John Julius Reel | 5 de mayo de 2013 a las 11:54
En La Plaza Virgen de Fátima, en Madre de Dios, donde suelo comprar pan, frutas y verduras, se reúnen, aun por la mañana, algunos bebedores empedernidos que ganan – por decirlo de una manera – demasiado poco para saciar sus sedes profundas aun en el watering hole más cutre de Tres Barrios. Se sientan en bancos y comparten litros. En ocasiones, una muchacha se reúne con ellos. Tiene quizás 25 años, y podría ser guapa si no tuviera toda la pinta de drogadicta. El rumor es que ya ha tenido dos hijos, pero su madre se los quitó, debido a su adicción, y no le permitió verlos más. Hasta tal punto ha renegado de ella que el hijo más pequeño acaba de morir de una rara enfermedad, y la muchacha se enteró en la calle. Ahora de nuevo está embarazada.
Al ver a mis hijos pequeños, los coge en brazos para colmarles de besos, los sienta en su regazo, les baja los pantalones para meterlos las camisetas por dentro, todo esto con cigarrillo en mano, echando humo por el lado de su boca. Miro el show de reojo, practicando la comprensión, mientras espero que los tenderos me despachen.
Por permitir tal cariño con mis hijos, viniendo de una desgraciada, logro escandalizar a los demás que guardan cola conmigo. Una, tomando al neoyorquino por un inocente, me susurró: “La muchacha no es limpia”. Para no hacer la situación aún más violenta, me contuve contestarle: “¡Se llama Dulcinea! ¡Y es impecable!”
Una mañana, mientras yo esperaba mi turno entre tantas miradas sentenciosas, la muchacha, requetemetida en el papel de mamá, dio una azotaina al culo del pequeño por pegar a su hermano. Fue leve el cate, muy leve, pero el chico toma cualquier regañina a pecho, aún más si viene de un casi extraño. Se marchó enfurecido, dirigiéndose directamente, ciegamente, a la carretera. Salí disparado de la cola y lo cogí. Llevándolo apretado a mis costillas, como un fútbol americano, puse el grito en el cielo a la muchacha: “¡Soy yo el padre, no tú!” Le reduje a lágrimas en atención a todos. Por haber aguantado demasiado, tanto de ella como de aquel público tan propenso a erigirse en juez, acabé dejándome influir por el vulgo hasta transformarme en el instrumento del apedreamiento. O así me parecía.
Aquella noche, buscando compasión, relaté la historia a mi mujer. Ni terminé la descripción de la muchacha toqueteando a los niños. Mi señora, la única andaluza que, en cuanto a los niños, me suele dar el beneficio de la duda, puso las manos a la cabeza y, con cara descompuesta, gritó: “¡Tú estás loco! ¡Eres un tonto pelao! Si quieres ser alternativo y guay, hazlo contigo mismo, no con mis hijos”. Y dirigiéndose al cielo, dijo: “¡Dios mío! ¡No puedo confiar en él!”
Ella que yo, compraría el pan y fruta en otra parte o diría a los niños, cada mañana, en tono intransigente: “No os apartéis de mí. No habléis con nadie”. Soy incapaz de seguir su ejemplo. Por educación, diría yo. Por creerme superior, que esto es mi vanidad, diría mi mujer. Lo único que no se puede negar es que este santo de poca monta no cambia.
Un par de semanas más tarde, una mujer mayor a la que nunca había visto antes, pero que seguramente había visto a mis hijos y a mí muchas veces, dando el cante por el barrio, se acercó a nosotros. Explicó que estaba de camino a una tienda de artículos usados para deshacerse de unas cositas, pero le daba pena pasarlas a una tienda, ¿tal vez mis hijos las querrían? Sacó de una bolsa dos peluches tan grandes como ellos, una abeja a rayas rojas y rosas, y un hombre rana amarillo en un elegante traje gris. “Todavía tienen las etiquetas”, dijo, por si me asaltaba una duda.
Me asaltaban muchas. Pensé en mi mujer. Sostengo que tal situación nunca le habría pasado. Los sevillanos, después de acostumbrarse a un guiri que cada mañana lleva a sus dos hijos de edad escolar a la calle, en lugar de la escuela, empiezan a tener una actitud entre mandona y protectora hacia él. Nos ven como un blanco fácil. Se dan licencia libre para desahogar en nosotros los impulsos que les surjan.
Como era de esperar, fiel a mi educación cultural o a mis tonterías, según creáis, acepté los peluches como cumplido. Y también para no aguar la alegría de mis hijos.
Más tarde, presentaron a Pinky y Froggy a mi señora.
-¿Y eso?- me dijo.
Se me ocurrió decirle que los habíamos ganado en una feria callejera, pero opté por la verdad, arrimándola a mi sardina:
-Nos los regaló una mujer de aspecto irreprochable.
-¡Y un cuerno!
Se fue a la cocina, volvió con una bolsa de basura, y metió los peluches dentro.
-No seas exagerada- le dije.
-¿Tú crees? ¿Qué haría tu madre?
Ató la cuerda y puso la bolsa en la puerta, todo esto ante las empeñadas protestas de los niños. Salí a trabajar entre gemidos (“¡Mamiii! ¡Mamiii! ¡No!”) y gritos (“¡La culpa la tiene vuestro padre!”). Cómo estaría ella para llegar a decir esto a los niños.
A mi ver, en Sevilla, al menos en mi barrio, una sobredosis de prudencia es más motivo para meter la pata que soltar mucho genio sin intención de disculparse. La efusividad y espontaneidad de la gente alteran no sólo a mis modales y mi vanidad, sino a mi matrimonio. Quizás sea mi esposa la santa, y yo su cruz, por no saber decir que no.
Aquel sábado, paseando por el mercadillo callejero de Marqués de Pickman, me horroricé al ver a Pinky y Froggy pocos pasos de donde la mujer nos los regaló, colocados en una manta en el suelo, las piezas de mayor orgullo de una recogida de basura rebuscada. Si la mujer los vio también, y algún día nos tropezamos, diré, para que no lo tome como una ofensa personal: “La culpa la tiene mi mujer”.
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Este artículo pone de manifiesto la diferencia entre mis objetivos periodísticos y los objetivos periodísticos de mi padre, columnista por The New York Daily News durante los años setenta y ochenta. Para saber más, haz clic aquí.
John Julius Reel | 21 de abril de 2013 a las 10:51
Estamos en Écija, donde hemos ido a ver una corrida de toros que nunca tuvo lugar, pues el torero, una joven promesa ecijana que iba a actuar como único espada, y el apoderado discutieron por motivos de dinero, y la corrida fue cancelada. Esto nos dijeron en la peña del torero, donde acudimos después de ver la plaza cerrada y sin ambiente 30 minutos antes del supuesto comienzo. Nos devolvieron el dinero de las entradas, pidiendo disculpas, pero yo había contado con la corrida para inspirar un artículo. Y ahora nada. Quizás por eso estoy de humor para lidiar con el único toro en la vecindad: mi mujer.
