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La fuerza de la serenidad

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2017 a las 5:00

Jaime Rodríguez Sacristán

 

EN Sevilla hasta hace poco tiempo no existía una atención especializada para niños con discapacidad mental. El estigma caía sobre ellos como una losa de la que resultaba imposible zafarse. Alguien, un día, trajo a Sevilla el concepto de psiquiatría infantil. Y ocupó la hasta ahora primera y única cátedra de esta especialidad en la capital de Andalucía. Hay gente que ha dedicado toda su vida a luchar contra el estigma, a librar a estos pequeños pacientes de esas etiquetas que orillan al enfermo, lo condenan al gueto o, aún peor, lo recluyen a los manicomios con el desdén de quien emite una condena con un codo en la barra del bar y un palillo en la comisura del labio. Jaime Rodríguez Sacristán (Benaoján, Málaga, 1934) se fue muy joven a París a aprender la primera ciencia que trata a los niños con problemas mentales como pacientes, no como locos. Por eso dicen que es un desestigmatizador. Su psiquiatría humaniza al paciente. Autismo, asperger, atención temprana, estimulación precoz… Comenzó a promover en Sevilla una serie de conceptos y denominaciones que antes eran desconocidos o, mucho peor, eran concentrados en términos duros o, cuando menos, carentes de una mínima caridad. Inició los tratamientos especializados, comenzó a diferenciar patologías. En definitiva, apostó por tratar al niño como a un niño.

Puso los cimientos de la psiquiatría infantil en Sevilla como también puso los de la primera Facultad de Psicología. Porque en aquellos tiempos tampoco había psicólogos en Sevilla. Su formación como humanista está fuera de duda: tras hacer Medicina, se matriculó en Filosofía y Letras. Dicen que desde muy pequeño tenía ya cara de intelectual, interés por leer, por saber, por asistir a recitales de poesía, una de sus grandes pasiones. Es un gran activista intelectual desde una forma de ser reposada, un habla serena, una educación exquisita y un trato esmerado con los demás. Frente a quienes pregonan que los valores de siempre están en crisis, el doctor Rodríguez Sacristán replica que lo que ha cambiado sustancialmente es el contexto social, no los valores. Los valores de siempre, los que hacen más fácil la convivencia urbana, siguen siendo útiles. Quizás más que nunca. Y otra de sus grandes enseñanzas en las entrevistas periodísticas es que el mal existe. Las personas malas existen. La maldad humana habita entre nosotros. Hay que saber localizarla para alejarse de ella.

En la ciudad en la que se fundan tantas cosas cada día (clubes, asociaciones, peñas, cofradías, etcétera) este veterano vecino de la Palmera decidió crear el Instituto Doctor Rodríguez Sacristán, donde se comenzó a prestar los primeros tratamientos a menores con discapacidad intelectual. En las Administraciones estaba todo por hacer, no había equipos especializados en psiquiatría infantil, ni presupuesto, ni personal. Nada. El empuje personal de este profesional, sus años de formación en capitales europeas que estaban a la vanguardia en esta rama de la Medicina, hizo posible poner en marcha los primeros proyectos de atención a estos pequeños pacientes. Cuando Sevilla salía de su letargo en la atención a niños con problemas, el doctor Rodríguez Sacristán se iba forjando un currículum y un prestigio en la Unesco, donde fue llamado para los equipos de expertos en la infancia.

La vida es escribir en pequeños papeles que luego reúne y, quién sabe, si salen poemas o incluso párrafos de esos libros que después se leen con tanta facilidad que se podría decir que se leen cuesta abajo. Libros, sí, pero nunca ha editado sus poesías. La vida es el cultivo del intelecto, siempre observando el entorno cuando parece que está despistado, que es muy propio de los intelectuales hacerse el sueco. Los ojos amables del doctor Rodríguez Sacristán escrutan con minuciosidad todo su alrededor, ya sea en un restaurante, en un acto social, en un funeral, o en la sala de espera de urgencias. Ve, mira y observa sin que lo parezca, sin molestar a nadie. Siempre evitará el roce en cualquier situación de la vida cotidiana.

