Archivos para el tag ‘Semana Santa’

La chicotá más larga

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

ALEJANDRO OLLERO
SE alejaba aquel paso de palio sin alharacas, carente de concesiones, huérfano de licencias. Se alejaba sobre los pies, escupiendo las bambalinas. Sí, escupiendo. Los varales firmes, hieráticos. Casi no se oía la música. Avanzaba el paso en una larga chicotá que obligaba al cuerpo de nazarenos a replegarse, a fundirse con la presidencia y el cuerpo de ciriales. El paso hacia delante, como la mar que empuja el espigón, ganando terreno, imparable. De frente, de frente, de frente. No hay mecida, no hay movimientos de costero, ni levantás a pulso. Hay un andar sereno y decidido. Así andan los pasos de palio. Y las bambalinas, escupiendo, escupiendo, escupiendo… Alejandro Ollero Tassara (Sevilla, 1951) tiene el inmenso privilegio de mandar el paso de palio de la Virgen de la Amargura. No tiene dinastía que ampare su trayectoria, pero tiene un estilo propio, una capacidad de liderazgo y eso que en política se llama carisma. Hay costaleros que son de la Amargura y, además, son olleristas. Ya quisieran muchos partidos políticos tener seguidores tan leales como los que tiene este veterano del martillo que aprendió el oficio de Rafael Franco, el Penitente y el Moreno, y que sabe cuánto le debe la Semana Santa a los costaleros asalariados. Sin ellos, los pasos hoy tal vez serían desplazados con horquillas.

Tiene este capataz tres reglas para el buen costalero: colocarse bien, esperar a recibir los kilos (los kilos no se buscan, se reciben)y andar con soltura. Tonterías, las precisas. Fue costalero antes que capataz, pero muy poco tiempo. Su lugar ha estado más ante el martillo que bajo la trabajadera. Este Ollero es tan relaciones públicas en la vida cotidiana, como serio cuando se trata de ejercer de capataz. Su vida es la Semana Santa hasta tal punto que la cuadrilla de la Amargura es la madrina de bautizo de su hija.

Delante del paso se permite alguna licencia, sólo apreciable por los finos observadores. Cuando la Amargura deja el antiguo Laredo y entra en la plaza, se coloca mirando al frente como un nazareno más. Y el paso va andando detrás de su capataz con toda perfección.

Entre sus ritos, hermosos ritos, está el citar a la cuadrilla en el convento de Sor Ángela (Madre Angelita, como a él le gusta decir) a primera hora de la tarde de cada Domingo de Ramos. Todos los costaleros rezan juntos. Y el capataz entona una oración de elaboración propia. Porque este capataz habla y escribe a un nivel muy apreciable. Oír a Ollero es refrescar una serie de términos de la jerga de capataces y costaleros que ya se está perdiendo. No sólo eso de que las bambalinas “escupan”, sino los pasos que dan “jabón”, “leña”, “vienen jumeando el taco” y “de lo bonito a lo ordinario hay sólo una mecida”.

El paso de palio de la Amargura anda, anda y anda. A Ollero le cuesta bajar el paso. Sus costaleros son gente sacrificada. Los cuellos de los costaleros de Ollero bien pueden ser los más sufridos. En Sevilla se dice que tienes el cuello más colorao que un costalero de Alejandro Ollero. Hay quien asegura que este capataz se olvida de quienes van debajo. No es cierto. Los que van debajo están preparados para sufrir. Si la música ha terminado la marcha, el capataz manda arriar. Pero si sigue sonando y no hay palermazo de fiscal que ordene arriar, el paso sigue adelante: “¡Hay que seguir, hay que seguir!”. Siempre de frente. “Los locos son los costaleros, no el capataz”, se oyó una vez entre el público. Los pasos de Ollero necesitan espacio libre por delante, como la Legión en el desfile del 12 de octubre. “¡No acostarse los costeros! ¡No acostarse! Hay que seguir, hay que seguir con Ella”.

El capataz es autoritario, un punto altivo y con un barniz que combina ingredientes, como la receta del buen incienso: cien gramos de soberbia con otros cien de vanidad. Dicen que no se casa con nadie. Temperamento se llama. Cuando un costalero se alivia tiene una teoría letal:la cuadrilla es una familia, un grupo unido por fuertes vínculos. Un día le oyeron tronar: “¡Un amigo no deja de cargar kilos para echárselos a otro amigo, eso no se hace!”. Palabra de Ollero. Cuidemos las cervicales.

Delante del paso lo controla todo con barridos de mirada: la candelería, los contraguías, el aguador, el público. Tiene un gesto de afecto en Alcázares con el costalero que está en su último año. Avista un cable a cien metros. Sujeta al policía zarandeado en la bulla. No se le va una. En la quietud adoquinada de Cuna percibió a una embarazada en segunda fila, se acercó a ella:“¿Tú lo vas apuntar a la Amargura cuando nazca, verdad?”. Aquella joven, sorprendida, le dijo que sí, que lo tenía ya decidido. Ollero se fue a levantar el paso cuando la presidencia andaba ya lejos y quedan libres esos metros que necesita para sacar esas chicotás interminables.

–¡Oído! ¡Esta levantá va por los futuros hermanos de la cofradía que están hoy en el vientre de sus madres! ¿Me habéis oído bien? Aquí hay un niño en el vientre materno, su madre está a mi lado, el niño será nazareno de la Amargura. Y yo voy a tener mi primer nieto en pocos días.

Y unas voces masculinas, tamizadas por los faldones, se percibieron casi nítidas.
–Vámonos, Alejandro, por ellos. ¡Por ellos!

Y la Amargura se fue al cielo a buscar la noche cerrada en la Anunciación con el sol por corona en una chicotá larga, larguísima, marca de la casa de este Ollero de traje oscuro con el pelo que desciende por la nuca como candelabros de cola.

Ser capataz no es sólo igualar, mandar y respetar al costalero para ser respetado y querido como capataz. Ollero es un estudioso del mundo del martillo, una suerte de I+D que ha investigado, escrito e innovado. Hasta edita una revista que se suele distribuir el día del Pregón y por la carrera oficial, fruto de sus buenos contactos y habilidades. Suya es la idea de pesar los pasos para saber con precisión los kilos y poder organizar mucho mejor las cuadrillas. La información es clave para el diagnóstico. Con básculas que se emplean para los camiones y remolques, Ollero comenzó a pesar los pasos en los retranqueos, una tarea que luego siguieron con perseverancia y precisión José Antonio García de Tejada y Javier Espinosa.

La vida es eso que ocurre en el ocaso del Domingo de Ramos, con el paso cuadrado frente a las Hermanas de la Cruz, la cera baja, los manigueteros fatigados, cuando están en las últimas la cántara de Lebrija y los jarrillos de lata soldada de José Luis de Pedro, aguador de camisa y pantalón albos; y el capataz que va y se sienta en el escalón de entrada a la Casa Madre. ¡Sí, se sienta! Se echa en el escalón como un torero en el estribo. Para que nada ni nadie se interponga entre la Virgen y las hermanas. Ahí, en esos minutos sentado, con la torre de San Juan de la Palma estirándose para ver si vuelve ya la Señora, este Ollero de la mejor estirpe experimenta la gloria misma, efímera, caduca como toda gloria en la tierra. La vida es ser independiente y pagar el precio de serlo. No tener excesivas relaciones con otros capataces. Haber apoyado a algún candidato a hermano mayor, lo que quizás le costó perder el martillo de la Gracia de Sevilla bajo palio. La vida es enseñar a Nono García de Tejada a mandar el paso de la Quinta Angustia, miradas barrocas, santos varones, sudario, cantores, bendito cimbreo del Señor, que nunca se pierda, y exquisito cortejo del preste. La vida es ser testigo privilegiado del diálogo entre la Virgen y San Juan, que dicen que San Juan es el que le va diciendo a Ollero que no pare el paso, que no pare, que sigan los varales firmes y las bambalinas escupiendo, que hay que dejar atrás el engendro de las setas para buscar los blancos muros de Santa Ángela cuanto antes, que esos muros saben arropar, cortejar y acunar a la Virgen mejor que nadie. La vida es una fecha:noviembre de 1979 cuando se estrenó como capataz en la procesión extraordinaria del XXV aniversario de la coronación de la Amargura. La vida es acudir a casa de su hermano Ernesto tras el encierro de la cofradía y que el reloj marque las seis o siete de la madrugada embebidos en tertulias sobre cuanto ha ocurrido.

El secreto del ollerismo radica quizás en que la cuadrilla de la Amargura conserva formas antiguas de trabajar, pues son más importantes las convivencias que los ensayos, más importante estrechar lazos entre los costaleros que apostarlo todo a alcanzar la perfección técnica debajo del paso, más importante valorar el sacrificio personal que organizar un sinfín de relevos para evitar la más mínima fatiga, más importante que haya menos costaleros para que trabajen cómodos que calzar muchos hombres debajo del paso y que vayan apretados.