Desde la terraza de una cafetería en la Avenida de Andalucía, donde estamos tomando café y torrijas, veo pasar una especie de pareja con niños pequeños no desconocida en EEUU, pero más común en estas partes, y yo, el guiri con sueños de que le abran la puerta grande, no puedo resistir provocar a mi rival con un par de capotazos:
-Mira el gallito metrosexual, todo ufano, y la mujer rechoncha cinco pasos por detrás, cargada de niños.
El toro, recreándose al máximo en su torrija, parece manso:
-Quizás tiene un trabajo relacionado con los deportes- me dice-. O tiene una tienda de ropa de marca Spagnolo. O es un bombero o algo parecido.
-¡Eso quisiera él! Es un don Juan de pacotilla que descarga su frustración, y al mismo tiempo siembra sus falsas ilusiones, con horas y horas en el gimnasio.
-¿Tú qué sabes? Quizás demasiado.
-¡Oye! No soy yo la que va tres días a la semana a nadar.
El toro, sacado de su querencia, empieza a embestir:
-Hago natación, cariño mío, para no convertirme en una rechoncha cargada de niños que va detrás del pavo. Un día te pregunté, mirando en el espejo: “¿Ves mi culo más grande que antes?” ¿Recuerdas cómo me contestaste?
-No.
-Permaneciste callado.
-¡Claro! Aquel señoritingo con sus gafas de sol y sus patillas, pese a ser exageradamente musculoso, no tiene las agallas para decir a su mujer que sus antaño sensuales redondeces se han convertido en una rotunda redondez. Deberías dar gracias por lo que tienes.
Mi andaluza otra vez busca la querencia:
-Seguramente la muchacha no tiene tiempo para nada.
-Le da tiempo para comer.
-¡Cuidado!- El pitón me roza-. ¡Que la mujer coma lo que quiera!- Se zarpa su torrija con chupa-los-dedos gusto-. No dormimos, no hacemos el amor, no salimos ni entramos y ¿encima no comemos? Que nos peguen un tiro para acabar con la agonía.
-¡Qué fina eres!
-Fina no soy. Soy andaluza. Soy como la vida.
-Tranquila. Me gustan tus michelines. Me siento más acompañado en la cama.
-¡Y una porra!
-Ésa también se siente más acompañada.
¡To-re-ro! ¡To-re-ro! El paso doble empieza a sonar.
Ahora, a rematar con lentitud, temple, y, sobre todo, gracia:
-El apetito sexual de la mujer- explico-, se impulsa por una gama de factores más amplia que la que impulsa el apetito del hombre. . .
-¡Ya te gustaría a ti!
-Y distinta. . .
-Hijo mío, si pensar esto te consuela. . .
-Una mujer puede cumplir con su deber conyugal, pues, un día por animar a su pareja, otro por agradecerle, y otro por piedad, y, milagro de milagros, cumplirlo cada vez con gusto.
-Con los ojos cerrados, fantaseando.
-Lo que quiero decir, darling, es que si aquel chulo y los demás de su estirpe quieren hallar satisfacción en su vida sexual, tienen que buscarla dentro no fuera de su matrimonio, que está hecho de tolerancia, aceptación y perdón.
-¿Por qué no te dedicas a ser telepredicador?
-¿No me has hablado de este tipo de sevillano que alterna por la noche en bares de copa y discotecas, intentando ligar con cualquiera, y al día siguiente aparece dando un paseo de la mano de su novia de la infancia? Sevilla no es como Nueva York, donde hay mil sitios para esconder una cita amorosa, sino una servilletita que no esconde ni el flirteo. Menos mal. Corta este mal camino antes de que los débiles podamos perdernos en ello. Sólo los caraduras quedarán fuera del alcance de la ciudad salvadora. Al resto nos señala en donde radica nuestra felicidad – en nuestras preciosas, deliciosas, jugosas esposas.
Después de tal faena tan brillantemente ejercida, el toro no tendrá más remedio que rendirse, embelesado, ante el maestro. El buen toreo no es otro que una hábil seducción.
-¿Sabes en donde radica mi felicidad?- Cabeza bajada, mira amenazadoramente, amorosamente, a su domador-. En un precioso, delicioso, jugoso pestiño.
Se levanta para pedir uno, dejando al lidiador clavado por su propia espada. ¡Olé!
***
Si el lector tiene interés en saber por qué mi mujer no quería que éste artículo se publicara, haga clic aquí.
John Julius Reel | 3 de febrero de 2013 a las 10:51
¿Por qué vuestro querido guiri no se encuentra en la lista de celebridades más solicitadas de la prensa rosa de España? ¿Por qué el paparazzi no está a la vuelta de cada esquina, pillándole en sus momentos más feos e incómodos, por no decir íntimos, para salir en las revistas semanales, tranquilizando a sus fans más acérrimos de que él también es humano? ¿Por qué cuando escribes “John” en Google, te surgiere Johnny Depp, Johnny Cash y John Lennon, pero no John Julius Reel?
Decido preguntar a mi mujer:
-Dime por favor, ¿qué me falta para llegar por fin a la cumbre de gente selecta?
-¡Sst!
Estamos viendo la tele mientras los niños echan su muy merecida (para nosotros) siesta, pero ella va lista si piensa que voy a quedar por debajo de mi competencia incluso en mi propia casa.
-¿Torrear?- pregunto, alzando la voz-. ¿Enredarme con viejas glorias? ¿Robar de las arcas públicas?
-Un momento. Que no me entero de lo que hablan.
Levanto la voz aún más:
-¿Quitar esta verruga velluda de encima de mi ojo? ¡Dime, por el amor de Dios, mis defectos para que yo pueda triunfar!
Ella se repantiga en el sofá, yo me siento en una banqueta entre ella y la televisión, codos sobre rodillas, arremangándome.
-¿Por qué no estás trabajando? – me pregunta-. ¿La tarde no es tu “hora del yo”?
-Esta tarde he decidido ver la tele contigo y así conocer mi futuro público. El otro día, leí en el periódico unas palabras de Paco Correal: “Antes la gente escribía para hacerse famoso. Ahora se hacen famosos para escribir”, y vi la luz. Ha llegado el momento de reinventarme. A partir de ahora, tengo un solo objetivo: llegar a ser tertuliano en la tele de la tarde.
-¿Tú? ¿Con esta panda de matasuegras? No sobrevivirías ni un día.
-Me veo obligado a discrepar.
-¡Qué gracia! El estreñido quiere estrenarse en la Verborrea Vespertina.
-Es la única forma de publicar un libro en España, sin tener que dar dinero a una editorial.
-Entonces, quieres que te ayude a vender tu alma al diablo a cambio del triunfo.
-Es un hecho poco conocido que, al partir de cero en una tierra lejana, con una cultura y lengua nueva, consigas una segunda alma. Sólo quiero vender mi alma guiri. En mi país, quiero seguir siendo un simple escritor humilde y anónimo.
