Archivos para el tag ‘Javier Arenas’

Otro Bretón es posible

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

JAIME BRETÓN

HASTA el pasado domingo estuvo expuesto en la Plaza Nueva un antiguo autobús de Tussam de color naranja, de los que circularon por Sevilla hasta que Monteseirín los sustituyó por vehículos coloraos. O, según la terminología cursi, de color carmesí. Las nuevas generaciones no conocieron esos horripilantes autobuses cítricos de los años 90. La denominada Semana de la Movilidad ha sido en realidad la semana de recordar el tiempo vivido, como quien dice, hace un cuarto de hora. Al ver ese autobús, algunos tuvimos que decir lo que Belmonte: “La verdad es que yo he nacido esta mañana”. Parecía que de la escalinata principal del Ayuntamiento iban a bajar Soledad y Alejandro, Alejandro y Soledad, con el pacto de gobierno reeditado. Y junto a la alcaldesa estaba el niño Bretón sonriente, todopoderoso, pujante, ambicioso, arrollador desde sus tiempos de recién afiliado. Jaime Bretón Besnier (Jerez, 1966) era eso: el niño de Arenas y el niño de Soledad, era la gran promesa del centro-derecha sevillano, el joven que tenía un crédito ilimitado en los medios de comunicación, hasta que un día cambiaron las tornas como los autobuses cambiaron de color. Del rosa al amarillo, del naranja al colorao, del color del presente al sepia del ayer.

Bretón se mueve hoy en los platós de la RTVA como lo hacía en los años 90 por los despachos de la Plaza Nueva y del PP hispalense. Como pez en el agua, como barca por la ría de la Plaza de España. El hijo de un funcionario del Ministerio de Agricultura fue concejal con sólo 21 años. A partir de ahí vendría un rosario de cargos municipales: desde la portavocía del grupo político a la delegación de Fiestas Mayores, de delegado de distrito a responsable de los mercados de abasto y del cementerio. Y, también, el enlace secreto del PP con los socios de gobierno del Partido Andalucista. Cuando la alcaldesa Soledad ya no soportaba más la sombra alargada de Alejandro Rojas-Marcos, el niño Bretón era el único del PP que acudía a la copa de Navidad que el andalucista convocaba en su célebre casa de la calle Castelar, donde tantos capítulos decisivos para la ciudad se han escrito durante décadas.

Antes de ser un llanero solitario por las emisoras públicas de Andalucía, una suerte de Aroca de derechas, este Bretón vivió su orto y ocaso en el ruedo municipal y, después, una travesía tan dulce como gris en la Oficina del Defensor del Pueblo Andaluz. Su despacho de la calle Reyes Católicos, amplio y luminoso, fue un prematuro retiro dorado a la sombra del cura Chamizo.

–¿Pero Pepe es cura?
–Sí, lo es. Y escritor.
–¿Y ahora qué hace?
–Sigue en sus líos, en su ONG y con sus historias sociales.

Atrás quedó esa vida municipal que condujo a Bretón al éxito prematuro, al estrellato efímero, a la condición de pujante valor de una formación que ya sufría en Andalucía la intratable hegemonía del PSOE. Bretón se pasó diez años firmando papeles por las mañanas, expedientes de quejas de oficio de asuntos de educación, y estudiando italiano y cultivando otras aficiones por las tardes. Trabajaba en una mesa ordenada, pulcra, y con una evidente obsesión por los horarios, propia de un estilo metódico que casa mal con el caos que lastra la política de hoy. Dicen que el cura Chamizo le tendió una pequeña trampa cuando le coló entre los expedientes su dimisión como adjunto. Bretón la firmó sin prestar mayor atención.

Bretón se refugió en el Defensor para, ironías del destino, ponerse a cubierto de sus propios destellos. Se convirtió en una especie de canónigo del PP, con derecho a sitial fijo en el coro de cargos. El personal se preguntaba qué fue de aquel concejal que portaba el Pendón en las solemnidades, qué había ocurrido de puertas para adentro. Cuentan que un día perdió la ambición, se acercó al burladero del partido, pidió el estoque de matar y acabó con el toro de su etapa municipal de dos golletazos. Se terminó. Silencio. Bretón sabe tela de los silencios de Sevilla. Sí, Sevilla guardó ese silencio que es marca de la casa, sello de su heráldica. El niño Bretón se fue, se esfumó de las páginas locales de los periódicos durante un tiempo. Su inconfundible dicción en las presentaciones de los pregoneros de Semana Santa quedó para el recuerdo de los capillitas que lo tuvieron como referencia municipal. Algunas leyendas corrieron –¡cómo no!– por esa ciudad tan aficionada a la voz baja, a la fabricación de ángeles caídos. Poco más. El juguete de Arenas, de Soledad, de todo el partido, se rompió. ¿Pérdida de confianza, celos de Javié, pelusilla de Soledad? Todos miraban hacia otro lado. La despedida de los periódicos de entonces fue discreta. Clamorosamente cicatera. O notablemente discreta.

Entidades, hermandades, empresas y particulares le siguen debiendo hoy, por ejemplo, disfrutar de una caseta en la Feria. En sus tiempos de concejal no había criterios establecidos de reparto. Bretón podía adjudicarlas a dedo como antes lo había hecho el socialista Manuel Fernández Floranes.

Bretón era, es y siempre será la figura enjuta del PP de los años 90. Sigue teniendo la juventud de los eternos delfines. Goza de sitio reservado en el banco de los que un día fueron presidentes provinciales, cuenta con ese espacio acotado en las vitrinas del partido. Muchos recuerdan con agrado su facilidad para gestionar asuntos de la vida municipal, sobre todo cuando había que acelerar algún entierro en el cementerio de San Fernando y tocaba negociar con la lenta burocracia en momentos de especial delicadeza. O cuando Soledad le encargaba el muerto, nunca mejor dicho, de atender la petición de un famoso para tener un panteón propio en el camposanto.

La infancia y la adolescencia son recuerdos de las aulas del colegio Nuestra Señora del Andévalo, en la Huerta de Santa Teresa, y del Instituto Martínez Montañés, donde tenía de compañero de clase al líder del grupo musical Reincidentes. El niño Bretón era de los que se presentaban a delegado, un echado para adelante, con vocación pública desde muy pronto. La vida son evocaciones de un mozalbete de 18 años que acude a afiliarse a Alianza Popular y se convierte rápidamente en un mirlo blanco en las filas de un partido que no se caracterizaba por su capacidad para atraer jóvenes. Eran los años ochenta y este niño se hace con las riendas de Nuevas Generaciones y se inventa la entrega de premios a personajes de la sociedad civil para hacer ruido, llamar la atención de los medios. Y lo consigue. Vive la transición de la presidencia de Pedro Albert a la de Ricardo Mena-Bernal. Aquellas juventudes fueron muy influyentes para decidir quién asumiría la presidencia provincial del partido. La vida es cocinar pasta y usar mucho las princeps, preparar las cenas de casa con el inconfundible sello de un gourmet, sin excesos ni empachos, todo medido, muy calculado. Los veranos son recuerdos de la casa de su tía en Fuentebravía (El Puerto de Santa María). Y, por supuesto, la vida es apuntarse al Silencio en una época dorada para la Juventud Nazarena, la de Juan Delgado Alba como hermano mayor. En aquellos comienzos de los años 80 frecuentaban la cofradía el hoy sacerdote Pablo Colón y el hoy senador Toni Martín Iglesias.

Bretón no tiene coche. En cierta manera desprecia los automóviles. Prefiere gastar sus dineros en otras aficiones que predican un gusto loable y refinado, como las figuras para sus Nacimientos. Bretón vive la Navidad desde el verano. Prepara las Pascuas con meticulosidad. La Navidad es junto a la Semana Santa su gran pasión. Dicen que en agosto le han visto hacer compras con vistas a la Navidad. Le gusta pedirse de descanso los días previos a la Nochebuena para vivirlos con intensidad. En su casa ha organizado muchos años las visitas por grupos a su imponente Belén con estadillo horario perfectamente organizado, con derecho a merienda de productos de La Despensa de Palacio si los turnos asignados son los de media tarde.

De niño promesa a tertuliano. De expuesto en los medios de comunicación con poco más de veinte años a político refugiado en la sede del Defensor. De presidente provincial del partido a ariete de la derecha en la televisión pública andaluza. De apartado de la vida pública a ser la cuota mediática del PP en La Nuestra. De buscar gente para llenar los mítines de Aznar en Los Remedios a cerrar las puertas del auditorio de la Cartuja porque ya no se cabe. De la sede de General Polavieja a la de Rioja.

Treinta años demuestran que otro Bretón siempre es posible. Su gran mérito es haberse reinventado, aguantar más que un buzo debajo de aguas embravecidas, incluso cuando algunos amigos le reprochaban su capacidad de espera de nuevos destinos. Su ausencia de complejos le ha llevado a pedir cada vez que la ha necesitado la ayuda del partido o de amigos influyentes. El partido, esa estructura cambiante que engulle las figuras políticas y carece de memoria, lo ha repescado siempre. Pedid y se os dará, ora en un despacho de la sede regional, ora en la Diputación. El custodio de los valores del centro-derecha de los años 90 ha demostrado una capacidad notable para sobrevivir. “Vas a durar más en el PP que Jaime Bretón”, dicen algunos que lo tienen como vara de medir.

Este sibarita navegó en el barco de Álvarez Colunga. Cultiva su relación con Carlos Herrera, como la cuidó con Francisco Giménez Alemán. Tiene muchos cuadros de Juan Roldán y de Ricardo Suárez. Una vez acabó harto de estar tantos días seguidos en Florencia. La estancia de un mes en la capital italiana le resultó interminable. Saludó al Papa Juan Pablo II a los pies de la Giralda en 1993. Le tocó lidiar la crisis del Gran Poder a su paso por una Plaza de la Gavidia tomada por el golferío nocturno, precedente más próximo a la Madrugada amenazada que ha llegado a nuestros días. Tuvo un bar en Nervión junto a otros socios: el Tucker. Su figura alta, delgada y que revela ciertos achaques de espalda se ha divisado siempre como tradicional en las reuniones del PP desde hace casi veinte años. Trató mucho al recordado Alberto Jiménez Becerril, que de alguna forma lo sustituyó como figura prometedora en el Ayuntamiento hasta que cayó asesinado junto a su mujer en la calle Don Remondo, la calle donde siempre hace frío desde aquel enero de 1998.

