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Una dama a contraquerencia

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

ANABEL MORENO

EN Sevilla hay gente que conoció los años en los que una mujer no podía entrar sola en los bares. Estaba mal visto. Si acudían a los toros era para ejercer de florero. Y, por supuesto, sin lucir la minifalda que censura la letra de las sevillanas. En Sevilla aún queda gente que conoció los caballos de picar sin petos, vísceras por el ruedo y agujas gordas de coser sobre la marcha de las que necesita el PSOE de hoy. En Sevilla hay gente que se estrenó viendo la primera máquina de asar pollos en la calle Azofaifo, o que acudían a subir y bajar una y otra vez por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés recién estrenado en la Plaza del Duque en 1968. En Sevilla hay listos, charlatanes e inteligentes. Los mejores, habitualmente, suelen ser los que se callan, se quedan con la música y son capaces después de dirigir la orquesta. Éstos últimos son los brillantes, capaces de abrir camino, con fuerza para soportar las presiones, hombros anchos donde resbalan los balazos del que dirán y un desparpajo encauzado con racionalidad. En Sevilla hay muchas mujeres que han demostrado que el feminismo verdadero, no el de escaparate, pancarta y convertido no pocas veces en negocio o usado como coartada para las venganzas, se demuestra andando, trabajando, asumiendo y liderando.

Anabel Moreno (Las Palmas, 1959), funcionaria de la Junta de Andalucía y actual directora general en el Ayuntamiento de Sevilla, no milita en ningún partido político. No tiene carné. Forma parte de esa izquierda ilustrada, viajada y carente de prejuicios que es capaz de defender valores progresistas al mismo tiempo que disfrutar con sus hermandades del Valle, la Carretería y los Sastres.

Tuvo que haber un día en que una mujer entró por primera vez en un bar o se atrevió a vestirse de nazareno, como hubo un día en que esta mujer se decidió a aceptar el reto de presidir una corrida de toros en la plaza de Sevilla. Y hacerlo con el criterio propio de una aficionada de reconocido prestigio, tal como dicta el reglamento. En lugar de instalarte en la queja o en vez de aludir a los techos de cristal para justificar supuestas metas nunca logradas, esta funcionaria de cabeza bien amueblada aprovechó la primera oportunidad, se subió al primer tren y dio el paso al frente en un sector marcado por con fuerza por una suerte de machismo especialmente recalcitrante. Siempre le atrajeron los toros como rito, nunca como espectáculo. Si los toros se convierten en un mero espectáculo les ocurre como a la Semana Santa: están condenados al fracaso por un virus interno sin necesidad de que actúen enemigos exteriores. No fue nada fácil la primera experiencia en unos tendidos donde clamaban el “mujer tenías que ser” o el “vete a tu casa a limpiar”. Esta vecina del centro traía como defensa su formación académica, sus años en la facultad de Derecho, la mejor de España según Clavero y Olivencia, su sólido criterio taurino forjado en plazas de España y Francia.

Hizo la tesina sobre la eutanasia cuando el tema resultaba especialmente delicado, un trabajo dirigido por Jimmy Sainz-Pardo, quien muchos años después negoció como alto cargo de la Junta de Andalucía el traspaso de competencias del Estado en materia de Justicia. El interlocutor de Jimmy en el Ministerio de Justicia, por cierto, fue Juan Ignacio Zoido como director general.

