Archivos para el tag ‘José Moya’

La cátedra de la calle

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2017 a las 5:00

Manuel Pérez Carrera

EL teléfono sonó en la vivienda de la calle Clara de Jesús Montero. “Buenas tardes, ¿don Manuel Pérez Carrera, por favor?”. Al otro lado, una voz un tanto brusca y muy directa, segó cualquier atmósfera de amabilidad: “¡Aquí no vive nadie con ese nombre!”. Sorprendido, quien hacía la llamada reaccionó: “¿Pero no vive ahí El Triana?”. “Ahora sí, El Triana sí, ahora lo aviso”. Manuel Pérez Carrera (Sevilla, 1941) lleva por apodo el nombre del barrio de sus amores, donde nació en un corral que la piqueta derribó en la década de los sesenta. Su vida es la calle, ejemplo de persona hecha a sí misma. Superviviente, especialista en las cuestas arriba, sableador con arte, escrutador preciso que diferencia quién es auténtico por sus orígenes y quién es un nuevo rico. Comenzó como ditero dedicado a la venta de joyas por cuenta ajena. Cuando se hartó de ir cobrando a las clientas del barrio, recurrió nada menos que a su amigo Francisco Rivera Paquirri para lograr un empleo estable. El matador de toros movió los hilos para buscarle trabajo en la banca. Antes debía examinarse en Madrid. Paquirri sólo le exigió un requisito: “Triana, preséntate al examen, pero tú no escribas nada, ¿eh? Ni una línea, que ya me encargo yo del resto”. Y El Triana obtuvo, cómo no, plaza de ordenanza en la sucursal de la Avenida de República Argentina del entonces denominado Banco de Financiación Industrial (Indubán). Con el tiempo pasó a cajero en una oficina de Sevilla Este, donde este trianero no cuadró las cuentas ni un solo día. El director de la sucursal bancaria compareció a pedirle explicaciones y El Triana sólo sabía repetir:

–¡Yo no me he llevado nada, yo no me he quedado un duro!

En la reestructuración bancaria le llegó su hora como a tantos empleados, el jefe de personal habló con El Triana, quien le respondió con firmeza: “Hable usted con mis asesores”. El responsable de Recursos Humanos, venido expresamente de Madrid, se citó, efectivamente, con los asesores de El Triana en el bar Nuria, junto a la estación de Cádiz. Su sorpresa fue cuando aparecieron como representantes del trabajador nada menos que Fernando Yélamo, considerado uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, el senador y abogado Juan Moya y el presidente de Persán, José Moya. El representante de Indubán, tan agobiado como sorprendido, tuvo que plegarse en un momento de la reunión y preguntar: “Díganme, señores, qué quiere su cliente”. Y le respondieron: “Un taxi o una paguita”. Y El Triana consiguió una indemnización fraccionada en una cantidad importante de años. El Triana siempre ha pregonado que son mejores pocos garbanzos mes a mes durante muchos años que una morterá gorda de una sola tacada: “Las morterás te las gastas en un día”.

Siempre ha sido habilidoso para elegir amistades con influencia y que lo han tratado con el máximo cariño. Ha controlado el quién es quién de cada sitio que le ha interesado. Cuando identifica a una institución con una persona, no hay quien lo mueva de su criterio por mucho que se produzcan cambios en el organigrama. Persán es Concha Yoldi. La Cruzcampo es Enrique Osborne. El notariado es Antonio Ojeda. La Hermandad de Los Estudiantes era su amigo Juan Moya. Su ilusión en la práctica no es otra que, por ejemplo, repartir bolígrafos de la Cruzcampo, abanicos de Puntomatic de Persán o cualquier otra baratija que le permita cultivar su sentido de la generosidad. Sin complejos para pedir, nunca ha aspirado a trincar nada, sino a sacar adelante a su familia con mucho mérito y dignidad, o a comer marisco en buena compañía. Hubo un día de camino en el Rocío que le tocó una reunión donde el anfitrión presumía una y otra vez de selecta latería. El Triana, que echaba de menos las gambas y las cigalas de las reuniones de otros años, soltó una de sus sentencias tras comprobar que allí sólo se tiraba y tiraba de anillas de una célebre marca conservera: “Menos Cuca y más patitas”.

