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Otro Bretón es posible

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

JAIME BRETÓN

HASTA el pasado domingo estuvo expuesto en la Plaza Nueva un antiguo autobús de Tussam de color naranja, de los que circularon por Sevilla hasta que Monteseirín los sustituyó por vehículos coloraos. O, según la terminología cursi, de color carmesí. Las nuevas generaciones no conocieron esos horripilantes autobuses cítricos de los años 90. La denominada Semana de la Movilidad ha sido en realidad la semana de recordar el tiempo vivido, como quien dice, hace un cuarto de hora. Al ver ese autobús, algunos tuvimos que decir lo que Belmonte: “La verdad es que yo he nacido esta mañana”. Parecía que de la escalinata principal del Ayuntamiento iban a bajar Soledad y Alejandro, Alejandro y Soledad, con el pacto de gobierno reeditado. Y junto a la alcaldesa estaba el niño Bretón sonriente, todopoderoso, pujante, ambicioso, arrollador desde sus tiempos de recién afiliado. Jaime Bretón Besnier (Jerez, 1966) era eso: el niño de Arenas y el niño de Soledad, era la gran promesa del centro-derecha sevillano, el joven que tenía un crédito ilimitado en los medios de comunicación, hasta que un día cambiaron las tornas como los autobuses cambiaron de color. Del rosa al amarillo, del naranja al colorao, del color del presente al sepia del ayer.

Bretón se mueve hoy en los platós de la RTVA como lo hacía en los años 90 por los despachos de la Plaza Nueva y del PP hispalense. Como pez en el agua, como barca por la ría de la Plaza de España. El hijo de un funcionario del Ministerio de Agricultura fue concejal con sólo 21 años. A partir de ahí vendría un rosario de cargos municipales: desde la portavocía del grupo político a la delegación de Fiestas Mayores, de delegado de distrito a responsable de los mercados de abasto y del cementerio. Y, también, el enlace secreto del PP con los socios de gobierno del Partido Andalucista. Cuando la alcaldesa Soledad ya no soportaba más la sombra alargada de Alejandro Rojas-Marcos, el niño Bretón era el único del PP que acudía a la copa de Navidad que el andalucista convocaba en su célebre casa de la calle Castelar, donde tantos capítulos decisivos para la ciudad se han escrito durante décadas.

Antes de ser un llanero solitario por las emisoras públicas de Andalucía, una suerte de Aroca de derechas, este Bretón vivió su orto y ocaso en el ruedo municipal y, después, una travesía tan dulce como gris en la Oficina del Defensor del Pueblo Andaluz. Su despacho de la calle Reyes Católicos, amplio y luminoso, fue un prematuro retiro dorado a la sombra del cura Chamizo.

–¿Pero Pepe es cura?
–Sí, lo es. Y escritor.
–¿Y ahora qué hace?
–Sigue en sus líos, en su ONG y con sus historias sociales.

Atrás quedó esa vida municipal que condujo a Bretón al éxito prematuro, al estrellato efímero, a la condición de pujante valor de una formación que ya sufría en Andalucía la intratable hegemonía del PSOE. Bretón se pasó diez años firmando papeles por las mañanas, expedientes de quejas de oficio de asuntos de educación, y estudiando italiano y cultivando otras aficiones por las tardes. Trabajaba en una mesa ordenada, pulcra, y con una evidente obsesión por los horarios, propia de un estilo metódico que casa mal con el caos que lastra la política de hoy. Dicen que el cura Chamizo le tendió una pequeña trampa cuando le coló entre los expedientes su dimisión como adjunto. Bretón la firmó sin prestar mayor atención.

Bretón se refugió en el Defensor para, ironías del destino, ponerse a cubierto de sus propios destellos. Se convirtió en una especie de canónigo del PP, con derecho a sitial fijo en el coro de cargos. El personal se preguntaba qué fue de aquel concejal que portaba el Pendón en las solemnidades, qué había ocurrido de puertas para adentro. Cuentan que un día perdió la ambición, se acercó al burladero del partido, pidió el estoque de matar y acabó con el toro de su etapa municipal de dos golletazos. Se terminó. Silencio. Bretón sabe tela de los silencios de Sevilla. Sí, Sevilla guardó ese silencio que es marca de la casa, sello de su heráldica. El niño Bretón se fue, se esfumó de las páginas locales de los periódicos durante un tiempo. Su inconfundible dicción en las presentaciones de los pregoneros de Semana Santa quedó para el recuerdo de los capillitas que lo tuvieron como referencia municipal. Algunas leyendas corrieron –¡cómo no!– por esa ciudad tan aficionada a la voz baja, a la fabricación de ángeles caídos. Poco más. El juguete de Arenas, de Soledad, de todo el partido, se rompió. ¿Pérdida de confianza, celos de Javié, pelusilla de Soledad? Todos miraban hacia otro lado. La despedida de los periódicos de entonces fue discreta. Clamorosamente cicatera. O notablemente discreta.

Entidades, hermandades, empresas y particulares le siguen debiendo hoy, por ejemplo, disfrutar de una caseta en la Feria. En sus tiempos de concejal no había criterios establecidos de reparto. Bretón podía adjudicarlas a dedo como antes lo había hecho el socialista Manuel Fernández Floranes.

Bretón era, es y siempre será la figura enjuta del PP de los años 90. Sigue teniendo la juventud de los eternos delfines. Goza de sitio reservado en el banco de los que un día fueron presidentes provinciales, cuenta con ese espacio acotado en las vitrinas del partido. Muchos recuerdan con agrado su facilidad para gestionar asuntos de la vida municipal, sobre todo cuando había que acelerar algún entierro en el cementerio de San Fernando y tocaba negociar con la lenta burocracia en momentos de especial delicadeza. O cuando Soledad le encargaba el muerto, nunca mejor dicho, de atender la petición de un famoso para tener un panteón propio en el camposanto.

La infancia y la adolescencia son recuerdos de las aulas del colegio Nuestra Señora del Andévalo, en la Huerta de Santa Teresa, y del Instituto Martínez Montañés, donde tenía de compañero de clase al líder del grupo musical Reincidentes. El niño Bretón era de los que se presentaban a delegado, un echado para adelante, con vocación pública desde muy pronto. La vida son evocaciones de un mozalbete de 18 años que acude a afiliarse a Alianza Popular y se convierte rápidamente en un mirlo blanco en las filas de un partido que no se caracterizaba por su capacidad para atraer jóvenes. Eran los años ochenta y este niño se hace con las riendas de Nuevas Generaciones y se inventa la entrega de premios a personajes de la sociedad civil para hacer ruido, llamar la atención de los medios. Y lo consigue. Vive la transición de la presidencia de Pedro Albert a la de Ricardo Mena-Bernal. Aquellas juventudes fueron muy influyentes para decidir quién asumiría la presidencia provincial del partido. La vida es cocinar pasta y usar mucho las princeps, preparar las cenas de casa con el inconfundible sello de un gourmet, sin excesos ni empachos, todo medido, muy calculado. Los veranos son recuerdos de la casa de su tía en Fuentebravía (El Puerto de Santa María). Y, por supuesto, la vida es apuntarse al Silencio en una época dorada para la Juventud Nazarena, la de Juan Delgado Alba como hermano mayor. En aquellos comienzos de los años 80 frecuentaban la cofradía el hoy sacerdote Pablo Colón y el hoy senador Toni Martín Iglesias.

Bretón no tiene coche. En cierta manera desprecia los automóviles. Prefiere gastar sus dineros en otras aficiones que predican un gusto loable y refinado, como las figuras para sus Nacimientos. Bretón vive la Navidad desde el verano. Prepara las Pascuas con meticulosidad. La Navidad es junto a la Semana Santa su gran pasión. Dicen que en agosto le han visto hacer compras con vistas a la Navidad. Le gusta pedirse de descanso los días previos a la Nochebuena para vivirlos con intensidad. En su casa ha organizado muchos años las visitas por grupos a su imponente Belén con estadillo horario perfectamente organizado, con derecho a merienda de productos de La Despensa de Palacio si los turnos asignados son los de media tarde.

De niño promesa a tertuliano. De expuesto en los medios de comunicación con poco más de veinte años a político refugiado en la sede del Defensor. De presidente provincial del partido a ariete de la derecha en la televisión pública andaluza. De apartado de la vida pública a ser la cuota mediática del PP en La Nuestra. De buscar gente para llenar los mítines de Aznar en Los Remedios a cerrar las puertas del auditorio de la Cartuja porque ya no se cabe. De la sede de General Polavieja a la de Rioja.

Treinta años demuestran que otro Bretón siempre es posible. Su gran mérito es haberse reinventado, aguantar más que un buzo debajo de aguas embravecidas, incluso cuando algunos amigos le reprochaban su capacidad de espera de nuevos destinos. Su ausencia de complejos le ha llevado a pedir cada vez que la ha necesitado la ayuda del partido o de amigos influyentes. El partido, esa estructura cambiante que engulle las figuras políticas y carece de memoria, lo ha repescado siempre. Pedid y se os dará, ora en un despacho de la sede regional, ora en la Diputación. El custodio de los valores del centro-derecha de los años 90 ha demostrado una capacidad notable para sobrevivir. “Vas a durar más en el PP que Jaime Bretón”, dicen algunos que lo tienen como vara de medir.

Este sibarita navegó en el barco de Álvarez Colunga. Cultiva su relación con Carlos Herrera, como la cuidó con Francisco Giménez Alemán. Tiene muchos cuadros de Juan Roldán y de Ricardo Suárez. Una vez acabó harto de estar tantos días seguidos en Florencia. La estancia de un mes en la capital italiana le resultó interminable. Saludó al Papa Juan Pablo II a los pies de la Giralda en 1993. Le tocó lidiar la crisis del Gran Poder a su paso por una Plaza de la Gavidia tomada por el golferío nocturno, precedente más próximo a la Madrugada amenazada que ha llegado a nuestros días. Tuvo un bar en Nervión junto a otros socios: el Tucker. Su figura alta, delgada y que revela ciertos achaques de espalda se ha divisado siempre como tradicional en las reuniones del PP desde hace casi veinte años. Trató mucho al recordado Alberto Jiménez Becerril, que de alguna forma lo sustituyó como figura prometedora en el Ayuntamiento hasta que cayó asesinado junto a su mujer en la calle Don Remondo, la calle donde siempre hace frío desde aquel enero de 1998.

Bretón sembró envidias cuando aparecía en los medios de comunicación por la belleza de sus belenes, por su condición de melómano, o por sus declaraciones como ex concejal, mientras otros cargos del partido se batían el cobre en los barrios. Al final la vida es ir subido a un autobús: naranja o carmesí, de concejal o de defensor, de consejero audiovisual o de asesor de la Diputación. Pero siempre subido. Y aplicar el lema de Tussam: déjate llevar. Los noventa fueron ayer. O esta mañana, como diría el Pasmo.

Tengo un argumento para usted

Carlos Navarro Antolín | 2 de julio de 2017 a las 5:00

Juan Carlos Blanco

EL catedrático fue enérgico aquel día. En respuesta al uso creciente de las nuevas tecnologías y de dispositivos aplicados a la docencia, que pocos años antes hubieran sido tomados como una muestra de locura, el viejo profesor zanjó cualquier debate con una sentencia rotunda: “Los buenos alumnos se defienden escribiendo mucho en el examen, con mucha tinta, como los calamares”. Ni pruebas tipo test, ni prácticas para sustituir los ejercicios de razonamiento por escrito. Se trataba de escribir, exponer, argumentar, relacionar hechos, demostrar que se controlaba la doctrina de varios autores y la del propio catedrático. Inventos, los precisos. Con los políticos ocurre algo muy parecido. Tienen que demostrar locuacidad, capacidad de razonamiento, sagacidad verbal, dominio de los asuntos que son de su competencia y hasta de los que escapan a su jurisdicción. Si se adolece de falta de argumentario, hay que saber adquirirlo fuera. Si no se tiene capacidad para explicar lo sabido y convencer, hay que externalizar los servicios.

