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Tengo un argumento para usted

Carlos Navarro Antolín | 2 de julio de 2017 a las 5:00

Juan Carlos Blanco

EL catedrático fue enérgico aquel día. En respuesta al uso creciente de las nuevas tecnologías y de dispositivos aplicados a la docencia, que pocos años antes hubieran sido tomados como una muestra de locura, el viejo profesor zanjó cualquier debate con una sentencia rotunda: “Los buenos alumnos se defienden escribiendo mucho en el examen, con mucha tinta, como los calamares”. Ni pruebas tipo test, ni prácticas para sustituir los ejercicios de razonamiento por escrito. Se trataba de escribir, exponer, argumentar, relacionar hechos, demostrar que se controlaba la doctrina de varios autores y la del propio catedrático. Inventos, los precisos. Con los políticos ocurre algo muy parecido. Tienen que demostrar locuacidad, capacidad de razonamiento, sagacidad verbal, dominio de los asuntos que son de su competencia y hasta de los que escapan a su jurisdicción. Si se adolece de falta de argumentario, hay que saber adquirirlo fuera. Si no se tiene capacidad para explicar lo sabido y convencer, hay que externalizar los servicios.

Juan Carlos Blanco de la Cruz (Ginebra, Suiza, 1967) siempre tiene un argumento para usted. Es el calamar de la oratoria. Mucha tinta, mucha labia, mucha voz. Escribe textos que se leen cuesta abajo. Y elabora argumentarios que son platos combinados de actualidad pasada por la parrilla de San Telmo con guarnición variada de pedagogía y didactismo, con la sal del optimismo vitalista y la pimienta de eso que se llama comunicación política o comunicación institucional, según convenga.

La vida lo llevó por la radio y la prensa escrita mucho antes de ser lo que es hoy: el portavoz del gobierno andaluz en un período delicado para su presidenta. La verdad es que Blanco nunca hablaría de coyuntura delicada. Calificaría de reto cualquier momento difícil y vería una oportunidad en todo período de crisis. Susana Díaz ha tenido que replegar sus tropas y retirarse a Andalucía tras el frustrado asalto a Ferraz. No hay problema, este Juan Carlos Blanco verá la parte positiva: la dirigente andaluza se humaniza al perder, genera afectos en una sociedad que empatiza con los derrotados, y amabiliza su figura tantas veces presentada con perfiles duros. ¿Se dan cuenta? El argumentario está hecho, sólo hay que exponerlo. Sólo hay que hacer el calamar. Mucha tinta, mucha labia. Es fácil: la derrota no hunde a nadie, suaviza las aristas.

Este licenciado en Derecho es un gran conversador tanto como un gran conservador. Se ha pasado su vida a la búsqueda del centro político. Lo suyo siempre fue lamentar no haber vivido en directo los tiempos de la UCD y añorar el CDS como la opción de centro que necesitaba una nación como España, tan aficionada a los pendulazos. Criado en el barrio de Los Remedios, socio del Mercantil, cada año más aficionado a la Semana Santa, algunas veces se le ha visto en los tendidos de sombra de la plaza de toros. Su interior está sociológicamente decorado con los hábitos de la derecha. Su fachada exterior está pintada ahora con los colores del PSOE. La misma semana recibió las ofertas de trabajo del equipo de Susana Díaz y del de Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz. Al final pudo más en su conciencia la adscripción al partido que tradicionalmente hace de las políticas sociales su estandarte.

No milita, pero se compromete. Navega entre la comunicación y el periodismo. Dice que no tiene enemigos. De acuerdo, pero sí tiene una legión de envidiosos a la que ahora se suma el ejército de pelotas que lampan por estar próximos al poder establecido. Los envidiosos son potenciales enemigos a los que conviene alimentar cada mañana como a los canarios, a los que hay que poner su poquito de agua, su puñadito de alpiste y su ramita de perejil para que sigan felices en la jaula de la mediocridad. Ocurre que este periodista metido a portavoz nunca reconoce la existencia de enemigos, se autoaplica una suerte de terapia por la que prefiere pensar que todo el mundo es bueno. En el fondo sabe y tiene muy claro que no es así. Como dice el doctor Rodríguez Sacristán, la maldad humana existe. Pero Blanco se hace el sueco. Y silba. Los malajes hispalenses le provocan cierto rechazo, aunque procura disimularlo, tanto como los opinadores contundentes que no dan lugar a debate, que no le dejan libre una rendija donde colar alguno de sus argumentos. En esos momentos tira de paciencia. Porque este vecino del centro es más paciente que un usuario del C-2.

