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El capitán del buque

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL OLIVENCIA

TRAS aquel consejo de administración del Banco de España, Felipe González tuteó por primera vez a su maestro, Manuel Olivencia (Ronda, Málaga, 1929), una señal que con el tiempo se interpretó como el inicio de un nuevo periodo de relaciones entre ambos:“Oye, Manolo, tengo que hablar contigo de una cosa. Te llamaré”. Al cabo del tiempo, Olivencia se encontraba impartiendo clases en una de las aulas de la antigua Fábrica de Tabacos de Sevilla que se nutren de la potente luz del patio. Un bedel interrumpió la sesión, don Manuel tapó el micrófono, lo reclamaban para atender una llamada telefónica urgente, pero se negó a abandonar la clase. Se supo después que era requerido nada menos que por el Rey. Al terminar la clase, se marchó con tal urgencia que no pudo resolver la duda particular de un alumno: “Mañana le atiendo”. Días antes, efectivamente, había hablado con Felipe, que le explicó que su costumbre era dejar aparcados los temas que se enconaban. Y, de hecho, el nombramiento de Ricardo Bofill como comisario de la Expo’92 estaba ya lastrado por la doble polémica del rechazo de los socialistas catalanes, que no querían semejante caramelo para un notorio nacionalista, y de los socialistas andaluces como Rafael Escuredo y de los sectores más conservadores de Sevilla que no lo querían por ser catalán.

La historia ya es conocida. Olivencia dio nones, Felipe insistió en su nombramiento –pese al rechazo de Alfonso Guerra y de su cuadrilla–, le pidió que se lo pensara y acto seguido rogó la mediación del Rey, que fue quien telefoneó aquel día a la Universidad en horario lectivo y consiguió que el catedrático aceptara aquella empresa. Ya lo dice el aserto que alguna vez le han recordado a este maestro de mercantilistas en alguna tertulia distendida:“Con lo que Dios mande y el Rey ofrece, a joerse”. Publicado su nombramiento en los medios, los alumnos lo recibieron con un aplauso que el catedrático, bastante tímido, interrumpió: “Señores, no perdamos el tiempo que hay que dar clase”.

De la Expo habla poco. De Jacinto Pellón, prácticamente nada. Un día se rió cuando le contaron la historia de un vecino que se afeitó la barba para no ser confundido con aquel ingeniero montañés que se convirtió en la imagen adusta de la Expo, el hombre que cerró la venta de abonos. El recuerdo de aquellos intensos años, en general, no es precisamente dulce. Felipe, con el tiempo, le llegó a confesar:“Yo sabía que ser comisario te había costado dinero, pero no tanto”. Los años previos a la Muestra Universal se produjeron muchas fusiones de bancos que requirieron de la intervención de los despachos más potentes. Olivencia se quedó fuera de aquellas operaciones mientras trataba de sacar adelante las mil y una gestiones que generaba la Expo, unos años en los que se enfrentó a los intentos de mangoletas.Donde fluye el dinero existe la tentación. Siempre ejerció de vigilante y garante de la legalidad, pese a lo cual se tuvo que ver en el doloroso trance de declarar ante el juez Garzón. No hay mayor juez que el tiempo. Y sólo basta comprobar dónde está hoy el personaje Garzón. Y dónde Olivencia.

Como comisario de la Expo soportó los palos en la rueda de muchos miembros del PSOE andaluz, inquietos porque se estaba forjando un perfecto candidato del centro-derecha a la Presidencia de la Junta o a la Alcaldía de Sevilla. Olivencia se llegó a quejar ante el entonces todopoderoso José Rodríguez de la Borbolla de las dificultades que le estaban poniendo los socialistas andaluces.“Mi partido no te pone pegas, serán algunos de mi partido, que no es lo mismo”.

Un día estaba en Madrid explicándole al Rey las obras de la Cartuja con planos por delante. Don Juan Carlos miraba los enormes pliegos extendidos y atendía las explicaciones que el comisario le ofrecía de cada parcela hasta que se detuvo en una foto en sepia de la Exposición Iberoamericana de 1929. En la instantánea aparecía un grupo de señores a los que el Monarca fue identificando uno a uno hasta que se detuvo en uno que no reconocía. Olivencia intervino:“Señor, es mi padre, que era el comisario del Pabellón de Marruecos”. Tal era el calor en la Sevilla del 29 que la madre de Olivencia se marchó a Ronda buscando el frescor de la serranía, por eso el niño Manuel nació en Ronda. Olivencia explicó al Rey que su padre fue después el primer alcalde republicano de Ceuta, donde vivía la familia. Don Juan Carlos valoró entonces la “gran cantidad de gente de bien que trabajó para que la República saliera adelante”. Yañadió que su empeño en la Transición fue hacer lo mismo: aunar voluntades, incluso entre aquellos más reacios al proyecto común de la Monarquía parlamentaria.

Su tío Santiago lo inscribió el 25 de julio para hacerlo coincidir con su festividad, pero don Manuel nació realmente el día 24, fecha en la que celebra su cumpleaños por mucho que la inscripción registral diga que fue el 25. Lo que también dice es que se llama Manuel Santiago Olivencia, un nombre que no usa nunca, pero la Universidad de Bolonia, rigurosa y ortodoxa donde las haya, le colocó completo el nombre en su título de doctor.

Olivencia se fue de la Expo. Dimitió varias veces hasta que le aceptaron la carta. No la pisó más que en una ocasión. Fue con motivo del día de Naciones Unidas en su condición de delegado de España en la Comisión para la Codificación del Derecho Mercantil Internacional. A Peris le confesó que el día de la inauguración, el 20 de abril, estaba en Marruecos: “Entre otras cosas porque nadie se acordó de mandarme una invitación”.

Olivencia tiene una hija, Macarena, casada con Javier Arenas, padre natural de la derecha andaluza. Algunas veces se le ha oído decir con sentido del humor: “No tengo yerno, sino un hijo político”. Un día, el Rey lo sorprendió en un acto dándole dos palmadas fuertes por la espalda. Alguien terció y le dijo al Monarca: “Señor, tenga cuidado que es el suegro de Javier Arenas”. La Reina apareció en ese preciso instante, vio la cara contrariada de don Manuel y comentó: “¿Qué le pasa, Manolo?”. Y Olivencia le explicó a la Soberana: “Estoy algo enfadado, porque me acaban de presentar como suegro de Javier Arenas”. Y doña Sofía zanjó: “No se preocupe, yo el otro día iba por la calle y me identificaron como la abuela de Froilán”.