La vida son recuerdos de ver llegar el tren a Villanueva del Río y Minas, donde era de las pocas distracciones para los jóvenes de entonces; de la Ciudad Jardín, donde vivió y muchos vecinos aún lo recuerdan, y de una Avenida de la Palmera donde se podía comprar un solar y edificar una casa acogedora que tiene el nombre del río Guayas, en recuerdo de Ecuador, una de las naciones iberoamericanas donde ha llevado su magisterio en numerosas ocasiones en beneficio del objetivo de siempre: que nadie vea a un niño con discapacidad intelectual como a un loco. Porque no lo es. La vida es seguir recibiendo llamadas de pacientes con 65 años que pasaron por su consulta siendo niños.

Su lugar de trabajo está presidido por una mesa grande donde el aparente desorden de papeles es un orden perfecto para su principal usuario. Suenan el móvil y los pitidos del servicio de mensajería, lo que prueba su facilidad para adaptarse a las nuevas tecnologías. Tiene problemas para decir que no cuando es requerido para cualquier iniciativa. Hay quien dice que es de los médicos que va pasando consulta por la calle. Jamás le oirán hablar de dinero. Siempre le verán cuidarse mucho, pasar unas vacaciones tranquilas en un hotel recoleto del Puerto de Santa María. Hace años que dejó de fumar cigarrillos de la marca ‘Rumbo’. Y que dejó de salir de nazareno en La Estrella. No es un sevillano al uso, pero nunca ha despreciado las costumbres de la ciudad, ni ha mirado por encima del hombro a cofrades o feriantes para darse aires de importancia o de modernidad postiza. No es ácido ni irónico, pero aprecia la acidez y la ironía en quienes la practican al hablar o escribir. La hiperactividad ajena es de las pocas cosas que lo pueden alterar. Es un gran defensor del valor de la ternura, un consumado especialista en su análisis y en su utilidad en una sociedad de hoy marcada por la violencia, por los informativos cargados de imágenes crueles, en una sociedad acelerada, acerada y demasiado gélida.

Dicen que esta jubilado, pero la fuerza de la vocación le lleva a seguir atendiendo requerimientos como psiquiatra, como cuando salía a buscar pacientes a deshoras y llegaba a casa de noche y, tras cerrar la puerta, dejaba los tebeos de las joyas literarias que había podido comprar para sus hijos.

Un día lo vieron hipnotizar gallinas. Literal. Otro día le pidieron examinar la grafía de un criminal. Conoció mejor al malhechor a través de su letra. El rostro de este médico que Sevilla ha hecho suyo inspira paz, quizás sea la paz propia de quien sabe que la curación en un enfermo de psiquiatría no existe. Son pacientes crónicos. La guerra está perdida de antemano. Pero nadie le priva de la satisfacción de hacerle la vida más fácil a muchos niños, devolverles la autoestima, restarles angustia y ansiedad y, sobre todo, acompañar a sus familias. El psiquiatra, al fin, es una suerte de cirineo del alma. Pudo quedarse en París en su momento, pero quiso retornar a Sevilla por dar la máxima importancia al arraigo en la educación de sus hijos. Tiene claro que el arraigo hace posible la seguridad y la certidumbre que todo ser vivo necesita para vivir en plenitud. La plenitud es eso que ocurre cuando pasea por la Palmera plácidamente del brazo de Asunción, su mujer, y piensa, quizás, en qué bello es ejercer su vocación en Sevilla, donde no pudo estudiar aquello que quería ser de mayor. Porque no existía. Pero él fundó las aulas para que otros lo hicieran. Hizo camino al andar.

Las 10.000 cartillas

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Dolores López Cansimo
HUBO un tiempo en que un profesor era tratado como una autoridad. Una autoridad de auctoritas, no de potestas. Una autoridad anclada en los cimientos del prestigio, la sabiduría y el ejemplo. Hoy un profesor tiene los pies de barro porque la Administración lo echa al fuego de la ira de los padres a la mínima queja del alumno. Al estudiante se le presume la veracidad de su testimonio, al profesor se le cuestiona y tiene que probar sus calificaciones y decisiones. No hay presunción de inocencia para el docente. Los padres son el ariete ante el que la Administración abre las puertas para evitar el mínimo desgaste. El aprobado que el profesor no da, la Junta lo bendice. Con los médicos pasa tres cuartos de lo mismo. El paciente es el gran exigente ante el que las autoridades sanitarias se pliegan y, postradas de hinojos, entregan las llaves de la dignidad y la autoridad de los galenos. Por eso existe cada vez más una medicina defensiva como existe una enseñanza defensiva. Y hasta un periodismo defensivo, oiga. Los profesores y los médicos de hoy tienen los pies de barro. Son maltratados desde el tuteo irrespetuoso hasta la amenaza con ser puestos delante de ese primo de Zumosol que es el político de turno, el mismo que sólo busca el titular del aumento de aprobados (la sopa boba, la engañifa, el humo provocado) o de la reducción de las listas de espera. Ser médico o ejercer la docencia hoy supone estar expuesto a un alto riesgo de conflictividad que a quien más perjudica al final es al paciente y al alumno, respectivamente. La autoridad es hoy un concepto mancillado, el prestigio está devaluado y la sabiduría sencillamente no se valora. Los médicos y los profesores han quedado reducidos en muchos casos a meros proveedores, suministradores de servicios necesarios. Poco más.

