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El músculo de la memoria

Carlos Navarro Antolín | 10 de septiembre de 2017 a las 5:00

LUCIANO ROSCH

CUÁNTOS sevillanos quedan que hayan conocido la Plaza Nueva sin pavimentar y con farolas de gas, las corridas de toros en la Real Maestranza con caballos sin petos, la España del general Primo de Rivera, la Sevilla de Queipo de Llano, Franco pronunciando un discurso desde la balconada del Palacio de Yanduri… Luciano Rosch Nadal (Sevilla, 1925) es todo un desafío a esas pirámides de población que se quedan casi a cero cuando cifran los habitantes mayores de 90 años. Gracias a este incombustible de la vida siempre hay color –aunque sea una mínima rendija– en esa franja reservada a los nonagenarios de un municipio. Ha pasado de las tabernas con serrín de la Sevilla de su infancia a los restaurantes de varias estrellas en las guías más reputadas. Todos sus recuerdos son de una sociedad que ya no existe. O que existe en una memoria, la suya, limpia de resentimientos, teñida del color azul de la infancia y marcada por las curvas pronunciadas de una trayectoria no siempre fácil, pero sí siempre intensa. A sus 92 años se le puede ver ejerciendo de procurador en Madrid, toga y corbatas negras, o sentado en el restaurante A Poniente del Puerto de Santa María, camisola de hilo, pantalón de pinza, náuticos de ante y su inseparable reloj Rado.

Con cuatro años estuvo en la Plaza de España de la mano de su padre, constructor de profesión, para asistir nada menos que a la inauguración de la Exposición Iberoamericana de 1929, un acto presidido por el general Primo de Rivera, presidente del directorio civil que gobernaba la nación bajo el reinado de Alfonso XIII. La memoria es un músculo que esta vaca sagrada de la procuraduría ha ejercido a diario.

En su infancia vivió en un chalé de Nervión que su familia vendió a Manuel Jiménez Moreno Chicuelo en los años previos a la Guerra Civil. No era un barrio seguro para un empresario. Los asesinatos de algunos compañeros de su padre obligaron a la búsqueda de un lugar con menos riesgos. De Nervión pasó a Almirante Ulloa y, en una tercera etapa, al bloque de pisos grandes del número 11 de la entonces emergente Avenida de República Argentina, donde en la acera de los soportales se conservan –perfectamente apreciables– las iniciales LR en el pavimento de chinos. Es la firma de su padre, Luciano Rosch Ibáñez, constructor del edificio, de la Plaza Nueva y de tantas y tantas reurbanizaciones de una ciudad que levantaba el vuelo tras los terribles años cuarenta y encaraba el desarrollismo de los sesenta.

A Manuel Clavero, que sigue siendo uno de sus íntimos amigos, debe su licenciatura en Derecho en la Universidad de la calle Laraña, donde empezó Filosofía y Letras, pero tras dos años cambió la vocación por influencia del catedrático y ex ministro. Con Clavero sigue hoy hablando por teléfono. Corrían los años cuarenta cuando su padre le preguntó al niño Luciano con qué podía decorar el pavimento de la Plaza Nueva: “Con el escudo del Betis”. Y ahí sigue la heráldica de las trece barras a los pies de San Fernando, como también está el dibujo empedrado de un casco de soldado alemán en recuerdo del origen germánico del apellido Rosch.

Nazareno de la Buena Muerte con farol de cruz de guía en los tiempos de la Anunciación. Nunca dice Los Estudiantes, es de los que emplea una suerte de hermosa metonimia: “Soy de la Buena Muerte”. La parte por el todo. Su inscripción de hermano data del 7 de febrero de 1945, el día que pagó dos pesetas como cuota de entrada. Forma parte de la cofradía apócrifa de los sevillanos sin carnet de conducir. Nunca le hizo falta. Estuvo casado más de cuarenta años con una leonesa, una corredora de rallies que en alguna ocasión lo llevó a 180 kilómetros por hora por las carreteras españolas.

