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La cátedra de la calle

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2017 a las 5:00

Manuel Pérez Carrera

EL teléfono sonó en la vivienda de la calle Clara de Jesús Montero. “Buenas tardes, ¿don Manuel Pérez Carrera, por favor?”. Al otro lado, una voz un tanto brusca y muy directa, segó cualquier atmósfera de amabilidad: “¡Aquí no vive nadie con ese nombre!”. Sorprendido, quien hacía la llamada reaccionó: “¿Pero no vive ahí El Triana?”. “Ahora sí, El Triana sí, ahora lo aviso”. Manuel Pérez Carrera (Sevilla, 1941) lleva por apodo el nombre del barrio de sus amores, donde nació en un corral que la piqueta derribó en la década de los sesenta. Su vida es la calle, ejemplo de persona hecha a sí misma. Superviviente, especialista en las cuestas arriba, sableador con arte, escrutador preciso que diferencia quién es auténtico por sus orígenes y quién es un nuevo rico. Comenzó como ditero dedicado a la venta de joyas por cuenta ajena. Cuando se hartó de ir cobrando a las clientas del barrio, recurrió nada menos que a su amigo Francisco Rivera Paquirri para lograr un empleo estable. El matador de toros movió los hilos para buscarle trabajo en la banca. Antes debía examinarse en Madrid. Paquirri sólo le exigió un requisito: “Triana, preséntate al examen, pero tú no escribas nada, ¿eh? Ni una línea, que ya me encargo yo del resto”. Y El Triana obtuvo, cómo no, plaza de ordenanza en la sucursal de la Avenida de República Argentina del entonces denominado Banco de Financiación Industrial (Indubán). Con el tiempo pasó a cajero en una oficina de Sevilla Este, donde este trianero no cuadró las cuentas ni un solo día. El director de la sucursal bancaria compareció a pedirle explicaciones y El Triana sólo sabía repetir:

–¡Yo no me he llevado nada, yo no me he quedado un duro!

En la reestructuración bancaria le llegó su hora como a tantos empleados, el jefe de personal habló con El Triana, quien le respondió con firmeza: “Hable usted con mis asesores”. El responsable de Recursos Humanos, venido expresamente de Madrid, se citó, efectivamente, con los asesores de El Triana en el bar Nuria, junto a la estación de Cádiz. Su sorpresa fue cuando aparecieron como representantes del trabajador nada menos que Fernando Yélamo, considerado uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, el senador y abogado Juan Moya y el presidente de Persán, José Moya. El representante de Indubán, tan agobiado como sorprendido, tuvo que plegarse en un momento de la reunión y preguntar: “Díganme, señores, qué quiere su cliente”. Y le respondieron: “Un taxi o una paguita”. Y El Triana consiguió una indemnización fraccionada en una cantidad importante de años. El Triana siempre ha pregonado que son mejores pocos garbanzos mes a mes durante muchos años que una morterá gorda de una sola tacada: “Las morterás te las gastas en un día”.

Siempre ha sido habilidoso para elegir amistades con influencia y que lo han tratado con el máximo cariño. Ha controlado el quién es quién de cada sitio que le ha interesado. Cuando identifica a una institución con una persona, no hay quien lo mueva de su criterio por mucho que se produzcan cambios en el organigrama. Persán es Concha Yoldi. La Cruzcampo es Enrique Osborne. El notariado es Antonio Ojeda. La Hermandad de Los Estudiantes era su amigo Juan Moya. Su ilusión en la práctica no es otra que, por ejemplo, repartir bolígrafos de la Cruzcampo, abanicos de Puntomatic de Persán o cualquier otra baratija que le permita cultivar su sentido de la generosidad. Sin complejos para pedir, nunca ha aspirado a trincar nada, sino a sacar adelante a su familia con mucho mérito y dignidad, o a comer marisco en buena compañía. Hubo un día de camino en el Rocío que le tocó una reunión donde el anfitrión presumía una y otra vez de selecta latería. El Triana, que echaba de menos las gambas y las cigalas de las reuniones de otros años, soltó una de sus sentencias tras comprobar que allí sólo se tiraba y tiraba de anillas de una célebre marca conservera: “Menos Cuca y más patitas”.

