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La obsesión por el orden

Carlos Navarro Antolín | 14 de octubre de 2018 a las 5:00

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EN la sociedad de desarrapados de hoy, donde por el mero hecho de llevar una simple camisa te preguntan si te han invitado a una boda, hay gente que le queda como un traje a medida el antiguo adjetivo de emperifollado. Sostiene el maestro sastre Fernando Rodríguez Ávila, el que recogió la medalla de la ciudad junto a Felipe González, que el hombre de hoy se ha desvestido porque la mujer se ha desvestido con anterioridad. Vestir bien, que hoy consiste simplemente en ir vestido, supone ir a contracorriente. En Sevilla hay un señor que aparece en cualquier acto y llama la atención por el terno, la camisa de cuello duro y los zapatos impolutos. Tiene un punto de provocación en el estilo, le va la marcha de saberse juzgado cuando es sometido al primer escrutinio, y sabe que en la ciudad es conocido como El Pija o El inglés.

José Pérez Benítez (Madrid, 1957) ha sido muchos años el rostro de la consultora Ernst&Young en Andalucía, hoy rebautizada como EY. Impronunciable lo primero y lo segundo. En sus años en primera línea de batalla ha combinado la imagen ortodoxa con la labia fácil, el perfil duro y altivo con la sonrisa del relaciones públicas, la estética de tiburón de los negocios con el ejercicio del amable anfitrión. Ha sido el rostro de la compañía en el Sur de España, con un estilo particular que incluía el detalle de invitar a los competidores a la cena anual en los salones del Consulado de Portugal.

La verdad es que Pepe Pérez entra en un acto y no se sabe si lo hace un actor de cine o un torero del siglo XIX, si lo hace Torcuato Fernández Miranda o Buster Keaton. Y si entra en la sede histórica del Labradores parece un diputado tory. De entrada es una persona que genera algún ceño fruncido. Y eso, en el fondo, le produce cierto placer porque le convierte en inaccesible, una ventaja si se tiene en cuenta la de años que se ha pasado recibiendo peticiones de colocaciones para amigos e hijos de amigos. Este Pérez, que nunca ha renegado de ser un Pérez y que jamás se ha puesto preposiciones superfluas delante del primer apellido, se ha hartado de dar trabajo, incluso en algunos casos con demasiada generosidad, que ya se sabe qué ocurre cuando se le da pan a perro. Guau.

Hombre nervioso, tremendamente nervioso, obsesionado por el orden, por controlar todos los detalles y por tenerlo todo previsto: desde la decoración de todos los rincones de la casa a la hora de la reserva de la mesa en el restaurante, desde el planchado de la camisa a la habitación que le deben asignar en el hotel. La vocación de auditor la plasma en todos los órdenes de la vida, trufada siempre de lo que algunos conocen como sibaritismo productivo. Se paga sus caprichos y es esclavo de su puntillosismo.

Hijo de una madre jiennense y de un padre sevillano, nacer en Madrid fue una casualidad. Pepe Pérez se cría en Andújar y se forma en Sevilla, una ciudad que le viene como uno de esos trajes que se prueba veinte veces en Javier Sobrino. Tiene hondo arraigo en Cantillana por la familia paterna. A Javier Arenas se le habla de Pepe Pérez y te suelta: “Don José Pérez Benítez, ¡de Cantillana!”.

Pérez tiene una fuerte vocación de anfitrión. Sólo lo pasa mal, incluso alcanza el estado de angustia contenida, si alguien le vierte una cerveza en la mesa o en la alfombra. Cuentan que su obsesión por el orden le lleva a alisar los cojines del sofá en cuanto el invitado se levanta un momento para ir al baño. Lo hace con disimulo pero es fácil trincarlo. Para sus cenas cuenta con un asistente singular, un mayordomo de nacionalidad india que atiende por Sebástian. Sí, con la tilde en la primera a. Cuentan que es toda una experiencia comprobar los esfuerzos de Pepe Pérez por explicarle a Sebástian las diferencias entre una torrija y un pestiño.

–Sebástian, traiga usted unas torrijas, por favor.
Y Sebástián trae pestiños.
–No, Sebástian, los dulces cuadraditos, los cuadraditos.
Y Sebástian venga a servir pestiños hasta que es mejor dejarlo por imposible.
–A comernos los pestiños, que no están malos.

La limpieza y la pulcritud están en el escudo de su casa civil. Pérez tiene los trajes y los coches igual de limpios. El vehículo siempre parece recién salido del concesionario. Y también la vespa que tiene del 58, una moto de colección, uno de esos antojos que se autoconceden los hombres de triunfo. Cuentan que en Sotogrande tiene un porsche, pero no lo trae a Sevilla porque sabe que esta ciudad está llena de buenísimas personas, pero miles de buenas personas, que aquí no caben las buenas personas de tantas como hay, que sabrían apreciar (por las que hilan) que es un coche comprado a base de trabajo. Mejor dejarlo aparcado en invierno y lejos de la ciudad para no alterar la salud estomacal de los allegados.

Un día le encargó a un carpintero un mueble de cedro a medida para guardar los gemelos y los relojes. Entre sus relojes favoritos figura el rolex que su padre le regaló al finalizar los estudios. Todos los zapatos son guardados con sus correspondientes hormas de madera. Y siempre limpios, muy limpios. Tan limpios que ni en la Feria presentan una capa de polvo. Aseguran que se desplaza por el real caminando por el pavimento de adoquines para evitar el albero. “Don José, ahí tiene usted el cepillo”, le dicen al llegar a la Caseta del Aero.

La vida es pasear por el centro al perro salchicha que atiende al nombre de Duque. Nunca le gustaron especialmente los animales, pero este can ha generado un sentimiento de protección y mimos en este vecino del centro que aprovecha esos paseos para dar cuenta de algún habano. La vida es cuidar el peso sin necesidad de ir al gimnasio. Si hay excesos, se quita del pan y de los fritos. Su meticulosidad para todo encuentra un excepción cuando da rienda suelta al hábito de comerse las uñas. Ahí pierde toda la paciencia que, sin embargo, muestra ante el espejo para peinarse con abundante cantidad de fijador de la marca Patrico. Peine y cepillo, cepillo y peine. La vida es paciencia que rima con vehemencia cuando las estrofas del día a día así lo requieren. La vida es ir de caza con Gonzalo Madariaga, colocados ambos desde el alba en esos puestos de alguna finca próxima a Sevilla. La vida son los toros vividos como abonado del 3 en la plaza de la Maestranza. La vida es soñar con que una cofradía pase por delante de su casa para poder tener invitados y atender a los amigos. Con lo cómodo que es ver una cofradía en un balcón sin soportar chácharas ajenas, pero… allá cada uno.

Su arraigo en Sevilla es fuerte, salvo en cuestiones de Semana Santa, donde se instruye poco a poco como hermano del Baratillo de la mano de Moeckel y próximamente de alguna más. Una Madrugada protagonizó una de las anécdotas más memorables. Llamó a Endesa para quejarse de que se había ido la luz en la calle. Era ya noche cerrada. Tenía invitados en casa para vivir los días grandes. Pérez fue enérgico en su protesta. “Claro, señor, hemos cortado el suministro como todos los años porque va a salir una cofradía, ¿sabe usted?”. Era la del Silencio. Otro año estaba en un balcón de la Campana e invitó a subir a una dama apremiándola porque estaba pasando “el Gran Poder”. Era la del Calvario.

La Feria que se pasó sin caseta fue una particular pena para quien se recrea recibiendo y atendiendo. También le sirvió para saber con qué techo podía contar. En las desgracias se conoce a los amigos, decían los romanos. Al Rocío no irá hasta que lo alicaten. Y a la Feria volverá con caseta en 2019. Y con Sebástian, que lo acompaña para ayudarle a atender a la legión de invitados, Juan Ignacio Zoido incluido. Si ha de vivir la Feria por la noche, retorna a casa para quitarse la chaqueta de hilo y ponerse el traje oscuro. Censura que haya gente que siga con el terno de color barquillo cuando se han encendido las bombillas del real. Cuando baila sevillanas hay quien dice que parece que está danzando una jota.

Ahora vive los días dorados de la prejubilación. Sigue en los listados de invitados a los actos de la ciudad. Y mantiene la disciplina de los horarios y los contactos. Está al día de todos los movimientos de ese mundo empresarial donde gira el tiovivo de los ejecutivos estresados. Sigue sin disimular cuando alguien no le entra por el ojo. Habla poco en las reuniones de trabajo y observa mucho. Y, en cambio, es el protagonista arrasador en las reuniones de asueto.

Nunca le verán con anillos o cadenas. Sí con gafas de sol de las más variadas. A sus 62 años podría protagonizar algún que otro anuncio de perfume caro para talluditos con vitola de interesantes que, además, pueden presumir de haber sido el socio más joven de la compañía. Aunque, por fortuna, no es de los que pegan la brasa hablando de sí mismos. Los días de lluvia gasta gabardina a lo Dick Tracy y paraguas de Loewe. Y los de frío escoge alguno de sus cotizados abrigos oscuros, idóneos para esos funerales de alto rango en El Escorial que salen retratados en el couché. Se inventa ensaladas combinando sabores originales, colecciona cuadros de Salinas y Suárez, invierte en grabados de Piranesi, procura no compartir mesa en el AVE y siempre deshace el equipaje y recoge las maletas cuanto antes nada más regresar a casa de algún viaje. El orden, obsesión por el orden.

Ahora tiene la ventaja de que recibe menos llamadas de teléfono para colocar ejemplares de esa generación criada en la debilidad y en la hipercomodidad. Quizás ahora comprenda que hubo años de excesiva dedicación al trabajo. Pero nada que no se resuelva con un paseo en la vespa por Sevilla, Roma andaluza que todavía conserva adoquines. Porque el porsche conviene dejarlo en Sotogrande. Aquí el mejor porche es el de las casas. Sebástian, traiga unas torrijas y así probamos los pestiños.

Madrugada del 78

Carlos Navarro Antolín | 23 de septiembre de 2018 a las 5:00

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LA ciudad de Sevilla tiene fama de cerrada, de sociedad articulada en círculos herméticos. Los críticos dan la barrila con el carácter enclaustrado de las casetas de Feria, pero nadie explica que los socios de esas casetas están pagando las cuotas durante todo el año para disfrutar de una mesa y una silla (a veces ni eso) acaso un par de días de la fiesta. Nadie cuenta la gracia que hacen los recibos de la caseta cargados en la cuenta del banco en mayo, septiembre o noviembre. ¿Escuecen, verdad? Para que luego digan que los sevillanos no dejan (dejamos) entrar a la gente de fuera y colocan el guardia de seguridad por delante. Sucede a veces una excepción y nuestra fama de cerrados salta por los aires, porque hay quienes ejercen de arietes. Las puertas se derriban por el empuje de gente de fuera que acaba cruzando, nunca mejor dicho, por el arco… del triunfo.

José Antonio Fernández Cabrero es natural de San Felices de Buelna (Cantabria). No se le ha ido un ápice del acento cántabro. Se le oye hablar (¡no para de parlar!) y solo falta un paisaje verde, muy verde, con sosegadas vacas tudancas y un desayuno de sobaos pasiegos. Marino mercante de profesión, fue topógrafo en la empresa Huarte y Compañía, S.A., que un buen día tuvo que recalar en Sevilla, la provincia donde está el lugar de nacimiento de uno de sus personajes favoritos: el bandolero Curro Jiménez, que por aquel entonces triunfaba en la célebre serie de TVE. Un Jueves Santo, recién llegado a la ciudad, se propuso cumplir con una ilusión: ver a la Macarena. Era 1978. El cántabro se fue hasta la Campana, trató de hacerse paso entre la bulla, y logró contemplar a la Virgen de la Esperanza y todo el micromundo que rodea su paso. Con el tiempo se presentó en la hermandad con otro firme propósito: “Quiero ser costalero”. Y le explicaron que primero debía ser hermano.

