Las noticias engañosas del AVE

Magdalena Trillo | 3 de diciembre de 2017 a las 10:34

Hoy voy a innovar. En lugar de escribir un artículo de opinión, voy a hacer un ejercicio de clase para intentar poner en práctica lo que (espero) haber aprendido con el curso de fact-checking que acabo de terminar en la plataforma virtual abierta del Knight Center de Estados Unidos.

La culpa la tiene el AVE. ¿Terminaron las obras? La pregunta es muy sencilla pero la respuesta tiene trampa.

Desde el PP retumba un “sí” rotundo: el Gobierno de Rajoy “cumple” y la plataforma de vías para que puedan circular los trenes de alta velocidad está construida y electrificada. Justo para el 30 de noviembre, la fecha comprometida por el secretario de Estado en su última visita a Granada. Eso sí, otra cuestión serán las obras “complementarias” y el largo proceso de comprobaciones y pruebas de seguridad que requiere un proyecto de esta envergadura.

Desde las filas socialistas, el “no” resulta igual de categórico: la reunión de Antequera ha sido una “desfachatez”, una “burla” y un “desprecio” a Granada que el ministro de Fomento ni siquiera haya tenido la valentía de visitar la ciudad para “dar la cara” y anunciar un “cronograma” serio para la puesta en marcha. La indignación, el cabreo y hasta la sorna por el “viaje exprés” también es mayúscula en los movimientos vecinales: ni será un AVE de primera ni hay horizonte certero para el soterramiento en la capital y para la variante de Loja.

¿Quién dice la verdad? ¿Quién miente? El fact-checking no es otra cosa que “chequear”, “verificar”. Aprovechar las herramientas que nos aportan las nuevas tecnologías, el acceso a datos y a fuentes complementarias que nos da la actual sociedad de la transparencia, del open goverment, para no creer ciegamente a nadie. En realidad, lo que hacemos es dar un toque de sofisticación y metodología a las viejas rutinas que aprendimos en la Facultad cuando nos repetían, una y otra vez, que la primera obligación del periodista es “contrastar”.

Así que nadie está a salvo. Podemos verificar declaraciones, hechos y datos. Y en alianza con los lectores; en abierto. Aportando nuestras comprobaciones y sumando los descubrimientos de los demás. Son ocho pasos: (1) seleccionar lo que queremos validar, (2) ponderar su relevancia pública, (3) consultar con la fuente original, (4) recurrir a fuentes documentales y oficiales, (5) contrastar con fuentes alternativas, (6) ubicar en el contexto, (7) confirmar, relativizar o desmentir la afirmación y (8) calificar.

Prácticamente, todos los medios de Granada llevamos una semana dedicados a ello. Sin tanta sistematización y sin ponerle llamativos nombres al estilo de la maldita hemeroteca, pero cumpliendo -casi por inercia- con todas las fases del chequeo.

Para empezar, resulta más que evidente que la llegada del AVE y el desbloqueo ferroviario (los mil días de aislamiento se cumplen en Navidad) es un tema vital a nivel institucional, empresarial y ciudadano para Granada y la incógnita sobre si (de verdad) acababan las obras en el deadline de noviembre y habría por fin una fecha de estreno se ha intensificado en las últimas semanas como el principal tema de conversación. A nivel mediático, en cualquier ascensor y en la barra del bar (casi tanto como el esperado “¡por fin llegó el frío!) No tienen más que repasar las noticias y los análisis que hemos publicado en Granada Hoy en la última semana, con la inclusión de fuentes y más fuentes, de datos y más datos, con declaraciones, opiniones y análisis, para construir sus propias conclusiones.

Sólo faltaría la fase final de calificación. ¿Verificamos o desmentimos? Si somos honestos, si dejamos nuestras inclinaciones ideológicas en el cajón, creo que lo más riguroso en este caso -después de evaluar datos, hechos y declaraciones- es optar por relativizar. Relacionado con el creciente auge del Periodismo de Datos, son ya muchos los medios a nivel mundial que han creado un equipo de fact-checking y han definido su propia escala de verificación: porque entre la verdad y la mentira hay un interesante camino en el que cabe la exageración, el disparate, lo discutible, lo insostenible, lo apresurado…

En esta escala, yo situaría el tema del AVE en el plano de lo engañoso. La obra gorda ha terminado, sí, pero ha sido un final simbólico que no evitará que nos pasemos meses viendo operarios (muchos y para muchos flecos) tanto en la capital como en Loja. Lo de Antequera fue una función de teatro ligero, sí, pero con cierto sustento: el tren laboratorio de Adif ya inspecciona la plataforma, ya sabemos que podremos subirnos en un AVE (aunque sea uno especial y estrechito, capaz de atravesar el túnel de San Francisco) para llegar en tres horas a Madrid con cuatro servicios diarios; el proyecto del baipás en Almodóvar del Río ya está encargado a Ayesa Ingeniería -también acortará a menos de 2 horas el viaje a Sevilla- y, sobre el polémico soterramiento, Fomento ya ha enviado el proyecto a información pública en el Boletín de la Comisión Europea como primer paso (aunque sea burocrático) para la integración.