Al Pregón de Semana Santa se ha colado más de un Domingo de Pasión con la entrada del año anterior. Juan Moya le consiguió una entrada para la final de la Copa de Europa de 1986 en el Sánchez Pizjuán. Cuando se percató de la cantidad de catalanes que habían venido a Sevilla sin entrada, El Triana no lo dudó: vendió la entrada y se coló en el estadio gracias a la amistad labrada repentinamente con un jefazo de los entonces GEO. Se ganó su confianza porque le fue narrando con precisión quién era quién de los altos cargos que accedían al palco. “Mira, el alcalde”. “El que llega ahora es el presidente de la Diputación”. “Éste es de la Junta de Andalucía”. Tras entrar el último invitado VIP, El Triana le dijo a aquel señor corpulento: “Grande, ahora vámonos para dentro tú y yo, ¿no?”. Y presenció el partido en lugar preferente con derecho a piscolabis en el descanso.

La vida son recuerdos de las decenas de reuniones en las que El Triana ha recitado de memoria la misa en latín, fruto de los pontificales a los que ha asistido desde niño. Pocas, muy pocas veces se ha vestido de nazareno. Siempre le ha tocado ir de faena en la cofradía, recogiendo varas, cirios rotos o cumpliendo cualquier otra función de paisano. La vida es su mujer, La Chata. Son recuerdos de aquella noche en que se pasó tres horas junto a célebres cofrades para estudiar cuántos centímetros había que retrasar el caballo del misterio del Señor de las Tres Caídas. O del servicio militar, cuando se inventó una dolencia para escaparse y estar en Sevilla la Madrugada del Viernes Santo. La coronación de la Macarena, por cierto, la vio por televisión en el cuartel, oyó un comentario despectivo hacia la Virgen de la Esperanza y le pegó una atragantá al individuo irreverente. Aquella reacción le costó un arresto. La vida son recuerdos de los meses en los que su amigo Juan Moya Sanabria redactaba el pregón de Semana Santa en su casa de la calle Castelar. El Triana lo acompañaba muchas noches en silencio, le llevaba y le traía la cena en una bandeja o le resolvía alguna duda: “¿Qué digo del Cristo de Burgos, Triana”? “Pues… Burgos 1, Betis 2”. Las Madrugadas son recuerdos de adelantarse a ver la entrada de la Macarena en la Campana donde el entonces hermano mayor, Joaquín Sainz de la Maza, tenía un gesto de complicidad con este hombre bueno del arrabal. Sainz de la Maza le dio siempre “calor”, como el mismo Triana ha explicado alguna vez. Y son también recuerdos de la entrevista radiofónica que le hizo Carlos Herrera para toda España en plena Campana en 2003, cuando sólo salió su cofradía de la Esperanza de Triana.

El Triana es la alegría en persona pese a que la vida lo ha sometido a curvas pronunciadas desde bien pequeño. Listo en el diagnóstico certero de la gente como sólo sabe el que es titular de la cátedra de la calle. Audaz para saltarse controles convencionales sin hacer ruido. Humilde para pedir la caña de pescar y rechazar el pescado y, siempre, con memoria para agradecer. Ha conocido a todos los conductores de los coches oficiales y a todos los camareros de los actos sociales importantes. Su vida es la Esperanza de Triana, su hermandad, donde se ha llevado disgustos importantes en alguna ocasión, que ya se sabe que donde hay fuertes afectos existe siempre riesgo de intensos conflictos. Vive las tardes de Martes Santo en la casa de hermandad de Los Estudiantes, metido en tareas de intendencia: los bocadillos de los costaleros, las meriendas de los monaguillos, la vigilancia de la puerta de la priostía para que nadie pase a donde no debe, etcétera.

Si el señorío de una reunión se mide por los cubiertos que faltan después del encuentro, de este veterano del arrabal hay que decir que, al final, nunca se quedaba con ningún bolígrafo de la Cruzcampo ni con ningún abanico de Puntomatic. Pedía para dar a los demás. Como no se quedó con una peseta en aquella caja del banco. Por eso siempre ha tenido quien lo proteja y ha sabido salir con dignidad de un sitio cuando no ha sido bien tratado, cerrando la puerta sin hacer ruido. Manuel Pérez Carrera es el trianero que no se contuvo cuando se metieron con la Virgen de la Esperanza Macarena en la gloriosa coronación del 64. En todo lo demás se ha contenido, como le enseñó Paquirri. Hay que ir al examen, pero no escribir. El resto lo hacen los asesores.