Al Pregón de Semana Santa se ha colado más de un Domingo de Pasión con la entrada del año anterior. Juan Moya le consiguió una entrada para la final de la Copa de Europa de 1986 en el Sánchez Pizjuán. Cuando se percató de la cantidad de catalanes que habían venido a Sevilla sin entrada, El Triana no lo dudó: vendió la entrada y se coló en el estadio gracias a la amistad labrada repentinamente con un jefazo de los entonces GEO. Se ganó su confianza porque le fue narrando con precisión quién era quién de los altos cargos que accedían al palco. “Mira, el alcalde”. “El que llega ahora es el presidente de la Diputación”. “Éste es de la Junta de Andalucía”. Tras entrar el último invitado VIP, El Triana le dijo a aquel señor corpulento: “Grande, ahora vámonos para dentro tú y yo, ¿no?”. Y presenció el partido en lugar preferente con derecho a piscolabis en el descanso.

La vida son recuerdos de las decenas de reuniones en las que El Triana ha recitado de memoria la misa en latín, fruto de los pontificales a los que ha asistido desde niño. Pocas, muy pocas veces se ha vestido de nazareno. Siempre le ha tocado ir de faena en la cofradía, recogiendo varas, cirios rotos o cumpliendo cualquier otra función de paisano. La vida es su mujer, La Chata. Son recuerdos de aquella noche en que se pasó tres horas junto a célebres cofrades para estudiar cuántos centímetros había que retrasar el caballo del misterio del Señor de las Tres Caídas. O del servicio militar, cuando se inventó una dolencia para escaparse y estar en Sevilla la Madrugada del Viernes Santo. La coronación de la Macarena, por cierto, la vio por televisión en el cuartel, oyó un comentario despectivo hacia la Virgen de la Esperanza y le pegó una atragantá al individuo irreverente. Aquella reacción le costó un arresto. La vida son recuerdos de los meses en los que su amigo Juan Moya Sanabria redactaba el pregón de Semana Santa en su casa de la calle Castelar. El Triana lo acompañaba muchas noches en silencio, le llevaba y le traía la cena en una bandeja o le resolvía alguna duda: “¿Qué digo del Cristo de Burgos, Triana”? “Pues… Burgos 1, Betis 2”. Las Madrugadas son recuerdos de adelantarse a ver la entrada de la Macarena en la Campana donde el entonces hermano mayor, Joaquín Sainz de la Maza, tenía un gesto de complicidad con este hombre bueno del arrabal. Sainz de la Maza le dio siempre “calor”, como el mismo Triana ha explicado alguna vez. Y son también recuerdos de la entrevista radiofónica que le hizo Carlos Herrera para toda España en plena Campana en 2003, cuando sólo salió su cofradía de la Esperanza de Triana.

El Triana es la alegría en persona pese a que la vida lo ha sometido a curvas pronunciadas desde bien pequeño. Listo en el diagnóstico certero de la gente como sólo sabe el que es titular de la cátedra de la calle. Audaz para saltarse controles convencionales sin hacer ruido. Humilde para pedir la caña de pescar y rechazar el pescado y, siempre, con memoria para agradecer. Ha conocido a todos los conductores de los coches oficiales y a todos los camareros de los actos sociales importantes. Su vida es la Esperanza de Triana, su hermandad, donde se ha llevado disgustos importantes en alguna ocasión, que ya se sabe que donde hay fuertes afectos existe siempre riesgo de intensos conflictos. Vive las tardes de Martes Santo en la casa de hermandad de Los Estudiantes, metido en tareas de intendencia: los bocadillos de los costaleros, las meriendas de los monaguillos, la vigilancia de la puerta de la priostía para que nadie pase a donde no debe, etcétera.

Si el señorío de una reunión se mide por los cubiertos que faltan después del encuentro, de este veterano del arrabal hay que decir que, al final, nunca se quedaba con ningún bolígrafo de la Cruzcampo ni con ningún abanico de Puntomatic. Pedía para dar a los demás. Como no se quedó con una peseta en aquella caja del banco. Por eso siempre ha tenido quien lo proteja y ha sabido salir con dignidad de un sitio cuando no ha sido bien tratado, cerrando la puerta sin hacer ruido. Manuel Pérez Carrera es el trianero que no se contuvo cuando se metieron con la Virgen de la Esperanza Macarena en la gloriosa coronación del 64. En todo lo demás se ha contenido, como le enseñó Paquirri. Hay que ir al examen, pero no escribir. El resto lo hacen los asesores.