¿Cuándo? No hay fechas. Pero reconozcamos que el ministro ha evitado jugársela y arriesgarse a mentir. Advierte que Granada aún tendrá que esperar “bastantes meses” para estrenar el AVE y pide “paciencia”. 122 kilómetros de recorrido, 1.653 millones de euros de inversión, 31 viaductos y 7 túneles. La obra, efectivamente, no ha sido menor. Y no es mal consejo la prudencia después del precedente del Metro (seis meses de periodo de pruebas) y la referencia cercana que tenemos de la línea Valencia-Castellón (la fase en blanco empezó en febrero y ahí siguen sin fecha de inauguración).

En este punto, mientras el pájaro sigue hibernando, nosotros podemos entretenernos chequeando y con quinielas: ¿para Semana Santa? ¿Para verano? ¿Para final de 2018 como pistoletazo electoral? Podemos empezar a apostar… ¿Vendrán a Granada, esta vez sí subidos en el AVE, Íñigo de la Serna y el presidente Rajoy? Aquí no hay margen de engaño, será al cabo de diez largos años y seis ministros después.

Justicieros

Magdalena Trillo | 28 de noviembre de 2017 a las 10:30

“No me interesa saber por qué el ser humano es capaz de hacer el mal, lo que quiero saber es por qué hace el bien”. Terry Gould arranca con esta cita de Vaclav Havel una de las obras más descarnadas que se han escrito sobre el “peligroso oficio de informar”: Matar a un periodista. No son héroes los protagonistas; es gente corriente. No son periodistas en grandes conflictos atravesados por una bala perdida; son trabajadores normales que se juegan la vida a diario hasta el límite. Por llegar a la verdad, por destapar la corrupción, por contar lo que alguien no quiere que se cuente.

Pensaba llamarlos “justicieros”, reivindicando su sentido más noble, pero nos hemos vuelto todos tan justicieros que hemos adulterado la palabra y ya no sé si es positivo o negativo. En la práctica, las fronteras entre el bien y el mal se difuminan y se entrelazan.

No sé, por ejemplo, qué “justizia” reclamamos cuando colgamos de un puente cinco muñecos embutidos en un traje de plástico de color blanco y ponemos las fotografías de los cinco jóvenes acusados por violación en el controvertido juicio de la manada. Denunciar las injusticias, incluidas las de quienes profesionalmente se dedican a ello, debería ser un sano ejercicio democrático reflejo de nuestra madurez como sociedad. Sumergirnos en nuestras cápsulas de verdades absolutas, querer imponer nuestras premisas a golpe de pancartas y tuits, saltarnos algo tan básico como la presunción de inocencia sin reconocer siquiera que nuestra libertad termina cuando empieza la de los demás, habla de una sociedad decadente y desorientada. Peligrosamente enferma.

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No se puede hacer justicia en la calle. La presión social fue el alma del 15-M, de todos los movimientos de la Primavera Árabe, y tuvo su sentido. Lo tiene aún hoy cuando pervive en la incansable lucha de ciudadanos anónimos que arropan a familias vulnerables al borde del desahucio. Y debemos defenderlo, sin excusas, ante quienes insisten en gobernar desde sus despachos y sus coches oficiales sin escuchar a la calle.

Pero el bien y el mal están demasiado cerca. El caso de Juana Rivas, la madre que denunció malos tratos y pelea por sus hijos, sobrepasa ya el blanco y negro de la justicia popular. Spiriman, el médico que protagonizó el mayor levantamiento ciudadano que se recuerda en Granada, se desautoriza a diario cuando confunde la “dignidad” de la causa con una inaudita campaña de ataques e insultos que no esconden más que su prepotencia y su narcisismo. Decimos a los políticos que han de saber cuándo dejar el sillón; también deberíamos aprender como sociedad cuándo abandonar la calle.

Nuestra carrera es la del acelerador

Magdalena Trillo | 26 de noviembre de 2017 a las 13:29

La carrera por la Agencia Europea del Medicamento no era la nuestra y, como se ha visto, tampoco la de Barcelona. Los motivos son diferentes: en el caso de Granada no ha habido una apuesta firme ni política ni institucional más allá del marketing mediático de situarse en la línea de salida -hasta los diputados del PSOE en Madrid apoyaron a Barcelona- y los criterios estratégicos la situaban ya muy por debajo de la opción catalana y sin posibilidades competitivas frente a otros destinos como Ámsterdam o Milán.

¿De verdad estábamos proponiendo ubicar el codiciado organismo en una provincia que lleva más de dos años de aislamiento y que no deja de ver cómo se esfuman congresos internacionales por el bloqueo de las comunicaciones? La casa no estaba en orden para competir.

Técnicamente, Barcelona era la opción. Políticamente era un suicidio. La EMA es uno de los polos de innovación farmacéutica mundial, emplea a 900 profesionales altamente cualificados y mueve a 36.000 visitantes al año. ¿De verdad quería defender España un destino inestable y en profunda crisis, con la carta de presentación de las imágenes del 1-0 y con sus principales empresas y bancos a la fuga, para albergar una institución que buscaba refugio europeo tras el Brexit? Para responder no hay más que recurrir al sentido común.

