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Otro Bretón es posible

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

JAIME BRETÓN

HASTA el pasado domingo estuvo expuesto en la Plaza Nueva un antiguo autobús de Tussam de color naranja, de los que circularon por Sevilla hasta que Monteseirín los sustituyó por vehículos coloraos. O, según la terminología cursi, de color carmesí. Las nuevas generaciones no conocieron esos horripilantes autobuses cítricos de los años 90. La denominada Semana de la Movilidad ha sido en realidad la semana de recordar el tiempo vivido, como quien dice, hace un cuarto de hora. Al ver ese autobús, algunos tuvimos que decir lo que Belmonte: “La verdad es que yo he nacido esta mañana”. Parecía que de la escalinata principal del Ayuntamiento iban a bajar Soledad y Alejandro, Alejandro y Soledad, con el pacto de gobierno reeditado. Y junto a la alcaldesa estaba el niño Bretón sonriente, todopoderoso, pujante, ambicioso, arrollador desde sus tiempos de recién afiliado. Jaime Bretón Besnier (Jerez, 1966) era eso: el niño de Arenas y el niño de Soledad, era la gran promesa del centro-derecha sevillano, el joven que tenía un crédito ilimitado en los medios de comunicación, hasta que un día cambiaron las tornas como los autobuses cambiaron de color. Del rosa al amarillo, del naranja al colorao, del color del presente al sepia del ayer.

Bretón se mueve hoy en los platós de la RTVA como lo hacía en los años 90 por los despachos de la Plaza Nueva y del PP hispalense. Como pez en el agua, como barca por la ría de la Plaza de España. El hijo de un funcionario del Ministerio de Agricultura fue concejal con sólo 21 años. A partir de ahí vendría un rosario de cargos municipales: desde la portavocía del grupo político a la delegación de Fiestas Mayores, de delegado de distrito a responsable de los mercados de abasto y del cementerio. Y, también, el enlace secreto del PP con los socios de gobierno del Partido Andalucista. Cuando la alcaldesa Soledad ya no soportaba más la sombra alargada de Alejandro Rojas-Marcos, el niño Bretón era el único del PP que acudía a la copa de Navidad que el andalucista convocaba en su célebre casa de la calle Castelar, donde tantos capítulos decisivos para la ciudad se han escrito durante décadas.

Antes de ser un llanero solitario por las emisoras públicas de Andalucía, una suerte de Aroca de derechas, este Bretón vivió su orto y ocaso en el ruedo municipal y, después, una travesía tan dulce como gris en la Oficina del Defensor del Pueblo Andaluz. Su despacho de la calle Reyes Católicos, amplio y luminoso, fue un prematuro retiro dorado a la sombra del cura Chamizo.

–¿Pero Pepe es cura?
–Sí, lo es. Y escritor.
–¿Y ahora qué hace?
–Sigue en sus líos, en su ONG y con sus historias sociales.

Atrás quedó esa vida municipal que condujo a Bretón al éxito prematuro, al estrellato efímero, a la condición de pujante valor de una formación que ya sufría en Andalucía la intratable hegemonía del PSOE. Bretón se pasó diez años firmando papeles por las mañanas, expedientes de quejas de oficio de asuntos de educación, y estudiando italiano y cultivando otras aficiones por las tardes. Trabajaba en una mesa ordenada, pulcra, y con una evidente obsesión por los horarios, propia de un estilo metódico que casa mal con el caos que lastra la política de hoy. Dicen que el cura Chamizo le tendió una pequeña trampa cuando le coló entre los expedientes su dimisión como adjunto. Bretón la firmó sin prestar mayor atención.