El Rey y los guisos

Carlos Navarro Antolín | 19 de diciembre de 2016 a las 13:27

CONCHA YOLDI
LA sencillez es un lujo al alcance de pocos. Ser accesible es propio de la gente de verdad importante. Los despachos del poder están en las últimas plantas, hay que seguir recovecos para llegar a ellos, están defendidos por secretarias de tono monocorde, protocolo frío y miradas vigilantes; el firme es de moqueta para que se hunda el mocasín y el sujeto tenga clara esa sensación mullida de pisar un espacio de influencia, o de sentir el frío vacío de las estancias de mármol, que es el otro material preferido para representar el estatus. Cuantas más puertas haya que cruzar para llegar al despacho principal, mucho mejor. Lo inaccesible genera morbo. Sin embargo, ocurre muchas veces que cuanto mayor es el triunfo, menos importancia se da el protagonista. Es la diferencia entre el que está seguro de lo que es y el del inseguro, que necesita la cohorte de libreas, secretarias y abanicadores de plantilla.
Concepción Yoldi García (Sevilla, 1954) es un señora importante que vive en Sevilla cuando podía estar yendo y viniendo de las principales capitales europeas. El miércoles estuvo con Felipe VI en el Palacio Real y ayer cocinando patatas con tomate para una celebración familiar. En el fondo disfruta con esos contrastes. No deja de ser la hija de Conchita, que así es conocida su madre, y de don Francisco Yoldi Delgado, un químico que se forjó en la empresa familiar de Persán, fundada por el abuelo materno de Concha y la familia Santos.

Concha Yoldi es una VIP de la sociedad sevillana que jamás pone esa cara de siesa habitual en las señoras que pretenden poner cara de importantes. Cuando en un canapé esas señoras de catálogo aletean las fosas nasales y estriñen el rostro hablando del monotema del servicio doméstico, esta Yoldi sale en defensa de las limpiadoras y recuerda que la ley sólo ofrece contratos marcados por la falta de garantías y unas indemnizaciones muy pobres. Sabe de lo que habla. Entonces todos los loros emperifollados se quedan callados. Todas las cotorras enmudecen. Su fundación mueve un millón de euros para fines estrictamente sociales. La Yoldi no restaura cuadros ni campanarios, sino personas descarriadas. No regala pescados al parado, enseña a coger la caña y lanzarla en el caladero del empleo. El dinero se gana con la cabeza y se gasta con el corazón. ¿Para qué sirve el dinero? Para ser libre siempre que previamente se tenga una forma de ser libre, porque hay mucha gente con dinero que rema a diario en las galeras de sus debilidades. Esta Yoldi es libre porque necesita poco y porque ha vivido con intensidad desde que nació en la misma fábrica de Persán, donde sus padres tenían un chalé que hace pocos días, por cierto, se ha terminado de demoler. Sus aficiones son de bajo coste. Entre ellas, hacer punto por las noches mientras la televisión emite una serie, a veces de tiros, y en un vasito hay un dedito de destilado escocés, sin agua ni hielo, que mete el cuerpo en calor las noches en que el grajo no quiere saber de los azules altos de la Contratación. Hay quienes recuerdan la cantidad de ropita de punto que la Yoldi ha regalado a los hijos recién nacidos de los trabajadores de Persán. El chalequito de punto es la máxima condecoración que ella puede regalar, porque en ese obsequio se conjugan el tiempo personal dedicado y su creatividad, valores que no tienen precio y que son los que, precisamente, la gente se quiere ahorrar cuando tira de una lista de regalos predeterminada.

Fue testigo directo de uno de los acontecimientos más relevantes de la Semana Santa contemporánea, que figura en todos los libros y hasta en un cómic. Ocurrió el Viernes Santo de 1972, cuando su padre, criado en la calle Mateo Alemán, era hermano mayor de la Soledad de San Buenaventura. La cofradía comenzó a salir a la hora prevista, pero los costaleros no se presentaron. ¡Una huelga en toda regla! La Hermandad de Montserrat cedió los de su paso de misterio para que la Soledad pudiera salir. Desde entonces los Yoldi se hicieron de la cofradía de la Magdalena en testimonio de agradecimiento. Muchos fijan en esa huelga los orígenes de las cuadrillas de hermanos costaleros. Esta Yoldi, alta, de complexión fuerte y mirada escrutadora, era una niña cuando sus generosas trenzas sirvieron para colocarle pelo natural a la Dolorosa de la calle Carlos Cañal, una hermosa donación. La Virgen de la Soledad es la de los franciscanos, la del padre Patero, la del Horno de San Buenaventura y, sí, la del pelo de Concha Yoldi.

Cuando era la jefa de compras de Persán y tocaba recibir a un vendedor, Concha se maquillaba especialmente. Hay quien dice que, en realidad, se aplicaba “pinturas de guerra”. Aún se recuerdan sus dimes y diretes con Ramón Ybarra Llosent, que abastecía de botellas de plástico a la compañía por medio de la sociedad Cydeplas. A Concha no le convencían los envases. Aquella empresa fue comprada por catalanes y las funciones comerciales fueron asumidas por un directivo exento de seny que sacaba de quicio a esta sevillana. Hasta que un día fue el último: “Mire, ni Ramón Ybarra antes ni usted ahora me solucionan los problemas con las botellas. No nos entrevistaremos más. Pero al menos con Ramón, que es mucho más agradable que usted, me reía y me ponía al día de las cofradías, sobre todo, de la Candelaria”.

