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El éxito del desorden

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2017 a las 5:00

PASCUAL GONZALEZ

LOS artistas son gentes libres que reivindican constantemente su libertad, su desorden o, mejor dicho, su particular concepto del orden. Necesitan vivir fuera de plazo, sin ventanillas en las que rendir cuentas, rehuyendo a los funcionarios, ajenos al mundo real, constituidos en su particular hábitat. Los artistas son mitad genios, mitad caprichosos. Y si el éxito los bendice, pueden resultar encandiladamente insoportables. Un compañero de oficio me confesó una vez: “El día que me jubile me quedaré sin cobrar la pensión porque se me habrá olvidado rellenar un papel”. Será que el periodismo tiene una cuota de artista al ser un oficio más que una profesión. El periodismo, al menos el bueno, tiene mucho de sobrevolar cielos turbulentos por encima de ciertas normas. Y de vivir al margen del mundo oficial aunque haya que camuflarse de vez en cuando para parecer que se está dentro, pero sin perturbar el paisaje.

Pascual González (Sevilla, 1950) es un ejemplo de éxito. Y de desorden. Es un personaje bohemio, de figura alta, en tiempos enjuta, con un punto de Quijote majara, un hombre pegado a una melena larga que visto de lejos tiene aspecto de Cautivo madrileño con largas colas de espera, un señor con gafas de cristales esféricos y voz tamizada por las horas de cante y nicotina.

Usted ve a don Ángel Peralta de paseo por Sierpes y parece que va a caballo. El Centauro de la Puebla tiene todas las hechuras de ir siempre montado. Usted ve al Litri hijo en una cena de Ernst&Young –de esas a las que invita Pepe Pérez Benítez con derecho a abrazo a ministro– y parece que el de Huelva siempre está haciendo el paseíllo. Y usted ve a Pascual González de paseo cualquier día por La Calzá, por su calle Mallén, y parece que sus brazos están pidiendo la guitarra como los del Señor de la Victoria están hoy reclamando la cruz. Hay brazos hechos para cargar la cruz y brazos hechos para abrazar la guitarra. Las hechuras de caballero rejoneador, las de torero o las de artista del cante no se pierden nunca. Las hechuras delatan.

A Pascual González, Pascuá para muchos sevillanos, lo han pasado por el quirófano para ponerle a punto la “sedienta garganta” donde vibran los Padrenuestros que Buzón le regalaba al Cristo del Amor en los versos de su pregón. A Pascual se le ve poco ahora, porque está en recuperación. Y trabajando para reaparecer con todas las de la ley. Un pajarito me ha dicho en la ciudad de los pájaros (y pájaras) que Pascual tiene una máxima: “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. Por eso sigue maquinando, esbozando letras y melodías, soñando con ese pregón imposible que guarda con las mejores pastas del mundo: unos cartones amarrados con una guita. Y hasta sigue cosechando envidias de quienes ni siquiera ahora le perdonan tener más de mil obras registradas: sevillanas, canciones, marchas cofradieras, sintonías…

Ha cantado en la Gran Manzana de Nueva York subido a una carroza en el Desfile de la Hispanidad. Ha estado en los palacios presidenciales de Doñana en un cierre de campaña ochentera de Felipe González. Se ha quedado cientos de veces dormido encima del folio en el que se hizo la noche mientras trataba de buscar los duendes de la inspiración. Siempre le han molestado el ruido del día, el ring-ring del teléfono, las distracciones cotidianas. El desorden ha sido el abono de su particular huerta, hasta que el problema de garganta, con su operación, lo ha vuelto un ciudadano ordenado, formal, impetuoso, disciplinado. De aquellos días en el Hospital Macarena, cuando se comunicaba por escrito con médicos y familiares, a los días de hoy en su casa del Aljarafe, donde prepara nuevos trabajos y se comienza a ver de nuevo su perfil controlador, el de artista al que le gusta llevar las riendas de todo dentro de su particular desorden.