Juan Carlos Blanco de la Cruz (Ginebra, Suiza, 1967) siempre tiene un argumento para usted. Es el calamar de la oratoria. Mucha tinta, mucha labia, mucha voz. Escribe textos que se leen cuesta abajo. Y elabora argumentarios que son platos combinados de actualidad pasada por la parrilla de San Telmo con guarnición variada de pedagogía y didactismo, con la sal del optimismo vitalista y la pimienta de eso que se llama comunicación política o comunicación institucional, según convenga.

La vida lo llevó por la radio y la prensa escrita mucho antes de ser lo que es hoy: el portavoz del gobierno andaluz en un período delicado para su presidenta. La verdad es que Blanco nunca hablaría de coyuntura delicada. Calificaría de reto cualquier momento difícil y vería una oportunidad en todo período de crisis. Susana Díaz ha tenido que replegar sus tropas y retirarse a Andalucía tras el frustrado asalto a Ferraz. No hay problema, este Juan Carlos Blanco verá la parte positiva: la dirigente andaluza se humaniza al perder, genera afectos en una sociedad que empatiza con los derrotados, y amabiliza su figura tantas veces presentada con perfiles duros. ¿Se dan cuenta? El argumentario está hecho, sólo hay que exponerlo. Sólo hay que hacer el calamar. Mucha tinta, mucha labia. Es fácil: la derrota no hunde a nadie, suaviza las aristas.

Este licenciado en Derecho es un gran conversador tanto como un gran conservador. Se ha pasado su vida a la búsqueda del centro político. Lo suyo siempre fue lamentar no haber vivido en directo los tiempos de la UCD y añorar el CDS como la opción de centro que necesitaba una nación como España, tan aficionada a los pendulazos. Criado en el barrio de Los Remedios, socio del Mercantil, cada año más aficionado a la Semana Santa, algunas veces se le ha visto en los tendidos de sombra de la plaza de toros. Su interior está sociológicamente decorado con los hábitos de la derecha. Su fachada exterior está pintada ahora con los colores del PSOE. La misma semana recibió las ofertas de trabajo del equipo de Susana Díaz y del de Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz. Al final pudo más en su conciencia la adscripción al partido que tradicionalmente hace de las políticas sociales su estandarte.

No milita, pero se compromete. Navega entre la comunicación y el periodismo. Dice que no tiene enemigos. De acuerdo, pero sí tiene una legión de envidiosos a la que ahora se suma el ejército de pelotas que lampan por estar próximos al poder establecido. Los envidiosos son potenciales enemigos a los que conviene alimentar cada mañana como a los canarios, a los que hay que poner su poquito de agua, su puñadito de alpiste y su ramita de perejil para que sigan felices en la jaula de la mediocridad. Ocurre que este periodista metido a portavoz nunca reconoce la existencia de enemigos, se autoaplica una suerte de terapia por la que prefiere pensar que todo el mundo es bueno. En el fondo sabe y tiene muy claro que no es así. Como dice el doctor Rodríguez Sacristán, la maldad humana existe. Pero Blanco se hace el sueco. Y silba. Los malajes hispalenses le provocan cierto rechazo, aunque procura disimularlo, tanto como los opinadores contundentes que no dan lugar a debate, que no le dejan libre una rendija donde colar alguno de sus argumentos. En esos momentos tira de paciencia. Porque este vecino del centro es más paciente que un usuario del C-2.

Sonó con fuerza para dirigir la RTVA, donde llegó a trabajar en sus inicios y donde después se perdieron contar con su colaboración como contertulio. Alguna quizás se arrepiente hoy de no haberle dado el sitio. Tiene pendiente un curso sobre cómo hacerse el nudo de corbata. Es de los que un día se declararon abstemios para siempre después de haber vivido sus buenas ferias. Si se tiene en cuenta su alergia al pelo de caballo y su aversión al alcohol, dicen que pasar un día de Feria con Blanco es todo un ejemplo de equilibrio emocional. Es un gran cliente de Emasesa y de las botellitas de agua mineral, de las que bebe poquito a poco, como recomiendan los médicos para estar bien hidratado.

En los años noventa se decía que Juan Carlos Blanco era el doble del juez Garzón, antes de que al magistrado le dieran varios golpes de bimba y se le avinagrara el carácter, claro está. Este portavoz del gobierno tiene un perfil poco conocido de humorista. Tiene una innegable habilidad para imitar a personajes públicos, una faceta donde demuestra su capacidad para fijarse y reproducir tonos de voces y ademanes.

La vida son recuerdos de un joven especialmente travieso, calificado de verdadero trasto y alma inquieta. Muy inquieta. De aquella frenética actividad adolescente ha quedado quizás un viajero hiperactivo que prefiere conocerse todos los pueblos de una comarca antes que apostar por una estancia tranquila y permanente en sólo uno. Siempre en movimiento, siempre programando, siempre alerta. Devorador de libros y de periódicos en formato digital. La vida es el dedo índice ajustando el puente de las gafas, una mesa de pocos papeles, pero con cierto desorden; un andar con cierta dejadez en brazos y piernas, una actitud entusiasta por los asuntos sustanciales de la vida y un uso continuo de las redes sociales. La vida es pasar de la Suiza natal al País Vasco, después a Tánger y finalmente a Andalucía. La vida es licenciarse en Derecho por amor a su madre. La vida es perder la templanza y toda muestra de equilibrio cuando al Real Madrid le meten un gol. En esos casos experimenta un proceso de transformación radical donde la búsqueda del centro político se torna en una quimera. Parece poseído por el diablo durante unos instantes. La vida es recibir en la redacción del periódico a principios de los años noventa una llamada telefónica con un inicio muy singular: “¿Juan Carlos? ¿Eres tú, canijo? ¡Soy Susana, la concejal!”. Y, en efecto, era la muy trianera edil de Juventud, que promovía un botellódromo en la Cartuja por aquellos tiempos en los que San Telmo quedaba lejos, muy lejos.

El lenguaje sencillo para hablar y para escribir. El calamar siempre en guardia. El argumentario preparado. La prudencia en público, la acidez en privado. El empleo de los términos exactos para calificar unos hechos. El dardo en la palabra. Un seguidor de Lázaro Carreter en el viejo San Telmo. Uno de sus temas favoritos son los nuevos modelos de negocio en la información. Cuánto durarán los periódicos, hacia dónde irá internet, cómo evolucionarán los hábitos sociales de consumo de la información. Juan Carlos Blanco tiene un argumento para usted sobre cada uno de estos enigmas de futuro. Si le pregunta sobre estos temas, agárrese porque vienen curvas. Por el momento mantiene intacta la salud mental y no se ha contagiado en sus intervenciones y escritos del todos y todas, los andaluces y las andaluzas, las arrobas y otras gaitas del escaparatismo verbal de la ideología de género imperante.

En el vestir es como un árbol de Navidad: se cuelga lo que ponen. Estilo ortodoxo: de sota, caballo y rey. Pantalón chino, camisas formales y chalecos de cuello de pico. También es aficionado a los náuticos de suela gorda. Cualquier día, al llegar a la Puerta de Jerez, se mete en la sede regional del PP en vez de seguir hacia San Telmo y el conserje de la calle San Fernando le da los buenos días con toda naturalidad. Es capaz de llevar la comunicación institucional de un mastodonte como la Junta de Andalucía, pero incapaz de controlar su propia cuenta del banco. En asuntos domésticos recibe un cero patatero. Nadie podrá dudar de su honradez. De algún mullido sillón se ha marchado con premura antes de estampar una firma que le hubiera conducido al corredor de los imputados. Ha preferido perder ciertos abrigos antes que correr riesgos seguros. Para abrigarse ya tiene chaquetas de pana fina y camisas azules de tonalidad ‘congresista del PP’.

Vive enganchado a las redes. Se sienta en el consejo de gobierno de la Junta. Con voz pero, por fortuna, sin voto. El cardenal Amigo, hijo predilecto de Andalucía, siempre dice que si se le rasca la sotana púrpura aparece el hábito franciscano de cardenal. A Juan Carlos Blanco se le rasca el traje de portavoz y aparece el bañador de veraneante de La Antilla dispuesto a debatir con usted sobre el futuro del mundo de la comunicación. A poner en sus manos un enjambre de estudios, opiniones, análisis y discursos sobre el tema. Piquito de oro, analista consumado, calamar que derrocha tinta.

La ministra responde

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

FÁTIMA BAÑEZ
HAY gente que se da importancia llegando tarde a las citas, haciendo esperar a los convocados o simplemente dejando sin respuesta los mensajes de teléfono móvil. Otra gente remite a intermediarios para dar un capotazo:secretarias, jefes de gabinete, responsables de prensa o cualquier suerte de colaborador a sueldo. El día de 2003 que falleció Regla Jiménez, la eterna alcaldesa de Espartinas, telefoneé al gabinete de don Manuel Fraga a la sede de la Presidencia de la Xunta de Galicia para recabar sus recuerdos sobre la figura de una fraguista consumada. No tenía mucha esperanza en que el padre natural de la derecha española se pusiera al teléfono. Dos días después del funeral, sonó mi móvil cuando viajaba en un autobús de Tussam. “Buenos días, le paso a don Manuel Fraga unos minutos”. Me bajé apresuradamente, entré en la Facultad de Económicas, supliqué un bolígrafo al conserje, saqué una propaganda que llevaba en el bolsillo, tomé notas en los márgenes de cuanto me dijo aquel señor mayor de acento inconfundible. Al salir del patio de la facultad, devolví el bolígrafo al conserje. “Disculpe, es que era don Manuel Fraga”. Yel buen hombre me miró con la desconfianza con la que se mira a un desequilibrado al que se quiere tener cuanto más lejos mejor. Fraga devolvía las llamadas. Sin intermediarios. Sin darse importancia. Sin escrutar previamente con quién iba a mantener una conversación. Y lo hacía, sencillamente para homenajear a una alcaldesa de un pueblo del Aljarafe.
La actual ministra de Empleo, Fátima Báñez (San Juan del Puerto, Huelva, 1967), también devuelve los mensajes porque es de esas personas hiperactivas a las que les gusta ser secretarias de sí mismas. Y no es que los devuelva rápido a sus amigos que están en el machito:Soraya Sáenz de Santamaría, Álvaro Nadal, Cristóbal Montoro o José Luis Ayllón. Se los devuelve también a sus queridos Perico Rodríguez o Adolfo González. Hay concejales de la oposición o alcaldes de medio pelo incapaces de gestionar su propio teléfono móvil y que han pretendido gobernar una ciudad.

–Si a Fátima le mandas un whatsapp tarda, como mucho, pero como mucho, dos horas en darte una contestación.

El Partido Popular en Andalucía es una creación de un señor llamado Javier Arenas. Todos los rostros principales de la formación proceden de la factoría de este político que tiene más vidas que un gato y más recorrido que el C-2 los días de Feria. Cada vez que lo dan por muerto, la realidad es que estaba de parranda, que quiere decir que estaba preparando los congresos con anticipación para no dejar un cabo suelto. Arenas ha sobrevivido a todos los dirigentes nacionales del PP y ha condicionado (y condiciona) a los que le han sucedido en distintas etapas. Un mérito suyo, incuestionable, es haber ido haciendo una plantilla de dirigentes andaluces políticamente centrados, haber presentado listas en pueblos donde el centro-derecha no se comía un rosco, o donde los vecinos más conservadores votaban al PSOE ante la falta de una lista del PP. Arenas fue quitando caciques y señoritos de la antigua Alianza Popular y fue reclutando empresarios, tenderos o estudiantes universitarios para abrir sedes y conformar listas electorales desde Pulpí hasta Ayamonte. Arenas ficha, descubre promesas y trata de moldearlos a su imagen y semejanza. El resultado, como se puede comprender, es dispar.

