John Julius Reel | 2 de junio de 2013 a las 11:49
Cuando me enteré de que los premios Naranja y Limón se entregan a los personajes más destacados de España, por su bien o mal rollo con los medios de comunicación, di con la idea de entregar mis propios premios Naranja y Limón a los aspectos de Sevilla más destacados, por su buen o mal rollo conmigo. Una especie de top 10 al uso andaluz. Empecemos con los Naranja, desde menos dulce a más dulce:
10. La picardía: Es injustamente difamada. Hace algunos meses, ningún canal de televisión o emisora de radio en España compró los costosos derechos a la empresa alemana Sportfive, para transmitir el partido de clasificación por el Mundial entre España y Bielorrusia. En cambio, las emisoras españolas lo radiaron viéndolo desde la televisión de sus hoteles en Bielorrusia. Así es. Sabéis arreglároslas como nadie, cachondeándoos de aquellos que ponen trabas. Los yanquis hemos vivido demasiado acomodados durante demasiados años para querer y por lo tanto saber sortear el sistema. Estoy en Sevilla para aprender de los maestros.
9. La belleza femenina: Como edificación, tanto merece el título de Patrimonio de la Humanidad como el Real Alcázar, el Archivo de Indias, y la Catedral. Es la única de éstas que decora la vida, estés donde estés en la ciudad. Diría que cuánto más a la periferia, mejor. Mi ciudad nativa, Nueva York, conocida por sus guapetonas, tiene aproximadamente la misma población que Andalucía, alrededor de 8.000.000 habitantes. Los pimpollos neoyorquinos son más variopintos por las mezclas de razas, pero la plantación andaluza es más tupida, y casi todas las especies son de cosecha propia.
8. El derbi: Dos equipos de primera, cada uno con solera y propia personalidad, y con una multitud de seguidores acérrimos, son un gran motivo para divertirme. En EEUU, sólo Nueva York, Los Ángeles y Chicago poseen una rivalidad deportiva intramuros, pero la de Sevilla las supera en intensidad y colorido. Cuando no puedo ver los partidos, los sigo por los rugidos que hacen resonar los edificios de mi barrio después de cada gol.
7. La tauromaquia: Para algunos es una vergonzosa celebración de la brutalidad. Otros alardean de su afición como si fuera una insignia de su casta. Para mí, es fea, aun vergonzosa, la mayoría de las veces, admirable de vez en cuando, y, cuando alcanza su máximo, es sublime. En este último caso, es más que un arte; es el colmo de las artes, pues la vida está en juego, tanto la humana como la animal. El torero exalta la fuerza, braveza y nobleza del toro, haciendo exhibición de la vida en su plena esplendidez, esto para conseguir una belleza aún más exquisita, la de extinguir la vida justo cuando no puede ser más bella: así de retorcida y trascendente la veo. EEUU no tiene ningún espectáculo capaz de exponer dignamente la cruda realidad de los triunfadores y sus víctimas, y el baño de sudor y sangre que su baile de gala conlleva.
6. El flamenco: En mi país, sólo el blues y el hip hop (el blues reinventado por una generación más furibunda y urbana) son comparables. Versan sobre las penas primordiales de la vida, las pérdidas, la opresión y la rabia, y el resultado es una celebración. Siendo lo que soy, un americano blanco nacido con el pan debajo del brazo, me fascina tal cepa del arte puro y duro. El caso es que los estadounidenses de mi estirpe, desde generaciones atrás, han sacado, y quizás sigan sacando provecho, aunque indirectamente, de las privaciones contra las que los raperos yanquis claman. En contraste, aquí, por ser guiri, me cuelo en la fiesta que es el arte hondo y lo asimilo, sin tener que sufrir una carga de vergüenza cultural.
5. Semana Santa: Aunque tanta fanfarria religiosa tenga más que ver con el folclore y las tradiciones locales que con la Pasión de Cristo, la fiesta sigue sirviendo de recordatorio de mis más profundas creencias. Llevar a la calle, durante tantas horas, verdaderas obras de arte, exponiéndolas tanto a los elementos como a la posible locura de la multitud, y esto para despertar la fe a sevillanos y a no sevillanos por igual, muestra una esplendidez incuestionable que nunca dejará de emocionarme.
4. Poco abarca, mucha aprieta: Se dice que Abraham Lincoln se formó leyendo cuatro libros una y otra vez: La Biblia, El progreso del peregrino, Las fábulas de Esopo, y las obras completas de Shakespeare. En inglés, es un gran cumplido decir que alguien es “widely read” (ampliamente leído), pero a mí me vale más alguien como Lincoln, que fue profundamente leído. Sevilla, aunque no ampliamente culta, es profundamente culta. En esta ciudad no se puede ver lo mejor de todo, pero en lo suyo no hay nada comparable.
3: Los placeres simples al alcance fácil: Una caña o manzanilla fría, un café caliente y cargado, una tapa de queso o jamón, productos agrícolas que, sólo al pelar y comerlos, son manjares, la brisa nocturna del verano, el pleno sol del invierno, la alegría de los bares invadiendo la vía pública, la efusividad de la gente, rozando el espectáculo, la cercanía de la playa y las montañas; de todo esto se puede disfrutar a poco o ningún coste, y sin necesitar un coche. Impensable en mi país de origen. Se dice que los andaluces saben vivir; esto no es de extrañar, pues en Andalucía, la vida, en su más pura esencia, se da a vivir.
2: El papel de la familia: Aunque me duele decirlo, como padre de dos niños pequeños, me siento más arropado en Sevilla que cuando visito a mi gente en EEUU. Dejo a los niños con la familia política con la misma tranquilidad con la que los dejo a mi propia familia, pero con menos sentimientos de culpabilidad. Disfrutan de los críos más que los aguantan.
1: Cómo se estira el euro: Si mi trabajo me enganchara y fuera bien remunerado, quizás EEUU me atraería más, por ofrecer todo tipo de comodidades (distintas a los placeres, por cierto; con frecuencia, los socavan). Resulta que las dos grandes estimulaciones de mi vida, la escritura y la implicación total en la crianza de mis hijos, no podrían ser peores negocios. En Sevilla, mi familia puede vivir, pagando una hipoteca, con mil euros al mes. Estos ingresos nos podrían 4.000 euros debajo del umbral de pobreza en EEUU, que es 18.000 euros al año para una familia de cuatro. Aunque vivimos una vida humilde, en un barrio regular, de ningún modo vivimos como pobres. Si Sevilla deja de ser un lugar donde se puede vivir dignamente con poco, probaremos suerte en otra parte. . .
Aviso a lectores con mucha correa, o poca: pasada una quincena, concederé los premios Limón.
