pájaro a su árbol. Cada individuo a su hábitat. Hay que vivir a favor de querencia, nunca a contraestilo. Aunque haya que pagar un precio por ser como uno es. Luis Carlos Peris Zoffmann (Sevilla, 1944) ni escribe con erratas, ni entra en un bar malo, ni regala un saludo. Es fiel a su particular sota, caballo y rey. Paga gustoso la cuenta por su original modo de concebir la vida y las relaciones sociales. Como no se presenta a ningunas elecciones, las farolas se quedan sin sus abrazos como muchos de sus paisanos se quedan sin sus saludos. Un paseo a su vera por el eje de Sierpes y Tetuán es toda una experiencia. Peris no sólo no reparte ojana, sino que ejerce de malaje con gracia. Que en Sevilla te digan malaje es un elogio, como llegó a comprender con los años el obispo que vino de Tánger y se marchó como cardenal. Muchos amagos de saludos a Peris se quedan sin ser correspondidos.

–Te ha mirado ese directivo del Mercantil para saludarte
–(…)
–Y ahora aquel abogado tan conocido.
–(…)
–Ahí viene uno que por lo que veo te conoce, ¿cómo se llama?
–Ya, pequeño, ya. Pero yo no soy un saludador.

Peris tiene su particular estilo. Se puede afirmar que ha creado estilo. Su firma en la prensa es archiconocida. Lo que dice Peris de un tema tiene influencia. Por eso hasta tiene imitadores, algunos a sueldo como en ciertas tertulias de radio. Bienaventurados los imitadores. El estilo es el lenguaje. Las cuestiones delicadas son “procelosas”. El término baúl es la “cosa”. La cosa puede ser desde un elogio a la belleza femenina (“¡Cómo es la cosa!”) hasta la descripción de un menú copioso (“¡Cómo ha estado la cosa!”). Los enemigos son “imbéciles” o “cretinos”. Los indiferentes pueden llevar el antetítulo de “ciudadano” seguido de sus respectivos nombres. De aquellos que desconfía dice que son “taimados”. Y a los que están entrados en años los llama “provectos” de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia. Si un espontáneo crítico le pega la brasa hablando de fútbol dice que un “individuo se ha engorilado conmigo”. Si, en cambio, el interlocutor es un seguidor de sus crónicas y opiniones, se trata de un “partidario”. Si un amigo frecuenta muchas y muy distintas mujeres, asevera en voz baja que Fulanito es un “gran amador” o que “el tío sabe compaginar”. Si el amigo hace poco ejercicio físico, afirmará que “es un tipo feble”. Si en la barra del Cairo se ha disparado la cuenta, pega un trincherazo a la salida mientras se ajusta el abrigo: “Oye, pequeño, el Cairo ha sido hoy muy cairo, ¿no?”. Si llega a un bar y está poblado de gente con cargos, Peris dice que hay que buscar hueco “entre los próceres”. Si alguien lo somete a una conversación telefónica larga en la que el interlocutor no capta las ganas que tiene Peris por dar por terminada la conversación, dirá que “hay que ver lo que le cuesta a este tío dar el pase de pecho”. Si le pide reiteradamente la cuenta al camarero, pero éste sigue distraído, llega un momento en que Peris exclama entre la bulla de clientes: “¡Amigo! ¿Me facilita la huida?”.

Peris nunca ha dejado de llevar dentro el corrector de periódicos del Movimiento que un día fue, antes de convertirse en un escritor pulcro, sabio, enemigo de las erratas e imprecisiones. España ganó la Eurocopa del 64 con camiseta azul, las gambas no tienen pelo sino bigotes y a la una y media ya está preparado el sofrito en La Barbiana.