Sonó con fuerza para dirigir la RTVA, donde llegó a trabajar en sus inicios y donde después se perdieron contar con su colaboración como contertulio. Alguna quizás se arrepiente hoy de no haberle dado el sitio. Tiene pendiente un curso sobre cómo hacerse el nudo de corbata. Es de los que un día se declararon abstemios para siempre después de haber vivido sus buenas ferias. Si se tiene en cuenta su alergia al pelo de caballo y su aversión al alcohol, dicen que pasar un día de Feria con Blanco es todo un ejemplo de equilibrio emocional. Es un gran cliente de Emasesa y de las botellitas de agua mineral, de las que bebe poquito a poco, como recomiendan los médicos para estar bien hidratado.

En los años noventa se decía que Juan Carlos Blanco era el doble del juez Garzón, antes de que al magistrado le dieran varios golpes de bimba y se le avinagrara el carácter, claro está. Este portavoz del gobierno tiene un perfil poco conocido de humorista. Tiene una innegable habilidad para imitar a personajes públicos, una faceta donde demuestra su capacidad para fijarse y reproducir tonos de voces y ademanes.

La vida son recuerdos de un joven especialmente travieso, calificado de verdadero trasto y alma inquieta. Muy inquieta. De aquella frenética actividad adolescente ha quedado quizás un viajero hiperactivo que prefiere conocerse todos los pueblos de una comarca antes que apostar por una estancia tranquila y permanente en sólo uno. Siempre en movimiento, siempre programando, siempre alerta. Devorador de libros y de periódicos en formato digital. La vida es el dedo índice ajustando el puente de las gafas, una mesa de pocos papeles, pero con cierto desorden; un andar con cierta dejadez en brazos y piernas, una actitud entusiasta por los asuntos sustanciales de la vida y un uso continuo de las redes sociales. La vida es pasar de la Suiza natal al País Vasco, después a Tánger y finalmente a Andalucía. La vida es licenciarse en Derecho por amor a su madre. La vida es perder la templanza y toda muestra de equilibrio cuando al Real Madrid le meten un gol. En esos casos experimenta un proceso de transformación radical donde la búsqueda del centro político se torna en una quimera. Parece poseído por el diablo durante unos instantes. La vida es recibir en la redacción del periódico a principios de los años noventa una llamada telefónica con un inicio muy singular: “¿Juan Carlos? ¿Eres tú, canijo? ¡Soy Susana, la concejal!”. Y, en efecto, era la muy trianera edil de Juventud, que promovía un botellódromo en la Cartuja por aquellos tiempos en los que San Telmo quedaba lejos, muy lejos.

El lenguaje sencillo para hablar y para escribir. El calamar siempre en guardia. El argumentario preparado. La prudencia en público, la acidez en privado. El empleo de los términos exactos para calificar unos hechos. El dardo en la palabra. Un seguidor de Lázaro Carreter en el viejo San Telmo. Uno de sus temas favoritos son los nuevos modelos de negocio en la información. Cuánto durarán los periódicos, hacia dónde irá internet, cómo evolucionarán los hábitos sociales de consumo de la información. Juan Carlos Blanco tiene un argumento para usted sobre cada uno de estos enigmas de futuro. Si le pregunta sobre estos temas, agárrese porque vienen curvas. Por el momento mantiene intacta la salud mental y no se ha contagiado en sus intervenciones y escritos del todos y todas, los andaluces y las andaluzas, las arrobas y otras gaitas del escaparatismo verbal de la ideología de género imperante.

En el vestir es como un árbol de Navidad: se cuelga lo que ponen. Estilo ortodoxo: de sota, caballo y rey. Pantalón chino, camisas formales y chalecos de cuello de pico. También es aficionado a los náuticos de suela gorda. Cualquier día, al llegar a la Puerta de Jerez, se mete en la sede regional del PP en vez de seguir hacia San Telmo y el conserje de la calle San Fernando le da los buenos días con toda naturalidad. Es capaz de llevar la comunicación institucional de un mastodonte como la Junta de Andalucía, pero incapaz de controlar su propia cuenta del banco. En asuntos domésticos recibe un cero patatero. Nadie podrá dudar de su honradez. De algún mullido sillón se ha marchado con premura antes de estampar una firma que le hubiera conducido al corredor de los imputados. Ha preferido perder ciertos abrigos antes que correr riesgos seguros. Para abrigarse ya tiene chaquetas de pana fina y camisas azules de tonalidad ‘congresista del PP’.

