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Otro Bretón es posible

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

JAIME BRETÓN

HASTA el pasado domingo estuvo expuesto en la Plaza Nueva un antiguo autobús de Tussam de color naranja, de los que circularon por Sevilla hasta que Monteseirín los sustituyó por vehículos coloraos. O, según la terminología cursi, de color carmesí. Las nuevas generaciones no conocieron esos horripilantes autobuses cítricos de los años 90. La denominada Semana de la Movilidad ha sido en realidad la semana de recordar el tiempo vivido, como quien dice, hace un cuarto de hora. Al ver ese autobús, algunos tuvimos que decir lo que Belmonte: “La verdad es que yo he nacido esta mañana”. Parecía que de la escalinata principal del Ayuntamiento iban a bajar Soledad y Alejandro, Alejandro y Soledad, con el pacto de gobierno reeditado. Y junto a la alcaldesa estaba el niño Bretón sonriente, todopoderoso, pujante, ambicioso, arrollador desde sus tiempos de recién afiliado. Jaime Bretón Besnier (Jerez, 1966) era eso: el niño de Arenas y el niño de Soledad, era la gran promesa del centro-derecha sevillano, el joven que tenía un crédito ilimitado en los medios de comunicación, hasta que un día cambiaron las tornas como los autobuses cambiaron de color. Del rosa al amarillo, del naranja al colorao, del color del presente al sepia del ayer.

Bretón se mueve hoy en los platós de la RTVA como lo hacía en los años 90 por los despachos de la Plaza Nueva y del PP hispalense. Como pez en el agua, como barca por la ría de la Plaza de España. El hijo de un funcionario del Ministerio de Agricultura fue concejal con sólo 21 años. A partir de ahí vendría un rosario de cargos municipales: desde la portavocía del grupo político a la delegación de Fiestas Mayores, de delegado de distrito a responsable de los mercados de abasto y del cementerio. Y, también, el enlace secreto del PP con los socios de gobierno del Partido Andalucista. Cuando la alcaldesa Soledad ya no soportaba más la sombra alargada de Alejandro Rojas-Marcos, el niño Bretón era el único del PP que acudía a la copa de Navidad que el andalucista convocaba en su célebre casa de la calle Castelar, donde tantos capítulos decisivos para la ciudad se han escrito durante décadas.

Antes de ser un llanero solitario por las emisoras públicas de Andalucía, una suerte de Aroca de derechas, este Bretón vivió su orto y ocaso en el ruedo municipal y, después, una travesía tan dulce como gris en la Oficina del Defensor del Pueblo Andaluz. Su despacho de la calle Reyes Católicos, amplio y luminoso, fue un prematuro retiro dorado a la sombra del cura Chamizo.

–¿Pero Pepe es cura?
–Sí, lo es. Y escritor.
–¿Y ahora qué hace?
–Sigue en sus líos, en su ONG y con sus historias sociales.

Atrás quedó esa vida municipal que condujo a Bretón al éxito prematuro, al estrellato efímero, a la condición de pujante valor de una formación que ya sufría en Andalucía la intratable hegemonía del PSOE. Bretón se pasó diez años firmando papeles por las mañanas, expedientes de quejas de oficio de asuntos de educación, y estudiando italiano y cultivando otras aficiones por las tardes. Trabajaba en una mesa ordenada, pulcra, y con una evidente obsesión por los horarios, propia de un estilo metódico que casa mal con el caos que lastra la política de hoy. Dicen que el cura Chamizo le tendió una pequeña trampa cuando le coló entre los expedientes su dimisión como adjunto. Bretón la firmó sin prestar mayor atención.

Bretón se refugió en el Defensor para, ironías del destino, ponerse a cubierto de sus propios destellos. Se convirtió en una especie de canónigo del PP, con derecho a sitial fijo en el coro de cargos. El personal se preguntaba qué fue de aquel concejal que portaba el Pendón en las solemnidades, qué había ocurrido de puertas para adentro. Cuentan que un día perdió la ambición, se acercó al burladero del partido, pidió el estoque de matar y acabó con el toro de su etapa municipal de dos golletazos. Se terminó. Silencio. Bretón sabe tela de los silencios de Sevilla. Sí, Sevilla guardó ese silencio que es marca de la casa, sello de su heráldica. El niño Bretón se fue, se esfumó de las páginas locales de los periódicos durante un tiempo. Su inconfundible dicción en las presentaciones de los pregoneros de Semana Santa quedó para el recuerdo de los capillitas que lo tuvieron como referencia municipal. Algunas leyendas corrieron –¡cómo no!– por esa ciudad tan aficionada a la voz baja, a la fabricación de ángeles caídos. Poco más. El juguete de Arenas, de Soledad, de todo el partido, se rompió. ¿Pérdida de confianza, celos de Javié, pelusilla de Soledad? Todos miraban hacia otro lado. La despedida de los periódicos de entonces fue discreta. Clamorosamente cicatera. O notablemente discreta.

