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Tengo un argumento para usted

Carlos Navarro Antolín | 2 de julio de 2017 a las 5:00

Juan Carlos Blanco

EL catedrático fue enérgico aquel día. En respuesta al uso creciente de las nuevas tecnologías y de dispositivos aplicados a la docencia, que pocos años antes hubieran sido tomados como una muestra de locura, el viejo profesor zanjó cualquier debate con una sentencia rotunda: “Los buenos alumnos se defienden escribiendo mucho en el examen, con mucha tinta, como los calamares”. Ni pruebas tipo test, ni prácticas para sustituir los ejercicios de razonamiento por escrito. Se trataba de escribir, exponer, argumentar, relacionar hechos, demostrar que se controlaba la doctrina de varios autores y la del propio catedrático. Inventos, los precisos. Con los políticos ocurre algo muy parecido. Tienen que demostrar locuacidad, capacidad de razonamiento, sagacidad verbal, dominio de los asuntos que son de su competencia y hasta de los que escapan a su jurisdicción. Si se adolece de falta de argumentario, hay que saber adquirirlo fuera. Si no se tiene capacidad para explicar lo sabido y convencer, hay que externalizar los servicios.

Juan Carlos Blanco de la Cruz (Ginebra, Suiza, 1967) siempre tiene un argumento para usted. Es el calamar de la oratoria. Mucha tinta, mucha labia, mucha voz. Escribe textos que se leen cuesta abajo. Y elabora argumentarios que son platos combinados de actualidad pasada por la parrilla de San Telmo con guarnición variada de pedagogía y didactismo, con la sal del optimismo vitalista y la pimienta de eso que se llama comunicación política o comunicación institucional, según convenga.

La vida lo llevó por la radio y la prensa escrita mucho antes de ser lo que es hoy: el portavoz del gobierno andaluz en un período delicado para su presidenta. La verdad es que Blanco nunca hablaría de coyuntura delicada. Calificaría de reto cualquier momento difícil y vería una oportunidad en todo período de crisis. Susana Díaz ha tenido que replegar sus tropas y retirarse a Andalucía tras el frustrado asalto a Ferraz. No hay problema, este Juan Carlos Blanco verá la parte positiva: la dirigente andaluza se humaniza al perder, genera afectos en una sociedad que empatiza con los derrotados, y amabiliza su figura tantas veces presentada con perfiles duros. ¿Se dan cuenta? El argumentario está hecho, sólo hay que exponerlo. Sólo hay que hacer el calamar. Mucha tinta, mucha labia. Es fácil: la derrota no hunde a nadie, suaviza las aristas.

Este licenciado en Derecho es un gran conversador tanto como un gran conservador. Se ha pasado su vida a la búsqueda del centro político. Lo suyo siempre fue lamentar no haber vivido en directo los tiempos de la UCD y añorar el CDS como la opción de centro que necesitaba una nación como España, tan aficionada a los pendulazos. Criado en el barrio de Los Remedios, socio del Mercantil, cada año más aficionado a la Semana Santa, algunas veces se le ha visto en los tendidos de sombra de la plaza de toros. Su interior está sociológicamente decorado con los hábitos de la derecha. Su fachada exterior está pintada ahora con los colores del PSOE. La misma semana recibió las ofertas de trabajo del equipo de Susana Díaz y del de Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz. Al final pudo más en su conciencia la adscripción al partido que tradicionalmente hace de las políticas sociales su estandarte.

No milita, pero se compromete. Navega entre la comunicación y el periodismo. Dice que no tiene enemigos. De acuerdo, pero sí tiene una legión de envidiosos a la que ahora se suma el ejército de pelotas que lampan por estar próximos al poder establecido. Los envidiosos son potenciales enemigos a los que conviene alimentar cada mañana como a los canarios, a los que hay que poner su poquito de agua, su puñadito de alpiste y su ramita de perejil para que sigan felices en la jaula de la mediocridad. Ocurre que este periodista metido a portavoz nunca reconoce la existencia de enemigos, se autoaplica una suerte de terapia por la que prefiere pensar que todo el mundo es bueno. En el fondo sabe y tiene muy claro que no es así. Como dice el doctor Rodríguez Sacristán, la maldad humana existe. Pero Blanco se hace el sueco. Y silba. Los malajes hispalenses le provocan cierto rechazo, aunque procura disimularlo, tanto como los opinadores contundentes que no dan lugar a debate, que no le dejan libre una rendija donde colar alguno de sus argumentos. En esos momentos tira de paciencia. Porque este vecino del centro es más paciente que un usuario del C-2.

Sonó con fuerza para dirigir la RTVA, donde llegó a trabajar en sus inicios y donde después se perdieron contar con su colaboración como contertulio. Alguna quizás se arrepiente hoy de no haberle dado el sitio. Tiene pendiente un curso sobre cómo hacerse el nudo de corbata. Es de los que un día se declararon abstemios para siempre después de haber vivido sus buenas ferias. Si se tiene en cuenta su alergia al pelo de caballo y su aversión al alcohol, dicen que pasar un día de Feria con Blanco es todo un ejemplo de equilibrio emocional. Es un gran cliente de Emasesa y de las botellitas de agua mineral, de las que bebe poquito a poco, como recomiendan los médicos para estar bien hidratado.

En los años noventa se decía que Juan Carlos Blanco era el doble del juez Garzón, antes de que al magistrado le dieran varios golpes de bimba y se le avinagrara el carácter, claro está. Este portavoz del gobierno tiene un perfil poco conocido de humorista. Tiene una innegable habilidad para imitar a personajes públicos, una faceta donde demuestra su capacidad para fijarse y reproducir tonos de voces y ademanes.

La vida son recuerdos de un joven especialmente travieso, calificado de verdadero trasto y alma inquieta. Muy inquieta. De aquella frenética actividad adolescente ha quedado quizás un viajero hiperactivo que prefiere conocerse todos los pueblos de una comarca antes que apostar por una estancia tranquila y permanente en sólo uno. Siempre en movimiento, siempre programando, siempre alerta. Devorador de libros y de periódicos en formato digital. La vida es el dedo índice ajustando el puente de las gafas, una mesa de pocos papeles, pero con cierto desorden; un andar con cierta dejadez en brazos y piernas, una actitud entusiasta por los asuntos sustanciales de la vida y un uso continuo de las redes sociales. La vida es pasar de la Suiza natal al País Vasco, después a Tánger y finalmente a Andalucía. La vida es licenciarse en Derecho por amor a su madre. La vida es perder la templanza y toda muestra de equilibrio cuando al Real Madrid le meten un gol. En esos casos experimenta un proceso de transformación radical donde la búsqueda del centro político se torna en una quimera. Parece poseído por el diablo durante unos instantes. La vida es recibir en la redacción del periódico a principios de los años noventa una llamada telefónica con un inicio muy singular: “¿Juan Carlos? ¿Eres tú, canijo? ¡Soy Susana, la concejal!”. Y, en efecto, era la muy trianera edil de Juventud, que promovía un botellódromo en la Cartuja por aquellos tiempos en los que San Telmo quedaba lejos, muy lejos.

El lenguaje sencillo para hablar y para escribir. El calamar siempre en guardia. El argumentario preparado. La prudencia en público, la acidez en privado. El empleo de los términos exactos para calificar unos hechos. El dardo en la palabra. Un seguidor de Lázaro Carreter en el viejo San Telmo. Uno de sus temas favoritos son los nuevos modelos de negocio en la información. Cuánto durarán los periódicos, hacia dónde irá internet, cómo evolucionarán los hábitos sociales de consumo de la información. Juan Carlos Blanco tiene un argumento para usted sobre cada uno de estos enigmas de futuro. Si le pregunta sobre estos temas, agárrese porque vienen curvas. Por el momento mantiene intacta la salud mental y no se ha contagiado en sus intervenciones y escritos del todos y todas, los andaluces y las andaluzas, las arrobas y otras gaitas del escaparatismo verbal de la ideología de género imperante.

En el vestir es como un árbol de Navidad: se cuelga lo que ponen. Estilo ortodoxo: de sota, caballo y rey. Pantalón chino, camisas formales y chalecos de cuello de pico. También es aficionado a los náuticos de suela gorda. Cualquier día, al llegar a la Puerta de Jerez, se mete en la sede regional del PP en vez de seguir hacia San Telmo y el conserje de la calle San Fernando le da los buenos días con toda naturalidad. Es capaz de llevar la comunicación institucional de un mastodonte como la Junta de Andalucía, pero incapaz de controlar su propia cuenta del banco. En asuntos domésticos recibe un cero patatero. Nadie podrá dudar de su honradez. De algún mullido sillón se ha marchado con premura antes de estampar una firma que le hubiera conducido al corredor de los imputados. Ha preferido perder ciertos abrigos antes que correr riesgos seguros. Para abrigarse ya tiene chaquetas de pana fina y camisas azules de tonalidad ‘congresista del PP’.

Vive enganchado a las redes. Se sienta en el consejo de gobierno de la Junta. Con voz pero, por fortuna, sin voto. El cardenal Amigo, hijo predilecto de Andalucía, siempre dice que si se le rasca la sotana púrpura aparece el hábito franciscano de cardenal. A Juan Carlos Blanco se le rasca el traje de portavoz y aparece el bañador de veraneante de La Antilla dispuesto a debatir con usted sobre el futuro del mundo de la comunicación. A poner en sus manos un enjambre de estudios, opiniones, análisis y discursos sobre el tema. Piquito de oro, analista consumado, calamar que derrocha tinta.

La cátedra de la calle

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2017 a las 5:00

Manuel Pérez Carrera

EL teléfono sonó en la vivienda de la calle Clara de Jesús Montero. “Buenas tardes, ¿don Manuel Pérez Carrera, por favor?”. Al otro lado, una voz un tanto brusca y muy directa, segó cualquier atmósfera de amabilidad: “¡Aquí no vive nadie con ese nombre!”. Sorprendido, quien hacía la llamada reaccionó: “¿Pero no vive ahí El Triana?”. “Ahora sí, El Triana sí, ahora lo aviso”. Manuel Pérez Carrera (Sevilla, 1941) lleva por apodo el nombre del barrio de sus amores, donde nació en un corral que la piqueta derribó en la década de los sesenta. Su vida es la calle, ejemplo de persona hecha a sí misma. Superviviente, especialista en las cuestas arriba, sableador con arte, escrutador preciso que diferencia quién es auténtico por sus orígenes y quién es un nuevo rico. Comenzó como ditero dedicado a la venta de joyas por cuenta ajena. Cuando se hartó de ir cobrando a las clientas del barrio, recurrió nada menos que a su amigo Francisco Rivera Paquirri para lograr un empleo estable. El matador de toros movió los hilos para buscarle trabajo en la banca. Antes debía examinarse en Madrid. Paquirri sólo le exigió un requisito: “Triana, preséntate al examen, pero tú no escribas nada, ¿eh? Ni una línea, que ya me encargo yo del resto”. Y El Triana obtuvo, cómo no, plaza de ordenanza en la sucursal de la Avenida de República Argentina del entonces denominado Banco de Financiación Industrial (Indubán). Con el tiempo pasó a cajero en una oficina de Sevilla Este, donde este trianero no cuadró las cuentas ni un solo día. El director de la sucursal bancaria compareció a pedirle explicaciones y El Triana sólo sabía repetir:

–¡Yo no me he llevado nada, yo no me he quedado un duro!

En la reestructuración bancaria le llegó su hora como a tantos empleados, el jefe de personal habló con El Triana, quien le respondió con firmeza: “Hable usted con mis asesores”. El responsable de Recursos Humanos, venido expresamente de Madrid, se citó, efectivamente, con los asesores de El Triana en el bar Nuria, junto a la estación de Cádiz. Su sorpresa fue cuando aparecieron como representantes del trabajador nada menos que Fernando Yélamo, considerado uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, el senador y abogado Juan Moya y el presidente de Persán, José Moya. El representante de Indubán, tan agobiado como sorprendido, tuvo que plegarse en un momento de la reunión y preguntar: “Díganme, señores, qué quiere su cliente”. Y le respondieron: “Un taxi o una paguita”. Y El Triana consiguió una indemnización fraccionada en una cantidad importante de años. El Triana siempre ha pregonado que son mejores pocos garbanzos mes a mes durante muchos años que una morterá gorda de una sola tacada: “Las morterás te las gastas en un día”.