Bretón sembró envidias cuando aparecía en los medios de comunicación por la belleza de sus belenes, por su condición de melómano, o por sus declaraciones como ex concejal, mientras otros cargos del partido se batían el cobre en los barrios. Al final la vida es ir subido a un autobús: naranja o carmesí, de concejal o de defensor, de consejero audiovisual o de asesor de la Diputación. Pero siempre subido. Y aplicar el lema de Tussam: déjate llevar. Los noventa fueron ayer. O esta mañana, como diría el Pasmo.

El capitán del buque

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL OLIVENCIA

TRAS aquel consejo de administración del Banco de España, Felipe González tuteó por primera vez a su maestro, Manuel Olivencia (Ronda, Málaga, 1929), una señal que con el tiempo se interpretó como el inicio de un nuevo periodo de relaciones entre ambos:“Oye, Manolo, tengo que hablar contigo de una cosa. Te llamaré”. Al cabo del tiempo, Olivencia se encontraba impartiendo clases en una de las aulas de la antigua Fábrica de Tabacos de Sevilla que se nutren de la potente luz del patio. Un bedel interrumpió la sesión, don Manuel tapó el micrófono, lo reclamaban para atender una llamada telefónica urgente, pero se negó a abandonar la clase. Se supo después que era requerido nada menos que por el Rey. Al terminar la clase, se marchó con tal urgencia que no pudo resolver la duda particular de un alumno: “Mañana le atiendo”. Días antes, efectivamente, había hablado con Felipe, que le explicó que su costumbre era dejar aparcados los temas que se enconaban. Y, de hecho, el nombramiento de Ricardo Bofill como comisario de la Expo’92 estaba ya lastrado por la doble polémica del rechazo de los socialistas catalanes, que no querían semejante caramelo para un notorio nacionalista, y de los socialistas andaluces como Rafael Escuredo y de los sectores más conservadores de Sevilla que no lo querían por ser catalán.

La historia ya es conocida. Olivencia dio nones, Felipe insistió en su nombramiento –pese al rechazo de Alfonso Guerra y de su cuadrilla–, le pidió que se lo pensara y acto seguido rogó la mediación del Rey, que fue quien telefoneó aquel día a la Universidad en horario lectivo y consiguió que el catedrático aceptara aquella empresa. Ya lo dice el aserto que alguna vez le han recordado a este maestro de mercantilistas en alguna tertulia distendida:“Con lo que Dios mande y el Rey ofrece, a joerse”. Publicado su nombramiento en los medios, los alumnos lo recibieron con un aplauso que el catedrático, bastante tímido, interrumpió: “Señores, no perdamos el tiempo que hay que dar clase”.

De la Expo habla poco. De Jacinto Pellón, prácticamente nada. Un día se rió cuando le contaron la historia de un vecino que se afeitó la barba para no ser confundido con aquel ingeniero montañés que se convirtió en la imagen adusta de la Expo, el hombre que cerró la venta de abonos. El recuerdo de aquellos intensos años, en general, no es precisamente dulce. Felipe, con el tiempo, le llegó a confesar:“Yo sabía que ser comisario te había costado dinero, pero no tanto”. Los años previos a la Muestra Universal se produjeron muchas fusiones de bancos que requirieron de la intervención de los despachos más potentes. Olivencia se quedó fuera de aquellas operaciones mientras trataba de sacar adelante las mil y una gestiones que generaba la Expo, unos años en los que se enfrentó a los intentos de mangoletas.Donde fluye el dinero existe la tentación. Siempre ejerció de vigilante y garante de la legalidad, pese a lo cual se tuvo que ver en el doloroso trance de declarar ante el juez Garzón. No hay mayor juez que el tiempo. Y sólo basta comprobar dónde está hoy el personaje Garzón. Y dónde Olivencia.

Como comisario de la Expo soportó los palos en la rueda de muchos miembros del PSOE andaluz, inquietos porque se estaba forjando un perfecto candidato del centro-derecha a la Presidencia de la Junta o a la Alcaldía de Sevilla. Olivencia se llegó a quejar ante el entonces todopoderoso José Rodríguez de la Borbolla de las dificultades que le estaban poniendo los socialistas andaluces.“Mi partido no te pone pegas, serán algunos de mi partido, que no es lo mismo”.

Un día estaba en Madrid explicándole al Rey las obras de la Cartuja con planos por delante. Don Juan Carlos miraba los enormes pliegos extendidos y atendía las explicaciones que el comisario le ofrecía de cada parcela hasta que se detuvo en una foto en sepia de la Exposición Iberoamericana de 1929. En la instantánea aparecía un grupo de señores a los que el Monarca fue identificando uno a uno hasta que se detuvo en uno que no reconocía. Olivencia intervino:“Señor, es mi padre, que era el comisario del Pabellón de Marruecos”. Tal era el calor en la Sevilla del 29 que la madre de Olivencia se marchó a Ronda buscando el frescor de la serranía, por eso el niño Manuel nació en Ronda. Olivencia explicó al Rey que su padre fue después el primer alcalde republicano de Ceuta, donde vivía la familia. Don Juan Carlos valoró entonces la “gran cantidad de gente de bien que trabajó para que la República saliera adelante”. Yañadió que su empeño en la Transición fue hacer lo mismo: aunar voluntades, incluso entre aquellos más reacios al proyecto común de la Monarquía parlamentaria.

Su tío Santiago lo inscribió el 25 de julio para hacerlo coincidir con su festividad, pero don Manuel nació realmente el día 24, fecha en la que celebra su cumpleaños por mucho que la inscripción registral diga que fue el 25. Lo que también dice es que se llama Manuel Santiago Olivencia, un nombre que no usa nunca, pero la Universidad de Bolonia, rigurosa y ortodoxa donde las haya, le colocó completo el nombre en su título de doctor.

Olivencia se fue de la Expo. Dimitió varias veces hasta que le aceptaron la carta. No la pisó más que en una ocasión. Fue con motivo del día de Naciones Unidas en su condición de delegado de España en la Comisión para la Codificación del Derecho Mercantil Internacional. A Peris le confesó que el día de la inauguración, el 20 de abril, estaba en Marruecos: “Entre otras cosas porque nadie se acordó de mandarme una invitación”.

Olivencia tiene una hija, Macarena, casada con Javier Arenas, padre natural de la derecha andaluza. Algunas veces se le ha oído decir con sentido del humor: “No tengo yerno, sino un hijo político”. Un día, el Rey lo sorprendió en un acto dándole dos palmadas fuertes por la espalda. Alguien terció y le dijo al Monarca: “Señor, tenga cuidado que es el suegro de Javier Arenas”. La Reina apareció en ese preciso instante, vio la cara contrariada de don Manuel y comentó: “¿Qué le pasa, Manolo?”. Y Olivencia le explicó a la Soberana: “Estoy algo enfadado, porque me acaban de presentar como suegro de Javier Arenas”. Y doña Sofía zanjó: “No se preocupe, yo el otro día iba por la calle y me identificaron como la abuela de Froilán”.

Olivencia rechazó ser magistrado del Tribunal Constitucional (TC) cuando una legión de juristas se daban tortas por el nombramiento. Recomendó a Juan Antonio Carrillo Salcedo, que también lo declinó. La plaza la ocupó finalmente el discípulo amado de don Manuel, el catedrático Guillermo Jiménez Sánchez, que llegó a ser vicepresidente del TC. Jiménez Sánchez y Rafael Illescas, catedrático de Derecho Mercantil en la Carlos III, son sus dos discípulos eminentes. De don Manuel se dice que es el maestro de la escuela del Guadalquivir y del eje del AVE, porque todas las ciudades que baña el río o que comunica la alta velocidad están pobladas de catedráticos y profesores titulares que imparten Derecho Mercantil tras haber pasado por su magisterio.

La vida transcurre aún con ajetreo entre Sevilla y Madrid, entre la casa de la acera impar de la Avenida de la Palmera, la residencia de la Ronda natal y el despacho profesional de la capital de España. No quiere dejar de vivir en Sevilla pese a que sería mucho más conveniente para sus intereses estar afincado en Madrid. Florencio es el chófer, casi un amigo personal ya, que lo lleva y lo trae para evitar la impersonalidad de los trenes. En los años que usaba el AVE, siempre se le vio trabajando tanto a la ida como a la vuelta con el mismo silencio y la misma compostura en todo momento. Un ex alumno que coincidió con él en ambos trayectos contó en una ocasión:“Yo a la vuelta ya era incapaz de hacer nada, me fui al bar, me pedí un whisky y me aflojé la corbata. Cuando regresé a mi vagón, don Manuel seguía trabajando exactamente igual que a la ida”.

Don Manuel es una silueta de abrigo azul y pelo encanecido que rara vez se ve un sarao. Nada amigo de actos sociales, mucho menos de la Feria, donde acaso pasa algunos minutos con la familia Acedo, Francisco y su mujer, para irse después a sus abonos de sillón de tendido de la Real Maestranza. Los toros le encantan. Don José Acedo Castilla, padre del citado Francisco, era uno de sus grandes amigos, miembros ambos de la tertulia sabatina de la cafetería El Coliseo, en la Puerta de Jerez. Por aquella tertulia pasaron personajes como Ángel Olavarría, García Añoveros, Juan Moya García. Alfonso de Cossío, Francisco Piñero, Joaquín Ruiz, Mariano Monzón, José María Cruz, Pedro Luis Serrera, José del Río… Olivencia sigue hoy asistiendo a esa tertulia de dos horas de duración, donde sólo se toma café y se habla de lo divino y de lo humano. El arraigo de los contertulios en el establecimiento es tal que don Manuel gestionó la Medalla de Oro del Trabajo para el camarero que se llevó años sirviéndoles con la mayor diligencia. Cuando don José Acedo estaba enfermo, Olivencia lo llamaba a diario ya estuviera en Madrid o en Nueva York.

La combinación de la cátedra con el despacho profesional le ha impedido impartir el cien por cien de las clases. Ha tenido colaboradores de lujo que le han suplido cuando ha tenido que estar en Madrid o en el extranjero. No gasta gritos cuando algo no le gusta. Todo lo más, levanta la mirada por encima de las gafas para expresar una desaprobación. A los alumnos les exige que lleven siempre a clase el Código de Comercio, como es obligado para el capitán del buque según dictaba el viejo artículo 612, párrafo segundo, un precepto ya derogado: “Serán inherentes al cargo de capitán las obligaciones que siguen […] Llevar a bordo un ejemplar de este código”. Don Manuel, siempre con el código. Y también sus discípulos, a los que enseña un principio general básico: “El jurista hace de intérprete como lo hace el músico. El músico interpreta la partitura, ustedes interpretan la ley”.

Avanzado en lo teórico, interesado por las innovaciones jurídicas, nunca anclado en normativas o enfoques superados. Dicen que en su materia jamás se quedó en los planteamientos napoleónicos, ni en los de finales del siglo XX. Su doble condición de catedrático y abogado le ha obligado a estar al día. Es muy de San Isidoro:“La teoría sin la práctica es petulancia”.

