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La sevillana que habla con Adriano

Carlos Navarro Antolín | 5 de noviembre de 2017 a las 5:00

PILAR LEÓN CASTRO

EN Sevilla hay demasiada gente que goza de notoriedad sin conocer la excelencia. En primavera brota el azahar en los árboles como irrumpe el chuflerío en las galerías gráficas. Trayectorias anodinas se inflan y obtienen el reconocimiento de una fotografía cuando no hay más que fatuidad donde se pretende vender mérito. La gente que de verdad se dedica a fines sustanciales, a objetivos realmente provechosos para la sociedad, que profundiza en el conocimiento científico de una parcela que permite obtener luz sobre hechos relevantes, esa gente se resiste siempre a salir en los medios de comunicación. Es la prueba del algodón. No falla. La gente seria –más aún en la coyuntura actual– no está dispuesta a mezclarse en una bulla donde los anhelos de notoriedad se revisten de ciencia y donde la ciencia verdadera no suele tener cabida. En Sevilla hay gente que pide a través de intermediarios que le cuelguen una medalla, como hay señores que rehuyen los focos, que les cuesta un mundo recoger un premio, porque no desean ser confundidos en una fauna donde todos los pájaros son en apariencia cum laude, todos los melones son en apariencia dulces y todos los jamones son en apariencia de pata negra. Lo peor de la apariencia es que siempre iguala por abajo. Ya se sabe que en la montanera todos son cerdos. Por eso es mejor salirse de ciertos terrenos, o pisarlos las menos veces posibles.

Pilar León-Castro Alonso (Sevilla, 1946) forma parte de la Sevilla más excelente y, por ende, menos conocida. Es de esa generación de alumnos universitarios que sigue recordando a sus maestros sin ningún complejo, tal vez también porque tuvieron la oportunidad de conocer a verdaderos maestros, creadores de escuela y con la auctoritas que hoy se echa en falta en las aulas. La sociedad de hoy no reconoce maestros, quizás por efecto de la crisis que repugna el concepto de autoridad. Esta doña Pilar es la arqueóloga sevillana que obtuvo permiso para excavar en Roma antes que en Itálica, ejemplo palmario de que los buenos, los auténticos, son siempre reconocidos fuera de Sevilla antes que en su ciudad natal. Es una sevillana que está considerada como la mejor arqueóloga en excavación adrianea. Todo lo que hoy se sabe de la Villa Adriana de Tívoli (Roma) es por su tenacidad, gracias a su trabajo en un recinto poco valorado por las autoridades locales. Hasta descubrió que en la Villa Adriana existía un sistema que tenía la función de generar frío o calor, una suerte de climatización a la romana.

Los primeros días de excavación en Roma se llevó las manos a la cabeza cuando le dijeron que hasta su llegada no se catalogaban restos ni se guardaban con la delicadeza debida: “Aquí lo que se encuentra se lo lleva el portero”.

La profesora León-Castro no sólo ha profundizado en el conocimiento riguroso de la Villa Adriana, sino que ha descubierto también la Córdoba romana cuando sólo se conocía y valoraba la musulmana. Pero a esta arqueóloga no la verán en las galerías gráficas, ni militando en el chuflerío de las vísperas. Lo suyo nunca ha sido prestar atención a la epidermis, al celofán u otros envoltorios de la vanidad, sino alcanzar la verdad y el rigor, esa verdad siempre oculta bajo la tierra, esa verdad que, en su caso, está en las piedras que hablan y que hay que saber interpretar, esa verdad que es hija del tiempo, la paciencia y el rigor, no de la fugacidad de un tuit.

Esta catedrática estudió en la Universidad de Sevilla de finales de los años 60 cuando su facultad se llamaba de Filosofía y Letras. El año que murió Franco se fue a Bonn para comenzar la línea de investigación a la que ha consagrado su vida:el estudio del retrato romano clásico en la Provincia Bética.