En el código de Peris hay que ir vestido al trabajo “como si fueras a entrevistar al cardenal a las doce”. Es tajante si dos hermanos no se parecen físicamente: “Son de la misma ganadería, pero de distinto encaste”. Bético ferviente, a veces hasta alcanzar límites difícilmente soportables, este veterano de la prensa es querido y respetado en el Sevilla F. C.. Su padre lo llevaba de niño a los dos estadios. El club de Nervión lo invita a sus principales actos sociales en el antepalco. Tiene amistad con José María del Nido, que un día lo invitó a su casa a una copa de periodistas y a su llegada le confesó al oído: “Eres el único que ha venido con corbata”. Don Manuel Clavero lo tiene en su despacho en una fotografía enmarcada en la que Peris posa junto a otras celebridades de la ciudad. Pocos como Peris, muy pocos, dominan tantos registros con tanta solvencia y con una memoria enciclopédica en la cabeza: fútbol, toros, Semana Santa, flamenco… Si Peris escribiera todo, absolutamente todo lo que sabe, si volcara en un libro todo lo que ha vivido en directo (pues no ejerce de ladrón de oído) se tambalearían tal vez los cimientos que sostienen otras firmas. Una de sus señas de identidad es que no disimula cuando alguien no encaja en sus cánones, o cuando algún comentario le toca los costados, sobre todo si se trata del tema con el que nunca se juega: el Betis. Peris es lo contrario a un agradaor. Otra seña de identidad es que busca la pureza en el lenguaje. ¿El vocablo ruan lleva tilde? “No, porque Juan no la lleva”. Y suelta unas respuestas de lógica aplastante de las que luego él mismo termina riéndose. Cierto compañero cobardón estaba un día justificando su inacción en un asunto a base de repetir que él no podía poner en peligro el “pan de sus hijos”. Tantas veces refirió el “pan de sus hijos” que Peris terció: “Deja ya lo de tanto pan que sólo tienes un hijo, joé”.

Debutó como nazareno de cirio en las Siete Palabras en 1958 en un tramo que tenía como diputado a un tal Juan Salas Tornero. Hacía 37 Miércoles Santos que no llovía. Ese día lo hizo. La cofradía se quedó en casa y el joven Peris retornó a la suya empapándose por Alfaqueque. “Niño, lo tuyo es la Virgen de los Reyes”, lo saludó su padre al verle. Algún año se vistió en Los Estudiantes, pero ha sido más de ver las cofradías que de salir en ellas.

La vida son recuerdos de la mano de su padre que lo guió por la Semana Santa. Es viajar en el Seat 124 de Ruesga Bono camino de la redacción de Suroeste, sita en un polígono. Son evocaciones de una sólida amistad con Juan Teba, Manuel Ramírez y Chano Amador, o con Joaquín Sierra ‘Quino’. La vida es escribir el enésimo artículo sobre el tráfico de la calle Baños, sobre el sentido litúrgico de la ceniza en el inicio de la cuaresma, sobre la silla vacía en Navidad, sobre los días de verano en las tierras cántabras de Trifón, sobre los bares (“abrevaderos”) que abren en agosto, o sobre aquellas camisas azules de los 20-N en blanco y negro. La vida es pasión por Barcelona, Santander, La Coruña, Vigo… Por Asturias, Madrid… La cultura geográfica de Peris es de nota. Controla con precisión dónde viajar, dónde comer y dónde dormir. Jamás verán a este parroquiano de la Puerta Real en un bar malo. Lo que tiene lo gasta en vivir bien, con intensidad y generosidad. Al cruce de La Flor de Toranzo, Enrique Becerra y Casa Moreno lo llama el “agujero negro” de la hostelería local, al que se sabe cuándo se entra, pero nunca cuándo se sale. La vida son tres actos sociales en un día, que se pueden resumir en la actividad del croquetaje.

La vida es un domingo por la mañana yendo a por el mazo de periódicos a la redacción. La vida son recuerdos de partidas de frontón y de visitas a un gimnasio del Porvenir donde compartía saludos y charlas con el entonces presidente Manuel Chaves. A Peris siempre le ha gustado hacer deporte tanto como redactar con precisión semántica y gramatical. La vida son tardes de Feria en la caseta de Enrique Fernández Asensio, el madrileño más espléndido que ha conocido Sevilla, y días del verano hispalense refugiado “bajo el Fujitsu”.

