Las cenas secretas de Federico

Magdalena Trillo | 15 de octubre de 2017 a las 11:04

Cuando hace un par de años salió a la luz el informe que la Jefatura Superior de Policía de Granada redactó en 1965 sobre la muerte de Lorca, el enfoque fue compartido: fue asesinado por “socialista y masón”. Dejando a un lado lo inaudito que supone leer que hay universitarios en Barcelona convencidos de que la Guerra Civil fue un conflicto “entre España y Cataluña”, basta recurrir al lenguaje popular, a la dicotomía de los ‘rojos’ y los ‘azules’, a la teoría de los “dos bandos”, para evidenciar lo abiertas que aún siguen las heridas y reconocer lo mucho que cuesta superar el simplismo y el oportunismo de la causa política.

Del mismo modo que deformamos los recuerdos, sometemos la historia a un continuo ejercicio de distorsión. Pero hay un elemento diferenciador: la intención. La memoria se desdibuja de forma inconsciente y con consecuencias inofensivas; es una respuesta a las limitaciones de la naturaleza humana, a algo tan frágil y traicionero como los recuerdos. El segundo caso, sin embargo, forma parte del juego manipulador de la ideología; de las tensiones del poder y del líquido conflicto que navega entre los sentimientos y las ideas.

Probablemente, si fuéramos capaces de ponernos en la piel del otro, siempre encontraríamos detrás una causa noble de justificación. Incluso una razón prosaica de lo que en cada momento entendemos como lógico y hasta correcto. Tan legítima como la nuestra. Pero inasumible desde la intransigencia de las trincheras.

En este espinoso marco, Federico García Lorca no puede ser más que un mito de la izquierda. Su nombre se ha erigido en símbolo de la represión franquista y su fusilamiento en un antídoto contra el olvido. Y es por ello que todos los meses de agosto, “Lorca somos todos”. Junto al monolito en el que ya sabemos que no está, reforzamos los trazos más adecuados y pertinentes de su retrato y obviamos otros. Innecesarios. Incómodos.

Sorprende que ninguno de sus biógrafos oficiales haya puesto en cuestión el exclusivo trasfondo político de su asesinato. Que, por ejemplo, se hayan pasado por alto las revelaciones que otro poeta, Gabriel Celaya, hace en sus memorias. ¿No era oportuno?

Estando en el exilio, en los años 60, el poeta vasco desveló una confidencia que le hizo el dramaturgo granadino que no debería pasar de anécdota, casi de travesura, si no estuviéramos hablando de Lorca: del mito del poeta universal, de la incomprensible tragedia de su asesinato y de la apropiación ideológica que se ha hecho de su vida, de su obra y de su muerte.

A raíz de una tensa reunión con el líder de la Falange en San Sebastián, Celaya escribe en Poesía y verdad que Federico le confesó que “todos los viernes” cenaba con Primo de Rivera. Cogían un taxi, bajaban las cortinillas -a ninguno de los dos le interesaba que les vieran- y hablaban… seguro que de literatura, de poesía, de la vida… seguro que no de la muerte, de la inminente guerra, de política…

Me cuenta un buen amigo, de una importante familia de esta ciudad cercana a quienes en la Granada cerrada del 36 movían los resortes del poder, que a Federico nunca se le perdonó su homosexualidad; tampoco su éxito. Puede que ni su alegría de vivir. Ni su “risa de arroz huracanado” que diría Neruda…

Me cuenta que su padre siempre cuestionó la causa-efecto del fusilamiento político; que las inquinas, los rencores y el provincianismo de aquellos años también contribuyó. Fue él quien me puso en la pista del libro de Celaya. No lo conocía. En la Facultad de Letras hay un solo ejemplar -no se puede consultar porque está “en encuadernación”- y no aparece citado en las decenas de publicaciones biográficas que se acumulan sobre el poeta.

