Dejación de funciones

Magdalena Trillo | 25 de junio de 2017 a las 11:15

Empobreciendo la pobreza. Menos pobres pero más desahuciados. Pobres con contrato de trabajo. Pobres con estudios. Pobres con rostro de mujer.

Después de una década de crisis, poco tiene que ver el retrato que hace Cáritas de la sociedad española con el optimismo calculado que reflejan las encuestas del CIS. Menos aún con los números y porcentajes que estrujamos en las estadísticas de turno para fijar puntos de partida y expectativas que ratifiquen que estamos “apuntalando la recuperación”. Siete de cada diez familias son ajenas al espejismo del despegue. La pobreza se ha vuelto crónica, se ha intensificado y lo más grave es que lo hemos normalizado con una absoluta indiferencia.

Hijos que no pueden irse de casa; hijos que vuelven asumiendo el fracaso de la emancipación. Familias que viven a oscuras porque no pueden ni pagar la luz; enfermos que son atendidos a la luz de las velas. Los barrios más pobres de España, los municipios más pobres de España, están en Andalucía. Hasta siete en Sevilla, dos en Málaga, uno en Córdoba…

La zona Norte de Granada no está en el ranking; en Almanjáyar hay un microclima de problemas mucho más complejo. La pobreza de unos compite con la delincuencia de otros; o tal vez sea justamente la miseria lo que lleva a familias enteras a convertir sus casas en grandes focos de cultivo de marihuana. Son salidas fuera del sistema a las que conduce una situación desesperada. Más aún cuando estás convencido de que votar no sirve para nada, tampoco asociarte y mucho menos movilizarte.

Decía el Defensor del Ciudadano que el mayor problema de Granada en estos momentos no tiene que ver con los atascos y la movilidad, con la fusión hospitalaria, con el retraso de las infraestructuras ni con los culebrones de los tribunales. Hablaba de la zona Norte, de la vulneración de derechos fundamentales, de posibles irregularidades en la gestión del suministro eléctrico, de la “incompetencia” de las empresas y las administraciones y hasta de dejación de funciones. Confirmaba que la Fiscalía ha abierto una investigación penal para aclarar unas denuncias sobre las que ya alertaba en mayo el Defensor del Pueblo Andaluz asumiendo la “profunda vergüenza” de ver cómo unos y otros bajan los brazos y miran para otro lado…

Dejación de funciones. Puede que también sea lo que al final subyace en la “impotencia” con que el alcalde de Pinos Puente, el también diputado Enrique Medina, emprendía esta semana una recogida de firmas para reclamar a la Subdelegación del Gobierno más agentes de la Guardia Civil que hagan frente a la “creciente sensación de inseguridad” que se vive en un pueblo mediáticamente estigmatizado por los índices de criminalidad. Más patrullas, más controles. Hacer algo más que ser testigos complacientes con los vehículos de gran cilindrada que se pasean por su pueblo…

No es casualidad que los políticos se hayan convertido en un problema (más) para los ciudadanos. Y son los temas de corrupción, por supuesto, pero también su manifiesta incompetencia para dar respuesta a los problemas de hoy y para atisbar siquiera una hoja de ruta que anticipe los que nos acechan, para alcanzar consensos sobre las urgentes reformas que requiere el país por encima de la demagógica enmienda a la totalidad que propugnan algunos.

Y no es extraño que la consecuencia sea una percepción generalizada sobre el mal funcionamiento de las instituciones, una desconfianza contagiosa en quienes nos gobiernan y un paulatino descuelgue del sistema. Volvamos al informe de Cáritas: ¿de nada sirve votar?, ¿movilizarse para qué? Unas veces por incapacidad y otras por miedo; es difícil saber qué disfunción es la más peligrosa cuando todos los casos conducen a una gravísima parálisis de la Administración. Si nada firmas, si nada haces, si de nada eres responsable, nada hay que temer.

¿Dejación de funciones? De políticos y de funcionarios y en todos los estamentos de la esfera pública. Es la situación de emergencia de la zona Norte pero es también el giro que acaba de dar el caso Agreda con la reapertura de la causa por parte de la Audiencia Provincial evidenciando profundas discrepancias con el juez que ordenó el archivo y con la fiscal; la venta de la casa puede que no fuera tan transparente ni tan justa…

Incluso, me atrevería a llevar la denuncia de la dejación de funciones a los ‘inicios’ del caso Nazarí… Por qué Nino García-Royo no recurrió a los tribunales si hace diez años tenía tan claro que había una trama corrupta en Urbanismo con “Manolo y sus amigos”; por qué su sucesora al frente del área, por muy grande que fuera el “berrinche” del concejal por no ir en las listas del PP a las municipales para el segundo mandato de Torres Hurtado, no tomó ninguna cautela cuando le advirtió por carta…

Ala espera de lo que vayan resolviendo los tribunales, dejar morir los temas, no hacer nada y mirar para otro lado tal vez haya sido el mejor escudo para evitar problemas en el ámbito público y político. Pero entonces tendríamos que asumir entre todos que nada hay tampoco que defender ni que salvar. Porque en la dejación de funciones pueden esconderse quienes gobiernan pero también los gobernados.

Más que una foto

Magdalena Trillo | 18 de junio de 2017 a las 11:06

En pleno Corpus, encuentro una mañana sobre mi mesa un sobre certificado procedente de Vitoria. El lehendakari me dirige una carta personalizada explicando las razones históricas, sociales y culturales del Concierto Económico Vasco. Un dossier de 24 páginas, en una exquisita edición en papel couché, recoge el argumentario: el origen de los fueros vascos, las vicisitudes del Cupo desde 1878 hasta su última revisión en 2002 pasando por la suspensión de la Dictadura y el reconocimiento jurídico que consagra el Estatuto de Gernika, nuestra Constitución y hasta del Derecho Europeo (incluido el Tribunal de Luxemburgo) a su avanzado “federalismo fiscal”. Por qué es el pilar de su autogobierno y de su estrategia de desarrollo autonómico, en base a qué defienden que los vascos son “solidarios” con lo que desde el resto de España no vemos sino como un privilegio y por qué es un “derecho irrenunciable a preservar”.