Nadie lo ha podido tener nunca por un beatón. El cardenal Amigo lo eligió para hacer una de las lecturas en la ceremonia de beatificación de Sor Ángela que presidió el Papa Juan Pablo II en el campo de la Feria. Don Carlos le preguntó en una ocasión:“¿Por qué te han nombrado comisario de la Expo?”. Y don Manuel le ofreció una respuesta muy reveladora:“Por lo mismo que usted me eligió para hacer una lectura ante el Papa, porque no soy ni del Opus ni de los jesuitas, ni de unos, ni de otros”.

La vida son lecciones de rectitud, de admiración a su maestro Joaquín Garrigues. La vida es querer estar en Sevilla y renunciar a cátedras en otras universidades tal vez más pomposas. La vida es orgullo por haber sido criado en Ceuta, de donde su hermano y él son hijos predilectos. La vida es seguir siendo seguidor del equipo de fútbol ceutí por mucho que luzca condición de bético. Suya es una sentencia que proclama muy en privado: “El virus del hincha se inocula de pequeño. Y yo cogí el del Ceuta”. La vida es comer poco, en comparación con su alumno Guillermo Jiménez Sánchez, más aficionado a los chuletones. Un día pidió una simple tortilla en uno de esos sitios de relumbrón a los que le llevó Guillermo. El camarero, un punto contrariado, respondió: “Esta casa no trabaja el huevo”. La vida es ser considerado el mayor experto en Derecho Concursal, el autor de la Ley Concursal (también conocida como la Ley Olivencia) y el redactor de preceptos de numerosos códigos de comercio de naciones extranjeras. La vida son las naranjas de la finca del Aljarafe y las tardes de toros junto a su predilecto Manuel Ricardo Torres. La vida es aguantar por dos veces la pérdida de un hijo, superar achaques graves de salud, caer, levantarse y ponerse de nuevo a trabajar. El sol sale y hay quienes tienen derecho a verle sonreír.

Pocos saben que es maestrante de Ronda por la vía del prestigio, como lo fue don Eduardo Ybarra Hidalgo de la Maestranza sevillana. Amigo de Rafael Atienza, marqués de Salvatierra. Hermano número 175 de los Estudiantes, la cofradía de la Universidad en la que ingresó el 18 de diciembre de 1960. Es un fijo de la corrida goyesca. Sus nietos le llaman “obi”, abuelo en alemán. Hubo un día que dejó de fumar. Yotro día, cuando le cerraron el puesto de los Monos, se quedó sin uno de sus sitios preferidos para el café. Escritor solvente, académico de la de Buenas Letras, aficionado al uso de la jerga taurina. Nadie se toma la última copa, ni ningún catedrático da su última lección. “La última lección está por hacer, por descubrir y por describir. En eso consiste la ciencia, toda rama de la ciencia: el saber científico es avance, progreso, marcha hacia adelante. Y ese camino no tiene fin, por fortuna”. El capitán del buque es el que manda, siempre con el código a mano. Florencio, arranque por favor, que nos vamos para Sevilla.

La ministra responde

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

FÁTIMA BAÑEZ
HAY gente que se da importancia llegando tarde a las citas, haciendo esperar a los convocados o simplemente dejando sin respuesta los mensajes de teléfono móvil. Otra gente remite a intermediarios para dar un capotazo:secretarias, jefes de gabinete, responsables de prensa o cualquier suerte de colaborador a sueldo. El día de 2003 que falleció Regla Jiménez, la eterna alcaldesa de Espartinas, telefoneé al gabinete de don Manuel Fraga a la sede de la Presidencia de la Xunta de Galicia para recabar sus recuerdos sobre la figura de una fraguista consumada. No tenía mucha esperanza en que el padre natural de la derecha española se pusiera al teléfono. Dos días después del funeral, sonó mi móvil cuando viajaba en un autobús de Tussam. “Buenos días, le paso a don Manuel Fraga unos minutos”. Me bajé apresuradamente, entré en la Facultad de Económicas, supliqué un bolígrafo al conserje, saqué una propaganda que llevaba en el bolsillo, tomé notas en los márgenes de cuanto me dijo aquel señor mayor de acento inconfundible. Al salir del patio de la facultad, devolví el bolígrafo al conserje. “Disculpe, es que era don Manuel Fraga”. Yel buen hombre me miró con la desconfianza con la que se mira a un desequilibrado al que se quiere tener cuanto más lejos mejor. Fraga devolvía las llamadas. Sin intermediarios. Sin darse importancia. Sin escrutar previamente con quién iba a mantener una conversación. Y lo hacía, sencillamente para homenajear a una alcaldesa de un pueblo del Aljarafe.
La actual ministra de Empleo, Fátima Báñez (San Juan del Puerto, Huelva, 1967), también devuelve los mensajes porque es de esas personas hiperactivas a las que les gusta ser secretarias de sí mismas. Y no es que los devuelva rápido a sus amigos que están en el machito:Soraya Sáenz de Santamaría, Álvaro Nadal, Cristóbal Montoro o José Luis Ayllón. Se los devuelve también a sus queridos Perico Rodríguez o Adolfo González. Hay concejales de la oposición o alcaldes de medio pelo incapaces de gestionar su propio teléfono móvil y que han pretendido gobernar una ciudad.

–Si a Fátima le mandas un whatsapp tarda, como mucho, pero como mucho, dos horas en darte una contestación.

El Partido Popular en Andalucía es una creación de un señor llamado Javier Arenas. Todos los rostros principales de la formación proceden de la factoría de este político que tiene más vidas que un gato y más recorrido que el C-2 los días de Feria. Cada vez que lo dan por muerto, la realidad es que estaba de parranda, que quiere decir que estaba preparando los congresos con anticipación para no dejar un cabo suelto. Arenas ha sobrevivido a todos los dirigentes nacionales del PP y ha condicionado (y condiciona) a los que le han sucedido en distintas etapas. Un mérito suyo, incuestionable, es haber ido haciendo una plantilla de dirigentes andaluces políticamente centrados, haber presentado listas en pueblos donde el centro-derecha no se comía un rosco, o donde los vecinos más conservadores votaban al PSOE ante la falta de una lista del PP. Arenas fue quitando caciques y señoritos de la antigua Alianza Popular y fue reclutando empresarios, tenderos o estudiantes universitarios para abrir sedes y conformar listas electorales desde Pulpí hasta Ayamonte. Arenas ficha, descubre promesas y trata de moldearlos a su imagen y semejanza. El resultado, como se puede comprender, es dispar.

Como veedor de jóvenes valores, un día se fijó en una chica de Huelva, Fátima Báñez, que le presentó Matías Conde, presidente provincial en los años 90. Arenas apostó por ella porque reunía lo que buscaba para el PP andaluz: joven, mujer y sobradamente preparada. Báñez había cursado la doble formación de Derecho y Económicas de ICADE. Fue aupada en poco tiempo al Consejo de Administración de la RTVA, donde también estaba José Luis Sanz, otro cachorro de Arenas que ejercía también por aquel entonces de coordinador de la presidencia regional del partido. Arenas tampoco tenía muchas plazas fuertes que ofrecerle a Báñez, pues el PP andaluz carecía prácticamente de puestos relevantes. Tras dos intentos frustrados por alcanzar la Presidencia de la Junta, Arenas se marchó a Madrid para ser ministro de Trabajo con Aznar en 1996. El lince de Olvera cedió entonces la presidencia regional del partido a la gaditana Teófila Martínez, que también se quedó encantada con Báñez, esa joven formal, culta y de familia más que acomodada. Teófila la nombró coordinadora de su presidencia.

Báñez se convierte entonces en el pañuelo de lágrimas de la presidenta andaluza. ¿Por qué lloraba Teófila? Por los palos en la rueda que Javié le ponía desde Madrid continuamente para dejar claro quién seguía siendo –por control remoto– el factótum del centro-derecha andaluz. Para ayudar a Javier estaba también Antonio Sanz en el puesto de secretario general, siempre leal a Javié desde cualquier destino. Teófila ejercía una suerte de presidencia monitorizada desde Madrid por Arenas y fiscalizada por Sanz desde la misma sede regional de la calle San Fernando. Si Teófila convocaba un acto en Cádiz el sábado por la mañana, el ministro Arenas se anunciaba en otro en Córdoba a la misma hora. Si Teófila montaba una intermunicipal en Carmona, el ministro Arenas se reunía con empresarios en los salones de Antares en Sevilla. Agendas paralelas, contraprogramación evidente. Y, claro, los peces gordos preferían estar junto al ministro. Arenas se llevaba el boato y el minuto de telediario. Arenas fue labrando su fama de mejor ministro de Trabajo de la democracia y filtrando hábilmente la archiconocida historia del día que se encontró la hucha de las pensiones con telarañas y, cómo no, con sus esfuerzos y gestiones logró pagar en fecha a todos los pensionistas del reino de España.

Arenas nunca se lo puso fácil a Teófila. Y Teófila se consolaba en el hombro de aquella muchacha eficaz y discreta, más inteligente que lista, risueña con todos. Ocho años de lamentos, ocho sabiéndose una presidenta interina. ¿Cuándo le reconocerá el PP su sacrificio a Teófila Martínez? Nunca. Pocas como Fátima Báñez fueron testigos de cuánto penó aquellas gaditana que se pegó dos trastazos electorales en las urnas autonómicas. Teófila pudo haber sido ministra, embajadora o lo que hubiera querido. Y acabó bailando con la presidencia del PP andaluz: la más fea del salón de danza de la política.

En 2004 se produce el retorno repentino del Jedi Arenas a la política andaluza en el halcón milenario de AVE junto a Juan Ignacio Zoido. El PP cae en depresión tras perder el gobierno por los atentados del 11-M. Teófila deja la presidencia regional en favor de Arenas, quien convierte a Zoido en el secretario general. El magistrado pasa de no estar afiliado al PP a ser nada menos que secretario general en el transcurso de una junta directiva manejada al antojo de Arenas en el Hotel Sevilla Center. El poder del índice de Javié era certero. Fátima Báñez abandona la estructura regional y se ve de diputada nacional en Madrid, de nuevo junto a Teófila, en un Grupo Popular anímicamente abatido, cariacontecido como el rostro de Acebes, y con un portavoz correoso como Zaplana, el señor de los nudos de corbata perfectos. El PP tenía que reinventarse en la Carrera de San Jerónimo, levantarse tras el mazazo de haber perdido la Moncloa cuando se daba por garantizada. Báñez, una vez más, es valorada por quien ejerce el mando en ese momento. Tiene la virtud de ganarse con cierta rapidez la confianza del que está arriba. Entra en la dirección del Grupo Popular y, cuando Rajoy sustituye al correoso Zaplana en la portavocía del grupo por la desconocida Soraya Sáenz de Santamaría, comienza quizás la etapa más apasionante para la onubense. En esos años duros congenia con Cristóbal Montoro, retornado del Parlamento Europeo. Pocos confían entonces en las aptitudes de Soraya, cierta prensa de Madrid cuestiona su capacidad de liderazgo en un grupo político cargado de pesos pesados del aznarismo. Báñez se metió en el núcleo duro de Soraya, la apoyó y ahí sigue.