-Vale. Lo primero que tienes que hacer es saltarte todas las normas básicas de la comunicación: no pensar antes de hablar, no medir las palabras, no respetar los turnos, gritar, insultar. En fin, todo lo contrario de conversar.
-Tengo el propósito de dejar de pensar durante Cuaresma. Supongo que, como dejar cualquier adicción, después de cuarenta días, ya habrá pasado lo peor. También, en vez de escribir, voy a transcribir, grabando todo lo que pasa en esta casa, y después recortándolo hasta lo más escandaloso. Eso entregaré al periódico.
-Una idea muy explotada, pero que nunca falla. Hoy en día la originalidad es una tara. Y no olvides que cuánto más inculto demuestras, mejor. En estas tertulias, confunden autenticidad con ordinariez y poca educación.
Me pongo en pie, y empiezo a arremeter contra la tele, haciendo aspavientos:
-¡Truhán moderno! ¡Majadero! ¡Silo de bellaquerías! ¿Pensarás que soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra?- Desahogado, me siento de nuevo-. ¿Qué te parece?
-Trabajaremos en ello. Van a pensar que les estás insultando en otro idioma.
-Vale. Y para el periódico. . . Recuerdas una noche, después de hacer el amor, te pregunté: “¿Por qué antes siempre pedía un vaso de agua después, y ya no lo haces?”, y me contestaste: “Porque ahora eres más rápido”. ¿Ese no es un corte para la franja de máxima audiencia? Pullas y humillaciones las hay a patadas en mi vida. Tengo que aprovecharlas a la hora de presentarme a un público, ¿verdad?
-Sí, este es el tipo de basura que estos programas reciclan hasta la saciedad.
-Y si hay días en los que mis lectores finos se regodean en deslizar mis textos por debajo de los culos de sus perros agachados. . .
-En este caso sí harás un gran servicio a tu ciudad.
-¡Por allí iba yo! ¿Cómo es posible no haberme dado cuenta hasta ahora que, para ser la voz de la gente corriente, para escribir, ¡perdón!, transcribir un libro que se vende como churros en los hipermercados, hay que chirriar?
Por fin, la rama femenina de la familia (quizás pensando en hacer nuestro agosto) se olvida completamente de la tele y empieza a dar vueltas serias a mi idea. Sigo sirviéndole materia digna de reflexión:
-¿No lo ves?- digo-. Ser un matasuegras es una parte clave de mi herencia cultural. Lo llevo en la sangre. Los estadounidenses fuimos los primeros en escandalizarse y luego celebrar precisamente a aquellos que nos escandalizaron. Si en ambos casos ha sido más allá de lo razonable, pues así es el guion de la película. Desde nacimiento, mi sociedad me ha inculcado que, si no estoy sobrevalorado, no soy nadie.
-¿Sabes por qué estos programas tienen tanta audiencia?- concluye mi mujer-. Estamos todos muy ocupados, y, a diferencia de una película apasionante, una entrevista aguda, o un partido de infarto, si el peque requiere nuestra atención, o las espinacas tenemos que remover, o el teléfono tenemos que atender, no nos perdemos nada al ignorar la tele.
-Ok, todo aclarado. Voy a dejarte antes de que me ignoren.
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John Julius Reel | 6 de enero de 2013 a las 12:19
¡Con qué placer mi esposa relata sus sueños!
-Escalaba una montaña en la niebla- dice-, y no podía más. De repente, apareció una mano de la nada para coger la mía y ayudarme. Resulta que era el brazo de una especie de sabio. Vivía en la montaña con sus discípulos. Me sentía tan en casa con ellos que quería quedar para siempre.
No reacciono, pero ella adivina lo que estoy pensando:
-Lo siento, cariño, el sabio no eres tú, y los discípulos no son los niños. El feeling era espiritual.
Siempre está de viaje espiritual en sus sueños: en una bicicleta muy pequeña por sus medidas, media rota, el manillar torcido, y después de un gran empeño, con muchos obstáculos, consigue avanzar y casi alcanzar su destino; o va en tren a una velocidad sobrenatural por túneles y puentes, sin miedo. Y sola. Siempre está sola, salvo en un sueño, al que no quiero dar demasiadas vueltas, en el que un enorme hombre negro le dio un apretujón y ella se sintió protegida, no quería que terminara. Por cierto, en los pocos sueños suyos que he hecho acto de presencia, he estado tonteando con alguna pelandusca.
-¿Por qué no con Doña Sofía o con Doña Cayetana?- le digo-.
-Estas dos no tienen ni chicha ni limoná.
Si somos lo que soñamos, yo soy menos. Tuve uno en el que yo era Tom Cruise y tenía que lavarme el pelo urgentemente antes de que estrenara mi nueva película. Tuve otro en el que el alcalde Zoido era mi redactor jefe y yo estaba enfadado con él, porque comía un dónut y no prestaba atención suficiente a mi artículo. Y tuve un tercero que primero pondré en contexto. Un día fui a un supermercado del barrio y compré miel de oferta. Resultó que no era miel pura, sino jarabe que llevaba sólo 13 % de miel. La devolví a cambio de mi dinero sin problema. Pues, aquella misma noche tuve un sueño en el que fui a esta tienda y vi miel al mismo precio al que la suelo comprar. Ya está. Sueño acabado. ¿Qué hay para interpretar? ¿Qué hay para hacerme el interesante?
-Es lógico- digo a mi mujer-. Cuando alguien se desarraiga de su tierra natal, el inconsciente pasa todo el día buscando nuevos símbolos con los que pueda dar sentido a la vida, así pues, al llegar la hora de dormir, necesita descansar y no montar películas. Espera y verás. Uno de estas noches, voy a tener un sueño que te dejará atontada. Los tuyos van a parecer tiras cómicas en comparación.
-¿Por qué tienes que convertirlo todo en una competición?
-¡Porque estoy siempre siendo atacado! El otro día un habitante de tu querida ciudad llegó tan lejos en decir que, porque soy yanqui, con mis raíces en Europa, siempre tendré ganas de viajar por este continente en busca de mis predecesores, comparándome con – te lo juro por Dios – los niños españoles robados. Te digo una cosa, los estadounidenses, aunque tenemos poca historia, la sentimos intensamente. No estoy aquí buscando el calorcito de una casa y unas tradiciones que nunca he conocido o sentido. Estoy aquí simplemente porque, en Sevilla, aun pese La Crisis, vivo bien.
-No te emociones, cariño. Sólo quería compartir un sueño contigo.
-¡Los estadounidenses también podemos soñar a lo grande, y no sólo con ser estrellas de cine! De hecho, una noche, antes de conocerte, tuve un sueño tan bonito, tan místico, que instó a que me levantara de la cama para escribir un poema.
-Déjame ver el poema.
