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Juanín, capitán para siempre

Francisco Merino | 31 de marzo de 2012 a las 11:36

Como suele ser norma, su condición de héroe no respondió a un plan premeditado. Llegó al Córdoba casi de tapadillo, sin más detalles en su expediente que el paso por las categorías inferiores del Betis y una cesión de un año al Extremadura. El 14 de agosto de 1960 se presentó un chaval de 20 años al que los técnicos llevaban algún tiempo espiando con sigilo. Veían en él a un futbolista talentoso, que se movía con un empaque impropio de su edad: cabeza siempre levantada, pases medidos al pie del compañero,visión panorámica para leer los movimientos antes de que se produjeran… Un prodigio. Era un medio con gol o un goleador que no conocía el egoísmo –rara especie, sin duda– y que siempre hacía mejores a los que que estaban a su lado. Todas las anotaciones ilusionadas en las libretas de los técnicos del Córdoba quedaron ratificadas en el campo por un futbolista que rebasó los límites marcados por el más optimista de los ojeadores, aquellos especímenes geniales que vivían de su intuición cuando el vídeo o internet sonaban a película de ciencia ficción.

Juanín firmó su contrato el mismo día que Santiago Gómez Pintado, conocido como Montejano, que había pasado por el Real Madrid. Este experimentado medio sólo jugó seis partidos y se marchó para dedicarse, con éxito, al mundo empresarial en el ramo de los automóviles. En 1995 le disputó unas elecciones a la presidencia del club blanco a Florentino Pérez y Ramón Mendoza, comicios que ganó el añorado dirigente de las cinco ligas con la quinta del Buitre. Uno se puede relacionar con el fútbol desde un despacho o sobre el césped. Juanín escogió la segunda vía. En su primer año como blanquiverde fue el único de la plantilla que jugó todos los partidos, todos los minutos, y lo hizo todo. Y todo bien. En la memorable tarde del Colombino, aquel 0-4 en Huelva que abrió al Córdoba las puertas del cielo futbolístico, dejó su sello con una de sus actuaciones más emotivas.

Marcó el primer gol del Córdoba en Primera. Fue en El Arcángel y ante el Valladolid. Victoria por 1-0. Benegas, Simonet, Mingorance, Navarro, Martínez, Marañón, Riaji, Juanín, Miralles, Vázquez y Homar, con Roque Olsen en el banquillo. En el minuto 59, Juanín batió al conjunto pucelano que entrenaba el histórico ex barcelonista Ramallets, que ese año sería cuarto en la Liga. Juanín se erigió en el líder de manera natural, sin tener que alzar la voz. Sus compañeros le reverenciaban como a un veterano, cuestión en la que seguramente le ayudó una alopecia precoz que le confería un aire de madurez que se hizo más notorio cuando el brazalete de capitán adornó su brazo derecho. Tras demostrar que estaba hecho de otra pasta, fue uno de los pilares del mejor Córdoba en su más de medio siglo de existencia, ése que fue quinto en la Liga 64-65 y que aún posee un récord insuperable en España: invicto toda la campaña en El Arcángel y con sólo dos goles encajados al calor de su hogar. Juanín era un creador en el mejor equipo defensivo que se haya visto. Paradojas cordobesas.

De los tiempos en los que no existía el marketing sólo queda la memoria. Quienes le vieron actuar aseguran, sin un atisbo de duda, que Juanín fue un portento, un jugador total. Incluso sus mayores detractores -pocos, pero los hay- le sitúan entre los mejores de siempre. Al resto no hace falta preguntarles. Sólo hay que mirar los ojos de los aficionados veteranos cuando recuerdan las jugadas de un hombre que siempre conservó su nombre en diminutivo, una ironía para adornar un fútbol majestuoso.

Juan García Díaz, “Juanín” (Nerva, 1940), se formó en la cantera del Betis y jugó un año cedido por los hispalenses al Extremadura. Fichó por el Córdoba en 1960 y vistió la camiseta blanquiverde durante casi dos décadas (desde 1960 hasta 1979). Luego desempeñó labores técnicas, siendo segundo del brasileño Vavá y de Roque Olsen, asumiendo el mando absoluto de la plantilla durante efímeras etapas en Segunda B. Desde 1962 a 1969 jugó siete temporadas consecutivas en Primera División con el Córdoba, disputando 186 encuentros y marcando un total de 43 goles. El club recibió ofertas para traspasarlo, pero nunca se movió del Córdoba. En la actualidad, Juanín dirige una escuela de fútbol para niños junto a otro ex cordobesista, Diego Moreno.