El mundo es de los que tienen ideas. Y las ideas fijas condicionan la conducta de la gente por el mundo. Hay quien sólo viaja a lugares donde hayan estado antes los romanos y quien sólo veranea donde lo haga el pediatra de sus hijos. Que le pregunten a don Manuel Clavero, que acudía en tiempos a la playa donde fuera Manuel Laffón, el célebre pediatra sevillano, padre de la pintora que representa una de las grandes marcas de la mejor Sevilla. Donde está el pediatra está la tranquilidad.

María Dolores López Cansino (Sevilla, 1938) es mucho más que una pediatra. Es un estilo a la hora de templar los nervios de los padres, un rostro escrutador de los dolores de los infantes y, llegado el caso, un tono firme a la hora de reprender alguna negligencia paterna, importándole muy poco si el apercibimiento puede causar alguna molestia, porque tiene claro que el supremo interés del menor está siempre por encima de cualquier susceptibilidad. Esa autoridad, en su acepción más hermosa, la llevó a tener una gran demanda de padres hasta que la Junta de Andalucía decretó en 2004 un plan de jubilaciones exprés que segó del sistema sanitario a los médicos con más experiencia. De la noche a la mañana. Si se dice que Dios llama siempre a los mejores, la Junta se libra siempre de los mejores. Hay que dar paso a la juventud que suele ser más dócil. El sistema siempre los prefiere blandos.

La doctora López Cansino soportó un día las exigencias de una madre para que su hijo de cuatro años fuera derivado a un especialista. La señora era el claro ejemplo de Doña Erre que Erre demandando el tratamiento que ella consideraba idóneo para su hijo y no el que la experta planteaba como adecuado y necesario. La pediatra acabó por aceptar y tramitar la solicitud de derivación ante las reiteradas quejas de la madre por los dolores de vientre del niño. Esa jornada, ya de noche, se topó con la misma madre y con su hijo en Casa Diego, en Triana. El supuesto enfermito estaba hartándose de beber vasos de caldo de caracoles. La criatura disfrutaba con las reiteradas ingestas, que la pediatra contempló largo rato en silencio. Un médico del montón de los de hoy, amenazado por el sistema, no hubiera dicho ni pío. La doctora López Cansino se acercó a la familia: “Buenas noches, pues ya sabemos de qué son los dolores abdominales del niño. No hace falta que vengan más a la consulta mientras siga bebiendo tanto caldo de caracoles. Mañana mismo anulo la petición de derivación, no se preocupen”.

Tener un estilo ágil, eficaz y pedagógico durante más de cinco décadas tiene sus consecuencias. La fuerza de la vocación conlleva unas cargas. El precio de la fama, dicen. El orgullo de todo profesional, apuntan. Las consultas sufren de superpoblación de pacientes en esos casos. Los cupos de pacientes de los antiguos ambulatorios se organizaban mediante cartillas. Cada cartilla equivalía a una unidad familiar. En el caso de los pediatras, cada cartilla solía incluir una media de entre dos y cuatro niños. La popularidad y eficacia que combinaba esta pediatra en el ambulatorio de Amante Laffón, por ejemplo, la llevó a acumular más de 10.000 cartillas, cuando lo habitual era que un pediatra tuviera asignadas entre dos y tres mil.

