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El éxito del desorden

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2017 a las 5:00

PASCUAL GONZALEZ

LOS artistas son gentes libres que reivindican constantemente su libertad, su desorden o, mejor dicho, su particular concepto del orden. Necesitan vivir fuera de plazo, sin ventanillas en las que rendir cuentas, rehuyendo a los funcionarios, ajenos al mundo real, constituidos en su particular hábitat. Los artistas son mitad genios, mitad caprichosos. Y si el éxito los bendice, pueden resultar encandiladamente insoportables. Un compañero de oficio me confesó una vez: “El día que me jubile me quedaré sin cobrar la pensión porque se me habrá olvidado rellenar un papel”. Será que el periodismo tiene una cuota de artista al ser un oficio más que una profesión. El periodismo, al menos el bueno, tiene mucho de sobrevolar cielos turbulentos por encima de ciertas normas. Y de vivir al margen del mundo oficial aunque haya que camuflarse de vez en cuando para parecer que se está dentro, pero sin perturbar el paisaje.

Pascual González (Sevilla, 1950) es un ejemplo de éxito. Y de desorden. Es un personaje bohemio, de figura alta, en tiempos enjuta, con un punto de Quijote majara, un hombre pegado a una melena larga que visto de lejos tiene aspecto de Cautivo madrileño con largas colas de espera, un señor con gafas de cristales esféricos y voz tamizada por las horas de cante y nicotina.

Usted ve a don Ángel Peralta de paseo por Sierpes y parece que va a caballo. El Centauro de la Puebla tiene todas las hechuras de ir siempre montado. Usted ve al Litri hijo en una cena de Ernst&Young –de esas a las que invita Pepe Pérez Benítez con derecho a abrazo a ministro– y parece que el de Huelva siempre está haciendo el paseíllo. Y usted ve a Pascual González de paseo cualquier día por La Calzá, por su calle Mallén, y parece que sus brazos están pidiendo la guitarra como los del Señor de la Victoria están hoy reclamando la cruz. Hay brazos hechos para cargar la cruz y brazos hechos para abrazar la guitarra. Las hechuras de caballero rejoneador, las de torero o las de artista del cante no se pierden nunca. Las hechuras delatan.

A Pascual González, Pascuá para muchos sevillanos, lo han pasado por el quirófano para ponerle a punto la “sedienta garganta” donde vibran los Padrenuestros que Buzón le regalaba al Cristo del Amor en los versos de su pregón. A Pascual se le ve poco ahora, porque está en recuperación. Y trabajando para reaparecer con todas las de la ley. Un pajarito me ha dicho en la ciudad de los pájaros (y pájaras) que Pascual tiene una máxima: “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. Por eso sigue maquinando, esbozando letras y melodías, soñando con ese pregón imposible que guarda con las mejores pastas del mundo: unos cartones amarrados con una guita. Y hasta sigue cosechando envidias de quienes ni siquiera ahora le perdonan tener más de mil obras registradas: sevillanas, canciones, marchas cofradieras, sintonías…

Ha cantado en la Gran Manzana de Nueva York subido a una carroza en el Desfile de la Hispanidad. Ha estado en los palacios presidenciales de Doñana en un cierre de campaña ochentera de Felipe González. Se ha quedado cientos de veces dormido encima del folio en el que se hizo la noche mientras trataba de buscar los duendes de la inspiración. Siempre le han molestado el ruido del día, el ring-ring del teléfono, las distracciones cotidianas. El desorden ha sido el abono de su particular huerta, hasta que el problema de garganta, con su operación, lo ha vuelto un ciudadano ordenado, formal, impetuoso, disciplinado. De aquellos días en el Hospital Macarena, cuando se comunicaba por escrito con médicos y familiares, a los días de hoy en su casa del Aljarafe, donde prepara nuevos trabajos y se comienza a ver de nuevo su perfil controlador, el de artista al que le gusta llevar las riendas de todo dentro de su particular desorden.

Un día se revistió con capa de tuno, cogió la guitarra y se marchó de España. Llegó a Dinamarca y allí se afincó. Al paso del tiempo, su madre le envió una caja que contenía chacinas y una cinta con sevillanas de Los Romeros de La Puebla. Aquel envío fue un pellizco de los que acaban con un “ya estoy yo en mi casa”. Se vino para La Calzá unos días antes de Semana Santa y hasta se vistió de nazareno de San Benito. Cuando cargaba la cruz le dio un sopitipando por el contraste de los fríos vikingos a los que ya estaba aclimatado y las fuertes calores que entonces marcaban aquellos Martes Santos. Acabó refugiado en un portal, antifaz quitado, capa enrollada, cruz apoyada en la pared: “Ay, qué malito estoy”. Y de aquel año surgió una de esas sevillanas que están en el imaginario colectivo, que son ya de la ciudad más que de Los Cantores de Híspalis: El puente te está esperando.