Entidades, hermandades, empresas y particulares le siguen debiendo hoy, por ejemplo, disfrutar de una caseta en la Feria. En sus tiempos de concejal no había criterios establecidos de reparto. Bretón podía adjudicarlas a dedo como antes lo había hecho el socialista Manuel Fernández Floranes.

Bretón era, es y siempre será la figura enjuta del PP de los años 90. Sigue teniendo la juventud de los eternos delfines. Goza de sitio reservado en el banco de los que un día fueron presidentes provinciales, cuenta con ese espacio acotado en las vitrinas del partido. Muchos recuerdan con agrado su facilidad para gestionar asuntos de la vida municipal, sobre todo cuando había que acelerar algún entierro en el cementerio de San Fernando y tocaba negociar con la lenta burocracia en momentos de especial delicadeza. O cuando Soledad le encargaba el muerto, nunca mejor dicho, de atender la petición de un famoso para tener un panteón propio en el camposanto.

La infancia y la adolescencia son recuerdos de las aulas del colegio Nuestra Señora del Andévalo, en la Huerta de Santa Teresa, y del Instituto Martínez Montañés, donde tenía de compañero de clase al líder del grupo musical Reincidentes. El niño Bretón era de los que se presentaban a delegado, un echado para adelante, con vocación pública desde muy pronto. La vida son evocaciones de un mozalbete de 18 años que acude a afiliarse a Alianza Popular y se convierte rápidamente en un mirlo blanco en las filas de un partido que no se caracterizaba por su capacidad para atraer jóvenes. Eran los años ochenta y este niño se hace con las riendas de Nuevas Generaciones y se inventa la entrega de premios a personajes de la sociedad civil para hacer ruido, llamar la atención de los medios. Y lo consigue. Vive la transición de la presidencia de Pedro Albert a la de Ricardo Mena-Bernal. Aquellas juventudes fueron muy influyentes para decidir quién asumiría la presidencia provincial del partido. La vida es cocinar pasta y usar mucho las princeps, preparar las cenas de casa con el inconfundible sello de un gourmet, sin excesos ni empachos, todo medido, muy calculado. Los veranos son recuerdos de la casa de su tía en Fuentebravía (El Puerto de Santa María). Y, por supuesto, la vida es apuntarse al Silencio en una época dorada para la Juventud Nazarena, la de Juan Delgado Alba como hermano mayor. En aquellos comienzos de los años 80 frecuentaban la cofradía el hoy sacerdote Pablo Colón y el hoy senador Toni Martín Iglesias.

Bretón no tiene coche. En cierta manera desprecia los automóviles. Prefiere gastar sus dineros en otras aficiones que predican un gusto loable y refinado, como las figuras para sus Nacimientos. Bretón vive la Navidad desde el verano. Prepara las Pascuas con meticulosidad. La Navidad es junto a la Semana Santa su gran pasión. Dicen que en agosto le han visto hacer compras con vistas a la Navidad. Le gusta pedirse de descanso los días previos a la Nochebuena para vivirlos con intensidad. En su casa ha organizado muchos años las visitas por grupos a su imponente Belén con estadillo horario perfectamente organizado, con derecho a merienda de productos de La Despensa de Palacio si los turnos asignados son los de media tarde.

De niño promesa a tertuliano. De expuesto en los medios de comunicación con poco más de veinte años a político refugiado en la sede del Defensor. De presidente provincial del partido a ariete de la derecha en la televisión pública andaluza. De apartado de la vida pública a ser la cuota mediática del PP en La Nuestra. De buscar gente para llenar los mítines de Aznar en Los Remedios a cerrar las puertas del auditorio de la Cartuja porque ya no se cabe. De la sede de General Polavieja a la de Rioja.

Treinta años demuestran que otro Bretón siempre es posible. Su gran mérito es haberse reinventado, aguantar más que un buzo debajo de aguas embravecidas, incluso cuando algunos amigos le reprochaban su capacidad de espera de nuevos destinos. Su ausencia de complejos le ha llevado a pedir cada vez que la ha necesitado la ayuda del partido o de amigos influyentes. El partido, esa estructura cambiante que engulle las figuras políticas y carece de memoria, lo ha repescado siempre. Pedid y se os dará, ora en un despacho de la sede regional, ora en la Diputación. El custodio de los valores del centro-derecha de los años 90 ha demostrado una capacidad notable para sobrevivir. “Vas a durar más en el PP que Jaime Bretón”, dicen algunos que lo tienen como vara de medir.