Vive enganchado a las redes. Se sienta en el consejo de gobierno de la Junta. Con voz pero, por fortuna, sin voto. El cardenal Amigo, hijo predilecto de Andalucía, siempre dice que si se le rasca la sotana púrpura aparece el hábito franciscano de cardenal. A Juan Carlos Blanco se le rasca el traje de portavoz y aparece el bañador de veraneante de La Antilla dispuesto a debatir con usted sobre el futuro del mundo de la comunicación. A poner en sus manos un enjambre de estudios, opiniones, análisis y discursos sobre el tema. Piquito de oro, analista consumado, calamar que derrocha tinta.

El culto al tacticismo

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

GÓMEZ DE CELIS

ERA Alfonsito. Lo fue durante mucho tiempo. El niño inquieto del PSOE, criado en el Polígono de San Pablo, con carisma para tener primero una alegre y poblada pandilla y después, con el paso de los años, una cuadrilla que sigue siendo fiel a sus llamadas. Era Alfonsito el que recibía el magisterio del profesor Emilio Carrillo, el que metió a una chica de Triana llamada Susana en las filas del PSOE, el que siempre, siempre, ha estado embistiendo contra el aparato, contra el poder establecido, contra el orden constituido. Era Alfonsito rebelde porque el mundo lo hizo así. Rebelde e indeciso. Rebelde y tacticista. Rebelde y desconfiado, de los que miden todas las situaciones, escrutan la reunión y se van relajando poco a poco, lentamente y siempre con el asidero de alguna compañía que le permita no sentirse solo. Era Alfonsito hasta que tuvo que dejar de serlo. El tiempo, las elecciones y los congresos pasan para todos (y todas).

El buen concejal de Hacienda con Monteseirín sufrió cuando le tocó lidiar con Urbanismo. Lo suyo es el poder más que la gestión. Paró el tren de su vida municipal y se marchó a los despachos anónimos de la Junta de Andalucía cuando se dio cuenta de que no le iban a permitir ser el candidato a la Alcaldía, cuando percibió que las apuestas de Pepiño Blanco desde Madrid y de José Antonio Griñán desde Andalucía eran otras.

Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (Sevilla, 1970) fue muchos años el niño bonito de Monteseirín en el Ayuntamiento. El profesor Manuel Marchena era el cirineo, el brazo ejecutor, el virrey. Celis era la apuesta política, el delfín después de que la opción de Carrillo se hubiera diluido. Ocurrió que Celis estaba y está en la lista negra de Susana Díaz. La presidenta andaluza experimenta convulsiones cuando ve a Celis. No le tiene ninguna simpatía. Quizás porque se conocen a la perfección de los años de pandilla, noches de fines de semana y jornadas de Feria. ¡Ay, esas fotos de mozalbetes risueños en las casetas de distrito! La belle epoque duró hasta que las listas del 99 los separaron. No se respetó el orden natural. Ella entró en la candidatura pero él no. Caballos, que era quien mandaba en el aparato, ¡siempre los aparatos cruzándose como un toro resabiado!, fracturó aquella pandilla para siempre. Casi dos décadas después, Celis está hoy en la Junta de Andalucía, en un puesto de libre designación de cuya existencia no nos hemos enterado hasta que él llegó al cargo. Pedro Sánchez, siendo secretario general del PSOE, le pidió a Susana Díaz que Celis estuviera en el gobierno andaluz. Y lo puso en el gobierno… de los Puertos de Andalucía. Y ahí sigue, pese a la caída de Sánchez, porque no hay mejor forma de sobrevivir en Andalucía que siendo la cuota minoritaria. Se convierte uno en lince y todos te protegen. Celis es el lince del PSOE andaluz en Sevilla. Interesa tenerlo colocado porque es la prueba de la magnanimidad de la presidenta andaluza, la cuota del respeto a la minoría que se jacta de serlo. “Celis no se toca”, reza en San Telmo.