Mena, esencia de fútbol

Francisco Merino | 30 de marzo de 2012 a las 12:41

Quien sonríe desde la ventanilla del autobús ofreciendo su mano para estrecharla con la de un seguidor tan extasiado como él es Mena, uno de aquellos jóvenes que llegaron desde muy lejos a finales de los 50 y se convirtieron en cordobeses por la vía del fútbol y el sentimiento. Como Navarro o Juanín, entendió que el resto de su vida, más allá del deporte, tendría sentido en El Arcángel y sus alrededores. Rafael Mena hizo de todo en el club blanquiverde. Fue jugador, entrenador de categorías inferiores, ojeador, directivo, delegado de campo, socio, accionista y aficionado siempre. De su carácter afable y conciliador dejó muestras en todos los escenarios en los que fue protagonista, siempre desde un plano discreto y humilde.

Miren de nuevo la foto. Ese hombre del traje gris no pensaba en otra cosa que en abrazar a todo el mundo. El Córdoba se fue a Huelva con una ilusión y regresó como un equipo de Primera División. Fue el día más grande. La ciudad se movilizó como nunca se había visto. Detrás de ese autocar corrió como loco un chaval de quince años, aspirante a jugador y pinche de cocina en el hotel Meliá. Se llamaba Miguelín. Ese chico se convirtió tres años después en el portero del mejor Córdoba de todos los tiempos: Miguel Reina. Eran tiempos en los que progresar en la vida estaba muy ligado, tratándose de la sufrida clase trabajadora, al mundo del arte: o capote torero o pelota de cuero. La relevancia social del fútbol generaba un tremendo poder de adicción. Y los héroes eran vecinos del barrio.

El legendario partido del ascenso en Huelva lo vivió Mena desde detrás de las líneas de cal del Colombino. Sólo intervino en nueve encuentros. Lo de las rotaciones le sonaba a chino a Olsen, que no movió casi nada su once de referencia en aquel memorable curso. A Mena se le ve en las fotografía de la época, enchaquetado y feliz, corriendo al lado de los aficionados y jugadores que elevan sobre sus hombros al entrenador, un argentino que llegó a España para coronarse campeón al lado de Di Stéfano en el Real Madrid y que iniciaba con este éxito una larga carrera en los banquillos. Había muchos que empezaban entonces. Algunos formaron parte de las alineaciones blanquiverdes en la edad de oro, esos años 60 en los que la simple mención de El Arcángel provocaba un escalofrío en los adversarios. Para Mena, sin embargo, fue el momento del adiós. No jugó en Primera con el Córdoba, que decidió prescindir de sus servicios. “Fue una baja acertada porque ya no era el mismo desde la grave lesión que tuve en Tenerife (fractura de menisco y tobillo). Me quisieron renovar para ayudante de Roque Olsen, pero él no lo admitió. Me dolió bastante. Fui el capitán durante cuatro temporadas, pero comprendía que el equipo debía reforzarse”, declaró sobre aquel triste episodio en 2001. Fue fiel y coherente hasta el final. Lo hizo siempre lo mejor que pudo en las circunstancias que le tocaron. Seguramente no hay mejor virtud en el fútbol ni en la vida.

Cuando aún hoy se escucha hablar de la escuela canaria, algunos se echan las manos a la cabeza. Sea porque no lo entienden o, simplemente, porque no lo ven. Cualquier club está repleto de jugadores de la más variopinta procedencia y hablar de un sello propio, asimilado durante generaciones, es una rareza excepcional. El alto nivel técnico y el predominio de la improvisación sobre el despliegue físico eran las notas definitorias de aquel estilo del que Mena era un paradigma. “Ahora hay que correr más, desde el calentamiento hasta los noventa minutos. Los equipos te presionan todo el rato. En aquella época había menos contacto y se podían hacer cosas con el balón”, recordaba Mena. Y él las hacía. Sin embargo, este canario enamorado de Córdoba nunca dudó en señalar a quien considera el mejor futbolista que haya vestido la camiseta blanca y verde: “Juanín. Por su calidad y rendimiento no ha habido ninguno como él. En el fútbol de hoy sería internacional”.