Pasó muchos veranos en la paradisiaca Matalascañas de finales de los años 70 y parte de los 80, hospedado en el hotel Tierra-Mar, cuando el turismo alemán de calidad ocupaba los escasos y buenos hoteles de ese tramo de la Costa de la Luz, antes de la invasión del ceceo y el tuteo de las provincias de Sevilla y Huelva. Aquellos años se encontraba uno en la librería Cernuda a escritores comoAntonio Burgos, catedráticos como Antonio Garnica, periodistas como Nicolás Salas o Antonio Colón, la vaticanista Paloma Gómez Borrero, el entrenador Helenio Herrera, Juanita Reina y hasta al cardenal Bueno Monreal. Con los años y la decadencia llegó todo eso que la chancla simboliza a la perfección. Luciano Rosch conoció una playa sin paseo marítimo urbanizado, pero acogedora y con una oferta hostelera de mantel gordo y sin fritangas, una playa donde una vez sufrió la picadura de una víbora, metáfora del final de los años buenos. Vivió en directo episodios de contaminación del mar, motivo definitivo para dejar la playa por excelencia del Coto y buscar un nuevo refugio estival en Vistahermosa (Cádiz).

De estatura alta, muy alta en comparación con la media de su generación, cuentan que fue un metrosexual cuando los hombres en España no contemplaban ni la posibilidad de usar cosméticos. Ni por supuesto se usaba el vocablo metrosexual. A los 28 años dejó Sevilla, donde había hecho amistad con la duquesa de Alba, que era de su quinta. En su nueva etapa trató a personajes como Sinatra, Dalí, Onassis o Manolo Santana. Llegó a vender un Sorolla. Jamás revela quién fue el comprador. Viajó por Nueva York, Londres, París y parte de Sudáfrica. Siempre ha sido un animal social que se ha cuidado como un dandi y que ha tomado las medicinas justas Ha practicado yoga hasta hace pocos años y el tenis hasta los 87. Le horroriza que le llamen abuelo o bisabuelo. Mejor simplemente “Luciano”. Acostumbró a su hija Patricia a visitar el Tribunal Supremo los fines de semana desde que era muy pequeña.

Asistió a la inauguración de la Expo del 29 y vivió intensamente la del 92, donde se abonó al restaurante del pabellón de Turquía. Como procurador tuvo que intervenir en Madrid en el proceso de liquidación de la sociedad estatal Expo 92. Y ha trabajado para despachos de Sevilla como el de su querido Manuel Olivencia o el de Montero y Aramaburu.

Los juristas dicen que este procurador fue pionero en practicar el denominado turismo de notarías. ¿No existe un turismo de congresos o un turismo sanitario? Pues don Luciano inventó el turismo de notarías, consistente en hacer la ruta de los despachos de los fedatarios de toda España para pedir que en el otorgamiento de poderes para pleitos se le designara como procurador en Madrid. Si el caso llegaba al Supremo, don Luciano ya estaba nombrado como procurador y se llevaba el gato al agua. Y los clientes, encantados de ahorrarse un trámite.

La juventud son recuerdos de la milicia universitaria en Ronda. La vida cotidiana es una liturgia donde ciertos hábitos tienen su justificación. La sabiduría marca que la cerveza hidrata, el oporto tiene poca graduación, el tinto es cultura de los romanos y el whisky es un vasodilatador. A don Luciano lo siguen viendo almorzar y cenar con generosidad, tomar en ocasiones hasta dos postres distintos y encenderse por la noche un habano regado con dos dedos de escocés con hielo. La vida son también recuerdos de salidas nocturnas con esmoquin blanco. Son sufrimientos como presidente de la comunidad de vecinos en Madrid. Y almuerzos en el hotel Los Jándalos de Vistahermosa, donde el metre Javier Domínguez sabe que el aperitivo de este Petronio del siglo XXI siempre incluye una cerveza cortita. La vida es una enseñanza continua: “Hay que tener baraka y tratar siempre por igual al príncipe que al camarero”. La vida es recordar una Sevilla que acaso sólo está ya en algunos libros, el azulejo de la Encarnación donde el Cristo de la Buena Muerte de su juventud recibe oraciones a deshoras y los meandros de una dilatada existencia mientras el humo de un veguero dibuja espirales en el aire y los minutos pasan. Todo pasa, Luciano se queda. Alguien tiene que vigilar que siga viva la llama de la memoria.

