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El brindis por el Rey

Carlos Navarro Antolín | 14 de enero de 2018 a las 5:00

Juan Gómez de Salazar

HAY quienes por puro prejuicio quieren que los curas no salgan de las sacristías. La religión, mejor cuanto más orillada. Y en caso de que algo religioso deba ser exhibido, es preferible que sea en su versión más descafeinada: cabalgatas sin reyes magos o con adefesios que distorsionen, libros escolares de moral católica donde Dios no aparece ni en la portada, retransmisiones de Semana Santa limitadas a la coreografía de los costaleros o a elementos secundarios, libros sobre el Rocío para niños donde literalmente no aparece la Virgen ni tampoco Pentecostés (estos libros incluso se han vendido en la tienda oficial de la Hermandad Matriz)… Cuando el terrorismo se cebaba con los militares y los agentes del Instituto Armado, los uniformes desaparecieron de las calles. Pura cuestión de seguridad para nos dar pistas al enemigo. Las sociedades blandas por acomplejadas, en las que el compromiso cotiza a la baja, aprovechan cualquier coyuntura para arrinconar aquello que resulta incómodo. Hasta hemos asistido a desfiles militares sin bandera tanto en el Corpus como en la Virgen de los Reyes. Desfiles 0’0 como la cerveza insípida.

Los tiempos cambian cuando desaparecen los presidentes del Gobierno incompetentes, maliciosos y de cejas altas, cuando las amenazas son vencidas por el Estado de Derecho, y cuando surgen personajes limpios de corazón, sin complejos y con dos o tres ideas suficientemente claras. Juan Gómez de Salazar Mínguez (Madrid, 1957) es un soldado. Ante todo, un soldado que cada mañana se pone en planta a las 05:30 para correr seis kilómetros e ir encendiendo las farolas de la ciudad desde la que dirige la Fuerza Terrestre española como teniente general. Para los sevillanos es el capitán general. Porque sí. Se ha ganado el título. Como a Soledad Becerril le siguen diciendo alcaldesa, o a Alfonso Guajardo-Fajardo el teniente por su etapa en la Real Maestranza. Y, además, el edificio de la Plaza de España sigue manteniendo el rótulo: “Capitanía General”. Como sigue conservando los cañones en la fachada y a esos soldados de guardia que da gusto saludarlos y disfrutar con qué educación reciben y atienden al visitante. Cuántos conserjes de República Argentina, porteras de colegios privados internacionales y recepcionistas de consultas privadas de médico deberían aprender de la formalidad de estos servidores de la patria con uniforme, botas y arma reglamentaria.

El teniente general Gómez de Salazar será quizás el alto militar más longevo en Sevilla, lo cual no es muy habitual por la limitación de años en un destino. A sus años de jefe del Estado Mayor de la Fuerza Terrestre en Sevilla hay que sumar los que lleva de teniente general de la FUTER, un puesto que le tiene asegurada su estancia en la capital de Andalucía hasta noviembre de 2019. Está absolutamente integrado en la ciudad. Consagrado a la tarea de abrir las puertas del Ejército a la sociedad, empeñado en devolver a los militares el orgullo de llevar el uniforme por la calle, en que nadie mire a un soldado vestido como tal por Sierpes como si fuera un marciano. Mucho menos una amenaza. El Ejército es la garantía, siempre lo ha defendido. Lo que no se conoce, no se valora. Y lo que no se valora no se puede llegar a querer nunca como propio. Por eso se repiten los actos con escolares en Capitanía para izar la bandera, por eso se abre el salón de celebraciones a la mínima oportunidad, por eso se firman convenios con las universidades, por eso el rango de puertas abiertas que se le da a la festividad del patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, una jornada en la que hasta se enseña la sala de operaciones (el búnker de la Plaza de España) desde donde se dirigen las maniobras internacionales. 40.000 soldados tiene a su cargo este militar, hijo de general de la Guardia Civil y padre de militares.

