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El capitán del buque

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL OLIVENCIA

TRAS aquel consejo de administración del Banco de España, Felipe González tuteó por primera vez a su maestro, Manuel Olivencia (Ronda, Málaga, 1929), una señal que con el tiempo se interpretó como el inicio de un nuevo periodo de relaciones entre ambos:“Oye, Manolo, tengo que hablar contigo de una cosa. Te llamaré”. Al cabo del tiempo, Olivencia se encontraba impartiendo clases en una de las aulas de la antigua Fábrica de Tabacos de Sevilla que se nutren de la potente luz del patio. Un bedel interrumpió la sesión, don Manuel tapó el micrófono, lo reclamaban para atender una llamada telefónica urgente, pero se negó a abandonar la clase. Se supo después que era requerido nada menos que por el Rey. Al terminar la clase, se marchó con tal urgencia que no pudo resolver la duda particular de un alumno: “Mañana le atiendo”. Días antes, efectivamente, había hablado con Felipe, que le explicó que su costumbre era dejar aparcados los temas que se enconaban. Y, de hecho, el nombramiento de Ricardo Bofill como comisario de la Expo’92 estaba ya lastrado por la doble polémica del rechazo de los socialistas catalanes, que no querían semejante caramelo para un notorio nacionalista, y de los socialistas andaluces como Rafael Escuredo y de los sectores más conservadores de Sevilla que no lo querían por ser catalán.

La historia ya es conocida. Olivencia dio nones, Felipe insistió en su nombramiento –pese al rechazo de Alfonso Guerra y de su cuadrilla–, le pidió que se lo pensara y acto seguido rogó la mediación del Rey, que fue quien telefoneó aquel día a la Universidad en horario lectivo y consiguió que el catedrático aceptara aquella empresa. Ya lo dice el aserto que alguna vez le han recordado a este maestro de mercantilistas en alguna tertulia distendida:“Con lo que Dios mande y el Rey ofrece, a joerse”. Publicado su nombramiento en los medios, los alumnos lo recibieron con un aplauso que el catedrático, bastante tímido, interrumpió: “Señores, no perdamos el tiempo que hay que dar clase”.

De la Expo habla poco. De Jacinto Pellón, prácticamente nada. Un día se rió cuando le contaron la historia de un vecino que se afeitó la barba para no ser confundido con aquel ingeniero montañés que se convirtió en la imagen adusta de la Expo, el hombre que cerró la venta de abonos. El recuerdo de aquellos intensos años, en general, no es precisamente dulce. Felipe, con el tiempo, le llegó a confesar:“Yo sabía que ser comisario te había costado dinero, pero no tanto”. Los años previos a la Muestra Universal se produjeron muchas fusiones de bancos que requirieron de la intervención de los despachos más potentes. Olivencia se quedó fuera de aquellas operaciones mientras trataba de sacar adelante las mil y una gestiones que generaba la Expo, unos años en los que se enfrentó a los intentos de mangoletas.Donde fluye el dinero existe la tentación. Siempre ejerció de vigilante y garante de la legalidad, pese a lo cual se tuvo que ver en el doloroso trance de declarar ante el juez Garzón. No hay mayor juez que el tiempo. Y sólo basta comprobar dónde está hoy el personaje Garzón. Y dónde Olivencia.

Como comisario de la Expo soportó los palos en la rueda de muchos miembros del PSOE andaluz, inquietos porque se estaba forjando un perfecto candidato del centro-derecha a la Presidencia de la Junta o a la Alcaldía de Sevilla. Olivencia se llegó a quejar ante el entonces todopoderoso José Rodríguez de la Borbolla de las dificultades que le estaban poniendo los socialistas andaluces.“Mi partido no te pone pegas, serán algunos de mi partido, que no es lo mismo”.

Un día estaba en Madrid explicándole al Rey las obras de la Cartuja con planos por delante. Don Juan Carlos miraba los enormes pliegos extendidos y atendía las explicaciones que el comisario le ofrecía de cada parcela hasta que se detuvo en una foto en sepia de la Exposición Iberoamericana de 1929. En la instantánea aparecía un grupo de señores a los que el Monarca fue identificando uno a uno hasta que se detuvo en uno que no reconocía. Olivencia intervino:“Señor, es mi padre, que era el comisario del Pabellón de Marruecos”. Tal era el calor en la Sevilla del 29 que la madre de Olivencia se marchó a Ronda buscando el frescor de la serranía, por eso el niño Manuel nació en Ronda. Olivencia explicó al Rey que su padre fue después el primer alcalde republicano de Ceuta, donde vivía la familia. Don Juan Carlos valoró entonces la “gran cantidad de gente de bien que trabajó para que la República saliera adelante”. Yañadió que su empeño en la Transición fue hacer lo mismo: aunar voluntades, incluso entre aquellos más reacios al proyecto común de la Monarquía parlamentaria.

Su tío Santiago lo inscribió el 25 de julio para hacerlo coincidir con su festividad, pero don Manuel nació realmente el día 24, fecha en la que celebra su cumpleaños por mucho que la inscripción registral diga que fue el 25. Lo que también dice es que se llama Manuel Santiago Olivencia, un nombre que no usa nunca, pero la Universidad de Bolonia, rigurosa y ortodoxa donde las haya, le colocó completo el nombre en su título de doctor.

Olivencia se fue de la Expo. Dimitió varias veces hasta que le aceptaron la carta. No la pisó más que en una ocasión. Fue con motivo del día de Naciones Unidas en su condición de delegado de España en la Comisión para la Codificación del Derecho Mercantil Internacional. A Peris le confesó que el día de la inauguración, el 20 de abril, estaba en Marruecos: “Entre otras cosas porque nadie se acordó de mandarme una invitación”.

Olivencia tiene una hija, Macarena, casada con Javier Arenas, padre natural de la derecha andaluza. Algunas veces se le ha oído decir con sentido del humor: “No tengo yerno, sino un hijo político”. Un día, el Rey lo sorprendió en un acto dándole dos palmadas fuertes por la espalda. Alguien terció y le dijo al Monarca: “Señor, tenga cuidado que es el suegro de Javier Arenas”. La Reina apareció en ese preciso instante, vio la cara contrariada de don Manuel y comentó: “¿Qué le pasa, Manolo?”. Y Olivencia le explicó a la Soberana: “Estoy algo enfadado, porque me acaban de presentar como suegro de Javier Arenas”. Y doña Sofía zanjó: “No se preocupe, yo el otro día iba por la calle y me identificaron como la abuela de Froilán”.