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John Julius Reel | 19 de mayo de 2013 a las 12:34
Érase una vez, antes de que la crisis expusiera todos los excesos desbordantes y la mala gestión de los políticos, me enorgullecía pagar por los servicios públicos de España. Gravar la gasolina con hasta un 50% de impuesto, la luz con un 25%, y todo lo demás, aun los intereses dados por los pequeños ahorros de mi familia, con un 21%, todo esto lo asimilaba como un discípulo novato recibiendo lecciones de ética. Aunque el Gobierno se quedaba con casi un tercio de la riqueza ganada por sus ciudadanos (PIB), lo invertía en lo edificante: sanidad, educación, y cultura. Cuando los españoles se horrorizaban ante la posibilidad de un pequeño copago médico, pensaba: “No saben la suerte que tienen”. Subvencionar a colegios privados con dinero público me parecía una idea tan esplendida como mal encaminada, pero admiraba el experimento. Ir a la Bienal de Flamenco de Sevilla un par de veces era asequible incluso para mí, el padre de una familia mileurista. La televisión pública emitía programas culturales como El Público Lee, impensable en mi propio país.
Durante este periodo idílico, y aun después, habiendo atisbado las grietas en los cimientos, este quemado y contrariado capitalista defendía el socialismo español con el mismo afán que el más patriotero y proselitista cateto yanqui defendía a su sheriff George W. Bush. Cuando el fontanero de una compañía de seguros, ésta muy vinculada con un banco abiertamente gestionado por políticos, vino a mi casa y puso nueva la mitad de mi cuarto de baño, y después nos recomendó, sin la más mínima vergüenza, que pasados seis u ocho meses, rompiéramos adrede la otra mitad para que él viniera para renovarla gratis (para nosotros), mi mujer tuvo que contenerme para que no delatara al estafador a las autoridades.
Puedo precisar el punto de inflexión, el momento en el que todo el despilfarro (por no decir robo) e ineficacia petulante de los gobernantes de España desgastaron de una vez por todas las últimas reservas de mi buena fe y sana ilusión en el sistema: las navidades pasadas, tuve que rascar el bolsillo para pagar a Correos y a la Aduana de España 70 euros en impuestos por dos paquetes de regalos que mi madre envió a mis hijos pequeños desde EEUU. Ante mi asombro por un importe más de la mitad de lo que mi madre pagó por los juguetes, la mujer del mostrador me dijo, azarada, que el reglamento de gravar paquetes internacionales estuvo siempre en vigor, pero ahora, por la crisis, el Gobierno se lo estaba haciendo cumplir.
Un par de días más tarde, todavía recuperando del impacto de vivir en una república bananera que, a la hora de compensar los derroches de sus líderes, era capaz de explotar hasta la añoranza de un ser querido que, por desgracia, no podía unirse al redil durante las fiestas, tropecé con un conocido, que antes de jubilarse, había trabajado con el Gobierno regional como chofer. Hablamos de la crisis. Se preocupaba por sus nietos, me dijo. ¿Qué futuro iban a tener? Y los recortes. ¡Qué vergüenza! Recordaba cómo los políticos solían revolucionar toda la flota de coches oficiales para tomar un café un sábado por la tarde. O cuando tenían que reunirse en Jerez o Córdoba o Jaén, cada uno en su propio coche oficial, cada uno cobrando una dieta diaria que bastaría para pagar, durante una semana, la comida de una familia humilde de cuatro.
-¿Cómo pueden estos privilegios gobernar para nosotros?- me dijo-. ¿Qué saben de nuestras vidas? ¿Qué saben de llevar una casa y criar a hijos con un sueldo suficiente para lo imprescindible y poco más?
Mis lectores habituales sabrán que mi mujer y yo hemos elegido una vida humilde por el tiempo libre que ésta nos da para llevar a cabo proyectos personales. Uno de ellos es educar a nuestros hijos en casa. Tener que hacerlo en un piso pequeño en un barrio marginado no nos importa. Agradecemos poder vivir según nuestros principios y deseos; sin embargo, como llegamos a fin de mes por un pelo, de repente, después de hablar con aquel ex chofer, pagar 65 euros cada mes en transporte público para llevar a mis hijos, dos veces a la semana, y una vez más con su madre, al centro, a la biblioteca, a iglesias, a parques, a tapear, para que conozcan la belleza y riqueza cultural de su ciudad natal, me parece una injusticia insoportable.
El transporte público de Sevilla ejemplifica cómo los servicios de España están gestionados por gente que no sólo no los utiliza, sino que desconoce las vidas de aquellos que los necesitan para ampliar sus posibilidades. En el Metro y los autobuses de Sevilla, los niños pagan tarifa normal a partir de los 3 años, cuando todavía pueden ir en el regazo de un padre. Tengamos en cuenta de que, en Roma y Londres, los niños montan gratis hasta los 10 años; en Boston no pagan hasta los 14 años; y en París niños entre los 4 y 9 años pagan la mitad de precio. Para colmo, en Sevilla hay que pagar dos veces al utilizar el Metro y el autobús en el mismo viaje, pues no hay trasbordo. ¿Por qué ningún político se ha ocupado de rectificar estas omisiones? Pues, viviendo en la estratosfera de sueldazos, dietas obscenas y coches oficiales, no las ven. Sobre nuestras vidas, tanto en el ámbito de educación, como de sanidad y de cultura, los gobernantes apenas oyen un rumor.
He dejado de pagar la tarifa de mis hijos, con 3 y 5 años, al montar en el autobús o el Metro de Sevilla. Las pocas veces que me han dado el alto, me he hecho el tonto.
-¿Con tres años pagan?- exclamo, con pasmo fingido-. ¡Qué disparate!
En España, la picardía sirve tanto al caradura como al objetor de consciencia. A mi manera, recuperaré los 70 euros injustamente recaudados, y los invertiré en lo realmente indispensable para el Estado: la educación de la juventud.
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John Julius Reel | 7 de abril de 2013 a las 12:37
El ex padrino del crimen organizado en EEUU, y el primer estadounidense (de nacimiento) canonizado santo por la Iglesia católica tienen algo en común con Sevilla. ¿Qué? Este menda, vuestro guiri servidor.
Para mí, los extremos de una cultura son los que mejor la explican, y las personas son las que mejor representan estos extremos. Quizás porque algo de Paul Castellano, alias Pablito Grande, y Elizabeth Ann Seton, Madre Anna, me han tocado literalmente, son estos los personajes reales que, de la cultura en la que me crié, mejor me definen la cara y la cruz de la naturaleza de mis paisanos.
Consideremos primero la cruz. La mansión de Pablito Grande se situaba en Todt Hill, el barrio más adinerado y elegante de Staten Island, Nueva York, mi municipio natal. Su residencia, construida, según sus instrucciones, al estilo de la Casa Blanca, nos proporcionaba a los estatenisleños tanto orgullo y quizás seguridad como su referente. Se acabó la fiesta el 16 de diciembre, 1985, cuando el capo de tutti capo fue matado a tiros en su coche, junto con su chofer, delante de su guarida predilecta, Sparks Steak House, en Manhattan. Por aquel entonces yo tenía 17 años.