Federico se lo contó a Celaya entre risas. José Antonio era “un buen chico”. Como lo era su “amigo” vasco José Manuel Aizpurua. No había nada detrás. Sencilla amistad. Inocencia. Bondad. Una “lección” de alguien que confiaba en que el “hombre es siempre humano”, de alguien que creía en la vida. Un pasaje “terrible” y “hermoso” a la vez por cuanto retrata al Federico que se situaba por encima de la ceguera del sectarismo y al lado de la verdad. En su vida y en su obra.

La mayoría de los ‘Millennials’

Magdalena Trillo | 10 de octubre de 2017 a las 9:13

Discrepo de quienes piensan que “no hay un espejo más deformador que el recuerdo”; sí que lo hay; es el espejo del aquí y del ahora. Ese que amoldamos a lo que necesitamos ver y creer; ese que nos permite huir de las contradicciones, de lo que nos incomoda, para situarnos en el confortable terreno de lo previsible y lo aceptable evitando el conflicto. Con los demás y con nosotros mismos.

Hace décadas que desde la Ciencia Política se diserta sobre la “espiral del silencio” advirtiéndonos de cómo transformamos y amoldamos nuestras ideas -y hasta el comportamiento- al clima de opinión dominante. Hoy podríamos ver la teoría de la politóloga alemana Noelle-Neumann en esa “mayoría silenciosa” que se ha convertido en pieza angular del procés catalán, esa que parece empezar a despertar tras el golpe de pragmatismo con que ha irrumpido el poder económico.

Hace tiempo que la corriente en Cataluña es férrea e incontestable: o estás con la causa o eres un “fascista”, un “traidor”. La respuesta era una: sumarte o callar. Y la consecuencia, previsible: por acción o por omisión, todo hemos contribuido a alimentar la espiral. Pero el aquí y el ahora siempre es movedizo y complicado.

Aunque la fuga de empresas y bancos tal vez pueda enfriar el desafío soberanista y obligar a Puigdemont a optar por una ruptura “en diferido”, será otra patada hacia adelante a un problema que ha crecido -también en silencio- con la complicidad de muchos y la irresponsabilidad de unos cuantos incendiarios.

Este fin de semana he cambiado las rutinas y he decidido situarme al otro lado para ver el conflicto desde los medios independentistas. Lo fácil sería ahora criticar sus informaciones sesgadas, su opinión tendenciosa y volver a mi burbuja. Lo honesto no puede ser más que reconocer que también allí hay gente sensata que defiende sus ideas desde la moderación e, incluso, se confiesa víctima de otra larga espiral del silencio: una corriente de control mayoritaria que los ha mantenido “callados” y a nosotros, ingenuamente a salvo del virus independentista.

El gran cambio, aquí también, viene de los millennials. Son ellos, los que no conocen el mundo sin redes sociales e internet, los idealistas, ambiciosos e impacientes, esa generación de jóvenes que lo quieren todo a la vez y ya, quienes mantienen el pulso en las calles y han conseguido darle la vuelta a la espiral. Con o sin Puigdemont, la indepe es de los millennials y no son una mayoría que se pueda silenciar.

Diálogos posibles

Magdalena Trillo | 8 de octubre de 2017 a las 10:09

La exposición de Pilar Albarracín que se muestra estos días en el Palacio de la Madraza podría verse como un gran bodegón de la política española. Cambian los códigos y la agudeza de quien compone pero se desliza la misma inquietud de los mensajes: la artista sevillana recurre al histrionismo y al humor para sumergirse en el imaginario del typical spanish justo cuando media España cuelga una bandera constitucional en el balcón queriendo contrarrestar las esteladas que ondean en tantas calles de Cataluña.