Olivencia rechazó ser magistrado del Tribunal Constitucional (TC) cuando una legión de juristas se daban tortas por el nombramiento. Recomendó a Juan Antonio Carrillo Salcedo, que también lo declinó. La plaza la ocupó finalmente el discípulo amado de don Manuel, el catedrático Guillermo Jiménez Sánchez, que llegó a ser vicepresidente del TC. Jiménez Sánchez y Rafael Illescas, catedrático de Derecho Mercantil en la Carlos III, son sus dos discípulos eminentes. De don Manuel se dice que es el maestro de la escuela del Guadalquivir y del eje del AVE, porque todas las ciudades que baña el río o que comunica la alta velocidad están pobladas de catedráticos y profesores titulares que imparten Derecho Mercantil tras haber pasado por su magisterio.

La vida transcurre aún con ajetreo entre Sevilla y Madrid, entre la casa de la acera impar de la Avenida de la Palmera, la residencia de la Ronda natal y el despacho profesional de la capital de España. No quiere dejar de vivir en Sevilla pese a que sería mucho más conveniente para sus intereses estar afincado en Madrid. Florencio es el chófer, casi un amigo personal ya, que lo lleva y lo trae para evitar la impersonalidad de los trenes. En los años que usaba el AVE, siempre se le vio trabajando tanto a la ida como a la vuelta con el mismo silencio y la misma compostura en todo momento. Un ex alumno que coincidió con él en ambos trayectos contó en una ocasión:“Yo a la vuelta ya era incapaz de hacer nada, me fui al bar, me pedí un whisky y me aflojé la corbata. Cuando regresé a mi vagón, don Manuel seguía trabajando exactamente igual que a la ida”.

Don Manuel es una silueta de abrigo azul y pelo encanecido que rara vez se ve un sarao. Nada amigo de actos sociales, mucho menos de la Feria, donde acaso pasa algunos minutos con la familia Acedo, Francisco y su mujer, para irse después a sus abonos de sillón de tendido de la Real Maestranza. Los toros le encantan. Don José Acedo Castilla, padre del citado Francisco, era uno de sus grandes amigos, miembros ambos de la tertulia sabatina de la cafetería El Coliseo, en la Puerta de Jerez. Por aquella tertulia pasaron personajes como Ángel Olavarría, García Añoveros, Juan Moya García. Alfonso de Cossío, Francisco Piñero, Joaquín Ruiz, Mariano Monzón, José María Cruz, Pedro Luis Serrera, José del Río… Olivencia sigue hoy asistiendo a esa tertulia de dos horas de duración, donde sólo se toma café y se habla de lo divino y de lo humano. El arraigo de los contertulios en el establecimiento es tal que don Manuel gestionó la Medalla de Oro del Trabajo para el camarero que se llevó años sirviéndoles con la mayor diligencia. Cuando don José Acedo estaba enfermo, Olivencia lo llamaba a diario ya estuviera en Madrid o en Nueva York.

La combinación de la cátedra con el despacho profesional le ha impedido impartir el cien por cien de las clases. Ha tenido colaboradores de lujo que le han suplido cuando ha tenido que estar en Madrid o en el extranjero. No gasta gritos cuando algo no le gusta. Todo lo más, levanta la mirada por encima de las gafas para expresar una desaprobación. A los alumnos les exige que lleven siempre a clase el Código de Comercio, como es obligado para el capitán del buque según dictaba el viejo artículo 612, párrafo segundo, un precepto ya derogado: “Serán inherentes al cargo de capitán las obligaciones que siguen […] Llevar a bordo un ejemplar de este código”. Don Manuel, siempre con el código. Y también sus discípulos, a los que enseña un principio general básico: “El jurista hace de intérprete como lo hace el músico. El músico interpreta la partitura, ustedes interpretan la ley”.

Avanzado en lo teórico, interesado por las innovaciones jurídicas, nunca anclado en normativas o enfoques superados. Dicen que en su materia jamás se quedó en los planteamientos napoleónicos, ni en los de finales del siglo XX. Su doble condición de catedrático y abogado le ha obligado a estar al día. Es muy de San Isidoro:“La teoría sin la práctica es petulancia”.

Nadie lo ha podido tener nunca por un beatón. El cardenal Amigo lo eligió para hacer una de las lecturas en la ceremonia de beatificación de Sor Ángela que presidió el Papa Juan Pablo II en el campo de la Feria. Don Carlos le preguntó en una ocasión:“¿Por qué te han nombrado comisario de la Expo?”. Y don Manuel le ofreció una respuesta muy reveladora:“Por lo mismo que usted me eligió para hacer una lectura ante el Papa, porque no soy ni del Opus ni de los jesuitas, ni de unos, ni de otros”.

La vida son lecciones de rectitud, de admiración a su maestro Joaquín Garrigues. La vida es querer estar en Sevilla y renunciar a cátedras en otras universidades tal vez más pomposas. La vida es orgullo por haber sido criado en Ceuta, de donde su hermano y él son hijos predilectos. La vida es seguir siendo seguidor del equipo de fútbol ceutí por mucho que luzca condición de bético. Suya es una sentencia que proclama muy en privado: “El virus del hincha se inocula de pequeño. Y yo cogí el del Ceuta”. La vida es comer poco, en comparación con su alumno Guillermo Jiménez Sánchez, más aficionado a los chuletones. Un día pidió una simple tortilla en uno de esos sitios de relumbrón a los que le llevó Guillermo. El camarero, un punto contrariado, respondió: “Esta casa no trabaja el huevo”. La vida es ser considerado el mayor experto en Derecho Concursal, el autor de la Ley Concursal (también conocida como la Ley Olivencia) y el redactor de preceptos de numerosos códigos de comercio de naciones extranjeras. La vida son las naranjas de la finca del Aljarafe y las tardes de toros junto a su predilecto Manuel Ricardo Torres. La vida es aguantar por dos veces la pérdida de un hijo, superar achaques graves de salud, caer, levantarse y ponerse de nuevo a trabajar. El sol sale y hay quienes tienen derecho a verle sonreír.