Siete años después, en la universidad pública de Staten Island, en una clase de redacción, tuve como alumna una nieta de Pablito Grande. Tenía un aspecto gótico. Le encantaba el heavy metal. Un día, quizás intentando mostrar su lado más tierno, me entregó, como ensayo personal, un texto sobre su cachorrito. Yo era un profesor joven, todavía aprendiendo a tener tacto, y critiqué su texto, en atención a todos, como “empalagosamente sentimental”. Tuvo su efecto. No volvió más ni a mi clase ni a la universidad. Resultó que no nos necesitaba. Triunfaría como Jasmin St. Clair, “the people’s porn star” (la estrella porno del pueblo), por haber hecho, entre sus más de cien películas, una en la que batió el récord de hombres tomados en un solo día.
Sigue siendo una estrella después de más de 15 años de nadar con tiburones. Me pregunto si su abuelo, al que lo cepillaron, al menos en parte, por oponerse a que la mafia se metiera en “iniciativas inmorales”, como los narcóticos y la pornografía, sentiría orgullo o asco por la sangre fría de su nieta que llegó a la cima de su profesión aprovechándose, no dejándose aprovechar.
Pasemos a la cara. Elizabeth Ann Seton ya tenía cinco hijos y era viuda cuando, un día, pasando por la iglesia de San Pedro, la única iglesia católica abierta en Manhattan en aquellos tiempos, sintió una profunda soledad que no sanó hasta que la Iglesia católica le recibió oficialmente en 1805 y ella, previamente anglicana, podía consumir, en sus palabras, “el verdadero cuerpo de Cristo”. Murió 12 años más tarde, con sólo 46 años; aun así, abrió el camino a la educación católica en EEUU, y fundó Las Hermanas de la Caridad, una orden dedicada a cuidar a los pobres y enfermos.
En Sevilla en 2010, se beatificó Madre María de la Purísima de la Cruz, que también entregó su vida al servicio de los pobres y enfermos y a la educación cristiana. Al descubrir que ella, cuando fue directora del colegio de las Hermanas de la Cruz en Villanueva del Rio y Minas, tuvo a mi mujer como alumna, nació en mí la esperanza de que, un buen día, mi mujer y yo compondríamos el único matrimonio del mundo al que le habrán tocado literalmente el primer santo estadounidense y el último santo español.
Os explico cómo una santa del siglo 19 me podría haber tocado literalmente: Madre Anna fue canonizada el 14 de septiembre 1975, el mismo día que cumplí ocho años. También en ese año, mi padre se enfadó con la Iglesia católica, sacó la familia de la parroquia del barrio, y durante los siguientes cuatro años, nos llevaba cada domingo a la iglesia de San Andrés, anglicana, fundada en 1708. Jugando en el camposanto, ensuciaba mis zapatos y pantalones con el barro de la orilla de un riachuelo que socavaba las tumbas más antiguas del cementerio. Solía cruzar el agua pisando las ruinas de las lápidas. Resulta que aquel camposanto daba sepultura a los abuelos, al padre, y a dos de los hermanos de Madre Anna. Mucho antes de enterarme de quién era, y de que me podría haber rozado con un ADN milagroso, su antigua casa en el punto extremo de Manhattan, empequeñecida por los rascacielos a su alrededor, me embrujaba cada vez que desembarcaba del Staten Island Ferry. Un día, obedecí la llamada y entré. Alojaba la iglesia del Santo Rosario. Celebraban en este momento una misa. El cura dio una homilía sobre Jesucristo como pescador de hombres que me impresionó hasta tal punto que, después de misa, le pedí que fuera mi consejero espiritual. Con él, encontré la paz interior para empezar el camino hacia la única felicidad duradera que he conocido: la vida familiar.
“Hazard yet forward” (A pesar del peligro, adelante): el lema de Madre Anna. Esta nieta, hija y madre de un pastor anglicano se convirtió a la fe católica, cuando, en EEUU, ésta confesión tenía más fama de fomentar el fanatismo y el terror que el Islam tiene hoy en día. Perdió sus ingresos, pues los padres de sus alumnas se escandalizaron. A pesar de todo, tiró adelante y, como recompensa, ella y el país se hicieron mejores.
El F.B.I. grabó a Pablito Grande diciendo a uno de sus sicarios: “Sólo vives una vez. No puedes hacerlo todo. Esta vida nuestra es maravillosa. Si puedes salir impune, genial. Pero es muy, pero muy imprevisible Yo, ojalá tuviera más educación. Lo digo ahora. En el momento, lo que quería era las calles, entonces las tomé. Siempre lo he pensado, si quieres hacer algo, hazlo ahora. No mariconees”.
No mariconees: Don’t fuck around. Por seguir adelante, a pesar del peligro, Pablito Grande y su nieta llegaron a ser leyendas vivas, al infierno con las consecuencias.
Hazard yet forward/ Don’t fuck around: la cara y la cruz de la naturaleza norteamericana.
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John Julius Reel | 17 de marzo de 2013 a las 12:20
En Nueva York, si atisbara una pandilla de chavales negros en mi acera, cruzaría la calle para no tener que rozarme con ellos. Si fueran blancos, no temería pasar por delante de ellos. Un día, me atreví a admitir esto a un neoyorquino negro. Me dijo que la única forma de superar mi racismo – así lo llamó – sería pasar por delante de pandillas de chavales negros hasta que se enmendaran mis prejuicios.
-¿Y si empeoran?- le pregunté.
-Ves lo racista que eres- me dijo.
Estoy de acuerdo con este hombre en una cosa: supondría un gran esfuerzo por mi parte despojarme de todo aquello que desgraciadamente, y por circunstancias mayoritariamente fuera de mi control, han llegado a ser mis prejuicios. Según mi experiencia, sólo es fácil no ser racista si no tenemos que relacionarnos nunca con culturas ajenas. Por ejemplo, no guardo nada ni en contra ni a favor de los samoanos. Pero si nos rozamos con “los otros” con regularidad pero superficialmente, si viven en nuestra comunidad, pero apartados, socializándose en camarillas de los suyos, ya sea por gusto o porque no hay otra alternativa, si sus más vistosos triunfadores, tanto al nivel local como internacional, son atletas y cantantes, y sus delincuentes no tienen los recursos para evitar acabar en la sección de sucesos, y después la cárcel, terminamos sacando conclusiones precipitadas, torcidas, y por supuesto injustas.
En Sevilla, los negros no intimidan. Piden en los semáforos, venden sus baratijas y sus películas pirateadas, pero todavía no compiten por vuestros trabajos, por las plazas en los colegios más cotizados, todavía no seducen a vuestros hijos con un rencor heroico, producto de persecución y opresión, convirtiéndolos en rebeldes también, rebeldes sin causa en este caso. Pero sí hay prejuicios sobrados contra los gitanos, los marroquís y los sudamericanos. Con ellos existe precisamente este clasismo, este trato tan frecuente como superficial, ensombrecido por una vergonzosa historia, que tanto fomentan el racismo. Ya he perdido la cuenta de las veces que un sevillano me ha dicho, siempre empezando con el mismo matiz, “Yo no soy racista, pero ellos, si no dan la nota a la entrada, la dan a la salida”.