El carácter lo es todo. La afabilidad de Gómez de Salazar, su educación exquisita, su porte de caballero cortés y elegante por sencillo, contribuyen y mucho a que la imagen del Ejército en Sevilla sea la más adecuada para los tiempos que corren. Un Ejército que es fundamental para la implantación de la cultura de defensa. Siempre se refiere a la necesidad de que la población adquiera esa cultura, indispensable para asegurar un orden. El orden facilita la convivencia. Y un Ejército prudentemente alejado de la política, al servicio de los ciudadanos, es la garantía. “El militar no debe ser apolítico, sino estar despolitizado”, se le ha oído decir alto y claro.

Es difícil verle enfadado o contrariado. Le gusta el contacto con la tropa. Le encanta el café en la cantina con sus más estrechos colaboradores tras esas carreras matinales a la vera del río. Casi todo es motivo de broma para desplegar ese sentido del humor que es el lubricante de los días que le ha tocado vivir. Es evidente que la gente lo quiere en Sevilla, y que él se siente querido en la ciudad. Al malage hispalense le pone buena cara. Se puede afirmar que es de esos personajes que han aportado a la ciudad más que la ciudad a ellos. Porque ha sacado ha sacado la mejor versión de la ciudad. Y no es por su cargo, porque otros ha habido en su mismo puesto que han pasado desapercibidos, o que es mejor que no sean recordados sino por el retrato oficial de rigor.

El teniente general es persona con escasas barreras. De fácil acceso. Se le ve por un supermercado, haciendo cola en la pescadería o comprando los avíos para los cocidos que él mismo prepara, o recibiendo las llamadas de compañeros con los que trató en sus años en la Brigada Paracaidista. Cede el honor de hacer el brindis de una celebración en el salón del trono si así lo estima oportuno. En la última festividad del patrón de la prensa lo hizo con Burgos: “Don Antonio, haga usted el brindis”. Y el escritor procedió con la copa en alto: “¡Por el Rey!”.

Duerme poco. Tiene más aguante que un nazareno del Polígono. Se ha aprendido la jerga local con rapidez. Habla de “tramos” y de “juntas de gobierno” con toda precisión. Su agenda es una losa que carga con una sonrisa. Disfruta a pie de campo en las maniobras castrenses mucho más que en el cuartel. Anota todo en el helicóptero en el que se desplaza, usa el teléfono inteligente para ir adelantando los encargos desde las alturas de la aeronave, para alertar de las deficiencias que haya observado durante los ejercicios. Aficionado taurino sin complejos con localidad en Las Ventas, abonado del Real Madrid, feligrés de la Parroquia de San Sebastián. Procura implicar a los menos subordinados posibles en la agenda social a la que está obligado por su cargo, al contrario que muchos políticos mediocres que se hacen esperar en la puerta por el séquito de asesores hasta cuando acuden a una cena.

La vida es ser fiel a un concepto de austeridad que escasea en la sociedad de hoy. Es abrir el Ejército, integrarlo en la vida cotidiana, fomentar las juras de bandera de civiles, actos cada vez más masivos, trabajar para que la ciudad se sienta orgullosa de ser la sede del mando operativo del Ejército de Tierra, llevar a los militares a colaborar con Andex, las bolsas de caridad, potenciar la Cáritas castrense, los centros de estimulación precoz, la cabalgata y otras iniciativas sociales, ciudadanas o solidarias. La vida es tratar de cumplir con todos, preocuparse por el futuro laboral de esos soldados de tropa que han de dejar la actividad a los 45 años, de los que se preocupa que se vayan con un certificado de todo lo que han aprendido para facilitarles el acceso a un empleo digno. La vida es combinar los uniformes y el traje de civil según la oportunidad, es superar cada año las pruebas físicas a las que se somete como un soldado más en Pineda, en la zona del antiguo Hospital Militar: correr seis kilómetros, la serie de flexiones con los brazos y la serie de abdominales. La vida es participar en la prueba física más original del año: correr la Raya Real. Y después participar en la jornada de convivencia en la casa de hermandad del Rocío de Sevilla. La vida es dejar que te sirvan el postre, no probarlo y pasárselo después al compañero o al invitado: “Así te comes dos”. Es ofrecer un trago largo al invitado con tono de camaradería que demuestra capacidad para paladear un momento agradable y estirarlo con prudencia algunos minutos.

