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El devoto de las 22:05

Carlos Navarro Antolín | 19 de agosto de 2018 a las 5:00

henares

HAY quien tiene muy claro que a las personas se las conoce de verdad por las noches. Según este criterio es conveniente manejarse en la vida con cierta nocturnidad, a esas horas en que el personal pierde el maquillaje de la ducha matutina, cuando el cansancio de las horas obliga a bajar la guardia y el nudo de la corbata pierde prestancia y se viene abajo como un cascote glacial. Para los defensores de esta tesis, todos los gatos no son precisamente pardos por la noche, sino más auténticos. La noche es aliada de la relajación a la que obliga la fatiga y de la pérdida del protocolo que provoca una copa. Bien manejadas estas claves, en esta ciudad hay quienes disfrutan con templanza de contemplar el paisanaje fuera del contexto laboral y sin el corsé de la compostura a la que obliga la luz del día.

El abogado laboralista Enrique Henares Ortega (Sevilla, 1952) es una figura principal de la película que se rueda cada día en el centro de la ciudad. De costumbres arraigadas, de ritos definidos y de rutas preestablecidas. El centro histórico es el plató de su vida, con alguna licencia para ir en el tranvía a la sede judicial del edificio Noga, o para montarse en el 34 de Tussam para llegar al Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación en Los Bermejales. Cuando las críticas arreciaban a Monteseirín por la construcción del tranvía más corto del mundo, hay quienes aseguraban que el alcalde socialista había pensado en los vecinos de la derecha sociológica del Prado de San Sebastián para que pudieran llegar a la barra de La Barbiana, y en este veterano abogado, con despacho en la Plaza de San Francisco, gran beneficiario de este medio de transporte que le deja a las puertas del Noga.

A Henares se le reconoce como un cofrade de prestigio que pronunció un pregón muy largo donde por primera vez y con toda justicia fueron homenajeadas las tabernas, y en el que hubo polémica porque incluyó una amonestación al nuevo arzobispo que –por circunstancias– adquirió un eco exagerado. Pero, en realidad, más que un cofrade al uso, Henares es un costalero de enorme trayectoria, de los que formó parte de la primera cuadrilla de hermanos –la de Los Estudiantes– y que se formó con El Penitente y convivió y aprendió de los históricos del martillo. Llevar ha llevado casi todos los pasos, menos los de cebra. Y, por encima de todo , es un apasionado taurino con plaza en el jurado de los premios de la Real Maestranza de Caballería. Nada más entrar en su despacho aparece la cabeza de Zandunguero, del hierro de Torrestrella, el toro de la confirmación de alternativa de su amigo Emilio Muñoz, lidiado el 19 de mayo de 1980 en la Monumental de las Ventas. Hace años que no pisa el real de la Feria al considerar que sus horarios ya no son compatibles con la asistencia a las corridas del abono de abril.

La vida son recuerdos de la casa familiar de la calle Santa Ana, donde se crió en el ambiente tranquilo del barrio de San Lorenzo y, cómo no, en la devoción al Señor. Son evocaciones de las tres sedes del colegio Los Maristas: Jesús del Gran Poder, San Pablo y Los Remedios. Su padre, oriundo de Maracena (Granada) se afincó pronto en Sevilla, donde ejerció de taxista en uno de aquellos elegantes vehículos negros con la franja amarilla. Su enorme sentido de la responsabilidad le llevaba a salir a a trabajar después de cenar hasta en Nochebuena. Su abuelo era Enrique Ortega El Almendro, banderillero de grandes figuras del toreo como su primo Joselito El Gallo, y cantaor. La vida son evocaciones de las aulas de la Facultad de Derecho, donde estudió becado en los tiempos en que no había masificación. Fue un tuno que literalmente portaba la bandurria, porque tocarla, lo que se dice tocarla, es otra cosa. La vida son recuerdos de su momento cumbre como costalero. Fue en el paso de misterio de la Amargura, donde calzaba en la última trabajadera, justo bajo el trono de Herodes. Ahora lo acompaña de regreso cada Domingo de Ramos con tremenda nostalgia. La vida, cómo no, son evocaciones de su maestro en la abogacía, don Juan Moya García. La vida son misas de domingo en la recoleta capilla de la Carretería, o escasos días de asueto estival en la Costa del Sol. La vida, en el fondo, es la mirada de un niño clavada en los costaleros de Rafael Franco (los ratones) cuando sacaban la de Montesión en años en blanco y negro, la hermandad familiar de los Ortega. La vida es estar sentado en la grada 4 de la plaza. Yla vida es buscar el acuerdo antes que recurrir al magistrado, la concordia entre las partes hasta en la barra del Rinconcillo si es necesario antes que entrar en el juicio.

El abogado rinde más cuando cae la tarde, en la tranquilidad del despacho huérfano ya de colaboradores, de las visitas de los clientes y del sonido de los teléfonos, a esas horas en que se estudian mejor los casos, cuando se estiran tanto las jornadas laborales que la luz de su despacho es la última en apagarse de la Plaza de San Francisco. De recogida a su casa, próxima a la Alfalfa, los manguerazos de los operarios de Lipasam parecen rendirle honores a esta leyenda viva del costal.

Fiel a la cita semanal con el Gran Poder, los viernes es conocido en San Lorenzo por ser de los que apuran la hora y llegan minutos después del cierre, fijado a las diez de la noche. Enrique Henares es devoto de los viernes, pero de los de las 22:05, cuando ya están cerrando las puertas, suenan los últimos balonazos de los niños en la plaza, y el capiller le deja entrar para que el Señor reciba esa última plegaria a deshoras. De noche, siempre de noche. Cuando las personas son más reales y cuando el Señor, quizás también cansado de todo un día de peticiones, recibe a este abogado templado. A Henares no le verán alzar los brazos por una sentencia a favor de su cliente, ni caer en depresión por un fallo en contra. Sus compañeros de toga, los mismos que lo definen como uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, dicen que su mayor cualidad es la templanza, la moderación, esa misma serenidad que exhibe cuando está en la barra del Rinconcillo los domingos a mediodía ante un coronel de tinto y, si acaso, el empapante de una tapa de salchichón de Casa Riera. Los Ortega siempre han sido muy partidarios del tinto y poco dados a comer. Cuando Henares se enfrenta en las conciliaciones previas a un juicio o ya en pleno litigio a pretensiones exageradas de la parte contraria, se limita a exhibir la sonrisa socarrona del que sabe que el rival está metiendo la pata. Pero nunca se enciende. Es largo, tan largo como los procesos de lo social en los que interviene como abogado.

Hay quien lo define como un hippie con chaqueta y corbata por ese punto de bohemio altruista y por el perfil de personaje solitario que se gasta , un tipo sin miedo a la soledad porque, probablemente, está harto de oír a gente todo el día. A Henares no le hace falta citarse con nadie para disfrutar de un tinto en Casa Morales. Ni para darse esos paseos cardiosaludables. Es de los auténticos que no tienen coche por mucho que tengan carnet, como es de los que nunca tienen tiempo para ir al médico o de meter a los pintores en el despacho.

Tiene claro que el movimiento se demuestra andando. Nunca esperen verlo en las sillas de Semana Santa que tiene en La Campana. Las paga religiosamente para que las disfruten otros mientras él se harta de ver pasos con su amigo Fernando Moreno El Tato. Sí, “ese señor con barba” con el que siempre vemos a Henares buscando las cofradías las tardes de Semana Santa.
Es de los que se transforman en su despacho, se crecen, porque es el hábitat donde se siente más a gusto, la selva donde este león de la toga reconoce su particular reino, ese lugar al que tardó en llegar la conexión a Internet, porque ya se sabe que las mentes de ideas fijas tardan en aceptar ciertos cambios. Lo mismo que le cuesta digerir que los costaleros de hoy hiperflexionen el cuello para poder ver porque tienen ceñida la ropa a los ojos, luzcan tatuajes, se salgan del paso por el faldón delantero, o se exhiban hablando por el teléfono móvil o del brazo de la novia. Todos esos comportamientos que Henares, en alguna conversación privada, define como la conducta propia de un “papafrita”. En alguna ocasión, en una de esas charlas le oyeron dar una clase magistral sobre la materia: “Yo me salía del paso de la forma más discreta, por el faldón trasero o por el final de los laterales, pero jamás por delante del paso. Y al salirme, desaparecía rápido de la cofradía. ¿Qué es eso de exhibir sudores, tatuajes, costales deshechos y teléfonos por medio del cortejo? Yo me salía y me iba rápido a una taberna. ¡Sí, a una taberna con toda discreción y dignidad! Y no aparecía más hasta la hora en que me tocaba entrar de nuevo. Pero por las calles estaba el tiempo justito. Y se quejaban del olor de los del muelle y de las blasfemias que decían debajo del paso… Ni un papafrita había entre ellos. ¡Ni uno haciendo el indio! Eran gente sufrida, que vivía en condiciones muy lamentables en algunos casos, pero no hacían el indio. Cumplían el oficio con dignidad, llevaban un dinero extra a casa y en muchísimos casos se les veía rezar en privado al encerrarse la cofradía, no formando tertulias con las novias ni exhibiendo tatuajes, musculitos o telas de saco con el lema del SAS. Hombre, por Dios…”.

Henares representa hoy a una minoría de sevillanos a los que no les importa pagar el precio de ser como son: sevillanos discretos y a contracorriente (ni bebe cerveza ni acude a la Feria), sevillanos de guardia en agosto que saben disfrutar de momentos de soledad o de tertulia en las noches de tabernas, esos pocos santuarios muy escogidos donde este letrado es tratado como un parroquiano más que como un cliente. Gran admirador del cardenal Amigo, íntimo de la familia Villanueva, habitual y aficionado a ver las cofradías en segunda o tercera fila para no provocar el saludo de los miembros del cortejo. Nunca se le pasa un plazo en los litigios por ese sentido de la responsabilidad heredado de su padre. Acaso, como se ha dicho, se le pasa la hora de cierre de la basílica algunos viernes por esa costumbre de apurar el tiempo en el despacho, pero dicen que Miguel Martín, el capiller, aguanta abierta la hoja de una puerta todo lo que puede hasta que Félix Ríos, el hermano mayor, le recuerda que son ya las diez. “Es que todavía falta Enrique”. Y Henares llega a paso de mudá, con ese andar recto y de brazos caídos que es marca de la casa, para ser el último de los Viernes del Señor, el devoto de las 22:05, cuando la noche hace que Enrique vea al Señor más auténtico, más persona, más humano.

