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La ciudad salvadora

John Julius Reel | 21 de abril de 2013 a las 10:51

Estamos en Écija, donde hemos ido a ver una corrida de toros que nunca tuvo lugar, pues el torero, una joven promesa ecijana que iba a actuar como único espada, y el apoderado discutieron por motivos de dinero, y la corrida fue cancelada.  Esto nos dijeron en la peña del torero, donde acudimos después de ver la plaza cerrada y sin ambiente 30 minutos antes del supuesto comienzo.  Nos devolvieron el dinero de las entradas, pidiendo disculpas, pero yo había contado con la corrida para inspirar un artículo.  Y ahora nada.  Quizás por eso estoy de humor para lidiar con el único toro en la vecindad: mi mujer.

Desde la terraza de una cafetería en la Avenida de Andalucía, donde estamos tomando café y torrijas, veo pasar una especie de pareja con niños pequeños no desconocida en EEUU, pero más común en estas partes, y yo, el guiri con sueños de que le abran la puerta grande, no puedo resistir provocar a mi rival con un par de capotazos:

-Mira el gallito metrosexual, todo ufano, y la mujer rechoncha cinco pasos por detrás, cargada de niños.

El toro, recreándose al máximo en su torrija, parece manso:

-Quizás tiene un trabajo relacionado con los deportes- me dice-. O tiene una tienda de ropa de marca Spagnolo.  O es un bombero o algo parecido.

-¡Eso quisiera él!  Es un don Juan de pacotilla que descarga su frustración, y al mismo tiempo siembra sus falsas ilusiones, con horas y horas en el gimnasio.

-¿Tú qué sabes?  Quizás demasiado.

-¡Oye!  No soy yo la que va tres días a la semana a nadar.

El toro, sacado de su querencia, empieza a embestir:

-Hago natación, cariño mío, para no convertirme en una rechoncha cargada de niños que va detrás del pavo.  Un día te pregunté, mirando en el espejo: “¿Ves mi culo más grande que antes?”  ¿Recuerdas cómo me contestaste?

-No.

-Permaneciste callado.

-¡Claro!  Aquel señoritingo con sus gafas de sol y sus patillas, pese a ser exageradamente musculoso, no tiene las agallas para decir a su mujer que sus antaño sensuales redondeces se han convertido en una rotunda redondez.   Deberías dar gracias por lo que tienes.

Mi andaluza otra vez busca la querencia:

-Seguramente la muchacha no tiene tiempo para nada.

-Le da tiempo para comer.

-¡Cuidado!-  El pitón me roza-.  ¡Que la mujer coma lo que quiera!-  Se zarpa su torrija con chupa-los-dedos gusto-.  No dormimos, no hacemos el amor, no salimos ni entramos y ¿encima no comemos?  Que nos peguen un tiro para acabar con la agonía.

-¡Qué fina eres!

-Fina no soy.  Soy andaluza.  Soy como la vida.

-Tranquila.  Me gustan tus michelines.  Me siento más acompañado en la cama.

-¡Y una porra!

-Ésa también se siente más acompañada.

¡To-re-ro!  ¡To-re-ro!  El paso doble empieza a sonar.

Ahora, a rematar con lentitud, temple, y, sobre todo, gracia:

-El apetito sexual de la mujer- explico-, se impulsa por una gama de factores más amplia que la que impulsa el apetito del hombre. . .

-¡Ya te gustaría a ti!

-Y distinta. . .

-Hijo mío, si pensar esto te consuela. . .

-Una mujer puede cumplir con su deber conyugal, pues, un día por animar a su pareja, otro por agradecerle, y otro por piedad, y, milagro de milagros, cumplirlo cada vez con gusto.

-Con los ojos cerrados, fantaseando.

-Lo que quiero decir, darling, es que si aquel chulo y los demás de su estirpe quieren hallar satisfacción en su vida sexual, tienen que buscarla dentro no fuera de su matrimonio, que está hecho de tolerancia, aceptación y perdón.

-¿Por qué no te dedicas a ser telepredicador?

-¿No me has hablado de este tipo de sevillano que alterna por la noche en bares de copa y discotecas, intentando ligar con cualquiera, y al día siguiente aparece dando un paseo de la mano de su novia de la infancia?  Sevilla no es como Nueva York, donde hay mil sitios para esconder una cita amorosa, sino una servilletita que no esconde ni el flirteo.  Menos mal.  Corta este mal camino antes de que los débiles podamos perdernos en ello.  Sólo los caraduras quedarán fuera del alcance de la ciudad salvadora.  Al resto nos señala en donde radica nuestra felicidad – en nuestras preciosas, deliciosas, jugosas esposas.

Después de tal faena tan brillantemente ejercida, el toro no tendrá más remedio que rendirse, embelesado, ante el maestro.  El buen toreo no es otro que una hábil seducción.

-¿Sabes en donde radica mi felicidad?-  Cabeza bajada, mira amenazadoramente, amorosamente, a su domador-.  En un precioso, delicioso, jugoso pestiño.

Se levanta para pedir uno, dejando al lidiador clavado por su propia espada.  ¡Olé!

***

Si el lector tiene interés en saber por qué mi mujer no quería que éste artículo se publicara, haga clic aquí.

 

 

Ensombrecidos por las ‘setas’

John Julius Reel | 17 de febrero de 2013 a las 0:23

Al doblar la esquina de atrás de la iglesia de la Anunciación y ver Plagum Fungus cernirse sobre nosotros, a mi amigo londinense se le corta la respiración.

-¿Qué es?- dice.

Le respondo con toda seriedad:

-Una embarcación espacial alienígena abandonada después de abortar como desesperada la misión de conquistar a los indígenas con nuevas formas.

-¡Uau!  Me gusta- dice.

¿Qué iba a decir si no?  Ha venido a Sevilla desde la ciudad más moderna de Europa.  Nos sentamos para tomar algo en la amorfa y perforada sombra de la plaza, y otra vez mira hacia arriba con interés, sonriendo como si reconociera a un viejo amigo.

-Es cierto. Parece una bestia extraterrestre- dice y empieza a relatar a mi esposa y a mí un unearthly tale:

Un conocido suyo va de vacaciones con su novia a Miami, aun a sabiendas de que ella le ha sido infiel reiteradas veces; él tampoco ha sido un santo.  Quieren hacer las paces una vez por todas.  La primera noche, ella va a los aseos de un restaurante y no vuelve.  Él, muy preocupado, llama a la Policía.  No concilia el sueño en toda la noche.  A la mañana siguiente ella aparece en la habitación del hotel culpándole de haber dicho algo que él ni siquiera recuerda.  Ella lo echa de la habitación, y él permanece al otro lado de la puerta, pidiendo perdón.  Por fin lo deja entrar.  Se desploman el uno en los brazos del otro, y empiezan a llorar a carcajadas.  Hacen planes de ir a Las Vegas al día siguiente para casarse.  Esa misma noche van a una discoteca a celebrar lo planificado.  Ella se muestra seductora con él, y con otros, en la pista de baile.  De vuelta a la habitación ya de madrugada, ella va al baño.  Él cotillea en el móvil de ésta y confirma que estuvo con otro la noche anterior, una cita planificada.  Entra en el baño y la enfrenta a la prueba.  Empiezan a pelearse físicamente, intercambiando bofetadas, hasta que ambos se desploman otra vez en lágrimas y mea culpa.  ¡A Las Vegas!  Empiezan a hacer el amor.  En el punto máximo de excitación, ella aparentemente pierde la consciencia.  Él sigue.  Ella se despierta, gritando: “¡Violación!”. Se precipita de la habitación, todavía gritando, y la dirección del hotel llama a la Policía.  Él acaba detenido, porque ella tiene el ojo morado.  Pasado un par de días, la Policía le permite volver a Londres, donde tropieza de nuevo con mi amigo, mostrándose aun ilusionado con la relación, creyendo que, con tiempo y trabajo, las diferencias se solucionarán.