Alfonsito, el chico alto, austero, con pelazo y capacidad de liderazgo, dejó de serlo. Pasó a ser Celis, curtido por los golpes y los desengaños. Experimentó cómo Griñán lo citaba en su casa del Aljarafe, tapita de jamón en el porche, y le prometía ser candidato a la Alcaldía de Sevilla. Brindó con champán en Madrid con Pepiño Blanco, secretario de Organización del PSOE, por su condición de sucesor de Monteseirín en el Ayuntamiento. Y fuéronse ambos, Griñán y Blanco, y no hubo nada. Se acabaron el jamón y el champán. Como es un alma inquieta, se metió a apoyar a Rubalcaba frente a Carmen Chacón en el congreso de Sevilla. Ganó el avieso Rubalcaba, pero ya se sabe que el federal nunca acude al rescate de sus apoyos en las provincias. Y Celis se quedó solo en Sevilla, protegido (y vigilado) por la guardia pretoriana susanista. Fue parlamentario autonómico un tiempo plúmbeo, pero después lo sacaron de las Cinco Llagas. En una etapa posterior se dedicó a apoyar a Pedro Sánchez cuando pocos lo hacían en Andalucía. Y Susana mientras tragando, entonando cuando ve a Celis lo mismo que Lorca a la muerte de Ignacio: “Que no quiero verlo, que no quiero verlo”. El secretario general del PSOE visitó la Feria de Sevilla y no hubo nadie a recibirle cuando su coche llegó hasta la portada. Nadie, salvo el director de la Agencia Pública de Puertos de Andalucía: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis.

Sánchez cayó una tarde de sábado después de haber tenido a España bloqueada. Ahora se quiere levantar. Ha fichado a Celis de druida Panoramix, de lo que siempre ha sido Celis: estratega. Toda su carrera es un culto a la táctica, al estudio previo, a la tasación de riesgos. Es como Curro Pérez en el PP, pero más eficaz y sin gatos. Miau. Celis ha pecado no pocas veces de indecisión, de arriesgar poco, de no atreverse a dar el paso cuando todos creían en su capacidad. Porque pocos dudan de su capacidad, pero muchos ven que le cuesta salir del burladero. Y ahora, al fichar por el equipo del codicioso guapo oficial, el de las camisas albas, ha dado por fin un paso decisivo en su trayectoria.

La vida es la lucha por el poder aprendida en las Juventudes Socialistas. Es darse cuenta de que el futuro dentro del partido ya no está asegurado por el mero paso de las generaciones, eso se acabó. Ahora hay que dar el salto y arriesgar. La vida es soñar con una agrupación única de Sevilla capital en la estructura del PSOE, una reforma orgánica frustrada que hubiera hecho más fuerte a Monteseirín en sus últimos años como alcalde. La vida es Santa Catalina, la Hermandad de los Caballos donde es muy querido, la tradición de la Semana Santa, alguna visita muy especial a ceremonias íntimas en la Macarena de las que prefiere que no trasciendan. La vida es pasión por el Betis, la ciudad de Barcelona, atender a Judith Mascó en la Caseta Municipal de la Feria de Sevilla y entregarse a la afición de la pesca. La vida es incorporar a las campañas del PSOE a grandes personajes como el sevillista Monchi, el actor Paco Tous o el cantante Juan Valderrama.

Este mariscal de Monteseirín quiso ser el hombre que gestionara la obra del tranvía. Visitaba los trabajos a diario, siguiendo la escuela de Martínez Salcedo. Nunca confió en la rentabilidad política de las obras del Plan de Barrios. Suya es la teoría cierta de que el centro es el salón de la ciudad, por lo que invertir en el centro es hacerlo para todos los vecinos de la urbe. Supo lo que es estar imputado durante unos días por una verdadera chorrada que quedó en nada, pero que hoy le hubiera salido cara. La vida es oír a Herrera decir para toda España que Celis es la “cabeza mejor amueblada del PSOE en Sevilla”. La vida es un viaje discreto a tierras lejanas, donde los cristianos oficiaron las primeras misas.

