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El capitán del buque

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL OLIVENCIA

TRAS aquel consejo de administración del Banco de España, Felipe González tuteó por primera vez a su maestro, Manuel Olivencia (Ronda, Málaga, 1929), una señal que con el tiempo se interpretó como el inicio de un nuevo periodo de relaciones entre ambos:“Oye, Manolo, tengo que hablar contigo de una cosa. Te llamaré”. Al cabo del tiempo, Olivencia se encontraba impartiendo clases en una de las aulas de la antigua Fábrica de Tabacos de Sevilla que se nutren de la potente luz del patio. Un bedel interrumpió la sesión, don Manuel tapó el micrófono, lo reclamaban para atender una llamada telefónica urgente, pero se negó a abandonar la clase. Se supo después que era requerido nada menos que por el Rey. Al terminar la clase, se marchó con tal urgencia que no pudo resolver la duda particular de un alumno: “Mañana le atiendo”. Días antes, efectivamente, había hablado con Felipe, que le explicó que su costumbre era dejar aparcados los temas que se enconaban. Y, de hecho, el nombramiento de Ricardo Bofill como comisario de la Expo’92 estaba ya lastrado por la doble polémica del rechazo de los socialistas catalanes, que no querían semejante caramelo para un notorio nacionalista, y de los socialistas andaluces como Rafael Escuredo y de los sectores más conservadores de Sevilla que no lo querían por ser catalán.

La historia ya es conocida. Olivencia dio nones, Felipe insistió en su nombramiento –pese al rechazo de Alfonso Guerra y de su cuadrilla–, le pidió que se lo pensara y acto seguido rogó la mediación del Rey, que fue quien telefoneó aquel día a la Universidad en horario lectivo y consiguió que el catedrático aceptara aquella empresa. Ya lo dice el aserto que alguna vez le han recordado a este maestro de mercantilistas en alguna tertulia distendida:“Con lo que Dios mande y el Rey ofrece, a joerse”. Publicado su nombramiento en los medios, los alumnos lo recibieron con un aplauso que el catedrático, bastante tímido, interrumpió: “Señores, no perdamos el tiempo que hay que dar clase”.

De la Expo habla poco. De Jacinto Pellón, prácticamente nada. Un día se rió cuando le contaron la historia de un vecino que se afeitó la barba para no ser confundido con aquel ingeniero montañés que se convirtió en la imagen adusta de la Expo, el hombre que cerró la venta de abonos. El recuerdo de aquellos intensos años, en general, no es precisamente dulce. Felipe, con el tiempo, le llegó a confesar:“Yo sabía que ser comisario te había costado dinero, pero no tanto”. Los años previos a la Muestra Universal se produjeron muchas fusiones de bancos que requirieron de la intervención de los despachos más potentes. Olivencia se quedó fuera de aquellas operaciones mientras trataba de sacar adelante las mil y una gestiones que generaba la Expo, unos años en los que se enfrentó a los intentos de mangoletas.Donde fluye el dinero existe la tentación. Siempre ejerció de vigilante y garante de la legalidad, pese a lo cual se tuvo que ver en el doloroso trance de declarar ante el juez Garzón. No hay mayor juez que el tiempo. Y sólo basta comprobar dónde está hoy el personaje Garzón. Y dónde Olivencia.

Como comisario de la Expo soportó los palos en la rueda de muchos miembros del PSOE andaluz, inquietos porque se estaba forjando un perfecto candidato del centro-derecha a la Presidencia de la Junta o a la Alcaldía de Sevilla. Olivencia se llegó a quejar ante el entonces todopoderoso José Rodríguez de la Borbolla de las dificultades que le estaban poniendo los socialistas andaluces.“Mi partido no te pone pegas, serán algunos de mi partido, que no es lo mismo”.

Un día estaba en Madrid explicándole al Rey las obras de la Cartuja con planos por delante. Don Juan Carlos miraba los enormes pliegos extendidos y atendía las explicaciones que el comisario le ofrecía de cada parcela hasta que se detuvo en una foto en sepia de la Exposición Iberoamericana de 1929. En la instantánea aparecía un grupo de señores a los que el Monarca fue identificando uno a uno hasta que se detuvo en uno que no reconocía. Olivencia intervino:“Señor, es mi padre, que era el comisario del Pabellón de Marruecos”. Tal era el calor en la Sevilla del 29 que la madre de Olivencia se marchó a Ronda buscando el frescor de la serranía, por eso el niño Manuel nació en Ronda. Olivencia explicó al Rey que su padre fue después el primer alcalde republicano de Ceuta, donde vivía la familia. Don Juan Carlos valoró entonces la “gran cantidad de gente de bien que trabajó para que la República saliera adelante”. Yañadió que su empeño en la Transición fue hacer lo mismo: aunar voluntades, incluso entre aquellos más reacios al proyecto común de la Monarquía parlamentaria.

Su tío Santiago lo inscribió el 25 de julio para hacerlo coincidir con su festividad, pero don Manuel nació realmente el día 24, fecha en la que celebra su cumpleaños por mucho que la inscripción registral diga que fue el 25. Lo que también dice es que se llama Manuel Santiago Olivencia, un nombre que no usa nunca, pero la Universidad de Bolonia, rigurosa y ortodoxa donde las haya, le colocó completo el nombre en su título de doctor.

Olivencia se fue de la Expo. Dimitió varias veces hasta que le aceptaron la carta. No la pisó más que en una ocasión. Fue con motivo del día de Naciones Unidas en su condición de delegado de España en la Comisión para la Codificación del Derecho Mercantil Internacional. A Peris le confesó que el día de la inauguración, el 20 de abril, estaba en Marruecos: “Entre otras cosas porque nadie se acordó de mandarme una invitación”.

Olivencia tiene una hija, Macarena, casada con Javier Arenas, padre natural de la derecha andaluza. Algunas veces se le ha oído decir con sentido del humor: “No tengo yerno, sino un hijo político”. Un día, el Rey lo sorprendió en un acto dándole dos palmadas fuertes por la espalda. Alguien terció y le dijo al Monarca: “Señor, tenga cuidado que es el suegro de Javier Arenas”. La Reina apareció en ese preciso instante, vio la cara contrariada de don Manuel y comentó: “¿Qué le pasa, Manolo?”. Y Olivencia le explicó a la Soberana: “Estoy algo enfadado, porque me acaban de presentar como suegro de Javier Arenas”. Y doña Sofía zanjó: “No se preocupe, yo el otro día iba por la calle y me identificaron como la abuela de Froilán”.

Olivencia rechazó ser magistrado del Tribunal Constitucional (TC) cuando una legión de juristas se daban tortas por el nombramiento. Recomendó a Juan Antonio Carrillo Salcedo, que también lo declinó. La plaza la ocupó finalmente el discípulo amado de don Manuel, el catedrático Guillermo Jiménez Sánchez, que llegó a ser vicepresidente del TC. Jiménez Sánchez y Rafael Illescas, catedrático de Derecho Mercantil en la Carlos III, son sus dos discípulos eminentes. De don Manuel se dice que es el maestro de la escuela del Guadalquivir y del eje del AVE, porque todas las ciudades que baña el río o que comunica la alta velocidad están pobladas de catedráticos y profesores titulares que imparten Derecho Mercantil tras haber pasado por su magisterio.

