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El fiscal paciente

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2017 a las 5:00

Santiago León

EN los códigos no escritos de la ciudad se tiene por aceptado que el vicario general de la Archidiócesis ocupe antes o después el cargo de deán de la Catedral, los tenientes de hermanos mayores de las hermandades lleguen a ser hermanos mayores, el hijo del tabernero garantice la continuidad de la tasca, los hijos de socios de las casetas de Feria alcancen la condición de socios titulares, el hijo del presidente de la caja de ahorros acabe ocupando el despacho del padre, el fiscal de la Real Maestranza de Caballería sea una suerte de coadjutor del teniente con derecho a sucesión, el decano del Colegio de Abogados sea siempre José Joaquín Gallardo (amén) y Antonio Pascual lleve todos los años una vara en un lugar destacado de la cofradía de la Universidad aunque haga la tira de años que dejó de ser consejero de Educación. Las cosas se aceptan con el razonamiento imbatible del Cabeza y elCulebra:“Eso es así”. Y punto. Y no hay argumentarios que valgan. Ydebe ser así. En Sevilla hay cosas que no se discuten, como el peculiar esquema sucesorio en instituciones y empresas, como hay cosas que se mantienen aunque no funcionen, como la máquina limpiabotas del Real Círculo de Labradores.

Javier Benjumea, marqués de la Puebla de Cazalla, tomó posesión como teniente de hermano mayor de la Real Maestranza el 25 de junio de 2011 en una junta general a la que asistió el Infante Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias, duque de Calabria. Aquel día se rompió el código sucesorio no escrito, quedó en papel mojado lo que todos habían dado por hecho. El fiscal, Santiago León Domecq (Jerez de la Frontera, 1958), no llegó a teniente. Se quedó de fiscal seis años más. Le tocaba ser teniente, pero no lo fue. El Rey Don Juan Carlos quiso que lo fuera Javier Benjumea. El Rey –era quien podía hacerlo– cambió el rumbo. Y todos obedecieron. Santiago León, lejos de armar el taco, organizar una oposición para hacerle la vida imposible al elegido o ir largando por los rincones de la ciudad, se quedó en la junta de gobierno entrante de lo que ya estaba. De fiscal, de vigilar que los caballeros maestrantes cumplan las ordenanzas llamando al orden a quien haya que hacerlo. En 2011 se convirtió para siempre en el fiscal paciente, ese señor de la prenda de abrigo de cuello alto que viaja en moto y que alcanzó la tenencia de la Real Maestranza seis años después de lo que le correspondía.

Caballero maestrante desde 1983, este León Domecq supo esperar su turno con la disciplina de una señora que hace cola en la pescadería. Y en esos años de espera siguió cumpliendo con sus deberes de fiscal, como el día que tuvo que amonestar nada menos que a Cayetano Martínez de Irujo una tarde de farolillos en la plaza. El conde de Salvatierra se presentó vestido de corto en el palco de los maestrantes con la corrida más que empezada. Procedente del real de la Feria y con ganas de ver a Francisco Rivera Ordóñez. Por fortuna, el público más próximo de la plaza no se dio cuenta de la vestimenta del conde, pero todos los maestrantes presentes sí apreciaron aquellos botos y el sombrero de ala ancha, un atuendo absolutamente improcedente. Ese día, cierta Grandeza de España se quedó en la silla de montar. Y el fiscal hizo de fiscal.

Santi León fue paciente, supo esperar el día de su proclamación como teniente, una jornada para la que tenía reservada una corbata muy especial. Supo aguardar como aficionado a la caza que no se precipita en el tiro. Supo ser discreto, no comentar jamás la pasada de turno a la que se había visto obligado. Supo practicar el difícil arte de quedarse quieto, no hacer nada, aguantar el parón al estilo Paco Ojeda.

