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Una dama a contraquerencia

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

ANABEL MORENO

EN Sevilla hay gente que conoció los años en los que una mujer no podía entrar sola en los bares. Estaba mal visto. Si acudían a los toros era para ejercer de florero. Y, por supuesto, sin lucir la minifalda que censura la letra de las sevillanas. En Sevilla aún queda gente que conoció los caballos de picar sin petos, vísceras por el ruedo y agujas gordas de coser sobre la marcha de las que necesita el PSOE de hoy. En Sevilla hay gente que se estrenó viendo la primera máquina de asar pollos en la calle Azofaifo, o que acudían a subir y bajar una y otra vez por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés recién estrenado en la Plaza del Duque en 1968. En Sevilla hay listos, charlatanes e inteligentes. Los mejores, habitualmente, suelen ser los que se callan, se quedan con la música y son capaces después de dirigir la orquesta. Éstos últimos son los brillantes, capaces de abrir camino, con fuerza para soportar las presiones, hombros anchos donde resbalan los balazos del que dirán y un desparpajo encauzado con racionalidad. En Sevilla hay muchas mujeres que han demostrado que el feminismo verdadero, no el de escaparate, pancarta y convertido no pocas veces en negocio o usado como coartada para las venganzas, se demuestra andando, trabajando, asumiendo y liderando.

Anabel Moreno (Las Palmas, 1959), funcionaria de la Junta de Andalucía y actual directora general en el Ayuntamiento de Sevilla, no milita en ningún partido político. No tiene carné. Forma parte de esa izquierda ilustrada, viajada y carente de prejuicios que es capaz de defender valores progresistas al mismo tiempo que disfrutar con sus hermandades del Valle, la Carretería y los Sastres.

Tuvo que haber un día en que una mujer entró por primera vez en un bar o se atrevió a vestirse de nazareno, como hubo un día en que esta mujer se decidió a aceptar el reto de presidir una corrida de toros en la plaza de Sevilla. Y hacerlo con el criterio propio de una aficionada de reconocido prestigio, tal como dicta el reglamento. En lugar de instalarte en la queja o en vez de aludir a los techos de cristal para justificar supuestas metas nunca logradas, esta funcionaria de cabeza bien amueblada aprovechó la primera oportunidad, se subió al primer tren y dio el paso al frente en un sector marcado por con fuerza por una suerte de machismo especialmente recalcitrante. Siempre le atrajeron los toros como rito, nunca como espectáculo. Si los toros se convierten en un mero espectáculo les ocurre como a la Semana Santa: están condenados al fracaso por un virus interno sin necesidad de que actúen enemigos exteriores. No fue nada fácil la primera experiencia en unos tendidos donde clamaban el “mujer tenías que ser” o el “vete a tu casa a limpiar”. Esta vecina del centro traía como defensa su formación académica, sus años en la facultad de Derecho, la mejor de España según Clavero y Olivencia, su sólido criterio taurino forjado en plazas de España y Francia.

Hizo la tesina sobre la eutanasia cuando el tema resultaba especialmente delicado, un trabajo dirigido por Jimmy Sainz-Pardo, quien muchos años después negoció como alto cargo de la Junta de Andalucía el traspaso de competencias del Estado en materia de Justicia. El interlocutor de Jimmy en el Ministerio de Justicia, por cierto, fue Juan Ignacio Zoido como director general.

Anabel era una joven estudiante que siempre acudía a clase con un ejemplar de El País bajo el brazo. Inteligente, culta, curiosa, cabezona hasta decir basta. Con mucho carácter. Nada amiga de acudir al real de la Feria. Lo suyo son los toros, los viajes previos a las dehesas para evaluar las reses elegidas por la empresa, asistir a los sorteos matinales los días de festejo, unos días en los que come poco, acude a pie hasta la plaza, se bebe un refresco sin azúcar y viste con la corrección propia que merece la responsabilidad. Siempre accede al coso por la puerta de cuadrillas y desea suerte a los matadores y a sus cuadrillas. Con Finito de Triana, su asesor artístico, se entiende con la mirada. Si la tarde ha sido de bronca al palco presidencial, cuando el festejo acaba y los matadores ya han abandonado el ruedo, aguanta de pie unos minutos para recibir todos los reproches que el respetable considere oportunos. Sabe como nadie que escrito está que la auténtica fiera ruge en los tendidos. ¡Y cómo ruge a veces, señora presidenta! Tras firmar todos los papeles que hay que despachar cuando termina un festejo, que pareciera que está uno en una notaría cerrando una fusión bancaria, la presidenta se refugia en el bar Taquilla con su gente, con ese círculo de confort que necesita todo ser humano expuesto al juicio del público. Es curioso cómo los aficionados, según el perfil, se reparten por las tabernas del entorno de la plaza en cuanto acaba la corrida. Los intelectuales acuden a la bodega San José, más conocida como El Punto. Los aficionados más entendidos, a la bodeguita Romero. Los más habituales de la vida cotidiana del Arenal, al recoleto Ventura. Y los conductores, areneros, los músicos de Tejera y otros personajes secundarios, prefieren el Taquilla de la calle Adriano. Al Taquilla se va la presidenta, donde ya la coca-cola adquiere el sabor de algún aliño propio de las horas de la relajación. Allí, alguna vez, ha recibido llamadas gratificantes en tardes especialmente duras: “He vuelto a ver la faena en la televisión y has acertado no concediendo la segunda oreja. Tenías razón”.

La vida son recuerdos de la promoción 1976-81 de Derecho, donde compartía noches de estudio con Rosamar Prieto-Castro. La vida es decir sí cuando Demetrio Pérez le ofreció entrar en el equipo de presidentes de la plaza de Sevilla en la temporada 2006. Ella, una aficionada autodidacta, no lo dudó en ningún momento. Como no dudó en hacer oposiciones y como no duda en viajar a lo destinos más alejados cada vez que puede. La han visto por Turquía, Siria, Egipto, Uzbekistán… Dicen que se busca a alguien que tenga una foto suya en Matalascañas. Le gustan un museo y unas ruinas históricas casi lo mismo que la embestida brava de un vitorino. Apasionada de la novela negra tanto como del barco de la Carretería. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la grada 3 junto a su inseparable Manuel Grosso, un aficionado culto que los días que ella preside se ve obligado a guardar disciplina de nazareno del Silencio cuando hay reproches al palco. Y esa disciplina no hay estampida que la altere. La vida son recuerdos de un mano a mano entre Romero y Ojeda en la plaza de Málaga a la que esta incombustible Anabel acudió embarazada de ocho meses.

Le gusta ver los toros desde el callejón, disfrutar del embarque del ganado y cultivar las relaciones personales con toreros y ganaderos. Pero como el torero mate mal no hay segunda oreja. Como debe ser. Ya lo dijo un portero del teatro La Scala de Milán: “Todos los días de función no pueden acabar con aplausos de 45 minutos”. Tiene claro que la plaza de toros de Sevilla no es una ONG, que los momentos previos y posteriores a la corrida forman parte del rito. La pueden ver dando una conferencia en un club taurino de París o en los palcos de Semana Santa de la Plaza de San Francisco, con un velo en cualquiera de esos países árabes a los que se escapa, o en los veladores de la Plaza del Pan dándole cadencia a un trago largo. Dicen que es de izquierdas. En realidad es más bien de la hermandad del sentido común, del partido de la naturalidad, del colectivo de los que no están dispuestos a renunciar a todo lo auténtico que tiene su ciudad, de los que se niegan a vivir en el frentismo, rechazan el cultivo de esas visiones excluyentes que no admiten que se pueden hacer cambios sin necesidad de bochinches, que se puede ser devota de la Virgen del Valle, entender de música israelí, no pisar la Feria y perderse con insistencia por los rincones de Turquía menos conocidos. Que la lucha por la igualdad no es una estética de arrobas, del todos y todas, del sevillanos y sevillanas, sino de hechos, apuestas, esfuerzo y decisión y de ocupación de espacios con tanta naturalidad como determinación. La suya es una vida a contraquerencia. En contra de las inercias casposas y en contra de postureos que no admitirían alguna de sus combinaciones por no encajar en las etiquetas que pretenden una reducción al blanco o negro, al rojo o al azul.

La clave quizás ha sido tener arrojo y, como siempre, una buena cuadrilla. Un día una mujer entró sola en un bar y le importaron muy poco las miradas. Lo hizo sin ira. Un día una mujer aprobó las oposiciones de notarías y ejerció entre hombres mayores escapados del NO-DO. Lo hizo con naturalidad. Un día otra mujer se matriculó en la vieja facultad de Derecho de Laraña. Y después, poco a poco, llegó otra, luego otra y después muchas más. El caso es quedarse de pie cuando arrecian las críticas. Y, por supuesto, no irse a casa a limpiar. Se va una al Taquilla, que es mucho mejor. Y a esas horas las fieras han dejado de rugir y la categoría de la plaza ha quedado protegida: una plaza de primera gracias a la dama del palco.

El soldado sin batalla

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS 2
ES ese vecino amable que te encuentras en el ascensor y te hace un análisis preciso sobre la previsión del tiempo para los próximos días. Juan Espadas (Sevilla, 1966) te recuerda al detalle cuánto llovió el pasado otoño mientras busca las llaves de casa con una mano y sostiene con la otra la bolsa de Polvillo con el pan del día y una carterita con los papeles del banco donde ha hecho alguna gestión. Espadas, que tiene cierta estética de cajero hacendoso del Banco Popular, es ese amigo discreto que nunca llamaba la atención ni por exceso ni por defecto, ese amigo al que un día sus antiguos compañeros de clase vieron en Canal Sur coronado como consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio. Y justo en ese momento nadie pudo decir nada contra él por efecto de una posible envidia. Nadie. Y eso que Sevilla es muy dada a la defenestración exprés en cuanto uno de los nuestros, de los que nos encontramos en el ascensor, sale en los periódicos por algún motivo feliz. De Espadas nadie largó porque siempre se hizo perdonar sus virtudes. No caía mal. De hecho, sigue sin caer mal.