Un día se revistió con capa de tuno, cogió la guitarra y se marchó de España. Llegó a Dinamarca y allí se afincó. Al paso del tiempo, su madre le envió una caja que contenía chacinas y una cinta con sevillanas de Los Romeros de La Puebla. Aquel envío fue un pellizco de los que acaban con un “ya estoy yo en mi casa”. Se vino para La Calzá unos días antes de Semana Santa y hasta se vistió de nazareno de San Benito. Cuando cargaba la cruz le dio un sopitipando por el contraste de los fríos vikingos a los que ya estaba aclimatado y las fuertes calores que entonces marcaban aquellos Martes Santos. Acabó refugiado en un portal, antifaz quitado, capa enrollada, cruz apoyada en la pared: “Ay, qué malito estoy”. Y de aquel año surgió una de esas sevillanas que están en el imaginario colectivo, que son ya de la ciudad más que de Los Cantores de Híspalis: El puente te está esperando.

Pascual no tuneó el género de las sevillanas, como algunos dicen, ni las profanó, como denuncian los envidiosos. Irrumpió en el mundo de las sevillanas. Rompió los moldes, se inventó unos nuevos. Se hizo un traje a medida. Adaptó las sevillanas a su estilo con tal intensidad que volvió locos a muchos productores. Aún se recuerdan los pesares del productor suramericano de Hispavox que no concebía los textos recitados entre palo y palo de las sevillanas de San Benito.

Son las cuatro de la tarde, La Calzada en su gran fiesta… Hasta Carlos Herrera ha hecho de recitador de esos textos para televisión. Pascual recogió influencias desde Atahualpa hasta Fredy Mercury y las deja entrever en su concepto de las sevillanas. Dio un vuelco, lo cambió todo, jugó a confundir hasta que confundió e hizo de la confusión la razón de su éxito. La música y letra de Que no nos falte de ná y Somos más de veintitantos… La música de Quiero cruzar la bahía y A bailar, a bailar. Pascual es el I+D de las sevillanas, acentuando con la guitarra donde nadie acentúa, inventando estribillos y melodías distintos en cada palo, haciendo sufrir a los arreglistas… El mundillo estaba acostumbrado a El Pali, Los Marismeños y Los Romeros de la Puebla. Hasta que llegó este loco de La Calzá e incluso le dio por dedicar unas sevillanas a la Hermandad del Silencio. La junta de gobierno de aquellos años ochenta mostró sus recelos cuando se enteró por los rumores de la ocurrencia de Pascual González. Pascual, hermano de la cofradía, envió una cassette a la hermandad para que supervisaran el trabajo. La cofradía, como corresponde, contestó con su bien más preciado: el silencio. No rechazó la iniciativa, lo que equivalía a una suerte de bendición. Y sonó miles de veces la historia de que ahí viene Jesús, llevando su cruz que mira hacia el cielo…

La vida son recuerdos de un alumno universitario que obtuvo el título de Magisterio y llegó a ejercer la docencia en el colegio San Isidoro, donde tuvo de pupilo a un tal Ernesto Neyra. Pero los horarios, la disciplina laboral, no eran lo suyo. Pascual dejó la docencia por la aventura en el extranjero ya referida. La vida son recuerdos de una abuela que le enseñó la ruta por los templos de la ciudad, de la amistad de Luis Sevillano y de las horas que se pasó para componer el himno oficial del Betis. Gran aficionado a la buena mesa, sibarita en lo gastronómico, no ha dejado de ser un niño grande ni con 50 años. La vida son recuerdos de 1988, cuando hizo 120 galas en una sola temporada y, al regresar a casa, cuentan con humor que su hija abrió la puerta y se oyó: “Mamá aquí hay un hombre que dice que es papá”. Por aquel entonces, Pascual vivía en el autobús, de ciudad en ciudad, de gala en gala. La vida son programas de televisión, escribir canciones para un sinfín de cantantes, desde Paloma San Basilio hasta Massiel. La vida es un ego disparado que ha sido el motor de su vida. La vida es tal desorden que la Guardia Civil lo paró un día que conducía hacia Herrera, donde estaba anunciada la actuación del Sevilla reza cantando. El agente le pidió todos los papeles, se fue a la motocicleta, consultó por radio, volvió al coche y le dijo: “¿Usted tiene carnet de conducir de verdad?”. Pascual respondió: “Sí, señor. Se lo he dado”. “No, esto que usted me ha dado lleva once años caducado”, zanjó el guardia. Y el multazo fue de aúpa.

