De Ana Orantes a Juana Rivas

Magdalena Trillo | 30 de julio de 2017 a las 10:30

Cuando Ana Orantes fue asesinada por su marido, la violencia de género no era un problema para la sociedad española. José Parejo la roció con gasolina y la quemó viva a las puertas de su casa. Ana había tenido la osadía de contar en un plató de televisión que llevaba cuarenta años sufriendo malos tratos en silencio. Trece días después, la mató a las puertas de su casa. Fue un 17 de diciembre. En el pequeño municipio de Cúllar Vega. Hace justo veinte años. Aquel día, España despertó del machismo.

Ana Orantes no fue la primera mujer maltratada pero sí la que puso rostro a la violencia de género. La hizo visible y nos obligó a cambiar. A los medios de comunicación, a las instituciones públicas, a las fuerzas de seguridad y a toda la sociedad. En la esfera pública y en la privada; en las ciudades y en los pueblos. Su caso se convertiría en la primera piedra de un complejo camino que desembocó en la Ley Integral Contra la Violencia de Género que el Gobierno de Zapatero aprobó en 2004. Por unanimidad.

Un acuerdo “histórico” como esta semana, trece años después, ha sido el Pacto de Estado con que los nuevos grupos políticos han sacado adelante el primer gran acuerdo de la Legislatura. Y ello pese al inesperado desmarque de última hora de Unidos Podemos evidenciando una absoluta falta de altura política; porque son legítimas sus mayores exigencias y sus dudas sobre la efectividad con que se aplicarán las 266 medidas del plan pero más necesaria aún era la unidad. El simbolismo de la firmeza democrática contra el machismo.

Esta misma semana, Túnez ha aprobado una ley histórica contra la violencia de género que toma de referencia la de Zapatero. En su caso, el punto de partida es más grave aún. Supone un paso trascendental por los derechos de la mujer: los tunecinos ya no podrán violar a una menor y evitar la cárcel casándose con la víctima; el acoso sexual, incluido el verbal, se tipifica y castiga como delito; se podrá denunciar la explotación de niñas en el servicio doméstico; se proclama, por primera vez, que los “ciudadanos y las ciudadanas” son “iguales”.

Tenemos experiencia para saber que las leyes no son suficientes. Por muy progresistas, garantistas y punitivas que sean. Pero son el esqueleto de base que nos pueden permitir avanzar. En la calle, en los colegios y en nuestras casas. El actual Pacto de Estado por la Violencia de Género parte con déficits y con mucha incertidumbre sobre su efectividad pero sería irresponsable quedarse en lo mejorable y no reconocer el salto cualitativo que se produce con un plan transversal que implica a todos los agentes -y en todos los niveles de gestión- y que pone sobre la mesa 1.000 millones para su aplicación en cinco años.

Un plan que cambia, por fin, la consideración de las víctimas -se podrá acreditar la violencia machista aun sin denuncia judicial y prevé que los servicios sociales y sanitarios puedan activar el proceso de protección-, que incluirá asignaturas evaluables y formación especializada a nivel universitario, que reforzará la educación en igualdad en las escuelas, que ayudará a las mujeres maltratadas sin recursos con seis meses de paro, que perseguirá las calumnias en las redes sociales, que pondrá en marcha campañas de concienciación y sensibilización… Más prevención, más formación, más coordinación.

En una entrevista que publicamos hoy, Miguel Lorente, el director de la Unidad de Igualdad de la UGR y uno de los expertos que han trabajado en los últimos seis meses para el desarrollo del Pacto de Estado, advierte que llega “tarde, a la fuerza y desenfocado”. Ciertamente, basta recordar las 600.000 agresiones y las 60 mujeres que son asesinadas de media en España cada año para compartir sus palabras y reconocer que son las trágicas cifras, el año negro que estamos viviendo en 2017, lo que ha constituido el desencadenante del pacto.

Lleva razón también cuando lamenta que nos quedemos en el lado visible del problema, los asesinatos, y no ataje de lleno las causas: el machismo. La normalidad con que todavía toleramos a los maltratadores y hasta los justificamos. Con que minimizamos ciertas conductas. Con que seguimos perpetuando la sociedad patriarcal que constituye el caldo de cultivo de la dominación masculina y la violencia contra las mujeres. ¿Recuerdan su libro Mi marido me pega lo normal?

Pero no son sólo las cifras. De Ana Orantes a Juana Rivas. La madre de Maracena que ha huido con sus hijos para evitar entregarlos a su expareja, un padre condenado por maltrato, está poniendo rostro a la nueva etapa de lucha contra la violencia machista que se está abriendo en la sociedad española sacando a la luz todas las sombras de desprotección, lagunas judiciales y circunstancias “excepcionales” que necesitan una respuesta. Por primera vez se pone un foco en los menores y en la tibieza con que hasta ahora se ha abordado un tema tan sensible como es la custodia de los hijos.

Porque partimos, como recuerda Lorente, de que “un marido maltratador no tiene por qué ser un mal padre”; pero un maltratador siempre es un mal padre. Y un “riesgo” que debería ser tenido en cuenta como un factor determinante para evitar el contacto. Lo vemos, con demasiada frecuencia, en los casos en que los menores son utilizados para hacer daño a la madre, como rehenes de la violencia machista y como víctimas en última instancia de los homicidios.

Son, además, un mal ejemplo. Peligroso. Perpetuador de la violencia. En 2005, Jesús Parejo, uno de los ocho hijos de Ana Orantes, fue detenido en Santa Fe por malos tratos a su pareja. La joven, que tuvo que ser atendida por contusiones en la cabeza y un fuerte dolor en el brazo, confesó a la Guardia Civil que era la tercera vez que le pegaba.

Ese día, una de las hermanas del agresor pidió a la Justicia que actuara con contundencia, que fuera “a la cárcel si tenía que ir” y se ofreció incluso a ayudar a la familia de la víctima. Raquel, que se quitó el apellido de José Parejo cuando asesinó a su madre, recordó que su hermano Jesús también sufrió los malos tratos, que se marchó a los 13 años de casa huyendo de los golpes que su padre le daba a toda la familia… “Quizás fue el ambiente que vivió de niño el que le ha empujado a hacer esto”, dijo entonces.

La presión social, la movilización ciudadana que se ha producido estos días en Granada para apoyar a Juana Rivas, no es una simple corriente de empatía ni inconsciencia. Y no se trata de saltarse la ley. El #YoSoyJuana que vuela en las redes sociales sumando muestras de solidaridad es una llamada de atención sobre el nuevo tiempo en la lucha contra el machismo que tenemos la obligación de abrir.

