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Balsas y el aplauso final

Francisco Merino | 9 de febrero de 2012 a las 18:02

A veces el fútbol depara momentos extraños, que sólo pueden entenderse dentro de la complejidad que encierra un deporte cuya apariencia simple es sólo una mentira más. En el día de su adiós oficial Sebastián Balsas escuchó con emoción un aplauso sentido de sus compañeros en la sala de prensa. Es seguramente la mayor ovación que ha recibido el uruguayo en su periplo en el Córdoba, donde ha logrado tanto aprecio entre su entorno más cercano como desapego por la parte de la afición -toda, salvo puntualísimas excepciones- que no tuvo el placer de conocerlo.

Balsas solamente jugó unos ratitos, bastante intrascendentes, antes de acudir al despacho de Luna Eslava con una oferta debajo del brazo para marcharse en este mercado invernal. El club no le insistió para que se quedara y el futbolista tampoco regateó mucho para ponerlo fácil. Todo estaba muy claro. El Córdoba y Balsas no han cuajado, no han encontrado feeling. Nadie lo hizo mal. La culpa fue compartida. El chico puso en el césped todo lo que sabe hacer y Paco Jémez entendió pronto –a tenor de las convocatorias, claro- que la historia tenía poco recorrido. El Torero no era el hombre y punto. Para qué darle más vueltas. El entrenador cordobesista desgranó las virtudes humanas de un jugador que ha dejado huella en el vestuario. Jugó más en la caseta que fuera de ella y marcó otro tipo de goles, que también valen.

La imagen de los jugadores cordobesistas arropando a un conmovido Balsas refleja la singularidad de este Córdoba actual, en el que no hay ni divos ni apestados. En otro tiempo, el ariete uruguayo hubiera tenido que escapar del estadio como un forajido, esquivando las balas de las críticas por la odiosa comparación entre su caché y su rendimiento. Ahora el Córdoba ha encontrado el secreto de la perfecta comunión del grupo: los que se van lo hacen entre agasajos y los que llegan no son percibidos como una amenaza para el resto. Balsas no llegó ni a completar noventa minutos de juego oficial con la blanquiverde. Sólo se estrenó en un par de amistosos de pretemporada, cuando aún se le veía como un mesías para la vanguardia. Fue un buen inicio para una aventura que ha tenido un final inesperado. Él se marcha a Argentina y aquí se quedan sus compañeros peleando por un desafío del que a él le corresponde una parte. Siempre hizo lo que le pidieron y dio lo mejor de sí, ya fuera sobre el verde o animando en un perol. Puede que los buenos resultados no conviertan en buena a la gente, pero son el mejor inhibidor de las críticas a toro pasado. Balsas y el Córdoba se dieron el último capotazo con cariño. Quedan como amigos.

El filial y la cadena

Francisco Merino | 10 de enero de 2012 a las 23:26

Estamos todos de acuerdo en que un equipo filial tiene como prioridad la formación de futbolistas para su promoción hacia el escalón superior. En eso no es el Córdoba CF una excepción. Quedar más arriba o más abajo en la clasificación es, en su caso, un asunto secundario. Siempre, claro, que el asunto no pase a mayores. Y eso, por desgracia, está sucediendo. El conjunto nodriza blanquiverde perdió este fin de semana en un recinto complicado, el del Mairena, una de las formaciones más potentes del Grupo X de Tercera. Los chavales no lo hicieron mal. Al contrario, despacharon un partido más que aceptable y el resultado (2-0, después de un gol en propia puerta y otro de penalti) lo enjuiciaron inmerecido casi todos. Hasta ahí, todo normal. Lo que ya deja de serlo es que ese revés, el primero del año 2012, es el séptimo consecutivo para los chicos de Alessandro Pierini. Los que eran los chicos del Tano, mejor dicho. Porque ya no lo son. Al ex central toscano le dijeron ayer que se acabó, que lo suyo en el Córdoba es una historia finita. Llegó en el curso del cincuentenario, el 2004-05, y desde entonces vivió un descenso a Segunda B, un ascenso a Segunda A, una retirada en la cúspide y dos cursos como segundo de Lucas Alcaraz antes de que le confiaran las riendas del filial.

