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El Séneca hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL RUESGA

EL camarero, de riguroso batín blanco, dejó sobre la mesa una bandejita de metal plateado donde reposaba la cuenta. En el hermoso exterior llovía sobre la impresionante Piazza Navona. Roma grisácea. La nota detallaba, entre otros precios, el consumo de tres cervezas con un precio total de 21 euros. Al veterano fotoperiodista se le cambió la cara, fatigada por los días de trabajo y prisas con motivo del Consistorio convocado por Juan Pablo II para hacer cardenal a don Carlos Amigo.

–¿Cuánto cuesta entonces cada birra? Mira bien el papel.

–Siete euros, Manolo. Siete euros cada cervecita.

–¿Siete euros cada una?

–Esto es el Tre Scalini, uno de los mejores restaurantes según nos dijo Juan Salas por teléfono. Y ten en cuenta que estamos sentados y hemos cenado bien.

–Con siete euros me tomo yo cuatro o cinco cervezas en Sevilla, en Le Tremendi mientras veo la fachada de Santa Catalina. Y me sobra dinero.

Manuel Ruesga Bono (Sevilla, 1945) es un fotógrafo de larga trayectoria que tiene bien claras las cuatro reglas que funcionan en la vida y, sobre todo, en qué consiste el sota, caballo y rey en el oficio del periodismo. Es un Séneca a lo hispalense. Clasifica a los profesionales en tres categorías: “Los que se enteran, los que no se enteran y los que no se van a enterar en la vida”. Cuando hay una emergencia y el fotógrafo no ha llegado a tiempo, reprende al redactor de sucesos con una de esas obviedades que caen como una losa de hormigón sobre el interlocutor: “Escucha… A los fotógrafos nos gusta llegar a los incendios cuando hay fuego”. Si se le pide la fotografía de un detenido entrando en el juzgado, advierte con el cigarro alzado en la mano derecha y abierto el compás de las piernas: “Escucha.. Nosotros no hacemos guardia, no somos paparazzis”. Si hay que ir a un pueblo de la provincia a cubrir un suceso de última hora o un acto programado, la primera reacción es tajante, una frase casi mítica: “No tenemos coche”. Y, al final, siempre se las apaña para que la foto sea hecha.

Ruesga es un fotógrafo que tiene mucho de sabio, como corresponde a todo el que sabe más por veterano que por su profesión. Goza de la autoridad que otorgan los años y de la vitola de haber creado cierta escuela. Cae bien. Sabe estar en una entrevista larga sin hacer ruido. No se limita a disparar y marcharse. Se queda oyendo las entrevistas, escrutando a los personajes con la serenidad de un testigo mudo. Hay quien dice que Ruesga Bono tiene el arte de convertirse en un mueble en los despachos del poder durante las entrevistas periodísticas. Esa discreción, ese modus operandi, le ha abierto muchas y privilegiadas puertas, al haber participado directamente como fotógrafo a la vera del cura Javierre en el proceso de beatificación de Sor Ángela, haber retratado en innumerables ocasiones al cardenal Amigo, del que hizo la fotografía oficial de su nombramiento como tal en Roma, o haber deambulado por la Moncloa con Ana Botella en los tiempos del presidente Aznar, al que trató desde que era líder de la oposición y acudía a la sala de fiestas de Melgarejo tras aquellos mítines cargados de público de Los Remedios.

Ruesga es de ideas fijas y ritos muy establecidos. El día de la coronación de su Virgen de la Estrella soltó otra de sus sentencias: “Yo ya he hecho la foto que me faltaba en mi carrera, ya me puedo jubilar”. No se jubiló. Aún le quedaban muchos carretes por gastar. Bebió de la fuente de Raúl Cancio, por lo que su gran aportación al periodismo gráfico deportivo en Sevilla fue apostar por las imágenes sin balón, por los gestos de los futbolistas. Su gran mérito es haber ido ganando años y, al mismo tiempo, haber sabido rodearse de colaboradores mucho más jóvenes, lo que le ha permitido enseñar, ejercer la autoridad moral y, sobre todo, no oxidarse.

En 1973 le dieron un soplo:el entrenador del Sevilla, Ernst Happel, estaba tomando café en un velador de la Campana en víspera del derbi mientras el equipo estaba concentrado en un hotel por orden suya. Aquellas fotos fueron un escándalo. El técnico fue cesado.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de Triana, de un padre tremendamente bético del que salió un hijo enormemente sevillista. La vida son recuerdos de La Casa sin Balcones, un comercio donde ejercía de responsable de la sección de fotografía. La vida es una larga trayectoria por diferentes periódicos hasta que en 1999 se incorporó a Diario de Sevilla. La vida son recuerdos del 8 de marzo de 1970 en San Jacinto, donde contrajo matrimonio a la misma hora que estaba ganando el Sevilla en el estadio Santiago Bernabéu con goles de Berruezo, Blanquito y Acosta. Durante toda la ceremonia estuvo al tanto del encuentro gracias a un primo hermano. La vida es conocer en la redacción de Suroeste a Peris, con quien inauguró la serie Tercer tiempo, basada en entrevistas personales a futbolistas. Con Peris forjó una sólida amistad. Juntos inaguran siempre la Feria en la caseta de la Prensa. Y juntos hicieron la primera entrevista a un novillero llamado Pepe Luis Vázquez Silva con motivo de su debut en Alburquerque (Badajoz) y la última entrevista a Rafael Montesinos en Madrid, publicada en Diario de Sevilla.