Porque ni la burocracia ni las zonas grises de la normativa pueden anteponerse a que las leyes sean justas, que se apliquen con sentido común, incluso con humanidad, y que se tengan en cuenta todas las circunstancias.

Porque tan urgente como atajar la violencia de género es actuar con todas las medidas, campañas y cambios legislativos que sean necesarios para acabar con el lado menos visible. Con el machismo.

Sí, hoy #TodosSomosAna. Hoy, #JuanaEstáEnMiCasa. #TodosSomosJuana.

Superpolíticos

Magdalena Trillo | 23 de julio de 2017 a las 12:28

Como periodistas y políticos tendemos a converger y a explosionar con la misma intensidad que la energía de átomos, imagino que la precaución es compartida: nunca te fíes de un político/periodista que reniegue del alcohol. No sé si es leyenda urbana, sentido común o maledicencia, pero les puedo asegurar que es una lección obligada desde que nos estrenamos en el oficio como becarios de verano. Y es, en todo caso, una buena metáfora: las debilidades nos hacen humanos; los excesos, aun cuando se presenten en forma de proeza, nos debieran hacer sospechar. Como hacía Nietzsche frente al virtuosismo de Kant y como deberíamos hacer todos frente a sus “superhombres“.

El trasfondo es peligroso. Y es una trampa. Lo estamos sufriendo las mujeres cuando volvemos a echarnos a las espaldas el hogar -las tareas domésticas, la cocina, los hijos, los mayores…- porque ‘podemos’ con todo. Como trabajar -¿votar?, ¿vivir?- era un derecho y lo hemos conseguido, ya podemos permitirnos el lujo de ‘decidir’. Y lo que decidimos es convertirnos en superwomen. Pero sólo en apariencia. Cargadas con una pesada mochila de renuncias y con pies de barro.

Lo llamamos “libertad”. La misma palabra que utiliza la presidenta de Madrid para justificar que este año (tampoco) se va de vacaciones. Cristina Cifuentes se declara una “ferviente defensora de los derechos de los trabajadores”, incluido el referente al descanso estival que recoge el artículo 40.2 de nuestra Constitución, pero siempre que sea “voluntario”, “no obligatorio”. Por eso ella se pasará todo agosto en la Puerta del Sol. Porque no se le ocurre “nada mejor que hacer” y porque no conoce ningún otro sitio mejor “donde estar”.

Ni sus declaraciones ni el debate que se ha suscitado son gratuitos. Es verdad que corremos el riesgo de frivolizar si lo llevamos a la contienda partidista con interesados ataques contra los escurridizos planteamientos sociales y laborales del PP y, por supuesto, si nos colamos en la vida privada de la política madrileña para preguntarnos (incluso compadecernos) cómo es posible que alguien no sepa qué hacer con sus vacaciones. Que se lo pueda permitir y no quiera… Pero no es una polémica “surrealista” si lo situamos en la esfera pública, en la necesaria ejemplaridad que exigimos a quienes asumen responsabilidades de gobierno y por el inevitable eco social que tiene un cargo de su relevancia. ¿Su mensaje es el de la “superpolítica” que no necesita las vacaciones? ¿Situamos ahora el derecho a los 30 días de descanso remunerados al año como un acto de buena voluntad y “generosidad” del empleador?

Tal vez también tengamos que empezar a sospechar, a prevenirnos, ante los políticos “excepcionales” que no se van de vacaciones… Más aún en un país como el nuestro que no ha dejado de perder derechos, conquistas sociales y nivel de vida tras diez años de crisis y recortes en los que nos hemos empeñado en agigantar la brecha de las desigualdades. Y también con trampa: la del pan y el circo; la del fútbol y la corrupción.

En Francia, esta semana Axa Seguros ha aprobado el derecho de los trabajadores a la desconexión digital. No es ‘buenismo’, se recoge en su nuevo convenio colectivo: no tendrán que coger llamadas en su teléfono corporativo ni responder emails de trabajo tras finalizar su jornada. A diferencia de nuestra reforma laboral, esa que tanto le gusta al FMI, la francesa entró en vigor en enero e introducía como novedades las retribuciones “flexibles” y la necesidad de regular el uso de las tecnologías de la comunicación para garantizar, por ley, el derecho a descansar…

En España, esta semana podíamos elegir entre la ‘anécdota’ de Cifuentes, el culebrón del ‘Villarato’, el hartazgo ‘kamikaze’ de los independentistas catalanes y hasta la tragedia del banquero suicida. Incluso, en versión viral, teníamos a Ferrán Adriá estrenando el verano sexista con el primer cartel polémico de la temporada: cuatro espectaculares culos de chicas desnudas invitando a disfrutar de su lujoso restaurante en Ibiza.

Me reafirmo; hay que desconfiar de lo superlativo. Siempre. Sin excepción.

La tentación del chamán

Magdalena Trillo | 16 de julio de 2017 a las 10:30

Para la chica de Nepal que murió hace una semana no fue ninguna metáfora. Le mordió una serpiente cuando estaba aislada en una cabaña -porque tenía la regla, porque era impura- y sus padres llamaron al chamán. Sobrevivió siete horas. Ni el curandero ni los médicos pudieron salvarla; el hospital al que al final la llevaron tampoco disponía del antídoto. Tenía 18 años. Vivía en una zona rural donde casi la mitad de la población sigue el chaupadi, una costumbre ligada al hinduismo que recluye a las mujeres durante la menstruación y después de dar a luz. Las echan de sus propias casas. No pueden tocar alimentos, animales ni a otras personas.

En Andalucía no llegamos al extremo inhumano del chaupadi pero no somos ajenos a la superstición, a esas creencias que se asientan como verdades intocables del saber popular y que protegemos de generación en generación. Cualquiera que haya ido a una matanza sabrá que “se echa a perder” si entre las mujeres que hacen las morcillas y el chorizo hay alguna que tenga la regla. Si no se acercan; mejor. Y está más que comprobado que el periodo es la principal explicación de por qué se corta la mayonesa…

La llegada del verano no es sólo sinónimo de incendios y de olas de calor; la fiebre por las dietas y las locuras alimenticias compiten con exóticos tratamientos estéticos (entre pepinos y tomates anda el juego), peligrosas pócimas para acelerar el bronceado (¿conocen el truco del aceite y el vinagre? y castigos deportivos infernales con resultados más que engañosos. Lo realmente preocupante es la pátina de sofisticación con que caemos en las trampas de las modas y el ingente desembolso de dinero que nos cuestan los nuevos chamanes. Los que se esconden entre palabras pseudocientíficas y se envuelven en la últimas tecnologías. Es, por supuesto, un negocio. Y no basta agradecer los servicios con la ‘voluntad’.