Siempre ha sido habilidoso para elegir amistades con influencia y que lo han tratado con el máximo cariño. Ha controlado el quién es quién de cada sitio que le ha interesado. Cuando identifica a una institución con una persona, no hay quien lo mueva de su criterio por mucho que se produzcan cambios en el organigrama. Persán es Concha Yoldi. La Cruzcampo es Enrique Osborne. El notariado es Antonio Ojeda. La Hermandad de Los Estudiantes era su amigo Juan Moya. Su ilusión en la práctica no es otra que, por ejemplo, repartir bolígrafos de la Cruzcampo, abanicos de Puntomatic de Persán o cualquier otra baratija que le permita cultivar su sentido de la generosidad. Sin complejos para pedir, nunca ha aspirado a trincar nada, sino a sacar adelante a su familia con mucho mérito y dignidad, o a comer marisco en buena compañía. Hubo un día de camino en el Rocío que le tocó una reunión donde el anfitrión presumía una y otra vez de selecta latería. El Triana, que echaba de menos las gambas y las cigalas de las reuniones de otros años, soltó una de sus sentencias tras comprobar que allí sólo se tiraba y tiraba de anillas de una célebre marca conservera: “Menos Cuca y más patitas”.

Al Pregón de Semana Santa se ha colado más de un Domingo de Pasión con la entrada del año anterior. Juan Moya le consiguió una entrada para la final de la Copa de Europa de 1986 en el Sánchez Pizjuán. Cuando se percató de la cantidad de catalanes que habían venido a Sevilla sin entrada, El Triana no lo dudó: vendió la entrada y se coló en el estadio gracias a la amistad labrada repentinamente con un jefazo de los entonces GEO. Se ganó su confianza porque le fue narrando con precisión quién era quién de los altos cargos que accedían al palco. “Mira, el alcalde”. “El que llega ahora es el presidente de la Diputación”. “Éste es de la Junta de Andalucía”. Tras entrar el último invitado VIP, El Triana le dijo a aquel señor corpulento: “Grande, ahora vámonos para dentro tú y yo, ¿no?”. Y presenció el partido en lugar preferente con derecho a piscolabis en el descanso.

La vida son recuerdos de las decenas de reuniones en las que El Triana ha recitado de memoria la misa en latín, fruto de los pontificales a los que ha asistido desde niño. Pocas, muy pocas veces se ha vestido de nazareno. Siempre le ha tocado ir de faena en la cofradía, recogiendo varas, cirios rotos o cumpliendo cualquier otra función de paisano. La vida es su mujer, La Chata. Son recuerdos de aquella noche en que se pasó tres horas junto a célebres cofrades para estudiar cuántos centímetros había que retrasar el caballo del misterio del Señor de las Tres Caídas. O del servicio militar, cuando se inventó una dolencia para escaparse y estar en Sevilla la Madrugada del Viernes Santo. La coronación de la Macarena, por cierto, la vio por televisión en el cuartel, oyó un comentario despectivo hacia la Virgen de la Esperanza y le pegó una atragantá al individuo irreverente. Aquella reacción le costó un arresto. La vida son recuerdos de los meses en los que su amigo Juan Moya Sanabria redactaba el pregón de Semana Santa en su casa de la calle Castelar. El Triana lo acompañaba muchas noches en silencio, le llevaba y le traía la cena en una bandeja o le resolvía alguna duda: “¿Qué digo del Cristo de Burgos, Triana”? “Pues… Burgos 1, Betis 2”. Las Madrugadas son recuerdos de adelantarse a ver la entrada de la Macarena en la Campana donde el entonces hermano mayor, Joaquín Sainz de la Maza, tenía un gesto de complicidad con este hombre bueno del arrabal. Sainz de la Maza le dio siempre “calor”, como el mismo Triana ha explicado alguna vez. Y son también recuerdos de la entrevista radiofónica que le hizo Carlos Herrera para toda España en plena Campana en 2003, cuando sólo salió su cofradía de la Esperanza de Triana.

El Triana es la alegría en persona pese a que la vida lo ha sometido a curvas pronunciadas desde bien pequeño. Listo en el diagnóstico certero de la gente como sólo sabe el que es titular de la cátedra de la calle. Audaz para saltarse controles convencionales sin hacer ruido. Humilde para pedir la caña de pescar y rechazar el pescado y, siempre, con memoria para agradecer. Ha conocido a todos los conductores de los coches oficiales y a todos los camareros de los actos sociales importantes. Su vida es la Esperanza de Triana, su hermandad, donde se ha llevado disgustos importantes en alguna ocasión, que ya se sabe que donde hay fuertes afectos existe siempre riesgo de intensos conflictos. Vive las tardes de Martes Santo en la casa de hermandad de Los Estudiantes, metido en tareas de intendencia: los bocadillos de los costaleros, las meriendas de los monaguillos, la vigilancia de la puerta de la priostía para que nadie pase a donde no debe, etcétera.

Si el señorío de una reunión se mide por los cubiertos que faltan después del encuentro, de este veterano del arrabal hay que decir que, al final, nunca se quedaba con ningún bolígrafo de la Cruzcampo ni con ningún abanico de Puntomatic. Pedía para dar a los demás. Como no se quedó con una peseta en aquella caja del banco. Por eso siempre ha tenido quien lo proteja y ha sabido salir con dignidad de un sitio cuando no ha sido bien tratado, cerrando la puerta sin hacer ruido. Manuel Pérez Carrera es el trianero que no se contuvo cuando se metieron con la Virgen de la Esperanza Macarena en la gloriosa coronación del 64. En todo lo demás se ha contenido, como le enseñó Paquirri. Hay que ir al examen, pero no escribir. El resto lo hacen los asesores.

El ojo del amo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

JUAN ROBLES

UN joven de 16 años de la década de los cincuenta no era un joven al estilo de los de hoy. Era más bien un tío, un mozo, un adulto prematuro que se ve obligado a sacar pecho en una España donde el confort era un vocablo impronunciable, no había psicólogos, ni pedagogos, ni actividades extraescolares, ni los padres exigían la climatización en las aulas. En Sevilla, junto a Santa Catalina, había un colegio, Los Escolapios, con un magnífico patio interior para el deporte, un espléndido jardín, amplias galerías a las que a veces llegaba el olor de las cocinas y por donde los más pequeños se cruzaban con los alumnos internos. Impartían clases maestros como don Secundino o los padres Gregorio y Bernabé. Bernabé, por cierto, era quien desde el púlpito pronunciaba la homilía en la misa dominical a la que asistían todos los alumnos, unas eucaristías con un coro donde destacaba la voz del solista Pichardo. El colegio tenía una revista en la que se publicó el caso de aquel escolapio venido del Norte que tuvo que acompañar a la Virgen del Subterráneo un Domingo de Ramos. Los escolapios se entendían muy bien con la Hermandad de la Sagrada Cena, una corporación muy humilde por aquellos tiempos que, al menos, presumía de un piquete del regimiento de Caballería que se alojaba en la parte del edificio del colegio más próxima a la calle Sol. En aquellas aulas, en aquel ambiente, cursó los estudios de primaria un niño llamado Juan Robles (Sevilla, 1935). Compartió clase y pupitres con dos Navarros: Navarro García, catedrático, y Navarro Palacios, abogado del Estado, pero a los 16 años el mozo Robles no se vio estudiando cursos superiores. Cuentan que su padre le dio dos alternativas: estudiar o fregar vasos en la pileta. Y se puso a lavar vasos y a trabajar detrás de la barra del bar Robles de la Puerta de la Carne, donde su padre, de Villalba del Alcor –donde tenía sus viñedos– había apostado por vender directamente sus caldos, despachados en botellas de medio litro. En la Sevilla de entonces no se servía el vino por copas sino por medios litros. Allí se forjó el niño Juan en el oficio de tabernero. Después lo hizo en el segundo negocio: la taberna El Colmo, en la Puerta Osario, donde vio a los viejos costaleros profesionales darle al moyate y donde presenció las tertulias de célebres capataces. Y por último se hizo con la taberna de su padre en la calle Álvarez Quintero, un local muy chico a la vera de la Catedral que terminaría siendo la nave mayor de la flota imperial de la hostelería hispalense.
El joven Robles trabaja en sus primeros años subido en un tarugo: despacha los medios litros de vino, sirve altramuces y avellanas y se harta de fregar. Su juventud pasa detrás de la barra en una taberna sin tapas de cocina, sin aplicaciones digitales, sin refrigeración, sin manteles de tela gorda, ni una contabilidad profesionalizada.

Dicen que muchas veces se le ha oído una sentencia bañada quizás de cierta melancolía: “Yo no he tenido juventud”. La obsesión de su padre era primar la presencia en el negocio. El ojo del tabernero engorda la cuenta en la barra. Hay que estar encima de los trabajos, pendientes de la lumbre. Sólo así se desarrolla la destreza, la sagacidad, la capacidad para saber al instante qué tipo de cliente entra por la puerta. Cuentan que Juan Robles es de los que siguen calculando mentalmente en monedas de 25 pesetas y pasa las cantidades a euros sin coger un papel ni mucho menos dispositivos digitales. Las primeras tapas llegan de la mano de su mujer: ensaladilla y caracoles. En aquellos años, el suelo de las tabernas era la papelera a la que se arrojaba todo: cigarros, pieles de altramuces, conchas de caracoles y, al final, serrín, mucho serrín para limpiar los desperdicios.

Testigo privilegiado del desarrollismo económico, vivió el éxodo de los vecinos del centro de toda la vida al emergente barrio de Los Remedios que ideó Gabriel Rojas cuando se dio cuenta de lo cerquita que estaba la Plaza de Cuba de la Puerta de Jerez. Eran años en los que el anticuario El Moro era el emperador inmobiliario de los alrededores de la Catedral. La hostelería de calidad de Sevilla se la repartían entre Becerra, El Burladero, Los Corales, Senra y poco más. La Raza quedaba para los visitantes de la Plaza de España y el José Luis de la Plaza de Cuba para esos primeros moradores de Los Remedios, pronto arrepentidos de haber dejado las casas señoriales del casco antiguo.

La vida son recuerdos de una juventud marcada por el trabajo cansino de todo tabernero y por los viajes en vespa de Sevilla a Villalba para visitar a su novia. Son recuerdos de una primera vivienda pequeña en la planta superior del recoleto local del primer negocio, que se nutría, sobre todo, de los clientes de los almacenes Peyré en Francos, que eran El Corte Inglés de la época. El joven Juan era Juanito para muchos de ellos. El mismo joven que con los años se compró un Seat Panda, que sirvió en Sevilla las primeras endivias y que estableció los miércoles como día de descanso. Muchos clientes llamaban esos miércoles a la puerta del negocio cerrado al advertir su presencia y se quedaban a comer con la familia. La vida es fidelidad a la Hermandad de San Esteban, donde tiene el número tres de antigüedad, una cofradía que lo vincula a sus orígenes de la Puerta Carmona. Y también es la pertenencia a Santa Marta como todo tabernero sevillano que se precie de serlo.