No es un caballero maestrante especialmente taurino, pero sí asiste a muchísimas corridas dejando ver camisas que no son de doble puño y un cigarro encendido cuando posa los brazos sobre la baranda del balconcillo. ¿Habrá un síntoma más claro de estatus social que el poder reclinar la espalda en un sillón de tendido? Sí. Poder descansar los brazos sobre el balconcillo del palco de los maestrantes. O el de invitados, que da derecho a puro, aseo con toalla y horchata o destilado escocés con hielo tras el tercer toro.

Simpático, muy sociable, con una notoria capacidad para las relaciones públicas. Algunos apuntan a que es demasiado abierto para el cargo que ahora ostenta, un puesto que las ordenanzas dictan que hay que ejercer “como el coronel del Ejército”. El tiempo dirá si le pone cara de coronel. Los perfiles de los tenientes han sido muy variados en los últimos tiempos. El conde de Peñaflor fue el gran teniente de los meses de brillo de la Exposición Universal. Fue un teniente joven que en la Maestranza impulsó el espíritu aperturista por el que ya había apostado Guajardo-Fajardo padre. El marqués de Caltójar fue el de perfil más discreto y no por ello menos fecundo. El desaparecido conde de Luna fue un caso de carrera meteórica, de no ser maestrante a ser nada menos que el teniente en pocos años. Y Alfonso Guajardo-Fajardo hijo llevó la Maestranza a todos los foros donde se requería su presencia y tuvo la determinación de realizar con éxito varias reformas en un monumento como la plaza de toros. Metió la piqueta, dio esplendor, recuperó diseños arquitectónicos antiguos. Y fue aplaudido.

Este teniente de hoy parece claro que picotea con éxito en todo lo que se propone (el golf, los toros las cofradías…), pero sin militar específicamente en nada. Su gran pasión es la Maestranza. La ilusión de su madre era que llegara a ser teniente.
La vida es una tarde de carreras de caballos en Sanlúcar de Barrameda junto a su íntimo amigo Manuel Laffón, sobrino de la pintora que representa la mejor Sevilla. Sanlúcar es punto y aparte en las evocaciones personales de este fiscal paciente, sobre todo por la preciosa casa Manjón del siglo XVII de su familia. La vida son horas de distensión con Jaime Fernández Argüeso, Rafael Domecq Solís, Ignacio Solís Guardiola o Rafael Pacheco Bohórquez. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la caseta de Feria Pepito el pollo, en alusión degradada a la calle donde se encuentra: Joselito El Gallo. Dicen que este maestrante se arranca a bailar con todo desparpajo, como se arrancó a montar un concesionario de la marca de coches Volvo en la Avenida de La Raza. Quien no le ha comprado un Volvo a Santi León en Sevilla antes de la crisis económica es que no tiene un Volvo. Pasó por los negocios de coches, como pasó por el sector de la banca y hasta por el de la telefonía móvil. La vida son recuerdos de un joven con menos de 23 años que asistía al palco de los maestrantes como hijo de maestrante.

El fiscal es el número dos. Es una suerte de malo de la película, quien recuerda la obligación de guardar la disciplina de carril en caso de descarrilamiento, quien está obligado a ser custodio del orden establecido. El número dos supo quedarse callado por orden del Rey. Los maestrantes obedecen al Rey. Al Rey no se le discute, ni jamás se le dice que está desnudo. Enseña Santa Teresa que quien espera todo lo alcanza. Ydecía un teniente de hermano mayor que Dios tenga en su gloria que la ambición era un gran motor para alcanzar cualquier meta en la vida: “Pero siempre que se trate de una ambición prudente”.

Más de escocés que de horchata al doblar el tercer toro, más de Galán que de Scalpers al elegir la ropa, más de moto que a pie para ir del centro a su casa en el entorno de la Palmera, más de Barbiana y Trifón que de lugares dados a los experimentos de cocina, más de la pecera del Aero que del patio del Mercantil, más de Vistahermosa que de Las Redes en los veranos portuenses. Al final, se hizo el nudo de aquella corbata, especialísima corbata, para el día más esperado: el de la proclamación del teniente que aún no tiene cara de coronel. Eso es así.