Este sibarita navegó en el barco de Álvarez Colunga. Cultiva su relación con Carlos Herrera, como la cuidó con Francisco Giménez Alemán. Tiene muchos cuadros de Juan Roldán y de Ricardo Suárez. Una vez acabó harto de estar tantos días seguidos en Florencia. La estancia de un mes en la capital italiana le resultó interminable. Saludó al Papa Juan Pablo II a los pies de la Giralda en 1993. Le tocó lidiar la crisis del Gran Poder a su paso por una Plaza de la Gavidia tomada por el golferío nocturno, precedente más próximo a la Madrugada amenazada que ha llegado a nuestros días. Tuvo un bar en Nervión junto a otros socios: el Tucker. Su figura alta, delgada y que revela ciertos achaques de espalda se ha divisado siempre como tradicional en las reuniones del PP desde hace casi veinte años. Trató mucho al recordado Alberto Jiménez Becerril, que de alguna forma lo sustituyó como figura prometedora en el Ayuntamiento hasta que cayó asesinado junto a su mujer en la calle Don Remondo, la calle donde siempre hace frío desde aquel enero de 1998.

Bretón sembró envidias cuando aparecía en los medios de comunicación por la belleza de sus belenes, por su condición de melómano, o por sus declaraciones como ex concejal, mientras otros cargos del partido se batían el cobre en los barrios. Al final la vida es ir subido a un autobús: naranja o carmesí, de concejal o de defensor, de consejero audiovisual o de asesor de la Diputación. Pero siempre subido. Y aplicar el lema de Tussam: déjate llevar. Los noventa fueron ayer. O esta mañana, como diría el Pasmo.

Un socialista en la frontera

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2016 a las 5:00

Juan Carlos Cabrera
A muchos sevillanos de orden les gusta un rojo en misa más que los picos gordos de una ensaladilla servida en un par de cucharadas bien despachadas y no con pinzas de heladería para dejar dos insípidas bolitas. Qué horripilante manía la de las pelotas ensaladilleras. Cuantísimo le gustaba a la Sevilla cofradiera de los ochenta ver a Fernández Floranes debajo del paso de misterio de San Esteban, metiendo riñones en la trabajadera bajo la ojiva imposible del Martes Santo. O admirarlo de tiros largos el Domingo de Pasión para leer con voz radiofónica las pedazos de presentaciones que escribía de los pregoneros en tiempos de Manuel del Valle, alcalde de ruan y de Semanas Santas marcadas por el estruendo del laterío callejero y los excesos de flores en los pasos. Qué gran presentador de pregoneros fue este socialista barbudo que hoy no quiere ni oír hablar de su etapa municipal. ¿Y lo que ha disfrutado la Sevilla Eterna viendo a Rosamar Prieto-Castro de mantilla en los oficios del Jueves Santo con una joyería fina, justa y medida que no se volverá a ver por las Casas Consistoriales hasta sabe Dios cuándo?

–Eso digo yo. ¿Cuándo volveremos a ver algo igual?
–Cuando el PP tenga otro gobierno con 20 concejales.
–Antes tienen que desaparecer las diputaciones provinciales, por lo menos.
–Pues entonces no veremos nunca más al PP con 20 tíos en el gobierno, miarma.

La Sevilla conservadora flirtea con el rojerío de altar y coro. Se deja cortejar. Uno del PP elogia una cofradía, concede una subvención, se pone el chaqué de O´Kean delante de un paso, pero el cofraderío se queda igual, estático, al considerar todos esos gestos amortizados. Ni fú ni fá. Pero llega un socialista con su chaqué de José Gestoso, las manguitas una mijita largas y sabiéndose sentar y levantar cuando corresponde durante la misa y, hala, se ha ganado al personal en dos minutos. ¡Vengan golpes de incensario para el rojo de carné que se sabe la liturgia! La Sevilla cofradiera trata al PSOE como al hijo pródigo. Está deseandito que vuelva al redil. Ocurrió con Manuel Marchena en sus tiempos de gerente de Urbanismo, al que el Consejo de Cofradías lo sentó en primera fila en la presentación de un cartel de Semana Santa y después le insistió en que participara en la copita en Las Lapas. Aquella presencia motivó las protestas de la entonces durísima oposición municipal del PP, que hizo al oído de los señores del Consejo la sevillanísima pregunta de quien siempre se cree en una posición superior: “¿Y el Marchena éste que hace aquí?”

–Es el que nos atiende a la primera en todo.

Juan Carlos Cabrera (Sevilla, 1965) cambia de color según el ojo que lo mira. Primero, es un rojo para los del PP. Segundo, es el militante de un partido abortista dispuesto a pactar con la extrema izquierda en varias comunidades autónomas para los miembros de la Sevilla ultraconservadora, los del aperitivo de la una en el salón adornado con cuadros de la caza del ciervo. Y tercero, es un tío de derechas para muchos de sus compañeros del PSOE, que no entienden que públicamente se confiese macareno, hable de la Esperanza y exalte la caridad. Este concejal licenciado en Derecho –en las mismas aulas con preciosos crucifijos de la Buena Muerte en las que se formó Felipe González– navega en la frontera en una ciudad muy dada a las fronteras. Las propias cofradías están en la frontera de la fe. Anda que no…