-¿Qué os parece?  ¿Os lo podéis creer?- dice mi amigo.

Miro arriba a nuestro telón de fondo, que ha cobrado una repentina relevancia.

-Mi marido ni siquiera sabe encender mi móvil- dice mi mujer, intentando identificarse de alguna manera con lo contado-.  Mucho menos cotillear su contenido.

-Una cosa menos que tengo que saber- les digo.

-Una noche me dejó sola en un restaurante en Nueva York- cuenta mi mujer-.  No aceptaban tarjetas de crédito y tuvo que ir a un cajero.  La pobre camarera sufría por mí.  Yo embarazada de siete meses.  Había un cajero justo al lado del bar, pero tu amigo tardó más de media hora en encontrar un sucursal de su propio banco.

-Pagar una comisión innecesaria, sobre todo a un banco, va contra mis principios más profundos- explico-.  Supongo que podría haber escapado para echar uno rápido con una ex.  En Nueva York, todo es posible.  En cuanto a aquel conocido tuyo- digo a mi amigo-, ¿no estás tú metido en un lio parecido?

Mi amigo conoció a una profesora de yoga en una isla griega donde ambos pasaban la semana haciendo cursos de espiritualidad alternativa.  Se enamoraron.  Antes de consumar la relación, ella dijo que sería casi imposible quedarse embarazada, por una anomalía reproductiva.  De inmediato, se ocuparon en desafiar las probabilidades, y lo consiguieron en un par de meses.  En las nubes estaban hasta el tercer trimestre.  Ella lo pasó en la cama, sufriendo dolores.  En contra de los consejos de todos los médicos, ella quería un parto cien por cien natural, en casa.  Desconfiaba de la medicina convencional.  Él vació sus ahorros en contratar a una matrona privada, a un birthing coach (entrenador/animador de partos), a un hipnoterapeuta (la terapia de momento para ella), y en equipar la casa con utensilios al estilo de una bañera para partos en el agua.  Todo en vano.  Surgieron complicaciones a última hora.  Ella tuvo que ir al hospital en ambulancia.  Dio a luz en circunstancias normales, traumáticas para ella.  Cayó en una depresión posparto tan fuerte que ni siquiera podía – por dolor físico, decía – coger la niña en brazos durante sus primeros cuatro meses de vida.  Él lo hizo todo.  Un día, agobiado por su carga, insinuó a su pareja que su dolor podría ser psicosomático.  Ella acusó a él de ser incomprensivo y egoísta.  Él acusó a ella de no cumplir con su deber como madre.  Ella recuperó el ánimo, odiándole, según él, sin el más mínimo deseo de intentar salvar la relación.  Se separaron.  Él, de la noche a la mañana, pasó de vivir cada momento con la hija, a pasar algunas horas aquí y allá, siempre acatando las normas de la madre.  En esta situación sigue.  La niña ya tiene tres años, pero la madre se niega a trabajar, hasta que la niña vaya al colegio el próximo año.  La seguridad social le da una paga por ser madre soltera y subvenciona su alquiler, pero él paga por una criada y un jardinero y por la terapia y las masajes de ella (todos necesarios para ser buena madre).  Le deja su coche, sin dejar de pagar su mantenimiento, seguro y gasolina.  Ella es rigurosa con la dieta de la niña: sólo comida orgánica, ni azúcar refinado, ni leche pasteurizada (por sus agentes cancerígenos, según ella).  Ni permite que el padre ponga mermelada en la tostada de su hija.  Él cumple con todas estas exigencias con la sola esperanza de que algún día puedan estar juntos de nuevo como familia.  Está más enganchado que nunca.  Se obsesiona en conseguir lo imposible.

-Tienes que ir a un abogado- le dice mi mujer-, informarte de tus derechos, y llevarla a juicio para conseguirlos.  Te vas a alegrar.  Si no ahora, más tarde, cuando por fin comprendas que ella nunca te amó.  Si alguna vez perdiste la paciencia, ella debe comprenderlo.  En mi opinión, te utilizó para tener un hijo.  A partir de conseguirlo, sobrabas.  ¡Vaya churro de profesora de yoga!

Mi amigo me mira, pidiendo una segunda opinión.

Me encojo de hombros:

-Dale su tiempo- digo-.  ¿Quién sabe? Todo es posible.

Sumido en sus pensamientos, mira arriba una vez más, ahora con inconfundible admiración.

-Como The Gherkin en Londres- dice.

¿El qué?- dice mi mujer.

-The Gherkin- digo-.  Un edificio polémico en el centro de Londres.  Significa el ‘pepinillo’.  Un apelativo popular, como las ‘setas’.

- Qué casualidad- dice mi mujer-. Arquitectura de verduras, propuesta y patrocinada por rastrojos políticos.

-¿A los sevillanos no les gusta?- dice mi amigo.

Me encojo de hombros.

-Dale su tiempo- digo-.  ¿Quién sabe?  Con tiempo y trabajo, todo es posible.

***

Si el lector o lectora tiene interés en saber cómo, acatando el principio célebre de la arquitectura moderna, la forma de este artículo sigue a su función, haga clic aquí.

 

 

La verborrea del éxito

John Julius Reel | 3 de febrero de 2013 a las 10:51

¿Por qué vuestro querido guiri no se encuentra en la lista de celebridades más solicitadas de la prensa rosa de España?  ¿Por qué el paparazzi no está a la vuelta de cada esquina, pillándole en sus momentos más feos e incómodos, por no decir íntimos, para salir en las revistas semanales, tranquilizando a sus fans más acérrimos de que él también es humano?  ¿Por qué cuando escribes “John” en Google, te surgiere Johnny Depp, Johnny Cash y John Lennon, pero no John Julius Reel?

Decido preguntar a mi mujer:

 -Dime por favor, ¿qué me falta para llegar por fin a la cumbre de gente selecta?

-¡Sst!

Estamos viendo la tele mientras los niños echan su muy merecida (para nosotros) siesta, pero ella va lista si piensa que voy a quedar por debajo de mi competencia incluso en mi propia casa.

-¿Torrear?- pregunto, alzando la voz-.  ¿Enredarme con viejas glorias?  ¿Robar de las arcas públicas?

-Un momento.  Que no me entero de lo que hablan.

Levanto la voz aún más:

-¿Quitar esta verruga velluda de encima de mi ojo?  ¡Dime, por el amor de Dios, mis defectos para que yo pueda triunfar!

Ella se repantiga en el sofá, yo me siento en una banqueta entre ella y la televisión, codos sobre rodillas, arremangándome.