Mena no dejó de acompañar al Córdoba. Como miembro de la asociación Futvecor vivió las desventuras de un club para cuyo declive él siempre propuso un remedio: la cantera. Muchos jóvenes talentos pasaron por sus manos tanto en las divisiones inferiores blanquiverdes como en la selección provincial. Cuando veía a alguno de ellos debutar con el Córdoba grande se enorgullecía. En uno de sus últimos actos públicos, el Ateneo Cordobesista 1954 le impuso una insignia por su condición de leyenda del cordobesismo. “Nuestro presidente podrá repetir la gesta que hizo su padre”, dijo desde el estrado a un auditorio en el que, especialmente entre el sector más joven, se detectaron algunos gestos de extrañeza. Mena aludía a la gran gesta del 1 de abril de 1962, la del primer ascenso a Primera. El presidente por entonces era José Salinas, padre de quien 47 años después tenía el timón de la bamboleante nave cordobesista entre las manos. Mena no pudo ver si el deseo que expresó a José Miguel Salinas se hizo realidad. Falleció en septiembre de 2010 y el minuto de silencio que se le tributó en El Arcángel sonó a aplauso eterno.
 
Rafael de Francisco López Mena (Santa Cruz de Tenerife, 1933-Córdoba, 2009) se inició en las categorías inferiores del Tenerife, de donde pasó al Mensajero de La Palma y a las divisiones base del Atlético de Madrid. Tras pasar por el Castellón y el Murcia, con el que debutó en Primera, fue fichado por el Córdoba en la temporada 1958-59. Con los blanquiverdes vivió el primer ascenso a Primera División. Tras salir de la entidad de El Arcángel, jugó en el Granada y el Algeciras.

Olsen, el sargento de hierro

Francisco Merino | 29 de marzo de 2012 a las 17:20

Tenía mal genio. De acuerdo. Eso lo saben bien quienes compartieron vestuario con él, ya fuera en su época como futbolista o, principalmente, en aquella en la que a este argentino de porte físico impactante y firmes convicciones le tocó agarrar la pizarra y ser el jefe del escuadrón. Roque Olsen llegó a España para jugar en el gran Real Madrid que Santiago Bernabéu construyó alrededor de Di Stéfano en 1950. Al lado de la Saeta Rubia formó uno de los dúos más célebres de la época. Engrosó su palmarés con un buen puñado de títulos -tres Ligas y dos Copas de Europa- antes de recalar, después de una lesión de rodilla que acabó con sus expectativas en Chamartín, en El Arcángel en 1958 para ayudar a elevar a una modesta entidad que se había fundado sólo cuatro años antes y actuaba en Segunda División. Olsen sólo jugó en dos equipos en España: el Real Madrid y el Córdoba. A la vera del Guadalquivir hizo historia. Sí, tenía mal genio. Malísimo en ocasiones. Pero era un hombre de fútbol que vivía para su pasión. Y resultaba tremendamente rentable para quienes le contrataban. “Sólo había que aceptar sus órdenes y no había problema”, cuentan quienes estuvieron bajo el mando de uno de los nombres esenciales en la Liga española. En nuestro país tuvo trabajo fijo durante más de cuarenta años hasta que falleció en Sevilla, en 1992, tras una grave enfermedad que soportó con entereza.
 
Roque Olsen, nacido en Sauce de Luna, una pequeña población de la provincia argentina de Entre Ríos, llegó al Córdoba en 1957 para buscar con los blanquiverdes el salto a Primera División. Llegaba del mejor destino futbolístico que podía existir en aquellos tiempos en todo el continente, el Madrid de Bernabéu. Quienes esperaran encontrarse con un divo en la hora del declive se equivocaron. Su respeto por su profesión era absoluto. Era una estrella que sudaba, un ejemplo de compromiso que estimuló al resto y llevó la ilusión a los aficionados. Eran años de ambición juvenil, teñida por esa mezcla de valentía e ingenuidad que caracteriza los proyectos emergentes. El Córdoba había saltado dos años antes de Tercera a Segunda y tenía prisa por instalarse entre los grandes. Terminó salvándose por los pelos, gracias a un esfuerzo final para ganar tres de sus últimos cinco partidos. Fue un año convulso, con tres ocupantes en el sillón presidencial y tres cambios en el banquillo. Uno de los entrenadores fue, precisamente, Roque Olsen, que fue el que más partidos jugó (29, por 32 de Guillamón) y que sin tener aún el título hizo de puente entre Juncosa y Lozano. Ya se dio cuenta de dónde había venido. Hacían falta un plan, disciplina para llevarlo a cabo y fortaleza para soportar las dificultades sin caer. Justo lo que él tenía. Ahí se gestó la leyenda en blanquiverde de Olsen, cuya carrera estuvo jalonada -y no por casualidad- por apelativos bélicos: como delantero goleador le apodaban el Tanque. Desde entonces sería el Sargento de hierro
 