Pocos saben que es maestrante de Ronda por la vía del prestigio, como lo fue don Eduardo Ybarra Hidalgo de la Maestranza sevillana. Amigo de Rafael Atienza, marqués de Salvatierra. Hermano número 175 de los Estudiantes, la cofradía de la Universidad en la que ingresó el 18 de diciembre de 1960. Es un fijo de la corrida goyesca. Sus nietos le llaman “obi”, abuelo en alemán. Hubo un día que dejó de fumar. Yotro día, cuando le cerraron el puesto de los Monos, se quedó sin uno de sus sitios preferidos para el café. Escritor solvente, académico de la de Buenas Letras, aficionado al uso de la jerga taurina. Nadie se toma la última copa, ni ningún catedrático da su última lección. “La última lección está por hacer, por descubrir y por describir. En eso consiste la ciencia, toda rama de la ciencia: el saber científico es avance, progreso, marcha hacia adelante. Y ese camino no tiene fin, por fortuna”. El capitán del buque es el que manda, siempre con el código a mano. Florencio, arranque por favor, que nos vamos para Sevilla.

El Rey y los guisos

Carlos Navarro Antolín | 19 de diciembre de 2016 a las 13:27

CONCHA YOLDI
LA sencillez es un lujo al alcance de pocos. Ser accesible es propio de la gente de verdad importante. Los despachos del poder están en las últimas plantas, hay que seguir recovecos para llegar a ellos, están defendidos por secretarias de tono monocorde, protocolo frío y miradas vigilantes; el firme es de moqueta para que se hunda el mocasín y el sujeto tenga clara esa sensación mullida de pisar un espacio de influencia, o de sentir el frío vacío de las estancias de mármol, que es el otro material preferido para representar el estatus. Cuantas más puertas haya que cruzar para llegar al despacho principal, mucho mejor. Lo inaccesible genera morbo. Sin embargo, ocurre muchas veces que cuanto mayor es el triunfo, menos importancia se da el protagonista. Es la diferencia entre el que está seguro de lo que es y el del inseguro, que necesita la cohorte de libreas, secretarias y abanicadores de plantilla.
Concepción Yoldi García (Sevilla, 1954) es un señora importante que vive en Sevilla cuando podía estar yendo y viniendo de las principales capitales europeas. El miércoles estuvo con Felipe VI en el Palacio Real y ayer cocinando patatas con tomate para una celebración familiar. En el fondo disfruta con esos contrastes. No deja de ser la hija de Conchita, que así es conocida su madre, y de don Francisco Yoldi Delgado, un químico que se forjó en la empresa familiar de Persán, fundada por el abuelo materno de Concha y la familia Santos.

Concha Yoldi es una VIP de la sociedad sevillana que jamás pone esa cara de siesa habitual en las señoras que pretenden poner cara de importantes. Cuando en un canapé esas señoras de catálogo aletean las fosas nasales y estriñen el rostro hablando del monotema del servicio doméstico, esta Yoldi sale en defensa de las limpiadoras y recuerda que la ley sólo ofrece contratos marcados por la falta de garantías y unas indemnizaciones muy pobres. Sabe de lo que habla. Entonces todos los loros emperifollados se quedan callados. Todas las cotorras enmudecen. Su fundación mueve un millón de euros para fines estrictamente sociales. La Yoldi no restaura cuadros ni campanarios, sino personas descarriadas. No regala pescados al parado, enseña a coger la caña y lanzarla en el caladero del empleo. El dinero se gana con la cabeza y se gasta con el corazón. ¿Para qué sirve el dinero? Para ser libre siempre que previamente se tenga una forma de ser libre, porque hay mucha gente con dinero que rema a diario en las galeras de sus debilidades. Esta Yoldi es libre porque necesita poco y porque ha vivido con intensidad desde que nació en la misma fábrica de Persán, donde sus padres tenían un chalé que hace pocos días, por cierto, se ha terminado de demoler. Sus aficiones son de bajo coste. Entre ellas, hacer punto por las noches mientras la televisión emite una serie, a veces de tiros, y en un vasito hay un dedito de destilado escocés, sin agua ni hielo, que mete el cuerpo en calor las noches en que el grajo no quiere saber de los azules altos de la Contratación. Hay quienes recuerdan la cantidad de ropita de punto que la Yoldi ha regalado a los hijos recién nacidos de los trabajadores de Persán. El chalequito de punto es la máxima condecoración que ella puede regalar, porque en ese obsequio se conjugan el tiempo personal dedicado y su creatividad, valores que no tienen precio y que son los que, precisamente, la gente se quiere ahorrar cuando tira de una lista de regalos predeterminada.

Fue testigo directo de uno de los acontecimientos más relevantes de la Semana Santa contemporánea, que figura en todos los libros y hasta en un cómic. Ocurrió el Viernes Santo de 1972, cuando su padre, criado en la calle Mateo Alemán, era hermano mayor de la Soledad de San Buenaventura. La cofradía comenzó a salir a la hora prevista, pero los costaleros no se presentaron. ¡Una huelga en toda regla! La Hermandad de Montserrat cedió los de su paso de misterio para que la Soledad pudiera salir. Desde entonces los Yoldi se hicieron de la cofradía de la Magdalena en testimonio de agradecimiento. Muchos fijan en esa huelga los orígenes de las cuadrillas de hermanos costaleros. Esta Yoldi, alta, de complexión fuerte y mirada escrutadora, era una niña cuando sus generosas trenzas sirvieron para colocarle pelo natural a la Dolorosa de la calle Carlos Cañal, una hermosa donación. La Virgen de la Soledad es la de los franciscanos, la del padre Patero, la del Horno de San Buenaventura y, sí, la del pelo de Concha Yoldi.

Cuando era la jefa de compras de Persán y tocaba recibir a un vendedor, Concha se maquillaba especialmente. Hay quien dice que, en realidad, se aplicaba “pinturas de guerra”. Aún se recuerdan sus dimes y diretes con Ramón Ybarra Llosent, que abastecía de botellas de plástico a la compañía por medio de la sociedad Cydeplas. A Concha no le convencían los envases. Aquella empresa fue comprada por catalanes y las funciones comerciales fueron asumidas por un directivo exento de seny que sacaba de quicio a esta sevillana. Hasta que un día fue el último: “Mire, ni Ramón Ybarra antes ni usted ahora me solucionan los problemas con las botellas. No nos entrevistaremos más. Pero al menos con Ramón, que es mucho más agradable que usted, me reía y me ponía al día de las cofradías, sobre todo, de la Candelaria”.

