Archivos para el tag ‘PSOE’

Tengo un argumento para usted

Carlos Navarro Antolín | 2 de julio de 2017 a las 5:00

Juan Carlos Blanco

EL catedrático fue enérgico aquel día. En respuesta al uso creciente de las nuevas tecnologías y de dispositivos aplicados a la docencia, que pocos años antes hubieran sido tomados como una muestra de locura, el viejo profesor zanjó cualquier debate con una sentencia rotunda: “Los buenos alumnos se defienden escribiendo mucho en el examen, con mucha tinta, como los calamares”. Ni pruebas tipo test, ni prácticas para sustituir los ejercicios de razonamiento por escrito. Se trataba de escribir, exponer, argumentar, relacionar hechos, demostrar que se controlaba la doctrina de varios autores y la del propio catedrático. Inventos, los precisos. Con los políticos ocurre algo muy parecido. Tienen que demostrar locuacidad, capacidad de razonamiento, sagacidad verbal, dominio de los asuntos que son de su competencia y hasta de los que escapan a su jurisdicción. Si se adolece de falta de argumentario, hay que saber adquirirlo fuera. Si no se tiene capacidad para explicar lo sabido y convencer, hay que externalizar los servicios.

Juan Carlos Blanco de la Cruz (Ginebra, Suiza, 1967) siempre tiene un argumento para usted. Es el calamar de la oratoria. Mucha tinta, mucha labia, mucha voz. Escribe textos que se leen cuesta abajo. Y elabora argumentarios que son platos combinados de actualidad pasada por la parrilla de San Telmo con guarnición variada de pedagogía y didactismo, con la sal del optimismo vitalista y la pimienta de eso que se llama comunicación política o comunicación institucional, según convenga.

La vida lo llevó por la radio y la prensa escrita mucho antes de ser lo que es hoy: el portavoz del gobierno andaluz en un período delicado para su presidenta. La verdad es que Blanco nunca hablaría de coyuntura delicada. Calificaría de reto cualquier momento difícil y vería una oportunidad en todo período de crisis. Susana Díaz ha tenido que replegar sus tropas y retirarse a Andalucía tras el frustrado asalto a Ferraz. No hay problema, este Juan Carlos Blanco verá la parte positiva: la dirigente andaluza se humaniza al perder, genera afectos en una sociedad que empatiza con los derrotados, y amabiliza su figura tantas veces presentada con perfiles duros. ¿Se dan cuenta? El argumentario está hecho, sólo hay que exponerlo. Sólo hay que hacer el calamar. Mucha tinta, mucha labia. Es fácil: la derrota no hunde a nadie, suaviza las aristas.

Este licenciado en Derecho es un gran conversador tanto como un gran conservador. Se ha pasado su vida a la búsqueda del centro político. Lo suyo siempre fue lamentar no haber vivido en directo los tiempos de la UCD y añorar el CDS como la opción de centro que necesitaba una nación como España, tan aficionada a los pendulazos. Criado en el barrio de Los Remedios, socio del Mercantil, cada año más aficionado a la Semana Santa, algunas veces se le ha visto en los tendidos de sombra de la plaza de toros. Su interior está sociológicamente decorado con los hábitos de la derecha. Su fachada exterior está pintada ahora con los colores del PSOE. La misma semana recibió las ofertas de trabajo del equipo de Susana Díaz y del de Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz. Al final pudo más en su conciencia la adscripción al partido que tradicionalmente hace de las políticas sociales su estandarte.

No milita, pero se compromete. Navega entre la comunicación y el periodismo. Dice que no tiene enemigos. De acuerdo, pero sí tiene una legión de envidiosos a la que ahora se suma el ejército de pelotas que lampan por estar próximos al poder establecido. Los envidiosos son potenciales enemigos a los que conviene alimentar cada mañana como a los canarios, a los que hay que poner su poquito de agua, su puñadito de alpiste y su ramita de perejil para que sigan felices en la jaula de la mediocridad. Ocurre que este periodista metido a portavoz nunca reconoce la existencia de enemigos, se autoaplica una suerte de terapia por la que prefiere pensar que todo el mundo es bueno. En el fondo sabe y tiene muy claro que no es así. Como dice el doctor Rodríguez Sacristán, la maldad humana existe. Pero Blanco se hace el sueco. Y silba. Los malajes hispalenses le provocan cierto rechazo, aunque procura disimularlo, tanto como los opinadores contundentes que no dan lugar a debate, que no le dejan libre una rendija donde colar alguno de sus argumentos. En esos momentos tira de paciencia. Porque este vecino del centro es más paciente que un usuario del C-2.

Sonó con fuerza para dirigir la RTVA, donde llegó a trabajar en sus inicios y donde después se perdieron contar con su colaboración como contertulio. Alguna quizás se arrepiente hoy de no haberle dado el sitio. Tiene pendiente un curso sobre cómo hacerse el nudo de corbata. Es de los que un día se declararon abstemios para siempre después de haber vivido sus buenas ferias. Si se tiene en cuenta su alergia al pelo de caballo y su aversión al alcohol, dicen que pasar un día de Feria con Blanco es todo un ejemplo de equilibrio emocional. Es un gran cliente de Emasesa y de las botellitas de agua mineral, de las que bebe poquito a poco, como recomiendan los médicos para estar bien hidratado.

En los años noventa se decía que Juan Carlos Blanco era el doble del juez Garzón, antes de que al magistrado le dieran varios golpes de bimba y se le avinagrara el carácter, claro está. Este portavoz del gobierno tiene un perfil poco conocido de humorista. Tiene una innegable habilidad para imitar a personajes públicos, una faceta donde demuestra su capacidad para fijarse y reproducir tonos de voces y ademanes.

La vida son recuerdos de un joven especialmente travieso, calificado de verdadero trasto y alma inquieta. Muy inquieta. De aquella frenética actividad adolescente ha quedado quizás un viajero hiperactivo que prefiere conocerse todos los pueblos de una comarca antes que apostar por una estancia tranquila y permanente en sólo uno. Siempre en movimiento, siempre programando, siempre alerta. Devorador de libros y de periódicos en formato digital. La vida es el dedo índice ajustando el puente de las gafas, una mesa de pocos papeles, pero con cierto desorden; un andar con cierta dejadez en brazos y piernas, una actitud entusiasta por los asuntos sustanciales de la vida y un uso continuo de las redes sociales. La vida es pasar de la Suiza natal al País Vasco, después a Tánger y finalmente a Andalucía. La vida es licenciarse en Derecho por amor a su madre. La vida es perder la templanza y toda muestra de equilibrio cuando al Real Madrid le meten un gol. En esos casos experimenta un proceso de transformación radical donde la búsqueda del centro político se torna en una quimera. Parece poseído por el diablo durante unos instantes. La vida es recibir en la redacción del periódico a principios de los años noventa una llamada telefónica con un inicio muy singular: “¿Juan Carlos? ¿Eres tú, canijo? ¡Soy Susana, la concejal!”. Y, en efecto, era la muy trianera edil de Juventud, que promovía un botellódromo en la Cartuja por aquellos tiempos en los que San Telmo quedaba lejos, muy lejos.

El lenguaje sencillo para hablar y para escribir. El calamar siempre en guardia. El argumentario preparado. La prudencia en público, la acidez en privado. El empleo de los términos exactos para calificar unos hechos. El dardo en la palabra. Un seguidor de Lázaro Carreter en el viejo San Telmo. Uno de sus temas favoritos son los nuevos modelos de negocio en la información. Cuánto durarán los periódicos, hacia dónde irá internet, cómo evolucionarán los hábitos sociales de consumo de la información. Juan Carlos Blanco tiene un argumento para usted sobre cada uno de estos enigmas de futuro. Si le pregunta sobre estos temas, agárrese porque vienen curvas. Por el momento mantiene intacta la salud mental y no se ha contagiado en sus intervenciones y escritos del todos y todas, los andaluces y las andaluzas, las arrobas y otras gaitas del escaparatismo verbal de la ideología de género imperante.

En el vestir es como un árbol de Navidad: se cuelga lo que ponen. Estilo ortodoxo: de sota, caballo y rey. Pantalón chino, camisas formales y chalecos de cuello de pico. También es aficionado a los náuticos de suela gorda. Cualquier día, al llegar a la Puerta de Jerez, se mete en la sede regional del PP en vez de seguir hacia San Telmo y el conserje de la calle San Fernando le da los buenos días con toda naturalidad. Es capaz de llevar la comunicación institucional de un mastodonte como la Junta de Andalucía, pero incapaz de controlar su propia cuenta del banco. En asuntos domésticos recibe un cero patatero. Nadie podrá dudar de su honradez. De algún mullido sillón se ha marchado con premura antes de estampar una firma que le hubiera conducido al corredor de los imputados. Ha preferido perder ciertos abrigos antes que correr riesgos seguros. Para abrigarse ya tiene chaquetas de pana fina y camisas azules de tonalidad ‘congresista del PP’.

Vive enganchado a las redes. Se sienta en el consejo de gobierno de la Junta. Con voz pero, por fortuna, sin voto. El cardenal Amigo, hijo predilecto de Andalucía, siempre dice que si se le rasca la sotana púrpura aparece el hábito franciscano de cardenal. A Juan Carlos Blanco se le rasca el traje de portavoz y aparece el bañador de veraneante de La Antilla dispuesto a debatir con usted sobre el futuro del mundo de la comunicación. A poner en sus manos un enjambre de estudios, opiniones, análisis y discursos sobre el tema. Piquito de oro, analista consumado, calamar que derrocha tinta.

El ojo del amo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

JUAN ROBLES

UN joven de 16 años de la década de los cincuenta no era un joven al estilo de los de hoy. Era más bien un tío, un mozo, un adulto prematuro que se ve obligado a sacar pecho en una España donde el confort era un vocablo impronunciable, no había psicólogos, ni pedagogos, ni actividades extraescolares, ni los padres exigían la climatización en las aulas. En Sevilla, junto a Santa Catalina, había un colegio, Los Escolapios, con un magnífico patio interior para el deporte, un espléndido jardín, amplias galerías a las que a veces llegaba el olor de las cocinas y por donde los más pequeños se cruzaban con los alumnos internos. Impartían clases maestros como don Secundino o los padres Gregorio y Bernabé. Bernabé, por cierto, era quien desde el púlpito pronunciaba la homilía en la misa dominical a la que asistían todos los alumnos, unas eucaristías con un coro donde destacaba la voz del solista Pichardo. El colegio tenía una revista en la que se publicó el caso de aquel escolapio venido del Norte que tuvo que acompañar a la Virgen del Subterráneo un Domingo de Ramos. Los escolapios se entendían muy bien con la Hermandad de la Sagrada Cena, una corporación muy humilde por aquellos tiempos que, al menos, presumía de un piquete del regimiento de Caballería que se alojaba en la parte del edificio del colegio más próxima a la calle Sol. En aquellas aulas, en aquel ambiente, cursó los estudios de primaria un niño llamado Juan Robles (Sevilla, 1935). Compartió clase y pupitres con dos Navarros: Navarro García, catedrático, y Navarro Palacios, abogado del Estado, pero a los 16 años el mozo Robles no se vio estudiando cursos superiores. Cuentan que su padre le dio dos alternativas: estudiar o fregar vasos en la pileta. Y se puso a lavar vasos y a trabajar detrás de la barra del bar Robles de la Puerta de la Carne, donde su padre, de Villalba del Alcor –donde tenía sus viñedos– había apostado por vender directamente sus caldos, despachados en botellas de medio litro. En la Sevilla de entonces no se servía el vino por copas sino por medios litros. Allí se forjó el niño Juan en el oficio de tabernero. Después lo hizo en el segundo negocio: la taberna El Colmo, en la Puerta Osario, donde vio a los viejos costaleros profesionales darle al moyate y donde presenció las tertulias de célebres capataces. Y por último se hizo con la taberna de su padre en la calle Álvarez Quintero, un local muy chico a la vera de la Catedral que terminaría siendo la nave mayor de la flota imperial de la hostelería hispalense.

