John Julius Reel | 21 de abril de 2013 a las 10:51
Estamos en Écija, donde hemos ido a ver una corrida de toros que nunca tuvo lugar, pues el torero, una joven promesa ecijana que iba a actuar como único espada, y el apoderado discutieron por motivos de dinero, y la corrida fue cancelada. Esto nos dijeron en la peña del torero, donde acudimos después de ver la plaza cerrada y sin ambiente 30 minutos antes del supuesto comienzo. Nos devolvieron el dinero de las entradas, pidiendo disculpas, pero yo había contado con la corrida para inspirar un artículo. Y ahora nada. Quizás por eso estoy de humor para lidiar con el único toro en la vecindad: mi mujer.
Desde la terraza de una cafetería en la Avenida de Andalucía, donde estamos tomando café y torrijas, veo pasar una especie de pareja con niños pequeños no desconocida en EEUU, pero más común en estas partes, y yo, el guiri con sueños de que le abran la puerta grande, no puedo resistir provocar a mi rival con un par de capotazos:
-Mira el gallito metrosexual, todo ufano, y la mujer rechoncha cinco pasos por detrás, cargada de niños.
El toro, recreándose al máximo en su torrija, parece manso:
-Quizás tiene un trabajo relacionado con los deportes- me dice-. O tiene una tienda de ropa de marca Spagnolo. O es un bombero o algo parecido.
-¡Eso quisiera él! Es un don Juan de pacotilla que descarga su frustración, y al mismo tiempo siembra sus falsas ilusiones, con horas y horas en el gimnasio.
-¿Tú qué sabes? Quizás demasiado.
-¡Oye! No soy yo la que va tres días a la semana a nadar.
El toro, sacado de su querencia, empieza a embestir:
-Hago natación, cariño mío, para no convertirme en una rechoncha cargada de niños que va detrás del pavo. Un día te pregunté, mirando en el espejo: “¿Ves mi culo más grande que antes?” ¿Recuerdas cómo me contestaste?
-No.
-Permaneciste callado.
-¡Claro! Aquel señoritingo con sus gafas de sol y sus patillas, pese a ser exageradamente musculoso, no tiene las agallas para decir a su mujer que sus antaño sensuales redondeces se han convertido en una rotunda redondez. Deberías dar gracias por lo que tienes.
Mi andaluza otra vez busca la querencia:
-Seguramente la muchacha no tiene tiempo para nada.
-Le da tiempo para comer.
-¡Cuidado!- El pitón me roza-. ¡Que la mujer coma lo que quiera!- Se zarpa su torrija con chupa-los-dedos gusto-. No dormimos, no hacemos el amor, no salimos ni entramos y ¿encima no comemos? Que nos peguen un tiro para acabar con la agonía.
-¡Qué fina eres!
-Fina no soy. Soy andaluza. Soy como la vida.
-Tranquila. Me gustan tus michelines. Me siento más acompañado en la cama.
-¡Y una porra!
-Ésa también se siente más acompañada.
¡To-re-ro! ¡To-re-ro! El paso doble empieza a sonar.
Ahora, a rematar con lentitud, temple, y, sobre todo, gracia:
-El apetito sexual de la mujer- explico-, se impulsa por una gama de factores más amplia que la que impulsa el apetito del hombre. . .
-¡Ya te gustaría a ti!
-Y distinta. . .
-Hijo mío, si pensar esto te consuela. . .
-Una mujer puede cumplir con su deber conyugal, pues, un día por animar a su pareja, otro por agradecerle, y otro por piedad, y, milagro de milagros, cumplirlo cada vez con gusto.
-Con los ojos cerrados, fantaseando.
-Lo que quiero decir, darling, es que si aquel chulo y los demás de su estirpe quieren hallar satisfacción en su vida sexual, tienen que buscarla dentro no fuera de su matrimonio, que está hecho de tolerancia, aceptación y perdón.
-¿Por qué no te dedicas a ser telepredicador?
-¿No me has hablado de este tipo de sevillano que alterna por la noche en bares de copa y discotecas, intentando ligar con cualquiera, y al día siguiente aparece dando un paseo de la mano de su novia de la infancia? Sevilla no es como Nueva York, donde hay mil sitios para esconder una cita amorosa, sino una servilletita que no esconde ni el flirteo. Menos mal. Corta este mal camino antes de que los débiles podamos perdernos en ello. Sólo los caraduras quedarán fuera del alcance de la ciudad salvadora. Al resto nos señala en donde radica nuestra felicidad – en nuestras preciosas, deliciosas, jugosas esposas.
Después de tal faena tan brillantemente ejercida, el toro no tendrá más remedio que rendirse, embelesado, ante el maestro. El buen toreo no es otro que una hábil seducción.
-¿Sabes en donde radica mi felicidad?- Cabeza bajada, mira amenazadoramente, amorosamente, a su domador-. En un precioso, delicioso, jugoso pestiño.
Se levanta para pedir uno, dejando al lidiador clavado por su propia espada. ¡Olé!
***
Si el lector tiene interés en saber por qué mi mujer no quería que éste artículo se publicara, haga clic aquí.
John Julius Reel | 7 de abril de 2013 a las 12:37
El ex padrino del crimen organizado en EEUU, y el primer estadounidense (de nacimiento) canonizado santo por la Iglesia católica tienen algo en común con Sevilla. ¿Qué? Este menda, vuestro guiri servidor.
Para mí, los extremos de una cultura son los que mejor la explican, y las personas son las que mejor representan estos extremos. Quizás porque algo de Paul Castellano, alias Pablito Grande, y Elizabeth Ann Seton, Madre Anna, me han tocado literalmente, son estos los personajes reales que, de la cultura en la que me crié, mejor me definen la cara y la cruz de la naturaleza de mis paisanos.
Consideremos primero la cruz. La mansión de Pablito Grande se situaba en Todt Hill, el barrio más adinerado y elegante de Staten Island, Nueva York, mi municipio natal. Su residencia, construida, según sus instrucciones, al estilo de la Casa Blanca, nos proporcionaba a los estatenisleños tanto orgullo y quizás seguridad como su referente. Se acabó la fiesta el 16 de diciembre, 1985, cuando el capo de tutti capo fue matado a tiros en su coche, junto con su chofer, delante de su guarida predilecta, Sparks Steak House, en Manhattan. Por aquel entonces yo tenía 17 años.
Siete años después, en la universidad pública de Staten Island, en una clase de redacción, tuve como alumna una nieta de Pablito Grande. Tenía un aspecto gótico. Le encantaba el heavy metal. Un día, quizás intentando mostrar su lado más tierno, me entregó, como ensayo personal, un texto sobre su cachorrito. Yo era un profesor joven, todavía aprendiendo a tener tacto, y critiqué su texto, en atención a todos, como “empalagosamente sentimental”. Tuvo su efecto. No volvió más ni a mi clase ni a la universidad. Resultó que no nos necesitaba. Triunfaría como Jasmin St. Clair, “the people’s porn star” (la estrella porno del pueblo), por haber hecho, entre sus más de cien películas, una en la que batió el récord de hombres tomados en un solo día.