Olivencia rechazó ser magistrado del Tribunal Constitucional (TC) cuando una legión de juristas se daban tortas por el nombramiento. Recomendó a Juan Antonio Carrillo Salcedo, que también lo declinó. La plaza la ocupó finalmente el discípulo amado de don Manuel, el catedrático Guillermo Jiménez Sánchez, que llegó a ser vicepresidente del TC. Jiménez Sánchez y Rafael Illescas, catedrático de Derecho Mercantil en la Carlos III, son sus dos discípulos eminentes. De don Manuel se dice que es el maestro de la escuela del Guadalquivir y del eje del AVE, porque todas las ciudades que baña el río o que comunica la alta velocidad están pobladas de catedráticos y profesores titulares que imparten Derecho Mercantil tras haber pasado por su magisterio.

La vida transcurre aún con ajetreo entre Sevilla y Madrid, entre la casa de la acera impar de la Avenida de la Palmera, la residencia de la Ronda natal y el despacho profesional de la capital de España. No quiere dejar de vivir en Sevilla pese a que sería mucho más conveniente para sus intereses estar afincado en Madrid. Florencio es el chófer, casi un amigo personal ya, que lo lleva y lo trae para evitar la impersonalidad de los trenes. En los años que usaba el AVE, siempre se le vio trabajando tanto a la ida como a la vuelta con el mismo silencio y la misma compostura en todo momento. Un ex alumno que coincidió con él en ambos trayectos contó en una ocasión:“Yo a la vuelta ya era incapaz de hacer nada, me fui al bar, me pedí un whisky y me aflojé la corbata. Cuando regresé a mi vagón, don Manuel seguía trabajando exactamente igual que a la ida”.

Don Manuel es una silueta de abrigo azul y pelo encanecido que rara vez se ve un sarao. Nada amigo de actos sociales, mucho menos de la Feria, donde acaso pasa algunos minutos con la familia Acedo, Francisco y su mujer, para irse después a sus abonos de sillón de tendido de la Real Maestranza. Los toros le encantan. Don José Acedo Castilla, padre del citado Francisco, era uno de sus grandes amigos, miembros ambos de la tertulia sabatina de la cafetería El Coliseo, en la Puerta de Jerez. Por aquella tertulia pasaron personajes como Ángel Olavarría, García Añoveros, Juan Moya García. Alfonso de Cossío, Francisco Piñero, Joaquín Ruiz, Mariano Monzón, José María Cruz, Pedro Luis Serrera, José del Río… Olivencia sigue hoy asistiendo a esa tertulia de dos horas de duración, donde sólo se toma café y se habla de lo divino y de lo humano. El arraigo de los contertulios en el establecimiento es tal que don Manuel gestionó la Medalla de Oro del Trabajo para el camarero que se llevó años sirviéndoles con la mayor diligencia. Cuando don José Acedo estaba enfermo, Olivencia lo llamaba a diario ya estuviera en Madrid o en Nueva York.

La combinación de la cátedra con el despacho profesional le ha impedido impartir el cien por cien de las clases. Ha tenido colaboradores de lujo que le han suplido cuando ha tenido que estar en Madrid o en el extranjero. No gasta gritos cuando algo no le gusta. Todo lo más, levanta la mirada por encima de las gafas para expresar una desaprobación. A los alumnos les exige que lleven siempre a clase el Código de Comercio, como es obligado para el capitán del buque según dictaba el viejo artículo 612, párrafo segundo, un precepto ya derogado: “Serán inherentes al cargo de capitán las obligaciones que siguen […] Llevar a bordo un ejemplar de este código”. Don Manuel, siempre con el código. Y también sus discípulos, a los que enseña un principio general básico: “El jurista hace de intérprete como lo hace el músico. El músico interpreta la partitura, ustedes interpretan la ley”.

Avanzado en lo teórico, interesado por las innovaciones jurídicas, nunca anclado en normativas o enfoques superados. Dicen que en su materia jamás se quedó en los planteamientos napoleónicos, ni en los de finales del siglo XX. Su doble condición de catedrático y abogado le ha obligado a estar al día. Es muy de San Isidoro:“La teoría sin la práctica es petulancia”.

Nadie lo ha podido tener nunca por un beatón. El cardenal Amigo lo eligió para hacer una de las lecturas en la ceremonia de beatificación de Sor Ángela que presidió el Papa Juan Pablo II en el campo de la Feria. Don Carlos le preguntó en una ocasión:“¿Por qué te han nombrado comisario de la Expo?”. Y don Manuel le ofreció una respuesta muy reveladora:“Por lo mismo que usted me eligió para hacer una lectura ante el Papa, porque no soy ni del Opus ni de los jesuitas, ni de unos, ni de otros”.

La vida son lecciones de rectitud, de admiración a su maestro Joaquín Garrigues. La vida es querer estar en Sevilla y renunciar a cátedras en otras universidades tal vez más pomposas. La vida es orgullo por haber sido criado en Ceuta, de donde su hermano y él son hijos predilectos. La vida es seguir siendo seguidor del equipo de fútbol ceutí por mucho que luzca condición de bético. Suya es una sentencia que proclama muy en privado: “El virus del hincha se inocula de pequeño. Y yo cogí el del Ceuta”. La vida es comer poco, en comparación con su alumno Guillermo Jiménez Sánchez, más aficionado a los chuletones. Un día pidió una simple tortilla en uno de esos sitios de relumbrón a los que le llevó Guillermo. El camarero, un punto contrariado, respondió: “Esta casa no trabaja el huevo”. La vida es ser considerado el mayor experto en Derecho Concursal, el autor de la Ley Concursal (también conocida como la Ley Olivencia) y el redactor de preceptos de numerosos códigos de comercio de naciones extranjeras. La vida son las naranjas de la finca del Aljarafe y las tardes de toros junto a su predilecto Manuel Ricardo Torres. La vida es aguantar por dos veces la pérdida de un hijo, superar achaques graves de salud, caer, levantarse y ponerse de nuevo a trabajar. El sol sale y hay quienes tienen derecho a verle sonreír.