Los yanquis no se expresan con tanta franqueza sobre “los otros”, por no infringir lo políticamente correcto. En EEUU, sólo entre los desgraciados y los parias existe la libertad de expresión. Si corriera el riesgo de escribir este artículo en mi país, no sé si un periódico se atrevería a publicarlo. Los europeos tienden a ridiculizar lo políticamente correcto de mi país como falso y forzado. Así fue en su primera fase, pero ya ha tenido su efecto. Las nuevas generaciones son menos propensas a pensar lo que no se permite decir. Parten, en su gran mayoría, del principio de que somos todos iguales. La generación de mis padres partió del principio de que había diferencias importantes entre una cultura y otra (aun entre una raza y otra), y mejor no mezclarlas. Provengo de una generación estadounidense, quizás parecida a la nueva generación sevillana, que sabía que la mentalidad de nuestros padres tuvo que abrirse, pero no sabía hasta qué punto.
Andalucía es la prueba de que muchas culturas distintas, incluso aquellas con conceptos de Dios opuestos, pueden llegar a ser, después de muchos siglos, una cultura incuestionablemente propia. Pero la convivencia a corto plazo tiene sus pros y sus contras. A juzgar por Nueva York, la convivencia entre culturas y credos, antes de erradicar los prejuicios, los incita, y cuando por fin los erradica, es porque primero ha mitigado la diversidad que les hacía diferentes. En EEUU, y quizás en todas partes, existe una desafortunada confusión entre la igualdad de personas y la homogeneidad de formas.
Quizás los prejuicios nacen cuando la mezquindad de una cultura choca con la mezquindad de otra. Lo receloso no compagina con la impertinencia, ni la frialdad con el entrometimiento, ni lo melindroso con la dejadez, ni el fanatismo con la permisividad. La solución es aguantar, no quitarnos (ni a los otros) del medio, hasta que aparezca el otro lado de la moneda, la grandeza. Es cierto lo que dicen los idealistas: sólo al tratar con “los otros” tan a menudo como con los nuestros, y en todos los ámbitos, entornos y dinámicas personales y profesionales, como modelos tanto a seguir como a rechazar, sólo entonces las diferencias (si no han pasado a la historia) apenas importan, porque vemos que éstas no tienen nada que ver con la igualdad.
Del dicho al hecho. En el 11-S, perdí una de mis mejores y más queridas alumnas, Marlyn Carmen García, una dominicana con 20 años que trabajaba en la centésima planta de la Torre Uno. Al ver la torre derrumbarse, lágrimas ardientes cayeron por mis mejillas. Todavía tengo las cicatrices. El otro día, me subí al metro de Sevilla y vi sentado en mi vagón un joven nítido, en un flamante traje gris oscuro. En su regazo llevaba una talega roja de lona, también flamante, y encima de esta el Corán, que leía con gran intensidad. Me bajé en la parada siguiente, con el corazón palpitando, y esperé otro tren o la gran explosión.
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John Julius Reel | 20 de enero de 2013 a las 12:00
Me advirtieron, sin especificar, que notaría en el comportamiento de los españoles secuelas de una sociedad que vivió 40 años bajo una dictadura. ¿Se refirieron a la manera en la que los españoles recargan y después se conforman con la palabra no? ¿A su costumbre de ejecutar y tolerar golpes de control? ¿Es el sistema en sí el nuevo Caudillo, que sólo se preocupa por su propia conservación?
¡Vaya manera que tienen las empresas españolas de castigar con medidas radicales! Un centro de estudios amenaza a sus profesores: “Aquellos que no se presenten el día de cobro, no cobran”. Una empresa de telecomunicaciones cierre su cafetería al notar que algunos vagos alargan el descanso del café, y prohíbe el subir o bajar por las escaleras al encontrar colillas en los huecos. Otra con gran alcance internacional intimida a sus empleados para que coman en el comedor in situ. Los jefes dicen a sus empleados: “Está prohibido traer comida de casa al trabajo”. Los empleados se tragan la injusticia. A veces ni se inmutan.
Da la mano y se tomará el brazo. Si algún miembro del vulgo se comporta mal, recortar los derechos de todos. Con esta filosofía los profesores despóticos controlaban sus clases en mi infancia. Para ellos, todos los niños eran pícaros, recalcitrantes e irresponsables. Tarde o temprano llegamos a creerlo y serlo. Círculo vicioso cerrado. ¿Es posible que las formas del antiguo Régimen terminaron por revertir en toda la sociedad, y que sigan dando la cara, mucha cara, en la actualidad?
Siendo mi mujer una muchacha, una jefa le exigió que le ayudara en la mudanza de su casa durante el fin de semana. Mi mujer pidió consejos a sus padres. Le dijeron que mejor obedecer que arriesgarse a perder el trabajo. Tanto la actitud de su jefa como la actitud de sus padres me recordaban una historia sobre la explotación del más débil, algo que existe también en mi país, pero bien alejado del sistema oficial. En este caso su jefa trabajaba con algunas de las más prestigiosas empresas de Sevilla y se relacionaba con organismos oficiales como graduado social, como una supuesta defensora de los derechos del trabajador.
¿Esta anécdota no es especialmente pertinente hoy, cuando las empresas, por la crisis, aprietan las clavijas, y los empleados no tienen a donde recurrir, porque aquellos que venden, aquellos que compran, y aquellos que regulan la compra-venta son los mismos?
Tomemos la suposición en España que el Estado ha de solucionar los problemas económicos de cada uno con un trabajo o una subvención, que ha de cuidar, educar y formar a vuestros hijos, pagar la cultura hasta la televisión y cine, y curar vuestras enfermedades. Para que el Gobierno se convierta en el sugar daddy (hombre chulo que tiene una joven mantenida) de todos, se requiere, primero, altivez y ansia de poder en los que mandan, y, segundo, ingenuidad y servilismo en los mandados. ¿Cuántos negocios en España, cuántos puestos de trabajo, no existirían si el Gobierno no los patrocinara de una forma u otra? ¿Cuántos ya no existen porque el Gobierno dejó de patrocinarlos? ¿Por qué los españoles han cedido tanto al sistema? ¿Por qué el sistema cree ser Dios? ¿Están acostumbrados?
La mentalidad estadounidense es poco realista al pensar que uno puede hacerlo todo sólo por sí, que hay que vivir solamente y siempre por cuenta propia. Por culpa de ella, muchos desafortunados reciben un trato despiadado en mi país. Pero gracias a ella, la mayoría de los ciudadanos, sin poder contar con el respaldo de un sistema, no se dejan caer en malos hábitos. En una edad temprana, vemos lo que hay. Comer la comida de un colegio público en EEUU, es decir, comer a costa del Gobierno, significa alimentarse de comida basura. En España, se da por sentado que la comida de los colegios debe ser más nutritiva que la tartera elaborada en casa. A su favor, los niños desfavorecidos o cuyos padres desconocen las reglas de una buena nutrición se benefician. A su contra, desde pequeños les inculcan a todos que dejarse en manos del sistema es lo mejor.