Si hubiera nacido quince o veinte años antes ya sería un respetado ex alcalde de Sevilla, porque hubiera sido ese perfil de candidato del PSOE, homologado y de catálogo, que arrasaba en los años ochenta o noventa en casi todas las circunscripciones electorales. Si fuera soldado, nunca llevaría calada la bayoneta y jamás dispararía por más que se le pusiera a tiro el más feroz enemigo. Si fuera sacerdote, sería de los de pláticas densas e interminables, y pronto se haría acreedor a un puesto en la curia diocesana por su capacidad de servicio al prelado. Si fuera atleta, su especialidad hubiera sido la marcha. De hecho, es un ciudadano de zancada larga que se lo hace pasar mal a los asesores que padecen algo de sobrepeso. Cuando va desde la Plaza Nueva hasta San Telmo para ver a La Que Manda en el PSOE, siempre quiere ir a pie por la Avenida y la Puerta Jerez. En ese rato aprovecha para ir despachando con sus concejales, como Juan Carlos Cabrera, delegado de Seguridad y Movilidad, y asesores como el director general de Emergencias, Rafael Pérez, con los que trata el número de vallas que se instalarán en Semana Santa, los cortes de tráfico por la cabalgata del Orgullo Gay o las negociaciones con la Casa Real para preparar la visita de Obama. En ese momento, el tío de los cupones que está junto al mexicano que canta en la escuálida sombra de la acera de las oficinas centrales del Santander, exhibe el aguijón:

–Míralos. Ahí van los tres fritos de calor. ¿Sabes qué te digo? Me alegro de que sufran la falta de sombra como nosotros.
–No… Van fritos los dos que van junto al alcalde, ninguno le aguanta la velocidad. Criaturas, me dan hasta sentimiento. Me los va a matar a ese ritmo.

Espadas no suele repartir abrazos ni dar ojana. Se parece más a Uruñuela que a Zoido en ese sentido. Es agradable más que chistoso. Tiene el peligro sordo de los que nunca quieren meterse en un lío. No te va a golpear, pero tampoco va dar la cara por ti si te dan un mamporro. Alguna vez ha tenido a algunos rivales del PP cogidos por donde más duele y ha preferido dejarlos políticamente vivos. No quiere broncas, porque teme el efecto boomerang más que un cofrade a un cielo panza de burra. No quiere refriegas con los ajenos ni con los propios. No mete el pie en el área jamás. No se acerca al pitón del toro nunca. Es como una locomotora antigua por una carretera de alta montaña: despacito, muy despacito, pero siempre avanzando con un chuchú adormecedor. Y al final llega a la estación de la Consejería, de la Alcaldía y ya veremos a cuál más en estos tiempos inciertos para un PSOE que no lo conoce ni la madre que lo parió, que diría uno con traje de pana que mandaba en Sevilla más que el Consejo de Cofradías.

A veces muestra un carácter que raya lo pusilánime y que ha sacado a más de un colaborador de sus casillas, pero él es así aunque desde la bancada rival siembren dudas maliciosas sobre aspectos de alguna etapa suya en empresas públicas andaluzas. Se ha guardado ciertas facturas ajenas del pasado, ciertas irregularidades graves que afectarían a protagonistas del mandato anterior, ciertos gastos legítimos pero polémicos que efectuaron sus adversarios. Todo lo ha mandado al cajón de las siete llaves. Mira al frente como un nazareno de ruan. Y punto. Si de él depende, no hiere a nadie. Tiene claro a quién no se debe molestar nunca, caso de Susana Díaz. Baste un ejemplo. Si el ínclito Pedro Sánchez acude a la Feria como secretario general del PSOE, no hay nadie del organigrama municipal para recibirle en la portada de la Feria. Ni un teniente de alcalde, ni un patrullero de la Policía Local. Jamás se puede molestar a La Que Manda, que ya se sabe cómo se las gasta con casi todos los que han sido sus rivales.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de la Trinidad donde un alumno listo, poco competitivo, prestaba mucha atención a las enseñanzas de don Florentino. Son evocaciones de un colegio donde vivía las bajadas de María Auxiliadora, los días de verbena, las competiciones en los campos de deporte y las horas de intensa convivencia con su primo Cejas o con amigos como Enrique Belloso. En la Facultad de Derecho, años después, fue delegado de alumnos, pero sin aparente perfil político, sino más bien de los que pringaban a la hora de trabajar y organizar los viajes. La verdad es que tardó cinco años en acabar Derecho, no los diez de su mentora. El mundo es así, fútbol es fútbol, y quien tardó el doble en sacar la licenciatura es quien decide la trayectoria del que la hizo en su tiempo. La vida es pasión por el Medio Ambiente desde que Fernando Martínez Salcedo le ofreció una de sus primeras oportunidades laborales. La vida es participar en los actos de los 25 años de la promoción del colegio, siendo consejero de la Junta, y apuntarse en el autobús que lleva a todo el grupo de la clase al lugar de celebración como uno más, sin distinguirse en ningún momento. Espadas, de hecho, es de los que dejan el coche oficial dos o tres calles antes de llegar al sitio de destino. La vida es entenderse a la perfección con la jerarquía eclesiástica. Siempre hace un aparte con el cardenal Amigo o con don Juan José Asenjo si coincide con alguno de ellos en un acto. Monseñor Asenjo lo conoció siendo Espadas líder de la oposición municipal. Cuentan que tras un primer encuentro con el hoy alcalde, el prelado musitó: “Ahí hay persona”. La vida es comer un bocadillo y dormir poco desde que es alcalde, es pasarlo mal cuando tiene que explicar en casa que el sábado debe oficiar una boda, o al no saber cómo quitarse de encima a los brasas que lo invaden durante una breve estancia en el bar del barrio.

Espadas está obsesionado con Málaga, convencido de que los nuevos polos de desarrollo son las costas y de que el futuro de Sevilla, sobre todo del aeropuerto de San Pablo, pasa en buena medida por una conexión rápida y eficaz con la capital costasoleña en todos los ámbitos. Espadas es a Málaga lo que Javier Arenas a Almería. ¿Recuerdan los años que el lince del PP se pasó dando barzones por la Andalucía Oriental con tal de no cruzar por la calle Sierpes? Cualquier oportunidad es buena para una reunión con Paco de la Torre en Gibralfaro o para recibirlo en el Salón Colón de Sevilla con todos los honores. Después de Málaga, dicen que la segunda obsesión de Espadas son las medidas de ahorro energético en las viviendas de nueva construcción, lo cual debe ser un asunto interesantísimo de tertulia para una cena de sábado noche… Espadas no es aburrido, pero tampoco es para pegarse por estar a su vera en la cena del alumbrao. Al término de la cena del ‘pescao’ de su primera Feria como alcalde, se levantó de la mesa para pedir una cerveza en la barra de la caseta de Emasesa. Había doble fila para suplicar la atención del camarero. Espadas aguantó su turno con paciencia de ordenanza en un Pleno de viernes por la tarde, que ya es tener paciencia… Alguien rogó al camarero: “Dale una cerveza al alcalde de Sevilla, hombre, que está aquí esperando y el hombre sólo quiere eso”. Y el camarero miró incrédulo, con cara del que siente que le están tomando el pelo. No se creyó que tuviera al alcalde delante y soltó una fresca del estilo de si este es alcalde de Sevilla, yo soy la reina de Saba.

Austero, sin concesiones ni alharacas, y con una gran memoria. Se acuerda al detalle de un artículo publicado hace años sobre los veladores, o de algún personaje del Carrión de los Céspedes de sus años mozos. También se acuerda, seguro, de que el día que se presentó en Fibes su primera candidatura a la Alcaldía, la de las elecciones 2011, no acudió nadie de la sociedad civil, tan sólo militantes de agrupaciones llegados en autobuses. El PSOE del tardoalfredismo ya no le cogía el pulso a Sevilla tras doce años de desgaste en el gobierno y con la amenaza de un Zoido arrollador, como se demostró en la noche electoral. Aquella noche, al menos, los fotógrafos captaron su abrazo afectuoso con un señor con aspecto de verdadero señor, que no tenía estética de militante exaltado, sino de ciudadano de prestigio, de los que exhibe el sosiego de la sabiduría y la humildad del verdadero intelectual. Era el catedrático de Psiquiatría Jaime Rodríguez Sacristán, pariente suyo y un fino observador de la ciudad.

Juan Espadas se ríe cuando oye críticas a la longitud de las mangas de su chaqueta o al exceso de caída de los bajos de sus pantalones. Se ríe menos cuando aparece como el alcalde que alquila los monumentos para cuchipandas, o el que ha provocado que España entera nos ponga, como siempre, de ciudadanos ociosos que nos dedicamos a participar en plebiscitos sobre la ampliación de la Feria. Pero nunca, en ningún caso, da un golpe sobre la mesa para culpar a nadie de ciertos despropósitos. Casi nunca pronuncia una palabra más alta que otra. Por eso dicen que es un gestor metido a político. De hecho, huye de asesores beligerantes. Odia las polémicas, evita el cuerpo a cuerpo. Le sientan bien los elogios de los sectores más conservadores de la ciudad. Se lleva muy bien con el portavoz de IU, el ex monaguillo Daniel González Rojas, o con el concejal Beltrán Pérez, del PP. El primer día que llegó al despacho de la Alcaldía mandó quitar el suntuoso sillón usado por todos sus predecesores: “Con tanta tachuela dorada se me estropean las chaquetas”. Mandó poner un insípido sillón de oficina. De Zoido admira lo bien que le quedan los trajes y dicen que siempre recuerda que en la toma de posesión del gobierno de los 20 concejales, Juan Ignacio le comentó en privado: “Vas a estar invitado con tu mujer a todos los actos de la ciudad, yo no voy a hacer lo que Alfredo ha hecho conmigo estos años”.