-¿Por qué no estás trabajando? – me pregunta-. ¿La tarde no es tu “hora del yo”? 

-Esta tarde he decidido ver la tele contigo y así conocer mi futuro público.  El otro día, leí en el periódico unas palabras de Paco Correal: “Antes la gente escribía para hacerse famoso.  Ahora se hacen famosos para escribir”, y vi la luz.  Ha llegado el momento de reinventarme.  A partir de ahora, tengo un solo objetivo: llegar a ser tertuliano en la tele de la tarde.

-¿Tú?  ¿Con esta panda de matasuegras?  No sobrevivirías ni un día.

-Me veo obligado a discrepar.

-¡Qué gracia!  El estreñido quiere estrenarse en la Verborrea Vespertina.

-Es la única forma de publicar un libro en España, sin tener que dar dinero a una editorial.

-Entonces, quieres que te ayude a vender tu alma al diablo a cambio del triunfo.

-Es un hecho poco conocido que, al partir de cero en una tierra lejana, con una cultura y lengua nueva, consigas una segunda alma.  Sólo quiero vender mi alma guiri.  En mi país, quiero seguir siendo un simple escritor humilde y anónimo.

-Vale.  Lo primero que tienes que hacer es saltarte todas las normas básicas de la comunicación: no pensar antes de hablar, no medir las palabras, no respetar los turnos, gritar, insultar.  En fin, todo lo contrario de conversar.     

-Tengo el propósito de dejar de pensar durante Cuaresma.  Supongo que, como dejar cualquier adicción, después de cuarenta días, ya habrá pasado lo peor.  También, en vez de escribir, voy a transcribir, grabando todo lo que pasa en esta casa, y después recortándolo hasta lo más escandaloso.  Eso entregaré al periódico.

-Una idea muy explotada, pero que nunca falla.  Hoy en día la originalidad es una tara.  Y no olvides que cuánto más inculto demuestras, mejor.  En estas tertulias, confunden autenticidad con ordinariez y poca educación.

Me pongo en pie, y empiezo a arremeter contra la tele, haciendo aspavientos:

-¡Truhán moderno! ¡Majadero! ¡Silo de bellaquerías! ¿Pensarás que soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra?- Desahogado, me siento de nuevo-.  ¿Qué te parece?

-Trabajaremos en ello.  Van a pensar que les estás insultando en otro idioma.

-Vale.  Y para el periódico. . .  Recuerdas una noche, después de hacer el amor, te pregunté: “¿Por qué antes siempre pedía un vaso de agua después, y ya no lo haces?”, y me contestaste: “Porque ahora eres más rápido”.  ¿Ese no es un corte para la franja de máxima audiencia?  Pullas y humillaciones las hay a patadas en mi vida.  Tengo que aprovecharlas a la hora de presentarme a un público, ¿verdad?

-Sí, este es el tipo de basura que estos programas reciclan hasta la saciedad.

-Y si hay días en los que mis lectores finos se regodean en deslizar mis textos por debajo de los culos de sus perros agachados. . .

-En este caso sí harás un gran servicio a tu ciudad.

-¡Por allí iba yo!  ¿Cómo es posible no haberme dado cuenta hasta ahora que, para ser la voz de la gente corriente, para escribir, ¡perdón!, transcribir un libro que se vende como churros en los hipermercados, hay que chirriar?

Por fin, la rama femenina de la familia (quizás pensando en hacer nuestro agosto) se olvida completamente de la tele y empieza a dar vueltas serias a mi idea.  Sigo sirviéndole materia digna de reflexión:

 -¿No lo ves?- digo-.  Ser un matasuegras es una parte clave de mi herencia cultural.  Lo llevo en la sangre.  Los estadounidenses fuimos los primeros en escandalizarse y luego celebrar precisamente a aquellos que nos escandalizaron.  Si en ambos casos ha sido más allá de lo razonable, pues así es el guion de la película.  Desde nacimiento, mi sociedad me ha inculcado que, si no estoy sobrevalorado, no soy nadie.

-¿Sabes por qué estos programas tienen tanta audiencia?- concluye mi mujer-.  Estamos todos muy ocupados, y, a diferencia de una película apasionante, una entrevista aguda, o un partido de infarto, si el peque requiere nuestra atención, o las espinacas tenemos que remover, o el teléfono tenemos que atender, no nos perdemos nada al ignorar la tele.

-Ok, todo aclarado.  Voy a dejarte antes de que me ignoren.

***

Si el lector o lectora tiene interés en conocer la charla, con un crítico literario, que provocó el dialogo de arriba, haga clic aquí.

Sueños de un sevillano

John Julius Reel | 6 de enero de 2013 a las 12:19

¡Con qué placer mi esposa relata sus sueños!

-Escalaba una montaña en la niebla- dice-, y no podía más.  De repente, apareció una mano de la nada para coger la mía y ayudarme.  Resulta que era el brazo de una especie de sabio.  Vivía en la montaña con sus discípulos.  Me sentía tan en casa con ellos que quería quedar para siempre.

No reacciono, pero ella adivina lo que estoy pensando:

-Lo siento, cariño, el sabio no eres tú, y los discípulos no son los niños.  El feeling era espiritual.

Siempre está de viaje espiritual en sus sueños: en una bicicleta muy pequeña por sus medidas, media rota, el manillar torcido, y después de un gran empeño, con muchos obstáculos, consigue avanzar y casi alcanzar su destino; o va en tren a una velocidad sobrenatural por túneles y puentes, sin miedo.  Y sola.  Siempre está sola, salvo en un sueño, al que no quiero dar demasiadas vueltas, en el que un enorme hombre negro le dio un apretujón y ella se sintió protegida, no quería que terminara.  Por cierto, en los pocos sueños suyos que he hecho acto de presencia, he estado tonteando con alguna pelandusca.

-¿Por qué no con Doña Sofía o con Doña Cayetana?- le digo-.

-Estas dos no tienen ni chicha ni limoná.

Si somos lo que soñamos, yo soy menos.  Tuve uno en el que yo era Tom Cruise y tenía que lavarme el pelo urgentemente antes de que estrenara mi nueva película.  Tuve otro en el que el alcalde Zoido era mi redactor jefe y yo estaba enfadado con él, porque comía un dónut y no prestaba atención suficiente a mi artículo.  Y tuve un tercero que primero pondré en contexto.  Un día fui a un supermercado del barrio y compré miel de oferta.  Resultó que no era miel pura, sino jarabe que llevaba sólo 13 % de miel.  La devolví a cambio de mi dinero sin problema.  Pues, aquella misma noche tuve un sueño en el que fui a esta tienda y vi miel al mismo precio al que la suelo comprar.  Ya está.  Sueño acabado.  ¿Qué hay para interpretar?  ¿Qué hay para hacerme el interesante?

-Es lógico- digo a mi mujer-. Cuando alguien se desarraiga de su tierra natal, el inconsciente pasa todo el día buscando nuevos símbolos con los que pueda dar sentido a la vida, así pues, al llegar la hora de dormir, necesita descansar y no montar películas.  Espera y verás.  Uno de estas noches, voy a tener un sueño que te dejará atontada.  Los tuyos van a parecer tiras cómicas en comparación.

-¿Por qué tienes que convertirlo todo en una competición?