La carrera de Granada está en el acelerador. El proyecto tiene un nombre casi impronunciable (IFMIF-Dones) y una complejidad científica que no ayudan a venderlo ni mediática ni socialmente, pero se trata de la iniciativa de más recorrido e impacto que se ha situado en la órbita de Granada en las últimas décadas y, también, la que más capacidad de transformación puede tener.

La inversión inicial para el acelerador de partículas se cifra en 400 millones (Gobierno y Junta aportarían 200 y los restantes la UE), crearía más de 9.000 empleos al año y tendría una repercusión en el PIB provincial de 221 millones sólo en la etapa de construcción.

Una pequeña-gran revolución. Si Granada se impone a Croacia cuando la agencia europea Fusion for Energy tome la decisión a comienzos de 2018, se abrirá un horizonte de dos años para definir el proyecto de ejecución, entre 8 y 10 para construir la instalación y 40 prorrogables de explotación.

El complejo de Escúzar se convertiría en un referente europeo, en un laboratorio mundial, para generar nuevas fuentes de energía y avanzar en campos como la tecnología electrónica, la exploración espacial o la medicina. Vendría a ser una suerte de Darmstadt a la española. La pequeña ciudad al sur de Frankfurt alberga desde los años 80 la Agencia Espacial de Operación, la Organización Europea para la Explotación de Satélites y el acelerador de partículas GSI/FAIR.

Proyectos que hacen de imán para nuevos proyectos; empresas que se convierten en polo de atracción; puestos de trabajo que multiplican el empleo. Es la cadena del desarrollo. El tangible. El real. El que poco tiene que ver con el simbolismo de los títulos. César Prados, uno de los ingenieros que trabajan en el acelerador alemán, lo explicaba hace un año con convicción evocando las palabras de su casera: “Con vuestra llegada, la ciudad ha vuelto a recuperar el brillo cultural e intelectual que tenía antes de la guerra”.

Lo más positivo, lo realmente esperanzador del proyecto DONES, es el silencio y la discreción con que camina. Sin sobreactuaciones ni fuegos de artificios. Con lealtad institucional y con cierre de filas entre el empresariado y las administraciones. En el contexto de la Universidad, esta semana ya se ha puesto en marcha una oficina técnica para gestionar los fondos europeos y la propia presidenta de la Junta, Susana Díaz, lo ha situado como proyecto estratégico andaluz en los encuentros que ha mantenido en Bruselas.

Hemos tenido que perseguir la noticia… No es lo habitual en los actuales tiempos de máxima exposición. Pero los focos no son siempre los mejores aliados; no para los temas sensibles de negociación y no para las carreras que de verdad se van a disputar. Confiemos en que sea una señal de que se está trabajando en firme; de que el proyecto DONES sí se puede conseguir.

No aprendemos

Magdalena Trillo | 21 de noviembre de 2017 a las 10:30

En la campaña que acaba de lanzar Correos para captar al público joven, y convencerlo de que recibir un paquete no es incompatible con la galaxia digital, cabemos todos: desde los que dejan las compras en Amazon pendientes de la vecina del quinto hasta los que viajan un fin de semana a Granada y regresan a casa diciendo “Graná”. Una buena dosis de humor, una pizca de sarcasmo y mucho de ese deporte, tan nuestro, que es reírnos de cómo los demás (nunca nosotros) hacen el ridículo.

Son anuncios amables, divertidos y cotidianos que se deslizan en un tono constructivo que huye justamente de esa otra pasión tan española que es mofarse de las desgracias ajenas y llevarlo todo a una escala de sobreactuación que roza el fatalismo.

Siguiendo esa clave de drama moralista, hasta hace sólo unos días hubiera continuado la campaña con algo tan nuestro como la corrupción y ese empecinamiento popular en salvar a los delincuentes. Me refiero a los políticos, pero también a los banqueros y a los famosos que flirtean entre la prensa rosa y los periódicos de color salmón.

Pues resulta que nada tiene que ver la impunidad del poderoso con el ADN español. En Islandia no sólo han perdonado a los dirigentes que los llevaron a la ruina; les han devuelto sus privilegios y los están volviendo a votar para que, democráticamente, recuperen sus sillones y su prestigio. Son supervivientes de la política. Fueron acusados de evasión fiscal, conflictos de intereses o mal gobierno y ahora resucitan gracias a las urnas.

Uno de los casos más sonados es el del actual líder del Partido de la Independencia: Bjarni Benediktsson, miembro de una de las familias más ricas e influyentes del país, dimitió como premier hace dos meses envuelto en los Panama Papers. En las elecciones del pasado 28 de octubre, su partido fue el más votado y no se descarta que consiga sortear los escándalos y vuelva a gobernar con la ayuda de otro amnistiado. Sigmundur Gunnlaugsson, líder del Partido Progresista, se convirtió en primer ministro en 2013 y el año pasado tuvo que dimitir tras conocerse que tenía una sociedad en las Islas Vírgenes. Presentador de televisión de profesión, con una escalada de vértigo en la política, ha roto todos los pronósticos y acaba de conseguir 7 diputados…

A punto de cumplirse una década del estallido de la crisis, la revolución social de Reikiavik es un espejismo. Geir Hilman Haarde, uno de los dirigentes que fue condenado por llevar a Islandia a la quiebra cuando estalló la burbuja financiera, es ahora el embajador en USA… No aprendemos. Y lo triste es que ni siquiera es algo tan nuestro.