Dos disparan juntos

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

salazarbajuelo

EN Sevilla hay dúos que forman parte del paisaje urbano y que generan afecto y simpatía. Personas que se llevan la mar de bien y a las que no se entiende por separado. Incluso tenemos un dúo histórico que sacamos en procesión el Jueves de Corpus: las Santas Justa y Rufina, mártires trianeras. ¿Usted se imagina al cardenal Amigo sin el hermano Pablo a su lado dispuesto a colocarle la mitra, pasarle las páginas de los textos sagrados durante la misa, o advertirle de que una señora está esperando con ilusión y paciencia su bendición detrás de una valla? Un dúo archiconocido en la vida social de la ciudad es el de las hermanas Cobo, ora en las butacas del teatro de la Maestranza, ora en la plaza de toros, ora en la salida de la Redención, la cofradía que atrae a los famosos en los últimos tiempos. Otros dúos actuales son los modistos Victorio y Lucchino, el ministro Zoido y Gregorio Serrano, los peperos locales Beltrán Pérez y Rafael Belmonte, el interventor y el secretario del Ayuntamiento, José Miguel Braojos y Luis Enrique Flores, el abogado Adolfo Arenas y el carpintero Andrés Martín. En la Sevilla de los 90, por ejemplo, eran muy conocidos el dúo del poeta Manuel Lozano y el pintor Francisco Maireles, y el del presidente del Consejo Antonio Ríos y su hermana doña Rosario.

El dúo que cuenta con mayor antigüedad en Sevilla es el de los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo. En Sevilla están los sevillanos de la Cámara con mayúscula al igual que están los sevillanos de la cámara con minúscula. La Cámara con mayúscula es ese organismo que no se sabe muy bien para qué sirve en la actualidad, pero que le da ocupación cotidiana a gente muy respetable y querida. Gracias a la Cámara con su mayúscula tenemos a don Francisco Herrero en todos los saraos de la ciudad, que da gusto saludarlo, siempre maqueado, tan sonriente como el metre de Becerrita y dispuesto para la fotografía de rigor que habremos de ver en todos los papeles al día siguiente e incluso en sucesivas jornadas. Un hombre, un voto. Un acto, una foto. Un tinglado sin Paco Herrero es un pregón sin versos, un Martes Santo al revés, una Feria sin Calle del Infierno. Y entre los sevillanos de la cámara con minúscula están en lugar preferente dos de la quinta del 52, nacidos ambos en la Puerta Real. Salazar y Bajuelo, Bajuelo y Salazar. Comparten vocación por la fotografía, pero no la ocupación profesional. Salazar ha sido mayorista del gremio de la joyería hasta su reciente corte de coleta, que se produjo el pasado Sábado Santo. En España las cosas importantes suceden en Sábado Santo: la legalización del Partido Comunista, la salida de la Canina y la jubilación de Fernando Salazar, que deja de transportar oro en su maletín de alta seguridad como un Melchor de la vida cotidiana, de cliente en cliente, de joyería en joyería.

Bajuelo, en cambio, es un sevillano que hasta hace poco te vendía una moto. Literal. Se ha pasado más de cuarenta años vendiendo motocicletas en un comercio de la calle Torneo. Cuando Salazar terminaba de descargar el oro en los mostradores de las joyerías y Bajuelo había colocado ya todas las motos a los clientes de la jornada, ambos se dedicaban (y aún siguen) a patrullar la ciudad con la cámara de fotos. Antes usaban las de carrete y ahora emplean la Fuji o la Nikon. Antes trabajaban con las diapositivas y ahora se afanan en el tratamiento digital. Quizás la clave de la permanencia del dúo es que Salazar y Bajuelo son completamente distintos. Fernando es la gracia, la guasa y esa otra modalidad de humor llevado al extremo que aparece mechado de acidez. Bajuelo es la discreción, el paso atrás, el silencio, la observación, los párpados a media altura que protegen unos ojos que lo escrutan todo calladamente mientras los demás hablan. Unidos por la fidelidad a la cofradía del Museo y por la afición a lucir barba, pero separados por los caracteres. Salazar tiene mando en plaza en muchas cofradías gracias a su popularidad. ¿Cuántas veces no hemos visto a un capataz preguntarle en plena faena?: “Fernando, ¿te lo paro aquí para la foto?”. Y se oye el martillazo, los zancos se van al suelo y Salazar y Bajuelo preparan la escalera y la cámara y se ponen a disparar.

Fernando es el trabajo con los métodos tradicionales. Bajuelo es el innovador, el primero de los dos en usar el palo, las máquinas digitales y las composiciones angulares. Fernando es el relaciones públicas, dicharachero, siempre con el sacapuntas preparado para afilar cualquier situación. Y Bajuelo disfruta si se libra de ir a un acto que exija hablar en público o de tener que recoger un premio. Cuando Fernando suelta una gracia de las buenas, quizás lo mejor es comprobar cómo Bajuelo se ríe para adentro, esa risa de nazareno que se intuye por los ojos del antifaz.

Fernando es la fuerza física. Bajuelo es la capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías. A Salazar se le recuerda alzar victorioso los carretes tras un intenso día de Semana Santa, sabedor de que había conseguido las imágenes que buscaba: “¡Ocho, ocho orejas he cortado!”. Esos pasos de frente o de lado, con un encuadre perfecto, sin una farola, sin una banderola de comercio, sin un calvo estropeando la perspectiva.

Fernando ronea de sus fotos, exhibe al vuelo la capa brillante de sus triunfos. Le gustan los cielos celestones cuando la noche aún no es plena. Ángel es de ruan, la cola siempre recogida, y prefiere la luz potente del día. Cuando aparecieron los primeros teléfonos móviles con capacidad para hacer fotografías –aquellos Nokia muy básicos– ocurrió un hecho curioso en el retorno nocturno de San Roque. Salazar no aguantaba más y exclamó: “¡A ver los tontos con los móviles! ¡Ya está bien!”. Se esfumaron todos los usuarios de teléfonos y el dúo incombustible pudo entregarse a su afición.

Una singularidad de Salazar es que tiene un palco en la plaza donde es muy difícil sorprenderlo. Para Salazar, su amigo y socio Bajuelo es el “maestro”. Te lo encuentras solo, le preguntas por Ángel y te suelta una perla: “El maestro está en el puente con el palo”, en alusión a los nuevos artilugios que ofrece la técnica y que Salazar siempre ha mirado con recelo.

La vida son recuerdos comunes del colegio infantil de la calle Gravina y posteriormente del colegio San Luis Gonzaga de la calle Trajano. La vida es parar las tardes de Semana Santa para el avituallamiento en Martián, el comercio de Sierpes de Eduardo Martínez Angelina. La vida era levantar la diapositiva y disfrutar de la foto en ese formato, la vida es el ruido de las máquinas al disparar, la fundación del grupo de fotógrafos F-100 que tenía su sede en Jimios. La vida es encontrarse con monseñor Amigo hace unos años por la calle Tomás de Ybarra una tarde de Semana Santa:“Fernando, me debe usted la foto de cuando llegué a Sevilla”. Yya se sabe el lema general de Fernando, la leyenda de su escudo personal: “Mañana te llevo la foto”. Las fotos son siempre para un mañana que llega a la velocidad que dictan los autores de las imágenes. La vida es un dúo cuya heráldica bien podría basarse en tres elementos: el trípode, la escalera y la moto para los desplazamientos rápidos. La vida es beber de la fuente de Luis Arenas y tener discípulos predilectos como Javier Mejía, exquisito fotógrafo que suma lo mejor de cada uno de estos dos sevillanos.

Los sábados a mediodía son para la tertulia El Escapulario en el salón de Casa Ricardo, antigua Casa Ovidio, donde son fijos Juan Salas Tornero y su hijo, Joaquín Lopera, los Fernández Palacios, Antonio Escudero y Gabriel Camacho, entre otros.

Los tinglados que monta el personal para casarse en los últimos tiempos provocan que este dúo cada vez acepte menos los reportajes nupciales. ¿Ir a la playa a hacer fotos de los novios con el mar de fondo? No, gracias. ¿En los Jardines de Murillo? No, gracias. ¿En la Plaza de España? No, gracias. Y Salazar y Bajuelo van poniendo mesura y eso que cotiza cada vez menos en las celebraciones sociales: el criterio. Tonterías, las precisas. Y como dijo el tabernero de la calle Boteros cuando le pidieron con una pronunciación muy trabajada una copa de Marie Brizard: “Chucherías, al quiosco de la Alfalfa”.

Siempre vestidos con respeto para las cofradías, el Ateneo o cualquier acto social al que son reclamados. Siempre alejados de la estética de muchos fotógrafos de hoy que parecen yihadistas con cinturones de explosivos para trabajar. Siempre parcos en la palabra y con el tono de voz bajo. Son confundidos con asistentes al culto, a la procesión o a la conferencia de turno. Junto con Martín Cartaya ejecutan a la perfección la virtud de estar sin ser visto, trabajar sin molestar y acudir a los sitios sin hacerse notar.

El Séneca hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL RUESGA

EL camarero, de riguroso batín blanco, dejó sobre la mesa una bandejita de metal plateado donde reposaba la cuenta. En el hermoso exterior llovía sobre la impresionante Piazza Navona. Roma grisácea. La nota detallaba, entre otros precios, el consumo de tres cervezas con un precio total de 21 euros. Al veterano fotoperiodista se le cambió la cara, fatigada por los días de trabajo y prisas con motivo del Consistorio convocado por Juan Pablo II para hacer cardenal a don Carlos Amigo.

–¿Cuánto cuesta entonces cada birra? Mira bien el papel.

–Siete euros, Manolo. Siete euros cada cervecita.

–¿Siete euros cada una?

–Esto es el Tre Scalini, uno de los mejores restaurantes según nos dijo Juan Salas por teléfono. Y ten en cuenta que estamos sentados y hemos cenado bien.

–Con siete euros me tomo yo cuatro o cinco cervezas en Sevilla, en Le Tremendi mientras veo la fachada de Santa Catalina. Y me sobra dinero.