El joven Robles trabaja en sus primeros años subido en un tarugo: despacha los medios litros de vino, sirve altramuces y avellanas y se harta de fregar. Su juventud pasa detrás de la barra en una taberna sin tapas de cocina, sin aplicaciones digitales, sin refrigeración, sin manteles de tela gorda, ni una contabilidad profesionalizada.

Dicen que muchas veces se le ha oído una sentencia bañada quizás de cierta melancolía: “Yo no he tenido juventud”. La obsesión de su padre era primar la presencia en el negocio. El ojo del tabernero engorda la cuenta en la barra. Hay que estar encima de los trabajos, pendientes de la lumbre. Sólo así se desarrolla la destreza, la sagacidad, la capacidad para saber al instante qué tipo de cliente entra por la puerta. Cuentan que Juan Robles es de los que siguen calculando mentalmente en monedas de 25 pesetas y pasa las cantidades a euros sin coger un papel ni mucho menos dispositivos digitales. Las primeras tapas llegan de la mano de su mujer: ensaladilla y caracoles. En aquellos años, el suelo de las tabernas era la papelera a la que se arrojaba todo: cigarros, pieles de altramuces, conchas de caracoles y, al final, serrín, mucho serrín para limpiar los desperdicios.

Testigo privilegiado del desarrollismo económico, vivió el éxodo de los vecinos del centro de toda la vida al emergente barrio de Los Remedios que ideó Gabriel Rojas cuando se dio cuenta de lo cerquita que estaba la Plaza de Cuba de la Puerta de Jerez. Eran años en los que el anticuario El Moro era el emperador inmobiliario de los alrededores de la Catedral. La hostelería de calidad de Sevilla se la repartían entre Becerra, El Burladero, Los Corales, Senra y poco más. La Raza quedaba para los visitantes de la Plaza de España y el José Luis de la Plaza de Cuba para esos primeros moradores de Los Remedios, pronto arrepentidos de haber dejado las casas señoriales del casco antiguo.

La vida son recuerdos de una juventud marcada por el trabajo cansino de todo tabernero y por los viajes en vespa de Sevilla a Villalba para visitar a su novia. Son recuerdos de una primera vivienda pequeña en la planta superior del recoleto local del primer negocio, que se nutría, sobre todo, de los clientes de los almacenes Peyré en Francos, que eran El Corte Inglés de la época. El joven Juan era Juanito para muchos de ellos. El mismo joven que con los años se compró un Seat Panda, que sirvió en Sevilla las primeras endivias y que estableció los miércoles como día de descanso. Muchos clientes llamaban esos miércoles a la puerta del negocio cerrado al advertir su presencia y se quedaban a comer con la familia. La vida es fidelidad a la Hermandad de San Esteban, donde tiene el número tres de antigüedad, una cofradía que lo vincula a sus orígenes de la Puerta Carmona. Y también es la pertenencia a Santa Marta como todo tabernero sevillano que se precie de serlo.

El tabernero no solo debe estar siempre presente en el establecimiento, sino abrir y cerrar el negocio, presidir el orto y el ocaso de cada jornada, como el sumo sacerdote que abre y cierra el templo. Sólo así se desarrolla la capacidad de observación que corrige defectos y evita conflictos. Con la madurez llegó la presidencia de la patronal hostelera, un cargo que casi nadie quería y que le generó solventes relaciones con el poder político en los años de Monteseirín mandando en Sevilla (vía Marchena, el último virrey) y Chaves ocupando San Telmo, hasta que oteó la llegada de los primeros indios de los ERE acosando el fortín socialista.
Robles se ha entendido a la perfección con los socialistas. Este Robles, que es un discreto pero ágil relaciones públicas, podría decir como el cardenal Amigo cuando le reprochaban sus fluidas relaciones con el PSOE de la Junta: “Es que no he conocido gobiernos de otros partidos, ¿con quién me voy a entender?”. Chaves entraba y salía con frecuencia de Robles. Y lo sigue haciendo hoy con derecho a saludo premium: “Buenas noches, don Manuel”. Robles ha cuidado al poder y el poder lo ha cuidado a él. Nadie lo pone en duda en Sevilla. El pequeño local de los orígenes lo aumentó poco a poco a base de pagar al contado. Nunca ha sido amigo de pedir a los bancos, sino de ahorrar e invertir lo ahorrado, como tampoco lo ha sido de expandir el negocio hacia sitios como el Laredo, pero ahí ya han entrado en juego los planteamientos de las nuevas generaciones: sus hijos.

Los árboles, frondosos árboles, de los veladores, ingente cantidad de veladores, no deben impedir la contemplación del bosque de una carrera de éxito forjada sin coaching, ni escuelas de negocio, ni otras bagatelas, sino con el sacrificio que empieza por fregar vasos subido a un tarugo y termina por servir a Su Majestad el Rey. Y, por supuesto, formando parte de la cofradía de los que nunca se ponen malos en Sevilla, una cofradía muy reducida, porque hay que ver la de gente que se queda yacente para no ir a trabajar por un sarpullido en el dedo gordo. En Sevilla, durante muchos años, nunca se pusieron malos ni Juan Robles ni el hermano Pablo.

El negocio que nació ayudado por las reseñas de Garmendia terminó siendo la referencia para el público madrileño. Robles, al menos, mantiene un porcentaje de clientes sevillanos, aunque la mayoría son de fuera. Quiso ser en su día el tabernero oficial del Sevilla y del Betis. Lopera declinó la oferta, pero el Sevilla de Roberto Alés aceptó el millón de pesetas en consumiciones a cambio de ser la marca hostelera del club. La apuesta salió redonda porque el logotipo de Robles pasó de los estadios de Segunda División a los de toda Europa.

De la tiza en la oreja izquierda al ordenador. De pagar a los proveedores en la barra a las transferencias y la hoja de excel. De los clientes de Peyré a los ministros. Del serrín al mármol. De los mostos de medio litro a los caldos de alta bodega. Impulsivo, constante, intenso, discreto y con su ración de genio bien despachada. Pasea todos los días para cuidar su salud y para vigilar cómo marchan los negocios. No le gusta que un empleado descuide el saludo a un cliente o que haya alguien sin ser atendido. Alguna vez usa los servicios del limpiabotas, un oficio en extinción. Corbata y chaqueta a diario, salvo en verano, cuando alivia la indumentaria con alguna guayabera bien planchada. Encaja las críticas y hace ver su desacuerdo con algún lamento muy medido. Poco más. Sabe quizás que el precio del éxito es la envidia. Y sabe también que los veladores hacen mucho ruido. Robles es sevillano, aunque mucha gente piense que es de Villalba. La humildad es un tarugo desde donde se alcanza la pileta. La vida es una barra. El cliente es una oportunidad. Y los nietos son la ilusión. De las tres tabernas del padre al imperio del hijo. Siéntate en un velador y verás pasar la película de tu vida. Los hombres que fundan un imperio no tienen juventud.

El culto al tacticismo

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

GÓMEZ DE CELIS

ERA Alfonsito. Lo fue durante mucho tiempo. El niño inquieto del PSOE, criado en el Polígono de San Pablo, con carisma para tener primero una alegre y poblada pandilla y después, con el paso de los años, una cuadrilla que sigue siendo fiel a sus llamadas. Era Alfonsito el que recibía el magisterio del profesor Emilio Carrillo, el que metió a una chica de Triana llamada Susana en las filas del PSOE, el que siempre, siempre, ha estado embistiendo contra el aparato, contra el poder establecido, contra el orden constituido. Era Alfonsito rebelde porque el mundo lo hizo así. Rebelde e indeciso. Rebelde y tacticista. Rebelde y desconfiado, de los que miden todas las situaciones, escrutan la reunión y se van relajando poco a poco, lentamente y siempre con el asidero de alguna compañía que le permita no sentirse solo. Era Alfonsito hasta que tuvo que dejar de serlo. El tiempo, las elecciones y los congresos pasan para todos (y todas).

El buen concejal de Hacienda con Monteseirín sufrió cuando le tocó lidiar con Urbanismo. Lo suyo es el poder más que la gestión. Paró el tren de su vida municipal y se marchó a los despachos anónimos de la Junta de Andalucía cuando se dio cuenta de que no le iban a permitir ser el candidato a la Alcaldía, cuando percibió que las apuestas de Pepiño Blanco desde Madrid y de José Antonio Griñán desde Andalucía eran otras.

Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (Sevilla, 1970) fue muchos años el niño bonito de Monteseirín en el Ayuntamiento. El profesor Manuel Marchena era el cirineo, el brazo ejecutor, el virrey. Celis era la apuesta política, el delfín después de que la opción de Carrillo se hubiera diluido. Ocurrió que Celis estaba y está en la lista negra de Susana Díaz. La presidenta andaluza experimenta convulsiones cuando ve a Celis. No le tiene ninguna simpatía. Quizás porque se conocen a la perfección de los años de pandilla, noches de fines de semana y jornadas de Feria. ¡Ay, esas fotos de mozalbetes risueños en las casetas de distrito! La belle epoque duró hasta que las listas del 99 los separaron. No se respetó el orden natural. Ella entró en la candidatura pero él no. Caballos, que era quien mandaba en el aparato, ¡siempre los aparatos cruzándose como un toro resabiado!, fracturó aquella pandilla para siempre. Casi dos décadas después, Celis está hoy en la Junta de Andalucía, en un puesto de libre designación de cuya existencia no nos hemos enterado hasta que él llegó al cargo. Pedro Sánchez, siendo secretario general del PSOE, le pidió a Susana Díaz que Celis estuviera en el gobierno andaluz. Y lo puso en el gobierno… de los Puertos de Andalucía. Y ahí sigue, pese a la caída de Sánchez, porque no hay mejor forma de sobrevivir en Andalucía que siendo la cuota minoritaria. Se convierte uno en lince y todos te protegen. Celis es el lince del PSOE andaluz en Sevilla. Interesa tenerlo colocado porque es la prueba de la magnanimidad de la presidenta andaluza, la cuota del respeto a la minoría que se jacta de serlo. “Celis no se toca”, reza en San Telmo.

Alfonsito, el chico alto, austero, con pelazo y capacidad de liderazgo, dejó de serlo. Pasó a ser Celis, curtido por los golpes y los desengaños. Experimentó cómo Griñán lo citaba en su casa del Aljarafe, tapita de jamón en el porche, y le prometía ser candidato a la Alcaldía de Sevilla. Brindó con champán en Madrid con Pepiño Blanco, secretario de Organización del PSOE, por su condición de sucesor de Monteseirín en el Ayuntamiento. Y fuéronse ambos, Griñán y Blanco, y no hubo nada. Se acabaron el jamón y el champán. Como es un alma inquieta, se metió a apoyar a Rubalcaba frente a Carmen Chacón en el congreso de Sevilla. Ganó el avieso Rubalcaba, pero ya se sabe que el federal nunca acude al rescate de sus apoyos en las provincias. Y Celis se quedó solo en Sevilla, protegido (y vigilado) por la guardia pretoriana susanista. Fue parlamentario autonómico un tiempo plúmbeo, pero después lo sacaron de las Cinco Llagas. En una etapa posterior se dedicó a apoyar a Pedro Sánchez cuando pocos lo hacían en Andalucía. Y Susana mientras tragando, entonando cuando ve a Celis lo mismo que Lorca a la muerte de Ignacio: “Que no quiero verlo, que no quiero verlo”. El secretario general del PSOE visitó la Feria de Sevilla y no hubo nadie a recibirle cuando su coche llegó hasta la portada. Nadie, salvo el director de la Agencia Pública de Puertos de Andalucía: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis.