Si la vida es sufrir, el costalero debe sufrir. Porque no hay recompensa sin sufrimiento. Los varales quietos, las bambalinas escupiendo, el andar sobre los pies, siempre de frente. La corona de la Amargura es el sol que nunca se apaga de noche. La Semana Santa es un paso de palio que se aleja. Hay que seguir, siempre hay que seguir. Y no dormirse los costeros.

El martillo y la ducha

Carlos Navarro Antolín | 6 de marzo de 2016 a las 5:00

ANTONIO SANTIAGO
SEVILLA es la ciudad de los misterios de la vida cotidiana donde nadie se pregunta por las causas de determinados fenómenos, o lo hace sólo en su fuero interno. Primer misterio. ¿Por qué el carril del túnel de la calle Arjona no es recto y presenta un peligroso quiebro modelo zig-zag justo en el tramo central? La respuesta estará en el viento. ¿Por qué la Patrona está sentada? La respuesta estará en las antífonas de las tres esquinas del corto recorrido del 15 de agosto. ¿Sigue siendo el cura Chamizo un cura con todas sus facultades de cura? Pregúntenle a él, que no muerde. ¿Por qué siempre llueve la tarde del Viernes Santo? Porque así está escrito. ¿Cuándo gobernará el PP en Dos Hermanas? Activen el lobo: ¡Auuuuuuuuu! Y la más actual de todas: ¿De dónde obtiene las fuerzas Antonio Santiago para sacar once cofradías seguidas entre el Viernes de Dolores y el Domingo de Resurrección? De las duchas. Debe ser que el agua de Emasesa tiene propiedades, tantas que el visionario Marchena la vendió embotellada como si fuera Tío Pepe.

–Hay que tener arte para vender el agua del grifo en botella.
–Tela. Yque encima haya turistas que te la compren en la tienda del aeropuerto.

Antonio Santiago (Sevilla, 1957) es el Zidane del martillo, el capataz técnicamente perfecto al que jamás se le descuadra un paso, que iguala con escuadra y cartabón para evitar las más mínima descompensación. El tiempo se detiene cuando Santiago iguala la cuadrilla tanto en los ensayos como el día de salida.

–Antonio, ¿otra vez me va a igualar? Que no he crecido.
–A callar.

Santiago, corpulento, serio como un servidor de la Mortaja sin farol en mano, no tiene jamás prisa. Pueden darle las tres o cuatro de la madrugada, que no termina un ensayo hasta que ha alcanzado la perfección.
–Antonio vámonos ya por Dios, que mañana trabajo.
–Aquí el primero que se levanta mañana a la seis soy yo. Y tengo colaboradores que van y vienen de Huelva todos los días durmiendo tres horas tras cada ensayo. Y le recuerdo que esto es voluntario.

Las igualás son tan de tiralíneas que en cuanto el pavimento es firme, como ocurre en la Catedral, los pasos parece que van por la cinta transportadora del aeropuerto de Barcelona. Ni un bote, ni un saltito, ni un brinco aislado.

Dicen que la Junta de Andalucía es el mayor colectivo de trabajadores de Andalucía. Al paso que va Abengoa, uno de los colectivos mayores va a ser el de los costaleros de Antonio Santiago, que andan por los 2.200. Echen la cuenta: La Misión, San José Obrero, La Paz, Las Penas, Los Estudiantes, el Cristo de Burgos, Los Negritos, La Macarena, La Mortaja, el Santo Entierro de Dos Hermanas y la Resurrección.

Dicen que una madrugada de Domingo de Pascua hubo que ir a buscarlo a su casa porque el héroe se había echado a dormir y tenía que sacar la última cofradía. Antonio Santiago, como tantos sevillanos, se exilian en su mundo interior cada Semana Santa. Qué sevillano es eso de no ver un telediario en toda la Semana Santa, ni interesarse por los resultados del fútbol, ni cumplir otros hábitos de la vida cotidiana durante siete días, ni, por supuesto, soportar ciertas compañías que se aguantan mal el resto del año. Santiago come, duerme y saca pasos del Viernes de Dolores al Domingo de Resurrección. Y hasta le da tiempo a ver otras cofradías.

Aprendió el oficio de su padre, Manolo Santiago, homenajeado en el nomenclátor de la ciudad, y de Salvador Dorado El Penitente. Si a su padre se le caía un paso, levantaba el faldón, metía la cabeza, arengaba a los costaleros y el paso se levantaba. Era todo fuerza y poesía al mismo tiempo. A su hijo Antonio nunca se le cae un paso por ese trabajo previo, meticuloso, que podría denominarse como la ingeniería de la igualá y los relevos bien medidos.

Sevillano serio, sin concesiones a la guasa. Se dirige de usted a la gran mayoría de los costaleros. Hay quienes a la desesperada acuden a la igualá del día de salida de la cofradía por ver si hay huecos de última hora en la cuadrilla por alguna enfermedad o indisposición, gente dispuesta a hacer unas oposiciones para estar bajo sus órdenes debajo de un paso. Y así llevan años.

Lo mejor es presenciar cómo trinca al costalero que se alivia, que no mete los riñones y que, al ser negligente, está sobrecargando al compañero de palo. A este capataz le gusta mandar desde los sitios más raros: pegado a una manigueta, junto a un costero, detrás del paso. Así controla todas las perspectivas. Echa el paso abajo, saca a un aparte al costalero en cuestión y lo llama al orden. Nadie puede oír la reprimenda, pero todos saben que el capataz ha señalado al que no hace bien su trabajo como costero, patero, fijador…

Tiene claro que los costaleros con sobrepeso son un riesgo y una incomodidad para todos los que van debajo. El sobrepeso sumado al esfuerzo dispara la probabilidad de infarto. Y, además, el costalero orondo ocupa más espacio, amén de tener verdaderos problemas para acceder a la trabajadera. Casos hay de costaleros que no pueden entrar sorteando por encima de la zambrana y tienen que entrar por debajo, reptando y con ayuda de los compañeros. Nunca expulsa de una cuadrilla a los pasados de báscula, pero siempre advierte en la primera igualá del año que se necesitan hermanos costaleros en “plenitud de condiciones físicas”.

La vida es eso que ocurre desde que entra la Aurora, la Virgen sin lágrimas y con seises en la orfebrería de plata, hasta que se recoge la carroza de Baltasar, una cuaresma larga, tan hermosa como sacrificada. La vida es comenzar la Semana Santa bien temprano en Santa Marina, ante la tumba de su padre, para estar después antes de las 10:30 igualando en el Porvenir. La vida es que se te caiga un costalero de la lista a última hora, pero por un motivo feliz. Yel tío ha acudido a la igualá a dar la cara y a explicar el motivo: “Antonio, he encontrado trabajo de camarero en el Alfonso XIII y empiezo hoy mismo, Domingo de Ramos”. La vida es almorzar el Domingo de Resurrección con todo el equipo en el Rinconcillo, cuando se van pegando pellizcos unos a otros para no derrumbarse de sueño. La vida es conservar las corbatas de capataz de su padre.

¿Qué se toma Antonio Santiago para aguantar semejante paliza? Duchas y más duchas. El martillo y la ducha, el rito y regla. Llama por su nombre a casi todos los costaleros, se conoce a la perfección las marchas de palio. Macarena de Cebrián ya la controlaba antes de que se pusiera de moda. Tiene su punto de soberbia al sevillano modo. Sabe que hay cofradías donde puede desplegar las alas de pavo real en toda su plenitud y tomarse determinadas licencias (como en la Paz), y otras donde se vería con mal ojo que se excediera de las funciones propias de capataz (como la Macarena). Un capataz está, o debe estar, bajo las órdenes del fiscal. Si un hermano mayor le pide expresamente que evite, por ejemplo, parar el paso en algún sitio concreto, lo cumple a rajatabla. Pero ese mismo día se excede, digámoslo así, en otro terreno para dejar clara su posición de fuerza. El personaje es el personaje. Y el personaje es consciente de su perfección técnica y la hace valer. Y en una Semana Santa donde algunos capataces tienen más notoriedad que la mayoría de los hermanos mayores, ancha es Castilla para Antonio Santiago y estrecha Imagen para tanto autobús de Tussam.

No cobra un duro por sacar un paso a la calle. Sólo pide que después de cada ensayo haya un bocadillo y una bebida para cada costalero, una costumbre antigua, un uso quizás heredado de los tiempos en que los hombres del muelle sacaban varias cofradías sin ducharse, sin consejos de nutricionista y, por supuesto, con menos relevos que claveles lleva el monte de la Canina.