Jugó un año más antes de retirarse y fue entrenador -de forma oficial o solapada, puesto que no tenía la licencia aprobada para ejercer- en los años previos a la década de oro del club. Él tuvo un papel estelar en ese cambio: el equipo jugó una promoción de ascenso a Primera en 1960, pero el premio se lo llevó la Real Sociedad. Después de ese año llegó Juanín y dio una nueva dimensión al equipo. El Córdoba creció y en abril del 62 consiguió la gran hazaña: el jefe en el campo era el genio de Nerva y el general fue Roque Olsen. Tras el ascenso, Olsen dirigió completa la primera campaña blanquiverde en la élite y el equipo se movió con soltura, sin ningún problema para conservar su conquista. El trabajo estaba hecho y era la hora de probar nuevos retos: Olsen inició un periplo que le llevó al Barcelona, Zaragoza, Deportivo, Sevilla, Celta, Las Palmas, Cádiz o Elche.

Treinta años después de su fichaje como jugador, en 1987, Olsen regresó a El Arcángel. El Córdoba de entonces tenía muy poco que ver con el que dejó. Después de haber tocado fondo en la temporada 84-85 en la Tercera División, el equipo blanquiverde estaba empotrado en la Segunda B y aún bajo el shock que le produjo la marcha al Atlético de Madrid del técnico Iosu Ortuondo. El argentino se encontró un club deprimido, repleto de jóvenes canteranos, que vendió sobre la marcha a su mejor puntal -Valentín- al Betis y cuyos problemas económicos provocaron un encierro de futbolistas. Un panorama dantesco. Olsen sólo estuvo 17 partidos antes de decir adiós para nunca más volver. Su relación con el Córdoba terminó ahí. El club blanquiverde miró entonces hacia un técnico pujante llamado Vicente Carlos Campillo creyendo que podía ser el guía para recuperar el antiguo esplendor. No  funcionó, pero ésa es otra historia. Antes, durante un par de jornadas, se sentó en el banquillo Juanín. Sí, ese futbolista extraordinario que junto a Olsen había formado el fantástico dúo -uno en el banquillo, otro el en césped- que llevó al Córdoba, un 1 de abril de 1962, por primera vez a la Primera División

 

Roque Germán Olsen Fontana (Sauce de Luna, 1926-Sevilla, 1992) jugó en Peñarol, Patronato, Tigre y Racing en su país antes de ser traspasado al Real Madrid, donde se consagró como campeón formando una dupla letal con Alfredo Di Stéfano. Con el club blanco ganó tres títulos de Liga y dos de Copa de Eucopa. Fichó por el Córdoba en 1957, cerrando en El Arcángel su trayectoria como futbolista y abriendo su etapa en los banquillos. Dirigió también al Barcelona, donde ganó la Copa de Ferias en 1966. También entrenó al Sevilla, Las Palmas, Zaragoza, Deportivo de La Coruña, Elche, Celta o Cádiz, entre otros. Falleció en 1992 en Sevilla, donde reposan sus restos y reside su familia.

 

Navarro, de principio a fin

Francisco Merino | 28 de marzo de 2012 a las 14:13

El romanticismo y la estadística conviven en el fútbol como dos entes extraños, cada cual con sus códigos y razones. El placer de ver en el equipo a un futbolista forjado desde niño en el club es una delicia que no se puede comparar con casi ninguna otra sensación. Porque hay, claro, excepciones. Los resultados, por ejemplo. Ganar es el objetivo final. Si el gol lo firma un jugador del que conoces a sus padres y dónde vive, fenomenal. Pero tampoco ocurre nada si el que festeja la victoria es un tipo contratado de quién sabe dónde y que durará quién sabe cuánto.