-No me levanté. Tenía demasiado sueño. Pero esto no viene al caso. ¿Sabes qué? “Sentir y pensar, sin operar sobre lo que se siente y piensa”, palabras del Manuel Chaves Nogales, el mejor periodista que esta ciudad ha conocido. ¡Por eso es! Como no sois consecuentes con lo que sentís y pensáis, el inconsciente es más inquieto por la noche. Se desahoga. Yo, por otra parte, no sueño con encontrar un sabio, o viajar a toda libertad, o ser abrazado amorosamente por un enorme hombre negro, porque ya he vivido todo eso.
-¡Te ha abrazado amorosamente un enorme hombre negro!
-Sí, fue la última vez en la que consentí tomar algunas cervezas con un homosexual dos veces más grande que yo. Me libré por los pelos. Con astucia. Menos mal. Te quejas que estoy acomplejado. Pues, imagínate si aquella mole se hubiera salido son la suya. Tendrías un cohibido de remate a tu cargo.
-Podría haber sido tu viaje a toda libertad.
-Mi viaje a toda libertad tuvo lugar en Sevilla. Antes de conocerte.
-¿Y tu sabio?
-Sabia. Yo, por lo menos, me atrevo a decirlo.
Otra vez me respaldo en las palabras de Chaves Nogales:
“Es ella toda la espiritualidad sevillana, y una misión de cultura honda y honrada” (es decir, este menda) “la recoge amorosamente, abre cauce sereno al caudal de su ánimo glorioso, y en él diluye, para que alcance a todas nuestras horas, aquel inapreciable tesoro de su emotividad”.
¡Qué palabras más oníricas! Así quiero soñar.
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John Julius Reel | 16 de septiembre de 2012 a las 8:07
Paseamos en bicicleta, mi mujer y yo, por las serpenteantes carreteras campestres de Nueva Hampshire, EEUU. Robles, arces y abetos salpican de luces y sombras el camino. Casas apartadas de la carretera se extienden sobre claros de bosque virgen. Al alcanzar la cima de una larga cuesta, nos paramos un momento para tomar aliento. Por encima de nosotros, una brisa vigorizante bate las barras y estrellas, un telón dos veces más grande que una sabana king-sized (tamaño de rey).
Mi mujer mira arriba, y después hacia abajo por el camino de la entrada anunciada por la bandera.
-¿Por qué la Junta pondría una consejería aquí en el quinto pino?- me dice.
-Es una casa privada.
-No me diga. ¿Del gobernador?
-No sé. De cualquiera.
-¿Y cómo se despierta esta gente? ¿Con una salva de diez cañonazos?
Guasa sevillana aparte, es bastante común en mi país, tanto entre los demócratas como entre los republicanos, ondear las barras y estrellas sobre el umbral de sus humildes (o no) moradas.
Antes del fenómeno de La Roja, era insólito, pero no inaudito, ver una casa andaluza haciendo patria con la roja y gualda. Un día, dando un paseo con Rafa, un taxista, por un pueblo dormitorio de Sevilla tropezamos con un chalet enorme, recién construido, apartado de la carretera por un muro grueso y una cancela tapiada. De un asta muy alta, la bandera española languidecía en el aire abochornado.
-¿Una casa privada?- dije a Rafa, sorprendido.
-Sí- dijo-. Quizás dando gracias al Ayuntamiento por hacer la vista gorda a sus robos.
Mientras la bandera americana inspira confianza y orgullo en el yanqui medio, sean las que sean sus creencias políticas, la bandera española provoca incomodidad en la gran mayoría de los suyos. Crea polémica incluso cuando se utiliza para animar la selección.
Al contrario de las barras y estrellas, la roja y gualda soliviantan los ánimos mucho más dentro del país que fuera, en parte porque estos mismos colores representaron la dictadura, yo sé, pero quizás también porque las cosas no han cambiado lo suficiente. Mientras los estadounidenses consideramos que nuestro país está bien representado en el icono Uncle Sam (frente arrugada con intensidad paternal, brazo extendido, llamándonos con el dedo), los españoles consideran su país un poco como el hijo prodigo, pero que no se enmienda, que cae una y otra vez en el mismo error: gobernar para el beneficio de unos pocos, ya sea con una dictadura o con la corrupción.
Os cuento lo que la bandera americana significa para mí: las barras son trece, el número de la mala suerte, para nuestros enemigos, claro. Las estrellas son 50, precisamente la cantidad de dólares que me gusta llevar en mi cartera. Con menos o más me siento vulnerable. El azul representa sangre fría, el rojo pasión, y el blanco puridad (no pureza). Aunque este impulso de mi país a ponerse el mundo por montera perjudique tanto a sí mismo como a los demás, lo admiro. En seguir adelante, a toda costa, mi país ha sido mi mejor maestro.
Creo que la gran mayoría de los españoles que sienten recelos del patriotismo lo confunde con el nacionalismo. Mucha gente en busca de una causa, cualquier causa, se arropan en el nacionalismo para legitimar su miedo, rencor o cólera. Todos sabemos que históricamente, este supuesto orgullo por la nación, aunque consigue unir a gentes diferentes, en demasiadas ocasiones ha desembocado en crímenes a escala masiva, y todo justificado como por el bien de la sociedad.
Tal como el erotismo se puede degradar en la pornografía, la frugalidad en la racanería, y la generosidad en el favoritismo, el patriotismo también puede dar su cara más mezquina, y por lo tanto peligrosa. En Nueva York, días después de 11-S, vi a niñatos ondear la bandera americana en semáforos, amenazando a aquellos que no pitaban su apoyo. De todas formas, en España, Francia e Inglaterra, los tres países europeos en los que he vivido, existe un desdén tácito e injusto por el patriotismo yanqui. Es por desconocimiento, en parte, pero tal vez también por no saber perder, es decir, por pertenecer a un país que durante una época, o muchas, había controlado una buena parte del mundo, mientras contendía para controlarlo todo, cuando de repente, arrasó un advenedizo “descubierto” por ellos. ¿Puede que las uvas verdes de algunos españoles, franceses e ingleses sigan fraguándose a fuego lento?
Cuando nació mi patria, nació también una perspectiva compartida por todos los niveles de la sociedad, con el gubernativo encabezando el desfile, que brinda a cada ciudadano un timón y muchos caballos de vapor. En EEUU, una vez dentro (legal), y a condición de no estrellarse o ser atropellado, el coeficiente de la suerte, buena o mala, en la ecuación del éxito o del fiasco es insignificante en comparación con de lo que es en España, y en muchos otros países. La vida te devuelve lo que inviertes en ella y más, materialmente y anímicamente. Si no fuéramos patrióticos, seríamos ingratos.
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John Julius Reel | 19 de agosto de 2012 a las 5:12
Iba a asistir a un partido de fútbol profesional, mi primero, y no podía encontrar mis gafas.
-Me va a doler la cabeza- me quejé a mi mujer-. Si la gente de esta ciudad no me exigiera tantas explicaciones, llamaría a Javier ahora mismo, para decirle que surgió un imprevisto y no puedo ir.