La vida transcurre aún con ajetreo entre Sevilla y Madrid, entre la casa de la acera impar de la Avenida de la Palmera, la residencia de la Ronda natal y el despacho profesional de la capital de España. No quiere dejar de vivir en Sevilla pese a que sería mucho más conveniente para sus intereses estar afincado en Madrid. Florencio es el chófer, casi un amigo personal ya, que lo lleva y lo trae para evitar la impersonalidad de los trenes. En los años que usaba el AVE, siempre se le vio trabajando tanto a la ida como a la vuelta con el mismo silencio y la misma compostura en todo momento. Un ex alumno que coincidió con él en ambos trayectos contó en una ocasión:“Yo a la vuelta ya era incapaz de hacer nada, me fui al bar, me pedí un whisky y me aflojé la corbata. Cuando regresé a mi vagón, don Manuel seguía trabajando exactamente igual que a la ida”.

Don Manuel es una silueta de abrigo azul y pelo encanecido que rara vez se ve un sarao. Nada amigo de actos sociales, mucho menos de la Feria, donde acaso pasa algunos minutos con la familia Acedo, Francisco y su mujer, para irse después a sus abonos de sillón de tendido de la Real Maestranza. Los toros le encantan. Don José Acedo Castilla, padre del citado Francisco, era uno de sus grandes amigos, miembros ambos de la tertulia sabatina de la cafetería El Coliseo, en la Puerta de Jerez. Por aquella tertulia pasaron personajes como Ángel Olavarría, García Añoveros, Juan Moya García. Alfonso de Cossío, Francisco Piñero, Joaquín Ruiz, Mariano Monzón, José María Cruz, Pedro Luis Serrera, José del Río… Olivencia sigue hoy asistiendo a esa tertulia de dos horas de duración, donde sólo se toma café y se habla de lo divino y de lo humano. El arraigo de los contertulios en el establecimiento es tal que don Manuel gestionó la Medalla de Oro del Trabajo para el camarero que se llevó años sirviéndoles con la mayor diligencia. Cuando don José Acedo estaba enfermo, Olivencia lo llamaba a diario ya estuviera en Madrid o en Nueva York.

La combinación de la cátedra con el despacho profesional le ha impedido impartir el cien por cien de las clases. Ha tenido colaboradores de lujo que le han suplido cuando ha tenido que estar en Madrid o en el extranjero. No gasta gritos cuando algo no le gusta. Todo lo más, levanta la mirada por encima de las gafas para expresar una desaprobación. A los alumnos les exige que lleven siempre a clase el Código de Comercio, como es obligado para el capitán del buque según dictaba el viejo artículo 612, párrafo segundo, un precepto ya derogado: “Serán inherentes al cargo de capitán las obligaciones que siguen […] Llevar a bordo un ejemplar de este código”. Don Manuel, siempre con el código. Y también sus discípulos, a los que enseña un principio general básico: “El jurista hace de intérprete como lo hace el músico. El músico interpreta la partitura, ustedes interpretan la ley”.

Avanzado en lo teórico, interesado por las innovaciones jurídicas, nunca anclado en normativas o enfoques superados. Dicen que en su materia jamás se quedó en los planteamientos napoleónicos, ni en los de finales del siglo XX. Su doble condición de catedrático y abogado le ha obligado a estar al día. Es muy de San Isidoro:“La teoría sin la práctica es petulancia”.

Nadie lo ha podido tener nunca por un beatón. El cardenal Amigo lo eligió para hacer una de las lecturas en la ceremonia de beatificación de Sor Ángela que presidió el Papa Juan Pablo II en el campo de la Feria. Don Carlos le preguntó en una ocasión:“¿Por qué te han nombrado comisario de la Expo?”. Y don Manuel le ofreció una respuesta muy reveladora:“Por lo mismo que usted me eligió para hacer una lectura ante el Papa, porque no soy ni del Opus ni de los jesuitas, ni de unos, ni de otros”.

La vida son lecciones de rectitud, de admiración a su maestro Joaquín Garrigues. La vida es querer estar en Sevilla y renunciar a cátedras en otras universidades tal vez más pomposas. La vida es orgullo por haber sido criado en Ceuta, de donde su hermano y él son hijos predilectos. La vida es seguir siendo seguidor del equipo de fútbol ceutí por mucho que luzca condición de bético. Suya es una sentencia que proclama muy en privado: “El virus del hincha se inocula de pequeño. Y yo cogí el del Ceuta”. La vida es comer poco, en comparación con su alumno Guillermo Jiménez Sánchez, más aficionado a los chuletones. Un día pidió una simple tortilla en uno de esos sitios de relumbrón a los que le llevó Guillermo. El camarero, un punto contrariado, respondió: “Esta casa no trabaja el huevo”. La vida es ser considerado el mayor experto en Derecho Concursal, el autor de la Ley Concursal (también conocida como la Ley Olivencia) y el redactor de preceptos de numerosos códigos de comercio de naciones extranjeras. La vida son las naranjas de la finca del Aljarafe y las tardes de toros junto a su predilecto Manuel Ricardo Torres. La vida es aguantar por dos veces la pérdida de un hijo, superar achaques graves de salud, caer, levantarse y ponerse de nuevo a trabajar. El sol sale y hay quienes tienen derecho a verle sonreír.

Pocos saben que es maestrante de Ronda por la vía del prestigio, como lo fue don Eduardo Ybarra Hidalgo de la Maestranza sevillana. Amigo de Rafael Atienza, marqués de Salvatierra. Hermano número 175 de los Estudiantes, la cofradía de la Universidad en la que ingresó el 18 de diciembre de 1960. Es un fijo de la corrida goyesca. Sus nietos le llaman “obi”, abuelo en alemán. Hubo un día que dejó de fumar. Yotro día, cuando le cerraron el puesto de los Monos, se quedó sin uno de sus sitios preferidos para el café. Escritor solvente, académico de la de Buenas Letras, aficionado al uso de la jerga taurina. Nadie se toma la última copa, ni ningún catedrático da su última lección. “La última lección está por hacer, por descubrir y por describir. En eso consiste la ciencia, toda rama de la ciencia: el saber científico es avance, progreso, marcha hacia adelante. Y ese camino no tiene fin, por fortuna”. El capitán del buque es el que manda, siempre con el código a mano. Florencio, arranque por favor, que nos vamos para Sevilla.

El andaluz inglés

Carlos Navarro Antolín | 8 de mayo de 2016 a las 5:00

LUIS URUÑUELA
EN Sevilla hay gente que sabe hablar sin voz tronante y que sabe ir vestida en tiempos de calores sin necesidad de hacer el indio, enseñar las uñas de los pies o emitir olores de autobús en hora punta. Sí, las hay. Son de una cofradía civil selecta por minoritaria. A este tipo de gente los llaman señores hasta los que tienen pinta zarrapastrosa. Es curioso. Es un ejemplo de autoexclusión inconsciente. Estos señores, como así los llama la gente, han estado incluso en la política, que hoy es un cultivo idóneo para los sin oficio, los de pensamiento epidérmico y los cautivos del titular del periódico digital que cambia cada dos minutos a golpe de f5. En Sevilla hay sevillanos que no lo parecen porque no pegan voces, no anidan en la crispación cotidiana, no tratan de colarse al subir al tranvía, no exhiben los sobacos en agosto, no descansan los pies en lo alto de un velador, dejan pasar al público en una bulla de Semana Santa y no tratan de aparentar ser catedráticos de todas las materias. Los sevillanos que no parecen serlo pueden ser quizás los mejores sevillanos, estirpe de la mejor estirpe, que diría el pregonero cursi, una especie de aristocracia que habría que proteger como linces de Doñana. Aman la ciudad, viven la ciudad, están dentro de la ciudad a todos los efectos, pero no te dan la vara cada cinco minutos, ni su intenso grado de integración impide una visión más allá de los límites del tranvía más corto del mundo.