Cuando dejó el Ayuntamiento a punto estuvo de ser el director general de Empleo de la Junta, pero, por fortuna para su futuro, se cruzó con Rosa Aguilar, quien le ofreció la dirección general de Vivienda. Siempre ha tenido habilidad para llevarse bien con el núcleo duro del entonces emergente Zoido. Mantuvo que en Sevilla no se producirían nuevas mayorías absolutas. Zoido consiguió la absolutísima de los 20 concejales en mayo de 2011 y esa misma noche electoral hubo camisetas en la sede de la calle San Fernando dedicadas a Celis y a su pronóstico fallido. Quedó claro que Celis era la gran referencia para aquellos peperos. Celis era el modelo que ellos querían seguir. Tenían cierta fijación.

El corredor de fondo ha echado la caña de pescar. El pedrista andaluz sonríe. Por fin algunos podemos destacar algo positivo del obcecado Sánchez: su asesor en estrategias. Al final, el tal Mariano tiene hasta razón. La vida es aguantar y que alguien te ayude. Esperar hasta que piquen. Ser pacientes. O aguardar hasta que sencillamente sea Jueves Santo y entonces vayamos a lo sustancialmente importante: los felices orígenes anclados en Santa Catalina. El templo que pronto volverá a abrir.

Con licencia para largar

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

EMILIO DE LLERA 2
MANOLO García se fue del Ayuntamiento en 1999, donde había sido concejal del Partido Popular desde 1983. Ejerció de edil en la oposición y de teniente alcalde con funciones de gobierno. Hizo casi de todo, desde saludar al Papa Juan Pablo IIy a Fidel Castro hasta montarse en el patrullero de la Policía Local para cerrar bares de la movida o gestionar las reparaciones de los pavimentos del casco antiguo. Pero al dejar la Casa Grande después de tantos años de contienda política y alguna que otra polémica de las que roban el sueño, reconoció públicamente una espinita clavada: “Mi pena es no haber sido concejal de Fiestas Mayores”. Años después, gracias a que el PP decidió aquel año renovar a sus representantes en el Ayuntamiento, tuvimos a uno de los hermanos mayores de la Macarena más grandes de la era contemporánea. De haber seguido en política, el destino de Manolo hubiera sido otro bien distinto. Aquella pena se esfumó, aquella espinita de las fiestas mayores se sacó sin apenas dejar herida. La vara de las capillas ha sido, de hecho, la responsabilidad más elevada que ha podido desempeñar este hombre curtido en las madrugadas del negocio de frutas de la Encarnación.

Emilio de Llera Suárez-Bárcena (Badajoz, 1951), consejero de Justicia e Interior de la Junta de Andalucía, quiso ser fiscal jefe de la Audiencia de Sevilla. La verdad es que estaba llamado a ser el sucesor de una leyenda viva del Ministerio Público en la ciudad: el salmantino Alfredo Flores, el que llegó a ser hermano mayor de una cofradía y pregonero de la Semana Santa. Llera echó los papeles para hacerse con esa jefatura, pero le sacaron bolas negras. García se quedó sin apretar el botón del alumbrao y Llera sin dar la rueda de prensa anual de la memoria de la Fiscalía. Su gozo cayó en el pozo una y otra vez. Y bien que lo sentimos muchos partidarios de este fiscal con nombre de marisquería de selecta ensaladilla junto a la Plaza de Cuba, porque desde los despachos de Madrid apostaron por una fiscal jefe que es modelo de neutralidad, equilibrio y ponderación por las que hilan…