Las 10.000 cartillas

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Dolores López Cansimo
HUBO un tiempo en que un profesor era tratado como una autoridad. Una autoridad de auctoritas, no de potestas. Una autoridad anclada en los cimientos del prestigio, la sabiduría y el ejemplo. Hoy un profesor tiene los pies de barro porque la Administración lo echa al fuego de la ira de los padres a la mínima queja del alumno. Al estudiante se le presume la veracidad de su testimonio, al profesor se le cuestiona y tiene que probar sus calificaciones y decisiones. No hay presunción de inocencia para el docente. Los padres son el ariete ante el que la Administración abre las puertas para evitar el mínimo desgaste. El aprobado que el profesor no da, la Junta lo bendice. Con los médicos pasa tres cuartos de lo mismo. El paciente es el gran exigente ante el que las autoridades sanitarias se pliegan y, postradas de hinojos, entregan las llaves de la dignidad y la autoridad de los galenos. Por eso existe cada vez más una medicina defensiva como existe una enseñanza defensiva. Y hasta un periodismo defensivo, oiga. Los profesores y los médicos de hoy tienen los pies de barro. Son maltratados desde el tuteo irrespetuoso hasta la amenaza con ser puestos delante de ese primo de Zumosol que es el político de turno, el mismo que sólo busca el titular del aumento de aprobados (la sopa boba, la engañifa, el humo provocado) o de la reducción de las listas de espera. Ser médico o ejercer la docencia hoy supone estar expuesto a un alto riesgo de conflictividad que a quien más perjudica al final es al paciente y al alumno, respectivamente. La autoridad es hoy un concepto mancillado, el prestigio está devaluado y la sabiduría sencillamente no se valora. Los médicos y los profesores han quedado reducidos en muchos casos a meros proveedores, suministradores de servicios necesarios. Poco más.

El mundo es de los que tienen ideas. Y las ideas fijas condicionan la conducta de la gente por el mundo. Hay quien sólo viaja a lugares donde hayan estado antes los romanos y quien sólo veranea donde lo haga el pediatra de sus hijos. Que le pregunten a don Manuel Clavero, que acudía en tiempos a la playa donde fuera Manuel Laffón, el célebre pediatra sevillano, padre de la pintora que representa una de las grandes marcas de la mejor Sevilla. Donde está el pediatra está la tranquilidad.

María Dolores López Cansino (Sevilla, 1938) es mucho más que una pediatra. Es un estilo a la hora de templar los nervios de los padres, un rostro escrutador de los dolores de los infantes y, llegado el caso, un tono firme a la hora de reprender alguna negligencia paterna, importándole muy poco si el apercibimiento puede causar alguna molestia, porque tiene claro que el supremo interés del menor está siempre por encima de cualquier susceptibilidad. Esa autoridad, en su acepción más hermosa, la llevó a tener una gran demanda de padres hasta que la Junta de Andalucía decretó en 2004 un plan de jubilaciones exprés que segó del sistema sanitario a los médicos con más experiencia. De la noche a la mañana. Si se dice que Dios llama siempre a los mejores, la Junta se libra siempre de los mejores. Hay que dar paso a la juventud que suele ser más dócil. El sistema siempre los prefiere blandos.

La doctora López Cansino soportó un día las exigencias de una madre para que su hijo de cuatro años fuera derivado a un especialista. La señora era el claro ejemplo de Doña Erre que Erre demandando el tratamiento que ella consideraba idóneo para su hijo y no el que la experta planteaba como adecuado y necesario. La pediatra acabó por aceptar y tramitar la solicitud de derivación ante las reiteradas quejas de la madre por los dolores de vientre del niño. Esa jornada, ya de noche, se topó con la misma madre y con su hijo en Casa Diego, en Triana. El supuesto enfermito estaba hartándose de beber vasos de caldo de caracoles. La criatura disfrutaba con las reiteradas ingestas, que la pediatra contempló largo rato en silencio. Un médico del montón de los de hoy, amenazado por el sistema, no hubiera dicho ni pío. La doctora López Cansino se acercó a la familia: “Buenas noches, pues ya sabemos de qué son los dolores abdominales del niño. No hace falta que vengan más a la consulta mientras siga bebiendo tanto caldo de caracoles. Mañana mismo anulo la petición de derivación, no se preocupen”.