La vida es disfrutar con la caza en fincas de Toledo o Extremadura, saborear las perdices escabechadas, hacer gala en todo momento de un carácter sereno e inquieto a la vez. Es tener la respuesta adecuada al político que se acerca preocupado en los días previos al referéndum catalán y lo aborda en un corrillo: “Mi teniente general, ¿qué va a pasar?” Y Gómez de Salazar contesta: “Tranquilo, estamos preparados”. La serenidad sólo se rompe cuando va en el tren, se acerca el final del trayecto y es el primero en estar listo para bajar. Tal vez sepa que de los trenes hay que bajar con celeridad, que en la vida hay que estar preparados para subir a otro vagón, para cambiar de etapa, para saber dar por cerrados los ciclos. En definitiva, en la vida siempre hay que estar preparados. Y tener claro que si Dios está en los pucheros, el Ejército ha de estar presente en la sociedad. Y el alto mando no ha de perder nunca ni el carácter operativo ni el contacto con la tropa. Ni tampoco el café en la cantina, ni el saludo afectuoso por videoconferencia al compañero que se la está jugando en Afganistán. Y cuando hay que corregir una actitud, mejor hacerlo con serenidad, con una sonrisa, como si no se notara, con un leve comentario acompañado por un gesto tenue. Esa forma resulta muchas veces la más enérgica, aunque no lo parezca. Ya se sabe que el arte de mandar consiste en buena medida en lograr que alguien haga con agrado lo que tú quieres que haga sin que se note que lo has pretendido, sin necesidad de haber forzado ningún comportamiento.

Gómez de Salazar es el capitán general de Sevilla por mucho que el cargo sea el de jefe de la FUTER. Que lo sevillanos sigan llamándole capitán general es la prueba de que ha caído de pie en la ciudad. Sobre todo porque lo de la FUTER suena a delantero portugués del Atlético de Madrid. Y porque a un taxista sevillano le pides que te lleve a la sede de la Jefatura de la FUTER y te toma por un trastornado.

Cuando el calendario anuncie las hojas caídas del otoño de 2019, la prueba del deber cumplido para este militar será que ningún sevillano se gire al ver por la calle a un militar de uniforme. Y que en miles de casas y en miles de perfiles de las redes sociales luzcan las fotografías de la jura de bandera de tantísimos civiles que quisieron cumplir con la patria. Entonces, el capitán general podrá repetir una de sus máximas: “Tómate mi postre, que yo estoy ya satisfecho”. Y con la misma generosidad cederá a otro el honor de brindar por el Rey. La felicidad sincera, al fin, consiste en ver que el otro prueba durante un instante aquello que a ti te hace feliz toda la vida.

“Estás más delgado”

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

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LOS partidos políticos tienen estatutos colgados en sus páginas oficiales de internet. Muchos preceptos de redacción hueca, de escasa utilidad y de formulación lo suficientemente generalista para que los presidentes, secretarios generales y comités ejecutivos puedan hacer y deshacer con apariencia de legalidad. Al margen de los estatutos está el código interno, que no se explica en ningún curso de formación (subvencionado) y que se lo saben al dedillo los cargos y militantes del núcleo duro. Se trata de dos normas básicas y no escritas: al jefe hay que reírle las gracias, sobre todo si son en público, y hay que estar siempre disponible al cornetín de mando que toca el correveidile de gabinete de turno. Javier Arenas, padre natural de toda la militancia del PP andaluz, es un especialista consumado en gastar bromas y permitirse ciertas licencias en los mítines o convenciones que se celebran en salones de hoteles con derecho a botellita de agua y platito de caramelos. También lo es en trabajar los domingos para inventarse cualquier excusa para hacer declaraciones y colarlas en el telediario de las tres de la tarde y en el de las nueve de la noche. Va uno de viaje por España, pone la televisión en Cáceres y aparece Javié con la ceja arqueada haciendo declaraciones sobre los independentistas catalanes en el Parador de Carmona. Yel acompañante, ante el plato de migas, clava el diagnóstico que nadie ve.

–Ea, ahí tienes al campeón mangando cuota mediática nacional y poniendo una pica en Carmona para capitalizar la casi mayoría absoluta de Juan Ávila. Anda que no es listo el Arenas. Tiene claro el cumplimiento del precepto dominical… en política.