Nosotras las conejas

Magdalena Trillo | 19 de noviembre de 2017 a las 9:30

Cualquier chica de pueblo sabe que no se puede provocar. Nos educan para eso. Nos maquillamos a escondidas después de cruzar la puerta –para evitar ese sonrojante “si te caes, te desconchas”– y en más de una ocasión nos hemos tenido que dar la vuelta porque el escote era demasiado grande, el vestido temerariamente estrecho y, con la minifalda, era evidente que nos habíamos quedado sin tela.

Eso fue así en los 80, en los 90… Herencia directa del ultracatolicismo nacional. Luego llegaría el destape, el de verdad, y la paulatina caída de las fronteras físicas y virtuales harían el resto en no más de dos generaciones. Casi anteayer.

¿De verdad nos sorprendemos de que unos jueces, justamente de Navarra, cuestionen que una chica siga viviendo después de ser violada? En muchas casas, y no sólo de pueblo, todavía se evita poner la tele o la radio cuando fallece un familiar. Por respeto. Porque así es y así tiene que parecer.

Criminalizamos las redes sociales pero, en el polémico caso de La Manada, y con independencia de que se admitan como prueba, son las vergonzosas conversaciones en WhatsApp y los vídeos que los jóvenes de Sevilla grabaron para enaltecer su hazaña en los Sanfermines lo que permite evitar que el juicio transcurra en un peligroso cruce de declaraciones. Sexo consentido o violación.

El dilema es el mismo que cuando hace 30 años se dictó la sentencia de la minifalda. La Audiencia de Lérida determinó que una joven de 17 años “pudo provocar, si acaso inocentemente, por su vestimenta”. El Supremo la ratificó dos años más tarde: el empresario fue absuelto de violación (“porque opuso resistencia verbal pero no física”) y fue condenado a una multa de 40.000 pesetas por un delito de abusos deshonestos. Jaime Fontanet le tocó el culo y las tetas porque lo provocó con su jersey ajustado y su minifalda.

Uno de los magistrados reconocería tiempo después que ni leyó el fallo: “Firmé la sentencia, como solemos hacer todos, sin leerla, porque es normal que nos fiemos del magistrado que la redacta”. Se refería, en todo caso, a los términos “anticuados” con los que se había expresado. El fondo lo compartía.

Las estadísticas oficiales hablan de mil mujeres violadas al año y el dato sólo tiene en cuenta los casos que se denuncian, no todos los que se callan por vergüenza. Por miedo a no ser creídas. Nos podemos indignar, pero no sorprender. No si tenemos en cuenta de dónde venimos y lo que ocurre en nuestro entorno. Las polémicas del eurodiputado polaco Korwin-Mikke no son una excepción; son un síntoma: antes del verano ya proclamó en su hemiciclo que las mujeres deberíamos ganar menos dinero que los hombres porque “somos más débiles y menos inteligentes”.

No lo piensa sólo él; en el campo andaluz todavía no hemos conseguido erradicar la discriminación salarial en la campaña de la aceituna. Es que no es lo mismo coger del suelo que varear; efectivamente, es más duro y por eso nos toca a nosotras…

El diputado defiende ahora la sorprendente campaña de su país para fomentar la natalidad advirtiendo que el problema de la caída demográfica en toda Europa tiene una causa evidente: que las mujeres trabajamos y no nos quedamos en casa para procrear. El spot del Ministerio polaco ha costado 700.000 euros y va de conejos. Hacer ejercicio, reducir el estrés, no beber alcohol… y replicar el ejemplo. “Sé de lo que hablo”, dice un conejo en pantalla, “¡mi papá ha tenido 63 hijos!”.

El vídeo podría continuar con la plaga que ha invadido medio campo de golf en Otura y la que ha puesto en jaque las obras del AVE… Lo llamamos “plaga” en lugar de “manada” pero el sentido es el mismo. El de nosotras, pasivas y cosificadas, y de ellos activos y cargados de razón. La conejera del machismo.

En el Festival de Venecia, el mexicano Amat Escalanta ganó el premio como Mejor Director por una perturbadora historia que entrelaza violaciones, homofobia y machismo. La región salvaje –ya está en cine y tv– arranca cuando una mujer desnuda se saca el tentáculo de un alienígena que la acababa de penetrar. Una imagen provocadora; el principio de unas regiones salvajes que ni son pasado ni son ciencia ficción.

El efecto placebo del ‘me gusta’

Magdalena Trillo | 14 de noviembre de 2017 a las 11:14

Lo llaman porno-miseria. Me lo contaba un universitario chileno que cursa un máster de Periodismo en Granada: ya en los años 70, un grupo de documentalistas colombianos firmó un manifiesto contra la utilización mercantilista de la representación de la pobreza en el cine. La explotación de la miseria al servicio del mercado europeo y anglosajón con ejemplos tan elocuentes como Slumdog Millonaire.