Hoy sé más del cupo vasco que del debate andaluz sobre la supresión del impuesto de sucesiones. Y lo que manejo es sólo una síntesis (bien armada y presentada) de palabras, fotografías, documentos y firmas. Que este documento haya llegado a los directores de prensa de Granada puede dar idea de la envergadura de la campaña de información que ha debido emprender Euskadi.

De la transparencia, pragmatismo y astucia con que el Gobierno de Íñigo Urkullu se va a posicionar en la negociación del modelo fiscal que España abordará tras el verano. De la seriedad y solidez con que el pueblo vasco está enterrando la barbarie del terrorismo, esa larga etapa negra de sinrazón que no ha servido más que para deslegitimar sus reivindicaciones. De cómo están reconduciendo su posicionamiento para la necesaria reforma del modelo territorial que ahora sacude la Generalitat de Puigdemont a golpe de populismo, choque de trenes y radicalismo.

Se han invertido los papeles entre El País Vasco y Cataluña. Y casi roza la tragedia el poco legado que hemos sido capaces de atesorar desde aquel 15 de junio de 1977 en que España dijo sí a la Política con mayúsculas, a las libertades y a la democracia. Viramos entre la irresponsabilidad y la frivolidad. En Madrid acabamos de cerrar el espectáculo de la tercera moción de censura de nuestra historia parlamentaria midiendo liderazgos, evaluando victorias y fracasos en clave partidista y situando el terreno para futuras alianzas en un horizonte de creciente clima electoral.

En Cataluña, las urnas se han convertido en un símbolo recurrente de la instrumentalización de las instituciones y de la huida hacia delante de sus dirigentes políticos. Ahora buscan 80.000 voluntarios para que hagan el trabajo de los funcionarios en la consulta ilegal del 1 de octubre sin querer asumir que no es sólo Madrid quien da el portazo al independentismo; lo hizo Estados Unidos, lo hizo Merkel, lo acaba de hacer la Francia de Macron… ¿Nada vamos a aprender (tampoco) del Brexit viendo tambalearse a la ‘dama de porcelana’ que estaba llamada a ser la nueva Thatcher?

El examen de las urnas, de cualquier proceso y a cualquier escala, desde unas primarias hasta un referéndum, no se gana ni se pierde en un día. Es un proceso volátil, impredecible y caprichoso que se va construyendo sobre expectativas y subjetividades pero también sobre realidades tangibles. En la fotografía final que refleja un proceso electoral se integran los aciertos y los errores de la gestión cotidiana con la misma nitidez que lo hace la instantánea de un éxito o un fracaso. Podemos pensar en Urkullu y Puigdemont, en Theresa May y Emmanuel Macron y podemos quedarnos en la política local valorando el significado de la históricafotografía con que Granada ha cerrado filas por el proyecto del acelerador de partículas…

ifmif dones

Es más que una foto. A contracorriente, habla del prestigio de la política y de la utilidad de las instituciones en un momento de profunda confusión y desorientación de los poderes públicos. Es el resultado de una campaña soterrada de trabajo responsable y leal que -por una vez- ha unido a políticos, administraciones, empresarios y científicos por “un proyecto de Estado” que puede convertirse en el mayor revulsivo económico y de desarrollo para la Granada de las próximas décadas. Y para la Humanidad. No es ninguna exageración; es una inesperada y generosa alianza que ha superado susceptibilidades y agravios.

El proyecto tiene un nombre impronunciable (IFMIF-Dones) y un objetivo tan complejo como apasionante: encontrar nuevas formas de energía sostenibles basadas en la fusión nuclear. España compite con Croacia y -por una vez- no hay zancadillas, utilizaciones partidistas ni juegos institucionales boicoteando el proyecto. En pleno Corpus, y con independencia del dictamen final, se contribuye desde Granada al prestigio de la política y de los políticos. Sin teatros ni estridencias. Sin codazos por salir en la foto. Con lealtad y determinación. Con la misma discreción e inteligencia con que el nuevo País Vasco busca su espacio en el puzle nacional y la misma torpeza con que Cataluña se pierde en el laberinto de los excesos, la demagogia y los egos.

Nada que rectificar

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2017 a las 10:55

Lo que más me ha impresionado siempre del método científico es la normalidad con que los investigadores asumen errores y rectifican. Es más, cuanto más asentado esté el principio, la creencia o el hecho que se desmonta, mayor valor tiene el hallazgo. Desde el origen de la vida y la teoría del caos hasta la aparente insignificancia con que se va transformando nuestro día a día a golpe de invisibles reajustes, refutaciones y descubrimientos cotidianos. Unas veces son las ideas y otras la tecnología; pero en todos los casos es progreso; conocimiento; madurez. Refleja nuestra capacidad como seres humanos para aprender y evolucionar.

Una de las noticias de más impacto de esta semana se ha producido al otro lado del Estrecho: un equipo de antropólogos han sacado a la luz unos fósiles de homo sapiens en Marruecos que cambian la historia de nuestra especie: los huesos datan de hace 300.000 años, constatan que evolucionamos antes de lo que se pensaba y que lo hicimos a lo largo de toda el continente africano, que ya no podemos pensar (sólo) en Etiopía y hablar de una “cuna de la humanidad”.

Me podrían replicar que ‘contradecir’ a los muertos es relativamente fácil, que no es lo mismo refutar a un colega de la universidad de al lado, mucho menos enfrentarte a un lobby -como el que, por ejemplo, acaba de ponerse en marcha para rescatar el aceite de palma-, y hasta me podrían recordar las históricas guerras entre científicos que custodian las hemerotecas. Todo admisible y asumible si ascendemos a un planteamiento ligeramente superior: los humanos no estamos diseñados para corregir. La autocrítica es sinónimo de conflicto. De angustia. De debilidad.

Hace décadas que se estudia en el campo de las Ciencias Sociales. Allá por 1950, el psicólogo Leon Festinger ya propuso la teoría de la “disonancia cognitiva” cuando investigó a un grupo religioso que creía que un platillo volador los rescataría del apocalipsis el 20 de diciembre de 1954. No ocurrió pero tampoco hubo error alguno: Dios había decidido perdonarlos.