Como está archicomprobado que el empadronamiento en Valdeolleros, La Fuensanta, El Brillante, Cañero o Las Margaritas no añade –en algunos casos es al contrario– un plus de entrega ni una fidelidad que no pueda quebrar un contrato superior, los aficionados más pragmáticos ya dan por bueno que lo importante es que su equipo gane partidos aunque esté compuesto por brasileños, argentinos, daneses, turcos, chipriotas y senegaleses. Por eso, y porque Córdoba es una ciudad de contrastes, resultan conmovedoras las muestras de cordobesismo de un señor nacido en Aranjuez que un buen día se enfundó la blanquiverde y la sudó durante quince temporadas, desde el modesto Casas Blancas de Peñarroya hasta el aristrocrático Chamartín del gran Real Madrid de las Copas de Europa. Siempre con estilo y señorío. Central de la escuela clásica, duro pero noble, marcó una etapa.

“Señorita, ése soy yo”, le decía un día José Luis Navarro, con esa coquetería caballerosa de los galanes maduros, a una hermosa mujer en el acto de presentación de unas camisetas conmemorativas del cincuentenario del Córdoba. Se señalaba en una foto de la época, emocionándose al verse en esa estampa briosa, con el pecho henchido y mirando al cielo en una formación histórica. Estuvo en todas. En Almería, ascendiendo a Segunda en el 56; en el épico 0-4 del Colombino que llevó al club a Primera en el 62, o en la primera participación en la Copa, ante el Valencia en Mestalla. Reconoce que tuvo pesadillas con el madridista Gento, que “se ponía en dos segundos en la portería y frenaba en seco. El defensa se salía del campo”.

Se paseó por los escenarios más ilustres, pero recuerda de modo especial un gol que le metió de falta al Calvo Sotelo en una dramática promoción de descenso. “Era un lanzamiento esquinado, pegado a los fosos. Le pegué de tal forma que entró por la escuadra. Imparable. El portero de ellos era García Fernández, muy bueno”. Sonríe cada vez que recuerda aquel momento. Él, cuyo trabajo era impedir que los adversarios marcaran, se sintió un héroe por firmar un gol. Hizo pocos y ninguno se le olvida. Paladeó la gloria del ascenso y padeció el retorno a Segunda. Nadie ha jugado tantos partidos como él en el Córdoba, un equipo al que sigue con veneración desde Futvecor, la asociación de veteranos que ha presidido durante años.”Fue algo apoteósico. Ascender a Primera es algo que se queda marcado de por vida, un sentimiento tan fuerte que te acompaña para siempre. Lo sientes como futbolista, pero también sabes la ilusión y la alegría que provoca en toda una ciudad. El recibimiento que nos dieron fue increíble“, recuerda Navarro sobre la hazaña del Colombino, aquel 0-4 que provocó una corriente de entusiasmo popular como no se había visto hasta entonces. Navarro era una pieza de importancia capital en el esquema del técnico Roque Olsen. Tras el ascenso a la élite continuó con un rol relevante, al lado de zagueros legendarios en la historia cordobesista como Simonet o Mingorance.

Debutó en Primera ganándole en El Arcángel al Vallladolid, con un gol de su inseparable amigo Juanín. Él marcó su primer tanto entre los mejores al enemigo más señalado, el Sevilla de Campanal y Manolo Cardo, y se despidió de la aristocracia en otro estadio mítico, Atocha, metiéndole un penalti a Esnaola, posiblemente el portero que más lanzamientos desde los once metros haya detenido en el último cuarto del siglo pasado. Fue su último brindis al fútbol, un hasta siempre inolvidable y garboso. Aquel día estaba a su lado sólo uno de aquellos pioneros del ascenso: Juanín, la joya más preciada en la edad de oro. Vaya pareja de genios. Nadie se atrevería a dudar de los sentimientos hacia el club de dos iconos del cordobesismo, de su entrega más allá de los años de juventud en los terrenos de juego o de su cariño a la ciudadque un día los acogió. Uno es de Aranjuez y otro de Nerva. Siempre van juntos, como cuando eran camaradas de vestuario. Hermanos de fútbol. Cordobeses con sangre verde y blanca.