La vida son recuerdos en sepia de las aulas de la Facultad de Medicina de Sevilla, donde tenía a su hermana Antonia de compañera de promoción. Ambas fueron de las primeras mujeres en cursar la carrera, en aquellas clases impartidas por el doctor Suárez Perdiguero, el catedrático que siendo rector presidió de nazareno la cofradía de la Buena Muerte y todo el mundo lo identificaba por su pronunciada cojera. La vida es hacer el rodaje como pediatra en Villanueva del Río y Minas junto a su marido, que ejercía entonces de médico general. Ellos eran la única asistencia médica del pueblo minero en años difíciles en los que, además, atendían gratis a los niños acogidos en el Convento de la Hermanas de la Cruz. Las monjas agradecían siempre las atenciones con ropitas y paños bordados para sus primeros hijos. La vida es el debut en la capital, en el ambulatorio del Juncal, el retorno a la provincia en plaza de primera: Alcalá de Guadaíra. Y otra vez la capital es una plaza dura, pero gratificante: Torreblanca. Allí aprendió que la gente más humilde suele ser la más sencilla y agradecida. Marqués de Paradas, en pleno centro, y Amante Laffón, en San Gonzalo, jalonan una dilatada carrera. La vida es atender en la consulta privada de Triana a los nietos de quienes fueron sus pacientes décadas antes en el sistema sanitario público. La vida es que los vendedores ambulantes de un mercadillo la paren para saludarla porque aún recuerdan cuándo atendió a sus hijos. La vida son veranos en un chalé de Matalascañas, Villa Loli, donde cientos de padres han acudido con hijos doloridos a deshoras cuando las infraestructuras sanitarias de aquella playa eran más propias de Nairobi.

La última asignatura que aprobó en la facultad sevillana fue la de Quirúrgica, que en aquella época impartía el doctor Zarapico. En el tramo final de la carrera, López Cansino ya tenía novio, un compañero de clase, Francisco Jiménez Pérez, que con los años sería su marido. El día del examen final se citaba a los alumnos por orden alfabético, pero se saltaron ese orden y llamaron a Francisco y a María Dolores al mismo tiempo. Se trataba de un examen oral en el que uno exponía tres temas y el compañero completaba lo que le faltara al primero. Francisco defendió sus tres temas y María Dolores, tras cada exposición, alegó que estaban perfectos, que no tenía nada que añadir. El doctor Zarapico aprobó a ambos y le comentó a Francisco: “Ruego a Dios que siempre te de la razón como lo ha hecho hoy”.

En el Tardón soportó alguna madre desahogada. “¿Le importa que le coloque aquí las bolsas de la compra?”, mientras el olor a pescado inundaba la consulta. “Me importa menos que a usted la hora de la cita, ha llegado usted tarde y lo primero es el niño, no el mercado”. Otro día atendió a una niña llamada Penélope a la que su madre no paraba de llamar “Pene” con una abreviatura poco afortunada. La doctora López Cansino, ¡siempre el supremo interés del menor!, ya no pudo más: “Mire, o la llama Pe o Penélope con todas sus letras, pero pare ya porque le va a causar un trauma a la pobre criatura”.

Un pediatra es mucho más que un proveedor de Dalsy o Apiretal. O debe serlo. Una vocación tan pronunciada y un estilo de ejercicio de la profesión tan romántico han robustecido un tronco del que ha salido la rama continuadora en un hijo que estudió Medicina en la habitación contigua a la consulta privada. Allí aprendió Eduardo que la medicina es un sacerdocio. El médico debe ser, además, ejemplo de orden, limpieza, responsabilidad y educación. Todo eso reporta una auctoritas que no hay decreto de la Junta que la pueda laminar. Lo enseñan los que saben: sólo se viaja donde hayan estado los romanos. Y donde haya una buena pediatra como la doctora López Cansino. El valor de las ideas fijas. El supremo interés del menor.

Una vida al galope

Carlos Navarro Antolín | 6 de diciembre de 2015 a las 5:00

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ES la cantinela que sigue a la desgracia, la coletilla que confirma el grado elevado de la tragedia. A cada siniestro con un número considerable de víctimas, a cada atentado terrorista o catástrofe natural, siempre sigue la referencia al equipo de psicólogos que acuden a la zona cero para atender a los familiares, para prestar los primeros auxilios y amortiguar los fatales sopitipandos, para ayudar a digerir la mala nueva. Hay gente en cuyo currículum se combinan las mayores alegrías y las peores desgracias con especial intensidad. Será verdad lo que dice el cura Perico Ybarra cuando reza la Salve, que mete una hermosa morcilla cuando alude a que la vida es un valle de lágrimas. Es justo entonces cuando don Pedro irrumpe en los bisbiseos de los fieles: “…Y de alegrías”. Llanto y risa. El cura rebelde se niega a reconocer que sólo hay lágrimas.