Pocos saben que es maestrante de Ronda por la vía del prestigio, como lo fue don Eduardo Ybarra Hidalgo de la Maestranza sevillana. Amigo de Rafael Atienza, marqués de Salvatierra. Hermano número 175 de los Estudiantes, la cofradía de la Universidad en la que ingresó el 18 de diciembre de 1960. Es un fijo de la corrida goyesca. Sus nietos le llaman “obi”, abuelo en alemán. Hubo un día que dejó de fumar. Yotro día, cuando le cerraron el puesto de los Monos, se quedó sin uno de sus sitios preferidos para el café. Escritor solvente, académico de la de Buenas Letras, aficionado al uso de la jerga taurina. Nadie se toma la última copa, ni ningún catedrático da su última lección. “La última lección está por hacer, por descubrir y por describir. En eso consiste la ciencia, toda rama de la ciencia: el saber científico es avance, progreso, marcha hacia adelante. Y ese camino no tiene fin, por fortuna”. El capitán del buque es el que manda, siempre con el código a mano. Florencio, arranque por favor, que nos vamos para Sevilla.

Sin derecho al perdón

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2016 a las 5:00

FRANCISCO RIVERA ORDOÑEZ
EN Sevilla el perdón del éxito se cotiza muy alto. Triunfar genera patentes de corso para ser tiroteado. Lograr ciertos objetivos equivale a someterse al pimpampún de las barras (bravas) y al juicio sumarísimo de los veredictos del desahogo. El que está arriba nunca tiene derecho a indulgencias. ¿Cuándo se considera en Sevilla que alguien está en la cima? Depende. ¿Cuándo merece el que ha triunfado una caricia de lomo, un gesto de condescendencia, un guiño de afecto? Cuando se queda calvo o tiene una enfermedad. Una vez había dos pájaros de la avifauna local pasando revista con el codo en una barra de aluminio, postura del pensador de Rodin en clave sevillana. Uno de ellos espetó: “A tu amigo sí que le van a perdonar ahora los éxitos de su imparable carrera, porque el médico le ha encontrado un bichito y se ha puesto regular… Con lo que largó la gente de él cuando se fotografió junto al Rey, fue hermano mayor y apoyó los antebrazos en la barrera de la plaza de toros….¿Recuerdas?”.

Francisco Rivera Ordóñez (Madrid, 1974) es un vecino de Sevilla con una trayectoria personal en la que se combinan las luces y la sombras en igual medida, las puertas grandes y la enfermería, las reseñas que dudan de su concepto del toreo en el Aplausos y las referencias almibaradas del Hola, el blanco y negro de las desgracias que le han sobrevenido y el color de los días de rosas que quedan en el álbum de la intimidad familiar, las chisteras de relumbrón y los torniquetes de emergencia, las palmadas de los agradaores y las puntillas de los envidiosos.

Rivera Ordóñez pertenece al selecto club de los que nunca han merecido el perdón, ni parece que se lo vayan a conceder. Si se hubiera presentado en solitario a hermano mayor de la Esperanza de Triana, hubiera arrasado en las urnas por esa afición de Sevilla a acudir en auxilio del claro vencedor, pero como tuvo un rival en liza, perdió las elecciones como era previsible. Si hay dos opciones, Sevilla ejerce ese morbo indescriptible de votar contra el triunfador oficial, contra el guapo oficial, contra el rico oficial. Leña al pijo aunque sus 42 años de existencia estén lastrados por desgracias que a otros los mandarían al diván del psiquiatra, o los dejarían acostados para el resto de sus vidas.

Una marca de la casa civil de este torero es hacerse acompañar siempre por el séquito, la pandilla, el grupo de amigos de toda la vida, herencia quizás de haberse criado en una casa de puertas abiertas. Dicen que en eso se nota que es Ordóñez y Dominguín, en que necesita el ruido de la compañía y en que mantiene las mismas relaciones de la infancia, cuando era Picúo para su abuelo, un niño con cuerpo de alambre que ponía pegas para comer y era perseguido por una tata que llevaba la croqueta pinchada en el tenedor. El niño creció y también desarrolló la afición familiar por colocar apodos y motes a la gente con gran destreza. Carlos Telmo, criado junto a los Ordóñez, es y será siempre el cateto.

Este matador de toros es friolero de temporada larga, aficionado al blindaje de los jerseys, brazos cubiertos nueve meses al año, combinados con esos plumíferos sin mangas que otorgan ese aire de gallito de corral que Sevilla castiga cada vez que puede con las sentencias de las tabernas, que son la primer instancia de los tribunales condenatorios de la ciudad. Tal vez de forma inconsciente esté buscando el efecto del chaleco antibalas, un mecanismo de defensa frente a quienes no disculpan que sea hijo y nieto de famosos, quienes no perdonan el orgullo de los Ordóñez de sentirse una casta superior. Este cuarentón al que media España ha visto crecer se ha hecho distante a la fuerza, por instinto de supervivencia, siempre pendiente del pitón rosa, aunque en ese complejo mundillo, cargado de cristales rotos y cables pelados, tenga amistades íntimas y poderosas como Álvaro García Pelayo.

Tan listo para los negocios como ortodoxo a la hora de vestir. Estilo sevillita, lo llaman. Compra el negocio, lo hace rentable y dicen que pega el pase mucho mejor que en la plaza de toros. Por eso aseguran que se parece más a su abuelo en la sagacidad para hacer dinero que como matador de toros. Cuentan que de la madre tiene la espontaneidad, reservada ya para los círculos privados, el manejo de los idiomas y la finura en las relaciones sociales. Del padre, la capacidad de sacrificio y entrenamiento.

Es un torero al que no oirán dar la barrila con el campo. Es más bien un urbanita. No tiene ninguna predilección por Marruecos, todo lo contrario que su madre, gran aficionada al exilio más allá del Estrecho. Rivera Ordóñez no quiere ver más turbantes que los de los beduinos de la cabalgata.