Sigue siendo una estrella después de más de 15 años de nadar con tiburones. Me pregunto si su abuelo, al que lo cepillaron, al menos en parte, por oponerse a que la mafia se metiera en “iniciativas inmorales”, como los narcóticos y la pornografía, sentiría orgullo o asco por la sangre fría de su nieta que llegó a la cima de su profesión aprovechándose, no dejándose aprovechar.
Pasemos a la cara. Elizabeth Ann Seton ya tenía cinco hijos y era viuda cuando, un día, pasando por la iglesia de San Pedro, la única iglesia católica abierta en Manhattan en aquellos tiempos, sintió una profunda soledad que no sanó hasta que la Iglesia católica le recibió oficialmente en 1805 y ella, previamente anglicana, podía consumir, en sus palabras, “el verdadero cuerpo de Cristo”. Murió 12 años más tarde, con sólo 46 años; aun así, abrió el camino a la educación católica en EEUU, y fundó Las Hermanas de la Caridad, una orden dedicada a cuidar a los pobres y enfermos.
En Sevilla en 2010, se beatificó Madre María de la Purísima de la Cruz, que también entregó su vida al servicio de los pobres y enfermos y a la educación cristiana. Al descubrir que ella, cuando fue directora del colegio de las Hermanas de la Cruz en Villanueva del Rio y Minas, tuvo a mi mujer como alumna, nació en mí la esperanza de que, un buen día, mi mujer y yo compondríamos el único matrimonio del mundo al que le habrán tocado literalmente el primer santo estadounidense y el último santo español.
Os explico cómo una santa del siglo 19 me podría haber tocado literalmente: Madre Anna fue canonizada el 14 de septiembre 1975, el mismo día que cumplí ocho años. También en ese año, mi padre se enfadó con la Iglesia católica, sacó la familia de la parroquia del barrio, y durante los siguientes cuatro años, nos llevaba cada domingo a la iglesia de San Andrés, anglicana, fundada en 1708. Jugando en el camposanto, ensuciaba mis zapatos y pantalones con el barro de la orilla de un riachuelo que socavaba las tumbas más antiguas del cementerio. Solía cruzar el agua pisando las ruinas de las lápidas. Resulta que aquel camposanto daba sepultura a los abuelos, al padre, y a dos de los hermanos de Madre Anna. Mucho antes de enterarme de quién era, y de que me podría haber rozado con un ADN milagroso, su antigua casa en el punto extremo de Manhattan, empequeñecida por los rascacielos a su alrededor, me embrujaba cada vez que desembarcaba del Staten Island Ferry. Un día, obedecí la llamada y entré. Alojaba la iglesia del Santo Rosario. Celebraban en este momento una misa. El cura dio una homilía sobre Jesucristo como pescador de hombres que me impresionó hasta tal punto que, después de misa, le pedí que fuera mi consejero espiritual. Con él, encontré la paz interior para empezar el camino hacia la única felicidad duradera que he conocido: la vida familiar.
“Hazard yet forward” (A pesar del peligro, adelante): el lema de Madre Anna. Esta nieta, hija y madre de un pastor anglicano se convirtió a la fe católica, cuando, en EEUU, ésta confesión tenía más fama de fomentar el fanatismo y el terror que el Islam tiene hoy en día. Perdió sus ingresos, pues los padres de sus alumnas se escandalizaron. A pesar de todo, tiró adelante y, como recompensa, ella y el país se hicieron mejores.
El F.B.I. grabó a Pablito Grande diciendo a uno de sus sicarios: “Sólo vives una vez. No puedes hacerlo todo. Esta vida nuestra es maravillosa. Si puedes salir impune, genial. Pero es muy, pero muy imprevisible Yo, ojalá tuviera más educación. Lo digo ahora. En el momento, lo que quería era las calles, entonces las tomé. Siempre lo he pensado, si quieres hacer algo, hazlo ahora. No mariconees”.
No mariconees: Don’t fuck around. Por seguir adelante, a pesar del peligro, Pablito Grande y su nieta llegaron a ser leyendas vivas, al infierno con las consecuencias.
Hazard yet forward/ Don’t fuck around: la cara y la cruz de la naturaleza norteamericana.
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber por qué el guiri no se cree superior al sensacionalismo moderado, haga clic aquí.
John Julius Reel | 17 de febrero de 2013 a las 0:23
Al doblar la esquina de atrás de la iglesia de la Anunciación y ver Plagum Fungus cernirse sobre nosotros, a mi amigo londinense se le corta la respiración.
-¿Qué es?- dice.
Le respondo con toda seriedad:
-Una embarcación espacial alienígena abandonada después de abortar como desesperada la misión de conquistar a los indígenas con nuevas formas.
-¡Uau! Me gusta- dice.
¿Qué iba a decir si no? Ha venido a Sevilla desde la ciudad más moderna de Europa. Nos sentamos para tomar algo en la amorfa y perforada sombra de la plaza, y otra vez mira hacia arriba con interés, sonriendo como si reconociera a un viejo amigo.
-Es cierto. Parece una bestia extraterrestre- dice y empieza a relatar a mi esposa y a mí un unearthly tale:
Un conocido suyo va de vacaciones con su novia a Miami, aun a sabiendas de que ella le ha sido infiel reiteradas veces; él tampoco ha sido un santo. Quieren hacer las paces una vez por todas. La primera noche, ella va a los aseos de un restaurante y no vuelve. Él, muy preocupado, llama a la Policía. No concilia el sueño en toda la noche. A la mañana siguiente ella aparece en la habitación del hotel culpándole de haber dicho algo que él ni siquiera recuerda. Ella lo echa de la habitación, y él permanece al otro lado de la puerta, pidiendo perdón. Por fin lo deja entrar. Se desploman el uno en los brazos del otro, y empiezan a llorar a carcajadas. Hacen planes de ir a Las Vegas al día siguiente para casarse. Esa misma noche van a una discoteca a celebrar lo planificado. Ella se muestra seductora con él, y con otros, en la pista de baile. De vuelta a la habitación ya de madrugada, ella va al baño. Él cotillea en el móvil de ésta y confirma que estuvo con otro la noche anterior, una cita planificada. Entra en el baño y la enfrenta a la prueba. Empiezan a pelearse físicamente, intercambiando bofetadas, hasta que ambos se desploman otra vez en lágrimas y mea culpa. ¡A Las Vegas! Empiezan a hacer el amor. En el punto máximo de excitación, ella aparentemente pierde la consciencia. Él sigue. Ella se despierta, gritando: “¡Violación!”. Se precipita de la habitación, todavía gritando, y la dirección del hotel llama a la Policía. Él acaba detenido, porque ella tiene el ojo morado. Pasado un par de días, la Policía le permite volver a Londres, donde tropieza de nuevo con mi amigo, mostrándose aun ilusionado con la relación, creyendo que, con tiempo y trabajo, las diferencias se solucionarán.
-¿Qué os parece? ¿Os lo podéis creer?- dice mi amigo.
Miro arriba a nuestro telón de fondo, que ha cobrado una repentina relevancia.
-Mi marido ni siquiera sabe encender mi móvil- dice mi mujer, intentando identificarse de alguna manera con lo contado-. Mucho menos cotillear su contenido.
-Una cosa menos que tengo que saber- les digo.
-Una noche me dejó sola en un restaurante en Nueva York- cuenta mi mujer-. No aceptaban tarjetas de crédito y tuvo que ir a un cajero. La pobre camarera sufría por mí. Yo embarazada de siete meses. Había un cajero justo al lado del bar, pero tu amigo tardó más de media hora en encontrar un sucursal de su propio banco.