Lo cierto es que, con la pequeña-gran pantalla del móvil en nuestros bolsillos, un me gusta es suficiente para limpiar el sentimiento de mala conciencia. Una cara de espanto, un torrente de risa y una catarata de lloro tienen más recorrido que los nuevos 240 caracteres de Twitter. Es la ilusión de ayudar a las víctimas desde el sofá de casa; la esencia del crowdfunding y de las campañas masivas de solidaridad, aunque en demasiadas ocasiones lo compartamos sin ni siquiera tomarnos antes la molestia de leer.

Puede que todo no sea más que un efecto colateral del síndrome del impostor, esa epidemia de inseguridad con que los humanos nos debatimos entre la aspiración de tener una vida mejor y el estigma que sigue implicando el pecado de fracasar.

No sólo los grandes intelectuales, creadores y famosos temen que el mundo descubra que son un fraude. Cuando en 1978 las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes diagnosticaron el “fenómeno del impostor” se limitaron a retratar lo que cualquiera de nosotros ha sentido en alguna ocasión: ser un farsante. El antídoto no es otro que revestirnos de una apariencia de humildad -me ayudaron, estuve en el sitio oportuno en el momento oportuno, tuve suerte…- para amortiguar la caída.

Las redes sociales no han hecho más que proporcionarnos una férrea máscara con la que blindarnos de nuestros miedos y reconstruir nuestro retrato público (la vieja teoría del doble yo) rompiendo las fronteras entre la realidad que nos acecha y la ficción que casi no nos atrevemos a anhelar. ¿Me lo merezco realmente? ¿Se lo merecen ellos? La pregunta podría ser tan válida en lo alto de la escalera como en el fondo. Que un ensayo como Las virtudes del fracaso se haya convertido en un best-seller en Francia no es casualidad. Desde un ángulo crítico y literario, lo que hace Charles Pépin no es más que diagnosticar el síndrome del impostor -somos unos fracasados y nos van descubrir- y llegar al origen del efecto apaciguador del me gusta. Puro remordimiento: ser culpables, generosos, altruistas o solidarios aunque aún ni siquiera sepamos por qué.

¿La fusión era el problema? De la caída de Spiriman

Magdalena Trillo | 12 de noviembre de 2017 a las 10:00

El modelo de la fusión hospitalaria se puso en marcha en Granada de forma torpe y sin presupuesto, en pleno tsunami de ajustes, sobre una escurridiza marea de indignación y con una creciente base de ciudadanos cada vez más preocupados por el deterioro de nuestro sistema de bienestar. Ese que se convirtió en sinónimo de la integración europea frente a los cuarenta oscuros años de dictadura; ese que se tambaleaba a golpe de tuits mientras la Administración se perdía pensando si debía rebajarse a contestar. Era la salud pero era también la educación, y la dependencia, y las pensiones, y el paro galopante, y la precarización laboral.

Nos construyeron uno de los mejores hospitales de Europa y salimos a la calle a protestar. Más de 40.000 granadinos. Toda España miró a Granada y a ese personaje surgido de una muchedumbre blanca que gritaba Yeah! sin más pretensiones que exigir una buena sanidad. Nos copiaron -lo copiaron-, surgió alguna Spiriwoman en los conatos de crisis que se extendieron por Andalucía… y todo se empezó a esfumar. Con caída del héroe incluida.

La Junta cortó cabezas, pidió disculpas, desmontó el plan de desfusión, aprobó una hoja de ruta para volver a los “dos hospitales completos” y puso dinero sobre la mesa. Mucho -el necesario- y aquí estamos, en un difícil camino de regresión en el que sigue habiendo problemas y desajustes a diario, con numerosos usuarios y profesionales cabreados y con un alto nivel de incertidumbre sobre la foto final que habrá de llegar en marzo de 2018.

Pero, de entrada, se nos ha quedado un enorme interrogante: nunca sabremos qué hubiera ocurrido con el proyecto de la fusión. ¡Bien hecho, claro! Con financiación, con la suficiente agilidad y eficacia para resolver los imprevistos y las inevitables disfunciones y con un plan robusto de comunicación (interna y externa).

Ahora no es el momento de héroes ni de sobreactuación. Toca trabajar y dejar trabajar. Spiriman debió entenderlo cuando le dio la fiebre de las camisetas, se apuntó a todas las causas que iban llamando a su puerta y con la misma rapidez se las quitó. No era el flautista de Hamelin con miles de ciudadanos desnortados detrás. Hace una década que Stephen Hawking ya advirtió que el siglo XXI sería el de la inteligencia compleja; también el de los problemas complejos.

Ahí está Cataluña y, en nuestra escala local, esta misma semana hemos tenido la mejor muestra de que no hay fórmulas infalibles para nada. Ni cien personas se sumaron el jueves en La Chana al arranque del calendario de protestas de la Marea Amarilla. Era por el AVE soterrado -ese que sí ha levantado a los vecinos de Murcia y ya tienen su proyecto firmado por Fomento- pero hubiera pinchado igual con unos carteles que denunciaran los casi 1.000 días sin conexión ferroviaria que vamos a cumplir.