Sánchez cayó una tarde de sábado después de haber tenido a España bloqueada. Ahora se quiere levantar. Ha fichado a Celis de druida Panoramix, de lo que siempre ha sido Celis: estratega. Toda su carrera es un culto a la táctica, al estudio previo, a la tasación de riesgos. Es como Curro Pérez en el PP, pero más eficaz y sin gatos. Miau. Celis ha pecado no pocas veces de indecisión, de arriesgar poco, de no atreverse a dar el paso cuando todos creían en su capacidad. Porque pocos dudan de su capacidad, pero muchos ven que le cuesta salir del burladero. Y ahora, al fichar por el equipo del codicioso guapo oficial, el de las camisas albas, ha dado por fin un paso decisivo en su trayectoria.

La vida es la lucha por el poder aprendida en las Juventudes Socialistas. Es darse cuenta de que el futuro dentro del partido ya no está asegurado por el mero paso de las generaciones, eso se acabó. Ahora hay que dar el salto y arriesgar. La vida es soñar con una agrupación única de Sevilla capital en la estructura del PSOE, una reforma orgánica frustrada que hubiera hecho más fuerte a Monteseirín en sus últimos años como alcalde. La vida es Santa Catalina, la Hermandad de los Caballos donde es muy querido, la tradición de la Semana Santa, alguna visita muy especial a ceremonias íntimas en la Macarena de las que prefiere que no trasciendan. La vida es pasión por el Betis, la ciudad de Barcelona, atender a Judith Mascó en la Caseta Municipal de la Feria de Sevilla y entregarse a la afición de la pesca. La vida es incorporar a las campañas del PSOE a grandes personajes como el sevillista Monchi, el actor Paco Tous o el cantante Juan Valderrama.

Este mariscal de Monteseirín quiso ser el hombre que gestionara la obra del tranvía. Visitaba los trabajos a diario, siguiendo la escuela de Martínez Salcedo. Nunca confió en la rentabilidad política de las obras del Plan de Barrios. Suya es la teoría cierta de que el centro es el salón de la ciudad, por lo que invertir en el centro es hacerlo para todos los vecinos de la urbe. Supo lo que es estar imputado durante unos días por una verdadera chorrada que quedó en nada, pero que hoy le hubiera salido cara. La vida es oír a Herrera decir para toda España que Celis es la “cabeza mejor amueblada del PSOE en Sevilla”. La vida es un viaje discreto a tierras lejanas, donde los cristianos oficiaron las primeras misas.

Cuando dejó el Ayuntamiento a punto estuvo de ser el director general de Empleo de la Junta, pero, por fortuna para su futuro, se cruzó con Rosa Aguilar, quien le ofreció la dirección general de Vivienda. Siempre ha tenido habilidad para llevarse bien con el núcleo duro del entonces emergente Zoido. Mantuvo que en Sevilla no se producirían nuevas mayorías absolutas. Zoido consiguió la absolutísima de los 20 concejales en mayo de 2011 y esa misma noche electoral hubo camisetas en la sede de la calle San Fernando dedicadas a Celis y a su pronóstico fallido. Quedó claro que Celis era la gran referencia para aquellos peperos. Celis era el modelo que ellos querían seguir. Tenían cierta fijación.

El corredor de fondo ha echado la caña de pescar. El pedrista andaluz sonríe. Por fin algunos podemos destacar algo positivo del obcecado Sánchez: su asesor en estrategias. Al final, el tal Mariano tiene hasta razón. La vida es aguantar y que alguien te ayude. Esperar hasta que piquen. Ser pacientes. O aguardar hasta que sencillamente sea Jueves Santo y entonces vayamos a lo sustancialmente importante: los felices orígenes anclados en Santa Catalina. El templo que pronto volverá a abrir.

Lady Diz en la Plaza Nueva

Carlos Navarro Antolín | 11 de diciembre de 2016 a las 5:00

CARMEN DIZ
CUANDO el grupo de cofrades eufóricos por la victoria electoral terminó con las existencias de pescadas y pedacitos fritos, bien regados por la pilsen de turno y el tinto cosechero, el primero de ellos en marcharse preguntó si se debía algo, dando por hecho que la nueva mayordomía se haría cargo de los gastos. ¡La ocasión era especial!, pensó alguno. “Claro que se debe, divide y se paga como en Bollullos, cada uno lo suyo”, respondió el hermano mayor. Nadie cuestionó si se refería al termino municipal del sevillano Bollullos de la Mitación o si se trataba de Bollullos Par del Condado. Eso era lo de menos, sobre todo porque lo mejor estaba por llegar. El candidato victorioso dio una buena nueva que a alguno le sentó como un jarro de agua fría en enero: “Aquí se ha acabado eso de dejarle las ronchas a la hermandad, entramos en un nuevo tiempo. Los mil cuatrocientos hermanos no tienen que pagar las cuchipandas de diez o doce”.

Carmen Diz García (Trujillo, Cáceres, 1954), funcionaria, fue una brillante concejal del PP, lo cual se puede decir de muy poquitos de los ediles que han pasado por la Plaza Nueva desde las primeras elecciones locales. Estuvo al frente de Medio Ambiente y de Parques y Jardines. Y ejerció también de vicepresidenta de Emasesa, lo que, en la práctica, suponía estar en la máquina de mandos de la joya de la corona de las empresas municipales.

Una vez que se escapó a Munich con su marido, Sebastián Herrero, la alcaldesa Soledad Becerril le puso deberes: “¡Qué bien, qué bien, Carmen…! Aprovecha el viaje para conocer las nuevas técnicas de limpieza del viario público, que me han dicho que hay unas máquinas que las pasan por la calle, hacen muy poco ruido [Soledad se esfuerza en una onomatopeya] y dejan todo estupendo. Me encargaré de que te reciban. Verás cómo a Sebastián le encantan las máquinas”. Y cuando en otra ocasión fue a París, la alcaldesa también le hizo encomiendas. Lo mejor de todo es que los viajes estaban pagados con la técnica de Bollullos, que no se sabe como la denominarán los sabuesos interventores municipales, ni los sesudos preceptos de la Ley de Haciendas Locales o de la Ley de Bases de Régimen Local. Pero la Diz se pagó de su bolsillo varios de aquellos viajes, ¿verdad Carmen?, y los aprovechaba para traerse la información de las barredoras de última generación. Y si el viaje era oficial, su marido se pagaba su plaza. Que le cuenten a cierto recepcionista de París, no muy diestro, por qué tenía que hacer dos facturas para que cada miembro del matrimonio pagara su mitad: una a nombre del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla y otra al de don Sebastián Herrero. Enseguía ocurrió eso en los tiempos que vinieron después, cuando algunos concejales y sus asesores comían con la ansiedad de cierto notario ya desaparecido, el mismo que estaba un día poniéndose púo en un velador del centro y al que interpelaron:

–¡Vaya usted despacio, don […], que la comida no es robada!

Algunos comieron en las corporaciones posteriores a Soledad como si las viandas fueran eso: robadas. Criaturas. Y cómo viajaron, cuantísimo aspirante a Willy Fog en versión gañote. En el Ayuntamiento se pasó de Soledad y Carmen apagando las luces de la Casa Consistorial, a enviar escoltas al restaurante Casa Yebra para coger mesa con tiempo porque no se hacían reservas. Cierto escolta aún recuerda la de fantas que se bebió durante la espera.

A Diz le tocó literalmente cerrar el grifo de la ciudad antes de que otros lo abrieran en sentido figurado. Esta edil cortó el suministro de agua a los sevillanos en aquella sequía larga (1991-1994) regulada por bandos del alcalde Rojas-Marcos, aquellos años de carencia en los que los presidentes de las comunidades de vecinos eran responsables incluso si se usaba el agua de los aljibes privados en horario prohibido. Diz cerró bares de la movida y negocios ilegales. Puso a Sevilla tan limpia que nos dieron la escoba de oro y nunca se vieron tantas plantas bonitas en los lugares monumentales de la ciudad. Cuando el pasado julio adornaron la Plaza del Triunfo con motivo de la visita frustrada de Obama, muchos ya sabíamos hacía años por Carmen Diz cómo quedan de lustrosos los parterres de la Plaza del Triunfo sin necesidad de recibir a grandes personalidades que, encima, nos dejan con las croquetas servidas y el vino descorchado. Pregúntenle a Carmen por algún tipo de planta. Se las sabe todas, a lo padre Mundina pero con glamour.

Hija de extremeños. Su padre fue un ingeniero militar que acabó de director de la Fábrica de Artillería de Sevilla después de una etapa en Asturias. De hecho, cuando Carmen llega a la Facultad de Derecho de Sevilla es conocida como “la asturiana”, pese a que sus orígenes están en Trujillo. Es la mayor de seis hermanos, acostumbrada a mandar, a supervisarlo todo, tanto como a administrar. Dejó la política el 12 de diciembre de 2000. Soledad había renunciado a seguir de alcaldesa en 1999 al no ceder a las pretensiones abusivas de Rojas-Marcos. “Alejandro, ¿vas a pactar con ese que suda tanto?”, le dijo en alusión a Monteseirín.

Cuando Soledad dimitió, el tiempo en política de Carmen estaba finito. Ella lo sabía, pero siguió unos meses de líder de la oposición porque Soledad así se lo pidió antes de marcharse como vicepresidenta del Congreso de los Diputados. Los niños de Arenas empezaron a meter palos en la rueda de su portavocía. Y la Diz dijo eso tan de sevillano serio cuando en un banquete de boda comienza a sonar Paquito, el chocolatero: “Ya estoy yo en mi casa”. A los niños de Arenas que los aguante Javié, a muchos de los cuales, precisamente ahora, el de Olvera los está sufriendo en sus propias carnes.

–¡Críe cuervos, don Javié! Ahora lo quieren dejar a usted de florero en el PP sevillano los mismos a los que usted enseñó el arte de la guerra. Perdón, de la política.

Como esta Diz tenía una plaza ganada por oposición hacía muchos años sin necesidad de pegar codazos, se volvió a su puesto en el Ayuntamiento. El gobierno socialista, se dice pronto, le confió la jefatura de servicio de Gobierno Interior, donde muchos años más tarde, el gobierno del PP de Zoido –¡Al suelo que vienen los nuestros!– colocó a un anarquista de director general. Atrás quedaron unos años de camaradería con socialistas y comunistas. Adolfo Cuéllar, aquel portavoz de Izquierda Unida, aquel señor en toda regla, siempre le decía a Sebastián Herrero: “Tienes una mujer excepcional, cuídala”. La Diz era Lady Diz para los grupos políticos de la izquierda de aquellas corporaciones en las que las diferencias políticas se quedaban en los plenos.

La vida es obsesión por el rigor, la búsqueda de lo perfecto, el gusto por las cosas bien hechas. Son recuerdos de Antonio Fontán animándola a entrar en el Grupo Popular como asesora cualificada, y de Soledad convenciéndola años después para que aceptara ir con ella de concejal. La vida es pedir varios presupuestos para atender un almuerzo institucional del Ayuntamiento y no disparar a lo loco con la pólvora de los ciudadanos. Con muchos políticos en España con estos criterios, la crisis económica hubiera sido más llevadera. La vida es una noche de enero de 1998 cuando, ay, sonó el teléfono pasadas las tres de la madrugada: “Han matado a Alberto y Ascen”. Y Carmen y Sebastián se fueron para la Plaza Nueva siguiendo las instrucciones de seguridad: en un taxi, nada de vehículo particular. Días después, la alcaldesa le encomendó la parcela de gobierno de Alberto: la Hacienda local. “No puedes decirme que no”, le dijo Soledad. Se hizo el silencio. Carmen dijo que sí, llegó al despacho de Alberto y se encontró con que todo estaba en orden y al día. La vida son recuerdos de la finca de Gabriel Rojas donde pasar los días azules con Alberto y Ascensión y otros compañeros del gobierno. Apostó por la limpieza sin olvidar detalles como la recuperación de los nidos de cigüeñas en los campanarios del centro.