Bretón se refugió en el Defensor para, ironías del destino, ponerse a cubierto de sus propios destellos. Se convirtió en una especie de canónigo del PP, con derecho a sitial fijo en el coro de cargos. El personal se preguntaba qué fue de aquel concejal que portaba el Pendón en las solemnidades, qué había ocurrido de puertas para adentro. Cuentan que un día perdió la ambición, se acercó al burladero del partido, pidió el estoque de matar y acabó con el toro de su etapa municipal de dos golletazos. Se terminó. Silencio. Bretón sabe tela de los silencios de Sevilla. Sí, Sevilla guardó ese silencio que es marca de la casa, sello de su heráldica. El niño Bretón se fue, se esfumó de las páginas locales de los periódicos durante un tiempo. Su inconfundible dicción en las presentaciones de los pregoneros de Semana Santa quedó para el recuerdo de los capillitas que lo tuvieron como referencia municipal. Algunas leyendas corrieron –¡cómo no!– por esa ciudad tan aficionada a la voz baja, a la fabricación de ángeles caídos. Poco más. El juguete de Arenas, de Soledad, de todo el partido, se rompió. ¿Pérdida de confianza, celos de Javié, pelusilla de Soledad? Todos miraban hacia otro lado. La despedida de los periódicos de entonces fue discreta. Clamorosamente cicatera. O notablemente discreta.

Entidades, hermandades, empresas y particulares le siguen debiendo hoy, por ejemplo, disfrutar de una caseta en la Feria. En sus tiempos de concejal no había criterios establecidos de reparto. Bretón podía adjudicarlas a dedo como antes lo había hecho el socialista Manuel Fernández Floranes.

Bretón era, es y siempre será la figura enjuta del PP de los años 90. Sigue teniendo la juventud de los eternos delfines. Goza de sitio reservado en el banco de los que un día fueron presidentes provinciales, cuenta con ese espacio acotado en las vitrinas del partido. Muchos recuerdan con agrado su facilidad para gestionar asuntos de la vida municipal, sobre todo cuando había que acelerar algún entierro en el cementerio de San Fernando y tocaba negociar con la lenta burocracia en momentos de especial delicadeza. O cuando Soledad le encargaba el muerto, nunca mejor dicho, de atender la petición de un famoso para tener un panteón propio en el camposanto.

La infancia y la adolescencia son recuerdos de las aulas del colegio Nuestra Señora del Andévalo, en la Huerta de Santa Teresa, y del Instituto Martínez Montañés, donde tenía de compañero de clase al líder del grupo musical Reincidentes. El niño Bretón era de los que se presentaban a delegado, un echado para adelante, con vocación pública desde muy pronto. La vida son evocaciones de un mozalbete de 18 años que acude a afiliarse a Alianza Popular y se convierte rápidamente en un mirlo blanco en las filas de un partido que no se caracterizaba por su capacidad para atraer jóvenes. Eran los años ochenta y este niño se hace con las riendas de Nuevas Generaciones y se inventa la entrega de premios a personajes de la sociedad civil para hacer ruido, llamar la atención de los medios. Y lo consigue. Vive la transición de la presidencia de Pedro Albert a la de Ricardo Mena-Bernal. Aquellas juventudes fueron muy influyentes para decidir quién asumiría la presidencia provincial del partido. La vida es cocinar pasta y usar mucho las princeps, preparar las cenas de casa con el inconfundible sello de un gourmet, sin excesos ni empachos, todo medido, muy calculado. Los veranos son recuerdos de la casa de su tía en Fuentebravía (El Puerto de Santa María). Y, por supuesto, la vida es apuntarse al Silencio en una época dorada para la Juventud Nazarena, la de Juan Delgado Alba como hermano mayor. En aquellos comienzos de los años 80 frecuentaban la cofradía el hoy sacerdote Pablo Colón y el hoy senador Toni Martín Iglesias.

Bretón no tiene coche. En cierta manera desprecia los automóviles. Prefiere gastar sus dineros en otras aficiones que predican un gusto loable y refinado, como las figuras para sus Nacimientos. Bretón vive la Navidad desde el verano. Prepara las Pascuas con meticulosidad. La Navidad es junto a la Semana Santa su gran pasión. Dicen que en agosto le han visto hacer compras con vistas a la Navidad. Le gusta pedirse de descanso los días previos a la Nochebuena para vivirlos con intensidad. En su casa ha organizado muchos años las visitas por grupos a su imponente Belén con estadillo horario perfectamente organizado, con derecho a merienda de productos de La Despensa de Palacio si los turnos asignados son los de media tarde.