-¡Porque estoy siempre siendo atacado!  El otro día un habitante de tu querida ciudad llegó tan lejos en decir que, porque soy yanqui, con mis raíces en Europa, siempre tendré ganas de viajar por este continente en busca de mis predecesores, comparándome con – te lo juro por Dios – los niños españoles robados.  Te digo una cosa, los estadounidenses, aunque tenemos poca historia, la sentimos intensamente.  No estoy aquí buscando el calorcito de una casa y unas tradiciones que nunca he conocido o sentido.  Estoy aquí simplemente porque, en Sevilla, aun pese La Crisis, vivo bien.

-No te emociones, cariño.  Sólo quería compartir un sueño contigo.

-¡Los estadounidenses también podemos soñar a lo grande, y no sólo con ser estrellas de cine!  De hecho, una noche, antes de conocerte, tuve un sueño tan bonito, tan místico, que instó a que me levantara de la cama para escribir un poema.

-Déjame ver el poema.

-No me levanté.  Tenía demasiado sueño.  Pero esto no viene al caso.  ¿Sabes qué?  “Sentir y pensar, sin operar sobre lo que se siente y piensa”, palabras del Manuel Chaves Nogales, el mejor periodista que esta ciudad ha conocido.  ¡Por eso es!  Como no sois consecuentes con lo que sentís y pensáis, el inconsciente es más inquieto por la noche.  Se desahoga.  Yo, por otra parte, no sueño con encontrar un sabio, o viajar a toda libertad, o ser abrazado amorosamente por un enorme hombre negro, porque ya he vivido todo eso.

-¡Te ha abrazado amorosamente un enorme hombre negro!

-Sí, fue la última vez en la que consentí tomar algunas cervezas con un homosexual dos veces más grande que yo.  Me libré por los pelos.  Con astucia.  Menos mal.  Te quejas que estoy acomplejado.  Pues, imagínate si aquella mole se hubiera salido son la suya.  Tendrías un cohibido de remate a tu cargo.

-Podría haber sido tu viaje a toda libertad.

-Mi viaje a toda libertad tuvo lugar en Sevilla.  Antes de conocerte.

-¿Y tu sabio?

-Sabia.  Yo, por lo menos, me atrevo a decirlo.

Otra vez me respaldo en las palabras de Chaves Nogales:

“Es ella toda la espiritualidad sevillana, y una misión de cultura honda y honrada” (es decir, este menda) “la recoge amorosamente, abre cauce sereno al caudal de su ánimo glorioso, y en él diluye, para que alcance a todas nuestras horas, aquel inapreciable tesoro de su emotividad”.

¡Qué palabras más oníricas!  Así quiero soñar.

***

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Rezando en el Sánchez-Pizjuán

John Julius Reel | 19 de agosto de 2012 a las 5:12

Iba a asistir a un partido de fútbol profesional, mi primero, y no podía encontrar mis gafas.

-Me va a doler la cabeza- me quejé a mi mujer-.  Si la gente de esta ciudad no me exigiera tantas explicaciones, llamaría a Javier ahora mismo, para decirle que surgió un imprevisto y no puedo ir.

-¡Qué exagerado eres!  ¿Por qué no llevas estas?

Eran sus gafas viejas.  Al probarlas, se cayó uno de los cristales.  Lo devolví a su sitio.  Podía ver.  Sólo su color me hizo dudar: rojo vivo.

-Menos mal que no es un partido del Betis- le dije.

Javier me esperaba en la puerta de su casa.  Su camisa hacía juego con mis gafas, presagiando una buena noche.

-He preparado un par de bocadillos para el descanso- me dijo.

-¿Sí?  Acabo de cenar.

-¿Acabas de cenar?  ¿A esta hora?

Son los españoles, no los estadounidenses, los que cenan a una hora rara, pero intenté no ofender su hospitalidad.

-Tendré ganas de comer el bocadillo- le dije-.

¿Cómo era que mi mujer, sevillista desde nacimiento, no me habría avisado?  A estas alturas ya podía saber lo delicado que soy.  Como si el alboroto y emoción del partido no bastara para alterar mi aparato digestivo.  ¡Encima iba a tener que cenar dos veces!  Si ella sufría las consecuencias de mis tripas revueltas en la cama aquella noche, no iba a sentirme culpable.

En Nueva York, como en Sevilla, muchos hinchas de los pueblos dormitorios llegan a los partidos, aparcan en la calle y disfrutan de un buen paseo al estadio.  En una ocasión, mi padre, habiendo buscado nuestro coche durante media hora después de un partido de béisbol, preguntó a un policía que dirigía el tráfico, “Agente, ¿ha visto usted un Toyota azul?”  El agente respondió: “Más que un mecánico japonés, listillo”.  Afortunadamente, todo es más factible en Sevilla.

Hasta llegar a los tornos de entrada.  El carnet de socio del amigo de Javier, que estaba en la playa, no me dejaba pasar.  Fue imposible solucionar el problema sin el carnet de identidad de su amigo.  Javier me dio los bocadillos y el carnet suyo, e insistió para que viera el partido solo.

La vida fue más predecible antes de la llegada de las entradas electrónicas.  Por otro lado, no iba a llorar demasiado este giro inesperado. Sin tener que preocuparme en ser buena compañía, podía asimilar mejor la experiencia.

El campo de Sevilla F.C. no es feo, pero tampoco es comparable con el ruedo de la Maestranza.  Por dentro, las instalaciones, mostrando el gris de hormigón desnudo, necesitan una manita de pintura.  Los accionistas deberían contratar los servicios de algunas de estas mujeres, artistas plásticas frustradas todas, que visten las vírgenes de Sevilla.  Acicalarían al Ramón Sánchez-Pizjuán antes de que podamos decir María Santísima de la Esperanza Macarena.

No tenía mucha idea de quién era el adversario.  Eché en falta un programa.  Yo no era el único ignorante.  Los sevillistas, no sabiendo con quien meterse, arremetieron contra un delantero, cuyo único delito, según los comentarios, era su calvicie.  Si la suya fue un crimen, la cúpula reluciente de Del Nido merece la cadena perpetua.

Para ser justo, el ambiente se convirtió en algo extraordinario gracias a la afición.  Una prueba más de que el verdadero encanto de Sevilla radica más en sus habitantes que en sus monumentos.  Nunca antes he visto tanta gente cantar juntas sin desafinar ni perder el compás.  Lo más parecido fue en 1979, durante una misa celebrada por el Papa Juan Pablo II en Yankee Stadium en Nueva York.  “Peace be with you” (la paz esté con vosotros), dije, y 55.000 creyentes respondieron al unísono perfecto: “And also with you” (y con tu espíritu).  Con todo los sevillistas de pie cantando, haciendo el estadio vibrar, llegué incluso a rezar, por mi hermano, el pobre, que estaba a punto de casarse.  A fin de cuentas, la casa de Dios es donde hay espíritu, afición y buena fe.  Una razón más para que mi hermano y su novia sean felices y coman perdices.

Sevilla jugó mejor que su rival, el Hannover 96, pero no aprovechó sus oportunidades.   El equipo alemán, por su parte, aprovechó un despiste del Sevilla.  A la afición sevillista, no se le cayó el mundo encima por la pérdida.  Todos salimos del estadio con paso vivaz, sin atascos, casi a grandes zancadas.