Cabrera vive días de gloria en el Ayuntamiento tras los éxitos de la Semana Santa y la Feria. Pero su trayectoria también está jalonada por baches. Cuando trabajó con el concejal Blas Ballesteros en el Instituto del Taxi, tuvo que tragarse varios sapos por efecto de la agenda díscola de aquel concejal metido después a cónsul. Aquel concejal que a veces no había aparecido a la hora del Ángelus…

Cuando Monteseirín cesó a Carmelo Gómez, Cabrera se quedó fuera del organigrama municipal hasta que, buscando posada, se le abrió la puerta de la Diputación Provincial, una institución que después tuvo que indemnizarle por despido improcedente. En 2011, por fin, fue incluido en la lista municipal del PSOE por influencia del propio Carmelo Gómez. Y en 2015 mejoró el puesto por méritos propios. Es la cara amable del gobierno en minoría de Juan Espadas, la sonrisa del régimen que dirían otros. Siempre dispuesto a contar un chiste que sea celebrado con carcajadas, todo lo contrario, por ejemplo, a los candidatos a la Presidencia del Consejo, que en vez de vivir días de gloria andan detrás de las glorias hasta en la Feria. Y alguno hasta con cara de manigueta. A uno de ellos lo vieron en la puerta de una caseta y parecía el contratado de Prosegur para no dejar pasar a las gitanas de los claveles. Vamos a reírnos una mijita, por favor, que hay vida más allá de San Gregorio.

Sigamos con Cabrera. Algún veterano del PSOE le ha advertido en privado que tenga cuidado con las Fiestas Mayores, que no son siempre una parcela amable de gestión, que debe poner los cinco sentidos en la adjudicación de las casetas y en los dineros para no llevarse disgustos. También le han dicho que se apriete los machos con el sindicato mayoritario de la Policía Local. Cometió el error de colocarse el pin de esta central el día de su toma de posesión como concejal en el Salón Colón, cuando lo prudente hubiese sido seguir el sabio consejo que Asenjo le dio al delegado diocesano de hermandades cuando debutó en el cargo: “Guarda la distancia, Marcelino, no te mimetices con las cofradías”. Eso le decimos a Cabrera: ¡Cuidado con ese sindicato, que puede traer los idus en marzo o en cualquier otro mes!

Cabrera cumplió con diligencia sus labores en los cuatro años de oposición al gobierno plano de Zoido. Junto a Moriña y Bazaga formaba el trío de capilla que arropaba a Espadas en los actos cofradieros. Se llevó bien con algunos del PP, con los que compartió veladas de cuaresma en la denominada Concordia de la Croqueta. Algunas tardes de Pleno, cuando los periodistas ya se habían ido hartos de las plúmbeas sesiones, Cabrera se sentaba en los bancos de la derecha para charlar de fútbol y cofradías con Beltrán Pérez o Rafael Belmonte mientras el altivo presidente de la sesión, Javier Landa, les miraba con su ternura habitual (por las que hilan) y las mociones políticas urgentes (risas en off) se desparramaban sin control hasta la noche.

Este socialista ha sabido capitanear la Agrupación del Casco Antiguo, permanecer leal a Espadas y exigir su puesto en la lista cuando sabía que había sumado méritos y estaba en una posición de fuerza.

La vida es teñirse las patillas cuando llega el verano. Es intentar que el alcalde se pasee por la Plaza del Salvador y se pare a tomar una cerveza entre los sevillanos para que cese en el estudio minucioso de los expedientes. La vida debería ser tener claro que a ciertos sindicalistas no se les puede combatir de frente y apelando al patriotismo (¿verdad, sheriff Cabello?). La paz social sólo existe mientras haya dinero para el pago de productividades, lo demás son amistades peligrosas. La vida es recordar, ay, cuál fue la última vez que salió de nazareno en la Macarena. Cabrera, nadie lo dude, es tan socialista por los cuatro costados como votante de Manuel García, político del PP, cuando se trata de las urnas macarenas. García, por cierto, era un concejal de derechas que se llevaba mejor con socialistas y comunistas que con sus compañeros de bancada. La vida es triunfar a la primera en la presentación del pregonero. Falta, quizás, probar su perfil de gestor cuando se haya rearmado la oposición del PP, entretenida ahora en revueltas de Twitter y a la espera de que Zoido pida la cuenta. Si para entonces sigue teniendo el mismo cartel, algún día le dirán lo que le dijo un señor muy de derechas a Rosamar: “Eres como la Virgen de San Roque, le caes bien a todo el mundo”. De lo contrario, le ocurrirá como a Fernández Floranes, al que llamaban hace años para recordar sus años de vida municipal y, siempre, siempre, parecía que se cortaba el teléfono.