Ahora llega Berges, otro hombre que conoce los entresijos de la casa, para buscar la fórmula que reconduzca una trayectoria preocupante. Necesita que su equipo dé un paso adelante y, sobre todo, que no se le desquicie. Porque estos baches prolongados pueden, en equipos carentes de experiencia -y éste, por su condición, está atestado de novatos-, provocar complejos de incalculables consecuencias. Desde el pasado 1 de noviembre no vence el Córdoba B, que aquel día se deshizo del Racing Portuense por 2-0 en la Ciudad Deportiva, esa desvencijada instalación en la que se forjan los productos con los que el Córdoba pretende crecer. Desde entonces, siete decepciones encadenadas (Marinaleda, Algeciras y Ayamonte, en casa; Coria, San Roque, Sanluqueño y Mairena, fuera)… y solo dos goles firmados. Demasiado poco como para revertir una trayectoria torcida. El equipo necesita actuaciones defensivas impecables para soñar al menos con arrancar algún puntito aquí o allá. Y eso, señores, es prácticamente imposible.

Un filial, efectivamente, tiene sus propias dinámicas. El cordobesismo anda loquito con el surgimiento de jóvenes talentos, con su perla Javi Hervás al que todo el mundo quiere fichar, con el chispeante Fede Vico, con los pujantes Fernández y Fuentes en los laterales, con el emergente central Bernardo Cruz, con ese proyecto de gran guardameta que es Sillero… Pero hay una cadena que no conviene romper. Digámoslo ya: el Córdoba B no puede permitirse descender de Tercera División. Van veinte jornadas disputadas y faltan aún dieciocho. El Córdoba B es el equipo que menos goles ha marcado y que más partidos ha perdido. Hay tiempo para poner un remedio, sea donde sea. Para el proyecto del Córdoba, contar con un equipo como mínimo en Tercera es imprescindible. En lo que va de siglo, el filial blanquiverde sólo ha faltado en el calendario de Tercera una vez: descendió en 2004. Al año siguiente, el primer equipo se desplomó a Segunda B. Mucho cuidado.

Hervás y el camino

Francisco Merino | 2 de enero de 2012 a las 21:16

Lo que está ocurriendo en las últimas semanas con Javi Hervás, el Córdoba CF y la larga corte de pretendientes del futbolista no es más que una reedición fiel del clásico proceso de cambio de aires de una figura emergente desde un modesto a un grande. Algo normal, que seguramente enorgullece a quienes han contribuido a la forja de un jugador excelente, que se ha puesto de moda con toda la carga que eso conlleva. Javi está en el escaparate porque hace cosas asombrosas con el balón, cosas que muy pocos hacen porque no se atreven o no les dejan. No es su caso, evidentemente.

Aquí, por falta de costumbre, todos los pasos de la historia toman un aire grandilocuente y las posturas se exageran, casi se caricaturizan. Todo es un disparate lógico, un caos organizado. La oferta del Real Madrid y la incursión del Barcelona pueden disparar, por la extrema rivalidad entre ambos, el caché del jugador aunque su destino esté en otro lugar. El Sevilla lo tanteó y el Málaga se ha sumado aprovechando la inminente cesión de Portillo. Carlos González, el presidente, dijo que el jugador no está en venta… salvo que alguien pague su precio. Los números que se filtran están cada vez más cerca de los 2’5 de su cláusula. El chaval, claro, asegura que no sabe nada y que está centrado en el próximo partido.