La única afición cara de esta empresaria hoy consagrada a las obras sociales son los corales que le regala su marido, José Moya, más conocido como Pepemoya el de Persán.

Hace los viajes en AVE como cargo de la Hispalense en clase turista, las comidas familiares se organizan en casa y las viandas de un tentadero de fin de semana de El Parralejo se preparan a mano. Nada de contratar un cáterin ni a camareros profesionales, sino patatas con chocos elaboradas por ella misma. Desde los toros a las vituallas son de casa, no se externaliza nada.

La vida son recuerdos de una joven ya casada cuando aún le quedaban seis asignaturas de Económicas por cursar. Es saber dirigir a trabajadores y también rendir cuentas a un ejecutivo de la compañía. Es tener claras las necesidades primarias que se han disparado por la crisis económica y que son las que debe abordar la Fundación Persán. Es delegar la gestión de las peticiones de ayuda de los curas en su marido, Pepe, que podría ser considerado como el patrono de las sotanas de la Fundación Persán. Cuántas veces sale Pepe de misa y el oficiante, que se ha percatado de su presencia, manda al capiller para que vaya a buscarlo rápido al término de la ceremonia: “¡Don José, don José! El párroco dice que si se puede acercar usted a la sacristía un momentito”. La vida es paladear una copa de tinto de Rioja: “El Ribera es peor y encima más caro”. Y aconsejar a su marido que no asuma la presidencia del Betis, un quite que muchos consideran providencial.

Esta Yoldi, fuerte y de carácter duro, conoce con rapidez al que tiene delante. Es lo que tiene estar curtida en la montaña rusa de un negocio, en las tribulaciones de la gestión del día a día. Tiene una relación fluida con el clero. Ella es muy del cardenal Amigo, con el que ha estado en Tierra Santa; como lo era de Manuel del Trigo, aquel inolvidable párroco del Salvador, y de Manuel Benigno García Vázquez, el cura que negoció la venta de San Telmo y que entraba y salía de la Moncloa con frecuencia en tiempos de Felipe. También conecta con los nuevos valores del sacerdocio local, como con José Miguel Verdugo, el Bergoglio del Plantinar.

Como presidenta del Consejo Social de la Universidad de Sevilla le asignaron un despacho. “¡Pero esto es enorme!”, dijo muy sorprendida. Y sólo ha pedido una atención desde que ocupa el cargo en la institución: que el coche de su madre pueda entrar en la lonja y llegar hasta la Capilla de la Universidad los domingos. La vida son caminos del Rocío de la mano de Javier Molina y Julia Candau, y de una organización con Gines en la que estaban Juan Moya, Antonio Ojeda, Jaime Artillo y Aurelio Verde, y por la que merodeaba un personaje singular, El Triana, que proclamaba la escasez de langostinos: “Aquí hay muchas cremas para pintarse las mujeres y muchas latitas de conservas, pero muy pocos bigotes”. Y la vida son recuerdos de dos cuñadas, Margarita y Joaquina, que fueron como dos hermanas.

Concha siempre ha estado a favor de la igualdad en el mundo de las cofradías, siempre ha defendido que haya nazarenas en todas las hermandades, y siempre ha tenido claro que ella jamás saldría en una cofradía, pero es partidaria de que la mujer decida en libertad. Con su ciudad y con las cofradías ejerce el espíritu critico de quien ama de verdad las cosas.

La gente verdaderamente importante es accesible y de estilo sencillo. Siempre. Porque saben decir que no si hay que decir que no, no le temen a la cofradía de los pedigüeños con corbata. Es lo que tiene la gente alta, que ve llegar los palios antes que nadie y saben si se mecen al compás del interés personal o de una justa causa. Y avisa al resto.

Concha Yoldi forma en la cofradía de las redes sociales como una más, sin intermediarios, sin asesores que le escriban los mensajes. Por delante hay muchas horas para hacer punto. Los jerseys de Concha Yoldi son el toisón de oro que concede su particular Casa Civil. En ellos va su mano de obra, su escaso tiempo libre, su dedicación, su gusto, todos esos valores que no caben en una hoja de Excel po’rque son esos valores añadidos que lo dicen todo de una persona. Regresa de sentarse con el Rey como patrona de la Fundación Princesa de Girona y se pone a cocinar. Otras se van a Pineda a contarlo mientras aletean las fosas nasales para darse un barniz de importancia por la vía de la altivez impostada. Y encima lucen corales falsos.