Luis Uruñuela (Sevilla, 1937) es uno de esos sevillanos que no lo parecen. Encaja más bien en el perfil de un andaluz inglés. Un inglés andaluz en meses de abrigo y en tiempos de mercurio alto. Fue alcalde de 1979 a 1983, cuando el Ayuntamiento pagaba nóminas a gente que literalmente no aparecía nunca por su puesto de trabajo. Un Ayuntamiento en bancarrota en una ciudad por revitalizar, donde todo estaba por hacer y donde existían dos fuerzas descaradas que presionaban en sentidos opuestos. Unos no querían que nada cambiara, veían rojos peligrosos con tridentes y cuernos en cada esquina, y otros apostaban directamente por irrumpir en las instituciones, destrozar todo lo anterior, incluido lo que de bueno pudiera haber. Uruñuela fue la moderación necesaria en tiempos convulsos, en una ciudad de casitas bajas, sin instalaciones deportivas, con una Carretera de Carmona colapsada por el tráfico de Huelva y Madrid, un parque móvil donde el Seat 127 era el reyezuelo de la selva entre autobuses azules y blancos con franja roja, y todavía elegantes taxis negros con franja amarilla. Resulta curioso hoy que aquel alcalde señor fuera visto como una amenaza por los sectores conservadores, que tuviera que soportar que algunas cofradías no hicieran la parada de respeto a que están obligadas ante la presidencia de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Pero aquella ciudad no comprendía entonces que Uruñuela, procedente de los movimientos de Acción Católica, se hubiera entendido con los comunistas, como pocos años después no entendió que monseñor Amigo vendiera San Telmo al rojerío del PSOE.

Stefan Zweig dejó escrito en Momentos estelares de la humanidad que hay instantes que tienen una trascendencia irrevocable. Un “sí”, un “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” pueden cambiar de forma definitiva la vida de una persona, la de una sociedad e, incluso, la de la historia. Corría el año 1979 cuando el resultado de las elecciones municipales dejó abierta la posibilidad técnica de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda para hacerse con el control de los ayuntamientos de las capitales andaluzas. El PSOE de José Rodríguez de la Borbolla, en adelante Pepote, el PSA de Ladislao Lara y Alejandro Rojas-Marcos, y el PCE de Fernando Soto negociaban para dejar fuera de los sillones a los candidatos de la UCD de Suárez. O todo o nada. O puerta grande o enfermería. El PSOE estaba dispuesto a garantizarse la Alcaldía de todas las capitales menos la de Sevilla, la cual cedía a los andalucistas a cambio de que éstos permitieran al PSOE coger el bastón de alcalde de Granada. Un cambio de estampas en blanco y negro que hoy pasaría por un juego de tronos a todo color. Pepote andaba una tarde de negociaciones con los comunistas en la sede de la calle Teodosio cuando decidió telefonear al secretario general de su partido, Felipe González, para reclamar la bendición superior a los pactos de izquierda. Felipe dio el visto bueno a todo. No puso un pero. El socialista Rodríguez Almodóvar, cabeza de lista municipal, se tendría que conformar con la primera tenencia de Alcaldía y ceder la vara de mando al andalucista Uruñuela. Pepote tenía claro que Sevilla acabaría cayendo bajo el control del PSOE más pronto que tarde, como así ocurrió. Felipe remató aquella conversación sin ningún atisbo de pena por perder la plaza de Sevilla: “Además, Uruñuela será un buen alcalde”, sentenció. Minutos después, Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, trató de localizar a Pepote para deshacer el acuerdo. Pero Pepote no se puso al teléfono. Guerra insistió, buscó intermediarios en tiempos en los que no existía la telefonía móvil.

–Pepe, que es Alfonso, que quiere hablar contigo, que te pongas por favor.
–No me voy a poner. Ya sé lo que quiere y yo ya he hablado con Felipe.

En la trayectoria de Sevilla, de Uruñuela, del PSOE y del PSA, aquel fue un momento estelar. Si Pepote se hubiera puesto al teléfono, la probabilidad del vuelco se hubiera disparado, los acuerdos políticos podrían haberse deshecho, la historia, en fin, podría haber sido otra muy distinta. Pero dejó a Guerra esperando. Y Uruñuela comenzó una etapa de cuatro años en los que sufrió. Vivió el gran momento de recibir al Papa Juan Pablo II; pero también las zancadillas de su primer teniente de alcalde, que dicen que aprovechaba para sentarse en el sillón principal del Pleno tan pronto como Uruñuela se ausentaba por el menor motivo. A Uruñuela le dieron por todos lados: sus supuestos aliados políticos, la ciudad que no quería modificaciones sustanciales ni en su vida cultural (que era un páramo en los estertores del franquismo) ni en sus fiestas mayores. Soportó el bochorno de una caseta municipal abierta a todo el público, un público que interpretó a su particular manera el todos somos iguales de la democracia recién estrenada, y tuvo que remangarse y poner orden al año siguiente para impedir ciertos espectáculos poco edificantes bajo las lonas. El modelo de Feria actual procede en buena parte de los cambios impulsados en aquellos años.

Una decisión que refleja con nitidez el talante de este alcalde es que siguió vistiendo el frac en el cortejo de la Hiniesta, como habían hecho sus predecesores. No quiso romper con la etiqueta de mayor gala usada por los alcaldes en ciertos actos. Siempre tuvo claro que la institución estaba por encima de cualquier coyuntura y que los cambios debían ser con sosiego. Tenía quizás una visión utópica del poder. Se encontró arañas en la tesorería, por lo que no pudo pagar las subvenciones a las cofradías. Se inventó entonces el modelo que sigue hoy en uso. El Ayuntamiento no paga de forma directa, pero cede el espacio público para que las cofradías lo exploten mediante la instalación de sillas y palcos. El Ayuntamiento se libró del mochuelo y las cofradías quedaron contentas.

La infancia son recuerdos de una casa familiar donde la Semana Santa estaba ligada a San Roque y Los Negritos con cortejos de menos de 300 nazarenos. La juventud son recuerdos de una sólida amistad con Felipe González. Sus respectivos padres ya se conocían. Uruñuela tramitó los papeles para la boda de Felipe con Carmen Romero, pero no intervino como apoderado en la ceremonia, tal como aseveran algunos tratando de crear leyenda. La vida son recuerdos del SEU en la Facultad de Derecho, de un activismo dentro del régimen, nunca desde fuera. Son años de colaboración con el cardenal Bueno Monreal promoviendo foros de pensamiento donde quedó frustrado el intento de traer como invitado al discutido filósofo José Luis Aranguren. La vida es creer en una Andalucía dentro de España, un nacionalismo no excluyente y, por tanto, nunca asimilable al separatismo catalán o el vasco. La vida son recuerdos de un concejal de Cultura y Fiestas Mayores, José Luis Ortiz Nuevo, de aspecto desaliñado y que solía llegar tarde a los actos para enojo del alcalde. La vida es tener claro que en tiempos convulsos lo que se precisa, sobre todo, es que el edificio del sistema no se caiga y, en definitiva, evitar la acción de los bochincheros y alborotadores. La vida hoy es seguir al frente de la escuela universitaria que creó como centro de nuevas profesiones tras dejar la política. Si cada político en retirada fundara una empresa como la que levantaron Uruñuela y Nicolás Valero, el paro en España no abriría los teledarios. Qué poquito tiene que ver Uruñuela con el niñateo zarraspastroso de la política de hoy, las fotos de mariscadas pantagruélicas, los paseíllos por los juzgados, los papagayos del argumentario y los gabinetes que diseñan cómo hay que repartir los abrazos. La vida hoy es un palco en primera fila en la Plaza de San Francisco, único legado que le queda como alcalde, donde este inglés andaluz se mantiene de pie al paso de una cofradía de la vida donde no han faltado las cruces más dolorosas ni los cirineos más fieles.