De niño promesa a tertuliano. De expuesto en los medios de comunicación con poco más de veinte años a político refugiado en la sede del Defensor. De presidente provincial del partido a ariete de la derecha en la televisión pública andaluza. De apartado de la vida pública a ser la cuota mediática del PP en La Nuestra. De buscar gente para llenar los mítines de Aznar en Los Remedios a cerrar las puertas del auditorio de la Cartuja porque ya no se cabe. De la sede de General Polavieja a la de Rioja.

Treinta años demuestran que otro Bretón siempre es posible. Su gran mérito es haberse reinventado, aguantar más que un buzo debajo de aguas embravecidas, incluso cuando algunos amigos le reprochaban su capacidad de espera de nuevos destinos. Su ausencia de complejos le ha llevado a pedir cada vez que la ha necesitado la ayuda del partido o de amigos influyentes. El partido, esa estructura cambiante que engulle las figuras políticas y carece de memoria, lo ha repescado siempre. Pedid y se os dará, ora en un despacho de la sede regional, ora en la Diputación. El custodio de los valores del centro-derecha de los años 90 ha demostrado una capacidad notable para sobrevivir. “Vas a durar más en el PP que Jaime Bretón”, dicen algunos que lo tienen como vara de medir.

Este sibarita navegó en el barco de Álvarez Colunga. Cultiva su relación con Carlos Herrera, como la cuidó con Francisco Giménez Alemán. Tiene muchos cuadros de Juan Roldán y de Ricardo Suárez. Una vez acabó harto de estar tantos días seguidos en Florencia. La estancia de un mes en la capital italiana le resultó interminable. Saludó al Papa Juan Pablo II a los pies de la Giralda en 1993. Le tocó lidiar la crisis del Gran Poder a su paso por una Plaza de la Gavidia tomada por el golferío nocturno, precedente más próximo a la Madrugada amenazada que ha llegado a nuestros días. Tuvo un bar en Nervión junto a otros socios: el Tucker. Su figura alta, delgada y que revela ciertos achaques de espalda se ha divisado siempre como tradicional en las reuniones del PP desde hace casi veinte años. Trató mucho al recordado Alberto Jiménez Becerril, que de alguna forma lo sustituyó como figura prometedora en el Ayuntamiento hasta que cayó asesinado junto a su mujer en la calle Don Remondo, la calle donde siempre hace frío desde aquel enero de 1998.

Bretón sembró envidias cuando aparecía en los medios de comunicación por la belleza de sus belenes, por su condición de melómano, o por sus declaraciones como ex concejal, mientras otros cargos del partido se batían el cobre en los barrios. Al final la vida es ir subido a un autobús: naranja o carmesí, de concejal o de defensor, de consejero audiovisual o de asesor de la Diputación. Pero siempre subido. Y aplicar el lema de Tussam: déjate llevar. Los noventa fueron ayer. O esta mañana, como diría el Pasmo.