Como veedor de jóvenes valores, un día se fijó en una chica de Huelva, Fátima Báñez, que le presentó Matías Conde, presidente provincial en los años 90. Arenas apostó por ella porque reunía lo que buscaba para el PP andaluz: joven, mujer y sobradamente preparada. Báñez había cursado la doble formación de Derecho y Económicas de ICADE. Fue aupada en poco tiempo al Consejo de Administración de la RTVA, donde también estaba José Luis Sanz, otro cachorro de Arenas que ejercía también por aquel entonces de coordinador de la presidencia regional del partido. Arenas tampoco tenía muchas plazas fuertes que ofrecerle a Báñez, pues el PP andaluz carecía prácticamente de puestos relevantes. Tras dos intentos frustrados por alcanzar la Presidencia de la Junta, Arenas se marchó a Madrid para ser ministro de Trabajo con Aznar en 1996. El lince de Olvera cedió entonces la presidencia regional del partido a la gaditana Teófila Martínez, que también se quedó encantada con Báñez, esa joven formal, culta y de familia más que acomodada. Teófila la nombró coordinadora de su presidencia.

Báñez se convierte entonces en el pañuelo de lágrimas de la presidenta andaluza. ¿Por qué lloraba Teófila? Por los palos en la rueda que Javié le ponía desde Madrid continuamente para dejar claro quién seguía siendo –por control remoto– el factótum del centro-derecha andaluz. Para ayudar a Javier estaba también Antonio Sanz en el puesto de secretario general, siempre leal a Javié desde cualquier destino. Teófila ejercía una suerte de presidencia monitorizada desde Madrid por Arenas y fiscalizada por Sanz desde la misma sede regional de la calle San Fernando. Si Teófila convocaba un acto en Cádiz el sábado por la mañana, el ministro Arenas se anunciaba en otro en Córdoba a la misma hora. Si Teófila montaba una intermunicipal en Carmona, el ministro Arenas se reunía con empresarios en los salones de Antares en Sevilla. Agendas paralelas, contraprogramación evidente. Y, claro, los peces gordos preferían estar junto al ministro. Arenas se llevaba el boato y el minuto de telediario. Arenas fue labrando su fama de mejor ministro de Trabajo de la democracia y filtrando hábilmente la archiconocida historia del día que se encontró la hucha de las pensiones con telarañas y, cómo no, con sus esfuerzos y gestiones logró pagar en fecha a todos los pensionistas del reino de España.

Arenas nunca se lo puso fácil a Teófila. Y Teófila se consolaba en el hombro de aquella muchacha eficaz y discreta, más inteligente que lista, risueña con todos. Ocho años de lamentos, ocho sabiéndose una presidenta interina. ¿Cuándo le reconocerá el PP su sacrificio a Teófila Martínez? Nunca. Pocas como Fátima Báñez fueron testigos de cuánto penó aquellas gaditana que se pegó dos trastazos electorales en las urnas autonómicas. Teófila pudo haber sido ministra, embajadora o lo que hubiera querido. Y acabó bailando con la presidencia del PP andaluz: la más fea del salón de danza de la política.

En 2004 se produce el retorno repentino del Jedi Arenas a la política andaluza en el halcón milenario de AVE junto a Juan Ignacio Zoido. El PP cae en depresión tras perder el gobierno por los atentados del 11-M. Teófila deja la presidencia regional en favor de Arenas, quien convierte a Zoido en el secretario general. El magistrado pasa de no estar afiliado al PP a ser nada menos que secretario general en el transcurso de una junta directiva manejada al antojo de Arenas en el Hotel Sevilla Center. El poder del índice de Javié era certero. Fátima Báñez abandona la estructura regional y se ve de diputada nacional en Madrid, de nuevo junto a Teófila, en un Grupo Popular anímicamente abatido, cariacontecido como el rostro de Acebes, y con un portavoz correoso como Zaplana, el señor de los nudos de corbata perfectos. El PP tenía que reinventarse en la Carrera de San Jerónimo, levantarse tras el mazazo de haber perdido la Moncloa cuando se daba por garantizada. Báñez, una vez más, es valorada por quien ejerce el mando en ese momento. Tiene la virtud de ganarse con cierta rapidez la confianza del que está arriba. Entra en la dirección del Grupo Popular y, cuando Rajoy sustituye al correoso Zaplana en la portavocía del grupo por la desconocida Soraya Sáenz de Santamaría, comienza quizás la etapa más apasionante para la onubense. En esos años duros congenia con Cristóbal Montoro, retornado del Parlamento Europeo. Pocos confían entonces en las aptitudes de Soraya, cierta prensa de Madrid cuestiona su capacidad de liderazgo en un grupo político cargado de pesos pesados del aznarismo. Báñez se metió en el núcleo duro de Soraya, la apoyó y ahí sigue.

Muchos entienden que Soraya y Báñez son un tándem perfecto. Hay una diferencia importante entre las dos. Soraya no conoce el PP como sí lo controla Báñez. Es probable que sea porque la andaluza es muchísimo más cariñosa y pronuncia menos eses distantes. La onubense ha sembrado entre los afiliados, se ha ganado el afecto mayoritario y se ha esforzado en tener una noción clara de las entrañas del partido. Báñez es una hormiguita trabajadora, mientras Soraya es la tecnócrata incuestionable. Si fueran papisas, Báñez sería como el argentino Francisco, y Soraya como el alemán Ratzinger. Aquella chica que Arenas descubrió en el 96 ha terminado por quitarle el título de mejor ministro de Trabajo, una distinción que le han atribuido a Arenas una buena ristra de cargos del PP en esos actos de consumo interno, donde los elogios fáciles se lanzan desde el atril como petaladas huecas, donde se reparten abrazos sonoros y se dan pellizcos en las mejillas.

Báñez se ha subido al podio de la política pese a la crisis, pese a los seis millones de parados, pese a la irrupción de nuevos partidos amenazando los cimientos del bipartidismo, que pretenden dinamitar el espíritu de la Transición, pese a la reforma laboral y la de las pensiones, y pese a que pocos daban un duro por ella cuando Rajoy la puso al frente del ministerio más ingrato. No hay nadie que haya durado tanto en un ministerio tan árido, un sillón del que se suele salir achicharrado. Ni la reforma laboral más polémica ha lastrado su fama. Dicen que a Báñez la ha salvado el enorme paraguas que abre cuando estalla cada polémica, que tiene esa habilidad como dicen que tiene un defecto: ser ingenua, demasiado buena gente y no guardar rencor con quien le ha jugado una mala pasada. Feminista sin militar en la ideología de género, austera en el vestir, rociera sin complejos y aficionada a la coca-cola zero con una tapa en cualquier bar de Madrid de los que ofrecen los calamares aneumaticados arrullados en una vitrina.

La vida son los veranos en Islantilla, donde recibe a Soraya algunos agostos, y una casa en Pozuelo de Alarcón (Madrid) dotada con las últimas tecnologías. Dicen que la ministra no solo da órdenes en el Ministerio, también en el hogar: “Persiana sube”. Y la persiana de la residencia de La Finca se eleva. Domótica se llama. La vida es vivir siendo ministra en sesión continua. Desayuna con los hijos y a la calle. La vida son los fines de semana por toda España por razones del cargo. No se procura una agenda cómoda cerca de Pozuelo para los sábados y domingos. Si hay que ir a Santiago, Santander o Sevilla, se va. Sabe que algún día le pueden pedir que asuma el reto andaluz y eso sería un verdadero vuelco en su esquema de vida, arraigado en la capital de España. “No quiere Andalucía ni en pintura”, aseguran quienes la tratan y estiman. La infancia son recuerdos de San Juan del Puerto y de estar acostumbrada desde muy joven a crecer en autonomía por sus años de interna en Huelva y posteriormente en Madrid. La vida es haber pasado por la empresa privada antes que por la política, es haber batido el récord de iniciativas presentadas en la IX legislatura. Es sentir orgullo por haber sido ponente de la reforma del Estatuto de Autonomía de Andalucía hace ahora diez años. La vida son viajes en el AVE de charlas largas con diputados como el sevillano Adolfo González, o sus amigos hispalenses Ricardo Tarno y José Luis Sanz. Tiene por norma un lema: “La ministra responde”. Y es como una orden dada a sí misma. Como a la persiana: “Persiana baja”. Y se hace la sombra.

Lady Diz en la Plaza Nueva

Carlos Navarro Antolín | 11 de diciembre de 2016 a las 5:00

CARMEN DIZ
CUANDO el grupo de cofrades eufóricos por la victoria electoral terminó con las existencias de pescadas y pedacitos fritos, bien regados por la pilsen de turno y el tinto cosechero, el primero de ellos en marcharse preguntó si se debía algo, dando por hecho que la nueva mayordomía se haría cargo de los gastos. ¡La ocasión era especial!, pensó alguno. “Claro que se debe, divide y se paga como en Bollullos, cada uno lo suyo”, respondió el hermano mayor. Nadie cuestionó si se refería al termino municipal del sevillano Bollullos de la Mitación o si se trataba de Bollullos Par del Condado. Eso era lo de menos, sobre todo porque lo mejor estaba por llegar. El candidato victorioso dio una buena nueva que a alguno le sentó como un jarro de agua fría en enero: “Aquí se ha acabado eso de dejarle las ronchas a la hermandad, entramos en un nuevo tiempo. Los mil cuatrocientos hermanos no tienen que pagar las cuchipandas de diez o doce”.

Carmen Diz García (Trujillo, Cáceres, 1954), funcionaria, fue una brillante concejal del PP, lo cual se puede decir de muy poquitos de los ediles que han pasado por la Plaza Nueva desde las primeras elecciones locales. Estuvo al frente de Medio Ambiente y de Parques y Jardines. Y ejerció también de vicepresidenta de Emasesa, lo que, en la práctica, suponía estar en la máquina de mandos de la joya de la corona de las empresas municipales.

Una vez que se escapó a Munich con su marido, Sebastián Herrero, la alcaldesa Soledad Becerril le puso deberes: “¡Qué bien, qué bien, Carmen…! Aprovecha el viaje para conocer las nuevas técnicas de limpieza del viario público, que me han dicho que hay unas máquinas que las pasan por la calle, hacen muy poco ruido [Soledad se esfuerza en una onomatopeya] y dejan todo estupendo. Me encargaré de que te reciban. Verás cómo a Sebastián le encantan las máquinas”. Y cuando en otra ocasión fue a París, la alcaldesa también le hizo encomiendas. Lo mejor de todo es que los viajes estaban pagados con la técnica de Bollullos, que no se sabe como la denominarán los sabuesos interventores municipales, ni los sesudos preceptos de la Ley de Haciendas Locales o de la Ley de Bases de Régimen Local. Pero la Diz se pagó de su bolsillo varios de aquellos viajes, ¿verdad Carmen?, y los aprovechaba para traerse la información de las barredoras de última generación. Y si el viaje era oficial, su marido se pagaba su plaza. Que le cuenten a cierto recepcionista de París, no muy diestro, por qué tenía que hacer dos facturas para que cada miembro del matrimonio pagara su mitad: una a nombre del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla y otra al de don Sebastián Herrero. Enseguía ocurrió eso en los tiempos que vinieron después, cuando algunos concejales y sus asesores comían con la ansiedad de cierto notario ya desaparecido, el mismo que estaba un día poniéndose púo en un velador del centro y al que interpelaron:

–¡Vaya usted despacio, don […], que la comida no es robada!

Algunos comieron en las corporaciones posteriores a Soledad como si las viandas fueran eso: robadas. Criaturas. Y cómo viajaron, cuantísimo aspirante a Willy Fog en versión gañote. En el Ayuntamiento se pasó de Soledad y Carmen apagando las luces de la Casa Consistorial, a enviar escoltas al restaurante Casa Yebra para coger mesa con tiempo porque no se hacían reservas. Cierto escolta aún recuerda la de fantas que se bebió durante la espera.