Antes de que los recortes amenazaran al admirado sistema sanitario español, los sevillanos solían preguntarme: “¿Por qué EEUU, tan avanzado, tiene el sistema sanitario tan atrasado?” Hay estadounidenses completamente convencidos de que una cobertura sanitaria universal gracias al Estado va contra el progreso y la libertad. Vemos una línea delgada entre cuidar a los ciudadanos, y apoderarse de ellos. En el caso de que el Gobierno cometa abusos de poder, ¿cómo puede el pueblo rebelarse contra aquel que paga a los médicos y reparte los medicamentos? Por la misma lógica, muchos yanquis son de la opinión de que, si sólo los militares y la Policía pudieran llevar armas, eso tentaría al monstruo (el poder) con una monstruosidad (el abuso de este poder), sin que nadie tuviera medios para oponerse.
El otro día, tropecé con una conocida. Venía de dejar a su hija en una guardería del polígono industrial donde trabaja. La niña pasa nueve horas al día en la guardería. Le dije: “Por lo menos, puedes visitarla, trabajando al lado”. Me respondió que no. La guardería no permite que los padres, durante descansos, visiten a sus niños, pues lloran cuando los padres se marchan. “Los padres estamos de acuerdo con la norma”, me dijo.
Esa guardería, para controlar a los niños, utiliza la misma lógica que Fidel Castro al hacer prácticamente imposible que sus habitantes viajen al extranjero, sabiendo que una vez que hayan visto lo que hay fuera, querrán rebelarse. ¿Por qué los padres no se sublevan contra la palabra ‘no’? ¿Por qué la guardería no duda en emplearla? ¿Secuelas de una dictadura?
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John Julius Reel | 25 de noviembre de 2012 a las 10:41
Para el sevillano medio, Dios se manifiesta a través del rigor, los rituales y la tradición, es decir, a través del catolicismo. Es más probable que un sevillano vea a Dios en Jesús del Gran Poder que en su prójimo. Para el yanqui medio, el rigor, los rituales y las tradiciones son obstáculos para conocer a Dios. Es probable que un yanqui, incluso de origen católico, crea en el orgasmo eterno antes que en la Inmaculada Concepción.
Puede que un sevillano deje de ir a misa, de rezar, de dar importancia espiritual a los sacramentos, e incluso a Dios. Puede que eso sea el caso de la gran mayoría de los sevillanos. Pero los sevillanos no practicantes siguen reservando un respeto sagrado para las imágenes, la liturgia, y la fanfarria de la Iglesia Católica. Para los sevillanos, este montaje es como un plato precocinado caído del cielo. Lo meten en el horno de su devoción y está divino. Y lo es, mientras esté caliente. Ojalá el culto reconociera que hay otras formas de alimentación que merecen algo más que tan solo el interés antropológico.
Un yanqui cree que la religión es para que él o ella la invente. Los hugonotes, los bautistas, los calvinistas y los cuáqueros huyeron de Europa, se asentaron en nuestra tierra y medraron. Los testigos de Jehová, los mormones, los cienciologistas se fundaron en EEUU. Los evangelistas van creciendo y multiplicando cada vez más. Ni hablemos de las religiones exóticas que hemos traído a nuestra patria para hacerlas nuestras: hinduismo y budismo convertidos en yoga y en el sexo tántrico, el psicoanálisis (religión sin Dios) renacido como psicología popular. En fin, en EEUU, a la hora de elegir una religión, hay mucha tradición de descartar o ajustar tradiciones.
El motivo es la ingenuidad, en parte. Creemos que podemos llegar a Dios sin sacrificios. Por otra parte, vemos la libertad como aún más sagrada que la religión. La religión es, a fin de cuentas, restrictiva. Creer que hay un solo y estrecho camino a Dios sería poco democrático. A alguien que me dice que no es consecuente un país donde la Constitución establece la separación entre Iglesia y Estado, y después todos los billetes de banco dicen In God We Trust (en Dios nos confiamos), y en la Declaración de Independencia se hace mención de “nuestro Creador”, le digo que Dios, en EEUU, en España o en cualquier parte, no presupone una iglesia. Ni un templo, ni una mezquita. Ni siquiera presupone una religión.
Mis padres eran católicos, y me dieron, con mucha ilusión, una educación en esta fe en la que tanto creyeron. De todas formas, debíamos la felicidad de nuestra vida familiar más a las visiones y la lucidez espiritual de Bill Wilson, un evangelista, un lobo solitario, un depresivo, un borracho reformado, que tuvo una gran debilidad por las mujeres durante toda la vida, que creyó en los fantasmas, literales y figurados, y en las sesiones de espiritismo. Fundó Alcohólicos Anónimos (A.A.), una sociedad de mutua ayuda, por llamarlo de una manera, que salvó a mi padre, y a otros cientos de miles, y que sigue salvando cada día más personas, de unas vidas desperdiciadas en adicciones.
Este místico yanqui, además de saber que Dios no presuponía una religión, sabía que, sin sumo cuidado, Dios se podía perder en una religión. Por eso, fundó una religión que se niega llamarse religión. En su obra maestra, Los doce pasos, definió a Dios en cuatro palabras: “como nosotros lo concebimos”. Sólo puso limites en lo que podemos pedir a Dios: “solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla”. Un día pregunté a mi padre: “¿Cómo concilias que Bill Wilson contradiga al propio Jesucristo, quien instó que pudiéramos pedir lo que quisiéramos?” Dijo: “Bill Wilson sabía que los alcohólicos no somos capaces de pedir lo mejor para nosotros”. Mi padre, aunque no bebió alcohol durante los últimos 35 años de su vida, nunca dejó de considerarse un alcohólico.
Si no habéis oído hablar antes de A.A., o si, para vosotros, es sólo un nombre, quizás es por la otra obra maestra de Bill Wilson, Las doce tradiciones: “. . . A.A. nunca debe respaldar, financiar o prestar su nombre a ninguna entidad allegada o empresa ajena, para evitar que el dinero, propiedad y prestigio nos desvíen de nuestro objetivo primordial. . . A.A. nunca debe mezclarse en polémicas públicas. . . Necesitamos mantener siempre nuestro anonimato personal ante la prensa, la radio y el cine. . . El anonimato es la base espiritual de todas nuestras Tradiciones, recordándonos siempre anteponer los principios a las personalidades”.
Mi padre murió de cáncer. Sabía que su hora se precipitaba hacia él. En su recta final, no dejó de pensar en el espíritu. Decía a sus mejores amigos: “He intentado, durante toda la vida, vivir el presente, y por fin lo estoy consiguiendo”. Era, a pesar de su cada vez más sofocante enfermedad, feliz, propenso a exclamaciones como “¡Te quiero!” Antes, incluso a sus hijos, decía sólo, “God bless you” (que Dios te bendiga). Estaba tan efusivo, aun alborozado, que incomodaba a mi madre, su fiel cuidadora. Las últimas palabras de la última entrada de su diario, escritas con mano temblorosa la noche antes de que se quedara inconsciente para siempre, resumían toda una vida dedicada a superarse: “En estas salas hablamos de amor, pero aquí lo llamamos sobriedad”.