El locutor Carlos Herrera asistió un día al Sevilla reza cantando en el antiguo Teatro Imperial. Al término de la gala entró en el camerino y le dijo: “¡Bigotes! Te voy a mangar dos o tres cositas para mi Pregón”.

Si estuvo con Felipe en Doñana, también conoció a Rajoy en la Feria de Abril catalana. La vida cotidiana es un traje oscuro y una corbata estrecha que luce vaya donde vaya. Atrás quedaron los días de cajetillas de Winston y Marlboro, las jornadas del desorden, las noches de encuentros y desencuentros con la inspiración. “Me han operado de la garganta, no de la cabeza”. La vida es hoy orden, orden y orden por imperativo de la salud. Algunos hoy siguen sin perdonarle el éxito. El puente siempre espera a este loco de la Calzá que se hartó de vender discos con la capa almidoná de su osadía. A este caballero de la calle Mallén, cuyos brazos siempre esperan la guitarra como el Nazareno la cruz, le pusieron una calle, pero no le han dado el Pregón de la Semana Santa. Pascual sin guitarra parece que va desnudo. Pascual callado es un nazareno del Silencio, la cofradía ordenada en la que un día quiso inscribirse quien lo debe todo al cante y al baile, a la jarana y a la bohemia. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones. Y el silencio es parte de la música, como los espacios en blanco lo son de la escritura.

Caballero boticario

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2015 a las 5:00

Manuel Roman.jpg
HAY sevillanos que llevan siempre la mañana de Viernes Santo en la cara, pálidos, blancos y metidos en malaje; como si fueran continuamente detrás de un camión de Lipasam, con la nariz olfateando el entorno en una calle estrecha a la espera del sube y baja del contenedor de carga lateral; con el rostro como si acabaran de ver la factura del Jaylu, o montados en un taxi en plena ola de calor con el aire acondicionado puesto a la mitad de potencia, esa velocidad de refrigeración que sólo alcanza al conductor y casi ni acaricia al viajero. Al estado continuo y natural de enfado del sevillano se le conoce como malaje. El malajismo es una actitud ante la vida que no implica ni mucho menos falta de diligencia en el trabajo, más bien al contrario, pues hay grandes defensores de los camareros malajes como profesionales eficaces en la atención al cliente, con quien saben guardar la distancia y que no admiten esas gracietas que en Sevilla se conocen como guasa mala. El malajismo es disciplina que tiene doctores, como el fino observador Eusebio León, que los tiene localizados en el centro, vestidos del negro sucio que está de moda, y en los barrios, donde se conserva la higiénica camisa blanca. En contraposición al sevillano malaje hay una especie reducida, casi en extinción, que es el sevillano fino, agradable de trato, exquisito y que emplea el genio como último recurso, tanto que casi necesita la declaración del estado de excepción de su particular forma de ser para dejar de ser como realmente es.

Manuel Román Silva (Sevilla, 1951) es un sevillano fino y cálido. No pontifica, no grita, no busca la victoria dialéctica, todo lo más el empate. Es como Induráin, si puede ganar, gana; pero deja que los demás se lleven trofeos a la combatividad, la montaña y las metas volantes. Farmacéutico de profesión. Cofrade que por tradición familiar arraigada en San Esteban llegó nada menos que a presidente del Consejo de Hermandades, pero el cofraderío ignoraba (e ignora) que antes presidió la Fundación Farmacéutica Avenzoar.

–¿Eso qué es? ¿Qué día de la Semana Santa sale?

Manolo Román no llegó a presidente del Consejo degenerando, pero sí estando. El verbo estar, en su gerundio, es la gran clave para alcanzar ciertas cotas en Sevilla. ¿Cómo ha llegado Fulanito a concejal? Estando todo el día en la puerta de la sede del partido, de modo que hicieron la lista electoral y como Fulanito estaba allí… Pues lo metieron. ¿Cómo ha llegado Mengano a maniguetero? Se puso malo Don José, que es el número siete de la nómina, y como Mengano se ha pasado todos los días de cuaresma estando a disposición del hermano mayor, pues se le ha premiado. ¿Cómo ha llegado Zutano a consejero de la Junta? Estando en la pandilla de la presidenta desde joven.