Emilio no fue fiscal jefe, pero con el paso del tiempo le cayó del bombo de la política el premio gordo de la Consejería de Justicia e Interior. Franco no se metió en política, pero Llera sí. Y ahí anda, desde el burladero de su despacho de la Gavidia, orientando al Ejecutivo andaluz por las arenas minadas de esos asuntos que están sub iudice. “Emilio no es del PSOE, Emilio lo que quiere es terminar su carrera de consejero, aunque pierda dinero”, dicen los compañeros de oficio. De vez en cuando saca el mandoble y se despacha a gusto contra los jueces, hace juicios sobre la magistrada Alaya trufados de cierta frivolidad e incluso arrea a los medios de comunicación por el tratamiento de algunos temas. Emilio va por libre. Tiene licencia para largar. Pocos recuerdan que es el único consejero reprobado por el Parlamento. Debe ser porque en el fondo sigue siendo un fiscal. Ya se sabe que los fiscales se pueden permitir casi todos los juicios, son casi infalibles, pues un juez, un letrado de la Administración de Justicia o un cargo público pueden incurrir en prevaricación, pero un fiscal nunca. No existe ese tipo penal para los representantes del Ministerio Público. ¿Por qué? Misterios. Si resulta que el protagonista, además, forma parte de las filas de la progresía oficial, disfruta de las ventajas de la superioridad moral de la izquierda. Así que miel sobre hojuelas. Emilio sabe que siempre hay agua en ciertas piscinas. Si Arenas o Zoido sueltan la mitad de las perlas que Llera en los últimos años, los están corriendo a gorrazos desde la calle San Fernando hasta la puerta de Antares, donde los dejan sueltos para que se reconcilien jugando al pádel. Emilio puede decir que Alaya sigue estando muy “guapa” pese a la carga de trabajo que asume, porque él está en un gobierno del PSOE. Susana jamás le va a dar un tirón de orejas. Y Amparo Rubiales tampoco le va a dedicar un artículo crítico cargado de arrobas.

Pero Emilio cae bien. Es simpático y un poco pillo. Sabe clavar dardos al enemigo con sutileza. No se suele quedar un gato en la barriga. Jamás muerde la mano que mece la cuna del PSOE en España, que es la que lo mantiene en el cargo. En política, ay Emilio, no hay plazas en propiedad. Su oficio de fiscal sí se parece al del político en que en ambos rige el principio jerárquico. Este Llera prepara a conciencia cada aparición pública con un latiguillo que evoca sus años de opositor: “Os dejo, tengo que estudiarme el tema”.

Siempre lleva encima dos o tres paquetes de tabaco rubio de diferentes marcas. A sus colaboradores más directos los sitúa a su mismo nivel, no fuerza esa estética del séquito que gusta tanto a otros consejeros. Tiene un despacho oficial en la Gavidia y una mesita alta en la terraza del Oriza, donde sigue tomando la copita de manzanilla, marca Solear, muchos mediodías de clima apacible (¿Lo de siempre, don Emilio?). Los dueños de los bares, por cierto, llaman a esas mesas altas los quitamiedos de la hostelería, porque la gente cree que la consumición es más económica que en un velador tradicional con asientos. No es el caso de este pacense, que se nota que no es de Sevilla en que suele desenfundar el primero a la hora de pagar en un bar. Es de la vieja escuela, de los que no deja nunca que sus acompañantes abonen la cuenta.

Con Zoido se lleva muy bien. Coinciden en tener el mismo dentista, en cortar trajes en privado y en saber rematar las reuniones oficiales con la confraternidad debida. Una de las muchas veces que el entonces alcalde Zoido reclamó la Ciudad de la Justicia en una visita al consejero Llera, éste, tras los cinco minutos de rigor en privado donde para decirle que no es posible porque no hay un duro, le espetó: “Bueno, Juan Ignacio, ahora ya podemos irnos a tomar una cerveza que se hace tarde, no?”. Y allá que bajaron al bar de la esquina a comentar los últimos chascarrillos judiciales…

Lo mejor de Llera es que nunca da la brasa con el fútbol ni con las cofradías. No gasta ni en un tema ni en el otro. Y siempre te cede el taburete, porque prefiere la verticalidad. Este vecino de Los Remedios es un gran admirador de la belleza femenina, usa los retrovisores con sutil y discreta habilidad. No va de místico ni de bendito, lo cual se agradece en la ciudad de los misticones.

La vida son recuerdos de la Extremadura donde nació. Su madre vivía en una pequeña localidad de Badajoz de apenas dos mil habitantes,un pueblo fundado por Felipe II con un precioso nombre: La Granja de Torrehermosa. Son recuerdos de sus primeros años como fiscal en Bilbao, una plaza dura en los años ochenta, en los que el País Vasco salía en los telediarios con tañidos de luto y banderas a media asta. La vida son recuerdos de sesiones preparando opositores de judicatura y fiscalía junto sus amigos Julio Márquez de Prado, hoy presidente del Tribunal Superior Justicia de Extremadura, y Luis Fernández Arévalo, experto en vigilancia penitenciaria y actual fiscal jefe de Huelva. La vida son refugios estivales en algún hotel de la Costa del Sol.