Sin techo de cristal

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

Carmen Moya
HAY médicos que tienden al bisturí, policías que son raudos para la acción y abogados de gatillo fácil a la hora de provocar un pleito. Y también los hay que intentan que un tratamiento sustituya a la intervención quirúrgica, una amonestación verbal a la sanción económica y una mediación bien calculada evite el litigio. Tras la trágica muerte de Francisco Rivera Paquirri, las partes con intereses en la herencia (griegos y troyanos, perros y gatos) constituían un peligroso campo de minas, como recuerda media España que se lo ha contado a la otra media. El guiso tenía todos los ingredientes y los tiempos de cocción tan pasados como para salir quemado. Todo conducía cuesta abajo y sin frenos hacia un pleito desgarrado con retransmisión incluida de la emergente prensa rosa. Sólo la intervención decisiva de una joven letrada, de ojos claros y cuerpo menudo, logró inesperadamente poner de acuerdo a todos. Aquella chica, vecina del centro, amiga personal de Paquirri y que acudía a la misa dominical de la Capilla Real, supo hallar puntos de concordia donde todos esparcían cristales rotos por los caminos ajenos.

La mediación, todo por la mediación, ha sido el lema de su casa civil desde que se dio de alta en el Colegio de Abogados en 1972, cuando las mujeres que ejercían el oficio cabían en un tranvía. Carmen Moya Sanabria (Sevilla, 1948) es una de las dichosas ramas de un tronco bien conocido en la ciudad de intramuros. Sí, es la hija de don Juan, el “humilde alcalareño” que hizo de su pujante despacho una escuela de prácticas de Derecho. El nombre de esta Carmen, polvorilla de carácter, va unido a la precocidad en todos los sentidos. El carácter pionero ha coloreado su vida de luces y ciertas desgracias la han oscurecido con las sombras que el avieso destino tenía reservadas para ella. Se ha hecho un hueco allí donde ha llegado. Sin tutelas, sin ayudas añadidas, sin cuotas, sin reivindicar tratos de favor. Tal vez sea porque ha sabido entrar por primera vez en los sitios como el torero que debuta en la plaza, que hace el paseíllo desmonterado en señal de respeto. No ha conocido más cuotas que las que paga como hermana de Los Estudiantes. Su currículum demuestra que nunca ha tenido techo de cristal en ninguno de los colectivos donde ha ejercido por mucho que estuvieran tradicionalmente reservados a hombres.

Está curtida en la mediación, en la cultura del entendimiento, en el acercamiento de las partes. El pleito es la última vía, todo antes que escenificar el enfrentamiento. Le repele un pleito tanto como a Curro el tacto de las orejas cortadas al toro. De hecho, veteranos juristas recuerdan que a don Juan no le gustaba que su hija fuera a los juzgados. Está forjada en la capacidad negociadora, en el arbitraje, en el escrutinio de los posibles puntos de acuerdo. Fue de las primeras mujeres en estudiar Derecho en la sede de la Fábrica de Tabacos y aprender después el oficio en un despacho de abogados, la primera en ingresar en la Academia de Legislación y Jurisprudencia, la primera en ser vicedecana del Colegio de Abogados y la primera en formar parte de la Corte de Arbitraje. De familia conservadora y tradicional, recibió una educación moderna, basada en la inculcación de valores reales y no en igualitarismos de escaparate, lo que es notorio que le ha facilitado una rápida adaptación a todos los ambientes. Es una mujer de carácter y fortaleza, acostumbrada a abrirse camino ante adversidades tales como una precoz viudedad que la dejó sola con dos críos que sacar adelante. Suele conseguir su objetivo en todas las situaciones, pues en la conducción de las relaciones sociales sabe adaptar la velocidad a las condiciones de la calzada. Emplea apelativos cariñosos para ganarse el favor de una azafata de un avión si es preciso, con el tono melífluo que es marca de la casa. “Princesa, ¿podemos sentarnos en un sitio más cómodo?”. O para hablar de ella misma y de su familia: “Tú sabes cuánto te queremos los Moyitas”. Maneja los diminutivos con suma facilidad. Huguito es el catedrático de Medicina y muy bético Hugo Galera Davidson. Joselito es su hermano Pepe, de fuerza arrolladora y presidente de Persán. Juanito o Bosquito son dos de sus sobrinos. Hay excepciones, como la del notario Antonio Ojeda, al que llama directamente por su apellido: “Ojeda, vamos a tomarnos una cerveza y unas anchoas con leche condensada en Trifón”. Y a veces nunca llegan a casa de Rogelio porque ambos se paran más a corresponder saludos que un paso de palio: “¿Sabes algo del cardenal? En casa lo queremos mucho”.