Muchos entienden que Soraya y Báñez son un tándem perfecto. Hay una diferencia importante entre las dos. Soraya no conoce el PP como sí lo controla Báñez. Es probable que sea porque la andaluza es muchísimo más cariñosa y pronuncia menos eses distantes. La onubense ha sembrado entre los afiliados, se ha ganado el afecto mayoritario y se ha esforzado en tener una noción clara de las entrañas del partido. Báñez es una hormiguita trabajadora, mientras Soraya es la tecnócrata incuestionable. Si fueran papisas, Báñez sería como el argentino Francisco, y Soraya como el alemán Ratzinger. Aquella chica que Arenas descubrió en el 96 ha terminado por quitarle el título de mejor ministro de Trabajo, una distinción que le han atribuido a Arenas una buena ristra de cargos del PP en esos actos de consumo interno, donde los elogios fáciles se lanzan desde el atril como petaladas huecas, donde se reparten abrazos sonoros y se dan pellizcos en las mejillas.

Báñez se ha subido al podio de la política pese a la crisis, pese a los seis millones de parados, pese a la irrupción de nuevos partidos amenazando los cimientos del bipartidismo, que pretenden dinamitar el espíritu de la Transición, pese a la reforma laboral y la de las pensiones, y pese a que pocos daban un duro por ella cuando Rajoy la puso al frente del ministerio más ingrato. No hay nadie que haya durado tanto en un ministerio tan árido, un sillón del que se suele salir achicharrado. Ni la reforma laboral más polémica ha lastrado su fama. Dicen que a Báñez la ha salvado el enorme paraguas que abre cuando estalla cada polémica, que tiene esa habilidad como dicen que tiene un defecto: ser ingenua, demasiado buena gente y no guardar rencor con quien le ha jugado una mala pasada. Feminista sin militar en la ideología de género, austera en el vestir, rociera sin complejos y aficionada a la coca-cola zero con una tapa en cualquier bar de Madrid de los que ofrecen los calamares aneumaticados arrullados en una vitrina.

La vida son los veranos en Islantilla, donde recibe a Soraya algunos agostos, y una casa en Pozuelo de Alarcón (Madrid) dotada con las últimas tecnologías. Dicen que la ministra no solo da órdenes en el Ministerio, también en el hogar: “Persiana sube”. Y la persiana de la residencia de La Finca se eleva. Domótica se llama. La vida es vivir siendo ministra en sesión continua. Desayuna con los hijos y a la calle. La vida son los fines de semana por toda España por razones del cargo. No se procura una agenda cómoda cerca de Pozuelo para los sábados y domingos. Si hay que ir a Santiago, Santander o Sevilla, se va. Sabe que algún día le pueden pedir que asuma el reto andaluz y eso sería un verdadero vuelco en su esquema de vida, arraigado en la capital de España. “No quiere Andalucía ni en pintura”, aseguran quienes la tratan y estiman. La infancia son recuerdos de San Juan del Puerto y de estar acostumbrada desde muy joven a crecer en autonomía por sus años de interna en Huelva y posteriormente en Madrid. La vida es haber pasado por la empresa privada antes que por la política, es haber batido el récord de iniciativas presentadas en la IX legislatura. Es sentir orgullo por haber sido ponente de la reforma del Estatuto de Autonomía de Andalucía hace ahora diez años. La vida son viajes en el AVE de charlas largas con diputados como el sevillano Adolfo González, o sus amigos hispalenses Ricardo Tarno y José Luis Sanz. Tiene por norma un lema: “La ministra responde”. Y es como una orden dada a sí misma. Como a la persiana: “Persiana baja”. Y se hace la sombra.

“Estás más delgado”

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

Antonio Sánz.jpg
LOS partidos políticos tienen estatutos colgados en sus páginas oficiales de internet. Muchos preceptos de redacción hueca, de escasa utilidad y de formulación lo suficientemente generalista para que los presidentes, secretarios generales y comités ejecutivos puedan hacer y deshacer con apariencia de legalidad. Al margen de los estatutos está el código interno, que no se explica en ningún curso de formación (subvencionado) y que se lo saben al dedillo los cargos y militantes del núcleo duro. Se trata de dos normas básicas y no escritas: al jefe hay que reírle las gracias, sobre todo si son en público, y hay que estar siempre disponible al cornetín de mando que toca el correveidile de gabinete de turno. Javier Arenas, padre natural de toda la militancia del PP andaluz, es un especialista consumado en gastar bromas y permitirse ciertas licencias en los mítines o convenciones que se celebran en salones de hoteles con derecho a botellita de agua y platito de caramelos. También lo es en trabajar los domingos para inventarse cualquier excusa para hacer declaraciones y colarlas en el telediario de las tres de la tarde y en el de las nueve de la noche. Va uno de viaje por España, pone la televisión en Cáceres y aparece Javié con la ceja arqueada haciendo declaraciones sobre los independentistas catalanes en el Parador de Carmona. Yel acompañante, ante el plato de migas, clava el diagnóstico que nadie ve.

–Ea, ahí tienes al campeón mangando cuota mediática nacional y poniendo una pica en Carmona para capitalizar la casi mayoría absoluta de Juan Ávila. Anda que no es listo el Arenas. Tiene claro el cumplimiento del precepto dominical… en política.

Arenas coge el micrófono y saluda con toda soltura a “Pani” (Luis Panigua, el responsable de Nuevas Generaciones), alude a que el veterano Albendea “siempre es el primero en aplaudir”, saluda a Juan (Juan Ignacio Zoido), del que dice –decía– que se fía tanto que le dejaría al cuidado de un hijo un fin de semana, manda un beso a Lola (Dolores Meléndez, histórica de la derecha sevillana), refiere el color amarillo del jersey de Jaime Raynaud (“¡Qué bonito, Jaime!”), por lo que Raynaud sale echando sapos y culebras, y reserva la perla para su querido Antonio Sanz: “Antonio, estás más delgado”. ¿Cuántas veces hemos oído de Arenas, abrazado al atril del mitin o en la presidencia del comité ejecutivo regional, proclamar que Antonio Sanz está más delgado?

Y Antonio Sanz (Jerez de la Frontera, 1968) ha soportado todas y cada una de las bromas del antes jefazo del PP andaluz, ahora superviviente de Génova y, siempre, siempre, catedrático del culebreo en las filas del peperío del Sur de España. Todos en el PP andaluz lo admiran, digan lo que digan. Cuando llegaban los jueves de los ministerios que perdimos, Arenas cogía el teléfono interno y avisaba a su gabinete:

–¿Marilar? ¿Mateo? Oye, preparadme algo para salir en la tele el domingo tras el partido de pádel en Antares. Avisad a Zoido, Jaime, Juanitobueno, Antoñito Sanz… ¿Eh? Que estén allí arropándome mientras hablo para que el total de la tele quede de dulce. Y al día siguiente nos volvemos a Madrid en el AVE de las seis y veinte, tempranito, ¿eh? Que se venga alguien del partido para ir trabajando sobre los planes de Andalucía.

Y el único que siempre ha estado disponible a la hora de la verdad ha sido Antonio Sanz. Para arropar al líder en los totales haciendo leves afirmaciones con la barbilla, para coger el AVE de las 06:20 en Santa Justa, y hasta para salir en coche hacia Madrid a las cuatro de la madrugada porque había que estar en Génova de forma urgente a primera hora y ya no había tren posible. Antonio Sanz nunca le ha dicho que no a Javié. Nadie en el partido, ni siquiera quienes han sufrido su carácter de general secretario, ocultan que es el tío que más horas de trabajo echa en la estructura de un partido acomodado, casi convertido en la perfecta Consejería de la Oposición de la Junta de Andalucía. No le ha importado ser secretario general, dejar de serlo y volverlo a ser. No le ha importado mandar en el PP de Cádiz, dejar de mandar y volver a mandar. Y al fin ha conseguido ser un cargo serio tras años de travesía del desierto por la oposición andaluza: delegado del Gobierno en Andalucía.

Paradójicamente, Antonio Sanz está sacando rédito político a un cargo eminentemente institucional, habitualmente reservado a figurones. Y eso lo han conseguido pocos delegados del gobierno, al menos del PP. Zoido se volcó en la agenda social, Carmen Crespo se fue sin enterarse de la misa la media, y este Sanz que nació para ejercer el poder está aprovechando los meses del gobierno en funciones para desplegar toda la cola del pavo real político que siempre ha llevado dentro. El destino lo ha mantenido demasiados años sin responsabilidades institucionales. Por fin el hombre de aparato (puro y duro) se está luciendo visitando el dispositivo de la DGT un domingo de fin de puente festivo, coordinado el simulacro de un terremoto o trabajando en armonía con los socialistas en el plan de seguridad de la Semana Santa. Las cofradías de Sevilla siempre estarán en deuda con este jerezano que suba y baja de kilos con facilidad, que escruta con el barrido de una mirada todos y cada uno de los asistentes a un acto público, y que es tenido por un rocoso negociador cuando en la mesa se sientan políticos de otro signo. Como delegado del Gobierno se vuelca con los ayuntamientos del PP sin ningún complejo, aunque sea el de Tomares de José Luis Sanz, con el que ora se lleva bien, ora dicen que son como Ben-hur y Messala, que cada cuál le ponga a cada uno la cuadriga que considere más apropiada…

La vida es echar una bronca a los cachorros de Nuevas Generaciones cuando no se cumplían sus directrices, que algunos de aquellos jovenzuelos aún recuerdan sus reprimendas. La vida es dar rienda suelta a su gran afición: ejercer de radioaficionado nocturno con el código EA7AE en largas noches donde puede acabar al habla con un tío en Tailandia. Aún se recuerda la antena que hizo instalar en la sede regional de la calle San Fernando en sus años como secretario general, como se recuerda su último día en aquel despacho oficial, cuando una limpiadora le preguntó por qué se llevaba las banderas oficiales: “Son mías”. La vida es desayunar en las ventas de la A-92 en los largos viajes con Javié por la Andalucía que sigue dejando al PP en la cuneta del poder como heredero natural del pifiazo de la UCD en el referéndum autonómico. La vida es tener el don de la ubicuidad para estar en los oficios del Viernes Santo en la Catedral y en las procesiones de Jerez la misma tarde. La vida es estar de patrulla nocturna con la Cruz Roja en el Estrecho sin fotógrafos, una afición sana que, como la de radioaficionado, es propia de quien necesita dormir poco. Siempre dispuesto a subirse al helicóptero de la Guardia Civil, a sentarse en el puesto de mando de cualquier operativo de la Policía Nacional, a conducir el coche que lleva a Arenas adonde tiene que estar el líder a las 9 de la mañana.