A Diz le tocó literalmente cerrar el grifo de la ciudad antes de que otros lo abrieran en sentido figurado. Esta edil cortó el suministro de agua a los sevillanos en aquella sequía larga (1991-1994) regulada por bandos del alcalde Rojas-Marcos, aquellos años de carencia en los que los presidentes de las comunidades de vecinos eran responsables incluso si se usaba el agua de los aljibes privados en horario prohibido. Diz cerró bares de la movida y negocios ilegales. Puso a Sevilla tan limpia que nos dieron la escoba de oro y nunca se vieron tantas plantas bonitas en los lugares monumentales de la ciudad. Cuando el pasado julio adornaron la Plaza del Triunfo con motivo de la visita frustrada de Obama, muchos ya sabíamos hacía años por Carmen Diz cómo quedan de lustrosos los parterres de la Plaza del Triunfo sin necesidad de recibir a grandes personalidades que, encima, nos dejan con las croquetas servidas y el vino descorchado. Pregúntenle a Carmen por algún tipo de planta. Se las sabe todas, a lo padre Mundina pero con glamour.

Hija de extremeños. Su padre fue un ingeniero militar que acabó de director de la Fábrica de Artillería de Sevilla después de una etapa en Asturias. De hecho, cuando Carmen llega a la Facultad de Derecho de Sevilla es conocida como “la asturiana”, pese a que sus orígenes están en Trujillo. Es la mayor de seis hermanos, acostumbrada a mandar, a supervisarlo todo, tanto como a administrar. Dejó la política el 12 de diciembre de 2000. Soledad había renunciado a seguir de alcaldesa en 1999 al no ceder a las pretensiones abusivas de Rojas-Marcos. “Alejandro, ¿vas a pactar con ese que suda tanto?”, le dijo en alusión a Monteseirín.

Cuando Soledad dimitió, el tiempo en política de Carmen estaba finito. Ella lo sabía, pero siguió unos meses de líder de la oposición porque Soledad así se lo pidió antes de marcharse como vicepresidenta del Congreso de los Diputados. Los niños de Arenas empezaron a meter palos en la rueda de su portavocía. Y la Diz dijo eso tan de sevillano serio cuando en un banquete de boda comienza a sonar Paquito, el chocolatero: “Ya estoy yo en mi casa”. A los niños de Arenas que los aguante Javié, a muchos de los cuales, precisamente ahora, el de Olvera los está sufriendo en sus propias carnes.

–¡Críe cuervos, don Javié! Ahora lo quieren dejar a usted de florero en el PP sevillano los mismos a los que usted enseñó el arte de la guerra. Perdón, de la política.

Como esta Diz tenía una plaza ganada por oposición hacía muchos años sin necesidad de pegar codazos, se volvió a su puesto en el Ayuntamiento. El gobierno socialista, se dice pronto, le confió la jefatura de servicio de Gobierno Interior, donde muchos años más tarde, el gobierno del PP de Zoido –¡Al suelo que vienen los nuestros!– colocó a un anarquista de director general. Atrás quedaron unos años de camaradería con socialistas y comunistas. Adolfo Cuéllar, aquel portavoz de Izquierda Unida, aquel señor en toda regla, siempre le decía a Sebastián Herrero: “Tienes una mujer excepcional, cuídala”. La Diz era Lady Diz para los grupos políticos de la izquierda de aquellas corporaciones en las que las diferencias políticas se quedaban en los plenos.

La vida es obsesión por el rigor, la búsqueda de lo perfecto, el gusto por las cosas bien hechas. Son recuerdos de Antonio Fontán animándola a entrar en el Grupo Popular como asesora cualificada, y de Soledad convenciéndola años después para que aceptara ir con ella de concejal. La vida es pedir varios presupuestos para atender un almuerzo institucional del Ayuntamiento y no disparar a lo loco con la pólvora de los ciudadanos. Con muchos políticos en España con estos criterios, la crisis económica hubiera sido más llevadera. La vida es una noche de enero de 1998 cuando, ay, sonó el teléfono pasadas las tres de la madrugada: “Han matado a Alberto y Ascen”. Y Carmen y Sebastián se fueron para la Plaza Nueva siguiendo las instrucciones de seguridad: en un taxi, nada de vehículo particular. Días después, la alcaldesa le encomendó la parcela de gobierno de Alberto: la Hacienda local. “No puedes decirme que no”, le dijo Soledad. Se hizo el silencio. Carmen dijo que sí, llegó al despacho de Alberto y se encontró con que todo estaba en orden y al día. La vida son recuerdos de la finca de Gabriel Rojas donde pasar los días azules con Alberto y Ascensión y otros compañeros del gobierno. Apostó por la limpieza sin olvidar detalles como la recuperación de los nidos de cigüeñas en los campanarios del centro.

Esta funcionaria es una persona seria en el mejor sentido. A nadie extrañó que acabara siendo el brazo derecho de Soledad. Seria, pero nada de aburrida. Hacendosa y puro nervio. Sólo teme a los perros. Guau. Juvenil en el estilo. Cose, cocina, canta, baila, toca la guitarra y, sobre todo y por encima de todo, camina siempre a gran velocidad. Ver a Carmen Diz por la calle es el mejor anuncio sobre hábitos saludables. Siempre a paso de mudá, siempre a la dizvelocidad. Carmen hace camino al andar. Su vida es siempre volver del Ayuntamiento a casa. Por eso no le costó trabajo dejar el palomar en 2000. Dieciséis años después sigue haciendo lo mismo: trabajar en el Ayuntamiento. Otros, dieciséis años después, también siguen haciendo lo mismo: culebrear. Y nunca pasan por Bollullos, aunque al final, acaban pagando lo suyo.

El penitente sin cirineo

Carlos Navarro Antolín | 3 de julio de 2016 a las 5:00

JUAN IGNACIO ZOIDO
TODO político tiene dos objetivos: llegar al poder y perpetuarse. Los cuentos chinos sobre la posibilidad de cambiar la sociedad, ayudar a los más débiles y otras hermosas teorías son justificaciones, argumentarios, envoltorios, celofanes con los que sustentar y adornar la carrera por el cetro. Los administrados tenemos que creernos esas razones idílicas por aquello de que la sociedad debe funcionar con un orden en valores. Hay que mantener en pie el edificio del sistema. Y en ese concepto de orden se incluye la necesidad de confiar en la buena fe de los que nos dirigen al mismo tiempo que se debe evitar poner la nariz cerca de las cloacas de cualquier gobierno. Por todo esto, los políticos están obsesionados con su imagen, encomiendan el aumento de su notoriedad a sus asesores, se vinculan en fotografías a deportistas laureados o a tiernos niños para vampirizar su prestigio y su inocencia. El objetivo de todos los políticos, jamás se olvide, es perpetuarse en el sillón cada cuatro años. Para ese fin hay que gestionar con réditos un presupuesto. Y también hay que mantener la imagen más solvente, angelical o ingenua que se pueda en función del perfil de cada uno. Cada cuál trata de potenciar sus fuertes y obviar sus debilidades. Hablemos, por ejemplo, de los alcaldes de Sevilla. Uruñuela era la imagen del político señorial propio de la Transición. Rojas-Marcos proyectaba un perfil enérgico, decidido y rocoso. El ego disparado. Soledad, de dama altiva, selectiva, ahorradora, la buena administradora. Monteseirín, de inventarse cada mañana un charco que pisar.

¿Y Zoido? El alcalde más votado y con más poder de toda la historia de la democracia ha sido muy probablemente el de un balance material más escaso. Juan Ignacio Zoido (Montellano, Sevilla, 1957) ha proyectado siempre una imagen campechana, próxima y risueña, pero nunca se ha guardado las espaldas. Ningún alcalde como él ha carecido tanto de un número dos, de un vicealcalde, de un hombre fuerte que fuera ejecutando proyectos mientras él repartía abrazos y besos; de un edil de Presidencia que se fajara con los concejales para apremiarles, para fiscalizar su trabajo, para ponerle fecha a las terminaciones de las obras, para vertebrar toda la acción del inmenso aparato del gobierno y canalizarla en beneficio del número uno. Zoido se negó siempre a delegar. Reinó pero no gobernó. No quiso. Redujo Sevilla a su paraíso particular en no pocas ocasiones. Y el paraíso era bello, pero efímero si no se cuidaba. En demasiadas ocasiones se le notaba que le escocían los problemas, se evadía ante una narración larga o miraba el reloj cuando un concejal trataba de explicarle las novedades de una ordenanza polémica. Como acaparaba todo el poder, también concentraba todos los problemas. Al no desatascar entuertos y prometer soluciones que nunca se traducían a la práctica, comenzó a generar la frustración entre muchos electores.

No han conocido las corporaciones municipales un líder de la oposición más tenaz y vehemente que este Zoido, como tampoco han visto un alcalde que dilapide en menos tiempo el mayor crédito concedido en Sevilla a un político municipal. La crisis económica restó su capacidad de maniobra, eso es cierto. Pero pudo hacer más. Los criterios –tan legítimos como severos– de la concejal de Hacienda también influyeron. A este alcalde risueño, que tiene la gran habilidad de saber esconder el aguijón, le faltó tener un Manolo Marchena, un brazo ejecutor, alguien que se la jugara para sacar adelante los proyectos, como tuvo Monteseirín durante los doce años de Alcaldía socialista. Cada vez que Alfredo tenía detrás a un empresario con exigencias, lo resolvía con una frase: “Háblalo con Marchena”. Y Marchena se partía la cara por su señorito y se exponía a las cornadas mediáticas. A lo más que llegaba Zoido para salir del paso de peticiones de dinero, colocaciones de allegados o proyectos de cierto peso era a una sentencia habitual: “Que se encargue Jesús”. Y Jesús Maza, consejero delegado de Emasesa y vicepresidente de las empresas municipales, buscaba fondos para la final de la Davis, pero poco más de aquello que de verdad le da proyección a un alcalde, que es cortar cintas e inaugurar infraestructuras. O no había dinero en la caja, se argüía, o estaba todo el funcionariado y los altos cargos en posición de defensa para no firmar un papel que les pusiera en riesgo de pasar por el juzgado. Demasiado miedo. En la Corporación de Zoido imperaba la inacción de los funcionarios, la flojera de muchos gerentes y el criterio técnico del secretario y del interventor, dos personajes poderosos con los que nadie se atrevía a discutir. Nadie se remangaba, tal vez porque todos daban por hecho que se repetiría, al menos, cuatro años más en el gobierno.

El ejecutivo de Zoido lo basó todo en la economía, un objetivo inmaterial, y en la Zona Franca, de la que, como todo el mundo sabe, están todos los vecinos hablando en el desayuno mientras untan la mantequilla en la tostada. Sólo un par de asesores se movieron para dar un brillo especial a este alcalde del PP que no parecía del PP: Antonio Castaño, en Turismo, y Benito Navarrete, en Cultura. Cuantísimos no sestearon durante cuatro años, cuantísimos no se embriagaron en la primera taberna del poder de los 20 concejales, cuantísimos no aconsejaron mal al jefe dejándole cultivar la Sevilla de los Morancos, las bodas de chistera y otros saraos de la ciudad más frívola… Para que, al final, José Manuel Soto, premiado por Zoido con el oro de la ciudad, opine en Twitter que Juan Espadas merece un notable alto en su primer año de gestión. Ay, el fuego amigo.

Zoido llegó al gobierno pero no se perpetuó. Como un Papa sin curia. Como un rey sin corte. Como un penitente sin cirineo. No quiso tener un segundo. Durante los años de la oposición se hartó de hablar con los vecinos, limpiar el Vacie, colocar bancos, empujar carritos de la compra, dar abrazos, sonreír, hacer gimnasia con las señoras en los centros cívicos, visitar ensayos de costaleros, estar en las cabalgatas de los barrios más alejados del centro… Pero se desentendió a la hora de gestionar una ciudad y lo dejó todo en manos de funcionarios sin criterio y carentes de nociones de la política real. Y, tal vez lo peor, su círculo de confort fue reduciéndole su perspectiva y haciéndole ver enemigos gigantes en los molinos de la crítica. Zoido sabe de sobra que su lepra estaba en la curia. Todo lo que se abrió en los años de oposición –captando votos de sevillanos que estaban en sus antípodas ideológicas– se cerró en cuatro años de gobierno. O se lo cerraron. O él se lo dejó cerrar.