El oboe y el caballo

Carlos Navarro Antolín | 29 de noviembre de 2015 a las 5:00

Francisco Javier Gutiérrez Juan
LOS consultores americanos que asumen la selección de la plantilla de una nueva empresa o la mera contratación de sustitutos por bajas temporales, se fijan cada vez más en los hobbies de los candidatos. Una persona es su currículo tanto como sus aficiones. Su vocación y sus horas de ocio. A lo Perales,pregúntenle al nominado a qué dedica el tiempo libre antes que por sus calificaciones en la Universidad. Esos americanos que siempre sos citados así, sin mayor precisión, desconfían de quienes no tienen perfiles en las redes sociales (aparecer mucho en las fotos es de chuflas, pero no salir nunca en ellas genera desconfianza) y de quienes no tienen bien definida una afición extralaboral cuando el jefe, a lo maestro de ceremonias vaticanas, entona el extra omnes. Fuera todos del currelo. ¿Y usted qué hace fuera del bufete de abogados, fuera del despacho de ejecutivo estresado, fuera de las horas en que vigila a sus empleados o una vez que echa la persiana del negocio que levantó con la indemnización recibida cuando lo botaron de la plantilla, sabiendo que en sus días ya no conocerá más plantilla que la de los zapatos?

–Nada especial.
–¿Nada?
–¿Está en facebook, tuiter o linkedin?
–No, soy muy discreto.

No hace jardinería, no se calza las zapatillas deportivas para evadirse en el Parque, no se le ve por la Casa del Libro recogiendo el pedido de un ejemplar atrasado de Muñoz Molina en cuanto ha recibido el pitido del sms, no publica fotos de los pies en la playa junto a una copa de gin premium, ni siquiera el menor atisbo de algún viaje por la ruta del románico español en la que se intuya agarrado de la mano de un niño que haga presumir una familia estable, digna de foto con marco del Ikea en el mueble minimalista del salón. Yel consultor apunta en rojo la condena que recibe todo aquel que sólo piensa en el trabajo, con tendencia a ser un workaholic: perfil de riesgo.

Francisco Javier Gutiérrez Juan (Guillena, 1968) es un músico de figura menuda como un pictolín, de silueta enjuta como un Quijote y con ese rostro levemente oscurecido como un banderillero de Joselito El Gallo. Tiene la color de una foto antigua, el rostro de un sevillano del ayer, como sacado de la confitería La Española a la hora del aperitivo, o curioseando desde el zaguán el patio del Palacio de los Sánchez-Dalp (va por usted, Nicolás Salas). Gutiérrez Juan es el director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla, un músico consagrado al I+D+i del pentagrama. Dirige la banda, investiga partituras perdidas en archivos de ciudades y pueblos, las rescata y arregla para su interpretación y, además, publica libros con los frutos de su trabajo más allá de las obligaciones propias de la batuta.

Gutiérrez Juan es lo que se conoce como un fatiga. Su especialidad es el oboe. Cocinero aventajado antes que fraile disciplinado, es maestro en el oboe antes que director de orquesta. Lleva décadas con la música, desde que ayudaba al maestro Marvizón a arreglar sevillanas de Los Romeros de la Puebla o de los Amigos de Gines hasta sacar de los nervios al personal por su exquisita meticulosidad:“¡Para, para la grabación! He oído respirar una trompeta y hay que eliminar ese sonido”.

El músico con fonendoscopio que oye los latidos de los instrumentos. El hombre de pueblo que cada día da paseos a caballo. Tiene cuadra con varias jacas. Y al galope, al trote o al paso elimina el estrés de las horas de dirección e investigación, con la única melodía acompasada de los cascos del caballo.

–¿A qué dedica el tiempo libre?
–A susurrar a los caballos.

Queda usted contratado, dijo el americano. Nervioso, sonriente y con espíritu positivo. La gente se divide en dos:los que generan toxinas, siempre hablando de sus problemas en un yoísmo patológico, y los que generan activos beneficiosos con los que se robustece todo el entorno. Como buen sevillano con brillo, para que no se rompa la tradición, está más considerado lejos de Sevilla que en la ciudad de los veladores y los ciclistas con auriculares. Su figura diminuta y cargada de vigor ha dirigido orquestas en Venezuela, Costa Rica y Estados Unidos. En Iberoamérica es reclamado para impartir lecciones magistrales, esas que los tontos de las técnicas de entrenamiento mental y otras gaitas, llaman ahora máster class. A Gutiérrrez Juan se le ha visto dirigiendo la orquesta nacional de Venezuela, blandiendo la batuta ante decenas de tíos con chandal tricolor que ponen la música oficial del régimen bolivariano. El sevillano, siempre tan caritativo y dispuesto al reconocimiento de la labor del prójimo, exclamó aquel día con ese desdén que es marca de la casa, con el sello del que se cree un ser superior con palillo en la boca: “¿Ya este hombre lo llaman para dirigir esa orquesta tan importante? Pero si yo lo veo todos los días entrar en su oficina del antiguo matadero”. Y el sevillano ignora que sí, que su vecino es a veces un científico de relumbrón, un investigador de las Ciencias Jurídicas, un emprendedor asentado en los Estados Unidos o un músico hecho a sí mismo al que varias naciones de ultramar reclaman continuamente para enriquecerse con su magisterio. Yque él, sevillano mediocre, que tira con balas de verdad contra la reputación y el currículo de la gente, es el que no ha hecho nada por la ciudad, salvo elevar el IPC verdadero de Sevilla, que es el Índice de Precios de la Cruzcampo.