Fue costalero con Luis León. Y oficial de junta de gobierno con varios hermanos mayores. ¡Cómo se le oye hablar de José Luis de Pablo-Romero! Y ahora él es el hermano mayor. El topógrafo llegó a alto directivo de Mapfre, con despachazo en la torre que la compañía tiene en Triana.

De timidez anda corto… con sifón. Se arranca a cantar flamenco en una reunión, a encender un puro, a pronunciar una meditación improvisada ante la Virgen, a intervenir en una tertulia de toros. La gastronomía, los toros, el flamenco y la Macarena son sus cuatro pasiones. No hace muchos días se arrancó con una soleá delante de varios matadores de toros. “¿Qué te ha parecido la soleá, Pepe Luis?” Y el hijo del Sócrates de San Bernardo respondió: “Muy cántabra, muy cántabra”.

Tiene mucho de torbellino con una estética, además, reconocible a lo lejos. Es tan atrevido para ser de Santander y presentarse a hermano mayor de la Macarena como a la hora de vestir. Usa pañuelos de fantasía para alegrar las chaquetas, es capaz de calzar zapatos coloraos como los del Papa y gasta camisas a medida en las que combina el amarillo liso con los cuellos y puños cuadriculados en otros colores.

Dicen que algunas de sus mejores decisiones como alto directivo de Mapfre fueron acelerar el pago de las indemnizaciones en dos casos muy dolorosos. Uno fue en el caso de la muerte de una niña de tres años por la caída de una verja metálica en un comercio de Aljaraque (Huelva). La compañía pagó rápido y, al hacerlo, le estaba enviando un mensaje a la madre: ella no era la culpable del siniestro mortal. De haberlo sido, no hubiera procedido la indemnización. Con aquel pago no solo se efectuaba una transferencia de dinero, sino se descargaba del sentimiento de culpa a una madre. El segundo caso fue el del atropello de una joven –con un elevado grado de minusvalía– por un camión de la obra de construcción de las setas en la Plaza de la Encarnación. La chica perdió la pierna, pero no las ganas de vivir. Casualidades de la vida, la joven es hija de un poeta muy macareno: Joaquín Caro Romero.

Cabrero se presentó a las últimas elecciones de la cofradía y ganó. Quiso presentarse muchos años antes, en los comicios de 2009, pero el abogado Joaquín Moeckel fue determinante para quitarle las ganas en aquella ocasión. Cabrero siguió el consejo y dejó pasar la oportunidad. El día de aquellas elecciones se fue a almorzar al Cenachero, quizás para olvidar, tal vez para pensar en el futuro. En aquella mesa se descorcharon varias botellas de Imperial, un caldo de La Rioja para exquisitos. La factura dejó a los comensales temblando y sin perras para un taxi. “¿Cuántos carros de la compra del MAS de la Cuesta del Rosario puedo llenar con lo que me ha costado esta comida?”, se preguntó uno. “¿Pero por qué habéis dejado pedir a Cabrero?”, le replicó el otro.

Ocho años después, este cántabro con un punto histriónico se tiró por fin al ruedo electoral y venció contra todo pronóstico. Sin ser empresario, ni ganadero, ni tener apellidos de honda raigambre macarena.

Una de sus grandes aficiones es subir a las visitas ilustres y a los amigos al camarín de la Virgen, donde se pueden ver los presentes que tiene la Macarena prendidos en la saya: una medalla con la foto diminuta de un difunto, un tricornio de oro de un guardia civil… La gente se queda en silencio, absorta ante el perfil de sonrisa o de pena, hasta que la voz de Cabrero inicia la oración:

–El Ángel del Señor anunció a María…

Cabrero es la voz de muchos actos de bajada de la Virgen de la Esperanza, como es el rostro de la acción social para muchos macarenos. Es listo. Muy listo. De mozo quiso conocer Cantillana y acabó casado con una pastoreña. Quiso ver la Macarena y acabó de hermano mayor. Quiso organizar un festival taurino a beneficio de la hermandad y ya está el cartel de relumbrón para el 12 de octubre en Sevilla.

La vida es un candelero encendido en la mesa de trabajo de hermano mayor y son libros subrayados sobre espiritualidad loyoliana y otros sobre autoayuda con los que obsequia a los amigos de vez en cuando, algunos con títulos tan sugerentes como Por qué decimos sí cuando queremos decir no. La vida son recuerdos de un mini con el que viajó a Sevilla, una bici de la marca Macario. La vida es recordar cuando fue retenido por la Policía Armada en la frontera por contrabando de radiocassetes procedentes de Andorra. Por fortuna se topó con un agente andaluz que le dio de cenar codornices con ali-oli y pan payés. La vida es sentarse en el sillón de tendido número 44 de la plaza de toros de Sevilla. Es un abonado que cuando le invitan a un festejo con derecho a acompañante, entrega su solitario abono a quien le ha convidado para que disponga del sillón.

La vida es haber buscado trabajo y varas de presidencia para mucha gente que luego, ay… Ya se sabe que hay quienes tienen la misma memoria que poca vergüenza. La vida es pasión por la coral de la Macarena y por la nueva escolanía que ha impulsado. La vida es recibir la felicitación pública del presidente Revilla tras ganar las elecciones en la Macarena. Y, cómo no, la vida es recordar continuamente a Paco Cossío hasta que la emoción le deja sin habla y arranca de nuevo con la cadencia de una levantá a pulso.

Sabe que un cargo como el suyo está expuesto periódicamente a la polémica. A este cántabro le gusta abrazar y besar a sus críticos. Lo de los besos debe ser el recuerdo de sus tiempos pretéritos como costalero. También le gusta rezar a última hora ante la Virgen, en el banco de la primera fila, incluso cuando el personal de la hermandad acaba de echar el telón de seguridad que protege a la imagen por la noche.

–Hermano mayor, ¿se lo dejo un poco abierto para que la vea?
–No, no. Prefiero adivinarla. Muchas gracias.

Tiene una frase muy recurrente: “Esto es más antiguo que mear de noche”. Y otra que esconde guasa: “Yo soy de Santander, digo las cosas muy directas”. Y uno piensa, en el fondo, que al decir eso nos está arreando a los sevillanos… los mismos que pagamos los recibos de la caseta de Feria durante todo el año.

A la medida del Betis

Carlos Navarro Antolín | 9 de septiembre de 2018 a las 5:00

SERRA FERRER

LOS pies son una parte del cuerpo que conviene tener protegida. Por seguridad. Por higiene. También por ese concepto de decoro que no está precisamente al alza. En una sociedad de padres débiles por hiperprotectores y con profesores con pies de barro, muchos niños tienen la mala costumbre de quitarse los zapatos en cuanto llegan a una casa. Los pies desnudos simbolizaban la divinidad en tiempos muy antiguos. Muchos famosos se retratan en sus paradisíacos jardines con prendas blancas y los pinreles al aire… La ausencia de calzado se asocia a la comodidad, a cierta saludable transgresión de las normas y, por supuesto, a esa estación del año donde se impone hacer el indio: el verano. Había un entrenador de fútbol que obligaba a sus jugadores a acudir al comedor del hotel de concentración perfectamente calzados y con calcetines. Nada de chanclas. Explicaba que se podían lesionar en cualquier momento por efecto de un golpe. Daba la orden sin complejos, con esa energía propia de los caracteres exigentes, puntillosos y controladores que muchos profesionales proyectan en sus horas de trabajo. ¡Todos bien calzados! Y obedecían.

Lorenzo Serra Ferrer (Sa Pobla, Mallorca, 1953), hoy vicepresidente deportivo del Betis con funciones ejecutivas como director deportivo, era aquel entrenador que se negaba a permitir las chanclas en los restaurantes. Es curioso cómo la disciplina, un valor muy a la baja en la sociedad de hoy, se mantiene vigente en el Ejército y en el fútbol, dos oasis en el desierto de autoridad que lastra muchos ámbitos. Se dice que Serra Ferrer es de los que emite calambre en su trabajo. Su nivel de autoexigencia le lleva a ejercitarse en la bicicleta estática –con 65 años sigue haciendo una hora cada día– o a coordinar la labor hasta de las limpiadoras de acuerdo con el equipo de fútbol. Así lo ha demostrado en dos fases como entrenador del club verdiblanco.

Está obsesionado con la felicidad de los béticos. Se quedó impresionado de la reacción de la afición por el ascenso a Primera División alcanzado en Burgos en 1994. El Betis lo ha convertido en personaje por mucho que haya sido entrenador y director deportivo de F. C. Barcelona, entrenador del AEK de Atenas y hasta dueño del Mallorca, donde contrató como técnico al muy sevillista Caparrós. Todo lo importante se lo debe al Betis, sí. Pero es irrebatible también que el mallorquín le ha dado al club sus días de mayor gloria contemporánea.Lo suyo con el Betis es un matrimonio perfecto, tan perfecto que ha superado períodos de separación.

En Sevilla es también un personaje más allá del fútbol, una ciudad tildada de cerrada. Caminar a su lado es pararse continuamente para que el personal se haga fotos a su lado con el teléfono móvil, o para agradecer los saludos y vítores de los albañiles de una obra de la Gavidia cuando se dirige a la Plaza de San Lorenzo para ver al Gran Poder. Antes o después de la visita al Señor, siempre para en la bodeguita Dos de Mayo. Lorenzo tiene un perfil numismático, de calva brillante. Cuando lucía bigote parecía sacado de una de aquellas monedas en las que se podía leer: “Por la gracia de Dios”.

Se ha hecho con el tiempo, de forma natural, con un círculo de amistades fijo, ha cultivado la relación con grandes como Curro Romero, el cardenal Amigo o Carlos Herrera. Muy habituales han sido y son sus encuentros con Pepote Rodríguez de la Borbolla, Luis Carlos Peris, Manolo Rodríguez, Juan Salas Tornero y su hijo Juan Salas Rubio, Julio Jiménez Heras, los Cuéllar… Hace todo lo posible por evitar a los sevillistas en su tiempo de ocio para sentirse libre al emitir sus opiniones. Serra es un forofo bético (muy “talibán” del beticismo, en expresión de algunos). Es persona que combina la educación con un fuerte carácter. Todos recuerdan cuando un policía local muy sevillista y especialmente celoso en su tarea lo detuvo el Sábado Santo de 1996 en el aeropuerto de San Pablo cuando iba a recoger a su mujer por no retirar el coche de donde lo había estacionado un instante. La narración de aquel suceso ha sido magistralmente repetida más veces que Verano azul por el entonces concejal de Seguridad Ciudadana, Luis Miguel Martín Rubio. El trato lamentable que recibió en las dependencias policiales del Pabellón de México le provocaron ganas de dejar la ciudad.

Y también se recuerda la patada que le dio al delegado del Sevilla, Cristóbal Soria, en el año 2005 tras soportar insultos graves durante un derby. “Al finalizar el encuentro el entrenador del Real Betis propinó una patada al delegado de campo a la altura del tobillo, haciéndole caer. El entrenador fue retirado por las Fuerzas de Seguridad del Estado para evitar males mayores”.

Nunca olvidará el momento en que conoció a Curro Romero. El matador estaba liado con el capote de paseo antes de un paseíllo en la plaza de toros de Sevilla. Curro iba vestido con un terno negro azabache. En esos momentos de tensión fue presentado a Serra Ferrer, que acertó a preguntarle: “Maestro, me han dicho que es usted bético”. Y Romero respondió: “¿Yquién no?”. Y cómo no recordar su primer encuentro con uno de sus grandes amigos, el periodista Luis Carlos Peris, en una rueda de prensa posterior a un partido en el lejano septiembre de 1989. Era tardísimo, las preguntas no cesaban y había que enviar la crónica, cuando a Serra le plantearon una cuestión en mallorquín, lo que generó que el entrenador respondiera en la misma lengua. “¡La hemos jodido con la hora que es!”, exclamó un Peris disgustado por una nueva demora provocada por la necesidad de recurrir a un intérprete.