Espadas es habilidoso, porque, por ejemplo, va a pegar el mangazo de salir de Baltasar en la Cabalgata del centenario y casi nadie se ha enterado o ha opinado en contra. ¡Con lo que dudó Zoido para aceptar o no la corona de rey mago! Al final se quedó sin serlo por esa manía de la derecha de ser cautiva del que dirán.

La máquina avanza a golpe de chuchú por las pendientes pronunciadas. La zancada es larga por la Avenida. En política se trata de resistir, de disfrutar del amplio margen del tono gris, de sonreír en el ascensor, comentar el sirimiri matinal y cómo ha abierto la tarde, y de ir mientras buscando la llave adecuada en cada momento.

El escaso rédito del rigor

Carlos Navarro Antolín | 19 de junio de 2016 a las 5:00

JAIME RAYNAUD
SER político hoy es estar expuesto a los vertederos de las redes sociales, estar dispuesto a remar en la frágil nave que surca los mares del márquetin y el pensamiento reducido a los 140 caracteres, ser esclavo del eslogan, el titular y la fotografía y, por supuesto, asumir como propios los enemigos del jefe directo o del aparato orgánico de turno. La vida pública está degradada porque nunca antes ha sido tan fácil y ha resultado tan barato mancillar desde el anonimato a quienes la protagonizan. ¿Quiénes son entonces los mejores galeotes en las aguas embravecidas de la política actual, donde se ha sustituido el discurso estructurado desde la tribuna por la imagen efectista del líder que ve el partido de fútbol agitando la bufanda? Los mejores remeros son, en general, los que no tienen otra embarcación donde ofrecer sus servicios, otro cómitre del que recibir las órdenes, y aguantan todas las bogas. Los más reconocidos hoy no son los mejores preparados, sino los que no discuten la dirección del barco. No son los que controlan los problemas de la población a la que representan, sino los que fabrican los tuits más ingeniosos en esa exaltación del instante, del momento, del flash. Los más prestigiosos no son los que gestionan con mayor rapidez y eficacia los recursos públicos, sino los que tienen un argumento falaz que encuentra aplauso para desmentir una crítica fundamentada. En la política de hoy reinan las culebras trepadoras y no hay ramas para los búhos de ojos sabios.

Es mejor tener una imagen de bonachón, un escudero resoluto que gestione los perfiles de las redes sociales, que un buen conocimiento del funcionamiento de la Administración, un control exhaustivo del presupuesto público y unos criterios claros sobre cómo hacer qué, en cuatro años y de qué manera. Jaime Raynaud Soto (Sevilla, 1949) es un político del PP al que las circunstancias de una política cortoplacista privó de una segunda oportunidad para intentar ser alcalde de Sevilla. Su caso demuestra el escaso rédito que tiene el rigor en la política de hoy. Arquitecto técnico de profesión, vecino del centro y viejo conocido de las filas de la mitificada UCD, Raynaud siempre ha tenido mejor currículum que fotogenia, mayor capacidad para estudiar los temas, preparar las interpelaciones parlamentarias y moverse por los despachos de los técnicos de los ministerios para pulsar la tramitación de un proyecto, que para hacer el indio en una campaña electoral en la cocina de una ama de casa o haciendo pilates en un centro cívico. Raynaud es de los pocos políticos que consigue que el tostón del urbanismo sea apto para todos los públicos, que es algo tan difícil como hacer ameno el Derecho Administrativo.

Justo antes de entrar en la política municipal fue impulsor de varios edificios próximos a la Avenida de la Buhaira. En pleno esplendor profesional fue convencido por Soledad Becerril para ser integrado en la lista electoral como potencial delegado de Urbanismo, pero se quedó en la oposición después de que Alejandro Rojas-Marcos pactara con el PSOE de Chaves para convertir a Monteseirín en alcalde a cambio de la Línea 1 del Metro… Y también de varios contratos para el personal andalucista.

Siempre ha tenido aires de profesor universitario y cierto perfil de maniquí de Galán. Su problema tal vez haya radicado en que es serio en una política donde prima parecer simpático. Le ocurre como a su querida cofradía de Santa Marta: eficaz en el paso, elegante en el porte, cumplidor en los horarios, bello en la imagen, pero sin despertar aplausos…Y los vítores, aplaudidores, agradaores y demás jaleadores son imprescindibles en la dinámica electoral. Porque de ellos dependen las encuestas. Y los partidos políticos son esclavos de los augurios de las israelitas, de los redactores de las prospecciones, de los dictámenes de los sociólogos sesudos, de los caprichos de los arriolos y de otros especímenes. Dios, qué buen alcalde si hubiera tenido un buen sondeo.

“No llegamos, en Sevilla no llegamos”, dijo Arenas en el primer semestre de 2006 al ver las encuestas del PP de cara a las municipales de 2007. Y quitó a Raynaud de portavoz, lo desbancó de la vida municipal. No le dejó ser candidato a la Alcaldía por segunda vez, pese a que alcanzó proyección suficiente como para ser blanco de las bromas ácidas de Alfonso Guerra en los mítines de los barrios obreros en la campaña de 2003: “¿Cómo se llama el candidato que ha puesto el PP? ¡Decidme! ¿Renault? ¿Se llama como los coches? Si parece maestrante…”. ¡Anda que si el PP hubiera apartado a Arenas tras el primer tropiezo en las autonómicas andaluzas!.

–¿Cuántas veces ha intentado Javié ser presidente de la Junta?
–Sólo cuatro, hombre. Sólo cuatro.
–Pocas son.
–Diga usted que sí.

El tiempo litúrgico del PP andaluz se divide en candidaturas fracasadas de Arenas con el tiempo ordinario de Teófila Martínez. Todos creímos que la vida política de Raynaud se acababa aquella tarde de Corpus de 2006 en que un teletipo comunicaba que no repetiría como candidato. El teletipo que citaba “fuentes del PP” (¡Óle ahí esos tíos valientes!) era como el motorista que salía del Pardo con el comunicado de cese de los ministros. Y aquel teletipo llegó después de que Arenas hubiera tenido engañado a todos durante meses: “Jaime es hoy por hoy el candidato del PP a las municipales”, decía con la ceja arqueada. Toma del frasco, Javié. Pensamos que Raynaud entonaría el ya estoy yo en mi casa, que bien cerca la tenía del Ayuntamiento, y que le haría al de Olvera el merecido tururú. Pero no. Raynaud exigió quedarse como concejal raso para cumplir hasta el final de la corporación, de chaqué en las procesiones y oficiando las bodas que tenía comprometidas y alguna más. ¡Ay, aquella imagen suya, con los tiros largos de la dignidad, colocado en las primeras parejas de la representación municipal, como los nazarenos más jóvenes, después de haber ocupado varios años el sitio preferente del portavoz!.

Arenas tuvo que premiarle con un acta de diputado en el Parlamento Andaluz. Raynaud es hoy el decano del PP de Sevilla, con un halo de prestigio poco frecuente en la política de disciplinados galeotes que reman y reman a la espera del bocadillo de un carguillo. Todavía hoy se mantiene como uno de los depositarios de la “interpretación auténtica” del Evangelio Arenísitico, que transmite con prontitud y eficacia. Es una suerte de druida en el convulso PP sevillano. Protagoniza las intervenciones de mayor interés en las juntas provinciales de un partido que aún no se ha levantado de la lona tras recibir el golpe más duro en las últimas municipales.

La vida es recordar los años de juventud en Los Remedios, donde jugaba con un chaval llamado Quico Toscano, eterno alcalde de Dos Hermanas. La vida es un aperitivo en La Barbiana mientras cuenta batallitas del Colegio de Aparejadores, las anécdotas del último viaje a Tierra Santa (ay, qué experiencias allí vividas) o el chiste más picante oído en los pasillos del Parlamento. La vida es usar Panamá (sin papeles) para amortiguar el sol de la Avenida de la Constitución. La vida es una copa de champán francés en Navidad, sin despreciar algún cava extremeño. La vida son combinaciones extrañas de colores en el vestir, concesiones a la frivolidad que sirven quizás para descansar la mente de tanto PGOU, tanto Potau, tantas aglomeraciones urbanas, tuneladoras y legislaciones urbanísticas variadas. No se han encontrado precedentes en la historia del Ayuntamiento de aquella chaqueta de rayas rosas que lució en una audiencia de principio de curso político en la Alcaldía. La vida es corregir impertinencias sin dolo cuando pasea por la calle con la mejor compañía posible: “No son mis nietas, señora. Son mis hijas”. La vida es recordar el hotel Royal que su padre fundó en la Plaza Nueva y que, con el advenimiento de la República, tuvo que rebautizar como Hotel Iberia. La vida es salir junto a los suyos de diputado de cruces en Santa Marta, cofradía de la que su padre fue alma máter, y los fines de semana con los mismos amigos que hace treinta años.

El político al que le cabía el Ayuntamiento entero en la cabeza medita hoy si merece la pena seguir alargando la vida pública o dedicarse a su profesión y al cultivo de las plantas de su Castelgandolfo particular, que está en Almensilla. E incluso a escribir poesía, que dicen que es una de sus aficiones ocultas. Mientras algún socialista sigue respirando décadas después por la herida de la Alcaldía perdida en los tejemanejes de los pactos, Raynaud se reconcilió consigo mismo y hasta con Arenas después de haber guardado el oportuno luto. Se le podrán imputar fallos y carencias, pero nunca el de prepararse tres minutos antes una rueda de prensa, como hacen hoy tantas culebras con las que Guerra no tiene ni para una broma. Ni cierta sastrería tiene para un traje.