La vida es el reencuentro periódico con Fregenal de la Sierra, que siempre sabe a dulce de la infancia. La vida es un innegable espíritu de superación a prueba de las mayores desgracias. La vida es un armario de la Alcaldía con unos cuantos botellines de Cruzcampo entre las tazas de café de la Cartuja con la flor de Lys. La vida son unos trajes perfectos de Javier Sobrino, que son la envidia de Juan Espadas, y una condición pública de católico sin complejos. La vida es retener la mirada al periodista que ha contado algo incómodo. Es usar una frase recurrente ante los problemas: “Hay que dar la patada para adelante”. La vida es juntar los labios y emitir un sonido bilabial característico. Es pedirle a un funcionario de la Plaza de España que corrija con fotoshop algún detalle de una foto en la que posa con el Rey. La vida es recorrer en vehículo la orilla de las playas del Coto de Doñana en sus últimos días como delegado del Gobierno. La vida es no plantearle nunca a Rajoy en corto y por derecho que José Luis Sanz debía ser su sustituto en la presidencia regional del partido. La vida es cualquier actividad menos la de ser juez. Porque los jueces toman decisiones y hay personas que prefieren dar abrazos antes que firmar condenas. Ya lo decía Curro Romero: mejor torear que matar. Mejor reinar que gobernar. Pero sin matar no se cortan orejas. Y sin gobernar no se mantienen los reinados.

El escaso rédito del rigor

Carlos Navarro Antolín | 19 de junio de 2016 a las 5:00

JAIME RAYNAUD
SER político hoy es estar expuesto a los vertederos de las redes sociales, estar dispuesto a remar en la frágil nave que surca los mares del márquetin y el pensamiento reducido a los 140 caracteres, ser esclavo del eslogan, el titular y la fotografía y, por supuesto, asumir como propios los enemigos del jefe directo o del aparato orgánico de turno. La vida pública está degradada porque nunca antes ha sido tan fácil y ha resultado tan barato mancillar desde el anonimato a quienes la protagonizan. ¿Quiénes son entonces los mejores galeotes en las aguas embravecidas de la política actual, donde se ha sustituido el discurso estructurado desde la tribuna por la imagen efectista del líder que ve el partido de fútbol agitando la bufanda? Los mejores remeros son, en general, los que no tienen otra embarcación donde ofrecer sus servicios, otro cómitre del que recibir las órdenes, y aguantan todas las bogas. Los más reconocidos hoy no son los mejores preparados, sino los que no discuten la dirección del barco. No son los que controlan los problemas de la población a la que representan, sino los que fabrican los tuits más ingeniosos en esa exaltación del instante, del momento, del flash. Los más prestigiosos no son los que gestionan con mayor rapidez y eficacia los recursos públicos, sino los que tienen un argumento falaz que encuentra aplauso para desmentir una crítica fundamentada. En la política de hoy reinan las culebras trepadoras y no hay ramas para los búhos de ojos sabios.

Es mejor tener una imagen de bonachón, un escudero resoluto que gestione los perfiles de las redes sociales, que un buen conocimiento del funcionamiento de la Administración, un control exhaustivo del presupuesto público y unos criterios claros sobre cómo hacer qué, en cuatro años y de qué manera. Jaime Raynaud Soto (Sevilla, 1949) es un político del PP al que las circunstancias de una política cortoplacista privó de una segunda oportunidad para intentar ser alcalde de Sevilla. Su caso demuestra el escaso rédito que tiene el rigor en la política de hoy. Arquitecto técnico de profesión, vecino del centro y viejo conocido de las filas de la mitificada UCD, Raynaud siempre ha tenido mejor currículum que fotogenia, mayor capacidad para estudiar los temas, preparar las interpelaciones parlamentarias y moverse por los despachos de los técnicos de los ministerios para pulsar la tramitación de un proyecto, que para hacer el indio en una campaña electoral en la cocina de una ama de casa o haciendo pilates en un centro cívico. Raynaud es de los pocos políticos que consigue que el tostón del urbanismo sea apto para todos los públicos, que es algo tan difícil como hacer ameno el Derecho Administrativo.

Justo antes de entrar en la política municipal fue impulsor de varios edificios próximos a la Avenida de la Buhaira. En pleno esplendor profesional fue convencido por Soledad Becerril para ser integrado en la lista electoral como potencial delegado de Urbanismo, pero se quedó en la oposición después de que Alejandro Rojas-Marcos pactara con el PSOE de Chaves para convertir a Monteseirín en alcalde a cambio de la Línea 1 del Metro… Y también de varios contratos para el personal andalucista.

Siempre ha tenido aires de profesor universitario y cierto perfil de maniquí de Galán. Su problema tal vez haya radicado en que es serio en una política donde prima parecer simpático. Le ocurre como a su querida cofradía de Santa Marta: eficaz en el paso, elegante en el porte, cumplidor en los horarios, bello en la imagen, pero sin despertar aplausos…Y los vítores, aplaudidores, agradaores y demás jaleadores son imprescindibles en la dinámica electoral. Porque de ellos dependen las encuestas. Y los partidos políticos son esclavos de los augurios de las israelitas, de los redactores de las prospecciones, de los dictámenes de los sociólogos sesudos, de los caprichos de los arriolos y de otros especímenes. Dios, qué buen alcalde si hubiera tenido un buen sondeo.

“No llegamos, en Sevilla no llegamos”, dijo Arenas en el primer semestre de 2006 al ver las encuestas del PP de cara a las municipales de 2007. Y quitó a Raynaud de portavoz, lo desbancó de la vida municipal. No le dejó ser candidato a la Alcaldía por segunda vez, pese a que alcanzó proyección suficiente como para ser blanco de las bromas ácidas de Alfonso Guerra en los mítines de los barrios obreros en la campaña de 2003: “¿Cómo se llama el candidato que ha puesto el PP? ¡Decidme! ¿Renault? ¿Se llama como los coches? Si parece maestrante…”. ¡Anda que si el PP hubiera apartado a Arenas tras el primer tropiezo en las autonómicas andaluzas!.

–¿Cuántas veces ha intentado Javié ser presidente de la Junta?
–Sólo cuatro, hombre. Sólo cuatro.
–Pocas son.
–Diga usted que sí.

El tiempo litúrgico del PP andaluz se divide en candidaturas fracasadas de Arenas con el tiempo ordinario de Teófila Martínez. Todos creímos que la vida política de Raynaud se acababa aquella tarde de Corpus de 2006 en que un teletipo comunicaba que no repetiría como candidato. El teletipo que citaba “fuentes del PP” (¡Óle ahí esos tíos valientes!) era como el motorista que salía del Pardo con el comunicado de cese de los ministros. Y aquel teletipo llegó después de que Arenas hubiera tenido engañado a todos durante meses: “Jaime es hoy por hoy el candidato del PP a las municipales”, decía con la ceja arqueada. Toma del frasco, Javié. Pensamos que Raynaud entonaría el ya estoy yo en mi casa, que bien cerca la tenía del Ayuntamiento, y que le haría al de Olvera el merecido tururú. Pero no. Raynaud exigió quedarse como concejal raso para cumplir hasta el final de la corporación, de chaqué en las procesiones y oficiando las bodas que tenía comprometidas y alguna más. ¡Ay, aquella imagen suya, con los tiros largos de la dignidad, colocado en las primeras parejas de la representación municipal, como los nazarenos más jóvenes, después de haber ocupado varios años el sitio preferente del portavoz!.

Arenas tuvo que premiarle con un acta de diputado en el Parlamento Andaluz. Raynaud es hoy el decano del PP de Sevilla, con un halo de prestigio poco frecuente en la política de disciplinados galeotes que reman y reman a la espera del bocadillo de un carguillo. Todavía hoy se mantiene como uno de los depositarios de la “interpretación auténtica” del Evangelio Arenísitico, que transmite con prontitud y eficacia. Es una suerte de druida en el convulso PP sevillano. Protagoniza las intervenciones de mayor interés en las juntas provinciales de un partido que aún no se ha levantado de la lona tras recibir el golpe más duro en las últimas municipales.

La vida es recordar los años de juventud en Los Remedios, donde jugaba con un chaval llamado Quico Toscano, eterno alcalde de Dos Hermanas. La vida es un aperitivo en La Barbiana mientras cuenta batallitas del Colegio de Aparejadores, las anécdotas del último viaje a Tierra Santa (ay, qué experiencias allí vividas) o el chiste más picante oído en los pasillos del Parlamento. La vida es usar Panamá (sin papeles) para amortiguar el sol de la Avenida de la Constitución. La vida es una copa de champán francés en Navidad, sin despreciar algún cava extremeño. La vida son combinaciones extrañas de colores en el vestir, concesiones a la frivolidad que sirven quizás para descansar la mente de tanto PGOU, tanto Potau, tantas aglomeraciones urbanas, tuneladoras y legislaciones urbanísticas variadas. No se han encontrado precedentes en la historia del Ayuntamiento de aquella chaqueta de rayas rosas que lució en una audiencia de principio de curso político en la Alcaldía. La vida es corregir impertinencias sin dolo cuando pasea por la calle con la mejor compañía posible: “No son mis nietas, señora. Son mis hijas”. La vida es recordar el hotel Royal que su padre fundó en la Plaza Nueva y que, con el advenimiento de la República, tuvo que rebautizar como Hotel Iberia. La vida es salir junto a los suyos de diputado de cruces en Santa Marta, cofradía de la que su padre fue alma máter, y los fines de semana con los mismos amigos que hace treinta años.

El político al que le cabía el Ayuntamiento entero en la cabeza medita hoy si merece la pena seguir alargando la vida pública o dedicarse a su profesión y al cultivo de las plantas de su Castelgandolfo particular, que está en Almensilla. E incluso a escribir poesía, que dicen que es una de sus aficiones ocultas. Mientras algún socialista sigue respirando décadas después por la herida de la Alcaldía perdida en los tejemanejes de los pactos, Raynaud se reconcilió consigo mismo y hasta con Arenas después de haber guardado el oportuno luto. Se le podrán imputar fallos y carencias, pero nunca el de prepararse tres minutos antes una rueda de prensa, como hacen hoy tantas culebras con las que Guerra no tiene ni para una broma. Ni cierta sastrería tiene para un traje.

“Estás más delgado”

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

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LOS partidos políticos tienen estatutos colgados en sus páginas oficiales de internet. Muchos preceptos de redacción hueca, de escasa utilidad y de formulación lo suficientemente generalista para que los presidentes, secretarios generales y comités ejecutivos puedan hacer y deshacer con apariencia de legalidad. Al margen de los estatutos está el código interno, que no se explica en ningún curso de formación (subvencionado) y que se lo saben al dedillo los cargos y militantes del núcleo duro. Se trata de dos normas básicas y no escritas: al jefe hay que reírle las gracias, sobre todo si son en público, y hay que estar siempre disponible al cornetín de mando que toca el correveidile de gabinete de turno. Javier Arenas, padre natural de toda la militancia del PP andaluz, es un especialista consumado en gastar bromas y permitirse ciertas licencias en los mítines o convenciones que se celebran en salones de hoteles con derecho a botellita de agua y platito de caramelos. También lo es en trabajar los domingos para inventarse cualquier excusa para hacer declaraciones y colarlas en el telediario de las tres de la tarde y en el de las nueve de la noche. Va uno de viaje por España, pone la televisión en Cáceres y aparece Javié con la ceja arqueada haciendo declaraciones sobre los independentistas catalanes en el Parador de Carmona. Yel acompañante, ante el plato de migas, clava el diagnóstico que nadie ve.

–Ea, ahí tienes al campeón mangando cuota mediática nacional y poniendo una pica en Carmona para capitalizar la casi mayoría absoluta de Juan Ávila. Anda que no es listo el Arenas. Tiene claro el cumplimiento del precepto dominical… en política.