El tabernero no solo debe estar siempre presente en el establecimiento, sino abrir y cerrar el negocio, presidir el orto y el ocaso de cada jornada, como el sumo sacerdote que abre y cierra el templo. Sólo así se desarrolla la capacidad de observación que corrige defectos y evita conflictos. Con la madurez llegó la presidencia de la patronal hostelera, un cargo que casi nadie quería y que le generó solventes relaciones con el poder político en los años de Monteseirín mandando en Sevilla (vía Marchena, el último virrey) y Chaves ocupando San Telmo, hasta que oteó la llegada de los primeros indios de los ERE acosando el fortín socialista.
Robles se ha entendido a la perfección con los socialistas. Este Robles, que es un discreto pero ágil relaciones públicas, podría decir como el cardenal Amigo cuando le reprochaban sus fluidas relaciones con el PSOE de la Junta: “Es que no he conocido gobiernos de otros partidos, ¿con quién me voy a entender?”. Chaves entraba y salía con frecuencia de Robles. Y lo sigue haciendo hoy con derecho a saludo premium: “Buenas noches, don Manuel”. Robles ha cuidado al poder y el poder lo ha cuidado a él. Nadie lo pone en duda en Sevilla. El pequeño local de los orígenes lo aumentó poco a poco a base de pagar al contado. Nunca ha sido amigo de pedir a los bancos, sino de ahorrar e invertir lo ahorrado, como tampoco lo ha sido de expandir el negocio hacia sitios como el Laredo, pero ahí ya han entrado en juego los planteamientos de las nuevas generaciones: sus hijos.

Los árboles, frondosos árboles, de los veladores, ingente cantidad de veladores, no deben impedir la contemplación del bosque de una carrera de éxito forjada sin coaching, ni escuelas de negocio, ni otras bagatelas, sino con el sacrificio que empieza por fregar vasos subido a un tarugo y termina por servir a Su Majestad el Rey. Y, por supuesto, formando parte de la cofradía de los que nunca se ponen malos en Sevilla, una cofradía muy reducida, porque hay que ver la de gente que se queda yacente para no ir a trabajar por un sarpullido en el dedo gordo. En Sevilla, durante muchos años, nunca se pusieron malos ni Juan Robles ni el hermano Pablo.

El negocio que nació ayudado por las reseñas de Garmendia terminó siendo la referencia para el público madrileño. Robles, al menos, mantiene un porcentaje de clientes sevillanos, aunque la mayoría son de fuera. Quiso ser en su día el tabernero oficial del Sevilla y del Betis. Lopera declinó la oferta, pero el Sevilla de Roberto Alés aceptó el millón de pesetas en consumiciones a cambio de ser la marca hostelera del club. La apuesta salió redonda porque el logotipo de Robles pasó de los estadios de Segunda División a los de toda Europa.

De la tiza en la oreja izquierda al ordenador. De pagar a los proveedores en la barra a las transferencias y la hoja de excel. De los clientes de Peyré a los ministros. Del serrín al mármol. De los mostos de medio litro a los caldos de alta bodega. Impulsivo, constante, intenso, discreto y con su ración de genio bien despachada. Pasea todos los días para cuidar su salud y para vigilar cómo marchan los negocios. No le gusta que un empleado descuide el saludo a un cliente o que haya alguien sin ser atendido. Alguna vez usa los servicios del limpiabotas, un oficio en extinción. Corbata y chaqueta a diario, salvo en verano, cuando alivia la indumentaria con alguna guayabera bien planchada. Encaja las críticas y hace ver su desacuerdo con algún lamento muy medido. Poco más. Sabe quizás que el precio del éxito es la envidia. Y sabe también que los veladores hacen mucho ruido. Robles es sevillano, aunque mucha gente piense que es de Villalba. La humildad es un tarugo desde donde se alcanza la pileta. La vida es una barra. El cliente es una oportunidad. Y los nietos son la ilusión. De las tres tabernas del padre al imperio del hijo. Siéntate en un velador y verás pasar la película de tu vida. Los hombres que fundan un imperio no tienen juventud.

La sonrisa del corazón

Carlos Navarro Antolín | 14 de mayo de 2017 a las 5:00

MARINA BERNAL

HABÍAN pasado dos horas del inicio de aquella fiesta benéfica en el Club Pineda, una de las primeras del curso tras el parón del verano. La convocatoria había sido un éxito, el aparcamiento estaba atestado y la animación junto al hipódromo era notable. Tras la pasarela de bandejas con el canapé de rigor y el sorteo de algunos premios aportados por firmas colaboradoras, todo estaba a punto para el comienzo de la barra libre. Aún quedaba un fotógrafo en la fiesta, los demás se marcharon tras hacer las galerías de turno: grupos de tres o cuatro personas donde ellas lucen el moreno portuense y ellos meten barriga y bajan la cabeza levemente para disimular papada. Tres señoronas, bastante apergaminadas, llamaron la atención del único retratista aún presente. Lo hicieron con esa voz elevada que delata cierta sordera y con ese estilo mandón propio de la edad: “¡Chico, chico! ¡Haznos una foto a las tres, anda!”. La sorpresa fue que el fotógrafo, que se había pasado dos horas en la fiesta como uno más, que estaba más integrado que muchos invitados de pago, se negó a darle el gusto al trío de señoras que parecían escapadas del salón alto de Ochoa de los años setenta. Menudo jarro de agua fría. Entonces fue cuando una de ellas, madre de uno de los promotores de la cita, llamó a su hijo para pedirle explicaciones con esa frase tan sevillana que equivale a poner en entredicho a un individuo, esa pregunta a modo de sentencia sin plazo para ser recurrida: “¿Pero éste quién es?”. Y tras recibir explicaciones sobre el susodicho, que ni siquiera debía haberse tomado la licencia de probar bocado, pues estaba en su condición de fotógrafo, la señora mandona zanjó: “Ha sido un grosero, un desahogado por muy bien vestido que vaya. No quiero verlo más. Con la chica alta y rubia de otras veces nunca pasan estas cosas”. Ella y sus dos amigas se fueron al lugar donde les recogería el taxi pedido desde el teléfono de la garita de entrada. Alea jacta est.

Marina Bernal (Sevilla, 1968) es esa chica alta y rubia que cultiva ese género tan difícil como es la crónica social. Lo hace desde su ciudad natal para toda España. Un género complejo porque vale tanto lo que publica como lo que no publica. Un género con tantas aristas porque importan tanto las fotografías disparadas (“¿Esto cuándo sale?”) como el estilo con el que se consiguen, eso que los consultores llamarían el know how. Para hacer crónica social en Sevilla, que bien puede ser considerada la capital de la España del corazón, hay que saber hacer dos cosas con mucha pericia: sonreír y pasar desapercibida. Marina jamás hubiera dejado a aquellas tres señoras con la miel en los labios de una foto. Por tres razones. Primero, por educación. Segundo, porque sabría perfectamente quién era el hijo de la peticionaria. Y tercero, porque haría tiempo que se hubiera marchado de la fiesta tras hacer su trabajo. Es el estilo de su oficio: mantener la distancia, saber cuál es su sitio y, por encima de todo, guardar silencio. Jamás ha pisado la raya de picadores de la carroña y la casquería, tan habituales en su gremio. Y eso que esta sevillana criada en el Cerro del Águila, hija de profesor, se sabe el latín y el griego de algunos de los principales famosos de España. Pero si ya es difícil oírle hablar mal de un famoso, más aún lo es oírle alguna crítica sobre un tercero. Su amabilidad le abre las puertas, su ética personal es su sello y cuentan que su lema es bien claro: “No critiques, busca siempre sumar, sumar y sumar”.
Con Miguel Gallardo, su inseparable compañero y socio, forma uno de los dúos más conocidos de la Sevilla del centro, de esos sevillanos que se recorren el eje Avenida-Tetuán varias veces al día, pero trabajando de verdad, no paseando la agenda en plan postureo. Entre esos dúos están el cardenal Amigo y el hermano Pablo, los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo, los bordadores Joaquín Lóez y Juan Areal y, cómo no, los periodistas Miguel Gallardo y Marina Bernal.

Aficionada al pilates, de fuertes convicciones religiosas, Dios le concedió la exquisitez necesaria para cultivar el género de la crónica social, pero no le otorgó dones para manejarse en la cocina. En los anales queda el día que intentó hacer un gazpacho sin pan, sólo con tomates y agua. Aún hay debate sobre la denominación del resultado de aquella mezcla exprimida. Mejor siempre almorzar en el bar Santa Marta de la plaza de San Andrés, toda una garantía, sobre todo los viernes que sirven pisto con huevo. De carácter muy reservado, hay quien dice que incluso hermético, no suele hablar de sí misma. Prefiere escuchar y emitir energía positiva. Entre sus debilidades están los zapatos. Cuentan que en su casa del centro hay una habitación dedicada sólo y exclusivamente al calzado (sobre todo de la firma Nuria Cobo), que cuida especialmente cuando le toca presentar galas o aparecer en televisión. Dicen que en su particular redacción hay tantas revistas del corazón apiladas que a veces no se ve la figura de Miguel, que es de tamaño XXL.

Su presencia en los actos sociales es un aliño imprescindible. Sin Marina no es lo mismo. Ella es al mundo del corazón lo que Martín Cartaya a las cofradías. Ni una indiscreción, ni un chiste a destiempo, ni una confianza desproporcionada. Lástima que sus valores no coticen al alza en el estilo de la crónica social de hoy, pero bien sabe esta sevillana espigada que el cultivo de un estilo es una carrera de fondo: sólo los que resisten y tienen uno propio podrán recoger la cosecha del reconocimiento. ¿Cuántas veces, ay Marina, ha pasado por delante de ti una oferta para largar en un plató, herir a algún famoso y trincar una buena cantidad de dinero que te quitaría, tal vez, de pasar tantas horas de Feria al sol y aguantando con una sonrisa a una buena cantidad de chiripitifláuticos con corbata? Tantas como se te ha oído la misma respuesta con gesto incluido de desaprobación: “Yo ahí no entro”. Quizás su éxito es que se ha convertido en un personaje popular desde la discreción, sin necesidad de histrionismos ni de gansadas. Con la cámara al hombro, la sonrisa esculpida y abasteciendo de reportajes a la agencia propia, la empresa en la que dicen que Miguel pone la cabeza de gerente y ella el don de las relaciones públicas. Lo que seguro que controla ella es la de veces que algunos tratan de salir en sus galerías. Lo fácil en los días de relumbrón es sacar a Carlos Herrera, Luismi o Rivera Ordóñez. Lo difícil es sacar el beso de Ana Rosa Quintana con su marido, o a esos señores de Madrid de alta alcurnia empresarial que pocos conocen.

La vida son recuerdos del barrio cerreño que la vio nacer, de los años en que atendió a su madre cada día, de la amistad con Rocío Jurado y la duquesa de Alba. La vida es un trato fluido con María Teresa Campos. Es comprarle un traje al hijo del Cordobés cuando aún no era conocido para que saliera en las fotos en condiciones. La vida es colaborar con muchas causas sociales de las que no habla porque aplica taxativamente el principio de la ignorancia de la mano izquierda sobre cuanto hace la derecha. La vida es que un nazareno te sople desde los urinarios de la Catedral la presencia de un ilustre en la ciudad el Sábado Santo: “Escucha rápido que no tengo mucho tiempo. Vargas Llosa y la Preysler están en Sevilla”. La vida es devoción por la Soledad de San Lorenzo desde que una noche de Viernes de Dolores, ay aquel momento, alguien la metió por sorpresa a portar las andas de la Virgen. Y Marina, siempre dispuesta a caerse del caballo, se quedó prendida para siempre de esa gran señora de San Lorenzo que no necesita música, pues Ella misma la lleva en los suspiros de todos los sevillanos que lamentan el final de la Semana Santa, como la lleva en los chasquidos de las sillas de Quidiello que en su cierre van diciendo adiós a la fiesta más hermosa. La vida es tener el verde como color favorito para sacarle aún más partido a la tonalidad de sus ojos. Y la vida, por supuesto, es la luz de Chipiona, donde tiene su particular refugio todo el año, donde es querida y donde tampoco para de pegar barzones con la cámara.