Un tal Del Valle

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2016 a las 5:04

MANUEL DEL VALLE
DON Remondo es la calle donde siempre hace frío de enero y en los adoquines suenan las pisadas cobardes de los que huyen con pasamontañas y dejan atrás un reguero de sangre inocente. Las calles de Sevilla se van especializando de forma espontánea, con el paso de los años y la consolidación de los hábitos, sin necesidad de diseñadores de centros comerciales especializados, desubicadores, globalizados, franquiciados y carentes de la singularidad que hace a un comercio irrepetible y distinto a otro. Si Don Remondo es el frío perpetuo que hiela los interiores de la memoria y Feria es la calle que siempre conduce a la Esperanza, Córdoba es la calle de los zapatos, Trajano la de las funerarias, la Plaza del Pan donde se visten las novias, la Encarnación donde los chinos arreglan los teléfonos que se han mojado, Muñoz y Pabón donde se regatea el precio de las antigüedades, Arfe donde aquellos jóvenes de las botellonas de los años 90 se gastan ahora la nómina en gin-tonics sibaritas servidos en barra, Alcaicería donde se encarga el cartón de los capirotes, Francos donde se cortan las telas y se compran los escudos del antifaz, Regina donde el comercio pijo-progre ha encontrado su nicho… Y Capitán Vigueras es la calle de los abogados de la Transición, un despacho en blanco y negro, con gente con gafas de pasta, cuellos abiertos a lo Curro Jiménez, pantalones de pata elefante y música de Jarcha. Un despacho donde, entre otros, había un par de nombres ligados a la ciudad. En muchos círculos no hay que decir el despacho de Felipe González, Rafael Escuredo, Manuel de Valle, Antonio Gutiérrez, Ana María Ruiz Tagle y Miguel Ángel del Pino, sino simplemente se dice “el despacho de Capitán Vigueras” y basta, al igual que el cofraderío dice “en Campana”, sin artículo, o la ministra frívola dice “en Indias” para aludir al Archivo.

En aquellos días de sudores y fatigas del Rey y Suárez para encarrilar el tren de la democracia, hubo unos vecinos de Bellavista apurados con un asunto jurídico. Recurrieron a Juana, la madre de un joven abogado llamado Felipe González. Querían ser atendidos por Felipe. Pasados los días, la señora Juana se interesó por el resultado de sus gestiones. Y aquellos desorientados vecinos sentenciaron:

–Bueno, fuimos al despacho y nos atendió un tal Del Valle…

Manuel del Valle Arévalo (Sevilla, 1939) forma parte de Capitán Vigueras, dicho sin más, como la Alcaicería de la Loza podría ser la rebautizada Alcaicería de los Capirotes. El tal del Valle hizo la célebre foto de la tortilla, una instantánea sobre la que ya hay más teorías y leyendas que sobre el 23-F. Del Valle es retraído, discreto y comedido. Si fuera nazareno sería de cola y, por supuesto, de ruan. Y  eso en política es como tener contratado un seguro. No molesta al líder, luego el líder jamás lo ve como una amenaza. Y siempre hacen falta peones y alfiles en el ajedrez de la política. Como buen sevillano, administra a cuentagotas un profundo sentido del humor, que exhibe mediante cargas de profundidad sólo aptas para interlocutores sagaces. Del Valle es hermano veterano de la Cofradía de la Retranca. En una reunión de la Internacional Socialista celebrada en el Madrid de finales de los 70 fueron apareciendo líderes extranjeros, anunciados con todo bombo por la megafonía. Cuando se oyó el nombre de Carlos Andrés Pérez, el sevillano de Capitán Vigueras soltó:“¿Pero este hombre no debía estar en la cárcel?”

Pasaba fatiguitas a la hora de tirar los pasquines del PSOE en los años de la Transición, que es cuando tenía mérito lanzarlos desde la ventanilla del seiscientos, o pegar carteles con el puño y la rosa por el centro y los barrios. Hay quien sigue manteniendo que Del Valle los tiraba en la papelera más próxima y que, con la cara descompuesta, decía a los compañeros:“Yo ya he tirado los míos”. Aquellos años de juventud universitaria, de secretario de cultura y propaganda del SEU, colaboraba en Radio Vida, con sede en Trajano, donde hacía la información política internacional basada en las ediciones del rotativo francés Le Monde que compraba en Sierpes a dos pesetas, siempre y cuando los ejemplares no hubieran sido intervenidos por la censura por contener informaciones críticas con el régimen.

Hombre tan retraído como habilidoso. Pareció un buen gestor, que es mucho más importante que serlo. Ysi podía evitar cualquier decisión traumática en el desempeño de cargos públicos, la evitaba a toda costa. Como guerrista que era, logró ser presidente de la Diputación y alcalde de Sevilla. A la Plaza Nueva llegó después de que Alfonso (el político, no el restaurador de Jerez)dijera que no quería seguir contando “ni muerto” con el escritor Antonio Rodríguez Almodóvar. Hay que alabar que se marchó a su casa y a su despacho, con un breve período de tiempo inicial en que presidió una fundación. Se fue sin rechistar ni largar, sabiendo jugar a la perfección el difícil papel de ser un jarrón chino, una parte importante de la historia reciente de la ciudad, un símbolo que debe ser respetado y debe ganarse ese respeto. No se lamentó pese a que pudo pensar que se quedaba sin probar la miel del 92 después de haber puesto a punto la ciudad con el PGOU de 1987. Las encuestas de Julián Santamaría, sociólogo de cámara de Felipe y Guerra, advirtieron de que el PSOE corría el peligro de perder la mayoría absoluta en 1987. Yse perdió. Los sondeos de 1991 ya alertaban de que se perdía directamente la Alcaldía. Yapuntaban que el mejor candidato para retener el gobierno era Pepote Rodríguez de la Borbolla. Aludían después a socialistas como Luis Yáñez. El dedo de Guerra señaló a Yáñez. Y el PSOE perdió la cotizada plaza de Sevilla.