Santiago tiene diez auxiliares que lo admiran. En los programas de mano de Semana Santa, en el epígrafe de capataz debería poner:Antonio Santiago y sus apóstoles. Han sacado todos los pasos menos los de cebra. Y eso en Sevilla genera envidias. Ymisterios (sin romanos). ¿Cómo aguanta Santiago tanta paliza durante tres largos meses? Con la misma tenacidad que Chamizo soporta los comentarios sobre si sigue siendo o no cura. Algún día esas grandes verdades nos serán reveladas. Pero el PP no gobernará en Dos Hermanas. Eso fijo.

Piano, piano

Carlos Navarro Antolín | 31 de enero de 2016 a las 5:00

untitled copia.jpg
AQUEL 2 de abril de 2009 estaba el Teatro Lope de Vega de punta en blanco, con bulla de autoridades socialistas a la búsqueda de foto y un ceremonial marcado por una cuidada liturgia civil. Sevilla estrenaba Metro en el tardío, siempre tardío, Domingo de Ramos de las infraestructuras pendientes. El presidente Manuel Chaves, la ministra Magdalena Álvarez y el alcalde Monteseirín formaban aquel cartel, hoy imposible por imputaciones judiciales o cortes de coleta política. Los políticos pasan, el Metro permanece. El presidente de la Junta ordenó desde el escenario del teatro que el primer convoy saliera de la estación de San Bernardo. Todos los asistentes pudieron presenciar la puesta en marcha de aquel tren en dirección al Aljarafe. Un vídeo explicaba el proceso de construcción mientras doce percusionistas recreaban el sonido de la tuneladora. El Metro nacía con una sintonía fresca, con la chispa necesaria para despertar a la ciudad del letargo que es marca heráldica de la urbe, una suerte de sevillanos levantaos… de la siesta. Cuando el periodista Carlos Herrera oyó aquella música se quedó enganchado. Esa música que simbolizaba el despertar de la ciudad en un proyecto que arrancó con Franco, pasó por la vergonzosa campaña municipal El Metro, un túnel sin salida, y terminó con Chaves activando el botón de la línea uno, que en realidad es la línea única, esa melodía –decíamos– debía servir también para levantar a millones de oyentes. Por eso Herrera la pidió para hacerla suya en las horas punta de su programa radiofónico, entonces en Onda Cero y hoy en la Cope, la emisora de los obispos a los que hay que pedir oraciones para que nuestros nietos, algún día, se monten en la línea dos. La melodía del Metro de Sevilla suena a las seis, siete y ocho de la mañana en toda España. Herrera pegó el mangazo de las corcheas.“Me gusta esa música. ¿Me la puedo quedar, Manolo?”. Y Manolo, vicario de la iglesia herreriana en la tierra, hizo las gestiones con la Sociedad Metro de Sevilla para obtener el plácet. Ese influyente Manolo no era Manolo Chaves, sino Manuel Marvizón Carvallo (Sevilla, 1956), músico de profesión, empresario, productor y un etcétera cargado de siete revueltas en el callejero de una prolífica vida.

Las sintonías de Marvizón son como las buenas coplas: se las queda el pueblo. Baste un ejemplo: el anuncio del queso Vega e Hijos, un clásico de la radio, tan natural y tan rico como siempre, salió de la cabeza de este músico que casi acaba en médico, de este músico que fue testigo de cómo su maestro, Álvaro Nieto, creaba el anuncio del Almendro que marca la Navidad española con la fuerza de un villancico. Melodías, sintonías, anuncios, marchas de Semana Santa, sevillanas. De su mente salió la melodía de Navidad en Canal Sur. Estudio, grabaciones, piano, auriculares, más piano, vista perdida en el horizonte de forma repentina para tararear una composición. Una vida ligada al pentagrama hasta en lo alto de una moto ajada, que los duendes nunca están liberados.

La sintonía es a la música lo que el trincherazo a una faena taurina. Menos es más. Reflejar un estado anímico (España despertándose) en diez segundos de música es un don al alcance de pocos, al igual que componer la banda sonora del Jardín Botánico de Córdoba. Poner música a momentos de la vida cotidiana, he ahí la clave. Músico se nace, quizás por eso abandonó las aulas de Medicina cuando estaba al final de la carrera. Su padre quería que fuese galeno, pero el niño estaba enamorado del piano. Ganó el niño, pero este músico es hoy un vademécum farmacéutico. Una de sus grandes aficiones es estar el día de todos los medicamentos. Tiene cuenta abierta en una botica, adonde acude cada día como el que va a por el pan. En Sevilla hay gente que colecciona serpientes o soldaditos de plomo. Y otros están encantados con genéricos, fórmulas magistrales y todo tipo de pomadas. Manolo no es sólo el vecino que te echa el capote en una obra y te aporta el teléfono de unos carpinteros la mar de serios, un electricista formal y unos pintores que cobran por horas pero no ralentizan la tarea con tal de trincar más, sino que se conoce la pastilla perfecta para la tos quintosa, la cefalea primaveral y la dureza de pies tras un día de cofradías.

Es un sevillano de los que aman su ciudad en agosto, odian la arena de la playa y pasan los días de Feria sin beber ni bailar. Marvizón abandona el real cargado de aire como un globo de la cantidad de refrescos que ingiere.

Es un perfecto diplomático en las relaciones sociales. Hace lo imposible por evitar la confrontación en una sociedad cada día más crispada y tobillera. Quizás su problema sea que nunca quiere decir que no y que ha sacado adelante a muchos jóvenes talentos que en algunos casos, la vida misma, se han comportado como cuervos. Cuando se pregunta por su carrera como músico a algunos directores de orquesta, hay unanimidad: “Manolo no copia, tiene un lenguaje propio y reconocible”. Por eso tal vez sea envidiado y por eso, también, ha ayudado a mucha gente que después, España pura, no quiere reconocer quién les tendió la mano para levantarse.

El músico se mete en charcos, es un vecino activo de la ciudad. Dicen que le ha quedado una conclusión muy clara de su contacto fugaz con la clase política a cuenta del negocio de la recogida de aceites usados de bares y restaurantes: el aceite es mejor dejarlo para las tostadas.

La vida es la búsqueda de la música alegre, colorista, que anuncia un futuro con la luz de la Alfalfa, la música que ayuda a los palios a exhibir la gracia azul y plata. Es ayudar al guitarrista alemán que desembarca en Sevilla pidiendo una oportunidad, es pedirle el teléfono a un músico callejero, o buscarle un profesor de piano a un chaval del Polígono Sur. La vida son cuestas arriba y pendientes hacia abajo que se alternan como la calle Muñoz y Pabón. Según se suba, o se baje.

Segundo de cinco hermanos, siempre ha sido un poco despistado con un leve barniz de hombre desastre. De soltero tenía, además de una legión de yogures caducados, una colección de lubinas en el congelador y una pila de paquetes de sal en la despensa que ríanse de las salinas de San Fernando, porque cada día que iba al pescadero echaba en la cesta un paquete de sal. Lleva a gala presumir en círculos privados de su pericia al cocinar la lubina a la sal, cuyo ingrediente clave guarda con el mismo celo que las monjas de San Leandro mantienen en secreto la receta de las célebres yemas.

A Carlos Herrera lo conoció nada menos que en el palquillo de la Campana una Semana Santa de finales de los setenta. Cuentan que cuando el comunicador habla de Marvizón una tarde cualquiera de café en el Candelaria, escondido en unas gafas de sol y con un atuendo no apto para el palco de la Maestranza en tarde de farolillos, lo tiene claro. “Manolo es un renacentista, un hombre que brilla en la música, pero que podía haber brillado en otros ámbitos. ¿Demasiado buena persona? Nunca se es demasiado buena persona”.

Pudo ser hermano mayor de una santa cofradía, la Hiniesta, pero no quiso. Cada día está más implicado en la Sociedad General de Autores, lo que contribuye a desvincular esta entidad de los trincones de telediario, que para eso Marvizón es un obsesionado de la higiene. ¿Cuántas veces se lava las manos al día este compositor? Será porque el ritual de tocar el piano requiere de manos limpias, que aquí no suena a sindicato, sino a cura que celebra el sacramento de la eucaristía.

El músico que sale con vara en Santa Cruz pasea por el centro y tiene que lidiar con el cofraderío que le pide que escriba una marcha para su Virgen. De balde, por supuesto. O le ruegan que medie para que Herrera escriba en el boletín, presente una gala o recoja un premio. Sin dar las gracias, por supuesto. O le piden que arregle una marcha antigua en sus estudios de grabación. Con el mero agradecimiento de un cuadrito con marco dorado, por supuesto.

Inventó el pregón multimedia en la Hiniesta hace muchos años. Ha vivido experiencias próximas al más allá, como oír cantar al cura Lanzafame en su estudio de grabación. Se quitó el bigote que había lucido durante 30 años porque una tierna voz infantil se quejó de que el rostro pinchaba. Como luce calva desde que era muy joven, su imagen es la de la eterna juventud. Los relojes, mejor de esfera grande. El deporte, ¿para qué? La moto, como los zapatos, cuanto más usada mejor se adapta. Disfruta comiendo pan. Si los médicos lo someten a pruebas que incluyan técnicas de última generación, su tendencia a la hipocondria se rebaja.