La vida es la finca El Recreo, la casa de Ronda donde las noches de goyesca hay fiesta tras el cóctel oficial que ofrece la Real Maestranza que preside Rafael Atienza. La vida son días en un piso privilegiado de Sevilla, a la vera de los Jardines de Murillo, donde tras el almuerzo en la mesa grande del comedor hay tiempo para ver grabaciones de Semana Santa, cual friki de bulla todo el año. La vida es portar las cruces del destino, madrugar poco y preferir la horizontalidad de la cama antes que la del sofá. La vida es templar al toro, tanto como la tendencia a coger kilos, ser desconfiando de los rostros nuevos y un punto caprichoso con los relojes. La vida son los recuerdos de los días de corrida en los que las Ordóñez, madre y tía, cosas del destino y de las supersticiones, no se tocaban nunca las uñas.

Dejar entrever cierta vehemencia en el carácter tiene sus consecuencias. El presidente de la plaza de La Coruña le negó la segunda oreja una tarde de faena importante. Francisco se hizo el remolón a la hora de recibir el único trofeo concedido, que acabó tirando con evidente desprecio, por lo que la Xunta de Galicia abrió un expediente con propuesta de sanción de 60.000 euros y seis meses de inhabilitación. Al final, con la ayuda de un perito convenció al juez instructor de que se deshizo de la oreja porque contenía garrapatas… De verdadera vuelta al ruedo.

El Domingo de Pasión de 2015 debutó como asistente a un pregón de la Semana Santa.El orador, el poeta Lutgardo García, se hizo acompañar por la banda Sinfónica Municipal en el tramo final del pregón. Alguien le comentó a Rivera Ordóñez a la salida, con el tradicional desdén con que la mayoría habla de los pregoneros una vez terminado el acto: “Maestro, este pregonero ha terminado ayudado por la música, como los ayudados por alto en las faenas”. Y el diestro zanjó: “Oiga, hay ayudados que son muy difíciles de dar, se lo digo yo. Los ayudados tienen su mérito”.

Quiso ser hermano mayor de la Esperanza de Triana, como su abuelo Antonio, quien, por cierto, fue fiscal de la Soledad de San Lorenzo. Quiso ser anunciado como Paquirri en los carteles, pero nadie lo conoce como Paquirri, sino como simplemente Fran o Riveraordóñez, dicho así todo junto. Quiso aupar a su hija mientras toreaba en un tentadero, pero se topó con que los tiempos han virado hacia lo absurdo, hay fiscalías que son torretas para disparar contra lo políticamente incorrecto, y también hay defensores del pueblo alejados de los púlpitos que carecen del más mínimo sentido del ridículo.

El torero con barniz altivo goza de cuadrilla que lo defiende más allá de los ruedos, como tiene esa legión que no perdona sus éxitos. O lo que consideran sus éxitos. Y ya se sabe que en Sevilla hay que ganarse ciertos perdones cada día. Quedarse calvo o estar postrado en el lecho del dolor. Quizás sea porque aún no se ha desprendido del cliché del más ligón de la pandilla (“Niña, con tu cuerpo y mis ganas, la que íbamos a liar”) pese a haber matado más de mil corridas y haber tomado decisiones complejas como un cambio de apoderado.

Ordóñez fue fiscal de la Soledad. Su nieto nunca está solo. Y eso es virtud o riesgo, según se mire. Lo importante es que el mirón nunca sea el toro. Aunque haya miradas de humanos tan aviesas como las de un burel.

“Estás más delgado”

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

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LOS partidos políticos tienen estatutos colgados en sus páginas oficiales de internet. Muchos preceptos de redacción hueca, de escasa utilidad y de formulación lo suficientemente generalista para que los presidentes, secretarios generales y comités ejecutivos puedan hacer y deshacer con apariencia de legalidad. Al margen de los estatutos está el código interno, que no se explica en ningún curso de formación (subvencionado) y que se lo saben al dedillo los cargos y militantes del núcleo duro. Se trata de dos normas básicas y no escritas: al jefe hay que reírle las gracias, sobre todo si son en público, y hay que estar siempre disponible al cornetín de mando que toca el correveidile de gabinete de turno. Javier Arenas, padre natural de toda la militancia del PP andaluz, es un especialista consumado en gastar bromas y permitirse ciertas licencias en los mítines o convenciones que se celebran en salones de hoteles con derecho a botellita de agua y platito de caramelos. También lo es en trabajar los domingos para inventarse cualquier excusa para hacer declaraciones y colarlas en el telediario de las tres de la tarde y en el de las nueve de la noche. Va uno de viaje por España, pone la televisión en Cáceres y aparece Javié con la ceja arqueada haciendo declaraciones sobre los independentistas catalanes en el Parador de Carmona. Yel acompañante, ante el plato de migas, clava el diagnóstico que nadie ve.

–Ea, ahí tienes al campeón mangando cuota mediática nacional y poniendo una pica en Carmona para capitalizar la casi mayoría absoluta de Juan Ávila. Anda que no es listo el Arenas. Tiene claro el cumplimiento del precepto dominical… en política.

Arenas coge el micrófono y saluda con toda soltura a “Pani” (Luis Panigua, el responsable de Nuevas Generaciones), alude a que el veterano Albendea “siempre es el primero en aplaudir”, saluda a Juan (Juan Ignacio Zoido), del que dice –decía– que se fía tanto que le dejaría al cuidado de un hijo un fin de semana, manda un beso a Lola (Dolores Meléndez, histórica de la derecha sevillana), refiere el color amarillo del jersey de Jaime Raynaud (“¡Qué bonito, Jaime!”), por lo que Raynaud sale echando sapos y culebras, y reserva la perla para su querido Antonio Sanz: “Antonio, estás más delgado”. ¿Cuántas veces hemos oído de Arenas, abrazado al atril del mitin o en la presidencia del comité ejecutivo regional, proclamar que Antonio Sanz está más delgado?