Toros, tacones y lunares. Los mismos ingredientes que utiliza la familia Martínez de Irujo en la campaña que acaba de poner en marcha, “Orgullosos de ser españoles”, para contagiarnos de su “plena identificación” con los valores de “nuestro gran país”. Los mismos símbolos que sintetizan esa España intransigente y de pandereta con la que quieren romper desde Barcelona. Hace sólo unos meses, las pulseras y las tazas reivindicativas del “orgullo español” me hubieran prevenido y alarmado; hoy las tolero y hasta las valoro por cuanto tienen de antídoto y de alerta.

chorizos

A Albarracín le preocupa abiertamente el machismo, la desigualdad o el sometimiento de la mujer pero no menos que la represión del pensamiento, la manipulación y la falta de comprensión en la sociedad actual; no menos que la “perversión”, el conflicto y el agravio del mundo en que vivimos y que tiende a camuflarse en paraísos aparentes de felicidad. Por eso sus luminosos bordados son trampantojos. Por eso se disputan el espacio unos tacones amenazando con “bailar sobre tu tumba”. Por eso es un afilado alfiler el que hacer emerger los lunares rojos de un inmaculado vestido blanco de volantes.

Sus ristras de chorizos de terciopelo brillan más que los que cuelgan en los desvanes de los pueblos andaluces aderezados con corneta pero cumplen una misma función: permitirnos refugiarnos en las metáforas. A veces punzantes y provocadoras; a veces sutiles e irónicas. Pero siempre precisas y desconcertantes; con más empatía y más carga emocional que cualquier titular de prensa.

Sus “diálogos imposibles”, con un insistente juego de cuchillos haciendo malabarismos en torno a una gota de sangre bordada a modo de flor, dicen más del tacticismo de la política de lo que nos permiten las palabras. Es lo bueno de la poesía visual, que no hay límites, líneas rojas ni fronteras; es lo bueno del arte, que cobra todo su sentido cuando “sale a convencer”, “dialoga con la sociedad” y “conecta con la gente”.

Son palacabezasbras de otro creador sevillano, el pintor Luis Gordillo, que también expone estos días en Granada. Casualidades -o no-. A sólo unos metros de Pilar, en el Museo Guerrero, pareciera que sus grandes Cabezas se ríen de nosotros. De nuestra insignificancia y nuestra torpeza; de nuestra cortedad de miras. Forman parte de su “confesión general”, más de 200 obras que recorren sesenta años de creación artística entre el centro de la Diputación y el Palacio de Carlos V de la Alhambra. Con 83 años, sigue explorando, incorporando nuevos lenguajes y reconociendo que ha tenido que “hacerse viejo” para comprender su profundo enamoramiento, su pasión, por la pintura.

 

Sin buscarlo, Albarracín y Gordillo dialogan en Granada. Con varias décadas de distancia, desde postulados artísticos y estéticos muy diferentes, nos interrogan, nos hacen fruncir el ceño y nos roban una media sonrisa. Nos sorprenden y nos espolean sin dogmatismos ni posiciones prefijadas. Sus creaciones discurren vivas y abiertas como si estuvieran pensadas para fluir en una conversación cotidiana. Y es que los dos beben de la cultura popular pero no la manipulan ni nos la sirven travestida.

A diferencia de la política, del no-arte de la política, su obra es honesta y sincera. Nace del convencimiento. No se trata de acertar ni de ganar pero tampoco de engañar. Eso sí, el arte siempre nos propone un juego: que dialoguemos. Aunque ello suponga sumergirnos en una burbuja con “extractos de fuego y de veneno”. Aunque nos obligue a compartir una “confesión general”.

Acción-reacción

Magdalena Trillo | 3 de octubre de 2017 a las 10:46

En la cuenta atrás del 1-O, uno de los documentos que más se ha compartido ha sido el parte oficial del Ministerio de Guerra del 7 de octubre de 1934: “En Cataluña, el presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá. Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país”.

Octubre de 2017. Falta conocer el día exacto, saber el tono y la envergadura de la proclamación, pero cuesta creer que el bloque independentista no haya previsto recurrir al simbolismo de las fechas en su calculada estrategia de ruptura. Cuando el protagonista de Así habló Zaratustra descubrió la visión circular del tiempo, se desmayó de la impresión. La teoría del “eterno retorno sin posibilidad alguna de variación” ha sido muy discutida, pero Nietzsche no hablaba sólo de la repetición de los acontecimientos; lo realmente inquietante era su advertencia de cómo las ideas y los sentimientos quedan atrapados en esa dinámica endiablada.