La música es el celofán que envuelve el mejor regalo, el lazo de un día perfecto. La música es como una vida templada: piano, piano. En la música hay una combinación de reposo, meditación, sacrificio, horas de oído y ejercicio mental. Si tres personas hablan y hay una radio de fondo, tengan por seguro que Marvizón está oyendo la radio. Érase una vez un hombre pegado a unos auriculares que luchó por ser músico sin olvidar la vocación humanista del médico que vio su padre. Serán cosas del Renacimiento, palabra de Herrera. ¡Dentro sintonía!

La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.

El movimiento se demuestra pintando

Carlos Navarro Antolín | 18 de octubre de 2015 a las 5:00

FRANCISCO BORRÁS
EN Sevilla sale rentable hacerse el despistado. O el sueco. O incluso el loco. El muestrario es generoso. Usted tiene un amplio abanico (locomía) para escoger la casilla en la que se sienta tan cómodo como en un sillón con tapicería gastada del Aero. Existe hasta la casilla del enterao, cuya gloria es efímera, pues Sevilla acaba rechazando y maltratando al enterao con esa cruel estrategia por la que primero le da ventaja, para que el enterao se crezca, y después lo deja despeñarse por el tajo de la indiferencia, el silencio y esa mirada que se deja caer por encima del hombro. La modalidad más rentable, decíamos, es la del despistado. Pero un despistado con retrovisores, oiga. En Sevilla hay una hermandad de despistados, con título de real por lo de lo realísima que es, por lo evidente, por lo notorio. Su hermano mayor es José Joaquín Gallardo, eterno decano del Colegio de Abogados. Usted mira los principales actos sociales de los últimos veinte años y puede hacer un ejercicio práctico:contar los que viven, los que han muerto, lo que están en la cárcel, los procesados, los imputados, los que se cayeron del cartel por caerse del machito, los que se cambiaron de camisa (y no nos referimos a que pasaran de O´kean a Galán), los que vinieron a menos… Fíjense como José Joaquín Gallardo se mantiene impasible el ademán. Es un despistado con retrovisores tamaño XXL, de los que llevan las autocaravanas camino de Mazagón, un despistado que sabe interpretar a la perfección la dirección del viento en cada momento.

En el mundo de los artistas también hay despistados, incluso eméritos. Francisco Borrás (Sevilla, 1938) es catedrático de Dibujo al Movimiento, pero también podría decirse que lo es del movimiento a secas. Porque se ha movido bien toda su vida al trabajar para Camilo José Cela y Plácido Domingo, pero también para muchas hermandades e innumerables particulares. Borrás parece que no se está enterando, pero tiene esa capacidad de estar oyendo la Cope por un oído y la Ser por el otro.

Este sevillano fino controla a la perfección el esqueleto de la pintura, que es el dibujo. Formado en diversas sedes de la Escuela de Artes y Oficios (Ronda de Capuchinos, Amor de Dios, Zaragoza) y en la Superior de Bellas Artes, recibió el magisterio de Juan Miguel Sánchez, Grosso, Labrador, Carmen Jiménez… Borrás es un constante buscador de la belleza mediante la plasmación del movimiento. El movimiento en pintura no es retratar a un atleta en plena competición, no es pintar la sensación de velocidad, no es reproducir la sensación de desplazamiento mediante una estela difusa como un correcaminos de los dibujos animados.El movimiento en pintura consiste en saber dibujar muy bien y plasmar tres conceptos:el pasado, el presente y el futuro. Y el futuro supone por lógica un ejercicio de ficción, de abstracción si cabe, donde se combinan las matizaciones, las veladuras y otras pinceladas con las que se imprime dinamismo. El pintor bebe de los oasis de belleza que halla en su peregrinaje perpetuo por el desierto de la vocación.La belleza se encuentra en la mujer, aunque sea de una edad avanzada; en el carácter de una persona y, en general, en la exquisitez de las cosas.

Por ese concepto de belleza se fijó en su obra nada menos que Plácido Domingo, que andaba por Sevilla en los años ochenta preparando la ópera Carmen, cuando entró una mañana a visitar una exposición instalada en la calle Sierpes, en la que compró tres cuadros. El tenor quiso que lo retratara como El Cid. Borrás fue a su casoplón de La Moraleja, en Madrid, para hacer los bocetos durante una jornada de mesa, mantel y piscina. El lienzo fue expuesto en Viena y Madrid antes de llegar a Nueva York, donde preside un restaurante propiedad del tenor. Ocurre que el lienzo ha vuelto a España de forma excepcional por si hay posibilidad de realizar algunos cambios. La clientela árabe del establecimiento censura que los moriscos del lienzo aparezcan tirados, derrotados y en actitudes que consideran poco dignas. Al gran tenor le pasa en su restaurante lo que le ha ocurrido a varios alcaldes cuando reciben personalidades del mundo árabe en la sala capitular alta del Ayuntamiento, donde deben sortear el cuadro La derrota de los sarracenos (1653), de Valdés Leal, porque aparecen unos cuantos moros con la verticalidad perdida por el fragor de la batalla.

El movimiento se demuestra pintando. Hace unos días fue noticia el caballo que fue llevado hasta el patio de la Facultad de Bellas Artes para servir de modelo al alumnado. Borrás, muchos años antes, ya llevaba gallinas y conejos a las clases. Un día llevó hasta un burro, previo acuerdo con el amo, al que sorprendió y abordó por la calle.

–¿Usted podría llevar su burro a la Universidad?

Y en no pocas ocasiones impartía clases en el mercado provisional de la Encarnación, donde además aprovechaba para hacer las compras que le había encargado Maruja, su inolvidable esposa.

Para ganar la plaza de catedrático, Borrás tuvo cuatro días para realizar tres figuras en movimiento. Sus rivales comenzaron a pintar desde el primer momento. Él empleó tres días en observar, en mirar en silencio las figuras. Será por eso que dicen que el torero debe imaginar cómo debe ser la faena del toro, dibujarla en la mente mientras observa el burel recién salido del chiquero, evaluar cómo son las primeras embestidas, para después tener claro si debe apostar más por el derechazo o el natural. En la observación pausada está la fuente de inspiración de todo artista. En la cuarta jornada, Borrás hizo los tres ejercicios de corrido.

Los amigos de verdad son tan escasos como los colores que definen la trayectoria del pintor. Unos colores ordenados como el tramo de una cofradía de ruán: el blanco, el ocre, el carmín, el azul y el negro. Nunca el amarillo. Y a veces ni siquiera el azul, que prefiere conseguirlo mediante la combinación del negro, el blanco y el ocre. Los colores son sensaciones, el color habla como hablan las manos de un nazareno. Por el color se sabe el estado de ánimo de un pintor, la sensación que quiere transmitir, como por las manos del nazareno se sabe su estado civil, su edad y hasta sus emociones. El azul aleja y los tonos cálidos pesan en los primeros planos.

Borrás muy probablemente sea uno de los mejores pintores del movimiento. Y que mejor se mueve. Nadie como él, junto con Roldán y Valdés, se han sabido relacionar con tanta fluidez en Sevilla en los años en que los presupuestos de la patronal, las cámaras profesionales y las fundaciones ligadas a potentes empresas, tenían partidas para la compra de abonos de la plaza de toros, alquilar enganches y adquirir obras de arte.

La vida es pintar a Manolo Sanlúcar acariciando curvas de guitarra. La vida es una tarde por Bajo Guía buscando formas zoomórficas en las piedras que la mar arrastra hasta la orilla como un enganche de mulas. La vida es pintar a la Macarena de perfil, nunca de frente; es inspirarse en Rembrandt o Sorolla, es vivir la Feria como pocos. La vida es pintar a partir de las once de la mañana, pues la inspiración, como la voz del cantaor, tarda en quitarse las legañas del alma. La vida es un estudio con vista privilegiada a San Luis de los Franceses y melodías clásicas que son la banda sonora del realismo mágico. Los estudios de los pintores tienen que mirar a su Meca particular, que es el Norte.

Sevilla tiene la luz idónea para pintar, pero no catapulta a los artistas más allá de darles calor en alguna exposición antológica. Sevilla, para crear; Madrid y Bilbao, para ganar proyección. El Cid tenía la tizona. Borrás, los retrovisores. El despistado inteligente es aquel que sobrevive en la bulla. De tanto captar instantes en movimiento, Borrás se ha hecho estático y permanente en los cromos que Sevilla pega en álbum diario de la ciudad.