La única afición cara de esta empresaria hoy consagrada a las obras sociales son los corales que le regala su marido, José Moya, más conocido como Pepemoya el de Persán.

Hace los viajes en AVE como cargo de la Hispalense en clase turista, las comidas familiares se organizan en casa y las viandas de un tentadero de fin de semana de El Parralejo se preparan a mano. Nada de contratar un cáterin ni a camareros profesionales, sino patatas con chocos elaboradas por ella misma. Desde los toros a las vituallas son de casa, no se externaliza nada.

La vida son recuerdos de una joven ya casada cuando aún le quedaban seis asignaturas de Económicas por cursar. Es saber dirigir a trabajadores y también rendir cuentas a un ejecutivo de la compañía. Es tener claras las necesidades primarias que se han disparado por la crisis económica y que son las que debe abordar la Fundación Persán. Es delegar la gestión de las peticiones de ayuda de los curas en su marido, Pepe, que podría ser considerado como el patrono de las sotanas de la Fundación Persán. Cuántas veces sale Pepe de misa y el oficiante, que se ha percatado de su presencia, manda al capiller para que vaya a buscarlo rápido al término de la ceremonia: “¡Don José, don José! El párroco dice que si se puede acercar usted a la sacristía un momentito”. La vida es paladear una copa de tinto de Rioja: “El Ribera es peor y encima más caro”. Y aconsejar a su marido que no asuma la presidencia del Betis, un quite que muchos consideran providencial.

Esta Yoldi, fuerte y de carácter duro, conoce con rapidez al que tiene delante. Es lo que tiene estar curtida en la montaña rusa de un negocio, en las tribulaciones de la gestión del día a día. Tiene una relación fluida con el clero. Ella es muy del cardenal Amigo, con el que ha estado en Tierra Santa; como lo era de Manuel del Trigo, aquel inolvidable párroco del Salvador, y de Manuel Benigno García Vázquez, el cura que negoció la venta de San Telmo y que entraba y salía de la Moncloa con frecuencia en tiempos de Felipe. También conecta con los nuevos valores del sacerdocio local, como con José Miguel Verdugo, el Bergoglio del Plantinar.

Como presidenta del Consejo Social de la Universidad de Sevilla le asignaron un despacho. “¡Pero esto es enorme!”, dijo muy sorprendida. Y sólo ha pedido una atención desde que ocupa el cargo en la institución: que el coche de su madre pueda entrar en la lonja y llegar hasta la Capilla de la Universidad los domingos. La vida son caminos del Rocío de la mano de Javier Molina y Julia Candau, y de una organización con Gines en la que estaban Juan Moya, Antonio Ojeda, Jaime Artillo y Aurelio Verde, y por la que merodeaba un personaje singular, El Triana, que proclamaba la escasez de langostinos: “Aquí hay muchas cremas para pintarse las mujeres y muchas latitas de conservas, pero muy pocos bigotes”. Y la vida son recuerdos de dos cuñadas, Margarita y Joaquina, que fueron como dos hermanas.

Concha siempre ha estado a favor de la igualdad en el mundo de las cofradías, siempre ha defendido que haya nazarenas en todas las hermandades, y siempre ha tenido claro que ella jamás saldría en una cofradía, pero es partidaria de que la mujer decida en libertad. Con su ciudad y con las cofradías ejerce el espíritu critico de quien ama de verdad las cosas.

La gente verdaderamente importante es accesible y de estilo sencillo. Siempre. Porque saben decir que no si hay que decir que no, no le temen a la cofradía de los pedigüeños con corbata. Es lo que tiene la gente alta, que ve llegar los palios antes que nadie y saben si se mecen al compás del interés personal o de una justa causa. Y avisa al resto.

Concha Yoldi forma en la cofradía de las redes sociales como una más, sin intermediarios, sin asesores que le escriban los mensajes. Por delante hay muchas horas para hacer punto. Los jerseys de Concha Yoldi son el toisón de oro que concede su particular Casa Civil. En ellos va su mano de obra, su escaso tiempo libre, su dedicación, su gusto, todos esos valores que no caben en una hoja de Excel po’rque son esos valores añadidos que lo dicen todo de una persona. Regresa de sentarse con el Rey como patrona de la Fundación Princesa de Girona y se pone a cocinar. Otras se van a Pineda a contarlo mientras aletean las fosas nasales para darse un barniz de importancia por la vía de la altivez impostada. Y encima lucen corales falsos.

El cardenal libre

Carlos Navarro Antolín | 9 de agosto de 2015 a las 5:00

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AQUEL mediodía del 25 de noviembre de 2009 el guardia de seguridad del palacio abrió la verja para que saliera por última vez el coche de carrocería metalizada que por seguridad tenía asignado monseñor Amigo (Medina de Ríoseco, Valladolid, 1934) desde hacía años, desde los tiempos en que los encapuchados de la serpiente, escocidos por su valiente homilía en el funeral de Jiménez Becerril en 1998, le dejaron en el buzón una amenaza con los gráficos de sus recorridos habituales. Al volante iba el fiel y eficaz secretario personal, Pablo Noguera, que tiró por Mateos Gago para salir del casco antiguo y tomar la salida hacia Madrid. Al dejar la circunvalación de Écija, el cardenal mandó parar el vehículo. Una breve pausa sirvió para telefonear a un amigo personal, de los escogidos que participaban en el almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo: “Sólo para anunciarte que en este justo momento salimos del término de la diócesis de Sevilla”.

El cardenal se fue demasiado pronto. Una cosa es que todos los prelados están obligados a presentar su renuncia al Papa al cumplir los 75 años, y otra muy distinta es que se le acepte en menos tiempo que se hace un café expreso. La Iglesia de España estaba hipercontrolada entonces por un personaje que despierta escasas simpatías hasta entre muchos católicos: el cardenal Rouco Varela. El cardenal Amigo siempre ha sido un verso libre en sus casi 30 años de titular de la archidiócesis hispalense. No se alineó nunca con sectores específicos de la Conferencia Episcopal, menos aún con la línea dura que combatió contra Zapatero alternando las pancartas contra sus leyes sobre el matrimonio homosexual y el aborto, con las tazas de caldito en la Nunciatura para limar asperezas. Baste un detalle: Don Carlos no fue a concelebrar una misa por la familia convocada en Madrid como acto masivo contra las políticas del gobierno socialista en los años de las cejas. Tampoco acudieron destacados sacerdotes de la diócesis, que incluso no ocultaron sus opiniones críticas con el proceder de Rouco.