¿Siempre pensó que era malo tomar mucho café? Pues resulta que no. Ya tenemos un estudio científico que lo demuestra: tres tazas al día reducen el riesgo de mortalidad prematura un 8% en las mujeres y un 18% en hombres. En su día ya conseguimos que nos dijeran que tomar chocolate (negro) es bueno y no engorda (tiene efecto euforizante, combate la depresión y la fatiga, estimula la actividad cerebral y ayuda a frenar el envejecimiento celular), que una copita de vino tinto (con moderación) tiene beneficios cardiovasculares y cognitivos y hasta la cerveza tiene ya su propio corpus científico avalando su consumo (responsable). Por el alto contenido en flavonoides y antioxidantes de la cebada, porque disminuye el estrés, porque ayuda a dormir, porque mejora la digestión y la memoria… Y, ¡claro!, porque está buena y refresca. Porque, con los 45,5 grados que hemos rebasado esta semana en Granada alcanzando la temperatura más alta del país, son pocas las motivaciones emocionales y médicas a las que hay que recurrir para refugiarse en una cerveza bien fría.

No voy a poner en cuestión el rigor de los estudios nutricionales; al contrario, estoy convencida de que es positivo que desde la ciencia se avance desmontando mitos y supersticiones. Sin excepción. Pero siempre me ha resultado extremadamente sospechoso que nos centremos en hacer investigaciones de lo que nos interesa, de lo que nos gusta. ¿No creen que si nos ponemos a demostrar que el café, el chocolate o el vino son malos para la salud encontraríamos mil y una razones? Pero eso no vende. Ni en el sentido estricto del negocio ni en el sentido popular. Podríamos encontrar más de un motivo para desprestigiar al chamán pero eso nos produciría un conflicto y una renuncia; empequeñecería el margen de las expectativas, de la incertidumbre y hasta de la esperanza. Creemos en lo que queremos. Es la tentación de chamán; la prudencia de no pasar por debajo de una escalera; la ilusión de hallar una moneda y guardarla en el zapato.

No pensemos que son cosas de analfabetos, de pueblos y de costumbres. Miren a los catalanes en su huida independentista, a los ingleses con su Brexit, a la Venezuela de Maduro, a los Estados Unidos de Trump… ¿No ven detrás al chamán?

La preverdad de Paco Cuenca

Magdalena Trillo | 9 de julio de 2017 a las 11:28

La mayor capacidad de innovación que están demostrando los políticos -los viejos y los nuevos- poco tiene que ver con el pragmatismo, la capacidad de gestión, el liderazgo y hasta la visión que deberíamos exigir a quienes asumen el privilegio de ejercer el poder con el teórico pretexto de hacernos la vida un poco mejor. Dentro de los partidos, y poco importa el color, los juegos de intereses y las prácticas endogámicas se replican con la misma intensidad que la inercia y el inmovilismo se apropia de las instituciones. Es el conocido ‘todo cambia para que todo siga igual’. Pero en el fondo, no en las formas. No lo contamos igual. Son las palabras, los matices, los que terminan funcionando como espejo de los verdaderos cambios, esos que pasan desapercibidos entre lo políticamente correcto y lo estratégicamente medido. Es la innovación del lenguaje la que salta al diccionario certificando lo que ya supera lo anecdótico y lo provisional.

Términos como “tuitear” y “guasapear” sirven para identificar a toda una generación tanto como lo ha hecho ya la idea de “posverdad” para poner nombre a toda una era. Las palabras nos ayudan a ver, a entender, por lo que significan y por lo que sugieren, por lo que dicen y por lo que callan. La poética y la retórica, la literatura y la política, no están tan alejadas: en todos los casos jugamos con el lenguaje, lo estrujamos y lo situamos como columna vertebral para un fin determinado. Donald Trump no ha hecho más que poner un foco global sobre algo que ya se había convertido en normalidad: distorsionar la realidad para hacerla encajar con un determinado mensaje. Una mentira, una media verdad, ficción, realidad… Lo más característico de la posverdad es que redibuja el pasado -por eso recurrimos al “pos” para esa verdad que nunca fue-, casi como esa memoria interesada y esquiva que, sin el componente de la malicia, funciona como el photoshop en nuestros recuerdos cotidianos.

En paralelo a la posverdad, se está produciendo otra interesante innovación en política tremendamente contagiosa: la preverdad. El futuro, las expectativas de lo aún posible, nos da un margen extra para inventar. Desde los presupuestos que se construyen sobre cifras maquilladas hasta los “en diferido” que van saltando entre los casos de corrupción y los anuncios de independencia a pie de teatro.

No sé si los psicólogos sociales -justo esta semana Granada ha acogido el congreso internacional de la Asociación Europea- tendrán identificadas estas prácticas con algún término científico más apropiado ni hasta qué punto podríamos hablar en este caso de “trastorno” pero basta bucear en las informaciones periodísticas para comprobar que, en política, es una práctica tan asentada como la posverdad. O más, porque sobre lo que vamos a mentir aún no se ha producido. Me voy a un caso muy reciente y cercano: Paco Cuenca y su proyecto para soterrar el AVE. Anticipadamente pero con poco éxito, la Universidad de Granada le había advertido que no aceptará despojarse de los Paseíllos -de uno de los pocos pulmones verdes en el centro de la capital, para levantar torres con cerca de dos mil viviendas y financiar el proyecto-, desde la oposición lo ven como un “fuego de artificios” y las plataformas y empresarios se siguen debatiendo entre el “todo” y el “ya”.

Pero “hay consenso”. Y es “viable”. Eso asegura el alcalde evitando desvelar sus conversaciones con la rectora en las que no se había movido del “no es no”. Y lo hace con la misma vehemencia con que defendía el jueves un “diálogo”, “transparencia” y “normalidad” de gestión que sólo ve él. Granada recuperaba el Debate de la Ciudad cuatro años después para darse cuenta de que, salvo el pactado desalojo del PP del gobierno local por el caso Nazarí, todo sigue igual. Por inercia. Sin más horizonte que, como en los peores tiempos de Torres Hurtado, subir cada mañana las persianas de la ciudad.