-Pagar una comisión innecesaria, sobre todo a un banco, va contra mis principios más profundos- explico-. Supongo que podría haber escapado para echar uno rápido con una ex. En Nueva York, todo es posible. En cuanto a aquel conocido tuyo- digo a mi amigo-, ¿no estás tú metido en un lio parecido?
Mi amigo conoció a una profesora de yoga en una isla griega donde ambos pasaban la semana haciendo cursos de espiritualidad alternativa. Se enamoraron. Antes de consumar la relación, ella dijo que sería casi imposible quedarse embarazada, por una anomalía reproductiva. De inmediato, se ocuparon en desafiar las probabilidades, y lo consiguieron en un par de meses. En las nubes estaban hasta el tercer trimestre. Ella lo pasó en la cama, sufriendo dolores. En contra de los consejos de todos los médicos, ella quería un parto cien por cien natural, en casa. Desconfiaba de la medicina convencional. Él vació sus ahorros en contratar a una matrona privada, a un birthing coach (entrenador/animador de partos), a un hipnoterapeuta (la terapia de momento para ella), y en equipar la casa con utensilios al estilo de una bañera para partos en el agua. Todo en vano. Surgieron complicaciones a última hora. Ella tuvo que ir al hospital en ambulancia. Dio a luz en circunstancias normales, traumáticas para ella. Cayó en una depresión posparto tan fuerte que ni siquiera podía – por dolor físico, decía – coger la niña en brazos durante sus primeros cuatro meses de vida. Él lo hizo todo. Un día, agobiado por su carga, insinuó a su pareja que su dolor podría ser psicosomático. Ella acusó a él de ser incomprensivo y egoísta. Él acusó a ella de no cumplir con su deber como madre. Ella recuperó el ánimo, odiándole, según él, sin el más mínimo deseo de intentar salvar la relación. Se separaron. Él, de la noche a la mañana, pasó de vivir cada momento con la hija, a pasar algunas horas aquí y allá, siempre acatando las normas de la madre. En esta situación sigue. La niña ya tiene tres años, pero la madre se niega a trabajar, hasta que la niña vaya al colegio el próximo año. La seguridad social le da una paga por ser madre soltera y subvenciona su alquiler, pero él paga por una criada y un jardinero y por la terapia y las masajes de ella (todos necesarios para ser buena madre). Le deja su coche, sin dejar de pagar su mantenimiento, seguro y gasolina. Ella es rigurosa con la dieta de la niña: sólo comida orgánica, ni azúcar refinado, ni leche pasteurizada (por sus agentes cancerígenos, según ella). Ni permite que el padre ponga mermelada en la tostada de su hija. Él cumple con todas estas exigencias con la sola esperanza de que algún día puedan estar juntos de nuevo como familia. Está más enganchado que nunca. Se obsesiona en conseguir lo imposible.
-Tienes que ir a un abogado- le dice mi mujer-, informarte de tus derechos, y llevarla a juicio para conseguirlos. Te vas a alegrar. Si no ahora, más tarde, cuando por fin comprendas que ella nunca te amó. Si alguna vez perdiste la paciencia, ella debe comprenderlo. En mi opinión, te utilizó para tener un hijo. A partir de conseguirlo, sobrabas. ¡Vaya churro de profesora de yoga!
Mi amigo me mira, pidiendo una segunda opinión.
Me encojo de hombros:
-Dale su tiempo- digo-. ¿Quién sabe? Todo es posible.
Sumido en sus pensamientos, mira arriba una vez más, ahora con inconfundible admiración.
-Como The Gherkin en Londres- dice.
¿El qué?- dice mi mujer.
-The Gherkin- digo-. Un edificio polémico en el centro de Londres. Significa el ‘pepinillo’. Un apelativo popular, como las ‘setas’.
- Qué casualidad- dice mi mujer-. Arquitectura de verduras, propuesta y patrocinada por rastrojos políticos.
-¿A los sevillanos no les gusta?- dice mi amigo.
Me encojo de hombros.
-Dale su tiempo- digo-. ¿Quién sabe? Con tiempo y trabajo, todo es posible.
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber cómo, acatando el principio célebre de la arquitectura moderna, la forma de este artículo sigue a su función, haga clic aquí.
John Julius Reel | 3 de febrero de 2013 a las 10:51
¿Por qué vuestro querido guiri no se encuentra en la lista de celebridades más solicitadas de la prensa rosa de España? ¿Por qué el paparazzi no está a la vuelta de cada esquina, pillándole en sus momentos más feos e incómodos, por no decir íntimos, para salir en las revistas semanales, tranquilizando a sus fans más acérrimos de que él también es humano? ¿Por qué cuando escribes “John” en Google, te surgiere Johnny Depp, Johnny Cash y John Lennon, pero no John Julius Reel?
Decido preguntar a mi mujer:
-Dime por favor, ¿qué me falta para llegar por fin a la cumbre de gente selecta?
-¡Sst!
Estamos viendo la tele mientras los niños echan su muy merecida (para nosotros) siesta, pero ella va lista si piensa que voy a quedar por debajo de mi competencia incluso en mi propia casa.
-¿Torrear?- pregunto, alzando la voz-. ¿Enredarme con viejas glorias? ¿Robar de las arcas públicas?
-Un momento. Que no me entero de lo que hablan.
Levanto la voz aún más:
-¿Quitar esta verruga velluda de encima de mi ojo? ¡Dime, por el amor de Dios, mis defectos para que yo pueda triunfar!
Ella se repantiga en el sofá, yo me siento en una banqueta entre ella y la televisión, codos sobre rodillas, arremangándome.
-¿Por qué no estás trabajando? – me pregunta-. ¿La tarde no es tu “hora del yo”?
-Esta tarde he decidido ver la tele contigo y así conocer mi futuro público. El otro día, leí en el periódico unas palabras de Paco Correal: “Antes la gente escribía para hacerse famoso. Ahora se hacen famosos para escribir”, y vi la luz. Ha llegado el momento de reinventarme. A partir de ahora, tengo un solo objetivo: llegar a ser tertuliano en la tele de la tarde.
-¿Tú? ¿Con esta panda de matasuegras? No sobrevivirías ni un día.
-Me veo obligado a discrepar.
-¡Qué gracia! El estreñido quiere estrenarse en la Verborrea Vespertina.
-Es la única forma de publicar un libro en España, sin tener que dar dinero a una editorial.
-Entonces, quieres que te ayude a vender tu alma al diablo a cambio del triunfo.
-Es un hecho poco conocido que, al partir de cero en una tierra lejana, con una cultura y lengua nueva, consigas una segunda alma. Sólo quiero vender mi alma guiri. En mi país, quiero seguir siendo un simple escritor humilde y anónimo.
-Vale. Lo primero que tienes que hacer es saltarte todas las normas básicas de la comunicación: no pensar antes de hablar, no medir las palabras, no respetar los turnos, gritar, insultar. En fin, todo lo contrario de conversar.
-Tengo el propósito de dejar de pensar durante Cuaresma. Supongo que, como dejar cualquier adicción, después de cuarenta días, ya habrá pasado lo peor. También, en vez de escribir, voy a transcribir, grabando todo lo que pasa en esta casa, y después recortándolo hasta lo más escandaloso. Eso entregaré al periódico.