Pascual no tuneó el género de las sevillanas, como algunos dicen, ni las profanó, como denuncian los envidiosos. Irrumpió en el mundo de las sevillanas. Rompió los moldes, se inventó unos nuevos. Se hizo un traje a medida. Adaptó las sevillanas a su estilo con tal intensidad que volvió locos a muchos productores. Aún se recuerdan los pesares del productor suramericano de Hispavox que no concebía los textos recitados entre palo y palo de las sevillanas de San Benito.

Son las cuatro de la tarde, La Calzada en su gran fiesta… Hasta Carlos Herrera ha hecho de recitador de esos textos para televisión. Pascual recogió influencias desde Atahualpa hasta Fredy Mercury y las deja entrever en su concepto de las sevillanas. Dio un vuelco, lo cambió todo, jugó a confundir hasta que confundió e hizo de la confusión la razón de su éxito. La música y letra de Que no nos falte de ná y Somos más de veintitantos… La música de Quiero cruzar la bahía y A bailar, a bailar. Pascual es el I+D de las sevillanas, acentuando con la guitarra donde nadie acentúa, inventando estribillos y melodías distintos en cada palo, haciendo sufrir a los arreglistas… El mundillo estaba acostumbrado a El Pali, Los Marismeños y Los Romeros de la Puebla. Hasta que llegó este loco de La Calzá e incluso le dio por dedicar unas sevillanas a la Hermandad del Silencio. La junta de gobierno de aquellos años ochenta mostró sus recelos cuando se enteró por los rumores de la ocurrencia de Pascual González. Pascual, hermano de la cofradía, envió una cassette a la hermandad para que supervisaran el trabajo. La cofradía, como corresponde, contestó con su bien más preciado: el silencio. No rechazó la iniciativa, lo que equivalía a una suerte de bendición. Y sonó miles de veces la historia de que ahí viene Jesús, llevando su cruz que mira hacia el cielo…

La vida son recuerdos de un alumno universitario que obtuvo el título de Magisterio y llegó a ejercer la docencia en el colegio San Isidoro, donde tuvo de pupilo a un tal Ernesto Neyra. Pero los horarios, la disciplina laboral, no eran lo suyo. Pascual dejó la docencia por la aventura en el extranjero ya referida. La vida son recuerdos de una abuela que le enseñó la ruta por los templos de la ciudad, de la amistad de Luis Sevillano y de las horas que se pasó para componer el himno oficial del Betis. Gran aficionado a la buena mesa, sibarita en lo gastronómico, no ha dejado de ser un niño grande ni con 50 años. La vida son recuerdos de 1988, cuando hizo 120 galas en una sola temporada y, al regresar a casa, cuentan con humor que su hija abrió la puerta y se oyó: “Mamá aquí hay un hombre que dice que es papá”. Por aquel entonces, Pascual vivía en el autobús, de ciudad en ciudad, de gala en gala. La vida son programas de televisión, escribir canciones para un sinfín de cantantes, desde Paloma San Basilio hasta Massiel. La vida es un ego disparado que ha sido el motor de su vida. La vida es tal desorden que la Guardia Civil lo paró un día que conducía hacia Herrera, donde estaba anunciada la actuación del Sevilla reza cantando. El agente le pidió todos los papeles, se fue a la motocicleta, consultó por radio, volvió al coche y le dijo: “¿Usted tiene carnet de conducir de verdad?”. Pascual respondió: “Sí, señor. Se lo he dado”. “No, esto que usted me ha dado lleva once años caducado”, zanjó el guardia. Y el multazo fue de aúpa.

El locutor Carlos Herrera asistió un día al Sevilla reza cantando en el antiguo Teatro Imperial. Al término de la gala entró en el camerino y le dijo: “¡Bigotes! Te voy a mangar dos o tres cositas para mi Pregón”.