CajaGranada-Bankia: de números e intangibles

Magdalena Trillo | 2 de julio de 2017 a las 11:17

En las memorias de Antonio Jara hay dos volúmenes: el que vivió en los años 80 desde la Plaza del Carmen y culminó con el reconocimiento de haber sido “el mejor alcalde de Granada” (con un legado que ha logrado mantener) y el que lo ha llevado a la sexta planta del ‘Cubo’ en la década de mayor incertidumbre y convulsión de este país. Podríamos pensar que el primero es político y el segundo, económico. Nos equivocaríamos: los localismos, los nacionalismos y las guerras de intereses no entienden de muros ni de fronteras. Habrá quien tenga la tentación de sentenciar (ya) que su etapa como alcalde fue sinónimo de éxito y la de gestor financiero, de fracaso. Está por ver: CajaGranada se acaba de subir a bordo de un “transatlántico” que, por primera vez en toda la historia de despropósitos que acumulan las cajas andaluzas, ha apostado por esta comunidad para expandirse y competir.

La historia de CajaGranada en la nueva Bankia está por escribir del mismo modo que están por escribir las memorias de Jara. De todos los Jaras. Del que gobernó la ciudad poniendo los pilares de una Granada moderna y abierta en los albores de la democracia, del que reapareció en 2010 en la esfera pública para tomar las riendas de la vieja La General, del que tuvo que lidiar con una integración en BMN de beneficio más que dudoso, del que intentó (sin éxito) que alguien le escuchara cuando intentó resucitar la opción de Unicaja y del que hoy ve en la marca “CajaGranada” y en el “Cubo” los símbolos de un legado a preservar.

Antonio Jara no tiene miedo a las palabras. No le he visto nunca recurrir a un eufemismo ni eludir una pregunta; ni siquiera un rumor o una intoxicación. Durante meses se ha mantenido en silencio, prudente, a la espera de que culminara la operación de fusión. Lo que toca ahora, cuando todos miran con interrogantes y preocupación al imponente edificio vanguardista de Campo Baeza, es dar la cara. Lo hace con argumentos y con datos. Tiene una libreta negra llena de números y fechas. De reuniones y de llamadas. De instrucciones y de presiones. Como buen profesor universitario, lo anota todo. Es el mejor antídoto contra las propias flaquezas de la memoria y, sobre todo, contra los relatos interesados de otros.

En la entrevista que hoy publicamos hay dos capas bien diferenciadas, la gélida de los números y la intensa de los entresijos que vienen a explicar por qué CajaGranada terminó con un 2,79% en BMN y, ahora, con un 0,19% de Bankia. Por qué fue un fracaso la “gran caja” y después la “caja única”. Por qué Andalucía ha dilapidado la historia de las 14 cajas de ahorro que funcionaban hace treinta años. Por qué la región más poblada de España no tiene un peso real en las finanzas del país…

Pero no hay una respuesta sencilla ni un único culpable. Es verdad que la mala gestión política, las interferencias, la vampirización de las cajas, ha pesado tanto como lo ha hecho la penitencia del ladrillo en los balances financieros. Sería un error, sin embargo, mirar sólo a Sevilla sin reconocer que fue, por ejemplo, el Gobierno de Zapatero el que marcó un ‘no’ rotundo a los “nacionalismos intracomunitarios” -justo cuando las cajas gallegas también se intentaban blindar-, no tener en cuenta el “maltrato” que sufrió BMN en el momento de la reestructuración bancaria -“nos dieron lo justito para no morir”, confiesa Jara- y, por qué no, ser capaces de echar la vista atrás y valorar la gestión que hicieron en su día Julio Rodríguez y Antonio María Claret cuando CajaGranada era una puerta giratoria de lujo para mercadear. Dejémoslo ahí…

Si Bankia termina preservando la posición de Granada en su apuesta por Andalucía, si se cumplen las expectativas de negocio y de expansión, tal vez podríamos mirar esta última operación con optimismo pensando que la larga travesía del desierto ha servido para enterrar el discurso de las emociones y las nostalgias y para imponer la racionalidad económica y la rentabilidad a la gestión en el sector financiero. Puro sentido común.

Asegura Jara que no ha sido Granada quien “le ha dado la espalda a Andalucía”, que no ha sido Granada quien “ha fallado”. En pleno conflicto por mantener el poder judicial, justo cuando se acaba de desactivar un intento sorpresa de Sevilla de competir por la Capitalidad Cultural de 2031, no parece descabellado temer ahora nuevas tentaciones atraídos por el polo político de la capital hispalense y el polo económico de la capital de la Costa del Sol.

No hay duda de que la operación será un buen negocio para Bankia pero aún está por ver si lo será para Granada: porque en la ecuación están los números y también los intangibles. No hablo de intereses personalistas para salir en las fotos del consejo de administración y ni siquiera del futuro de oficinas y de personal cuando las previsiones son de ajustes mínimos -con incentivos- y de expansión. Hablo del simbolismo de la sede y de la preservación de Granada como referente de Bankia en Andalucía en un sentido estrictamente comercial: por el negocio que supone la marca CajaGranada y la imagen del Cubo. No es localismo ni nacionalismo financiero, es márketing y es también, por qué no, una forma inteligente de desembarcar en un territorio. De competir.

Dice Antonio Jara, y nos recuerda que hablamos con un “anciano”, que su futuro en Bankia es “ninguno”… Pero no lo es si pensamos que hay un puñado de acciones que gestionar -por pequeño que sea-, una Fundación que reinventar y los intereses de un territorio por defender. En este punto, mirar atrás y lamentarse sirve de poco. Perderse en el juego de los futuribles, tampoco. Hay una realidad y unas expectativas que cumplir o defraudar. Son justo las páginas que deberán cerrar ese segundo volumen de memorias que están, aún, por escribir.

Dejación de funciones

Magdalena Trillo | 25 de junio de 2017 a las 11:15

Empobreciendo la pobreza. Menos pobres pero más desahuciados. Pobres con contrato de trabajo. Pobres con estudios. Pobres con rostro de mujer.

Después de una década de crisis, poco tiene que ver el retrato que hace Cáritas de la sociedad española con el optimismo calculado que reflejan las encuestas del CIS. Menos aún con los números y porcentajes que estrujamos en las estadísticas de turno para fijar puntos de partida y expectativas que ratifiquen que estamos “apuntalando la recuperación”. Siete de cada diez familias son ajenas al espejismo del despegue. La pobreza se ha vuelto crónica, se ha intensificado y lo más grave es que lo hemos normalizado con una absoluta indiferencia.

Hijos que no pueden irse de casa; hijos que vuelven asumiendo el fracaso de la emancipación. Familias que viven a oscuras porque no pueden ni pagar la luz; enfermos que son atendidos a la luz de las velas. Los barrios más pobres de España, los municipios más pobres de España, están en Andalucía. Hasta siete en Sevilla, dos en Málaga, uno en Córdoba…

La zona Norte de Granada no está en el ranking; en Almanjáyar hay un microclima de problemas mucho más complejo. La pobreza de unos compite con la delincuencia de otros; o tal vez sea justamente la miseria lo que lleva a familias enteras a convertir sus casas en grandes focos de cultivo de marihuana. Son salidas fuera del sistema a las que conduce una situación desesperada. Más aún cuando estás convencido de que votar no sirve para nada, tampoco asociarte y mucho menos movilizarte.