Esta funcionaria es una persona seria en el mejor sentido. A nadie extrañó que acabara siendo el brazo derecho de Soledad. Seria, pero nada de aburrida. Hacendosa y puro nervio. Sólo teme a los perros. Guau. Juvenil en el estilo. Cose, cocina, canta, baila, toca la guitarra y, sobre todo y por encima de todo, camina siempre a gran velocidad. Ver a Carmen Diz por la calle es el mejor anuncio sobre hábitos saludables. Siempre a paso de mudá, siempre a la dizvelocidad. Carmen hace camino al andar. Su vida es siempre volver del Ayuntamiento a casa. Por eso no le costó trabajo dejar el palomar en 2000. Dieciséis años después sigue haciendo lo mismo: trabajar en el Ayuntamiento. Otros, dieciséis años después, también siguen haciendo lo mismo: culebrear. Y nunca pasan por Bollullos, aunque al final, acaban pagando lo suyo.

El soldado sin batalla

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS 2
ES ese vecino amable que te encuentras en el ascensor y te hace un análisis preciso sobre la previsión del tiempo para los próximos días. Juan Espadas (Sevilla, 1966) te recuerda al detalle cuánto llovió el pasado otoño mientras busca las llaves de casa con una mano y sostiene con la otra la bolsa de Polvillo con el pan del día y una carterita con los papeles del banco donde ha hecho alguna gestión. Espadas, que tiene cierta estética de cajero hacendoso del Banco Popular, es ese amigo discreto que nunca llamaba la atención ni por exceso ni por defecto, ese amigo al que un día sus antiguos compañeros de clase vieron en Canal Sur coronado como consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio. Y justo en ese momento nadie pudo decir nada contra él por efecto de una posible envidia. Nadie. Y eso que Sevilla es muy dada a la defenestración exprés en cuanto uno de los nuestros, de los que nos encontramos en el ascensor, sale en los periódicos por algún motivo feliz. De Espadas nadie largó porque siempre se hizo perdonar sus virtudes. No caía mal. De hecho, sigue sin caer mal.

Si hubiera nacido quince o veinte años antes ya sería un respetado ex alcalde de Sevilla, porque hubiera sido ese perfil de candidato del PSOE, homologado y de catálogo, que arrasaba en los años ochenta o noventa en casi todas las circunscripciones electorales. Si fuera soldado, nunca llevaría calada la bayoneta y jamás dispararía por más que se le pusiera a tiro el más feroz enemigo. Si fuera sacerdote, sería de los de pláticas densas e interminables, y pronto se haría acreedor a un puesto en la curia diocesana por su capacidad de servicio al prelado. Si fuera atleta, su especialidad hubiera sido la marcha. De hecho, es un ciudadano de zancada larga que se lo hace pasar mal a los asesores que padecen algo de sobrepeso. Cuando va desde la Plaza Nueva hasta San Telmo para ver a La Que Manda en el PSOE, siempre quiere ir a pie por la Avenida y la Puerta Jerez. En ese rato aprovecha para ir despachando con sus concejales, como Juan Carlos Cabrera, delegado de Seguridad y Movilidad, y asesores como el director general de Emergencias, Rafael Pérez, con los que trata el número de vallas que se instalarán en Semana Santa, los cortes de tráfico por la cabalgata del Orgullo Gay o las negociaciones con la Casa Real para preparar la visita de Obama. En ese momento, el tío de los cupones que está junto al mexicano que canta en la escuálida sombra de la acera de las oficinas centrales del Santander, exhibe el aguijón:

–Míralos. Ahí van los tres fritos de calor. ¿Sabes qué te digo? Me alegro de que sufran la falta de sombra como nosotros.
–No… Van fritos los dos que van junto al alcalde, ninguno le aguanta la velocidad. Criaturas, me dan hasta sentimiento. Me los va a matar a ese ritmo.

Espadas no suele repartir abrazos ni dar ojana. Se parece más a Uruñuela que a Zoido en ese sentido. Es agradable más que chistoso. Tiene el peligro sordo de los que nunca quieren meterse en un lío. No te va a golpear, pero tampoco va dar la cara por ti si te dan un mamporro. Alguna vez ha tenido a algunos rivales del PP cogidos por donde más duele y ha preferido dejarlos políticamente vivos. No quiere broncas, porque teme el efecto boomerang más que un cofrade a un cielo panza de burra. No quiere refriegas con los ajenos ni con los propios. No mete el pie en el área jamás. No se acerca al pitón del toro nunca. Es como una locomotora antigua por una carretera de alta montaña: despacito, muy despacito, pero siempre avanzando con un chuchú adormecedor. Y al final llega a la estación de la Consejería, de la Alcaldía y ya veremos a cuál más en estos tiempos inciertos para un PSOE que no lo conoce ni la madre que lo parió, que diría uno con traje de pana que mandaba en Sevilla más que el Consejo de Cofradías.

A veces muestra un carácter que raya lo pusilánime y que ha sacado a más de un colaborador de sus casillas, pero él es así aunque desde la bancada rival siembren dudas maliciosas sobre aspectos de alguna etapa suya en empresas públicas andaluzas. Se ha guardado ciertas facturas ajenas del pasado, ciertas irregularidades graves que afectarían a protagonistas del mandato anterior, ciertos gastos legítimos pero polémicos que efectuaron sus adversarios. Todo lo ha mandado al cajón de las siete llaves. Mira al frente como un nazareno de ruan. Y punto. Si de él depende, no hiere a nadie. Tiene claro a quién no se debe molestar nunca, caso de Susana Díaz. Baste un ejemplo. Si el ínclito Pedro Sánchez acude a la Feria como secretario general del PSOE, no hay nadie del organigrama municipal para recibirle en la portada de la Feria. Ni un teniente de alcalde, ni un patrullero de la Policía Local. Jamás se puede molestar a La Que Manda, que ya se sabe cómo se las gasta con casi todos los que han sido sus rivales.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de la Trinidad donde un alumno listo, poco competitivo, prestaba mucha atención a las enseñanzas de don Florentino. Son evocaciones de un colegio donde vivía las bajadas de María Auxiliadora, los días de verbena, las competiciones en los campos de deporte y las horas de intensa convivencia con su primo Cejas o con amigos como Enrique Belloso. En la Facultad de Derecho, años después, fue delegado de alumnos, pero sin aparente perfil político, sino más bien de los que pringaban a la hora de trabajar y organizar los viajes. La verdad es que tardó cinco años en acabar Derecho, no los diez de su mentora. El mundo es así, fútbol es fútbol, y quien tardó el doble en sacar la licenciatura es quien decide la trayectoria del que la hizo en su tiempo. La vida es pasión por el Medio Ambiente desde que Fernando Martínez Salcedo le ofreció una de sus primeras oportunidades laborales. La vida es participar en los actos de los 25 años de la promoción del colegio, siendo consejero de la Junta, y apuntarse en el autobús que lleva a todo el grupo de la clase al lugar de celebración como uno más, sin distinguirse en ningún momento. Espadas, de hecho, es de los que dejan el coche oficial dos o tres calles antes de llegar al sitio de destino. La vida es entenderse a la perfección con la jerarquía eclesiástica. Siempre hace un aparte con el cardenal Amigo o con don Juan José Asenjo si coincide con alguno de ellos en un acto. Monseñor Asenjo lo conoció siendo Espadas líder de la oposición municipal. Cuentan que tras un primer encuentro con el hoy alcalde, el prelado musitó: “Ahí hay persona”. La vida es comer un bocadillo y dormir poco desde que es alcalde, es pasarlo mal cuando tiene que explicar en casa que el sábado debe oficiar una boda, o al no saber cómo quitarse de encima a los brasas que lo invaden durante una breve estancia en el bar del barrio.

Espadas está obsesionado con Málaga, convencido de que los nuevos polos de desarrollo son las costas y de que el futuro de Sevilla, sobre todo del aeropuerto de San Pablo, pasa en buena medida por una conexión rápida y eficaz con la capital costasoleña en todos los ámbitos. Espadas es a Málaga lo que Javier Arenas a Almería. ¿Recuerdan los años que el lince del PP se pasó dando barzones por la Andalucía Oriental con tal de no cruzar por la calle Sierpes? Cualquier oportunidad es buena para una reunión con Paco de la Torre en Gibralfaro o para recibirlo en el Salón Colón de Sevilla con todos los honores. Después de Málaga, dicen que la segunda obsesión de Espadas son las medidas de ahorro energético en las viviendas de nueva construcción, lo cual debe ser un asunto interesantísimo de tertulia para una cena de sábado noche… Espadas no es aburrido, pero tampoco es para pegarse por estar a su vera en la cena del alumbrao. Al término de la cena del ‘pescao’ de su primera Feria como alcalde, se levantó de la mesa para pedir una cerveza en la barra de la caseta de Emasesa. Había doble fila para suplicar la atención del camarero. Espadas aguantó su turno con paciencia de ordenanza en un Pleno de viernes por la tarde, que ya es tener paciencia… Alguien rogó al camarero: “Dale una cerveza al alcalde de Sevilla, hombre, que está aquí esperando y el hombre sólo quiere eso”. Y el camarero miró incrédulo, con cara del que siente que le están tomando el pelo. No se creyó que tuviera al alcalde delante y soltó una fresca del estilo de si este es alcalde de Sevilla, yo soy la reina de Saba.

Austero, sin concesiones ni alharacas, y con una gran memoria. Se acuerda al detalle de un artículo publicado hace años sobre los veladores, o de algún personaje del Carrión de los Céspedes de sus años mozos. También se acuerda, seguro, de que el día que se presentó en Fibes su primera candidatura a la Alcaldía, la de las elecciones 2011, no acudió nadie de la sociedad civil, tan sólo militantes de agrupaciones llegados en autobuses. El PSOE del tardoalfredismo ya no le cogía el pulso a Sevilla tras doce años de desgaste en el gobierno y con la amenaza de un Zoido arrollador, como se demostró en la noche electoral. Aquella noche, al menos, los fotógrafos captaron su abrazo afectuoso con un señor con aspecto de verdadero señor, que no tenía estética de militante exaltado, sino de ciudadano de prestigio, de los que exhibe el sosiego de la sabiduría y la humildad del verdadero intelectual. Era el catedrático de Psiquiatría Jaime Rodríguez Sacristán, pariente suyo y un fino observador de la ciudad.

Juan Espadas se ríe cuando oye críticas a la longitud de las mangas de su chaqueta o al exceso de caída de los bajos de sus pantalones. Se ríe menos cuando aparece como el alcalde que alquila los monumentos para cuchipandas, o el que ha provocado que España entera nos ponga, como siempre, de ciudadanos ociosos que nos dedicamos a participar en plebiscitos sobre la ampliación de la Feria. Pero nunca, en ningún caso, da un golpe sobre la mesa para culpar a nadie de ciertos despropósitos. Casi nunca pronuncia una palabra más alta que otra. Por eso dicen que es un gestor metido a político. De hecho, huye de asesores beligerantes. Odia las polémicas, evita el cuerpo a cuerpo. Le sientan bien los elogios de los sectores más conservadores de la ciudad. Se lleva muy bien con el portavoz de IU, el ex monaguillo Daniel González Rojas, o con el concejal Beltrán Pérez, del PP. El primer día que llegó al despacho de la Alcaldía mandó quitar el suntuoso sillón usado por todos sus predecesores: “Con tanta tachuela dorada se me estropean las chaquetas”. Mandó poner un insípido sillón de oficina. De Zoido admira lo bien que le quedan los trajes y dicen que siempre recuerda que en la toma de posesión del gobierno de los 20 concejales, Juan Ignacio le comentó en privado: “Vas a estar invitado con tu mujer a todos los actos de la ciudad, yo no voy a hacer lo que Alfredo ha hecho conmigo estos años”.