Nerviosa, muy familiar y un punto hiperactiva. En ocasiones especiales le gusta entregar el álbum de fotos de una celebración el mismo día en que ha tenido lugar. Ha habido novias que han llegado a la suite del hotel y se han encontrado la sorpresa de ver sus instantáneas ya en papel y cuidadosamente presentadas. Se irrita cuando alguien no cede el paso o no da el trato debido a una persona mayor. Alérgica a las especias de los caracoles y las espinacas, siempre le queda en las interminables jornadas de Feria la opción de un cartucho de pescao frito reconstituyente en compañía de Miguel, siempre Miguel, en la freiduría de Santa María la Blanca, cuando el cuerpo se ha quedado sin batería tras conseguir por enésima vez una veintena de fotos de personajes conocidos a base de recorrer la Feria y de hacer guardia en la Puerta del Príncipe.

Escrupulosa, educada y con sumo tacto en un sector agreste, faltusco y crispado. Quizás esta Marina, al final, sea fiel al estilo de su cofradía. No hace ruido y todo el mundo, como mínimo, le reconoce el valor de la exquisitez. Ella le hubiera hecho la foto a aquellas tres señoras mayores. Y, como se descuiden, les pide el taxi y les hace compañía hasta que llega el coche.

El capitán del buque

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL OLIVENCIA

TRAS aquel consejo de administración del Banco de España, Felipe González tuteó por primera vez a su maestro, Manuel Olivencia (Ronda, Málaga, 1929), una señal que con el tiempo se interpretó como el inicio de un nuevo periodo de relaciones entre ambos:“Oye, Manolo, tengo que hablar contigo de una cosa. Te llamaré”. Al cabo del tiempo, Olivencia se encontraba impartiendo clases en una de las aulas de la antigua Fábrica de Tabacos de Sevilla que se nutren de la potente luz del patio. Un bedel interrumpió la sesión, don Manuel tapó el micrófono, lo reclamaban para atender una llamada telefónica urgente, pero se negó a abandonar la clase. Se supo después que era requerido nada menos que por el Rey. Al terminar la clase, se marchó con tal urgencia que no pudo resolver la duda particular de un alumno: “Mañana le atiendo”. Días antes, efectivamente, había hablado con Felipe, que le explicó que su costumbre era dejar aparcados los temas que se enconaban. Y, de hecho, el nombramiento de Ricardo Bofill como comisario de la Expo’92 estaba ya lastrado por la doble polémica del rechazo de los socialistas catalanes, que no querían semejante caramelo para un notorio nacionalista, y de los socialistas andaluces como Rafael Escuredo y de los sectores más conservadores de Sevilla que no lo querían por ser catalán.

La historia ya es conocida. Olivencia dio nones, Felipe insistió en su nombramiento –pese al rechazo de Alfonso Guerra y de su cuadrilla–, le pidió que se lo pensara y acto seguido rogó la mediación del Rey, que fue quien telefoneó aquel día a la Universidad en horario lectivo y consiguió que el catedrático aceptara aquella empresa. Ya lo dice el aserto que alguna vez le han recordado a este maestro de mercantilistas en alguna tertulia distendida:“Con lo que Dios mande y el Rey ofrece, a joerse”. Publicado su nombramiento en los medios, los alumnos lo recibieron con un aplauso que el catedrático, bastante tímido, interrumpió: “Señores, no perdamos el tiempo que hay que dar clase”.

De la Expo habla poco. De Jacinto Pellón, prácticamente nada. Un día se rió cuando le contaron la historia de un vecino que se afeitó la barba para no ser confundido con aquel ingeniero montañés que se convirtió en la imagen adusta de la Expo, el hombre que cerró la venta de abonos. El recuerdo de aquellos intensos años, en general, no es precisamente dulce. Felipe, con el tiempo, le llegó a confesar:“Yo sabía que ser comisario te había costado dinero, pero no tanto”. Los años previos a la Muestra Universal se produjeron muchas fusiones de bancos que requirieron de la intervención de los despachos más potentes. Olivencia se quedó fuera de aquellas operaciones mientras trataba de sacar adelante las mil y una gestiones que generaba la Expo, unos años en los que se enfrentó a los intentos de mangoletas.Donde fluye el dinero existe la tentación. Siempre ejerció de vigilante y garante de la legalidad, pese a lo cual se tuvo que ver en el doloroso trance de declarar ante el juez Garzón. No hay mayor juez que el tiempo. Y sólo basta comprobar dónde está hoy el personaje Garzón. Y dónde Olivencia.

Como comisario de la Expo soportó los palos en la rueda de muchos miembros del PSOE andaluz, inquietos porque se estaba forjando un perfecto candidato del centro-derecha a la Presidencia de la Junta o a la Alcaldía de Sevilla. Olivencia se llegó a quejar ante el entonces todopoderoso José Rodríguez de la Borbolla de las dificultades que le estaban poniendo los socialistas andaluces.“Mi partido no te pone pegas, serán algunos de mi partido, que no es lo mismo”.

Un día estaba en Madrid explicándole al Rey las obras de la Cartuja con planos por delante. Don Juan Carlos miraba los enormes pliegos extendidos y atendía las explicaciones que el comisario le ofrecía de cada parcela hasta que se detuvo en una foto en sepia de la Exposición Iberoamericana de 1929. En la instantánea aparecía un grupo de señores a los que el Monarca fue identificando uno a uno hasta que se detuvo en uno que no reconocía. Olivencia intervino:“Señor, es mi padre, que era el comisario del Pabellón de Marruecos”. Tal era el calor en la Sevilla del 29 que la madre de Olivencia se marchó a Ronda buscando el frescor de la serranía, por eso el niño Manuel nació en Ronda. Olivencia explicó al Rey que su padre fue después el primer alcalde republicano de Ceuta, donde vivía la familia. Don Juan Carlos valoró entonces la “gran cantidad de gente de bien que trabajó para que la República saliera adelante”. Yañadió que su empeño en la Transición fue hacer lo mismo: aunar voluntades, incluso entre aquellos más reacios al proyecto común de la Monarquía parlamentaria.

Su tío Santiago lo inscribió el 25 de julio para hacerlo coincidir con su festividad, pero don Manuel nació realmente el día 24, fecha en la que celebra su cumpleaños por mucho que la inscripción registral diga que fue el 25. Lo que también dice es que se llama Manuel Santiago Olivencia, un nombre que no usa nunca, pero la Universidad de Bolonia, rigurosa y ortodoxa donde las haya, le colocó completo el nombre en su título de doctor.

Olivencia se fue de la Expo. Dimitió varias veces hasta que le aceptaron la carta. No la pisó más que en una ocasión. Fue con motivo del día de Naciones Unidas en su condición de delegado de España en la Comisión para la Codificación del Derecho Mercantil Internacional. A Peris le confesó que el día de la inauguración, el 20 de abril, estaba en Marruecos: “Entre otras cosas porque nadie se acordó de mandarme una invitación”.

Olivencia tiene una hija, Macarena, casada con Javier Arenas, padre natural de la derecha andaluza. Algunas veces se le ha oído decir con sentido del humor: “No tengo yerno, sino un hijo político”. Un día, el Rey lo sorprendió en un acto dándole dos palmadas fuertes por la espalda. Alguien terció y le dijo al Monarca: “Señor, tenga cuidado que es el suegro de Javier Arenas”. La Reina apareció en ese preciso instante, vio la cara contrariada de don Manuel y comentó: “¿Qué le pasa, Manolo?”. Y Olivencia le explicó a la Soberana: “Estoy algo enfadado, porque me acaban de presentar como suegro de Javier Arenas”. Y doña Sofía zanjó: “No se preocupe, yo el otro día iba por la calle y me identificaron como la abuela de Froilán”.

Olivencia rechazó ser magistrado del Tribunal Constitucional (TC) cuando una legión de juristas se daban tortas por el nombramiento. Recomendó a Juan Antonio Carrillo Salcedo, que también lo declinó. La plaza la ocupó finalmente el discípulo amado de don Manuel, el catedrático Guillermo Jiménez Sánchez, que llegó a ser vicepresidente del TC. Jiménez Sánchez y Rafael Illescas, catedrático de Derecho Mercantil en la Carlos III, son sus dos discípulos eminentes. De don Manuel se dice que es el maestro de la escuela del Guadalquivir y del eje del AVE, porque todas las ciudades que baña el río o que comunica la alta velocidad están pobladas de catedráticos y profesores titulares que imparten Derecho Mercantil tras haber pasado por su magisterio.

La vida transcurre aún con ajetreo entre Sevilla y Madrid, entre la casa de la acera impar de la Avenida de la Palmera, la residencia de la Ronda natal y el despacho profesional de la capital de España. No quiere dejar de vivir en Sevilla pese a que sería mucho más conveniente para sus intereses estar afincado en Madrid. Florencio es el chófer, casi un amigo personal ya, que lo lleva y lo trae para evitar la impersonalidad de los trenes. En los años que usaba el AVE, siempre se le vio trabajando tanto a la ida como a la vuelta con el mismo silencio y la misma compostura en todo momento. Un ex alumno que coincidió con él en ambos trayectos contó en una ocasión:“Yo a la vuelta ya era incapaz de hacer nada, me fui al bar, me pedí un whisky y me aflojé la corbata. Cuando regresé a mi vagón, don Manuel seguía trabajando exactamente igual que a la ida”.

Don Manuel es una silueta de abrigo azul y pelo encanecido que rara vez se ve un sarao. Nada amigo de actos sociales, mucho menos de la Feria, donde acaso pasa algunos minutos con la familia Acedo, Francisco y su mujer, para irse después a sus abonos de sillón de tendido de la Real Maestranza. Los toros le encantan. Don José Acedo Castilla, padre del citado Francisco, era uno de sus grandes amigos, miembros ambos de la tertulia sabatina de la cafetería El Coliseo, en la Puerta de Jerez. Por aquella tertulia pasaron personajes como Ángel Olavarría, García Añoveros, Juan Moya García. Alfonso de Cossío, Francisco Piñero, Joaquín Ruiz, Mariano Monzón, José María Cruz, Pedro Luis Serrera, José del Río… Olivencia sigue hoy asistiendo a esa tertulia de dos horas de duración, donde sólo se toma café y se habla de lo divino y de lo humano. El arraigo de los contertulios en el establecimiento es tal que don Manuel gestionó la Medalla de Oro del Trabajo para el camarero que se llevó años sirviéndoles con la mayor diligencia. Cuando don José Acedo estaba enfermo, Olivencia lo llamaba a diario ya estuviera en Madrid o en Nueva York.

La combinación de la cátedra con el despacho profesional le ha impedido impartir el cien por cien de las clases. Ha tenido colaboradores de lujo que le han suplido cuando ha tenido que estar en Madrid o en el extranjero. No gasta gritos cuando algo no le gusta. Todo lo más, levanta la mirada por encima de las gafas para expresar una desaprobación. A los alumnos les exige que lleven siempre a clase el Código de Comercio, como es obligado para el capitán del buque según dictaba el viejo artículo 612, párrafo segundo, un precepto ya derogado: “Serán inherentes al cargo de capitán las obligaciones que siguen […] Llevar a bordo un ejemplar de este código”. Don Manuel, siempre con el código. Y también sus discípulos, a los que enseña un principio general básico: “El jurista hace de intérprete como lo hace el músico. El músico interpreta la partitura, ustedes interpretan la ley”.

Avanzado en lo teórico, interesado por las innovaciones jurídicas, nunca anclado en normativas o enfoques superados. Dicen que en su materia jamás se quedó en los planteamientos napoleónicos, ni en los de finales del siglo XX. Su doble condición de catedrático y abogado le ha obligado a estar al día. Es muy de San Isidoro:“La teoría sin la práctica es petulancia”.

Nadie lo ha podido tener nunca por un beatón. El cardenal Amigo lo eligió para hacer una de las lecturas en la ceremonia de beatificación de Sor Ángela que presidió el Papa Juan Pablo II en el campo de la Feria. Don Carlos le preguntó en una ocasión:“¿Por qué te han nombrado comisario de la Expo?”. Y don Manuel le ofreció una respuesta muy reveladora:“Por lo mismo que usted me eligió para hacer una lectura ante el Papa, porque no soy ni del Opus ni de los jesuitas, ni de unos, ni de otros”.