Prueba real de que un yanqui, y además un católico acérrimo, puede morir viendo con claridad quién y qué es Dios, como él, y no una iglesia, lo concibe.
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John Julius Reel | 30 de septiembre de 2012 a las 8:19
Mientras yo hablaba con el frutero, mi hijo de dos años subió una escalera sin cuidado y se cayó. Una mujer llegó antes que yo para mimarlo. Cuando llegué, sin demasiada prisa lo reconozco, la mujer me fulminó con la mirada y se plantó entre mi hijo y yo como para proteger al pobrecito de alguien tan cruelmente incompetente y pasota como su padre. Cuando por fin me devolvió a mi hijo, sin decir ni una sola palabra, con la cara entre estoica y desdeñosa, yo tampoco dije nada, para no enterrarla en un aluvión de insultos que habrían dado la razón a su desprecio. Cada vez que recuerdo el incidente, recurro a la fantasía para repasar de nuevo todo lo que debería haberle dicho y no dije.
Soy consciente de que todo lo desaprobatorio que vi en esa mujer podría haber sido un producto de mi imaginación. Estoy tan a la defensiva con respeto a ser buen padre, porque, en mi fuero interno, creo que no soy lo suficientemente bueno. Como casi todos los padres modernos, me siento como el único culpable por todos los contratiempos y mala conducta de mis hijos, e igualmente el único encomiable por todos sus triunfos y buenas formas. En otros tiempos, alguien pudo ir al rescate de un niño, o echarle una bronca (merecida o no) o elogiarlo (merecidamente o no), sin que los padres se sintiesen, en el primer caso, deficientes, en el segundo, indignados, y en el tercero, soberbios. Es una de las grandes contradicciones de nuestros tiempos que, aunque dejamos más que nunca el cuidado de nuestros hijos a los demás, no aceptamos que los demás se impongan. Entregamos nuestros hijos, sin soltar la responsabilidad de criarlos.
Entonces, veamos a Sevilla como vuestra querida hija, y al guiri como el intruso al acecho. Muchas veces lo que escribo sobre la niña de vuestros ojos no son críticas, sino comentarios, inclinados ni a favor ni en contra, a veces incluso alabanzas, pero muchos sevillanos las toman como algo personal, menospreciativo y por lo tanto provocador. A este culto de adoración, vivito y coleando, no se puede decir Sevilla sin añadir “santísima”. Es como si se enfadan porque no le rindo culto.
Los estadounidenses susceptibles acerca de su patria (exceptuando a los catetos, que, como los progres, tienen la misma mentalidad en todas partes), en vez de ofenderse por las críticas, se toman la molestia de refutarlas, con acciones no palabras. Si nos tachas de racistas, o puritanos, o ingenuos, o prepotentes, el yanqui susceptible se ocupará de hacerse amigo tuyo expresamente para presentarte a sus compadres negros y gays, para llevarte de juerga libertina, para compartir contigo su hastío, y para ponerse servilmente a tus órdenes. Después de convencerte con un carácter rotundo, curtido y abierto, pasará de ti, buscando otro reto que reafirme su codiciada perfección.
Aquellos que pertenecen al Culto de Sevilla Santísima (a partir de ahora, el CSS) no se toman la más mínima molestia de convencer a aquellos que no forman parte de su integrado y cerrado círculo. Si te atreves a criticar, no puedes ir mas allá de que Sevilla es ruidosa, incívica y sucia, etiquetas que la rama más liberal del CSS suporta, supongo porque demuestran que los sevillanos no se alteran por naderías. A los ofensores más radicales, que ponen en duda la pureza y la profundidad de sus tradiciones, o la presunción de los ciudadanos de saber vivir la vida, o que insinúan una gota de certeza en ciertos tópicos, como el de confundir calidad de vida con falta de ambición, o Dios con lo recargado, el CSS manda a estos amotinados al infierno con una retahíla de insultos, encontrando consolación y fuerza, supongo, tanto en La Amada como en el odio de los disidentes y herejes.
Quizás el CSS se altera tanto ante cualquier desaire, aun imaginado, porque sufre, como yo, exaltación de sí mismo. Los miembros, en vez de aportar algo vital a su ciudad, forman una piña para dormirse en los laureles, algunos de estos también imaginados. Que nos guste o no, mucho de lo bueno y lo malo tanto de nuestra ciudad como de nuestros hijos, tiene nada o poco que ver con nosotros. Diría incluso que son como son, y serán como serán, a pesar de nosotros.
El gran milagro de ser padre es que mis hijos superan con creces casi todos mis deslices, errores, negligencia e incluso a veces mala leche. El gran milagro de Sevilla, tanto de la ciudad como de sus ciudadanos, es que hasta ahora, no ha habido nada o nadie, desde dentro o desde fuera, capaz de anular su esencia. Motivo digno, en ambos casos, de una humilde alegría. No nos engañemos, hincharnos por lo elogiable de nuestra ciudad o de nuestros hijos, u ofendernos por lo criticable, es creernos Dios.
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John Julius Reel | 16 de septiembre de 2012 a las 8:07
Paseamos en bicicleta, mi mujer y yo, por las serpenteantes carreteras campestres de Nueva Hampshire, EEUU. Robles, arces y abetos salpican de luces y sombras el camino. Casas apartadas de la carretera se extienden sobre claros de bosque virgen. Al alcanzar la cima de una larga cuesta, nos paramos un momento para tomar aliento. Por encima de nosotros, una brisa vigorizante bate las barras y estrellas, un telón dos veces más grande que una sabana king-sized (tamaño de rey).
Mi mujer mira arriba, y después hacia abajo por el camino de la entrada anunciada por la bandera.
-¿Por qué la Junta pondría una consejería aquí en el quinto pino?- me dice.
-Es una casa privada.
-No me diga. ¿Del gobernador?
-No sé. De cualquiera.
-¿Y cómo se despierta esta gente? ¿Con una salva de diez cañonazos?
Guasa sevillana aparte, es bastante común en mi país, tanto entre los demócratas como entre los republicanos, ondear las barras y estrellas sobre el umbral de sus humildes (o no) moradas.
Antes del fenómeno de La Roja, era insólito, pero no inaudito, ver una casa andaluza haciendo patria con la roja y gualda. Un día, dando un paseo con Rafa, un taxista, por un pueblo dormitorio de Sevilla tropezamos con un chalet enorme, recién construido, apartado de la carretera por un muro grueso y una cancela tapiada. De un asta muy alta, la bandera española languidecía en el aire abochornado.
-¿Una casa privada?- dije a Rafa, sorprendido.
-Sí- dijo-. Quizás dando gracias al Ayuntamiento por hacer la vista gorda a sus robos.
Mientras la bandera americana inspira confianza y orgullo en el yanqui medio, sean las que sean sus creencias políticas, la bandera española provoca incomodidad en la gran mayoría de los suyos. Crea polémica incluso cuando se utiliza para animar la selección.