Espadas es habilidoso, porque, por ejemplo, va a pegar el mangazo de salir de Baltasar en la Cabalgata del centenario y casi nadie se ha enterado o ha opinado en contra. ¡Con lo que dudó Zoido para aceptar o no la corona de rey mago! Al final se quedó sin serlo por esa manía de la derecha de ser cautiva del que dirán.

La máquina avanza a golpe de chuchú por las pendientes pronunciadas. La zancada es larga por la Avenida. En política se trata de resistir, de disfrutar del amplio margen del tono gris, de sonreír en el ascensor, comentar el sirimiri matinal y cómo ha abierto la tarde, y de ir mientras buscando la llave adecuada en cada momento.

La gerente del susanismo

Carlos Navarro Antolín | 9 de octubre de 2016 a las 5:00

Verónica Pérez
EXTENDÍAN los antiguos romanos sus dominios a la velocidad que se expanden las urbanizaciones del Aljarafe en tiempos de eclosión inmobiliaria. Se expandían en tiempos de la República y en tiempos del Imperio. Cada territorio conquistado era dejado en manos de un procónsul, una suerte de gobernador de provincia con mando militar y con facultades de administración civil y de justicia. Los procónsules eran los elegidos, responsables de llevar a cabo el ineludible proceso de romanización que garantizaría la integración de los bárbaros en las costumbres y modos de Roma. Toda integración augura la estabilidad soñada por quien ejerce el poder.

Pocos se acuerdan, pero Susana Díaz se pasó cuatro años de diputada rasa en el Congreso de los Diputados. Cuatro años metida en la bulla de las Cortes, alejada de los focos tras una etapa de cinco años como concejal en el Ayuntamiento de Sevilla donde de 1999 a 2004 gestionó Juventud, Recursos Humanos y, por unos meses, su amado Distrito Triana. Cuatro años fueron demasiado tiempo para pensar, demasiados días para soñar la gestación de su particular imperio. Quienes la castigaron en 2004 al destierro capitalino (Caballos y Monteseirín) no calcularon que lo peor que podían hacer fue concederle tiempo para maquinar, especialidad de la casa civil de todo político que no conoce otro destino profesional que la política. Díaz se procuró esos años su escalada al aparato orgánico del PSOE andaluz. Una chica tan trabajadora, dedicada las 24 horas a los asuntos del PSOE, era un caramelo para cualquier dirigente ávido de tener brazos ejecutores a su servicio. Susana siempre estaba operativa para la causa mientras otros se desconectaban los viernes a mediodía. Se ganó poco a poco la confianza del entonces emergente Viera y de un peso pesado como Griñán al igual que en su día se había ganado la de Caballos. Todos fueron cayendo por diversas causas con los años. Todos menos ella. Se acabó haciendo con la secretaría de Organización del PSOE de Sevilla, después con la Secretaría General, posteriormente con la consejería de Presidencia y finalmente con la Presidencia de la Junta. Hasta se metió con éxito en asuntos del gobierno municipal desde su despacho del PSOE provincial. ¿No recuerdan cómo solucionó aquella huelga de autobuses en plena Feria después de que los conductores la hicieran llorar a las puertas de una caseta?

Todo poder que se extiende necesita de vicarios territoriales. De procónsules que decían los romanos. De gerentes que ejecuten el ideario del que manda, que sepan guardar la viña, que sean eficaces en el respeto a los principios generales. Verónica Pérez (San Juan de Aznalfarache, Sevilla, 1978) es la actual gerente del susanismo en Sevilla. Fue una precoz concejal de Hacienda de su pueblo natal (a. S., antes de Susana). Todo lo que ha sido y es posteriormente se lo debe a su mentora. Verónica es esa amiga fiel que se tira a la piscina sin agua si Susana Díaz se lo pide. Es la fiel compañera de aquella pandilla juvenil integrada por Javier Fernández, hoy consejero de Turismo; Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, en la reserva por ser el último mohicano del pedrismo andaluz; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo; Rafael Pineda, ex gerente de Lipasam, y la ex edil Encarnación Martínez, y el analista político David Hijón, entre otros muchachos de aquellas Juventudes Socialistas de la primera mitad de los años 90, cuando las noches de Feria eran largas, se profesaba admiración por un profesor llamado Emilio Carrillo y todo eran fotografías de papel de rostros risueños y largas cabelleras.

Verónica era la militante de San Juan de Aznalfarache entre la muchachada capitalina, la chica de menor edad de la pandilla en aquellos encuentros marcados por las pizzas en las noches de sede y por las barbacoas sabatinas en el jardín trasero de la casa de Encarnación Martínez en Valencina de la Concepción. Verónica ya participaba por aquel entonces en las maquinaciones para ganar los congresos de las juventudes del partido.

Un hito clave ocurrió cuando Gómez de Celis y Susana Díaz, los cabecillas del grupo, se retiraron mutuamente los embajadores en 1999 tras la confección de la primera lista municipal encabezada por Monteseirín. Susana, que en la facultad se hartó de perder elecciones a delegada de curso, comenzó una sucesión de victorias hasta hoy. Entró en la candidatura de Monteseirín en puesto de salida. Celis resultó orillado. La pandilla juvenil quedó fracturada. Celis se quedó con Hijón, Millán y Hernández (Los posteriormente conocidos como Celis boys) y Susana con Verónica Pérez, Javier Fernández y, posteriormente, Alberto Moriña. Verónica ejerce desde entonces un perfecto papel secundario. Ningún político con vocación de liderazgo, caso de Susana, ficha a colaboradores que le hagan sombra. La fidelidad de Verónica a Susana es absoluta. Susana, siempre ambiciosa y expansiva, la ha premiado cada vez que ha podido. En el reparto de tierras conquistadas para la causa susanista, Verónica Pérez es la procónsul del PSOE de Sevilla, la que ha recibido las riendas de la joya de la corona del socialismo español. Verónica es la que administra los principios del Movimiento Susanista en la tierra de la gran jefa. Con Verónica está asegurado el susanismo hispalense. A Mario Jiménez, por ejemplo, lo ha mandado a representar al susanismo en los despachos de la actual gestora del partido en Madrid, lo cual es también una forma de evitar que el onubense esté en una futura ejecutiva.

Que Verónica es la escudera fiel de Susana lo sabíamos en Sevilla. Pero desde hace una semana lo sabe toda España desde que La Que Manda en el PSOE le pidió que se sacrificara en la causa contra Pedro Sánchez con todas las cámaras de televisión como testigos. Susana la mandó entrar en la sede como presidenta del Comité Federal. Ella, en una sobreactuación evidente, se presentó a la hora del Ángelus como “máxima autoridad” del partido, no pasó del vestíbulo de la sede de Ferraz y acabó repelida por los seguratas a la hora del telediario. Todo un metisaca trufado con un lenguaje que recordaba a cierto señor con tricornio que una tarde de febrero instó a unos cuantos a esperar a la “autoridad, militar por supuesto”. En el márquetin que tiene secuestrada a la política, Susana había logrado su objetivo: que toda España viera la sede de Ferraz como la aldea de los locos galos. Los peones están para eso: para ser sacrificados mientras la dama queda protegida por las torres.

Aquella hija de cartero que siempre citaba a Franco en sus primeros mítines y que fue madurando su discurso, aquella chica que logró entrar en el Parlamento Andaluz en 2004, la misma que tiene capacidad para administrar información interna del partido y ejecutarla con éxito, se achicharró por sorpresa en un plisplás. Un minuto de gloria a un precio muy elevado. Y lo hizo la mar de a gusto porque su amiga del alma, su protectora, la causa de su alegría, así se lo pidió. Susana quería evidenciar la acritud de un secretario general decadente y debilitado cuya fuerza se reducía a retener las llaves de los despachos. Lo consiguió. Pero pagó el precio de mostrar de qué son capaces los políticos de hoy cuando se trata de mantener el cargo porque, sencillamente -no nos engañemos- no conocen otro medio de vida ni otra forma de vivir.

No se pregunta si la piscina tiene agua, no se cuestiona la profundidad del pozo. Si hay que prestar el testimonio a favor de Susana Díaz en un reportaje almibarado sobre la vida y obra de la trianera, se presta. Si hay que cargar contra los gigantes del comité federal, que en realidad ya son molinos averiados, se carga.

Verónica es muy joven aún, pese a lo cual puede afirmar que hace 16 años que ingresó en su primera ejecutiva del PSOE de Sevilla y que ha sido concejal de pueblo y diputada provincial antes de ser parlamentaria andaluza. Influye en Susana Díaz, pero Susana Díaz es la que manda. Verónica es la gerente del susanismo en la plaza principal de Sevilla. El susanismo es esa corriente que fluye bajo las estancadas aguas del socialismo español. El día que Caballos y Monteseirín orillaron a Madrid a aquella edil de Juventud que quiso montar un botellódromo en la Cartuja, Susana Díaz tuvo cuatro años para diseñar su imperio mientras apretaba el botón para votar en las plúmbeas sesiones del Congreso. Una leona entre leones. Siempre tuvo claro quién administraría la conquista de Sevilla: la procónsul Verónica. La “máxima autoridad” del PSOE que, en realidad, pareció una vendedora de claveles reventones a la que un segurata sin afeitar y falto de sueño frenó en la puerta de la caseta del PSOE.

El arte del culebreo

Carlos Navarro Antolín | 11 de septiembre de 2016 a las 5:00

Blas
EL sueño de la razón genera monstruos. Y la actual política, secuestrada por los aparatos de los partidos, genera culebras hábiles que se adaptan a todo tipo de firmes. Cambia el firme, nunca la culebra. Existen los fondos de reptiles como existen reptiles en el fondo, muy en el fondo. Culebrear es un arte en una ciudad como Sevilla, donde hay culebras y pavimentos tan diferentes como para impartir un máster. En alguna de la ristra de universidades que pueblan esta tierra, que ya hay tantas casi como cofradías de vísperas, deberían abrir la Cátedra de Culebreo, que daría mucho más lustre al estudio de esta actividad que un mero observatorio, que los observatorios se los llevó la crisis como todo lo que era sólido. La Cátedra de Culebreo no sólo se centraría en el estudio de las habilidades de los reptadores de la política, sino, sobre todo, en la cohorte de simpatizantes, adeptos y padrinos de los que pueden llegar a gozar durante sus hazañas. La culebra hispalense nunca repta sola. Hay quienes la ayudan en su zigzagueo, le retiran los obstáculos y hasta la jalean.
Blas Ballesteros Sastre es un socialista que un día fue un importante concejal del gobierno de la ciudad gracias a que el PSOE pactó con el PA de Rojas-Marcos (catedrático del culebreo) en 1999 y desalojó de la Alcaldía a Soledad Becerril. El edil del nombre monosílabo se vio en la poltrona sin esperarlo. Como tantos. Como el propio Alfredo. Como todos los del PSOE de entonces. Y a Blas le dieron la doble T de la política municipal: tráfico y turismo. Los expertos sitúan en aquel momento el nacimiento de esta estrella de la política local que lleva más de diecisiete años en la órbita del puño y la rosa. Han leído bien: diecisiete años. Son más años que Paco Vélez en el Consejo de Cofradías y casi tantos como Cañete en Aprocom. Lo de Blas es ya de pontificado más que de supervivencia. Ha saltado de cargo en cargo, de puesto en puesto, de chiringuito en chiringuito como el que salta de velador en velador de Robles y va bordeando la fachada norte de la Catedral. Qué facilidad, que soltura, qué desparpajo. No es un tren, no es un avión. Es Blas.