Pues Manuel Román ha estado nada menos que 16 años en la institución cofradiera, donde su gran colaborador ha sido siempre el historiador Joaquín de la Peña. Primero fue delegado de Gloria, después tesorero y finalmente presidente. Dicen que ha sido un Rey Midas en versión local. De consejero de Gloria a presidente. De beduino a Rey Melchor. Y de boticario en el Polígono de San Pablo a farmacia de relumbrón en la Puerta Carmona.

Román ha sido el presidente del Consejo menos capillita en la historia de un organismo reducido (casi caricaturizado) a su facultad de organizar las sillas de la carrera oficial e intentar cuadrar los horarios de las cofradías, tareas ambas en las que hay destacados ingenieros trabajando (estando) todo el año. Muchos estamos convencidos de que Manuel Román no es capillita y eso, lejos de ser una carencia, es un valor añadido. Es uno de sus grandes valores. No siendo capillita, pero estando, se ha visto en determinados puestos, pues la mediocridad de la jerarquía cofradiera ha valorado siempre su talla social sin percibirlo como una amenaza. Y en esta última cualidad radica una de sus grandes habilidades, pues Manolo es lo contrario a un malaje. Hasta cuida el tono de voz (melifluo muchas veces) para no molestar al interlocutor en una ciudad donde a la mínima oportunidad sale a relucir el sargento enojado que todo sevillano lleva dentro, ese conductor irritado en la carretera entre El Rocío y Matalascañas. La voz suave, en tono bajo y carente de beligerancia de Manolo debería ser patrimonio inmaterial de la ciudad de los gritos, del aquí estoy yo y usted me va a oír. Pertenece a la cofradía del buen gusto, minoritaria y al borde de la extinción, de los que llaman al camarero para que simplemente se lleve los vasos y platos sucios de la mesa.

Ha sido un presidente del Consejo atípico, con excelentes relaciones con los medios de comunicación, la jerarquía eclesiástica y los políticos, no así con los hermanos mayores. Monteseirín lo llamaba como consejero para llorar en su hombro por los dardos que recibía de la prensa y de algunos ultracofrades. Román lo mismo compartía horas con los mineros en huelga encerrados en la Catedral una víspera de Semana Santa, que mantenía una tensa discusión con el Cardenal Amigo, que alguna tuvo. Quizás por este atípico y saludable carácter no llegó a convencer a los hermanos mayores de tres proyectos claves: una acción social conjunta que no fuera sólo el soltar dinero sino basada en el compromiso, convertir el Consejo en un foro de discusión sobre los problemas del hombre y de la Iglesia en el mundo actual (Foro Santa María de Jesús), y conseguir que el Consejo fuera una institución con verdadera auctoritas ante las propias hermandades.

En Roma, adonde fue a acompañar a Don Carlos en su designación como cardenal en 2003, se levantaba a medianoche para velar el sueño de Antonio Ríos. Fue el hombre que arrumbó las puntillas mohosas y las maderas podridas de los palcos, modernizó la gestión de la carrera oficial, abrió las puertas del pregón a escritores políticamente incorrectos, colocó a las hermandades de Gloria en igualdad de condiciones que las de penitencia y organizó un Congreso Internacional de Hermandades absolutamente desaprovechado. Demasiadas margaritas para tanto… cofrade.

Siempre se ha caracterizado por la mesura, por creer que las cofradías tienen su importancia, pero no son tan importantes ni tan trascedentes en la ciudad; por tener claro que el Boletín del Consejo no es el BOE y por defender que la Semana Santa no dura todo el año. No lleva música cofradiera en el Volvo, sino los palos de jugar al golf en los verdes campos de Pineda, que le relajan tanto como las pinturas ribereñas de Ricardo Suárez. Cuando este periódico reveló que un agente de la Agencia Tributaria estaba tocándole los costados al Consejo con el levantamiento de actas fiscales por el IVA impagado de sillas y palcos, el tesorero del Consejo era Román, al que telefoneamos aquella tarde de febrero de 2000:

–¡Qué me dices! Estoy jugando al golf en Pineda, voy para el Consejo.