Decía el Defensor del Ciudadano que el mayor problema de Granada en estos momentos no tiene que ver con los atascos y la movilidad, con la fusión hospitalaria, con el retraso de las infraestructuras ni con los culebrones de los tribunales. Hablaba de la zona Norte, de la vulneración de derechos fundamentales, de posibles irregularidades en la gestión del suministro eléctrico, de la “incompetencia” de las empresas y las administraciones y hasta de dejación de funciones. Confirmaba que la Fiscalía ha abierto una investigación penal para aclarar unas denuncias sobre las que ya alertaba en mayo el Defensor del Pueblo Andaluz asumiendo la “profunda vergüenza” de ver cómo unos y otros bajan los brazos y miran para otro lado…

Dejación de funciones. Puede que también sea lo que al final subyace en la “impotencia” con que el alcalde de Pinos Puente, el también diputado Enrique Medina, emprendía esta semana una recogida de firmas para reclamar a la Subdelegación del Gobierno más agentes de la Guardia Civil que hagan frente a la “creciente sensación de inseguridad” que se vive en un pueblo mediáticamente estigmatizado por los índices de criminalidad. Más patrullas, más controles. Hacer algo más que ser testigos complacientes con los vehículos de gran cilindrada que se pasean por su pueblo…

No es casualidad que los políticos se hayan convertido en un problema (más) para los ciudadanos. Y son los temas de corrupción, por supuesto, pero también su manifiesta incompetencia para dar respuesta a los problemas de hoy y para atisbar siquiera una hoja de ruta que anticipe los que nos acechan, para alcanzar consensos sobre las urgentes reformas que requiere el país por encima de la demagógica enmienda a la totalidad que propugnan algunos.

Y no es extraño que la consecuencia sea una percepción generalizada sobre el mal funcionamiento de las instituciones, una desconfianza contagiosa en quienes nos gobiernan y un paulatino descuelgue del sistema. Volvamos al informe de Cáritas: ¿de nada sirve votar?, ¿movilizarse para qué? Unas veces por incapacidad y otras por miedo; es difícil saber qué disfunción es la más peligrosa cuando todos los casos conducen a una gravísima parálisis de la Administración. Si nada firmas, si nada haces, si de nada eres responsable, nada hay que temer.

¿Dejación de funciones? De políticos y de funcionarios y en todos los estamentos de la esfera pública. Es la situación de emergencia de la zona Norte pero es también el giro que acaba de dar el caso Agreda con la reapertura de la causa por parte de la Audiencia Provincial evidenciando profundas discrepancias con el juez que ordenó el archivo y con la fiscal; la venta de la casa puede que no fuera tan transparente ni tan justa…

Incluso, me atrevería a llevar la denuncia de la dejación de funciones a los ‘inicios’ del caso Nazarí… Por qué Nino García-Royo no recurrió a los tribunales si hace diez años tenía tan claro que había una trama corrupta en Urbanismo con “Manolo y sus amigos”; por qué su sucesora al frente del área, por muy grande que fuera el “berrinche” del concejal por no ir en las listas del PP a las municipales para el segundo mandato de Torres Hurtado, no tomó ninguna cautela cuando le advirtió por carta…

Ala espera de lo que vayan resolviendo los tribunales, dejar morir los temas, no hacer nada y mirar para otro lado tal vez haya sido el mejor escudo para evitar problemas en el ámbito público y político. Pero entonces tendríamos que asumir entre todos que nada hay tampoco que defender ni que salvar. Porque en la dejación de funciones pueden esconderse quienes gobiernan pero también los gobernados.

Más que una foto

Magdalena Trillo | 18 de junio de 2017 a las 11:06

En pleno Corpus, encuentro una mañana sobre mi mesa un sobre certificado procedente de Vitoria. El lehendakari me dirige una carta personalizada explicando las razones históricas, sociales y culturales del Concierto Económico Vasco. Un dossier de 24 páginas, en una exquisita edición en papel couché, recoge el argumentario: el origen de los fueros vascos, las vicisitudes del Cupo desde 1878 hasta su última revisión en 2002 pasando por la suspensión de la Dictadura y el reconocimiento jurídico que consagra el Estatuto de Gernika, nuestra Constitución y hasta del Derecho Europeo (incluido el Tribunal de Luxemburgo) a su avanzado “federalismo fiscal”. Por qué es el pilar de su autogobierno y de su estrategia de desarrollo autonómico, en base a qué defienden que los vascos son “solidarios” con lo que desde el resto de España no vemos sino como un privilegio y por qué es un “derecho irrenunciable a preservar”.

Hoy sé más del cupo vasco que del debate andaluz sobre la supresión del impuesto de sucesiones. Y lo que manejo es sólo una síntesis (bien armada y presentada) de palabras, fotografías, documentos y firmas. Que este documento haya llegado a los directores de prensa de Granada puede dar idea de la envergadura de la campaña de información que ha debido emprender Euskadi.

De la transparencia, pragmatismo y astucia con que el Gobierno de Íñigo Urkullu se va a posicionar en la negociación del modelo fiscal que España abordará tras el verano. De la seriedad y solidez con que el pueblo vasco está enterrando la barbarie del terrorismo, esa larga etapa negra de sinrazón que no ha servido más que para deslegitimar sus reivindicaciones. De cómo están reconduciendo su posicionamiento para la necesaria reforma del modelo territorial que ahora sacude la Generalitat de Puigdemont a golpe de populismo, choque de trenes y radicalismo.

Se han invertido los papeles entre El País Vasco y Cataluña. Y casi roza la tragedia el poco legado que hemos sido capaces de atesorar desde aquel 15 de junio de 1977 en que España dijo sí a la Política con mayúsculas, a las libertades y a la democracia. Viramos entre la irresponsabilidad y la frivolidad. En Madrid acabamos de cerrar el espectáculo de la tercera moción de censura de nuestra historia parlamentaria midiendo liderazgos, evaluando victorias y fracasos en clave partidista y situando el terreno para futuras alianzas en un horizonte de creciente clima electoral.