-Una idea muy explotada, pero que nunca falla. Hoy en día la originalidad es una tara. Y no olvides que cuánto más inculto demuestras, mejor. En estas tertulias, confunden autenticidad con ordinariez y poca educación.
Me pongo en pie, y empiezo a arremeter contra la tele, haciendo aspavientos:
-¡Truhán moderno! ¡Majadero! ¡Silo de bellaquerías! ¿Pensarás que soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra?- Desahogado, me siento de nuevo-. ¿Qué te parece?
-Trabajaremos en ello. Van a pensar que les estás insultando en otro idioma.
-Vale. Y para el periódico. . . Recuerdas una noche, después de hacer el amor, te pregunté: “¿Por qué antes siempre pedía un vaso de agua después, y ya no lo haces?”, y me contestaste: “Porque ahora eres más rápido”. ¿Ese no es un corte para la franja de máxima audiencia? Pullas y humillaciones las hay a patadas en mi vida. Tengo que aprovecharlas a la hora de presentarme a un público, ¿verdad?
-Sí, este es el tipo de basura que estos programas reciclan hasta la saciedad.
-Y si hay días en los que mis lectores finos se regodean en deslizar mis textos por debajo de los culos de sus perros agachados. . .
-En este caso sí harás un gran servicio a tu ciudad.
-¡Por allí iba yo! ¿Cómo es posible no haberme dado cuenta hasta ahora que, para ser la voz de la gente corriente, para escribir, ¡perdón!, transcribir un libro que se vende como churros en los hipermercados, hay que chirriar?
Por fin, la rama femenina de la familia (quizás pensando en hacer nuestro agosto) se olvida completamente de la tele y empieza a dar vueltas serias a mi idea. Sigo sirviéndole materia digna de reflexión:
-¿No lo ves?- digo-. Ser un matasuegras es una parte clave de mi herencia cultural. Lo llevo en la sangre. Los estadounidenses fuimos los primeros en escandalizarse y luego celebrar precisamente a aquellos que nos escandalizaron. Si en ambos casos ha sido más allá de lo razonable, pues así es el guion de la película. Desde nacimiento, mi sociedad me ha inculcado que, si no estoy sobrevalorado, no soy nadie.
-¿Sabes por qué estos programas tienen tanta audiencia?- concluye mi mujer-. Estamos todos muy ocupados, y, a diferencia de una película apasionante, una entrevista aguda, o un partido de infarto, si el peque requiere nuestra atención, o las espinacas tenemos que remover, o el teléfono tenemos que atender, no nos perdemos nada al ignorar la tele.
-Ok, todo aclarado. Voy a dejarte antes de que me ignoren.
***
Si el lector o lectora tiene interés en conocer la charla, con un crítico literario, que provocó el dialogo de arriba, haga clic aquí.
John Julius Reel | 6 de enero de 2013 a las 12:19
¡Con qué placer mi esposa relata sus sueños!
-Escalaba una montaña en la niebla- dice-, y no podía más. De repente, apareció una mano de la nada para coger la mía y ayudarme. Resulta que era el brazo de una especie de sabio. Vivía en la montaña con sus discípulos. Me sentía tan en casa con ellos que quería quedar para siempre.
No reacciono, pero ella adivina lo que estoy pensando:
-Lo siento, cariño, el sabio no eres tú, y los discípulos no son los niños. El feeling era espiritual.
Siempre está de viaje espiritual en sus sueños: en una bicicleta muy pequeña por sus medidas, media rota, el manillar torcido, y después de un gran empeño, con muchos obstáculos, consigue avanzar y casi alcanzar su destino; o va en tren a una velocidad sobrenatural por túneles y puentes, sin miedo. Y sola. Siempre está sola, salvo en un sueño, al que no quiero dar demasiadas vueltas, en el que un enorme hombre negro le dio un apretujón y ella se sintió protegida, no quería que terminara. Por cierto, en los pocos sueños suyos que he hecho acto de presencia, he estado tonteando con alguna pelandusca.
-¿Por qué no con Doña Sofía o con Doña Cayetana?- le digo-.
-Estas dos no tienen ni chicha ni limoná.
Si somos lo que soñamos, yo soy menos. Tuve uno en el que yo era Tom Cruise y tenía que lavarme el pelo urgentemente antes de que estrenara mi nueva película. Tuve otro en el que el alcalde Zoido era mi redactor jefe y yo estaba enfadado con él, porque comía un dónut y no prestaba atención suficiente a mi artículo. Y tuve un tercero que primero pondré en contexto. Un día fui a un supermercado del barrio y compré miel de oferta. Resultó que no era miel pura, sino jarabe que llevaba sólo 13 % de miel. La devolví a cambio de mi dinero sin problema. Pues, aquella misma noche tuve un sueño en el que fui a esta tienda y vi miel al mismo precio al que la suelo comprar. Ya está. Sueño acabado. ¿Qué hay para interpretar? ¿Qué hay para hacerme el interesante?
-Es lógico- digo a mi mujer-. Cuando alguien se desarraiga de su tierra natal, el inconsciente pasa todo el día buscando nuevos símbolos con los que pueda dar sentido a la vida, así pues, al llegar la hora de dormir, necesita descansar y no montar películas. Espera y verás. Uno de estas noches, voy a tener un sueño que te dejará atontada. Los tuyos van a parecer tiras cómicas en comparación.
-¿Por qué tienes que convertirlo todo en una competición?
-¡Porque estoy siempre siendo atacado! El otro día un habitante de tu querida ciudad llegó tan lejos en decir que, porque soy yanqui, con mis raíces en Europa, siempre tendré ganas de viajar por este continente en busca de mis predecesores, comparándome con – te lo juro por Dios – los niños españoles robados. Te digo una cosa, los estadounidenses, aunque tenemos poca historia, la sentimos intensamente. No estoy aquí buscando el calorcito de una casa y unas tradiciones que nunca he conocido o sentido. Estoy aquí simplemente porque, en Sevilla, aun pese La Crisis, vivo bien.
-No te emociones, cariño. Sólo quería compartir un sueño contigo.
-¡Los estadounidenses también podemos soñar a lo grande, y no sólo con ser estrellas de cine! De hecho, una noche, antes de conocerte, tuve un sueño tan bonito, tan místico, que instó a que me levantara de la cama para escribir un poema.
-Déjame ver el poema.
-No me levanté. Tenía demasiado sueño. Pero esto no viene al caso. ¿Sabes qué? “Sentir y pensar, sin operar sobre lo que se siente y piensa”, palabras del Manuel Chaves Nogales, el mejor periodista que esta ciudad ha conocido. ¡Por eso es! Como no sois consecuentes con lo que sentís y pensáis, el inconsciente es más inquieto por la noche. Se desahoga. Yo, por otra parte, no sueño con encontrar un sabio, o viajar a toda libertad, o ser abrazado amorosamente por un enorme hombre negro, porque ya he vivido todo eso.
-¡Te ha abrazado amorosamente un enorme hombre negro!
-Sí, fue la última vez en la que consentí tomar algunas cervezas con un homosexual dos veces más grande que yo. Me libré por los pelos. Con astucia. Menos mal. Te quejas que estoy acomplejado. Pues, imagínate si aquella mole se hubiera salido son la suya. Tendrías un cohibido de remate a tu cargo.
