Archivos para el tag ‘Pozuelo’

La ministra responde

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

FÁTIMA BAÑEZ
HAY gente que se da importancia llegando tarde a las citas, haciendo esperar a los convocados o simplemente dejando sin respuesta los mensajes de teléfono móvil. Otra gente remite a intermediarios para dar un capotazo:secretarias, jefes de gabinete, responsables de prensa o cualquier suerte de colaborador a sueldo. El día de 2003 que falleció Regla Jiménez, la eterna alcaldesa de Espartinas, telefoneé al gabinete de don Manuel Fraga a la sede de la Presidencia de la Xunta de Galicia para recabar sus recuerdos sobre la figura de una fraguista consumada. No tenía mucha esperanza en que el padre natural de la derecha española se pusiera al teléfono. Dos días después del funeral, sonó mi móvil cuando viajaba en un autobús de Tussam. “Buenos días, le paso a don Manuel Fraga unos minutos”. Me bajé apresuradamente, entré en la Facultad de Económicas, supliqué un bolígrafo al conserje, saqué una propaganda que llevaba en el bolsillo, tomé notas en los márgenes de cuanto me dijo aquel señor mayor de acento inconfundible. Al salir del patio de la facultad, devolví el bolígrafo al conserje. “Disculpe, es que era don Manuel Fraga”. Yel buen hombre me miró con la desconfianza con la que se mira a un desequilibrado al que se quiere tener cuanto más lejos mejor. Fraga devolvía las llamadas. Sin intermediarios. Sin darse importancia. Sin escrutar previamente con quién iba a mantener una conversación. Y lo hacía, sencillamente para homenajear a una alcaldesa de un pueblo del Aljarafe.
La actual ministra de Empleo, Fátima Báñez (San Juan del Puerto, Huelva, 1967), también devuelve los mensajes porque es de esas personas hiperactivas a las que les gusta ser secretarias de sí mismas. Y no es que los devuelva rápido a sus amigos que están en el machito:Soraya Sáenz de Santamaría, Álvaro Nadal, Cristóbal Montoro o José Luis Ayllón. Se los devuelve también a sus queridos Perico Rodríguez o Adolfo González. Hay concejales de la oposición o alcaldes de medio pelo incapaces de gestionar su propio teléfono móvil y que han pretendido gobernar una ciudad.

–Si a Fátima le mandas un whatsapp tarda, como mucho, pero como mucho, dos horas en darte una contestación.

El Partido Popular en Andalucía es una creación de un señor llamado Javier Arenas. Todos los rostros principales de la formación proceden de la factoría de este político que tiene más vidas que un gato y más recorrido que el C-2 los días de Feria. Cada vez que lo dan por muerto, la realidad es que estaba de parranda, que quiere decir que estaba preparando los congresos con anticipación para no dejar un cabo suelto. Arenas ha sobrevivido a todos los dirigentes nacionales del PP y ha condicionado (y condiciona) a los que le han sucedido en distintas etapas. Un mérito suyo, incuestionable, es haber ido haciendo una plantilla de dirigentes andaluces políticamente centrados, haber presentado listas en pueblos donde el centro-derecha no se comía un rosco, o donde los vecinos más conservadores votaban al PSOE ante la falta de una lista del PP. Arenas fue quitando caciques y señoritos de la antigua Alianza Popular y fue reclutando empresarios, tenderos o estudiantes universitarios para abrir sedes y conformar listas electorales desde Pulpí hasta Ayamonte. Arenas ficha, descubre promesas y trata de moldearlos a su imagen y semejanza. El resultado, como se puede comprender, es dispar.