Les confieso que, sin este principio, soy incapaz de interpretar buena parte de las otras noticias -supuestamente importantes- que se han producido en los últimos días. A los dos años de la inauguración del Centro Lorca, la cámara acorazada de su legado sigue vacía. El ‘5 a las 5′ se celebró el lunes, con el mismo ritual de todos los años, y al edificio de la Romanilla no ha llegado ni un manojo de dibujos ni un discreto manuscrito. Pero no hay errores, equivocaciones ni responsabilidad; hay una explicación: ¿quién habló del 5 de junio? El anuncio no existió.

Como tampoco existirá la subida del IBI, porque el alcalde ya ha proclamado públicamente que el plan de saneamiento con que los socialistas quieren evitar la intervención de Hacienda “no toca el bolsillo de los granadinos”. Efectivamente, pocos de nosotros sacaremos el dinero de la faltriquera (probablemente nos lo cargarán en la cuenta bancaria) cuando dentro de un año paguemos las facturas con un 4% más de castigo por la herencia recibida del PP -ahora se llama “herida”-, cuando al ejercicio siguiente sigamos socializando las pérdidas asumiendo otro 4% y así hasta en tres ocasiones. Como mínimo.

El precio del autobús no iba a subir hasta que subió -empezando por los 20 centimillos extra del transporte del Corpus- y no resultaría aventurado jugar a los futuribles hasta que entre todos nos convenzamos de que la ruina económica tampoco existió (la de ellos, por puesto, no la nuestra).

Lo más valioso de la disonancia cognitiva es que no entiende de fronteras, de banderas ni de colores. La podemos aplicar en la Plaza del Carmen con la misma contundencia que si damos un paseo hasta La Normal: después de 14 años, en pleno escándalo por la indemnización millonaria al promotor del Nevada, la Junta cesa a la jefa del gabinete jurídico alegando “razones funcionales de organización” -no es ningún “castigo” porque haya habido errores en la gestión del contencioso- y asciende al letrado que llevaba el caso y no fue a la polémica vista de hace un año en la que se fijó la cuantía de la multa -pero no es ningún “premio”, es que tenía el mejor perfil-.

Tan efectiva como si decidimos viajar a Barcelona, Madrid o Londres para analizar el procés catalán, la amnistía fiscal de Montoro o la deriva de Theresa May. No hay errores ni contradicciones. Nadie firma la pregunta del desafío independentista para la creación de la “República” catalana -es puro teatro-, nada importa de una sentencia si no tiene consecuencias palpables -ninguno de los Pujol, Rato, Bárcenas, Granados o Granados que se beneficiaron del indulto del Gobierno tendrán que devolver un euro- y pocas explicaciones hay que pedir a los conservadores británicos sobre unos recortes en seguridad que nunca existieron.

Es menos estresante cambiar los hechos que aceptarlos. Especialmente, si seguimos las evidencias de estudios posteriores demostrando “el aumento del poder y el control personal” que sentimos los humanos cuando nos negamos a rectificar. Nos envalentona. Nos hace fuertes. Advierten los psicólogos -les recomiendo el artículo del New York Times “¿Por qué nos cuesta reconocer los errores?”- que es un efecto a corto plazo; que lo realmente humano es la honestidad y la humildad; que ser obstinado al final muestra a los demás una profunda debilidad del carácter… Pero todo esto es en el mañana, no en el hoy.

Si les suscita alguna duda lo expuesto hasta aquí, piensen en Donald Trump. Es el paradigma. De la disonancia cognitiva y de ese profundo trastorno narcisista de la personalidad que hace unas semanas le diagnosticaron unos investigadores de la Universidad de Granada. No hacía falta un estudio científico. Ni para Donald Trump, ni para el resto de personajes que hilvanan este artículo ni para los muchos que podrían aparecer.

Las lecciones del Nevada (incluidos los jueces)

Magdalena Trillo | 4 de junio de 2017 a las 12:11

Un tercio del Metro. Hasta diez carreteras pendientes en Granada, desde la Ronda Sur de Motril hasta la Autovía Darro-Iznalloz pasando por los nuevos accesos y circunvalaciones proyectadas en Órgiva, Alhama, Baza o Pinos Puente. La mitad de las obras de depuración que hacen falta en la provincia… Esto no es una carta anticipada a los Reyes Magos; son los cálculos que esta misma semana ha realizado el PP para explicar, con realidades, lo que suponen los más de 165 millones que tendremos que pagar a Tomás Olivo por haber paralizado durante toda una década la gigantesca mole del Nevada.

Mitad populismo mitad demagogia, el listado de futuribles de inversión podría llevarse al infinito. Pero si nos quedamos en el pragmatismo del hoy y del ahora, lo que hace la indemnización millonaria del complejo comercial es poner rostro y números a un cúmulo de despropósitos y disfunciones que afectan, por supuesto a la Política, pero también a la Administración y a la Justicia.

Vayamos por partes… Se debata o no el escándalo en sede parlamentaria, y desconfiando de entrada de que las peticiones de explicaciones del PP y de Podemos sirvan para algo, ¿realmente se puede sostener que no hay “responsabilidad política alguna”? ¿Nadie en toda la Junta, de Sevilla a Granada, tiene culpa directa o indirecta? ¿Ni siquiera recurriendo al pecado del ‘in vigilando’ que tan de moda ha puesto Esperanza Aguirre?

Lo curioso es que, mucho antes del desenlace final, el Centro Nevada ya fue un calvario para los propios concejales con una lección de responsabilidad que se ha retomado ahora en el caso Serrallo: ser concejal es algo más que dar ruedas de prensa, seguir las consignas del partido y salir en la foto. No pueden limitarse a dar el voto sin conocer lo que se aprueba porque haya un “principio absoluto de confianza”. ¿Cuánto dinero gastamos en mantener a nuestros políticos para que no sepan lo que firman? Para que no entiendan de planes parciales, de licencias, de letras ni de números.

La concejal del PP Telesfora Ruiz ha llegado a decirle a la jueza que había veces que ni levantaban la mano para votar, que bastaba con su mera presencia… ¿En serio? No sé si presuponerles incompetentes, lamentar su dejadez o sospechar justo lo contrario: que han querido ser más listos que nadie. El caso es que debe ser tremendamente contagioso porque es un argumento que escuchamos, una y otra vez, sin ningún atisbo de complejo, desde el último edil de pueblo hasta cualquier director de banco. Desde las ministras que no saben que hay un Jaguar en el garaje hasta todo un fiscal Anticorrupción que ignora que tener una offshore en Panamá sonaría a corrupción pasando por las alegres tonadilleras y las despreocupadas infantas.