La vida son recuerdos de una familia de cinco hermanos donde el primero que metía el trozo de pan en la fuente se llevaba la salsa. Es sentir el orgullo de ser mallorquín, hablar el mallorquín en familia, pero pronunciando los nombres propios en castellano. La vida es estar arraigado en Sevilla. Amante de la Semana Santa, apasionado de los toros y feriante comedido. No le gusta nada el Rocío. Dicen que lo pasó mal cuando Lopera lo invitó a una jornada en la aldea. La vida es tener plena confianza en su gente, sobre todo en Alexis, principal referencia de su núcleo duro. La vida son momentos sentado a la mesa en La Isla o Bajo de Guía, donde siempre guarda una dieta frugal, pero selecta. La vida es vivir cerca del club para el que trabaja y soñar con una casa en la calle… Betis. La vida es coleccionar grandes obras de arte, como lienzos de Miró o Barceló. La vida es ejercer de empresario hotelero de éxito con dos establecimientos en las Islas Baleares.

Aseguran que es currelante como pocos y desconfiado como casi todos los entrenadores de fútbol. Los entrenadores son gente acostumbrada al equilibrismo, a vivir con la certeza de que la felicidad siempre es efímera, acaso dura una semana cuando se está al frente de un equipo.

En sus dos primeras etapas en el Betis, ambas como entrenador y con Manuel Ruiz de Lopera en la cúspide del club, fue víctima de los celos, que son la antesala de la envidia. Como dicen los psiquiatras, hay muchas ocasiones en que no se puede hacer absolutamente nada para no generar ni celos ni envidia. La afición del Betis reconoció pronto los éxitos del equipo en la figura de Serra Ferrer y no en el dueño del club. A Serra se debieron el mítico ascenso del 94 tras conseguir 22 de 24 puntos posibles, dos finales de copa del Rey,de las que ganó una en 2005; dos clasifiaciones para la UEFA y una para la Champions. Tras ganar la Copa del Rey y ofrecer el título al Gran Poder, Serra vivió una auténtica procesión de gloria desde la basílica hasta el autobús. Aquello no gustó nada a don Manuel. Serra pidió refuerzos de nivel tras clasificar al Betis en la Champions. No se los dieron, bien por cicatería del presidente, bien porque Lopera ya sentía el aliento de Hacienda en la nunca, bien porque no quería encumbrar más a Serra. El caso es que el entrenador, con manejo de la sutileza, pronunció una frase demoledora en una entrevista concedida a Peris en Diario de Sevilla: “El Betis será lo que quiera don Manuel”. Los focos iluminaron al dueño con claridad.

Es cierto que Lopera ha sido una circunstancia en su vida. Serra está hoy feliz en el club como director deportivo, sin los corsés y condicionantes de antaño. Tiene un Betis a su medida, el que muchas veces soñó, rodeado de profesionales de la gestión, sin personalismos, con un estilo de trabajo moderno donde no caben las alharacas. Serra sigue siempre con los pies protegidos. Las chanclas no paran ningún golpe. Y no son decorosas para el trabajo. La comodidad se paga. El decoro, en el fondo, es una suerte de blindaje.

Más allá del foso de la Universidad

Carlos Navarro Antolín | 8 de julio de 2018 a las 5:30

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LAS cofradías no suelen dar de comer. Aunque haya gente que pelee por ciertos cargos como si llevaran añadida la pensión vitalicia a la que tendrá derecho un tal Sánchez tras asegurarse un período de uso del somier de la Moncloa. Alguien dijo una vez que la estructura de una cofradía era una cebolla con tres capas. La de mayor tamaño corresponde a los hermanos cotizantes. que no aparecen nunca por la hermandad pero pagan religiosamente la cuota por el sistema de domiciliación bancaria que mandó al paro a los cobradores. La segunda en tamaño se corresponde con los capiroteros, que solo aparecen el día de retirada de la papeleta de sitio y el día de la salida de la cofradía. Y la capa de menor tamaño, el núcleo duro de la hortaliza, es el grupo de hermanos que protagonizan la vida cotidiana en la hermandad y que forman parte antes o después de la junta de gobierno. En este colectivo los hay sin oficio ni beneficio, a los que les va la vida por mantenerse en el machito, y los hay que compaginan sus trabajos con las horas de dedicación a la cofradía de su vida, la que aprendieron a amar a través de sus padres.

Antonio Piñero Piñero (Carmona, 1957) es durante unos meses el presidente accidental del Consejo de Cofradías por la dimisión repentina de Joaquín Sainz de la Maza. Fue anteriormente un brillante hermano mayor de la cofradía de Los Estudiantes, de la que forma parte de la capa más interior de la cebolla. Por su profesión de letrado de la Administración de Justicia tiene vida más allá –mucho más allá– de las hermandades. A Piñero se lo encuentra uno en la barra del Labradores con cara de sueño y se justifica alegando que lleva desde las seis de la mañana en una misión especial. No te da más datos, que es hombre chapado a la antigua en la discreción casi excesiva. Consulta uno la web de Diario de Sevilla y aparece la información sobre una operación policial con registro y entrada en el Vacie, en Los Pajaritos o en cualquier punto sensible de la ciudad y, claro, allí estaba Piñero rodeado de policías nacionales blindados hasta la corcha para dar fe pública judicial como corresponde a su puesto en el Juzgado de Instrucción número 9. Muchísimas veces no sabe la estampa que se va a encontrar, qué ristra de miserias humanas va a tener que presenciar y sobre las que luego tendrá que escribir en ese despacho austero, presidido por una foto ochentera del Cristo de la Buena Muerte sobre fondo de cortina roja de terciopelo y dos carteles de pregones universitarios. Siempre el Cristo de la Buena Muerte, siempre presente el crucificado de la Universidad del que su padre fue maniguetero hasta su última Semana Santa.

Hijo del magistrado Francisco de Paula Piñero Carrión (Carmona, 1917-Sevilla, 2012) , sabe lo que es vivir en diferentes ciudades de España, primero como hijo de juez, y después como secretario judicial. A Antonio Piñero le pasa como al rey emérito. Ves a Don Juan Carlos en la televisión y estás viendo al mismísimo Don Juan de Borbón. Cada día la rama se parece más al tronco. Ves a Antonio Piñero camino de una función religiosa y estás viendo la silueta señorial de su padre cuando, inconfundible en las formas, salía de la tertulia de mediodía del Círculo de Labradores camino de la parada del autobús que lo llevara a Los Remedios.

Piñero tiene el don de escuchar a todos y la habilidad después de hacer lo que le da la gana. Dicen que tiene velocidad propia. Es el claro ejemplo del que sigue la proclama: “Oídos los pareceres, yo dictamino”. Tiene un catálogo de frases bien definidas para reaccionar ante determinadas situaciones. Cuando quiere expresar una oposición frontal a un planteamiento: “En modo alguno”. Cuando está un poquito harto de oír obviedades: “Es por ello, es por ello…”. Y cuando encarga una tarea particular a alguien muy concreto: “Si te encargas, te encargas tú”.

En la cofradía de la Cruzcampo tiene casi la misma antigüedad que en la de Los Estudiantes. Piñero es un tipo que prima la compañía antes que el sitio. No es nada exquisito a la hora de escoger un restaurante o una taberna. Se adapta a todo hábitat. Acaso tiene preferencia por los caracoles del bar Bolonia de la calle Juan Sebastián Elcano.

Racional y templado. Cuentan que tiene mucho de Rajoy a la hora de no alterarse. O, al menos, de no parecer alterado. Un día de la Feria de 2017 sufrió un telele cuando se dirigía al real por la calle Asunción. Requirió de ingreso hospitalario. Llamó a la enfermera al cabo de unos días y le dijo que sintiéndolo mucho se tenía que marchar, que ya no podía estar más días en la clínica porque tenía entradas para una corrida de toros. Cuando tiene algo claro es complicado frenarlo. Tal vez sea como su padre, que le insistían en los años noventa para dar el pregón de la Semana Santa y sorpresivamente decía que no, cuando había tortas por abrazar el atril, como las sigue habiendo ahora.

Piñero es la sonrisa en el mundo de las cofradías, tantas veces ajado por los conflictos internos y externos. Es un tipo abierto, extrovertido e integrador. Una prueba de ello es que los jóvenes de Los Estudiantes le tributaron un homenaje improvisado en el último almuerzo que presidía como hermano mayor. Siempre mantuvo abiertas las puertas de la hermandad, siempre obsesionado por el aperturismo. Cuando algún hermano accedía a la sala de cabildos en plena reunión de la junta de gobierno, Piñero se levantaba y le invitaba a pasar al resto de dependencias de la hermandad, para que no se quedara cortado y se marchara. Su gran preocupación es que ningún hermano se quedara en la calle. Llevó ese espíritu de apertura a tal extremo que se inventó la celebración de la Cruz de Mayo en los patios de la Fábrica de Tabacos con permiso, por supuesto, de las autoridades académicas.

La infancia son recuerdos de las aulas de las entrañables dominicas de Madre de Dios de Carmona. Y la juventud son evocaciones de las clases del colegio de San José (Padres Blancos) de Los Remedios, donde también estudió su hermano Francisco, primer alumno del centro que fue ordenado sacerdote y que hoy, además, es el párroco del templo, al que todos cariñosamente conocen como el cura Paco. ¡Cuántos recuerdos de los juegos infantiles con Francisco en los jardines de la casa familiar de Virgen de la Antigua! La vida son recuerdos de los destinos profesionales de su padre: Marchena, Fregenal de la Sierra, Las Palmas de Gran Canaria… El golpe de Estado del 23-F, precisamente, le sorprendió en el archipiélago. La vida es empezar a cursar Derecho en la Universidad de La Laguna y terminar la licenciatura en Sevilla. Hincar los codos en las oposiciones con ese inolvidable descanso de los desayunos del domingo por la mañana en la cafetería Lunchparty frente a la parroquia de Los Remedios.

La vida es llegar temprano a la legendaria caseta Wifredo el Velloso, de la que su padre era fundador, y contemplar el paseo de caballos. La vida es tener el orgullo de ser el hermano mayor que recogió la Medalla de la Universidad concedida a la cofradía de Los Estudiantes por el rector Joaquín Luque. Y la vida, cómo no, es el recuerdo de su perra Molly, un can de enorme tamaño al que sacaba a pasear por las noches –cigarrito en mano– por la calle Virgen de la Cinta.

Uno de los méritos escasamente reconocidos a este cofrade es que se aprendió el segundo apellido del obispo vasco Mario Iceta, al que recogió en el aeropuerto con motivo de unos cultos que iba a presidir en la Capilla de la Universidad. Siempre se refirió al prelado como monseñor Iceta Gavicagogeascoa. Sólo por eso merecería una distinción del Vaticano, por lo menos… Hizo buenas migas con Iceta y con el cardenal Sistach, uno de los grandes canonistas de la Iglesia española al que también invitó a presidir cultos de la cofradía.

Sin hacer mucho ruido, la verdad es que Piñero ha sido pionero en algunas apuestas. Como hermano mayor promovió la designación de la primera mujer pregonera e incorporó la primera mujer a una junta de gobierno. Hizo presión para que su dilecto Lutgardo García fuera pregonero de la Semana Santa. Lo consiguió. Después, ya de vicepresidente del Consejo, consiguió que su amigo del alma, José Ignacio del Rey, también lo fuera. Su vida es una continúa promoción de notables hermanos de Los Estudiantes. Incluso ha hecho hermanos de la cofradía a muchos abogados, jueces y fiscales.

Analítico con las situaciones de la vida cotidiana, pero siempre con corazón. Siempre tiene a mano la raqueta de pádel para jugar en las pistas junto al río. Y, cuidado, porque es tremendamente competitivo por mucho que se queje de las rodillas. Si fuera futbolista se diría que no le gusta perder ni el Torneo de la Galleta. De hecho, ha ganado en todos los comicios cofradieros que se ha presentado, hasta tal punto que en una ocasión se calificó de piñerazo la elevada cantidad de sufragios obtenidos.