-Podría haber sido tu viaje a toda libertad.
-Mi viaje a toda libertad tuvo lugar en Sevilla. Antes de conocerte.
-¿Y tu sabio?
-Sabia. Yo, por lo menos, me atrevo a decirlo.
Otra vez me respaldo en las palabras de Chaves Nogales:
“Es ella toda la espiritualidad sevillana, y una misión de cultura honda y honrada” (es decir, este menda) “la recoge amorosamente, abre cauce sereno al caudal de su ánimo glorioso, y en él diluye, para que alcance a todas nuestras horas, aquel inapreciable tesoro de su emotividad”.
¡Qué palabras más oníricas! Así quiero soñar.
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber las sorpresas que este artículo me ha regalado, haga clic aquí.
John Julius Reel | 11 de noviembre de 2012 a las 7:59
Me eligieron “el mejor hombre” para la boda de mi hermano. El best man (mejor hombre) en una boda estadounidense no es, aunque parezca extraño, el novio, sino el hombre más cercano al novio. Entres sus responsabilidades, ha de entregarle la alianza durante la ceremonia y pronunciar un discurso durante la recepción. Al entregarle la alianza desaté con torpeza el nudo de la cinta que sujetaba las alianzas la una a la otra y todo a su vez atado a un pequeño cojín rosa con bordados y encajes. Aun más inquietante, justo antes de pronunciar mi discurso, mi madre me advirtió: “Sin tacos ni provocación”, despojándome de mis dos armas retóricas más potentes.
A fin de cuentas, mi torpeza con la alianza añadió una nota apropiada de suspense antes del momento de la verdad, y mi discurso, la versión limpia, fue breve: estrategia que nunca falla a la hora de hablar en público. Tan breve fue, mis afortunados lectores, que puedo recitarlo de nuevo aquí:
-¡Ehém!- pausa dramática-. Fui un niño muy claustrofóbico. Cuando los matones del barrio o del colegio me encerraban en espacios pequeños, las únicas veces que no me aterroricé fueron cuando encerraban conmigo a mi hermano. En mi experiencia- amplia pausa pensativa-, estar casado, aunque esté con tu media naranja, puede parecer, a veces, estar atrapado en un lugar bochornoso, oscuro y cada vez más restringido- toses y carcajadas esporádicas-. Entonces- levanté mi copa, y me dirigí a la novia-, brindemos al único hombre que conozco que puede hacer soportable un infierno en la tierra.
Al llegar a EEUU para la boda (una estancia de cuatro días, sin mujer e hijos), mi madre me esperaba en JFK, y me puso al día. Mi hermano, el hombre más nítido que jamás he conocido, se iba a casar con pelo largo y perilla. Aun peor, aunque es el vivo ejemplo de la poco visible pero no por eso menos vigente frugalidad estadounidense, las flores de la boda – ¡solo las flores! – le iban a costar 2.000 dólares. En recepción del hotel, me esperaba, como al resto de los invitados, una bolsa hasta arriba de obsequios como 100 % Organic Bake Dried Washington State Granny Smith Apple Chips (manzanas pasas) y Eternal New Zealand Artesian Water (agua embotellada). Cuánto más palabras haya en el nombre de un comestible estadounidense, más pijo y progre es. Al enterarme que mi regalo por ser best man era un bolígrafo de plata de Tiffany’s, sólo entonces acepté la cursilería.
La iglesia era enorme, casi una catedral. En comparación con las de Sevilla, con sus columnas gruesas y su decoración recargada, parecía que serviría mejor como hangar para el avión del Papa. Desde dentro, sólo las vidrieras rompían la sencillez de vigas de madera trazando arcos en paredes blancas. Construido en 1968, justo cuando la Iglesia estadounidense empezó su declive en asistencia a misa, fue un grito ahogado de optimismo antes de tener que despertarse a la sobria realidad. Vaya metáfora más apta para una boda moderna, ¿no? Pero la boda de mi hermano fue moderna sólo en florituras y precio. Ambos él y su novia, nacida y criada (en parte) en Nápoles, son unas reliquias que han sobrevivido totalmente intactas. ¡Vírgenes al casarse, pese a ser cuarentones! Supongo que el hecho de que tal especie no esté totalmente en extinción animará a algunos lectores, y deprimirá a otros. Pero todos estaremos de acuerdo que, en el gran día para esta pareja retro, celebramos algo más de lo meramente simbólico y vanidoso.
Casi todos los asistentes eran creyentes y practicantes. (Soy creyente, pero no practicante, una de mis muchísimas contradicciones). Durante el convite, dejé deslizar al hermano de la novia que, cuando me casé en una ceremonia civil, mi hijo de cuatro meses se sentaba en mi regazo. Intenté tocar su fibra sensible, diciendo que mi mujer y yo todavía no nos hemos dado tiempo para una luna de miel.
-Pero, tío, vuestra luna de miel fue antes de casaros- me dijo-.
¡Y que lo diga!
Durante la mayor parte de la ceremonia, mi hermano miraba fijamente por encima del altar a un Cristo crucificado suspendido del techo con cables tenues, e inclinado por delante, como Superman justo después del despegue. Me pregunté si mi hermano, el primogénito, pensaba en nuestro padre, muerto desde hacía 16 meses, antes de que pudiera conocer a la mujer que llegaría a ser su esposa. Años atrás, le habíamos preguntado, “Papá, ¿por qué durante tantos años, Mamá tenía tanta fe en ti?” Había ahogado su esencia en alcohol hasta que un día, milagrosamente, lo dejó para siempre. Nos contestó: “Tu madre tenía fe en Dios, no en mí. Por eso, el desastre tuvo arreglo”.
El convite se me hizo largo. Cuanta más edad cumplo, más huyo de los acontecimientos sociales. Me escabullí temprano con la excusa del desfase horario. Ansioso, volví al hotel para estrenar mi flamante bolígrafo. La mañana siguiente, seguía escribiendo. Me salté el desayuno dado por la hermana de la novia, y me alimenté con mis obsequios. Vaya best man, diréis. Oye, presencié el sacramento, lo que, para mi hermano, fue lo principal.
En el Interestatal 95 camino al JFK, vi a un hombre en lo alto pintando, “Kate, will you marry me?” (Kate, ¿te casarás conmigo?) en rojo sobre una blanca valla publicitaria. Esto, sí, considero estrambóticamente yanqui. La boda de mi hermano, no tanto en comparación. Precisamente por eso, pronostico que esta unión será duradera, quizás incluso eterna. Un pequeño espacio de amor, como un túnel estrecho con las dos bocas cerradas herméticamente para siempre con un beso.
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber el método más infalible que el Guiri ha encontrado hasta ahora para desmentir su cara de frialdad, haga clic aquí.
John Julius Reel | 2 de septiembre de 2012 a las 0:23
Para mí, hay sólo tres cosas capaces de llevarme al colmo de la felicidad: hacer el amor con mi mujer, los hijos que este acto ha tenido como resultado, y el arte. El primero lo vais a tener que dar por cierto. Con el segundo, mis hijos, estoy viviendo una nueva infancia, no con tanta intensidad como viví la primera, pero esto se compensa con saber lo que estoy viviendo. Qué placer el vivir y al mismo tiempo recordar, este dueto, el uno empujando al otro, hacia el futuro, como un espectáculo de Israel Galván.