Pero pasa con los jefes… y con los empleados. No sé a qué letrado de la Junta se le olvidó acudir a la vista de hace justo un año, pero cuesta pensar que no haya motivado ni una investigación interna. Ni un expediente sancionador. Los funcionarios no pueden ser intocables. Cualquier metedura de pata, más de tal calibre, costaría el puesto en la empresa privada. De inmediato. En este caso, sólo hay excusas y opacidad. La propia Junta y el PSOE se escudan en “criterios técnicos y jurídicos” para decir que durante todo este tiempo han actuado defendiendo el “interés general”. Para explicar por qué, en los diez años en que se ha ido solapando la vía contenciosa con la penal, no pidieron levantar la medida cautelar de paralización de obras. Ni siquiera cuando en 2011 la Audiencia Provincial dictó la sentencia que condenaba a los promotores pero indultaba el edificio. Por qué la Junta no hizo nada justo al día siguiente de que toda España supiera que el Nevada no iba a ser un Algarrobico; que no se iba a demoler…

Sobre todo esto llevamos semanas debatiendo. Sin embargo, no he leído un solo reproche sobre la responsabilidad de los jueces. En primera instancia y por parte de los magistrados del TSJA que acaban de ratificar, y hasta elevar, la indemnización a Tomás Olivo. Porque tal vez no sea un argumento publicado pero sí compartido: prestigiosos juristas de esta ciudad se preguntan por qué no se pidió una pericial de oficio, independiente, para contrarrestar los informes de parte aportados por el promotor. Si los jueces no deben velar, también, por el interés general. Si, además de darnos lecciones a todos los demás, no deberían hacer también autocrítica. Si, además de condenar, no deberían -por ejemplo- establecer los cauces para garantizar que se recupera el dinero de la corrupción. Si nadie pensó, más allá del necesario tirón de orejas a la Junta, cómo evitar que seamos los andaluces quienes acabemos costeando el imponente Centro Nevada.

Siendo realistas, aunque todavía quede la vía del recurso al Supremo, es puro procedimiento. Una vía fallida de entrada porque en esa instancia no hay posibilidad de presentar un contrainforme que desmonte las expectativas de negocio, el daño y el lucro cesante, que constituyen la base de la condena. Hay quienes piensan que simplemente con haber esperado unos meses, los jueces podrían haber tenido los datos reales con el balance de explotación del primer año. Yo no me confiaría… El propio empresario dijo en su día a este periódico que sería su “mejor opción”, que saldría ganando (más). En aquel momento sonaba a farol; hoy invita a ser prudentes: ¿y si recurrimos al Supremo y eleva (otra vez) la indemnización?

Penúltima lección: no tentar la suerte…

El efecto dominó de las Primarias

Magdalena Trillo | 28 de mayo de 2017 a las 10:24

Tan fácil como dejar de pagar la cuota. Se pasa automáticamente del estatus de militante al de simpatizante y poco más es necesario para poner fin a décadas de compromiso activo con el PSOE. Al mismo tiempo que históricos del socialismo granadino como Antonia Aránega o Rafael Salcedo volvieron a la primera línea integrados en las listas del partido de la capital para el Congreso Federal, las deserciones se han convertido en la música de fondo de las agrupaciones locales tras el baño de realidad para el susanismo que han significado las Primarias del pasado domingo. ¿Un arrebato pasajero? ¿Una llamada de atención al aparato? ¿El inicio de algo más?

Son los primeros compases de preocupación y desconcierto en un nuevo PSOE que, aunque lo tiene (casi) todo por demostrar, por decidir y por consensuar, sólo ha dejado espacio para el ruido con sordina. Una votación ajustada hubiera sido difícil de gestionar; una derrota clara, con traiciones incluso en el bastión andaluz, confirma la teoría de que los avales eran el “techo” para los susanistas y el “suelo” para el movimiento pedrista que ha sabido quedarse con la bandera de la militancia. Sólo en este contexto se entiende el -aparente- pacto de no agresión entre los dos dirigentes que se batieron en duelo hace una semana para intentar llevar cierta paz al cónclave de junio con listas integradas y sólo así tiene sentido el abrupto repliegue del 100% PSOE en Andalucía.

Porque ni se ha acabado el susanismo, aunque lo declare la propia política sevillana a semejanza de lo que hizo Chaves en el 2000 tras la derrota de la poderosa federación del Sur en el enfrentamiento Bono-Zapatero ni tienen por qué dejar de pasar los trenes para la actual presidenta de la Junta. ¿Que el susanismo está “finiquitado” si es que “alguna vez existió”? ¿No nos hemos equivocado lo suficiente con Pedro Sánchez para aventurar ahora el ocaso inmediato de la candidata andaluza?

Lo iremos viendo en los votos; pero no en las casetas privadas de los congresos sino con las papeletas abiertas y multicolores de las convocatorias electorales. Y, aunque proclamaremos que no se pueden extrapolar resultados, todos caeremos en la tentación de comprobar hasta qué punto se ha producido un ‘brexit’ entre votantes y militantes cuando Pedro Sánchez intente por tercera vez llegar a La Moncloa -si no lo hace antes por la vía de las prisas aliándose con Podemos en una moción de censura propia o ajena- y descubrir si lo que ocurrió el 21 de mayo tiene eco en los gobiernos regionales, en los complejos juegos del poder territorial y en el tablero local.

Las primarias lo han dejado todo abierto. Con un efecto dominó en todas las escalas. Y es que eran dos formas antagónicas de entender el partido, dos sensibilidades distintas a la hora de conformar las alianzas de gobierno y dos relatos contradictorios sobre lo ocurrido en el menguante partido del puño y la rosa. Las enmiendas del equipo de Pedro Sánchez lo tienen bien claro: todo empezó “por culpa” de Zapatero, en 2015 fue precisamente el renovado líder del PSOE quien evitó el sorpasso de Podemos y lo que se ha escrito a partir del 1 de octubre de hace un año ha sido un tremendo error. Un rotundo fracaso.

