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El fuego sin humo

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

ELÍAS HERNÁNDEZ
PARA conocer al hijo hay que indagar en la figura del padre. Sin uno no se entiende al otro. A la moneda brillante le faltaría una cara. Al reloj suntuoso le faltaría una aguja. A toda una vida de impulso y fortaleza le faltaría su verdadero motor. Elías Hernández Barrera (Ólvega, Soria, 1937) combina el ser empresario reconocido con el ser poco conocido. Lo ha tenido y lo tiene todo para estar presente en los actos donde se reúnen los gerifaltes del Ibex 35, las recepciones reales, los organigramas de las organizaciones empresariales, los enganches de la Feria y toda esa ristra de escaparates de las vanidades que son, muchas veces, el rollo del bollo sin manteca. Su vida no se entiende sin su padre. Su vida es el arroz. Es un continuo llamamiento al trabajo, al alejamiento del chuflerío local: “Vamos al arroz”. Su padre, Antonio Hernández Villar (1894-1970), hizo casi de todo como emprendedor. Todos dicen que era eso: un emprendedor puro y duro que no necesitó jamás de cursos especializados en dirección de empresas, ni de un máster en institutos de rótulos impronunciables, ni de acudir a la ayuda de incubadoras de nuevas sociedades. Lo llevaba en la sangre. Y punto. Durante la Guerra Civil tuvo un negocio que abastecía al Ejército, organizó encierros taurinos en Pamplona, promovió la búsqueda de tesoros en el mar y cultivó arroz en Calahorra hasta que descubrió las enormes posibilidades de las marismas del Guadalquivir, un lugar al que envió a dos de sus doce hijos: Félix y Elías. Ellos debían explotar el que habría de ser un filón que dura ya más de 50 años, un verdadero imperio de ese grano oval rico en almidón que es el arroz, un imperio levantado por un soriano en el Sur de España. En aquellos años sesenta, el padre y sus dos hijos se dedicaron a comprar tierras, levantar fábricas, contratar trabajadores y producir. Todo un proceso que consiste en lo que hoy se conoce como crear riqueza.

Elías es el varón pequeño de los doce hermanos. Es formado en los jesuitas de Madrid. El primer año de la carrera universitaria de Empresariales se lo pasó con más alegría de la debida. Su padre lo sacó de las aulas y lo puso a trabajar. Su vida cambió para siempre. Castellano recio, austero y fuerte. Muy pronto aprendió de su padre que el secreto del empresario radica tanto en comprar bien y vender mejor, como en levantarse tras sufrir la zancadilla del fracaso, salir airoso del charco pisado y tratar de enmendar cuanto antes los errores propios. Ha pagado caros sus triunfos. Una vaquilla le pegó una voltereta que le dejó un hombro dislocado. No se limita a explotar las tierras, sino que viaja a los Estados Unidos y Japón para conocer otros tipos de cultivos y las maquinarias más modernas: “Creo que ya habré dado siete veces la vuelta al mundo”, comentó hace unos años. La empresa Herba (Hernández Barrera) despegó pronto. Su vida es un continuo homenaje a la figura de su padre. El caballo engorda gracias al ojo del amo. Elías es un modelo de I+D sin haber pasado por las clases de sesudos profesores en esos cursos que acaban con una foto de familia en una suntuosa escalinata. El Grupo Hisparroz se convertiría con el tiempo en el mayor agricultor arrocero de Europa y acabaría integrado en Ebro Foods, primer grupo alimentario español por facturación.

El soriano se integra en Sevilla, entre otras razones, por la vía del matrimonio y haciendo el ruido justo en sociedad. Pronto debió captar que quien irrumpe en Sevilla genera desconfianza. Y su estilo no es el de hacer ruido. La mejor forma de entrar en Sevilla es no tener interés en entrar. Elías se dedicó a cuidar del arroz. Y nunca se le pegó. Jamás se le ha oído una crítica al estereotipo andaluz, ni se le ha visto un gesto de desprecio hacia agricultores locales. Ni siente envidia ni le ha preocupado nunca si la genera.