Tan libre se ha sentido que siendo obispo de Tánger, el gobierno de Franco le indicó que no era conveniente que recibiera con mucho boato a Don Juan de Borbón. No hizo caso de la directriz. Muchos años después, dicen quienes saben que Don Juan le advirtió a su hijo, el ya Rey Don Juan Carlos, que no debía quedar en el olvido el trato afectuoso que Don Carlos Amigo siempre dio a la“familia” en tiempos de turbulencias. La Casa Real fue clave para un ascenso insólito: de Tánger a Sevilla.

Esa libertad de acción –que le llevó a “comprender” las huelgas generales y a solicitar leyes justas para los transexuales– pasó factura a este fraile que llegó a Sevilla procedente de Tánger recién terminado el Mundial de Naranjito. Su primer secretario fue el hoy canónigo Ángel Gómez Guillén, en cuyo Seat 127 de color amarillo sin aire acondicionado se recorrió aquel verano los pueblos de la diócesis. Tan libre se ha sentido siempre que en Tánger presidió el funeral por Francisco Franco y en su primera etapa en Sevilla quiso ir a conocer personalmente al cura Diamantino, líder jornalero, fundador del SOC y encasillado en las antípodas de la ortodoxia católica. Monseñor Amigo y Diamantino entablaron amistad, cultivada en almuerzos preparados por la madre del conocido como “cura de los pobres”. Diamantino murió con 51 años. Don Carlos presidió un funeral masivo en la Parroquia del Cerro, con los bancos repletos de jornaleros de Martín de La Jara y Los Corrales, dirigentes y militantes de Izquierda Unida y del PSOE, y con Soledad Becerril entre ellos. En la homilía defendió su forma de entender el ejercicio de su ministerio pastoral: “Las opciones de Diamantino permanecerán vivas como opciones a imitar”.

Nunca dejó de ser fraile en sus años en Sevilla. Se levantaba a las 05:30 y acudía al comedor entonando oraciones que recreaban el ambiente de un refectorio monacal en un palacio barroco.

Mandar ha mandado mucho. Con energía y cuota de genio. Cuando se enojaba, siempre se le pasaba rápido y se refería con humor a que tenía una “tarde vallisoletana” en contraposición al carácter “trianero” del interlocutor con el que hubiera tenido la discusión. Con el poder socialista se ha entendido siempre con armonía, hasta el punto de provocar ceños fruncidos en la Sevilla más conservadora. Otra muestra de su libertad de criterio fue sentarse a negociar la venta del Palacio de San Telmo, una operación que se bautizó como cesión institucional del Palacio a la Junta de Andalucía, pero que destacados expertos en Derecho siguen considerando que se trató de un negocio de “difícil calificación jurídica”, pues, entre otras singularidades, hubo que saltarse la voluntad de la Infanta María Luisa de Orleans –expresada en su testamento– que cedió San Telmo a la Iglesia de Sevilla en 1896 siempre y cuando sirviera como centro de formación para los futuros sacerdotes. La Junta y el Arzobispado protagonizaron unas negociaciones complejas. A un lado de la mesa, Javier Torres Vela, por la Administración autonómica. Al otro, el canónigo Manuel Benigno García Vázquez, miembro del “tridente rojo” de la Diócesis (junto a los inolvidables Juan Garrido y Francisco Navarro). El Vaticano tardó en emitir un dictamen favorable a la enajenación del palacio. El Cabildo Catedral, para colmo, se pronunció en contra de la venta (19 votos en contra, siete a favor y uno en blanco, más un precioso voto particular de Gil Delgado , un texto considerado como una joya de la fundamentación jurídica). El clero local vivía su particular cisma. Quizás ha sido la última vez que el Cabildo –históricamente celoso de su autonomía– se ha opuesto a los planes de un arzobispo. El presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, comenzó a impacientarse. La negociación se atascaba. Cada día aparecía una piedra nueva en la travesía. Cogió el coche oficial y se plantó en el Palacio Arzobispal. Don Carlos lo recibió con toda amabilidad y le dijo que sí, que la cosa iría hacia adelante, que ya se irían moviendo los papeles. Pero Pepote no se reprimió:

–Verá usted, Don Carlos. Ocurre que usted gobierna para la eternidad y yo para cuatro años. Y ocurre que detrás de usted vendrá otro como usted que los domingos seguirá leyendo las mismas circulares que usted. Pero detrás de mí no sé yo quién vendrá ni lo que leerá o dirá, así que o cerramos nosotros la operación, o…

Y en 1989, un año antes de que Pepote dejara la Presidencia, se firmó una venta maquillada como cesión. La Sevilla Eterna se echó las manos a la cabeza. ¡Un arzobispo entregando el Palacio de San Telmo a los rojos! Entre las contraprestaciones hubo mil millones de pesetas como dotación inicial de la Fundación Infanta María Luisa. Los patronos de esta entidad eclesiástica pusieron a rentar el dinero en un fondo de inversión de alta volatilidad gestionado por el BBVA privanza. Una pequeña parte de los fondos se fueron a cierta isla conocida por ventajas fiscales de las que conducen a otro tipo de paraíso. Cuando trascendió la información, monseñor Amigo, lejos de enojarse, aludió a la parábola de los talentos. La verdad es que pocas veces se ha molestado con la prensa por delicadas que fueras las informaciones. Sigue teniendo buena prensa y ha sabido siempre hacer uso del tremendo eco que genera haber sido titular de la Sede de San Isidoro.

Con los años, por cierto, el cardenal se ofreció a presidir la boda de Pepote con Gracia ante el Cristo del Calvario, en la intimidad de una Magdalena a solas, sin invitados ajenos a la familia. “Así deberían ser todas las bodas”, le dijo al ex-presidente.