Manuel Ruesga Bono (Sevilla, 1945) es un fotógrafo de larga trayectoria que tiene bien claras las cuatro reglas que funcionan en la vida y, sobre todo, en qué consiste el sota, caballo y rey en el oficio del periodismo. Es un Séneca a lo hispalense. Clasifica a los profesionales en tres categorías: “Los que se enteran, los que no se enteran y los que no se van a enterar en la vida”. Cuando hay una emergencia y el fotógrafo no ha llegado a tiempo, reprende al redactor de sucesos con una de esas obviedades que caen como una losa de hormigón sobre el interlocutor: “Escucha… A los fotógrafos nos gusta llegar a los incendios cuando hay fuego”. Si se le pide la fotografía de un detenido entrando en el juzgado, advierte con el cigarro alzado en la mano derecha y abierto el compás de las piernas: “Escucha.. Nosotros no hacemos guardia, no somos paparazzis”. Si hay que ir a un pueblo de la provincia a cubrir un suceso de última hora o un acto programado, la primera reacción es tajante, una frase casi mítica: “No tenemos coche”. Y, al final, siempre se las apaña para que la foto sea hecha.

Ruesga es un fotógrafo que tiene mucho de sabio, como corresponde a todo el que sabe más por veterano que por su profesión. Goza de la autoridad que otorgan los años y de la vitola de haber creado cierta escuela. Cae bien. Sabe estar en una entrevista larga sin hacer ruido. No se limita a disparar y marcharse. Se queda oyendo las entrevistas, escrutando a los personajes con la serenidad de un testigo mudo. Hay quien dice que Ruesga Bono tiene el arte de convertirse en un mueble en los despachos del poder durante las entrevistas periodísticas. Esa discreción, ese modus operandi, le ha abierto muchas y privilegiadas puertas, al haber participado directamente como fotógrafo a la vera del cura Javierre en el proceso de beatificación de Sor Ángela, haber retratado en innumerables ocasiones al cardenal Amigo, del que hizo la fotografía oficial de su nombramiento como tal en Roma, o haber deambulado por la Moncloa con Ana Botella en los tiempos del presidente Aznar, al que trató desde que era líder de la oposición y acudía a la sala de fiestas de Melgarejo tras aquellos mítines cargados de público de Los Remedios.

Ruesga es de ideas fijas y ritos muy establecidos. El día de la coronación de su Virgen de la Estrella soltó otra de sus sentencias: “Yo ya he hecho la foto que me faltaba en mi carrera, ya me puedo jubilar”. No se jubiló. Aún le quedaban muchos carretes por gastar. Bebió de la fuente de Raúl Cancio, por lo que su gran aportación al periodismo gráfico deportivo en Sevilla fue apostar por las imágenes sin balón, por los gestos de los futbolistas. Su gran mérito es haber ido ganando años y, al mismo tiempo, haber sabido rodearse de colaboradores mucho más jóvenes, lo que le ha permitido enseñar, ejercer la autoridad moral y, sobre todo, no oxidarse.

En 1973 le dieron un soplo:el entrenador del Sevilla, Ernst Happel, estaba tomando café en un velador de la Campana en víspera del derbi mientras el equipo estaba concentrado en un hotel por orden suya. Aquellas fotos fueron un escándalo. El técnico fue cesado.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de Triana, de un padre tremendamente bético del que salió un hijo enormemente sevillista. La vida son recuerdos de La Casa sin Balcones, un comercio donde ejercía de responsable de la sección de fotografía. La vida es una larga trayectoria por diferentes periódicos hasta que en 1999 se incorporó a Diario de Sevilla. La vida son recuerdos del 8 de marzo de 1970 en San Jacinto, donde contrajo matrimonio a la misma hora que estaba ganando el Sevilla en el estadio Santiago Bernabéu con goles de Berruezo, Blanquito y Acosta. Durante toda la ceremonia estuvo al tanto del encuentro gracias a un primo hermano. La vida es conocer en la redacción de Suroeste a Peris, con quien inauguró la serie Tercer tiempo, basada en entrevistas personales a futbolistas. Con Peris forjó una sólida amistad. Juntos inaguran siempre la Feria en la caseta de la Prensa. Y juntos hicieron la primera entrevista a un novillero llamado Pepe Luis Vázquez Silva con motivo de su debut en Alburquerque (Badajoz) y la última entrevista a Rafael Montesinos en Madrid, publicada en Diario de Sevilla.

Persona de ideas fijas, nada pretencioso, Ruesga Bono tiene el don de caerle bien a todo el mundo. Es fiel a las rutas para ir y volver de su puesto de trabajo, con parada en El Tremendo (Le Tremendi en su particular italiano), donde tiene protocolo propio: la primera cerveza se bebe de dos tragos y con la escolta de un trozo de mojama. La segunda cerveza se toma a una velocidad mucho más lenta y con otra escolta de mojama. No se puede ni se debe entrar en ningúnbar sin tener información cierta sobre la calidad de su cerveza. La antigua bodega Mayorga, en San Hermenegildo, o el Bar Mariano, del Pumarejo, son dos de sus acudideros. Amante del menudo en Triana y de la manteca colorá que se elaboraba a diario en la carnicería de la calle Trajano, le encantan los chicharrones del Mercado de la Feria. El sofá de la tienda de fotografía que tuvo en la calle Trajano era una suerte de confesionario para futbolistas de ambos equipos de los años ochenta. Allí acudían a la búsqueda de sus retratos y se pasaban las horas hablando de lo divino y de lo humano. Biosca, Salva, Casado, Diego…

Dios creó el domingo para descansar pero se olvidó de los periodistas. La vida laboral de Ruesga Bono ha estado marcada por trabajar todos los domingos. En su etapa más intensa compaginaba los partidos de fútbol con las carreras de caballos en una misma jornada. Hoy ya no resiste ver un partido del Sevilla, prefiere saber el resultado con una simple consulta al teletexto. Cuando no le gusta alguien, corta en seco: “Es un desahogao”.

Fue miembro de la junta de gobierno de su hermandad del alma, la Estrella, y fundador del grupo joven, uno de los primeros en la ciudad. Ejerció de hermano mayor de la Sacramental de San Jacinto. Abuelo de seis nietos que cumplen con la estación de penitencia y participan en la vida de la cofradía. Yhay un séptimo al que este trianero de fe contempla cada día en el nácar de la cara de la Estrella.

El día que se jubiló tomó dos decisiones trascendentales para quien no se salta sus particulares liturgias:afeitarse el bigote y dejar de fumar. Es usuario habitual de la línea de autobuses Damas durante todo el año para vigilar su Castelgandolfo particular: una casa en Matalascañas tan próxima a la valla del coto que dicen que los linces posan para este maestro de la fotografía. Siempre le esperan los nietos, como siempre le espera el jardín de la playa para ser acicalado y preparado para la temporada alta, cuando disfruta de las sardinas, que merecen otra sentencia: “Las sardinas que sean siempre de Huelva, las de Málaga son muy chicas”.

Un Domingo de Ramos se llevó la sorpresa de ir de maniguetero de la Virgen de la Estrella, un regalo providencial tras unos días de especial dureza emocional por las embestidas que la vida suele tener reservada a los que están vivos. Ha fotografiado a Juan Pablo II en cinco lugares distintos: en el Prado de San Sebastián, donde fue recibido en 1982 por la Corporación municipal; en la Capilla Real, orando ante la Patrona, donde pudo besar su anillo; en el campo de la Feria de Los Remedios durante la ceremonia de beatificación de Sor Ángela; en la Plaza de San Pedro de Roma, en el Consistorio de 2003 donde fue nombrado cardenal el arzobispo Amigo, y en Madrid cuando la canonización de Sor Ángela.

Conoció la Matalascañas sin paseo marítimo, preciosa joya de la naturaleza marcada entonces por las dunas, con barrera para entrar en la urbanización y con un público muy reducido y selecto. Se hizo amigo de Pablo Blanco y Biri-Biri. Varios premios de fotografía llevan hoy su nombre. Tiene la medalla de oro de la ciudad. Ruesga Bono es cortés sin gastar ojana. La vida es eso que ocurre entre parada y parada en El Tremendo. La vida es muy sencilla: a los incendios hay que llegar cuando hay fuego, a las personas mayores se les habla de usted, el mejor fotógrafo es el que pasa desapercibido, con la marca de la cerveza no se juega, y todos los días hay que rezarle a la Estrella, de la que un día se le oyó decir: “Todo lo que soy es por la Virgen, hasta mi profesión de fotógrafo se la debo a Ella”.

La chicotá más larga

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

ALEJANDRO OLLERO
SE alejaba aquel paso de palio sin alharacas, carente de concesiones, huérfano de licencias. Se alejaba sobre los pies, escupiendo las bambalinas. Sí, escupiendo. Los varales firmes, hieráticos. Casi no se oía la música. Avanzaba el paso en una larga chicotá que obligaba al cuerpo de nazarenos a replegarse, a fundirse con la presidencia y el cuerpo de ciriales. El paso hacia delante, como la mar que empuja el espigón, ganando terreno, imparable. De frente, de frente, de frente. No hay mecida, no hay movimientos de costero, ni levantás a pulso. Hay un andar sereno y decidido. Así andan los pasos de palio. Y las bambalinas, escupiendo, escupiendo, escupiendo… Alejandro Ollero Tassara (Sevilla, 1951) tiene el inmenso privilegio de mandar el paso de palio de la Virgen de la Amargura. No tiene dinastía que ampare su trayectoria, pero tiene un estilo propio, una capacidad de liderazgo y eso que en política se llama carisma. Hay costaleros que son de la Amargura y, además, son olleristas. Ya quisieran muchos partidos políticos tener seguidores tan leales como los que tiene este veterano del martillo que aprendió el oficio de Rafael Franco, el Penitente y el Moreno, y que sabe cuánto le debe la Semana Santa a los costaleros asalariados. Sin ellos, los pasos hoy tal vez serían desplazados con horquillas.

Tiene este capataz tres reglas para el buen costalero: colocarse bien, esperar a recibir los kilos (los kilos no se buscan, se reciben)y andar con soltura. Tonterías, las precisas. Fue costalero antes que capataz, pero muy poco tiempo. Su lugar ha estado más ante el martillo que bajo la trabajadera. Este Ollero es tan relaciones públicas en la vida cotidiana, como serio cuando se trata de ejercer de capataz. Su vida es la Semana Santa hasta tal punto que la cuadrilla de la Amargura es la madrina de bautizo de su hija.