Si estuvo con Felipe en Doñana, también conoció a Rajoy en la Feria de Abril catalana. La vida cotidiana es un traje oscuro y una corbata estrecha que luce vaya donde vaya. Atrás quedaron los días de cajetillas de Winston y Marlboro, las jornadas del desorden, las noches de encuentros y desencuentros con la inspiración. “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. La vida es hoy orden, orden y orden por imperativo de la salud. Algunos hoy siguen sin perdonarle el éxito. El puente siempre espera a este loco de la Calzá que se hartó de vender discos con la capa almidoná de su osadía. A este caballero de la calle Mallén, cuyos brazos siempre esperan la guitarra como el Nazareno la cruz, le pusieron una calle, pero no le han dado el Pregón de la Semana Santa. Pascual sin guitarra parece que va desnudo. Pascual callado es un nazareno del Silencio, la cofradía ordenada en la que un día quiso inscribirse quien lo debe todo al cante y al baile, a la jarana y a la bohemia. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones. Y el silencio es parte de la música, como los espacios en blanco lo son de la escritura.

El cura monárquico en Bellavista

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

PEDRO YBARRA
ESTANDO en su casa de los Estados Unidos, el profesor Márquez Villanueva, invitado a recordar su infancia sevillana, acertó a decir por teléfono en un arranque muy meditado: “Nací en una casa de la calle Oriente que hoy no existe”. La importancia del lugar, el poder de la referencia, la posibilidad de retornar al sitio exacto de aquellos maravillosos años ya no existía más que en el altillo de los recuerdos donde se emite, cargada de interferencias y salpicaduras, la película de Super8 sin más sonido que el tableteo del proyector. Muchos sevillanos han visto cómo la piqueta derriba casas, crujías, patios, arquerías, corrales… Y se levantan bloques de viviendas, áticos retranqueados, adosados y hasta casas modernas en el centro con la careta de fachadas viejas. Pero no siempre el truco (¿o trato?) de guardar la fachada sirve. Un edificio son sus inquilinos, es el uso que tiene, es la historia de sus dueños que se conserva en las notas marginales del registro de la propiedad y las notas de las emociones vividas que se inscriben en la memoria. Un edificio puede ser la infancia de una persona, la representación de sus mejores años y hasta la vida entera. Un edificio puede ser parte de una ciudad, enclave que los siglos apuntalan y valores artísticos que lo hacen único, Entonces es cuando adquiere toda la fuerza de un símbolo. Márquez Villanueva confesó con tono apesadumbrado, con el barniz pausado de la melancolía, que la casa de su infancia no existía. Estaba la ciudad, estaba la calle, estaban en otros sitios los vecinos, pero no estaba la casa. El símbolo se había esfumado.

Pedro Ybarra Hidalgo (Sevilla, 1931) es un cura que un día sufrió mucho por la pérdida de un símbolo, de un edificio que ha marcado a una generación de sacerdotes. No se perdió por la piqueta, pero sí por una venta maquillada como pacto de cesión institucional. El cura Perico, como le llaman con todo cariño quienes así pueden llamarlo, es el último de San Telmo, el edificio vendido a la Junta de Andalucía en la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico aprobada por la Santa Sede en Europa “en muchísimos años”, como recordada el cura Benigno García Vázquez. El arzobispo Amigo realizó una ronda de consulta entre los sacerdotes más vinculados al entonces seminario metropolitano. Pedro Ybarra lo ha sido todo entre aquellas paredes: de estudiante a rector. Se mostró contrario a la venta. Cien años llevaba San Telmo siendo escuela de sacerdotes. Y debía seguir siendo de la Iglesia, como pensaban otros ilustres de la diócesis como Gil Delgado. Pero Don Carlos tenía claro que la venta era la salvación económica de la Diócesis, pues el mantenimiento de San Telmo era el agujero de unas cuentas maltrechas, la pesadilla del ecónomo. El clero local se dividió entre favorables a la venta y contrarios a ella. El cura Perico no estaba para paños calientes, se expresó abiertamente en contra. Venía de vivir los años del tardofranquismo y la Transición en plazas hostiles como Morón de la Frontera y Bellavista, haciendo hueco en la sacristía a los sindicalistas perseguidos, atendiendo como feligresa a la madre de un tal Felipe González, estando junto a los obreros del campo… Venía de vivir un Concilio Vaticano II donde se estaba a favor de la libertad sindical. Ybarra, de familia selecta, monárquico sin fisuras, con estudios en Derecho y viajes frecuentes al extranjero, supo interpretar a la perfección aquellos años. Nunca fue un rojo, pero estaba a favor de la libertad. Si el Rey quería serlo de todos los españoles, él no aspiraba más que a ser el párroco de todos: de la señora de alta sociedad y del militante clandestino de las Comisiones Obreras, del feligrés de pantalón de pinza y vuelta en los tobillos, y del de chaleco gordo de cuello alto y pantalón de pana. Venía de vivir todo aquello, con el sambenito de ser tildado rojo por los mismos que llamaban mantequilla a Gutiérrez Mellado, cuando no pudo callarse y se opuso a la venta del símbolo de sus mejores años. Y sufrió. Como jurista que fue pasante del despacho de don Juan Moya García, no entendió la modificación sustancial del testamento de la Infanta, que cedió el edificio para la formación de curas, no para despacho de Chaves, Griñán y Susana Díaz. Soñó con un San Telmo convertido en gran casa de la Iglesia, en sede de la Colombina y en residencia sacerdotal. Y ahora sufre cuando ve sus jardines restringidos al público.