Correcto en el vestir, le pierden ciertos antojos como los regalos promocionales: gafas de sol, polos, etcétera. Muy sevillista, tanto que forma parte de la peña Eindhoven. En su casa exhibe la tabla del Cristo de la Buena Muerte que pintó Ricardo Suárez, regalo de la hermandad por el fin de su mandato. Piñero es de los que cumplen con su trabajo con rigor pero sin obsesiones, sabe disfrutar del horario extralaboral. Su despacho está a escasos metros de la cofradía de su vida. Siempre está cerca de la Capilla de la Universidad por grande que sea el foso que separa el templo del exterior de la antigua fábrica. Siempre está en esa capa reducida de la cebolla. Es por ello, es por ello…

La fuerza de la ilusión

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 6:00

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EL que se ríe de uno mismo se puede reír de casi todo. El adulto que sigue siendo un niño mantiene intacta la capacidad de ilusionarse con las cosas pequeñas. El buen humor y la ilusión son un combinado que garantiza la felicidad y nunca deja resaca. Los pesimistas, los que tratan siempre de contagiar al prójimo su carácter avinagrado, desprecian a quienes son capaces de entusiasmarse con el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad, con la iluminación de la portada de la Feria, con una convivencia en el Rocío o con una simple ronda de bares. El amargado busca siempre penitentes para su particular cofradía. El lubricante de la vida está, precisamente, en las ilusiones que caben en un cofre de tamaño pequeño, en las fechas especiales señaladas en el almanaque de las emociones, en los momentos de celebración improvisados y, sobre todo, en la capacidad de convertir el trabajo en una fuente de realización personal y estabilidad. Sentido cristiano se llama. Las personas que reúnen estas características son las especiales, las que no pierden un minuto en autocompadecerse cuando la vida les pone una zancadilla y se dan de bruces con un diagnóstico adverso.

Valentín García es un periodista de Canal Sur Radio que a sus 50 años se ilusiona con la riqueza sencilla de la vida cotidiana. Su vida es una lección de buen humor, que adoba en ocasiones con la acidez y la sagacidad de la que pocos son capaces, sólo aquellos que emplean un sacapuntas fino, finísimo, para gastar bromas sin riesgo de provocar reacciones airadas. Se ríe de sí mismo antes de reírse con cualquiera. Y eso es una virtud en una sociedad crispada como la actual y condicionada por la dictadura de la corrección política. Nadie puede dudar de su punto transgresor, el mejor lubricante de su existencia.

El año 2018 saludó a este madrileño de nacimiento y trianero de adopción con una enfermedad en los pulmones. Tenía que salir de cartero real en el arrabal y le dijeron que descansara. Se negó en rotundo. Quería salir y lo hizo. Se enloqueció repartiendo caramelos, como se enajena cada año en el Rocío con su grupo bautizado como Los desorganizados. El gran secreto de la romería tan particular está en el Land Rover que emplean Valentín y sus amigos: un vehículo viejo y ronco del que nadie sabe cómo pasa la ITV. Aseguran con guasa que el momento en que se adhiere la pegatina de la inspección superada al cristal delantero del automóvil es el de mayor emoción del año. Se dice que están compinchados con el técnico, al que darían su palabra de honor de que sólo usarán semejante cacharro con cuatro ruedas para avanzar por las arenas.

Con Valentín no se puede ir por la calle si se quiere llegar puntual a una cita. Se para más que el C-2. El periodista que vino a trabajar de becario en el 92 se ha hecho con un enorme círculo de amistades y conocidos. Todavía se recuerda la fiesta de su 50 cumpleaños el pasado noviembre. Y todavía se evoca en la redacción de Radio Sevilla la fotografía de Carlos Ferrer Salat con la antorcha encendida y Valentín a su lado corriendo y entrevistándolo al mismo tiempo. El primer programa que presentó en Sevilla lo hizo en la SER, junto a Sonsoles García en los tiempos de Radio Sevilla Dos. Estuvo en los comienzos del popular programa La Cámara de los balones con el maestro José Antonio Sánchez Araujo.

Nada arriesgado con la ropa, se cuenta que es gran cliente de Cortefiel porque todas las prendas de este establecimiento parecen hechas a su medida. Usa camisas y chalecos de su padre y de su cuñado. Gasta guasa con la ropa de sus compañeros. Es provocador. Exhibe el vientre a lo Cristiano Ronaldo tras marcar un gol si la ocasión lo requiere.

Su vida es la calle, la radio. Es bueno haciendo radio porque es natural, espontáneo, divertido y tiene esa capacidad para comunicar que provoca ser echado de menos por los oyentes. Su vida es una tertulia eterna, en antena con los oyentes junto a Tom Martín Benítez, o en cualquier bar de su amada calle Castilla. Entre sesión y sesión de quimioterapia, la calle Castilla es su hábitat preferido.

La Feria es esa fiesta donde es capaz de pasar catorce horas. Como buen niño grande es un polvorilla. Se deja ensimismar por el alumbrado. Mira la portada con los ojos extasiados del primer día. Esa capacidad de ilusionarse es quizás el rasgo principal de su carácter. Ilusión por todo: para jugar el cupón de los viernes, o para estar abonado al número 41010 de la Lotería Nacional por ser el número que se corresponde con el código postal de Triana.

Tiene manías muy peculiares. Valentín García, por ejemplo, no puede con los peces. No puede tener cerca ni acuarios, ni objetos de decoración que tengan peces. Una de sus rarezas es la de entrar siempre en la radio con el pie derecho, la cartera en la mano y usar el ascensor de la derecha. O tener siempre 24 botellines en la nevera. Si se bebe uno, lo repone rápidamente. La vida es pasión por su colección de sombreros. Cada viaje un tocado nuevo: hindú, chino, inglés… Y, por supuesto, un tricornio. No le gusta nada el fútbol por mucho que colaborara con Araujo. Francino lo entrevistó recientemente en la SER para toda España y le preguntó si el Betis se clasificaría para Europa. Se tiró al ruedo y dijo que sí sin tener ni pajolera idea de la marcha de la temporada del equipo verdiblanco. Sus afines saben su proclama cuando se trata del balompié: “Yo en asuntos de fútbol me quedé en Calderé”.

En las redes sociales retransmite la evolución de su enfermedad. Sin pretenderlo se ha convertido en la referencia de muchos pacientes con cáncer. Su vitalidad y su capacidad para la comunicación lo han llevado a platós de televisión y a estudios de radio. Por su carisma siempre ha ocupado el centro de las reuniones de forma natural y ahora, quién se lo iba a decir, es la esperanza de cientos de enfermos.

La vida son recuerdos de su estancia en Boston y Nueva York junto a sus padres, del barrio de Salamanca de Madrid donde pocos saben que se ha criado, del chalé de la sierra de la capital de España donde ahora se recupera. La vida es no quejarse casi de nada. ¿Quién ha visto a este Valentín enfadado alguna vez? Quizás cuando algo no se hace bien en la radio. La vida son recuerdos de juergas de juventud interminables, de presumir de las cicatrices, de provocar, exhibir, agitar. La vida es un paseo en la Vespa de color rojo que cuida como a un tercer hijo. La vida es hacer chiste de todo: “Me apunto a un gimnasio y me entra cáncer, ¿os habéis dado cuenta?”. La vida son camisetas de diseño propio que le hacen en un comercio de Vejer de la Frontera. Genial la que luce el lema Fajas Aurora que, por cierto, es el comienzo de la dirección de su correo electrónico particular. El buen humor, siempre el buen humor. La vida es afición por la música de Los Chunguitos, Nacha Pop y Tequila. Es ganar un concurso de cartas de amor convocado en Paradas en 1999. Es escaparse por Cádiz, el Palmar, Zahara de los Atunes o pueblos desconocidos de Portugal que ha descubierto recientemente. No hace mucho se alquiló una casita en un pequeño poblado desconocido y en dos días ya estaba publicando imágenes de una barbacoa de sardinas en la que participaba media localidad. No extraña que digan que es capaz de sacarle conversación al surtidor de la gasolinera: “Ha elegido diesel”. Y Valentín le suelta una de sus perlas a la máquina y ésta le responde…

Un don para la radio, un desastre para la cocina. En la calle no existe nunca el reloj. Y el Viernes Santo mucho menos. Sale a ver el Cachorro por la calle Castilla, se queda en los bares de la collación, ve pasar la O, va empalmando las tertulias y sigue en la misma calle Castilla cuando ya está El Cachorro de regreso. No tiene medida para nada cuando está en la calle. Es el gallo de todos los gallineros que se improvisan a su encuentro. Es feliz con su forma de ser, es un escándalo permanente, una charla continua. Un tipo vibrante. La radio misma. 24 horas conectado si pudiera. De hecho duerme poco, poquísimo. Porque al dormir no puede gastar bromas a sus amigos de la redacción, Jorge González y José María Humanes, no puede lanzar dardos con humor al prójimo, disfrutar con cualquiera de los escándalos que este terremoto arma en un plisplás y contarnos en las redes sociales que va ganando su particular batalla. Durmiendo no se coleccionan sombreros. Y lo sabe.

 

El rey Midas sevillano

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2018 a las 5:00

navarro.jpgNADIE con treinta y pocos años rechaza una oferta en firme para vender un negocio por más de 30 millones de euros. A esa edad se piensa en otras cosas, se está quizás a la búsqueda de un empleo estable, tal vez terminando de estudiar unas oposiciones, o sobreviviendo con un sueldo que roza los mil euros. Primero porque en la treintena no se manejan negocios de ese valor. Y segundo porque nadie rechazaría una oferta de ese importe. Cuando se repasan los listados publicados de alumnos célebres de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla –sobre todo ahora que cumple 500 años– siempre aparecen los mismos ilustres nombres. Políticos que han dormido en la Moncloa, ministros, alcaldes, etcétera. Figuran, sobre todo, licenciados que han alcanzado importantes cotas de poder en España. A la hora de elaborar esos cuadros de honor, el poder cotiza alto, el dinero menos y el prestigio nada. Derecho es esa carrera multiusos, ese robot de cocina de la Hispalense, del que lo mismo salen unas lentejas que un pastel de puerros, lo mismo gente que ha estado en la cárcel que personalidades de la vida pública española. En esta facultad se licenció Rosauro Varo (Sevilla, 1979). La verdad es que él mismo no oculta que acabó los estudios universitarios a trancas y barrancas. Terminó los estudios fundamentalmente por dar una alegría a sus padres: un médico cordobés y una política socialista extremeña.

Lo suyo en los años de estudiante era olfatear las posibilidades de negocio en cualquier actividad. De entrada siempre tuvo en la noche una oportunidad de negocio. En vez de divertirse en las fiestas, maquinaba organizándolas. La Nochevieja era un filón. La empresa de reparto de bebidas, otro filón. El ocio productivo se organizaba en la discoteca BOSS de la calle Betis, la marca de la oferta nocturna a la que muchos siguen vinculando hoy a Rosauro Varo. Cuando ahora lo ven en Madrid con gente de las altas esferas del Íbex 35, siempre hay quien suelta: “Mira, es Rosauro, el de la BOSS”.

No hay torero sin cuadrilla, ni triunfo individual. Varo tuvo un primer padrino fundamental: el empresario Gonzalo Madariaga, que le confió una suerte de embajada de su empresa en Madrid. En la capital de España hizo relaciones fundamentales para su trayectoria. En su vida ha sido clave también su relación con los Medina, los hijos del difunto duque de Feria y Nati Abascal, que le pusieron en contacto con un selecto grupo de amistades, como también lo ha sido su período de vinculación con la Casa de Alba. En Madrid conoció a Javier Hidalgo, hijo de Juan José Hidalgo, dueño de Globalia, el holding turístico español. Javier Hidalgo es ese señor que lo mismo aparece con frac y pajarita en las fotos que con estética del tío que recoge las fichas en una atracción de coches locos. Varo hace su primer gran negocio al intermediar en una operación financiera en el extranjero. Ese dinero lo invirtieron en comprar Pepe Phone al padre de Hidalgo, el negocio de telecomunicaciones destinado a la población juvenil con precios muy bajos y grandes facilidades. Las altas y bajas se hacían con gran rapidez gracias a que no ponían las cortapisas de las compañías tradicionales. El gran pelotazo posterior fue la venta a Más Móvil de la empresa Pepe Phone. Y no se vendió finalmente por esos más de 30 millones, sino por casi 160. La clave, como ahora se ve, fue su olfato para apostar aquellos años por el sector de las telecomunicaciones cuando se trataba de tiempos analógicos. El olfato, sí. Y el don para conocer gente, ser simpático, embaucar, persuadir, convencer… Y hacer de todas estas virtudes su modo de vida. Una simpatía productiva que esconde una capacidad para el riesgo y para el sufrimiento.