Si tiene que cenar en algún lugar perdido de Andalucía, fuera ya del protocolo de los actos oficiales, le pide al camarero que le hagan una tortilla francesa. Así duerme mejor y le cuesta algo menos madrugar, porque Llera no es precisamente de los aficionados a levantarse al alba por gusto.
El fiscal no fue jefe pero gestiona todas las competencias de Justicia de Andalucía. El fiscal es doctor en Derecho, con una tesis dirigida por Víctor Moreno Catena, pero se metió en política. La vida es ver pasar la ciudad desde una mesa quitamiedos. Y en Sevilla, al final, somos pocos y todos vamos desfilando. Somos casi los mismos que en La Granja de Torrehermosa. Pero sin desenfundar los primeros al pagar.

La ocupación de los nichos

Carlos Navarro Antolín | 14 de diciembre de 2014 a las 5:00

Sastrería 14 dic
EN aquella Facultad de Derecho de los años posteriores a la Exposición Universal era usual verla por aulas y pasillos. Por la antigua Fábrica de Tabacos, o su sucursal de las caracolas del Lope de Vega, también se veía a alumnos como Beltrán Pérez, hoy teniente de alcalde en el Ayuntamiento; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo, y Pedro Molina de los Santos y David Antequera, actuales directores de los distritos Norte y Los Remedios, respectivamente. De las aulas habían desaparecido los crucifijos con las réplicas de la Buena Muerte, preciosidades de Juan Miguel Sánchez, Francisco Maireles, Ricardo Comas y hasta de Alfonso Grosso. Muchos acabaron en despachos de catedráticos y, por supuesto, en bastantes casas particulares. Durante años sólo quedó el crucifijo del Aula Magna. Por aquella Facultad andaba Susana Díaz (Sevilla, 1974), que ya por aquel entonces tenía afición por coger el micrófono y dirigirse a sus compañeros. Cuando un festivo caía en martes, ella era una de las que se encargaban de poner de acuerdo a todos los compañeros para no acudir el lunes y hacer puente. Pero, ojo, porque había un catedrático de Derecho Civil, el jesuita Antonio Gordillo Cañas, duro y exigente como sólo lo son los grandes maestros que verdaderamente dejan huella en sus discípulos, que no transigía con las componendas de los alumnos. Si la jornada era lectiva, había que dar clase. Si no había alumnos, la lección se daba por impartida y pasaba a ser materia de examen. Se dio el caso de un reducido grupo de alumnas que acudieron a la clase de don Antonio, rompiendo el llamamiento a secundar el puente apócrifo. Enterada de la existencia de esquiroles, la alumna Díaz se enojó, tomó el micro y espetó: “¡Habemos aquí más de cien que quedamos en no venir y ha habido un grupito que ha venido!”.

Aquellos primeros años en Derecho se veía ya la forja del animal político que es hoy. Poco tardó en darse de alta en las Juventudes Socialistas con un aval de dos firmas, una de ellas la de Rafael Pineda, ex concejal y ex gerente de Lipasam. Aquellos maravillosos años participaba en las barbacoas de fin de semana en casa de Encarnación Martínez, en Valencina de la Concepción, en la pandilla que lideraba Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Encarni, Verónica Pérez y ella eran de las escasas mujeres activas en las Juventudes Socialistas. La armonía era total, años de camaradería y dolce vita. El reparto de tareas estaba definido. Susana y David Hijón se centraban en las Juventudes en Sevilla. Miguel Ángel Millán, en las Juventudes de Madrid. Celis, consagrado a la Agrupación de Nervión-San Pablo y Rafa Pineda a la Agrupación de Triana. Los chicos de Celis vivían felices y comían perdices a la brasa hasta que se rompió la barbacoa de tanto usarla. La lista electoral al Ayuntamiento de 1999 dinamitó las sinergias. El entonces factótum del PSOE sevillano, José Caballos, eligió a Susana Díaz para un puesto de salida y orilló al que siempre se refiere como “Alfonsito”. Díaz fue concejal de Triana, una de sus grandes ilusiones, y del área de Juventud, donde fue la primera en hablar de un posible botellódromo. Es notorio que con el alcalde Monteseirín jamás se entendió. En los albores del segundo mandato, Caballos la sacó del Ayuntamiento castigándola en el puesto octavo de la lista al Congreso de los Diputados. El castigo se tornó en premio, porque el PP se hundió tras el atentado del 11-M y los socialistas sevillanos, que aspiraban sólo a siete escaños en el mejor de los casos, lograron nada menos que ocho. Ya estaba Díaz moviéndose por la Carrera de San Jerónimo sin perder el contacto ni con Sevilla ni con sus principales amigos y partidarios: Alberto Moriña, que la había apremiado siempre a terminar los estudios de Derecho; Javier Fernández y Verónica Pérez.