Una de su cualidades es que no ha tenido celos de ningún colaborador. No ha sido nunca hombre de acción, pero no le ha importado que en su equipo hubiera gente con impulso y decisión. El PSOE influyó mucho en las dos listas electorales con las que concurrió a las municipales, la de 1983 (mayoría absoluta) y la de 1997 (mayoría simple). Siempre permitió brillar a sus tenientes de alcalde. Tuvo un equipo de concejales solvente, con bastante más enjundia de lo que circula por la Plaza Nueva en los últimos años: Curro Rodríguez, Paco Moreno, Guillermo Gutiérrez, José Vallés, Isidoro Beneroso… Yen el Alcázar contó con Paco Mir, quien promovió junto a Manzano la retirada de la Cruz de los Caídos. Eso sí, sin que Del Valle firmara ninguna orden, porque dicho está que evitaba cualquier decisión que pudiera originar revuelo. Especialista en mandar a alguien siempre por delante y quedarse resguardado en la trinchera. Para negociar el presupuesto con el interventor Francisco Pimentel confiaba en un pujante Pepe Moya Sanabria, que era el jefe de personal del Ayuntamiento y que hoy es presidente de Persán. Ypara evitar negociar en minoría con los comunistas de Adolfo Cuéllar, si había algún asunto de especial trascendencia para la ciudad, le pedía a Manuel García, entonces edil del PP y hoy hermano mayor de la Macarena, que mediara ante Soledad Becerril para contar con los votos del Grupo Popular. En sus años como alcalde se apoyó mucho en dos funcionarios de prestigio:Mauricio Domínguez y Domínguez-Adame, experto en protocolo y en el quién es quién de la ciudad, y Pepe Contreras Rodríguez-Jurado, una suerte de jefe de la Casa Consistorial que controlaba todo lo que se cocía en el noble edificio.
Siendo alcalde vivía en un piso del Polígono San Pablo con su suegra. En los últimos y muy calurosos días de la campaña del 87 recibió en la vivienda familiar para la entrevista de rigor al periodista José Aguilar, jefe de Política de Diario 16. Pepe solicitó al alcalde un refresco para evitar el riesgo de colapso que todo sevillano padece cuando se ha expuesto al sol a primera hora de la tarde de un junio amenazador. La suegra terció: “Sólo tenemos agua”. El periodista colocó la grabadora en la mesa para comenzar la entrevista. Y se oyó de nuevo la voz de la suegra:“Cuidado no me vaya a rayar el mueble”.

Aficionado a la fotografía, Manuel del Valle tiene buen ojo para captar imágenes con la cámara y sin ella, incluidas las de la belleza femenina. No sabe bailar sevillanas. Dicen que un día de Feria junto a este veterano del PSOE puede resultar más largo que la cofradía de San Bernardo.

–¿Usted que haría si se encontrase en la Feria y sólo pudiese conversar con Manolo del Valle?
–Buscar el globo de Ecovol donde se pedían los taxis.

Apenas bebe. Acaso se moja los labios. Es el típico amigo que conviene cultivar para que se haga cargo de conducir a la vuelta los días de parranda. En ocasiones oculta la copa con una servilleta para que los pesados de guardia, de aspavientos y lengua gorda, no le controlen si de verdad está libando. Metódico y austero, un día fue invitado a almorzar en Madrid por el presidente del Senado, José Federico de Carvajal. Se limitó a pedir consomé y tortilla francesa. Con políticos así nunca habría vergonzosas fotos de mariscadas con Pantagrueles y cubiertos dispuestos en vertical.

Si hay un rasgo que define a Del Valle es su forma de saludar. Pocos aprietan la mano con tanta fuerza, casi con un punto de vehemencia que contrasta con su aspecto aparentemente frágil, con su estética de escuadra y cartabón, con su abrigo de caída perfecta a lo Antonio Ríos.

Del Valle es el triunfo de la segunda fila. Ni se ha quejado, ni ha sido dispendioso. Dicen que se libró de una posible cornada tras ciertos negocios marbellíes en San Pedro de Alcántara. Tal vez de su etapa juvenil como jugador de rugby aprendió a encajar los golpes. Su amistad con Jesús Aguirre generó un gran beneficio para Sevilla, pues supuso la apertura de la Casa de Alba hacia la ciudad. Jamás tuvo problemas con la Iglesia siendo alcalde, se entendió a la perfección con el cardenal Amigo, al que, invitado por Monteseirín, despidió en el Ayuntamiento al término de su pontificado. Tuvo una gran excepción el 23-F, cuando aguantó el tipo todo el tiempo en la sede regional del PSOE junto al secretario general, Pepote Rodríguez de la Borbolla, y el entonces consejero de Interior de la Junta de Andalucía, Antonio Ojeda, entre otros militantes, mientras otros compañeros eran gamos a la búsqueda de la frontera con Portugal.

Manuel del Valle tiene calle en Sevilla, una pedazo de Avenida cargada de colmenas de vecinos donde Sevilla se aproxima a Córdoba y se aleja de la Giralda. Aunque Del Valle no evoca más calle que Capitán Vigueras ni más vianda que la tortilla. Y, por supuesto, no se asimila al perfil del socialista de hoy ni de lejos. Al lado de algunos de los que hoy pueblan la sede de Ferraz, Manuel del Valle parecería hasta de derechas. Y siempre, siempre, tiene el aspecto de un señor de orden al que en Navidad da gusto felicitarle las pascuas y en la cola de la caja del supermercado cederla la vez.