Pero hubo una noche de escasos testigos en la que Sanz dio la verdadera talla de político del PP. Aquel domingo de cuaresma en que Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta de Andalucía, cuando de los salones del Oriza parecía que iba a salir la Mortaja y sólo faltaba el sonido de la esquila, cuando los camiones del cáterin de la Raza contratado para la prensa se quedaron aparcados encima de la acera con los canapés criogenizados, cuando la pancarta triunfal se quedó sin desenrollar y los músicos contratados fueron literalmente los primeros en marcharse… Aquella noche de hundimiento de la Armada Invencible de Arenas, cuando ya no quedaban pelotas y el perro flaco del PP andaluz volvía a rascarse las pulgas de un nuevo varapalo, Antonio Sanz siguió en la sede hasta el final junto al gran derrotado Fue una estampa dolorosa, compensada hoy con la experiencia en un despacho que ha convertido en una suerte de ministerio andaluz del Gobierno de Rajoy.

Sanz es un tipo intenso, el clásico agonía que no conoce límites en el oficio, una característica de donde afloran sus virtudes y sus defectos. Hoy vive días de preocupación por el futuro del Gobierno de España. Si el PP continúa en la Moncloa, nadie se atreverá a desalojarlo del despacho de la Plaza de España, pues ha demostrado que no se limita a acompañar a los ministros, sino a vender logros políticos de todo tipo: desde los planes de seguridad de Semana Santa a los tramos nuevos de autovía. Dicen las malas lenguas que Sanz tiene la visión política que falta en el equipo de Moreno Bonilla, líder regional. Y que, en la práctica, la Plaza de España es la referencia del PP andaluz en contraposición con la calle San Fernando. Si tuviera una imagen más estilizada, tal vez podría plantearse otros objetivos en una política marcada en exceso por la imagen y el márquetin. Pero entonces no sería el genuino Sanz, duro como secretario general con los suyos y amable para entenderse con los interlocutores de la izquierda. Es un profesional de la política en el buen sentido. No se caracteriza por su especial sentido del humor, pero no es aburrido. Será presidente del PP de Cádiz por los siglos de los siglos, sabedor de la importancia que tiene retener una parcela de poder orgánico cuando los vientos desalojan al PP de las instituciones. No quiso ser presidente del PP andaluz, tal vez porque ha vivido en exceso en la burbuja que se creó el propio Arenas y donde en muchas ocasiones sólo tenían cabida el propio Arenas y él. Dicen que con Arenas ha tenido más aguante que la sábana de abajo y que ha visto en demasiadas ocasiones como Javié es capaz de venderle un pingüino a un moro en el desierto. El caso es que Antonio, sea como fuere, siempre está más delgado. Palabra de Arenas Albendea aplaude. Y todos ríen, menos Raynaud si lleva el jersey amarillo.

El lepero alcaide

Carlos Navarro Antolín | 25 de octubre de 2015 a las 5:00

Bernardo Bueno
HAY gente que dice hasta aquí he llegado, me voy y no quiero ni recoger medallas ni asistir a cenas de homenaje con derecho a placa y discurso almibarado anunciado con golpecitos de cucharilla en la taza de café. Hay gente que se corta la coleta de la lidia laboral de cada día y aplica el ya estoy yo en mi casa, hundido en el mullido sofá o acariciándome la planta de los pies en la alfombra mientras la grasa del vientre va cogiendo forma de bolsa de caramelos del rey Baltasar. Y hay gente que simplemente cambia de actividad cuando se jubila, se busca habas propias que seguir enterneciendo al fuego de la lumbre cotidiana, o incluso las circunstancias lo premian con un sobrero noble y con embestida que alarga el lucimiento de los días laborables.

Bernardo Bueno (Lepe, Huelva, 1948) estaba recogiendo el material, guardando el marco de la foto familiar en la caja de cartón, cuando Juan Espadas, alcalde de Sevilla, lo llamó para regalarle uno de los escasos títulos nobiliarios de la política local: alcaide del Real Alcázar. O de los Reales Alcázares, como prefiere decir con todo rigor, al ser una suma de palacios de diferentes etapas históricas. Estaba Bueno sellando una trayectoria política con origen en 1977 y cargos públicos hasta en La Rioja, cuando sonó el teléfono otra vez. Y no era Guerra para que lo recogiera al pie de la escalerilla el viernes por la tarde. Y no era Manuel del Valle para encargarle la cultura municipal pisando la raya de picadores de lo políticamente correcto con aquella inolvidable Cita en Sevilla. Y no era Chaves para llevarlo como dócil parlamentario por Sevilla. Ni Griñán para asignarle una delegación provincial, grada de sol alto en el reparto de cargos de la Junta. Era Juan Espadas, representante del susanismo en la Plaza Nueva, el que llamaba para concederle una suerte de ducado con grandeza local en nombre de la reina del socialismo andaluz, en nombre de la La Que Manda Tela. Porque si los jueces imparten justicia en nombre del Rey, todo lo que haga un socialista en Sevilla es hecho (o perpetrado) en nombre de esa fuerza roja, rojísima, que el laicismo de paellador exprés de Ferraz va a terminar convirtiendo en la reserva espiritual del PSOE.

La teoría de los parecidos razonables y evocadores demuestra que existen niños con cara antigua, sacados de fotos de tonalidad sepia con faldones de bautismo de larga encajería, que piden ser expuestos en la vitrina de Luis Crux, en Martín Villa; existen sevillanos de perfil antiguo, de abrigos cruzados en invierno, como sacados del rodaje de Amar en tiempos revueltos, y por supuesto, existen cofrades que parecen criogenizados a lo Walt Disney, conservados en el frío de trajes de los años 70, con una sola abertura en el faldón de la chaqueta y un tono ala de mosca en las hombreras gastadas. Existen curas con cara de Domund como existen curas con cara de concilio. Bernardo Bueno tiene rostro de la Transición, como escapado de la magnífica serie dirigida por Victoria Prego. Este lepero evoca a Suresnes, a los últimos años de los señores procuradores con bigotito y retórica pregoneril. Uno ve a Bernardo Bueno por Doña María Coronel, con esa barba modelo Junta de Andalucía (imparable), con esa chaqueta un punto holgada y con esa camisa estilo Puente y Pellón fashion, y antes que saludarle dan ganas de decirle: “¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!”

Bueno ha sido guerrista. Le ha ido bien con Chaves y Griñán. Y cuando a la playa del socialismo llegaba esa ola roja de espuma blanca y rumor de caracolas, el tito Bueno, como le dicen con todo cariño muchos socialistas, trincó el premio extraordinaro de jubilación con derecho a Patio de la Montería. Alguna mala lengua dice que Bueno es el mejor producto de la industria del corcho del socialismo sevillano, la veleta que indica hacia dónde va a soplar el viento cuando el guerrismo busca las tablas, el oráculo que predice la patada hacia arriba del chavismo aquel Domingo de Ramos de tambores destemplados, el mejor oído del cascabeleo de las mulillas que van a arrastrar el griñanismo sobre el albero manchado de los ERE y, por supuesto, el druida que intuye la formación de ese huracán Susana que arranca de cuajo cualquier posible rival en las filas del PSOE, andaluz por supuesto. A la hora de la verdad, lo cierto es que todos los dirigentes del socialismo sevillano han contado con su participación, tal vez porque no sólo no resta nunca, sino suma. Quizás porque la ciudad siempre le deberá el haber innovado en política cultural con aquella Cita en Sevilla que trajo a la ciudad mucho más que unos conciertos en el Prado o en el solar del Maestranza. Sevilla tuvo su propia movida cultural gracias a este político austero que supo gestionar con imaginación un programa cultural de máxima innovación cuando las administraciones locales eran aún un mecano por montar. Este amante de la Feria, con caseta propia en la umbría Gitanillo de Triana 125, se trajo a Sevilla voces extranjeras como B.B. King, Miles Davis, Nina Hagen, The Kings, Georges Moustaki, Ian Dury, James Brown, Leonard Cohen, Frank Zappa… Un concejal joven llamado Javier Arenas, por cierto, ya arqueaba la ceja al arremeter contra las cuentas del festival en los plenos, pero pedía entradas para los conciertos en privado.

El tito Bernardo tenía rasgos en común con el alcalde Manuel del Valle: cierto sentido del humor inglés (“Vamos a ser malos, Bernardo…”, como entradilla a algún chascarrillo), cierto refinamiento, ausencia absoluta de guasa o una de sus derivadas, que es la ojana; y un trato exquisito con los grupos de la oposición. Monteseirín receló de algunos de los movimientos de Bueno en la Delegación Provincial de Cultura, cuando ponía algunas piedrecillas en el camino de las Setas, del tranvía o la recalificación de la sede provincial del PSOE. Bueno era visto desde la Plaza Nueva como el fuego amigo, como el mascarón de proa del susanismo emergente, dispuesto a soltar marrones para recrearse después en el yoyaísmo que aseguran que es marca de la casa de Bueno: “Yo ya te lo advertí, yo ya te lo dije, yo ya te lo avisé”.

La vida es pasión por el teatro. Es una clase de alumnos del Instituto Macarena que aplauden al profesor Bueno la mañana siguiente a su elección como parlamentario andaluz. Un profesor, por cierto, que no concebía cómo a un discípulo se le puede indigestar una ecuación. La vida es tomar la palabra en el almuerzo de despedida como concejal y pedir públicamente disculpas a un asesor, del que había dudado injustamente al inicio del mandato por atender a comentarios intoxicadores. La vida es viajar en el Damas para dar clases en el edificio del Seminario de Pilas, es ser miembro destacado de la apócrifa congregación de peatones del centro de Sevilla, es hacer las veces de embajador de su tierra y obsequiar a los amigos con cajitas de fresa. La vida es dar por terminada la trayectoria pública y apuntarse a una academia de inglés sin imaginar que el premio gordo del Alcázar aún estaba en el bombo. Es una declaración de bienes de los cargos públicos en la que este lepero, fiel a la playa de la Antilla, es de los que más capacidad de ahorro demuestran. La vida es una sonrisa, sincera y afable para muchos, suavona para otros, que cada cual cuenta su Feria.