El tabernero valiente

Carlos Navarro Antolín | 1 de mayo de 2016 a las 5:00

Pedro Sánchez Cuerda
LOS teóricos del tacticismo a lo hispalense siempre aconsejan quedarse quieto. No hacer nada. El movimiento en Sevilla genera problemas. Y, sobre todo, recelos. En Sevilla, dicen, conviene no moverse mucho, quedarse sentado en el velador de los días a contemplar el paso de las diversas procesiones. Ni se deben mostrar habilidades, ni dar pasos al frente. Sevilla es una ciudad aliada de los silencios, de los susurros, de mirar tras los visillos y echar la vista abajo, de escrutar al recién llegado y de sospechar de quien emprende una buena acción. En Sevilla quedarse quieto puede salir muy rentable. Hacer el estatuario hasta puede generar aplausos de los tendidos del día a día de la ciudad. Los espontáneos del consejo con minúscula, que son los que se tiran al ruedo de tu vida para hacerte recomendaciones que nadie les ha pedido, son muy dados al “tú no te metas en problemas”, “no digas nada”, “no vayas tan rápido”, “si haces eso te vas a quemar”… Sevilla, si en su mano está, impide que sus hijos crezcan. Los prefiere vivaqueando en las rutinas cotidianas, víctimas de la dependencia del que recibe el pescado, pero nunca la caña; anclados en la mentalidad de la subvención, rehenes del buen o mal humor de quien les da dar de comer. Sevilla es una gran cofradía del silencio donde se cumple la disciplina de mirar siempre al frente y no perder la disciplina del carril. El que se sale de la fila, el que destaca, el que se atreve a denunciar alto y claro una corruptela, debe ser de inmediato acusado de oscuros intereses, de anhelos de vanidad, de justiciero con las cartas marcadas.

Éranse una vez dos empresarios de la hostelería interesados en fundar una escuela para enseñar a los jóvenes dos claves fundamentales del oficio: saber tratar al cliente y saber tratar el género (el de comer, no el de la ideología mortífera). Una escuela donde jóvenes en situaciones de riesgo social aprendieran el noble y viejo oficio de servir: saber recibir con una sonrisa al cliente, ofrecerle una mesa y la carta, hacerle sugerencias, guardar las distancias, no rebajarle nunca el usted salvo casos muy particulares, distinguir una merluza de un rape, un pisto de una sopa de tomate, la ternera del cerdo, una ginebra básica de una premium

Los años del boom de la construcción diezmaron las plantillas de los bares. Los camareros españoles se fueron a ganar tres mil euros al mes como encofradores. Y en las Oficinas de Empleo no se podían emitir ofertas de trabajo para extranjeros porque aún quedaban españoles inscritos para ser camareros, pero –¡Ay, las teorías de la calidad de vida!– se negaban a currelar los fines de semana o los festivos, de tal forma que seguían inscritos como desempleados impidiendo la llegada de mano de obra de otras naciones.

Pedro Sánchez-Cuerda (Sevilla, 1971) es la tercera generación de una familia de hosteleros. Junto a su primo José Ignacio Rojas dedicó dos años de trabajo a preparar una escuela de hostelería en Mercasevilla, la sociedad mixta que ha terminado siendo la lonja (cueva) de Alí Babá, donde el pescado de la corrupción siempre huele a podrido. Cuando todo estaba a punto para obtener el apoyo económico de la Junta, les marcaron la hoja de ruta de la pudrición del sistema: debían aportar 450.000 euros en un maletín olvidado, oh casualidad, en un bar. Sin maletín para los asaltadores de caminos no habría subvención. Los dos empresarios, que habían tenido una hermosa idea en la ciudad donde siempre sale recomendable quedarse quieto, forzaron una segunda reunión, activaron la grabadora y pusieron el cebo para que aquellos dirigentes de Mercasevilla picaran y ofrecieran una versión actualizada de Rinconete y Cortadillo, pero de muy de baja estofa. Sánchez-Cuerda y Rojas no pasaron por taquilla, optaron por denunciar el caso tras desoír a la Sevilla que siempre aconseja evitar los líos, llevaron la grabadora ante el juez y dieron por perdidos los meses de viaje por toda Andalucía visitando otros modelos de escuela que ya funcionan con éxito.

Nadie podía intuir entonces que aquella grabación era el inicio del destape del mayor del escándalo de corrupción en España: de la extorsión a dos empresarios honrados se pasó a los ERES fraudulentos con sus fondos de reptiles, la venta de terrenos de la lonja bajo sospecha, el delito societario… Mercasevilla se quedaba sin pescado para tantos tiburones, hinchados hoy de calmantes para soportar los días de imputaciones y paseíllos por los juzgados. “La Junta colabora con quien colabora”. Fue la frase grabada que resumía el modus operandi, a modo de salutación en la entrada principal del cuartel de Mercasevilla. Sánchez-Cuerda y Rojas no colaboraron y se replegaron a sus negocios de siempre (La Raza y la Hostería del Prado) y emprendieron otros nuevos (Los Corales, la línea de cátering, etcétera).

Sánchez-Cuerda es un modelo de esfuerzo y superación. La Raza es un símbolo de la hostelería que ha pasado por crisis graves: una plantilla sobredimensionada en los ochenta por efecto de la nueva legislación (la que acabó con las categorías de aprendiz, fregador, ayudante de camarero, camarero, jefe de rango, metre, segundo metre, etcétera) y la moda emergente desde finales de los noventa de celebrar los banquetes en haciendas y otros salones fuera de la capital. La Raza corrió el riesgo de quedarse como abrevadero para turistas en chanclas a la búsqueda de la Plaza de España, o como sede de almuerzos de rancios colegios profesionales. Algo similar le ocurrió a Villa Luisa, que sufrió su decadencia por la tendencia de muchas parejas de novios a irse a las afueras para sentirse señoritos de cortijo por un día, aunque ignoren que en algunos casos han celebrado el almuerzo donde antes comían (y descomían) las bestias.

Con la tenacidad propia del empresario y la ayuda indirecta de la Guardia Civil con los controles de alcoholemia, La Raza recuperó poco a poco las bodas, las comuniones y las copas de Navidad. Y hasta se inventó una terraza de copas para los meses de verano. Cuando Zoido ganó la Alcaldía, Sánchez-Cuerda fue investido como tabernero del régimen: “Todas las cosas hay que hacerlas en casa de Pedro, ¿eh?”, fue la consigna del alcalde. Pero Zoido, al final, dejó el sillón de alcalde sin solucionarle su continuidad al frente de la Raza, un edificio de propiedad municipal donde la histórica empresa lucha por permanecer con todos los papeles en regla. El fin de los antiguos arrendamientos y la incapacidad del gobierno anterior para sortear las rigideces administrativas han dejado en jaque uno de los negocios más representativos del sector terciario de la ciudad, mientras otros hosteleros se expanden como el imperio romano por encima de titularidades municipales de inmuebles, protecciones urbanísticas y otros supuestos blindajes.

De la grabación letal para Mercasevilla, con su efecto de bomba racimo, y de la pasividad de la Administración de Zoido a la hora de deshacer entuertos, quedó como resultado un empresario quemado con la clase política. Al final no fue el tabernero del régimen del PP. Ni tampoco el PP estuvo a su altura. Lo mejor, quizás, es que Alfonso Guerra sigue sentándose en las sillas de hierro de forja tan características de La Raza, unos asientos con más antigüedad y sabor que muchas cofradías. Adolfo Suárez figura entre la clientela ilustre de los tiempos en sepia. Hasta Monteseirín y Marchena, con la que les cayó encima a cuenta de Mercasevilla, siguen entrando en este restaurante del Parque de María Luisa, donde una foto de Zapatero revela que el presidente del Gobierno más nefasto de la democracia hizo un día parada en La Raza. Es cierto que Arenas es un clásico de la casa, casi tanto como la cofradía de la Paz cada Domingo de Ramos sin lluvia. Cuando Arenas no quiere que lo vean, se aleja del Oriza y se va a La Raza. Al final, todos lo acabamos viendo también en La Raza, pero él se cree un lince. Y todos los delegados del Gobierno saben que sin La Raza… no hay paraíso.

La juventud son recuerdos de un joven que cursó el COU en Oxford. Al regresar a Sevilla debutó fregando platos una Nochevieja que había que dar de cenar a unos turistas llegados en globo hasta el Prado de San Sebastián. La vida hoy es meterse en la cocina cuando hay que atender una boda y tres primeras comuniones. Echarle la vista a un negocio nuevo en Nervión, darle vueltas a la cabeza constantemente para que los nuevos usos no te cojan con el pie cambiado. La vida es servir a los demás y honrar la memoria del fundador, José Rodríguez Cala, el contable que emprendió en el sector de la hostelería haciendo posible el legado de hoy. Y como presidente de los hosteleros sevillanos, la vida es tener claro quiénes son los modelos de auténticos taberneros de la ciudad. Por eso se presentó en la taberna de José Yebra, en la calle Boteros, la última noche en que abría el negocio tras más de 50 años de servicio. El mayor logro de Sánchez-Cuerda después de meter la grabadora en el despacho de los truhanes de Mercasevilla, ha sido conseguir que Yebra aceptara recibir el merecido homenaje del gremio de la hostelería tras décadas de sacrificio detrás de una barra en las que ha impartido un estilo de servir alejado del compadreo y la guasa.

El tabernero perdió la escuela de hostelería que siempre había soñado. Pero tuvo claro que lo que se deja uno olvidado es el paraguas en las notarías, no los maletines en los bares. Y llevar maletines es malo para la columna vertebral. ¿Verdad, primo?

El intelectual del zoidismo

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2015 a las 5:00

Javier Landa
HAY algunos adolescentes, hijos de militares, que lamentan que sus progenitores no se quiten los galones al entrar en casa, lo que no deja de ser una forma de censurar a conveniencia el mero ejercicio de la patria potestad. A los periodistas también se les imputa que nunca dejen de serlo ni de puertas para adentro, ni de puertas para afuera, ni sin puertas; que dediquen a pensar en el oficio el tiempo que están con los ojos abiertos y, algunos, hasta el tiempo que duermen con un sólo ojo cual liebres. El periodismo se asemeja mucho al sacerdocio. Hay que estar dispuestos a difundir la noticia o a impartir el sacramento cuando se necesita, sin horario predeterminado. La muerte no entiende de convenios colectivos que fijan los horarios. Un cura tuvo que salir a gran velocidad de la Feria una noche del alumbrao porque era reclamado en una casa donde había fallecido el cabeza de familia. Un yerno impertinente no se recató: “¿Quién ha encontrado un sacerdote a estas horas y con traje azul y corbata?”. La vocación no sabe de horarios, pero puede chocar contra el muro de otras realidades y provocar sonoras quejas como las del hijo rebelde del comandante.