La fe y las milhojas

Carlos Navarro Antolín | 20 de diciembre de 2015 a las 5:00

ANTONIO OJEDA
HAY obispos y cardenales que no pueden ocultar el cura de pueblo que llevan dentro por muchos oropeles que luzcan y por muchos secretarios y gentileshombres que revoloteen a su alrededor. En muchos momentos hasta se entristecen en la fría soledad del mando y buscan el calor del hogar de ese feligrés que siempre tiene un cubierto disponible para el sacerdote. Hay altos directivos de empresas a los que se rasca el Dustin multiusos y siempre aparece el espíritu del currelante que fueron en sus inicios, siempre dejando la mesa ordenada cada viernes por la tarde, con todo el material a punto para arrancar la jornada del lunes con la mayor diligencia y oficio. Hay gerentes de hospitales que, consagrados a la política sanitaria, política al fin y al cabo, echan de menos mirar a los ojos del paciente, ejercer la técnica del diagnóstico y vivir la satisfacción que proporciona la sanación del enfermo. Hay directivos de emisoras de radio que un día fueron reporteros y que hoy estudian ajustes de plantilla mientras añoran el micrófono, hay altos mandos militares encadenados a la melancolía de un despacho a los que el gusanillo de las maniobras en Cerro Muriano o Montejaque siempre provoca inquietud, el movimiento de ese gusanillo del que hablan los toreros de coleta cortada. Hay un momento en toda vida profesional que el ascenso en el escalafón supone el alejamiento de ese oficio vocacional por el que el profesional se siente realizado, alcanza la dignidad y consigue ser lo más importante: persona. La subida, ironía del destino, aleja de la vocación y supone, siempre, una aproximación a la política.
Antonio Ojeda Escobar (Escacena del Campo, Huelva, 1941) es notario de profesión, socialista de carnet por la provincia de Jaén, pues ejerció de fedatario en Villacarrillo, donde coincidió con un joven juez llamado Baltasar Garzón; y entre sus pasiones, además de la vida pública en los años más intensos y románticos de la política contemporánea española, figuran dos por notoriedad, nunca mejor dicho: la lectura y los dulces.
Un día sonó el teléfono de un importante abogado sevillano.
–Te llamo porque tú eres buen amigo de Ojeda, el notario. Es que estaba esperando un taxi en la Magdalena y me he quedado muy extrañado. He visto cómo tu amigo se ha pasado un rato largo mirando un escaparate con mucho interés, muy concentrado.
–¿Antonio? Estaría viendo si hay trencas nuevas en Derby.
–No, no… Se ha pasado veinte minutos contemplando los dulces de la confitería de al lado.
Antonio Ojeda ama los libros, el recorrido pausado por las estanterías de ensayos, tanto como las milhojas de cubierta rosa de Ochoa. Se sigue concentrando ante las páginas de un tomo sobre filosofía o pensamiento con la paciencia de un opositor. Y disecciona las milhojas con precisión de cirujano: la capita rosa para un lado, el hojaldre para otro.
El PSOE ha tenido su capellán, que era el inolvidable Manuel Benigno García Vázquez, como tiene su tabernero, Juan Robles, y como tiene su notario de referencia, que es este don Antonio que nunca ha cobrado aranceles ni a los partidos políticos, ni a hermandades, ni a congregaciones religiosas de cualquier tipo. Probablemente sea el último socialista con trenca y pantalón de pana en los días de invierno, de invierno en el calendario y de invierno para un partido que se va poco a poco calentando como el planeta, sin cumbre posible que busque acuerdos para enfriar algunos ánimos desesperados. Ojeda ha formado parte de la jet del PSOE de los años de la Transición, gente que sigue siendo leal a las siglas del partido cuando son requeridos para alguna consulta, pero que difícilmente encontrarían hoy encaje en una política controlada por los aparatos, con jovenzuelos trepando con cuchillo en boca, brincando de machito en machito, acabando la carrera de Derecho a golpe de recomendaciones, y con mucha militancia de escaso nivel cultural y de excesiva beligerancia en las redes sociales. Expresado en un brochazo: Ojeda no es hombre de esas cosas.
La política no es hoy el lugar para los hombres cultos, de espíritu inquieto, ni por supuesto para los deseosos de ganar dinero. Dijo Rajoy en el cara a cara tabernario, de serrín y colillas en el suelo, que cuando más dinero ha ganado en su vida fue en el ejercicio de su profesión: registrador de la Propiedad. El gallego ha estado siempre corto de guita, como todo político. Que le cuenten a Ojeda el coste que supuso dejar la notaría varios lustros para ser desde viceconsejero a presidente del Parlamento de Andalucía –sesión constituyente en el Alcázar incluida– pasando por senador y muchos otros cargos. Hasta que se fue para no volver. Se marchó de la política para volcarse en su profesión. No había puerta giratoria, sino un puesto de trabajo ganado en años de estudio a la luz de un flexo en la pensión. Olvidó la vida de partido.
Dicen que en los años del boom inmobiliario había que pedir la vez en una notaría con más colas que una tienda de capirotes de Alcaicería en cuaresma.
–A este hombre tiene que irle muy bien. Aquí tienen que entrar tela de jurdeles.
–Pero de donde de verdad saca es de la reventa de los paraguas olvidados…
La vida es un cinco de enero en la cola de Ochoa para recoger el roscón de reyes. Son tres abonos en el balconcillo de sombra de la plaza de toros, desde cuya baranda casi se sale por culpa de los pies clavados en el albero de José Tomás ante un torrealta. La vida es un consejo a los alumnos que prepara sin cobrar un euro: “La vida de opositor es una vida de cabrón, hay que salir de ella cuanto antes”. La vida es la admiración discreta de la belleza:en la serenidad del rostro de una mujer, en el dibujo de un cuadro hiperrealista, en el tiempo detenido de la faena a un toro. La vida es un paseo por la calle Velázquez camino de La Casa del Libro. Una larga charla con Pepote Rodríguez de la Borbolla, que para eso Ojeda es una suerte de presidente de la apócrifa Asociación de Amigos de Pepote, donde hay gente de pelaje ideológico tan variado como un encierro de Prieto de la Cal. Y la vida, ay, son tardes de Semana Santa con Juan Moya Sanabria, su director espiritual en la sombra de la amistad, como son caminos del Rocío, siempre a pie, con Pepe Moya, Jaime Artillo y El Triana.
Por muchos altos vuelos que haya dado este veterano del Derecho, compañero de aula de Felipe González y Gerardo Martínez Retamero. Por muchos despachos de ministros que haya frecuentado como máxima autoridad del notariado español, negociando nuevas leyes y ganando competencias para el gremio. Por muchas ceremonias académicas con frac que haya vivido, por muchas audiencias con pontífices romanos en las que haya estado, por muchos cargos que haya desempeñado, incluso en su amado Real Betis Balompié, y por muchas últimas voluntades de grandes personajes que haya recogido en testamento, este maestro de notarios será siempre un hombre de pueblo que se pierde por un guiso, sobre todo de garbanzos de Escacena; por la cola de toro desmenuzada, por los tacos de ibérico que sólo cortan para él en casa de Enrique Becerra, cuando la pata es casi todo hueso, que es justo cuando sale el jamón más sabroso, y por los ferrero rocher de postre de Trifón. El hombre de pueblo con trenca y gorra, con la bolsa de la Casa del Libro en una mano y la de Ochoa en la otra. El hombre de pueblo que sigue teniendo cuenta abierta en Cañete, modalidad de pago en desuso. El hombre de pueblo que abre el despacho el sábado y el domingo, como un tendero de confianza, para firmar las escrituras de urgencia, o para tomarle temas a un opositor.
La infancia son recuerdos salesianos. La juventud es la forja del opositor en la austeridad de una pensión. La madurez son las luces y sombras de la política. El libro, la fe pública, la milhoja. El PSOE, el Betis y la trenca. Oír, firmar y callar.
Ama tanto los libros, que literalmente les puso un piso. Tiene una vivienda exclusivamente dedicada a la guarda y custodia de libros. Rajoy pierde dinero en política. Ojeda nunca revendió los paraguas. El hombre camina con un leve balanceo y a la velocidad marcada de un paso de palio de cofradía seria. Por detrás, un currículum de estudio, exento de intrigas. Por delante, libros que seguir leyendo. Y en una bolsa, una bandejita de milhojas para endulzar una tarde de fútbol o, simplemente, la existencia.

La Constitución y yo

Carlos Navarro Antolín | 22 de noviembre de 2015 a las 5:00

pérezroyo
HAY quienes no se respetan a sí mismos. Tal vez se trate del precio de la autosuficiencia. En Sevilla hubo un rector que quiso echar a la Hermandad de Los Estudiantes de las dependencias que ocupa desde 1966 en la vieja Fábrica de Tabacos. Aquel rector, tan magnífico como narcisista y que ocupó el cargo de 1988 a 1992, adujo que la Universidad necesitaba espacio para los enlaces sindicales. Una mente tan preclara no encontraba metros cuadrados suficientes en un inmueble que está entre los cinco edificios civiles más grandes de Europa. ¡Y tenía que expulsar a la cofradía! En aquella larga e intensa porfía se topó con uno de los hermanos mayores más grandes, preparados e inteligentes que ha deparado la historia contemporánea de la Semana Santa, Juan Moya Sanabria, que le habló en su despacho alto y clarito: “Si yo tengo que salir del Rectorado, nos tendremos que ir los dos. Tú y yo”. Moya Sanabria invitó a diversas autoridades a la misa matutina de comunión general del Martes Santo. Por el vestíbulo del Rectorado aparecieron, entre otros, los socialistas José Rodríguez de la Borbolla y Manuel del Valle. El rector magnífico apareció esa mañana en pantalones vaqueros y botines, elementos que aparecen en el escudo de la casa civil de este personaje. Cuando se percató de la presencia de socialistas de nivel ante los pasos de la cofradía, optó por quedarse en la misa y hasta quiso dejar su rúbrica en el libro de honor de la cofradía. Fue entonces cuando Moya le entró en corto y por derecho: “¿Vas a ser capaz de firmar en este libro cuando estás haciendo todo lo posible para echarnos?”