Blas se hizo para la política. Y la política de hoy se hizo para Blas. Cada día tiene su intriga como cada día tiene su barra. “¿Dónde comemos hoy?”, se preguntaba cada mañana en los años del emergente alfredato. Yera como el hombre primitivo, medio pecho al descubierto y alguna piel con la que cubrir sus partes, que cada amanecida salía a cazar el mamut. Antes de que Espadas se inventara lo del hábitat urbano para revestir de una toga especial a su edil de Urbanismo, este Blas ya tenía claro su hábitat: la cervecería el Tremendo de Huerta del Hierro y el restaurante La Cococha de la Avenida del Greco. En ambos sitios tuvo Blas su corte de aduladores en los años de vino y rosas (del PSOE) municipales. Aquel tiempo en el que Blas alternaba con arzobispos a los que vender la peatonalización de la Avenida y en el que sus zapatos se deslizaban por los pasillos enmoquetados de los mejores hoteles de España. Y de Europa. Sí, hay que reconocer que Blas escondía el garbancito de la peatonalización de la Avenida en uno de los tres cubiletes sin que nadie acertara su ubicación. Nadie daba crédito al proyecto. Pero el garbancito estaba. Blas sabía que Monteseirín estaba dispuesto a dejar la Plaza Nueva sin el flujo de 2.200 autobuses que transportaban 37.000 viajeros cada día. Alfredo nunca tuvo miedo y lanzó a Blas, lo quemó en aquella iniciativa. Y Blas se tiró a la hoguera.

Vecino del Fontanal, se arrimó a don Manuel en el tardoloperismo con algunas perlas muy sonadas, como llamar “Ramona” a Sánchez Pizjuán. Como responsable de fundaciones varias no se olvidó de familiares ni de hacer carrera en Iberoamérica. Como posterior cónsul de Brasil tuvo placa de aparcamiento reservado en el barrio. ¡Cómo se mueve el artista en la pista! Como licenciado en Derecho, juró como abogado con un padrino de la categoría del ex fiscal jefe Alfredo Flores. Y hasta como integrante de un coro, Los Moracos de Triana, hizo sus pinitos en el carnaval.

En sus años de vivaqueo por la Plaza Nueva tuvo especial predilección por los periodistas. Ocurrió que no pudo engañar a todos todo el tiempo. Se acabaron los P-3 para aparcar en la Feria de tanto repartirlos. Blas repartía los aparcamientos como un antiguo rey entregaba las tierras para su cultivo tras la conquista del poder: “Hacedlas productivas y sacad provecho”. En versión: “Ve, úsalo y habla bien de mi”. Había que verlo abriendo el maletero del coche para sacar los pases y negociar como un tratante de ganado. Una vez mandó un pase de aparcamiento de oficio, sin que se lo hubieran solicitado, pero en lugar del P-3 (reservado a prensa y autoridades) metió en el sobre un pase para uno de los estacionamientos que está en Blas Infante, mirando al Aljarafe más que a la Calle del Infierno. El destinatario telefoneó a su secretaria: “Dígale a don Blas que muchas gracias, pero que lo que me ha mandado no es un parking para la Feria, sino una grada de Sol… Y con el reloj delante”.

Estaba obsesionado con la prensa, como tantos de sus compañeros de partido. Pero, en su caso particular, su obsesión le provocaba cambios de decisiones en función de lo publicado. Hay que reconocerle que quiso acabar con la mafia del taxi en el aeropuerto, que es como pretender que se vea bien la televisión en Matalascañas. Un metafísico imposible. Los bravucones del gremio quisieron pegarle y hasta acudieron a su domicilio particular. Aún hoy sigue sufriendo pintadas, prueba de que esos piratas del volante reconocen que el mero intento de este concejal por acabar con el chollo sirvió, al menos, para poner de relieve una situación de privilegio de un grupo basada en meter miedo a todos los demás compañeros.

El arte del culebreo es imposible si no se tiene verborrea ni se es simpático. Toca tantos palos este Blas que le gusta el flamenco y, en ocasiones, ha usado muchas letras de coplas en sus discursos. En la agrupación Centro del PSOE está parte del origen de su poder, pues fue secretario general y en ella conserva adeptos. Sus críticos han envidiado su capacidad para llevarse bien con destacados socialistas del País Vasco. Por Sevilla se le ha visto con Odón Elorza. Y a alguno le dio un sopitipando cuando el telediario informó de la toma de posesión de Pachi López como lehendakari y en las primeras filas estaba el sevillano Blas Ballesteros, imparable como la Junta, que aguanta más que la sábana de abajo y que no hay tsunami que arrase sus chiringos. ¿Por qué? Todos le atribuyen ser el poseedor de secretos inconfesables que comprometerían a gente importante del partido. El silencio de Blas tiene un precio que diferentes responsables del PSOE han ido pagando religiosamente.

Blas va literalmente en moto, usa pantalones Lois y una mochila que carga en el hombro derecho como Moragas cuando acompaña a Rajoy. Al igual que al presidente en funciones, le gustan los puros, aunque tiene la mala costumbre de mojarlos en la copa de alcohol.

Blas nunca ha estado solo. Cae bien a mucha gente, porque en esta tierra se siente una suerte de adoración por Rinconete. En el Ayuntamiento aún se recuerdan las mañanas en las que el edil de Tráfico no aparecía, pues la noche debió ser larga y la “cofradía” se debió encerrar al alba… Entonces era uno de sus colaboradores, el hoy concejal Cabrera, vicario en la curia de Espadas, quien tenía que intervenir en la radio para dar la información sobre la circulación y las rutas recomendadas para evitar los embotellamientos.

Algunos médicos recuerdan cuando Blas ayunaba justo antes de los análisis de sangre para mejorar los resultados. Citaba a los doctores para recoger los informes en el bar del Hotel Inglaterra, donde, destilado de importación por delante a eso de las 13:30 horas, se alegraba por el trampantojo del tubo de ensayo, la bilirrubina y los leucocitos…

La vida es una romería del Rocío vestido como un cowboy junto a Susana Díaz. Coincidió con La que Manda en el PSOE andaluz en la Casa Grande, cuando ella era la edil de Juventud, proyectaba un botellódromo y llamaba a los periodistas críticos: “Canijo, ¿otra vez escribiendo eso?”. A ella le reza ahora, como una santa apócrifa de la mística andaluza. Blas corrió el riesgo de acabar como un Guerrero suelto a la deriva en el mastodóntico organigrama de la Junta, pero tuvo mejor suerte. La vida es sobrevivir a los naufragios y a las denuncias sobrecogedoras. Nunca ha estado imputado, ni se le han sacado fotos comprometedoras. Hoy tiene un sueldo envidiado de 69.800 euros anuales como gerente de un consorcio de aguas, de cuya existencia hemos sabido gracias a Blas. La vida es estar pegado al aparato del PSOE sevillano para lograr los fines personales. Los factótum, secretarios generales y de organización pasan, pero Blas permanece. ¿Verdad, Pepe Caballos? ¿Verdad, José Antonio Viera? La vida es repetir una frase como salvoconducto: “Yo soy del PSOE”. Y dejar Tussam como la carrera oficial tras el paso de la última cofradía. La vida es pretender portar como gobernante una vara en el Baratillo con traje de chaqueta y que el entonces hermano mayor, un jovencísimo Joaquín Moeckel, fuera claro ante los servicios de protocolo del Ayuntamiento: “O viene de chaqué, o no hay vara”.

El arte del culebreo no está al alcance de cualquiera. Sólo los ungidos por la gracia y el desahogo pueden permitirse pisar ciertas rayas de picadores. Diecisiete años dan para repartir muchos P-3. Diecisiete años después, la Cococha ha cerrado y la Avenida es peatonal. El profeta Blas anunció que quitaría los coches del entorno de la Catedral. Acertó. Pero la mafia del taxi sigue en San Pablo. Y en Matalascañas se sigue engollipando la caja idiota. Sin P-3 no hay paraíso. Con Blas siempre tenemos fiesta, canijo.

Yo estudié en los Estados Unidos

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2016 a las 5:00

Antonio Gutiérrez Limones BAJA
ESTUDIAR en los Estados Unidos imprime carácter. Es como ciertos sacramentos de la Iglesia Católica. Unos imprimen carácter y otros no, como se enseña en los manuales de Derecho Canónico. E incluso alguno, como el matrimonio, agria el carácter, según decía con su humor cargado de acidez el profesor Ribelot, todo un sabio a la hora de abordar en su tesis doctoral la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico de los últimos cincuenta años en Europa: la venta del Palacio de San Telmo. Ribelot, por cierto, era un firme defensor de las hermandades como asociaciones privadas de la Iglesia Católica, que para eso son erigidas por los cofrades y no por la autoridad eclesiástica por mucho que los juristas del cardenal Amigo endilgaran el carácter público por decreto a todas las hermandades de la diócesis sevillana para garantizarse así mayor poder de cara al futuro.

Hay gente que ha estudiado un año en el extranjero, o tan sólo unos meses, que se pasa la vida recordándotelo a la mínima oportunidad. Están los de la barrila de la primera comunión de su hijo, que te la venden como su segunda boda, dándote los detalles de la barra libre y del menú, y a quienes les importa un pimiento (de serranito) lo del estreno del niño en la eucaristía, como están los que tan dan la vara sin piedad con la mili, la magnífica casa rural de la sierra, el adosado o el mesecito en Irlanda. La de gente en Sevilla que te pega la monserga con el mes de Irlanda de su niño en cuanto te cogen desprevenidos es digna de estudio. Yo creo que hay gente en Sevilla que manda a su hijo a Irlanda el mesecito de verano para poder contarlo en las cenas de los viernes. Te cuentan hasta la transferencia inicial que hicieron en el banco para garantizar la plaza, te someten a la tortura de ver las fotos sonrientes de la familia de acogida y, cómo no, el reportaje de la visita que hicieron a mitad de mes, donde predominan los verdes prados y la estética de acantilados. Está visto que hay mesecitos que dan para toda una vida. Como ocurre con los españoles que estudiaron en los Estados Unidos después de que al Príncipe Felipe lo mandaran a hacer las Américas. Desde entonces se abrió la veda. En España ponemos verde a la monarquía, pero aquí todos se pirran por vivir como reyes.

Antonio Gutiérrez Limones (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1963) es un político socialista tan desenfadado como orgulloso de haberse formado en ultramar. Hay gente que te cuenta que ha almorzado con Limones y su recuerdo del personaje no es su indisimulada pasión por los teléfonos inteligentes y los ipad, ni siquiera por el deporte, que ha practicado en gimnasios de su pueblo. Tampoco su afición a asistir a los partidos de fútbol del equipo local. Lo que de verdad se les queda grabado a muchos es la de veces que este socialista refirió durante la comida que estudió en los Estados Unidos. Limones no te cuenta su hilo directo con Zapatero, como no te contaba el que mantenía con el gran editor José Manuel Lara, sino lo que aprendió en las aulas norteamericanas. Y eso que podía presumir de que Zapatero le pidió hacer footing por Alcalá de Guadaíra en los días que estuvo en Sevilla con motivo del congreso del PSOE en el que el de la cejita alta se despidió de la secretaría general, aquella cita que ganó Rubalcaba y perdió Chacón. Y desde entonces, por cierto, siguen perdidos tanto Zapatero como el PSOE.