En las vitrinas de su largo pontificado hay imágenes de dos estancias del Papa en su casa (1982 y 1993), una boda real (1995), la venta de otros bienes inmuebles como la Escuela Francesa, una designación como cardenal (2003), una homilía en al altar mayor de la Catedral, con el Ejecutivo de Aznar en primera fila, que por su contundencia dejó en evidencia al entonces ambiguo y pusilánime clero vasco; la participación nada menos que en dos cónclaves en la Sixtina; un puñado de libros, decenas de premios, reconocimientos y coronaciones…

La vida es mantener a toda costa la hiperactividad que es marca de la casa. Por la mañana, confirmando jóvenes en una parroquia de barrio, a mediodía en un almuerzo en una casa particular y por la tarde saliendo a la provincia a presidir una función principal. Cuando se fue de Sevilla, se llevó el especial cariño de dos colectivos: los presos a los que visitaba con frecuencia, y el reconocimiento público de colectivos de gays y lesbianas que le concedieron el premio Arco Iris en 2006 . Hasta Carla Antonelli, que no es precisamente de altar y coro, lo despidió agradeciendo públicamente sus opiniones favorables a un trato serio –“sin frivolidades”– hacia las personas de distinta condición sexual.

Si el Papa Francisco se hubiera revestido con sotana blanca unos años antes, muy probablemente no se hubiera producido un relevo exprés como el que se vivió en la diócesis de Sevilla, pues todo cardenal disfruta de tres, cinco y hasta siete años de prórroga al frente de la diócesis.

Un día le preguntaron en la intimidad de un despacho qué pasaría si al cerrar para siempre los ojos resulta que no sólo no aparece Dios, sino que no hay nada.

–Pues que me quiten lo bailado. ¡Y menudo baile es vivir con el gozo de la fe!

El retorno a los orígenes

Carlos Navarro Antolín | 12 de julio de 2015 a las 5:00

José Moya Sanabrioa
OCURRIÓ el pasado Martes Santo. Los primeros tramos de la cofradía de Los Estudiantes estaban formados, encendidos los cirios y puestos los antifaces. Por megafonía se dirigía una oración. Y de fondo sonaba un runrún muy lejano de nazarenos que respondían a la lectura de la lista por parte de los diputados. La cruz de guía miraba hacia la puerta aún cerrada de la vieja fábrica de tabacos, escoltada por cuatro nazarenos rectos, dispuestos ya para recibir el fuego de la tarde. Un nazareno aún descubierto se acerca a uno de esos hiératicos y silenciosos nazarenos escoltas.

–¿Eres Pepe, verdad? El nuevo Rey visitó ayer tu empresa, vaya pelotazo. Hace poco te vi de cena en la misma mesa que Felipe González, protagonizas foros de opinión y los resultados económicos de tu compañía salen en el papel salmón… ¿Qué te falta ya en Sevilla, Pepe?
Y aquel nazareno mudo, que no movía la cabeza, que no desviaba la mirada del frente y que mantenía esa figura recta que es sello de toda silueta de negro, acertó a musitar:

–Me falta que me embista un toro en la Maestranza.

José Moya Sanabria (Sevilla, 1953) es presidente de Persán y ganadero de vocación tardía. De chico le debieron preguntar qué quería hacer con su vida:“Montar un imperio para volver a ser un niño”. Y Persán es hoy ese imperio que creó de la ceniza. La inmensa mayoría de sevillanos ignora la proeza empresarial de Pepe Moya, que antes de reflotar la compañía fue jefe de personal del Ayuntamiento del socialista Manuel del Valle. Tenía que montar el imperio para cumplir su sueño. El camino era largo, pero todo buen sevillano sabe que en las bullas de la vida, como en las de Semana Santa, se tarda menos cogiendo la curva que tratando de tomar la recta.

Tiene la habilidad de no darse nunca un martillazo en los dedos, ni de pegarse un tiro en el pie. Calculador y organizado, no gasta ojana. De voz tronante, capaz de escrutar a todos los asistentes a un acto con un barrido de mirada, y con un punto de vehemencia, sobre todo si toca hablar de los problemas del Betis. Tiene una fuerza de voluntad certera a la hora de controlar la ansiedad que lleva en el ADN. A Pepe Moya le gusta comer desde que era niño. Es de la Cofradía del Acordeón, que pierde y gana peso según períodos, por lo que debe tener dos armarios en función de si el cuerpo tiende a ser de picador o de banderillero.

Criado en la disciplina y la austeridad, con un físico más corpulento que espigado por ser más Sanabria que Moya, se colocaba enfrente de la despensa de la casa familiar al término del almuerzo para forzar que su madre –que jamás revelaba su edad– le diera más de comer. Al ver un día que su demanda no era satisfecha, el niño José se hizo con el DNI de su madre, que tuvo que ceder para que no revelara el dato más celosamente guardado.

Levantó un imperio a base de tesón y de convertir la ansiedad en fuerza productiva. Cada vez que un español pone el lavavajillas o conecta la lavadora, usa un producto fabricado en sus dominios en un 90% de los casos. Si otros sevillanos hubieran hecho la mitad que Pepe Moya, estarían en la cola del Palacio de San Telmo y de la Plaza Nueva reclamando una calle en el nomenclátor, medallas y homenajes, andarían subidos en los enganches de la vanidad y estarían mirando por encima del hombro al resto de los mortales.

El verdadero lujo que se permite quien ha triunfado en la vida es la crianza de toros bravos en El Parralejo (Zufre), donde hay un ventanal privilegiado desde el que se otea media Sierra de Huelva. Los toros son su lujo, porque los toros al fin y al cabo comen en la dehesa, pero también se comen parte de los beneficios de los detergentes y suavizantes. Los toros se llevan ahora los mimos de un empresario que ha dado un paso atrás en Persán para retornar poco a poco a los orígenes, para retomar sin decirlo la senda de su padre, don Juan Moya García, maestro de abogados y persona de máxima confianza y prestigio en la curia y en las cofradías. Ahora, este sevillano de ojos claros y gesticulación elocuente, deja asomar el perfil más intimista, desprovisto ya de la coraza de acero de la que se revistió para crear un imperio empresarial del sector químico. Ha logrado vivir en la casa donde nació, donde ha habilitado su despacho en el mismo sitio que lo tenía su padre. Se ha hecho hermano de la Caridad, donde cumple con sus obligaciones asistenciales con los acogidos de Miguel Mañara, como hacía su padre. Vuelve a citarse con la memoria cada Martes Santo como nazareno en la Lonja de la Universidad, la cofradía a la que tantas horas de trabajo entregó su padre. Y hasta buscó en Portugal la tela apropiada para hacerse un traje de mil rayas en O´Kean, como el que tenía su padre.