Arenas coge el micrófono y saluda con toda soltura a “Pani” (Luis Panigua, el responsable de Nuevas Generaciones), alude a que el veterano Albendea “siempre es el primero en aplaudir”, saluda a Juan (Juan Ignacio Zoido), del que dice –decía– que se fía tanto que le dejaría al cuidado de un hijo un fin de semana, manda un beso a Lola (Dolores Meléndez, histórica de la derecha sevillana), refiere el color amarillo del jersey de Jaime Raynaud (“¡Qué bonito, Jaime!”), por lo que Raynaud sale echando sapos y culebras, y reserva la perla para su querido Antonio Sanz: “Antonio, estás más delgado”. ¿Cuántas veces hemos oído de Arenas, abrazado al atril del mitin o en la presidencia del comité ejecutivo regional, proclamar que Antonio Sanz está más delgado?

Y Antonio Sanz (Jerez de la Frontera, 1968) ha soportado todas y cada una de las bromas del antes jefazo del PP andaluz, ahora superviviente de Génova y, siempre, siempre, catedrático del culebreo en las filas del peperío del Sur de España. Todos en el PP andaluz lo admiran, digan lo que digan. Cuando llegaban los jueves de los ministerios que perdimos, Arenas cogía el teléfono interno y avisaba a su gabinete:

–¿Marilar? ¿Mateo? Oye, preparadme algo para salir en la tele el domingo tras el partido de pádel en Antares. Avisad a Zoido, Jaime, Juanitobueno, Antoñito Sanz… ¿Eh? Que estén allí arropándome mientras hablo para que el total de la tele quede de dulce. Y al día siguiente nos volvemos a Madrid en el AVE de las seis y veinte, tempranito, ¿eh? Que se venga alguien del partido para ir trabajando sobre los planes de Andalucía.

Y el único que siempre ha estado disponible a la hora de la verdad ha sido Antonio Sanz. Para arropar al líder en los totales haciendo leves afirmaciones con la barbilla, para coger el AVE de las 06:20 en Santa Justa, y hasta para salir en coche hacia Madrid a las cuatro de la madrugada porque había que estar en Génova de forma urgente a primera hora y ya no había tren posible. Antonio Sanz nunca le ha dicho que no a Javié. Nadie en el partido, ni siquiera quienes han sufrido su carácter de general secretario, ocultan que es el tío que más horas de trabajo echa en la estructura de un partido acomodado, casi convertido en la perfecta Consejería de la Oposición de la Junta de Andalucía. No le ha importado ser secretario general, dejar de serlo y volverlo a ser. No le ha importado mandar en el PP de Cádiz, dejar de mandar y volver a mandar. Y al fin ha conseguido ser un cargo serio tras años de travesía del desierto por la oposición andaluza: delegado del Gobierno en Andalucía.

Paradójicamente, Antonio Sanz está sacando rédito político a un cargo eminentemente institucional, habitualmente reservado a figurones. Y eso lo han conseguido pocos delegados del gobierno, al menos del PP. Zoido se volcó en la agenda social, Carmen Crespo se fue sin enterarse de la misa la media, y este Sanz que nació para ejercer el poder está aprovechando los meses del gobierno en funciones para desplegar toda la cola del pavo real político que siempre ha llevado dentro. El destino lo ha mantenido demasiados años sin responsabilidades institucionales. Por fin el hombre de aparato (puro y duro) se está luciendo visitando el dispositivo de la DGT un domingo de fin de puente festivo, coordinado el simulacro de un terremoto o trabajando en armonía con los socialistas en el plan de seguridad de la Semana Santa. Las cofradías de Sevilla siempre estarán en deuda con este jerezano que suba y baja de kilos con facilidad, que escruta con el barrido de una mirada todos y cada uno de los asistentes a un acto público, y que es tenido por un rocoso negociador cuando en la mesa se sientan políticos de otro signo. Como delegado del Gobierno se vuelca con los ayuntamientos del PP sin ningún complejo, aunque sea el de Tomares de José Luis Sanz, con el que ora se lleva bien, ora dicen que son como Ben-hur y Messala, que cada cuál le ponga a cada uno la cuadriga que considere más apropiada…

La vida es echar una bronca a los cachorros de Nuevas Generaciones cuando no se cumplían sus directrices, que algunos de aquellos jovenzuelos aún recuerdan sus reprimendas. La vida es dar rienda suelta a su gran afición: ejercer de radioaficionado nocturno con el código EA7AE en largas noches donde puede acabar al habla con un tío en Tailandia. Aún se recuerda la antena que hizo instalar en la sede regional de la calle San Fernando en sus años como secretario general, como se recuerda su último día en aquel despacho oficial, cuando una limpiadora le preguntó por qué se llevaba las banderas oficiales: “Son mías”. La vida es desayunar en las ventas de la A-92 en los largos viajes con Javié por la Andalucía que sigue dejando al PP en la cuneta del poder como heredero natural del pifiazo de la UCD en el referéndum autonómico. La vida es tener el don de la ubicuidad para estar en los oficios del Viernes Santo en la Catedral y en las procesiones de Jerez la misma tarde. La vida es estar de patrulla nocturna con la Cruz Roja en el Estrecho sin fotógrafos, una afición sana que, como la de radioaficionado, es propia de quien necesita dormir poco. Siempre dispuesto a subirse al helicóptero de la Guardia Civil, a sentarse en el puesto de mando de cualquier operativo de la Policía Nacional, a conducir el coche que lleva a Arenas adonde tiene que estar el líder a las 9 de la mañana.

Pero hubo una noche de escasos testigos en la que Sanz dio la verdadera talla de político del PP. Aquel domingo de cuaresma en que Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta de Andalucía, cuando de los salones del Oriza parecía que iba a salir la Mortaja y sólo faltaba el sonido de la esquila, cuando los camiones del cáterin de la Raza contratado para la prensa se quedaron aparcados encima de la acera con los canapés criogenizados, cuando la pancarta triunfal se quedó sin desenrollar y los músicos contratados fueron literalmente los primeros en marcharse… Aquella noche de hundimiento de la Armada Invencible de Arenas, cuando ya no quedaban pelotas y el perro flaco del PP andaluz volvía a rascarse las pulgas de un nuevo varapalo, Antonio Sanz siguió en la sede hasta el final junto al gran derrotado Fue una estampa dolorosa, compensada hoy con la experiencia en un despacho que ha convertido en una suerte de ministerio andaluz del Gobierno de Rajoy.

Sanz es un tipo intenso, el clásico agonía que no conoce límites en el oficio, una característica de donde afloran sus virtudes y sus defectos. Hoy vive días de preocupación por el futuro del Gobierno de España. Si el PP continúa en la Moncloa, nadie se atreverá a desalojarlo del despacho de la Plaza de España, pues ha demostrado que no se limita a acompañar a los ministros, sino a vender logros políticos de todo tipo: desde los planes de seguridad de Semana Santa a los tramos nuevos de autovía. Dicen las malas lenguas que Sanz tiene la visión política que falta en el equipo de Moreno Bonilla, líder regional. Y que, en la práctica, la Plaza de España es la referencia del PP andaluz en contraposición con la calle San Fernando. Si tuviera una imagen más estilizada, tal vez podría plantearse otros objetivos en una política marcada en exceso por la imagen y el márquetin. Pero entonces no sería el genuino Sanz, duro como secretario general con los suyos y amable para entenderse con los interlocutores de la izquierda. Es un profesional de la política en el buen sentido. No se caracteriza por su especial sentido del humor, pero no es aburrido. Será presidente del PP de Cádiz por los siglos de los siglos, sabedor de la importancia que tiene retener una parcela de poder orgánico cuando los vientos desalojan al PP de las instituciones. No quiso ser presidente del PP andaluz, tal vez porque ha vivido en exceso en la burbuja que se creó el propio Arenas y donde en muchas ocasiones sólo tenían cabida el propio Arenas y él. Dicen que con Arenas ha tenido más aguante que la sábana de abajo y que ha visto en demasiadas ocasiones como Javié es capaz de venderle un pingüino a un moro en el desierto. El caso es que Antonio, sea como fuere, siempre está más delgado. Palabra de Arenas Albendea aplaude. Y todos ríen, menos Raynaud si lleva el jersey amarillo.

El fajín de la felicidad

Carlos Navarro Antolín | 21 de febrero de 2016 a las 5:00

GREGORIO SERRANO
HAY gente que paga con el único objeto de tener buena prensa. Gente que se rodea de asesores de imagen, que busca cómo llegar a ciertas instancias que sirvan de trampolín de su figura. Gente dispuesta a comprar el prestigio con la firma de un talón, o a adquirir el chaleco antibalas que amortigua un titular en contra poniendo por delante la “pastora” (divina) que sea menester. Hay gente para la que el desayuno es el peor momento del día, magdalena atragantada al ver sus cuitas publicadas. Y gente que es feliz en su cotidianeidad porque ha caído de pie en el ruedo de la ciudad, adonde llega la luz de los focos que están en la arquería del graderío de sol… Y del graderío de sombra. ¿Cuánto pagarían algunos por ser marcas blancas, por estar limpios de notas marginales en la ficha registral de su vida, por emprender cualquier acción que encuentre eco en los medios por el mero hecho de ser su autor, por tener la capacidad de congeniar con el nuevo jefe de turno en poco tiempo y, sobre todo, por caer bien a la mayoría de los periodistas? Algunos entregarían no ya la vida, sino algo mucho más importante:el palco de Semana Santa.

Gregorio Serrano (Sevilla, 1967)es probablemente el concejal que tiene mejor prensa de entre los que tienen el peor concepto de la prensa. Yeso tiene mérito, oiga.

–Y tanto.

Para este niño grande en el mundo de la política, todos los periodistas son prácticamente iguales. Dicho así, tal como él lo dice a sus íntimos, mientras navega a vela por la costa de Huelva. Dicho con un desencanto barnizado con el desdén de quien un día descubrió que los malos existen y que el caballo del bueno sólo es el más veloz… en las películas. Su condición de niño grande se basa en un estado de felicidad evidente. Hay quien para ser feliz necesita un camión. Yotros que lo son ciñéndose el fajín de concejal el 15 de agosto. Serrano lleva más de una década siendo lo que quería ser de niño: concejal del Ayuntamiento de Sevilla.

Este veterano de los despachos municipales, por los que vivaquea desde 2003, es una suerte de república independiente en el Partido Popular por mucho que haya ostentado algún que otro carguillo orgánico en el pasado. Forma parte ya por cuarta vez de la corporación municipal, pese a no ser un político de aparato ni tener alguno de los tradicionales padrinos de la trinidad pepera hispalense:ni Tarno, a pesar de compartir con él algunos periplos cántabros entre humos de vegueros;ni Bueno, ni Sanz. Ninguno de los tres lo ha amparado nunca. Serrano ha volado sólo gracias a su amistad con Jaime Raynaud, y gracias a que supo salir del ostracismo al que quedó relegado cuando Arenas (Javié) decidió la tarde de Corpus de 2006 apartar al hoy diputado autonómico y colocar a Zoido como candidato a la Alcaldía en 2007. Yeso que Arenas se había pasado meses confirmando a Raynaud como cabeza de lista del PP al Ayuntamiento, pero siempre acotaba la confirmación mientras arqueaba la ceja: “Hoy por hoy”.

–¿Cuánto dura un “hoy por hoy” en boca de Arenas?
–Lo mismo que un salivazo en una tabla de planchar.

Aquel Jueves de Corpus, al término de la procesión, los inseparables Raynaud y Serrano subieron juntos al palomar del Ayuntamiento. Ambos comentaron en la intimidad del ascensor que era la última procesión en la que habían participado como ediles de la oposición. La siguiente sería ya como alcalde y teniente de alcalde, respectivamente. Pero en torno a las cinco de la tarde, el teletipo de una agencia de noticias que citaba “fuentes del PP” pinchaba las cuatro ruedas del coche municipal de Raynaud y dejaba el de Serrano varado en la cuneta y a la espera de la grúa. Comenzaba un período muy duro para este edil feliz, donde pudo comprobar cuántos se alegraban de su orillamiento repentino y qué volatil es el mundo de la política. Se acabaron los días de ir con Jaime a las asociaciones de vecinos, donde él mismo servía las migas de confraternización: “Las mejores migas que he probado en mi vida, Jaime; las mejores”. Y Jaime sonreía. Siempre sonreía a su amigo Gregorio, con el que compartía jornadas de mar en cruceros de relax donde aliviar las tensiones.