Javier Pérez Royo (Sevilla, 1944) es el catedrático de Derecho Constitucional que estos días ha protagonizado un metisaca en su relación con Podemos, una media salida de portero que termina en gol. Toda la vida en la órbita del PSOE gracias a Amparo Rubiales, lo que le ha permitido importantes conexiones con el poder institucional socialista, para acabar quedándose definitivamente aislado. Conoce a la Rubiales desde principios de los años sesenta, cuando eran jovenzuelos inquietos a la sombra de Manuel Giménez Fernández, catedrático de Derecho Canónico que fue ministro de Agricultura de la República, que lideraba un grupo de universitarios que hacía oposición al franquismo mediante la publicación de la revista Peñafort y a través de iniciativas como la redacción de dos proyectos de ley: de responsabilidad política y de gobierno provisional. En ese grupo estaban también Felipe González, Antonio Ojeda, Guillermo Medina, Martín Maqueda, Javier del Río y Manuel Álvarez Fuentes, entre otros. A mitad de los setenta, Pérez Royo dio un giro radical. De la democracia cristiana pasó al Partido Comunista de España, en unos años de tertulias entre amigos en las que justificaba la invasión de Checoslovaquia , lo que soliviantaba incluso a Manuel Ramón Alarcón. Con el tiempo se convirtió en constitucionalista de guardia del PSOE, en rector de la Universidad, en asesor de personajes con aristas y, ya siendo profesor emérito, en buscador del calor podemita, lo que, como diría su admirado Felipe González, lo acaba situando públicamente fuera del mercado de la política, si es que no lo estaba ya en privado.

Su obsesión por distinguirse se ve a las claras en el retrato hiperrealista que le hizo Hernán Cortés para la galería de rectores de la Hispalense. Todos los rectores, tanto franquistas como de la democracia, guardan la estética académica de muceta y birrete negros. Pérez Royo prefirió ser retratado en traje gris con chalequillo, con la informalidad de un Jovellanos o de un Godoy pintados por Goya. Es curioso: Queipo se distingue en la galería de retratos de Capitanía General por ser el único que no luce sable de gala, sino el micrófono de Radio Sevilla.

Mientras amagaba con expulsar a la hermandad universitaria del Rectorado, hay que admitir que negociaba con el Arzobispado la creación del Servicio de Asistencia Religiosa Universitaria: el Sarus. Pérez Royo llegó a pronunciar una conferencia en el prestigioso ciclo Cultura y Fe con un título hoy muy actual: Ética y nacionalismos. Al término, bajó a la casa de hermandad a participar en el tradicional pescao frito que se ofrece a los ponentes. La verdad es que promovió la regulación de la presencia de la Iglesia en la Universidad. Puso al sacerdote Juan del Río, hoy arzobispo castrense, a trabajar en un borrador de regulación junto con dos altos funcionarios de la Universidad. Se alcanzó un convenio firmado por Pérez Royo y por el arzobispo Carlos Amigo. El texto de aquel convenio, que continúa vigente, ha servido de pauta para otras universidades. A pesar de algunos prejuicios propios de su ideología, aquel rector tan peculiar sabía de la importancia de no ignorar el hecho religioso en la Universidad. A monseñor Amigo le explicó al inicio de su mandato como rector que no acudiría a las solemnidades eclesiásticas, pero le rogaba con especial interés que él sí acudiera a los actos de la Universidad.

Sus alumnos de los años noventa recuerdan su estética de pantalón vaquero y zapatillas deportivas. Casi 25 años antes de que se pusieran de moda las zapatillas deportivas como calzado cotidiano, incluso con traje de chaqueta, hay que reconocer que Pérez Royo ya las usaba para enojo de los fieles al protocolo. Los alumnos también tienen grabadas algunas de sus aseveraciones: “Yo hago exámenes orales para dar nota. En los escritos, apruebo o suspendo”. Muchos estudiantes hicieron el primer oral de su vida en su despacho, bajo la atenta mirada del retrato de Rousseau. Hasta sus más críticos reconocen su brillantez como orador y su capacidad como docente, plasmada en su imprescindible manual sobre Derecho Constitucional de la editorial Marcial Pons, un libro que permite hasta entender los telediarios. Expeditivo en las formas, alguna vez generó alguna lágrima en el alumnado. Pocas veces faltaba a la clase de primera hora. En eso era serio, riguroso y puntual, no como otros catedráticos de supuesto prestigio que se dedican a la mamandurria de los viajes y congresos, orillando la docencia y la dirección de investigaciones.

Pérez Royo bramaba contra la derecha a la mínima oportunidad, después de lo cual se le veía con frecuencia en el Oriza. Se le considera padrino de una generación que tiene su alfa y omega en Pedro Cruz Villalón y Fernando Álvarez Ossorio, respectivamente.

Testigos de la escena lo recuerdan una noche de Viernes Santo, liturgia de luto y cruces veladas, sorprendido por la cofradía de San Isidoro cuando recorría la calle Francos en calzonas deportivas. Se abrió paso con toda naturalidad entre las filas de ruan y los blazers. Su perseverancia en la práctica deportiva es loable. Pérez Royo ha seguido corriendo pese a los cambios de denominación que dictan las modas o los intereses comerciales: jogging, footing o running. Todavía se le puede ver haciendo una suerte de marcha rápida a primera hora de la mañana por el Paseo de Juan Carlos I, a la vera del río. Conserva el porte altivo y cierta mirada desafiante, como cuando llegó a Sevilla Kofi Annan, secretario general de Naciones Unidas, y no esperó a ser presentado: “Hola, soy Javier Pérez Royo”.

Para muchos ha sido una pena que este comunista estricto haya tenido tanto seguidismo del poder establecido en Andalucía, rematado con el lazo morado de la aventura podemita. Siempre seguro de sí mismo, hay quienes estos días se han alegrado del resbalón que se ha llevado con los muchachos de Pablo Iglesias. Porque a poco que se pregunta, es curioso comprobar que Pérez Royo ha cultivado casi tantos enemigos como Javier Arenas. Es lo que pasa cuando se pisan callos, que no hay podólogos suficientes en el listín del seguro. Quizás no le perdonan el yoísmo, el barniz prepotente de sus opiniones, el uso del púlpito más que de la cátedra para emitir juicios. Tal vez no disculpan que haya asesorado a determinados personajes más conocidos por sus andanzas que por sus obras altruistas, con más eco en las informaciones de corrupción que por ser prohombres de la sociedad. Ahí es donde, justamente, se ha podido faltar el respeto a sí mismo: no se pueden interpretar varios papeles a la vez, no se pueden usar varias máscaras a la vez. O se es catedrático solvente y dictaminador riguroso, o se es asesor de conseguidores a la búsqueda del calor de partidos políticos de nuevo cuño a los que, desprendida la cáscara, se les ve el pelo de la dehesa, que no es otro que el tacticismo consagrado a la búsqueda del poder por el poder, la política con envoltura de Juego de Tronos, la conquista del sillón por el sillón.

Al amante del estrado, de la galería, del púlpito tertuliano, lo estaban esperando con las escopetas cargadas. El teórico del federalismo, el revelador de las verdades absolutas en los debates, ha medido mal su fuerza y ha valorado mal su posición.

El nieto de rector, el hijo de militar, el estudiante de los Maristas en la calle San Pablo, donde era voluntarioso en los partidos de fútbol; el osado rector con botines, el aspirante a personaje especial, distinto y único, el hombre que se entendió a la perfección con la jerarquía eclesiástica, ha querido quizás retornar a sus años de juventud bolchevique. Y se le han caído todas las máscaras. Uno es dueño de sus pensamientos, esclavo de sus palabras y rehén de sus bandazos.

Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.