Las causas no son copiables ni los liderazgos exportables. El Pacto por las Infraestructuras que el alcalde ha lanzado con los empresarios tendrá el éxito que permita el pragmatismo de los presupuestos públicos –especialmente los fondos europeos- en una clave muy similar a la movilización del Puerto para que la Costa sea incluida en el Corredor Mediterráneo. Y con un factor determinante que no es otro que el político: con los correspondientes condicionantes electorales (no hay un impulso más eficaz que una campaña) y las correlativas estrategias de los partidos.

Lamentablemente, las debilidades del poder sí son transversales. Podemos hablar de política o de negocios, de instituciones o de plataformas sociales; no importa la nobleza de la causa. Tan importante como llegar es saber irse. Me desconcierta el populismo barato, las mentiras, los insultos y la ira de los últimos vídeos de Spiriman. Me dicen que así es Jesús Candel: la persona sin el personaje, sin la careta. Confieso que me sigue pareciendo de justicia su cruzada por una sanidad digna y una Andalucía sin corrupción, pero hoy jamás me haría un selfie con él. No es temor, no es corporativismo y no es revancha; es tristeza.

Violan lo normal

Magdalena Trillo | 7 de noviembre de 2017 a las 10:20

Veinte años después, el acoso machista de Harvey Weinstein está produciendo una reacción similar a la del caso de Ana Orantes: se acabó el silencio y se acabó la impunidad.

Lo “normal” no es que te manoseen y te den una palmadita cariñosa en el culo; lo “normal” no es que te violen. “No ignoraremos más las manos obstinadas sobre nuestros cuerpos, las amenazas e intimidaciones veladas como coqueteo o el silencio de colegas ambiciosos. No toleraremos más que se nos avergüence”.

Sólo en el mundo del arte, dos mil profesionales han suscrito un manifiesto contra el acoso sexual que concluye con una propuesta de definición. Sí, tan interiorizado está en nuestra sociedad, tan acostumbrados estamos a convivir con el abuso de poder patriarcal, que ni siquiera tenemos claro los límites.

Cuando en los años 80 Miguel Lorente escribió Mi marido me pega lo normal, ya advertía de que corríamos el riesgo de “acostumbrarnos” a los asesinatos machistas del mismo modo que había pasado con los fallecidos en accidente de tráfico. La realidad de fondo era aún más alarmante: la mayoría de las denuncias se presentaban para que el fiscal o el juez le echara una bronca al marido pero sin asumir la gravedad de la situación.

Sólo se asumía que se “sobrepasaba lo normal” cuando a la mujer le clavaban un destornillador en el ojo como le pasó a una vecina de Jaén o era rociada con gasolina y quemada viva como le ocurrió a la granadina cuando en 1997 denunció las agresiones de su marido en televisión. El resto era convivencia, vergüenza y culpabilidad.

El caso de Ana Orantes acabó espoleando la conciencia de la sociedad española como ahora está ocurriendo con el productor norteamericano a escala global: del cine y el arte a la política, las instituciones y las empresas. Desde el clasista Westminster -logrando lo que no se pudo ni con las revelaciones de violaciones continuas por parte del celebrity de la BBC Jimmy Savile- hasta el simbólico Parlamento Europeo pasando por la jet set sevillana con el escándalo del psiquiatra Javier Criado y poniendo contra las cuerdas a intocables de la alfombra roja como Kevin Spacey, Dustin Hoffman, Bill Cosby o Woody Allen.

El revulsivo ya está aquí pero queda lo más difícil: que la normalización no sea incompatible con la racionalización. ¿Le quitamos los Oscar a Spacey? ¿Enterramos en vida a Polanski? Que te acosen y violen no es lo normal pero tampoco podemos acabar situando el foco -como ha pasado en Andalucía- en promover una ley para prohibir, por ejemplo, los piropos. Firmeza, sí, pero prudencia y sentido común también. Como dice Demi Moore, es mejor opinar sin ira.

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La explosiva (vieja-nueva) política

Magdalena Trillo | 5 de noviembre de 2017 a las 14:23

Siempre se ha dicho que un periodista vale más por lo que calla que por lo que escribe. En cultura o en deportes, en los casos de las noticias blandas, tal vez sea un principio cuestionable pero les puedo asegurar que ocurre así -en grado superlativo- cuando nos sumergimos en el pantanoso terreno de la política y hay que lidiar hasta la extenuación con la volatilidad de ese mal que llamamos “periodismo de declaraciones”. Les explico: hoy digo tal cosa, mañana tal otra y entre medias arremeto contra los periodistas porque no se enteraron bien, porque me malinterpretaron o, directamente, les acuso de manipular y de mentir. Es gratis.

Ni aun grabando las conversaciones -algo que los móviles nos ha facilitado enormemente- estás libre de tener que dar explicaciones hasta el absurdo, de que pongan en cuestión tu profesionalidad e, incluso, de que te acusen de estar “comprado”. Por unos y por los contrarios en función de la dirección del viento.

“Calumnia que algo queda”. Es un viejo (y sucio) juego de la política que practican los partidos de siempre, y esos que se dicen nuevos aunque se empeñen en seguir sus mismos pasos, del que no nos libramos los medios.