Anabel era una joven estudiante que siempre acudía a clase con un ejemplar de El País bajo el brazo. Inteligente, culta, curiosa, cabezona hasta decir basta. Con mucho carácter. Nada amiga de acudir al real de la Feria. Lo suyo son los toros, los viajes previos a las dehesas para evaluar las reses elegidas por la empresa, asistir a los sorteos matinales los días de festejo, unos días en los que come poco, acude a pie hasta la plaza, se bebe un refresco sin azúcar y viste con la corrección propia que merece la responsabilidad. Siempre accede al coso por la puerta de cuadrillas y desea suerte a los matadores y a sus cuadrillas. Con Finito de Triana, su asesor artístico, se entiende con la mirada. Si la tarde ha sido de bronca al palco presidencial, cuando el festejo acaba y los matadores ya han abandonado el ruedo, aguanta de pie unos minutos para recibir todos los reproches que el respetable considere oportunos. Sabe como nadie que escrito está que la auténtica fiera ruge en los tendidos. ¡Y cómo ruge a veces, señora presidenta! Tras firmar todos los papeles que hay que despachar cuando termina un festejo, que pareciera que está uno en una notaría cerrando una fusión bancaria, la presidenta se refugia en el bar Taquilla con su gente, con ese círculo de confort que necesita todo ser humano expuesto al juicio del público. Es curioso cómo los aficionados, según el perfil, se reparten por las tabernas del entorno de la plaza en cuanto acaba la corrida. Los intelectuales acuden a la bodega San José, más conocida como El Punto. Los aficionados más entendidos, a la bodeguita Romero. Los más habituales de la vida cotidiana del Arenal, al recoleto Ventura. Y los conductores, areneros, los músicos de Tejera y otros personajes secundarios, prefieren el Taquilla de la calle Adriano. Al Taquilla se va la presidenta, donde ya la coca-cola adquiere el sabor de algún aliño propio de las horas de la relajación. Allí, alguna vez, ha recibido llamadas gratificantes en tardes especialmente duras: “He vuelto a ver la faena en la televisión y has acertado no concediendo la segunda oreja. Tenías razón”.

La vida son recuerdos de la promoción 1976-81 de Derecho, donde compartía noches de estudio con Rosamar Prieto-Castro. La vida es decir sí cuando Demetrio Pérez le ofreció entrar en el equipo de presidentes de la plaza de Sevilla en la temporada 2006. Ella, una aficionada autodidacta, no lo dudó en ningún momento. Como no dudó en hacer oposiciones y como no duda en viajar a lo destinos más alejados cada vez que puede. La han visto por Turquía, Siria, Egipto, Uzbekistán… Dicen que se busca a alguien que tenga una foto suya en Matalascañas. Le gustan un museo y unas ruinas históricas casi lo mismo que la embestida brava de un vitorino. Apasionada de la novela negra tanto como del barco de la Carretería. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la grada 3 junto a su inseparable Manuel Grosso, un aficionado culto que los días que ella preside se ve obligado a guardar disciplina de nazareno del Silencio cuando hay reproches al palco. Y esa disciplina no hay estampida que la altere. La vida son recuerdos de un mano a mano entre Romero y Ojeda en la plaza de Málaga a la que esta incombustible Anabel acudió embarazada de ocho meses.

Le gusta ver los toros desde el callejón, disfrutar del embarque del ganado y cultivar las relaciones personales con toreros y ganaderos. Pero como el torero mate mal no hay segunda oreja. Como debe ser. Ya lo dijo un portero del teatro La Scala de Milán: “Todos los días de función no pueden acabar con aplausos de 45 minutos”. Tiene claro que la plaza de toros de Sevilla no es una ONG, que los momentos previos y posteriores a la corrida forman parte del rito. La pueden ver dando una conferencia en un club taurino de París o en los palcos de Semana Santa de la Plaza de San Francisco, con un velo en cualquiera de esos países árabes a los que se escapa, o en los veladores de la Plaza del Pan dándole cadencia a un trago largo. Dicen que es de izquierdas. En realidad es más bien de la hermandad del sentido común, del partido de la naturalidad, del colectivo de los que no están dispuestos a renunciar a todo lo auténtico que tiene su ciudad, de los que se niegan a vivir en el frentismo, rechazan el cultivo de esas visiones excluyentes que no admiten que se pueden hacer cambios sin necesidad de bochinches, que se puede ser devota de la Virgen del Valle, entender de música israelí, no pisar la Feria y perderse con insistencia por los rincones de Turquía menos conocidos. Que la lucha por la igualdad no es una estética de arrobas, del todos y todas, del sevillanos y sevillanas, sino de hechos, apuestas, esfuerzo y decisión y de ocupación de espacios con tanta naturalidad como determinación. La suya es una vida a contraquerencia. En contra de las inercias casposas y en contra de postureos que no admitirían alguna de sus combinaciones por no encajar en las etiquetas que pretenden una reducción al blanco o negro, al rojo o al azul.