Al contrario de las barras y estrellas, la roja y gualda soliviantan los ánimos mucho más dentro del país que fuera, en parte porque estos mismos colores representaron la dictadura, yo sé, pero quizás también porque las cosas no han cambiado lo suficiente. Mientras los estadounidenses consideramos que nuestro país está bien representado en el icono Uncle Sam (frente arrugada con intensidad paternal, brazo extendido, llamándonos con el dedo), los españoles consideran su país un poco como el hijo prodigo, pero que no se enmienda, que cae una y otra vez en el mismo error: gobernar para el beneficio de unos pocos, ya sea con una dictadura o con la corrupción.
Os cuento lo que la bandera americana significa para mí: las barras son trece, el número de la mala suerte, para nuestros enemigos, claro. Las estrellas son 50, precisamente la cantidad de dólares que me gusta llevar en mi cartera. Con menos o más me siento vulnerable. El azul representa sangre fría, el rojo pasión, y el blanco puridad (no pureza). Aunque este impulso de mi país a ponerse el mundo por montera perjudique tanto a sí mismo como a los demás, lo admiro. En seguir adelante, a toda costa, mi país ha sido mi mejor maestro.
Creo que la gran mayoría de los españoles que sienten recelos del patriotismo lo confunde con el nacionalismo. Mucha gente en busca de una causa, cualquier causa, se arropan en el nacionalismo para legitimar su miedo, rencor o cólera. Todos sabemos que históricamente, este supuesto orgullo por la nación, aunque consigue unir a gentes diferentes, en demasiadas ocasiones ha desembocado en crímenes a escala masiva, y todo justificado como por el bien de la sociedad.
Tal como el erotismo se puede degradar en la pornografía, la frugalidad en la racanería, y la generosidad en el favoritismo, el patriotismo también puede dar su cara más mezquina, y por lo tanto peligrosa. En Nueva York, días después de 11-S, vi a niñatos ondear la bandera americana en semáforos, amenazando a aquellos que no pitaban su apoyo. De todas formas, en España, Francia e Inglaterra, los tres países europeos en los que he vivido, existe un desdén tácito e injusto por el patriotismo yanqui. Es por desconocimiento, en parte, pero tal vez también por no saber perder, es decir, por pertenecer a un país que durante una época, o muchas, había controlado una buena parte del mundo, mientras contendía para controlarlo todo, cuando de repente, arrasó un advenedizo “descubierto” por ellos. ¿Puede que las uvas verdes de algunos españoles, franceses e ingleses sigan fraguándose a fuego lento?
Cuando nació mi patria, nació también una perspectiva compartida por todos los niveles de la sociedad, con el gubernativo encabezando el desfile, que brinda a cada ciudadano un timón y muchos caballos de vapor. En EEUU, una vez dentro (legal), y a condición de no estrellarse o ser atropellado, el coeficiente de la suerte, buena o mala, en la ecuación del éxito o del fiasco es insignificante en comparación con de lo que es en España, y en muchos otros países. La vida te devuelve lo que inviertes en ella y más, materialmente y anímicamente. Si no fuéramos patrióticos, seríamos ingratos.
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John Julius Reel | 19 de agosto de 2012 a las 5:12
Iba a asistir a un partido de fútbol profesional, mi primero, y no podía encontrar mis gafas.
-Me va a doler la cabeza- me quejé a mi mujer-. Si la gente de esta ciudad no me exigiera tantas explicaciones, llamaría a Javier ahora mismo, para decirle que surgió un imprevisto y no puedo ir.
-¡Qué exagerado eres! ¿Por qué no llevas estas?
Eran sus gafas viejas. Al probarlas, se cayó uno de los cristales. Lo devolví a su sitio. Podía ver. Sólo su color me hizo dudar: rojo vivo.
-Menos mal que no es un partido del Betis- le dije.
Javier me esperaba en la puerta de su casa. Su camisa hacía juego con mis gafas, presagiando una buena noche.
-He preparado un par de bocadillos para el descanso- me dijo.
-¿Sí? Acabo de cenar.
-¿Acabas de cenar? ¿A esta hora?
Son los españoles, no los estadounidenses, los que cenan a una hora rara, pero intenté no ofender su hospitalidad.
-Tendré ganas de comer el bocadillo- le dije-.
¿Cómo era que mi mujer, sevillista desde nacimiento, no me habría avisado? A estas alturas ya podía saber lo delicado que soy. Como si el alboroto y emoción del partido no bastara para alterar mi aparato digestivo. ¡Encima iba a tener que cenar dos veces! Si ella sufría las consecuencias de mis tripas revueltas en la cama aquella noche, no iba a sentirme culpable.
En Nueva York, como en Sevilla, muchos hinchas de los pueblos dormitorios llegan a los partidos, aparcan en la calle y disfrutan de un buen paseo al estadio. En una ocasión, mi padre, habiendo buscado nuestro coche durante media hora después de un partido de béisbol, preguntó a un policía que dirigía el tráfico, “Agente, ¿ha visto usted un Toyota azul?” El agente respondió: “Más que un mecánico japonés, listillo”. Afortunadamente, todo es más factible en Sevilla.
Hasta llegar a los tornos de entrada. El carnet de socio del amigo de Javier, que estaba en la playa, no me dejaba pasar. Fue imposible solucionar el problema sin el carnet de identidad de su amigo. Javier me dio los bocadillos y el carnet suyo, e insistió para que viera el partido solo.
La vida fue más predecible antes de la llegada de las entradas electrónicas. Por otro lado, no iba a llorar demasiado este giro inesperado. Sin tener que preocuparme en ser buena compañía, podía asimilar mejor la experiencia.
El campo de Sevilla F.C. no es feo, pero tampoco es comparable con el ruedo de la Maestranza. Por dentro, las instalaciones, mostrando el gris de hormigón desnudo, necesitan una manita de pintura. Los accionistas deberían contratar los servicios de algunas de estas mujeres, artistas plásticas frustradas todas, que visten las vírgenes de Sevilla. Acicalarían al Ramón Sánchez-Pizjuán antes de que podamos decir María Santísima de la Esperanza Macarena.
No tenía mucha idea de quién era el adversario. Eché en falta un programa. Yo no era el único ignorante. Los sevillistas, no sabiendo con quien meterse, arremetieron contra un delantero, cuyo único delito, según los comentarios, era su calvicie. Si la suya fue un crimen, la cúpula reluciente de Del Nido merece la cadena perpetua.
Para ser justo, el ambiente se convirtió en algo extraordinario gracias a la afición. Una prueba más de que el verdadero encanto de Sevilla radica más en sus habitantes que en sus monumentos. Nunca antes he visto tanta gente cantar juntas sin desafinar ni perder el compás. Lo más parecido fue en 1979, durante una misa celebrada por el Papa Juan Pablo II en Yankee Stadium en Nueva York. “Peace be with you” (la paz esté con vosotros), dije, y 55.000 creyentes respondieron al unísono perfecto: “And also with you” (y con tu espíritu). Con todo los sevillistas de pie cantando, haciendo el estadio vibrar, llegué incluso a rezar, por mi hermano, el pobre, que estaba a punto de casarse. A fin de cuentas, la casa de Dios es donde hay espíritu, afición y buena fe. Una razón más para que mi hermano y su novia sean felices y coman perdices.