Aficionado a los dulces tanto como a los conciertos del Maestranza, sobre todo si la entrada a la función es de válvula. En el PSOE sevillano es respetado. Y podría decirse que muy querido, cosa rara en la política, más aún en la actual de cuchillo en boca y ventilador listo para el lanzamiento de heces sobre el prójimo. Dicen que llegó a la política por pura ideología, no por hacer carrera, ni por razones terapéuticas. Jamás se metió con las cofradías para pasar por moderno. Ni tuvo que excluir ningún sector para que la ciudad avanzara por nuevas sendas. Muchos sevillanos oyeron en directo el Hay cuatro rosas para ti de Gabinete Caligari en el Prado de San Sebastián. O cumplieron el sueño de estar con Miguel Ríos. El lepero feriante tal vez soñaba con perderse en paseos hacia El Terrón cuando se encontró sentado en un despacho del Alcázar, el sobrero noble que permite una faena con adornos a un socialista moderado del que nadie podrá decir que no le coge el teléfono sin necesidad de secretarias, gabinetes, ni otros filtros.

La cara amable del ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 8 de febrero de 2015 a las 5:00

JUAN BUENO
EN política hay estereotipos que funcionan. O que operan, como se dice ahora. Los ministros de Hacienda son los que mandan, como los mayordomos en las cofradías o los tesoreros de las entidades ciudadanas. Quien maneja el taco, maneja el cotarro. El presupuesto es el hilo maestro que sirve para manejar las marionetas del poder. Y los aparatos de los partidos son los que deciden cuánto dura la carrera de un político. Los aparatos son esas estructuras de presidentes y secretarios generales, provinciales o de medio pelo a los que cualquier crío retrataría con cara de malajes, un cuchillo en la boca y siempre dispuestos a coger un teléfono para decirle a un concejal o a un diputado el punto preciso de la diana al que debe lanzar el dardo. Los miembros del aparato son los malos de la película, señores terroríficos y sin escrúpulos. Un tío bien colocado en el aparato vive sus meses de gloria en los procesos de confección de las listas electorales, más feliz que un cardenal en vísperas de cónclave. Extra omnes. Hay tiempos en los que la política es de los buenos oradores, de célebres parlamentarios. Yhay otros tiempos en los que la política es de los aparatos, de quienes están forjados para conseguir el poder y perpetuarse en los cargos, quienes tienen aguante y vocación de permanencia, quienes gozan de la virtud de ser capaces de aguardar en la puerta de su casa, ese lugar donde siempre se espera contemplar el paso del cortejo fúnebre del enemigo.

Juan Bueno (Sevilla, 1963) es el presidente del PP de Sevilla y no sólo no tiene el perfil de Saturno con hambre de Carpanta, sino que goza de grandes protectores. Usted hace cualquier comentario de Juan Bueno o escribe cualquier anécdota sin mayor alcance político y es muy probable que reciba una amonestación de Javier Arenas o Ricardo Tarno, cariñosa y afectuosa, eso sí, “como amigos”. Javié es un padrino que ejerce como tal, le encanta seguir amamantando a sus criaturas. O presumir de que lo hace, que ya se sabe que la política es como el parchís:se avanza una casilla, pero se cuentan veinte. Dicen que la clave es que Arenas lleva mal haber quitado de la secretaría provincial del PP de Sevilla en su día a Juan Bueno para colocar en ese puesto a Lola Rodríguez, componente de la maripandi que entonces frecuentaba el campeón. Juan estaba con la brocha colocando carteles electorales en esos pueblos que nunca serán del PP,cuando Arenas le birló la escalera para ponérsela a su amiga, que ya se sabe que al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente, la legislación vigente. Las pandillas son colectivos muy influyentes, sobre todo si en ellas estaban la duquesa de Alba, Curro Romero y otras hierbas en aquellas noches y mediodías que perdimos (a lo Romero Murube) en El Espigón o Portarrosa. Aquella fue una decisión equivocada. Y Arenas, como Julio Iglesias, lo sabe. Por eso no pierde oportunidad de congraciarse con Juan Bueno, Juanito para los selectos arenistas. Dicen que a Arenas le persigue desde entonces una psicofonía mucho peor que las confesiones de Bárcenas: “¡Javieeeeeé!, ¿qué hiciste con Juanitoooo?”. Juan Bueno es un niño de Arenas, pero de la segunda generación. De la primera son José Luis Sanz y Ricardo Tarno.

Tarno es un punto más vehemente en la defensa de Juan Bueno, su gran protegido. Quien ose tocar al presidente provincial recibe un sms como tarjeta amarilla del alcalde de Mairena del Aljarafe. Tarno es la versión gaviotera de Belén Esteban con su hija: “Por Juan Bueno ¡mato!”.

Juan Bueno se ha forjado en las cocinas del partido desde los puestos técnicos, cuando entró en el PP después de que Soledad Becerril encargara a Antonio Fontán que creara un grupo de jóvenes que asumieran funciones de agentes electorales en los pueblos. Destacó mucho en esa faceta. Pepe Torres lo hizo su jefe de gabinete en la sede de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Y fue Ricardo Tarno quien lo sacó del ámbito técnico para meterlo en el político.

Cuando Arenas lo quitó de la secretaría provincial del PP sevillano, cualquiera hubiera dado un portazo. Pero aguantó. Y eso en política tiene costes, claro que los tiene, pero también genera beneficios, sobre todo porque en política prima el estar por encima de todo. Tanto aguantó, tanto estuvo, que volvió a ser secretario provincial y hoy es el presidente del PP en la provincia más difícil para este partido en toda España, a excepción de las circunscripciones del País Vasco.

De técnico a presidente, siempre sin generar problemas, sin hacer enemigos. ¿Que había que ir a pegar tiros al territorio hostil de la Diputación Provincial? Allí que se iba Juan Bueno a estudiar expedientes de gasto. Siempre con disciplina, siempre con buena cara. Por eso dicen que es la cara amable del aparato. Juan Bueno escucha, dedica un minuto a casi todo el mundo y sonríe con facilidad. Distinto es si ofrece o no soluciones. Dicen que es el más claro ejemplo del estilo Rajoy en Sevilla, porque si hay algún problema, Juan Bueno mira el reloj, deja pasar el tiempo y, como los antiguos obispos, musita aquello de “Dios proveerá”.

Cuando Zoido arrasó en las elecciones locales, Juan Bueno estuvo a punto de quedarse relegado a edil de distrito, pero alguien advirtió que un secretario provincial debía tener más peso en el gobierno. Y el alcalde le dio la portavocía del grupo. A la mitad del mandato, Zoido le pasó el marrón de la Delegación de Seguridad y Movilidad después de que una sentencia del TC obligara a prescindir del edil Demetrio Cabello. Y esa encomienda de Zoido equivalía a lidiar con el sindicato mayoritario de la Policía Local, el miura tobillero que siempre aguarda en los chiqueros de la gestión municipal.

Cuando el dedo de Rajoy señaló a Juan Manuel Moreno Bonilla para presidir el PP andaluz en lugar de a José Luis Sanz, Bueno se bebió uno de los cálices más amargos en su trayectoria política. En menos de 24 horas pasó de recoger las firmas que avalaban la candidatura de su amigo Sanz, a tener que echar los pliegos por la trituradora y recabar apoyos en favor del político malagueño. El fútbol es así, la política es así.

Su agenda siempre tiene señaladas en rojo las noches de los jueves. Si ustedes quieren fastidiar a Juan Bueno de verdad, no es necesario recordarle el error de Arenas ni preguntarle qué hay de lo mío, sólo tienen que invitarle a un acto o a una cena un jueves por la noche, pero tienen que hacerlo con mucho interés, como si a usted le fuera la vida en contar con su presencia, porque esa noche la tiene reservada desde hace años para sus amigos más íntimos, un sanedrín donde se relaja y no habla de política. La noche de los jueves es tan clave en su vida como Zahara de los Atunes, su particular paraíso donde frecuenta el restaurante Antonio. Allí se le puede ver alternando con el peperío del barrio de Salamanca.

Hay dos secretos poco conocidos de Juan Bueno. Sus hijos le pidieron vestirse de nazarenos. Se decidió por el Carmen Doloroso cuando esta cofradía hacía estación los Viernes de Dolores, lo que le permitía tener libre toda la Semana Santa para sus escapadas a Zahara. Pero su plan se fue al traste, porque el Carmen consiguió entrar en la nómina del Miércoles Santo. Y ahora, fiel a su disciplina y al principio de no generar problemas, se pone el chaqué y recibe a la cofradía carmelita en los palcos de la Plaza de San Francisco. El otro secreto es que también es padre de dos preciosos niños seises que danzan ante el Santísimo Sacramento de azul inmaculada.