Delante del paso se permite alguna licencia, sólo apreciable por los finos observadores. Cuando la Amargura deja el antiguo Laredo y entra en la plaza, se coloca mirando al frente como un nazareno más. Y el paso va andando detrás de su capataz con toda perfección.

Entre sus ritos, hermosos ritos, está el citar a la cuadrilla en el convento de Sor Ángela (Madre Angelita, como a él le gusta decir) a primera hora de la tarde de cada Domingo de Ramos. Todos los costaleros rezan juntos. Y el capataz entona una oración de elaboración propia. Porque este capataz habla y escribe a un nivel muy apreciable. Oír a Ollero es refrescar una serie de términos de la jerga de capataces y costaleros que ya se está perdiendo. No sólo eso de que las bambalinas “escupan”, sino los pasos que dan “jabón”, “leña”, “vienen jumeando el taco” y “de lo bonito a lo ordinario hay sólo una mecida”.

El paso de palio de la Amargura anda, anda y anda. A Ollero le cuesta bajar el paso. Sus costaleros son gente sacrificada. Los cuellos de los costaleros de Ollero bien pueden ser los más sufridos. En Sevilla se dice que tienes el cuello más colorao que un costalero de Alejandro Ollero. Hay quien asegura que este capataz se olvida de quienes van debajo. No es cierto. Los que van debajo están preparados para sufrir. Si la música ha terminado la marcha, el capataz manda arriar. Pero si sigue sonando y no hay palermazo de fiscal que ordene arriar, el paso sigue adelante: “¡Hay que seguir, hay que seguir!”. Siempre de frente. “Los locos son los costaleros, no el capataz”, se oyó una vez entre el público. Los pasos de Ollero necesitan espacio libre por delante, como la Legión en el desfile del 12 de octubre. “¡No acostarse los costeros! ¡No acostarse! Hay que seguir, hay que seguir con Ella”.

El capataz es autoritario, un punto altivo y con un barniz que combina ingredientes, como la receta del buen incienso: cien gramos de soberbia con otros cien de vanidad. Dicen que no se casa con nadie. Temperamento se llama. Cuando un costalero se alivia tiene una teoría letal:la cuadrilla es una familia, un grupo unido por fuertes vínculos. Un día le oyeron tronar: “¡Un amigo no deja de cargar kilos para echárselos a otro amigo, eso no se hace!”. Palabra de Ollero. Cuidemos las cervicales.

Delante del paso lo controla todo con barridos de mirada: la candelería, los contraguías, el aguador, el público. Tiene un gesto de afecto en Alcázares con el costalero que está en su último año. Avista un cable a cien metros. Sujeta al policía zarandeado en la bulla. No se le va una. En la quietud adoquinada de Cuna percibió a una embarazada en segunda fila, se acercó a ella:“¿Tú lo vas apuntar a la Amargura cuando nazca, verdad?”. Aquella joven, sorprendida, le dijo que sí, que lo tenía ya decidido. Ollero se fue a levantar el paso cuando la presidencia andaba ya lejos y quedan libres esos metros que necesita para sacar esas chicotás interminables.

–¡Oído! ¡Esta levantá va por los futuros hermanos de la cofradía que están hoy en el vientre de sus madres! ¿Me habéis oído bien? Aquí hay un niño en el vientre materno, su madre está a mi lado, el niño será nazareno de la Amargura. Y yo voy a tener mi primer nieto en pocos días.

Y unas voces masculinas, tamizadas por los faldones, se percibieron casi nítidas.
–Vámonos, Alejandro, por ellos. ¡Por ellos!

Y la Amargura se fue al cielo a buscar la noche cerrada en la Anunciación con el sol por corona en una chicotá larga, larguísima, marca de la casa de este Ollero de traje oscuro con el pelo que desciende por la nuca como candelabros de cola.

Ser capataz no es sólo igualar, mandar y respetar al costalero para ser respetado y querido como capataz. Ollero es un estudioso del mundo del martillo, una suerte de I+D que ha investigado, escrito e innovado. Hasta edita una revista que se suele distribuir el día del Pregón y por la carrera oficial, fruto de sus buenos contactos y habilidades. Suya es la idea de pesar los pasos para saber con precisión los kilos y poder organizar mucho mejor las cuadrillas. La información es clave para el diagnóstico. Con básculas que se emplean para los camiones y remolques, Ollero comenzó a pesar los pasos en los retranqueos, una tarea que luego siguieron con perseverancia y precisión José Antonio García de Tejada y Javier Espinosa.

La vida es eso que ocurre en el ocaso del Domingo de Ramos, con el paso cuadrado frente a las Hermanas de la Cruz, la cera baja, los manigueteros fatigados, cuando están en las últimas la cántara de Lebrija y los jarrillos de lata soldada de José Luis de Pedro, aguador de camisa y pantalón albos; y el capataz que va y se sienta en el escalón de entrada a la Casa Madre. ¡Sí, se sienta! Se echa en el escalón como un torero en el estribo. Para que nada ni nadie se interponga entre la Virgen y las hermanas. Ahí, en esos minutos sentado, con la torre de San Juan de la Palma estirándose para ver si vuelve ya la Señora, este Ollero de la mejor estirpe experimenta la gloria misma, efímera, caduca como toda gloria en la tierra. La vida es ser independiente y pagar el precio de serlo. No tener excesivas relaciones con otros capataces. Haber apoyado a algún candidato a hermano mayor, lo que quizás le costó perder el martillo de la Gracia de Sevilla bajo palio. La vida es enseñar a Nono García de Tejada a mandar el paso de la Quinta Angustia, miradas barrocas, santos varones, sudario, cantores, bendito cimbreo del Señor, que nunca se pierda, y exquisito cortejo del preste. La vida es ser testigo privilegiado del diálogo entre la Virgen y San Juan, que dicen que San Juan es el que le va diciendo a Ollero que no pare el paso, que no pare, que sigan los varales firmes y las bambalinas escupiendo, que hay que dejar atrás el engendro de las setas para buscar los blancos muros de Santa Ángela cuanto antes, que esos muros saben arropar, cortejar y acunar a la Virgen mejor que nadie. La vida es una fecha:noviembre de 1979 cuando se estrenó como capataz en la procesión extraordinaria del XXV aniversario de la coronación de la Amargura. La vida es acudir a casa de su hermano Ernesto tras el encierro de la cofradía y que el reloj marque las seis o siete de la madrugada embebidos en tertulias sobre cuanto ha ocurrido.

El secreto del ollerismo radica quizás en que la cuadrilla de la Amargura conserva formas antiguas de trabajar, pues son más importantes las convivencias que los ensayos, más importante estrechar lazos entre los costaleros que apostarlo todo a alcanzar la perfección técnica debajo del paso, más importante valorar el sacrificio personal que organizar un sinfín de relevos para evitar la más mínima fatiga, más importante que haya menos costaleros para que trabajen cómodos que calzar muchos hombres debajo del paso y que vayan apretados.

Si la vida es sufrir, el costalero debe sufrir. Porque no hay recompensa sin sufrimiento. Los varales quietos, las bambalinas escupiendo, el andar sobre los pies, siempre de frente. La corona de la Amargura es el sol que nunca se apaga de noche. La Semana Santa es un paso de palio que se aleja. Hay que seguir, siempre hay que seguir. Y no dormirse los costeros.

El martillo y la ducha

Carlos Navarro Antolín | 6 de marzo de 2016 a las 5:00

ANTONIO SANTIAGO
SEVILLA es la ciudad de los misterios de la vida cotidiana donde nadie se pregunta por las causas de determinados fenómenos, o lo hace sólo en su fuero interno. Primer misterio. ¿Por qué el carril del túnel de la calle Arjona no es recto y presenta un peligroso quiebro modelo zig-zag justo en el tramo central? La respuesta estará en el viento. ¿Por qué la Patrona está sentada? La respuesta estará en las antífonas de las tres esquinas del corto recorrido del 15 de agosto. ¿Sigue siendo el cura Chamizo un cura con todas sus facultades de cura? Pregúntenle a él, que no muerde. ¿Por qué siempre llueve la tarde del Viernes Santo? Porque así está escrito. ¿Cuándo gobernará el PP en Dos Hermanas? Activen el lobo: ¡Auuuuuuuuu! Y la más actual de todas: ¿De dónde obtiene las fuerzas Antonio Santiago para sacar once cofradías seguidas entre el Viernes de Dolores y el Domingo de Resurrección? De las duchas. Debe ser que el agua de Emasesa tiene propiedades, tantas que el visionario Marchena la vendió embotellada como si fuera Tío Pepe.

–Hay que tener arte para vender el agua del grifo en botella.
–Tela. Yque encima haya turistas que te la compren en la tienda del aeropuerto.

Antonio Santiago (Sevilla, 1957) es el Zidane del martillo, el capataz técnicamente perfecto al que jamás se le descuadra un paso, que iguala con escuadra y cartabón para evitar las más mínima descompensación. El tiempo se detiene cuando Santiago iguala la cuadrilla tanto en los ensayos como el día de salida.

–Antonio, ¿otra vez me va a igualar? Que no he crecido.
–A callar.

Santiago, corpulento, serio como un servidor de la Mortaja sin farol en mano, no tiene jamás prisa. Pueden darle las tres o cuatro de la madrugada, que no termina un ensayo hasta que ha alcanzado la perfección.
–Antonio vámonos ya por Dios, que mañana trabajo.
–Aquí el primero que se levanta mañana a la seis soy yo. Y tengo colaboradores que van y vienen de Huelva todos los días durmiendo tres horas tras cada ensayo. Y le recuerdo que esto es voluntario.

Las igualás son tan de tiralíneas que en cuanto el pavimento es firme, como ocurre en la Catedral, los pasos parece que van por la cinta transportadora del aeropuerto de Barcelona. Ni un bote, ni un saltito, ni un brinco aislado.

Dicen que la Junta de Andalucía es el mayor colectivo de trabajadores de Andalucía. Al paso que va Abengoa, uno de los colectivos mayores va a ser el de los costaleros de Antonio Santiago, que andan por los 2.200. Echen la cuenta: La Misión, San José Obrero, La Paz, Las Penas, Los Estudiantes, el Cristo de Burgos, Los Negritos, La Macarena, La Mortaja, el Santo Entierro de Dos Hermanas y la Resurrección.