Javier Landa Bercebal (Zaragoza, 1955), catedrático de la Universidad de Sevilla y ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, es uno de esos profesionales que los políticos incorporan a sus equipos para darse un barniz de intelectualidad. Es la versión actualizada del Español, siente un pobre a su mesa, que ha mutado en Candidato, meta un catedrático en su lista. Landa se trabajó en su día la condición de heredero natural de Camilo Lebón, el eterno decano de Económicas, el factótum de la facultad de la sede fría a lo carcelario. Este aragonés afincado en Espartinas ha sido siempre un habitual a los actos del PP en la localidad aljarafeña. Se ha dejado ver y se ha dejado querer. Cómo ronea, cómo ronea este Landa para que Arenas lo vea. Y vaya si lo vio.

Desde el decanato pudo contactar durante muchos años con personajes públicos, entre ellos un Arenas que lo introdujo en la plataforma de independientes por el cambio en Andalucía. Cuando Zoido confeccionaba la lista electoral de 2011 –la que olía a mayoría absoluta, terminó siendo absolutísima y acabó como el parto de los montes– Arenas frunció el ceño y dijo algo muy parecido a lo siguiente: “Juanito, la lista está muy bien, pero hay que meter a alguien de peso, porque esta lista tiene mucho niñato”. Hay quien dice que Landa, en realidad, era el pretendido contrapunto que Arenas quería introducir para compensar el populismo de Zoido.

Los políticos a veces buscan mujeres, intelectuales, famosos u otros perfiles de la sociedad civil para cubrir las lagunas que los arriolos de plantilla ven en la composición de las listas. Para compensar ese niñateo, el PP puso a Landa de número dos. El catedrático que estuvo a punto de sentarse en una grada de sol en la lista del PP por Espartinas (donde le ofrecieron un puesto del siete al diez), acabó sentado en el palco de convite de la Real Maestranza de la lista por la capital: el número dos, el fichaje estrella de la era Zoido.

A este señor catedrático no le hizo gracia que el primer jovenzuelo de turno de las Nuevas Generaciones le hablara de tú nada más llegar a la sede del partido. El osado mozalbete, repanchingado en un asiento, se justificó con desahogo:

–Es que me han dicho que tú eres ya de los nuestros… ¿No?

Landa sufrió algo tal vez más incómodo que el tuteo al dejar la Universidad y entrar en política: la difusión de una antigua condena de 120 euros por enfrentarse a unos jóvenes a los que reprochó (con toda razón)su incivismo al esparcer la basura de unos contenedores, y una bajada de sueldo. “Pues chico, menos mal que conservo y genero trienios”, se lamentaba ante viejas amistades de la Universidad sin necesidad de que nadie le preguntara. También ha sufrido la impuntualidad de Zoido, marca de la casa, al que acompañaba muchas veces como delegado de Relaciones Institucionales. En una ocasión, precisamente en un foro universitario, no sabía ya como justificar el retraso del alcalde. Subió al atril y anunció que Zoido estaba llegando: “Bueno, ¿quieren que mientras les cuente algo? ¿Les canto?”. El público no sabía dónde esconderse, por si se arrancaba a capela con el Gaudeamus igitur.

Como presidente del Pleno, no pocas veces se tomó las sesiones como si de una clase se tratara. A lo Quijote, debía ver alumnos donde habían concejales. Firme en las maneras, adusto y serio, pero nunca grosero, desahogado o faltón. Metió el pinrel bien metido el día que expulsó a un fotógrafo, tal vez, precisamente, por no dejarse los galones de decano en la calle antes de entrar en el Ayuntamiento. Con Torrijos, portavoz de Izquierda Unida, tuvo duelos dialécticos a lo Pimpinela. Alguien apuntaba siempre que Landa y Torrijos eran los concejales “más conservadores” de la corporación. Alguna vez compartieron charla de café en El Portón. Con la socialista Adela Castaño protagonizó escenas parecidas a las películas de Juanito Valderrama y Dolores Abril. En el PP irritaba que Landa, bastante neutral en el ejercicio de la presidencia, mandara callar al alcalde cuando lo consideraba oportuno. Una vez, un compañero de filas le reprochó que no dejara hablar al alcalde el tiempo que quisiera. Landa tiró de cátedra:“No te enteras, chico, no te enteras…”.

Otra landada es haber carecido de cintura con el Defensor del Ciudadano, José Barranca, a quien pretendía recortar la memoria anual en función de criterios reglamentistas; o con el Curso de Temas Sevillanos, cuyos miembros lo tienen como persona non grata por negarles el uso del Alcázar para su sesión anual. Landa no supo ver que el presidente del colectivo, Antonio Bustos, es una marca de la ciudad, carente de aristas, sin dobleces, y cuya labor por la divulgación de la cultura ha merecido altos reconocimientos. Landa jamás debió tratar con frialdad y un punto de suficiencia la petición de una entidad que hace mucho por facilitar a personas mayores el acceso a conferencias y charlas en lugar de ser condenadas a hieráticas tardes de televisión. Se obsesionó con no convertir el Alcázar en un salón multiusos, pero falló al aplicar criterios sin flexibilidad. “Lo dejan todo perdido”, decía de las empresas de cáterin, evocando a Soledad Becerril cuando hacía comentarios con un desdén similar: “Cómo suda Monteseirín, qué horror”. Landa estaba más preocupado por las vías de evacuación del Alcázar, que por facilitar los accesos. En una ocasión puso en guardia a las fuerzas del orden al ver la cola de jóvenes que aguardaban a la entrada junto a a la Galería de los Grutescos para asistir a una gala de blogueros en la que, además, actuaba el cantante Hugo.

Muchos de sus adorables compañeros del gobierno nunca le perdonarán cierto aire altivo, ni cierto desprecio por quienes han mamado la cultura de partido. Los concejales de distrito no lograban la cesión de ningún salón palaciego para actos de las asociaciones de sus dominios. Se marchaban de su despacho cabreados, jurando en arameo y con ganas de pegar el portazo. Cuando aprovechaban la visita al centro y subían al despacho de Asunción Fley, la independiente que dirigía la Hacienda local, tampoco encontraban apoyo presupuestario para el arreglo de una acera. Los ediles de los barrios dejaban la Plaza Nueva confusos, sin saber si Landa y Fley eran del PSOE o de la verdadera casta funcionarial que denuncian los de Podemos.

La verdad es que Landa gana en el terreno corto lo que pierde visto de lejos. Y no es un elogio fácil, porque hay políticos que pierden todo el crédito cuando se les conoce de cerca y se aprecian con nitidez los lamparones de la chaqueta. Entre las virtudes de Landa figura su dontancredismo, esa capacidad de darse la vuelta, ser consciente de que le caen encima los chorreones de cera caliente de los ciriales que portan los lacayos de la política, y darle exactamente igual. Landa ha soportado más de un año varios avisos serios que lo mandaban de vuelta a la Universidad en cuanto acabara el mandato, pues Zoido fue recortándole competencias. El buen hombre aguantó a lo Paco Ojeda la proximidad del pitón que lo dejaba fuera de la lista de 2015. Landa ha demostrado ser un gato de la política: tiene siete vidas. Y responde a la perfección a ese gerundio que en Sevilla es augurio de la eternidad. “A Landa se lo están cargando, se lo están despachando…”. Cuantos más gerundios, más opciones de seguir vivo. Y hoy sigue de concejal, aunque reincorporado a la Universidad y sin sobresueldo municipal. Dicen que el landismo durará lo que dure el zoidismo. O no, que diría Rajoy. En el PP hay quien valora que Landa haya logrado ser durante tantos años el decano de una Facultad considerada un “nido de rojos”. Por muchos pinreles que haya metido. Y los niños (niñatos, según Arenas) siguen quejándose de que no se despoje nunca de los galones. Pecados de juventud, o de clarividencia política. “Si es que no te enteras, chico…”

Don Pelayo sin teleférico

Carlos Navarro Antolín | 19 de julio de 2015 a las 5:00

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EN la serie ochentera Fama, la profesora de danza de la Escuela de Arte de Nueva York agitaba la vara de mando: “Para triunfar hay que sufrir”. Y todos los alumnos –estética de sudor, mallas ajustadas y calentadores en las piernas– atendían la arenga en silencio, hieráticos, en posición de disciplina marcial. Algo parecido hizo un día el padre natural del PP andaluz, Javier Arenas. No es que cogiera la vara de mando, porque la trae puesta de fábrica cuando se trata de Andalucía y el PP, pero sí reunió a todos sus hijos políticos en los sótanos de la sede regional, donde se llevan años rodando los capítulos de Canción triste de San Fernando Street, para comunicarles sus nuevos destinos, a modo de capitán general en la entrega de despachos a la nueva promoción: Tomares, Mairena del Aljarafe, Palomares, Guillena… Mandó a sus centuriones a las campañas municipales de la provincia con el objetivo de sumar losetas de poder municipal para aspirar a pisar el pavimento palaciego de San Telmo. Los muchachos de Arenas se iban al frente, como Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena.

José Luis Sanz (Sevilla, 1968) era el coordinador, o como se llamara el puesto, de la presidencia del PP andaluz. Era un chico de Arenas, que era el cargo que realmente importaba entonces. Y Arenas lo mandó a Tomares: “Para estar en este partido hay que aprender a sufrir, José Luis”. El druida del centro derecha andaluz, sin marmita pero con raqueta de pádel, lo clavó. ¡Anda que no lleva José Luis sufriendo un tiempo! Si casi me lo dejan herniado para la política. Cuando recibió la encomienda de Tomares, no es que Sanz sonriera, porque es un tipo sacado de El nombre de la rosa –un monje no debe reirse– pero cumplió con disciplina un encargo que suponía un cambio de aires, no sólo porque iba a estar más fresquito gracias al microclima aljarafeño que tanto apreciaban los musulmanes, grandes buscadores de la sombra urbana hasta que Monteseirín se la cargó y Zoido fue incapaz de arreglar el desaguisado, sino porque salía así de la exclusividad de Javié, cuya hiperactividad no da lugar a un respiro.