El renglón torcido de Dios

Carlos Navarro Antolín | 9 de noviembre de 2014 a las 5:00

JOSÉ CHAMIZO
EL teléfono sonó en agosto de 2007. El periódico preguntaba a varias personalidades de la ciudad por el impacto de las recién estrenadas catenarias del tranvía en la procesión de la Virgen de los Reyes. El Defensor del Pueblo Andaluz aceptó participar en la encuesta y se mostró esperanzado en que el paso del tiempo fuera reduciendo la contaminación visual de aquella infraestructura que acababa de irrumpir en parte del paisaje urbano más tradicional de la ciudad. Antes de terminar la conversación, en un formato ya off the record, espetó al periodista:
–Oye, niño, sabéis que yo os atiendo con mucho gusto siempre, pero eso de llamarme para preguntarme por las catenarias… ¡Que tengo a la gente llegando en patera por el Estrecho!
José Chamizo de la Rubia (Los Barrios, Cádiz, 1949) nació el mismo día que Soledad Becerril pero algunos años después. Tan cierto es que trabaja a destajo (“Ojú, hijo qué pechá”) como que se mueve siempre en los dominios que forman su particular Triángulo de las Bermudas: los restaurantes El Cairo y el Copo y el italiano Portarrosa, éste último muy frecuentado por la clase política andaluza. Tanto se deja ver en la terraza de El Cairo que es el otro Faraón de Sevilla. Aunque, siempre, es un cliente moderado en la mesa.
Mucha gente cree que no, pero Chamizo sigue siendo cura. Aunque sea un cura que no vista de cura, aunque la Sevilla más conservadora ponga la cara estreñida cuando lo ve en vaqueros, luciendo pañuelos y sentado en un velador. Tras unos años de inquieto estudiante en el Seminario de San Telmo en los años de la Transición, fue ordenado en 1978 por el obispo Dorado Soto. La cuestión sobre su condición de clérigo está incluida en las eternas preguntas de la ciudad. ¿Por qué está sentada la Virgen de los Reyes? ¿Por qué hay una curva justo en el tramo soterrado de la calle Arjona? ¿Por qué siempre llueve los Viernes Santos? ¿Sigue siendo sacerdote el cura Chamizo o se dio de baja? Pues lo sigue siendo, aunque la publicación de una foto suya celebrando la eucaristía en una parroquia de la Pañoleta le hizo ser más discreto a la hora de revestirse. No le gusta que lo saquen de cura en los papeles. No es un cura de couché. Ni por supuesto de cuello duro de clergyman. Su estilo como presbítero es más del cardenal Amigo y del difunto Diamantino que del actual arzobispo de Sevilla, monseñor Asenjo. Nunca lo ha ocultado. Los temas sociales son su pasión. Su obsesión. En las reuniones con los defensores del pueblo de toda España, no soportaba los enfoques jurídicos de la mayoría de sus colegas. Su vida está dedicada, casi consagrada, a la vertiente social de todos los temas de actualidad.
Hace tiempo que dejó de ser párroco, aunque sus maneras como tal siempre se notaron en la sede del Defensor del Pueblo Andaluz. A Chamizo le encantaba controlarlo todo, no delegar en nadie y le enervaba que los funcionarios fueran a tomar café todos juntos, dejando despobladas las mesas de trabajo. Chillidos ha habido. Cuando retornaba aquel al que había citado sin éxito, se asomaba a la barandilla interior para saludarlo públicamente:
–¡Vamos, que llevas media hora tomando café!
Es cierto que no se ha casado con nadie. Ni le ha importado enfrentarse a los que manejaban grandes presupuestos públicos con sonadas broncas telefónicas, como la que tuvo con la entonces todopoderosa consejera de Hacienda, Magdalena Álvarez. A Chamizo hay que reconocerle que elevó el prestigio, la notoriedad y la utilidad pública de la institución, que no han sido pocos los fines de semana que se ha pasado trabajando a solas en su despacho, incluso devolviendo las llamadas de particulares que dejaban razón en el contestador telefónico, y que ha recibido a todos los que se lo han pedido.
Quienes han trabajado muy de cerca con este cura, que parece un sayón de paso de misterio de cofradía de vísperas, trazan el perfil de un ciudadano maniático, inflexible en muchos momentos, puntilloso, quisquilloso, ególatra e hipocondríaco. Cuentan que es tan cesarista como Pablo Iglesias. En la presentación de su primer informe ante el Parlamento, no dudó en llamar la atención de los diputados parlanchines y desconsiderados que no guardaban una concentración absoluta en su discurso.
El aire informal que se gasta no excluye ni mucho menos una notoria afición por las marcas. A Chamizo le encantan los trajes de Armani y de Hugo Boss. Los zapatos son su gran pasión, tanto como escaparse en verano a las playas del Algarve o viajar periódicamente a Italia, más a Florencia que Roma, donde se pirra por adquirir nuevos modelos de calzado. Chamizo no luce botines, sino zapatos abotinados, que no es lo mismo. Si le piden la hora, se la dará con un reloj de marca.
Es un cura que pone las velas a Dios y no olvida la ofrenda debida al diablo, capaz de dar leña al PP cuando habita en la Moncloa y de arremeter contra el PSOE en la dilatada hegemonía de la Junta. No se doblega. Todo el mundo sabe que está escorado a la izquierda, muy a la izquierda, pero como buen cura en puestos de responsabilidad pública sabe poner el intermitente a la derecha al mismo tiempo que no deja de pegar el volantazo a esa izquierda soñada. Tiene amistades en el PSOE y en el PP, como también tiene enemigos en el PSOE y en el PP. Con el actual líder de IU, Antonio Maíllo, conserva una amistad personal.
Por mucho que sea cura, muchos dudan de que haya perdonado a Susana Díaz y al PP andaluz cuando hace un par de años pactaron su salida exprés de la Defensoría. Chamizo se encolerizó cuando culpó de su marcha a la hoy presidenta andaluza, “esa chica de Presidencia”, y a uno de los adjuntos del PP en la Oficina del Defensor, al que tildó de “paranoico” sin decir su nombre y del que ya había pedido por escrito su destitución a Javier Arenas. Todos apuntaron a Francisco Gutiérrez, hoy miembro del Consejo Consultivo de Andalucía. La verdad es que en aquella operación de derribo del cura Chamizo fueron conniventes necesarios su antiguo amigo Diego Valderas y el PP regional liderado entonces por un Zoido que dejó hacer al gobierno andaluz sin poner mayores pegas, tal vez sin valorar que se podía estar dando pie a un nuevo personaje electoral en las próximas municipales dentro de la candidatura de Ganemos.
Este renglón torcido de Dios, al que jamás se ha visto con sotana y que se formó en el Vaticano en los tiempos de las Brigadas Rojas, del secuestro y asesinato de Aldo Moro, se ha hecho ya más de Sevilla que del Campo de Gibraltar con el paso de los años. Tiene coche, pero no le gusta nada conducir. Una vez le aconsejaron saludar con cordialidad a ciertos periodistas críticos con su persona, recomendación que cumple a rajatabla.
En una de sus últimas intervenciones en el Parlamento en 2012, Chamizo volvió a reñir a sus señorías, pero esta vez no por parlanchines, sino para afearles la conducta alejada de los problemas reales de la calle:“La gente está muy cabreada con ustedes, no sé si lo saben. Están muy enfadados porque los ven todo el día en la peleíta. La gente está hasta el gorro de todos ustedes. No sé si puedo decirlo con todo el cariño del mundo. Por favor, por favor. Un ejercicio de buena voluntad y avanzad para resolver los problemas del personal”.
Hoy hay quien ve en aquella intervención a un muñidor preclaro de Podemos. Después de aquello, el cura Chamizo se quedó sin púlpito público. Mantiene una web propia de contacto con los ciudadanos. Su vida, sus tribulaciones y sus andanzas, tienen un libro. Lo quitaron los partidos políticos que lo pusieron. Se recorrió la mayoría de los pueblos andaluces porque nunca fue un ratón de despacho. Ni un cura de sacristía.

El aparato ilustrado

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALFONSO GUERRA
DECÍA Javier Arenas que la falta o carencia de poder se nota en el número de ramos de flores que llegan al hospital al nacer un hijo. Él supo bien lo difícil que era encontrar jarrones para más de treinta ramos y lo cómodo que resultó bastantes años después hacer sitio a simplemente dos en lo alto del televisor. A Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) hace tiempo que no acude la cuadrilla a recogerlo los viernes por la tarde al aeropuerto de San Pablo. La cuadrilla es otra vara de medición del poder. El poder nunca va en soledad, por mucho que quien lo ostente se encuentre muchas veces solo. Aquellos maravillosos años de vicepresidente del Gobierno solían estar a pie de pista, como canónigos a la espera del obispo en la puerta de la Catedral, su inseparable hermano Juan, el alcalde Manuel del Valle, Miguel Ángel del Pino, el gobernador civil Alfonso Garrido y Jaime Montaner. Guerra se bajaba de aquellos aviones de Iberia con la corona en la marca de la compañía, era recibido por su particular curia socialista y comenzaba el despacho real de los asuntos de Sevilla y Andalucía. Un popular quiosquero del centro de la ciudad, con una ubicación privilegiada, se jactaba de que para mover su puesto había que pedirle permiso nada menos que a Alfonso Guerra. O tratar el asunto en el despacho que utilizaba su hermano Juan en la Delegación del Gobierno de Andalucía. Con el escándalo de Mienmano empezó para muchos a escribirse la historia del tráfico de influencias y la corrupción en España. El hermano de Guerra era tan popular en los ochenta como el uso de las hombreras o los capítulos de Falcon Crest.
Aquellos años era Guerra quien marcaba la raya de lo que estaba bien o mal en el PSOE. Aquello sí que era un aparato en toda regla. Un aparato ilustrado, que para eso Guerra venía de dirigir compañías teatrales y de atender directamente al público en su librería a principios de los años setenta, que aún hay clientes que recuerdan que, si se le dejaba, Guerra pretendía dar lecciones hasta de estructuralismo.
A los suyos daba un confuso manual de instrucciones: la raya no era estática. Se movía. Todos debían estar pendientes de la localización de la raya como hay que estar al loro de la directriz del portavoz para saber el sentido del voto. Que le pregunten por la raya a José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta de Andalucía de 1984 a 1990. En las memorias de Pepe Bono se detalla cuando ciertos socialistas le preguntaron a Guerra a qué lado quedaban ellos de la raya en plena operación de derrocamiento de Borbolla. “Eso lo digo yo en cada momento”. Incautos e insistentes ellos, preguntaron directamente dónde estaba entonces la raya: “Eso lo digo yo también en cada momento”.
Quienes lo han tratado mucho y de cerca aseguran que es el político español cuya imagen pública se ajusta menos a la real. Gana en la distancia corta, como suele ocurrir. ¿Por qué? Probablemente por la timidez que padecen una mayoría absoluta de humanos. En el tú a tú resulta educado, cordial, correcto, con chispa y cierto ingenio. Ni empalagoso, ni cortesano. Pero, ojo, esta regla se viene abajo cuando toca relacionarse con colaboradores y subordinados. Entonces la experiencia puede ser verdaderamente insoportable: “Guerra apabulla, acongoja y acojona”.
En público, en cambio, se torna ácido, desmesurado en los gestos y la palabra. Tras la aplastante victoria de 1982: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió cuando nos vayamos”. O la explicación del triunfo de la marca PSOE en las sucesivas mayorías absolutas en casi todas las citas electorales: “Presentamos a una cabra de candidato y gana la cabra”. Y en los mítines, hasta hiriente para no dejar decepcionados a quienes entonaban una petición, un grito de guerra que se convirtió en un clásico: “¡Alfonso, dales caña!” Y Guerra la daba. Basten tres ejemplos. Comparó a Soledad Becerril con Carlos IIvestido de Mariquita Pérez, conectando con esa generación de españolas que se quedó sin tener la deseada y cotizada muñeca. Trató de ridiculizar a Jaime Raynaud, candidato a la Alcaldía de Sevilla por el PP en 2003, haciendo una gracieta sobre la dificultad de pronunciar su apellido:“Suena a Renault. Ydebe ser maestrante”. Y se burló de Cristóbal Montoro, el jiennense que fue número uno por Sevilla en las generales de 2011, por no controlar el callejero de la ciudad. “Le preguntan dónde está Cabeza del Rey don Pedro y responde que en el cementerio”.
Guerra se fiaba de poca gente en sus años de mayor poder (1982-1991). A sus más allegados procuraba tenerlos bien amarrados y condicionados. La historia de siempre: el poder concede un favor de cualquier tipo y espera algo a cambio, normalmente sumisión a las directrices cotidianas, una sumisión habitualmente revestida de conceptos tan blancos como la lealtad o fidelidad, términos siempre manoseados en los partidos políticos de todo signo. Y la gente, claro, es leal hasta que deja de tener el plato lleno por mucho que aquel Guerra, vicepresidente ilustrado, tuviera gracia y diera caña.
Con los diputados del poblado grupo socialista del Congreso de aquellos años ochenta era muy cercano. Algunos aseguran hoy que los conocía a todos: “Felipe no tenía ni idea de quiénes éramos”.
Siempre ha presumido de haber leído mucho, aunque hay antiguos colaboradores que aseguran que no digería ni asimilaba bien el contenido de tanta lectura. “Felipe es mucho más esponja, absorbe lo que lee, aunque presuma menos de lectura, y es mucho más capaz de analizar la realidad en su globalidad. Guerra es poco creativo”.
Es de la extensa cofradía de sevillanos que no encaja en el estereotipo del sevillano. Coincide conArenas en tener un temor reverencial por el sevillano, quizás porque conozca bien la ciudad desde sus años de juventud tras el mostrador de su céntrica librería. En varias ocasiones se le ha visto en los toros (ay, aquel desplazamiento en el Mystere) y viendo cofradías de la Semana Santa, aunque en lugares poco recomendables como la Puerta de Jerez. Con la jerarquía eclesiástica siempre se entendió. Coincidía con Felipe en que la Iglesia proveía a la sociedad de un orden en valores, una estabilidad anhelada por cualquier gobierno. En algunos de sus viajes en AVE se le oyó criticar en privado la “manía” de Zapatero de enrabietar a los obispos y de apostar “obsesivamente” todo el progresismo de aquel primer ejecutivo del político leonés a la legalización del matrimonio homosexual.
No se le conoce una afición tan descarada y notoriamente mayor que la política, por mucho que se hayan cantado sus pinitos en teatro o sus películas, músicas o libros favoritos, ni tampoco se conocen muchos políticos capaces de sostener una conversación larga y con cierta sustancia sobre muchos temas. Tampoco se le reconocen tabernas favoritas, más allá de algún café sabatino con vistas a la Catedral, ni muchos más compañeros de paseo que Francisco Moreno.
¿Deja Guerra la vida política cuando al actual PSOE no lo conoce ni la madre que lo parió? “Algunos estamos convencidos de que muchos de los males de hoy son el efecto de las prácticas de Guerra, que creó escuela”.
No conoce más que el blanco o el negro, el conmigo o contra mí, cuando el mundo es siempre un corolario de grises y en la política de hoy sólo se perpetúan los grises. Tal vez Guerra sea el último radical del blanco o del negro en el socialismo español cuya larga trayectoria pública pueda casi pasar por un pontificado. Su retirada deja una lápida: Alfonso Guerra, dio caña y deja enemigos.