Un político gris como José Antonio Viera se hizo con la secretaría general del PSOE sevillano. Contó con ella como secretaria de Organización. Díaz acabó haciéndose con todo el partido, como siempre ocurre, porque siempre está dispuesta a ocupar los nichos vacíos, ya sea de jefa en la capital o de turronera por los pueblos los fines de semana cuando los demás están clavando alcayatas o con el chándal. Esa capacidad de estar literalmente consagrada a la actividad política se traduce en poder. Mientras Viera andaba de cacerías con los empresarios y Caballos comenzaba el declive, Díaz se estaba haciendo con el control del poderoso PSOE sevillano. “Tú no te preocupes que yo me encargo de todo”. El embrión de las barbacoas de Encarni estaba evolucionando hacia un verdadero modelo de éxito en la política actual, donde el control orgánico prevalece en el currículum sobre cualquier brillo en la gestión institucional. El dominio que ejerce sobre cualquier parcela de poder recién conquistada es absoluto. Los espacios se susanizan como los territorios se romanizaban. Abarca todo, acapara todo y lo sacrifica todo por la política. Y sus enemigos, que la califican de maniobrera y conspiradora, de dura e inflexible, reconocen que entiende la política como un sacerdocio y que jamás la pillarán metiendo la mano en la caja.

Guarda las distancias con los periodistas hasta en el horario de máxima animación de la Feria de Abril. Las orejas siempre altas. Si tiene que llamar a un colaborador en Nochebuena para un asunto de trabajo, lo hace sin mayores cautelas. Ytambién es verdad que si a ella la llaman en plena celebración del cumpleaños de una de sus hermanas, responde con celeridad.

Su perfil menos conocido es el de una persona muy sentimental. Se derrumba con cierta facilidad cuando entiende que ha sido herida. Una Feria de Abril, vestida de flamenca, acabó con las lágrimas saltadas ante las protestas airadas de los conductores de Tussam. Los citó en la sede del PSOE, fue a casa a cambiarse de ropa, se reunió con los enlaces sindicales y la huelga quedó desconvocada. Ella, que no era concejal, arregló el problema desde su cargo orgánico, lo cual levantó ampollas entre sus adorables compañeros de partido en la Plaza Nueva.

Ha ocupado tantos nichos que, con ayuda de las circunstancias, ha ido recortando el espacio de quienes estaban directa o indirectamente por encima de ella en el organigrama. La lista de caídos, las cuentas del rosario, es extensa. Monteseirín, Caballos, Viera, Chaves, Griñán… Tiene al Todo Madrid y al Todo Barcelona echado a sus brazos con la inestimable aportación de una ejecutiva federal a la deriva. Siempre que alguien le ha dado poder, ella lo ha ejercido y ampliado hasta el punto de acabar teniendo más competencias que su poderdante, hasta el punto de que el poderdante, por una causa o por otra, ha terminado menoscabado o directamente fuera del mapa.
Aquella chica de Presidencia, que dijo el Cura Chamizo, es de facto el principal estandarte del PSOE en España. Se entiende con reyes y arzobispos, y con financieros y cofrades. Dicen que la garra que tuvo de joven para sacarse sus primeras perras dando clases particulares, la ha aumentado y enriquecido. Aquella cabecilla del grupo que en las noches de fin de semana, a la intemperie y junto al Monumento a la Tolerancia, quería afiliar a todos los presentes a las Juventudes Socialistas, es hoy la que embelesa a esa sociedad civil de los desayunos profesionales en suntuosos hoteles de la capital donde siempre se quedan los zumos a la mitad y los platos de pastas vuelven completos a las cocinas.

El viento de la política actual favorece a quien más tiempo dedica a la causa y más rápido aprende. Los que se van de cacería son camarones en la corriente. Ydejan espacios que otros ocupan. Haber, haber… Habemos muy pocos. Yen el PSOE sólo hay una.