En Cataluña, las urnas se han convertido en un símbolo recurrente de la instrumentalización de las instituciones y de la huida hacia delante de sus dirigentes políticos. Ahora buscan 80.000 voluntarios para que hagan el trabajo de los funcionarios en la consulta ilegal del 1 de octubre sin querer asumir que no es sólo Madrid quien da el portazo al independentismo; lo hizo Estados Unidos, lo hizo Merkel, lo acaba de hacer la Francia de Macron… ¿Nada vamos a aprender (tampoco) del Brexit viendo tambalearse a la ‘dama de porcelana’ que estaba llamada a ser la nueva Thatcher?

El examen de las urnas, de cualquier proceso y a cualquier escala, desde unas primarias hasta un referéndum, no se gana ni se pierde en un día. Es un proceso volátil, impredecible y caprichoso que se va construyendo sobre expectativas y subjetividades pero también sobre realidades tangibles. En la fotografía final que refleja un proceso electoral se integran los aciertos y los errores de la gestión cotidiana con la misma nitidez que lo hace la instantánea de un éxito o un fracaso. Podemos pensar en Urkullu y Puigdemont, en Theresa May y Emmanuel Macron y podemos quedarnos en la política local valorando el significado de la históricafotografía con que Granada ha cerrado filas por el proyecto del acelerador de partículas…

ifmif dones

Es más que una foto. A contracorriente, habla del prestigio de la política y de la utilidad de las instituciones en un momento de profunda confusión y desorientación de los poderes públicos. Es el resultado de una campaña soterrada de trabajo responsable y leal que -por una vez- ha unido a políticos, administraciones, empresarios y científicos por “un proyecto de Estado” que puede convertirse en el mayor revulsivo económico y de desarrollo para la Granada de las próximas décadas. Y para la Humanidad. No es ninguna exageración; es una inesperada y generosa alianza que ha superado susceptibilidades y agravios.

El proyecto tiene un nombre impronunciable (IFMIF-Dones) y un objetivo tan complejo como apasionante: encontrar nuevas formas de energía sostenibles basadas en la fusión nuclear. España compite con Croacia y -por una vez- no hay zancadillas, utilizaciones partidistas ni juegos institucionales boicoteando el proyecto. En pleno Corpus, y con independencia del dictamen final, se contribuye desde Granada al prestigio de la política y de los políticos. Sin teatros ni estridencias. Sin codazos por salir en la foto. Con lealtad y determinación. Con la misma discreción e inteligencia con que el nuevo País Vasco busca su espacio en el puzle nacional y la misma torpeza con que Cataluña se pierde en el laberinto de los excesos, la demagogia y los egos.

Nada que rectificar

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2017 a las 10:55

Lo que más me ha impresionado siempre del método científico es la normalidad con que los investigadores asumen errores y rectifican. Es más, cuanto más asentado esté el principio, la creencia o el hecho que se desmonta, mayor valor tiene el hallazgo. Desde el origen de la vida y la teoría del caos hasta la aparente insignificancia con que se va transformando nuestro día a día a golpe de invisibles reajustes, refutaciones y descubrimientos cotidianos. Unas veces son las ideas y otras la tecnología; pero en todos los casos es progreso; conocimiento; madurez. Refleja nuestra capacidad como seres humanos para aprender y evolucionar.

Una de las noticias de más impacto de esta semana se ha producido al otro lado del Estrecho: un equipo de antropólogos han sacado a la luz unos fósiles de homo sapiens en Marruecos que cambian la historia de nuestra especie: los huesos datan de hace 300.000 años, constatan que evolucionamos antes de lo que se pensaba y que lo hicimos a lo largo de toda el continente africano, que ya no podemos pensar (sólo) en Etiopía y hablar de una “cuna de la humanidad”.

Me podrían replicar que ‘contradecir’ a los muertos es relativamente fácil, que no es lo mismo refutar a un colega de la universidad de al lado, mucho menos enfrentarte a un lobby -como el que, por ejemplo, acaba de ponerse en marcha para rescatar el aceite de palma-, y hasta me podrían recordar las históricas guerras entre científicos que custodian las hemerotecas. Todo admisible y asumible si ascendemos a un planteamiento ligeramente superior: los humanos no estamos diseñados para corregir. La autocrítica es sinónimo de conflicto. De angustia. De debilidad.

Hace décadas que se estudia en el campo de las Ciencias Sociales. Allá por 1950, el psicólogo Leon Festinger ya propuso la teoría de la “disonancia cognitiva” cuando investigó a un grupo religioso que creía que un platillo volador los rescataría del apocalipsis el 20 de diciembre de 1954. No ocurrió pero tampoco hubo error alguno: Dios había decidido perdonarlos.

Les confieso que, sin este principio, soy incapaz de interpretar buena parte de las otras noticias -supuestamente importantes- que se han producido en los últimos días. A los dos años de la inauguración del Centro Lorca, la cámara acorazada de su legado sigue vacía. El ‘5 a las 5′ se celebró el lunes, con el mismo ritual de todos los años, y al edificio de la Romanilla no ha llegado ni un manojo de dibujos ni un discreto manuscrito. Pero no hay errores, equivocaciones ni responsabilidad; hay una explicación: ¿quién habló del 5 de junio? El anuncio no existió.

Como tampoco existirá la subida del IBI, porque el alcalde ya ha proclamado públicamente que el plan de saneamiento con que los socialistas quieren evitar la intervención de Hacienda “no toca el bolsillo de los granadinos”. Efectivamente, pocos de nosotros sacaremos el dinero de la faltriquera (probablemente nos lo cargarán en la cuenta bancaria) cuando dentro de un año paguemos las facturas con un 4% más de castigo por la herencia recibida del PP -ahora se llama “herida”-, cuando al ejercicio siguiente sigamos socializando las pérdidas asumiendo otro 4% y así hasta en tres ocasiones. Como mínimo.

El precio del autobús no iba a subir hasta que subió -empezando por los 20 centimillos extra del transporte del Corpus- y no resultaría aventurado jugar a los futuribles hasta que entre todos nos convenzamos de que la ruina económica tampoco existió (la de ellos, por puesto, no la nuestra).

Lo más valioso de la disonancia cognitiva es que no entiende de fronteras, de banderas ni de colores. La podemos aplicar en la Plaza del Carmen con la misma contundencia que si damos un paseo hasta La Normal: después de 14 años, en pleno escándalo por la indemnización millonaria al promotor del Nevada, la Junta cesa a la jefa del gabinete jurídico alegando “razones funcionales de organización” -no es ningún “castigo” porque haya habido errores en la gestión del contencioso- y asciende al letrado que llevaba el caso y no fue a la polémica vista de hace un año en la que se fijó la cuantía de la multa -pero no es ningún “premio”, es que tenía el mejor perfil-.