-¡Qué exagerado eres! ¿Por qué no llevas estas?
Eran sus gafas viejas. Al probarlas, se cayó uno de los cristales. Lo devolví a su sitio. Podía ver. Sólo su color me hizo dudar: rojo vivo.
-Menos mal que no es un partido del Betis- le dije.
Javier me esperaba en la puerta de su casa. Su camisa hacía juego con mis gafas, presagiando una buena noche.
-He preparado un par de bocadillos para el descanso- me dijo.
-¿Sí? Acabo de cenar.
-¿Acabas de cenar? ¿A esta hora?
Son los españoles, no los estadounidenses, los que cenan a una hora rara, pero intenté no ofender su hospitalidad.
-Tendré ganas de comer el bocadillo- le dije-.
¿Cómo era que mi mujer, sevillista desde nacimiento, no me habría avisado? A estas alturas ya podía saber lo delicado que soy. Como si el alboroto y emoción del partido no bastara para alterar mi aparato digestivo. ¡Encima iba a tener que cenar dos veces! Si ella sufría las consecuencias de mis tripas revueltas en la cama aquella noche, no iba a sentirme culpable.
En Nueva York, como en Sevilla, muchos hinchas de los pueblos dormitorios llegan a los partidos, aparcan en la calle y disfrutan de un buen paseo al estadio. En una ocasión, mi padre, habiendo buscado nuestro coche durante media hora después de un partido de béisbol, preguntó a un policía que dirigía el tráfico, “Agente, ¿ha visto usted un Toyota azul?” El agente respondió: “Más que un mecánico japonés, listillo”. Afortunadamente, todo es más factible en Sevilla.
Hasta llegar a los tornos de entrada. El carnet de socio del amigo de Javier, que estaba en la playa, no me dejaba pasar. Fue imposible solucionar el problema sin el carnet de identidad de su amigo. Javier me dio los bocadillos y el carnet suyo, e insistió para que viera el partido solo.
La vida fue más predecible antes de la llegada de las entradas electrónicas. Por otro lado, no iba a llorar demasiado este giro inesperado. Sin tener que preocuparme en ser buena compañía, podía asimilar mejor la experiencia.
El campo de Sevilla F.C. no es feo, pero tampoco es comparable con el ruedo de la Maestranza. Por dentro, las instalaciones, mostrando el gris de hormigón desnudo, necesitan una manita de pintura. Los accionistas deberían contratar los servicios de algunas de estas mujeres, artistas plásticas frustradas todas, que visten las vírgenes de Sevilla. Acicalarían al Ramón Sánchez-Pizjuán antes de que podamos decir María Santísima de la Esperanza Macarena.
No tenía mucha idea de quién era el adversario. Eché en falta un programa. Yo no era el único ignorante. Los sevillistas, no sabiendo con quien meterse, arremetieron contra un delantero, cuyo único delito, según los comentarios, era su calvicie. Si la suya fue un crimen, la cúpula reluciente de Del Nido merece la cadena perpetua.
Para ser justo, el ambiente se convirtió en algo extraordinario gracias a la afición. Una prueba más de que el verdadero encanto de Sevilla radica más en sus habitantes que en sus monumentos. Nunca antes he visto tanta gente cantar juntas sin desafinar ni perder el compás. Lo más parecido fue en 1979, durante una misa celebrada por el Papa Juan Pablo II en Yankee Stadium en Nueva York. “Peace be with you” (la paz esté con vosotros), dije, y 55.000 creyentes respondieron al unísono perfecto: “And also with you” (y con tu espíritu). Con todo los sevillistas de pie cantando, haciendo el estadio vibrar, llegué incluso a rezar, por mi hermano, el pobre, que estaba a punto de casarse. A fin de cuentas, la casa de Dios es donde hay espíritu, afición y buena fe. Una razón más para que mi hermano y su novia sean felices y coman perdices.
Sevilla jugó mejor que su rival, el Hannover 96, pero no aprovechó sus oportunidades. El equipo alemán, por su parte, aprovechó un despiste del Sevilla. A la afición sevillista, no se le cayó el mundo encima por la pérdida. Todos salimos del estadio con paso vivaz, sin atascos, casi a grandes zancadas.
Los estadounidenses pecamos de mentir para agradar. Para que sepáis hasta tal punto este defecto ha llegado a mí, tiré uno de los bocadillos en un contenedor de basura, al acordarme de que tenía que pasar por la puerta de Javier para devolver su carnet.
Javier ni se dio cuenta del bocadillo que me quedaba. Con la cabeza agachada, penitente, lo traje a casa, y lo puse en el frigorífico.
-¿Cómo ha estado el partido?- me preguntó mi mujer, desde la cama-. ¿Se ha caído el cristal?
En condiciones normales, habríamos estado todos dormidos a esta hora.
-La experiencia habría sido igual de única e inolvidable aun sin gafas- le dije.
Al día siguiente, aunque se me antojaba almorzar otra cosa, comí el bocadillo. Si me hubiera provocado indigestión, habría recibido mi merecido. Pero me sentó como una bendición.
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John Julius Reel | 22 de julio de 2012 a las 10:46
En vísperas de un viaje de diez días a Londres, mi sola preocupación fue que mis hijos pequeños, al no poder hacer pipí en plena calle, como hacen en Sevilla, tendrían que volver a llevar pañales.
-La vida nunca perdona- dije a mi mujer-. Cuando no soy consecuente, se vuelve contra mí. En vez de asegurarme que mis hijos hagan pipí antes de salir de casa, recurro, como todos en mi entorno, a lo más fácil: dejo que ensucien la vía pública.
-¿Ensuciar? Anda ya.
-Sí. Tú, como la mayoría de los padres sevillanos, tienes la impresión de que la orina de tus hijos es como agua manantial. Yo no sufro de delirios. Me he hecho un vago, que es peor, y he recibido lo merecido: una situación que se me escapa de las manos.
Si pierdo la vista de los niños durante un momento en la calle, es probable que estén con los culos al aire, regando la base del árbol de su encaprichamiento. Tienen tres y dos años, y son tercos de solemnidad. No me dejan ayudar. La lucha con calzoncillos retorcidos, botones y cremalleras puede tardar unos cinco minutos largos, tiempo suficiente para que una auténtica señoritinga británica nos pille en el acto y que cante las cuarenta al colono poco refinado, embrutecido aún más por su estancia extendida en el culo de Europa continental.
-Virtudes públicas, vicios ocultos. ¿No dicen eso de los ingleses?- dijo mi mujer-. Prefiero una cultura que predica todo lo contrario.