No se evitaron unas terceras elecciones; se le entregó el gobierno al PP. Pura épica. Pero con un respaldo de las bases más que suficiente para hacer tambalear, para llevar la incertidumbre y la provisionalidad a las débiles alianzas que se conformaron tras los últimos comicios.

¿Ahora qué? A nivel nacional, lo previsible sería que Mariano Rajoy sea capaz de sacar adelante los presupuestos con las cuotas ya negociadas con vascos y canarios e, incluso, aguantar hasta final del próximo año con unos presupuestos prorrogados. En Andalucía, Susana Díaz no tiene más salvavidas que dar un impulso político a su Gobierno -con movimientos también en las estructuras provinciales-, acelerar el cumplimiento de los compromisos firmados con Ciudadanos -incluso cuando suponga reformar la Ley Electoral o el Estatuto de Autonomía para suprimir los aforamientos- y demostrar con una gestión palpable de resultados que lo de “ahora toca trabajar por Andalucía” no es sólo un eslogan voluntarista.

De todo estas piezas dependerá también lo que ocurra en Granada. Que el congreso provincial de otoño del PSOE será movido es tan evidente como la salida de Teresa Jiménez de la Torre de la Pólvora, pero ni el gobierno local ni el de la Diputación tienen por qué verse comprometidos. El domingo pasado no sólo perdieron los susanistas; también el PP. El escenario regional se ha vuelto a complicar para Juanma Moreno justo cuando se veía con opciones de llegar a San Telmo aprovechando el vacío de liderazgo que se iba a producir en el socialismo andaluz. Pero la situación ahora es justo la contraria: una dura contrincante, herida, dispuesta a remontar refugiándose en casa.

En Granada, la moción de censura a Paco Cuenca depende más de lo que ocurra en Sevilla y Madrid que de la política doméstica. Y también con ello se abre o cierra el futuro para Rocío Díaz como candidata del PP. Lo previsible, de momento, es que Susana Díaz se atrinchere y no convoque elecciones hasta marzo de 2019 -salvo que las encuestas y los trackings internos le sonrían- y, sólo un par de meses después, Sebastián Pérez tendrá razones de sobra para postularse como candidato a la Alcaldía y enfrentarse a Cuenca -reconozcamos que tanto al PSOE como al PP les interesa que resista- con un doble horizonte: recuperar la capital y volver a la Diputación.

Pero todo está sujeto con pinzas. Abierto y provisional. Expectante al movimiento en cadena que significaría la caída -o la colocación- de una sola ficha del dominó. Les pongo un futurible: ¿y si después del terremoto Spiriman y de la insólita confluencia en Juntos por Granada se constituye una plataforma de independientes? ¿No creen que conseguirían un buen puñado de concejales en la Plaza del Carmen?

Banderas: en Málaga también cuecen habas

Magdalena Trillo | 21 de mayo de 2017 a las 20:47

En Málaga no son tan perfectos. Ni sus políticos tan eficaces. Meten la pata como en todas partes. Como tanto nos gusta en Granada. Lo más sorprendente del “humillante” desencuentro entre Antonio Banderas y la capital de la Costa del Sol es que no se haya producido en un escenario mucho más propicio para un desplante de tal torpeza: Granada. Esa ciudad donde ‘todo es posible’ que ya atesora una dilatada experiencia en promover proyectos contra la gente -el más reciente el intento frustrado de declarar la Alpujarra Patrimonio de la Humanidad-, tumbar iniciativas que han contado con un amplio respaldo ciudadano -¿alguien sabe qué ocurrió realmente con el Hay Festival?- y firmar capítulos de interminable polémica sobre infraestructuras y equipamientos que deberían servir para construir una nuevo modelo de ciudad -del Centro Lorca, el Atrio de la Alhambra y el gran Teatro de la Ópera de Kengo Kuma que acabó arrumbado en un cajón hasta la estación fallida de Rafael Moneo para el AVE-.

Ni siquiera la crisis y la falta de inversión -excusas recurrentes en nuestro caso- sirven para explicar la perplejidad nacional que ha supuesto el rechazo del proyecto ideado por el actor malagueño para dar vida a un emblemático espacio de su ciudad natal con un nuevo reclamo que sumar a la creciente -y envidiada-oferta artística y museística de una expansiva Málaga que ha sabido colarse en el mapa del turismo cultural.

Ecos Urbanos ganó un concurso internacional de ideas -donde concurrieron 72 equipos- para el desarrollo urbano del cotizado solar que albergaba los antiguos cines Astoria y Victoria y que, después de haber sido adquirido por el promotor granadino Antonio Rubio, terminó pasando a manos del Ayuntamiento. Su propuesta logró la máxima puntuación del jurado tanto en planteamiento como en viabilidad: dos teatros, talleres escénicos, seminarios de formación, cursos de dirección, platós televisivos, becas para estudiantes, espacios para jazz, música y danza, zonas de ocio y restauración a cargo de las escuelas de hostelería… Se reservaba un espacio para ampliar la Casa Natal de Picasso y se distribuían en varias plantas hasta 23 establecimientos de ocio y restauración. ¿No lo querríamos en Granada? ¿No lo querría cualquier ciudad?

Pero entonces llegó la política. Y los recelos. Y el enfrentamiento partidista. Todo lo precipitó una decisión de su alcalde que ha tenido un efecto boomerang: Francisco de la Torre (PP) se quiso reservar la baza de que el fallo del jurado no fuera vinculante -para no tener que ejecutarlo si no le gustaba la propuesta- y se impuso un segundo proceso de concurrencia competitiva. Pero esta segunda vuelta la planteó públicamente como un traje a medida para Banderas y se desató la crisis.

El actor no sólo había recurrido a un arquitecto de prestigio (José Seguí) y a una solvente plataforma empresarial como Starlite, sino que él mismo arriesga su dinero en la iniciativa. La gresca municipal, la miopía de la ciudad, el ruido malintencionado, lo han ahuyentado. En menos de 24 horas, 15.000 malagueños se han movilizado en change.org para intentar disuadirlo. En la casa consistorial, los grupos políticos se reprochan las culpas y alimentan la polémica lanzando la duda de si es todo una fachada para echarse atrás porque al final -con las pertinentes pegas de Cultura-no le salen los números… De la Torres, mientras tanto, entona el papel de derrotado y ya busca un plan B.

