Navarro, de principio a fin

Francisco Merino | 28 de marzo de 2012 a las 14:13

LOS VETERANOS DEL CORDOBA C.F. JUANIN Y NAVARRO

El romanticismo y la estadística conviven en el fútbol como dos entes extraños, cada cual con sus códigos y razones. El placer de ver en el equipo a un futbolista forjado desde niño en el club es una delicia que no se puede comparar con casi ninguna otra sensación. Porque hay, claro, excepciones. Los resultados, por ejemplo. Ganar es el objetivo final. Si el gol lo firma un jugador del que conoces a sus padres y dónde vive, fenomenal. Pero tampoco ocurre nada si el que festeja la victoria es un tipo contratado de quién sabe dónde y que durará quién sabe cuánto.

Como está archicomprobado que el empadronamiento en Valdeolleros, La Fuensanta, El Brillante, Cañero o Las Margaritas no añade –en algunos casos es al contrario– un plus de entrega ni una fidelidad que no pueda quebrar un contrato superior, los aficionados más pragmáticos ya dan por bueno que lo importante es que su equipo gane partidos aunque esté compuesto por brasileños, argentinos, daneses, turcos, chipriotas y senegaleses. Por eso, y porque Córdoba es una ciudad de contrastes, resultan conmovedoras las muestras de cordobesismo de un señor nacido en Aranjuez que un buen día se enfundó la blanquiverde y la sudó durante quince temporadas, desde el modesto Casas Blancas de Peñarroya hasta el aristrocrático Chamartín del gran Real Madrid de las Copas de Europa. Siempre con estilo y señorío. Central de la escuela clásica, duro pero noble, marcó una etapa.

“Señorita, ése soy yo”, le decía un día José Luis Navarro, con esa coquetería caballerosa de los galanes maduros, a una hermosa mujer en el acto de presentación de unas camisetas conmemorativas del cincuentenario del Córdoba. Se señalaba en una foto de la época, emocionándose al verse en esa estampa briosa, con el pecho henchido y mirando al cielo en una formación histórica. Estuvo en todas. En Almería, ascendiendo a Segunda en el 56; en el épico 0-4 del Colombino que llevó al club a Primera en el 62, o en la primera participación en la Copa, ante el Valencia en Mestalla. Reconoce que tuvo pesadillas con el madridista Gento, que “se ponía en dos segundos en la portería y frenaba en seco. El defensa se salía del campo”.

Se paseó por los escenarios más ilustres, pero recuerda de modo especial un gol que le metió de falta al Calvo Sotelo en una dramática promoción de descenso. “Era un lanzamiento esquinado, pegado a los fosos. Le pegué de tal forma que entró por la escuadra. Imparable. El portero de ellos era García Fernández, muy bueno”. Sonríe cada vez que recuerda aquel momento. Él, cuyo trabajo era impedir que los adversarios marcaran, se sintió un héroe por firmar un gol. Hizo pocos y ninguno se le olvida. Paladeó la gloria del ascenso y padeció el retorno a Segunda. Nadie ha jugado tantos partidos como él en el Córdoba, un equipo al que sigue con veneración desde Futvecor, la asociación de veteranos que ha presidido durante años.”Fue algo apoteósico. Ascender a Primera es algo que se queda marcado de por vida, un sentimiento tan fuerte que te acompaña para siempre. Lo sientes como futbolista, pero también sabes la ilusión y la alegría que provoca en toda una ciudad. El recibimiento que nos dieron fue increíble“, recuerda Navarro sobre la hazaña del Colombino, aquel 0-4 que provocó una corriente de entusiasmo popular como no se había visto hasta entonces. Navarro era una pieza de importancia capital en el esquema del técnico Roque Olsen. Tras el ascenso a la élite continuó con un rol relevante, al lado de zagueros legendarios en la historia cordobesista como Simonet o Mingorance.

Debutó en Primera ganándole en El Arcángel al Vallladolid, con un gol de su inseparable amigo Juanín. Él marcó su primer tanto entre los mejores al enemigo más señalado, el Sevilla de Campanal y Manolo Cardo, y se despidió de la aristocracia en otro estadio mítico, Atocha, metiéndole un penalti a Esnaola, posiblemente el portero que más lanzamientos desde los once metros haya detenido en el último cuarto del siglo pasado. Fue su último brindis al fútbol, un hasta siempre inolvidable y garboso. Aquel día estaba a su lado sólo uno de aquellos pioneros del ascenso: Juanín, la joya más preciada en la edad de oro. Vaya pareja de genios. Nadie se atrevería a dudar de los sentimientos hacia el club de dos iconos del cordobesismo, de su entrega más allá de los años de juventud en los terrenos de juego o de su cariño a la ciudadque un día los acogió. Uno es de Aranjuez y otro de Nerva. Siempre van juntos, como cuando eran camaradas de vestuario. Hermanos de fútbol. Cordobeses con sangre verde y blanca.

 

José Luis Navarro del Valle (Aranjuez, 1936) jugó en el club de su localidad natal antes de llegar al Córdoba, con el que actuó en Tercera, Segunda y Primera División. Es el futbolista que más partidos oficiales ha jugado con el Córdoba (317), en el que militó desde 1954 hasta 1970.

 

 

  • francisco triviño crespo

    todo un SEÑOR dentro y fuera de los campos de futbol.
    este tipo de deportistas-señores en engrandecen a sus clubes.

  • solanito

    Fué un gran futbolista.Pero lo que hay que destacar es que fué todavía “mejor persona”.Lo conocí trabajando en la COPE de los años 60.Me reencontré con él en los 90 y sigue siendo tan gran persona como cuando lo conocí.Entonces el Córdoba fomaba con: García; Simonet,Navarro López.Martí, R.Costa.Luis Costa, Juanín,Riera,Alfonso, Benitez.Otros componentes: Ortiz, Toledo, Alvarez, Arana, Muñoz, Bogado, Jaén, Crispi etc…

  • vicente márquez

    La historia del Córdoba en Primera División está intimamente ligada a este portento de jugador -Navarro-, y al no menos importante paisano mío, de Villajoyosa (Alicante) llamado Simonet. Creo, si no me corrigen, que disputó la inmensa mayoría de encuentros diputados por el Córdoba CF en Primera División. Si mal no recuero alargó una temporda más al equipo en Primera con un gol suyo en el último mínuto de la temporada 1967-68 en un encuentro disputado en Sarriá contra el Español, que el Córdoba venció 1-2. Un abrazo.