La vida son lecciones de rectitud, de admiración a su maestro Joaquín Garrigues. La vida es querer estar en Sevilla y renunciar a cátedras en otras universidades tal vez más pomposas. La vida es orgullo por haber sido criado en Ceuta, de donde su hermano y él son hijos predilectos. La vida es seguir siendo seguidor del equipo de fútbol ceutí por mucho que luzca condición de bético. Suya es una sentencia que proclama muy en privado: “El virus del hincha se inocula de pequeño. Y yo cogí el del Ceuta”. La vida es comer poco, en comparación con su alumno Guillermo Jiménez Sánchez, más aficionado a los chuletones. Un día pidió una simple tortilla en uno de esos sitios de relumbrón a los que le llevó Guillermo. El camarero, un punto contrariado, respondió: “Esta casa no trabaja el huevo”. La vida es ser considerado el mayor experto en Derecho Concursal, el autor de la Ley Concursal (también conocida como la Ley Olivencia) y el redactor de preceptos de numerosos códigos de comercio de naciones extranjeras. La vida son las naranjas de la finca del Aljarafe y las tardes de toros junto a su predilecto Manuel Ricardo Torres. La vida es aguantar por dos veces la pérdida de un hijo, superar achaques graves de salud, caer, levantarse y ponerse de nuevo a trabajar. El sol sale y hay quienes tienen derecho a verle sonreír.

Pocos saben que es maestrante de Ronda por la vía del prestigio, como lo fue don Eduardo Ybarra Hidalgo de la Maestranza sevillana. Amigo de Rafael Atienza, marqués de Salvatierra. Hermano número 175 de los Estudiantes, la cofradía de la Universidad en la que ingresó el 18 de diciembre de 1960. Es un fijo de la corrida goyesca. Sus nietos le llaman “obi”, abuelo en alemán. Hubo un día que dejó de fumar. Yotro día, cuando le cerraron el puesto de los Monos, se quedó sin uno de sus sitios preferidos para el café. Escritor solvente, académico de la de Buenas Letras, aficionado al uso de la jerga taurina. Nadie se toma la última copa, ni ningún catedrático da su última lección. “La última lección está por hacer, por descubrir y por describir. En eso consiste la ciencia, toda rama de la ciencia: el saber científico es avance, progreso, marcha hacia adelante. Y ese camino no tiene fin, por fortuna”. El capitán del buque es el que manda, siempre con el código a mano. Florencio, arranque por favor, que nos vamos para Sevilla.

El culto al tacticismo

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

GÓMEZ DE CELIS

ERA Alfonsito. Lo fue durante mucho tiempo. El niño inquieto del PSOE, criado en el Polígono de San Pablo, con carisma para tener primero una alegre y poblada pandilla y después, con el paso de los años, una cuadrilla que sigue siendo fiel a sus llamadas. Era Alfonsito el que recibía el magisterio del profesor Emilio Carrillo, el que metió a una chica de Triana llamada Susana en las filas del PSOE, el que siempre, siempre, ha estado embistiendo contra el aparato, contra el poder establecido, contra el orden constituido. Era Alfonsito rebelde porque el mundo lo hizo así. Rebelde e indeciso. Rebelde y tacticista. Rebelde y desconfiado, de los que miden todas las situaciones, escrutan la reunión y se van relajando poco a poco, lentamente y siempre con el asidero de alguna compañía que le permita no sentirse solo. Era Alfonsito hasta que tuvo que dejar de serlo. El tiempo, las elecciones y los congresos pasan para todos (y todas).

El buen concejal de Hacienda con Monteseirín sufrió cuando le tocó lidiar con Urbanismo. Lo suyo es el poder más que la gestión. Paró el tren de su vida municipal y se marchó a los despachos anónimos de la Junta de Andalucía cuando se dio cuenta de que no le iban a permitir ser el candidato a la Alcaldía, cuando percibió que las apuestas de Pepiño Blanco desde Madrid y de José Antonio Griñán desde Andalucía eran otras.

Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (Sevilla, 1970) fue muchos años el niño bonito de Monteseirín en el Ayuntamiento. El profesor Manuel Marchena era el cirineo, el brazo ejecutor, el virrey. Celis era la apuesta política, el delfín después de que la opción de Carrillo se hubiera diluido. Ocurrió que Celis estaba y está en la lista negra de Susana Díaz. La presidenta andaluza experimenta convulsiones cuando ve a Celis. No le tiene ninguna simpatía. Quizás porque se conocen a la perfección de los años de pandilla, noches de fines de semana y jornadas de Feria. ¡Ay, esas fotos de mozalbetes risueños en las casetas de distrito! La belle epoque duró hasta que las listas del 99 los separaron. No se respetó el orden natural. Ella entró en la candidatura pero él no. Caballos, que era quien mandaba en el aparato, ¡siempre los aparatos cruzándose como un toro resabiado!, fracturó aquella pandilla para siempre. Casi dos décadas después, Celis está hoy en la Junta de Andalucía, en un puesto de libre designación de cuya existencia no nos hemos enterado hasta que él llegó al cargo. Pedro Sánchez, siendo secretario general del PSOE, le pidió a Susana Díaz que Celis estuviera en el gobierno andaluz. Y lo puso en el gobierno… de los Puertos de Andalucía. Y ahí sigue, pese a la caída de Sánchez, porque no hay mejor forma de sobrevivir en Andalucía que siendo la cuota minoritaria. Se convierte uno en lince y todos te protegen. Celis es el lince del PSOE andaluz en Sevilla. Interesa tenerlo colocado porque es la prueba de la magnanimidad de la presidenta andaluza, la cuota del respeto a la minoría que se jacta de serlo. “Celis no se toca”, reza en San Telmo.

Alfonsito, el chico alto, austero, con pelazo y capacidad de liderazgo, dejó de serlo. Pasó a ser Celis, curtido por los golpes y los desengaños. Experimentó cómo Griñán lo citaba en su casa del Aljarafe, tapita de jamón en el porche, y le prometía ser candidato a la Alcaldía de Sevilla. Brindó con champán en Madrid con Pepiño Blanco, secretario de Organización del PSOE, por su condición de sucesor de Monteseirín en el Ayuntamiento. Y fuéronse ambos, Griñán y Blanco, y no hubo nada. Se acabaron el jamón y el champán. Como es un alma inquieta, se metió a apoyar a Rubalcaba frente a Carmen Chacón en el congreso de Sevilla. Ganó el avieso Rubalcaba, pero ya se sabe que el federal nunca acude al rescate de sus apoyos en las provincias. Y Celis se quedó solo en Sevilla, protegido (y vigilado) por la guardia pretoriana susanista. Fue parlamentario autonómico un tiempo plúmbeo, pero después lo sacaron de las Cinco Llagas. En una etapa posterior se dedicó a apoyar a Pedro Sánchez cuando pocos lo hacían en Andalucía. Y Susana mientras tragando, entonando cuando ve a Celis lo mismo que Lorca a la muerte de Ignacio: “Que no quiero verlo, que no quiero verlo”. El secretario general del PSOE visitó la Feria de Sevilla y no hubo nadie a recibirle cuando su coche llegó hasta la portada. Nadie, salvo el director de la Agencia Pública de Puertos de Andalucía: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis.

Sánchez cayó una tarde de sábado después de haber tenido a España bloqueada. Ahora se quiere levantar. Ha fichado a Celis de druida Panoramix, de lo que siempre ha sido Celis: estratega. Toda su carrera es un culto a la táctica, al estudio previo, a la tasación de riesgos. Es como Curro Pérez en el PP, pero más eficaz y sin gatos. Miau. Celis ha pecado no pocas veces de indecisión, de arriesgar poco, de no atreverse a dar el paso cuando todos creían en su capacidad. Porque pocos dudan de su capacidad, pero muchos ven que le cuesta salir del burladero. Y ahora, al fichar por el equipo del codicioso guapo oficial, el de las camisas albas, ha dado por fin un paso decisivo en su trayectoria.

La vida es la lucha por el poder aprendida en las Juventudes Socialistas. Es darse cuenta de que el futuro dentro del partido ya no está asegurado por el mero paso de las generaciones, eso se acabó. Ahora hay que dar el salto y arriesgar. La vida es soñar con una agrupación única de Sevilla capital en la estructura del PSOE, una reforma orgánica frustrada que hubiera hecho más fuerte a Monteseirín en sus últimos años como alcalde. La vida es Santa Catalina, la Hermandad de los Caballos donde es muy querido, la tradición de la Semana Santa, alguna visita muy especial a ceremonias íntimas en la Macarena de las que prefiere que no trasciendan. La vida es pasión por el Betis, la ciudad de Barcelona, atender a Judith Mascó en la Caseta Municipal de la Feria de Sevilla y entregarse a la afición de la pesca. La vida es incorporar a las campañas del PSOE a grandes personajes como el sevillista Monchi, el actor Paco Tous o el cantante Juan Valderrama.

Este mariscal de Monteseirín quiso ser el hombre que gestionara la obra del tranvía. Visitaba los trabajos a diario, siguiendo la escuela de Martínez Salcedo. Nunca confió en la rentabilidad política de las obras del Plan de Barrios. Suya es la teoría cierta de que el centro es el salón de la ciudad, por lo que invertir en el centro es hacerlo para todos los vecinos de la urbe. Supo lo que es estar imputado durante unos días por una verdadera chorrada que quedó en nada, pero que hoy le hubiera salido cara. La vida es oír a Herrera decir para toda España que Celis es la “cabeza mejor amueblada del PSOE en Sevilla”. La vida es un viaje discreto a tierras lejanas, donde los cristianos oficiaron las primeras misas.

Cuando dejó el Ayuntamiento a punto estuvo de ser el director general de Empleo de la Junta, pero, por fortuna para su futuro, se cruzó con Rosa Aguilar, quien le ofreció la dirección general de Vivienda. Siempre ha tenido habilidad para llevarse bien con el núcleo duro del entonces emergente Zoido. Mantuvo que en Sevilla no se producirían nuevas mayorías absolutas. Zoido consiguió la absolutísima de los 20 concejales en mayo de 2011 y esa misma noche electoral hubo camisetas en la sede de la calle San Fernando dedicadas a Celis y a su pronóstico fallido. Quedó claro que Celis era la gran referencia para aquellos peperos. Celis era el modelo que ellos querían seguir. Tenían cierta fijación.

El corredor de fondo ha echado la caña de pescar. El pedrista andaluz sonríe. Por fin algunos podemos destacar algo positivo del obcecado Sánchez: su asesor en estrategias. Al final, el tal Mariano tiene hasta razón. La vida es aguantar y que alguien te ayude. Esperar hasta que piquen. Ser pacientes. O aguardar hasta que sencillamente sea Jueves Santo y entonces vayamos a lo sustancialmente importante: los felices orígenes anclados en Santa Catalina. El templo que pronto volverá a abrir.