Sin cuestionar, por supuesto, la exigencia de máxima transparencia y el cumplimiento estricto de la legalidad, lo relevante del caso Banderas no es tanto cómo evolucione el escándalo sino lo mucho que nos muestra sobre las dinámicas de la gestión local -por lo rehenes que somos de los procesos, de la burocracia, de la mediocridad- y sobre las consecuencias del juego partidista cuando nos enfrentamos a supuestos profesionales sin altura de miras, responsabilidad ni lucidez para ser capaces de anteponer los intereses de una ciudad.

La segunda lección es de consumo interno: estaría bien que empezáramos a dejar de mirar a Málaga desde el fondo del pozo y nos preocupáramos de ordenar y enderezar nuestra casa. De intentar salvar lo salvable si es que lo hay.

No es (sólo) la Capitalidad Judicial

Magdalena Trillo | 14 de mayo de 2017 a las 10:18

Desde Sevilla y Málaga nos miran con condescendencia cuando nos movilizamos contra el aislamiento ferroviario, las penalidades del AVE y el retraso del Metro: la situación de Granada es inaudita, ninguna provincia española habrá sufrido un cúmulo de fatalidades, promesas incumplidas y bloqueo tan largo e inexplicable en toda la democracia. La marea blanca fue una sorpresa para todos, incluidos los protagonistas: la indignación explotó en la calle, se canalizó en las redes sociales y ha tenido consecuencias tangibles en modo de reversión completa de la fusión hospitalaria.

El Juntos por Granada con que hemos empezado a defender la capitalidad judicial no tendría ningún sentido sin estos dos precedentes. Es más, si media España no fuera testigo de los agravios y el maltrato que Granada está recibiendo en sus múltiples guerras -unas buscadas y otras sobrevenidas-, el Parlamento andaluz en bloque no hubiera cerrado filas esta semana (inaudito ver cómo los viejos y nuevos partidos se ponen de acuerdo en algo) para presionar a Madrid y conseguir blindar el TSJA -con fachada y contenido- como símbolo del reparto de poderes que se acordó en los 80 en nuestro Estatuto de Autonomía con artífices de excepción como Rodríguez de la Borbolla y Torres Vela.

Pero basta poner un pie fuera de la forzada división provincial que se inventó Javier de Burgos en el siglo XIX para que nos adviertan de que, “en este caso”, nos equivocamos tomando partido por algo que no es más que “puro corporativismo”; para que nos alerten de que acabamos situándonos al lado de esos señores altivos de las togas que están protagonizando uno de los capítulos más vergonzosos en la historia de la Judicatura de este país con la batalla interna en el Ministerio Fiscal; y para que se muestren más que escépticos sobre el éxito que pueda tener la movilización. ¿Esperamos comprensión y un paso atrás por parte de la misma cúpula que está acusando a sus subordinados de desleales, que está filtrando información comprometida que afecta a investigaciones en curso y que está pidiendo disculpas públicas para defender las meteduras de pata de su Gobierno?

Me cuentan que lo desplazar las nuevas secciones de lo Penal a Sevilla y Málaga, el despiece del TSJA que acabaría por vaciar de contenido el imponente edificio de la Real Chancillería, fue un apaño final de los ministros Zoido y Catalá con el presidente del CGPJ, Carlos Lesmes, en una operación ideada por el magistrado sevillano Antonio Dorado, actual secretario general de Administración de Justicia, que incluso habría tenido el visto bueno del PP -un Moreno Bonilla barriendo (legítimamente) para casa-.

¿Es una cuestión corporativa? ¡Claro! Pero para todos. Es un trampolín profesional para ascender al Supremo -con sus elevados sueldos y sus privilegios- y sí… habría que trabajar en Granada. Pero cualquier magistrado andaluz se puede presentar a las plazas y ganarlas por méritos propios. Otra cuestión, por supuesto, es si los aspirantes de Málaga y Sevilla quieren que les lleven el trabajo a casa…

¿Jurídicamente se sostiene? No tengo ninguna duda -y lo puedo corroborar con el mareo de artículos que ya me han hecho llegar para justificar una decisión y la contraria- que podría tener amparo legal. Aun en el caso de tener que estrujar lo estipulado en el Estatuto andaluz y en los reglamentos pertinentes que lo desarrollan.

¿Técnicamente es defendible? Me dicen que desde noviembre se han registrado 4 apelaciones… Si pensamos en cómo se eternizan las macrocausas -hasta el punto de correr el riesgo de que se prescriban delitos-, en la desesperación con que, año tras año, los responsables de los altos tribunales reclaman más personal y medios técnicos y añadimos la saturación y disfunciones del día a día -esta misma semana se han tenido que aplazar las declaraciones en el caso Serrallo de la mitad del equipo de gobierno de Torres Hurtado porque se cayó el sistema- no pareciera que estemos ante un asunto ni importante, ni oportuno ni urgente.

Es un ataque simbólico. Uno más. Y, si no tiene la mayor importancia, que desde Sevilla y Málaga nos expliquen por qué se movilizan, por qué emiten declaraciones institucionales y por qué construyen frentes de apoyo amparándose en complejas interpretaciones jurídicas y engañosos tecnicismos.

No es (sólo) la Capitalidad Judicial.

Paco Cuenca vs. Francisco Cuenca

Magdalena Trillo | 7 de mayo de 2017 a las 11:30

Entre el notable alto y el suspenso rotundo. El examen que hoy hacemos a Paco Cuenca en su primer año como alcalde revela lo subjetiva, escurridiza y volátil que es la política. Y los políticos. Lo contradictorias y líquidas que pueden llegar a ser las opiniones; y hasta los hechos. No sólo recurro a Zygmunt Bauman para compartir el desasosiego que genera el mundo etéreo e interesadamente parcial en que nos movemos; también para constatar que, para lo único que nos sirve el retrovisor mcluhaniano, es para dejarnos llevar por la nostalgia de ese pasado robusto que sigue desprendiendo solidez. Esa “retrotopía” de la que habla el pensador polaco -Seix Barral publica dos ensayos póstumos a final de mes- invirtiendo por completo los valores con que hasta ahora habíamos identificado el futuro y el pasado…

No crean que me he perdido en los pantanosos terrenos de la filosofía; hablo de rutinas. De intentar entender el día a día. Hace justo un año que los socialistas desalojaron al PP de la Plaza del Carmen tras el escándalo de la operación Nazarí: un año de Paco Cuenca con el bastón de mando; un año sin Torres Hurtado en la Alcaldía.