–Con Zoido al menos da tiempo a hacer vida familiar y se puede tomar uno una cerveza.
–Y hasta con tapa, José Luis.

Javié es de los que no dejan vivir, pega continuos demarrajes que sólo aguanta Antonio Sanz.

–Antonio, Antonio… Hay que estar mañana a primera hora en Madrid, tenemos que llegar a Génova antes que Lola Cospedal, y me dice Patricia del Pozo que ya no queda ni un Ave.
–Tranquilo, Javié, cojo el coche y nos vamos ya. Tú te duermes y yo conduzco.
–Gracias, Antonio. Por cierto, hoy te he visto más delgado en la ejecutiva.

José Luis Sanz se hizo con la Alcaldía de Tomares en 2007. Prometió un teleférico para comunicar el municipio con la capital en los años del boom inmobiliario en que regía aquello de tonto el que se no compre un adosado. Nunca hubo un teleférico, pero la Real Academia de la Lengua Española siempre agradecerá a Sanz su intención de adecuar la realidad al uso del lenguaje. Hay tanto tonto aljarafeño que dice lo de subir y bajar a Sevilla, que Sanz se empeñó en que fuera verdad a base de montar a los vecinos en cabinas de verdadera subida y bajada: los tomareños bajaban directamente a la zona nacional de Los Remedios y los sevillanos subían hasta Casa Esteban a jamar los célebres huevos fritos con patatas, que es como el Lucio de Madrid, pero sin catetos esperando ver al Rey con Zapatero sin corbata.

Este político de apariencia amodorrada mantiene hoy el cargo de alcalde de Tomares pese a las circunstancias. Es un sevillano de ruán que sólo se ríe en la distancia corta. Y lo hace hacia dentro. Por ejemplo, un día le contaron que Zoido le prometió a un vecino pasar una noche en el Palacio de las Marismillas de Doñana, donde pernoctan los jefes de Estado, para que conociera in situ este inmueble de Patrimonio del Estado. Cuando Sanz oyó el relato de semejante promesa, no pudo reprimirse: encogió los hombros, esbozó una sonrisa blindada a lo Gillete y emitió un sonido que era una suerte de carcajada difundida por un transistor con la batería baja. A lo perro Risitas, pero sin dolo.

Debe ser verdad que Sanz gana en la distancia corta, que es el elogio que se hace de los tímidos. El zoidismo emergente de 2012 lo convirtió en secretario general del PP andaluz. Cuando llegó al despacho regional no había banderas: ni española, ni andaluza. La señora de la limpieza le dijo que se las había llevado su antecesor, Antonio Sanz: “Don Antonio dijo que eran suyas, que se las llevaba para Cádiz”. Desde ese nuevo despacho trató de renovar el partido como si fuera un plato de la nueva cocina: Solomillo del PP andaluz a la reducción de Arenas. Y, claro, como diría Calvo Sotelo, esa receta equivalía a un metafísico imposible. Y Javié no se lo perdona desde entonces. Porque el PPandaluz, o es Arenas o sencillamente no es PP andaluz.

La falta de fuerza de Zoido en Madrid, las andanzas del zorro de Javié en la Sierra de Génova y una fiscal con cara de pocos amigos, le metieron a Sanz un cornalón que lo dejó sin aspiraciones a la presidencia regional del partido. Game over. Sanz se acostó Papa en las vísperas del cónclave del PP andaluz, con sus amigos Juan Bueno y Eloy Carmona recogiendo avales para su causa, y se despertó cardenal, con Juan Bueno y Eloy Carmona pasando los avales por la trituradora. La sotana blanca era para un malagueño llamado Moreno Bonilla. Y dicen que el sastre que le tomaba medidas tenía cierto parecido a Javié…

–Oiga, ¿todo es culpa de Arenas en el PP andaluz?
–Todo, mientras no se demuestre lo contrario.

Algún acto público se celebró aquellos meses de zozobra, aquellos días sin cargo regional y con el aliento de la justicia en la nuca, donde sus camaradas ya no se le acercaban como antaño. Hasta decían que una victoria electoral en Tomares no es una contienda que merezca medallas, pues el municipio tiene la renta per cápita más alta del Aljarafe y ni siquiera tiene la población del distrito más pequeño de la capital. Pero es alcalde con mayoría absoluta. Yeso en el PP de Sevilla actual es de premio, de fin de semana en Zahara de los Atunes con todos los gastos pagados y derecho a almuerzo con Mayor Oreja. La última noche electoral dejó al PP hecho unos zorros, pero Tomares se convirtió en una especie de Covadonga para el centro derecha. Y su alcalde, en un Don Pelayo sin teleférico.
Quién se lo iba a decir a este José Luis que suena a aperitivo en la Plaza de Cuba. Enviado por su emperador a morir en el frente electoral de 2007, consiguió la victoria con la muleta andalucista tras los escándalos de la socialista Antonia Hierro, aquella que puso escolta de la Policía Local en la boda de su hija.

–¡Óle ahí!

Tomares es ahora la aldea gala que resiste al invasor socialista y a las nuevas modas políticas. Tomares es el santuario al que peregrinan tanto fieles como desengañados del arenismo. Sanz aguantó como nadie desde la tribuna los falsos reconocimientos a su persona el día del congreso regional que certificó su caída. Puso la cara de palo de siempre, el carro de la nieve por delante. Su venganza fue el 22 de marzo. Aquella noche se oían risitas interiores al compás de unos hombros que se mecían con levedad. El PP de Sevilla estaba como Cartago: Delenda est. “Hemos perdido Sevilla, pero siempre nos quedará Tomares, presidente”, le dijo Arenas a Rajoy. Todo está perdido, todo menos un ramillete escuálido de pueblos donde Tomares brilla por estar en esa Gran Sevilla que algún día diseñaron los socialistas.

–Malditos roedores… Son hasta peores que Javié.

La vida no es una noria, es un teleférico que sube y baja. Y por el camino, una trituradora se lleva los avales de apoyo y los angustiosos autos judiciales. Sólo se salvan los huevos fritos. Ponga usted más patatas. Y un dedito de Ginebra London con Fever Tree.

El último virrey

Carlos Navarro Antolín | 11 de enero de 2015 a las 5:00

MANUEL MARCHENA
Hubo un tiempo nada corto en Sevilla en que funcionó con plena agilidad la ventanilla única, esa vía de gestión que siempre reclaman las patronales, las cámaras de comercio, las asociaciones de autónomos y todo aquel que se gana la vida con la agenda bajo el brazo pegando barzones de la Campana hasta la Puerta Jerez. La ventanilla única funcionó en los años de Monteseirín como alcalde. Llegaba un empresario quejándose a Alfredo de la lentitud de la licencia de primera ocupación en un negocio y su inquietud era rápidamente reconducida desde la Alcaldía hasta cierto despacho.

–Habladlo con Marchena.

Otro día eran unos extranjeros pidiendo facilidades administrativas para un centro comercial en un páramo que pretendían convertir en una nueva milla de oro.

–Estupendo, estupendo. Habladlo con Marchena.

Incluso algunos concejales de gobierno se quedaban tiesos para sus proyectos de obra, se presentaban en la Plaza Nueva con el director de área y el adjudicatario pegados a los talones, y el propio alcalde aplicaba la letanía.

–Habladlo con Marchena. Y que suban el aire acondicionado que no hago más que sudar.

Y toda Sevilla hablaba con Manuel Marchena Gómez (Brenes, 1959), que fue director de la Oficina del Plan Estratégico, gerente de Urbanismo y consejero delegado de Emasesa. Nadie ha acumulado tanto poder en el organigrama del Ayuntamiento de Sevilla desde la reinstauración de la democracia, creando una leyenda hasta el punto de que algún alto responsable del actual equipo del PP se mira al espejo cada mañana obsesionado aún por la figura de este último virrey hispalense.

–Espejito, espejito… Dime que sí, dímelo. ¿Mando yo tanto como Marchena?

Y se oye una voz profunda, rotunda, como salida de las entrañas de un paso subterráneo con desfase presupuestario y que hiere despiadadamente el agujero de las vanidades.

–¡Noooooooo! ¡Tú, noooo!

A la hora de hablar con Marchena había grados. Unos usaban su teléfono directo. Otros se tenían que conformar con los números fijos de las secretarias. Unos eran recibidos en el despacho, otros en el Rinconcillo. Y muchos otros debían esperar más que para hacerse una radiografía de boca en la Seguridad Social.

Marchena son unas gafas a lo Jonh Lennon de Brenes, un calzado de tonalidad pistacho que se cuela hasta en el suntuoso Salón del Trono del Palacio Arzobispal y una indumentaria que es un mapa mundi itinerante: pantalones comprados en Melilla, traje de alpaca de Perú, camisa de lino de la India y una chaqueta de tweed de Londres. Marchena, como los antiguos fenicios, compra telas a bajo precio en sus viajes por el mundo. Y luego se hace la ropa en Sevilla.

La acumulación de tanto poder durante tantos años genera dos cofradías: la de los agradaores y la de los censores. Monteseirín le ha hecho jugar en el área pequeña en no pocas ocasiones. Y meter el pie en esos terrenos dispara el riesgo de penalti. Hay quien dice que el león no tiene tanta zarpa y quien defiende que ha sido implacable al investigar filtraciones periodísticas o meter en cintura a subordinados reacios a seguir las indicaciones. En la Gerencia de Urbanismo tomaba café elaborado por la secretaria en una máquina de melitta. En Emasesa tenía cuatro secretarias controlando una agenda que en ocasiones tenía dos citas de mediodía en el mismo restaurante: una a las 14 horas en la barra y otra a las 15 horas sentado a la mesa.