Tener un estilo ágil, eficaz y pedagógico durante más de cinco décadas tiene sus consecuencias. La fuerza de la vocación conlleva unas cargas. El precio de la fama, dicen. El orgullo de todo profesional, apuntan. Las consultas sufren de superpoblación de pacientes en esos casos. Los cupos de pacientes de los antiguos ambulatorios se organizaban mediante cartillas. Cada cartilla equivalía a una unidad familiar. En el caso de los pediatras, cada cartilla solía incluir una media de entre dos y cuatro niños. La popularidad y eficacia que combinaba esta pediatra en el ambulatorio de Amante Laffón, por ejemplo, la llevó a acumular más de 10.000 cartillas, cuando lo habitual era que un pediatra tuviera asignadas entre dos y tres mil.

La vida son recuerdos en sepia de las aulas de la Facultad de Medicina de Sevilla, donde tenía a su hermana Antonia de compañera de promoción. Ambas fueron de las primeras mujeres en cursar la carrera, en aquellas clases impartidas por el doctor Suárez Perdiguero, el catedrático que siendo rector presidió de nazareno la cofradía de la Buena Muerte y todo el mundo lo identificaba por su pronunciada cojera. La vida es hacer el rodaje como pediatra en Villanueva del Río y Minas junto a su marido, que ejercía entonces de médico general. Ellos eran la única asistencia médica del pueblo minero en años difíciles en los que, además, atendían gratis a los niños acogidos en el Convento de la Hermanas de la Cruz. Las monjas agradecían siempre las atenciones con ropitas y paños bordados para sus primeros hijos. La vida es el debut en la capital, en el ambulatorio del Juncal, el retorno a la provincia en plaza de primera: Alcalá de Guadaíra. Y otra vez la capital es una plaza dura, pero gratificante: Torreblanca. Allí aprendió que la gente más humilde suele ser la más sencilla y agradecida. Marqués de Paradas, en pleno centro, y Amante Laffón, en San Gonzalo, jalonan una dilatada carrera. La vida es atender en la consulta privada de Triana a los nietos de quienes fueron sus pacientes décadas antes en el sistema sanitario público. La vida es que los vendedores ambulantes de un mercadillo la paren para saludarla porque aún recuerdan cuándo atendió a sus hijos. La vida son veranos en un chalé de Matalascañas, Villa Loli, donde cientos de padres han acudido con hijos doloridos a deshoras cuando las infraestructuras sanitarias de aquella playa eran más propias de Nairobi.

La última asignatura que aprobó en la facultad sevillana fue la de Quirúrgica, que en aquella época impartía el doctor Zarapico. En el tramo final de la carrera, López Cansino ya tenía novio, un compañero de clase, Francisco Jiménez Pérez, que con los años sería su marido. El día del examen final se citaba a los alumnos por orden alfabético, pero se saltaron ese orden y llamaron a Francisco y a María Dolores al mismo tiempo. Se trataba de un examen oral en el que uno exponía tres temas y el compañero completaba lo que le faltara al primero. Francisco defendió sus tres temas y María Dolores, tras cada exposición, alegó que estaban perfectos, que no tenía nada que añadir. El doctor Zarapico aprobó a ambos y le comentó a Francisco: “Ruego a Dios que siempre te de la razón como lo ha hecho hoy”.

En el Tardón soportó alguna madre desahogada. “¿Le importa que le coloque aquí las bolsas de la compra?”, mientras el olor a pescado inundaba la consulta. “Me importa menos que a usted la hora de la cita, ha llegado usted tarde y lo primero es el niño, no el mercado”. Otro día atendió a una niña llamada Penélope a la que su madre no paraba de llamar “Pene” con una abreviatura poco afortunada. La doctora López Cansino, ¡siempre el supremo interés del menor!, ya no pudo más: “Mire, o la llama Pe o Penélope con todas sus letras, pero pare ya porque le va a causar un trauma a la pobre criatura”.

Un pediatra es mucho más que un proveedor de Dalsy o Apiretal. O debe serlo. Una vocación tan pronunciada y un estilo de ejercicio de la profesión tan romántico han robustecido un tronco del que ha salido la rama continuadora en un hijo que estudió Medicina en la habitación contigua a la consulta privada. Allí aprendió Eduardo que la medicina es un sacerdocio. El médico debe ser, además, ejemplo de orden, limpieza, responsabilidad y educación. Todo eso reporta una auctoritas que no hay decreto de la Junta que la pueda laminar. Lo enseñan los que saben: sólo se viaja donde hayan estado los romanos. Y donde haya una buena pediatra como la doctora López Cansino. El valor de las ideas fijas. El supremo interés del menor.