Los críticos dicen que Gutiérrez Juan tiende al divismo y apuntan a que para revestir su ego tiene que ir a la planta de tallas especiales. No hay artista sin ego, pues el ego bien encauzado es el motor del progreso. Es cierto que el barniz de divo se percibe cuando ejerce de director, cuando parece un apasionado Leonard Bernstein de Guillena, cuando se enfunda el esmoquin de las grandes solemnidades. Con Antonio Silva como director de Fiestas Mayores del Ayuntamiento se entendió como Curro con Canorea. Silva sacó la banda de la entonces plúmbea área de cultura. Después, con Carlos García Lara en la dirección de las Fiestas Mayores, llegó el sablazo al Corte Inglés para sacarle esmóquines de válvula para todos los músicos de la Municipal. La banda dejó definitivamente ese papel de hermana pobre del organigrama del Ayuntamiento, de señores mayores cicateros al soplar que sólo tocaban en el Santo Entierro, en el Pregón de Semana Santa y cada cuatro años en la toma de posesión de las corporaciones municipales, maceros y ordenanzas de gala con arzobispo en primera fila del Salón Colón.

Gutiérrez Juan vive con tanta pasión los conciertos que se mete un dulce entre pecho y espalda al bajarse del estrado porque tiene calculado que pierde unos dos kilos en cada actuación. Azúcar para recuperarse y el caballo para evadirse en los campos de Villanueva del Ariscal.

Es tan fatiga que puede volver loco al atrilero buscando partituras: “¡Bazaga, Bazaga, me faltan papeles!” Hábil negociador con los sindicatos para sacarle el máximo jugo a la banda, llevándola a Madrid y a Torreblanca, a la Catedral y a los colegios, a la basílica macarena y a la despedida del cardenal Amigo en al andén del Ayuntamiento. Una noche de concierto de víspera de 15 de agosto en la Plaza de la Virgen de los Reyes, la banda interpretó una selección de los momentos más amenos de la zarzuela El Bateo, de Federico Chueca. Gutiérrez Juan hizo que tocaran las palmas, se jalearan y hasta protagonizaron algunos diálogos divertidos. Al final del concierto, el prelado, que estaba en primera fila, susurró al director: “Cierro los ojos y no estoy oyendo una banda, sino una auténtica sinfónica”. Yahí comenzó su lucha para conseguir la bien merecida ese.

Sufre con la crítica, especialmente tras el estreno del Miserere en el que metió gregoriano como a la vieja usanza. Si los políticos le tocan las cosquillas, tiene un recurso mucho más letal que una huelga:un músico está enfermo y no se puede garantizar la calidad del concierto. Para eso la banda es la que menos componentes tiene de todas las formaciones municipales de España. Cuenta con poco más de 30 músicos. Gutiérrez Juan lleva años reclamando doce incorporaciones y, aun así, seguiría muy por debajo de la cifra recomendable:entre 50 y 60 profesionales.

La vida es vestirse de corto en la Feria y montar a caballo, probar el sabor a gloria de los días del Rocío en familia, contemplar la evolución de los hijos que han heredado la pasión por las corcheas. La vida es un maletín con partituras, es dedicar una marcha tras el paso de la Virgen de los Reyes a un ciudadano despistado de la tercera fila al que señala con la batuta de entre la bulla, es sacar del cajón del olvido composiciones de Pedro Gámez Laserna en un incansable ejercicio de arqueología del pentagrama. La vida es ser un jefe de servicio del Ayuntamiento que prefiere ser conocido como director de orquesta. La vida son tardes dedicadas a aprender veterinaria en cursos especializados para tratar mejor a sus caballos. La vida es sentirse envidiado por tener uno de los diez mejores sueldos del Ayuntamiento de acuerdo con la ley.

A su labor tenaz se debe la transformación de una banda de pueblo en una sinfónica de prestigio que combina en armonía el viento y la cuerda, con más cedés grabados en cuatro años que en los anteriores treinta. Nadie discute que domina desde la música de pasodoble a la opereta bufa. A veces riñe a sus músicos como si de un parvulario se tratase, pero es respetado porque da la cara por ellos ante los gobiernos de turno. Con Carlos García Lara también se entendió. Pero al llegar Zoido a la Alcaldía, el PP devolvió la banda a las mazmorras del área de Cultura, donde esos años estuvieron algo acomplejados con todo lo que pudiera parecer excesivamente sevillano.