Y Antonio Sanz (Jerez de la Frontera, 1968) ha soportado todas y cada una de las bromas del antes jefazo del PP andaluz, ahora superviviente de Génova y, siempre, siempre, catedrático del culebreo en las filas del peperío del Sur de España. Todos en el PP andaluz lo admiran, digan lo que digan. Cuando llegaban los jueves de los ministerios que perdimos, Arenas cogía el teléfono interno y avisaba a su gabinete:

–¿Marilar? ¿Mateo? Oye, preparadme algo para salir en la tele el domingo tras el partido de pádel en Antares. Avisad a Zoido, Jaime, Juanitobueno, Antoñito Sanz… ¿Eh? Que estén allí arropándome mientras hablo para que el total de la tele quede de dulce. Y al día siguiente nos volvemos a Madrid en el AVE de las seis y veinte, tempranito, ¿eh? Que se venga alguien del partido para ir trabajando sobre los planes de Andalucía.

Y el único que siempre ha estado disponible a la hora de la verdad ha sido Antonio Sanz. Para arropar al líder en los totales haciendo leves afirmaciones con la barbilla, para coger el AVE de las 06:20 en Santa Justa, y hasta para salir en coche hacia Madrid a las cuatro de la madrugada porque había que estar en Génova de forma urgente a primera hora y ya no había tren posible. Antonio Sanz nunca le ha dicho que no a Javié. Nadie en el partido, ni siquiera quienes han sufrido su carácter de general secretario, ocultan que es el tío que más horas de trabajo echa en la estructura de un partido acomodado, casi convertido en la perfecta Consejería de la Oposición de la Junta de Andalucía. No le ha importado ser secretario general, dejar de serlo y volverlo a ser. No le ha importado mandar en el PP de Cádiz, dejar de mandar y volver a mandar. Y al fin ha conseguido ser un cargo serio tras años de travesía del desierto por la oposición andaluza: delegado del Gobierno en Andalucía.

Paradójicamente, Antonio Sanz está sacando rédito político a un cargo eminentemente institucional, habitualmente reservado a figurones. Y eso lo han conseguido pocos delegados del gobierno, al menos del PP. Zoido se volcó en la agenda social, Carmen Crespo se fue sin enterarse de la misa la media, y este Sanz que nació para ejercer el poder está aprovechando los meses del gobierno en funciones para desplegar toda la cola del pavo real político que siempre ha llevado dentro. El destino lo ha mantenido demasiados años sin responsabilidades institucionales. Por fin el hombre de aparato (puro y duro) se está luciendo visitando el dispositivo de la DGT un domingo de fin de puente festivo, coordinado el simulacro de un terremoto o trabajando en armonía con los socialistas en el plan de seguridad de la Semana Santa. Las cofradías de Sevilla siempre estarán en deuda con este jerezano que suba y baja de kilos con facilidad, que escruta con el barrido de una mirada todos y cada uno de los asistentes a un acto público, y que es tenido por un rocoso negociador cuando en la mesa se sientan políticos de otro signo. Como delegado del Gobierno se vuelca con los ayuntamientos del PP sin ningún complejo, aunque sea el de Tomares de José Luis Sanz, con el que ora se lleva bien, ora dicen que son como Ben-hur y Messala, que cada cuál le ponga a cada uno la cuadriga que considere más apropiada…

La vida es echar una bronca a los cachorros de Nuevas Generaciones cuando no se cumplían sus directrices, que algunos de aquellos jovenzuelos aún recuerdan sus reprimendas. La vida es dar rienda suelta a su gran afición: ejercer de radioaficionado nocturno con el código EA7AE en largas noches donde puede acabar al habla con un tío en Tailandia. Aún se recuerda la antena que hizo instalar en la sede regional de la calle San Fernando en sus años como secretario general, como se recuerda su último día en aquel despacho oficial, cuando una limpiadora le preguntó por qué se llevaba las banderas oficiales: “Son mías”. La vida es desayunar en las ventas de la A-92 en los largos viajes con Javié por la Andalucía que sigue dejando al PP en la cuneta del poder como heredero natural del pifiazo de la UCD en el referéndum autonómico. La vida es tener el don de la ubicuidad para estar en los oficios del Viernes Santo en la Catedral y en las procesiones de Jerez la misma tarde. La vida es estar de patrulla nocturna con la Cruz Roja en el Estrecho sin fotógrafos, una afición sana que, como la de radioaficionado, es propia de quien necesita dormir poco. Siempre dispuesto a subirse al helicóptero de la Guardia Civil, a sentarse en el puesto de mando de cualquier operativo de la Policía Nacional, a conducir el coche que lleva a Arenas adonde tiene que estar el líder a las 9 de la mañana.

Pero hubo una noche de escasos testigos en la que Sanz dio la verdadera talla de político del PP. Aquel domingo de cuaresma en que Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta de Andalucía, cuando de los salones del Oriza parecía que iba a salir la Mortaja y sólo faltaba el sonido de la esquila, cuando los camiones del cáterin de la Raza contratado para la prensa se quedaron aparcados encima de la acera con los canapés criogenizados, cuando la pancarta triunfal se quedó sin desenrollar y los músicos contratados fueron literalmente los primeros en marcharse… Aquella noche de hundimiento de la Armada Invencible de Arenas, cuando ya no quedaban pelotas y el perro flaco del PP andaluz volvía a rascarse las pulgas de un nuevo varapalo, Antonio Sanz siguió en la sede hasta el final junto al gran derrotado Fue una estampa dolorosa, compensada hoy con la experiencia en un despacho que ha convertido en una suerte de ministerio andaluz del Gobierno de Rajoy.