Peris es como una casa sevillana: con las puertas abiertas que dejan admirar un hermoso patio, pero que el propietario sólo abre en contadas ocasiones. En el fondo se recrea con el cultivo de ese halo personal de misterio, como Curro Romero en sus buenos tiempos, cuando no se prodigaba en saraos y concedía muy contadas entrevistas. Entonces Curro era más Curro. La influencia de Peris ha llegado a ser de tal intensidad que cierto periodista, entonces muy joven y sin bigote, jamás olvidará que la primera vez que entró en casa de su novia, hoy esposa, el hielo del ambiente se rompió cuando dijo que trabajaba en Diario 16. Su potencial suegro ya se relajó: “Ahí trabaja Luis Carlos Peris, ¿no?”. Y la charla se tornó distendida y se centró en los mil y un detalles del personaje. Si algo caracteriza a Peris es su capacidad para relacionarse con la gente joven y con las nuevas tecnologías. Paco Robles bautizó su artículo cotidiano en las páginas locales de Diario de Sevilla como la “media verónica del periodismo”. A un periodista que solía ir solo a los sitios porque su novia estudiaba oposiciones, le espetó un día: “¿Pero tú tienes novia de verdad, o es que ella sale menos que el Cachorro?”.

El desayuno es una tostada de aceite. La crónica de un partido es una labor de artesanía. Los libros que están bien escritos se leen “cuesta abajo”. En cuestiones de comer, tonterías las precisas. Y al escribir, florituras las justas. Firmó una serie titulada Sevillanos Gran Reserva en la que él mismo hubiera encajado como protagonista. El inolvidable Juan Moya Sanabria lo definió como “el último mohicano” de la prensa sevillana. Nacido el día del Desembarco de Normandía, pocos pueden presumir a su edad de seguir firmando artículos. Y hasta informaciones, como la de la reciente muerte de Manolo Cortés. Pocos pueden elegir a quién saludan y a quién no. La libertad, al final, no radica tanto en el dinero que cubre los riñones, sino en estar dispuesto a pagar el precio de tu particular forma de ser. Y Peris nunca ha tenido problemas en desenfundar para pagar: “Amigo, ¿me facilita la huida?”.

El Séneca hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL RUESGA

EL camarero, de riguroso batín blanco, dejó sobre la mesa una bandejita de metal plateado donde reposaba la cuenta. En el hermoso exterior llovía sobre la impresionante Piazza Navona. Roma grisácea. La nota detallaba, entre otros precios, el consumo de tres cervezas con un precio total de 21 euros. Al veterano fotoperiodista se le cambió la cara, fatigada por los días de trabajo y prisas con motivo del Consistorio convocado por Juan Pablo II para hacer cardenal a don Carlos Amigo.

–¿Cuánto cuesta entonces cada birra? Mira bien el papel.

–Siete euros, Manolo. Siete euros cada cervecita.

–¿Siete euros cada una?

–Esto es el Tre Scalini, uno de los mejores restaurantes según nos dijo Juan Salas por teléfono. Y ten en cuenta que estamos sentados y hemos cenado bien.

–Con siete euros me tomo yo cuatro o cinco cervezas en Sevilla, en Le Tremendi mientras veo la fachada de Santa Catalina. Y me sobra dinero.

Manuel Ruesga Bono (Sevilla, 1945) es un fotógrafo de larga trayectoria que tiene bien claras las cuatro reglas que funcionan en la vida y, sobre todo, en qué consiste el sota, caballo y rey en el oficio del periodismo. Es un Séneca a lo hispalense. Clasifica a los profesionales en tres categorías: “Los que se enteran, los que no se enteran y los que no se van a enterar en la vida”. Cuando hay una emergencia y el fotógrafo no ha llegado a tiempo, reprende al redactor de sucesos con una de esas obviedades que caen como una losa de hormigón sobre el interlocutor: “Escucha… A los fotógrafos nos gusta llegar a los incendios cuando hay fuego”. Si se le pide la fotografía de un detenido entrando en el juzgado, advierte con el cigarro alzado en la mano derecha y abierto el compás de las piernas: “Escucha.. Nosotros no hacemos guardia, no somos paparazzis”. Si hay que ir a un pueblo de la provincia a cubrir un suceso de última hora o un acto programado, la primera reacción es tajante, una frase casi mítica: “No tenemos coche”. Y, al final, siempre se las apaña para que la foto sea hecha.