Es poseedor de uno de los grandes secretos de la ciudad, que trae negro a más de un miembro de la Corporación: por qué la Marcha Real es el himno (con letra oficiosa) más breve de los que se tocan en España, menos de 40 segundos. Se escuda en que la culpa la tiene un decreto de Aznar. que ya se sabe que la culpa de todo es de Aznar o del Consejo de Cofradías, que para eso están el uno y los otros. Ojú, esos otros…

Si le piden un concierto especial, este inquieto director tiene dos respuestas. La primera: “Eso es muy difícil, pero te lo voy arreglar”. Ylo arregla. O la segunda, al estilo del anuncio de las natilla, ¡Repetimos!:“Ese concierto no te lo puedo dar, porque para dos días antes estamos ensayando uno dedicado a música popular muy escogida. Pero lo que hago es repetirte a ti el de música popular”. Y lo repite.

Lo peor es cuando frunce el ceño y alega que hay un músico enfermo. Entonces se pueden ir al traste la función votiva de la Hiniesta y hasta el acto del Pregón. Yacto seguido cepilla las crines del caballo para eliminar el estrés al trote. El jaco genera confianza a los consultores americanos, mientras el sevillano envidioso sigue mascando el palillo hasta dejarlo escobillado.

Un sevillano con amante

Carlos Navarro Antolín | 12 de abril de 2015 a las 5:00

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EN la ciudad que se pirra por descorrer el visillo para llevarle la vida al vecino sin ser visto, son decenas las leyendas sobre las amantes de unos, los queridos de otras y los dimes y diretes de patio. Sevilla se lleva la vida a sí misma de tal forma que un ilustre sevillano dijo que los dos lugares donde se puede ir con un amante sin ser avistado por el público cotilla son el Alcázar y el Museo de Bellas Artes: donde nunca hay sevillanos. Ocure que hay un sevillano con querida oficial que lleva más de veinte años flirteando con su amada, a la que dedica sus pensamientos, sus alegrías, sus enojos, sus meses, sus días, sus horas, su tiempo… No, no es aquel en el que ustedes están pensando en la ciudad que siempre acierta al pensar mal. Ni tampoco todos esos otros nombres que se le vienen a la mente. Todo el mundo sabe que este sevillano lleva continuamente en la cabeza a su querida, que controla todos sus movimientos, que vive sin vivir en él cada primavera, que acaba el verano y está pensando en ella, que bebe los vientos por sus hechuras, que se contonea con ella cada vez que tiene ocasión en público o en privado. Todos lo saben al estilo de Sevilla cuando todos saben algo: todos callan ante la notoriedad. Rafael Carretero Moragas tiene una amante que absorbe sus horas. Y, claro, esta amante tiene nombre de dama acicalada con aromas de jacaranda cada abril a la sombra de los árboles de Gitanillo de Triana: su amante es la Feria. Y su amor se remonta a 1979.

Aquella Feria del 79 fue un desastre. El concepto erróneo de igualdad que se implantó en un buen sector de la sociedad con la instauración de la democracia se evidenció esa Feria. Los caballistas se metían en los terrenos de albero reservado para los peatones y los puestos de venta ambulante proliferaban sin control de ningún tipo, muchos de ellos vendiendo lechugas. Decenas de vecinos tomaron como propia la Caseta Municipal. Un despropósito que puso en jaque a aquel primer gobierno tricolor que presidía un señor en toda regla: el andalucista Luis Uruñuela. El jefe de bomberos era entonces Rafael Carretero, hijo del jefe de protocolo del Ayuntamiento. Uruñuela encarga a Carretero que ponga orden en la Feria. Lo destina a Fiestas Mayores, donde hoy sigue como jefe de la sección técnica. Unos vienen y otros van, Carretero siempre está. Uruñuela le dio plenos poderes. Carretero no es que sea jefe de ninguna sección, área o servicio. Carretero hace de Carretero, el funcionario atípico, enamorado de su trabajo, que echa más horas que un mulo arrendado. La Feria que ha llegado a nuestros días es una combinación de la estética de Bacarisas con la logística de este hombre corpulento, orondo y con una barba inconfundible que te echa la mano por el hombro para comentarte cualquier novedad:”Hermano, te voy a decir una cosita en la que me tienes que echar un cable…”

Carretero parece más el ejecutivo de una empresa privada que el funcionario consagrado a ordenar expedientes, que dedica media mañana al desayuno y la otra media a llevar los papeles al despacho del político para que los firme.

Carretero llegó al puesto y se inventó la línea Maginot de la Feria: la calle Costillares. Colocó una hilera de nuevas casetas como separación entre la ciudad de las lonas y las atracciones. Los empresarios de las atracciones se opusieron al considerar que esta nueva calle impediría el acceso del público a los cacharritos. Boicotearon la Feria con su ausencia. Las depauperadas arcas municipales dejaron de recibir pingües beneficios ese año. Carretero convenció a Uruñuela de que había que aguantar las presiones. Y el Ayuntamiento aguantó. Al año siguiente hubo Calle del Infierno.