Un animal social

Carlos Navarro Antolín | 6 de septiembre de 2015 a las 5:00

Jose Antonio Garcia de Tejada Ricart
LOS políticos se hartan de proclamar que no hay nada más gratificante que el contacto con los ciudadanos. El típico tío que en veinte años ha sido ministro, presidente de la Diputación Provincial, concejal de la oposición y alcalde de un municipio de menos de cien mil habitantes, suele decir en las entrevistas de homenaje que lo más enriquecedor de toda su carrera pública ha sido la actividad municipal por la oportunidad que concede de estar junto a los vecinos. Tururú. Para oportunidades, las del Corte Inglés. Como otro tururú, con un tequiyá añadido, se merecen los famosos que en los suplementos dominicales dicen la pamplina de que leen poesía por la mañana. Que le digan a Juan Espadas, alcalde de Sevilla con las muletas de IU y Participa Sevilla, lo enriquecedor que resulta estar tomando una cerveza en un bar y que irrumpa el vecino de turno en la charla familiar de barra: “Perdone, alcalde, sé que no es el momento, pero necesito saber de la bolsa de empleo de Lipasam…” Y ese alcalde al que se le enfría la pavía pensando que, evidentemente, no es el momento, claro que no es el momento… Marchando cuarto y mitad de participación ciudadana a pie de barra. Con lo poco que ya le gustaban a Espadas los bares antes de ser alcalde, ya hay casas de apuestas que pagan la foto del alcalde de Sevilla en el Tremendo. Lo mismo le pasa al Kichi en Cádiz, al que paran más que un pasopalio de su casa del barrio de la Viña al Ayuntamiento. A quien le pasa a diario y está encantado es a José Antonio García de Tejada Ricart (Sevilla, 1962), presidente del Real Club Pineda de Sevilla, que se para con el jardinero del club que ha estado de baja, con el cura que le solicita por enésima vez un pase de favor para un amigo aristócrata que desea usar la piscina para paliar los dolores de espalda, con el socio antiguo que se queja de la estrechez de los vestuarios de hípica, con la marquesona que protesta por la intensidad del nuevo aire acondicionado de la caseta y con las señoras que claman para que la reforma del bar no se lleve por delante la pintura mural de Santiago del Campo que adorna el chalé. Los diez mil socios de Pineda lo llaman Nono, nadie le dice José Antonio. Nono sólo saca el capote para mantear a los francotiradores de las asambleas generales, los que empiezan con el yo quisiera saber y terminan con el propongo o insto al presidente a pedir más presupuestos para esa obra que requiere de nuevas derramas. El capote de Nono es como el de los hermanos mayores zorrones: “Se estudiará, muchas gracias”. Y pasa el turno de palabra.

Este ingeniero de chaquetas ajustadas al estilo del Círculo Lebrero de Jerez –primo hermano del Aero hispalense– es directorazo de una empresa de semillas y, sobre todo y por encima de todo, capataz de la Quinta Angustia. Criado en los verdes jardines del club, ejerció de adolescente de Pineda con chaqueta azul de botones dorados y pantalón gris, haciendo guardia a las puertas de la caseta para entrar en cuanto acabara el horario de cena de los adultos. Ser capataz de la Quinta (dicho así, a secas, que es como se dice) es el título más importante de su vida. El testimonio probatorio lo ofrece su propia madre, que no duda en subrayar de forma espontánea cuál es el mérito más importante de su hijo. El 15 de agosto iban juntos a una de las misas que se celebran al alba ante el paso de la Virgen de los Reyes cuando unas turistas les preguntaron cómo llegar a la Basílica de la Macarena. Nono se deshizo en explicaciones y hasta les sugirió que de camino visitaran antes el Gran Poder. Cuando las turistas se marchaban la mar de agradecidas, la madre de Nono terció con sano orgullo: “Mi hijo es capataz en Sevilla”. Y una de ellas, respondió:“Y yo peluquera de Castellón”. “Son profesiones parecidas”, se despidió Nono sonriente. Ni jefazo en la empresa, ni presidente de Pineda. Un hijo capataz de la Semana Santa. Pararse ahí.

Este Nono es lo que hoy se conoce como un friki del martillo. Aun cuentan los vídeos de cofradías que puso una tarde al novio árabe de una amiga, que todavía está el árabe suplicando que ni una mecida más, ni una explicación más del cimbreo del Señor del Descendimiento, que el hombre hubiera preferido una tortura menor, como los vídeos de la boda y la luna de miel, o los de la primera comunión de las niñas.

Junto con Alejandro Ollero, del que aprendió el oficio de capataz en los años del inolvidable Luis Rodríguez-Caso como hermano mayor, se dedicó a pesar los pasos de la Semana Santa con las básculas de la empresa agrícola, gracias a lo cual se sabe con precisión cuántos kilos debe soportar cada costalero.

En la ciudad de los malajes por vocación, este sevillano vive en una continua jornada de puertas abiertas. Tan abiertas que tiene que asistir casi a tantas bodas como a funerales acude un presidente del Consejo de Cofradías. Su apuesta por el aperturismo reformista no ha generado siempre críticas positivas en Pineda. A la célebre caseta del club le pegó un cambio radical cuando habilitó una zona de mesas altas y raciones al estilo genuino de Feria, pegándole un tijeretazo al plúmbeo comedor de menú cerrado a base de cosas tan feriantes (por las que hilan) como la crema de espárragos, el salmón al eneldo y la milanesa.

Otra reforma que emprendió fue la de modificar las condiciones de los socios de honor, distinción reservada para aquellos que han obtenido notables éxitos deportivos. Los que se nombran a partir de su mandato gozan de cena de homenaje, pero no de gratuidad de cuota.

En Semana Santa es habitual verle a la búsqueda de los pasos en soledad, como los viejos cofrades que tienen claro que dos son bulla y tres son una verdadera masificación. En los canapés nunca está más de cinco minutos en el mismo corrillo. De oca a oca, Nono culebrea con una habilidad magistral sin ser un hartible de las galerías gráficas. “Este hombre es un animal social”, dijo una dama al comprobar cómo alternaba con unos y con otros.

El mes de julio es para el Puerto de Santa María. Cuentan que los badenes de la urbanización de Vistahermosa se pusieron para que Nono conduzca tan despacio y con tanta parsimonia que pueda saludar desde el coche a todos los peatones conocidos: el que hace footing, el que pasea el perro de raza y el que espera en la parada de la línea 3 (que dicen que se habilitó para el desplazamiento de las tatas sudamericanas que trabajan en los casoplones). Siempre aficionado a la caza, al tenis y al pádel, hace ahora sus pinitos en el golf con más voluntad que técnica, con más corazón animoso que elasticidad. Participar en un campeonato de golf es una experiencia que ahora mismo le aterra. Tal vez ocurra como con la Infanta Elena en los torneos de Hípica, que el telediario se limitaba a destacar su participación, pero los españoles nunca sabían en qué puesto quedaba. Está feo que el presidente de Pineda quede de la mitad de la tabla para abajo. Cuando concluyó su primer mandato al frente del club, la junta directiva recaudó cien euros por barba para regalarle una bolsa de golf y unos cotizadísimos zapatos ingleses de elegante cordonería. Tan caros eran que Nono soltó una perla: “Muchas gracias, de verdad, porque yo en mi vida me hubiera comprado estos zapatos”.

Austero, que no rácano. Este vecino de Bami es gran aficionado a seguir los pasos de Pantagruel. Uno de sus santuarios preferidos de la hostelería local es el bar Uruguay, en la calle del mismo nombre, de cocina casera, con una lista de tapas donde no se admiten gollerías de nuevo cuño ni platos adornados con artísticas pinceladas de vinagre de Módena. Y también es mucho del Cardenal, pero no porque se lleve mal con Asenjo, ni mucho menos, sino del Bar Cardenal de la calle Cardenal Bueno Monreal, donde trabaja los caracoles en temporada.

Se preocupa por encontrar el establecimiento donde mejor preparan los bocadillos para los costaleros. Al más veterano de la cuadrilla, Manolín Mercado, le regaló el día de su retirada un zanco del antiguo paso, debidamente pulido, con una peana de madera hecha para la ocasión y un marco.

La infancia son recuerdos del Portaceli. La vida es un jueves en la casa de hermandad de la Quinta comiendo paté bolado con picos y rematando en la barra del Donald o en una tertulia nocturna en el antiguo Museíto. La ilusión es elaborar sándwichs para ese encuentro capillita de cada Semana de Pasión: “Horror, me he equivocado de táper. Me he traído el de los macarrones de mis niñas”.

Es un presidente pejiguera que se empeña en que un club privado se abra a la ciudad, para lo que utilizará el 75 aniversario fundacional para el fomento de obras sociales en las vecinas Tres Mil Viviendas. El animal social tiene en Sevilla su hábitat idóneo. Y en los vídeos de Semana Santa, la particular metadona de todo el año. Paren a Nono por la calle, siempre sonreirá, pero no le pidan un pase de favor para Pineda, ni le cuenten milongas de dolores en la espalda.