El Córdoba sueña con hacer el pleno: reforzar su plantilla a coste cero y garantizar una buena venta manteniendo a su jugador estelar al menos hasta el final de la temporada. Quien le dé eso tendrá mucho ganado. Eso, o un montón de millones que arreglen las penurias del club de golpe. Mientras tanto, miren a Hervás con la blanquiverde y disfruten mientras puedan de su fútbol y de la lección que encierra su historia.

El gol de López Silva

Francisco Merino | 21 de noviembre de 2011 a las 18:40

La foto lo dice todo. Se trata de una de las secuencias del tercer gol al Alcorcón del Córdoba, un equipo que definitivamente está entrando en una nueva dimensión igual que el balón pasa entre las piernas del rival burlado. López Silva y Agus frente a frente. No es difícil caer en la tentación de apreciar en esta jugada una fuerte carga simbólica. El presente contra el pasado, la chispa que surge para el deleite y la reflexión cuando se rozan las trayectorias divergentes de dos jugadores convertidos en la encarnación de dos estilos, de dos realidades de un Córdoba metido un torbellino regenerador de ilusiones y cuentas pendientes. El nuevo orden contra el antiguo régimen. 

A López Silva no le esperaban hordas de periodistas en la puerta del estadio el día que llegó al club. Entró de forma clandestina, junto a Caballero y Astrain, por una de las puertas traseras de El Arcángel en un caluroso mediodía de verano. Era el primer lote de fichajes del nuevo Córdoba, un paquete con dos jugadores que participaron en la frustrada tentativa de ascenso del Cádiz en Segunda B y otro que buscaba nuevos horizontes desde el filial de Osasuna. El club envió luego a los medios de comunicación una foto con los tres chavales posando sonrientes, todos en camiseta y bermudas. El mayor del trío era José María López de Silva Sánchez, un interior zurdo de 28 años que acababa de padecer tres cursos turbulentos con la camiseta del Cádiz, al que había llegado después de recorrer España ganándose el jornal en plazas como Linares, Burgos, Alcalá y Orihuela. No levantó olas de entusiasmo la llegada de aquel chico onubense que tuvo sus principios en la cantera del Real Madrid

De allí precisamente llegó Agustín García Íñiguez en verano del 2009. A él si le esperaban las cámaras y una gran representación de la directiva, encabezada entonces por José Miguel Salinas. Muchos aficionados habían podido verle en imágenes de televisión o en las fotos de los periódicos al lado de Mourinho, Cristiano Ronaldo o Casillas, realizando la pretemporada con el primer equipo blanco. Sólo con eso bastaba para activar el resorte de la ilusión en el cordobesismo, habituado a celebrar como si fueran títulos las agónicas salvaciones de cada año. Agus era tan bueno, o eso parecía, que el Real Madrid lo quiso repescar cuando ya había sido presentado con la blanquiverde. Lo iban a mandar al Salzburgo austriaco. Después de una negociación de corte estrambótico, el Córdoba consiguió que el central permaneciera en la entidad con un contrato de tres años en el que se especificaba que compartía los derechos del jugador en caso de un posible traspaso. El zaguero de Bonete empezó bien, siguió regular y terminó fatal. Terminó viendo los partidos del Córdoba sentado en la grada. Este verano se acordó con él su marcha por no poder soportar el club, en concurso de acreedores, sus elevados honorarios. Y el Real Madrid sigue siendo uno de los grandes acreedores del Córdoba, que aún debe a los blancos el medio millón de euros pactado en su día.

Miren la imagen. Uno muestra determinación en su gesto, perfilado para ejecutar la acción definitiva de un partido soberbio. El otro gira el cuello mientras cae a plomo, desesperado y resignado ante el engaño de su adversario y la inminencia de un desenlace inapelable. López Silva, un tipo de estampa liviana, uno de esos estilistas que soportan la etiqueta de la intermitencia, parecía patinar sobre el barro. Agus, un central de los de toda la vida, fornido y contundente, es incapaz de mantener la verticalidad ante la impetuosa irrupción de un jugador que ya iba más que decidido a plasmar su idea. Un balón rebañado con fe, una carrera directa hacia el lugar donde se cuece todo sobre un piso gastado y con los músculos lastrados por el esfuerzo, un caño en carrera sobre el marcador que se interpone en el camino, una picada por encima del portero y el delirio en el estadio.