Un sevillano con amante

Carlos Navarro Antolín | 12 de abril de 2015 a las 5:00

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EN la ciudad que se pirra por descorrer el visillo para llevarle la vida al vecino sin ser visto, son decenas las leyendas sobre las amantes de unos, los queridos de otras y los dimes y diretes de patio. Sevilla se lleva la vida a sí misma de tal forma que un ilustre sevillano dijo que los dos lugares donde se puede ir con un amante sin ser avistado por el público cotilla son el Alcázar y el Museo de Bellas Artes: donde nunca hay sevillanos. Ocure que hay un sevillano con querida oficial que lleva más de veinte años flirteando con su amada, a la que dedica sus pensamientos, sus alegrías, sus enojos, sus meses, sus días, sus horas, su tiempo… No, no es aquel en el que ustedes están pensando en la ciudad que siempre acierta al pensar mal. Ni tampoco todos esos otros nombres que se le vienen a la mente. Todo el mundo sabe que este sevillano lleva continuamente en la cabeza a su querida, que controla todos sus movimientos, que vive sin vivir en él cada primavera, que acaba el verano y está pensando en ella, que bebe los vientos por sus hechuras, que se contonea con ella cada vez que tiene ocasión en público o en privado. Todos lo saben al estilo de Sevilla cuando todos saben algo: todos callan ante la notoriedad. Rafael Carretero Moragas tiene una amante que absorbe sus horas. Y, claro, esta amante tiene nombre de dama acicalada con aromas de jacaranda cada abril a la sombra de los árboles de Gitanillo de Triana: su amante es la Feria. Y su amor se remonta a 1979.

Aquella Feria del 79 fue un desastre. El concepto erróneo de igualdad que se implantó en un buen sector de la sociedad con la instauración de la democracia se evidenció esa Feria. Los caballistas se metían en los terrenos de albero reservado para los peatones y los puestos de venta ambulante proliferaban sin control de ningún tipo, muchos de ellos vendiendo lechugas. Decenas de vecinos tomaron como propia la Caseta Municipal. Un despropósito que puso en jaque a aquel primer gobierno tricolor que presidía un señor en toda regla: el andalucista Luis Uruñuela. El jefe de bomberos era entonces Rafael Carretero, hijo del jefe de protocolo del Ayuntamiento. Uruñuela encarga a Carretero que ponga orden en la Feria. Lo destina a Fiestas Mayores, donde hoy sigue como jefe de la sección técnica. Unos vienen y otros van, Carretero siempre está. Uruñuela le dio plenos poderes. Carretero no es que sea jefe de ninguna sección, área o servicio. Carretero hace de Carretero, el funcionario atípico, enamorado de su trabajo, que echa más horas que un mulo arrendado. La Feria que ha llegado a nuestros días es una combinación de la estética de Bacarisas con la logística de este hombre corpulento, orondo y con una barba inconfundible que te echa la mano por el hombro para comentarte cualquier novedad:”Hermano, te voy a decir una cosita en la que me tienes que echar un cable…”

Carretero parece más el ejecutivo de una empresa privada que el funcionario consagrado a ordenar expedientes, que dedica media mañana al desayuno y la otra media a llevar los papeles al despacho del político para que los firme.

Carretero llegó al puesto y se inventó la línea Maginot de la Feria: la calle Costillares. Colocó una hilera de nuevas casetas como separación entre la ciudad de las lonas y las atracciones. Los empresarios de las atracciones se opusieron al considerar que esta nueva calle impediría el acceso del público a los cacharritos. Boicotearon la Feria con su ausencia. Las depauperadas arcas municipales dejaron de recibir pingües beneficios ese año. Carretero convenció a Uruñuela de que había que aguantar las presiones. Y el Ayuntamiento aguantó. Al año siguiente hubo Calle del Infierno.

Carretero también se inventó la adjudicación por lotes de las parcelas de las atracciones para impedir que los empresarios se pusieran de acuerdo para pujar a la baja en la subasta. Y comenzó a dignificar la portada con sus diseños propios inspirados en monumentos de la ciudad.

Optó por vallar el real para preservarlo durante todo el año, para que nadie altere el palmo de ciudad por el que se desvela. Carretero tiene la Feria en la cabeza: controla los electricistas, los caseteros, los de la empresa de tubos, los feriantes de la Calle del Infierno, las potencias de luz contratadas, los horarios de carga y descarga, el tío de la empresa que expande el albero, el tío que echa el producto para que albero no se levante, los planos que revelan las entrañas del real…