El fuego sin humo

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

ELÍAS HERNÁNDEZ
PARA conocer al hijo hay que indagar en la figura del padre. Sin uno no se entiende al otro. A la moneda brillante le faltaría una cara. Al reloj suntuoso le faltaría una aguja. A toda una vida de impulso y fortaleza le faltaría su verdadero motor. Elías Hernández Barrera (Ólvega, Soria, 1937) combina el ser empresario reconocido con el ser poco conocido. Lo ha tenido y lo tiene todo para estar presente en los actos donde se reúnen los gerifaltes del Ibex 35, las recepciones reales, los organigramas de las organizaciones empresariales, los enganches de la Feria y toda esa ristra de escaparates de las vanidades que son, muchas veces, el rollo del bollo sin manteca. Su vida no se entiende sin su padre. Su vida es el arroz. Es un continuo llamamiento al trabajo, al alejamiento del chuflerío local: “Vamos al arroz”. Su padre, Antonio Hernández Villar (1894-1970), hizo casi de todo como emprendedor. Todos dicen que era eso: un emprendedor puro y duro que no necesitó jamás de cursos especializados en dirección de empresas, ni de un máster en institutos de rótulos impronunciables, ni de acudir a la ayuda de incubadoras de nuevas sociedades. Lo llevaba en la sangre. Y punto. Durante la Guerra Civil tuvo un negocio que abastecía al Ejército, organizó encierros taurinos en Pamplona, promovió la búsqueda de tesoros en el mar y cultivó arroz en Calahorra hasta que descubrió las enormes posibilidades de las marismas del Guadalquivir, un lugar al que envió a dos de sus doce hijos: Félix y Elías. Ellos debían explotar el que habría de ser un filón que dura ya más de 50 años, un verdadero imperio de ese grano oval rico en almidón que es el arroz, un imperio levantado por un soriano en el Sur de España. En aquellos años sesenta, el padre y sus dos hijos se dedicaron a comprar tierras, levantar fábricas, contratar trabajadores y producir. Todo un proceso que consiste en lo que hoy se conoce como crear riqueza.

Elías es el varón pequeño de los doce hermanos. Es formado en los jesuitas de Madrid. El primer año de la carrera universitaria de Empresariales se lo pasó con más alegría de la debida. Su padre lo sacó de las aulas y lo puso a trabajar. Su vida cambió para siempre. Castellano recio, austero y fuerte. Muy pronto aprendió de su padre que el secreto del empresario radica tanto en comprar bien y vender mejor, como en levantarse tras sufrir la zancadilla del fracaso, salir airoso del charco pisado y tratar de enmendar cuanto antes los errores propios. Ha pagado caros sus triunfos. Una vaquilla le pegó una voltereta que le dejó un hombro dislocado. No se limita a explotar las tierras, sino que viaja a los Estados Unidos y Japón para conocer otros tipos de cultivos y las maquinarias más modernas: “Creo que ya habré dado siete veces la vuelta al mundo”, comentó hace unos años. La empresa Herba (Hernández Barrera) despegó pronto. Su vida es un continuo homenaje a la figura de su padre. El caballo engorda gracias al ojo del amo. Elías es un modelo de I+D sin haber pasado por las clases de sesudos profesores en esos cursos que acaban con una foto de familia en una suntuosa escalinata. El Grupo Hisparroz se convertiría con el tiempo en el mayor agricultor arrocero de Europa y acabaría integrado en Ebro Foods, primer grupo alimentario español por facturación.

El soriano se integra en Sevilla, entre otras razones, por la vía del matrimonio y haciendo el ruido justo en sociedad. Pronto debió captar que quien irrumpe en Sevilla genera desconfianza. Y su estilo no es el de hacer ruido. La mejor forma de entrar en Sevilla es no tener interés en entrar. Elías se dedicó a cuidar del arroz. Y nunca se le pegó. Jamás se le ha oído una crítica al estereotipo andaluz, ni se le ha visto un gesto de desprecio hacia agricultores locales. Ni siente envidia ni le ha preocupado nunca si la genera.

A sus hijas ha enseñado a ir por la vida con el silenciador conectado: “Haced el fuego sin que se vea el humo”. Sabe que por el sumidero de la vanidad se van las aguas más bravas. “Para vender arroz no hacen falta ciertas cosas”, le han oído decir cuando ha rechazado agasajar a políticos o entrar en maniobras dudosas. “El arroz es el único cereal de España que nunca ha dado pérdidas”, sentencia para insistir en que no hay que mezclarse en asuntos raros, ni arrastrarse por una subvención, ni frecuentar compañías sospechosas en la aventura de ser empresario. “Ser honrado es también una buena forma de hacer negocio”. Enemigo del pelotazo, no cree en el triunfo exprés, sino en la parsimonia calculada como cuando juega una partida de dominó. Convencido de que no hay meterse en una sociedad cuyo capital no se controle en un porcentaje mayoritario, tiene claro que le gusta tener el control, coger las riendas con fuerza y marcar la velocidad. Depender del juicio de otros socios es estar sometido a la presión de un incómodo corsé.

Hoy ya no hace tratos de compraventa en el José Luis de la Plaza de Cuba, pero sigue exigiendo estar informado de todo cuanto ocurra en la compañía que ahora dirige su sobrino, sobe todo si se trata de algún problema. Aquel comprador fuerte de los años ochenta y noventa, que admiraba al rival que se hacía respetar en la mesa de negociación, no conoce hoy la jubilación como etapa de júbilo. El trabajo y la continua actividad son su fuente de vida.

La vida es usar relojes finos que no aprieten la muñeca. Ni Rolex ni Omega . Basta con un Swatch. ¿Cuánto dura un Mercedes? A este empresario del arroz le duran veinte años. La vida es una copita diaria de oloroso, es estar en los toros junto a su paisano Emiliano Revilla en el tendido 2 de la Real Maestranza y seguir a José Tomás por todas las plazas, es no hablar de dinero y es educar a los hijos en la austeridad. Los viajes en AVE, en clase turista cuando las hijas eran pequeñas para evitar confusiones. Y, cosa curiosa y reveladora, tiene claro que hay que conocer bien España antes de viajar a extraños destinos del extranjero. Los pequeños lujos, como algunos caldos de la Ribera del Duero, se disfrutan en privado. Sin focos. Al cine, una vez a la semana. Al golf, todo lo que se pueda. En una primera etapa, en Pineda. Después, en el club sevillano del que ha acabado siendo propietario. Es fijo en los espectáculos de la Bienal de Flamenco. Al teatro de la Maestranza, los jueves. A las hijas cuando eran jóvenes, un consejo: “Buscad novios que trabajen”. Elías cierra los ojos en el teatro, pues entiende poco de música, se aísla y dicen que se pone a pensar en sus cosas. La notoriedad le importa muy poco. Tiene casa en la urbanización de Vistahermosa, de las conocidas como cabos, para los veranos relajados, en esos días que dedica al dominó con un ojo puesto en el arroz.

Su hermana Carmen (1930-2016) fue la cofundadora de las comunidades neocatecumenales. Gran amiga de Juan Pablo II. La familia de Elías vivió el privilegio de disfrutar de una audiencia privada con el Santo Padre, en esa intimidad de las siete de la mañana que no es posible en el Aula Pablo VI. “Santidad, mi hermano Elías sólo piensa en el trabajo, todo el día con lo mismo”, dijo Carmen al Papa con cierto tono cómplice por la confianza que tenía con el pontífice. Aquel polaco de expresión tierna se quedó mirando al empresario fijamente durante unos instantes: “Carmen, tu hermano es una buena persona”. Dicen que aunque ha jugado el papel de “poli malo” años atrás, este Elías demuestra su bondad en los detalles. Durante el año guarda todas las cajitas de pelotas de golf que gana en las partidas con sus amigos. Le encanta ganar en todo. Cuando llega Navidad, abre el maletero del coche y las devuelve a sus anteriores dueños. No se queda con ninguna pese a haberlas ganado en buena lid.

La clave de este empresario es pensar a largo plazo, muy a largo plazo. Por eso tiene que claro que no se va a morir, ni se quiere morir. Hay mucho arroz por cultivar. En Sevilla se entra paso a paso, grano a grano y sin ventear el humo. Cuando menos te lo esperas, este oriundo de Ólvega no es que salga en las fotos, es que las fotos de Sevilla las está haciendo él con su cámara. Cuando Sevilla despertó, Elías estaba allí. Su padre se fijó en el río. Todas las grandezas de Sevilla han venido siempre por el río.

Vivir sin edad

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2017 a las 5:00

MARIBEL GOÑI
Al borde de los 65 años hay gente que hace tiempo que dejó de agacharse para ponerse los zapatos, está consultando el tríptico publicitario para hacer el crucero soñado en los primeros meses de jubilación, o consume los días ante el televisor a la espera de algún ruido callejero que justifique levantarse para correr el visillo y palpar algo de vida exterior. Defiende un empresario de los verdaderamente importantes de esta ciudad, que haberlos haylos, que de los treinta a los cuarenta años se aprende de verdad un oficio, de los cuarenta a los cincuenta se da el máximo de rendimiento en el puesto de trabajo, y de los cincuenta a los sesenta se enseña el know how a los que empiezan. Existe una minoría de personas que se salen del carril que conduce al triunfo ortodoxo, que rompen los cánones establecidos para conseguir eso que se llama éxito. Son los considerados fines de raza, aquellos que imprimen un sello personal a todas sus acciones. Son esas personas sin edad, las que siempre se agachan antes que nadie cuando se les cae el bolígrafo porque, en el fondo, disfrutan presumiendo de reflejos, las que cuando se les suelta el cordón de un zapato flexionan con celeridad las rodillas para hacerse la lazada y presumir de agilidad con la discreción de la mirada baja. La carencia de edad se exhibe en la disposición de emprender siempre una aventura. Para los fines de raza nunca es tarde para casi nada, mucho menos con 64 años. Jamás dicen que están ya para tomar sopita y pasar el invierno de la vida en posición sedente cuando nunca se sabe si, tal vez, están en la enésima primavera.

Maribel Goñi Fernández (Sevilla, 1933) tenía 64 años cuando afrontó la apertura de la Escuela Infantil del Colegio San Francisco de Paula. Llevaba entonces cuatro décadas de docencia a sus espaldas, impartiendo Química, Física, Matemáticas, Inglés y Francés. Doña Maribel es un torrente de energía pura, un modelo de vitalidad y un ejemplo de que la Tercera Edad puede tener una subcategoría particular: los Sin Edad. Veinte años después sigue sin abandonarse al sofá y continúa al frente de la escuela, dirigiendo el proceso de admisión de nuevos alumnos y vigilando cada día personalmente la salida de cientos de pequeños para que los carritos no taponen los accesos y, sobre todo, para que ninguno de sus queridos diminutos abandone el centro entre el bullicio sin la compañía de un adulto.

La docencia, como el periodismo, no tiene horarios. La vocación no se puede tasar en horas. Es una suerte de sacerdocio. Hay alumnos que necesitan ayuda en horas no lectivas, sobre todo cuando se tiene claro que la arquitectura de la formación descansa sobre los pilares del cariño y la actitud de servicio al educando. La docencia es mucho más que un temario y un reparto de horarios y materias entre profesores antes del inicio de cada curso. Goñi, lo dicen sus antiguos alumnos, forma personas antes que químicos, físicos o matemáticos. Ella misma protagonizó y desarrolló un concepto de enseñanza vanguardista en la Sevilla de los años 60, cuando las mujeres que estudiaban en la antigua Universidad de la calle Laraña cabían en un taxi negro de franja amarilla. Cuando nació su único hijo decidió hablarle en francés desde el primer día, aplicando una educación bilingüe que ni se soñaba en los planes de estudio de una España en sepia que empezaba a despertar en lo económico tras años de autarquía. Goñi traía el francés casi de cuna por sus años de crianza en París, donde su padre regentaba un negocio familiar que hubo de cerrar por la Segunda Guerra Mundial, y se lo brindó a su hijo como lengua materna. Aquel París, aquella mentalidad abierta de sus padres y abuelos, le permitió crecer en un ambiente marcado por la amplitud de miras al mismo tiempo que paladear después los encantos de una ciudad como Sevilla. Cuentan que nunca olvida cuánto aprendió al pasar del París de la Belle Epoque a la Sevilla de la posguerra. En Sevilla, tras regresar de Francia, se crió en María Auxiliadora 13, rodeada del cariño de su bisabuela y de sus abuelos, padres y tíos. Aquella niña traviesa bailaba, reía y era una reconocida polvorilla en las aulas del Colegio del Valle, donde una vez le colocaron un “deficiente por agitación”.