Cuentan que también ha sido muy productiva su gran relación con Jorge Moragas, muchos años jefe del gabinete de Mariano Rajoy y actual embajador ante la ONU. Ambos se ven mucho en Ibiza. Varo apostó por Cabify cuando era más arriesgado. Se alió con el presidente de la compañía cuando todavía no se había promulgado el marco regulatorio de los VTC. Compró licencias en Madrid, Barcelona y Valencia. Se aprobó esa normativa y ahí están los cabify circulando.

Uno de sus grandes éxitos ha sido la compra de cinco millones de acciones de Telefónica por valor de 45 millones de euros. La cantidad no le da para sentarse en el consejo de administración, pero sí para moverse como un hombre de referencia de la multinacional. A Varo no se le puede negar su capacidad para el riesgo ni su obsesión por el trabajo. No todos los negocios le han salido redondos. El restaurante en Castellana 8 no cuajó. Ahora está metido en una promoción inmobiliaria en Zahara de los Atunes, otra en Reyes Católicos junto a su amigo el torero José María Manzanares (en el edificio por el que se le pagan más de 25.000 euros mensuales a la Real Maestranza) y sigue con el club de playa de Estepona, el Puro Beach. También se está construyendo una casa en Guadalmina.

De codearse con Moragas ha pasado a correr maratones en Nueva York con el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, o incluso a recibirle en alguna de sus fiestas en su casa de la urbanización La Finca de Madrid.

Es notorio que Rosauro Varo tiene la necesidad de ser alguien importante. Y quiere serlo en Sevilla, donde el reconocimiento o la apariencia de reconocimiento –si llega– se palpa cada día, en cada calle y a cada minuto. Porque Madrid es una selva, una nebulosa, una amalgama de gente donde resulta difícil brillar y, más aún, echar raíces. La prueba de que este joven millonario prefiere Sevilla es la compra de un casoplón en la calle Lope de Rueda, su reciente ingreso en el Aeroclub, su vinculación a la cofradía del Amor y su interés en formar parte de alguna otra entidad de vida social.

Ha demostrado capacidad para moverse en las filas socialistas tanto como para aproximarse (y mucho) a las del PP. Uno de sus principales protectores es hoy el empresario José María Pacheco, presidente de Konecta, con quien comparte relaciones sólidas con Juan Ignacio Zoido. Varo tiene la misma habilidad para codearse en el palco del Bernabéu que para coger sitio en la barra del Emilio de la Plaza de Cuba.

En Sevilla reside en una casa en el Porvenir mientras se prepara la de Santa Cruz. Se trabaja un barniz de intelectualidad dando clases en un máster de la UPO, donde revela datos de su meteórica carrera. Quienes lo tratan aseguran que es un tipo generoso, espléndido. A Varo le encanta explicar su carrera, tiene necesidad de justificar su éxito en foros especializados: el referido máster de banca y finanzas en la UPO, las asociaciones de directivos, los foros en Antares, etcétera. En algunas de estas citas se hace presentar por Luis Miguel Martín Rubio, que siempre refiere sus grandes habilidades para el fútbol.

Su hombre de confianza para las finanzas es Pablo Ferre, el director financiero que controla los números después de que Varo haya olisqueado el negocio. Varo apunta con el ojo y Ferre dispara con los números. Ferre, por cierto, también ha entrado en el Aero con el apoyo fundamental de destacados miembros de la nobleza sevillana.

Varo tiene un chófer que parece el primo de Zumosol. Por su corpulencia se intuye que tiene otras funciones encomendadas además de las de agarrar el volante. Se entiende la apuesta por los armarios empotrados si se tiene en cuenta la proyección social de Varo y que hace muchos años sufrió un ataque en la vía pública que trascendió a los medios de comunicación.

En su mérito está el saber que hubo un tiempo que no era querido por la Sevilla altiva de apellidos arraigados, o que quizás era visto como un niño pijo dedicado a la organización de fiestas con las que ganarse las perras. Tras 15 años de progresión, su presencia ahora es solicitada en todos los foros por mucho que la velocidad en el éxito pueda generar desconfianza. Sin ser ostentoso, es cierto que se ha venido arriba.

Es curioso que Varo no le tiene miedo a perder millones de euros en un negocio, pero tiene cautelas para asumir determinadas cuotas de protagonismo en Sevilla, una prueba quizás de ese temor que genera la ciudad en políticos y empresarios con intención de ser alguien en clave local. Cuando mira la hora en su Rolex, modelo Daitona, no ve el momento de dar por concluida su carrera de éxito en Sevilla. Varo necesita ser un triunfador en la capital de Andalucía casi tanto como vestir los pantalones de perniles estrechos, las chaquetas ajustadas y los zapatos de doble hebilla.

Viaja de Madrid a Sevilla en el AVE casi con la misma facilidad que luce barba o se la quita. Aquel jovenzuelo que pudo ser un gran extremo izquierdo en el fútbol, que se lesionó una rodilla, se convirtió en un empresario de éxito muy bien relacionado con la derecha. Si combina el PSOE con el PP con facilidad, también es capaz de pasarse una fiesta bebiendo coca-cola zero o una Feria a base de champán en su caseta de Feria de Joselito El Gallo, donde se reserva la mesa de la primera fila.

La vida son recuerdos de las aulas de Portaceli, de un negocio de ropa que no cuajó, como tampoco lo hizo la compra masiva de aparatos chinos de cassete justo antes de la irrupción del Cd. Son recuerdos también de una primera oficina de Airtel en 1999 con la ayuda del difunto Alberto Yarte. La vida es un año de estancia en Nueva York para estudiar inglés. Es generar suspicacias en algunos políticos temerosos de que el éxito prematuro pudiera generar problemas, como es provocar la envidia en muchos de los que, en el fondo, quisieran ser como él. La vida es vivir la Semana Santa en una casa alquilada de tres plantas en la esquina de Placentines con la Cuesta del Bacalao, donde se reúnen los cuatro jinetes del Apocalipsis: Varo, José María Pacheco, Miguel Báez Litri e Iván Bohórquez. La vida es tener siempre presente la terna de amigos con quienes hizo sus primeros pinitos como emprendedor: José Laguillo, Luis Morón y Pablo Alberca. La vida son viejas fotografías de aquellas fiestas en el loft de la calle Curtidurías. La vida es el culto al cuerpo en el gimnasio propio, los trajes cortados por un sastre de Madrid y disfrutar viajando en su Range Rover modelo Vogue.

Cuando mira por el ventanal de su despacho de la Castellana ve la sede del Ministerio de Interior. Todo aquello es inmensamente grande, inabarcable y hasta frío. Rosauro en Madrid es una gota en un océano de personajes, con riesgo de aparecer más en las páginas rosas que en las de color salmón. Rosauro en Sevilla es un personaje en sí mismo, el niño que se crió en los jesuitas, el empresario que te paga la convidá en Trifón porque es su cumpleaños. He ahí la diferencia entre Madrid y Sevilla. Le gusta cuidar el territorio como hacen los políticos astutos: no pierden nunca de vista la provincia de la que proceden por mucho que asciendan en Madrid. El dinero pasa, el territorio permanece. Todos los años sale La Borriquita. Y hay túnicas blancas que esperan envolver la inocencia.

 

Dos disparan juntos

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

salazarbajuelo

EN Sevilla hay dúos que forman parte del paisaje urbano y que generan afecto y simpatía. Personas que se llevan la mar de bien y a las que no se entiende por separado. Incluso tenemos un dúo histórico que sacamos en procesión el Jueves de Corpus: las Santas Justa y Rufina, mártires trianeras. ¿Usted se imagina al cardenal Amigo sin el hermano Pablo a su lado dispuesto a colocarle la mitra, pasarle las páginas de los textos sagrados durante la misa, o advertirle de que una señora está esperando con ilusión y paciencia su bendición detrás de una valla? Un dúo archiconocido en la vida social de la ciudad es el de las hermanas Cobo, ora en las butacas del teatro de la Maestranza, ora en la plaza de toros, ora en la salida de la Redención, la cofradía que atrae a los famosos en los últimos tiempos. Otros dúos actuales son los modistos Victorio y Lucchino, el ministro Zoido y Gregorio Serrano, los peperos locales Beltrán Pérez y Rafael Belmonte, el interventor y el secretario del Ayuntamiento, José Miguel Braojos y Luis Enrique Flores, el abogado Adolfo Arenas y el carpintero Andrés Martín. En la Sevilla de los 90, por ejemplo, eran muy conocidos el dúo del poeta Manuel Lozano y el pintor Francisco Maireles, y el del presidente del Consejo Antonio Ríos y su hermana doña Rosario.

El dúo que cuenta con mayor antigüedad en Sevilla es el de los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo. En Sevilla están los sevillanos de la Cámara con mayúscula al igual que están los sevillanos de la cámara con minúscula. La Cámara con mayúscula es ese organismo que no se sabe muy bien para qué sirve en la actualidad, pero que le da ocupación cotidiana a gente muy respetable y querida. Gracias a la Cámara con su mayúscula tenemos a don Francisco Herrero en todos los saraos de la ciudad, que da gusto saludarlo, siempre maqueado, tan sonriente como el metre de Becerrita y dispuesto para la fotografía de rigor que habremos de ver en todos los papeles al día siguiente e incluso en sucesivas jornadas. Un hombre, un voto. Un acto, una foto. Un tinglado sin Paco Herrero es un pregón sin versos, un Martes Santo al revés, una Feria sin Calle del Infierno. Y entre los sevillanos de la cámara con minúscula están en lugar preferente dos de la quinta del 52, nacidos ambos en la Puerta Real. Salazar y Bajuelo, Bajuelo y Salazar. Comparten vocación por la fotografía, pero no la ocupación profesional. Salazar ha sido mayorista del gremio de la joyería hasta su reciente corte de coleta, que se produjo el pasado Sábado Santo. En España las cosas importantes suceden en Sábado Santo: la legalización del Partido Comunista, la salida de la Canina y la jubilación de Fernando Salazar, que deja de transportar oro en su maletín de alta seguridad como un Melchor de la vida cotidiana, de cliente en cliente, de joyería en joyería.

Bajuelo, en cambio, es un sevillano que hasta hace poco te vendía una moto. Literal. Se ha pasado más de cuarenta años vendiendo motocicletas en un comercio de la calle Torneo. Cuando Salazar terminaba de descargar el oro en los mostradores de las joyerías y Bajuelo había colocado ya todas las motos a los clientes de la jornada, ambos se dedicaban (y aún siguen) a patrullar la ciudad con la cámara de fotos. Antes usaban las de carrete y ahora emplean la Fuji o la Nikon. Antes trabajaban con las diapositivas y ahora se afanan en el tratamiento digital. Quizás la clave de la permanencia del dúo es que Salazar y Bajuelo son completamente distintos. Fernando es la gracia, la guasa y esa otra modalidad de humor llevado al extremo que aparece mechado de acidez. Bajuelo es la discreción, el paso atrás, el silencio, la observación, los párpados a media altura que protegen unos ojos que lo escrutan todo calladamente mientras los demás hablan. Unidos por la fidelidad a la cofradía del Museo y por la afición a lucir barba, pero separados por los caracteres. Salazar tiene mando en plaza en muchas cofradías gracias a su popularidad. ¿Cuántas veces no hemos visto a un capataz preguntarle en plena faena?: “Fernando, ¿te lo paro aquí para la foto?”. Y se oye el martillazo, los zancos se van al suelo y Salazar y Bajuelo preparan la escalera y la cámara y se ponen a disparar.