Los estadounidenses pecamos de mentir para agradar.  Para que sepáis hasta tal punto este defecto ha llegado a mí, tiré uno de los bocadillos en un contenedor de basura, al acordarme de que tenía que pasar por la puerta de Javier para devolver su carnet.

Javier ni se dio cuenta del bocadillo que me quedaba.  Con la cabeza agachada, penitente, lo traje a casa, y lo puse en el frigorífico.

-¿Cómo ha estado el partido?- me preguntó mi mujer, desde la cama-.  ¿Se ha caído el cristal?

En condiciones normales, habríamos estado todos dormidos a esta hora.

-La experiencia habría sido igual de única e inolvidable aun sin gafas- le dije.

Al día siguiente, aunque se me antojaba almorzar otra cosa, comí el bocadillo.  Si me hubiera provocado indigestión, habría recibido mi merecido.  Pero me sentó como una bendición.

***

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Londres, una lección a la última

John Julius Reel | 22 de julio de 2012 a las 10:46

En vísperas de un viaje de diez días a Londres, mi sola preocupación fue que mis hijos pequeños, al no poder hacer pipí en plena calle, como hacen en Sevilla, tendrían que volver a llevar pañales.

-La vida nunca perdona- dije a mi mujer-.  Cuando no soy consecuente, se vuelve contra mí.  En vez de asegurarme que mis hijos hagan pipí antes de salir de casa, recurro, como todos en mi entorno, a lo más fácil: dejo que ensucien la vía pública.

-¿Ensuciar?  Anda ya.

-Sí.  Tú, como la mayoría de los padres sevillanos, tienes la impresión de que la orina de tus hijos es como agua manantial.  Yo no sufro de delirios.  Me he hecho un vago, que es peor, y he recibido lo merecido: una situación que se me escapa de las manos.

Si pierdo la vista de los niños durante un momento en la calle, es probable que estén con los culos al aire, regando la base del árbol de su encaprichamiento.  Tienen tres y dos años, y son tercos de solemnidad.  No me dejan ayudar.  La lucha con calzoncillos retorcidos, botones y cremalleras puede tardar unos cinco minutos largos, tiempo suficiente para que una auténtica señoritinga británica nos pille en el acto y que cante las cuarenta al colono poco refinado, embrutecido aún más por su estancia extendida en el culo de Europa continental.

-Virtudes públicas, vicios ocultos.  ¿No dicen eso de los ingleses?- dijo mi mujer-.  Prefiero una cultura que predica todo lo contrario.

Resultó que nuestro destino, Kenton, se situaba en la periferia.  Los anglosajones eran la minoría.  Fue más fácil encontrar un restaurante indio, celandés, o libanés que un pub, más fácil comprar embutidos polacos que “fish and chips”.  El amigo con el que nos alojábamos nació y se crió en Londres con padre hindú y madre australiana.  Se dedica plenamente a psicoanálisis y a terapias alternativas.  Se deja llevar con sus inquietudes hasta arriesgarse hacer el ridículo.  Así ha ganado mi respeto.  Nos había ofrecido la casa de su infancia, mientras su madre visitaba a parientes, permitiéndonos atrevernos con un viaje de tantos días con niños apenas pasada la etapa de pañales.

Por los peques, lo más cerca que llegamos a la alta cultura británica fue el canal público de televisión infantil.  Toda la programación era de cosecha propia, edificante, a veces incluso excepcional.  En mi país, los canales infantiles son privados, y empobrecen los contenidos para atraer y embobar a un público con padres sin inquietudes culturales.  La poca programación que consigue ser buena se interrumpe constantemente con publicidad creada para convertir a los niños en impulsores de consumo.  En España, el canal público para niños tiene sus días contados por La Crisis.  No será una gran pérdida.  Casi toda la programación es importada, una gran parte de ella de calidad cuestionable, y repetida hasta la saciedad.

El crisol de nacionalidades en Kenton, combinado con la programación televisiva autóctona me hicieron recordar lo que más admiro de Inglaterra.  Se abre a todo, sin dejar de apreciar y vivir plenamente su cultura de siempre, así que todos los que nacen y se crían allí, sean cuales sean sus orígenes, reflejan, hasta cierto punto, lo británico.  En Sevilla, si vienes de China, África, Sudamérica o Europa del Este, lo más probable es que vivas, te diviertas y quizás incluso trabajes en una comunidad aparte que se compone principalmente de los tuyos.  En EEUU, los inmigrantes sí se integran, pero en una cultura basada más en sus oportunidades económicas que en sus curtidas y reciedumbres tradiciones.

Una tarde, yo tomaba una buena taza de té, y mi mujer leche con cacao (para ella, hagamos una variante andaluza del viejo refrán: “Allá donde fuere, haz lo que coño quieres”), mientras mi amigo nos ponía al día con su nueva afición, la homeopatía.  Mi atención divagó a los niños, jugando al otro lado del ventanal en el espacioso, exuberante y soleado jardín.  Podíamos ver a ellos, pero ellos no a nosotros. No estaba acostumbrado a barreras, aun de vidrio, entre mis hijos y yo, y su imagen en movimiento me resultó milagrosa, como si un artista, al retratar lo cotidiano, me hubiera hecho ver su valor.  Con la brisa, mechones de sus pelos se alzaban, y los cuellos de sus chaquetas se aplastaban.  Conversaban con gravedad, haciendo gestos por allí y por allá.  Los miraba embobado, con el corazón en la garganta, hasta que empezaron a desabrochar sus pantalones.

-Do you mind if they piss in the weeds? (¿Te importa que meen en las matas?)- dije a nuestro anfitrión.

-¿Matas?- me dijo-.  ¡Si mi madre te oyera!  Son rosales.

Empecé a asomarme a la ventana.

-Tranquilo- dijo.

Aquella misma noche, cuando mi amigo y yo por fin dejamos de charlar, me dio las buenas noches diciendo que, como se estaba resfriando, haría gárgaras con su propia orina.

-Un remedio homeopático- me dijo-.  Así el sistema inmunológico, provocado por un bote de sus propias impurezas, supera la infección.

Llegué a la cama todavía incrédulo.

-Jamás lo habría adivinado- dije a mi mujer-.  El pipí de nuestros hijos no es agua manantial, es medicina natural.  Cuando mean en la calle, están contribuyendo a la salud de nuestra ciudad.

En Kenton, justo entre Zona 4 y Zona 5 del underground, medra el verdadero espíritu de Londres: amplio de miras, arrojado, experimental.  Algunos opinarán que Sevilla es todo lo contrario.  Yo diría que la vida es una pista circular en la que los líderes acaban compitiendo de nuevo con los rezagados.  Visitamos una de las ciudades más a la última de Europa, y descubrimos que la vanguardia está aquí.

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A la locura por la lectura

John Julius Reel | 12 de mayo de 2012 a las 3:23

Desde que empecé a inhalar lo hispalense, me han dicho en diferentes ocasiones que para aquel que quiera saber de Sevilla, es imprescindible leer el clásico La Ciudad de Manuel Chaves Nogales, precisamente el gran protagonista de esta Feria del Libro.