Es bailaor. Los cínicos pensarán: “¡Qué sorpresa! Al guiri le gusta el flamenco”. Me gusta porque, como un gran poema leído rápidamente de un tirón, me atrae sin yo saber precisamente el porqué, sin yo captar más que un pulso de lo primordial. Es la única manera en la que he podido apreciar el flamenco hasta ahora. A diferencia de un gran poema, el flamenco trasciende los idiomas, pero sólo funciona en español. Su vocabulario se basa en tradiciones, no lengua. No se puede traducir, pero no hace falta traducirlo para apreciarlo. Su sentido, como el sentido de toda grandeza, sólo se puede describir con contradicciones.
Situémonos en 2006. Llevaba menos de un año en Sevilla. Ya había hecho un recorrido o dos por las peñas flamencas de Sevilla, impresionado, no tanto por las actuaciones en sí, sino por el aura verdaderamente bohemio de los artistas, de ganarse la vida con su arte, como vodevilianos. Ir a la Bienal no era una prioridad hasta que un día oí hablar de Galván, un artista fuera de serie, aun fuera de género, que incomodaba a los puristas. La incomodidad de estos, acompañado de un gran respeto hacia el artista, despertó mi curiosidad. Al terminar el espectáculo, Arena, su comentario sobre la Fiesta Nacional, sabía que este artista, que entre bromas y veras bailó con dagas atadas a sus zapatos, y en un dueto con una mecedora (el toro), todo con una prepotencia nacida de la locura sana, sólo este artista, podría llevar a España a otra edad de oro, con todas sus tradiciones intactas.
Lo vi bailar de nuevo el 24 de Marzo, 2008, acompañado más notablemente de Orthodox, un grupo de rock heavy, que permanecían inmóviles, vestidos de negro, encapuchados como nazarenos, mientras sometían al público a un nivel diabólico de decibelios. Israel Galván bailó a esta ensordecedora contaminación acústica, que le empequeñeció, pero no le anuló. Él anuló ella, por hacerla soportable.
La Curva, que vi en febrero, “nace”, según él, “de mi familiaridad con el silencio”. Al verla, y a él en ella, me recordó a mis hijos que también bailan a su amor, que no es siempre al ritmo de la música. Fijaos en la palabra: Niño. ¡Ven pá cá, niño! ¡Suelta lo que sepas! El gesto más tópico de la danza, toda danza, independientemente del estilo o del género, es el brazo en alto, apelando al cielo. Galván bajó el gesto a la tierra tres veces con una sola palabra, también internacional, “¡Taxi!” Después de rodarse por el suelo en talco, se colocó en las candilejas, y soltó: “¡Un flamenquín!” Para sustentar todas estas travesuras, contaba con el vozarrón de Inés Bacán, una gitana tan grande y quieta como una montaña, y el piano experimental de Sylvie Courvoisier, una frenética francesa, cuyo pelo colgaba como cota de malla, escondiendo siempre su cara. Galván bailaba, con jugueteo y altivez, de aquí para allá, entre estas dos mujeres, o se sentaba en una silla en la oscuridad, ignorándolas.
Es Hamlet antes del último acto, pensé. Todavía no sabe vengar el asesinato de su padre (el flamenco puro), que se le aparece como un fantasma, empujándole a actuar. Abrumado, echa la culpa a su inconstante madre (la danza contemporánea), que se ha casado con el asesino (la ambición). Se burla de su fiel novia (el público) que depende demasiado de él. Si todo sigue el guion, el príncipe va a dejar su tierra natal durante un tiempo para volver con este toque de decisión que todavía falta. Dos deseos: ver, en primera fila, el primer espectáculo después de la vuelta y un ballet aflamencado de Hamlet, con Galván en el papel del protagonista.
Galván engloba lo mejor y evita lo peor de Sevilla y Nueva York, las dos ciudades que he llamado casa. Sabe levar anclas, pero también echarlas. No vive el momento sólo para cambiarlo; siempre permite que lo venerable y lo ancestral hablen. Tampoco vive el momento sólo para disfrutarlo; se agarra al rigor necesario para dejar huella nueva y digna. Es colosal, pero accesible, un rascacielos a ras de tierra. No saca pecho para intimidar. Saca pecho para ensanchar su corazón, y así el corazón de su público. Sus facetas rozan el infinito, pero siempre es reconocible en ellas. Es dispar con lógica propia, detallista sin neurosis. Remata a razones, no porque esto es lo que hay. Encarna el arte, descarta la artimaña y artificiosidad.
Cuando el príncipe de Sevilla baila, es la Estatua de Libertad vestida de gitana, La Giralda a la altura del Empire State Building. El tiempo para, y estoy en mi casa de antes, de ahora y de mis sueños.
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber cómo se plasmó este artículo, o en el proceso de escritura en general, haga clic aquí.
John Julius Reel | 24 de junio de 2012 a las 12:00
Crecí en Staten Island, el único municipio de Nueva York al que no llega el Metro. Allí hay sólo un tren, sobre la tierra, que recorre la isla desde el norte al sur y que es gratis siempre que no lo cojas en la primera parada, en el desembarque del ferry. Hasta que terminé la universidad y empecé a trabajar y moverme en Manhattan, miraba a aquellos que sabían orientarse por la ciudad vía el Metro con una mezcla de admiración, intimidación y envidia, exactamente cómo miraba a aquellos que sabían orientarse en el amor.
El Metro (subway) de Nueva York tiene 24 líneas, recorre 1,056 kilómetros y conecta 468 estaciones. Es una lata de sardinas durante el día, un circo ambulante por la noche, y una caja de Pandora por la madrugada. Si dependes únicamente de ello para llegar a tu destino a tiempo y en condiciones, te va a decepcionar. Tienes que estar siempre preparado a recurrir a un plan B. Es peligroso no tanto por los males que lleva consigo, sino por los extremos a los que te puede llevar. Si te despistas un momento, puedes llegar a ningún lado, o a un lado que no tiene nada que ver contigo, sin nada y nadie que te puede ayudar a reencontrar el buen camino. Es un laberinto en el que se pierden incluso los usuarios habituales.
Salvo en el ámbito del amor, lo más cerca que he estado físicamente del infierno ha sido esperando el Metro durante el verano cuando hacía un calor achicharrante dentro del horno natural que es una estación. El andén estaba atestado. Cuando pasaba un tren expreso a gran y atronadora velocidad, la estación temblaba. Cerraba los ojos, preparándome para la implosión, suplicando que mi muerte fuera instantánea y sin dolor. Lo más cerca que he estado psicológicamente del infierno, salvo en el ámbito del amor, ha sido parado entre estaciones del Metro soportando las demoras. El vagón, repleto de viajeros aun más neuróticos que yo, sufría fallos eléctricos intermitentes, dejándonos durante largos ratos en plena oscuridad. A pesar de vivir con frecuencia horrores así, seguía cogiendo el Metro, porque, cuando funcionaba, incluso con sus defectos e inconvenientes, era, como el amor, una maravilla.