Uno de sus lemas es que Sevilla debe cultivar sus valores tradicionales, adaptados a la modernidad, la innovación y el progreso. No tiene complejos en defender la Semana Santa en reuniones hostiles donde se emiten jucios desde la frivolidad y el prejuicio. Se rebela muchas veces contra la indolencia de los sevillanos, incapaces de organizar un homenaje al Cardenal Amigo, cuyo pontificado duró casi treinta años.

Hubo un tiempo en que los cantos de sirena de la presidencia del Betis sonaron fuertes en los oídos de este empresario. Muy fuertes. Fue elevado a la condición de esperanza blanca de un club que entonces sufría los estertores del loperismo. Era el hombre de consenso. Pero cuentan que quien bien lo quiere se opuso con firmeza a la aventura.

Puede vivir en palacios, pero prefiere el dormitorio de la infancia. Presume mucho menos de lo que podría hacerlo. Dicen que si pidiera una nota simple de todos sus inmuebles, habría que cambiar el tóner de la impresora del Registro de la Propiedad.

Cuentan que ante una mesa cargada del mejor marisco, trufada con cestillas de patatas fritas y cuencos con aceitunas, se tira hacia las patatas con pasión indisimulada. Son su perdición, el punto débil de quien es capaz de frenar la ansiedad de fumar hasta dejarlo, y de reprimirse al comerse las uñas, pero que pierde los estribos ante un buen paquete de patatas fritas.

Fabrica suavizantes pero no tiene nada de suavón. Cuando España se metía en el túnel de la crisis económica y pisaba la raya del rescate, Persán seguía recogiendo los frutos de la cosecha de años de trabajo de quien entiende la condición de empresario como un sacerdocio.

La vida es disfrutar de un aperitivo en el entorno de la Puerta Jerez, de un almuerzo en una sociedad gastronómica de Bilbao con un menú a base de cabrito, cocochas, merluza, pimientos del piquillo sin relleno y chipirones; de una tertulia bética con Gerardo Martínez Retamero; de una carroza de Gaspar desde la que lanzar caramelos a su hermano Juan, y de la melodía de una canción de Serrat.

Ahora hay que criar toros que embistan en la Maestranza y hay que cumplir con los ritos de la memoria. Ahora hay que disfrutar del azul Contratación que tiene el cielo de la plaza cada noche de Martes Santo para hacer el fondo de lienzo perfecto del Cristo menos divino por más humano. Ahora hay que clavar cada día los lirios morados en el monte del recuerdo de una fotografía sepia donde aparece un simpático monaguillo regordete junto a un nazareno adulto. Ahora que el imperio tiene cimientos fuertes, los clarineros de la vida cambian el tercio y disponen disfrutar de todas esas cosas pequeñas que suponen el retorno a los felices orígenes. Y quién sabe si un día hasta hay un toro que mete la cara en la Maestranza y este sevillano tenaz forma otro lío gordo.

El altavoz de Dios

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2015 a las 5:00

Camilo Olivares
HAY un tipo de sevillano que ronea de caballo como hay otro que presume de estar a caballo entre Sevilla y Madrid, avifauna que hace gala de pasar horas en el AVE como signo de distinción y timbre de gloria. La alta velocidad permite a Javier Arenas mandar en el PP andaluz sin perder comba de lo que pasa en la calle Génova, de ahí que recuerde con frecuencia en las entrevistas dominicales que casi está empadronado en el AVE que Felipe González regaló a los sevillanos para que el Sur no se quedara descolgado del resto de la piel de toro. Claro que el mérito, el verdadero mérito, era pasarse media vida entre Sevilla y Madrid antes de que existiera el AVE, como era meritorio recorrerse la Ruta de la Plata antes de que fuera una autovía. En Sevilla hay un cura que lleva décadas entre Sevilla y Madrid, entre Ochoa y Lhardy; entre las torrijas hispalenses de vino o miel, y las capitalinas con leche, azúcar y canela; entre la Catedral gótica, de pináculos, vencejos, gárgolas zoomórficas y desayunos en la Avenida tras los maitines, y esas iglesias frías de la capital de España, que ya se sabe que en Madrid no hay playa, pero tampoco iglesias donde entren ganas de rezar.

Camilo Olivares (Madrid, 1926) es un desconocido para muchos sevillanos que, como apuntaría el líder de Ciudadanos, han nacido con la Constitución Española bajo el brazo. Olivares simboliza esa Sevilla que para muchos es la de los años 50, 60 y 70. Es el cura monárquico por antonomasia. Es el eterno capellán de Doña María de las Mercedes, la madre del Rey que se murió en Lanzarote con los fríos del enero del año 2000. Es el cura que mejor se ha llevado siempre con la alta aristocracia, lo que algunos de sus compañeros envidiosos han denominado como la pastoral de la jet. Si Dios está hasta en los pucheros, también estará en los salones con luz generosa de arañas, tazas de porcelana fina, servilletas de hilo y decoración de lienzos de reyes y cornucopias, ¿o no?. Por algo dicen que la Iglesia ha de tener curas de todos los perfiles para no perder presencia en ningún rincón. En España ha habido miembros del alto clero que se han ido de cena con Zapatero. Yno ha pasado nada.

Este sacerdote recuerda al detalle la secuencia del 18 de julio de 1936 y sus horas posteriores, cuando los guardias de asalto entraron en su casa del barrio de San Lorenzo buscando a su padre, pero se sólo encontraron a su abuela y a las demás mujeres de la casa rezando el rosario. Hijo de padre sevillano y de madre madrileña, desde niño sabe lo que es estar entre Sevilla y Madrid muchísimo antes de que se pudiera elegir entre vagón de turista (con derecho a auriculares) y vagón de preferente (con derecho a toallita húmeda para las manos antes del condumio).