Aquel tesorero salió de aquella polémica sin un rasguño. Llegó a presidente y se empeñó en acabar con una leyenda de la ciudad, no sin polémicas internas de vetos y dossieres. Tenía claro que al escritor Antonio Burgos había que ofrecerle oficialmente –al menos una vez– el pregón de la Semana Santa, pues nadie como él ha creado escuela periodística y literaria sobre la fiesta más importante de la ciudad. Cuando lo cómodo para encargar el pregón hubiera sido tirar de la lista de abogados, de alguno de esos pro-hombres de Iglesia que ayudan al cura a colocarse la casulla, Román acudió junto a Julio Cuesta (la fuerza del tirador) a casa de Burgos a convencerle de que aceptara la designación. El día del Pregón ocurrieron dos anécdotas nunca reveladas. Como era costumbre, el presidente acudió a casa del pregonero a recogerlo en un coche del Ayuntamiento, todos ya de chaqué camino del teatro a hacer la prueba de sonido. Burgos quiso hacer también la de imagen, pidió que se colocara alguien en el atril para ver cómo resultaba. Pusieron a alguien del Consejo mientras el pregonero y el presidente se fueron a la unidad móvil de retransmisión para ver cómo quedaba la cosa en el monitor. Parques y Jardines había colocado unas quencias que daban justo detrás de la chorla del pregonero. Hacían el efecto de una selva. Y Burgos le dijo al presidente:

–Manolo, por favor, que quiten esas quencias, que va a parecer que estoy dando el pregón de la Semana Santa de San Juan de Puerto Rico y no el de Sevilla…

E inmediatamente mandó quitar las puñeteras quencias.

Luego Burgos se fue al atril, a hacer la prueba de sonido. Y en vez del “uno, dos, uno, dos, ¿me se oye?”, se le ocurrió soltar el trabalenguas del estribillo de Los Lilas del Tío de la Tiza (1903), y dijo muy solemnne y de corrido: “Piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la paútica, patúliqui, mulática, piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la pin, saca la pun, saca la pon…”. Las caras de los tíos del Consejo eran para verlas, de extrañas y de largas. Menos la de Manolo Román, que terminada la prueba preguntó:

–Antonio, ¿de qué agrupación es ese trabaluengas?

El Sábado de Pasión que se desconvocó la huelga de mineros, siempre agradeceremos que nos didera la primicia. Nos despertó con sobresalto: “¡Ya se van los mineros, Paco, ya se van! ¡Todo arreglado!”. Román creía estar hablando con Paco Navarro, canónigo y mayordomo de la Catedral. “Buenos días, Manolo, soy Navarro, pero Carlos. Muchas gracias, lo avanzo en la edición digital”.

La perspectiva demuestra que con los farmacéuticos tuvo más suerte que con los hermanos mayores. En su estilo fue más Sánchez Dubé que Antonio Ríos, más Luis Rodríguez-Caso que Adolfo Arenas. Manuel Román pertenece a un club que es mucho más exclusivo que Pineda, muchísimo más. Porque en ese club no entran ni los que tienen los cerca de 60.000 euros que cuesta hoy entrar en Pineda. Manuel Román forma parte del club de los escasos señores de Sevilla, que además nunca llevan cara de mañana de Viernes Santo. Y les gustan las mesas sin platos sucios.

Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.

Un café a las 18:47

Carlos Navarro Antolín | 23 de noviembre de 2014 a las 5:00

CARLOS HERRERA
TODOS los días hacía sonar el claxon de la moto al pasar por la calle Feria, justo a la altura de la casa de Charo Padilla, una de las grandes redactoras de Canal Sur Radio. Cada día, a las seis de la mañana, sonaba aquel estruendo que ponía de los nervios a los vecinos. El motorista iba cargado de fuerzas para presentar el matinal de aquellos años noventa, aquel programa en el que inventó la sección del tema del día para explotar el gracejo andaluz de los oyentes que narraban situaciones tan cotidianas como esperpénticas. El secreto mejor guardado por la Padilla era la identidad de aquel motorista un punto faltón que debía andar en busca y captura por el vecindario de Ancha la Feria.