Los aficionados silbaron desde el comienzo a Agus. No se trataba de herir al chaval, que no es más que un profesional que va donde le llaman y cobra -o trata de hacerlo- lo que libremente se firma en el contrato. Los cordobesistas no podían evitar ver en él el reflejo de otra época, otros modos y otras expectativas. Por eso todo el mundo enloqueció en el estadio con el gol de López Silva.

El capitán ha vuelto

Francisco Merino | 6 de octubre de 2011 a las 21:53

Hay futbolistas que más allá de sus cualidades con el balón nacen con un don especial para caer en gracia allá donde van. Les salen bien las cosas el día de su estreno, encuentran a un entrenador que confía ciegamente en su potencial, se topan con un compañero veterano que ejerce de mentor y les ayuda a progresar, se ganan el cariño de la afición sin apenas proponérselo, son encumbrados por los medios por el más nimio detalle… Hay gente con esa suerte, claro. Luego están otros que tienen que trabajárselo en silencio, forzados a cincelar su trayectoria profesional a pico y pala, casi siempre fuera de los focos y señalados, porque así de cruel es este negocio, cuando las cosas se tuercen.

En el fútbol, como en la vida, la fortuna juega un papel de extraordinaria relevancia. No es lo mismo ser funcionario que minero, ni jugar como mediocentro de complemento rodeado de internacionales que ejercer como defensa central de un equipo con problemas para la permanencia. Como Gaspar Gálvez, ese señor que se enfunda cada fin de semana la camiseta blanquiverde y se ata el brazalete de capitán para liderar la retaguardia de una formación que se viene ganando a pulso la etiqueta de equipo revelación del curso 2011-12 en Segunda División.

Su resurrección deportiva va pareja con la irreverente y brillante puesta en escena del Córdoba de Paco Jémez, otro ex defensa central internacional que ahora, desde el banquillo, pelea por ganar notoriedad en un gremio tan complejo como el de los entrenadores. Paco le ha dado los galones a Gaspar y éste los luce sin pavonearse. Nunca lo hizo. Gaspar no necesita alardear de lo que hace cada día de partido: lo suyo es tapar agujeros, evitar que se produzca un descosido en una línea básica para un equipo cuyas miras son, tradicionalmente, de lo más modesto. Ahí le ven, al lado de Tena -otro superviviente-, haciendo lo suyo en la cara B de este esplendoroso Córdoba actual. Mientras todo el mundo anda encandilado con el fútbol ofensivo, la propuesta descarada y ambiciosa de la escuadra blanquiverde, por detrás se fabrica la base del milagro.

El Córdoba es uno de los equipos menos goleados de la división, poniendo en entredicho uno de los mitos que arrastraban desde hace unos años los equipos entrenados por Jémez, muy lucidos a la hora de lanzarse al ataque pero con una verbena en la retaguardia. Si fue así alguna vez ya no es tema de debate. El aquí y el ahora del Córdoba es otro. El equipo está llegando a alcanzar esa entelequia del fútbol que es el equilibrio. Y Gaspar, el hombre que lleva en su expediente la dolorosa experiencia de cinco descensos (Atlético de Madrid, Oviedo, Albacete y dos veces con el Alavés), tiene mucho que ver.