Resultó que nuestro destino, Kenton, se situaba en la periferia. Los anglosajones eran la minoría. Fue más fácil encontrar un restaurante indio, celandés, o libanés que un pub, más fácil comprar embutidos polacos que “fish and chips”. El amigo con el que nos alojábamos nació y se crió en Londres con padre hindú y madre australiana. Se dedica plenamente a psicoanálisis y a terapias alternativas. Se deja llevar con sus inquietudes hasta arriesgarse hacer el ridículo. Así ha ganado mi respeto. Nos había ofrecido la casa de su infancia, mientras su madre visitaba a parientes, permitiéndonos atrevernos con un viaje de tantos días con niños apenas pasada la etapa de pañales.
Por los peques, lo más cerca que llegamos a la alta cultura británica fue el canal público de televisión infantil. Toda la programación era de cosecha propia, edificante, a veces incluso excepcional. En mi país, los canales infantiles son privados, y empobrecen los contenidos para atraer y embobar a un público con padres sin inquietudes culturales. La poca programación que consigue ser buena se interrumpe constantemente con publicidad creada para convertir a los niños en impulsores de consumo. En España, el canal público para niños tiene sus días contados por La Crisis. No será una gran pérdida. Casi toda la programación es importada, una gran parte de ella de calidad cuestionable, y repetida hasta la saciedad.
El crisol de nacionalidades en Kenton, combinado con la programación televisiva autóctona me hicieron recordar lo que más admiro de Inglaterra. Se abre a todo, sin dejar de apreciar y vivir plenamente su cultura de siempre, así que todos los que nacen y se crían allí, sean cuales sean sus orígenes, reflejan, hasta cierto punto, lo británico. En Sevilla, si vienes de China, África, Sudamérica o Europa del Este, lo más probable es que vivas, te diviertas y quizás incluso trabajes en una comunidad aparte que se compone principalmente de los tuyos. En EEUU, los inmigrantes sí se integran, pero en una cultura basada más en sus oportunidades económicas que en sus curtidas y reciedumbres tradiciones.
Una tarde, yo tomaba una buena taza de té, y mi mujer leche con cacao (para ella, hagamos una variante andaluza del viejo refrán: “Allá donde fuere, haz lo que coño quieres”), mientras mi amigo nos ponía al día con su nueva afición, la homeopatía. Mi atención divagó a los niños, jugando al otro lado del ventanal en el espacioso, exuberante y soleado jardín. Podíamos ver a ellos, pero ellos no a nosotros. No estaba acostumbrado a barreras, aun de vidrio, entre mis hijos y yo, y su imagen en movimiento me resultó milagrosa, como si un artista, al retratar lo cotidiano, me hubiera hecho ver su valor. Con la brisa, mechones de sus pelos se alzaban, y los cuellos de sus chaquetas se aplastaban. Conversaban con gravedad, haciendo gestos por allí y por allá. Los miraba embobado, con el corazón en la garganta, hasta que empezaron a desabrochar sus pantalones.
-Do you mind if they piss in the weeds? (¿Te importa que meen en las matas?)- dije a nuestro anfitrión.
-¿Matas?- me dijo-. ¡Si mi madre te oyera! Son rosales.
Empecé a asomarme a la ventana.
-Tranquilo- dijo.
Aquella misma noche, cuando mi amigo y yo por fin dejamos de charlar, me dio las buenas noches diciendo que, como se estaba resfriando, haría gárgaras con su propia orina.
-Un remedio homeopático- me dijo-. Así el sistema inmunológico, provocado por un bote de sus propias impurezas, supera la infección.
Llegué a la cama todavía incrédulo.
-Jamás lo habría adivinado- dije a mi mujer-. El pipí de nuestros hijos no es agua manantial, es medicina natural. Cuando mean en la calle, están contribuyendo a la salud de nuestra ciudad.
En Kenton, justo entre Zona 4 y Zona 5 del underground, medra el verdadero espíritu de Londres: amplio de miras, arrojado, experimental. Algunos opinarán que Sevilla es todo lo contrario. Yo diría que la vida es una pista circular en la que los líderes acaban compitiendo de nuevo con los rezagados. Visitamos una de las ciudades más a la última de Europa, y descubrimos que la vanguardia está aquí.
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John Julius Reel | 12 de mayo de 2012 a las 3:23
Desde que empecé a inhalar lo hispalense, me han dicho en diferentes ocasiones que para aquel que quiera saber de Sevilla, es imprescindible leer el clásico La Ciudad de Manuel Chaves Nogales, precisamente el gran protagonista de esta Feria del Libro.
La Ciudad tiene 200 páginas, pero son demasiado densas para este yanqui. Tuve que leer el libro tres veces, consultando el diccionario en 934 ocasiones, muchas veces en balde, y Wikipedia cuando me encontraba con oscuras (para mí) referencias históricas. Aunque Nogales sea uno de los mejores periodistas de todos los tiempos en España, no podía evitar evaluarle como le habría evaluado mi padre: “Clearly not a tabloid writer” (Claramente no es un escritor para las masas). Mi padre sí fue periodista para las masas, y uno de sus consejos más frecuentes sobre la buena práctica de su oficio fue, “Don’t send anyone to the dictionary” (Nunca envíes a nadie al diccionario).
Pero ¿quién soy yo para hacer ascos a los diccionarios? Todavía dependo de ellos para entender y utilizar mi segunda lengua. Nogales, además de aportarme una perspectiva más honda de “esta ciudad eterna”, me ha convertido en un verdadero crack con el castellano. Comprobadlo vosotros mismos, a través de este agujerito:
Entré en casa, dejé caer La Ciudad y mi diccionario abollado en la mesa, y me desplomé en el sofá, las palmas presionando las sienes.
-Ya era hora que lo terminaras- dijo mi mujer desde la terraza, tendiendo ropa, sin duda una forma más productiva de currar-. Claro que te duele la cabeza.
-Inconmensurablemente.
-La próxima vez, búscate una lectura más placentera. De eso se trata.
-A la belleza por el camino del dolor.
-Y cuando encuentras la belleza, estás reventado, y no puedes disfrutarla.
-Es algo como el hachazo dado en el tronco más fuerte de un bosque inexplorado.
-Cuando te empeñas en algo, siempre pasa lo mismo. Te trastornas. ¿Todos los yanquis sois así, o me tocó la parte más retorcida?
-Desdichadamente, aun queda en nosotros algo de conquistadores.
-¡Relájate ya! ¿Qué buscas?
-Esa felicidad de cada día, que saben hallar solamente los que, para ser felices, dejaron de pensar en la felicidad.
-Estás tan volcado en tu trabajo que no ves a tu alrededor, como un crío con su juguete nuevo. Y mientras, tus hijos son un par de viejos. ¿No lo ves?
-La ciudad es pródiga en niños prodigios y hombres pueriles.
-Venga. Te vendrías bien ayudarme recoger la casa. ¡Tantos trastos! Cada noche sueño con tener un patio. Para mi desahogo.
-El mármol, el agua, la palmera – sus tres fundamentos – tienen un mismo valor estético. La triste, la muerte.
Ya estaba ante mi ordenador, viendo las estadísticas de mi blog.