La clave quizás ha sido tener arrojo y, como siempre, una buena cuadrilla. Un día una mujer entró sola en un bar y le importaron muy poco las miradas. Lo hizo sin ira. Un día una mujer aprobó las oposiciones de notarías y ejerció entre hombres mayores escapados del NO-DO. Lo hizo con naturalidad. Un día otra mujer se matriculó en la vieja facultad de Derecho de Laraña. Y después, poco a poco, llegó otra, luego otra y después muchas más. El caso es quedarse de pie cuando arrecian las críticas. Y, por supuesto, no irse a casa a limpiar. Se va una al Taquilla, que es mucho mejor. Y a esas horas las fieras han dejado de rugir y la categoría de la plaza ha quedado protegida: una plaza de primera gracias a la dama del palco.

El último mohicano

Carlos Navarro Antolín | 2 de abril de 2017 a las 5:00

LUIS CARLOS PERIS

EL corrector llegó a opinador con eco. El ciudadano se convirtió en personaje. El vecino del centro se fue a vivir a Triana y se volvió en cuanto pudo a intramuros. Cada pájaro a su árbol. Cada individuo a su hábitat. Hay que vivir a favor de querencia, nunca a contraestilo. Aunque haya que pagar un precio por ser como uno es. Luis Carlos Peris Zoffmann (Sevilla, 1944) ni escribe con erratas, ni entra en un bar malo, ni regala un saludo. Es fiel a su particular sota, caballo y rey. Paga gustoso la cuenta por su original modo de concebir la vida y las relaciones sociales. Como no se presenta a ningunas elecciones, las farolas se quedan sin sus abrazos como muchos de sus paisanos se quedan sin sus saludos. Un paseo a su vera por el eje de Sierpes y Tetuán es toda una experiencia. Peris no sólo no reparte ojana, sino que ejerce de malaje con gracia. Que en Sevilla te digan malaje es un elogio, como llegó a comprender con los años el obispo que vino de Tánger y se marchó como cardenal. Muchos amagos de saludos a Peris se quedan sin ser correspondidos.

–Te ha mirado ese directivo del Mercantil para saludarte
–(…)
–Y ahora aquel abogado tan conocido.
–(…)
–Ahí viene uno que por lo que veo te conoce, ¿cómo se llama?
–Ya, pequeño, ya. Pero yo no soy un saludador.

Peris tiene su particular estilo. Se puede afirmar que ha creado estilo. Su firma en la prensa es archiconocida. Lo que dice Peris de un tema tiene influencia. Por eso hasta tiene imitadores, algunos a sueldo como en ciertas tertulias de radio. Bienaventurados los imitadores. El estilo es el lenguaje. Las cuestiones delicadas son “procelosas”. El término baúl es la “cosa”. La cosa puede ser desde un elogio a la belleza femenina (“¡Cómo es la cosa!”) hasta la descripción de un menú copioso (“¡Cómo ha estado la cosa!”). Los enemigos son “imbéciles” o “cretinos”. Los indiferentes pueden llevar el antetítulo de “ciudadano” seguido de sus respectivos nombres. De aquellos que desconfía dice que son “taimados”. Y a los que están entrados en años los llama “provectos” de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia. Si un espontáneo crítico le pega la brasa hablando de fútbol dice que un “individuo se ha engorilado conmigo”. Si, en cambio, el interlocutor es un seguidor de sus crónicas y opiniones, se trata de un “partidario”. Si un amigo frecuenta muchas y muy distintas mujeres, asevera en voz baja que Fulanito es un “gran amador” o que “el tío sabe compaginar”. Si el amigo hace poco ejercicio físico, afirmará que “es un tipo feble”. Si en la barra del Cairo se ha disparado la cuenta, pega un trincherazo a la salida mientras se ajusta el abrigo: “Oye, pequeño, el Cairo ha sido hoy muy cairo, ¿no?”. Si llega a un bar y está poblado de gente con cargos, Peris dice que hay que buscar hueco “entre los próceres”. Si alguien lo somete a una conversación telefónica larga en la que el interlocutor no capta las ganas que tiene Peris por dar por terminada la conversación, dirá que “hay que ver lo que le cuesta a este tío dar el pase de pecho”. Si le pide reiteradamente la cuenta al camarero, pero éste sigue distraído, llega un momento en que Peris exclama entre la bulla de clientes: “¡Amigo! ¿Me facilita la huida?”.