Ruesga es un fotógrafo que tiene mucho de sabio, como corresponde a todo el que sabe más por veterano que por su profesión. Goza de la autoridad que otorgan los años y de la vitola de haber creado cierta escuela. Cae bien. Sabe estar en una entrevista larga sin hacer ruido. No se limita a disparar y marcharse. Se queda oyendo las entrevistas, escrutando a los personajes con la serenidad de un testigo mudo. Hay quien dice que Ruesga Bono tiene el arte de convertirse en un mueble en los despachos del poder durante las entrevistas periodísticas. Esa discreción, ese modus operandi, le ha abierto muchas y privilegiadas puertas, al haber participado directamente como fotógrafo a la vera del cura Javierre en el proceso de beatificación de Sor Ángela, haber retratado en innumerables ocasiones al cardenal Amigo, del que hizo la fotografía oficial de su nombramiento como tal en Roma, o haber deambulado por la Moncloa con Ana Botella en los tiempos del presidente Aznar, al que trató desde que era líder de la oposición y acudía a la sala de fiestas de Melgarejo tras aquellos mítines cargados de público de Los Remedios.

Ruesga es de ideas fijas y ritos muy establecidos. El día de la coronación de su Virgen de la Estrella soltó otra de sus sentencias: “Yo ya he hecho la foto que me faltaba en mi carrera, ya me puedo jubilar”. No se jubiló. Aún le quedaban muchos carretes por gastar. Bebió de la fuente de Raúl Cancio, por lo que su gran aportación al periodismo gráfico deportivo en Sevilla fue apostar por las imágenes sin balón, por los gestos de los futbolistas. Su gran mérito es haber ido ganando años y, al mismo tiempo, haber sabido rodearse de colaboradores mucho más jóvenes, lo que le ha permitido enseñar, ejercer la autoridad moral y, sobre todo, no oxidarse.

En 1973 le dieron un soplo:el entrenador del Sevilla, Ernst Happel, estaba tomando café en un velador de la Campana en víspera del derbi mientras el equipo estaba concentrado en un hotel por orden suya. Aquellas fotos fueron un escándalo. El técnico fue cesado.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de Triana, de un padre tremendamente bético del que salió un hijo enormemente sevillista. La vida son recuerdos de La Casa sin Balcones, un comercio donde ejercía de responsable de la sección de fotografía. La vida es una larga trayectoria por diferentes periódicos hasta que en 1999 se incorporó a Diario de Sevilla. La vida son recuerdos del 8 de marzo de 1970 en San Jacinto, donde contrajo matrimonio a la misma hora que estaba ganando el Sevilla en el estadio Santiago Bernabéu con goles de Berruezo, Blanquito y Acosta. Durante toda la ceremonia estuvo al tanto del encuentro gracias a un primo hermano. La vida es conocer en la redacción de Suroeste a Peris, con quien inauguró la serie Tercer tiempo, basada en entrevistas personales a futbolistas. Con Peris forjó una sólida amistad. Juntos inaguran siempre la Feria en la caseta de la Prensa. Y juntos hicieron la primera entrevista a un novillero llamado Pepe Luis Vázquez Silva con motivo de su debut en Alburquerque (Badajoz) y la última entrevista a Rafael Montesinos en Madrid, publicada en Diario de Sevilla.