-No pienses más en eso, cariño- dijo mi mujer-. Lo tuyo es escribir lo mejor que puedas y después publicar. Si los demás no lo leen, ellos se lo pierden.
Mi mujer es mi fan número dos. Mi fan número uno soy yo. Gracias a Nogales, ahora podía expresarlo con más elocuencia.
-Sevilla únicamente sabe mantenerse inmune, y no tolera genios, ni admite definidores.
-No te obsesiones. No eres el único a quien no leen.
-No hablemos de vuestros vicios; son los mismos de todo el Mediodía. Es vuestro mes de abril el Otoño de los libros.
La verdad es que mi mujer tampoco me leería si no exigiese su opinión, casi siempre acierta de lleno. Saqué de la impresora un artículo nuevo, y se lo di, todavía caliente, pillándola justo al terminar con la ropa, antes de que otra tarea más urgente le ocupara.
-Es verdaderamente maravilloso el certero instinto crítico del tipo popular-le dije-. Hay una desconocida norma, una sobrenatural piedra de toque que sirve a estas gentes, arbitrarias e ignorantes, para conocer la calidad de cuanto a su consideración se ofrece.
-¿Insinúas que soy una ignorante?
Imperturbable, seguí adelante:
-Sus ojos negrísimos saben perforar las cosas en que se detienen.
-Mis ojos son marrones.
Señalé a mis paisanos como punto de contraste:
-Acumulan instrumentos de poder, atesoran fabulosas riquezas, exaltan la cultura, ponen sus vidas tras cristaleras del confort, y desmenuzan sabiamente entre los dedos sus pequeños y complicadas pasiones.
-Dígame, Don Quijote. Y usted, ¿pa qué ha cambiado sus cristaleras del confort?
-Por este pan moreno y recio, de este sol y esta arcilla, y esta cal viva y violenta de esta bárbara filosofía, de estos ojos negr— perdón– marrones y febriles, de este raro y completo saber, de esta naturaleza exuberante, de la que extrajeron su jugo muchas civilizaciones, sin que su inmenso poder fuese anulado por los afeites y la constante depuración.
-¿Me llevarías algún día a conocer los cristaleras de confort que abandonaste? Si no me han anulado otras muchas civilizaciones, no creo que me anule la tuya.
Me mareaba de tanto hablar en la voz de otro, pero me arranqué con una frase más, con tono suplicante, haciendo un gesto hacia el dormitorio:
-Presta su cuerpecillo. . . para que se haga una pausa de serenidad en este espíritu atormentado del místico.
Me dio la espalda, y empezó su tarea, boli en mano.
-Lo primero es lo primero. A la belleza por el camino del dolor.
-¡Monstruosa hipérbole hispalense! Eres bella, porque siempre eres nueva. ¡Vivan las caenas!
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John Julius Reel | 11 de marzo de 2012 a las 12:59
-¿De dónde es tu mujer?- me preguntó una vecina.
¡Mi mujer! ¿La que es bajita, morena, escultural y sin complejos de lucirlo? ¿La que por la mañana de camino al trabajo deja el ascensor oliendo a coco? ¿La que al intercambiar conversación con el vecindario emplea con toda naturalidad locuciones como “¡Ojú! Hay que ver” y “¡Digo!” y “¿Tú crees que esto es normá?” ¿La que tiene la costumbre, desconcertante para alguien que ha aprendido el idioma en el extranjero, de saludar de lejos a vecinos con “adiós” en lugar de “hola”? ¿Estaba preguntando sobre la procedencia de ésta mujer?
La vecina, al ver mi incredulidad, añadió:
-Es que me preguntaron el otro día y no sabía qué decir.
-¿Te preguntaron quienes?
-Pues, algunos vecinos-, me dijo.
Entonces ¿la confusión era general? ¡Ojú! ¿Vosotros creéis que esto es normá?
Sí, es normá. En Sevilla, la característica concluyente de mi mujer, la que predomina injustamente sobre todas las demás es el estar casada con un guiri. Algunos vecinos no pueden evitar llevar esta lógica a su colmo: porque soy guiri, mi mujer tiene que ser guiri también.
Entonces, que identifiquen a mi andaluza como guiri se puede entender. Lo que todavía no he llegado a entender es cuando identificaron a mi hermano como nativo. Sé que no deberíamos sacar conclusiones basadas solamente en el aspecto físico, pero, vamos, mi hermano es una especie alienígena, con la cara consumida de trabajo excesivo y del estrés. Imaginaos a la viva imagen de Abraham Lincoln, sin barba, vestido por L.L. Bean (la más clásica versión yanqui de Decatlón), paseando embobado un día por Aracena, con mi hijo mayor, también con pinta innegable de guiri, montado en sus hombros. De ningún modo estaban las calles vacías de gente evidentemente española. De hecho, en nuestro grupo estaban mi mujer y nuestros amigos Javier y Arancha. No obstante, paró un coche, bajó la ventana, y un hombre, dirigiéndose específicamente a mi hermano, dijo, “Niño, ¿sabe dónde venden esos pasteles tan buenos?”.
Yo veía a mi hermano queriendo, con todo su ser, agradar y ayudar, pero también con un matiz inconfundible de orgullo por haber sido identificado como lugareño. Antes de que pudiera decir, “Repítamelo, por favor. Despacio”, Javier y Arancha lo rescataron del apuro, dejándole con la miel en los labios. Mi hermano es yanqui tanto en su aspecto físico como en su educación impecable y en estar siempre dispuesto a lo que suponga un reto. Quería protagonizar una escena callejera en el extranjero, cuanto más prosaica mejor, y así distinguirse.
Yo, en el lugar de Javier y Arancha, habría dejado a mi hermano valerse por sí mismo. Precisamente porque todo el mundo iba a su rescate durante su visita, cuando le pregunté cómo le parecía el nivel de inglés de Javier, que es mi alumno, fue capaz de decir, “Es más o menos parecido a mi nivel de español”. Es un error de principiante creer saber más de lo que realmente sabe, y que los demás saben menos. En un yanqui, este error es normá.
En la cultura en la que crecí, cuantos más logros amontonemos, más americanos nos consideramos. Pues, teniendo en cuenta lo patrióticos que somos, no es de extrañar que nos adelantemos a los acontecimientos en nuestro empeño de adquirir experiencia. No sólo creemos dominar un idioma mucho antes de poder hacerlo, sino alardeamos formar parte de vosotros mientras estamos todavía quitándole el tocino al jamón. Quizás por esta mentalidad de “Triunfo, luego existo” que reina en la sociedad estadounidense, no podemos adaptarnos por completo a ninguna otra sociedad. A fin de cuentas, adaptarse bien requiere ser invisible, o por lo menos ser solamente uno más, algo que va en contra a las inquietudes que nos han inculcado desde muy pequeños.