–Charo, ¿tú te has dado cuenta de que hay un cabrón en moto que pita todos los días sobre las seis? Porque hay que ser cabrón… ¡Es que el tío no falla ni una mañana!

Y Charo estuvo años sin revelar que su despertador de lujo era el mismísimo Carlos Herrera (Cuevas de Almanzora, Almería, 1956), poseedor de una virtud de la que pocos pueden presumir, pues no habiendo nacido en Sevilla ha conseguido que esta ciudad le perdone sus osadías, le consienta los cuellos abiertos cuando todo el mundo los lleva cerrados y le permita acudir en vaqueros cuando se impone el consabido pantalón de pinza. Herrera puede hacerlo, otros no. Herrera puede presumir de la belleza de su mujer en el Pregón de Semana Santa, pero a todos los demás los hubieran corrido a gorrazos a la salida del teatro por el Paseo de Colón y hasta el Alamillo, y hubieran sido achicharrados en la hoguera de la ortodoxia más plúmbea. Tal vez Sevilla se haya dado cuenta de que Herrera nunca le ha tenido temor a pesar de la merecida fama de la ciudad en cerrar puertas y generar recelos. Nacido en Almería y criado en Cataluña, no le teme a la Sevilla Eterna ni ha guardado nunca la distancia mínima de seguridad con las cofradías. Se mete en todo tipo de bullas. Tan pronto está tapeando con el presidente de La Caixa como charlando con el capiller de San Nicolás. Sabe que la mejor forma de no marearse entre las nubes es tener los pies bien clavados en la tierra, sin perder el cultivo, la referencia y el seguro carril de las amistades de hace treinta o cuarenta años.

A Herrera le gusta Sevilla desde que hizo el servicio militar con los ferroviarios de la Plaza de Armas y se enamoró de una sevillana que le enseñó a pasear por la ciudad. Quizás por eso sigue caminando a diario, sobre todo para eliminar la grasa del jamón y las morcillas que se jama, y en especial los domingos por la tarde, que es cuando aprovecha para despachar asuntos varios con su amigo Manuel Marvizón, que es una especie de Hermano Pablo sin consagrar. Marvizón es su alter ego y forma parte del núcleo duro de los herrerianos, donde están por supuesto sus principales colaboradores de la radio y compañeros de los gañotes en restaurantes varios de la península ibérica, antiguas colonias y resto del planeta. El teléfono de Marvizón suena cada día una docena de veces para requerir la presencia de Herrera en algún acto. Y Marvizón, camarlengo de la curia herreriana, se encarga de ir dando los lances oportunos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ya publicó un informe preciso: el 90% de las peticiones son denegadas, un 5% sometidas a estudio y otro 5% atendidas. La gran clave es burlar a los comedores de tiempo. Existen personas que transmiten energías positivas como existen las que hacen perder el tiempo. Esas guadañas de reloj ponen de los nervios al locutor de ustedes, que tiene el tiempo obsesivamente medido. Hace poco le pidieron cita y respondió por sms: “A las 18:47 en el bar La Candelaria”. Todo está tasado una vez que acaba el programa nacional a las 12:30: el aperitivo de sardinas marinadas, la pequeña cabezada, el tiempo del paseo vespertino, las paradas en las iglesias, la duración del café y el regreso a la casa por la que entra el mismo torrente de luz que baña el Guadalquivir. El timing de la radio lo exporta al resto de la jornada. Todo está tasado con precisión ferroviaria para quien tiene que estar en la cama a las 21:30 y en planta a las 04:30. Vive cada día en el sufrido horario del Calvario en la Madrugada. El orden es la seguridad. No lo llamen por teléfono a las once de la noche. El último que lo hizo aún sufre temblores y ha tenido que ir al psicólogo.