Persona de ideas fijas, nada pretencioso, Ruesga Bono tiene el don de caerle bien a todo el mundo. Es fiel a las rutas para ir y volver de su puesto de trabajo, con parada en El Tremendo (Le Tremendi en su particular italiano), donde tiene protocolo propio: la primera cerveza se bebe de dos tragos y con la escolta de un trozo de mojama. La segunda cerveza se toma a una velocidad mucho más lenta y con otra escolta de mojama. No se puede ni se debe entrar en ningúnbar sin tener información cierta sobre la calidad de su cerveza. La antigua bodega Mayorga, en San Hermenegildo, o el Bar Mariano, del Pumarejo, son dos de sus acudideros. Amante del menudo en Triana y de la manteca colorá que se elaboraba a diario en la carnicería de la calle Trajano, le encantan los chicharrones del Mercado de la Feria. El sofá de la tienda de fotografía que tuvo en la calle Trajano era una suerte de confesionario para futbolistas de ambos equipos de los años ochenta. Allí acudían a la búsqueda de sus retratos y se pasaban las horas hablando de lo divino y de lo humano. Biosca, Salva, Casado, Diego…

Dios creó el domingo para descansar pero se olvidó de los periodistas. La vida laboral de Ruesga Bono ha estado marcada por trabajar todos los domingos. En su etapa más intensa compaginaba los partidos de fútbol con las carreras de caballos en una misma jornada. Hoy ya no resiste ver un partido del Sevilla, prefiere saber el resultado con una simple consulta al teletexto. Cuando no le gusta alguien, corta en seco: “Es un desahogao”.

Fue miembro de la junta de gobierno de su hermandad del alma, la Estrella, y fundador del grupo joven, uno de los primeros en la ciudad. Ejerció de hermano mayor de la Sacramental de San Jacinto. Abuelo de seis nietos que cumplen con la estación de penitencia y participan en la vida de la cofradía. Yhay un séptimo al que este trianero de fe contempla cada día en el nácar de la cara de la Estrella.

El día que se jubiló tomó dos decisiones trascendentales para quien no se salta sus particulares liturgias:afeitarse el bigote y dejar de fumar. Es usuario habitual de la línea de autobuses Damas durante todo el año para vigilar su Castelgandolfo particular: una casa en Matalascañas tan próxima a la valla del coto que dicen que los linces posan para este maestro de la fotografía. Siempre le esperan los nietos, como siempre le espera el jardín de la playa para ser acicalado y preparado para la temporada alta, cuando disfruta de las sardinas, que merecen otra sentencia: “Las sardinas que sean siempre de Huelva, las de Málaga son muy chicas”.

Un Domingo de Ramos se llevó la sorpresa de ir de maniguetero de la Virgen de la Estrella, un regalo providencial tras unos días de especial dureza emocional por las embestidas que la vida suele tener reservada a los que están vivos. Ha fotografiado a Juan Pablo II en cinco lugares distintos: en el Prado de San Sebastián, donde fue recibido en 1982 por la Corporación municipal; en la Capilla Real, orando ante la Patrona, donde pudo besar su anillo; en el campo de la Feria de Los Remedios durante la ceremonia de beatificación de Sor Ángela; en la Plaza de San Pedro de Roma, en el Consistorio de 2003 donde fue nombrado cardenal el arzobispo Amigo, y en Madrid cuando la canonización de Sor Ángela.

Conoció la Matalascañas sin paseo marítimo, preciosa joya de la naturaleza marcada entonces por las dunas, con barrera para entrar en la urbanización y con un público muy reducido y selecto. Se hizo amigo de Pablo Blanco y Biri-Biri. Varios premios de fotografía llevan hoy su nombre. Tiene la medalla de oro de la ciudad. Ruesga Bono es cortés sin gastar ojana. La vida es eso que ocurre entre parada y parada en El Tremendo. La vida es muy sencilla: a los incendios hay que llegar cuando hay fuego, a las personas mayores se les habla de usted, el mejor fotógrafo es el que pasa desapercibido, con la marca de la cerveza no se juega, y todos los días hay que rezarle a la Estrella, de la que un día se le oyó decir: “Todo lo que soy es por la Virgen, hasta mi profesión de fotógrafo se la debo a Ella”.