Tan efectiva como si decidimos viajar a Barcelona, Madrid o Londres para analizar el procés catalán, la amnistía fiscal de Montoro o la deriva de Theresa May. No hay errores ni contradicciones. Nadie firma la pregunta del desafío independentista para la creación de la “República” catalana -es puro teatro-, nada importa de una sentencia si no tiene consecuencias palpables -ninguno de los Pujol, Rato, Bárcenas, Granados o Granados que se beneficiaron del indulto del Gobierno tendrán que devolver un euro- y pocas explicaciones hay que pedir a los conservadores británicos sobre unos recortes en seguridad que nunca existieron.

Es menos estresante cambiar los hechos que aceptarlos. Especialmente, si seguimos las evidencias de estudios posteriores demostrando “el aumento del poder y el control personal” que sentimos los humanos cuando nos negamos a rectificar. Nos envalentona. Nos hace fuertes. Advierten los psicólogos -les recomiendo el artículo del New York Times “¿Por qué nos cuesta reconocer los errores?”- que es un efecto a corto plazo; que lo realmente humano es la honestidad y la humildad; que ser obstinado al final muestra a los demás una profunda debilidad del carácter… Pero todo esto es en el mañana, no en el hoy.

Si les suscita alguna duda lo expuesto hasta aquí, piensen en Donald Trump. Es el paradigma. De la disonancia cognitiva y de ese profundo trastorno narcisista de la personalidad que hace unas semanas le diagnosticaron unos investigadores de la Universidad de Granada. No hacía falta un estudio científico. Ni para Donald Trump, ni para el resto de personajes que hilvanan este artículo ni para los muchos que podrían aparecer.

Las lecciones del Nevada (incluidos los jueces)

Magdalena Trillo | 4 de junio de 2017 a las 12:11

Un tercio del Metro. Hasta diez carreteras pendientes en Granada, desde la Ronda Sur de Motril hasta la Autovía Darro-Iznalloz pasando por los nuevos accesos y circunvalaciones proyectadas en Órgiva, Alhama, Baza o Pinos Puente. La mitad de las obras de depuración que hacen falta en la provincia… Esto no es una carta anticipada a los Reyes Magos; son los cálculos que esta misma semana ha realizado el PP para explicar, con realidades, lo que suponen los más de 165 millones que tendremos que pagar a Tomás Olivo por haber paralizado durante toda una década la gigantesca mole del Nevada.

Mitad populismo mitad demagogia, el listado de futuribles de inversión podría llevarse al infinito. Pero si nos quedamos en el pragmatismo del hoy y del ahora, lo que hace la indemnización millonaria del complejo comercial es poner rostro y números a un cúmulo de despropósitos y disfunciones que afectan, por supuesto a la Política, pero también a la Administración y a la Justicia.

Vayamos por partes… Se debata o no el escándalo en sede parlamentaria, y desconfiando de entrada de que las peticiones de explicaciones del PP y de Podemos sirvan para algo, ¿realmente se puede sostener que no hay “responsabilidad política alguna”? ¿Nadie en toda la Junta, de Sevilla a Granada, tiene culpa directa o indirecta? ¿Ni siquiera recurriendo al pecado del ‘in vigilando’ que tan de moda ha puesto Esperanza Aguirre?

Lo curioso es que, mucho antes del desenlace final, el Centro Nevada ya fue un calvario para los propios concejales con una lección de responsabilidad que se ha retomado ahora en el caso Serrallo: ser concejal es algo más que dar ruedas de prensa, seguir las consignas del partido y salir en la foto. No pueden limitarse a dar el voto sin conocer lo que se aprueba porque haya un “principio absoluto de confianza”. ¿Cuánto dinero gastamos en mantener a nuestros políticos para que no sepan lo que firman? Para que no entiendan de planes parciales, de licencias, de letras ni de números.

La concejal del PP Telesfora Ruiz ha llegado a decirle a la jueza que había veces que ni levantaban la mano para votar, que bastaba con su mera presencia… ¿En serio? No sé si presuponerles incompetentes, lamentar su dejadez o sospechar justo lo contrario: que han querido ser más listos que nadie. El caso es que debe ser tremendamente contagioso porque es un argumento que escuchamos, una y otra vez, sin ningún atisbo de complejo, desde el último edil de pueblo hasta cualquier director de banco. Desde las ministras que no saben que hay un Jaguar en el garaje hasta todo un fiscal Anticorrupción que ignora que tener una offshore en Panamá sonaría a corrupción pasando por las alegres tonadilleras y las despreocupadas infantas.

Pero pasa con los jefes… y con los empleados. No sé a qué letrado de la Junta se le olvidó acudir a la vista de hace justo un año, pero cuesta pensar que no haya motivado ni una investigación interna. Ni un expediente sancionador. Los funcionarios no pueden ser intocables. Cualquier metedura de pata, más de tal calibre, costaría el puesto en la empresa privada. De inmediato. En este caso, sólo hay excusas y opacidad. La propia Junta y el PSOE se escudan en “criterios técnicos y jurídicos” para decir que durante todo este tiempo han actuado defendiendo el “interés general”. Para explicar por qué, en los diez años en que se ha ido solapando la vía contenciosa con la penal, no pidieron levantar la medida cautelar de paralización de obras. Ni siquiera cuando en 2011 la Audiencia Provincial dictó la sentencia que condenaba a los promotores pero indultaba el edificio. Por qué la Junta no hizo nada justo al día siguiente de que toda España supiera que el Nevada no iba a ser un Algarrobico; que no se iba a demoler…

Sobre todo esto llevamos semanas debatiendo. Sin embargo, no he leído un solo reproche sobre la responsabilidad de los jueces. En primera instancia y por parte de los magistrados del TSJA que acaban de ratificar, y hasta elevar, la indemnización a Tomás Olivo. Porque tal vez no sea un argumento publicado pero sí compartido: prestigiosos juristas de esta ciudad se preguntan por qué no se pidió una pericial de oficio, independiente, para contrarrestar los informes de parte aportados por el promotor. Si los jueces no deben velar, también, por el interés general. Si, además de darnos lecciones a todos los demás, no deberían hacer también autocrítica. Si, además de condenar, no deberían -por ejemplo- establecer los cauces para garantizar que se recupera el dinero de la corrupción. Si nadie pensó, más allá del necesario tirón de orejas a la Junta, cómo evitar que seamos los andaluces quienes acabemos costeando el imponente Centro Nevada.