A sus hijas ha enseñado a ir por la vida con el silenciador conectado: “Haced el fuego sin que se vea el humo”. Sabe que por el sumidero de la vanidad se van las aguas más bravas. “Para vender arroz no hacen falta ciertas cosas”, le han oído decir cuando ha rechazado agasajar a políticos o entrar en maniobras dudosas. “El arroz es el único cereal de España que nunca ha dado pérdidas”, sentencia para insistir en que no hay que mezclarse en asuntos raros, ni arrastrarse por una subvención, ni frecuentar compañías sospechosas en la aventura de ser empresario. “Ser honrado es también una buena forma de hacer negocio”. Enemigo del pelotazo, no cree en el triunfo exprés, sino en la parsimonia calculada como cuando juega una partida de dominó. Convencido de que no hay meterse en una sociedad cuyo capital no se controle en un porcentaje mayoritario, tiene claro que le gusta tener el control, coger las riendas con fuerza y marcar la velocidad. Depender del juicio de otros socios es estar sometido a la presión de un incómodo corsé.

Hoy ya no hace tratos de compraventa en el José Luis de la Plaza de Cuba, pero sigue exigiendo estar informado de todo cuanto ocurra en la compañía que ahora dirige su sobrino, sobe todo si se trata de algún problema. Aquel comprador fuerte de los años ochenta y noventa, que admiraba al rival que se hacía respetar en la mesa de negociación, no conoce hoy la jubilación como etapa de júbilo. El trabajo y la continua actividad son su fuente de vida.

La vida es usar relojes finos que no aprieten la muñeca. Ni Rolex ni Omega . Basta con un Swatch. ¿Cuánto dura un Mercedes? A este empresario del arroz le duran veinte años. La vida es una copita diaria de oloroso, es estar en los toros junto a su paisano Emiliano Revilla en el tendido 2 de la Real Maestranza y seguir a José Tomás por todas las plazas, es no hablar de dinero y es educar a los hijos en la austeridad. Los viajes en AVE, en clase turista cuando las hijas eran pequeñas para evitar confusiones. Y, cosa curiosa y reveladora, tiene claro que hay que conocer bien España antes de viajar a extraños destinos del extranjero. Los pequeños lujos, como algunos caldos de la Ribera del Duero, se disfrutan en privado. Sin focos. Al cine, una vez a la semana. Al golf, todo lo que se pueda. En una primera etapa, en Pineda. Después, en el club sevillano del que ha acabado siendo propietario. Es fijo en los espectáculos de la Bienal de Flamenco. Al teatro de la Maestranza, los jueves. A las hijas cuando eran jóvenes, un consejo: “Buscad novios que trabajen”. Elías cierra los ojos en el teatro, pues entiende poco de música, se aísla y dicen que se pone a pensar en sus cosas. La notoriedad le importa muy poco. Tiene casa en la urbanización de Vistahermosa, de las conocidas como cabos, para los veranos relajados, en esos días que dedica al dominó con un ojo puesto en el arroz.

Su hermana Carmen (1930-2016) fue la cofundadora de las comunidades neocatecumenales. Gran amiga de Juan Pablo II. La familia de Elías vivió el privilegio de disfrutar de una audiencia privada con el Santo Padre, en esa intimidad de las siete de la mañana que no es posible en el Aula Pablo VI. “Santidad, mi hermano Elías sólo piensa en el trabajo, todo el día con lo mismo”, dijo Carmen al Papa con cierto tono cómplice por la confianza que tenía con el pontífice. Aquel polaco de expresión tierna se quedó mirando al empresario fijamente durante unos instantes: “Carmen, tu hermano es una buena persona”. Dicen que aunque ha jugado el papel de “poli malo” años atrás, este Elías demuestra su bondad en los detalles. Durante el año guarda todas las cajitas de pelotas de golf que gana en las partidas con sus amigos. Le encanta ganar en todo. Cuando llega Navidad, abre el maletero del coche y las devuelve a sus anteriores dueños. No se queda con ninguna pese a haberlas ganado en buena lid.

La clave de este empresario es pensar a largo plazo, muy a largo plazo. Por eso tiene que claro que no se va a morir, ni se quiere morir. Hay mucho arroz por cultivar. En Sevilla se entra paso a paso, grano a grano y sin ventear el humo. Cuando menos te lo esperas, este oriundo de Ólvega no es que salga en las fotos, es que las fotos de Sevilla las está haciendo él con su cámara. Cuando Sevilla despertó, Elías estaba allí. Su padre se fijó en el río. Todas las grandezas de Sevilla han venido siempre por el río.