La temporada pasada la presenció desde la enfermería, después desde la grada y, finalmente, desde el banquillo. Sólo fue alineado en el intrascendente último partido del curso ante el Girona, en Montilivi, durante 79 minutos. Ése fue todo su bagaje durante la segunda temporada -en las dos anteriores estuvo en 25 y 32 citas- a las órdenes de Lucas Alcaraz, que consiguió el fichaje de Tena -por entonces proscrito en el Elche, donde estaba sentenciado por el técnico Bordalás- para suplirle después de que el cordobés sufriera una grave lesión -rotura del ligamento cruzado anterior y del menisco interno de la rodilla derecha- en la Ciudad Deportiva Ramón Cisneros del Sevilla, en un bolo frente al Xerez Deportivo (0-0). Después de un verano horroroso, en el que tuvo los dos pies fuera del club tras ser incluido en la lista del ERE, fue repescado para la causa después de aceptar una sustanciosa rebaja en sus emolumentos. Con 32 años, después de un curso en blanco y la nómina rebajada, Gaspar podía tener razones para bajar los brazos. No lo ha hecho. Paco vio en sus ojos el brillo de la rebeldía y le tiene como fijo, pese a que la entidad fichó centrales como Astrain o David Prieto, además de tener en la recámara al talentoso internacional sub 17 Bernardo. De despreciado a imprescindible. Gaspar, el experimentado central habituado a curtirse en el sufrimiento, es ahora uno de los líderes indiscutibles del efervescente Córdoba. El capitán ha vuelto.

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¿De quién es el Córdoba?

Francisco Merino | 29 de septiembre de 2011 a las 10:09

Mientras sobre el escenario brilla el equipo, que se ha entretenido en destrozar los pronósticos agoreros para trazar su mejor arranque de Liga en décadas, detrás del cortinaje se dibuja un inquietante panorama con demasiados puntos oscuros. El Córdoba marcha bien sobre el césped, entre otras razones, por la fidelidad con que ejecuta el ideario de su entrenador. En los despachos, sin embargo, todo se complica. Después de la última reunión de los rectores del club con los administradores concursales, en la que se abordó el desfase entre las previsiones de ingresos realizadas hace unos meses y la realidad actual, la entidad se ve obligada a revisar a fondo su plan de viabilidad. Los números que había no sirven ya. Todo lo que podía salir mal lo hizo. Y todavía peor. Se perdieron socios, se cayeron las inversiones publicitarias, huyó el patrocinador principal… Se han bajado los gastos a la mitad y aún así no es suficiente. Habrá que hacer nuevos recortes y aumentar los ingresos, sea como sea. La sensación general es que el embrollo no tiene una solución simple.

El propietario y presidente, Carlos González, se ha preocupado en los últimos días de usar todos los altavoces posibles para mostrar la situación del club en toda su crudeza. Más allá de sus apariciones en los canales oficiales, el empresario tinerfeño decidió convocar a representantes de los principales medios de comunicación para explicar sus agrias sensaciones sobre la respuesta de la ciudad y sus instituciones al plan de llevar al Córdoba a un lugar mejor. A Primera, se entiende. Porque ahí sí habrá negocio y los beneficios serán para todos. No hay que mirar muy lejos para entenderlo. Ayer se difundió un informe de la Cámara de Comercio de Granada sobre el impacto económico en la ciudad tras el ascenso de los nazaríes: 28 millones de euros. En Segunda no sólo no hay beneficios, sino que las pérdidas se dan por entendidas y el dolor permanente para afrontar los pagos es el pan de cada día. Y esas calamidades deben ser afrontadas por todos. ¿Por todos? ¿Y cómo? ¿Y por qué? Las situaciones de crisis llevan a las preguntas trascendentales. El próximo invierno puede convertir al cordobesismo en un drama shakesperiano.
¿Y de quién es el Córdoba CF? Tradicionalmente, de un mecenas. Y, si nos ponemos románticos, de todos los cordobeses. Ahora ni hay un filántropo de cartera alegre ni hay lugar para el sentimentalismo. “Si el Córdoba es un proyecto de la ciudad, vamos a sentarnos todos en una mesa para ver cómo se puede hacer viable. Pero si el Córdoba es un asunto sólo de Carlos González, pues entonces yo actuaré como lo hago con mis empresas”, explica González, quien ha apuntado directamente al alcalde, José Antonio Nieto, en un acerado cruce de pareceres librado en el ruedo mediático. “No quiero que me den pescado, sino la caña para poder pescar”, aseguró en unas declaraciones difundidas por la web oficial blanquiverde. José Antonio Nieto se mantiene a la expectativa. “Nuestro límite es la legalidad”, dejó caer el primer edil, incómodo por la exposición pública del desencuentro. Sea en la intimidad de un despacho o en medio de una plaza, parece evidente que es necesario un contacto y también una respuesta clara. La que sea. Y a partir de ahí, actuar.