Dicen que una madrugada de Domingo de Pascua hubo que ir a buscarlo a su casa porque el héroe se había echado a dormir y tenía que sacar la última cofradía. Antonio Santiago, como tantos sevillanos, se exilian en su mundo interior cada Semana Santa. Qué sevillano es eso de no ver un telediario en toda la Semana Santa, ni interesarse por los resultados del fútbol, ni cumplir otros hábitos de la vida cotidiana durante siete días, ni, por supuesto, soportar ciertas compañías que se aguantan mal el resto del año. Santiago come, duerme y saca pasos del Viernes de Dolores al Domingo de Resurrección. Y hasta le da tiempo a ver otras cofradías.

Aprendió el oficio de su padre, Manolo Santiago, homenajeado en el nomenclátor de la ciudad, y de Salvador Dorado El Penitente. Si a su padre se le caía un paso, levantaba el faldón, metía la cabeza, arengaba a los costaleros y el paso se levantaba. Era todo fuerza y poesía al mismo tiempo. A su hijo Antonio nunca se le cae un paso por ese trabajo previo, meticuloso, que podría denominarse como la ingeniería de la igualá y los relevos bien medidos.

Sevillano serio, sin concesiones a la guasa. Se dirige de usted a la gran mayoría de los costaleros. Hay quienes a la desesperada acuden a la igualá del día de salida de la cofradía por ver si hay huecos de última hora en la cuadrilla por alguna enfermedad o indisposición, gente dispuesta a hacer unas oposiciones para estar bajo sus órdenes debajo de un paso. Y así llevan años.

Lo mejor es presenciar cómo trinca al costalero que se alivia, que no mete los riñones y que, al ser negligente, está sobrecargando al compañero de palo. A este capataz le gusta mandar desde los sitios más raros: pegado a una manigueta, junto a un costero, detrás del paso. Así controla todas las perspectivas. Echa el paso abajo, saca a un aparte al costalero en cuestión y lo llama al orden. Nadie puede oír la reprimenda, pero todos saben que el capataz ha señalado al que no hace bien su trabajo como costero, patero, fijador…

Tiene claro que los costaleros con sobrepeso son un riesgo y una incomodidad para todos los que van debajo. El sobrepeso sumado al esfuerzo dispara la probabilidad de infarto. Y, además, el costalero orondo ocupa más espacio, amén de tener verdaderos problemas para acceder a la trabajadera. Casos hay de costaleros que no pueden entrar sorteando por encima de la zambrana y tienen que entrar por debajo, reptando y con ayuda de los compañeros. Nunca expulsa de una cuadrilla a los pasados de báscula, pero siempre advierte en la primera igualá del año que se necesitan hermanos costaleros en “plenitud de condiciones físicas”.

La vida es eso que ocurre desde que entra la Aurora, la Virgen sin lágrimas y con seises en la orfebrería de plata, hasta que se recoge la carroza de Baltasar, una cuaresma larga, tan hermosa como sacrificada. La vida es comenzar la Semana Santa bien temprano en Santa Marina, ante la tumba de su padre, para estar después antes de las 10:30 igualando en el Porvenir. La vida es que se te caiga un costalero de la lista a última hora, pero por un motivo feliz. Yel tío ha acudido a la igualá a dar la cara y a explicar el motivo: “Antonio, he encontrado trabajo de camarero en el Alfonso XIII y empiezo hoy mismo, Domingo de Ramos”. La vida es almorzar el Domingo de Resurrección con todo el equipo en el Rinconcillo, cuando se van pegando pellizcos unos a otros para no derrumbarse de sueño. La vida es conservar las corbatas de capataz de su padre.

¿Qué se toma Antonio Santiago para aguantar semejante paliza? Duchas y más duchas. El martillo y la ducha, el rito y regla. Llama por su nombre a casi todos los costaleros, se conoce a la perfección las marchas de palio. Macarena de Cebrián ya la controlaba antes de que se pusiera de moda. Tiene su punto de soberbia al sevillano modo. Sabe que hay cofradías donde puede desplegar las alas de pavo real en toda su plenitud y tomarse determinadas licencias (como en la Paz), y otras donde se vería con mal ojo que se excediera de las funciones propias de capataz (como la Macarena). Un capataz está, o debe estar, bajo las órdenes del fiscal. Si un hermano mayor le pide expresamente que evite, por ejemplo, parar el paso en algún sitio concreto, lo cumple a rajatabla. Pero ese mismo día se excede, digámoslo así, en otro terreno para dejar clara su posición de fuerza. El personaje es el personaje. Y el personaje es consciente de su perfección técnica y la hace valer. Y en una Semana Santa donde algunos capataces tienen más notoriedad que la mayoría de los hermanos mayores, ancha es Castilla para Antonio Santiago y estrecha Imagen para tanto autobús de Tussam.

No cobra un duro por sacar un paso a la calle. Sólo pide que después de cada ensayo haya un bocadillo y una bebida para cada costalero, una costumbre antigua, un uso quizás heredado de los tiempos en que los hombres del muelle sacaban varias cofradías sin ducharse, sin consejos de nutricionista y, por supuesto, con menos relevos que claveles lleva el monte de la Canina.

Santiago tiene diez auxiliares que lo admiran. En los programas de mano de Semana Santa, en el epígrafe de capataz debería poner:Antonio Santiago y sus apóstoles. Han sacado todos los pasos menos los de cebra. Y eso en Sevilla genera envidias. Ymisterios (sin romanos). ¿Cómo aguanta Santiago tanta paliza durante tres largos meses? Con la misma tenacidad que Chamizo soporta los comentarios sobre si sigue siendo o no cura. Algún día esas grandes verdades nos serán reveladas. Pero el PP no gobernará en Dos Hermanas. Eso fijo.

Piano, piano

Carlos Navarro Antolín | 31 de enero de 2016 a las 5:00

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AQUEL 2 de abril de 2009 estaba el Teatro Lope de Vega de punta en blanco, con bulla de autoridades socialistas a la búsqueda de foto y un ceremonial marcado por una cuidada liturgia civil. Sevilla estrenaba Metro en el tardío, siempre tardío, Domingo de Ramos de las infraestructuras pendientes. El presidente Manuel Chaves, la ministra Magdalena Álvarez y el alcalde Monteseirín formaban aquel cartel, hoy imposible por imputaciones judiciales o cortes de coleta política. Los políticos pasan, el Metro permanece. El presidente de la Junta ordenó desde el escenario del teatro que el primer convoy saliera de la estación de San Bernardo. Todos los asistentes pudieron presenciar la puesta en marcha de aquel tren en dirección al Aljarafe. Un vídeo explicaba el proceso de construcción mientras doce percusionistas recreaban el sonido de la tuneladora. El Metro nacía con una sintonía fresca, con la chispa necesaria para despertar a la ciudad del letargo que es marca heráldica de la urbe, una suerte de sevillanos levantaos… de la siesta. Cuando el periodista Carlos Herrera oyó aquella música se quedó enganchado. Esa música que simbolizaba el despertar de la ciudad en un proyecto que arrancó con Franco, pasó por la vergonzosa campaña municipal El Metro, un túnel sin salida, y terminó con Chaves activando el botón de la línea uno, que en realidad es la línea única, esa melodía –decíamos– debía servir también para levantar a millones de oyentes. Por eso Herrera la pidió para hacerla suya en las horas punta de su programa radiofónico, entonces en Onda Cero y hoy en la Cope, la emisora de los obispos a los que hay que pedir oraciones para que nuestros nietos, algún día, se monten en la línea dos. La melodía del Metro de Sevilla suena a las seis, siete y ocho de la mañana en toda España. Herrera pegó el mangazo de las corcheas.“Me gusta esa música. ¿Me la puedo quedar, Manolo?”. Y Manolo, vicario de la iglesia herreriana en la tierra, hizo las gestiones con la Sociedad Metro de Sevilla para obtener el plácet. Ese influyente Manolo no era Manolo Chaves, sino Manuel Marvizón Carvallo (Sevilla, 1956), músico de profesión, empresario, productor y un etcétera cargado de siete revueltas en el callejero de una prolífica vida.

Las sintonías de Marvizón son como las buenas coplas: se las queda el pueblo. Baste un ejemplo: el anuncio del queso Vega e Hijos, un clásico de la radio, tan natural y tan rico como siempre, salió de la cabeza de este músico que casi acaba en médico, de este músico que fue testigo de cómo su maestro, Álvaro Nieto, creaba el anuncio del Almendro que marca la Navidad española con la fuerza de un villancico. Melodías, sintonías, anuncios, marchas de Semana Santa, sevillanas. De su mente salió la melodía de Navidad en Canal Sur. Estudio, grabaciones, piano, auriculares, más piano, vista perdida en el horizonte de forma repentina para tararear una composición. Una vida ligada al pentagrama hasta en lo alto de una moto ajada, que los duendes nunca están liberados.

La sintonía es a la música lo que el trincherazo a una faena taurina. Menos es más. Reflejar un estado anímico (España despertándose) en diez segundos de música es un don al alcance de pocos, al igual que componer la banda sonora del Jardín Botánico de Córdoba. Poner música a momentos de la vida cotidiana, he ahí la clave. Músico se nace, quizás por eso abandonó las aulas de Medicina cuando estaba al final de la carrera. Su padre quería que fuese galeno, pero el niño estaba enamorado del piano. Ganó el niño, pero este músico es hoy un vademécum farmacéutico. Una de sus grandes aficiones es estar el día de todos los medicamentos. Tiene cuenta abierta en una botica, adonde acude cada día como el que va a por el pan. En Sevilla hay gente que colecciona serpientes o soldaditos de plomo. Y otros están encantados con genéricos, fórmulas magistrales y todo tipo de pomadas. Manolo no es sólo el vecino que te echa el capote en una obra y te aporta el teléfono de unos carpinteros la mar de serios, un electricista formal y unos pintores que cobran por horas pero no ralentizan la tarea con tal de trincar más, sino que se conoce la pastilla perfecta para la tos quintosa, la cefalea primaveral y la dureza de pies tras un día de cofradías.