El maestrante sin miedo

Carlos Navarro Antolín | 14 de junio de 2015 a las 18:52

Imagen Alfonso Guajardo-Fajardo
AQUELLA tarde era de cielo panza de burra. La llovizna barnizaba los adoquines de Roma. El otoño sienta bien a las ciudades bellas por viejas y viejas por historia. Los guardias civiles de la puerta de la embajada daban las buenas tardes con un fondo de reproducciones de cuadros de Goya. El Palacio de España es un museo, poco conocido como son casi todos los museos. La llovizna era el punto poético de aquel octubre de escalinatas, estancias suntuosas, paredes forradas de terciopelo y lámparas altas y esplendorosas, de las que manaba la luz como fontanas. El embajador, Carlos González Abella, era gran aficionado a realzar y solemnizar todos los actos. Las formas son claves en la diplomacia. Era un día grande en la Embajada de España ante la Santa Sede, donde se recibía a dos nuevos cardenales españoles: monseñor Amigo, arzobispo de Sevilla, y monseñor Herranz, arzobispo de la curia. En la planta alta, González Abella recibe uno a uno a los sevillanos que formaban una bulla en torno a los nuevos Príncipes de la Iglesia. Un séquito de seiscientas personas acompaña a Don Carlos. En la estancia principal, en una mesa con capacidad para acoger un consejo de ministros, se ofrecen a modo de cuerno de la abundancia un sinfín de manjares pese a la hora del acto: las 17:30. Paella, pescado en salsa, croquetas, cava, caldos de Rueda… El personal da rienda suelta al Pantagruel que lleva dentro. Se aprecian los movimientos tácticos de esos sevillanos capaces de capturar croquetas con una mano mientras con la otra las esconden en el bolsillo. Hay más interés por engullir que por apreciar el arte de un edificio del XVII, con lienzos del Museo del Prado y esculturas de Bernini. Alejado de esa bulla que cangrejea ante las fuentes de paella, un sevillano discreto, ajeno a los codazos del canapé y extasiado ante tanta belleza, se acerca al periodista y comparte un sentimiento hondo, muy alejado del espectáculo terrenal que se perpetra entre tapices, volutas y cristales valiosos: “Este es uno de los sitios donde uno se siente orgulloso de ser español”.

Alfonso Guajardo-Fajardo y Alarcón (Sevilla, 1961) es un sevillano fino, pero nada frío. En aquel viaje representaba a la Real Maestranza de Caballería, de la que poco tiempo después fue teniente de hermano mayor. Sevillano que a veces usa camisas de manga corta, siempre luce corbatas discretas y gasta trajes con tres botones que de vez en cuando incluyen un elegante chalequillo. Un sevillano que habla lento y en voz baja en la ciudad del ruido. Como buen caballero maestrante, parece que siempre está en posición de firme, dispuesto a recibir al Rey en la puerta de la Casa. Dicen que ahora se considera un sevillano en la reserva, viviendo su vida entre su casa de Felipe II y los campos de la provincia donde ejerce de agricultor, de amo cuyo ojo engorda el ganado. En Umbrete cuida de los olivares, de donde salen las aceitunas gordales y de manzanilla, y en Carmona del trigo.

Cualquier hermano mayor que se precie, comienza a moverse en el final de su mandato para aspirar a un carguete en el Consejo de Cofradías. Pero este sevillano que fue teniente de la Maestranza lleva a gala no poder ser ya nada más importante que lo que ha sido, en su caso el mismo cargo que desempeñó su padre, como recuerda uno de los cuadros de los salones principales de la institución nobiliaria. Lo fácil para un teniente de hermano mayor de la Real Maestranza es no hacer casi nada durante los cuatro años del mandato y los dos de ampliación. Lo cómodo es limitarse a reposar los brazos en la barandilla del palco de la plaza de toros, esas localidades con derecho a horchata o a refresco aliñado, a cuarto de baño con toalla y jabón, a prismáticos y a meter mano en la caja de puros. Lo cómodo, decíamos, es sentarse en la presidencia de la ceremonia de entrega de premios taurinos y de mejores expedientes académicos, y hacerse unas cuantas fotos en las presentaciones de libros o en la entrega de donativos a los comedores sociales. Con eso bastaría para muchos, amén de la vida social a puerta cerrada que reporta la tenencia y de la facultad de invitar a los allegados a los festejos de relumbrón de la temporada taurina. El cargo de teniente ya lo quisiera mucho cofraderío, sobre todo el que se ha inventado una orden de nuevo cuño y se reviste de capas blancas a falta de no poder ingresar en la Real Maestranza.

Pero este sevillano nacido en el Patio de Banderas no fue un teniente acomodado. No se conformó con cumplir con el mínimo que la liturgia de la tenencia prescribe. Tuvo la osadía de meterle la piqueta a la plaza de toros, uno de los monumentos intocables de la ciudad. Buscó en los archivos los planos originales de la plaza, negoció con los arquitectos, se puso el casco de obra y metió la maquinaria en el ruedo para romper un tendido y recuperar un antiguo acceso interior, la conocida como puerta del despeje, a costa de reducir el aforo. Hay quien dice desde entonces que tienes más peligro que un maestrante en otoño o que un cofrade con las tardes libres, porque en esos tiempos muertos se sueñan las grandes reformas.

Pasó el invierno, llegó la primavera y comenzó la temporada taurina con los muros de la plaza encalados, gloria de monumento que es el mejor cuidado de la ciudad y sin coste alguno para las arcas públicas. Entraron los abonados en la plaza el Domingo de Resurrección y no se oyó una queja, ni un chascarrillo. La reforma fue un éxito. Fue un caso único de silencio maestrante que daba derecho a las dos orejas y vuelta al ruedo. Guajardo-Fajardo quedó coronado como el maestrante sin miedo… a abrir en canal un tendido, en la ciudad donde cualquier reforma en el centro es para cepillarse el caserío del XVIIy el XVIII, desarrollar una arquitectura de tanatorio y sembrar el callejero de esas fachadas de hierro sucio que a los arquitectos les ha dado por usar tanto para restaurantes a la vera del río, como para posadas antiguas junto a San Pedro, o para casas de hermandad en la judería. Como diría la ex alcaldesa: “Qué horror, qué horror”.

La vida cotidiana tiene la calma de un mar plato en los amplios salones de una vivienda donde el retrato del padre escruta a todo el que llega a la morada. El santuario personal es una biblioteca impoluta, de lomos catalogados, donde se funden las colecciones de libros del padre y de un tío-abuelo, donde está el Señor Descendido de la Magdalena y algunos importantes reconocimientos de entidades de la ciudad. Las estancias de la casa combinan una selecta pinacoteca y una platería cuidada. Hay rostros en blanco y negro en fotografías que son reliquias del pasado que sigue vivo. Guajardo-Fajardo es nazareno de la Soledad de San Lorenzo, cofrade serio al que nunca verán en cabildeos. Fue costalero de los Ariza en los años sin relevos, en esas noches de Sábado Santo que había que ingerir terrones de azúcar para no desfallecer en esa recta interminable que era Cardenal Spínola.

En la Semana Santa de 2007 perdió el teléfono móvil en una bulla en la que orientaba al Defensor del Pueblo, Enrique Múgica. Un Jueves Santo acompañaba como oficial de la junta de gobierno de la Real Maestranza a los Duques de Lugo, pero las primeras cofradías de la tarde no salieron por la lluvia, así que la comitiva acabó visitando la Basílica del Gran Poder y, oh casualidad, entrando en San Lorenzo para ver a la Soledad. Aquella tarde, cuando se confirmó que salían la Quinta Angustia y el Valle, gracias a la decisión de dos grandes hermanos mayores como Luis Rodríguez-Caso y José María O´Kean, este maestrante sin miedo remontó las filas de la cofradía de la Anunciación para gestionar que se dejara a la Infanta de España tocar el martillo del paso de la Virgen de los ojos verdes. Y así fue en la Avenida. En la salida de la Macarena, fue testigo del gesto espontáneo del duque de Lugo, cuando se quitó la cadena de oro y se la donó a la Virgen de la Esperanza. Una joya que sigue expuesta en las vitrinas del tesoro macareno. La Infanta se retiró tras ver pasar a los Gitanos por la Casa de las Dueñas, pero el duque quiso seguir viviendo la Madrugada. Hubo que llevarlo a la Catedral para que viera el Calvario y la Esperanza de Triana. Y parece que, por fin, se quedó satisfecho.