Con licencia para largar

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

EMILIO DE LLERA 2
MANOLO García se fue del Ayuntamiento en 1999, donde había sido concejal del Partido Popular desde 1983. Ejerció de edil en la oposición y de teniente alcalde con funciones de gobierno. Hizo casi de todo, desde saludar al Papa Juan Pablo IIy a Fidel Castro hasta montarse en el patrullero de la Policía Local para cerrar bares de la movida o gestionar las reparaciones de los pavimentos del casco antiguo. Pero al dejar la Casa Grande después de tantos años de contienda política y alguna que otra polémica de las que roban el sueño, reconoció públicamente una espinita clavada: “Mi pena es no haber sido concejal de Fiestas Mayores”. Años después, gracias a que el PP decidió aquel año renovar a sus representantes en el Ayuntamiento, tuvimos a uno de los hermanos mayores de la Macarena más grandes de la era contemporánea. De haber seguido en política, el destino de Manolo hubiera sido otro bien distinto. Aquella pena se esfumó, aquella espinita de las fiestas mayores se sacó sin apenas dejar herida. La vara de las capillas ha sido, de hecho, la responsabilidad más elevada que ha podido desempeñar este hombre curtido en las madrugadas del negocio de frutas de la Encarnación.

Emilio de Llera Suárez-Bárcena (Badajoz, 1951), consejero de Justicia e Interior de la Junta de Andalucía, quiso ser fiscal jefe de la Audiencia de Sevilla. La verdad es que estaba llamado a ser el sucesor de una leyenda viva del Ministerio Público en la ciudad: el salmantino Alfredo Flores, el que llegó a ser hermano mayor de una cofradía y pregonero de la Semana Santa. Llera echó los papeles para hacerse con esa jefatura, pero le sacaron bolas negras. García se quedó sin apretar el botón del alumbrao y Llera sin dar la rueda de prensa anual de la memoria de la Fiscalía. Su gozo cayó en el pozo una y otra vez. Y bien que lo sentimos muchos partidarios de este fiscal con nombre de marisquería de selecta ensaladilla junto a la Plaza de Cuba, porque desde los despachos de Madrid apostaron por una fiscal jefe que es modelo de neutralidad, equilibrio y ponderación por las que hilan…

Emilio no fue fiscal jefe, pero con el paso del tiempo le cayó del bombo de la política el premio gordo de la Consejería de Justicia e Interior. Franco no se metió en política, pero Llera sí. Y ahí anda, desde el burladero de su despacho de la Gavidia, orientando al Ejecutivo andaluz por las arenas minadas de esos asuntos que están sub iudice. “Emilio no es del PSOE, Emilio lo que quiere es terminar su carrera de consejero, aunque pierda dinero”, dicen los compañeros de oficio. De vez en cuando saca el mandoble y se despacha a gusto contra los jueces, hace juicios sobre la magistrada Alaya trufados de cierta frivolidad e incluso arrea a los medios de comunicación por el tratamiento de algunos temas. Emilio va por libre. Tiene licencia para largar. Pocos recuerdan que es el único consejero reprobado por el Parlamento. Debe ser porque en el fondo sigue siendo un fiscal. Ya se sabe que los fiscales se pueden permitir casi todos los juicios, son casi infalibles, pues un juez, un letrado de la Administración de Justicia o un cargo público pueden incurrir en prevaricación, pero un fiscal nunca. No existe ese tipo penal para los representantes del Ministerio Público. ¿Por qué? Misterios. Si resulta que el protagonista, además, forma parte de las filas de la progresía oficial, disfruta de las ventajas de la superioridad moral de la izquierda. Así que miel sobre hojuelas. Emilio sabe que siempre hay agua en ciertas piscinas. Si Arenas o Zoido sueltan la mitad de las perlas que Llera en los últimos años, los están corriendo a gorrazos desde la calle San Fernando hasta la puerta de Antares, donde los dejan sueltos para que se reconcilien jugando al pádel. Emilio puede decir que Alaya sigue estando muy “guapa” pese a la carga de trabajo que asume, porque él está en un gobierno del PSOE. Susana jamás le va a dar un tirón de orejas. Y Amparo Rubiales tampoco le va a dedicar un artículo crítico cargado de arrobas.