Fernando es el trabajo con los métodos tradicionales. Bajuelo es el innovador, el primero de los dos en usar el palo, las máquinas digitales y las composiciones angulares. Fernando es el relaciones públicas, dicharachero, siempre con el sacapuntas preparado para afilar cualquier situación. Y Bajuelo disfruta si se libra de ir a un acto que exija hablar en público o de tener que recoger un premio. Cuando Fernando suelta una gracia de las buenas, quizás lo mejor es comprobar cómo Bajuelo se ríe para adentro, esa risa de nazareno que se intuye por los ojos del antifaz.

Fernando es la fuerza física. Bajuelo es la capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías. A Salazar se le recuerda alzar victorioso los carretes tras un intenso día de Semana Santa, sabedor de que había conseguido las imágenes que buscaba: “¡Ocho, ocho orejas he cortado!”. Esos pasos de frente o de lado, con un encuadre perfecto, sin una farola, sin una banderola de comercio, sin un calvo estropeando la perspectiva.

Fernando ronea de sus fotos, exhibe al vuelo la capa brillante de sus triunfos. Le gustan los cielos celestones cuando la noche aún no es plena. Ángel es de ruan, la cola siempre recogida, y prefiere la luz potente del día. Cuando aparecieron los primeros teléfonos móviles con capacidad para hacer fotografías –aquellos Nokia muy básicos– ocurrió un hecho curioso en el retorno nocturno de San Roque. Salazar no aguantaba más y exclamó: “¡A ver los tontos con los móviles! ¡Ya está bien!”. Se esfumaron todos los usuarios de teléfonos y el dúo incombustible pudo entregarse a su afición.

Una singularidad de Salazar es que tiene un palco en la plaza donde es muy difícil sorprenderlo. Para Salazar, su amigo y socio Bajuelo es el “maestro”. Te lo encuentras solo, le preguntas por Ángel y te suelta una perla: “El maestro está en el puente con el palo”, en alusión a los nuevos artilugios que ofrece la técnica y que Salazar siempre ha mirado con recelo.

La vida son recuerdos comunes del colegio infantil de la calle Gravina y posteriormente del colegio San Luis Gonzaga de la calle Trajano. La vida es parar las tardes de Semana Santa para el avituallamiento en Martián, el comercio de Sierpes de Eduardo Martínez Angelina. La vida era levantar la diapositiva y disfrutar de la foto en ese formato, la vida es el ruido de las máquinas al disparar, la fundación del grupo de fotógrafos F-100 que tenía su sede en Jimios. La vida es encontrarse con monseñor Amigo hace unos años por la calle Tomás de Ybarra una tarde de Semana Santa:“Fernando, me debe usted la foto de cuando llegué a Sevilla”. Yya se sabe el lema general de Fernando, la leyenda de su escudo personal: “Mañana te llevo la foto”. Las fotos son siempre para un mañana que llega a la velocidad que dictan los autores de las imágenes. La vida es un dúo cuya heráldica bien podría basarse en tres elementos: el trípode, la escalera y la moto para los desplazamientos rápidos. La vida es beber de la fuente de Luis Arenas y tener discípulos predilectos como Javier Mejía, exquisito fotógrafo que suma lo mejor de cada uno de estos dos sevillanos.

Los sábados a mediodía son para la tertulia El Escapulario en el salón de Casa Ricardo, antigua Casa Ovidio, donde son fijos Juan Salas Tornero y su hijo, Joaquín Lopera, los Fernández Palacios, Antonio Escudero y Gabriel Camacho, entre otros.

Los tinglados que monta el personal para casarse en los últimos tiempos provocan que este dúo cada vez acepte menos los reportajes nupciales. ¿Ir a la playa a hacer fotos de los novios con el mar de fondo? No, gracias. ¿En los Jardines de Murillo? No, gracias. ¿En la Plaza de España? No, gracias. Y Salazar y Bajuelo van poniendo mesura y eso que cotiza cada vez menos en las celebraciones sociales: el criterio. Tonterías, las precisas. Y como dijo el tabernero de la calle Boteros cuando le pidieron con una pronunciación muy trabajada una copa de Marie Brizard: “Chucherías, al quiosco de la Alfalfa”.

Siempre vestidos con respeto para las cofradías, el Ateneo o cualquier acto social al que son reclamados. Siempre alejados de la estética de muchos fotógrafos de hoy que parecen yihadistas con cinturones de explosivos para trabajar. Siempre parcos en la palabra y con el tono de voz bajo. Son confundidos con asistentes al culto, a la procesión o a la conferencia de turno. Junto con Martín Cartaya ejecutan a la perfección la virtud de estar sin ser visto, trabajar sin molestar y acudir a los sitios sin hacerse notar.

La alegría de la fe

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

José Ignacio del Rey Tirado

COFRADE de ruan, vecino de Los Remedios, abogado de profesión y pregonero de la Semana Santa. Hay quien lo tiene todo para responder al prototipo de sevillano ortodoxo con el que una tarde de Feria podría ser una experiencia tan divertida como la lectura de la revista oficial del Colegio de Médicos en la sala de espera del dentista. Este año tenemos un pregonero de catálogo. Sí, pero es de los que pegan el regate en corto y exhiben el espíritu transgresor que llevan dentro cuando uno menos se lo espera. Cuidado porque hay guasa. Hay gente que se mete en las cofradías para trepar, gente que se introduce como una babosa aficionada para hacer cierta carrera social en Sevilla. Hay gente joven que se hace prematuramente vieja por estar tantas horas en una casa de hermandad, como también hay gente que mantiene un espíritu jovial pese al tiempo que invierte en una cofradía. José Ignacio del Rey Tirado (Madrid, 1972) no es lo que reza su tarjeta de presentación. Su vida tiene mas baches que el empedrado de la Lonja de la vieja Fábrica de Tabacos. Nunca se hará la víctima. Es un personaje divertido, cristianamente alegre y con un elevado grado de compromiso con su hermandad del alma y con su profesión de abogado. Este domingo pronunciará el Pregón de la Semana Santa con un chaqué cortado por el maestro Ibáñez. Dicen que el sastre está rezando para que el pregonero no coja más peso en estos días previos, cuando se le están poniendo hechuras de costalero de Los Caballos en la chicotá de vuelta por la Cuesta del Rosario. Defienden algunos entendidos en la materia que lo bonito del Pregón es que sea pronunciado por alguien no experto ni en la literatura ni en la oratoria, pero sí con unas vivencias y un conocimiento profundo sobre los pilares de la materia: la Semana Santa y sus hermandades. En eso no le quepa duda a nadie que este abogado tiene el cum laude garantizado. No es aburrido porque tiene guasa y acidez de sobra, como el día de su designación cuando afirmó, tras varios años con novedades musicales en el acto, que en su pregón podría haber maracas… De tonto está como la Canina: ni un pelo. De amor a las cofradías anda sobrado. Pilla al vuelo a los envidiosos taimados. Y siempre, siempre, arenga a todos para que tengan caridad cristiana con el prójimo. Claro que a veces hay que recordarle que la caridad debe ir de la mano de la justicia previa. Y ahí pueden surgir esas discrepancias que le encantan para organizar una buena y ordenada polémica. En ese momento, este José Ignacio se acerca a la barra y pide una copa “pregonero”, que consiste en un chorreón de ginebra con limón, siempre con limón, en ese bar de la calle Juan Sebastián Elcano donde tantas y tan buenas tertulias improvisa con algunos de sus hermanos en la cofradía de la Universidad, como sus inseparables Antonio Piñero, Antonio Gil Tejero o Juan Antonio González Marín. “Mi pregón será entretenido, ¿eh?”, anuncia para alivio del respetable, demostrando conocer cómo se las gastan sus paisanos cada Domingo de Pasión.

La vida son recuerdos de todo lo que ha oído de su abuelo, José María del Rey Delgado, un notario con despacho en la Plaza del Pan que se metió a ganadero y a escribir libros taurinos con el seudónimo de Selipe. Su abuelo, por cierto, protocolizó nada menos que la concordia entre el Gran Poder y la Macarena, el célebre acuerdo que sigue vigente más de cien años después. El tío de José Ignacio, José María del Rey Caballero, usó después ese mismo seudónimo. Y hasta su hermano Eduardo, hoy hermano mayor del Silencio, lo ha empleado alguna vez como Selipe III. La vida son diez años de crianza en Madrid antes de que a su padre, Eduardo del Rey García, le dieran plaza fija en Sevilla como funcionario del Ministerio de Agricultura. Son recuerdos de las aulas del colegio Marista y del instituto Carlos Haya de Tablada. La vida es vivir en la alegría de la fe con independencia de como sean de pronunciadas las curvas del camino de la existencia. Ahí se le nota que es nazareno del Silencio: en el abrazo a la cruz de las desgracias. La vida es ironía, sentido del humor y nervio, puro nervio, para bien y para mal.

Dicen que le ha pegado más recortes al texto original del Pregón que Montoro al estado del bienestar. Sabe que en la impresión del Pregón no se debe emplear más de un paquete de folios y que todos debemos llegar a tiempo (con comodidad) de oír las noticias de las dos de la tarde. Al menos tiene tanta facilidad para usar las tijeras como para responder a cualquier comentario. Este abogado es rápido, muy rápido, aprieta el gatillo con suma rapidez en cualquier reunión, y es un gran observador de cuanto le rodea. Es un tipo actual de los que se empapan los telediarios y las informaciones sobre la Iglesia. Pregúntenle por los movimientos eclesiales, los últimos documentos sobre asuntos del gobierno de la Curia o las quinielas para nuevos prelados.

Un día se hartó de pescao frito en su casa de hermandad. El hermano mayor de entonces tuvo la feliz idea de prescindir de los capataces, una decisión legítima, pero eligió con alguna torpeza el momento de comunicar dicha decision, porque lo hizo antes de una convivencia prevista con las cuadrillas y la junta de gobierno. Los costaleros, en cuantito se enteraron de los despidos, se sumaron voluntarios a esa suerte de ERE del martillo. En la mesa quedaron pavías, pescadas y croquetas para dos cuadrillas enteras de costaleros. Los entonces jóvenes de la cofradía que andaban por allí, entre ellos José Ignacio, se pusieron morados y nunca, nunca, olvidaron la noche en que los Ariza y el añorado Jesús Basterra dejaron el martillo de la cofradía universitaria. La vida es guardar lealtad al hermano mayor de su cofradía, sea quien sea, y a su maestro en la profesión como abogado, Alfonso Cano Bravo. Y la vida es ejercer gratis total el oficio cuando las condiciones del cliente lo requieren, pero de eso no le oirán hablar nunca, eso lo sabemos porque lo dicen algunos de sus compañeros con lágrimas de emoción en los ojos. Tampoco le oirán hablar mucho de su condición de orgulloso hermano de la Caridad, donde trabaja de manera muy activa en el proceso de beatificación del venerable Miguel Mañara (1627-1679).

Alegre, echado para adelante, sin complejos y con la enorme ventaja de no haber generado ninguna expectación para el Domingo de Pasión. Sí, es abogado, vecino de Los Remedios y doblemente cofrade de cola, pero se puede compartir una tarde de Feria con este letrado porque sabe dosificar esa acidez que en clave local se llama guasa y que, al fin, es el lubricante de los mejores momentos. El día que recibió la llamada del Consejo para ser designado pregonero estaba en la sede de su cofradía tras el acto de inauguración del curso académico universitario. Se metió con el teléfono móvil en el retrete de la casa de hermandad. Allí se quedó un buen rato para atender las principales llamadas y es de suponer que para hablar también con sus familiares. Al salir de ese reducido aseo, la gente de la hermandad estaba esperando oír de su propia voz la feliz noticia de su nombramiento. José Ignacio prefirió ser directo. A su estilo, que es hablar muy rápido porque piensa a la velocidad de Santa Marta: “¿Qué hacéis todos aquí? ¿Un pregonero no puede estar en el wáter, o qué?”.