Quien sí lo llamó una vez estando en la ducha fue el Rey de España. El locutor vio en la pantalla de su móvil las iniciales S.M. Se salió chorreando, se lió la toalla como un capote de paseo y respondió con el debido respeto a la llamada (“Señor, dígame”), pero no se oía bien en el cuarto de baño ni en el resto de la casa. Tuvo que salirse al balcón. Cuando se dio cuenta estaba semidesnudo y hablando por teléfono con Don Juan Carlos a la vista de los viandantes. La verdad es que ahí fue un precursor, porque eso ocurrió muchos años antes de que el central Puyol recibiera a la Reina en toalla en el vestuario de un estadio de Sudáfrica. Al fin y al cabo, con el Rey y el jefe de su Casa ha cenado muchas veces, libando (o tumbando) un par de botellas de tinto en Oriza en una de las ocasiones más recientes. Y de Príncipes de la Iglesia tiene especial predilección y afecto personal por monseñor Amigo, al que propuso ser tertuliano habitual en las mañanas de Onda Cero.

Herrera da los primeros buenos días a España en pijama de cuadros y zapatillas de franela. Lo mismo está en Sevilla, Madrid o Nueva York. Las zapatillas de franela son muy importantes, incluso hasta para lucirlas en Nochevieja en una cena con amigos de punta en blanco. Herrera es así. Las zapatillas, modelo babuchas, son casi tan importantes como el bigote, que hasta lo usó postizo alguna vez en ciertos programas de televisión para no decepcionar a la audiencia. Esa televisión que no le gusta nada, porque no permite salir como uno es, con la barba de varios días ni, por supuesto, ir en zapatillas de andar por casa, como sí consiente su gran admirada y mimada:la radio.

Su concepto de libertad lo lleva hasta el límite. “Charo está embarazada, no se lo digas a nadie”, le comentó su amigo Marvizón en 2001. Y Herrera lo contó nada menos que en el Pregón de Semana Santa. Charo se quitó el auricular y miró a su marido:“¿Yo he oído lo que he oído?” Fue un embarazo literalmente pregonado del que nació un precioso hijo llamado Manuel. Herrera, por cierto, estaría encantado de poder dar otra vez el Pregón. De aquella experiencia quedó marcado. Disfrutó tanto que no le importó el ceremonial de besos y abrazos que se organiza después en los camerinos, que no hay en la ciudad una liturgia más falsa que esa. Sentados en un velador del barrio de Santa Cruz, le preguntamos en las vísperas del Pregón si era consciente de la gran hipocresía que se avecinaba.

–No me importa, quiero vivirlo. Forma parte del rito.

Tiene costumbres muy peculiares. Valgan varios ejemplos. Nunca falta un 22 de diciembre a su cita con Barcelona, que le gusta recorrer en moto. No se pierde un Corpus en las sillas de la Plaza de San Francisco o una Nochevieja en el Rocío con su madre, doña Blanca, con canelones cocinados al estilo Mataró. Ylos Domingos de Resurrección, tras ver el Resucitado en la Campana y desayunar calentitos, se da el primer paseo por la Feria, una fiesta por la que se compró una suerte de guarida cerca del real para tener una alcoba propia próxima a su caseta.

Tiene un punto de supersticioso que se acentuó en un viaje a Nueva York. Yendo por Madrid cargado con las maletas se encontró a un famoso cantante que es tenido por cenizo: “Un abrazo, Carlos. ¡Verás lo bien que lo vais a pasar en Nueva York!” Se le cambió la cara. El viaje fue, como se dice ahora, brutal: faltaban pasaportes al llegar a Barajas, el cajero automático se tragó varias tarjetas, una tormenta descomunal provocó la inundación de varias calles de Manhattan y perdieron el avión de vuelta.
Nunca olvidará el día que se montó en el ascensor de la sede de RNE portando una caja de puros que le había dado el vigilante de seguridad. Cuando la abrió y vio aquella masa plastificada rodeada de cables, el viaje se hizo eterno. ETA se lo quiso despachar. Aquel mediodía se fue a comer a Casa Rufino, en Umbrete, con varios inspectores de la Policía Nacional, entre ellos el ex edil Demetrio Cabello. El artefacto falló porque alguien había tirado previamente la caja con desdén y los cables habían quedado desconectados. Pero estando en el ascensor con la cajita en la mano, Herrera ignoraba si aquello era de explosión retardada. Para el hombre obsesivo por el timing, su hora aún no había llegado. Todavía tiene que dar el Pregón por segunda vez. Y seguir despertando a vecinos con el claxon.