El ciprés andaluz

Carlos Navarro Antolín | 28 de septiembre de 2014 a las 5:00

JAVIER ARENAS
NO es un señorito andaluz. Nunca lo ha sido. La verdad hay que decirla siempre, aunque sea a contracorriente de los hechos considerados probados. Javier Arenas (Sevilla, 1957) es preso de la foto del betunero del Palace, pero ni tiene apellidos de señorito, ni viste como un señorito, ni tiene hábitos de señorito. Los señoritos nunca llevarían esas camisas blancas de perenne invitado de boda. Nunca ha ido de monterías ni ha pasado fines de semana en las casas de campo de esos señores del empresariado andaluz que son como los moros de Queipo en la Puerta del Príncipe, en el Rastrillo o en la cena de los enganches en las vísperas de Feria. Siempre los mismos. Hasta sus enemigos del PP reconocen la injusticia de ese estigma, hábilmente labrado por los rivales del PSOE. Una mala fama alimentada también por la distancia que siempre ha mantenido con la ciudad de Sevilla, su gran lastre en todos los sentidos, que ha visto altanería y distanciamiento donde tal vez había simple timidez. Arenas tiene miedo a la Sevilla Eterna, nunca se ha sentido a gusto en ella. En el corto trayecto del coche blindado, aparcado junto al Oriza, hasta la puerta de la sede regional de la calle San Fernando ha podido sufrir las malas caras de muchos viandantes que no eran precisamente del 15-M.
Arenas cae mal en Sevilla. Sevilla y Arenas son la historia de un desencuentro. Quizás porque todo el que se esconde termina por generar desconfianza. YSevilla, como el can callejero, olisquea rápido los miedos y se comporta con la crueldad de los niños. A los pocos sitios que frecuenta acude siempre arropado, protegido, camuflado entre el séquito que siempre envuelve al poder establecido, por esa cuadrilla que con su sola presencia va voceando la timidez del matador. Manolo García siempre lo escolta en la Macarena para quitarle el frío del atrio. YCurro Romero y Carmen Tello, en los actos sociales muy contados o en cenas muy reducidas. Muy atrás quedan aquellas noches felices en el reservado del Espigón de Felipe II o los mediodías sabatinos del Portarrosa, tras bajarse del AVE procedente de Madrid como ministro andaluz de turno. Y, ay, aquellos cumpleaños en la preciosa Olvera con el tito Colunga. Amigos pocos, porque la política no es tierra de cultivo para las amistades. El roce en política no hace el cariño, sino la UTE. Distinto es que Arenas sea maestro en hacer como si fuéramos amigos, porque los dos sabemos que no lo somos, porque ya se sabe que cuando dos gitanos hablan es la mentira inocente: se engañan, pero no mienten. El problema en todo caso es de quien ignora las reglas de la política. Yen el PP andaluz el autor del manual de instrucciones se llama Javier Arenas.
Arenas cae mal en Sevilla, regular en Cádiz y Huelva y sus adeptos se disparan en todas las demás provincias, sobre todo en esa Almería que siempre le ha dado el calor que le ha negado Sevilla, donde –baste un clamoroso ejemplo– nunca ha pisado los palcos de Semana Santa desde que dejó de ser aquel concejal combativo de abundante mata de pelo. Arenas y Sevilla recelan el uno del otro. No se han entendido nunca. No se han perdido de vista como ciclistas a un kilómetro de la meta. Pero en el sprint final, Sevilla siempre, siempre, ha dejado a Arenas atrás, como en la antítesis perfecta de la madeja que es la heráldica de la ciudad.
Es un sacerdote de la política. No conoce otra actividad. Vive por y para la política, con todas sus consecuencias. Su gran hijo político, el gaditano Antonio Sanz, es el único que ha sabido estar siempre a la altura de su vertiginoso ritmo de trabajo (o de intrigas y maniobras, según las épocas). Sanz le aguanta hasta las bromas desde el atril del mitin, siempre aplaudidas por el veterano Juan Manuel Albendea.
–Antonio, estás más delgado.
La velocidad a la que vive es tal que los hábitos propios de cualquier mortal quedan orillados. Para algunos es una tradición encontrarse con Arenas comprando regalos en los grandes almacenes la misma tarde del 5 de enero. O a deshoras en los Opencor. Su consagración a la vida pública, en cambio, no suele aprovecharla para altas relaciones, como sí han hecho otros que también han tenido alcoba y despacho en la Moncloa. Muy raro ha sido ver a Arenas alternando con banqueros o trabajándose su futuro en la empresa privada, quizás porque su porvenir sólo lo ve ligado a la calle Génova, donde todavía –nunca se olvide– se sienta a la izquierda del Padre Rajoy, por mucho que haya acumulado tres derrotas y haya libado del amargo cáliz de la victoria sin mayoría absoluta en Andalucía.
Buena parte del éxito de Arenas en Madrid radica en su innegable capacidad negociadora (con los sindicatos en el Ministerio de Trabajo, con un bisoño Zapatero para firmar el Pacto por la Justicia o con el socialista Alfonso Perales para sacar adelante el Estatuto Andaluz), en representar el gracejo andaluz (siempre resultó un chico muy simpático para Ana Botella) y en ser el único, absoluto e incontestable referente del sur. Su identificación con el PP andaluz eclipsa a todos los sucesores. Arenas es el ciprés cuya sombra no deja margen de brillo para otras especies. Todos los dirigentes públicos del centro-derecha andaluz se han criado en sus pechos, lo admiran, mimetizan su estilo, con esa inconfundible repetición de la frase final; arquean la ceja izquierda para subrayar una idea, y abrazan con las dos manos a su interlocutor para ganar en proximidad. Llega a ser insoportable la falta de originalidad de algunos cargos públicos y cómo han interiorizado el estilo de Arenas a base de no tener otro ejemplo y guía durante lustros. Hay que rebuscar entre la vieja guardia pepera para hallar estilos y oratorias no contaminadas por Javié, como lo llaman cuando es ministro, para volver a ser el Arenas cuando se trata de censurar alguna de sus andanzas. Hay dos narrativas de los peperos en época de tam-tam electoral, dos formas de referirse al jefe según haya ido la tómbola de las listas.
–El Arenas me llamó el sábado por la tarde para decirme que iba en la lista más atrasado que los cojones [sic] de un galgo. Y encima me suelta que ya me buscará algo si la cosa va bien en las generales y las autonómicas…
Ydespués está la versión del que ha encontrado la tierra prometida, del que ha sido bendecido por una luz cegadora.
–Javié ya me ha llamado desde Antares para asegurarme que voy en puesto de salida. Me ha dicho que me quede muy tranquilo.
La afición a seguir maquinando los domingos suele ir acompañada de la definición de animal político. El sacrificio del fin de semana también tiene su recompensa con los treinta segundos en los telediarios nacionales. Arenas, como el socialista Gaspar Zarrías en sus buenos tiempos, se ha sentado a comer con miles de familias el día de precepto, con esa cazadora azul de Ralph Lauren con la cremallera cerrada levemente, dejando ver la camisa preferentemente alba.
Entre sus espinas están Carlos Rosado, de los tiempos del PDP, Manuel Pimentel, aquel ministro que dio el portazo un sábado, y Luis Miguel Martín Rubio, que fue presidente de Agesa y vicepresidente de Cajasur tras la debacle municipal de Soledad Becerril. Tres apuestas que no le salieron como el campeón esperaba. Dicen que la cuarta puede ser, o lo es ya, Juan Ignacio Zoido, simplemente “Juanito” en los tiempos de compartir pensión completa y acabar los almuerzos con un dedito de Cardhu en vaso bajo, por favor.