Este cura alto, de voz nasalizada, nariz prominente y ojos claros, es un símbolo de la Transición en Sevilla. Como lo fueron los difuntos Bueno Monreal, Diamantino y Javierre. Pero en versión monárquica, selecta y con tres idiomas. Don Pedro ha ido al cine con Doña Pilar de Borbón en Londres, donde estudiaba inglés para la carrera diplomática que quiso hacer. Tanto ayudó a las Comisiones Obreras de aquellos años del nunca cumplido espíritu aperturista del 12 de febrero, que en el primer congreso legal del sindicato en Sevilla fue invitado a formar parte de la mesa presidencial. Declinó, pero mandó una carta de agradecimiento: “No soy comunista, jamás puedo serlo. Pero estoy a favor de la libertad sindical”. Libre se siente cuando se enclaustra en el jardín de la hacienda familiar del XVIII, Santa Eufemia, entre sus queridos cactus y plantas de todo tipo, allí donde están los naranjos de los que florece el azahar que ha de perfumar cada primavera el paso de su Virgen de la Concepción. La gran afición de este cura de 84 años son las plantas. Nunca lo fue el Rocío, al que sólo acudió un año con sotana y a caballo, un año en que debajo de su carreta sufrió cada noche el escándalo que formaban las gallinas que llevaba la hermandad de Umbrete para ir sacrificándolas por el camino.

La vida es fumar un cigarrillo Ducados en momentos muy escogidos. Es recordar la Semana Santa de la infancia desde el ventanal del Ayuntamiento reservado a su padrino, que fue alcalde y al que debe su nombre: Pedro Armero Manjón, conde de Bustillo. La vida es hacer la milicia en El Ferrol (entonces del Caudillo) y, oh casualidad, mandar vista a la izquierda cuando la tropa debía mirar a la derecha. La vida es viajar a Roma, Jerusalén, Rabat, Ginebra… Decir misa en inglés y en francés. La vida es ver llegar a Sevilla a un joven arzobispo procedente de Tánger el año de los mundiales de España y dar por cerrada una etapa y por abierta otra: “Pues ya tengo un jefe más joven que yo”. La vida es rezar la Salve con añadidos personales: “En este valle de lágrimas… y alegrías”. No sólo de pláticas vive el cura, sino de pintar, modelar en arcilla y cultivar la pasión por la Genealogía. La vida es emocionarse con Santa Cruz, la hermandad que nunca le ha dejado.

Dicen que su relación con monseñor Amigo quedó tocada después de la operación de venta del viejo palacio. Incluso hay quien precisa que el destino que le fue asignado con los años, la Parroquia de Santa Cruz, era una suerte de castigo para quien hubiera preferido un lugar más apropiado a su perfil activista y comprometido. Santa Cruz era visto como un retiro dorado. Sí, dorado como una canastilla, pero un retiro. Las malas lenguas se calmaron cuando el ya cardenal lo nombró canónigo de la Catedral. El cura Perico es un canónigo que puede presumir de ser nieto de canónigo, pues su abuelo Tomás gozó del tal consideración honorífica al ser bienhechor de la Catedral en tiempos en los que hubo que levantar nada menos que el cimborrio caído. Como canónigo dejó en evidencia a unos pusilánimes compañeros cuando propuso al Cabildo un pronunciamiento contra el aborto. El deán, que parecía ser Zapatero sin ceja arqueada, negó el debate al alegar que sólo correspondía deliberar sobre asuntos de altar y coro.

El cura de hoy, testigo de la pérdida de San Telmo y de una oleada de secularizaciones, sigue siendo largo, larguísimo, y con ese punto rebelde que lo mismo le impulsa a decir que no a la venta de un palacio que a saltarse los semáforos. Lo mismo va al cine con Doña Pilar en la City que se mezcla con el rojerío de Bellavista. Pero cuando susurra a los cactus, hay que dejarlo solo.