Disfruta de la buena mesa tanto como cuando recorría la cofradía estudiantil en sus años de diputado mayor de gobierno: de cruz a palio con parada en el cántaro de agua. Porque los buenos nazarenos con funciones de enlace saben cómo y dónde hay que beber agua sin ser vistos. Creador del sistema de vigilancia de los monaguillos, con un cuerpo auxiliar y un dispositivo muy controlado de entrega de los menores a sus padres o tutores. Siempre ha tenido a los monaguillos como los hermanos predilectos de la cofradía, más importantes que los propios sagrados titulares en caso de lluvia repentina. Su casa está iluminada por una fe a prueba de vaivenes, simbolizada en un hachón de cera tiniebla que iluminó la última tarde de Martes Santo la faz amorosa de ese Cristo más humano por menos divino, el Señor que siempre espera los lirios morados que llegan frescos la mañana del Sábado de Pasión, la misma mañana en la que se descargan las cruces que son apiladas en las galerías de la Universidad. No hay más preciosa imagen de la alianza de la cultura y la fe que esas cruces que aguardan junto a las aulas a ser portadas por nazarenos de todas las edades y condiciones. Hay túnicas de tonalidad ala de mosca que salieron de la vieja Universidad de Laraña, donde se concentraban las cuatro facultades de los años cincuenta, como las hay de brillante ruan que quizás visten ya estudiantes de nuevas y emergentes universidades privadas.

El pregonero dice que no aburrirá. Escrito está que algunos ya hemos estado en el pregón de este madrileño que aprendió a hacerse sevillano en la distancia. Lo hemos oído varias veces en las reuniones preparatorias, cuando se ganaba la confianza de los monaguillos, de sus padres y de sus abuelos. Lo hacía con tacto, con exquisitez, con cariño, con mano izquierda. Sólo así se forja a los futuros nazarenos de Los Estudiantes, sólo así uno se queda de pie cuando la vida le golpea. Pasa la fuerte marejada de cualquier desgracia y allí sigue José Ignacio, empapado por fuera, abatido por dentro, pero agarrado a la cruz que recibió de sus padres, la del mástil más alto, carey y plata; la del Señor de ojos grandes, cuello erguido y potencias de oro. Y siempre hay alguien, siempre, que le da de beber del cántaro fresco de la Buena Muerte para, torbellino de nervios, seguir remontando la cofradía y buscar a su Virgen de Los Estudiantes.

El taller de la elegancia

Carlos Navarro Antolín | 4 de marzo de 2018 a las 5:00

Fernando Rodriėguez Avila

A las personas se las conoce cuando dicen que no. De grandes noes han surgido más largas relaciones que de esos abrazos fáciles de alcalde paseante por la Feria. La negativa genera un respeto que muchas veces desemboca en admiración. El no echa raíces, el sí se olvida. El no es la mejor tarjeta de presentación. El no está revestido de verdad, de riesgo, de la valentía de quien asume los efectos secundarios. El sí es como los pregones “hamburguesa”, que te hartas de aplaudir, te llenan, pero a los veinte minutos se te han olvidado… Y tienes hambre. El no es la prueba del algodón que revela la ausencia de ojana, el estar dispuesto a asumir el coste de la antipatía, la determinación firme de quedar como un malage. El no bien administrado es auténtico, el sí a todo es pura debilidad, es ganar cada día las oposiciones a una plaza fija de agradaor. Dos sevillanos se presentaron un día en el taller de Fernando Rodríguez Ávila (Sevilla, 1936), maestro sastre al que siempre oirán hablar de su “oficio”, nunca de su “trabajo”. Los dos visitantes irrumpieron en la paz del taller (telas, catálogos, tijeras, probador, mostrador, metro, fotografías…) para pedirle que hiciera un traje de servidor de una antigua cofradía. El encargo era un engorro desde el minuto número uno: por las medidas especiales, por los detalles del terno, por las fechas en que tenía que estar terminado el terno… Al maestro Ávila se le puso la cara del escultor Sebastián Santos cuando le encargaron el Señor de la Cena… con el regalito de los doce apóstoles. Con una serie de preguntas que reflejaban las dificultades de la encomienda, dejó entrever las cargas del pedido, evidenció que el sastre no tenía ningún interés ni siquiera en iniciar el dibujo. Macheteó el incómodo toro del encargo para quitarle las embestidas de la ilusión de aquellos dos incautos. Hasta que en un momento dado, sin acritud pero directo, sentenció en voz baja y mirando fijamente a uno de los visitantes: “Yo lo voy a hacer, pero ese traje es un latazo”. Los dos señores se fueron con el sí, pero al rato se sinceraron entre ellos: “A este señor lo llamamos mañana y le liberamos del encargo. Un encargo que para nosotros es tan bonito no puede generar incomodidad a nadie”.

Sevilla tiene en pleno centro a uno de los 30 mejores sastres de toda España, un club al que se accede por la unanimidad de los compañeros de oficio. Basta una bola negra para no ser admitido. Se trata de un señor de 81 años que sigue fiel a su concepto del oficio: todo hecho a mano y expresamente para la persona que lo encarga. Sin confección, sin patrones previos, sin un escaparate donde vender otras prendas. Sastrería pura y dura. Ávila se sigue echando al suelo para cortar una capa española, se agacha para tomar las medidas, enseña el muestrario de más de 700 telas, acepta realizar los uniformes militares de mayor dificultad, los trajes especiales para el cuerpo diplomático, el uniforme de gala de los maestrantes, y sigue cultivando la sastrería específica para sacerdotes.

Ávila es la quinta generación de maestros sastres. La primera sastrería de la familia ancla sus orígenes en Avilés (Asturias) en 1865. Posteriormente en La Habana (Cuba), donde aparece Ofelia Ávila Aróstegui, descendiente de vascos que contrajo matrimonio con el padre del actual maestro Ávila. Aún se conserva el baúl de madera que usó doña Ofelia en su viaje definitivo a España para estar junto a su marido.

La vida es una infancia en las aulas de los Escolapios y en la collación de San Pedro, una pelota de trapo para las tardes de fútbol, el recuerdo de la zapatería del capataz Manolo Santiago. La vida es dejar los estudios en el San Francisco de Paula con 16 años para aprender el oficio en el taller de su padre, en los tiempos en que se cortaban entre 25 y 40 trajes a la semana. Aprende el oficio de la mano de su primer maestro, Antonio Burgos, donde era el único varón en un taller de 16 costureras. Su segundo maestro, quien le enseñó la sastrería militar, fue José Barreiros, y el tercero fue Juan Rivera en el taller de General Polavieja. La vida es ser un taurino fiel, como es fiel a su pequeña copa de tinto al día, sin excesos ni alharacas, siempre como un pincel, siempre elegante cualquier día del año, siempre llevando en su interior cierta procesión con un estilo de discreción desgraciadamente en desuso.

Ávila es el sastre de la Universidad de Sevilla para cortar esas togas y mucetas que lucen catedráticos y profesores en las grandes solemnidades del paraninfo. Hussein de Jordania fue recibido como doctor honoris causa en 1985. Compareció en Sevilla con la reina Noor. Ávila fue invitado al acto, le quisieron dar una acreditación como profesor para que asistiera en una localidad destacada. Se negó. O la acreditación rezaba su oficio real o no aceptaba: “Yo soy sastre y a mucha honra”. Y así fue. Acudió a ayudar a vestirse al rey Hussein y después, efectivamente, al acto académico. Y en la identificación de solapa ponía lo que tenía que poner: “Sastre”. La vida es cortar como nadie el chaqué gris perla con sombrero de copa que lo elevó a las cotas de prestigio más altas del gremio. La vida es huir de la jubilación porque el trabajo tiene un sentido cristiano: es fuente de bienestar. La vida es oír el elogio público de Felipe González a su trayectoria como alfayate.

Es un gran especialista en el corte del chaqué, prenda que se hereda y se reutiliza no siempre con acierto. Y es toda una experiencia ver a su lado ciertas procesiones de esta ciudad, como la del Corpus. Una vez le oyeron decir en voz baja tras ver pasar a decenas y decenas de señores de tiros largos: “La de muertos que han salido hoy en el Corpus”. Diga usted que sí, don Fernando, que en Sevilla hay muertos que viven en los chaqués, como reviven en las túnicas de nazareno. Y casi siempre al muerto le quedaban bastante mejor las prendas.

En su casa de la Palmera ha realizado la toga de don Javier Benjumea Puigcerver. En silencio. Sin preguntar nada que no debe, sabiendo que el sastre es a veces un confesor y que el probador es su confesionario. Hay noches que se acuesta conociendo los secretos de una obra de ingeniería civil o los de una operación a la desesperada para extirpar los órganos para un trasplante. Morante luce sus trajes azules. Y El Cid, Javier Conde, Espartaco… Castella toreó en México con un terno suyo. Fue una estampa insólita. La chaqueta era cruzada y muy ceñida. Ese traje de paisano se quedó en un museo de ultramar.

Su gran empeño es que no se pierda el oficio. Su sueño sería montar una escuela de formación de sastres, poder enseñar la habilidad de ver al cliente entrar por la puerta y estar viéndole ya con el traje puesto. Enseñar a vender, medir y cortar. Instruir también en el arte de tratar a las personas hasta el mínimo detalle. Con la distinción propia de un maestro sastre. José María O’Kean era, por ejemplo, de los que enseñaba a dar el cambio en monedas en la mano del cliente: “No se tira en el mostrador”. Hoy se necesitan buenos oficiales de sastrería, pero no se enseña el oficio.

El maestro Ávila lleva a gala ser adorador nocturno con distintivo de veterano ejemplar por su constancia de más de 500 vigilias junto al Santísimo Sacramento. Hermano de número bajísimo en San Pedro. Y hermano de Santa Marta de los tiempos del padre de Otero Luna. A la Soledad de San Lorenzo, ay, siempre le es fiel. En el probador de su taller hay una réplica de la Gloria que luce en su palio de tumbilla la Virgen de los Reyes de la Hermandad de los Sastres de San Ildefonso. Ávila lleva cincuenta años de forma ininterrumpida en la junta de gobierno de esta hermandad .

Un traje es como un cuadro. No se cambia después de ser terminado. Si el cliente engorda no hay compostura que valga. Que pierda peso. Hay grandes pintores que le han pagado un traje con un cuadro. El pintor se evade cuando pinta, se deja llevar por las callejuelas de su mundo interior. El sastre se olvida de todo cuando está en el santuario de su sastrería de la calle Sauceda, la que se reconoce por la reja de estilo racionalista.

Su concepto de sastrería es la que realza la figura del varón con independencia de su resultado en la báscula o de sus hechuras. Hay gente que adelgaza al ponerse uno de sus ternos, porque descubre su cuerpo tras períodos de chaquetas grandes donde casi cabían dos personas. Detesta los logotipos de las marcas en las prendas. Cuida con primor los forros y las botonaduras. Ysabe que lo más complicado es cortar la caja del pecho. Por eso es un sastre que sufre al comprobar lo malamente que se viste hoy. “El hombre se ha desvestido”, le han oído decir en alguna de esas tertulias que se improvisan en su taller. Las tradiciones son una suerte de rompeolas del mal gusto que se extiende a la velocidad del aceite derramado y que tiene su período culmen y antihigiénico en el verano, cuando el calor todo lo justifica: incluso hacer el indio, e ir como un indio. Fue él quien en los años ochenta (terribles para la estética) alzó la voz contra los caballistas de la Feria que montaban en vaqueros y camisa abierta por el real. Admira cuando una familia se arregla para el Domingo de Ramos con lo que consideran sus mejores galas. Cada cual con lo que pueda. Como el que saca una colcha sencilla, humilde y de bajo coste para engalanar su balcón al paso de Su Divina Majestad. La clave no está en la calidad, sino en la buena intención. Lo importante, como en el ejemplo del Domingo de Ramos, es que se ha sacado su mejor colcha para honrar a Jesús Sacramentado.