Carretero también se inventó la adjudicación por lotes de las parcelas de las atracciones para impedir que los empresarios se pusieran de acuerdo para pujar a la baja en la subasta. Y comenzó a dignificar la portada con sus diseños propios inspirados en monumentos de la ciudad.

Optó por vallar el real para preservarlo durante todo el año, para que nadie altere el palmo de ciudad por el que se desvela. Carretero tiene la Feria en la cabeza: controla los electricistas, los caseteros, los de la empresa de tubos, los feriantes de la Calle del Infierno, las potencias de luz contratadas, los horarios de carga y descarga, el tío de la empresa que expande el albero, el tío que echa el producto para que albero no se levante, los planos que revelan las entrañas del real…

La suya es la Feria de día, cuando ora y labora, ejemplo de conciliciación del ocio y el trabajo, cuando ejerce de feriante antiguo, con el traje, la camisa abrochada hasta el cuello huérfano de corbata y el sombrero de ala ancha. La manzanilla servida en pequeñas dosis, que el día es largo y la Feria también. Siempre se queda en la puerta de la caseta, como el alguacil clavado en el albero con la oreja en la mano, a la espera de que sea el socio quien lo reciba. Caseta viene de casa y nadie entra en una casa sin que el dueño le abra paso. Educación se llama. Carretero baila sevillanas. Muchas. Ytiene caseta en Joselito El Gallo, una caseta de tronío que genera muchas leyendas sobre supuestas prestaciones que otras no tienen. Todo falso. Ocasi todo. Lo que sí tiene la caseta de Carretero es un diseño de gran loft idóneo para el baile y tiene –ahora viene lo bueno– un reservado que no lo mejora ningún hostelero pretencioso de Madrid. Un reservado con ventana directa a la cocina, una dependencia donde Carretero cierra la puerta, descansa y pone el modo off durante un rato, ese lugar donde el delegado de Fiestas Mayores de turno no lo encuentra. Porque Carretero ha sobrevivido a muchos delegados de Fiestas Mayores. Con el socialista Fernández Floranes tuvo sus tiranteces. Y hubo uno del PP,Adolfo Lama, que le telefoneaba al despacho por las tardes para controlar su presencia, cuando las únicas señales de vida en el Ayuntamiento son las impresoras que se han quedado encendidas.

–Dime, Adolfo. ¿Te creías que no estaba trabajando? Aquí estoy.

La Feria es una gran obra, una construcción tan colosal como efímera, con un gran inconveniente para este arquitecto técnico: tiene fecha de inicio. No admite retrasos. La obra del AVE puede sufrir demoras y reformados del proyecto. La Feria no admite dilaciones. Peor aún, la Feria se puede topar y se topa con huelgas de bomberos, de conductores de Tussam y de operarios de Lipasam. En una ocasión, siendo alcalde Alejandro Rojas-Marcos, una huelga de empleados de limpieza perfumaba la Feria como nunca. Varios socios de casetas, hartos del conflicto, dejaron las bolsas de basura a las puertas de la Caseta Municipal. Carretero preparó una alternativa. La empresa Martín Casillas recogería los residuos con escolta policial. Pero Rojas-Marcos, que siempre sobreactuaba en situaciones límite, terminó cediendo a las presiones.

Carretero es el último gran personaje de la Feria, de una Feria exenta de glamour, donde ya no hay reinas, ni actrices, ni el recordado Pepe El escocés. Cuando dos guiris contemplan cómo comen jamón los sevillanos, Carretero les ofrece del plato. “Este gesto nunca lo olvidarán, hay que procurar que se lleven una imagen positiva de la ciudad”. A esas horas en que el real está dominado por los repartidores de hielo y viandas, Carretero va obsequiando pines de la portada a los que hacen la Feria: los porteros soñolientos, los cocineros afanados en el menú del día, los camareros que están plegando la cama y poniéndola en el altillo de la trastienda…

Rociero y hermano de Los Gitanos, ve el Corpus desde la azotea del Ayuntamiento cuando quiere examinar el cortejo y estudiar mejoras. Sufrió mucho cuando José María del Nido apretó la puya a cuenta del escudito del Real Betis dibujado en la portada del centenario sevillista. A partir de ahí se metió en el burladero. Congenió mucho en los años noventa con un delegado de Fiestas Mayores de 25 años, el niño Jaime Bretón.

Felizmente casado con María Luisa, Carretero tiene una amante con la que no se cita en el Museo ni en el Alcázar. Toda Sevilla sabe que se ven en público. Carretero ama la Feria. Y la Feria se deja cortejarpor quien bien la quiere. Le quitó los puestos de lechuga y le puso mantón de Manila. Yo creo que a Carretero le ocurre con la Feria como a Alfonso Jiménez con la Catedral: les gustan hasta cuando llueve.