El Córdoba CF está en ebullición. Las negociaciones con Caja Rural para que la entidad financiera se convierta en patrocinador del club siguen en curso. También está en estudio el borrador del convenio de cesión de El Arcángel, un documento en el que el Córdoba pretende lograr derechos de explotación comercial de algunos espacios de la instalación, una posibilidad que está siendo analizada por los técnicos. Por supuesto, todos los jugadores más apetecibles del club están en el escaparate. Y el primero de todos, el brasileño Charles.

Así están las cosas por aquí. Criterios empresariales y proyecto de ciudad. Dos formas de verlo que deben encontrar un punto de unión más allá de los gestos.

Las notas de la jornada 3

Francisco Merino | 5 de septiembre de 2011 a las 20:49

Sobresaliente: Javi Patiño

Su interés por hacer las cosas bien resulta conmovedor. Patiño, que llegó en verano sin demasiado ruido, ofreció un rendimiento más que interesante en el Nuevo Zorrilla al lado de Charles. Al delantero, con una inteligencia natural para buscar el sitio en el área, sólo le faltó el gol. Javi Patiño, que suplió al lesionado Pepe Díaz, confirmó que puede dar mucho al grupo de Paco Jémez.

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Aprobado: Los recién llegados

Etiquetar a los recién ascendidos a Primera como candidatos al sufrimiento por conservar la categoría es un ejercicio lógico, respaldado por la historia y la estadística. Hacer lo mismo con los que llegan a Segunda es, sin embargo, un proceso aventurado. ¿Se acuerdan del buen curso anterior del Alcorcón o, mejor aún, del Granada? En las dos primeras jornadas, el Sabadell ha sumado seis puntos y se codea con los mejores. El Guadalajara, por su parte, noqueó al Xerez y el Alcoyano ya puntuó. Sólo queda inédito el Murcia.

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Suspenso: El Recre

No termina de arrancar el Decano, al que el cambio de propiedad -fue adquirido por un grupo inversor uruguayo- no le ha servido de estímulo futbolístico. Ni tiene juego ni suerte. Esta semana encajó su segunda derrota consecutiva. Fue en el Colombino, ante el Celta, por 1-2. En el último minuto, Juan Villar tuvo un penalti para dejar al menos un punto en casa. Lo mandó al limbo.

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YA TE DIGO…

“Está claro que aquí no gana siempre el que juega mejor o el que más ocasiones tiene, sino el que las acaba metiendo”

Paco Jémez, entrenador del Córdoba, en pleno baño de realidad después del partido de su equipo en Valladolid.

Entre unos y otros

Francisco Merino | 21 de mayo de 2011 a las 21:41

Lucas Alcaraz se tapa la cara durante el Ponferradina-Córdoba en El Toralín. Foto: LOF.