Monteseirín le encargaba objetivos a las seis y media de la mañana o a la una de la madrugada. Si lo saludaba como “profesor”, buena noticia. Si en cambio le decía “Manolo”, mal augurio. Monteseirín era aficionado a “hacer cosas”, a tratar de cambiar la ciudad y a enfrascarse en proyectos sin hoja de ruta clara. Como los viejos canónigos, hacía lo que debía y dejaba a deber lo hecho. El brazo ejecutor era casi siempre Marchena, el cirineo perfecto, el Richelieu de la corte municipal, el ministro sin cartera y con todas las carteras a la vez, el concejal sin acta pero transversal, porque Marchena telefoneaba a cualquier delegación, a cualquier despacho y a cualquier hora.

Sufrió cuando en el verano de 1999 se publicaron las deudas de Monteseirín con la Hacienda local por los sellitos de coche y los recibos de IBI impagados. Era el inicio del primer mandato y el alcalde se revelaba ya como una figura aparentemente vulnerable. El escándalo le pilló en Pamplona, en los Sanfermines, y desde allí maldijo al periodista que firmaba la información, que hoy sigue por los lares del oficio cortando trajes aun sin tener ni pajolera idea de usar un dedal.

No es de derechas, aunque hay quien lo incluye en la derecha sociológica, ni militante del PSOE. Intentó la inscripción en la agrupación de Triana, pero hace años que una chica llamada Susana Díaz dejó congelada su solicitud, firmada por Alfredo Sánchez Monteseirín y Curro Rodríguez. La hoy presidenta andaluza y el hoy catedrático de Geografía compran las pizzas en el mismo establecimiento de la calle San Jacinto: Pane e vino.

Nunca oculta su gusto por el marisco, que el PP siempre le ha echado en cara. No hace mucho que sorprendió a varios dirigentes peperos recreándose ante un plato de percebes en un conocido bar muy próximo al Parlamento. Se acercó a saludar al grupo: “¿Cómo está esa ración de percebes? ¿Han salido buenos?”

Todavía no ha digerido que no se levantara la Biblioteca del Prado, tumbada por la Justicia cuando ya estaban edificados el párking subterráneo y los cimientos. Si para sacar adelante un proyecto urbanístico había que desviar el dinero de una empresa municipal, se hacía. Monteseirín siempre le reservaba la gestión de marrones. Cuentan que ha almorzado hasta con el diablo y hasta dicen que el diablo dejó el tridente en el guardarropa y se relajó tanto que acabó fumando un puro de los que un par de empresarios le siguen trayendo de La Habana. Tiene muchas chaquetas desgastadas por la espalda de la de abrazos que le han dado durante tantos años de millonarios convenios urbanísticos y de orondos presupuestos en Emasesa. Se lo avisaba Monteseirín: “Estás en el centro del ruedo de la ciudad más importante del mundo”. Y cuando arreciaban las polémicas: “Manolo, tápate”.

De alguien que no le gusta dice que es “más facha que el Tercio”. Si está en una charla de barra e irrumpe un tercero durante más minutos de la cuenta, le saca el pañuelo verde: “Perdona, estamos trabajando”. Y le indica la salida como el Pilatos de la Calzada.

En 1988 cambió el balonmano por la maratón. Las ha corrido en Roma, Madrid, Oporto, Amsterdam, Berlín, Nueva York, Montevideo, Marraquech, Florencia y Auckland. Inventó el urbanismo morado, por el que la Gerencia se hartó de repartir subvenciones en las cofradías. Ha salido en las presidencias del Museo y del Buen Fin. Y es nazareno guardamanto de la Virgen de la Angustia, de Los Estudiantes. Cuanto más restringida es una cita, más se pirra por estar presente. Por eso se ha sentado en el patio de butacas en el concierto de Año Nuevo de Viena y ha asistido a las carreras de caballos del Palio de Siena.

Como el Cid de las caracolas, aseguran que hace unos meses telefoneó al servicio de licencias para acelerar un permiso de obra en una casa catalogada del Porvenir. El afectado por el retraso la obtuvo en las 24 horas siguientes. Quizás por eso gente muy de derechas y de apellido rimbombante le exigía a Zoido antes de las elecciones de 2011 que cuando fuera alcalde “limpiara” el Ayuntamiento: “Pero a Manolito Marchena no me lo toques, que me lo resuelve todo”.

Hoy sigue muy presente en la vida social sevillana, todo lo contrario que Monteseirín. Ya no suena la letanía (“Habladlo con Marchena”) ni recibe tanto abrazo, pero algún jamón sigue llegando a su casa por Navidad.

El ciprés andaluz

Carlos Navarro Antolín | 28 de septiembre de 2014 a las 5:00

JAVIER ARENAS
NO es un señorito andaluz. Nunca lo ha sido. La verdad hay que decirla siempre, aunque sea a contracorriente de los hechos considerados probados. Javier Arenas (Sevilla, 1957) es preso de la foto del betunero del Palace, pero ni tiene apellidos de señorito, ni viste como un señorito, ni tiene hábitos de señorito. Los señoritos nunca llevarían esas camisas blancas de perenne invitado de boda. Nunca ha ido de monterías ni ha pasado fines de semana en las casas de campo de esos señores del empresariado andaluz que son como los moros de Queipo en la Puerta del Príncipe, en el Rastrillo o en la cena de los enganches en las vísperas de Feria. Siempre los mismos. Hasta sus enemigos del PP reconocen la injusticia de ese estigma, hábilmente labrado por los rivales del PSOE. Una mala fama alimentada también por la distancia que siempre ha mantenido con la ciudad de Sevilla, su gran lastre en todos los sentidos, que ha visto altanería y distanciamiento donde tal vez había simple timidez. Arenas tiene miedo a la Sevilla Eterna, nunca se ha sentido a gusto en ella. En el corto trayecto del coche blindado, aparcado junto al Oriza, hasta la puerta de la sede regional de la calle San Fernando ha podido sufrir las malas caras de muchos viandantes que no eran precisamente del 15-M.
Arenas cae mal en Sevilla. Sevilla y Arenas son la historia de un desencuentro. Quizás porque todo el que se esconde termina por generar desconfianza. YSevilla, como el can callejero, olisquea rápido los miedos y se comporta con la crueldad de los niños. A los pocos sitios que frecuenta acude siempre arropado, protegido, camuflado entre el séquito que siempre envuelve al poder establecido, por esa cuadrilla que con su sola presencia va voceando la timidez del matador. Manolo García siempre lo escolta en la Macarena para quitarle el frío del atrio. YCurro Romero y Carmen Tello, en los actos sociales muy contados o en cenas muy reducidas. Muy atrás quedan aquellas noches felices en el reservado del Espigón de Felipe II o los mediodías sabatinos del Portarrosa, tras bajarse del AVE procedente de Madrid como ministro andaluz de turno. Y, ay, aquellos cumpleaños en la preciosa Olvera con el tito Colunga. Amigos pocos, porque la política no es tierra de cultivo para las amistades. El roce en política no hace el cariño, sino la UTE. Distinto es que Arenas sea maestro en hacer como si fuéramos amigos, porque los dos sabemos que no lo somos, porque ya se sabe que cuando dos gitanos hablan es la mentira inocente: se engañan, pero no mienten. El problema en todo caso es de quien ignora las reglas de la política. Yen el PP andaluz el autor del manual de instrucciones se llama Javier Arenas.
Arenas cae mal en Sevilla, regular en Cádiz y Huelva y sus adeptos se disparan en todas las demás provincias, sobre todo en esa Almería que siempre le ha dado el calor que le ha negado Sevilla, donde –baste un clamoroso ejemplo– nunca ha pisado los palcos de Semana Santa desde que dejó de ser aquel concejal combativo de abundante mata de pelo. Arenas y Sevilla recelan el uno del otro. No se han entendido nunca. No se han perdido de vista como ciclistas a un kilómetro de la meta. Pero en el sprint final, Sevilla siempre, siempre, ha dejado a Arenas atrás, como en la antítesis perfecta de la madeja que es la heráldica de la ciudad.
Es un sacerdote de la política. No conoce otra actividad. Vive por y para la política, con todas sus consecuencias. Su gran hijo político, el gaditano Antonio Sanz, es el único que ha sabido estar siempre a la altura de su vertiginoso ritmo de trabajo (o de intrigas y maniobras, según las épocas). Sanz le aguanta hasta las bromas desde el atril del mitin, siempre aplaudidas por el veterano Juan Manuel Albendea.
–Antonio, estás más delgado.
La velocidad a la que vive es tal que los hábitos propios de cualquier mortal quedan orillados. Para algunos es una tradición encontrarse con Arenas comprando regalos en los grandes almacenes la misma tarde del 5 de enero. O a deshoras en los Opencor. Su consagración a la vida pública, en cambio, no suele aprovecharla para altas relaciones, como sí han hecho otros que también han tenido alcoba y despacho en la Moncloa. Muy raro ha sido ver a Arenas alternando con banqueros o trabajándose su futuro en la empresa privada, quizás porque su porvenir sólo lo ve ligado a la calle Génova, donde todavía –nunca se olvide– se sienta a la izquierda del Padre Rajoy, por mucho que haya acumulado tres derrotas y haya libado del amargo cáliz de la victoria sin mayoría absoluta en Andalucía.
Buena parte del éxito de Arenas en Madrid radica en su innegable capacidad negociadora (con los sindicatos en el Ministerio de Trabajo, con un bisoño Zapatero para firmar el Pacto por la Justicia o con el socialista Alfonso Perales para sacar adelante el Estatuto Andaluz), en representar el gracejo andaluz (siempre resultó un chico muy simpático para Ana Botella) y en ser el único, absoluto e incontestable referente del sur. Su identificación con el PP andaluz eclipsa a todos los sucesores. Arenas es el ciprés cuya sombra no deja margen de brillo para otras especies. Todos los dirigentes públicos del centro-derecha andaluz se han criado en sus pechos, lo admiran, mimetizan su estilo, con esa inconfundible repetición de la frase final; arquean la ceja izquierda para subrayar una idea, y abrazan con las dos manos a su interlocutor para ganar en proximidad. Llega a ser insoportable la falta de originalidad de algunos cargos públicos y cómo han interiorizado el estilo de Arenas a base de no tener otro ejemplo y guía durante lustros. Hay que rebuscar entre la vieja guardia pepera para hallar estilos y oratorias no contaminadas por Javié, como lo llaman cuando es ministro, para volver a ser el Arenas cuando se trata de censurar alguna de sus andanzas. Hay dos narrativas de los peperos en época de tam-tam electoral, dos formas de referirse al jefe según haya ido la tómbola de las listas.
–El Arenas me llamó el sábado por la tarde para decirme que iba en la lista más atrasado que los cojones [sic] de un galgo. Y encima me suelta que ya me buscará algo si la cosa va bien en las generales y las autonómicas…
Ydespués está la versión del que ha encontrado la tierra prometida, del que ha sido bendecido por una luz cegadora.
–Javié ya me ha llamado desde Antares para asegurarme que voy en puesto de salida. Me ha dicho que me quede muy tranquilo.
La afición a seguir maquinando los domingos suele ir acompañada de la definición de animal político. El sacrificio del fin de semana también tiene su recompensa con los treinta segundos en los telediarios nacionales. Arenas, como el socialista Gaspar Zarrías en sus buenos tiempos, se ha sentado a comer con miles de familias el día de precepto, con esa cazadora azul de Ralph Lauren con la cremallera cerrada levemente, dejando ver la camisa preferentemente alba.
Entre sus espinas están Carlos Rosado, de los tiempos del PDP, Manuel Pimentel, aquel ministro que dio el portazo un sábado, y Luis Miguel Martín Rubio, que fue presidente de Agesa y vicepresidente de Cajasur tras la debacle municipal de Soledad Becerril. Tres apuestas que no le salieron como el campeón esperaba. Dicen que la cuarta puede ser, o lo es ya, Juan Ignacio Zoido, simplemente “Juanito” en los tiempos de compartir pensión completa y acabar los almuerzos con un dedito de Cardhu en vaso bajo, por favor.