 

José Luis Navarro del Valle (Aranjuez, 1936) jugó en el club de su localidad natal antes de llegar al Córdoba, con el que actuó en Tercera, Segunda y Primera División. Es el futbolista que más partidos oficiales ha jugado con el Córdoba (317), en el que militó desde 1954 hasta 1970.

 

 

Vila, la balada del culé olvidado

Francisco Merino | 27 de marzo de 2012 a las 17:47

“Parecía alemán, sí… Alto, rubio y muy fuerte. Jugaba de delantero, iba a por todas. No muy técnico, más bien de garra. ¿Cómo era…?”. Un aficionado cordobesista de los de la vieja época, de esos que tienen dos cifras en su carné de abonado, duda a la hora de identificar a los componentes de la alineación en una fotografía de la temporada 61-62. Algunos son inconfundibles. Benegas, Simonet, Navarro, Juanín… No hay duda. Pero éste… ¿Cómo se llamaba? El rubio se llamaba Vila y, ahí donde lo ven, tenía en su expediente más títulos conquistados que toda la plantilla del Córdoba en aquel momento… y hasta cincuenta años después. La historia de este catalán de Santpedor, uno de los héroes del primer ascenso blanquiverde a Primera, resulta extraordinaria.

Jordi Vila fue uno de los siete ex futbolistas que recibieron en 2010 un homenaje en las vísperas de un encuentro de Liga entre el Barcelona y el Mallorca. Formaban parte del legendario equipo de las Cinc Copes, ese conjunto que conquistó todos los títulos en juego en la temporada 1951-52 y que figuraba en el imaginario culé como el más laureado en una sola temporada hasta que irrumpieron en la escena Pep Guardiola y sus muchachos para elevar al cielo seis trofeos en la 2008-09. Los récords, tarde o temprano, se terminan rompiendo. Aunque tengan que pasar casi sesenta años.

El Camp Nou estaba repleto. Vila, que acudió al palco con su nieto, se sintió conmovido. Sandro Rosell, el presidente del Barca, le dio un abrazo que seguramente fue el gesto final para exorcizar muchos fantasmas enquistados en su alma. Se sintió otra vez futbolista. Grande, como en aquellos días de gloria. Él tenía entonces 22 años. Jugó 25 encuentros y marcó 19 goles en aquel curso. Qué recuerdos. A su lado, antiguos camaradas como Ramallets, Biosca, Basora o Seguer. A Manchón no pudieron abrazarle. Murió unos días antes. Por la megafonía sonó, como no podía ser de otro modo, el Temps era temps de Joan Manuel Serrat. Una composición que emociona particularmente al barcelonismo.

Tempsd’Una, Grande y Libre /
Metro Goldwyn Mayer /
Lo toma o lo deja /
Gomas y lavajes /
Quintero, León i Quiroga /
Panellets i penellons/
Basora, César, Kubala, Moreno i Manchón.

¿Y dónde está Vila? El octogenario ex futbolista coincidió en el palco con Serrat y el asunto volvió a salir a la palestra. Ya unos años atrás ambos se cruzaron en Menorca, donde residía el ex jugador, y allí recibió una explicación. “Serrat le dijo que incluyó a Moreno porque la iba mejor para la métrica”, explicó el hijo de Vila en unas declaraciones a La Vanguardia. En la familia no olvidan. Este rotativo catalán publicó una carta enviada por Vila Jr. en la que exponía con toda crudeza una situación que consideran una injusticia histórica. “¿Se imaginan que en el año 2.059, en el 50ª aniversario del Barça de las Seis Copas, alguien citara a Villa y se olvidara de Eto’o o Henry?”, dicen sus allegados.

Lo cierto es que la historia es como es. La estadística no miente. El Barça de las Cinco Copas apenas contó con Moreno, un extremo izquierdo que compartió, sí, el flanco con Manchón… pero en la temporada siguiente. En la del pentacampeonato, la línea atacante titular fue la compuesta por Basora, César, Vila, Kubala y Manchón. La delantera de Serrat existió, pero en la campaña siguiente, que no fue precisamente mala –hizo doblete: Liga y Copa– pero sí inferior a la anterior. “Serrat canta al equipo de su infancia, no tiene por qué coincidir con la realidad, lo entiendo”, dice el hijo de Vila sobre la célebre composición del Noi del Poble Sec, aunque matiza con cierta amargura: “No estamos molestos con él, aunque es cierto que mi padre lo llevó mal durante mucho tiempo. Es muy frustrante saber que formaste parte de ese equipo mitificado y ver que no apareces en el recuerdo. Posiblemente es lo más importante que le ha sucedido en la vida, ¿no?”.