Peris nunca ha dejado de llevar dentro el corrector de periódicos del Movimiento que un día fue, antes de convertirse en un escritor pulcro, sabio, enemigo de las erratas e imprecisiones. España ganó la Eurocopa del 64 con camiseta azul, las gambas no tienen pelo sino bigotes y a la una y media ya está preparado el sofrito en La Barbiana.

En el código de Peris hay que ir vestido al trabajo “como si fueras a entrevistar al cardenal a las doce”. Es tajante si dos hermanos no se parecen físicamente: “Son de la misma ganadería, pero de distinto encaste”. Bético ferviente, a veces hasta alcanzar límites difícilmente soportables, este veterano de la prensa es querido y respetado en el Sevilla F. C.. Su padre lo llevaba de niño a los dos estadios. El club de Nervión lo invita a sus principales actos sociales en el antepalco. Tiene amistad con José María del Nido, que un día lo invitó a su casa a una copa de periodistas y a su llegada le confesó al oído: “Eres el único que ha venido con corbata”. Don Manuel Clavero lo tiene en su despacho en una fotografía enmarcada en la que Peris posa junto a otras celebridades de la ciudad. Pocos como Peris, muy pocos, dominan tantos registros con tanta solvencia y con una memoria enciclopédica en la cabeza: fútbol, toros, Semana Santa, flamenco… Si Peris escribiera todo, absolutamente todo lo que sabe, si volcara en un libro todo lo que ha vivido en directo (pues no ejerce de ladrón de oído) se tambalearían tal vez los cimientos que sostienen otras firmas. Una de sus señas de identidad es que no disimula cuando alguien no encaja en sus cánones, o cuando algún comentario le toca los costados, sobre todo si se trata del tema con el que nunca se juega: el Betis. Peris es lo contrario a un agradaor. Otra seña de identidad es que busca la pureza en el lenguaje. ¿El vocablo ruan lleva tilde? “No, porque Juan no la lleva”. Y suelta unas respuestas de lógica aplastante de las que luego él mismo termina riéndose. Cierto compañero cobardón estaba un día justificando su inacción en un asunto a base de repetir que él no podía poner en peligro el “pan de sus hijos”. Tantas veces refirió el “pan de sus hijos” que Peris terció: “Deja ya lo de tanto pan que sólo tienes un hijo, joé”.

Debutó como nazareno de cirio en las Siete Palabras en 1958 en un tramo que tenía como diputado a un tal Juan Salas Tornero. Hacía 37 Miércoles Santos que no llovía. Ese día lo hizo. La cofradía se quedó en casa y el joven Peris retornó a la suya empapándose por Alfaqueque. “Niño, lo tuyo es la Virgen de los Reyes”, lo saludó su padre al verle. Algún año se vistió en Los Estudiantes, pero ha sido más de ver las cofradías que de salir en ellas.