Es un sevillano de los que aman su ciudad en agosto, odian la arena de la playa y pasan los días de Feria sin beber ni bailar. Marvizón abandona el real cargado de aire como un globo de la cantidad de refrescos que ingiere.

Es un perfecto diplomático en las relaciones sociales. Hace lo imposible por evitar la confrontación en una sociedad cada día más crispada y tobillera. Quizás su problema sea que nunca quiere decir que no y que ha sacado adelante a muchos jóvenes talentos que en algunos casos, la vida misma, se han comportado como cuervos. Cuando se pregunta por su carrera como músico a algunos directores de orquesta, hay unanimidad: “Manolo no copia, tiene un lenguaje propio y reconocible”. Por eso tal vez sea envidiado y por eso, también, ha ayudado a mucha gente que después, España pura, no quiere reconocer quién les tendió la mano para levantarse.

El músico se mete en charcos, es un vecino activo de la ciudad. Dicen que le ha quedado una conclusión muy clara de su contacto fugaz con la clase política a cuenta del negocio de la recogida de aceites usados de bares y restaurantes: el aceite es mejor dejarlo para las tostadas.

La vida es la búsqueda de la música alegre, colorista, que anuncia un futuro con la luz de la Alfalfa, la música que ayuda a los palios a exhibir la gracia azul y plata. Es ayudar al guitarrista alemán que desembarca en Sevilla pidiendo una oportunidad, es pedirle el teléfono a un músico callejero, o buscarle un profesor de piano a un chaval del Polígono Sur. La vida son cuestas arriba y pendientes hacia abajo que se alternan como la calle Muñoz y Pabón. Según se suba, o se baje.

Segundo de cinco hermanos, siempre ha sido un poco despistado con un leve barniz de hombre desastre. De soltero tenía, además de una legión de yogures caducados, una colección de lubinas en el congelador y una pila de paquetes de sal en la despensa que ríanse de las salinas de San Fernando, porque cada día que iba al pescadero echaba en la cesta un paquete de sal. Lleva a gala presumir en círculos privados de su pericia al cocinar la lubina a la sal, cuyo ingrediente clave guarda con el mismo celo que las monjas de San Leandro mantienen en secreto la receta de las célebres yemas.

A Carlos Herrera lo conoció nada menos que en el palquillo de la Campana una Semana Santa de finales de los setenta. Cuentan que cuando el comunicador habla de Marvizón una tarde cualquiera de café en el Candelaria, escondido en unas gafas de sol y con un atuendo no apto para el palco de la Maestranza en tarde de farolillos, lo tiene claro. “Manolo es un renacentista, un hombre que brilla en la música, pero que podía haber brillado en otros ámbitos. ¿Demasiado buena persona? Nunca se es demasiado buena persona”.

Pudo ser hermano mayor de una santa cofradía, la Hiniesta, pero no quiso. Cada día está más implicado en la Sociedad General de Autores, lo que contribuye a desvincular esta entidad de los trincones de telediario, que para eso Marvizón es un obsesionado de la higiene. ¿Cuántas veces se lava las manos al día este compositor? Será porque el ritual de tocar el piano requiere de manos limpias, que aquí no suena a sindicato, sino a cura que celebra el sacramento de la eucaristía.

El músico que sale con vara en Santa Cruz pasea por el centro y tiene que lidiar con el cofraderío que le pide que escriba una marcha para su Virgen. De balde, por supuesto. O le ruegan que medie para que Herrera escriba en el boletín, presente una gala o recoja un premio. Sin dar las gracias, por supuesto. O le piden que arregle una marcha antigua en sus estudios de grabación. Con el mero agradecimiento de un cuadrito con marco dorado, por supuesto.

Inventó el pregón multimedia en la Hiniesta hace muchos años. Ha vivido experiencias próximas al más allá, como oír cantar al cura Lanzafame en su estudio de grabación. Se quitó el bigote que había lucido durante 30 años porque una tierna voz infantil se quejó de que el rostro pinchaba. Como luce calva desde que era muy joven, su imagen es la de la eterna juventud. Los relojes, mejor de esfera grande. El deporte, ¿para qué? La moto, como los zapatos, cuanto más usada mejor se adapta. Disfruta comiendo pan. Si los médicos lo someten a pruebas que incluyan técnicas de última generación, su tendencia a la hipocondria se rebaja.

La música es el celofán que envuelve el mejor regalo, el lazo de un día perfecto. La música es como una vida templada: piano, piano. En la música hay una combinación de reposo, meditación, sacrificio, horas de oído y ejercicio mental. Si tres personas hablan y hay una radio de fondo, tengan por seguro que Marvizón está oyendo la radio. Érase una vez un hombre pegado a unos auriculares que luchó por ser músico sin olvidar la vocación humanista del médico que vio su padre. Serán cosas del Renacimiento, palabra de Herrera. ¡Dentro sintonía!

La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.

El movimiento se demuestra pintando

Carlos Navarro Antolín | 18 de octubre de 2015 a las 5:00

FRANCISCO BORRÁS
EN Sevilla sale rentable hacerse el despistado. O el sueco. O incluso el loco. El muestrario es generoso. Usted tiene un amplio abanico (locomía) para escoger la casilla en la que se sienta tan cómodo como en un sillón con tapicería gastada del Aero. Existe hasta la casilla del enterao, cuya gloria es efímera, pues Sevilla acaba rechazando y maltratando al enterao con esa cruel estrategia por la que primero le da ventaja, para que el enterao se crezca, y después lo deja despeñarse por el tajo de la indiferencia, el silencio y esa mirada que se deja caer por encima del hombro. La modalidad más rentable, decíamos, es la del despistado. Pero un despistado con retrovisores, oiga. En Sevilla hay una hermandad de despistados, con título de real por lo de lo realísima que es, por lo evidente, por lo notorio. Su hermano mayor es José Joaquín Gallardo, eterno decano del Colegio de Abogados. Usted mira los principales actos sociales de los últimos veinte años y puede hacer un ejercicio práctico:contar los que viven, los que han muerto, lo que están en la cárcel, los procesados, los imputados, los que se cayeron del cartel por caerse del machito, los que se cambiaron de camisa (y no nos referimos a que pasaran de O´kean a Galán), los que vinieron a menos… Fíjense como José Joaquín Gallardo se mantiene impasible el ademán. Es un despistado con retrovisores tamaño XXL, de los que llevan las autocaravanas camino de Mazagón, un despistado que sabe interpretar a la perfección la dirección del viento en cada momento.

En el mundo de los artistas también hay despistados, incluso eméritos. Francisco Borrás (Sevilla, 1938) es catedrático de Dibujo al Movimiento, pero también podría decirse que lo es del movimiento a secas. Porque se ha movido bien toda su vida al trabajar para Camilo José Cela y Plácido Domingo, pero también para muchas hermandades e innumerables particulares. Borrás parece que no se está enterando, pero tiene esa capacidad de estar oyendo la Cope por un oído y la Ser por el otro.

Este sevillano fino controla a la perfección el esqueleto de la pintura, que es el dibujo. Formado en diversas sedes de la Escuela de Artes y Oficios (Ronda de Capuchinos, Amor de Dios, Zaragoza) y en la Superior de Bellas Artes, recibió el magisterio de Juan Miguel Sánchez, Grosso, Labrador, Carmen Jiménez… Borrás es un constante buscador de la belleza mediante la plasmación del movimiento. El movimiento en pintura no es retratar a un atleta en plena competición, no es pintar la sensación de velocidad, no es reproducir la sensación de desplazamiento mediante una estela difusa como un correcaminos de los dibujos animados.El movimiento en pintura consiste en saber dibujar muy bien y plasmar tres conceptos:el pasado, el presente y el futuro. Y el futuro supone por lógica un ejercicio de ficción, de abstracción si cabe, donde se combinan las matizaciones, las veladuras y otras pinceladas con las que se imprime dinamismo. El pintor bebe de los oasis de belleza que halla en su peregrinaje perpetuo por el desierto de la vocación.La belleza se encuentra en la mujer, aunque sea de una edad avanzada; en el carácter de una persona y, en general, en la exquisitez de las cosas.

Por ese concepto de belleza se fijó en su obra nada menos que Plácido Domingo, que andaba por Sevilla en los años ochenta preparando la ópera Carmen, cuando entró una mañana a visitar una exposición instalada en la calle Sierpes, en la que compró tres cuadros. El tenor quiso que lo retratara como El Cid. Borrás fue a su casoplón de La Moraleja, en Madrid, para hacer los bocetos durante una jornada de mesa, mantel y piscina. El lienzo fue expuesto en Viena y Madrid antes de llegar a Nueva York, donde preside un restaurante propiedad del tenor. Ocurre que el lienzo ha vuelto a España de forma excepcional por si hay posibilidad de realizar algunos cambios. La clientela árabe del establecimiento censura que los moriscos del lienzo aparezcan tirados, derrotados y en actitudes que consideran poco dignas. Al gran tenor le pasa en su restaurante lo que le ha ocurrido a varios alcaldes cuando reciben personalidades del mundo árabe en la sala capitular alta del Ayuntamiento, donde deben sortear el cuadro La derrota de los sarracenos (1653), de Valdés Leal, porque aparecen unos cuantos moros con la verticalidad perdida por el fragor de la batalla.

El movimiento se demuestra pintando. Hace unos días fue noticia el caballo que fue llevado hasta el patio de la Facultad de Bellas Artes para servir de modelo al alumnado. Borrás, muchos años antes, ya llevaba gallinas y conejos a las clases. Un día llevó hasta un burro, previo acuerdo con el amo, al que sorprendió y abordó por la calle.

–¿Usted podría llevar su burro a la Universidad?

Y en no pocas ocasiones impartía clases en el mercado provisional de la Encarnación, donde además aprovechaba para hacer las compras que le había encargado Maruja, su inolvidable esposa.

Para ganar la plaza de catedrático, Borrás tuvo cuatro días para realizar tres figuras en movimiento. Sus rivales comenzaron a pintar desde el primer momento. Él empleó tres días en observar, en mirar en silencio las figuras. Será por eso que dicen que el torero debe imaginar cómo debe ser la faena del toro, dibujarla en la mente mientras observa el burel recién salido del chiquero, evaluar cómo son las primeras embestidas, para después tener claro si debe apostar más por el derechazo o el natural. En la observación pausada está la fuente de inspiración de todo artista. En la cuarta jornada, Borrás hizo los tres ejercicios de corrido.