¿Y qué ocurrió con Jordi Vila? En 1952 se rompió el menisco, fue operado y perdió la titularidad. En 1954 se fue al Valencia, donde despachó tres temporadas correctas (seis goles en cada una de ellas) antes de iniciar el camino inverso de muchos trabajadores de la época. En 1957, el joven catalán hizo las maletas para buscar su porvenir en Andalucía. En el Sur encontró hueco en dos clubes históricos que vivieron con él gestas inolvidables. En 1957 fichó por el Real Betis, inmerso en una titánica lucha por volver a la élite después de haberse hundido tras la Guerra Civil. El rubio delantero, con 28 años, contribuyó decisivamente a la regeneración futbolística de la entidad de Heliópolis. Llegó avalado por el checo Daucik –el técnico que le tuvo a sus órdenes precisamente en el Barça de las Cinc Copes– y sus goles sacaron al Betis -presidido por el mítico Benito Villamarín– de Segunda y lo afianzaron en Primera.

En verano de 1960, ya con 31 años, cambió el verdiblanco por el blanquiverde del Córdoba, que lo fichó para reforzar el proyecto de Roque Olsen. Vila realizó un primer año notable, con ocho goles en la Liga y cinco en la Copa del Generalísimo, pero padeció un calvario en la temporada siguiente. Una grave lesión de rodilla y la irrupción de Miralles le hicieron perder protagonismo en el once en la temporada 61-62. Pese a ser ya veterano y contar con una hoja de servicios brillante, Vila demostró su calidad profesional y no se rindió. Con carácter y esfuerzo diario, convenció al exigente Olsen y se ganó la titularidad. En la jornada 20, el Córdoba llevaba una pésima racha (una victoria en ocho jornadas) y el objetivo peligraba. Vila salió a jugar y ya lo hizo asiduamente hasta el final: marcó un gol fundamental en Las Palmas (1-1) y abrió el marcador ante el Cádiz (4-1) en la última cita en El Arcángel antes de afrontar el último y definitivo escalón para el ascenso.

Jordi Vila podía coronar su carrera con un último episodio de gloria, otro ascenso a Primera. No pudo ser. Se lesionó en el último entrenamiento antes del partido en el Colombino de Huelva. Lo vio con el traje de calle puesto. Su sustituto, Miralles, entró en la historia del cordobesismo al marcar tres goles en el 0-4 al Recreativo que llevó al equipo por primera vez a Primera el 1 de abril de 1962. De Jordi Vila nunca más se supo. No disputó ni un partido más como profesional. Con 33 años, colgó las botas y estableció su residencia en Sevilla, donde se dedicó a la representación de materiales de carpintería mecánica. Un buen día volvió a su pueblo, Santpedor, el mismo en el que iba a nacer un tal Pep Guardiola que, casi sesenta años después, barrería el récord del Barça de las Cinc Copes.

Jordi Vila Soler (Santpedor, Barcelona, 1929; Mahón, Menorca, 2011) jugó dos temporadas en el Córdoba, entre 1960 y 1962, participando en la temporada del ascenso a Primera de los blanquiverdes. La del Córdoba fue la última camiseta que defendió como profesional y su despedida fue en El Arcángel, justo una semana antes del histórico partido del ascenso en Huelva. Se formó en el Manresa y el Badalona antes de fichar por el Barcelona, donde entre 1950 y 1954 logró 2 títulos de Liga, 3 Copas del Generalísimo, 2 Copas Eva Duarte y 1 Copa Latina. También jugó en el Valencia (1954-57) y en el Betis (1957-60).

Palacios, el héroe oculto

Francisco Merino | 26 de marzo de 2012 a las 21:58

La singular campaña de captación de socios del Córdoba para la temporada 2008-09 hizo que muchos aficionados jóvenes pudieran conocer la primera gran gesta en la historia blanquiverde y también el nombre de uno de los héroes de aquel memorable día en el Colombino de Huelva. “Ya hace casi cincuenta años de los tres goles de Miralles al Recre…”, decía el spot creado por un departamento de marketing cuyos responsables aún no habían nacido en el lejano abril de 1962,cuando con un inapelable 0-4 se conquistó un ascenso a Primera que provocó una explosión popular en la ciudad como jamás se había visto. 