Pero Emilio cae bien. Es simpático y un poco pillo. Sabe clavar dardos al enemigo con sutileza. No se suele quedar un gato en la barriga. Jamás muerde la mano que mece la cuna del PSOE en España, que es la que lo mantiene en el cargo. En política, ay Emilio, no hay plazas en propiedad. Su oficio de fiscal sí se parece al del político en que en ambos rige el principio jerárquico. Este Llera prepara a conciencia cada aparición pública con un latiguillo que evoca sus años de opositor: “Os dejo, tengo que estudiarme el tema”.

Siempre lleva encima dos o tres paquetes de tabaco rubio de diferentes marcas. A sus colaboradores más directos los sitúa a su mismo nivel, no fuerza esa estética del séquito que gusta tanto a otros consejeros. Tiene un despacho oficial en la Gavidia y una mesita alta en la terraza del Oriza, donde sigue tomando la copita de manzanilla, marca Solear, muchos mediodías de clima apacible (¿Lo de siempre, don Emilio?). Los dueños de los bares, por cierto, llaman a esas mesas altas los quitamiedos de la hostelería, porque la gente cree que la consumición es más económica que en un velador tradicional con asientos. No es el caso de este pacense, que se nota que no es de Sevilla en que suele desenfundar el primero a la hora de pagar en un bar. Es de la vieja escuela, de los que no deja nunca que sus acompañantes abonen la cuenta.

Con Zoido se lleva muy bien. Coinciden en tener el mismo dentista, en cortar trajes en privado y en saber rematar las reuniones oficiales con la confraternidad debida. Una de las muchas veces que el entonces alcalde Zoido reclamó la Ciudad de la Justicia en una visita al consejero Llera, éste, tras los cinco minutos de rigor en privado donde para decirle que no es posible porque no hay un duro, le espetó: “Bueno, Juan Ignacio, ahora ya podemos irnos a tomar una cerveza que se hace tarde, no?”. Y allá que bajaron al bar de la esquina a comentar los últimos chascarrillos judiciales…

Lo mejor de Llera es que nunca da la brasa con el fútbol ni con las cofradías. No gasta ni en un tema ni en el otro. Y siempre te cede el taburete, porque prefiere la verticalidad. Este vecino de Los Remedios es un gran admirador de la belleza femenina, usa los retrovisores con sutil y discreta habilidad. No va de místico ni de bendito, lo cual se agradece en la ciudad de los misticones.

La vida son recuerdos de la Extremadura donde nació. Su madre vivía en una pequeña localidad de Badajoz de apenas dos mil habitantes,un pueblo fundado por Felipe II con un precioso nombre: La Granja de Torrehermosa. Son recuerdos de sus primeros años como fiscal en Bilbao, una plaza dura en los años ochenta, en los que el País Vasco salía en los telediarios con tañidos de luto y banderas a media asta. La vida son recuerdos de sesiones preparando opositores de judicatura y fiscalía junto sus amigos Julio Márquez de Prado, hoy presidente del Tribunal Superior Justicia de Extremadura, y Luis Fernández Arévalo, experto en vigilancia penitenciaria y actual fiscal jefe de Huelva. La vida son refugios estivales en algún hotel de la Costa del Sol.

Si tiene que cenar en algún lugar perdido de Andalucía, fuera ya del protocolo de los actos oficiales, le pide al camarero que le hagan una tortilla francesa. Así duerme mejor y le cuesta algo menos madrugar, porque Llera no es precisamente de los aficionados a levantarse al alba por gusto.
El fiscal no fue jefe pero gestiona todas las competencias de Justicia de Andalucía. El fiscal es doctor en Derecho, con una tesis dirigida por Víctor Moreno Catena, pero se metió en política. La vida es ver pasar la ciudad desde una mesa quitamiedos. Y en Sevilla, al final, somos pocos y todos vamos desfilando. Somos casi los mismos que en La Granja de Torrehermosa. Pero sin desenfundar los primeros al pagar.