La vida son recuerdos de la mano de su padre que lo guió por la Semana Santa. Es viajar en el Seat 124 de Ruesga Bono camino de la redacción de Suroeste, sita en un polígono. Son evocaciones de una sólida amistad con Juan Teba, Manuel Ramírez y Chano Amador, o con Joaquín Sierra ‘Quino’. La vida es escribir el enésimo artículo sobre el tráfico de la calle Baños, sobre el sentido litúrgico de la ceniza en el inicio de la cuaresma, sobre la silla vacía en Navidad, sobre los días de verano en las tierras cántabras de Trifón, sobre los bares (“abrevaderos”) que abren en agosto, o sobre aquellas camisas azules de los 20-N en blanco y negro. La vida es pasión por Barcelona, Santander, La Coruña, Vigo… Por Asturias, Madrid… La cultura geográfica de Peris es de nota. Controla con precisión dónde viajar, dónde comer y dónde dormir. Jamás verán a este parroquiano de la Puerta Real en un bar malo. Lo que tiene lo gasta en vivir bien, con intensidad y generosidad. Al cruce de La Flor de Toranzo, Enrique Becerra y Casa Moreno lo llama el “agujero negro” de la hostelería local, al que se sabe cuándo se entra, pero nunca cuándo se sale. La vida son tres actos sociales en un día, que se pueden resumir en la actividad del croquetaje.

La vida es un domingo por la mañana yendo a por el mazo de periódicos a la redacción. La vida son recuerdos de partidas de frontón y de visitas a un gimnasio del Porvenir donde compartía saludos y charlas con el entonces presidente Manuel Chaves. A Peris siempre le ha gustado hacer deporte tanto como redactar con precisión semántica y gramatical. La vida son tardes de Feria en la caseta de Enrique Fernández Asensio, el madrileño más espléndido que ha conocido Sevilla, y días del verano hispalense refugiado “bajo el Fujitsu”.

Peris es como una casa sevillana: con las puertas abiertas que dejan admirar un hermoso patio, pero que el propietario sólo abre en contadas ocasiones. En el fondo se recrea con el cultivo de ese halo personal de misterio, como Curro Romero en sus buenos tiempos, cuando no se prodigaba en saraos y concedía muy contadas entrevistas. Entonces Curro era más Curro. La influencia de Peris ha llegado a ser de tal intensidad que cierto periodista, entonces muy joven y sin bigote, jamás olvidará que la primera vez que entró en casa de su novia, hoy esposa, el hielo del ambiente se rompió cuando dijo que trabajaba en Diario 16. Su potencial suegro ya se relajó: “Ahí trabaja Luis Carlos Peris, ¿no?”. Y la charla se tornó distendida y se centró en los mil y un detalles del personaje. Si algo caracteriza a Peris es su capacidad para relacionarse con la gente joven y con las nuevas tecnologías. Paco Robles bautizó su artículo cotidiano en las páginas locales de Diario de Sevilla como la “media verónica del periodismo”. A un periodista que solía ir solo a los sitios porque su novia estudiaba oposiciones, le espetó un día: “¿Pero tú tienes novia de verdad, o es que ella sale menos que el Cachorro?”.

El desayuno es una tostada de aceite. La crónica de un partido es una labor de artesanía. Los libros que están bien escritos se leen “cuesta abajo”. En cuestiones de comer, tonterías las precisas. Y al escribir, florituras las justas. Firmó una serie titulada Sevillanos Gran Reserva en la que él mismo hubiera encajado como protagonista. El inolvidable Juan Moya Sanabria lo definió como “el último mohicano” de la prensa sevillana. Nacido el día del Desembarco de Normandía, pocos pueden presumir a su edad de seguir firmando artículos. Y hasta informaciones, como la de la reciente muerte de Manolo Cortés. Pocos pueden elegir a quién saludan y a quién no. La libertad, al final, no radica tanto en el dinero que cubre los riñones, sino en estar dispuesto a pagar el precio de tu particular forma de ser. Y Peris nunca ha tenido problemas en desenfundar para pagar: “Amigo, ¿me facilita la huida?”.