Muy joven conoció Marruecos cuando acompañó a su hermana en el viaje de fin de carrera de una promoción de Derecho de la que formaba parte un jovencísimo Manuel Olivencia. También muy pronto viajó a los Estados Unidos y, a su regreso a finales de la década de los 50, se plantó en la Cátedra de don Francisco González García para hacer la tesis doctoral. Su maestro le advirtió : “De acuerdo, pero al final va a hacer usted como todas. Se casará, tendrá hijos y dejará la tesis”. El maestro instó a la discípula a comenzar a trabajar en una mesa de laboratorio, donde estaba sentado un joven llamado Luis Rey Romero (1935-2009). Entre ellos surgió la química, otro tipo de química. El maestro acertó, pero sólo parcialmente. La joven Maribel, aquella alumna despierta y enjuta, comenzó en 1960 un noviazgo que acabaría en boda en 1963. En 1966 nació el primer y único hijo del matrimonio. Pero, tenacidad pura, leyó su tesis siendo ya madre. Y de 1966 a 2003 sin dejar de dar clases, con una etapa de residencia en el propio colegio, en los tiempos en que funcionaba como internado.

La vida son recuerdos de las clases del 2 de febrero, con los alumnos de Francés haciendo crepes en el laboratorio de Química por la festividad de la Candelaria, mientras sonaban letras de cantautores galos para que el idioma entrara por el oído y la cultura francesa por el apetito. La vida es coser con sus propias manos hace sólo unos días el toldo que cubre el patio central del colegio, es hacer las botitas de fieltro donde se meten los caramelos que se regala a los niños en Navidad, y es estar al quite por si en la tristeza de un alumno de tres, cuatro o cinco años se esconde un conflicto en casa, la preocupación por un abuelo enfermo o, simplemente, que se no se duermen las horas necesarias o no se llega desayunado al aula. La vida es saber que la amistad verdadera es un plato que se cuece a fuego lento, muy lento. Doña Maribel es lo que se entiende por persona de luces largas, cala rápido los melones y, sobre todo, suele hablar bastante clarito, sin recovecos y con las perífrasis justas. Si un zagalón no saluda a la directora como es debido, doña Maribel saca tarjeta amarilla: “Se dice buenos días”. Eso, por ejemplo, hacía don Antonio Gordillo Cañas, jesuita y catedrático de Derecho Civil de la Universdad de Sevilla, cuando afeaba a algunos jovenzuelos desahogados, bastante más talluditos que los de Infantil o Primaria, que le saludaran en el mejor de los casos con un simple “hola” o un terrible “qué hay”. La urbanidad es el lubricante de las relaciones sociales, el área de seguridad donde debe desenvolverse la relación cordial y de respeto entre el alumno y el profesor. Como otros profesores de su generación, lo ha tenido y lo mantiene claro sin necesidad de que ningún Gobierno imponga la Educación para la Ciudadanía. Educan las personas, no el BOE. La vida son recuerdos de amazona por la Feria en sus años de moza y de sentir orgullo al ser hermana de la primera letrada que intervino en un juicio en la Audiencia de Sevilla. La vida es una escuela infantil donde no hay niños malos, sino caobas que hay que saber pulir.

Apasionada de los viajes y de la lectura tanto como de la genial combinación de andar rápido y vivir sin prisas. Forma parte de esos sevillanos a los que resulta difícil verlos subirse a un taxi. Siempre a pie, aunque haya que ir de la calle Imagen a Kansas City. A pie y a una velocidad cardiosaludable. Hace no mucho la vieron subir en bici las empinadas cuestas que hay en el entorno del Hotel Flamero de la playa de Matalascañas, y también la vieron jugar al tenis en una cancha que tiene montada en la azotea de su casa del centro de Sevilla. La lectura es un rito de la vida cotidiana. Cultiva géneros muy variados, donde Dominique Lapierre y Larry Collins tienen un lugar preferente.

Censura a las personas flojas, fulleras y que hacen las cosas de cualquier modo. El genio bien administrado es uno de los motores de la vida. Si un padre accede al colegio antes de tiempo por donde ella administra la entrada, no tiene un pelo en la lengua: “Oiga, que me he dado cuenta de que se ha colado usted”. Hija de un señor de mentalidad progresista y con un alto grado de inquietud cultural, doña Maribel siempre ha estado dispuesta a los cambios. Su padre le inculcó que debía estudiar para ser independiente, lo cual en los años 50 tenía mucho más merito que hoy. Usa tablet y teléfono inteligente, artilugios con los que de vez en cuando se pelea en voz alta. Cocina bien y come poco, muy poco. Comer le aburre. Se alimenta de la actividad. Es de menú frugal tanto como austera en el vestir, siempre correcta, arreglada especialmente cuando la ocasión lo exige, pero nada aficionada a la ostentación de joyas o complementos. Pasea mucho por las aulas en horario lectivo. Es el ojo del amo. El Gran Hermano de la escuela de sus desvelos. La juventud es su estado de espíritu. Aquella alumna agitada sigue siendo hoy una directora hiperactiva. La vida ha puesto a prueba el barco de su fortaleza anímica con tormentas de las que muchos hubieran salido náufragos. Se cayó, se rompió la cadera y siguió atendiendo a los padres que tenía citados antes de ir a Urgencias. Le dijeron un jueves que a su marido le quedaban días y decidió llevárselo a un concierto en el Teatro de la Maestranza. Que no se detenga la orquesta. Don Luis murió y ella estaba en su puesto de directora a las cuarenta y ocho horas del funeral. Nada de instalarse en la queja, nada de tirar la toalla con la aprobación unánime garantizada. Levantarse temprano y elegir siempre el camino más difícil, la calle mas empinada, nunca el atajo o la cuesta abajo. Andando se llega siempre, en taxi puede cogerte un atasco. Lo cuentan Lapierre y Collins en Arde París como lo narra Chaves Nogales en La agonía de Francia: los parisinos oían el zumbido de los tanques nazis entrando en la ciudad y ellos seguían yendo a los cafés y al teatro. La vida sigue, los alumnos llegan, hay que coser el toldo, agacharse para abrir los pestillos de la puerta de la escuela y velar para que ninguno salga sin el control de un adulto. Educar es tener vocación perpetua de sacrificio. En la vida nunca hay invierno para los fines de raza. En la sociedad que concede gloria efímera a personajes insustanciales, sólo los modelos auténticos sobreviven y gozan de la carencia de caducidad. Muchas gracias, no se moleste, yo misma me abrocho el zapato.

El poder de las ideas fijas

Carlos Navarro Antolín | 22 de enero de 2017 a las 5:00

MORANTE DE LA PUEBLA
HAY gente que no veranea donde no hayan estado antes los romanos, gente que no se sienta en un restaurante de mesas sin manteles, gente que desconfía de quien no bebe vino, gente que no puede entrar en un aseo de dos orinales si alguien está usando uno, gente que jamás acepta la tónica de sabores innovadores, que rechaza el asiento del tren si no es de ventana, o que prefiere dormir en la moqueta de una suite antes que en una cama ajena. Hay gente de ideas fijas, de pequeñas obsesiones o de criterios tremendamente claros, según se mire. Los psiquiatras les llaman pequeñas neuras, los antropólogos meros usos o costumbres, y los analistas de cuota emplean el término de frikis para los casos más extravagantes.

José Antonio Morante Camacho (La Puebla del Río, Sevilla, 1979), conocido como Morante de la Puebla, es un matador de toros que tiene pasión por las cosas antiguas y aversión por los firmes de los ruedos que no están completamente alisados. Se pirra, por ejemplo, por comprar un mueble a un anticuario si ha formado parte del despacho de Joselito El Gallo, o por recuperar el paseo a pie hasta la plaza de toros de la Real Maestranza los días de festejo porque así lo hacía Pepe Hillo en el siglo XVIII, o incluso se mete a reeditar y prologar un libro donde se defiende con pasión el toreo (El arte de birlibirloque, de Bergamín). Le encantaría recuperar su primer vestido de torear, prestado por Domingo Valderrama para una novillada en Montellano (Sevilla). El pasado trufa el presente de un torero de éxito que sabe lo que es encallar, buscar el refugio de una posada lejos de España, darle a la tecla f5 particular y volver a empezar. Morante hizo en 2003 unas Américas muy personales que jamás olvidará. En las desgracias se conoce a los amigos, decían los sabios clásicos.

Hoy es propietario de fincas arroceras, el sector donde precisamente trabajó su padre. La primera vez que vio un vestido de torear fue en un mercadillo. Nadie le ha encontrado antecedentes familiares relacionados con la tauromaquia. Su afición por el pasado, por los objetos rancios y los ritos atávicos contribuyen a forjar su leyenda de torero de época. Torero antiguo con gusto por las antigüedades, excéntrico, un punto histriónico y otro punto provocador. “Debo estar loco”, dice en ocasiones quien tiene claro que el toreo sin arte pierde toda la pureza. El toreo es arte o no es toreo. El toreo no es una profesión ni una técnica.

Este Morante inquieto, que parece un niño que se pregunta continuamente el por qué de las cosas, sigue al día la información política. Entre sus preferencias están las intervenciones del pensador republicano Antonio García Trevijano en la denominada Radio Libertad Constituyente.

Mucho más de Joselito que de Belmonte. Bético con residencia en la calle Betis de su pueblo. Consumidor de pipas. En Medellín estaba en un mano a mano sin suerte en los dos primeros toros, cuando, antes de que saliera el tercero, el público tuvo una reacción inusual: aplaudirle para animarle. Dicen que se quedó impresionado. Lástima que, ay, todos los días no se pueda pintar un cuadro, ni cuajar una faena de ensueño de las que colocan al toreo en el sector de la creatividad y lo sacan del de la factoría. Capaz de arreglar toda una feria en los últimos diez minutos, como ocurrió con la última de Sevilla. Perfeccionista y puntilloso. Capaz de meter la gubia en el moldeado de su propio monumento, de estar dos horas eligiendo la tela para un vestido de torear, o de echar una tarde para decidir el diseño de sus corbatas. Cuentan que fue interminable la sesión en la que decidió cómo serían las viseras que regaló al público de sol en Jerez, otra costumbre recuperada por esa afición a los hábitos del pasado. Como en España ya no se podían hacer viseras porque ya no se venden cartones de tabaco, las encargó a un amigo. Uso recuperado otra vez. Le interesa toda liturgia antigua, todo uso que haya seguido alguna ilustre figura del toreo por la que sienta admiración. Los ritos están para ser respetados. Aunque le perjudique ser cabeza de cartel por aquello del frío ambiental que sufre el primer actuante, Morante exige que se cumpla la norma. No quiere alteraciones. Ni hablar, por supuesto, de la introducción de extrañas modificaciones en la suerte del descabello. Siente horror por los ruedos con pendientes en el firme, preferidos por las empresas para reducir el riesgo de formación de charcos y, por lo tanto, idóneos para evitar la suspensión del festejo en días de lluvias. Morante quiere bien lisos los pisos de las plazas. Su concepto del toreo así lo exige. Si la Comunidad de Madrid no alisa el ruedo, no se anuncia en Madrid. Y así, además, se ahorra soportar la chacota del tendido 7, los maullidos de saludo, los pañuelos verdes a destiempo, el cabreo capitalino. Escrito está que la auténtica fiera ruge en el tendido.

Este vecino de La Puebla es un gran conservador, escaso amigo de los cambios, lo contrario a un revolucionario. Con su círculo de confort es generoso. Él lo justifica con tono de filósofo: “El toreo es grandeza”. El misterio de este torero radica en parte en no dejarse conocer con facilidad. Ser torero en los años cincuenta era ser un héroe. Serlo hoy es estar obligado a la cansina lucha de defender lo obvio. Y estar obligado también a cuidar y cultivar una imagen pública coherente con su personalidad, de guardián de las esencias del toreo, en una sociedad de medios que no existía en aquella España en sepia.