Ahora bien, sería hipócrita plantear que estamos completamente indefensos. Podemos tener la última palabra y utilizar, por ejemplo, este espacio de opinión para contar lo que nuestra ética nos impide a cinco columnas en las páginas de información. No porque no sea verdad sino porque llegó a la Redacción con el sagrado ‘off the record’, porque se desliza entre la frontera de la noticia, el rumor o la intoxicación o porque, como resulta obvio, cualquier negociación sensible, estrategia de presión (¿chantaje?) y maniobra soterrada deja de serlo en cuanto sale a la luz.

No hablo de Cataluña; me refiero a la situación explosiva en que se encuentra la política local. La relación entre Vox y el PP por la situación de los concejales del gobierno de Torres Hurtado imputados en el caso Serrallo (seis de los ocho siguen en activo) echa humo. Aunque la causa tendrá su propio recorrido judicial con independencia de las maniobras políticas de pedir o no la desimputación a la jueza, la razón de fondo no es baladí: ¿interesa de verdad el gesto simbólico de ‘limpiar’ a los concejales para propiciar una moción de censura junto a Ciudadanos contra Cuenca?

Oficialmente sí, todo el PP critica el “desgobierno” socialista y apoya a Rocío Díaz como alcaldesa, pero extraoficialmente es un escenario que torpedearía las posibilidades de Sebastián Pérez para ser el cabeza de cartel en las próximas municipales. Que justo esta semana se haya incorporado a la Diputación Pablo García, mano derecha del presidente del PP, no puede leerse más que en clave electoral: si se produce la remontada de los populares como se espera a nivel interno, ¿Sebas a la Plaza del Carmen y Pablo a la institución provincial?

Para los comicios falta más de un año pero las piezas del tablero de ajedrez hay que situarlas ahora. Es el momento de posicionarse, de hacer méritos y de figurar. Están nerviosos; muy nerviosos. Por momentos, se roza el esperpento y quién sabe si hasta la frontera de lo legal…

Estamos ante un complejo escenario de movimientos preelectorales y “presiones” -en ocasiones contradictorios- que merecería formar parte de algún oscuro y enrevesado capítulo de House of cards: que Ignacio Nogueras, ex del PP, vaya por un lado como dirigente de Vox en Granada y su abogado por otro -incluso contrario- en el procedimiento judicial del caso Serrallo donde están personados como acusación popular resultaría inaudito si no fuera porque es justo lo que acaba de pasar… ¡Mucho más que recurran a terceros, incluidos los periodistas, para estar informados de sus propias actuaciones!

A la espera de ver qué movimientos se concretan entre los socialistas para posicionarse en la próxima ejecutiva local de Paco Cuenca -y si surge la sorpresa, en estos momentos nada probable, de que alguien con opciones plantee disputarle la Secretaría-, donde sobrevuelan los cuchillos es en Podemos. La disputa superficial es si la portavoz de Vamos Granada es Marta Gutiérrez o Pilar Rivas y qué pasa con el controvertido ‘verso suelto’ de Luis de Haro. Pero la guerra de fondo es profunda y tiene que ver con la divergente visión que simbolizan pablistas y errejonistas sobre lo que debe ser la formación morada, cuáles son sus postulados en los grandes temas de Estado, con quién aliarse y, en definitiva, cómo afrontar las distintas citas con las urnas.

La confusión que está marcando su postura en la crisis catalana se puede extrapolar a escala local y, en el caso de Granada, con el factor extra de lo que supone la corriente anticapitalista de la líder regional.

Sintetizando mucho, apunto algunas claves: la postura de confluencia con IU que se defiende a nivel provincial (con José Moreno al frente) es inviable a nivel local con un Alberto Matarán que se retiraría antes de la política que verse en la tesitura de conformar unas listas de alianza con Paco Puentedura (las heridas tras la dura y conflictiva retirada de la política de su madre, Lola Ruiz, tardarán mucho en cicatrizar…)

Que Teresa Rodríguez dirija la formación en modo stalinista tampoco está ayudando a pacificar las aguas y mucho menos que haya un personaje tan polémico e imprevisible como Spiriman como (deseada) cabeza de cartel de una futurible candidatura ciudadana. Aunque estemos en fase de tanteo, es un escenario que se cuela en las quinielas de todos los partidos -y la preocupación es compartida- cuando analizan el horizonte de las municipales de 2019.

Dentro de Ciudadanos, las aspiraciones de Luis Salvador son tan altas que la política local se le queda pequeña -así lo ha dicho alguna vez en público el ahora diputado del partido- y puede que este artículo también… Para empezar, juega en dos tiempos: tiene un plan A en el que ya se ve sustituyendo a Juan Marín a nivel regional y de vicepresidente de la Junta junto a Susana Díaz siempre que se cumpla la subida que apuntan las encuestas para las próximas elecciones autonómicas. Recordemos que la estrategia de Ciudadanos para las nuevas citas electorales es formar parte de las estructuras de gobierno, no sólo apoyar, y la posibilidad del adelanto planea en Andalucía.