Sevilla siempre frustrará a los yanquis, porque ser sevillano es un derecho de nacimiento, que no se puede conseguir con logros. Pensáis que vuestro rincón del mundo es únicamente vuestro, y os agarráis a ello. Seremos siempre guiris, una palabra que suena en las bocas de los sevillanos como si dijereis “payaso”. Nos soportáis con cariño, pero aun más con guasa.
Durante mi adolescencia, jugaba baloncesto en los parques situados en los barrios afroamericanos. Me dejaban jugar porque podía defenderme. Pero, fuera de la pista, mi relación con los jugadores nunca iba más allá de lo cordial. Desconfiaban de mí, con razón. Los utilizaba para mejorar, para hacerme notable. Al mismo tiempo y por el mismo motivo que ganaba su respeto, ganaba sus recelos, y sus burlas a mi espalda.
Aquellos días me prepararon para Sevilla. Si casarme con una sevillana, más que incluirme entre las filas de los vuestros, ha convertido a mi mujer en una guiri, el único recurso que me queda para pintar algo es ganar a los sevillanos la partida en su propio terreno, es decir, ser más guasón que los guasones.
Por eso, estoy planeando una boda. Por fin mi mujer y yo nos casaremos por la Iglesia. Buscaré un cura que hará los honores debajo la portada de la Feria, con mi andaluza luciendo un traje de flamenca hecho con las rayas y estrellas de la bandera de EE.UU. Como música de fundo elegiría mi himno nacional, pero aflamencado. Dar el espectáculo entre uno de los espectáculos más grande que hay sería precisamente el bombazo que convertiría a mi mujer en una de los nuestros para siempre.
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John Julius Reel | 22 de enero de 2012 a las 14:57
Las viñetas de esta entrega, todas frutos del viaje más reciente que hice con mi familia a mi patria, dejan bien a las claras lo que pierdo y gano al encontrarme en un sitio opuesto al otro, y lo que permanece igual:
Uvas verdes
De puerta a puerta, el viaje entre Sevilla y la casa de mi hermano, donde nos alojamos en EE.UU., dura 36 horas. Viajar así con dos niños pequeños es como luchar en una guerra de desgaste contra un adversario con refuerzos inagotables.
Tuvimos suerte en el vuelo de Madrid a Boston; el avión iba medio vacío. Además de brindar a la familia un campo de batalla más amplio, me proporcionó un contexto iluminador para observar contrastes culturales. Todos los americanos blancos con asientos próximos a nuestros los dejaron por otros, mientras los hispanos permanecieron en sus sitios, ayudándonos a desviar el camión grande.
Los últimos blancos ahuyentados por la refriega sin cuartel fueron dos mujeres sentadas una al lado de la otra, embobadas con la película Comer, Rezar, Amar. Al final, decidieron huir también.
-Menos mal- dijo mi mujer-. Había pensado que uno de los niños había hecho caca, pero eran los pies de una de aquellas mujeres.
Si este comentario os parece común, y aún más común mi elección de publicarlo, echad la culpa a no saber perder, lo que en inglés se llama sour grapes (uvas agrias). ¿Cómo no voy a querer dar un golpe bajo a alguien que opta por aquella sensiblería del séptimo arte en vez de ir a rescate a dos padres superados por su prole?
Todo OK, Daddy
Mi hijo mayor, de casi tres años al hacer dicho viaje, me notó apagado al llegar a casa de mi hermano. Mientras me tumbaba desplomado en el sofá, él echaba un vistazo a lo que sería su casa durante dos meses, yendo de habitación en habitación, abriendo puertas y muebles y mirando debajo de sillas y de camas. Llegó otra vez a mi lado, y dijo en el tono más tranquilizador que sabía, “No dead rats, Daddy” (No hay ratas muertas, Papá).
En este intento de mi hijo de darme ánimos, creo que es evidente la crítica que quiero hacer de cómo Sevilla cuida y limpia sus barrios periféricos, como Madre de Dios, donde vivimos. ¡Qué imagen más fea está legando los administradores de esta ciudad a la mayoría de sus niños!
Ganga a precio de oro
En Nueva York, he conocido enclaves de inmigrantes de una gran variedad de países europeos, con la excepción de España. Supongo que los españoles que eligieron emigrar al nuevo mundo, zarparon rumbo a América del Sur, no del Norte, queriendo aliviarse del problema del idioma. Los italianos y los griegos no tuvieron esta ventaja. El premio que estos dos países han recogido por instalarse en EE.UU. es poder hoy en día monopolizar el mercado de manjares mediterráneos. El monopolio hace todo lo posible, tanto legalmente como ilegalmente, para que España no se cuele en el banquete. Los italianos y los griegos no son ingenuos. Tendrán mucho que perder una vez que los estadounidenses prueben lo que España tiene que ofrecer.
Teniendo en cuento todo esto, a mi mujer y a mí nos sorprendió mucho tropezarnos con dulces de Inés Rosales en el supermercado del pueblo pequeño de mi familia, New London, New Hampshire, situado en el noreste del país. Nos alegró hasta ver el precio: ¡seis dólares por unos dulces que podemos comprar en Polvillo por un euro! Si multiplicaran a tal magnitud el precio del buen jamón, sería más barato viajar a España a saludar un 5J.
Regulá
-En tu país-, dijo mi mujer-, todo es regular.
Dijo la palabra en inglés, que significa “normal y corriente”, pero con intención de provocarme con el significado de la palabra en español.
Es verdad que se emplea mucho “regular” en mi patria. También es verdad que mi esposa, con el inglés, estaba pasándolo, pues, regulá.
Una noche, cuando mi madre le preguntó qué había comido en el restaurante, mi mujer dijo soap (jabón) y después Why (¿por qué?), queriendo decir soup (sopa) y wine (vino). Y con los nombres ni os cuento Una tarde, antes de asistir a una cena entre amigos, yo intentaba prepararla:
-Los hijos se llaman Brette y Rhett-, le dije-.
-¿Bread (pan) y red (rojo)?
-Más o menos. El marido, Doug.
-¿Dog (perro)? ¿Va a venir cat (gato) también?
-¡Déjate de guasa de una vez, mujer!
-¿Y la esposa?
-Norma.
-¿Normá? Pues, mejor Normá que Regulá.
Le frustraban igualmente el afán que los yanquis tenemos de poner un apodo o un nombre cariñoso a los seres queridos. Le recordé a todos los Pepes, Quiques y Pacos de nuestro barrio, y también a los Cucos y los Curros de Nervión, y a uno de los camareros de Toboso que le llaman ‘Bicicleta’ porque hace su trabajo siempre a todo trapo.
Al final se contagió de esta costumbre, llamándome Pretty Woman, por la ropa de marca que compré durante el viaje. Ella no se quedó atrás en las compras. Cuando las vacaciones estaban a punto de terminar, me preguntó, “¿Qué marca es Clearance? ¿Qué es lo que venden?” Me pilló in fraganti. La pobre. Siempre la llevaba a las secciones marcadas así (venta de liquidación) para pillar las mejores gangas y evitar que me llevara a la ruina.
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