Una dama en el PSOE

Carlos Navarro Antolín | 14 de septiembre de 2014 a las 5:00

ROSAMAR PRIETO
En los entierros se conoce gente. Sobre todo en una ciudad que acentúa el componente social de todo encuentro y donde se publican hasta pobladas galerías de rostros a la salida y entrada de los sepelios. En un entierro conocí a Rosamar Prieto-Castro, en el romántico cementerio de San Fernando, donde están empadronados en horizontal esa gran cantidad de sevillanos que nunca te dan una puñalá, que el yuyu lo provocan siempre los vivos. Los muertos no molestan nunca en su soledad becqueriana. Rosamar Prieto-Castro es una granadina del 47 que vive en Sevilla con el alma puesta en la almeriense Garrucha, la población que tiene musiquilla de administración de lotería premiada en el Sorteo de Navidad. “El segundo premio ha sido vendido en la tres de Tarrasa, la uno de Sabadell, la cinco, 24 y 47 de Madrid y la dos de Garrucha”. Ea, premio repartido.

–¿Te ha tocado, Rosamar?
–Nada, prenda.

A Rosamar la sacaron un día del Consejo Económico y Social de Andalucía, donde estaba más a gusto que un arbusto antes de ser podado por Zoido, para colocarla en el potro de tortura del Ayuntamiento tras haber sido gobernadora civil de Huelva y jefa de gabinete de una delegada del Gobierno en Andalucía llamada Amparo Rubiales. Pertenece a la jet del PSOE de los grandes años, aquel partido centrado que logró el voto de tantísima gente de derechas y al que nunca se le ocurrían majaderías como suspender el concordato con la Iglesia, un mérito debido a Manuel Benigno García Vázquez, el capellán del partido del puño y la rosa que daba clases de Religión en el San Francisco de Paula y que instruyó a Felipe en el respeto a la Iglesia, “una institución en la que se puede creer o no, pero que asegura un orden en valores. Y a todo gobernante le interesa mucho una sociedad en orden”. Una de las virtudes de Rosamar es que todos la sitúan en la acera de enfrente. Para la gente de derechas, de aperitivo dominical y tres vueltas del collar de perlas, Rosamar es la oveja descarriada del rebaño. Para su correligionarios, esos siempre adorables compañeros de partido, Rosamar es el ala conservadora, la que se entiende con empresarios, curas y cofrades.

A punto estuvo de ser alcaldesa interina de la ciudad en el tardoalfredismo de obras faraónicas pasadas de frenada en el presupuesto. Un Lunes Santo acudió a los palcos de la Plaza de San Francisco una chica llamada Susana Díaz, por aquel entonces secretaria general del partido en Andalucía. Hizo maripandi con ella en las sillas de Quidiello. Susana le susurró al oído que se pusiera el chándal y calentara la banda porque todo estaba preparado para relevar a Monteseirín un año antes del final del mandato. Rosamar se puso nerviosa varios meses, emergió ese genio que lleva dentro semejante figura y algunos hasta padecimos tirones de orejas de los que dejan colorado el lóbulo. Alfredo no se quiso marchar sin la seguridad de un nuevo destino bajo el ala protectora del partido y hubo concejales que no estaban dispuestos a que no se respetara el sacrosanto orden de la lista electoral. Entre unos y otros, y con el partido desangrándose en los nefastos últimos años de ZP, se esfumó la posibilidad de que toda una señora ocupara el mullido sillón de la Alcaldía.

El mayor mérito de Rosamar no es haber hecho una oposición antes de desembarcar en la política para tener siempre los garbanzos (de Escacena) asegurados. Ni siquiera haberle correspondido en suerte la lidia de la Delegación de Fiestas Mayores con unas cofradías que acabaron despidiéndola con una ovación cerrada en el Teatro de la Maestranza, que ya se sabe el cariño infinito que esta ciudad le ofrece a quien se marcha para ponérselo imposible al que llega. Su mayor mérito es haber sobrevivido a los homenajes, sobre todo porque a Rosamar, escrito sea con trazo grueso, le organizaron un bonito homenaje sus enemigos, que así son los verdaderos homenajes, que las cosas hay que hacerlas bien, como Dios manda. Quien no alimenta bien al canario enemigo con su ración de alpiste cada mañana ya sabe que se queda sin homenaje al final de sus días laborales. Un homenaje sin enemigos ni es homenaje ni es ná. Aquel canapé fue una de las ceremonias que evidencian el Maquiavelo que el sevillano lleva dentro. “Mira, ha venido aquella de allí. Y eso que nunca me ha podido ni ver”. Y Rosamar pega el pase de la firma con esos cuatro golpes de risa monocorde separadas por leves pausas profundas, muy profundas: “Ja, ja ja, ja”. “Y aquel otro… Con lo que se movió para que yo no fuera alcaldesa”. Y otra vez: “Ja, ja, ja, ja”. Cuando sí le salió la mejor sonrisa fue al llegar su admirado Manolo Chaves. Ay, aquellas tardes de domingo en el cine junto a Chaves y Griñán, rematadas en los veladores del Antonio Romero de la calle Antonia Díaz. Aquellas tardes no volverán…
Un día de Feria la invitaron a la caseta del gremio de los notarios de la calle Juan Belmonte. Como es de vista larga y retrovisores bien reglados, se dio cuenta de que alguna, pasada ya de trago largo y con los lunares caídos, la recibió con cuchicheos de censura. “¿Quién ha traído aquí a una roja?” Y Rosamar, que se hizo la sorda, templó la escena para no incomodar a sus anfitriones: “Esa muchacha no conducirá ahora, ¿no?” Y se puso a narrar sus vivencias en la caseta de los notarios del Prado de San Sebastián, en la que era una de las pocas mujeres que entraba por razones familiares en los años del Nodo. En el haber de esta señora figura que siempre se ha movido con facilidad en territorios aparentemente hostiles y ha sido una gran defensora de los derechos de la mujer sin necesidad de carnés o etiquetas especiales. Por sus obras la conoceréis. Y por la alta y fina joyería que ha lucido los Jueves Santos de mantilla en los oficios, que pasarán varias corporaciones antes de que se vuelvan a ver en los palcos municipales oros y gemas antiguos.

Una noche asistió a una tertulia como delegada de Fiestas Mayores a la entrega de un premio al catedrático Manuel Marchena, entonces consejero delegado de Emasesa. Todos los asistentes acudieron de rigurosa chaqueta y corbata, en un restaurante de maitre elegante y mantel gordo. Sentados ya y con la servilleta de tela planchada sobre las piernas, a Marchena le preguntaron al oído:

–Manolo, ¿de esta reunión quién vota el PSOE?
–Los camareros, yo… Y creo que Rosamar.

Ave nocturna sin complejos que no camufla sus aficiones ni sus ganas de vivir. La vida le ha puesto en su camino baches en los que a otros se les hubieran reventado los neumáticos. Es una suerte de ciudadana coraje a la que el trianero Rosco regaló un crucifijo del Cachorro cuando más lo necesitaba: “Jefa, aquí tienes al único Dios verdadero”. Y aquel crucificado expirante comenzó a lucir en la Dirección General de Comercio de la Junta y después en los despachos que ocupó en el Ayuntamiento.

Carente de complejos y libre de poses convencionales, un día que presidía un almuerzo profesional pidió la carta de postres en un restaurante con vistas a la Torre del Oro, se puso las gafas para leer con detenimiento, pasaron varios minutos, toda la mesa quedó expectante y cuando volvió el maitre con la libretilla para tomar nota, no se cortó un pelo: “Estos postres deben estar riquísimos, pero las calorías que llevan me las va a sustituir usted por una copita de ron con coca-cola”. Y, cómo no, hubo pase de la firma: “Ja, ja, ja. ¿Vosotros nos animáis, prendas? ¿O queréis un tiramisú de cerezas?”