El hat-trick –por entonces, claro, no se llamaba así– del punta valenciano le dio un sitio en la historia del Córdoba como rostro reconocible, recurrente y simbólico. Pero allí hubo más protagonistas. Estaban el increíble Benegas –que forjó su leyenda bajo el marco cordobesista cuando los porteros vestían totalmente de negro y daban más miedo que los árbitros–, el sobrio Simonet –eje de la defensa con José Luis Navarro–, el talentoso Juanín –el Di Stéfano cordobés, aunque nació en Nerva– o el argentino Roque Olsen, entrenador de nuevo cuño, que se inventó un once recitable y poderoso. Y en aquel histórico curso 61-62, en una esquina del banquillo, sin llamar demasiado la atención, estaba un chaval de Córdoba que no acababa de creerse que aquello le pudiera estar sucediendo precisamente a él. Subir a Primera con su equipo. Jugaba de extremo y atendía por Bernardo Palacios.

En los años 50, los chavales estaban obsesionados por ser futbolistas o toreros, dos lucrativas profesiones en las que la titulación se conseguía en la universidad de la calle y echándole más arrojo que sensatez. Bernardo no lo hacía nada mal con la pelota. Su brillo en los juveniles le abrió las puertas del primer equipo en 1958, cuando el entrenador Miguel Gual le introdujo en una caseta en la que convivían tipos avezados como Sánchez Rojas, Paz o Simonet. Llegó como meritorio, sin más derecho que el de rapiñar minutos por detrás de las figuras del momento, que siempre venían de fuera y cobraban mucho más dinero. ¿Les suena? Hay cosas que nunca mueren.
 
El joven Palacios nunca llegó a ser titular en tres temporadas en las que se resignó a protagonizar partidos residuales. Fue, eso sí, uno de los integrantes de la legendaria plantilla del primer ascenso a Primera. En aquel grupo había otros paisanos, como los porteros Vicente y Omist o Manolo Oviedo. Los dos primeros no salieron ni un solo minuto, eclipsados por el indiscutible Benegas, y a Oviedo le enviaron para foguearse al Melilla. El único cordobés que tuvo el privilegio de salir al terreno de juego en aquel legendario curso fue Bernardo Palacios. Fueron sus momentos de gloria. Después de aquello, nunca pisó un campo de elite vestido de corto. Su carrera en el fútbol la labró con sudor y abnegación, convirtiéndose en un jugador de sólida reputación en las filas del Cádiz, el Atlético Baleares, el Castellón, el Badajoz y el Valdepeñas. Siempre jugó cada partido como si fuera el último. Hasta que llegó la hora de cambiar.
 
En los banquillos se estrenó a lo grande, pero de forma efímera. Fue segundo del uruguayo Cayetano Ré en el Córdoba de la campaña 80-81, en Segunda. Se fue el ex azulgrana y Palacios agarró al juvenil blanquiverde. Luego pasó, siempre con éxito –su método era simple: exprimir las virtudes de sus jugadores en su sitio natural–, por el Valdepeñas, el Martos, el Atlético Lucentino, el Palma del Río y el Baena. Se labró una fama de preparador eficiente y honrado, idéntico al que tuvo como jugador. Fue siempre su sello. Palacios falleció a los 69 años el verano de 2008. En Lucena, Palma del Río o Valdepeñas le recordarán como aquel entrenador que fue capaz de disparar el orgullo de los aficionados con campañas memorables. Unos pocos, los más veteranos, guardarán para la siempre la imagen de aquel chaval de Córdoba que vivió el ascenso a Primera con el club de su vida, un héroe accidental sorprendido por su propio éxito y, a la vez, eternamente agradecido por haber estado allí.

Bernardo Palacios Osuna (Córdoba, 1939-2008), se formó en el Atlético Cordobés antes de incorporarse al Córdoba CF, con el que estuvo cuatro temporadas entre 1958 y 1962, con el paréntesis de una cesión por el servicio militar al Melilla. También jugó en el Cádiz, Atlético Baleares, Castellón, Badajoz y Valdepeñas. Desarrolló después una prolífica trayectoria en los banquillos del Valdepeñas, Martos, Palma del Río, Lucentino y Baena.