Siendo realistas, aunque todavía quede la vía del recurso al Supremo, es puro procedimiento. Una vía fallida de entrada porque en esa instancia no hay posibilidad de presentar un contrainforme que desmonte las expectativas de negocio, el daño y el lucro cesante, que constituyen la base de la condena. Hay quienes piensan que simplemente con haber esperado unos meses, los jueces podrían haber tenido los datos reales con el balance de explotación del primer año. Yo no me confiaría… El propio empresario dijo en su día a este periódico que sería su “mejor opción”, que saldría ganando (más). En aquel momento sonaba a farol; hoy invita a ser prudentes: ¿y si recurrimos al Supremo y eleva (otra vez) la indemnización?

Penúltima lección: no tentar la suerte…

El efecto dominó de las Primarias

Magdalena Trillo | 28 de mayo de 2017 a las 10:24

Tan fácil como dejar de pagar la cuota. Se pasa automáticamente del estatus de militante al de simpatizante y poco más es necesario para poner fin a décadas de compromiso activo con el PSOE. Al mismo tiempo que históricos del socialismo granadino como Antonia Aránega o Rafael Salcedo volvieron a la primera línea integrados en las listas del partido de la capital para el Congreso Federal, las deserciones se han convertido en la música de fondo de las agrupaciones locales tras el baño de realidad para el susanismo que han significado las Primarias del pasado domingo. ¿Un arrebato pasajero? ¿Una llamada de atención al aparato? ¿El inicio de algo más?

Son los primeros compases de preocupación y desconcierto en un nuevo PSOE que, aunque lo tiene (casi) todo por demostrar, por decidir y por consensuar, sólo ha dejado espacio para el ruido con sordina. Una votación ajustada hubiera sido difícil de gestionar; una derrota clara, con traiciones incluso en el bastión andaluz, confirma la teoría de que los avales eran el “techo” para los susanistas y el “suelo” para el movimiento pedrista que ha sabido quedarse con la bandera de la militancia. Sólo en este contexto se entiende el -aparente- pacto de no agresión entre los dos dirigentes que se batieron en duelo hace una semana para intentar llevar cierta paz al cónclave de junio con listas integradas y sólo así tiene sentido el abrupto repliegue del 100% PSOE en Andalucía.

Porque ni se ha acabado el susanismo, aunque lo declare la propia política sevillana a semejanza de lo que hizo Chaves en el 2000 tras la derrota de la poderosa federación del Sur en el enfrentamiento Bono-Zapatero ni tienen por qué dejar de pasar los trenes para la actual presidenta de la Junta. ¿Que el susanismo está “finiquitado” si es que “alguna vez existió”? ¿No nos hemos equivocado lo suficiente con Pedro Sánchez para aventurar ahora el ocaso inmediato de la candidata andaluza?

Lo iremos viendo en los votos; pero no en las casetas privadas de los congresos sino con las papeletas abiertas y multicolores de las convocatorias electorales. Y, aunque proclamaremos que no se pueden extrapolar resultados, todos caeremos en la tentación de comprobar hasta qué punto se ha producido un ‘brexit’ entre votantes y militantes cuando Pedro Sánchez intente por tercera vez llegar a La Moncloa -si no lo hace antes por la vía de las prisas aliándose con Podemos en una moción de censura propia o ajena- y descubrir si lo que ocurrió el 21 de mayo tiene eco en los gobiernos regionales, en los complejos juegos del poder territorial y en el tablero local.

Las primarias lo han dejado todo abierto. Con un efecto dominó en todas las escalas. Y es que eran dos formas antagónicas de entender el partido, dos sensibilidades distintas a la hora de conformar las alianzas de gobierno y dos relatos contradictorios sobre lo ocurrido en el menguante partido del puño y la rosa. Las enmiendas del equipo de Pedro Sánchez lo tienen bien claro: todo empezó “por culpa” de Zapatero, en 2015 fue precisamente el renovado líder del PSOE quien evitó el sorpasso de Podemos y lo que se ha escrito a partir del 1 de octubre de hace un año ha sido un tremendo error. Un rotundo fracaso.

No se evitaron unas terceras elecciones; se le entregó el gobierno al PP. Pura épica. Pero con un respaldo de las bases más que suficiente para hacer tambalear, para llevar la incertidumbre y la provisionalidad a las débiles alianzas que se conformaron tras los últimos comicios.

¿Ahora qué? A nivel nacional, lo previsible sería que Mariano Rajoy sea capaz de sacar adelante los presupuestos con las cuotas ya negociadas con vascos y canarios e, incluso, aguantar hasta final del próximo año con unos presupuestos prorrogados. En Andalucía, Susana Díaz no tiene más salvavidas que dar un impulso político a su Gobierno -con movimientos también en las estructuras provinciales-, acelerar el cumplimiento de los compromisos firmados con Ciudadanos -incluso cuando suponga reformar la Ley Electoral o el Estatuto de Autonomía para suprimir los aforamientos- y demostrar con una gestión palpable de resultados que lo de “ahora toca trabajar por Andalucía” no es sólo un eslogan voluntarista.

De todo estas piezas dependerá también lo que ocurra en Granada. Que el congreso provincial de otoño del PSOE será movido es tan evidente como la salida de Teresa Jiménez de la Torre de la Pólvora, pero ni el gobierno local ni el de la Diputación tienen por qué verse comprometidos. El domingo pasado no sólo perdieron los susanistas; también el PP. El escenario regional se ha vuelto a complicar para Juanma Moreno justo cuando se veía con opciones de llegar a San Telmo aprovechando el vacío de liderazgo que se iba a producir en el socialismo andaluz. Pero la situación ahora es justo la contraria: una dura contrincante, herida, dispuesta a remontar refugiándose en casa.

En Granada, la moción de censura a Paco Cuenca depende más de lo que ocurra en Sevilla y Madrid que de la política doméstica. Y también con ello se abre o cierra el futuro para Rocío Díaz como candidata del PP. Lo previsible, de momento, es que Susana Díaz se atrinchere y no convoque elecciones hasta marzo de 2019 -salvo que las encuestas y los trackings internos le sonrían- y, sólo un par de meses después, Sebastián Pérez tendrá razones de sobra para postularse como candidato a la Alcaldía y enfrentarse a Cuenca -reconozcamos que tanto al PSOE como al PP les interesa que resista- con un doble horizonte: recuperar la capital y volver a la Diputación.

Pero todo está sujeto con pinzas. Abierto y provisional. Expectante al movimiento en cadena que significaría la caída -o la colocación- de una sola ficha del dominó. Les pongo un futurible: ¿y si después del terremoto Spiriman y de la insólita confluencia en Juntos por Granada se constituye una plataforma de independientes? ¿No creen que conseguirían un buen puñado de concejales en la Plaza del Carmen?