No hay honor más importante que el haber sido teniente, que en Sevilla no hay más que una tenencia y no hacen falta mayores precisiones. No hay mayor placer que los pequeños deleites como la lectura del periódico, cuando el café se enfría porque un artículo requiere de la máxima atención, o el aperitivo del que no debe quedar ninguna sobra. Los achaques de salud son oportunidades que uno tiene para saborear aún más esos pequeños hitos de la vida cotidiana. Yno hay mirada más penetrante que la del padre, el retrato que recibe al visitante. Los soleanos son personas acostumbradas a disfrutar con profundidad de los momentos en que otros son presas de la melancolía. La vida es una noche de Sábado Santo, cuando todo empieza. La clave es estar siempre firme, como si el Rey pudiera aparecer en cualquier momento.

Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.

El buen vasallo

Carlos Navarro Antolín | 1 de marzo de 2015 a las 5:00

Carlos Bourrellier
EN Sevilla hay gafes, gente ceniza que trae la desgracia con su sola presencia, como hay gente con la cara estreñida desde que los padres eran novios, que hasta existe una clasificación de los señores y señoras con el rostro todo el día oliendo a letrina. También hay gente con suerte, que son la versión hispalense del lotero de La Bruja de Sort, gente a la que habría que pasarle el décimo por la espalda, al igual que se pasan por las vestimentas de santos, gente a la que habría que parar por la Avenida, entre velador y velador, y entregarle papelitos con los deseos escritos para que los lleven en el bolsillo de la americana de Vilima.
Carlos Bourrellier (Sevilla, 1951) es el presidente del Consejo de Cofradías que nos ha obligado a todos los periodistas a agregar su apellido al corrector ortográfico y que resulta un ejemplo sólido de cómo lo interino muta en permanente en esta ciudad. Bourrellier, un hombre con suerte, llegó a la presidencia como Susana Díaz. Se fue Adolfo Arenas y se puso él. Se fue Griñán y se puso ella. Ninguno de los dos goza por ahora de la legitimidad directa de las urnas. Bourrellier, un tipo sin enemigos, el vecino idóneo para echar una charla sobre el clima en el ascensor, estaba allí cuando se produjo el hueco. Él lo tapó como el albañil de urgencia que sella una gotera, y ahí sigue para escozor de los cobardones que largan por detrás pero que no se atreven a salir del burladero y discutirle el puesto.

Fue hermano mayor de una cofradía, la franciscana del Buen Fin, un período en el que vivió una coronación canónica y la salida de su Cristo en el vía crucis de las cofradías. Y ha sido Rey Melchor de la Cabalgata. ¿Se puede ser más en el cursus honorum hispalense? Lo tiene todo para generar la envidia de esos señores (y señoras)estreñidos. Es el compañero del colegio tocado con la gracia de la potra.

Nacido en la calle Azafrán, desciende de maestros tintoreros: bisnieto, nieto e hijo de emprendedores en el sector. Se formó en el Colegio Alfonso X El Sabio y en las aulas del Santo Tomás de Aquino, donde dicen que iban los regulares, pero no precisamente los de Ceuta. Poca gente sabe que fue un pelotero de cierto nivel en sus años mozos, aunque hoy ya no practica ni fútbol ni ningún deporte, tan sólo el palquing, cuando salta de palco en palco del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, asegurando siempre la pax romana al emperador en caso de revueltas en las tropas cofradieras. Ha ejercido de mercader de éxito en su vida profesional sin sufrir la expulsión de ningún templo, sino todo lo contrario. Sin estar doctorado en Derecho Canónico y sin haber peloteado previamente al alto clero calentando el asiento en cursos vespertinos de formación, su gran mérito es ser el niño bonito de la actual autoridad eclesiástica, el ejemplo de hombre de Iglesia, el modelo preclaro de superávit de eclesialidad. Bourrellier no se cansa de decir “pastor” como el ministro Piqué no se cansaba de inclinar el espinazo ante Bush. Y eso a los curas les encanta. Sabe tratar a los ministros de Dios como nadie, desde aquellos maravillosos veranos en que los invitaba a comer en El Paraíso, en El Portil. El Paraíso vive hoy un auténtico infierno, precintado por las deudas, mientras la oveja más destacada del rebaño cofradiero de la archidiócesis bala con fuerza y alegría. Dimitió el presidente y él estaba allí. Se quiso ir, pero, ay, el arzobispo le pidió que se quedara y él se quedó haciendo bueno el lema de los cofrades con cargos sacrificados:Nolebat, sed petiverunt. Yo no quería, pero me lo pidieron… Bourrellier es la solución provisional, interina, recurrente; la fórmula perfecta para salir del paso que tantas veces se busca en Sevilla. Por eso erigirse en provisional es abonarse al triunfo en esta ciudad. Todo lo provisional tiene vocación de perpetuidad. Ytodo lo oficialmente permanente puede durar menos que un cardenal presentando la renuncia a los 75 años. Ojú, qué poco duró…

No se le conocen más aficiones cultivadas que las cofradías y el buen yantar, que no es mala combinación. El recorrido –corto recorrido– de la sede del Consejo al Palacio Arzobispal no sirve para reducir el colesterol de las manitas de cerdo y otras exquisitas viandas caracterizadas por la pringue, por muchos saltos que haya que dar para sortear las cacas de los caballos que perfuman tan cotizada senda, cuyo aroma forma parte del patrimonio inmaterial de Sevilla, anda que no.

La mejor virtud de Bourrellier es quizás su ausencia de complejos. Habla con devoción del arzobispo, que parece su particular primo de Zumosol. Y el arzobispo le premia con susurros al oído, con la mano apretándole con afecto el antebrazo, con mensajes de voz meliflua y muestras de admiración pública. Ahí ha surgido una UTE de las buenas, de las que duran porque ambos se sostienen, ambos se ayudan y a ambos les viene de dulce llevarse bonito. Distinto será si esta UTE hace alguna gran obra. El tiempo, supremo juez contra el que no cabe recurso, lo dirá.

Bourrellier es genial cuando hace declaraciones a los medios o emplea el lenguaje coloquial en algunas reuniones a puerta cerrada. Tiene la espontaneidad y la frescura de quien no está contaminado por asesores a sueldo. Le meten la alcachofa tras la homilía del señor arzobispo en la Plaza de España ante el paso de la Virgen de la Esperanza y suelta una de las mejores perlas que se han soltado en la historia de la diócesis: “El arzobispo ha estado muy bien, pero que muy bien. ¡Ha hablado a calzón quitado!”. Nada de sotana, sino directamente calzón… Qué cosas dice este Bourrellier. Otro día habló de los “pistoleros” del Consejo en referencia a los consejeros que él cree que le hacen la pajarraca. Y otro más de la necesidad de dar un “puñetazo” en la mesa para arreglar los problemas, ¡oh problemas!, de los horarios de la Madrugada, donde sólo cabe decir sobre el cofraderío lo que aquel cubano trincón de fama fácil: “La noche me confunde”.

La suerte del alto clero que hoy puebla los despachos del Palacio Arzobispal es que Bourrellier habla con el corazón, está orgulloso de cumplir con el sacrificio que le pidió su dilecto pastor en aquellos minutos de zozobra, una encomienda que lo convierte en legionario de la diócesis, con el pecho al descubierto y el valor por bandera, con el arcabuz dispuesto siempre a defender a su mentor. La verdad es que a un mundillo cargado de pestiños, con tanto cuello duro de camisa y tantos demonios removiendo la cola en tardes de ocio, este presidente del Consejo trae una bocanada de aire fresco en no pocos momentos, por lo sencillo y natural que resulta, por lo poco artificial, por lo exento de eso que ahora llaman postureo. Habla como es, como un vecino simpático de la Alfalfa, de riguroso traje oscuro y bigote perfectamente cortado, amigo de la concordia y de la buena ensaladilla, cuyos problemas quizás son querer quedar bien con todo el mundo, y que está dispuesto a pedir perdón si sus palabras han podido ofender. Pídanle unas entradas para el pregón que hará lo imposible por conseguirlas. Pero después le mandan como agradecimiento un táper de arroz con perdiz, que le gusta más que la Amargura por Cuna a uno que yo me sé. O lo invitan a una cerveza en El Tremendo, del que su señor padre era un cliente distinguido.

Pásenle el décimo de lotería por la espalda. Este hombre tiene estrella, además de sentido del humor, que es el lubricante de la vida cotidiana. Hay veces que uno ve a Bourrellier con esa fidelidad en grado supino al pastor, con esa conducta que es modelo preclaro de eclesialidad, con su asistencia a funerales hasta en el tórrido agosto, con esa disponibilidad absoluta a subir la escalera palaciega de Leonardo de Figueroa cada vez que es llamado por el secretario de Su Excelencia, con esas doce horas al día que le dedica a la presidencia, y tiene que recordar aquellos versos del Cantar de Mio Cid que se estudiaban en el extinto COU: “Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor”.