La juventud son recuerdos de las clases en el Colegio del Valle de Sevilla, del que aún conserva una escritura de letra picuda. Siempre que escribe a mano lo hace con un bolígrafo de tinta verde, de esos a los que algunos jamás les hemos visto la utilidad. La vida es una tesis titulada La concepción sociopolítica en la obra de Séneca el Viejo, dirigida por el profesor Blanco Freijeiro, su guía, su faro académico. Junto a otros profesores coetáneos, ha sido una de las introductoras y promotoras de la metodología alemana de excavación arqueológica en España. A su regreso impartió docencia en España en las universidades Complutense de Madrid, de Sevilla, de Santiago de Compostela, de Córdoba, Pablo de Olavide y de nuevo de Sevilla, donde hoy es catedrática emérita. En su retorno a la Universidad de Sevilla, en sus últimos años de actividad docente, le hizo especial ilusión ocupar la cátedra de su maestro, aunque ello supusiera tener que trabajar en un despacho de peores condiciones, lo que en la jerga se conoce como un gallinero. La vida, siempre, son cajas de piedras pendientes de clasificación, piedras a la espera de ser oídas y entendidas, piedras con ganas de que doña Pilar extraiga sus historias.

De trato afable, formas exquisitas, con la timidez propia de las personas educadas y de un estilo personal de otro tiempo. Siempre con el respetuoso usted por delante. De silueta inconfundible: enjuta, con falda tableada de cuadros y el puntero en una mano para explicar las diapositivas. Un día la vieron conduciendo por Roma a 80 kilómetros por hora y ningún colaborador se atrevía a decírselo, porque doña Pilar inspira ese respeto que se conoce como temor reverencial.

Su concepto de profesora universitaria es ante todo la de ser una formadora, lo que supone una muestra de generosidad y paciencia, afanarse en el cultivo a largo plazo que requiere sacar adelante a un discípulo, una tarea que tarda años en dar frutos, pero que concede la (denostada) auctoritas, porque hoy la sociedad se mueve por otras preferencias, a una velocidad mucho mayor y no tiene tiempo para aguardar los resultados del trabajo serio.

Un día acudió Emilio Botín, presidente del Banco Santander, a la sede de la Universidad Pablo de Olavide para firmar un convenio de colaboración con la institución académica. El rector tenía preparado un precioso obsequio para el banquero: una reproducción en terracota de una pieza hallada por doña Pilar en sus excavaciones en la Villa Adriana. Era una denominada antefija, un remate de edificio como el que se desprende en el arranque de la película Ben-Hur y que provoca el enojo de Messala que marca todo el largometraje. A Botín le asombró la pieza con tal intensidad que llamaron urgentemente a la arqueóloga para que fuera ella la que le explicara todos los detalles. Y en ese momento doña Pilar se ganó al banquero, que acabó aprovechando un reunión del Banco Mundial en Roma para visitar las excavaciones. En Roma vieron a Botín con una camiseta de la UPO recorriendo toda la villa. Botín se sintió identificado de alguna forma con el personaje histórico de Adriano, del que se interesó por las columnas que el emperador y arquitecto mandó levantar para generar el efecto de una cortina de agua a su alrededor. Dicen que Botín se inspiró en cuanto le narraba León-Castro para construir una estructura similar en la sede central del banco. Botín acabó patrocinando las excavaciones romanas dirigidas por esta sevillana, de la que también dicen que tiene una gran habilidad para lograr ayudas. Tanta o más como para hablar en público sin papeles y con la mayor naturalidad.

Hay quien se refiere a Pilar León-Castro como la Carmen Laffón de la arqueología por su discreción y autenticidad. Poco aficionada a la cafetería de la Universidad, nada amiga de frecuentar los pasillos, ni de vicios como el de fumar. Los discípulos, la investigación y la redacción minuciosa de las actas de excavación, son tres de sus pasiones. Cuando habla el currículum sobran las fotos. El verdadero mérito no se exhibe. Y en muchas ocasiones habita entre nosotros. A veces en la misma ciudad, en la misma calle, incluso cerca de usted cuando está desayunando cualquier mañana.