En la pesadilla popular de “la historia se repite”, filosofía y ciencia nos cuentan lo mismo. Me refiero a Newton: “A cada acción siempre se opone una reacción igual pero de sentido contrario”. Si miramos atrás, partiendo de las masivas Diadas que desde 1977 son una señal del problema catalán hasta este convulso 1 de octubre, no es difícil vernos rehenes de una “acción-reacción” infinita, incomprendida y creciente.

Y lo somos porque seguimos sin querer asumir que la España de las autonomías ha fracasado. El “café para todos” no ha traído la equidad -vivimos en un Estado asimétrico por mucho que invoquemos la igualdad en la Constitución- ni nos ha vacunado de los movimientos populistas y nacionalistas que amenazan toda Europa.

Lo más grave de todo es que, después de una década de crisis económica, también se ha quebrado el principio de solidaridad. Es lo que explica la equidistancia con que en Cataluña se vive el procés y lo que subyace en las movilizaciones de familias enteras que dicen sentirse “atacadas” por un “Estado violento”.

Pero las lamentables imágenes de las cargas policiales son la consecuencia de otro gran fracaso: de la política y colectivo. Desde los oportunistas que se ponen de perfil hasta los que se esconden en las leyes y los que arrastran al vacío a golpe de propaganda. Unos y otros acabamos alimentando el clima de victimismo y humillación que se ha convertido en gasolina de un independentismo cada vez más arraigado. Sin máscaras y sin complejos.

La República Independiente de su Casa

Magdalena Trillo | 1 de octubre de 2017 a las 11:18

Estoy tan cansada, tan saturada del procés catalán, como todos ustedes. Del Junts pel Si y del Junts pel No. De las maniobras tacticistas de los partidos y de sus verdades alternativas. No eludo ninguna responsabilidad ni quiero pecar de ingenua creyéndome en la pista de una tercera vía con salida: no la hay. No ahora y no con los interlocutores de serie b que se han apropiado de los relatos.

No si nos creemos que la “normalidad” es comprar urnas opacas a los chinos para que la gente vote, organizar maratones y fiestas de hermandad en los colegios para mantenerlos abiertos y acosar, aleccionar y hasta cobrar (10 euros) a los periodistas por informar. Parece un chiste. Una mala historia a la que poco contribuye el cachondeo que se ha montado con el barco de Piolín -no falta el Coyote ni el Pato Lucas- que ha atracado en Barcelona en la supuesta logística de refuerzo policial.

Mi verdad es muy simple: dudo. De ellos y de nosotros. Lo blanco y lo negro se desdibuja con la misma cadencia con que se prostituyen las palabras. En unos casos las descafeinamos y en otros las exaltamos sin darnos cuenta de que estamos llevando a nuestra mesa la intransigente ceguera nacionalista de esos grupos de radicales -de izquierdas y de derechas- que siempre son otros.

¿Democracia es votar? Sí y no. Importa el cómo y el para qué. Del 15-M aprendí (y creo que ellos también) que la toma de decisiones asamblearia es una espiral incontrolable que lleva a la inoperancia y al absurdo. Pero ¿no dejar votar es democrático? Aunque hablar de “fascismo” resulta tan excesivo como encontrar tuits de medios extranjeros reavivando el fantasma de una guerra civil, en algún momento alguien deberá explicar por qué, en estas cuatro décadas de sobrevalorada monarquía parlamentaria, Madrid ha preferido mirar para otro lado (el PP ahora y el PSOE por mucho que le pese a Felipe González) mientras en Cataluña desaprendían el español, se adoctrinaba en los colegios y se alimentaba el sentimiento independentista a golpe de tópicos y de interesadas humillaciones.