Sanz es un tipo intenso, el clásico agonía que no conoce límites en el oficio, una característica de donde afloran sus virtudes y sus defectos. Hoy vive días de preocupación por el futuro del Gobierno de España. Si el PP continúa en la Moncloa, nadie se atreverá a desalojarlo del despacho de la Plaza de España, pues ha demostrado que no se limita a acompañar a los ministros, sino a vender logros políticos de todo tipo: desde los planes de seguridad de Semana Santa a los tramos nuevos de autovía. Dicen las malas lenguas que Sanz tiene la visión política que falta en el equipo de Moreno Bonilla, líder regional. Y que, en la práctica, la Plaza de España es la referencia del PP andaluz en contraposición con la calle San Fernando. Si tuviera una imagen más estilizada, tal vez podría plantearse otros objetivos en una política marcada en exceso por la imagen y el márquetin. Pero entonces no sería el genuino Sanz, duro como secretario general con los suyos y amable para entenderse con los interlocutores de la izquierda. Es un profesional de la política en el buen sentido. No se caracteriza por su especial sentido del humor, pero no es aburrido. Será presidente del PP de Cádiz por los siglos de los siglos, sabedor de la importancia que tiene retener una parcela de poder orgánico cuando los vientos desalojan al PP de las instituciones. No quiso ser presidente del PP andaluz, tal vez porque ha vivido en exceso en la burbuja que se creó el propio Arenas y donde en muchas ocasiones sólo tenían cabida el propio Arenas y él. Dicen que con Arenas ha tenido más aguante que la sábana de abajo y que ha visto en demasiadas ocasiones como Javié es capaz de venderle un pingüino a un moro en el desierto. El caso es que Antonio, sea como fuere, siempre está más delgado. Palabra de Arenas Albendea aplaude. Y todos ríen, menos Raynaud si lleva el jersey amarillo.

El altavoz de Dios

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2015 a las 5:00

Camilo Olivares
HAY un tipo de sevillano que ronea de caballo como hay otro que presume de estar a caballo entre Sevilla y Madrid, avifauna que hace gala de pasar horas en el AVE como signo de distinción y timbre de gloria. La alta velocidad permite a Javier Arenas mandar en el PP andaluz sin perder comba de lo que pasa en la calle Génova, de ahí que recuerde con frecuencia en las entrevistas dominicales que casi está empadronado en el AVE que Felipe González regaló a los sevillanos para que el Sur no se quedara descolgado del resto de la piel de toro. Claro que el mérito, el verdadero mérito, era pasarse media vida entre Sevilla y Madrid antes de que existiera el AVE, como era meritorio recorrerse la Ruta de la Plata antes de que fuera una autovía. En Sevilla hay un cura que lleva décadas entre Sevilla y Madrid, entre Ochoa y Lhardy; entre las torrijas hispalenses de vino o miel, y las capitalinas con leche, azúcar y canela; entre la Catedral gótica, de pináculos, vencejos, gárgolas zoomórficas y desayunos en la Avenida tras los maitines, y esas iglesias frías de la capital de España, que ya se sabe que en Madrid no hay playa, pero tampoco iglesias donde entren ganas de rezar.

Camilo Olivares (Madrid, 1926) es un desconocido para muchos sevillanos que, como apuntaría el líder de Ciudadanos, han nacido con la Constitución Española bajo el brazo. Olivares simboliza esa Sevilla que para muchos es la de los años 50, 60 y 70. Es el cura monárquico por antonomasia. Es el eterno capellán de Doña María de las Mercedes, la madre del Rey que se murió en Lanzarote con los fríos del enero del año 2000. Es el cura que mejor se ha llevado siempre con la alta aristocracia, lo que algunos de sus compañeros envidiosos han denominado como la pastoral de la jet. Si Dios está hasta en los pucheros, también estará en los salones con luz generosa de arañas, tazas de porcelana fina, servilletas de hilo y decoración de lienzos de reyes y cornucopias, ¿o no?. Por algo dicen que la Iglesia ha de tener curas de todos los perfiles para no perder presencia en ningún rincón. En España ha habido miembros del alto clero que se han ido de cena con Zapatero. Yno ha pasado nada.

Este sacerdote recuerda al detalle la secuencia del 18 de julio de 1936 y sus horas posteriores, cuando los guardias de asalto entraron en su casa del barrio de San Lorenzo buscando a su padre, pero se sólo encontraron a su abuela y a las demás mujeres de la casa rezando el rosario. Hijo de padre sevillano y de madre madrileña, desde niño sabe lo que es estar entre Sevilla y Madrid muchísimo antes de que se pudiera elegir entre vagón de turista (con derecho a auriculares) y vagón de preferente (con derecho a toallita húmeda para las manos antes del condumio).

¿Quién recuerda hoy con toda precisión haber visto al Gran Poder expuesto en besamanos en lo alto del paso? Una estampa insólita:¡un paso con escalera de subida y con escalera de bajada! El niño Camilo estaba a la vera del Señor para limpiar los besos en aquellos cultos de los años treinta. Allí subido, en la nave de oro, angelotes y claveles rojos, presenció cómo un devoto rompió sin pretenderlo una de las espinas de la corona del Señor, que tuvo que ser repuesta con el pegamento de entonces, sindetikón, a falta del IAPH. Olivares asistió a los quinarios del Señor en la parroquia de San Lorenzo, cuando predicaban sacerdotes que eran grandes oradores. Se abrían las puertas del templo y se podían oír las pláticas desde la plaza. Tal vez esos días tuvo conciencia de la importancia que tiene para un sacerdote el dominio de la palabra. Sin la oratoria, el cura se aleja de los fieles. Con ella, mantiene la atención y el poder de persuasión. Quizás en su infancia, en un barrio de San Lorenzo de vecinos sentados a las puertas de su casa viendo la vida pasar, germinó una vocación orientada a la liturgia de la palabra.

Su casa era una de las pocas con radio. Como en una premonición del vídeo comunitario de los años ochenta, en su casa se ponía la radio en la ventana para que todos los vecinos pudieran oír el parte y las charlas del General, que no necesitaba de más nombre ni apellidos para saber que se trataba de Queipo de Llano. No es aficionado a remover el carbón quemado para evitar los rescoldos. “Sólo hablo de la memoria histórica para rezar”, suele decir a quienes le preguntan por más detalles de aquellos años.

Para acudir a los palcos de la plaza en Semana Santa se requería pantalón largo, en aquellos tiempos de respeto escrupuloso por la vigilia y de dispensas como vía de escape. Participó con un cirio en la procesión extraordinaria del Gran Poder de 1939 en acción de gracias por el final de la Guerra Civil.

Don Camilo, que es un cura que de cura tiene hasta el nombre, pertenece a la cofradía de los que nunca hablan mal de nadie. Y eso en Sevilla lo convierte en rara avis, que avis es pájaro y no oficina de venta de coches de alquiler en aeropuertos y estaciones. En su casa de Sevilla, que está en el barrio de Los Remedios donde un 10% ha dejado de votar al PP en las últimas elecciones, tiene capilla propia, preciosa y recoleta para la recogida de oraciones privadas. En Navidad monta un Nacimiento digno de visita. El que ha ido sabe que en casa de don Camilo se atiende a la antigua usanza, con copa de manzanilla fina y platito de jamón después de apreciar todos los detalles del portal. Cuando está en Madrid, no se pierde noticia de Sevilla, que para eso tiene a las seguidoras de su Obra de la Palabra de Dios.