Más allá de los varones, este Ávila es también un especialista en el corte de trajes de chaqueta para señoras. En reformar y transformar prendas especiales. De la capa pluvial de Bueno Monreal sacó la insignia del cardenal Spínola de la Soledad de San Lorenzo.

A la sastrería, como a misa o a los toros, hay que ir sin prisas. Como un ritual cotidiano, con la tranquilidad personal de quien siempre ha huido de las hipotecas. Con la seguridad de quien rechazó en su día nada menos que ser el sastre de El Corte Inglés, con sueldo fijo y clientela garantizada. Esa misma seguridad es la que le permite llamar al orden al cónyuge impertinente durante una prueba, cuando la paciencia queda colmada y el manual de Psicología aconseja pegar el corte: “Señora, el sastre soy yo”. Concibe el oficio como un sacerdocio en el que se cumple un doble horario: el de atención al público y el de trabajo interno. Por eso suele ser el ausente de muchos momentos familiares, lo que contrarresta con unos días de agosto en la Antilla, al sol limpio y claro que baña el Terrón.

Ibáñez, Cañete, O´Kean, Sierra, Ávila… Los apellidos vivos de una cofradía de románticos, de tijera y metro, acericos y catálogos, elegantes pañuelos en la chaqueta de quien se viste de media etiqueta para su oficio cotidiano, de guardianes de formas perdidas de atender al público, incluso de preguntas que ya no se oyen, ni mucho menos se saben responder. “¿Hacia dónde carga?”, preguntaba el recordado maestro sastre al cliente sonrojado al medir la zona de la cremallera… Hoy no se percibe tanta elegancia auténtica como sí mucha altanería cuando un comerciante se quiere dar importancia. Ávila es un símbolo de esta ciudad, un señor que busca alguien que quiera aprender el oficio con la humildad que él tuvo a los 16 años para empaparse de las enseñanzas de aquel maestro Burgos al que siempre está agradecido.

Sus trajes se reconocen de lejos, como los buenos palios. Un día entró un cliente con el objetivo firme de tener un Ávila. Don Fernando le mostró los catálogos durante largo rato. Y el señor, dubitativo, ya no sabía cómo romper hasta que exclamó: “Mire usted, yo lo que quiero es que el traje me quede como los que usted le corta a Joaquín Moeckel”.

La Real Maestranza de Caballería de Sevilla quiso regalarle a Don Juan Carlos el traje de gala de caballero maestrante. Sólo Ávila podía cortar ese traje. Pero la Reina Sofía quiso que lo realizara el sastre habitual del monarca en Madrid. El encargo se fue para la capital del reino. Pero desde cierto taller tuvieron que telefonear a la calle Sauceda para saber cómo se corta un traje de esas características. Y alguien en Madrid dijo hace muy pocos días: “¿Ávila? De los poquitos sastres que enseñan”. Está en Sevilla. Y sabe decir no.

Alta Velocidad de Huelva

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

GARCÍA PALACIOS

EL salón de actos de la Caja Rural estaba hasta las trancas de público aquella mañana de febrero de 2013. Se presentaba el cartel oficial de la Semana Santa, pintado por Nuria Barrera, por lo que una brisa de Quizás, perfume de Loewe, impregnaba buena parte de la estancia. El cofraderío oficial copaba las localidades de primera fila. La tropa se conformaba con las últimas, con el consuelo de estar más cerca de la salida que garantizaba un acceso rápido a las croquetas de rigor. Hacía tan sólo unos meses que había dimitido el presidente del Consejo de Cofradías, Adolfo Arenas. Las causas verdaderas de aquella renuncia nunca trascendieron, lo que siempre sirve en Sevilla para alimentar toda clase de leyendas. Y las leyendas son útiles, de alguna manera, para disfrutar de la condición de mito, rozar la inmortalidad y generar cierto morbo. Por ejemplo, Curro Romero era una leyenda, un personaje inalcanzable, misterioso, inaccesible, del que no conocíamos la voz, acaso tan sólo por la breve entrevista en el callejón que le hacía el periodista de TVE tras el segundo toro de su última tarde en el abono abrileño. Pero nada más. Ni Curro tenía cortijo, ni se vestía en el Hotel Colón, ni se prodigaba en las revistas de colores. Y todo ese estilo, esa discreción natural, hacía más grande su figura, más enigmática. Hasta que un día se rompió ese halo de misterio que hacía más grande al Faraón. Aquella dimisión de Adolfo Arenas –decíamos– nunca se explicó bien. Pasó a ser un asunto tabú. El día de la presentación del cartel de Nuria Barrera ninguno de los cofrades que tomaron la palabra tuvo un recuerdo hacia el anterior presidente, pese a que la designación de la artista se había hecho bajo su mandato y pese a que la dimisión estaba aún muy caliente. Esos silencios fueron una muestra más de la cobardía cofradiera, no fuera a molestarse la autoridad eclesiástica. Nadie de la que había sido su casa se acordó de Adolfo Arenas hasta que un señor que no es de Sevilla colocó al ausente en el sitio que le correspondía. Nada menos que el anfitrión, el presidente de la Caja Rural, José Luis García Palacios (Huelva, 1936), abrió su discurso con unas palabras hacia el presidente del Consejo con el que había colaborado durante varios años, cada uno desde su puesto. A Adolfo Arenas lo llamaron por teléfono en cuanto acabó el acto para darle el minuto y resultado de la cicatería cobardona cofradiera y del señorío onubense.

–Don Adolfo, los suyos ni le han mentado. Ha sido el señor de la Caja Rural, el que tiene todas las hechuras de Pepe Luis Vázquez, el que lo ha hecho con toda elegancia. Se han quedado los demás con la cara colorá.

Y Adolfo, abandonando su habitual prosopopeya y esa oratoria de cornucopia que es marca de su casa, acertó a sentenciar.

–Es que José Luis es un señor. El lunes lo llamaré para darle las gracias.

García Palacios ha sido durante décadas ese señor de Huelva, muy orgulloso de Huelva y que siempre vuelve a Huelva por muy tarde que se le haga en Sevilla, que forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Es uno de los nuestros, que diría aquel. Hay quien lo imita, como Perico Rodríguez, que siendo alcalde de Huelva estaba todo el día en Antares, pero no ha llegado a alcanzar tanto grado de arraigo en Sevilla. Si la Dirección General de Tráfico tuviera la potestad de crear títulos nobiliarios, don José Luis tendría que tener, por lo menos, el marquesado de la A-49 (sin nieve, por supuesto). Personifica como nadie la alta velocidad de Huelva. Se ha pasado la tira de años en su despacho de presidente de la Caja Rural en Sevilla, el que tiene vistas a la hoy denominada plaza Josefa Reina Puerto, antiguamente conocida como el Callejón de los Pobres, una ironía del destino la mar de sevillana, porque en la primitiva plazuela de los pobres se ha pasado este onubense casi dos décadas generando créditos para ayudar al empresario agrícola.

García Palacios ha sido un presidente de la Caja Rural tan sencillo que cuando iba rodeado de colaboradores muy trajeados por la calle San Eloy, el viandante no acertaba a señalar de pronto quién era el que ostentaba el mando. Con un rostro de bondad y un estilo pausado, procura siempre no generar envidia, sabedor de que la envidia es como la hipertensión: el enemigo invisible. Nunca ha querido tener casa en Sevilla, es usuario de coches de segunda mano, fiel a Punta Umbría y con un reloj de alta gama de estilo añejo.

García Palacios tenía la vida resuelta desde pequeño. Hijo único, criado en una familia de empresarios palentinos relativamente acomodados, dedicados a los cueros, las pieles y las lanas, apostó por fabricarse su propio destino. Nació en Huelva porque sus abuelos habían elegido el Sur para su actividad empresarial, porque era donde más ovejas había. Desde muy pronto puso el ojo en las necesidades del mundo cooperativo, donde apreció graves carencias. Una de las pasiones de García Palacios son ciertos dulces, ay esos romanitos, pero con la misma intensidad figura una pasión quizás más árida: el cooperativismo agrario y de crédito. Empezó muy joven en la Cámara Agrícola de Huelva, de donde fue reclamado por la Caja Rural de la misma ciudad para acabar siendo el presidente de la entidad, primero en la propia Huelva y después en Sevilla. Su gran labor se resume en pocas palabras: haber contribuido a la transformación del sector agrario a través del crédito cooperativo. Y hasta tuvo tiempo para entrar en política en los años de la Transición. Entrar en ese mundillo, trabajar como senador en dos legislaturas y saber decir eso tan difícil del ya estoy yo en mi casa cuando Adolfo Suárez se fue y se evidenció que la UCD era un nido de víboras. García Palacios continó teniendo esa fachada de senador, de patricio romano feliz en su Huelva natal.

Si hay un objeto que define a García Palacios es una libreta donde apunta las peticiones de la gente. Cuando se está más de cuarenta años en puestos de relevancia, uno se acostumbra a que le pidan favores, ayudas diversas y cualquier tipo de prebendas. Todas son apuntadas en esa libreta donde sigue la tramitación de las peticiones: el empresario que pide una cita directa con el presidente de la Caja, el cura que necesita un patrocinio para el libro, el hijo del amigo del amigo de Huelva que clama por un traslado a una oficina de Sevilla… A sus 81 años se mantiene muy activo porque no deja de pensar en el futuro. Siempre ha sido obsesivamente previsor, tanto que el día de su boda llevaba papel higiénico en el bolsillo: “Por lo que pueda pasar”.

La vida son horas de relajación en labores de jardinería. Pantalón corto, manguera, tijeras de podar, arriates que piden un repaso… La vida es montar a caballo en el Rocío. Este onubense de pura cepa no disfrutó de verdad de la romería hasta que un año lo llevó la malagueña con la que se casó. Desde entonces no falta. Yse puede afirmar, sin margen de error, que la vida es lisa y llanamente Pilar. Una vez le ocurrió que la tarde previa a la salida de la hermandad fue a comprobar que el caballo y todos los arreos estaban a punto. El picadero estaba ubicado junto a una carpintería de ataúdes. Literal. Cuando García Palacios llegó, no había nadie, pero de pronto se abrió un féretro y salió un hombre del interior. Don José Luis se olvidó del caballo, de los atavíos y huyó rápido del lugar. Se trataba simplemente del final de la siesta del carpintero… La vida es disfrutar de los helados de La Ibense, incluso resguardado en el interior del coche para que los hijos no se los quiten. Le gustan los de sabores añejos: mantecado y tutti frutti. Ha habido años que ha acumulado helados del verano en el congelador para tener suministro todo el invierno. La vida es ser taurino, muy taurino, llevar a gala ser el promotor del monumento a Pepe Luis Vázquez. Y la vida, cómo no, es haber sufrido ingratitudes, desgracias que sólo se soportan con la alegría de la fe y hasta algunos intentos taimados de rebelión… en la granja.

El día que fue proclamado Sevillano del Año agradeció el título con humildad: “Nunca he tenido casa en Sevilla”. Jamás ha sentido que Sevilla fuera una ciudad difícil para el que viene de fuera. “Eso es cosa de los torpes”, dicen que alguna vez ha afirmado cuando oye teorías sobre los cerrados círculos hispalenses.

El decano del sistema financiero español, con casi 50 años en el sector, sigue hoy al frente de la fundación Caja Rural, con sede en Huelva, la ciudad donde hay sexagenarios que recuerdan cómo les atendió don José Luis en los años 70 cuando, siendo jovenzuelos, fueron a pedirle ayuda a su casa a una “hora impertinente” para fundar una hermandad. Una de sus máximas es que los problemas que se resuelven con dinero no son problemas. Y se le atribuye haber sido pionero en concebir la Feria de Sevilla como una fiesta de eso que ahora llaman formato largo. Desde hace muchos años la ha empezado por su cuenta desde el fin de semana previo. Esos días, solo esos días, se queda a dormir en un hotel en Sevilla. Y la A-49 espera siempre a este hombre pausado y parsimonioso que se pirra por los dulces tanto como por una charla sobre el cooperativismo de crédito.