¿Quién recuerda hoy con toda precisión haber visto al Gran Poder expuesto en besamanos en lo alto del paso? Una estampa insólita:¡un paso con escalera de subida y con escalera de bajada! El niño Camilo estaba a la vera del Señor para limpiar los besos en aquellos cultos de los años treinta. Allí subido, en la nave de oro, angelotes y claveles rojos, presenció cómo un devoto rompió sin pretenderlo una de las espinas de la corona del Señor, que tuvo que ser repuesta con el pegamento de entonces, sindetikón, a falta del IAPH. Olivares asistió a los quinarios del Señor en la parroquia de San Lorenzo, cuando predicaban sacerdotes que eran grandes oradores. Se abrían las puertas del templo y se podían oír las pláticas desde la plaza. Tal vez esos días tuvo conciencia de la importancia que tiene para un sacerdote el dominio de la palabra. Sin la oratoria, el cura se aleja de los fieles. Con ella, mantiene la atención y el poder de persuasión. Quizás en su infancia, en un barrio de San Lorenzo de vecinos sentados a las puertas de su casa viendo la vida pasar, germinó una vocación orientada a la liturgia de la palabra.

Su casa era una de las pocas con radio. Como en una premonición del vídeo comunitario de los años ochenta, en su casa se ponía la radio en la ventana para que todos los vecinos pudieran oír el parte y las charlas del General, que no necesitaba de más nombre ni apellidos para saber que se trataba de Queipo de Llano. No es aficionado a remover el carbón quemado para evitar los rescoldos. “Sólo hablo de la memoria histórica para rezar”, suele decir a quienes le preguntan por más detalles de aquellos años.

Para acudir a los palcos de la plaza en Semana Santa se requería pantalón largo, en aquellos tiempos de respeto escrupuloso por la vigilia y de dispensas como vía de escape. Participó con un cirio en la procesión extraordinaria del Gran Poder de 1939 en acción de gracias por el final de la Guerra Civil.

Don Camilo, que es un cura que de cura tiene hasta el nombre, pertenece a la cofradía de los que nunca hablan mal de nadie. Y eso en Sevilla lo convierte en rara avis, que avis es pájaro y no oficina de venta de coches de alquiler en aeropuertos y estaciones. En su casa de Sevilla, que está en el barrio de Los Remedios donde un 10% ha dejado de votar al PP en las últimas elecciones, tiene capilla propia, preciosa y recoleta para la recogida de oraciones privadas. En Navidad monta un Nacimiento digno de visita. El que ha ido sabe que en casa de don Camilo se atiende a la antigua usanza, con copa de manzanilla fina y platito de jamón después de apreciar todos los detalles del portal. Cuando está en Madrid, no se pierde noticia de Sevilla, que para eso tiene a las seguidoras de su Obra de la Palabra de Dios.

El Papa lo hizo prelado de honor con derecho a tratamiento de monseñor. Sigue ejerciendo de director espiritual del Gran Poder y es capellán real de la Catedral. Es rara la hermandad sevillana que no lo haya invitado a predicar sus cultos. Suya es una frase que define su quehacer: “La gente le da mucha importancia a escuchar la palabra de Dios por muy torpe que sea el altavoz”. Sus homilías se han oído en Madrid, San Sebastián, Segovia, Vitoria, Lérida… Yen todas las ciudades ha palpado la importancia que tienen las cofradías sevillanas como movimiento laico de la Iglesia.

Si Olivares es un cura popular no ha sido por sus relaciones con la sangre azul, sino por sus predicaciones y su proximidad a la gente. Vivió muy de cerca los tiempos en que los párrocos reñían a las señoras que lucían faldas cortas, como vivió los años del cardenal Segura prohibiendo el Miserere en la Catedral por no responder al espíritu penitencial propio de la Semana Santa. Ha seguido siempre la enseñanza de su padre:“Hijo, en esta casa, el Papa, el Rey, el cardenal de Sevilla y el cura de San Lorenzo nunca se discuten. Sean quienes sean, amén”.

Don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes ejercieron de padrinos de honor en su primera misa. En cuanto fue ordenado sacerdote, su padre lo mandó viajar a Estoril y a Laussanne a cumplimentar al Rey y a la Reina Victoria. Y ahí empezó una relación mantenida hasta el fallecimiento de los condes de Barcelona. En alguna ocasión recibió recados del régimen de Franco para hacerle ver que no se veían con buenos ojos tantas peregrinaciones a Villa Giralda. Un día tuvo problemas en la frontera de los que tuvo conocimiento el cardenal Segura:“Para otra vez, diga usted que va de mi parte”.

Con Don Juan de Borbón vivió un momento de tensión en Fátima, cuando muchos españoles advirtieron su presencia y lo arrollaron con entusiasmo. Olivares se sintió obligado a pedirle disculpas por el berengenal en que había metido al padre del Rey, exiliado entonces en Estoril. DonJuan pidió calma e hizo ver que estaba encantado con la reacción popular: “Estoy muy agradecido porque precisamente aquí, en Fátima, pasé uno de los momentos más amargos de mi vida. Parece que Dios ha querido compensarme hoy”. Ocurrió aquel día que también un grupo de españoles que visitaba el lugar se acercó a saludar a Don Juan, pero el cura que guiaba la peregrinación les afeó la conducta en voz alta: “¿Qué hacéis con ese hombre que es masón?”. Y Don Juan se vio obligado a responder: “Padre, infórmese mejor, porque si yo fuese masón, posiblemente estaría ya en el trono”. Monseñor Olivares se sintió obligado entonces a advertirle de que media España pensaba que Don Juan era masón porque había una campaña orquestada con tal objetivo.

Cada vez que Doña María de las Mercedes visitaba Sevilla, el alto mando militar avisaba a Don Camilo para que acompañara a la señora. Pasión y el Gran Poder solían ser estaciones fijas en la ruta. Y el sacerdote debía ir vestido como tal, de lo contrario había riña. A la madre del Rey le gustaba ver a monseñor Olivares con sotana, manteo y esclavina.

La noche del último Sábado Santo se le vio junto al duque de Alba en la bulla de la entrada de la Soledad de San Lorenzo. Los Reyes y la vida pasan. Sólo permanece el Gran Poder. Al borde de los 90 años, sigue entre Madrid y Sevilla, entre la muchedumbre capitalina y la ciudad donde fue el niño que pasaba el purificador por las manos del Señor.