Un café a las 18:47

Carlos Navarro Antolín | 23 de noviembre de 2014 a las 5:00

CARLOS HERRERA
TODOS los días hacía sonar el claxon de la moto al pasar por la calle Feria, justo a la altura de la casa de Charo Padilla, una de las grandes redactoras de Canal Sur Radio. Cada día, a las seis de la mañana, sonaba aquel estruendo que ponía de los nervios a los vecinos. El motorista iba cargado de fuerzas para presentar el matinal de aquellos años noventa, aquel programa en el que inventó la sección del tema del día para explotar el gracejo andaluz de los oyentes que narraban situaciones tan cotidianas como esperpénticas. El secreto mejor guardado por la Padilla era la identidad de aquel motorista un punto faltón que debía andar en busca y captura por el vecindario de Ancha la Feria.

–Charo, ¿tú te has dado cuenta de que hay un cabrón en moto que pita todos los días sobre las seis? Porque hay que ser cabrón… ¡Es que el tío no falla ni una mañana!

Y Charo estuvo años sin revelar que su despertador de lujo era el mismísimo Carlos Herrera (Cuevas de Almanzora, Almería, 1956), poseedor de una virtud de la que pocos pueden presumir, pues no habiendo nacido en Sevilla ha conseguido que esta ciudad le perdone sus osadías, le consienta los cuellos abiertos cuando todo el mundo los lleva cerrados y le permita acudir en vaqueros cuando se impone el consabido pantalón de pinza. Herrera puede hacerlo, otros no. Herrera puede presumir de la belleza de su mujer en el Pregón de Semana Santa, pero a todos los demás los hubieran corrido a gorrazos a la salida del teatro por el Paseo de Colón y hasta el Alamillo, y hubieran sido achicharrados en la hoguera de la ortodoxia más plúmbea. Tal vez Sevilla se haya dado cuenta de que Herrera nunca le ha tenido temor a pesar de la merecida fama de la ciudad en cerrar puertas y generar recelos. Nacido en Almería y criado en Cataluña, no le teme a la Sevilla Eterna ni ha guardado nunca la distancia mínima de seguridad con las cofradías. Se mete en todo tipo de bullas. Tan pronto está tapeando con el presidente de La Caixa como charlando con el capiller de San Nicolás. Sabe que la mejor forma de no marearse entre las nubes es tener los pies bien clavados en la tierra, sin perder el cultivo, la referencia y el seguro carril de las amistades de hace treinta o cuarenta años.

A Herrera le gusta Sevilla desde que hizo el servicio militar con los ferroviarios de la Plaza de Armas y se enamoró de una sevillana que le enseñó a pasear por la ciudad. Quizás por eso sigue caminando a diario, sobre todo para eliminar la grasa del jamón y las morcillas que se jama, y en especial los domingos por la tarde, que es cuando aprovecha para despachar asuntos varios con su amigo Manuel Marvizón, que es una especie de Hermano Pablo sin consagrar. Marvizón es su alter ego y forma parte del núcleo duro de los herrerianos, donde están por supuesto sus principales colaboradores de la radio y compañeros de los gañotes en restaurantes varios de la península ibérica, antiguas colonias y resto del planeta. El teléfono de Marvizón suena cada día una docena de veces para requerir la presencia de Herrera en algún acto. Y Marvizón, camarlengo de la curia herreriana, se encarga de ir dando los lances oportunos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ya publicó un informe preciso: el 90% de las peticiones son denegadas, un 5% sometidas a estudio y otro 5% atendidas. La gran clave es burlar a los comedores de tiempo. Existen personas que transmiten energías positivas como existen las que hacen perder el tiempo. Esas guadañas de reloj ponen de los nervios al locutor de ustedes, que tiene el tiempo obsesivamente medido. Hace poco le pidieron cita y respondió por sms: “A las 18:47 en el bar La Candelaria”. Todo está tasado una vez que acaba el programa nacional a las 12:30: el aperitivo de sardinas marinadas, la pequeña cabezada, el tiempo del paseo vespertino, las paradas en las iglesias, la duración del café y el regreso a la casa por la que entra el mismo torrente de luz que baña el Guadalquivir. El timing de la radio lo exporta al resto de la jornada. Todo está tasado con precisión ferroviaria para quien tiene que estar en la cama a las 21:30 y en planta a las 04:30. Vive cada día en el sufrido horario del Calvario en la Madrugada. El orden es la seguridad. No lo llamen por teléfono a las once de la noche. El último que lo hizo aún sufre temblores y ha tenido que ir al psicólogo.

Quien sí lo llamó una vez estando en la ducha fue el Rey de España. El locutor vio en la pantalla de su móvil las iniciales S.M. Se salió chorreando, se lió la toalla como un capote de paseo y respondió con el debido respeto a la llamada (“Señor, dígame”), pero no se oía bien en el cuarto de baño ni en el resto de la casa. Tuvo que salirse al balcón. Cuando se dio cuenta estaba semidesnudo y hablando por teléfono con Don Juan Carlos a la vista de los viandantes. La verdad es que ahí fue un precursor, porque eso ocurrió muchos años antes de que el central Puyol recibiera a la Reina en toalla en el vestuario de un estadio de Sudáfrica. Al fin y al cabo, con el Rey y el jefe de su Casa ha cenado muchas veces, libando (o tumbando) un par de botellas de tinto en Oriza en una de las ocasiones más recientes. Y de Príncipes de la Iglesia tiene especial predilección y afecto personal por monseñor Amigo, al que propuso ser tertuliano habitual en las mañanas de Onda Cero.

Herrera da los primeros buenos días a España en pijama de cuadros y zapatillas de franela. Lo mismo está en Sevilla, Madrid o Nueva York. Las zapatillas de franela son muy importantes, incluso hasta para lucirlas en Nochevieja en una cena con amigos de punta en blanco. Herrera es así. Las zapatillas, modelo babuchas, son casi tan importantes como el bigote, que hasta lo usó postizo alguna vez en ciertos programas de televisión para no decepcionar a la audiencia. Esa televisión que no le gusta nada, porque no permite salir como uno es, con la barba de varios días ni, por supuesto, ir en zapatillas de andar por casa, como sí consiente su gran admirada y mimada:la radio.

Su concepto de libertad lo lleva hasta el límite. “Charo está embarazada, no se lo digas a nadie”, le comentó su amigo Marvizón en 2001. Y Herrera lo contó nada menos que en el Pregón de Semana Santa. Charo se quitó el auricular y miró a su marido:“¿Yo he oído lo que he oído?” Fue un embarazo literalmente pregonado del que nació un precioso hijo llamado Manuel. Herrera, por cierto, estaría encantado de poder dar otra vez el Pregón. De aquella experiencia quedó marcado. Disfrutó tanto que no le importó el ceremonial de besos y abrazos que se organiza después en los camerinos, que no hay en la ciudad una liturgia más falsa que esa. Sentados en un velador del barrio de Santa Cruz, le preguntamos en las vísperas del Pregón si era consciente de la gran hipocresía que se avecinaba.

–No me importa, quiero vivirlo. Forma parte del rito.

Tiene costumbres muy peculiares. Valgan varios ejemplos. Nunca falta un 22 de diciembre a su cita con Barcelona, que le gusta recorrer en moto. No se pierde un Corpus en las sillas de la Plaza de San Francisco o una Nochevieja en el Rocío con su madre, doña Blanca, con canelones cocinados al estilo Mataró. Ylos Domingos de Resurrección, tras ver el Resucitado en la Campana y desayunar calentitos, se da el primer paseo por la Feria, una fiesta por la que se compró una suerte de guarida cerca del real para tener una alcoba propia próxima a su caseta.

Tiene un punto de supersticioso que se acentuó en un viaje a Nueva York. Yendo por Madrid cargado con las maletas se encontró a un famoso cantante que es tenido por cenizo: “Un abrazo, Carlos. ¡Verás lo bien que lo vais a pasar en Nueva York!” Se le cambió la cara. El viaje fue, como se dice ahora, brutal: faltaban pasaportes al llegar a Barajas, el cajero automático se tragó varias tarjetas, una tormenta descomunal provocó la inundación de varias calles de Manhattan y perdieron el avión de vuelta.
Nunca olvidará el día que se montó en el ascensor de la sede de RNE portando una caja de puros que le había dado el vigilante de seguridad. Cuando la abrió y vio aquella masa plastificada rodeada de cables, el viaje se hizo eterno. ETA se lo quiso despachar. Aquel mediodía se fue a comer a Casa Rufino, en Umbrete, con varios inspectores de la Policía Nacional, entre ellos el ex edil Demetrio Cabello. El artefacto falló porque alguien había tirado previamente la caja con desdén y los cables habían quedado desconectados. Pero estando en el ascensor con la cajita en la mano, Herrera ignoraba si aquello era de explosión retardada. Para el hombre obsesivo por el timing, su hora aún no había llegado. Todavía tiene que dar el Pregón por segunda vez. Y seguir despertando a vecinos con el claxon.