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La fuerza de la serenidad

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2017 a las 5:00

Jaime Rodríguez Sacristán

 

EN Sevilla hasta hace poco tiempo no existía una atención especializada para niños con discapacidad mental. El estigma caía sobre ellos como una losa de la que resultaba imposible zafarse. Alguien, un día, trajo a Sevilla el concepto de psiquiatría infantil. Y ocupó la hasta ahora primera y única cátedra de esta especialidad en la capital de Andalucía. Hay gente que ha dedicado toda su vida a luchar contra el estigma, a librar a estos pequeños pacientes de esas etiquetas que orillan al enfermo, lo condenan al gueto o, aún peor, lo recluyen a los manicomios con el desdén de quien emite una condena con un codo en la barra del bar y un palillo en la comisura del labio. Jaime Rodríguez Sacristán (Benaoján, Málaga, 1934) se fue muy joven a París a aprender la primera ciencia que trata a los niños con problemas mentales como pacientes, no como locos. Por eso dicen que es un desestigmatizador. Su psiquiatría humaniza al paciente. Autismo, asperger, atención temprana, estimulación precoz… Comenzó a promover en Sevilla una serie de conceptos y denominaciones que antes eran desconocidos o, mucho peor, eran concentrados en términos duros o, cuando menos, carentes de una mínima caridad. Inició los tratamientos especializados, comenzó a diferenciar patologías. En definitiva, apostó por tratar al niño como a un niño.

Puso los cimientos de la psiquiatría infantil en Sevilla como también puso los de la primera Facultad de Psicología. Porque en aquellos tiempos tampoco había psicólogos en Sevilla. Su formación como humanista está fuera de duda: tras hacer Medicina, se matriculó en Filosofía y Letras. Dicen que desde muy pequeño tenía ya cara de intelectual, interés por leer, por saber, por asistir a recitales de poesía, una de sus grandes pasiones. Es un gran activista intelectual desde una forma de ser reposada, un habla serena, una educación exquisita y un trato esmerado con los demás. Frente a quienes pregonan que los valores de siempre están en crisis, el doctor Rodríguez Sacristán replica que lo que ha cambiado sustancialmente es el contexto social, no los valores. Los valores de siempre, los que hacen más fácil la convivencia urbana, siguen siendo útiles. Quizás más que nunca. Y otra de sus grandes enseñanzas en las entrevistas periodísticas es que el mal existe. Las personas malas existen. La maldad humana habita entre nosotros. Hay que saber localizarla para alejarse de ella.

En la ciudad en la que se fundan tantas cosas cada día (clubes, asociaciones, peñas, cofradías, etcétera) este veterano vecino de la Palmera decidió crear el Instituto Doctor Rodríguez Sacristán, donde se comenzó a prestar los primeros tratamientos a menores con discapacidad intelectual. En las Administraciones estaba todo por hacer, no había equipos especializados en psiquiatría infantil, ni presupuesto, ni personal. Nada. El empuje personal de este profesional, sus años de formación en capitales europeas que estaban a la vanguardia en esta rama de la Medicina, hizo posible poner en marcha los primeros proyectos de atención a estos pequeños pacientes. Cuando Sevilla salía de su letargo en la atención a niños con problemas, el doctor Rodríguez Sacristán se iba forjando un currículum y un prestigio en la Unesco, donde fue llamado para los equipos de expertos en la infancia.

La vida es escribir en pequeños papeles que luego reúne y, quién sabe, si salen poemas o incluso párrafos de esos libros que después se leen con tanta facilidad que se podría decir que se leen cuesta abajo. Libros, sí, pero nunca ha editado sus poesías. La vida es el cultivo del intelecto, siempre observando el entorno cuando parece que está despistado, que es muy propio de los intelectuales hacerse el sueco. Los ojos amables del doctor Rodríguez Sacristán escrutan con minuciosidad todo su alrededor, ya sea en un restaurante, en un acto social, en un funeral, o en la sala de espera de urgencias. Ve, mira y observa sin que lo parezca, sin molestar a nadie. Siempre evitará el roce en cualquier situación de la vida cotidiana.

La vida son recuerdos de ver llegar el tren a Villanueva del Río y Minas, donde era de las pocas distracciones para los jóvenes de entonces; de la Ciudad Jardín, donde vivió y muchos vecinos aún lo recuerdan, y de una Avenida de la Palmera donde se podía comprar un solar y edificar una casa acogedora que tiene el nombre del río Guayas, en recuerdo de Ecuador, una de las naciones iberoamericanas donde ha llevado su magisterio en numerosas ocasiones en beneficio del objetivo de siempre: que nadie vea a un niño con discapacidad intelectual como a un loco. Porque no lo es. La vida es seguir recibiendo llamadas de pacientes con 65 años que pasaron por su consulta siendo niños.

Su lugar de trabajo está presidido por una mesa grande donde el aparente desorden de papeles es un orden perfecto para su principal usuario. Suenan el móvil y los pitidos del servicio de mensajería, lo que prueba su facilidad para adaptarse a las nuevas tecnologías. Tiene problemas para decir que no cuando es requerido para cualquier iniciativa. Hay quien dice que es de los médicos que va pasando consulta por la calle. Jamás le oirán hablar de dinero. Siempre le verán cuidarse mucho, pasar unas vacaciones tranquilas en un hotel recoleto del Puerto de Santa María. Hace años que dejó de fumar cigarrillos de la marca ‘Rumbo’. Y que dejó de salir de nazareno en La Estrella. No es un sevillano al uso, pero nunca ha despreciado las costumbres de la ciudad, ni ha mirado por encima del hombro a cofrades o feriantes para darse aires de importancia o de modernidad postiza. No es ácido ni irónico, pero aprecia la acidez y la ironía en quienes la practican al hablar o escribir. La hiperactividad ajena es de las pocas cosas que lo pueden alterar. Es un gran defensor del valor de la ternura, un consumado especialista en su análisis y en su utilidad en una sociedad de hoy marcada por la violencia, por los informativos cargados de imágenes crueles, en una sociedad acelerada, acerada y demasiado gélida.

Dicen que esta jubilado, pero la fuerza de la vocación le lleva a seguir atendiendo requerimientos como psiquiatra, como cuando salía a buscar pacientes a deshoras y llegaba a casa de noche y, tras cerrar la puerta, dejaba los tebeos de las joyas literarias que había podido comprar para sus hijos.

Un día lo vieron hipnotizar gallinas. Literal. Otro día le pidieron examinar la grafía de un criminal. Conoció mejor al malhechor a través de su letra. El rostro de este médico que Sevilla ha hecho suyo inspira paz, quizás sea la paz propia de quien sabe que la curación en un enfermo de psiquiatría no existe. Son pacientes crónicos. La guerra está perdida de antemano. Pero nadie le priva de la satisfacción de hacerle la vida más fácil a muchos niños, devolverles la autoestima, restarles angustia y ansiedad y, sobre todo, acompañar a sus familias. El psiquiatra, al fin, es una suerte de cirineo del alma. Pudo quedarse en París en su momento, pero quiso retornar a Sevilla por dar la máxima importancia al arraigo en la educación de sus hijos. Tiene claro que el arraigo hace posible la seguridad y la certidumbre que todo ser vivo necesita para vivir en plenitud. La plenitud es eso que ocurre cuando pasea por la Palmera plácidamente del brazo de Asunción, su mujer, y piensa, quizás, en qué bello es ejercer su vocación en Sevilla, donde no pudo estudiar aquello que quería ser de mayor. Porque no existía. Pero él fundó las aulas para que otros lo hicieran. Hizo camino al andar.