El Papa lo hizo prelado de honor con derecho a tratamiento de monseñor. Sigue ejerciendo de director espiritual del Gran Poder y es capellán real de la Catedral. Es rara la hermandad sevillana que no lo haya invitado a predicar sus cultos. Suya es una frase que define su quehacer: “La gente le da mucha importancia a escuchar la palabra de Dios por muy torpe que sea el altavoz”. Sus homilías se han oído en Madrid, San Sebastián, Segovia, Vitoria, Lérida… Yen todas las ciudades ha palpado la importancia que tienen las cofradías sevillanas como movimiento laico de la Iglesia.

Si Olivares es un cura popular no ha sido por sus relaciones con la sangre azul, sino por sus predicaciones y su proximidad a la gente. Vivió muy de cerca los tiempos en que los párrocos reñían a las señoras que lucían faldas cortas, como vivió los años del cardenal Segura prohibiendo el Miserere en la Catedral por no responder al espíritu penitencial propio de la Semana Santa. Ha seguido siempre la enseñanza de su padre:“Hijo, en esta casa, el Papa, el Rey, el cardenal de Sevilla y el cura de San Lorenzo nunca se discuten. Sean quienes sean, amén”.

Don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes ejercieron de padrinos de honor en su primera misa. En cuanto fue ordenado sacerdote, su padre lo mandó viajar a Estoril y a Laussanne a cumplimentar al Rey y a la Reina Victoria. Y ahí empezó una relación mantenida hasta el fallecimiento de los condes de Barcelona. En alguna ocasión recibió recados del régimen de Franco para hacerle ver que no se veían con buenos ojos tantas peregrinaciones a Villa Giralda. Un día tuvo problemas en la frontera de los que tuvo conocimiento el cardenal Segura:“Para otra vez, diga usted que va de mi parte”.

Con Don Juan de Borbón vivió un momento de tensión en Fátima, cuando muchos españoles advirtieron su presencia y lo arrollaron con entusiasmo. Olivares se sintió obligado a pedirle disculpas por el berengenal en que había metido al padre del Rey, exiliado entonces en Estoril. DonJuan pidió calma e hizo ver que estaba encantado con la reacción popular: “Estoy muy agradecido porque precisamente aquí, en Fátima, pasé uno de los momentos más amargos de mi vida. Parece que Dios ha querido compensarme hoy”. Ocurrió aquel día que también un grupo de españoles que visitaba el lugar se acercó a saludar a Don Juan, pero el cura que guiaba la peregrinación les afeó la conducta en voz alta: “¿Qué hacéis con ese hombre que es masón?”. Y Don Juan se vio obligado a responder: “Padre, infórmese mejor, porque si yo fuese masón, posiblemente estaría ya en el trono”. Monseñor Olivares se sintió obligado entonces a advertirle de que media España pensaba que Don Juan era masón porque había una campaña orquestada con tal objetivo.

Cada vez que Doña María de las Mercedes visitaba Sevilla, el alto mando militar avisaba a Don Camilo para que acompañara a la señora. Pasión y el Gran Poder solían ser estaciones fijas en la ruta. Y el sacerdote debía ir vestido como tal, de lo contrario había riña. A la madre del Rey le gustaba ver a monseñor Olivares con sotana, manteo y esclavina.

La noche del último Sábado Santo se le vio junto al duque de Alba en la bulla de la entrada de la Soledad de San Lorenzo. Los Reyes y la vida pasan. Sólo permanece el Gran Poder. Al borde de los 90 años, sigue entre Madrid y Sevilla, entre la muchedumbre capitalina y la ciudad donde fue el niño que pasaba el purificador por las manos del Señor.

La voz de la cultura y la fe

Carlos Navarro Antolín | 1 de febrero de 2015 a las 5:00

Juan del Río -arzobispo castrense
MUY pocos años antes de su ordenación episcopal en 2000, se lo anunciaron en una mesa del restaurante Barbiana. “Lo veo a usted de obispo”. Ysu reacción fue de negación absoluta, mechada con algo de brusquedad y alguna referencia vaga a que ya estaba pasado de edad para tan altos menesteres. Tal vez ya sabía algo por sus estrechas relaciones con los nuncios de Su Santidad en España, primero con el italiano Tagliaferri y después con el portugués Monteiro, porque Juan del Río (Ayamonte, 1947) siempre ha gozado de hilo directo, directísimo, con Roma. Cardenales ha habido que subían la escalera de la sede de la Nunciatura en Madrid que se han encontrado con Juan del Río bajándola cuando era un simple sacerdote de la diócesis sevillana.

Juan del Río es el arzobispo castrense, el que tiene la archidiócesis más grande: toda España. Yha sido obispo de Jerez. Pero para muchos sevillanos sigue siendo el cura de la Universidad, el que logró abrir un servicio religioso (Sarus) en la antigua Fábrica de Tabacos siendo rector Javier Pérez Royo, gran amigo de Felipe González y autor de un magnífico manual de Derecho Constitucional, y también el que le negó cobijo a la Hermandad de Las Aguas en el Rectorado y que se presentaba en botines las mañanas de Martes Santo en el vestíbulo de la Universidad donde están preparados los dos pasos para hacer estación a la Catedral. A Pérez Royo la cofradía le importaba muy poco, tan poco que amenazó con dejarla sin espacio en la Universidad, pero un hermano mayor como Juan Moya Sanabria le habló muy claro: “Si la hermandad es obligada a salir de aquí, el señor rector sale detrás de ella”. Y ocurrió lo que decían de Paco Ojeda en el toreo: rectores vienen, rectores van, pero la hermandad siempre está.

Pérez Royo sólo bajaba del despacho las mañanas de Martes Santo si le chivaban que Pepote Rodríguez de la Borbolla había acudido como presidente de la Junta a cumplimentar a la hermandad de los Estudiantes.