Sin derecho al perdón

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2016 a las 5:00

FRANCISCO RIVERA ORDOÑEZ
EN Sevilla el perdón del éxito se cotiza muy alto. Triunfar genera patentes de corso para ser tiroteado. Lograr ciertos objetivos equivale a someterse al pimpampún de las barras (bravas) y al juicio sumarísimo de los veredictos del desahogo. El que está arriba nunca tiene derecho a indulgencias. ¿Cuándo se considera en Sevilla que alguien está en la cima? Depende. ¿Cuándo merece el que ha triunfado una caricia de lomo, un gesto de condescendencia, un guiño de afecto? Cuando se queda calvo o tiene una enfermedad. Una vez había dos pájaros de la avifauna local pasando revista con el codo en una barra de aluminio, postura del pensador de Rodin en clave sevillana. Uno de ellos espetó: “A tu amigo sí que le van a perdonar ahora los éxitos de su imparable carrera, porque el médico le ha encontrado un bichito y se ha puesto regular… Con lo que largó la gente de él cuando se fotografió junto al Rey, fue hermano mayor y apoyó los antebrazos en la barrera de la plaza de toros….¿Recuerdas?”.

Francisco Rivera Ordóñez (Madrid, 1974) es un vecino de Sevilla con una trayectoria personal en la que se combinan las luces y la sombras en igual medida, las puertas grandes y la enfermería, las reseñas que dudan de su concepto del toreo en el Aplausos y las referencias almibaradas del Hola, el blanco y negro de las desgracias que le han sobrevenido y el color de los días de rosas que quedan en el álbum de la intimidad familiar, las chisteras de relumbrón y los torniquetes de emergencia, las palmadas de los agradaores y las puntillas de los envidiosos.

Rivera Ordóñez pertenece al selecto club de los que nunca han merecido el perdón, ni parece que se lo vayan a conceder. Si se hubiera presentado en solitario a hermano mayor de la Esperanza de Triana, hubiera arrasado en las urnas por esa afición de Sevilla a acudir en auxilio del claro vencedor, pero como tuvo un rival en liza, perdió las elecciones como era previsible. Si hay dos opciones, Sevilla ejerce ese morbo indescriptible de votar contra el triunfador oficial, contra el guapo oficial, contra el rico oficial. Leña al pijo aunque sus 42 años de existencia estén lastrados por desgracias que a otros los mandarían al diván del psiquiatra, o los dejarían acostados para el resto de sus vidas.

Una marca de la casa civil de este torero es hacerse acompañar siempre por el séquito, la pandilla, el grupo de amigos de toda la vida, herencia quizás de haberse criado en una casa de puertas abiertas. Dicen que en eso se nota que es Ordóñez y Dominguín, en que necesita el ruido de la compañía y en que mantiene las mismas relaciones de la infancia, cuando era Picúo para su abuelo, un niño con cuerpo de alambre que ponía pegas para comer y era perseguido por una tata que llevaba la croqueta pinchada en el tenedor. El niño creció y también desarrolló la afición familiar por colocar apodos y motes a la gente con gran destreza. Carlos Telmo, criado junto a los Ordóñez, es y será siempre el cateto.

Este matador de toros es friolero de temporada larga, aficionado al blindaje de los jerseys, brazos cubiertos nueve meses al año, combinados con esos plumíferos sin mangas que otorgan ese aire de gallito de corral que Sevilla castiga cada vez que puede con las sentencias de las tabernas, que son la primer instancia de los tribunales condenatorios de la ciudad. Tal vez de forma inconsciente esté buscando el efecto del chaleco antibalas, un mecanismo de defensa frente a quienes no disculpan que sea hijo y nieto de famosos, quienes no perdonan el orgullo de los Ordóñez de sentirse una casta superior. Este cuarentón al que media España ha visto crecer se ha hecho distante a la fuerza, por instinto de supervivencia, siempre pendiente del pitón rosa, aunque en ese complejo mundillo, cargado de cristales rotos y cables pelados, tenga amistades íntimas y poderosas como Álvaro García Pelayo.

Tan listo para los negocios como ortodoxo a la hora de vestir. Estilo sevillita, lo llaman. Compra el negocio, lo hace rentable y dicen que pega el pase mucho mejor que en la plaza de toros. Por eso aseguran que se parece más a su abuelo en la sagacidad para hacer dinero que como matador de toros. Cuentan que de la madre tiene la espontaneidad, reservada ya para los círculos privados, el manejo de los idiomas y la finura en las relaciones sociales. Del padre, la capacidad de sacrificio y entrenamiento.