Zoido aterrizó en el Ayuntamiento y, de entrada, no quiso saber mucho de Serrano, cuya familia conocía desde hacía mucho tiempo. De hecho, cuando Arenas telefoneó a Zoido en 2000 para hacerlo delegado del Gobierno en Castilla la Mancha, Zoido estaba paseando por la Feria en un coche de caballos con familiares de Serrano. Pero ni por esas fue suave el camino para el animoso concejal. Cuando todos lo daban por perdido, cuando todos se jactaban de que jamás volvería a tener ese grado de proximidad y confianza con un líder municipal, Gregorio se levantó, se ganó la confianza del nuevo candidato (un Zoido desconfiado en sus inicios, pero muy lejos aún de ser víctima de su propio círculo de confort) y poco a poco, paso a paso y barra a barra, Serrano logró ser en 2011 el concejal con más delegaciones en el poder.

Y tras el descalabro de Zoido en las pasadas municipales, hoy es el portavoz adjunto de un desdibujado grupo municipal. Dicen que se ha convertido en el Arias Navarro del zoidismo. Tal vez su gran reto sea intentar ser más bien el Suárez que pilote la transición del PPen el palomar en unos tiempos irreconocibles para el partido:Arenas está escondido en un burladero de Génova, Moreno Bonilla tiene ansias por controlar de una vez el PP sevillano, que aún se le resiste como la aldea de los galos locos; y Zoido trata de estirar su presencia en el Ayuntamiento para no perder ese asidero con Sevilla por lo que pueda pasar en el panorama político español, donde su condición de presidente de comisión en el Congreso de los Diputados puede tener la consistencia de la mantequilla junto al horno.

Serrano está obligado a ser portavoz adjunto. Y no un adjunto al portavoz, que no es lo mismo, como no es lo mismo Trifón que Moreno. Estará perdido si cuando Zoido se va a Madrid, se limita a hacer como Borja, el secretario de monseñor Asenjo, cuando el arzobispo sale de Palacio:“Guarda la viña, Borja. Adiós, adiós”.

Zoido jamás podrá pagarle a Serrano los servicios prestados en los años de gobierno. A Serrano, que quiso quedarse con la secretaria de su antecesor socialista en el Ayuntamiento, le tocó cerrar la televisión local y el colocadero de amigos que era Sevilla Global, dejar diezmada Mercasevilla (lo que le costó pintadas de amenazas en los muros de su casa) y soportar la losa de Fibes. Nunca un concejal tan campechano y cercano bailó con tantas tan feas durante tanto tiempo. Hubo días que era la viva imagen de la tensión en sus paseos cotidianos por Méndez Núñez. El niño feliz se tragó varios cálices amargos pese a que en la lista electoral había sido adelantado por esos marineros de la política que abandonan el barco a la primera vía de agua. Ni pisar la alfombra palaciega de las Fiestas Mayores debió compensar una zozobra aderezada, además, con la insulsa –por descafeinada– delegación de Empleo. Serrano hizo el trabajo más ingrato del zoidismo. Dios, qué buen vasallo… Al menos siempre le quedará el recuerdo de la senda ascendente que tomó el turismo en años de crisis gordas, un turismo cuyo consorcio confió a Antonio Castaño, que junto con Benito Navarrete fue uno de los escasos asesores eficaces del zoidismo, un período cargado de pantuflos sin oficio ni beneficio en el organigrama municipal.

Hoy es portavoz adjunto en tiempos de incertidumbre. No renuncia al móvil analógico, que consulta mientras eleva las gafas que despejan su miopía. Es un apasionado de los documentales de historia, sobre todo si son de la Segunda Guerra Mundial. También ha hecho su crucero con Zoido, como ya hizo con Raynaud. No pierde el vínculo con la Universidad, donde da clases para desintoxicarse, como se desintoxica los viernes por la tarde por el tabernerío de su feligresía como un vecino más.

El confidente de Zoido, el introductor del político de Fregenal en la Sevilla más eterna y esquiva, ha sido investido como adjunto para mantenerlo todo atado y bien atado, un encargo envenenado de quien todo lo perdió por su incapacidad para tomar decisiones. Serrano es un viejo sacerdote de la política municipal que conoce a la perfección los peligros de la curia de la Plaza Nueva. Ha visto caer al que hubiera sido el mejor alcalde de la ciudad (Raynaud) y años después ha presenciado la cruel defenestración en las urnas del alcalde más votado de la historia de la democracia (Zoido). Nunca ha tenido apoyos del partido, siempre se ha reído de sí mismo (incluso de no poder usar camisas entalladas) y hasta sus críticos reconocen su capacidad de trabajo. Nunca dice que le gusta que le llamen por su nombre de pila completo, no por un diminutivo que debiera estar reservado para familiares e íntimos. Pero se calla por no ser descortés.

La vida es comprar una camisa barata y que, una vez puesta, parezca cara. La vida es una copa de vino, un viernes sin Pleno, el olor próximo a Quizás, de Loewe; practicar ciclismo con una equipación a la última, bisbisear los discursos antes de pronunciarlos, aprender idiomas a base de esfuerzo y método, y ser un nazareno del Calvario curtido en el sacrificio de unos horarios que rompen el cuerpo. Serrano es el caballero de la buena prensa al que, en el fondo, no le gusta nada la prensa. La vida son unas migas a fuego lento y bien machacadas. “Las mejores, Jaime, las mejores”. Los niños dicen la verdad. Hasta cuando hablan mal de la prensa, ese gremio.

El poder de la fruta

Carlos Navarro Antolín | 8 de noviembre de 2015 a las 5:00

Manolo García
EN Sevilla hay gente que conoció los mercados de abasto abiertos de domingo a domingo, sin frigoríficos y con el pescado envuelto en papel de periódico. Gente que estuvo en el antiguo mercado de la Encarnación, antes del provisional que duró cuarenta años de acuerdo con la vocación de permanencia que en esta ciudad adquiere todo lo provisional. Que vio de cerca a Queipo de Llano. Que conoció una Iglesia en la que la misa del sábado no servía para cumplir el precepto dominical. Que compró y vendió en reales.

Manuel García (Sevilla, 1933) dejó muy pronto las aulas del San Francisco de Paula para ponerse a trabajar junto a su padre en el puesto de frutas y verduras de la Encarnación. Él y su entrañable hermano Pepe eran la cuarta generación de la familia al frente del negocio. Hoy es hermano mayor de la Macarena. Y en 1999 remató un período de cuatro corporaciones seguidas como concejal: ocho años en la oposición y ocho en el gobierno. Pero antes del brillo del poder en los meses de la Exposición Universal, cuando alternaba con jefes de Estado de muy diferentes ideologías y culturas por su cargo como responsable de la seguridad ciudadana; antes que ajustarse el chaqué de pura lana virgen en las procesiones, sudando la gota gorda cada 15 de agosto; antes que coger la vara de las capillas en el atrio macareno y antes que disfrutar de tantas madrugadas con la capa de merino al vuelo como diputado mayor de gobierno, mucho antes que toda esa montaña rusa de emociones y vivencias, Manolo García se curtió durante más de treinta años en la otra madrugada de Sevilla, la que comienza todos los días con el toque del despertador a las cuatro de la madrugada, antes en el Mercado de Entradores del Arenal y ahora en Mercasevilla; la que huele a lonja de pescado y aguardiente, la que tiene el tacto de la verdura fresca y la música del vocerío anunciando género y los rifirrafes del regate, la de ventas selladas con coñac para mitigar el frío del invierno.

La juventud son recuerdos de la casa familiar de la calle José María Izquierdo, desde la que había que ir a pie hasta el Arenal, en plena noche, por unas calles de persianas cerradas en unos tiempos en que la juerga a deshoras se despachaba en las ventas; cruzando la mirada con los secretas de la Policía Armada, oyendo el sonido de las propias pisadas por Enladrillada, Peñuelas, San Pedro, hasta llegar por Reyes Católicos a Pastor y Landero, para estar sobre las cinco entre los corrillos de los mayoristas y cumplir la liturgia aprendida de su padre, Manuel García Balmaseda: no aceptar nunca el primer precio. Precios en reales: veinte reales, diez reales… A las siete y media tenía que estar el puesto de la Encarnación listo para su apertura, con toda la mercancía descargada ya de los mulos que portaban las frutas y verduras por la carrera oficial cotidiana desde el Arenal a la Encarnación. No había tiempo para el desayuno, nunca; tan sólo para un café bebido, habitualmente frío porque la clientela apretaba más que un fin de mes. Un industrial de plaza de abasto suele reunir tres características en su biorritmo: dormir poco por la noche, no desayunar y hacer siestas largas. Acabado el mediodía, Manolo García se echa a descansar muchos días sobre el mismo tablero del puesto, para dedicar la tarde a ordenar el género no perecedero y tenerlo a punto para el día siguiente.

La única ventaja de los fruteros era que no tenían que sufrir las humedades de los compañeros del pescado, obligados a las grandes botas de goma para aislarse de la nieve que refrigeraba el género. En las siestas de tablón se fue curtiendo este macareno que logró terminar el Bachillerato por las tardes.

Del puesto de fruta del padre de García se abastecían todos los cuarteles militares de la ciudad, que en los años de racionamiento habían gozado de una preferencia demostrada en vales especiales. Ytambién se abastecían los mejores hoteles: el Alfonso XIII, el Biarritz, el Cristina, el Inglaterra, el Madrid… Había hoteles que hacían pedidos de 20 kilos de guisantes pelados, que había que pelar a mano. La frutería de los García, junto con la Frutería Tetuán, fue la primera en traer a Sevilla las coles de Bruselas, que la clientela confundía con alcauciles diminutos; las endivias, las piñas tropicales, los aguacates, las lombardas…

El frutero Manolo García está afiliado a Alianza Popular por su admiración por Fraga desde muy joven. Paga religiosamente sus cuotas, pero no hace vida en la sede más que cuando es requerido para hacer de interventor en las elecciones. Mientras sigue potenciando el negocio, presidiendo la cooperativa del mercado y ejerciendo de vocal del gremio de fruteros en el sindicato. Hasta consigue la decisiva mediación de Bueno Monreal para que el gobierno del alcalde Pérez de Ayala acepte cerrar los mercados los domingos. Le explica al cardenal en una audiencia privada que la venta de los domingos es residual al ser el género de peor calidad porque los mayoristas no suministran desde el viernes. Yse le ocurre poner una guinda.

–Además, Eminencia, los placeros podríamos así ir a misa.
–Le recuerdo que la misa del sábado por la tarde ya es válida.
–Pero lo del sábado ni es misa ni es ná, Eminencia. A misa hay que ir los domingos.

El cardenal apoyó la causa en una carta remitida al alcalde. Y la denominada Tenencia de Alcaldía de Subsistencias del Ayuntamiento de Sevilla decretó el cierre dominical.

Cuando el médico Ricardo Mena Bernal alcanza la presidencia de AP de Sevilla, tira de García, al que conocía por medio de Salvador Dorado El Penitente, para completar la lista de las elecciones locales de 1983 que lidera Pedro Albert.

–Pero en un puesto que no sea de salida, Ricardo; que yo estoy hasta la corcha en el mercado.

Quedaron en que Manolo iría de quince. El Miércoles Santo previo a las elecciones, Mena Bernal le comenta por la Avenida, señalando al Ayuntamiento: “Yas vas a estar ahí”. Lo había colocado de diez. Y la coalición AP-PDP-UL saca exactamente diez ediles. Aunque el décimo bailó durante un par de meses entre AP y el PCE. El comunista que se queda sin acta es un tal Juan Ramón Medina Precioso, que con los años fue rector de la Universidad de Sevilla y con algunos años más llegó a consejero de Educación del gobierno autonómico de Murcia… por el PP.