Juan del Río, hijo de un trabajador del astillero de su Ayamonte natal y de una madre fundamental en su carrera, es el cura que mejor representa la alianza de la cultura y la fe, es la voz que reza el rosario mientras los penitentes van cargando las cruces por los pasillos de la Universidad las tardes de interiores de rejas, ruán y monaguillos. Aquel Sarus se convirtió en una buena cantera del seminario sevillano, donde fue vicerrector, un puesto que le costó algunas discrepancias con el cardenal Amigo. Algunos recuerdan una conversación algo airada entre ambos por los Jardines del Cristina. Don Carlos y sus más allegados colaboradores, entre ellos el cura Benigno García Vázquez, conocido como el capellán del PSOE, eran partidarios de flexibilizar los criterios de admisión en el seminario. El caso es que muchos curas ortodoxos y muchos laicos de hoy se forjaron en aquellas dependencias de la Universidad, muchas veces convertidas en salas de estudio;  en las misas que a diario oficiaba a la una del mediodía a los pies de la Buena Muerte, y en las mil y una charlas que dirigía. Aquellos eran los niños del cura, en ellos dejó huella. Hoy vuelve a la Universidad y son muchos los profesores, administrativos y limpiadoras quienes se acercan a saludarle. En aquellos años consiguió que el servicio religioso quedara consagrado en los estatutos de la Universidad, como uno más. Muchos recuerdan que las puertas del Sarus estaban abiertas a todo el que quisiera entrar. Y entraba gente muy variopinta –algunos de aquellos nombres sorprenderían hoy– buscando una respuesta a esas dudas propias de una edad en la que el futuro es difuso.

Juan del Río fue un niño de Bueno Monreal, el cardenal bizcochable, como lo ha sido del canónigo Antonio Hiraldo, uno de sus grandes mentores que le ha abierto puertas importantes junto a José María Piñero Carrión. Hiraldo bien pudo haber sido obispo de no ser por sus graves problemas de vista. El cura Castillejo, poderoso presidente de Cajasur, publicó la tesis doctoral de Juan del Río sobre la eclesiología en el pensamiento reformador de San Juan de Ávila por la Universidad Gregoriana, en cuyas aulas tuvo el privilegio de formarse.

Llegó a obispo Juan del Río en el año 2000 con muchos apoyos, entre ellos el de monseñor Cañizares, pero sin el aval del entonces arzobispo Amigo, que asistió a su ordenación pero no como ordenante principal, porque a Jerez se desplazó con tal motivo el mismísimo nuncio de Su Santidad.

Una de sus virtudes es que sabe revestir de solemnidad los cargos, hacerlos importantes y que adquieran peso específico. Con Juan del Río y los cargos que ocupa pasa como con esos hermanos mayores con carisma que cuando dejan la vara dorada ya nadie habla de sus sucesores. No es un cura que pase desapercibido, quizás porque en Roma aprendió de Juan Pablo II a perder los complejos, a no tener miedo y a vivir la fe en ambientes hostiles. Así explican algunos que negociara con éxito con Pérez Royo. Al Sarus supo darle prestigio como se lo ha dado al Arzobispado Castrense. Nunca se ha encasillado en ningún movimiento específico de la Iglesia, aunque conoce de primera mano a los neocatecumenales, de su etapa juvenil en la parroquia de la Sagrada Familia del Retiro Obrero, donde pudo coincidir hasta con Felipe González cuando éste acudía a las Juventudes Obreras de Acción Católica, y por supuesto conoce las cofradías andaluzas y todas las manifestaciones de religiosidad popular.

No lo dice, pero todos saben que el sueño de este cura rociero y matalascañero es ser arzobispo de Sevilla, la ciudad a la que nunca deja de venir y por donde se le puede ver paseando cualquier noche, como si todavía fuera el director del Sarus, acompañado por decenas de jóvenes, como si aún estuviera consagrado a la forja del brillante Pabellón de la Santa Sede de la Expo´92, como si se hubiera citado a almorzar con Ángel Gómez Guillén y el equipo del semanario diocesano de información, como si fuera camino de la Capilla de la Universidad cualquier tarde de cuaresma a oficiar el quinario y en la puerta estuvieran esperándolo Juan Moya Sanabria, Carlos Rossell, Antonio Gutiérrez de la Peña o Antonio Piñero. Tiene un pectoral con la cabeza del Cristo de la Buena Muerte, regalo de la Universidad de Sevilla en su ordenación episcopal; es aficionado a las camisas de doble puño y es notorio su porte de cura elegantón. Su destreza con los medios de comunicación es evidente, fruto de su innegable capacidad para las relaciones sociales. Es miembro de la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal y es la voz enérgica de las homilías en los funerales de los militares muertos que retransmite en directo el Canal 24 horas de Televisión Española.

Hay quien dice que tuvo el coraje de formarse en San Telmo cuando en Sevilla había una tendencia a emigrar a las aulas del seminario toledano. Cuando fue nombrado obispo, su Hermandad de los Estudiantes le regaló todas las vestimentas propias de un prelado. Cuando lo llamaron para felicitarle por su condición de arzobispo castrense, aludió con humor a que la cofradía estudiantil pasaba a tener “dos generales”: Antonio Gutiérrez de la Peña, que ha sido hermano mayor, y él mismo, que tiene la consideración de general de división por decreto del Jefe del Estado en virtud de los Acuerdos de la Iglesia con la Santa Sede.

Algunos lo sitúan ya en un nuevo destino: la archidiócesis de Granada. Sería su retorno a Andalucía, a pie de la A-92 que conecta con la Plaza de la Virgen de los Reyes. Una A-92 llena de curvas que obligan a bajar la velocidad continuamente, ese freno motor que siempre ha manejado a la perfección. No le pregunten por Sevilla, donde dio una homilía de puerta grande el pasado mayo ante la Virgen de la Esperanza en el Altar del Jubileo. Dirá como a finales de los noventa en aquel almuerzo entre amigos: que se le ha pasado la edad. Al fin y al cabo, son designios de la Nunciatura, esa casa cuyas escaleras bajaba con toda soltura mientras aquel cardenal las subía con toda solemnidad.