El clásico de jazz Take the A Train (coge el Tren A) dice, “Si pierdes el tren A/ descubrirás que has perdido el camino más rápido a Harlem./ Todos abordo, coge el tren A/ pronto estarás encima de Sugar Hill en Harlem”. Sugar Hill, que se traduce como “colina de azúcar”, es donde vive la flor y nata de Harlem. Quiere todo esto decir que no soy el primero en comparar el Metro con el amor.
Cuando vivía en Nueva York, cogía el tren A con regularidad. Había dejado de cogerlo desde hacía un año cuando conocí en Sevilla a la mujer que se convertiría en mi esposa. Tanto por lo que no esperaba de ella como por ella, este amor me encaminó, no me detuvo. No es de extrañar que yo hubiera dejado de depender del tren A para llegar a mi destino cuando por fin llegué.
Al lado del laberinto que es el subway, el Metro de Sevilla es un tobogán. Es adecuado para todas las edades, con o sin la supervisión de los padres. Supongo que todos los Metros empiezan así. Construyen una línea. A los ciudadanos les encanta. Se encaprichan, queriendo más, y aun más, hasta que acaba siendo un lío, causa tanto de estancamiento como de lanzamiento y liberación.
Todas estas semejanzas entre viajes subterráneos y el amor surgieron tras la última visita de mi hermano, un flamante enamorado de una napolitana ubicada en Chicago, una profesora de música, a la que conoció a través de un sitio web dedicado a católicos ortodoxos buscando parejas.
Su aventura es motivo de alegría, pensaréis. Depende. A pesar de sus 45 años, mi hermano es demasiado sensible, idealista y confiado. Ojalá entrar en una relación fuera para él como entrar en el metro de Sevilla, limpio, cómodo, climatizado, con señalización informatizada avisándole de cuánto pueda esperar, y que cierra antes de la medianoche, y los fines de semana a las dos, dejándole dormir. No me tranquilizó para nada cómo se conocieron. Como dice mi esposa, si una muchacha busca a un buen marido, no va a apuntarse a un sitio web de raperos moteros.
Una mañana lluviosa, mi hermano quería ir solo al centro para comprar a su novia un belén. Me alegraba poder quitarle el agobio del viaje explicándole lo fácil que es montar en el Metro de Sevilla. Como era de esperar, todo fue sobre ruedas, por ahora. Llegó a casa pasada una hora, habiendo gastado 400 euros en estatuillas. Demasiado, pensaba yo, para una muchacha a la que había visto en persona tan sólo en dos ocasiones. No me las podía mostrar porque la dependienta las había envuelto meticulosamente para el avión. Dos semanas más tarde, cuando agentes de seguridad las desenvolvieron en el aeropuerto O’Hare en Chicago, toda la plantilla dejó sus puestos para embobarse con su belleza, provocando un atasco en el control.
El avión es el tren A internacional. Aun así, no puede ser del todo malo. Si esta muchacha y mi hermano hacen buena pareja, espero que los aviones les lleven cada vez más cerca. Espero que en el belén estén reflejadas tanto el alma de mi hermano como el alma de ella, y que, gracias a eso, se reconozcan y se unan. Espero que un buen día se encuentren moviéndose juntos por el mundo vía una forma de transporte en el que, como el Metro de Sevilla, es imposible perderse.
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber cómo se plasmó este artículo, o en el proceso de escritura en general, haga clic aquí.
John Julius Reel | 27 de mayo de 2012 a las 11:12
Mi hijo menor está a punto de cumplir tres años. Lo celebraremos en casa entre familia cercana, principalmente con regalos, demasiados regalos. Regalos para él, y para su hermano. El mismo número de regalos para cada uno, y quizás incluso los mismos regalos, para que no se peleen, por los regalos, o por una susceptibilidad cuya causa es difícil de identificar. Todo en balde. Se van a pelear en cualquier caso, salvo si no les damos regalos.
El corazón se me encoge al recordar la Navidad pasada y la ansiedad que entró a mi hijo mayor al ver que Papá Noel le había dejado una pila de regalos debajo del abeto. Su cara se convirtió en todo un poema de agitación. Sus manos temblaban. No sabía cual abrir primero. Me miró, pidiendo que le aclare la situación, como cuando unos extraños están riendo por alguna gracia que ha hecho, y no sabe si es el blanco de la broma, o el bromista.
Y todo esto ni siquiera fue lo peor. Al terminar de abrir los regalos, yo podía ver que estaba lejos de saciarse. Quería más. Sin duda, cuánto más regalos hubiera abierto, más habría querido abrir y menos satisfecho se habría quedado. En aquellos momentos, y en los días después, mi hijo era el vivo retrato de nuestros tiempos, la fiesta terminada, y cara a cara con los recortes, las denegaciones, y la sobriedad. Peleaba con su hermano por un juguete, y su hermano con él por otro, y al conseguirlos, ya no los querían. Durante tres o cuatro días, imperaba el empacho y un humor de perros. Merry Christmas. ¡Ho! ¡Ho! ¡Ho!
Los europeos echan la culpa del consumismo equivocadamente a mi país. Es verdad que EEUU fue el primero en el que la enfermedad se desató a masiva escala. Eso porque fue el primero en el que la gente sin educación profunda llegó a forrarse. Derrochar sus sacos de dólares en horteradas era su principal forma de diversión. De ahí el termino ugly american (americano feo), acuñado en Gran Bretaña. Había muchos ugly brits también, pero no tenían el dinero para viajar y hacer gala de su tosquedad en atención a todo el mundo.
Para que el consumismo se asiente en una sociedad, tiene que haber tanto dinero como ignorancia. Que EEUU satisface este criterio está fuera de duda, pero España no va mucho más atrás, crisis económica o no. Aun ahora, el principal motivo que mueve a muchos, demasiados españoles a salir de la cama sigue siendo lo que sueñan comprar, y/o el poder mantener y adorar lo que han comprado. El capitalismo tiene que ver con todo esto. Es gracias a ello que nos hicimos ricos, a costa de los menos afortunados y del medio ambiente, claro. Esta es otra de las vergüenzas. Centrémonos de momento en el daño que el capitalismo está haciendo a los aparentes ganadores, por no habernos preparado mejor para aprovechar la fruta caída.
Pregunta a casi cualquier universitario tanto de EEUU como de España, por qué está en la universidad, y te dirá, “Para poder conseguir un buen trabajo.” No hay nada mal en querer esto, ni siquiera si un buen trabajo significa un trabajo bien pagado. El mal es tenerlo como único objetivo. La universidad (tanto o más en España que en EEUU), al convertirse en una especie de formación profesional, fomenta esta ‘monometa’. Se ocupa en producir licenciados hábiles, no cultos. Enseña maneras de hacer dinero, no cómo vivir con él. En España, para un graduado de Derecho, de Medicina, de Empresariales, de Ingeniería e incluso de Magisterio es casi de rigor hablar con desdén de aquellos que han elegido estudiar las puras Humanidades, como si estos hayan derrochado el dinero del Estado. Qué pena que aquellos que estudian por el simple placer de conocer y apreciar la herencia de la humanidad, no acabaran siendo la gran mayoría de la clase media alta. Quizás, con la cultura aprendida, pensarían dos veces antes de desperdiciar su dinero en coches de lujo, bodas extravagantes, vacaciones pre-fabricadas, tecnología flamante, ropa de marca, y los caprichos de sus niños.