Los amigos de verdad son tan escasos como los colores que definen la trayectoria del pintor. Unos colores ordenados como el tramo de una cofradía de ruán: el blanco, el ocre, el carmín, el azul y el negro. Nunca el amarillo. Y a veces ni siquiera el azul, que prefiere conseguirlo mediante la combinación del negro, el blanco y el ocre. Los colores son sensaciones, el color habla como hablan las manos de un nazareno. Por el color se sabe el estado de ánimo de un pintor, la sensación que quiere transmitir, como por las manos del nazareno se sabe su estado civil, su edad y hasta sus emociones. El azul aleja y los tonos cálidos pesan en los primeros planos.

Borrás muy probablemente sea uno de los mejores pintores del movimiento. Y que mejor se mueve. Nadie como él, junto con Roldán y Valdés, se han sabido relacionar con tanta fluidez en Sevilla en los años en que los presupuestos de la patronal, las cámaras profesionales y las fundaciones ligadas a potentes empresas, tenían partidas para la compra de abonos de la plaza de toros, alquilar enganches y adquirir obras de arte.

La vida es pintar a Manolo Sanlúcar acariciando curvas de guitarra. La vida es una tarde por Bajo Guía buscando formas zoomórficas en las piedras que la mar arrastra hasta la orilla como un enganche de mulas. La vida es pintar a la Macarena de perfil, nunca de frente; es inspirarse en Rembrandt o Sorolla, es vivir la Feria como pocos. La vida es pintar a partir de las once de la mañana, pues la inspiración, como la voz del cantaor, tarda en quitarse las legañas del alma. La vida es un estudio con vista privilegiada a San Luis de los Franceses y melodías clásicas que son la banda sonora del realismo mágico. Los estudios de los pintores tienen que mirar a su Meca particular, que es el Norte.

Sevilla tiene la luz idónea para pintar, pero no catapulta a los artistas más allá de darles calor en alguna exposición antológica. Sevilla, para crear; Madrid y Bilbao, para ganar proyección. El Cid tenía la tizona. Borrás, los retrovisores. El despistado inteligente es aquel que sobrevive en la bulla. De tanto captar instantes en movimiento, Borrás se ha hecho estático y permanente en los cromos que Sevilla pega en álbum diario de la ciudad.

Un animal social

Carlos Navarro Antolín | 6 de septiembre de 2015 a las 5:00

Jose Antonio Garcia de Tejada Ricart
LOS políticos se hartan de proclamar que no hay nada más gratificante que el contacto con los ciudadanos. El típico tío que en veinte años ha sido ministro, presidente de la Diputación Provincial, concejal de la oposición y alcalde de un municipio de menos de cien mil habitantes, suele decir en las entrevistas de homenaje que lo más enriquecedor de toda su carrera pública ha sido la actividad municipal por la oportunidad que concede de estar junto a los vecinos. Tururú. Para oportunidades, las del Corte Inglés. Como otro tururú, con un tequiyá añadido, se merecen los famosos que en los suplementos dominicales dicen la pamplina de que leen poesía por la mañana. Que le digan a Juan Espadas, alcalde de Sevilla con las muletas de IU y Participa Sevilla, lo enriquecedor que resulta estar tomando una cerveza en un bar y que irrumpa el vecino de turno en la charla familiar de barra: “Perdone, alcalde, sé que no es el momento, pero necesito saber de la bolsa de empleo de Lipasam…” Y ese alcalde al que se le enfría la pavía pensando que, evidentemente, no es el momento, claro que no es el momento… Marchando cuarto y mitad de participación ciudadana a pie de barra. Con lo poco que ya le gustaban a Espadas los bares antes de ser alcalde, ya hay casas de apuestas que pagan la foto del alcalde de Sevilla en el Tremendo. Lo mismo le pasa al Kichi en Cádiz, al que paran más que un pasopalio de su casa del barrio de la Viña al Ayuntamiento. A quien le pasa a diario y está encantado es a José Antonio García de Tejada Ricart (Sevilla, 1962), presidente del Real Club Pineda de Sevilla, que se para con el jardinero del club que ha estado de baja, con el cura que le solicita por enésima vez un pase de favor para un amigo aristócrata que desea usar la piscina para paliar los dolores de espalda, con el socio antiguo que se queja de la estrechez de los vestuarios de hípica, con la marquesona que protesta por la intensidad del nuevo aire acondicionado de la caseta y con las señoras que claman para que la reforma del bar no se lleve por delante la pintura mural de Santiago del Campo que adorna el chalé. Los diez mil socios de Pineda lo llaman Nono, nadie le dice José Antonio. Nono sólo saca el capote para mantear a los francotiradores de las asambleas generales, los que empiezan con el yo quisiera saber y terminan con el propongo o insto al presidente a pedir más presupuestos para esa obra que requiere de nuevas derramas. El capote de Nono es como el de los hermanos mayores zorrones: “Se estudiará, muchas gracias”. Y pasa el turno de palabra.

Este ingeniero de chaquetas ajustadas al estilo del Círculo Lebrero de Jerez –primo hermano del Aero hispalense– es directorazo de una empresa de semillas y, sobre todo y por encima de todo, capataz de la Quinta Angustia. Criado en los verdes jardines del club, ejerció de adolescente de Pineda con chaqueta azul de botones dorados y pantalón gris, haciendo guardia a las puertas de la caseta para entrar en cuanto acabara el horario de cena de los adultos. Ser capataz de la Quinta (dicho así, a secas, que es como se dice) es el título más importante de su vida. El testimonio probatorio lo ofrece su propia madre, que no duda en subrayar de forma espontánea cuál es el mérito más importante de su hijo. El 15 de agosto iban juntos a una de las misas que se celebran al alba ante el paso de la Virgen de los Reyes cuando unas turistas les preguntaron cómo llegar a la Basílica de la Macarena. Nono se deshizo en explicaciones y hasta les sugirió que de camino visitaran antes el Gran Poder. Cuando las turistas se marchaban la mar de agradecidas, la madre de Nono terció con sano orgullo: “Mi hijo es capataz en Sevilla”. Y una de ellas, respondió:“Y yo peluquera de Castellón”. “Son profesiones parecidas”, se despidió Nono sonriente. Ni jefazo en la empresa, ni presidente de Pineda. Un hijo capataz de la Semana Santa. Pararse ahí.

Este Nono es lo que hoy se conoce como un friki del martillo. Aun cuentan los vídeos de cofradías que puso una tarde al novio árabe de una amiga, que todavía está el árabe suplicando que ni una mecida más, ni una explicación más del cimbreo del Señor del Descendimiento, que el hombre hubiera preferido una tortura menor, como los vídeos de la boda y la luna de miel, o los de la primera comunión de las niñas.

Junto con Alejandro Ollero, del que aprendió el oficio de capataz en los años del inolvidable Luis Rodríguez-Caso como hermano mayor, se dedicó a pesar los pasos de la Semana Santa con las básculas de la empresa agrícola, gracias a lo cual se sabe con precisión cuántos kilos debe soportar cada costalero.

En la ciudad de los malajes por vocación, este sevillano vive en una continua jornada de puertas abiertas. Tan abiertas que tiene que asistir casi a tantas bodas como a funerales acude un presidente del Consejo de Cofradías. Su apuesta por el aperturismo reformista no ha generado siempre críticas positivas en Pineda. A la célebre caseta del club le pegó un cambio radical cuando habilitó una zona de mesas altas y raciones al estilo genuino de Feria, pegándole un tijeretazo al plúmbeo comedor de menú cerrado a base de cosas tan feriantes (por las que hilan) como la crema de espárragos, el salmón al eneldo y la milanesa.

Otra reforma que emprendió fue la de modificar las condiciones de los socios de honor, distinción reservada para aquellos que han obtenido notables éxitos deportivos. Los que se nombran a partir de su mandato gozan de cena de homenaje, pero no de gratuidad de cuota.

En Semana Santa es habitual verle a la búsqueda de los pasos en soledad, como los viejos cofrades que tienen claro que dos son bulla y tres son una verdadera masificación. En los canapés nunca está más de cinco minutos en el mismo corrillo. De oca a oca, Nono culebrea con una habilidad magistral sin ser un hartible de las galerías gráficas. “Este hombre es un animal social”, dijo una dama al comprobar cómo alternaba con unos y con otros.

El mes de julio es para el Puerto de Santa María. Cuentan que los badenes de la urbanización de Vistahermosa se pusieron para que Nono conduzca tan despacio y con tanta parsimonia que pueda saludar desde el coche a todos los peatones conocidos: el que hace footing, el que pasea el perro de raza y el que espera en la parada de la línea 3 (que dicen que se habilitó para el desplazamiento de las tatas sudamericanas que trabajan en los casoplones). Siempre aficionado a la caza, al tenis y al pádel, hace ahora sus pinitos en el golf con más voluntad que técnica, con más corazón animoso que elasticidad. Participar en un campeonato de golf es una experiencia que ahora mismo le aterra. Tal vez ocurra como con la Infanta Elena en los torneos de Hípica, que el telediario se limitaba a destacar su participación, pero los españoles nunca sabían en qué puesto quedaba. Está feo que el presidente de Pineda quede de la mitad de la tabla para abajo. Cuando concluyó su primer mandato al frente del club, la junta directiva recaudó cien euros por barba para regalarle una bolsa de golf y unos cotizadísimos zapatos ingleses de elegante cordonería. Tan caros eran que Nono soltó una perla: “Muchas gracias, de verdad, porque yo en mi vida me hubiera comprado estos zapatos”.

Austero, que no rácano. Este vecino de Bami es gran aficionado a seguir los pasos de Pantagruel. Uno de sus santuarios preferidos de la hostelería local es el bar Uruguay, en la calle del mismo nombre, de cocina casera, con una lista de tapas donde no se admiten gollerías de nuevo cuño ni platos adornados con artísticas pinceladas de vinagre de Módena. Y también es mucho del Cardenal, pero no porque se lleve mal con Asenjo, ni mucho menos, sino del Bar Cardenal de la calle Cardenal Bueno Monreal, donde trabaja los caracoles en temporada.