Limones ha sido sobre todo y por encima de todo el alcalde de Alcalá de Guadaíra. Un alcalde obsesionado con las obras faraónicas, como la reforma del castillo, la biblioteca, el auditorio, el tranvía… Un alcalde que aprovechó, como todos los alcaldes de España, los años de vacas gordas para hacer sonar los mugidos de los grandes proyectos. Aficionado a telefonear a sus colaboradores a partir de las ocho de la mañana para ponerlos en guardia, cometió el pecado frívolo de encargar la decoración de su despacho a una empresa especializada. Quiso ser secretario general del PSOE de Sevilla, para lo que se enfrentó nada menos que con una militante llamada Susana Díaz. Costó un mundo convencerle para que encabezara una candidatura de alternativa a la trianera, pero finalmente lo hizo después de varios bandazos. Perdió aquel envite de julio de 2012 y pasó a integrar la cuota del derrotado, lo cual a veces sale muy rentable, porque el derrotado debe ser respetado para que el partido pueda presumir de integrar a todos (y a todas). La gran lideresa de la socialdemocracia en el sur de España, que ni estudió en los Estados Unidos ni falta que le hizo, exhibe en los comités federales que ella tiene altura de miras y es generosa con sus rivales, que para eso tiene a Limones sentado en un mullido escaño del Congreso de los Diputados. La verdad es que Limones y su gente jugaron limpio en aquel proceso contra la gran Susana. La ex consejera Evangelina Naranjo lo apoyó con tal intensidad que se decía que era la oposición cítrica a la emergente Díaz por aquello del chiste fácil de la unión de limones y naranjos. Limones quedó literalmente exprimido tras aquellos jornadas en las que vivió peligrosamente. Tras la derrota, este eterno crítico del PSOE se dio de baja de sí mismo. Dejó para siempre de conspirar contra el poder establecido. Renunció a la chispa que había sido siempre marca de su casa. Se rindió y se abonó al silencio. Entendió que todo se había consumado, que ya debía renunciar para siempre a su condición de eterno aspirante a todo, de impenitente crítico con el aparato del partido. Hay un Limones antes y después de aquel congreso provincial. Aquel Limones rebelde con el poder, sobre todo en años de hegemonía de Pepe Caballos, es ya una foto en sepia, es un recuerdo del militante romántico que quiso ser mucho más que alcalde de Alcalá de Guadaíra. Estuvo entre los alcaldes de la provincia de Sevilla (Antonia Hierro, Carmen Tovar, Francisco Toscano, Antonio Gutiérrez Lora, etcétera) que en 2000 apoyaron a Zapatero en lugar de a Bono en aquel congreso federal del tardofelipismo. Pero de poco le sirvió haber apostado al caballo ganador y hacerse aquel día la equivalente a la foto de la tortilla. Al final fue una foto… sin tortilla. El comité federal de perdió la memoria y se olvidó de sus apoyos en el Sur, pese a que Zapatero ganó por sólo nueve votos.

La vida es disfrutar de una cerveza en el bar Jota de Sevilla y de un gintonic en el Bliss de Alcalá. Es vivir cerca de Santa Justa, para tener un pie el territorio aforado de Atocha. La vida es procurar hablar más despacio y vocalizar con precisión para que los interlocutores entiendan el mensaje. Es aguantar la presión de la política local, en la que hay vecinos que no respetan ni la intimidad de los seres más queridos. Y procurar no tener que despedir a nadie, sino invitar a tomar la puerta de salida al asesor al que no quería ver más por los despachos del Ayuntamiento. Uno de sus grandes protegidos ha sido Luis Miguel Rivera, el jefe de protocolo que metió la pata el otro día al solicitar a las mujeres que lucieran falda en el pleno de toma de posesión de la nueva alcaldesa. La vida es sentir el calor de la hermandad del Soberano Poder, que es la de su barrio alcalareño, y el rechazo de los funcionarios cuando quiso recortar sus sueldos o el de los grupos de la oposición cuando no concedió a los portavoces los sueldos que había prometido. La vida es el brillo de un sello de oro en la mano, estética lolaila, de dominguero en Matalascañas con el loro tronando sobre un hombro. La vida es la amistad con Casimiro Gavira, el alcalde Mairena del Alcor que le presentó a José Manuel Lara.

Es cierto que fue el mentor de varias mujeres del PSOE alcalareño, entre ellas la nueva alcaldesa, pero también lo es que no escuchó a esas mismas que le advertían de las irregularidades en la sociedad ACM, por las que Limones está enganchado por la Justicia. El joven que estudió en los Estados Unidos, aquel que luego fue abogado de la UGT asesorando al comité de empresa de la base de Morón, vive pendiente de que los señores de la toga lo reclamen o no a su presencia antes del 26-J, día en que disfrutará de nuevo de su condición de aforado gracias a que el dedo magnánimo de La Que Manda en el PSOE andaluz lo ha incluido en puesto de salida. Limones es un romántico que no supo pasar página a tiempo. Se eternizó como alcalde de Alcalá de Guadaíra. Se eternizó como opositor a Caballos y a todo bicho viviente que controlara el aparato del partido. Y se eternizó contando su periplo estadounidense. Ni Caballos ni Susana han sido realmente sus enemigos, si acaso sus circunstancias. Su problema fue no haber cerrado a tiempo su dilatada etapa como alcalde de una gran ciudad y haberse dedicado a otras faenas, sin dejar por ello de contar sus batallitas norteamericanas mientras en una mano destella el sellito cani que lo devuelve de golpe a la ibérica realidad.

Un socialista en la frontera

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2016 a las 5:00

Juan Carlos Cabrera
A muchos sevillanos de orden les gusta un rojo en misa más que los picos gordos de una ensaladilla servida en un par de cucharadas bien despachadas y no con pinzas de heladería para dejar dos insípidas bolitas. Qué horripilante manía la de las pelotas ensaladilleras. Cuantísimo le gustaba a la Sevilla cofradiera de los ochenta ver a Fernández Floranes debajo del paso de misterio de San Esteban, metiendo riñones en la trabajadera bajo la ojiva imposible del Martes Santo. O admirarlo de tiros largos el Domingo de Pasión para leer con voz radiofónica las pedazos de presentaciones que escribía de los pregoneros en tiempos de Manuel del Valle, alcalde de ruan y de Semanas Santas marcadas por el estruendo del laterío callejero y los excesos de flores en los pasos. Qué gran presentador de pregoneros fue este socialista barbudo que hoy no quiere ni oír hablar de su etapa municipal. ¿Y lo que ha disfrutado la Sevilla Eterna viendo a Rosamar Prieto-Castro de mantilla en los oficios del Jueves Santo con una joyería fina, justa y medida que no se volverá a ver por las Casas Consistoriales hasta sabe Dios cuándo?

–Eso digo yo. ¿Cuándo volveremos a ver algo igual?
–Cuando el PP tenga otro gobierno con 20 concejales.
–Antes tienen que desaparecer las diputaciones provinciales, por lo menos.
–Pues entonces no veremos nunca más al PP con 20 tíos en el gobierno, miarma.

La Sevilla conservadora flirtea con el rojerío de altar y coro. Se deja cortejar. Uno del PP elogia una cofradía, concede una subvención, se pone el chaqué de O´Kean delante de un paso, pero el cofraderío se queda igual, estático, al considerar todos esos gestos amortizados. Ni fú ni fá. Pero llega un socialista con su chaqué de José Gestoso, las manguitas una mijita largas y sabiéndose sentar y levantar cuando corresponde durante la misa y, hala, se ha ganado al personal en dos minutos. ¡Vengan golpes de incensario para el rojo de carné que se sabe la liturgia! La Sevilla cofradiera trata al PSOE como al hijo pródigo. Está deseandito que vuelva al redil. Ocurrió con Manuel Marchena en sus tiempos de gerente de Urbanismo, al que el Consejo de Cofradías lo sentó en primera fila en la presentación de un cartel de Semana Santa y después le insistió en que participara en la copita en Las Lapas. Aquella presencia motivó las protestas de la entonces durísima oposición municipal del PP, que hizo al oído de los señores del Consejo la sevillanísima pregunta de quien siempre se cree en una posición superior: “¿Y el Marchena éste que hace aquí?”

–Es el que nos atiende a la primera en todo.

Juan Carlos Cabrera (Sevilla, 1965) cambia de color según el ojo que lo mira. Primero, es un rojo para los del PP. Segundo, es el militante de un partido abortista dispuesto a pactar con la extrema izquierda en varias comunidades autónomas para los miembros de la Sevilla ultraconservadora, los del aperitivo de la una en el salón adornado con cuadros de la caza del ciervo. Y tercero, es un tío de derechas para muchos de sus compañeros del PSOE, que no entienden que públicamente se confiese macareno, hable de la Esperanza y exalte la caridad. Este concejal licenciado en Derecho –en las mismas aulas con preciosos crucifijos de la Buena Muerte en las que se formó Felipe González– navega en la frontera en una ciudad muy dada a las fronteras. Las propias cofradías están en la frontera de la fe. Anda que no…

Cabrera vive días de gloria en el Ayuntamiento tras los éxitos de la Semana Santa y la Feria. Pero su trayectoria también está jalonada por baches. Cuando trabajó con el concejal Blas Ballesteros en el Instituto del Taxi, tuvo que tragarse varios sapos por efecto de la agenda díscola de aquel concejal metido después a cónsul. Aquel concejal que a veces no había aparecido a la hora del Ángelus…

Cuando Monteseirín cesó a Carmelo Gómez, Cabrera se quedó fuera del organigrama municipal hasta que, buscando posada, se le abrió la puerta de la Diputación Provincial, una institución que después tuvo que indemnizarle por despido improcedente. En 2011, por fin, fue incluido en la lista municipal del PSOE por influencia del propio Carmelo Gómez. Y en 2015 mejoró el puesto por méritos propios. Es la cara amable del gobierno en minoría de Juan Espadas, la sonrisa del régimen que dirían otros. Siempre dispuesto a contar un chiste que sea celebrado con carcajadas, todo lo contrario, por ejemplo, a los candidatos a la Presidencia del Consejo, que en vez de vivir días de gloria andan detrás de las glorias hasta en la Feria. Y alguno hasta con cara de manigueta. A uno de ellos lo vieron en la puerta de una caseta y parecía el contratado de Prosegur para no dejar pasar a las gitanas de los claveles. Vamos a reírnos una mijita, por favor, que hay vida más allá de San Gregorio.

Sigamos con Cabrera. Algún veterano del PSOE le ha advertido en privado que tenga cuidado con las Fiestas Mayores, que no son siempre una parcela amable de gestión, que debe poner los cinco sentidos en la adjudicación de las casetas y en los dineros para no llevarse disgustos. También le han dicho que se apriete los machos con el sindicato mayoritario de la Policía Local. Cometió el error de colocarse el pin de esta central el día de su toma de posesión como concejal en el Salón Colón, cuando lo prudente hubiese sido seguir el sabio consejo que Asenjo le dio al delegado diocesano de hermandades cuando debutó en el cargo: “Guarda la distancia, Marcelino, no te mimetices con las cofradías”. Eso le decimos a Cabrera: ¡Cuidado con ese sindicato, que puede traer los idus en marzo o en cualquier otro mes!

Cabrera cumplió con diligencia sus labores en los cuatro años de oposición al gobierno plano de Zoido. Junto a Moriña y Bazaga formaba el trío de capilla que arropaba a Espadas en los actos cofradieros. Se llevó bien con algunos del PP, con los que compartió veladas de cuaresma en la denominada Concordia de la Croqueta. Algunas tardes de Pleno, cuando los periodistas ya se habían ido hartos de las plúmbeas sesiones, Cabrera se sentaba en los bancos de la derecha para charlar de fútbol y cofradías con Beltrán Pérez o Rafael Belmonte mientras el altivo presidente de la sesión, Javier Landa, les miraba con su ternura habitual (por las que hilan) y las mociones políticas urgentes (risas en off) se desparramaban sin control hasta la noche.

Este socialista ha sabido capitanear la Agrupación del Casco Antiguo, permanecer leal a Espadas y exigir su puesto en la lista cuando sabía que había sumado méritos y estaba en una posición de fuerza.

La vida es teñirse las patillas cuando llega el verano. Es intentar que el alcalde se pasee por la Plaza del Salvador y se pare a tomar una cerveza entre los sevillanos para que cese en el estudio minucioso de los expedientes. La vida debería ser tener claro que a ciertos sindicalistas no se les puede combatir de frente y apelando al patriotismo (¿verdad, sheriff Cabello?). La paz social sólo existe mientras haya dinero para el pago de productividades, lo demás son amistades peligrosas. La vida es recordar, ay, cuál fue la última vez que salió de nazareno en la Macarena. Cabrera, nadie lo dude, es tan socialista por los cuatro costados como votante de Manuel García, político del PP, cuando se trata de las urnas macarenas. García, por cierto, era un concejal de derechas que se llevaba mejor con socialistas y comunistas que con sus compañeros de bancada. La vida es triunfar a la primera en la presentación del pregonero. Falta, quizás, probar su perfil de gestor cuando se haya rearmado la oposición del PP, entretenida ahora en revueltas de Twitter y a la espera de que Zoido pida la cuenta. Si para entonces sigue teniendo el mismo cartel, algún día le dirán lo que le dijo un señor muy de derechas a Rosamar: “Eres como la Virgen de San Roque, le caes bien a todo el mundo”. De lo contrario, le ocurrirá como a Fernández Floranes, al que llamaban hace años para recordar sus años de vida municipal y, siempre, siempre, parecía que se cortaba el teléfono.