Últimos estertores de la Feria. El Córdoba, abofeteado por todo tipo de rivales y circunstancias, se pone a hacer pucheros mirando hacia su afición. Se la va a jugar otra vez. La vida, quiero decir. Y no en sentido metafórico, sino real. Si pierde la categoría, se muere. Ya lo advirtió Lucas en las vísperas del duelo ante el Albacete Balompié, que fue etiquetado en su momento por el granadino como uno de los partidos más importantes de la historia del club. Los blanquiverdes se exhibieron con un 5-1. El de ayer, por lo visto, no lo era tanto. El Córdoba salió vapuleado y con su estima por los suelos. Tendrá que reponerse pronto. O no. Ya da lo mismo. Lo único que tiene que hacer, el pequeño detalle que le queda por cumplir en su compromiso con la afición es sumar el punto 50. Ayer debió hacerlo, pero el orgullo de la Ponferradina pudo más que lo que el Córdoba puso sobre el terreno de juego berciano. Su presencia y poco más.

En su última comparecencia en El Arcángel aún no tiene agarrada la permanencia de forma matemática. ¿Les suena la escena? Pues sí, volverá a ocurrir. Como el curso pasado ante el Real Unión de Irún. La gente hasta hizo la ola. Prepárense para escuchar durante esta semana las típicas apelaciones al cordobesismo, aliñadas con discursos apocalípticos sobre las consecuencias de un desliz en este momento crítico. Vendrán nuevas consignas con sabor a viejo, tan necesarias como irritantes. Vuelven las pancartas. Todos unidos es posible. El Arcángel no se rinde. Mover al cordobesismo a base de eslóganes está resultando un ejercicio de difícil digestión, un sucedáneo del verdadero motor de los seguidores. A falta de ilusión, el CCF busca en la desesperación global el combustible para el último arreón. Todo el mundo anda loquito por terminar de una vez esta pesadillesca Liga 2010-11. Lo estabas esperando… decía el lema de la campaña que se lanzó para recibir al Betis a comienzos del mayo cordobés. Qué premonición. Lo estaban esperando, por supuesto. Más bien se lo temían. Y, como en un bucle dramático, vuelve a suceder. Córdoba-Las Palmas, el partido de la salvación. Ahí terminará una feria y comenzará otra. Qué cruz.

Formas de verlo

Francisco Merino | 14 de mayo de 2011 a las 22:36

El Córdoba no está aún salvado, pero casi. Le queda un paso más. Tendrá que seguir jugando finales. El espectáculo del baile en la cuerda floja, sin embargo, ya no provoca la fascinación de antaño. Ayer se vio en la grada de El Arcángel, que no registró precisamente una afluencia masiva y cuyos niveles de pasión fueron más bien discretos. Evitar que el problema derive en drama les parece suficiente a muchos. Bien por ellos, porque así sufrirán menos. Hay otros, más críticos o más inconformistas, que no se resignan a ver cómo el Córdoba despacha las temporadas sin que nadie sea después capaz de enumerar ningún episodio futbolístico digno de ser recordado. Aspiran a algo más y lo reclaman.

La goleada al Albacete fue un buen apunte estadístico, pero poco más. El equipo hizo lo que es debido y punto. Hubo aficionados que gritaron en contra de la directiva y del entrenador. Otros les recriminaron tratando de apagar con silbidos esos cánticos hirientes. Que el cordobesismo no está unido es un hecho más que evidente. Los lazos con el equipo se han ido desatando a fuerza de decepciones y entre los peñistas, que pasan por ser los más comprometidos con la causa, se reparten sablazos en sus cada vez más frecuentes desencuentros. Ayer, de nuevo, se pudo chequear el estado de esquizofrenia entre los seguidores.

Hubo una época en la que se intentó -algunos aún no pierden la esperanza en esa peculiar tarea- modelar al seguidor blanquiverde con una especie de catecismo que se difundía desde los medios oficiales y afines, una lista de mandamientos que el buen cordobesista debía cumplir si no quería verse señalado como un enemigo. Entre ellos estaban abonarse en verano, acudir ataviado con prendas de la marca, animar sin desmayo ante cualquier circunstancia y transformarse en ejército si alguna amenaza exterior -árbitros, comités de competición, medios de comunicación…- dañaba los intereses del club. Ya ni siquiera hace falta apuntar con el dedo a quienes van en contra de la línea de pensamiento oficial. Ya no hay. Lo de la realidad patrocinada va pasando a mejor vida.