La vida son recuerdos de haber actuado en la conocida como “parte seria” del espectáculo del Bombero Torero, con aquellos hombrecitos que se consideraban a sí mismos “artistas diminutos”. La vida son los conocimientos adquiridos en las aulas de Formación Profesional en la rama del metal. La vida es ilusión por jugar todos los partidos del equipo de fútbol llamado Los Warriors, obsesión por los colores rojo y azul de la bandera de su pueblo, afición por los puros y hasta por hacer sus pinitos como boxeador. La vida es tomar el camino hacia el juzgado porque le han llamado asesino con la misma determinación que coge con celeridad el estoque de verdad si el toro no sirve para su toreo. La vida es decirle a los banderilleros que, si hay triunfo, corten un trozo mínimo de oreja, cuanto más pequeño mejor. Le horroriza dar la vuelta al ruedo con un orejón despeluchado y sanguinolento. La vida es un contraste donde en la misma semana recibe un premio y asiste al funeral de su tío carnal. Las fincas hablan de la personalidad del torero. En la de Malvaloca, en Las Cabezas de San Juan, hay una colección de fotos de grandes matadores de toros sobre la chimenea. Él no aparece en ninguna. Se ve a Pepe Luis Vázquez, Manuel Vázquez, Rafael de Paula, Curro Romero… En otro lugar de la estancia sí hay una de Morante, concretamente del día de su alternativa en Burgos apadrinado por el colombiano César Rincón con Fernando Cepeda de testigo. Pero nunca enmarca fotos suyas toreando porque, al final, le está sacando defectos al pase cada vez que las contempla. En la finca La Huerta de San Antonio, en La Puebla del Río, se concentran sus aficiones: el despacho de Joselito El Gallo, su perra, un azulejo de San Antonio recién adquirido, un escudo de los tiempos de Franco… Por cierto, en la plaza de tientas de esta finca hay dos árboles plantados en el ruedo. ¿Por qué? Las cosas del genio.

Maniático, metódico, obsesionado por la estética, temperamental que ha pagado el precio de algunos de sus impulsos. Sus ideas fijas le acompañan como su cuadrilla. “El toreo no es una factoría”. Acepta las broncas del público, pero no los ataques de los antitaurinos, con los que se acercó a hablar en Ronda mientras comía pipas. En la Puerta de Sol de Madrid se acercó a una manifestación en defensa de la memoria histórica: “¿Aquí también se recuerda a las víctimas de Paracuellos del Jarama?”. Y en Valladolid cenó con Vargas Llosa e Isabel Preysler tras un día de corrida. El escritor le confesó que nunca tiene tantos problemas como cuando escribe o hace declaraciones sobre los toros, ni siquiera recuerda tantas tensiones de su etapa como candidato a la presidencia de Perú. Morante es de los pocos que hoy llenan las plazas y, además, ha acercado a los toros a personalidades de la cultura como Andrés Calamaro.

Sabe que le comparan, sabe que le sacan las estadísticas de puertas grandes para restarle mérito a su trayectoria, sabe que le cuestionan por las tardes aciagas. Es el precio del éxito, el coste de ser leyenda viva desde hace lustros y tener aún menos de 40 años. Si Morante hubiera existido en los años 40 hubiera sido un héroe. Su mérito quizás es que genera hoy la misma expectación que un torero de éxito de entonces, pero teniendo que sufrir en la muleta las rachas de viento añadido del odio a todo lo que simboliza cierto concepto de España.

El maestrante descalzo

Carlos Navarro Antolín | 15 de enero de 2017 a las 5:00

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EN los suntuosos salones de la planta alta de la Casa de la Real Maestranza se presentó aquel año al pregonero y al cartelista de la temporada taurina. El desaliño de los fotógrafos y los cuellos abiertos de los redactores contrastaban con los ternos de los caballeros maestrantes, la potente luz de las arañas, la cerámica fina de bordes dorados, los lienzos cotizados de personajes de la realeza, la caoba de los muebles y los destellos de la platería. Aquel caballero maestrante, con efigie de marqués de Sotoancho escapado de los libros de Alfonso Ussía, se acercó con discreción a uno de los informadores, que estaba con los mocasines hundidos en las mullidas alfombras de la Real Fábrica de Tapices de La Granja. Lo saludó con la exquisitez y el afecto de siempre, compartieron unas cuñas de queso servidas por un camarero de batín blanco, y cuando se aseguró de que nadie los oía, el caballero maestrante, con un chaleco de cuello de pico por el que asomaba una corbata con motivos de cacería, recriminó al periodista:“Por cierto, a la Maestranza hay que venir siempre con corbata. Sobre todo tú”.

Luis Manuel Halcón de la Lastra (Sevilla, 1939) fue el teniente de hermano mayor de la Real Maestranza en los fastos del 92. Se sabe todas las genealogías que hay que saber. Si en una tertulia dudaba de alguna, acudía a su madre, Dolores de la Lastra, para aclarar las líneas de descendencia y llamar después por teléfono a su interlocutor.

–Te confirmo que somos familia por Carlos de la Lastra Romero de Tejada, marqués de Torrenueva, que era mi bisabuelo.
–Bueno, don Luis Manuel, eso cae muy lejos.
–¡Por Dios, por menos hay gentes que se llaman familia!

Es un aristócrata inquieto, hiperactivo, educado, comprometido con causas nobles, muy popular, con sentido del humor y con golpes de genio cuando son precisos, que dicen que su padre demostraba una gran autoridad cuando era hermano mayor y tocaba formar la cofradía de la Quinta Angustia. Luis Manuel ha pasado con toda naturalidad de ser el teniente de la Maestranza a orgulloso marido de la presidenta de Andex, María Luisa Guardiola, una de las grandes marcas blancas de las que puede presumir la ciudad de Sevilla. Un acto sin Luis Manuel y María Luisa es un acto menos serio y con menos relumbrón.

Este conde de Peñaflor rompe los estereotipos. Fue un teniente joven que en la Maestranza impulsó el espíritu aperturista por el que ya había apostado Guajardo-Fajardo padre. Hasta hubo quien dijo, tal vez con pelusilla revestida de casaca, medalla y placa, que Luis Manuel abrió demasiado una institución cerrada a cal y canto hasta los tiempos de Contadero. La verdad es que Peñaflor estuvo consagrado a la tenencia. Se lo tomó como un sacerdocio. La Real Maestranza estuvo representada en todos los actos de la ciudad en su gran año, incluso en los meses de verano, con aquel calor tórrido que convertía cualquier corbata en una soga por mucha bola que pulverizara agua para crear un microclima propio.

Este conde del pueblo, simpático y de puertas abiertas, conserva la costumbre de recibir en batín al mensajero que le entrega la invitación de una hermandad en la casa solariega de la calle Zaragoza. Su compromiso no sólo es con la Real Maestranza. Peñaflor está muy vinculado a la Quinta Angustia, el Museo, la Macarena, San Onofre, la Caridad, Focus, la Real Academia de Bellas Artes… Y ejerce de sevillista. De muy rojiblanco. Con toda la familia ha acompañado varias veces al Cabildo Catedral en las recepciones al club de Nervión en el templo metropolitano. Dicen que su pasión por la Plaza de Toros de Sevilla se nota hasta en el jardín de su casa de la Palmera, donde hay banquitos de madera muy, pero que muy parecidos a los de las localidades de balconcillo.

Nunca quiso ser hermano mayor de la Quinta de Angustia. Luis Manuel ha sido un nazareno fiel a su cofradía, siempre descalzo desde que llevaba a su hijo de monaguillo en una Sevilla sin cafeterías franquiciadas en la calle San Pablo y con los taxis pintados de negro y amarillo. Era el maestrante descalzo en los tramos de ropones morados, bocamangas y cruces arbóreas que lastiman el hombro en las tardes de cruces veladas y Cristo cimbreante. Aquel nazareno de pies desnudos se vio con los años ante el reto de presidir la Archicofradía Sacramental del Sagrario tras haberlo sido todo en la Sevilla del 92. Lo asumió con el mismo espíritu de dedicación que si fuera una nueva tenencia de la Real Maestranza. Algunos creyeron que el conde sería un presidente que reinaría, pero no gobernaría, que haría el papel de hombre de paja, sólo para los tiros largos y las fotos. Pero Peñaflor se empeñó en imprimir un estilo propio en la primera hermandad sacramental de la ciudad. Abrió la nómina a cofrades de base mientras algunos creían que había que salir a buscar apellidos ilustres. Potenció la solemnidad de la hermandad en los tiempos de José Gutiérrez Mora como párroco (¡Qué gran obra impulsó el cardenal con la casa sacerdotal en Santa Clara, ¿verdad don José?), se preocupó de dar a conocer el vastísimo patrimonio histórico de la corporación y tuvo una inusual altura de miras en el mundillo de las hermandades.

La hermandad se benefició de su prestigio, que ya es difícil encontrar ejemplos similares en las últimas décadas. Cuando algunos esperaban un tipo rancio, casposo, pasado de moda, anclado en el pasado y de actitudes altivas, se encontraron con alguien capaz de atender con mimo lo que muchos conocen como asuntos de micropolítica. Creían que el conde sería el Lampedusa del Sagrario y resultó ser una suerte de revolución con la que la corporación pasó de cortijo a centro comercial abierto. Lógico en alguien que, al igual que las hermanas de la Cruz, tiene obsesión por poner nombre a cada persona para ofrecer un trato individual. Joaquín de la Peña es Joaquín. Y Francisco Cuéllar es Paco. Los que creían que sería paloma se encontraron con un Halcón con mayúscula, pero también con minúscula.

La juventud son recuerdos de las aulas del Portaceli y de las del Instituto de Química de Sarriá. La vida es lucir guantes cuando se va de chaqué portando el palio de respeto del Santísimo Sacramento. Es hasta participar en cuestiones más prosaicas, como las recientes elecciones a compromisario del PP de Sevilla, donde estuvo guiado por Macarena O´Neill. La vida es formar parte de esa apócrifa cofradía hispalense de los que fuman pero nunca compran tabaco, que es la forma más efectiva de fumar menos. La vida es una finca de Carmona, La Viña, los cultivos de secano, los veranos en el Puerto de Santa María y la casa Villasís de la Palmera. La vida son los paseos por donde nadie pasea. ¿Cuánta gente pasea al día por la Avenida de la Palmera o por la Avenida Eduardo y Fernando Osborne de Vistahermosa? Arterias solitarias, abandonadas al zumbido del motor de los coches. Pues a este conde alto, de ojos claros y con porte señorial, se le puede ver pasear por la Palmera camino de misa al Corpus Christi, y por la avenida de Eduardo y Felipe Osborne cualquier día de agosto luciendo gorrita protectora para el sol.

No tiene pelos en la lengua para poner en su sitio a un canónigo si se trata de defender los criterios propios. No se mete en míseras peleas de altares, flores o privilegios. Para eso sigue dejando el espacio libre a quienes disfrutan con esas luchas vanas. No busca ocupar sitios de privilegio cuando no le corresponden, pero monta en cólera cuando no se le tiene en cuenta, poniendo por delante el trabajo, las horas y los recursos empleados a favor de la institución que organiza el acto. Dicen que Luis Manuel es uno de los que establecieron el nuevo manual de estilo de la aristocracia española, del que han aprendido buena parte de los actuales cachorros del Gotha español y en el que se dicta huir de las cámaras, mantenerse en la sombra y, sin embargo, seguir mandando, pero mandando de verdad, no mangoneando, términos que, aunque parecidos, tienen significados profundamente diferentes.

Quizá la mayor cualidad de este sevillano sea haber convertido en fuerza productiva la mayor desgracia que Dios puede reservar a un ser humano, como es sobrevivir a una hija, y no haber dejado de sonreir y ser amable. Con la mayor naturalidad, con el rostro sereno de un retrato de Carmen Laffón. Como el que pasea por donde no pasea nadie, que es una forma de pasear consigo mismo. Como el nazareno descalzo que nunca ha dejado ser. A Luis Manuel Halcón de la Lastra se le nota que es de la Quinta hasta en los andares. A la Real Maestranza, siempre con corbata. A la Quinta, siempre descalzo.