Como abogada es como en el resto de las parcelas de la vida: aspira al control absoluto. Todo, absolutamente todo lo relacionado con sus expedientes queda guardado en carpetas. Si el expediente acaba con alguna intervención notarial, solicita una copia para su inclusión. Dicen que obra así porque su padre le dejó enseñado que para ser buen profesional hay que sentir como propios los problemas jurídicos y personales de los clientes. Cuenta alguna lengua afilada que no repitió como vicedecana del Colegio de Abogados porque José Joaquín Gallardo, el eterno decano, tenía celillos de que Carmen fuera más conocida. Eran los tiempos, por ejemplo, de Soledad Becerril como alcaldesa. En muchos actos, Soledad se iba directamente a saludarla repitiendo siempre cada expresión: “¡Carmen, Carmen! ¿Qué tal? ¿Qué tal?”. Y José Joaquín debía aguardar al segundo turno para recibir el saludo de la primera autoridad municipal. Otras lenguas menos precisas pero más afiladas dicen que lo que José Joaquín envidiaba realmente era cómo le quedaba la toga a Carmen en las fotos de juras de nuevos letrados que aparecían periódicamente en la prensa.

La vida es soportar las impertinencias autoritarias y de corte machista de aquel célebre catedrático de Derecho Romano que fue Pelsmaeker. Y disfrutar de las enseñanzas de los catedráticos Cossío, Clavero y Olivencia en las aulas de la Facultad y de Ángel Olavarría en su notaría. La vida son canciones de Serrat, láminas de Murillo y Antonio López, viajes con la abogada María Pérez Galván y otras compañeras de profesión, y aperitivos sabatinos con Carmen Diz. La vida es creer con firmeza en la igualdad de oportunidades y no en ideologías feministas. La vida son recuerdos de los hermanos prematuramente perdidos, como el inolvidable Juan en tantas tardes de toros en los abonos de Antonio Ojeda en el balconcillo del tendido 5, o en tantos Martes Santos en la casa de la Contratación. La vida es vestir en la intimidad a la Virgen de la Angustia, la de los Estudiantes. La vida es disfrutar de una copa del glamuroso Möet Chandon tanto como de la sencillez de un guiso de alcauciles rellenos de carne. La vida es genio, sobreactuar en cierta manera cuando la ocasión lo requiere, y usar las notas marginales en el bloc imaginario para dejar constancia de cuándo alguien ha hecho una trastada. Esta Carmen tiene memoria defensiva, digámoslo así. La vida es hacer reír al Rey Felipe con un piropo y dos comentarios espontáneos cuando visitó la fábrica de Persán. La vida es colocar cada día flores frescas en el altar de la memoria de Juan padre y Juan hijo. La vida son los ladridos de Roque, guau, y los paseos por el centro.

En su trayectoria más notoria hay intervenciones como letrada en pleitos muy conocidos, como el de la Basílica del Gran Poder, las impugnaciones de acuerdos sociales del hoy extinto Banco de Huelva, o la compra de empresas como el Horno de San Buenaventura y el Hospital Infanta Luisa. A sus clientes ha contado siempre una máxima: “Las personas y sus sentimientos deben tener cabida en el Derecho”. Dicen que el día que ingresó en la Academia de Legislación y Jurisprudencia llevaba un chaqué de mujer, con un lazo en vez de corbata, al que se le rascaba y aparecía la túnica de ruan de su padre, del que siempre repite un elogio en tiempos nada boyantes para la abogacía: “Gracias por dignificar la profesión”. La hija honra al padre. La discípula homenajea al maestro. La fuerza, el carácter, la memoria defensiva, el tono melífluo, la feminidad acicalada. Si hay que llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que beber, se bebe. Y si hay que comer alcauciles, se comen. Pero lo último es litigar.