En el doublethink de Orwell caben todas las contradicciones: la “democracia” que para unos significa independencia y para otros “unidad” y el “diálogo” que para unos tiene que ver con la legitimidad de lograr lo que corresponde por “derecho” y para otros certifica, al margen de fórmulas jurídicas y administrativas, una España de “privilegios” con ciudadanos de primera y de segunda. Si como decía Aristóteles “todo lo que pensamos es la verdad”, es preciso que “todo sea al mismo tiempo verdadero y falso”.

Pocos conflictos como Cataluña evidencian con tanta nitidez la convicción del filósofo griego sobre la naturaleza del ser humano: la mayor parte de los hombres pensamos diferente y, por supuesto, creemos que son los otros quienes están en el error. Pero si la “misma cosa es y no es”, todos “diremos igualmente la verdad”. Aunque sea nuestra verdad.

Lo que los jóvenes de la CUP han conseguido en Cataluña es eliminar el centro, la moderación, dejar a los nacionalistas de la antigua Convergencia en una posición de irrelevancia, fracturar a los partidos constitucionalistas y hacer partícipes a todos a de la vieja teoría de Arzalluz del “árbol y las nueces”. Con o sin garantías, poco importa cuántos voten y qué voten, ha llegado el momento de la sacudida y todo vale lo mismo. Aunque sea para declarar la República Independiente de mi Casa.

Es lo bueno del doblepensar -que se puede ganar y perder a un mismo tiempo- y también lo malo: que no hay ganador posible, que no hay perdedor posible. Las propias palabras, las que elegimos para reafirmar lo que queremos y rechazar lo que nos incomoda, nos encierran en un conflicto sin salida.

Y el coste para escapar parece inasumible porque nos obligaría a salir de nuestra burbuja de confort. Sería como poner la cadena de radio que más te enerva, abrir el periódico que sólo “miente” y poner un ‘me gusta’ al outsider del Facebook. Pero para dar este salto al precipicio, primero habría que empezar a dudar… Y a nadie le gusta ser débil. Ni parecerlo. A nadie le gusta perder. ¿Sólo un millón de votos? ¡También vale!

La batalla de las universidades

Magdalena Trillo | 26 de septiembre de 2017 a las 10:00

El sistema de universidades públicas de Cataluña está “en peligro de extinción”. Es “urgente” aumentar la financiación, reforzar el profesorado e invertir en infraestructuras… El in crescendo del desafío independentista, con la preocupante escalada judicial y policial de los últimos días, ha dejado casi en una anécdota la alerta que el rector de la Universidad de Barcelona lanzó en la apertura del curso pidiendo “derechos, no privilegios”.

Hace años que la reforma del sistema universitario permanece en espera. Con una exigencia compartida para solucionar los problemas de infrafinanciación y contrarrestar la suicida tijera en que se ha traducido la crisis, pero también con la necesidad de mejorar en eficiencia y gobernanza, avanzar en rendimiento académico e investigación y hacer frente a la insistentes críticas de endogamia.

El ex ministro Wert lo intentó cuando levantó a medio país con la controvertida Lomce con menos éxito aún: el informe del comité de expertos, donde se planteaban iniciativas valientes como abrir una segunda vía de contratación estable para profesionales no funcionarios, quedó en el limbo.

Antes del “croissant” del referéndum, el liderazgo y la voz de alerta de las universidades catalanas hubiera servido de palanca para promover un revulsivo a nivel nacional; hoy, toda España mira de reojo a Cataluña temiendo el momento en que decidamos traducir el tsunami emocional a fríos números de calculadora. Porque son “derechos” y sabemos que serán (más) privilegios.

En el último ranking de Shanghái, Barcelona ha consolidado su liderazgo a nivel nacional. Pero por méritos propios y ajenos. Incluso de ese Madrid que tanto les “roba”: en el último lustro, por ejemplo, los centros de investigación de Cataluña han recibido 80 millones de Economía y Ciencia frente a los 3 que han llegado a Andalucía. En un contexto mucho más difícil, Granada ha escalado a la segunda posición adelantando por primera vez a las madrileñas y valencianas.