Un tal Del Valle

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2016 a las 5:04

MANUEL DEL VALLE
DON Remondo es la calle donde siempre hace frío de enero y en los adoquines suenan las pisadas cobardes de los que huyen con pasamontañas y dejan atrás un reguero de sangre inocente. Las calles de Sevilla se van especializando de forma espontánea, con el paso de los años y la consolidación de los hábitos, sin necesidad de diseñadores de centros comerciales especializados, desubicadores, globalizados, franquiciados y carentes de la singularidad que hace a un comercio irrepetible y distinto a otro. Si Don Remondo es el frío perpetuo que hiela los interiores de la memoria y Feria es la calle que siempre conduce a la Esperanza, Córdoba es la calle de los zapatos, Trajano la de las funerarias, la Plaza del Pan donde se visten las novias, la Encarnación donde los chinos arreglan los teléfonos que se han mojado, Muñoz y Pabón donde se regatea el precio de las antigüedades, Arfe donde aquellos jóvenes de las botellonas de los años 90 se gastan ahora la nómina en gin-tonics sibaritas servidos en barra, Alcaicería donde se encarga el cartón de los capirotes, Francos donde se cortan las telas y se compran los escudos del antifaz, Regina donde el comercio pijo-progre ha encontrado su nicho… Y Capitán Vigueras es la calle de los abogados de la Transición, un despacho en blanco y negro, con gente con gafas de pasta, cuellos abiertos a lo Curro Jiménez, pantalones de pata elefante y música de Jarcha. Un despacho donde, entre otros, había un par de nombres ligados a la ciudad. En muchos círculos no hay que decir el despacho de Felipe González, Rafael Escuredo, Manuel de Valle, Antonio Gutiérrez, Ana María Ruiz Tagle y Miguel Ángel del Pino, sino simplemente se dice “el despacho de Capitán Vigueras” y basta, al igual que el cofraderío dice “en Campana”, sin artículo, o la ministra frívola dice “en Indias” para aludir al Archivo.

En aquellos días de sudores y fatigas del Rey y Suárez para encarrilar el tren de la democracia, hubo unos vecinos de Bellavista apurados con un asunto jurídico. Recurrieron a Juana, la madre de un joven abogado llamado Felipe González. Querían ser atendidos por Felipe. Pasados los días, la señora Juana se interesó por el resultado de sus gestiones. Y aquellos desorientados vecinos sentenciaron:

–Bueno, fuimos al despacho y nos atendió un tal Del Valle…

Manuel del Valle Arévalo (Sevilla, 1939) forma parte de Capitán Vigueras, dicho sin más, como la Alcaicería de la Loza podría ser la rebautizada Alcaicería de los Capirotes. El tal del Valle hizo la célebre foto de la tortilla, una instantánea sobre la que ya hay más teorías y leyendas que sobre el 23-F. Del Valle es retraído, discreto y comedido. Si fuera nazareno sería de cola y, por supuesto, de ruan. Y  eso en política es como tener contratado un seguro. No molesta al líder, luego el líder jamás lo ve como una amenaza. Y siempre hacen falta peones y alfiles en el ajedrez de la política. Como buen sevillano, administra a cuentagotas un profundo sentido del humor, que exhibe mediante cargas de profundidad sólo aptas para interlocutores sagaces. Del Valle es hermano veterano de la Cofradía de la Retranca. En una reunión de la Internacional Socialista celebrada en el Madrid de finales de los 70 fueron apareciendo líderes extranjeros, anunciados con todo bombo por la megafonía. Cuando se oyó el nombre de Carlos Andrés Pérez, el sevillano de Capitán Vigueras soltó:“¿Pero este hombre no debía estar en la cárcel?”

Pasaba fatiguitas a la hora de tirar los pasquines del PSOE en los años de la Transición, que es cuando tenía mérito lanzarlos desde la ventanilla del seiscientos, o pegar carteles con el puño y la rosa por el centro y los barrios. Hay quien sigue manteniendo que Del Valle los tiraba en la papelera más próxima y que, con la cara descompuesta, decía a los compañeros:“Yo ya he tirado los míos”. Aquellos años de juventud universitaria, de secretario de cultura y propaganda del SEU, colaboraba en Radio Vida, con sede en Trajano, donde hacía la información política internacional basada en las ediciones del rotativo francés Le Monde que compraba en Sierpes a dos pesetas, siempre y cuando los ejemplares no hubieran sido intervenidos por la censura por contener informaciones críticas con el régimen.

Hombre tan retraído como habilidoso. Pareció un buen gestor, que es mucho más importante que serlo. Ysi podía evitar cualquier decisión traumática en el desempeño de cargos públicos, la evitaba a toda costa. Como guerrista que era, logró ser presidente de la Diputación y alcalde de Sevilla. A la Plaza Nueva llegó después de que Alfonso (el político, no el restaurador de Jerez)dijera que no quería seguir contando “ni muerto” con el escritor Antonio Rodríguez Almodóvar. Hay que alabar que se marchó a su casa y a su despacho, con un breve período de tiempo inicial en que presidió una fundación. Se fue sin rechistar ni largar, sabiendo jugar a la perfección el difícil papel de ser un jarrón chino, una parte importante de la historia reciente de la ciudad, un símbolo que debe ser respetado y debe ganarse ese respeto. No se lamentó pese a que pudo pensar que se quedaba sin probar la miel del 92 después de haber puesto a punto la ciudad con el PGOU de 1987. Las encuestas de Julián Santamaría, sociólogo de cámara de Felipe y Guerra, advirtieron de que el PSOE corría el peligro de perder la mayoría absoluta en 1987. Yse perdió. Los sondeos de 1991 ya alertaban de que se perdía directamente la Alcaldía. Yapuntaban que el mejor candidato para retener el gobierno era Pepote Rodríguez de la Borbolla. Aludían después a socialistas como Luis Yáñez. El dedo de Guerra señaló a Yáñez. Y el PSOE perdió la cotizada plaza de Sevilla.

Una de su cualidades es que no ha tenido celos de ningún colaborador. No ha sido nunca hombre de acción, pero no le ha importado que en su equipo hubiera gente con impulso y decisión. El PSOE influyó mucho en las dos listas electorales con las que concurrió a las municipales, la de 1983 (mayoría absoluta) y la de 1997 (mayoría simple). Siempre permitió brillar a sus tenientes de alcalde. Tuvo un equipo de concejales solvente, con bastante más enjundia de lo que circula por la Plaza Nueva en los últimos años: Curro Rodríguez, Paco Moreno, Guillermo Gutiérrez, José Vallés, Isidoro Beneroso… Yen el Alcázar contó con Paco Mir, quien promovió junto a Manzano la retirada de la Cruz de los Caídos. Eso sí, sin que Del Valle firmara ninguna orden, porque dicho está que evitaba cualquier decisión que pudiera originar revuelo. Especialista en mandar a alguien siempre por delante y quedarse resguardado en la trinchera. Para negociar el presupuesto con el interventor Francisco Pimentel confiaba en un pujante Pepe Moya Sanabria, que era el jefe de personal del Ayuntamiento y que hoy es presidente de Persán. Ypara evitar negociar en minoría con los comunistas de Adolfo Cuéllar, si había algún asunto de especial trascendencia para la ciudad, le pedía a Manuel García, entonces edil del PP y hoy hermano mayor de la Macarena, que mediara ante Soledad Becerril para contar con los votos del Grupo Popular. En sus años como alcalde se apoyó mucho en dos funcionarios de prestigio:Mauricio Domínguez y Domínguez-Adame, experto en protocolo y en el quién es quién de la ciudad, y Pepe Contreras Rodríguez-Jurado, una suerte de jefe de la Casa Consistorial que controlaba todo lo que se cocía en el noble edificio.
Siendo alcalde vivía en un piso del Polígono San Pablo con su suegra. En los últimos y muy calurosos días de la campaña del 87 recibió en la vivienda familiar para la entrevista de rigor al periodista José Aguilar, jefe de Política de Diario 16. Pepe solicitó al alcalde un refresco para evitar el riesgo de colapso que todo sevillano padece cuando se ha expuesto al sol a primera hora de la tarde de un junio amenazador. La suegra terció: “Sólo tenemos agua”. El periodista colocó la grabadora en la mesa para comenzar la entrevista. Y se oyó de nuevo la voz de la suegra:“Cuidado no me vaya a rayar el mueble”.

Aficionado a la fotografía, Manuel del Valle tiene buen ojo para captar imágenes con la cámara y sin ella, incluidas las de la belleza femenina. No sabe bailar sevillanas. Dicen que un día de Feria junto a este veterano del PSOE puede resultar más largo que la cofradía de San Bernardo.

–¿Usted que haría si se encontrase en la Feria y sólo pudiese conversar con Manolo del Valle?
–Buscar el globo de Ecovol donde se pedían los taxis.

Apenas bebe. Acaso se moja los labios. Es el típico amigo que conviene cultivar para que se haga cargo de conducir a la vuelta los días de parranda. En ocasiones oculta la copa con una servilleta para que los pesados de guardia, de aspavientos y lengua gorda, no le controlen si de verdad está libando. Metódico y austero, un día fue invitado a almorzar en Madrid por el presidente del Senado, José Federico de Carvajal. Se limitó a pedir consomé y tortilla francesa. Con políticos así nunca habría vergonzosas fotos de mariscadas con Pantagrueles y cubiertos dispuestos en vertical.

Si hay un rasgo que define a Del Valle es su forma de saludar. Pocos aprietan la mano con tanta fuerza, casi con un punto de vehemencia que contrasta con su aspecto aparentemente frágil, con su estética de escuadra y cartabón, con su abrigo de caída perfecta a lo Antonio Ríos.

Del Valle es el triunfo de la segunda fila. Ni se ha quejado, ni ha sido dispendioso. Dicen que se libró de una posible cornada tras ciertos negocios marbellíes en San Pedro de Alcántara. Tal vez de su etapa juvenil como jugador de rugby aprendió a encajar los golpes. Su amistad con Jesús Aguirre generó un gran beneficio para Sevilla, pues supuso la apertura de la Casa de Alba hacia la ciudad. Jamás tuvo problemas con la Iglesia siendo alcalde, se entendió a la perfección con el cardenal Amigo, al que, invitado por Monteseirín, despidió en el Ayuntamiento al término de su pontificado. Tuvo una gran excepción el 23-F, cuando aguantó el tipo todo el tiempo en la sede regional del PSOE junto al secretario general, Pepote Rodríguez de la Borbolla, y el entonces consejero de Interior de la Junta de Andalucía, Antonio Ojeda, entre otros militantes, mientras otros compañeros eran gamos a la búsqueda de la frontera con Portugal.

Manuel del Valle tiene calle en Sevilla, una pedazo de Avenida cargada de colmenas de vecinos donde Sevilla se aproxima a Córdoba y se aleja de la Giralda. Aunque Del Valle no evoca más calle que Capitán Vigueras ni más vianda que la tortilla. Y, por supuesto, no se asimila al perfil del socialista de hoy ni de lejos. Al lado de algunos de los que hoy pueblan la sede de Ferraz, Manuel del Valle parecería hasta de derechas. Y siempre, siempre, tiene el aspecto de un señor de orden al que en Navidad da gusto felicitarle las pascuas y en la cola de la caja del supermercado cederla la vez.