Arenas coge el micrófono y saluda con toda soltura a “Pani” (Luis Panigua, el responsable de Nuevas Generaciones), alude a que el veterano Albendea “siempre es el primero en aplaudir”, saluda a Juan (Juan Ignacio Zoido), del que dice –decía– que se fía tanto que le dejaría al cuidado de un hijo un fin de semana, manda un beso a Lola (Dolores Meléndez, histórica de la derecha sevillana), refiere el color amarillo del jersey de Jaime Raynaud (“¡Qué bonito, Jaime!”), por lo que Raynaud sale echando sapos y culebras, y reserva la perla para su querido Antonio Sanz: “Antonio, estás más delgado”. ¿Cuántas veces hemos oído de Arenas, abrazado al atril del mitin o en la presidencia del comité ejecutivo regional, proclamar que Antonio Sanz está más delgado?

Y Antonio Sanz (Jerez de la Frontera, 1968) ha soportado todas y cada una de las bromas del antes jefazo del PP andaluz, ahora superviviente de Génova y, siempre, siempre, catedrático del culebreo en las filas del peperío del Sur de España. Todos en el PP andaluz lo admiran, digan lo que digan. Cuando llegaban los jueves de los ministerios que perdimos, Arenas cogía el teléfono interno y avisaba a su gabinete:

–¿Marilar? ¿Mateo? Oye, preparadme algo para salir en la tele el domingo tras el partido de pádel en Antares. Avisad a Zoido, Jaime, Juanitobueno, Antoñito Sanz… ¿Eh? Que estén allí arropándome mientras hablo para que el total de la tele quede de dulce. Y al día siguiente nos volvemos a Madrid en el AVE de las seis y veinte, tempranito, ¿eh? Que se venga alguien del partido para ir trabajando sobre los planes de Andalucía.

Y el único que siempre ha estado disponible a la hora de la verdad ha sido Antonio Sanz. Para arropar al líder en los totales haciendo leves afirmaciones con la barbilla, para coger el AVE de las 06:20 en Santa Justa, y hasta para salir en coche hacia Madrid a las cuatro de la madrugada porque había que estar en Génova de forma urgente a primera hora y ya no había tren posible. Antonio Sanz nunca le ha dicho que no a Javié. Nadie en el partido, ni siquiera quienes han sufrido su carácter de general secretario, ocultan que es el tío que más horas de trabajo echa en la estructura de un partido acomodado, casi convertido en la perfecta Consejería de la Oposición de la Junta de Andalucía. No le ha importado ser secretario general, dejar de serlo y volverlo a ser. No le ha importado mandar en el PP de Cádiz, dejar de mandar y volver a mandar. Y al fin ha conseguido ser un cargo serio tras años de travesía del desierto por la oposición andaluza: delegado del Gobierno en Andalucía.

Paradójicamente, Antonio Sanz está sacando rédito político a un cargo eminentemente institucional, habitualmente reservado a figurones. Y eso lo han conseguido pocos delegados del gobierno, al menos del PP. Zoido se volcó en la agenda social, Carmen Crespo se fue sin enterarse de la misa la media, y este Sanz que nació para ejercer el poder está aprovechando los meses del gobierno en funciones para desplegar toda la cola del pavo real político que siempre ha llevado dentro. El destino lo ha mantenido demasiados años sin responsabilidades institucionales. Por fin el hombre de aparato (puro y duro) se está luciendo visitando el dispositivo de la DGT un domingo de fin de puente festivo, coordinado el simulacro de un terremoto o trabajando en armonía con los socialistas en el plan de seguridad de la Semana Santa. Las cofradías de Sevilla siempre estarán en deuda con este jerezano que suba y baja de kilos con facilidad, que escruta con el barrido de una mirada todos y cada uno de los asistentes a un acto público, y que es tenido por un rocoso negociador cuando en la mesa se sientan políticos de otro signo. Como delegado del Gobierno se vuelca con los ayuntamientos del PP sin ningún complejo, aunque sea el de Tomares de José Luis Sanz, con el que ora se lleva bien, ora dicen que son como Ben-hur y Messala, que cada cuál le ponga a cada uno la cuadriga que considere más apropiada…