La radiografía precisa de su primer año de mandato la pueden encontrar en la entrevista con que hoy abrimos el periódico, en el análisis que escribió el propio alcalde para nosotros -se publicó el viernes coincidiendo con el día de su toma de posesión- y, en forma de prisma plural, en las visiones que realizan los grupos municipales, los partidos y los responsables de las principales instituciones y organizaciones de la ciudad. Ahí está la fotografía de Granada en el ecuador del mandato; las luces y las sombras; los aciertos, los desafíos y los errores.

No les sabría decir si ha superado el examen. Como podrán imaginar, las notas son tan parciales y tendenciosas, por exceso y por defecto, que invalidan cualquier media. Realmente creo que el único que se ha puesto una calificación con honestidad ha sido el propio alcalde: un 7. Un notable raspado que habla del esfuerzo empleado y de la dificultad del camino que aún le queda por recorrer. Tan prudente que resulta creíble.

Yo voy a quedarme en los márgenes. En esa gestión colateral de símbolos y gestos que, al final, puede resultar más sincera y contundente que la de las juntas de gobierno. Especialmente, si tenemos en cuenta la precariedad con que está gobernando, el trabajo titánico que supone sacar cualquier iniciativa adelante y el peso de la moción de censura con que la oposición le recuerda que son 8 concejales en un Ayuntamiento de 27.

Pues bien, la consecuencia mundana más visible del terremoto político que puso a Granada en el mapa nacional de la corrupción -y que ha tenido sus últimos coletazos en el convulso congreso provincial del PP- es tan insignificante como reveladora: Paco ya no es Paco; ahora es “Francisco”. En su momento tuvo que guardar su colección de foulard para rebajar las maliciosas críticas de “postureo” y “frivolidad” y ahora, tras doce intensos meses de actividad institucional, le ha tocado jugar en la cancha de lo estéticamente correcto. Y previsible. No es una cuestión menor. Porque aquí es donde nace el “Francisco Cuenca” de traje y corbata que parece levantarse cada mañana para cumplir un único mandamiento: quedar bien.

Esto lo podríamos aplicar a los suyos -incluidos sus intentos de navegar entre los bandos que se disputarán la secretaria provincial del PSOE después del verano-, a nivel institucional -pese a que en más de una ocasión termina vampirizando las iniciativas en que colabora y siempre termine en el espacio central de las fotos- e, incluso, a los adversarios. Porque, aunque ahora se vea a sí mismo encabezando todas las grandes movilizaciones de protesta, incluso la sanitaria a la que jamás fue, la realidad es que sólo ha elevado el tono a Madrid y de forma puntual por el AVE.

Tal es su empeño en la Granada amable que “sonríe” que esta misma semana hemos asistido a una verdadera reinvención del concepto de botellón: las Cruces no se podían desmadrar; había que quedar bien con la ciudad… y así ha sido. ¿Se imaginan los titulares en su medio de cabecera hace un año con Torres Hurtado de alcalde? No entro en detalles, sólo me mojo y me atrevo a ponerle nota a su anti-política de comunicación: suspenso.

Y esto no se explica ni recurriendo al pensamiento líquido y voluble de Bauman…

La ‘factura’ del botellón

Magdalena Trillo | 30 de abril de 2017 a las 10:05

A un alcohólico no se le puede tentar. Y Granada todavía coquetea con la bebida. Lo suficiente para saber que el abismo siempre acecha a la irresistible distancia de un sorbo; que la tentación no entiende de controles ni de ordenanzas. Menos aún en una ciudad herida que nunca se ha rehabilitado del todo. El equipo de Torres Hurtado acabó con el desmadre de alcohol en las calles pero lo llevó al botellódromo; erradicó un problema generando otro. El actual alcalde, Paco Cuenca, ha cumplido el compromiso de clausurar el recinto de Arabial pero ni ha avanzado en la prometida alternativa de ocio para los jóvenes ni se han apagado los rescoldos de la resaca.

A sólo unos días de que se cumpla un año de su llegada a la Plaza del Carmen, los socialistas han decidido recuperar las barras para el Día de la Cruz. Lo hacen al mismo tiempo que el Ayuntamiento de Córdoba, desbordado por sus fiestas de los patios, copian la anterior hoja de ruta de prohibición, mano dura y sanciones. Justo cuando Motril ve reproducido el esquema de la Granada del botellón y anuncia multas de hasta 24.000 euros. Olvidando que antes del botellódromo fueron las Cruces… Que las postales de los enfrentamientos callejeros, los comas etílicos y las quejas vecinales por el ruido se empezaron a tomar en las primaveras festivas de mayo.

Este miércoles se podrá beber en tres puntos concretos de la capital. De 12.00 a 22.00 horas. Ni un minuto más. “Todo estará bajo control”. Argumenta Paco Cuenca que quiere “reactivar la vida de la ciudad” en un día tan importante que había perdido su “referencia de carácter nacional”. No sé si quiere decir que es una pena que Granada no tenga la publicidad de los telediarios nacionales abriendo los informativos con batallas campales y las calles convertidas en un estercolero. Me pregunto, además, qué opinará el sector hostelero: si tan mal plan era irse de Cruces tomando unas cervezas en las barras legales de los escasos bares de la ciudad y si tan pocas terrazas hay ya -invadiendo medio centro histórico- para que sea necesario crear nuevos espacios de “disfrute”.