El aparato ilustrado

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALFONSO GUERRA
DECÍA Javier Arenas que la falta o carencia de poder se nota en el número de ramos de flores que llegan al hospital al nacer un hijo. Él supo bien lo difícil que era encontrar jarrones para más de treinta ramos y lo cómodo que resultó bastantes años después hacer sitio a simplemente dos en lo alto del televisor. A Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) hace tiempo que no acude la cuadrilla a recogerlo los viernes por la tarde al aeropuerto de San Pablo. La cuadrilla es otra vara de medición del poder. El poder nunca va en soledad, por mucho que quien lo ostente se encuentre muchas veces solo. Aquellos maravillosos años de vicepresidente del Gobierno solían estar a pie de pista, como canónigos a la espera del obispo en la puerta de la Catedral, su inseparable hermano Juan, el alcalde Manuel del Valle, Miguel Ángel del Pino, el gobernador civil Alfonso Garrido y Jaime Montaner. Guerra se bajaba de aquellos aviones de Iberia con la corona en la marca de la compañía, era recibido por su particular curia socialista y comenzaba el despacho real de los asuntos de Sevilla y Andalucía. Un popular quiosquero del centro de la ciudad, con una ubicación privilegiada, se jactaba de que para mover su puesto había que pedirle permiso nada menos que a Alfonso Guerra. O tratar el asunto en el despacho que utilizaba su hermano Juan en la Delegación del Gobierno de Andalucía. Con el escándalo de Mienmano empezó para muchos a escribirse la historia del tráfico de influencias y la corrupción en España. El hermano de Guerra era tan popular en los ochenta como el uso de las hombreras o los capítulos de Falcon Crest.
Aquellos años era Guerra quien marcaba la raya de lo que estaba bien o mal en el PSOE. Aquello sí que era un aparato en toda regla. Un aparato ilustrado, que para eso Guerra venía de dirigir compañías teatrales y de atender directamente al público en su librería a principios de los años setenta, que aún hay clientes que recuerdan que, si se le dejaba, Guerra pretendía dar lecciones hasta de estructuralismo.
A los suyos daba un confuso manual de instrucciones: la raya no era estática. Se movía. Todos debían estar pendientes de la localización de la raya como hay que estar al loro de la directriz del portavoz para saber el sentido del voto. Que le pregunten por la raya a José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta de Andalucía de 1984 a 1990. En las memorias de Pepe Bono se detalla cuando ciertos socialistas le preguntaron a Guerra a qué lado quedaban ellos de la raya en plena operación de derrocamiento de Borbolla. “Eso lo digo yo en cada momento”. Incautos e insistentes ellos, preguntaron directamente dónde estaba entonces la raya: “Eso lo digo yo también en cada momento”.
Quienes lo han tratado mucho y de cerca aseguran que es el político español cuya imagen pública se ajusta menos a la real. Gana en la distancia corta, como suele ocurrir. ¿Por qué? Probablemente por la timidez que padecen una mayoría absoluta de humanos. En el tú a tú resulta educado, cordial, correcto, con chispa y cierto ingenio. Ni empalagoso, ni cortesano. Pero, ojo, esta regla se viene abajo cuando toca relacionarse con colaboradores y subordinados. Entonces la experiencia puede ser verdaderamente insoportable: “Guerra apabulla, acongoja y acojona”.
En público, en cambio, se torna ácido, desmesurado en los gestos y la palabra. Tras la aplastante victoria de 1982: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió cuando nos vayamos”. O la explicación del triunfo de la marca PSOE en las sucesivas mayorías absolutas en casi todas las citas electorales: “Presentamos a una cabra de candidato y gana la cabra”. Y en los mítines, hasta hiriente para no dejar decepcionados a quienes entonaban una petición, un grito de guerra que se convirtió en un clásico: “¡Alfonso, dales caña!” Y Guerra la daba. Basten tres ejemplos. Comparó a Soledad Becerril con Carlos IIvestido de Mariquita Pérez, conectando con esa generación de españolas que se quedó sin tener la deseada y cotizada muñeca. Trató de ridiculizar a Jaime Raynaud, candidato a la Alcaldía de Sevilla por el PP en 2003, haciendo una gracieta sobre la dificultad de pronunciar su apellido:“Suena a Renault. Ydebe ser maestrante”. Y se burló de Cristóbal Montoro, el jiennense que fue número uno por Sevilla en las generales de 2011, por no controlar el callejero de la ciudad. “Le preguntan dónde está Cabeza del Rey don Pedro y responde que en el cementerio”.
Guerra se fiaba de poca gente en sus años de mayor poder (1982-1991). A sus más allegados procuraba tenerlos bien amarrados y condicionados. La historia de siempre: el poder concede un favor de cualquier tipo y espera algo a cambio, normalmente sumisión a las directrices cotidianas, una sumisión habitualmente revestida de conceptos tan blancos como la lealtad o fidelidad, términos siempre manoseados en los partidos políticos de todo signo. Y la gente, claro, es leal hasta que deja de tener el plato lleno por mucho que aquel Guerra, vicepresidente ilustrado, tuviera gracia y diera caña.
Con los diputados del poblado grupo socialista del Congreso de aquellos años ochenta era muy cercano. Algunos aseguran hoy que los conocía a todos: “Felipe no tenía ni idea de quiénes éramos”.
Siempre ha presumido de haber leído mucho, aunque hay antiguos colaboradores que aseguran que no digería ni asimilaba bien el contenido de tanta lectura. “Felipe es mucho más esponja, absorbe lo que lee, aunque presuma menos de lectura, y es mucho más capaz de analizar la realidad en su globalidad. Guerra es poco creativo”.
Es de la extensa cofradía de sevillanos que no encaja en el estereotipo del sevillano. Coincide conArenas en tener un temor reverencial por el sevillano, quizás porque conozca bien la ciudad desde sus años de juventud tras el mostrador de su céntrica librería. En varias ocasiones se le ha visto en los toros (ay, aquel desplazamiento en el Mystere) y viendo cofradías de la Semana Santa, aunque en lugares poco recomendables como la Puerta de Jerez. Con la jerarquía eclesiástica siempre se entendió. Coincidía con Felipe en que la Iglesia proveía a la sociedad de un orden en valores, una estabilidad anhelada por cualquier gobierno. En algunos de sus viajes en AVE se le oyó criticar en privado la “manía” de Zapatero de enrabietar a los obispos y de apostar “obsesivamente” todo el progresismo de aquel primer ejecutivo del político leonés a la legalización del matrimonio homosexual.
No se le conoce una afición tan descarada y notoriamente mayor que la política, por mucho que se hayan cantado sus pinitos en teatro o sus películas, músicas o libros favoritos, ni tampoco se conocen muchos políticos capaces de sostener una conversación larga y con cierta sustancia sobre muchos temas. Tampoco se le reconocen tabernas favoritas, más allá de algún café sabatino con vistas a la Catedral, ni muchos más compañeros de paseo que Francisco Moreno.
¿Deja Guerra la vida política cuando al actual PSOE no lo conoce ni la madre que lo parió? “Algunos estamos convencidos de que muchos de los males de hoy son el efecto de las prácticas de Guerra, que creó escuela”.
No conoce más que el blanco o el negro, el conmigo o contra mí, cuando el mundo es siempre un corolario de grises y en la política de hoy sólo se perpetúan los grises. Tal vez Guerra sea el último radical del blanco o del negro en el socialismo español cuya larga trayectoria pública pueda casi pasar por un pontificado. Su retirada deja una lápida: Alfonso Guerra, dio caña y deja enemigos.