La vida es echar una bronca a los cachorros de Nuevas Generaciones cuando no se cumplían sus directrices, que algunos de aquellos jovenzuelos aún recuerdan sus reprimendas. La vida es dar rienda suelta a su gran afición: ejercer de radioaficionado nocturno con el código EA7AE en largas noches donde puede acabar al habla con un tío en Tailandia. Aún se recuerda la antena que hizo instalar en la sede regional de la calle San Fernando en sus años como secretario general, como se recuerda su último día en aquel despacho oficial, cuando una limpiadora le preguntó por qué se llevaba las banderas oficiales: “Son mías”. La vida es desayunar en las ventas de la A-92 en los largos viajes con Javié por la Andalucía que sigue dejando al PP en la cuneta del poder como heredero natural del pifiazo de la UCD en el referéndum autonómico. La vida es tener el don de la ubicuidad para estar en los oficios del Viernes Santo en la Catedral y en las procesiones de Jerez la misma tarde. La vida es estar de patrulla nocturna con la Cruz Roja en el Estrecho sin fotógrafos, una afición sana que, como la de radioaficionado, es propia de quien necesita dormir poco. Siempre dispuesto a subirse al helicóptero de la Guardia Civil, a sentarse en el puesto de mando de cualquier operativo de la Policía Nacional, a conducir el coche que lleva a Arenas adonde tiene que estar el líder a las 9 de la mañana.

Pero hubo una noche de escasos testigos en la que Sanz dio la verdadera talla de político del PP. Aquel domingo de cuaresma en que Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta de Andalucía, cuando de los salones del Oriza parecía que iba a salir la Mortaja y sólo faltaba el sonido de la esquila, cuando los camiones del cáterin de la Raza contratado para la prensa se quedaron aparcados encima de la acera con los canapés criogenizados, cuando la pancarta triunfal se quedó sin desenrollar y los músicos contratados fueron literalmente los primeros en marcharse… Aquella noche de hundimiento de la Armada Invencible de Arenas, cuando ya no quedaban pelotas y el perro flaco del PP andaluz volvía a rascarse las pulgas de un nuevo varapalo, Antonio Sanz siguió en la sede hasta el final junto al gran derrotado Fue una estampa dolorosa, compensada hoy con la experiencia en un despacho que ha convertido en una suerte de ministerio andaluz del Gobierno de Rajoy.

Sanz es un tipo intenso, el clásico agonía que no conoce límites en el oficio, una característica de donde afloran sus virtudes y sus defectos. Hoy vive días de preocupación por el futuro del Gobierno de España. Si el PP continúa en la Moncloa, nadie se atreverá a desalojarlo del despacho de la Plaza de España, pues ha demostrado que no se limita a acompañar a los ministros, sino a vender logros políticos de todo tipo: desde los planes de seguridad de Semana Santa a los tramos nuevos de autovía. Dicen las malas lenguas que Sanz tiene la visión política que falta en el equipo de Moreno Bonilla, líder regional. Y que, en la práctica, la Plaza de España es la referencia del PP andaluz en contraposición con la calle San Fernando. Si tuviera una imagen más estilizada, tal vez podría plantearse otros objetivos en una política marcada en exceso por la imagen y el márquetin. Pero entonces no sería el genuino Sanz, duro como secretario general con los suyos y amable para entenderse con los interlocutores de la izquierda. Es un profesional de la política en el buen sentido. No se caracteriza por su especial sentido del humor, pero no es aburrido. Será presidente del PP de Cádiz por los siglos de los siglos, sabedor de la importancia que tiene retener una parcela de poder orgánico cuando los vientos desalojan al PP de las instituciones. No quiso ser presidente del PP andaluz, tal vez porque ha vivido en exceso en la burbuja que se creó el propio Arenas y donde en muchas ocasiones sólo tenían cabida el propio Arenas y él. Dicen que con Arenas ha tenido más aguante que la sábana de abajo y que ha visto en demasiadas ocasiones como Javié es capaz de venderle un pingüino a un moro en el desierto. El caso es que Antonio, sea como fuere, siempre está más delgado. Palabra de Arenas Albendea aplaude. Y todos ríen, menos Raynaud si lleva el jersey amarillo.