La Ciudad tiene 200 páginas, pero son demasiado densas para este yanqui.  Tuve que leer el libro tres veces, consultando el diccionario en 934 ocasiones, muchas veces en balde, y Wikipedia cuando me encontraba con oscuras (para mí) referencias históricas.  Aunque Nogales sea uno de los mejores periodistas de todos los tiempos en España, no podía evitar evaluarle como le habría evaluado mi padre: “Clearly not a tabloid writer” (Claramente no es un escritor para las masas).  Mi padre sí fue periodista para las masas, y uno de sus consejos más frecuentes sobre la buena práctica de su oficio fue, “Don’t send anyone to the dictionary” (Nunca envíes a nadie al diccionario).

Pero ¿quién soy yo para hacer ascos a los diccionarios?  Todavía dependo de ellos para entender y utilizar mi segunda lengua.  Nogales, además de aportarme una perspectiva más honda de “esta ciudad eterna”, me ha convertido en un verdadero crack con el castellano.  Comprobadlo vosotros mismos, a través de este agujerito:

Entré en casa, dejé caer La Ciudad y mi diccionario abollado en la mesa, y me desplomé en el sofá, las palmas presionando las sienes.

-Ya era hora que lo terminaras- dijo mi mujer desde la terraza, tendiendo ropa, sin duda una forma más productiva de currar-.  Claro que te duele la cabeza.

-Inconmensurablemente.

-La próxima vez, búscate una lectura más placentera.  De eso se trata.

-A la belleza por el camino del dolor.

-Y cuando encuentras la belleza, estás reventado, y no puedes disfrutarla.

-Es algo como el hachazo dado en el tronco más fuerte de un bosque inexplorado.

-Cuando te empeñas en algo, siempre pasa lo mismo.  Te trastornas.  ¿Todos los yanquis sois así, o me tocó la parte más retorcida?

-Desdichadamente, aun queda en nosotros algo de conquistadores.

-¡Relájate ya!  ¿Qué buscas?

-Esa felicidad de cada día, que saben hallar solamente los que, para ser felices, dejaron de pensar en la felicidad.

-Estás tan volcado en tu trabajo que no ves a tu alrededor, como un crío con su juguete nuevo.  Y mientras, tus hijos son un par de viejos.  ¿No lo ves?

-La ciudad es pródiga en niños prodigios y hombres pueriles.

-Venga.  Te vendrías bien ayudarme recoger la casa.  ¡Tantos trastos!  Cada noche sueño con tener un patio.  Para mi desahogo.

-El mármol, el agua, la palmera – sus tres fundamentos – tienen un mismo valor estético.  La triste, la muerte.

Ya estaba ante mi ordenador, viendo las estadísticas de mi blog.

-No pienses más en eso, cariño- dijo mi mujer-.  Lo tuyo es escribir lo mejor que puedas y después publicar.  Si los demás no lo leen, ellos se lo pierden.

Mi mujer es mi fan número dos.  Mi fan número uno soy yo.  Gracias a Nogales, ahora podía expresarlo con más elocuencia.

-Sevilla únicamente sabe mantenerse inmune, y no tolera genios, ni admite definidores.

-No te obsesiones.  No eres el único a quien no leen.

-No hablemos de vuestros vicios; son los mismos de todo el Mediodía.  Es vuestro mes de abril el Otoño de los libros.

La verdad es que mi mujer tampoco me leería si no exigiese su opinión, casi siempre acierta de lleno.  Saqué de la impresora un artículo nuevo, y se lo di, todavía caliente, pillándola justo al terminar con la ropa, antes de que otra tarea más urgente le ocupara.

-Es verdaderamente maravilloso el certero instinto crítico del tipo popular-le dije-.  Hay una desconocida norma, una sobrenatural piedra de toque que sirve a estas gentes, arbitrarias e ignorantes, para conocer la calidad de cuanto a su consideración se ofrece.

-¿Insinúas que soy una ignorante?

Imperturbable, seguí adelante:

-Sus ojos negrísimos saben perforar las cosas en que se detienen.

-Mis ojos son marrones.

Señalé a mis paisanos como punto de contraste:

-Acumulan instrumentos de poder, atesoran fabulosas riquezas, exaltan la cultura, ponen sus vidas tras cristaleras del confort, y desmenuzan sabiamente entre los dedos sus pequeños y complicadas pasiones.

-Dígame, Don Quijote.  Y usted, ¿pa qué ha cambiado sus cristaleras del confort?

-Por este pan moreno y recio, de este sol y esta arcilla, y esta cal viva y violenta de esta bárbara filosofía, de estos ojos negr— perdón– marrones y febriles, de este raro y completo saber, de esta naturaleza exuberante, de la que extrajeron su jugo muchas civilizaciones, sin que su inmenso poder fuese anulado por los afeites y la constante depuración.

-¿Me llevarías algún día a conocer los cristaleras de confort que abandonaste?  Si no me han anulado otras muchas civilizaciones, no creo que me anule la tuya.

Me mareaba de tanto hablar en la voz de otro, pero me arranqué con una frase más, con tono suplicante, haciendo un gesto hacia el dormitorio:

-Presta su cuerpecillo. . . para que se haga una pausa de serenidad en este espíritu atormentado del místico.

Me dio la espalda, y empezó su tarea, boli en mano.

-Lo primero es lo primero.  A la belleza por el camino del dolor.

-¡Monstruosa hipérbole hispalense!  Eres bella, porque siempre eres nueva.  ¡Vivan las caenas!

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Verde Navidad

John Julius Reel | 25 de diciembre de 2011 a las 22:05

Llevo mucho tiempo resistiendo la tentación de recrearme, por escrito, en la belleza femenina a la que tengo que hacer frente cada vez que piso las calles de esta ciudad.  Qué ironía que tuve que llevarla al extranjero para apreciar el alcance y repercusiones de su sensualidad.

La Nochebuena pasada, de visita a EE.UU., mi mujer, nuestros dos niños pequeños y yo fuimos los invitados de honor en una cena de amigos.  ¡Por fin las tornas se habían cambiado!  Era mi mujer la exótica y yo simplemente el que se casó con la exótica.  La casa, en el norte de Nueva Inglaterra, era el caserío de un ex matadero de visones, y antes de eso una pequeña fonda para viajeros campesinos.  Su encanto de antaño acompañado por todos los toques festivos, un abeto auténtico como árbol de navidad, los regalos apilados a su pie, la chimenea encendida, los villancicos cantados al piano por la hija del anfitrión, se prestaba un ambiente bucólico rozando el ensueño.

Estaba encantado siendo el invisible hasta que me di cuenta de que eso significaba que mientras mi mujer se codeaba con toda la gente interesante de la fiesta, yo tenía que estar detrás de los niños, evitando que derribaran el árbol, tiraran antigüedades en la chimenea, y apagaran su sed con sorbos de copas abandonadas de whisky.

Al momento de irnos, surgió mi oportunidad de brillar.  Un hombre que antes se había mostrado incapaz de hablar conmigo por algún motivo, me arrinconó cerca del perchero para preguntar, con demasiada intensidad, si era verdad que los españoles eran tan apasionados.  Yo, regodeándome de ser por fin el centro de la atención de alguien, le dije, “Mi mujer es capaz de perder un avión por disfrutar de un buen baño.”  Mi público, en vez de reír, respondió con una sonrisa forzada e insípida.