Es un torero al que no oirán dar la barrila con el campo. Es más bien un urbanita. No tiene ninguna predilección por Marruecos, todo lo contrario que su madre, gran aficionada al exilio más allá del Estrecho. Rivera Ordóñez no quiere ver más turbantes que los de los beduinos de la cabalgata.

La vida es la finca El Recreo, la casa de Ronda donde las noches de goyesca hay fiesta tras el cóctel oficial que ofrece la Real Maestranza que preside Rafael Atienza. La vida son días en un piso privilegiado de Sevilla, a la vera de los Jardines de Murillo, donde tras el almuerzo en la mesa grande del comedor hay tiempo para ver grabaciones de Semana Santa, cual friki de bulla todo el año. La vida es portar las cruces del destino, madrugar poco y preferir la horizontalidad de la cama antes que la del sofá. La vida es templar al toro, tanto como la tendencia a coger kilos, ser desconfiando de los rostros nuevos y un punto caprichoso con los relojes. La vida son los recuerdos de los días de corrida en los que las Ordóñez, madre y tía, cosas del destino y de las supersticiones, no se tocaban nunca las uñas.

Dejar entrever cierta vehemencia en el carácter tiene sus consecuencias. El presidente de la plaza de La Coruña le negó la segunda oreja una tarde de faena importante. Francisco se hizo el remolón a la hora de recibir el único trofeo concedido, que acabó tirando con evidente desprecio, por lo que la Xunta de Galicia abrió un expediente con propuesta de sanción de 60.000 euros y seis meses de inhabilitación. Al final, con la ayuda de un perito convenció al juez instructor de que se deshizo de la oreja porque contenía garrapatas… De verdadera vuelta al ruedo.

El Domingo de Pasión de 2015 debutó como asistente a un pregón de la Semana Santa.El orador, el poeta Lutgardo García, se hizo acompañar por la banda Sinfónica Municipal en el tramo final del pregón. Alguien le comentó a Rivera Ordóñez a la salida, con el tradicional desdén con que la mayoría habla de los pregoneros una vez terminado el acto: “Maestro, este pregonero ha terminado ayudado por la música, como los ayudados por alto en las faenas”. Y el diestro zanjó: “Oiga, hay ayudados que son muy difíciles de dar, se lo digo yo. Los ayudados tienen su mérito”.

Quiso ser hermano mayor de la Esperanza de Triana, como su abuelo Antonio, quien, por cierto, fue fiscal de la Soledad de San Lorenzo. Quiso ser anunciado como Paquirri en los carteles, pero nadie lo conoce como Paquirri, sino como simplemente Fran o Riveraordóñez, dicho así todo junto. Quiso aupar a su hija mientras toreaba en un tentadero, pero se topó con que los tiempos han virado hacia lo absurdo, hay fiscalías que son torretas para disparar contra lo políticamente incorrecto, y también hay defensores del pueblo alejados de los púlpitos que carecen del más mínimo sentido del ridículo.

El torero con barniz altivo goza de cuadrilla que lo defiende más allá de los ruedos, como tiene esa legión que no perdona sus éxitos. O lo que consideran sus éxitos. Y ya se sabe que en Sevilla hay que ganarse ciertos perdones cada día. Quedarse calvo o estar postrado en el lecho del dolor. Quizás sea porque aún no se ha desprendido del cliché del más ligón de la pandilla (“Niña, con tu cuerpo y mis ganas, la que íbamos a liar”) pese a haber matado más de mil corridas y haber tomado decisiones complejas como un cambio de apoderado.

Ordóñez fue fiscal de la Soledad. Su nieto nunca está solo. Y eso es virtud o riesgo, según se mire. Lo importante es que el mirón nunca sea el toro. Aunque haya miradas de humanos tan aviesas como las de un burel.

La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.

Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.