La fe y las milhojas

Carlos Navarro Antolín | 20 de diciembre de 2015 a las 5:00

ANTONIO OJEDA
HAY obispos y cardenales que no pueden ocultar el cura de pueblo que llevan dentro por muchos oropeles que luzcan y por muchos secretarios y gentileshombres que revoloteen a su alrededor. En muchos momentos hasta se entristecen en la fría soledad del mando y buscan el calor del hogar de ese feligrés que siempre tiene un cubierto disponible para el sacerdote. Hay altos directivos de empresas a los que se rasca el Dustin multiusos y siempre aparece el espíritu del currelante que fueron en sus inicios, siempre dejando la mesa ordenada cada viernes por la tarde, con todo el material a punto para arrancar la jornada del lunes con la mayor diligencia y oficio. Hay gerentes de hospitales que, consagrados a la política sanitaria, política al fin y al cabo, echan de menos mirar a los ojos del paciente, ejercer la técnica del diagnóstico y vivir la satisfacción que proporciona la sanación del enfermo. Hay directivos de emisoras de radio que un día fueron reporteros y que hoy estudian ajustes de plantilla mientras añoran el micrófono, hay altos mandos militares encadenados a la melancolía de un despacho a los que el gusanillo de las maniobras en Cerro Muriano o Montejaque siempre provoca inquietud, el movimiento de ese gusanillo del que hablan los toreros de coleta cortada. Hay un momento en toda vida profesional que el ascenso en el escalafón supone el alejamiento de ese oficio vocacional por el que el profesional se siente realizado, alcanza la dignidad y consigue ser lo más importante: persona. La subida, ironía del destino, aleja de la vocación y supone, siempre, una aproximación a la política.
Antonio Ojeda Escobar (Escacena del Campo, Huelva, 1941) es notario de profesión, socialista de carnet por la provincia de Jaén, pues ejerció de fedatario en Villacarrillo, donde coincidió con un joven juez llamado Baltasar Garzón; y entre sus pasiones, además de la vida pública en los años más intensos y románticos de la política contemporánea española, figuran dos por notoriedad, nunca mejor dicho: la lectura y los dulces.
Un día sonó el teléfono de un importante abogado sevillano.
–Te llamo porque tú eres buen amigo de Ojeda, el notario. Es que estaba esperando un taxi en la Magdalena y me he quedado muy extrañado. He visto cómo tu amigo se ha pasado un rato largo mirando un escaparate con mucho interés, muy concentrado.
–¿Antonio? Estaría viendo si hay trencas nuevas en Derby.
–No, no… Se ha pasado veinte minutos contemplando los dulces de la confitería de al lado.
Antonio Ojeda ama los libros, el recorrido pausado por las estanterías de ensayos, tanto como las milhojas de cubierta rosa de Ochoa. Se sigue concentrando ante las páginas de un tomo sobre filosofía o pensamiento con la paciencia de un opositor. Y disecciona las milhojas con precisión de cirujano: la capita rosa para un lado, el hojaldre para otro.
El PSOE ha tenido su capellán, que era el inolvidable Manuel Benigno García Vázquez, como tiene su tabernero, Juan Robles, y como tiene su notario de referencia, que es este don Antonio que nunca ha cobrado aranceles ni a los partidos políticos, ni a hermandades, ni a congregaciones religiosas de cualquier tipo. Probablemente sea el último socialista con trenca y pantalón de pana en los días de invierno, de invierno en el calendario y de invierno para un partido que se va poco a poco calentando como el planeta, sin cumbre posible que busque acuerdos para enfriar algunos ánimos desesperados. Ojeda ha formado parte de la jet del PSOE de los años de la Transición, gente que sigue siendo leal a las siglas del partido cuando son requeridos para alguna consulta, pero que difícilmente encontrarían hoy encaje en una política controlada por los aparatos, con jovenzuelos trepando con cuchillo en boca, brincando de machito en machito, acabando la carrera de Derecho a golpe de recomendaciones, y con mucha militancia de escaso nivel cultural y de excesiva beligerancia en las redes sociales. Expresado en un brochazo: Ojeda no es hombre de esas cosas.