Digo pensar dos veces, porque yo, licenciado en Literatura Inglesa, siempre pienso dos veces antes de desperdiciar mi dinero, pero lo hago de todas formas. No me obsesiono en lo que me gustaría comprar, o en lo comprado, porque no gano lo suficiente para comprar lo que verdaderamente quiero. Sólo con la fortuna de Bill Gates podría ejercer el consumismo a mi nivel exigido. No me queda más remedio que aspirar a una vida sencilla. O tener más dinero que sea posible gastar, o tener precisamente lo justo para cubrir el alimento sano, un sitio seguro para dormir, y los recursos y el tiempo libre para que mi familia y yo podamos realizarnos en todos los sentidos, salvo el económico. Para mí, estas son las dos únicas recetas para alcanzar la felicidad.
Me marché de EEUU a Europa, precisamente España, para huir del consumismo, pero sigo estando en su radio. ¿A dónde voy ahora? ¿Cuba? ¿Tengo que aguantar una dictadura, supuestamente comunista, para saber lo que es vivir con escuelas, hospitales, alimentación y seguridad, pero sin que haya tanta confusión entre la felicidad y la comodidad, entre la calidad y el lujo? Yo también vivo bajo un dictado. Aunque no impuesto, no por eso es menos imponente. Lo elijo pasivamente, porque sus valores son los valores por defecto en nuestra sociedad. Están envueltos en cintas, lazos y papel festivo. Por muy decepcionado que me hayan dejado sentir una y otra vez, sigo iluso, ansioso, avaricioso ante ellos, como un niño chico en su cumpleaños.
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber cómo se plasmó este artículo, o en el proceso de escritura en general, haga clic aquí.
John Julius Reel | 26 de febrero de 2012 a las 15:18
Mi hijo mayor está en la etapa de siempre preguntar “¿Por qué?”. Aquellos lectores que han criado a niños pasando por esta etapa, sabrán que tal pregunta tan implacablemente empleada sirve para que uno entienda muy bien sus limitaciones.
-¿Por qué vivimos en esta casa?- me pregunta un día.
-Porque es nuestra- le responde.
-Pero, ¿por qué?
-Porque Mommy la compró.
-¿Por qué ésta casa?
-Porque fue la mejor que se podía permitir.
-¿Por qué, Daddy?
-Porque sus jefes le pagan lo que le pagan.
-¿Por qué le pagan eso, Daddy?
-No sé, hijo. Supongo porque es lo que piensan que vale.
-Pero, Daddy- con una nota de impaciencia-, ¿por qué?
Casi sin fallar, llega un momento en el que me entran ganas de amenazar el cielo con los puños, gritando como un profeta del Antiguo Testamento, “¡Sí, maldita sea! ¿Por qué?”
Reconozco que el problema radica no tanto en la pregunta como en mi forma de responder. No puedo evitar pensar que cada pregunta que mi hijo me hace es una gran oportunidad para inculcar en él las realidades insoslayables de la vida. Pienso que si no la aprovecho en el momento, la perderé para siempre.
Mi mujer toma la crianza de sus hijos y sus preguntas de otra manera. Las ve venir, y las frena.
-Mamá- le preguntó un día, señalando a una vecina-, ¿cómo se llama ella?
-Isabel- respondió mi mujer.
-¿Por qué se llama Isabel?
-Pues, no lo sé, hijo. Porque no se llama Lola.
La respuesta, por ser indiscutible, logró satisfacer su curiosidad, normalmente insaciable.
No es de extrañar que sea él la persona ideal para contestar a sus propias preguntas. Un día, al anochecer, miró el cielo y me preguntó, “Daddy, ¿por qué se mueven las nubes?”
Me devané los sesos, sacudiendo el polvo de mi conocimiento meteorológico, buscando una respuesta inspirada.
-¿Para hacer espacio para la luna?- me dijo, adelantándoseme.
-Sí, hijo, eso es- dije, con alivio.
A este yanqui le parece que muchos creadores de cultura popular en España, y en menor medida, en toda Europa continental, hacen con su obra lo que hago con la curiosidad de mi hijo: intentamos ponerla a la altura de un diálogo platónico. Sufrimos delirios de grandeza, y, en consecuencia, no conectamos, como es debido, con nuestro público. Si Steven Spielberg, Stephen King, Pixar, Los Sopranos, Los Simpsons fueran españoles, serían casos excepcionales, como Almodóvar. Los artistas de aquí, al dar con una idea con posibilidades de divertir, no son fieles a ella. La sobrecargan queriendo llegar a más. Quizás con tanta tradición intelectual en Europa, piensan que es una deshonra sólo entretener. En España, incluso los premios Goya intentan ser edificantes. Cada año, cuando el presidente de la academia de cine español se prenuncia sobre el oficio con sobriedad, nos encontramos con la prueba real de que el sentido del mero espectáculo se ha perdido.
Durante muchos años, desafiaba mis tradiciones artísticas, poniéndome a lado de la escuela europea. Para mí el arte era serio, sombrío y para grandes pensadores. El único humor que me valía era el negro. Purificaba tanto mi prosa que conseguí eliminar de ella incluso mi propia personalidad. De repente, a engendrar a dos hijos, uno detrás del otro, no tenía tiempo suficiente para dedicarme a lo que imaginaba que era el arte elevado. En cambio, escribí lo que mis circunstancias me permitían, y lo que me salía con naturalidad. Así nació La Sevilla del guiri. Solía preguntarme, “¿Por qué mi hermana, que dedica una fracción del tiempo y interés a la escritura que yo, puede escribir incluso mejor que yo?” Quizás porque no aspiraba a ser artista. No había pretensiones que pesaran sobre su obra.
Los artistas estadounidenses, en su gran mayoría, entienden todo esto de innato. Su objetivo principal es divertirse. Les importa un comino la profundidad de su obra. Son cómo son, y su obra refleja precisamente eso. Desafortunadamente, muchos de ellos (Spike Lee, Tim Burton, Sofía Coppola, por nombrar algunos) pierden ese don al conseguir el éxito, quizás porque dependía demasiado de su ingenuidad.
A mi ver, los andaluces también se endulzan con este don de llanura y franqueza, salpicado con guasa. Ojalá algunos lleguen a infiltrarse en la línea artística principal y actual de este país, al menos lo suficiente para bajar a la tierra lo que pretende ser elevado. El arte de los andaluces, fomentado por la cerveza, la bulla y el tapeo, abunda en la vía pública, pero escasea en las pantallas del cine, en la tele, y en las crónicas. Quizás no surja a menos que el escenario sea efímero, y el impulso espontaneo.
Tengo tres preguntas para cualquiera que quiera ser artista, todas cogidas en una sola tarde con mi hijo mayor. Uno: ¿Por qué eres mayor? Dos: ¿Por qué el agua está mojada? Tres: ¿Por qué no se ven los monstruos en la oscuridad? Si tus respuestas hacen que mi hijo pare de preguntar, has ganado el concurso. Tienes un futuro prometedor. Para que sepáis, cometí tres strikes. Fracasé en el intento de frenar los porqués. Seguro que mi mujer habría tenido más éxito, siempre que no escuchara “¡Luces! ¡Cámara! ¡Acción!”
***
Si el lector o lectora tiene interés en saber cómo se plasmó este artículo, o en el proceso de escritura en general, haga clic aquí.