Sevilla jugó mejor que su rival, el Hannover 96, pero no aprovechó sus oportunidades. El equipo alemán, por su parte, aprovechó un despiste del Sevilla. A la afición sevillista, no se le cayó el mundo encima por la pérdida. Todos salimos del estadio con paso vivaz, sin atascos, casi a grandes zancadas.
Los estadounidenses pecamos de mentir para agradar. Para que sepáis hasta tal punto este defecto ha llegado a mí, tiré uno de los bocadillos en un contenedor de basura, al acordarme de que tenía que pasar por la puerta de Javier para devolver su carnet.
Javier ni se dio cuenta del bocadillo que me quedaba. Con la cabeza agachada, penitente, lo traje a casa, y lo puse en el frigorífico.
-¿Cómo ha estado el partido?- me preguntó mi mujer, desde la cama-. ¿Se ha caído el cristal?
En condiciones normales, habríamos estado todos dormidos a esta hora.
-La experiencia habría sido igual de única e inolvidable aun sin gafas- le dije.
Al día siguiente, aunque se me antojaba almorzar otra cosa, comí el bocadillo. Si me hubiera provocado indigestión, habría recibido mi merecido. Pero me sentó como una bendición.
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John Julius Reel | 5 de agosto de 2012 a las 7:06
Estoy cansado de oír continuamente a los hispalenses insinuar que la comida de mi tierra no llega ni a la corteza del pan de la suya. Ya es hora de que el guiri se defienda.
La última ocasión en la que tuve que llevar a uno de mis hijos para su revisión de Niño Sano, la pregunta principal del médico sobre la alimentación fue, “¿Ya está comiendo legumbres?” como si de eso dependiesen su crecimiento y desarrollo saludable. Para no pasarme de listo, me contuve en decir, “Ni siquiera sabría cómo traducir ‘legumbres’ a inglés”. Me marché pensando que incluso los médicos creen que sólo hay una forma sana, a base de guisos andaluces, de nutrir a un niño.
O a un adulto. Los guisos andaluces, bien macerados con tocino salado, me encantan, pero son todo un trauma para mi aparato digestivo. Son sanos por no tener productos artificiales, no por su bajo contenido en grasa y sal. Reconozco que hay alternativas en la cocina andaluza que agradarían tanto a mi paladar y a mis arterias como a mis tripas. No soy yo el cerrado. Son los sevillanos los que se limitan a la hora de comer.
Y beber. Admito que en EEUU no hay cerveza barata y al mismo tiempo buena. Las más económicas tienen un regusto desagradable. Son útiles sólo para emborracharse. Al llegar a Sevilla, sólo entonces comprobé que una cerveza corriente puede apagar rotundamente la sed sin dejar mal sabor de boca. El primer sorbo de una Cruzcampo bien fría chasquea el en fondo de la garganta como el champán seco. Todo esto es indiscutible, aunque el asunto no termina aquí.
Las microcervecerías de EEUU fabrican unas cervezas artesanas excepcionales. Tienen tanta variedad de sabor como la chacina o el vino. Muchas de las mejores se deberían paladear como comida. No las sirven heladas para no entumecer las papilas gustativas. Tomar la cerveza así, no sólo es otro sabor, sino otro placer.
A veces placeres distintos nos llevan a las mismas consecuencias. Mientras estudiaba mi carrera, trabajaba como socorrista. Cada mediodía, iba a una tienda de ultramarinos italianos y compraba un sándwich llamado hero, lo suficientemente grande como para alimentar una familia de cuatro. Lo acompañaba con una limonada, y después una pinta (medio litro) de helado Häagen-Dazs, una marca originariamente de Brooklyn. Menos mal que nunca tuve que salvar a nadie por la tarde. Al lanzarme al agua, me habría hundido como una nevera. Me imagino a un socorrista sevillano, después de almorzar, hundiéndose como un saco de garbanzos.
Estos días, cuando estoy en mi tierra, prefiero almorzar una ensalada. Apenas cabe en el cuenco. No se sirven ensaladas así en Sevilla. Los hispalenses piensan que tanta verdura cruda en una sola comida es para conejos. La cultura ha lavado el cerebro a mi mujer hasta tal punto que, después de comer una ensalada grande, su organismo siempre responde con ardores. Si no ando con cuidado, haciendo oídos sordos a su proselitismo, acabaré un converso ciego al cuchareo, así incapacitando mi cuerpo hasta las nueve de la tarde cada día, cuando tendré que comer de nuevo. ¡Ojú!
Sólo al cenar los sevillanos sacan provecho de su cosecha envidiable. Vuestros revueltos llevan todo tipo de verdura. ¡Cómo admiro el buen uso que dais a los huevos! Un día, tomando un plato de pisto en un bar cutre de la Alameda, me encontré con un huevo cuajado debajo de la verdura. Lo rompí sin querer, y la yema se mezcló con el guiso. Mi instinto me decía que no lo comiera. Menos mal que lo ignoré. Jamás un sabor me había dejado tan gratamente sorprendido. Es por momentos así que merece la pena vivir otras culturas. Los sevillanos no saben lo que pierden al rechazar todo lo que está fuera de lo acostumbrado.
Con los postres es con los que más os engañáis. Si pones ante mí un surtido de cualquier confitería de Sevilla, me abstengo sin esforzarme. Casi siempre se sobrepasan con crema empalagosa, y la masa, en vez de fundirse en la boca, se pega a mis dientes como papel mojado. En cuanto a los dulces, donde estén los muffins, que se quite lo demás. Mi diccionario define muffin como ‘magdalena’. Diría que una magdalena es un muffin con anemia. Un muffin auténtico posee una mezcla variada de frutas del bosque, nueces, pasas, especias, calabaza, zanahoria o calabacín. Acompañado de un vaso grande de leche, podría sustituir una comida entera.
Culpo los dulces decepcionantes de Sevilla al calor, y a lo buena que es la fruta y la miel de la región. ¿Por qué quemarse vivo horneando postres, cuando la naturaleza los hace a lo grande con sólo el sol y la tierra? En Sevilla, se relega la fabricación de los dulces a confiterías y panaderías industriales, por lo que el resultado no es de extrañar. Tal como el pan de Sevilla, precocido y recalentado en las panaderías de la calle, los pasteles son una pálida imitación de lo que ponen, por ejemplo, en gris y lluviosa París.
Es posible que todo esto te haya resultado difícil de – ¡ehém! – tragar. Si has llegado hasta aquí, te felicito. Alguien típicamente sevillano, me habría dejado en el segundo párrafo, descartando todo lo que digo como las alucinaciones de un desnutrido.
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