Como veedor de jóvenes valores, un día se fijó en una chica de Huelva, Fátima Báñez, que le presentó Matías Conde, presidente provincial en los años 90. Arenas apostó por ella porque reunía lo que buscaba para el PP andaluz: joven, mujer y sobradamente preparada. Báñez había cursado la doble formación de Derecho y Económicas de ICADE. Fue aupada en poco tiempo al Consejo de Administración de la RTVA, donde también estaba José Luis Sanz, otro cachorro de Arenas que ejercía también por aquel entonces de coordinador de la presidencia regional del partido. Arenas tampoco tenía muchas plazas fuertes que ofrecerle a Báñez, pues el PP andaluz carecía prácticamente de puestos relevantes. Tras dos intentos frustrados por alcanzar la Presidencia de la Junta, Arenas se marchó a Madrid para ser ministro de Trabajo con Aznar en 1996. El lince de Olvera cedió entonces la presidencia regional del partido a la gaditana Teófila Martínez, que también se quedó encantada con Báñez, esa joven formal, culta y de familia más que acomodada. Teófila la nombró coordinadora de su presidencia.

Báñez se convierte entonces en el pañuelo de lágrimas de la presidenta andaluza. ¿Por qué lloraba Teófila? Por los palos en la rueda que Javié le ponía desde Madrid continuamente para dejar claro quién seguía siendo –por control remoto– el factótum del centro-derecha andaluz. Para ayudar a Javier estaba también Antonio Sanz en el puesto de secretario general, siempre leal a Javié desde cualquier destino. Teófila ejercía una suerte de presidencia monitorizada desde Madrid por Arenas y fiscalizada por Sanz desde la misma sede regional de la calle San Fernando. Si Teófila convocaba un acto en Cádiz el sábado por la mañana, el ministro Arenas se anunciaba en otro en Córdoba a la misma hora. Si Teófila montaba una intermunicipal en Carmona, el ministro Arenas se reunía con empresarios en los salones de Antares en Sevilla. Agendas paralelas, contraprogramación evidente. Y, claro, los peces gordos preferían estar junto al ministro. Arenas se llevaba el boato y el minuto de telediario. Arenas fue labrando su fama de mejor ministro de Trabajo de la democracia y filtrando hábilmente la archiconocida historia del día que se encontró la hucha de las pensiones con telarañas y, cómo no, con sus esfuerzos y gestiones logró pagar en fecha a todos los pensionistas del reino de España.

Arenas nunca se lo puso fácil a Teófila. Y Teófila se consolaba en el hombro de aquella muchacha eficaz y discreta, más inteligente que lista, risueña con todos. Ocho años de lamentos, ocho sabiéndose una presidenta interina. ¿Cuándo le reconocerá el PP su sacrificio a Teófila Martínez? Nunca. Pocas como Fátima Báñez fueron testigos de cuánto penó aquellas gaditana que se pegó dos trastazos electorales en las urnas autonómicas. Teófila pudo haber sido ministra, embajadora o lo que hubiera querido. Y acabó bailando con la presidencia del PP andaluz: la más fea del salón de danza de la política.

En 2004 se produce el retorno repentino del Jedi Arenas a la política andaluza en el halcón milenario de AVE junto a Juan Ignacio Zoido. El PP cae en depresión tras perder el gobierno por los atentados del 11-M. Teófila deja la presidencia regional en favor de Arenas, quien convierte a Zoido en el secretario general. El magistrado pasa de no estar afiliado al PP a ser nada menos que secretario general en el transcurso de una junta directiva manejada al antojo de Arenas en el Hotel Sevilla Center. El poder del índice de Javié era certero. Fátima Báñez abandona la estructura regional y se ve de diputada nacional en Madrid, de nuevo junto a Teófila, en un Grupo Popular anímicamente abatido, cariacontecido como el rostro de Acebes, y con un portavoz correoso como Zaplana, el señor de los nudos de corbata perfectos. El PP tenía que reinventarse en la Carrera de San Jerónimo, levantarse tras el mazazo de haber perdido la Moncloa cuando se daba por garantizada. Báñez, una vez más, es valorada por quien ejerce el mando en ese momento. Tiene la virtud de ganarse con cierta rapidez la confianza del que está arriba. Entra en la dirección del Grupo Popular y, cuando Rajoy sustituye al correoso Zaplana en la portavocía del grupo por la desconocida Soraya Sáenz de Santamaría, comienza quizás la etapa más apasionante para la onubense. En esos años duros congenia con Cristóbal Montoro, retornado del Parlamento Europeo. Pocos confían entonces en las aptitudes de Soraya, cierta prensa de Madrid cuestiona su capacidad de liderazgo en un grupo político cargado de pesos pesados del aznarismo. Báñez se metió en el núcleo duro de Soraya, la apoyó y ahí sigue.