El Córdoba CF lo está pasando francamente mal como institución. Algunos dirán que se lo ha buscado y otros que ha tenido mala suerte. A nadie le falta razón. El asunto está en ver de qué modo se puede recomponer lo más básico para que una relación funcione. Hacen falta unas dosis de confianza y de amor. Pero después de todo lo que ha ocurrido en esta temporada -y lo que queda-, aquí nadie se fía de nadie y el cariño se pierde por la falta de roce.

Fotos: Álvaro Carmona.

Foto 1: Seguidores cordobesistas en la grada de fondo, animando al equipo. Foto 2: Mario Fraile (Onda Cero), trata de mitigar el calor de la cabina de periodistas dando un trago a su cantimplora. Foto 3: Un aficionado, a pleno sol.

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Sólo dame un autobús

Francisco Merino | 10 de mayo de 2011 a las 19:24

La temporada no fue tan buena como se podía esperar. Tampoco la pasada. Ni las anteriores. No corren buenos tiempos en Córdoba para el baloncesto, cuyo máximo representante en la capital pelea a dentelladas en una liga menor -la EBA- que no despierta precisamente el entusiasmo del público. Se trata de un campeonato casi clandestino, desprovisto del glamour de la ACB y de la categoría inmediatamente inferior, la Adecco LEB, en la que en su día Córdoba fue alguien. Y alguien importante. Algunos de los jugadores que por entonces estaban más cerca que nunca de la élite siguen hoy al pie del cañón, rodeados por chavales que quieren dejarse ver y por honestos jornaleros de segunda fila. El BC2016 necesita dejarse ver y comenzar a enamorar, de nuevo, a una afición que huyó despavorida en su momento pero que aún guarda sentimientos ocultos. El amor no se rompió del todo. Pero, claro, para reavivar la llama tendrá que seducir. El curso les ha ido nada más que regular. Para un aprobado holgado. Sin embargo, el destino les ha concedido una última oportunidad para abrillantar el expediente y, sobre todo, lanzar un mensaje crucial: que están vivos y tienen ganas.

El Cajasol Córdoba 2016, heredero de aquel Juventud de Córdoba que defendió el pabellón cordobés en divisiones nacionales desde 1974, ha protagonizado en las últimas horas su mejor partido de la temporada. No le ha hecho falta ni agarrar el balón. Con un comunicado, su plantilla ha anunciado que está dispuesta a jugar las eliminatorias por el ascenso a la Adecco Plata, pese a que deportivamente (terminó en quinta posición) no logró el billete para hacerlo. Quienes le antecedieron en la clasificación (entre ellos el novato Movimientos y Nivelaciones de Puente Genil) han renunciado a su derecho por motivos de planificación deportiva y económicos, fundamentalmente. El club de la capital, aunque su rotunda denominación pudiera hacer pensar otra cosa (Córdoba, ya saben, es ciudad de paradojas), no tiene un euro. Los jugadores aún no han cobrado algunas mensualidades pero han dicho que sí, que ellos van a donde haga falta para tratar de subir en el escalafón. Lo harán gratis, por amor al arte. Sólo piden un autocar y unos bocadillos o pizzas que echarse a la boca. Lo demás lo ponen ellos.

El vehículo ya lo tienen. Ahora, con poco más de un par de sesiones de entrenamiento, afrontarán un cruce a doble partido con el reputado conjunto del Alfaz del Pi. Comienzan el sábado en el Palacio Municipal de Deportes Vista Alegre. Pase lo que pase, estos tipos ya han dado una lección. Podrán tener más o menos cualidades, más o menos acierto, más o menos suerte. Pero han demostrado orgullo, que es la gasolina de las grandes hazañas. ¿Lo lograrán?

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