Aún estaba sufriendo mi patinazo cuando, de camino a casa, mi mujer dijo, sin poder esconder su orgullo, que este mismo hombre que no fue capaz de apreciar mi agudeza se la había comido con los ojos durante toda la fiesta.

-¡Canalla!- le dije-.  ¡Claro!  Por eso me miró como un enfermizo después de mi ocurrencia ingeniosa.  O mejor dicho, como un masoquista después de un golpe bajo.  Pues, me alegro.  Me alegro de haber proporcionado a ese mirón una imagen de ti en el baño.  ¡Que eso destruya la tranquilidad de su Navidad!

-¡Ssst!  ¡Vas a escandalizar a los niños!

-Los niños están dormidos, gracias a Dios.  Reventados después de tantas travesuras frustradas.  Pero tú no te has enterado de nada, la niña bonita de la fiesta.

-¿Estás insinuando que no he puesto de mi parte?

-Estoy insinuando que las andaluzas deberían venir con una advertencia, como el tabaco.

-¿Somos insalubres?

-¡Sois debilitantes!

-¿Cuántas copas de vino has bebido?

-Tuve la gran suerte de conocerte en tu cuarta década, cuando ya habías aprendido no abusar demasiado de tu poder.  Pero a ese esaborío le has cogido desprevenido.  Vive bloqueado por la nieve durante cuatro meses al año.  De repente llega la sirena sevillana, el duendecillo de Navidad.  ¿Cómo no va a mirar boquiabierto?  Yo debería mostrar más compasión.  Es pura víctima.

-Claro, echa la culpa a las mujeres.  Siempre igual.  Ya es hora que tú y todos los demás machistas del mundo os responsabilicéis de vuestras debilidades.

-No tiene nada que ver con culpa.  Sois lo que sois, y somos lo que somos.  Un exceso de belleza femenina es un fenómeno de la naturaleza que tiene consecuencias más destructivas que constructivas.  Mira a Afrodita, a Helena de Troya, o a Marilyn Monroe.

Mi mujer había dejado de echarme cuenta.  Miraba por la ventana el paisaje blanqueado y montañoso, todo relucido por la luz de la luna.  Empezó a canturrear villancicos.

-¡Oye!- le dije-.  No puedo ser el único que, andando por las calles de Sevilla, maldiga a Dios por haberme hecho un hombre.  Creo que fue Buñuel el que dijo que no había encontrado la felicidad hasta que perdió el instinto sexual.  Si el pobre hubiera vivido en Sevilla, se habría quitado la vida.

-¡Los cojones te ato!  ¡Tómate una pastilla!

-¿Pastilla?- la dije-.  ¿Qué pastilla es esa?

-¡La que les dan a los soldados para quitar el deseo sexual!

-Pues, ¿por qué no recibo por Internet gangas de estas en lugar de Viagra?

Fuera del coche hacía un frío que pelaba, pero dentro, con la calefacción, las capas de ropa y la pasión, estábamos incubando una pequeña Sevilla en plena racha bochornosa.

-Te entiendo perfectamente- me dijo-. Las mujeres no somos de piedra.  Un día en la oficina, un compañero, un muchacho joven y guapo, se me acercó y me dijo, “¿Te gusta éste perfume?”  Sí, me gustó, y además despertó, digamos, mi instinto femenino.

-¿Lo ves?- le dije-.  No es suficiente que sois guapas, apasionadas, e inculcadas desde jovencísimas en la coquetería y la artimaña amorosa.  Encima, según lo que me acabas de decir, sois tan débiles como nosotros.  No es de extrañar que en tiempos antiguos encerraran a las hembras sevillanas donde ni la luz las viera, rodeándolas de cadenas, murallas y castrados.  Estoy bien jodido.

Como siempre, al rendirme, la furia de mi mujer se desvaneció.  Se inclinó hacia mí, de nuevo el duendecillo de Navidad, pero ésta vez todo para mí.

-Eres tú mi gran debilidad- me dijo-.  Tú siempre me gustas más-.  Me plantó un beso en la sien para no distraerme al volante. -Feliz navidad-.

Shakespeare dijo que los celos son “el monstruo con los ojos verdes que se mofa de la carne de la que se alimenta”, pero también me hacen valorar lo que tengo.

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Negativa

John Julius Reel | 18 de diciembre de 2011 a las 23:55

Al ir a la primera ecografía, nada más poner la vista en la imagen del bebé, la doctora dijo a mi mujer: “Hija, lo siento, pero esto no sigue”.  Mi mujer, que considero la personificación de su sexo en ese momento, se echó a llorar.  Durante algunos momentos no había palabras para consolarla.  Yo, que considero la personificación de mi sexo en eso momento, sólo quería saber el paso siguiente y cómo terminar con ello lo antes posible.

Meses más tarde mi mujer me diría: “Pensé que lo que más te preocupaba era cómo todo eso iba a irrumpir en tu rutina”.  Hizo diana.  Lo que más quería era volcarme de nuevo en mis proyectos y planes, porque son estos los que más me tranquilizan el espíritu.

La doctora tuvo el detalle de acompañarnos hasta la salida del hospital.  Mi mujer intentó explicarle cómo se encontraba su corazón partido:

-Ya le había cogido cariño.

-¡Anda ya!- dijo la doctora, queriendo animarla. -¿Qué cariño vas a coger?  Eso no es posible.

-Quizás ilusión- dijo mi mujer-.

Era cariño, no ilusión.  Mi mujer es la prueba real de que es posible coger cariño de verdad a un bebé de 10 semanas.

Me diría meses más tarde, cuando por fin podía hablar en profundidad sobre el tema: “Era una sensación contradictoria tener una vida dentro de mí que se iba apagando.  Pretendía seguir dándole fuerza y amor como lo había hecho desde el principio, pero al mismo tiempo quería distanciarme para no sufrir más”.

Si he de ser franco, sólo sabíamos que, según los médicos, el bebé no iba a sobrevivir.  Yo, normalmente curioso por los detalles, en este caso los quise pasar por alto para que mis principios no entraran en un dilema.

Mi cuñada acompañó a mi mujer durante la hospitalización. “Mi hermana me va a entender más que tú, va a saber lo que necesito”, dijo mi mujer. “También los niños estarán mejor contigo que con nadie”.  Qué suerte tener una mujer que muestra su ecuanimidad incluso cuando está desolada.

A pesar de estar acompañada, no podía evitar momentos de soledad, por ejemplo, de camino al hospital.  Me diría meses más tarde, cuando por fin me armé el valor para preguntarle los detalles (porque quería escribir un artículo): “Coges el autobús sin dolor físico, sabiendo que tienes suerte porque no ha sido dramático, pero sabiendo que vas a perder un gran motivo para vivir, tu hijo”.

Desde el pasillo del quirófano, mi mujer podía oír a las mujeres dando a luz y disfrutándolo.  Como si protagonizara una película lacrimógena, una madre flamante salió eufórica del quirófano al que mi mujer estaba a punto de entrar, y le preguntó: “¿Vas a tener un niño o una niña?”  Mi mujer se hizo la distraída para no manchar el momento.