Se preocupa por encontrar el establecimiento donde mejor preparan los bocadillos para los costaleros. Al más veterano de la cuadrilla, Manolín Mercado, le regaló el día de su retirada un zanco del antiguo paso, debidamente pulido, con una peana de madera hecha para la ocasión y un marco.

La infancia son recuerdos del Portaceli. La vida es un jueves en la casa de hermandad de la Quinta comiendo paté bolado con picos y rematando en la barra del Donald o en una tertulia nocturna en el antiguo Museíto. La ilusión es elaborar sándwichs para ese encuentro capillita de cada Semana de Pasión: “Horror, me he equivocado de táper. Me he traído el de los macarrones de mis niñas”.

Es un presidente pejiguera que se empeña en que un club privado se abra a la ciudad, para lo que utilizará el 75 aniversario fundacional para el fomento de obras sociales en las vecinas Tres Mil Viviendas. El animal social tiene en Sevilla su hábitat idóneo. Y en los vídeos de Semana Santa, la particular metadona de todo el año. Paren a Nono por la calle, siempre sonreirá, pero no le pidan un pase de favor para Pineda, ni le cuenten milongas de dolores en la espalda.

El maestrante sin miedo

Carlos Navarro Antolín | 14 de junio de 2015 a las 18:52

Imagen Alfonso Guajardo-Fajardo
AQUELLA tarde era de cielo panza de burra. La llovizna barnizaba los adoquines de Roma. El otoño sienta bien a las ciudades bellas por viejas y viejas por historia. Los guardias civiles de la puerta de la embajada daban las buenas tardes con un fondo de reproducciones de cuadros de Goya. El Palacio de España es un museo, poco conocido como son casi todos los museos. La llovizna era el punto poético de aquel octubre de escalinatas, estancias suntuosas, paredes forradas de terciopelo y lámparas altas y esplendorosas, de las que manaba la luz como fontanas. El embajador, Carlos González Abella, era gran aficionado a realzar y solemnizar todos los actos. Las formas son claves en la diplomacia. Era un día grande en la Embajada de España ante la Santa Sede, donde se recibía a dos nuevos cardenales españoles: monseñor Amigo, arzobispo de Sevilla, y monseñor Herranz, arzobispo de la curia. En la planta alta, González Abella recibe uno a uno a los sevillanos que formaban una bulla en torno a los nuevos Príncipes de la Iglesia. Un séquito de seiscientas personas acompaña a Don Carlos. En la estancia principal, en una mesa con capacidad para acoger un consejo de ministros, se ofrecen a modo de cuerno de la abundancia un sinfín de manjares pese a la hora del acto: las 17:30. Paella, pescado en salsa, croquetas, cava, caldos de Rueda… El personal da rienda suelta al Pantagruel que lleva dentro. Se aprecian los movimientos tácticos de esos sevillanos capaces de capturar croquetas con una mano mientras con la otra las esconden en el bolsillo. Hay más interés por engullir que por apreciar el arte de un edificio del XVII, con lienzos del Museo del Prado y esculturas de Bernini. Alejado de esa bulla que cangrejea ante las fuentes de paella, un sevillano discreto, ajeno a los codazos del canapé y extasiado ante tanta belleza, se acerca al periodista y comparte un sentimiento hondo, muy alejado del espectáculo terrenal que se perpetra entre tapices, volutas y cristales valiosos: “Este es uno de los sitios donde uno se siente orgulloso de ser español”.

Alfonso Guajardo-Fajardo y Alarcón (Sevilla, 1961) es un sevillano fino, pero nada frío. En aquel viaje representaba a la Real Maestranza de Caballería, de la que poco tiempo después fue teniente de hermano mayor. Sevillano que a veces usa camisas de manga corta, siempre luce corbatas discretas y gasta trajes con tres botones que de vez en cuando incluyen un elegante chalequillo. Un sevillano que habla lento y en voz baja en la ciudad del ruido. Como buen caballero maestrante, parece que siempre está en posición de firme, dispuesto a recibir al Rey en la puerta de la Casa. Dicen que ahora se considera un sevillano en la reserva, viviendo su vida entre su casa de Felipe II y los campos de la provincia donde ejerce de agricultor, de amo cuyo ojo engorda el ganado. En Umbrete cuida de los olivares, de donde salen las aceitunas gordales y de manzanilla, y en Carmona del trigo.

Cualquier hermano mayor que se precie, comienza a moverse en el final de su mandato para aspirar a un carguete en el Consejo de Cofradías. Pero este sevillano que fue teniente de la Maestranza lleva a gala no poder ser ya nada más importante que lo que ha sido, en su caso el mismo cargo que desempeñó su padre, como recuerda uno de los cuadros de los salones principales de la institución nobiliaria. Lo fácil para un teniente de hermano mayor de la Real Maestranza es no hacer casi nada durante los cuatro años del mandato y los dos de ampliación. Lo cómodo es limitarse a reposar los brazos en la barandilla del palco de la plaza de toros, esas localidades con derecho a horchata o a refresco aliñado, a cuarto de baño con toalla y jabón, a prismáticos y a meter mano en la caja de puros. Lo cómodo, decíamos, es sentarse en la presidencia de la ceremonia de entrega de premios taurinos y de mejores expedientes académicos, y hacerse unas cuantas fotos en las presentaciones de libros o en la entrega de donativos a los comedores sociales. Con eso bastaría para muchos, amén de la vida social a puerta cerrada que reporta la tenencia y de la facultad de invitar a los allegados a los festejos de relumbrón de la temporada taurina. El cargo de teniente ya lo quisiera mucho cofraderío, sobre todo el que se ha inventado una orden de nuevo cuño y se reviste de capas blancas a falta de no poder ingresar en la Real Maestranza.

Pero este sevillano nacido en el Patio de Banderas no fue un teniente acomodado. No se conformó con cumplir con el mínimo que la liturgia de la tenencia prescribe. Tuvo la osadía de meterle la piqueta a la plaza de toros, uno de los monumentos intocables de la ciudad. Buscó en los archivos los planos originales de la plaza, negoció con los arquitectos, se puso el casco de obra y metió la maquinaria en el ruedo para romper un tendido y recuperar un antiguo acceso interior, la conocida como puerta del despeje, a costa de reducir el aforo. Hay quien dice desde entonces que tienes más peligro que un maestrante en otoño o que un cofrade con las tardes libres, porque en esos tiempos muertos se sueñan las grandes reformas.

Pasó el invierno, llegó la primavera y comenzó la temporada taurina con los muros de la plaza encalados, gloria de monumento que es el mejor cuidado de la ciudad y sin coste alguno para las arcas públicas. Entraron los abonados en la plaza el Domingo de Resurrección y no se oyó una queja, ni un chascarrillo. La reforma fue un éxito. Fue un caso único de silencio maestrante que daba derecho a las dos orejas y vuelta al ruedo. Guajardo-Fajardo quedó coronado como el maestrante sin miedo… a abrir en canal un tendido, en la ciudad donde cualquier reforma en el centro es para cepillarse el caserío del XVIIy el XVIII, desarrollar una arquitectura de tanatorio y sembrar el callejero de esas fachadas de hierro sucio que a los arquitectos les ha dado por usar tanto para restaurantes a la vera del río, como para posadas antiguas junto a San Pedro, o para casas de hermandad en la judería. Como diría la ex alcaldesa: “Qué horror, qué horror”.

La vida cotidiana tiene la calma de un mar plato en los amplios salones de una vivienda donde el retrato del padre escruta a todo el que llega a la morada. El santuario personal es una biblioteca impoluta, de lomos catalogados, donde se funden las colecciones de libros del padre y de un tío-abuelo, donde está el Señor Descendido de la Magdalena y algunos importantes reconocimientos de entidades de la ciudad. Las estancias de la casa combinan una selecta pinacoteca y una platería cuidada. Hay rostros en blanco y negro en fotografías que son reliquias del pasado que sigue vivo. Guajardo-Fajardo es nazareno de la Soledad de San Lorenzo, cofrade serio al que nunca verán en cabildeos. Fue costalero de los Ariza en los años sin relevos, en esas noches de Sábado Santo que había que ingerir terrones de azúcar para no desfallecer en esa recta interminable que era Cardenal Spínola.

En la Semana Santa de 2007 perdió el teléfono móvil en una bulla en la que orientaba al Defensor del Pueblo, Enrique Múgica. Un Jueves Santo acompañaba como oficial de la junta de gobierno de la Real Maestranza a los Duques de Lugo, pero las primeras cofradías de la tarde no salieron por la lluvia, así que la comitiva acabó visitando la Basílica del Gran Poder y, oh casualidad, entrando en San Lorenzo para ver a la Soledad. Aquella tarde, cuando se confirmó que salían la Quinta Angustia y el Valle, gracias a la decisión de dos grandes hermanos mayores como Luis Rodríguez-Caso y José María O´Kean, este maestrante sin miedo remontó las filas de la cofradía de la Anunciación para gestionar que se dejara a la Infanta de España tocar el martillo del paso de la Virgen de los ojos verdes. Y así fue en la Avenida. En la salida de la Macarena, fue testigo del gesto espontáneo del duque de Lugo, cuando se quitó la cadena de oro y se la donó a la Virgen de la Esperanza. Una joya que sigue expuesta en las vitrinas del tesoro macareno. La Infanta se retiró tras ver pasar a los Gitanos por la Casa de las Dueñas, pero el duque quiso seguir viviendo la Madrugada. Hubo que llevarlo a la Catedral para que viera el Calvario y la Esperanza de Triana. Y parece que, por fin, se quedó satisfecho.

No hay honor más importante que el haber sido teniente, que en Sevilla no hay más que una tenencia y no hacen falta mayores precisiones. No hay mayor placer que los pequeños deleites como la lectura del periódico, cuando el café se enfría porque un artículo requiere de la máxima atención, o el aperitivo del que no debe quedar ninguna sobra. Los achaques de salud son oportunidades que uno tiene para saborear aún más esos pequeños hitos de la vida cotidiana. Yno hay mirada más penetrante que la del padre, el retrato que recibe al visitante. Los soleanos son personas acostumbradas a disfrutar con profundidad de los momentos en que otros son presas de la melancolía. La vida es una noche de Sábado Santo, cuando todo empieza. La clave es estar siempre firme, como si el Rey pudiera aparecer en cualquier momento.