Persona de ideas fijas, nada pretencioso, Ruesga Bono tiene el don de caerle bien a todo el mundo. Es fiel a las rutas para ir y volver de su puesto de trabajo, con parada en El Tremendo (Le Tremendi en su particular italiano), donde tiene protocolo propio: la primera cerveza se bebe de dos tragos y con la escolta de un trozo de mojama. La segunda cerveza se toma a una velocidad mucho más lenta y con otra escolta de mojama. No se puede ni se debe entrar en ningúnbar sin tener información cierta sobre la calidad de su cerveza. La antigua bodega Mayorga, en San Hermenegildo, o el Bar Mariano, del Pumarejo, son dos de sus acudideros. Amante del menudo en Triana y de la manteca colorá que se elaboraba a diario en la carnicería de la calle Trajano, le encantan los chicharrones del Mercado de la Feria. El sofá de la tienda de fotografía que tuvo en la calle Trajano era una suerte de confesionario para futbolistas de ambos equipos de los años ochenta. Allí acudían a la búsqueda de sus retratos y se pasaban las horas hablando de lo divino y de lo humano. Biosca, Salva, Casado, Diego…

Dios creó el domingo para descansar pero se olvidó de los periodistas. La vida laboral de Ruesga Bono ha estado marcada por trabajar todos los domingos. En su etapa más intensa compaginaba los partidos de fútbol con las carreras de caballos en una misma jornada. Hoy ya no resiste ver un partido del Sevilla, prefiere saber el resultado con una simple consulta al teletexto. Cuando no le gusta alguien, corta en seco: “Es un desahogao”.

Fue miembro de la junta de gobierno de su hermandad del alma, la Estrella, y fundador del grupo joven, uno de los primeros en la ciudad. Ejerció de hermano mayor de la Sacramental de San Jacinto. Abuelo de seis nietos que cumplen con la estación de penitencia y participan en la vida de la cofradía. Yhay un séptimo al que este trianero de fe contempla cada día en el nácar de la cara de la Estrella.

El día que se jubiló tomó dos decisiones trascendentales para quien no se salta sus particulares liturgias:afeitarse el bigote y dejar de fumar. Es usuario habitual de la línea de autobuses Damas durante todo el año para vigilar su Castelgandolfo particular: una casa en Matalascañas tan próxima a la valla del coto que dicen que los linces posan para este maestro de la fotografía. Siempre le esperan los nietos, como siempre le espera el jardín de la playa para ser acicalado y preparado para la temporada alta, cuando disfruta de las sardinas, que merecen otra sentencia: “Las sardinas que sean siempre de Huelva, las de Málaga son muy chicas”.

Un Domingo de Ramos se llevó la sorpresa de ir de maniguetero de la Virgen de la Estrella, un regalo providencial tras unos días de especial dureza emocional por las embestidas que la vida suele tener reservada a los que están vivos. Ha fotografiado a Juan Pablo II en cinco lugares distintos: en el Prado de San Sebastián, donde fue recibido en 1982 por la Corporación municipal; en la Capilla Real, orando ante la Patrona, donde pudo besar su anillo; en el campo de la Feria de Los Remedios durante la ceremonia de beatificación de Sor Ángela; en la Plaza de San Pedro de Roma, en el Consistorio de 2003 donde fue nombrado cardenal el arzobispo Amigo, y en Madrid cuando la canonización de Sor Ángela.

Conoció la Matalascañas sin paseo marítimo, preciosa joya de la naturaleza marcada entonces por las dunas, con barrera para entrar en la urbanización y con un público muy reducido y selecto. Se hizo amigo de Pablo Blanco y Biri-Biri. Varios premios de fotografía llevan hoy su nombre. Tiene la medalla de oro de la ciudad. Ruesga Bono es cortés sin gastar ojana. La vida es eso que ocurre entre parada y parada en El Tremendo. La vida es muy sencilla: a los incendios hay que llegar cuando hay fuego, a las personas mayores se les habla de usted, el mejor fotógrafo es el que pasa desapercibido, con la marca de la cerveza no se juega, y todos los días hay que rezarle a la Estrella, de la que un día se le oyó decir: “Todo lo que soy es por la Virgen, hasta mi profesión de fotógrafo se la debo a Ella”.