María Luisa Guardiola Domínguez (Sevilla, 1940) es una de esas sevillanas que siempre ha llevado dentro un nazareno de ruan. No por el hieratismo ni por la seriedad, porque precisamente se caracteriza por la vitalidad y por tener siempre la sonrisa esculpida en el rostro, sino por mirar al frente en clara expresión de futuro. La vida le ha obligado a tomar curvas tan cerradas que hubieran sido la coartada perfecta para bajarse del vehículo, marcharse a casa y parasitar delante de la televisión. Nadie le hubiera podido reprochar nada. Décima de quince hermanos, responde al perfil de haber estado criada en la alegría y el encanto del ruido cotidiano de una familia numerosa. Dicen que a mayor población, mayores riesgos. Y bien que ella lo sabe. Muy joven sufrió la pérdida de tres hermanos: Joaquín, que murió en presencia de su padre durante un atraco; Ángela, en un accidente doméstico, y Salvador, el célebre rejoneador que perdió la vida en la plaza de toros de Palma de Mallorca. Tal vez estos tres sucesos, sumados a la fuerza que genera una crianza en el cariño de una familia estructurada, convirtieron a la niña María Luisa en una ciudadana marcada por una inusual fortaleza ante la adversidad. Y el destino aún la aguardaba a la vuelta de la esquina con la daga más afilada: el fallecimiento de una hija. La pequeña María Luisa murió de cáncer en 1975, en una Sevilla sin planta oncológica infantil, sin infraestructuras proyectadas para estos pequeños, sin subvenciones específicas para la investigación de estos males. Aquel viejo García Morato aún no recibía armaos de la Macarena la tarde del Jueves Santo para generar una sonrisa en esos ángeles pelones que son querubines que Dios coloca en las canastillas del dolor de sus padres. Esos mismos armaos se derrumban como torres de ajedrez ante la tierna mirada de alfil de estos santos inocentes de los hospitales. Nada había entonces, más que la tenacidad de una doctora y el coraje de unos padres dispuestos a todo.

De la enfermedad surgió la fuerza productiva que caracteriza a los verdaderos aristócratas, a los mejores ciudadanos. María Luisa Guardiola llevó a la doctora Álvarez Silván a París para que se pusiera al día en las técnicas de vanguardia en el tratamiento del cáncer infantil, que entonces se practicaban en el hospital francés Villa de los Judíos. Aquellos días estaba poniendo los cimientos de Andex, una de las grandes marcas blancas de la ciudad, uno de los estandartes que mayor prestigio y crédito tienen entre los ciudadanos, una prueba palmaria, quizás, de que es posible un mundo mejor. Andex, Cáritas y las Hermanas de la Cruz constituyen probablemente la tríada de la mejor Sevilla.

Al empuje de María Luisa Guardiola, a su perfecta conexión con aquella profesional de la Medicina, se debe el nacimiento de la ONG en 1987, de la planta oncológica infantil y del hospital de día del Virgen del Rocío, ambos servicios en el mismo edificio y gracias a un convenio modélico de una entidad privada con el Servicio Andaluz de Salud. Si Sor Ángela pedía para sus pobres pisándose el propio yo, esta aristócrata coraje pide para sus niños con cáncer, llama a las puertas de la Casa Real, a las de las administraciones, empresas y particulares que haga falta para que sus ángeles pelones tengan curación. Habilita sótanos, contrata maestros y resiste sinsabores. Transforma el dolor de su propia experiencia en una fuente de energía positiva que produce beneficios para los demás.

Andex es su vida. Su obsesión. Su afán. No hay día sin Andex. No hay día sin estar al día de los empleados, de los niños, de los voluntarios. Su amor propio le conduce a la búsqueda de la perfección. A la exigencia. Los niños son lo primero aunque haya que tragarse el recuerdo de estar a diario en el mismo hospital en el que vivió las peores horas de su vida, aunque haya que tropezar con dirigentes de la sanidad pública más preocupados por su propia proyección personal, por no perder un palmo de notoriedad, que por el objetivo fundamental:la curación y el bienestar de los pequeños pacientes.