García pasa del puesto de frutas y verduras a sentarse en el Pleno del Ayuntamiento. Durante más de un año alterna ambas actividades. El negocio había crecido con nuevos puestos en los mercados de Las Palmeritas, Bellavista, el Tiro de Línea y Pino Montano. Pero el Ayuntamiento absorbe. Por aquellos años de oposición había un edil jovenzuelo que llegaba al Ayuntamiento a media mañana, preguntaba qué asunto había para zurrar al gobierno, tomaba tres notas con rotulador y daba una rueda de prensa de una hora. “Este muchacho llegará lejos”, decía García de un tal Javier Arenas. Aunque García siempre dice Javié. Y Javié lo ha invitado a tinto en sus altos despachos de ministerios.

El grupo municipal de AP encarga en El Corte Inglés los fajines de gala. Las medidas se toman a Manolo García, entonces un concejal muy orondo, de tal forma que hay ediles como Arenas y Melgarejo a los que el fajín da más de una vuelta. García siempre se lleva mejor esos años con los concejales de la izquierda socialista y comunista que con sus compañeros de filas. El alcalde Manuel del Valle le pide varias veces que medie ante Soledad Becerril para que los populares voten con el gobierno algunas iniciativas y no tener que depender de unos comunistas de los que Valle recela como un cofrade de la lluvia. Cuando alcanza el gobierno, García monta a la alcaldesa, Soledad Becerril, en una furgoneta de la Policía Local para que vea los efectos de la movida juvenil en las plazas de San Lorenzo y la Gavidia.

–Qué horror, Manolo, qué horror… Hay que acabar con esto.
–Si tú me autorizas…

Y Manolo, ayudado por un cabo de la Policía Local, persuade a los tres bares claves para que cierren a las once de la noche. Los ríos de orines nunca más traspasan la puerta de la basílica del Gran Poder.

En el 92 alterna con Fidel Castro, los Príncipes de Gales, Lech Walesa… En el 93,con Juan Pablo II. En la Macarena gana dos elecciones, ambas con rivales. Cada triunfo ha estado precedido de una cuesta arriba. Uno de sus rivales fue Juan José Morillas, hoy estrecho colaborador suyo con una conducta ejemplar de la que el cofraderío debería tomar nota. En la procesión extraordinaria de 2014 le cedió unos instantes la vara de las capillas al socialista Juan Espadas, curiosamente la misma vara que de niño vio portar al general Queipo.

La vida hoy es llegar a los 200.000 euros anuales destinados a asistencia social. La vida es hoy una oración a solas con la Virgen de la Esperanza, es acercar la intimidad de las ceremonias de bajada de la Virgen a quien ha perdido a un padre, a quien quiere ser madre, a quien sufre marejadas en las aguas particulares de la fe o al niño al que aguarda el quirófano. Este Reagan del Arco gobierna con 82 años una hermandad con dieciséis empleados, más de 11.000 hermanos y con una proyección social que genera una apretada agenda de compromisos. Y todo sin más coaching ni escuela de negocios que las siestas sobre el tablón, el sacrificio de los madrugones y las enseñanzas del padre del que aprendió a oír, ver y callar durante los regates con los mayoristas. Ni se acepta el primer precio, ni se queda uno en tierra al primer traspiés de la vida. Manolo es hijo de Esperanza, su madre.

El intelectual del zoidismo

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2015 a las 5:00

Javier Landa
HAY algunos adolescentes, hijos de militares, que lamentan que sus progenitores no se quiten los galones al entrar en casa, lo que no deja de ser una forma de censurar a conveniencia el mero ejercicio de la patria potestad. A los periodistas también se les imputa que nunca dejen de serlo ni de puertas para adentro, ni de puertas para afuera, ni sin puertas; que dediquen a pensar en el oficio el tiempo que están con los ojos abiertos y, algunos, hasta el tiempo que duermen con un sólo ojo cual liebres. El periodismo se asemeja mucho al sacerdocio. Hay que estar dispuestos a difundir la noticia o a impartir el sacramento cuando se necesita, sin horario predeterminado. La muerte no entiende de convenios colectivos que fijan los horarios. Un cura tuvo que salir a gran velocidad de la Feria una noche del alumbrao porque era reclamado en una casa donde había fallecido el cabeza de familia. Un yerno impertinente no se recató: “¿Quién ha encontrado un sacerdote a estas horas y con traje azul y corbata?”. La vocación no sabe de horarios, pero puede chocar contra el muro de otras realidades y provocar sonoras quejas como las del hijo rebelde del comandante.

Javier Landa Bercebal (Zaragoza, 1955), catedrático de la Universidad de Sevilla y ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, es uno de esos profesionales que los políticos incorporan a sus equipos para darse un barniz de intelectualidad. Es la versión actualizada del Español, siente un pobre a su mesa, que ha mutado en Candidato, meta un catedrático en su lista. Landa se trabajó en su día la condición de heredero natural de Camilo Lebón, el eterno decano de Económicas, el factótum de la facultad de la sede fría a lo carcelario. Este aragonés afincado en Espartinas ha sido siempre un habitual a los actos del PP en la localidad aljarafeña. Se ha dejado ver y se ha dejado querer. Cómo ronea, cómo ronea este Landa para que Arenas lo vea. Y vaya si lo vio.

Desde el decanato pudo contactar durante muchos años con personajes públicos, entre ellos un Arenas que lo introdujo en la plataforma de independientes por el cambio en Andalucía. Cuando Zoido confeccionaba la lista electoral de 2011 –la que olía a mayoría absoluta, terminó siendo absolutísima y acabó como el parto de los montes– Arenas frunció el ceño y dijo algo muy parecido a lo siguiente: “Juanito, la lista está muy bien, pero hay que meter a alguien de peso, porque esta lista tiene mucho niñato”. Hay quien dice que Landa, en realidad, era el pretendido contrapunto que Arenas quería introducir para compensar el populismo de Zoido.

Los políticos a veces buscan mujeres, intelectuales, famosos u otros perfiles de la sociedad civil para cubrir las lagunas que los arriolos de plantilla ven en la composición de las listas. Para compensar ese niñateo, el PP puso a Landa de número dos. El catedrático que estuvo a punto de sentarse en una grada de sol en la lista del PP por Espartinas (donde le ofrecieron un puesto del siete al diez), acabó sentado en el palco de convite de la Real Maestranza de la lista por la capital: el número dos, el fichaje estrella de la era Zoido.

A este señor catedrático no le hizo gracia que el primer jovenzuelo de turno de las Nuevas Generaciones le hablara de tú nada más llegar a la sede del partido. El osado mozalbete, repanchingado en un asiento, se justificó con desahogo:

–Es que me han dicho que tú eres ya de los nuestros… ¿No?

Landa sufrió algo tal vez más incómodo que el tuteo al dejar la Universidad y entrar en política: la difusión de una antigua condena de 120 euros por enfrentarse a unos jóvenes a los que reprochó (con toda razón)su incivismo al esparcer la basura de unos contenedores, y una bajada de sueldo. “Pues chico, menos mal que conservo y genero trienios”, se lamentaba ante viejas amistades de la Universidad sin necesidad de que nadie le preguntara. También ha sufrido la impuntualidad de Zoido, marca de la casa, al que acompañaba muchas veces como delegado de Relaciones Institucionales. En una ocasión, precisamente en un foro universitario, no sabía ya como justificar el retraso del alcalde. Subió al atril y anunció que Zoido estaba llegando: “Bueno, ¿quieren que mientras les cuente algo? ¿Les canto?”. El público no sabía dónde esconderse, por si se arrancaba a capela con el Gaudeamus igitur.

Como presidente del Pleno, no pocas veces se tomó las sesiones como si de una clase se tratara. A lo Quijote, debía ver alumnos donde habían concejales. Firme en las maneras, adusto y serio, pero nunca grosero, desahogado o faltón. Metió el pinrel bien metido el día que expulsó a un fotógrafo, tal vez, precisamente, por no dejarse los galones de decano en la calle antes de entrar en el Ayuntamiento. Con Torrijos, portavoz de Izquierda Unida, tuvo duelos dialécticos a lo Pimpinela. Alguien apuntaba siempre que Landa y Torrijos eran los concejales “más conservadores” de la corporación. Alguna vez compartieron charla de café en El Portón. Con la socialista Adela Castaño protagonizó escenas parecidas a las películas de Juanito Valderrama y Dolores Abril. En el PP irritaba que Landa, bastante neutral en el ejercicio de la presidencia, mandara callar al alcalde cuando lo consideraba oportuno. Una vez, un compañero de filas le reprochó que no dejara hablar al alcalde el tiempo que quisiera. Landa tiró de cátedra:“No te enteras, chico, no te enteras…”.

Otra landada es haber carecido de cintura con el Defensor del Ciudadano, José Barranca, a quien pretendía recortar la memoria anual en función de criterios reglamentistas; o con el Curso de Temas Sevillanos, cuyos miembros lo tienen como persona non grata por negarles el uso del Alcázar para su sesión anual. Landa no supo ver que el presidente del colectivo, Antonio Bustos, es una marca de la ciudad, carente de aristas, sin dobleces, y cuya labor por la divulgación de la cultura ha merecido altos reconocimientos. Landa jamás debió tratar con frialdad y un punto de suficiencia la petición de una entidad que hace mucho por facilitar a personas mayores el acceso a conferencias y charlas en lugar de ser condenadas a hieráticas tardes de televisión. Se obsesionó con no convertir el Alcázar en un salón multiusos, pero falló al aplicar criterios sin flexibilidad. “Lo dejan todo perdido”, decía de las empresas de cáterin, evocando a Soledad Becerril cuando hacía comentarios con un desdén similar: “Cómo suda Monteseirín, qué horror”. Landa estaba más preocupado por las vías de evacuación del Alcázar, que por facilitar los accesos. En una ocasión puso en guardia a las fuerzas del orden al ver la cola de jóvenes que aguardaban a la entrada junto a a la Galería de los Grutescos para asistir a una gala de blogueros en la que, además, actuaba el cantante Hugo.

Muchos de sus adorables compañeros del gobierno nunca le perdonarán cierto aire altivo, ni cierto desprecio por quienes han mamado la cultura de partido. Los concejales de distrito no lograban la cesión de ningún salón palaciego para actos de las asociaciones de sus dominios. Se marchaban de su despacho cabreados, jurando en arameo y con ganas de pegar el portazo. Cuando aprovechaban la visita al centro y subían al despacho de Asunción Fley, la independiente que dirigía la Hacienda local, tampoco encontraban apoyo presupuestario para el arreglo de una acera. Los ediles de los barrios dejaban la Plaza Nueva confusos, sin saber si Landa y Fley eran del PSOE o de la verdadera casta funcionarial que denuncian los de Podemos.

La verdad es que Landa gana en el terreno corto lo que pierde visto de lejos. Y no es un elogio fácil, porque hay políticos que pierden todo el crédito cuando se les conoce de cerca y se aprecian con nitidez los lamparones de la chaqueta. Entre las virtudes de Landa figura su dontancredismo, esa capacidad de darse la vuelta, ser consciente de que le caen encima los chorreones de cera caliente de los ciriales que portan los lacayos de la política, y darle exactamente igual. Landa ha soportado más de un año varios avisos serios que lo mandaban de vuelta a la Universidad en cuanto acabara el mandato, pues Zoido fue recortándole competencias. El buen hombre aguantó a lo Paco Ojeda la proximidad del pitón que lo dejaba fuera de la lista de 2015. Landa ha demostrado ser un gato de la política: tiene siete vidas. Y responde a la perfección a ese gerundio que en Sevilla es augurio de la eternidad. “A Landa se lo están cargando, se lo están despachando…”. Cuantos más gerundios, más opciones de seguir vivo. Y hoy sigue de concejal, aunque reincorporado a la Universidad y sin sobresueldo municipal. Dicen que el landismo durará lo que dure el zoidismo. O no, que diría Rajoy. En el PP hay quien valora que Landa haya logrado ser durante tantos años el decano de una Facultad considerada un “nido de rojos”. Por muchos pinreles que haya metido. Y los niños (niñatos, según Arenas) siguen quejándose de que no se despoje nunca de los galones. Pecados de juventud, o de clarividencia política. “Si es que no te enteras, chico…”