Muchos entienden que Soraya y Báñez son un tándem perfecto. Hay una diferencia importante entre las dos. Soraya no conoce el PP como sí lo controla Báñez. Es probable que sea porque la andaluza es muchísimo más cariñosa y pronuncia menos eses distantes. La onubense ha sembrado entre los afiliados, se ha ganado el afecto mayoritario y se ha esforzado en tener una noción clara de las entrañas del partido. Báñez es una hormiguita trabajadora, mientras Soraya es la tecnócrata incuestionable. Si fueran papisas, Báñez sería como el argentino Francisco, y Soraya como el alemán Ratzinger. Aquella chica que Arenas descubrió en el 96 ha terminado por quitarle el título de mejor ministro de Trabajo, una distinción que le han atribuido a Arenas una buena ristra de cargos del PP en esos actos de consumo interno, donde los elogios fáciles se lanzan desde el atril como petaladas huecas, donde se reparten abrazos sonoros y se dan pellizcos en las mejillas.

Báñez se ha subido al podio de la política pese a la crisis, pese a los seis millones de parados, pese a la irrupción de nuevos partidos amenazando los cimientos del bipartidismo, que pretenden dinamitar el espíritu de la Transición, pese a la reforma laboral y la de las pensiones, y pese a que pocos daban un duro por ella cuando Rajoy la puso al frente del ministerio más ingrato. No hay nadie que haya durado tanto en un ministerio tan árido, un sillón del que se suele salir achicharrado. Ni la reforma laboral más polémica ha lastrado su fama. Dicen que a Báñez la ha salvado el enorme paraguas que abre cuando estalla cada polémica, que tiene esa habilidad como dicen que tiene un defecto: ser ingenua, demasiado buena gente y no guardar rencor con quien le ha jugado una mala pasada. Feminista sin militar en la ideología de género, austera en el vestir, rociera sin complejos y aficionada a la coca-cola zero con una tapa en cualquier bar de Madrid de los que ofrecen los calamares aneumaticados arrullados en una vitrina.

La vida son los veranos en Islantilla, donde recibe a Soraya algunos agostos, y una casa en Pozuelo de Alarcón (Madrid) dotada con las últimas tecnologías. Dicen que la ministra no solo da órdenes en el Ministerio, también en el hogar: “Persiana sube”. Y la persiana de la residencia de La Finca se eleva. Domótica se llama. La vida es vivir siendo ministra en sesión continua. Desayuna con los hijos y a la calle. La vida son los fines de semana por toda España por razones del cargo. No se procura una agenda cómoda cerca de Pozuelo para los sábados y domingos. Si hay que ir a Santiago, Santander o Sevilla, se va. Sabe que algún día le pueden pedir que asuma el reto andaluz y eso sería un verdadero vuelco en su esquema de vida, arraigado en la capital de España. “No quiere Andalucía ni en pintura”, aseguran quienes la tratan y estiman. La infancia son recuerdos de San Juan del Puerto y de estar acostumbrada desde muy joven a crecer en autonomía por sus años de interna en Huelva y posteriormente en Madrid. La vida es haber pasado por la empresa privada antes que por la política, es haber batido el récord de iniciativas presentadas en la IX legislatura. Es sentir orgullo por haber sido ponente de la reforma del Estatuto de Autonomía de Andalucía hace ahora diez años. La vida son viajes en el AVE de charlas largas con diputados como el sevillano Adolfo González, o sus amigos hispalenses Ricardo Tarno y José Luis Sanz. Tiene por norma un lema: “La ministra responde”. Y es como una orden dada a sí misma. Como a la persiana: “Persiana baja”. Y se hace la sombra.