Esta sevillana, que siempre luce un peinado perfecto, reliquia estética en las fotografías de ecos de sociedad, jamás ha ocultado su fe, pues probablemente sea el mástil firme al que se ha agarrado en tiempos de zozobras y rumbo incierto. Junto a su marido, Luis Manuel Halcón de la Lastra, conde de Peñaflor, constituyen la reserva espiritual de la sangre azul hispalense.

En la bendición de unas nuevas instalaciones de Andex, presenció cómo ciertos políticos socialistas tomaron las de Villadiego justo antes de que el sacerdote sacara el hisopo del acetre con el agua bendita. Ya eran los tiempos en que el PSOE, perdido el centro político de los años grandes de Felipe González, sacaba de la chistera el conejo del laicismo y proclamaba urbi et orbi la majadería de amagar con romper el concordato con la Santa Sede. Los dirigentes socialistas debían cuidarse de aparecer rezando en público. Aunque luego agarren las varas doradas de hermano mayor a la mínima oportunidad.

La vida es una medalla al pecho de Mater Admirabilis, que evoca a la Virgen del Colegio del Valle donde la niña María Luisa se formó en sus primeros años de vida. Después vinieron los años de estudios superiores para ser perito mercantil. La infancia es una casa de Guzmán el Bueno y, cómo no, de una casa catalogada de la Puerta Jerez donde hoy sigue presente la familia. La vida son labores de jardinería, de macetas cuidadas con primor en la casa familiar de la Palmera. La vida son recuerdos de una timidez superada en la primera ocasión que tuvo que aparecer en la Real Maestranza ataviada con la clásica mantilla blanca. Los veranos en El Puerto de Santa María se apuran hasta el 12 de septiembre, onomástica de esta sevillana que ha estado dos veces en la India y por naciones de medio mundo.
Mucha gente se arrastra por una condecoración. O la pide directamente. Incluso por escrito: por mí y para mí. Sin pudor. El alcalde Monteseirín quiso reconocer la labor de María Luisa Guardiola al frente de Andex con la medalla de oro de la ciudad. Decidido, Alfredo cogió el teléfono, la llamó y le anunció que la distinción sería aprobada con toda solemnidad en el siguiente Pleno. La sorpresa del socialista fue que María Luisa Guardiola dijo que no. “¡Me ha dicho que no! ¿Me oyes? ¡Que me ha dicho que no!”, le dijo a un asesor. Hubo que recurrir a mediadores para que la presidenta de Andex accediera finalmente a recibir el reconocimiento de la ciudad. Aquel 30 de mayo de 2010, cuando coincidió antes del acto con otros premiados en las dependencias del Teatro Lope de Vega, se le oyó decir:“Ustedes sí que merecen la medalla, yo no”. El teatro la premió con una ovación cerrada.

Cuando el tiempo lo permite, elimina el estrés a caballo. María Luisa Guardiola galopa por los campos de Carmona. Amante de la velocidad, le gusta ir rápido tanto a lomos de un jaco como en un coche. Es un rayo. Esta mujer pisa fuerte en todos los sentidos: para conducir, para sacar dinero para Andex, para negociar todo tipo de atenciones para sus niños enfermos, que incluso ha conseguido que camareros del Alfonso XIII sirvan la merienda a los niños en el hospital vestidos a la federica.

Como suele ocurrir con las buenas reposteras, mantiene la figura pese a su demostrada habilidad en la elaboración del tocino de cielo y de especialidades varias de chocolate. Son otros los que cogen los kilos. Su gran satisfacción es que Andex alcanza un 80% de curaciones en los niños que son atendidos en sus instalaciones. Es el mejor homenaje que cada día hace esta madre coraje a a aquella pequeña de seis años, cuya memoria ha servido para levantar una de las marcas que verdaderamente hacen mejor la sociedad y convierten una ciudad en un lugar mucho más habitable. Cuando todo se conjura para quedarse acostado y meter la cabeza debajo de la manta, cuando la vida hiere realmente con zarpa de fiera, hay quienes se levantan como legionarios y hasta galopan. Sin necesidad de equipos psicológicos, con la sola fuerza que nace del interior de quien ha sido forjada como una ciudadana coraje que sólo mira hacia atrás para seguir contribuyendo a la cura de más y más ángeles pelones. Muchos son hoy adultos, profesionales solventes que al reconocerla y saludarla le están concediendo el oro de la mejor medalla. Y en el cielo, las nubes esbozan una sonrisa de algodón.