En defensa propia, no tengo mucho que decir. ¿Es una excusa legítima decir que cuando estoy con mi mujer, no nos podemos permitir entregarnos a la pena, porque ahí están los niños, siempre pidiéndonos, siempre necesitándonos?

-No es legítimo-, me dijo-.  Se puede llevar las dos cosas.  Si no, pierdes, y los niños también.  Es como cuando pongo por excusa para no visitar con más frecuencia a mis padres lo liada que estoy en casa con los niños.  Eso no vale.

Fue generosa por su parte reconocer que todos caemos en los mismos errores, aunque algunas personas los evitan más que otras.

El hecho de que, durante toda aquella mala racha me comportara como la personificación de lo masculino, escaqueándome de lo emocionalmente duro y de lo ya extinguido, con la excusa de que había cosas pendientes por hacer, y mi mujer se comportara como la personificación de lo femenino, dejándose llevar por las esperanzas echadas por tierra todavía latiendo en ella, con la excusa que las cosas pendientes podían esperar, por todo esto lo doy a conocer aquí.

Según escribió Chávez Nogales en La Ciudad, Sevilla “arrastra de viejas grandiosidades extinguidas”.  La ciudad dónde vivo glorifica el pasado, lo ido.  Según un famoso editorial del New York Times que salió el 30 de Octubre 1963, lamentando la demolición del viejo Penn Station: “Probablemente nos juzgarán no por los monumentos que construimos, sino por aquellos que hemos destruido”.  La ciudad donde viví glorifica el progreso, lo pendiente y lo siguiente.

Consideremos Nueva York como mi padre, y Sevilla como mi madre.  Creo que hacen buena pareja.  La huella que el uno ha dejado en mí complementa la huella que está dejando la otra.  Se ponen en equilibrio.  Muchas veces incluso se anulan, dejándome vivir por cuenta propia.  Si ahora vivo con mi madre, no mi padre, irónicamente es porque ahora soy padre también, y prefiero la cuidad que más cuide a los niños, en este mundo y en el más allá.

Mi mujer, como personificación tanto de su sexo como de su ciudad, se va a asegurar que nuestro niño perdido nunca caiga en el olvido.  Yo, igualmente tipificando mis raíces y mi género, he escrito este articulo para poder dejar atrás el tema de una vez por todas.

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Positiva

John Julius Reel | 12 de diciembre de 2011 a las 1:03

Nos conocimos tarde, y tuvimos los dos primeros niños seguidos, como si quisiéramos compensar el tiempo perdido.  Mi mujer dio a luz al primero con 40 años, y al segundo, con 41.  Como todo eso sucedió sin complicaciones, y como tenerlos fue lo mejor que nunca nos había pasado a cada uno de nosotros, nos estábamos planteando buscar uno más.

Está de más decir que tener un niño es una decisión irracional.  Como casarse (en el sentido cristiano del término) es aceptar una cruz.  Las ventajas de tirar por ese camino benefician sólo el alma, y eso no se admite en los tribunales fríos de la mente, porque todo lo que puede hacernos sentir realmente útiles, espléndidos y buenos, todo lo que puede ser un gran motivo para querer vivir, puede llegar a ser todo lo contrario si llevamos la cruz sin ganas, integridad o valor.

De todas formas, como una pareja responsable, íbamos a pensarlo bien, teniendo en cuenta que probablemente los contras excederían los pros por mucho, aunque eso no significara que tuvieran más peso.

-Necesitamos nuestro espacio de tiempo tú y yo juntos para que todo funcione bien- mi mujer puso en contra.

-¿Crees que algo va mal?

-Trabajar unidos no es lo mismo que estar unidos de alma.  ¡Qué poco tiempo que he tenido para lucir mi cuerpo contigo!  ¿Seis meses?  ¿Cinco?

-¡Anda ya!  Disfruto de tu cuerpo todos los días.

-¿Cómo?  ¿Con tu imaginación?

-Mira, cariño.  Tener un niño es mucho trabajo, eso está claro.  Tener dos aun más.  Y tener tres, pues, imagínate.  Pero mejor no pensarlo.  Todo lo que merece la pena en la vida requiere trabajo y sacrificios.  Y es verdad que el trabajo y los sacrificios agotan la energía necesaria para el romance.  Pero es pasajero.  Todos los matrimonios pasan por eso.

-Lo sé, pero no quiero que nos distanciemos.  No quiero ser una estadística más.

-Si compartimos de verdad el propósito y las responsabilidades de tener y criar niños, nunca nos distanciaremos.

-No quiero pasar tantos años arrollada por niños pequeños.  Tener una familia es algo más que esto.

-Hay dos pruebas irrefutables de nuestra felicidad: niño feliz uno, y niño feliz dos.  Si tenemos otro, nunca lo lamentaremos.  Piensa en la riqueza que hemos añadido no sólo a nuestra familia, sino al mundo, con estas dos criaturas.  Será lo mismo con un niño más.  Ahora mismo él o ella es sólo un producto de nuestra imaginación, por eso podemos debatir sobre las ventajas o las desventajas de su existencia.  Una vez cuerpo y alma, será una alegría incuestionable.

-Buscar un niño con 43 años es buscar problemas.  Puedo luchar por un niño malito si sólo tú y yo tenemos que sufrir mis disgustos y mis depresiones.  Pero si tienen que sufrir también los niños es irresponsable tentar la suerte.

-Tienes un buen historial en parir niños sanos.  Venga, intentémoslo una vez más.

-No eres tú el que tendrá que llevar el resultado, con todos sus altos riesgos, durante nueve meses.

-Parece que un poco del americano angustiado ha influido en ti, y un poco de la andaluza impulsiva en mí.  Pues, una prueba más de nuestra felicidad.

-No tiene nada que ver.  Esto no se trata de gastar o no cien euros en un capricho, o elegir entre comida japonesa y comida italiana.  Las consecuencias durarán para siempre, y pueden ser graves.

-Si no ahora, ¿cuándo?  ¿Nunca?

-¿Qué mosca te ha picado?  Digamos que toda va bien, ¿qué pasa si es una niña?  Tan puritano como eres, ¿vas a poder con todo lo que conlleva una hija a la mayoría de edad, eso cuando tengas más de sesenta años y quieras tranquilidad?

-La mandamos a una universidad americana donde aprenderá andar como un jugador de rugby y llevar chanclas y camisetas holgadas durante todo el año.  Esta noche, ¡a por el tercero!  Perdón, la tercera.  Si queremos una vida romántica, ¡hay que darle prioridad!  Veamos si en el lecho nupcial la andaluza súbitamente prudente puede resistir los impulsos de un americano por fin liberado de la cárcel de su inacción intelectual.

Pasado un mes, me desperté con ella a las 6.30 de la mañana.  La esperaba en la cocina.  Se presentó a mi lado, trayendo consigo no una prueba de embarazo, sino tres, las otras dos ya antiguas, incuestionablemente probadas.

-Positiva- me dijo.

-Por lo menos tuviste la delicadeza de informarme del resultado antes de almacenar todas en tu caja de tesoros- le dije.

No me echaba cuenta.  Buscaba el teléfono de la matrona.  Después de tanto parir, sabía hasta el último detalle los pasos precedentes.  Me quedaba en un segundo plano con mis ilusiones, ella en el primero con sus preocupaciones. . .

Continuará la semana que viene con “Negativa”.

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