Me aseguran en la Redacción que el 99% de los granadinos estarán de acuerdo con el alcalde; que las Cruces eran la mejor fiesta de Granada, pese a la deriva de los últimos años; y que la solución (“fácil”) nunca debió ser “cargársela”. Es, en todo caso, un experimento incontrolable. Probablemente me guíe la desconfianza, pero también la prudencia y el pragmatismo. Lo conecto, por ejemplo, con la convulsa semana política que estamos cerrando. Tanto el PP como Ciudadanos ponen el foco en la “nefasta gestión económica”, en lo poco que se están resolviendo los grandes problemas de esta ciudad, para criticar el primer aniversario del equipo del PSOE en el Ayuntamiento y mantener viva la amenaza de la moción de censura.

Granada vuelve a ser aquí un laboratorio a escala local de lo que ocurre en Madrid. La moción contra Rajoy con que ha irrumpido Podemos nace fallida por lo mismo que el órdago contra Cuenca: porque no hay alternativa -el nuevo auto de la jueza del caso Serrallo imputando a todo el equipo de Torres Hurtado es demoledor-. Y porque, siendo coherentes con lo que ha ocurrido en los últimos años, los temas épicos que debían mover montañas no pasan factura en las urnas. La indignación se alimenta cada mañana a golpe de cotidianidad: una multa por aquí, un atasco por allí, un indolente vuelva usted mañana, un cabreo inesperado sorteando un vómito en la puerta de casa…

Este domingo vuelve Spiriman para mantener la presión a la Junta en la reorganización hospitalaria. Podríamos pensar que, después de lo que Granada ha logrado en Salud, el golpe a la ciudad como capital judicial de Andalucía a beneficio de Málaga y Sevilla debería ser un polvorín. Permítanme que lo dude… Son ellos y somos nosotros. Porque la chispa salta por los motivos más insospechados y con consecuencias imprevisibles.

Teniendo en cuenta que a Torres Hurtado no le quitaron el bastón de mando los granadinos -y que el PP ya está cerrando las heridas internas del congreso activando el reloj electoral de 2019-, tal vez lo prudente sea no despertar el monstruo del botellón. Salvo que sea una factura buscada y demos credibilidad a quienes defienden que la moción de censura le interesa más a Paco Cuenca que a Sebastián Pérez.

25 años sin AVE

Magdalena Trillo | 23 de abril de 2017 a las 9:23

Nada significa una gran efeméride si no reúne dos condicionantes básicos: dinero para invertir y gestión eficaz. Lo primero garantiza el éxito del momento y resulta clave para determinar en qué escala se mueve la celebración -si pasa sin pena ni gloria para la ciudad o termina siendo un “antes y un después”-; lo segundo es clave para no desperdiciar la oportunidad y traducir el impulso del acontecimiento en una transformación profunda y a largo plazo. Sevilla lo hizo en 1992 con la organización de la Expo y la llegada del AVE. Hace 25 años; justo ese cuarto de siglo que hemos vuelto a celebrar esta semana con la conmemoración de la conmemoración.

Es una manera de volver a explotar el gancho. En diferido. Pero ahora se invierten los papeles: la celebración roza lo protocolario y el análisis, la radiografía del momento, ocupa el foco central del retrovisor. Puede que la lectura final sea agridulce, que se haya caído en cierto adormecimiento y conformismo, que los desafíos sean hoy de más alcance incluso que en aquellos boyantes años 90, pero Sevilla dio un salto de modernidad y sentó una posición de liderazgo e influencia como capital de Andalucía que ha tenido un impacto innegable para el resto de provincias andaluzas y para el conjunto del país.

Granada, fiel a su historia de regocijo en el agravio, siempre ha mirado aquella Expo de reojo: demasiado protagonismo para los hispalenses cuando se trataba de rememorar el quinto centenario del Descubrimiento de América sin contar con una ciudad que fue clave y que entonces quedaba relegada al papel de invitada; y demasiadas inversiones para una Andalucía Occidental que abría una brecha de desigualdad con las provincias orientales que no se ha dejado de alimentar en toda la etapa de autogobierno.

Hasta la irrupción de Málaga en el jugoso pastel del turismo cultural, a Granada casi le ha valido con sacar músculo de su patrimonio, con contemplar la Alhambra, para deslizarse sin complejos siendo espectadora de la rivalidad entre Sevilla y la pujante capital de la Costa del Sol. Hemos dedicado décadas a lamentar el “centralismo sevillano” y hacer demagogia con el “Sevilla nos roba” -resulta increíble cómo ha calado en la población la idea de que la Alhambra se gestiona y explota a la sombra de la Giralda- sin darnos cuenta que los puntales del desarrollo se disputaban en otra división. En la de las grandes infraestructuras. En las de la modernidad, el desarrollo y la movilidad.

Tardamos demasiado tiempo en darnos cuenta de que engancharnos al mapa español de la Alta Velocidad era una irrenunciable oportunidad de progreso y de transformación. Tanto como lo ha sido el aeropuerto para Málaga y como lo está siendo el AVE para las ciudades que han sido capaces de sortear los incumplimientos de promesas, las demoras y los ajustes de presupuestos.

No habían llegado los 25 años del AVE y de la Expo cuando Manuel Chaves, siendo presidente de la Junta, quiso compensar a Granada con una percha sobre la que colgar inversiones: el Milenio. Se trataba de celebrar los mil años de la fundación del Reino de Granada, pero 2013 era ya un año gafado. Enterrado por la crisis. Y fue un fiasco. Como lo ha sido después la Universiada. Efemérides marcadas por la polémica que ni fueron brillantes en su día ni han dejado un legado que podamos reconocer.

Ahora se ha vuelto a activar el calendario hacia el 2031 con un doble enfoque: la carrera de la Capitalidad Cultural y los cinco siglos de la Universidad de Granada. Pero el interrogante sigue siendo el mismo que hace un cuarto de siglo con la Expo y hace cuatro años con el Milenio: ¿nos conformamos con una buena sesión de fotos o contaremos, esta vez, con una buena cartera de inversiones que garanticen un mínimo reequilibrio territorial y una verdadera transformación en la ciudad?

Hace precisamente 25 años que Granada estrenó uno de los pocos proyectos que han tenido cierto recorrido: el Palacio de Congresos. Lo contamos hoy en el amplio informe que reconstruye aquel 1992 que, en el plano turístico, supuso un impulso al sector sin precedentes. Ese “antes y después” que se nos sigue resistiendo con el AVE.