La suya es la Feria de día, cuando ora y labora, ejemplo de conciliciación del ocio y el trabajo, cuando ejerce de feriante antiguo, con el traje, la camisa abrochada hasta el cuello huérfano de corbata y el sombrero de ala ancha. La manzanilla servida en pequeñas dosis, que el día es largo y la Feria también. Siempre se queda en la puerta de la caseta, como el alguacil clavado en el albero con la oreja en la mano, a la espera de que sea el socio quien lo reciba. Caseta viene de casa y nadie entra en una casa sin que el dueño le abra paso. Educación se llama. Carretero baila sevillanas. Muchas. Ytiene caseta en Joselito El Gallo, una caseta de tronío que genera muchas leyendas sobre supuestas prestaciones que otras no tienen. Todo falso. Ocasi todo. Lo que sí tiene la caseta de Carretero es un diseño de gran loft idóneo para el baile y tiene –ahora viene lo bueno– un reservado que no lo mejora ningún hostelero pretencioso de Madrid. Un reservado con ventana directa a la cocina, una dependencia donde Carretero cierra la puerta, descansa y pone el modo off durante un rato, ese lugar donde el delegado de Fiestas Mayores de turno no lo encuentra. Porque Carretero ha sobrevivido a muchos delegados de Fiestas Mayores. Con el socialista Fernández Floranes tuvo sus tiranteces. Y hubo uno del PP,Adolfo Lama, que le telefoneaba al despacho por las tardes para controlar su presencia, cuando las únicas señales de vida en el Ayuntamiento son las impresoras que se han quedado encendidas.

–Dime, Adolfo. ¿Te creías que no estaba trabajando? Aquí estoy.

La Feria es una gran obra, una construcción tan colosal como efímera, con un gran inconveniente para este arquitecto técnico: tiene fecha de inicio. No admite retrasos. La obra del AVE puede sufrir demoras y reformados del proyecto. La Feria no admite dilaciones. Peor aún, la Feria se puede topar y se topa con huelgas de bomberos, de conductores de Tussam y de operarios de Lipasam. En una ocasión, siendo alcalde Alejandro Rojas-Marcos, una huelga de empleados de limpieza perfumaba la Feria como nunca. Varios socios de casetas, hartos del conflicto, dejaron las bolsas de basura a las puertas de la Caseta Municipal. Carretero preparó una alternativa. La empresa Martín Casillas recogería los residuos con escolta policial. Pero Rojas-Marcos, que siempre sobreactuaba en situaciones límite, terminó cediendo a las presiones.

Carretero es el último gran personaje de la Feria, de una Feria exenta de glamour, donde ya no hay reinas, ni actrices, ni el recordado Pepe El escocés. Cuando dos guiris contemplan cómo comen jamón los sevillanos, Carretero les ofrece del plato. “Este gesto nunca lo olvidarán, hay que procurar que se lleven una imagen positiva de la ciudad”. A esas horas en que el real está dominado por los repartidores de hielo y viandas, Carretero va obsequiando pines de la portada a los que hacen la Feria: los porteros soñolientos, los cocineros afanados en el menú del día, los camareros que están plegando la cama y poniéndola en el altillo de la trastienda…

Rociero y hermano de Los Gitanos, ve el Corpus desde la azotea del Ayuntamiento cuando quiere examinar el cortejo y estudiar mejoras. Sufrió mucho cuando José María del Nido apretó la puya a cuenta del escudito del Real Betis dibujado en la portada del centenario sevillista. A partir de ahí se metió en el burladero. Congenió mucho en los años noventa con un delegado de Fiestas Mayores de 25 años, el niño Jaime Bretón.

Felizmente casado con María Luisa, Carretero tiene una amante con la que no se cita en el Museo ni en el Alcázar. Toda Sevilla sabe que se ven en público. Carretero ama la Feria. Y la Feria se deja cortejarpor quien bien la quiere. Le quitó los puestos de lechuga y le puso mantón de Manila. Yo creo que a Carretero le ocurre con la Feria como a Alfonso Jiménez con la Catedral: les gustan hasta cuando llueve.