Si falla, siempre estará el plan B de volver a encabezar la candidatura de Granada. O no. Porque poder, fama y mujeres es un cóctel explosivo. Más aún cuando discurre entre las cañerías de la política. Y especialmente preocupante si se confirma la denuncia por presunto acoso sexual que una Asociación de Mujeres de Madrid está difundiendo entre los medios y ha elevado incluso al Congreso, al Senado y a la ministra Dolors Montserrat exigiendo que Ciudadanos se retire del Pacto Nacional contra la Violencia Machista por tener entre sus diputados a Luis Salvador…

Media Granada habla del tema, y de la supuesta víctima de Valladolid, pero entre bambalinas… ¿Despecho, campaña de desprestigio, otro lamentable caso de acoso? Estamos en ello. Los acontecimientos nos dirán si se trata de un intento de intoxicación o echamos más gasolina a la explosiva (vieja-nueva) política local.

Clima electoral (pero en la Plaza del Carmen)

Magdalena Trillo | 29 de octubre de 2017 a las 19:02

1. Reprobación: acción de reprobar (dar por malo). 2. Vodevil: comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco.

No sólo Puigdemont es un artista de la confusión. Lo que se vivió el viernes en la Plaza del Carmen podríamos llevarlo a escena como un auténtico “vodevil de la reprobación” (Puentedura, una vez más, puso la nota lúcida del pleno) aunque donde realmente se sitúa es en la trastienda de la política: el reloj electoral ya está en marcha.

Ninguno de los movimientos, declaraciones, órdagos, presiones y amenazas (no siempre veladas) que se están produciendo delante de los micrófonos -y sobre todo entre bambalinas- pueden explicarse ya sin tener en cuenta el factor político estrictamente partidista.

El horizonte oficial son las municipales de mayo de 2019 pero hay un deadline previo más relevante: si el PP y Ciudadanos van a reeditar su alianza para presentar una moción de censura contra Paco Cuenca y provocar el tercer cambio de gobierno en la capital (acabaríamos con un alcalde por año), deben hacerlo antes del próximo mes de mayo. No es ningún capricho; es un condicionante legal el que impide recurrir a la moción en el último año de mandato.

Tienen, por tanto, seis meses para negociar aquí, pero también en Sevilla y en Madrid, y decidir si están dispuestos a cambiar la baraja meses antes de la carrera electoral. En el PP ya han encargado un sondeo para valorar si tendría más opciones Sebastián Pérez o Rocío Díaz, en el PSOE se está produciendo un sólido cierre de filas en torno a Paco Cuenca -su anuncio de presentarse a las primarias locales y el anuncio de Chema Rueda de no optar a un tercer mandato van en esta línea-, en Ciudadanos se encomiendan a Manuel Olivares conscientes de que el ‘factor Luis Salvador’ desestabilizará cualquier previsión -su inesperada presencia en el pleno del viernes no es casualidad-, desde Vamos Granada no dejan de sorprender con su capacidad para provocar escisiones donde apenas hay qué dividir y en IU, por mucho que pesen los desvelos de los históricos, bastante hacen con mantener las siglas.

La reprobación de Cuenca ha sido tan simbólica, e inútil en el sentido práctico, como la que sufrió en 2012 cuando estaba al frente de la oposición y el propio TSJA tumbó un año después advirtiendo que no se puede “instrumentalizar el pleno” para hacer un juicio político. Pero, aunque ha tenido mucho de postureo, también de tanteo y escenificación, el grupo socialista está solo.

Después de meses extenuantes de negociación, sólo ha sido capaz de sacar una batería de medidas para hacer frente a la ruina municipal cuando se ha acercado a los postulados del PP y ha logrado su abstención. Fue el pasado lunes. El Ayuntamiento ya tiene luz verde para aplicar un duro plan de ajuste -que a nadie gusta- y mañana mismo, por ejemplo, podrá empezar a pagar la mitad de la paga extra que aún debe a los funcionarios.

Pero poco más. La subida del IBI sigue siendo una línea roja para toda la oposición y los presupuestos de 2018, un futurible. Las 100 actuaciones que el alcalde expuso a los grupos para valorar sus 540 días de gestión quedaron en puro voluntarismo.

La realidad es tozuda: 8 concejales socialistas cada vez más alejados de quienes deberían ser sus aliados naturales en la izquierda (los 3 de Vamos y el concejal de IU) y con una pinza creciente en frente que no dejan de apretar los 11 del PP y los 4 de C’s. De momento, lo único que desafía la aritmética son los líos judiciales en los dos bandos. Y aquí también hay movimientos.

Por encima de la situación de Cuenca -parece previsible el archivo-, lo realmente relevante es la imputación de los 8 ediles del PP del gobierno de Torres Hurtado por el caso Serrallo. No es extraño que las presiones sean constantes y que el asunto haya llegado hasta Madrid: si Vox retira su acusación particular, y al margen del recorrido judicial, políticamente se abren nuevos escenarios.

Y es que en las campañas electorales importa cómo se termina, pero es clave cómo se empieza y, sobre todo, con qué relato. Justamente donde estamos ahora. Dónde y con quién. Donde estábamos el viernes cuando, teóricamente, se reprobaba al alcalde.