La política no es hoy el lugar para los hombres cultos, de espíritu inquieto, ni por supuesto para los deseosos de ganar dinero. Dijo Rajoy en el cara a cara tabernario, de serrín y colillas en el suelo, que cuando más dinero ha ganado en su vida fue en el ejercicio de su profesión: registrador de la Propiedad. El gallego ha estado siempre corto de guita, como todo político. Que le cuenten a Ojeda el coste que supuso dejar la notaría varios lustros para ser desde viceconsejero a presidente del Parlamento de Andalucía –sesión constituyente en el Alcázar incluida– pasando por senador y muchos otros cargos. Hasta que se fue para no volver. Se marchó de la política para volcarse en su profesión. No había puerta giratoria, sino un puesto de trabajo ganado en años de estudio a la luz de un flexo en la pensión. Olvidó la vida de partido.
Dicen que en los años del boom inmobiliario había que pedir la vez en una notaría con más colas que una tienda de capirotes de Alcaicería en cuaresma.
–A este hombre tiene que irle muy bien. Aquí tienen que entrar tela de jurdeles.
–Pero de donde de verdad saca es de la reventa de los paraguas olvidados…
La vida es un cinco de enero en la cola de Ochoa para recoger el roscón de reyes. Son tres abonos en el balconcillo de sombra de la plaza de toros, desde cuya baranda casi se sale por culpa de los pies clavados en el albero de José Tomás ante un torrealta. La vida es un consejo a los alumnos que prepara sin cobrar un euro: “La vida de opositor es una vida de cabrón, hay que salir de ella cuanto antes”. La vida es la admiración discreta de la belleza:en la serenidad del rostro de una mujer, en el dibujo de un cuadro hiperrealista, en el tiempo detenido de la faena a un toro. La vida es un paseo por la calle Velázquez camino de La Casa del Libro. Una larga charla con Pepote Rodríguez de la Borbolla, que para eso Ojeda es una suerte de presidente de la apócrifa Asociación de Amigos de Pepote, donde hay gente de pelaje ideológico tan variado como un encierro de Prieto de la Cal. Y la vida, ay, son tardes de Semana Santa con Juan Moya Sanabria, su director espiritual en la sombra de la amistad, como son caminos del Rocío, siempre a pie, con Pepe Moya, Jaime Artillo y El Triana.
Por muchos altos vuelos que haya dado este veterano del Derecho, compañero de aula de Felipe González y Gerardo Martínez Retamero. Por muchos despachos de ministros que haya frecuentado como máxima autoridad del notariado español, negociando nuevas leyes y ganando competencias para el gremio. Por muchas ceremonias académicas con frac que haya vivido, por muchas audiencias con pontífices romanos en las que haya estado, por muchos cargos que haya desempeñado, incluso en su amado Real Betis Balompié, y por muchas últimas voluntades de grandes personajes que haya recogido en testamento, este maestro de notarios será siempre un hombre de pueblo que se pierde por un guiso, sobre todo de garbanzos de Escacena; por la cola de toro desmenuzada, por los tacos de ibérico que sólo cortan para él en casa de Enrique Becerra, cuando la pata es casi todo hueso, que es justo cuando sale el jamón más sabroso, y por los ferrero rocher de postre de Trifón. El hombre de pueblo con trenca y gorra, con la bolsa de la Casa del Libro en una mano y la de Ochoa en la otra. El hombre de pueblo que sigue teniendo cuenta abierta en Cañete, modalidad de pago en desuso. El hombre de pueblo que abre el despacho el sábado y el domingo, como un tendero de confianza, para firmar las escrituras de urgencia, o para tomarle temas a un opositor.
La infancia son recuerdos salesianos. La juventud es la forja del opositor en la austeridad de una pensión. La madurez son las luces y sombras de la política. El libro, la fe pública, la milhoja. El PSOE, el Betis y la trenca. Oír, firmar y callar.
Ama tanto los libros, que literalmente les puso un piso. Tiene una vivienda exclusivamente dedicada a la guarda y custodia de libros. Rajoy pierde dinero en política. Ojeda nunca revendió los paraguas. El hombre camina con un leve balanceo y a la velocidad marcada de un paso de palio de cofradía seria. Por detrás, un currículum de estudio, exento de intrigas. Por delante, libros que seguir leyendo. Y en una bolsa, una bandejita de milhojas para endulzar una tarde de fútbol o, simplemente, la existencia.