Talento y excelencia. No es un binomio fácil ni barato. Pero es la verdadera batalla de las universidades públicas. De las andaluzas y de las catalanas. Frente al agresivo empuje de las privadas y frente al competitivo paisaje de la globalización y la digitalización.

El pulso separatista, con el efecto sordina que ha impuesto para cualquier tema que se desmarque del 1-O, se está convirtiendo en un parásito de la vida pública. Pero importa cómo superemos la jornada del domingo tanto como valorar con qué coste. El directo y el colateral; el evidente y el silencioso.

Contra la Granada ceniza

Magdalena Trillo | 24 de septiembre de 2017 a las 10:30

El Metro ya atraviesa Granada de norte a sur… pero ha tardado diez años en ponerse en marcha; llega después de seis meses de anuncios frustrados, va demasiado lento, sólo beneficia a una pequeña parte de la población, ha costado más del doble de lo presupuestado, los transbordos no son gratis… Para colmo de males, no pasa por el centro, ni llega al Albaicín, ni sube a la Alhambra, ni nos lleva al aeropuerto… Será una infraestructura deficitaria que se acabará colando en nuestros bolsillos. ¡Si el propio consejero ha reconocido que “nunca será rentable”!

Esta sería la “Granada ceniza” sobre la que escribía un buen amigo hace unos meses a cuenta de la maldición de las infraestructuras, de los históricos agravios, de los proyectos enquistados y de crisis inesperadas como la sanitaria. A golpe de ironía y de sarcasmo, con ese tono noir que tanto le seduce, no perdonaba ni a los universitarios ni a los turistas como no salvaba al patrimonio y ni siquiera a las tapas…

¿Está en el ADN del granadino? Las redes del delirio pesimista, peligrosamente contagiosas, tienden a asentarse con la misma fortaleza con que alimentamos a diario esa Granada congelada en el tiempo que sólo nos sacudimos cuando nos dan (ocasionales) arrebatos de autoestima y no nos dejamos tentar por la malafollá; por la gasolina de la Granada ceniza que tan bien retrataba Jesús Lens.

El 21 de septiembre de 2017 quedará para la memoria, sí, pero no únicamente porque Granada haya conseguido romper la historia negra de la última década con el estreno del Metro. Sorprendentemente, los ‘peros’ han quedado diluidos por la ilusión y la expectación de poder celebrar algo; de ser noticia nacional sin necesidad de recurrir al capítulo de los sucesos, de la violencia machista y de los tribunales.

Los tranvías no son ninguna solución mágica para la compleja movilidad de la ciudad, menos aún si nos creemos (de verdad) que no hay futuro de espaldas al área metropolitana, pero pueden funcionar de palanca y revulsivo para fijar una hoja de ruta de actuaciones -las inversiones son imprescindibles pero más aún es el pragmatismo y la visión en la toma de decisiones- que nos vaya haciendo la vida un poco más fácil. Que nos despierte del estancamiento y nos haga mirar hacia adelante.

Podríamos soñar, incluso, pensando que la inauguración del Metro no es una anomalía sino un punto de inflexión; una sacudida para ese otro día histórico que también ha de llegar cuando se ponga fin al aislamiento ferroviario y los vagones del AVE lleguen a la Estación de Andaluces. Avanzan las obras, hay presupuesto, se mantiene la presión política, sigue intacto el pulso social… Con permiso de los conejos, que están demostrando tener tanta hambre de AVE como los granadinos, el Gobierno trabaja con el horizonte de terminar el proyecto en diciembre y lanzar la explotación comercial en primavera.

Que ya estemos discutiendo la segunda fase del soterramiento -analizando la viabilidad de los diferentes proyectos que se han puesto sobre la mesa, buscando financiación dentro de los programas europeo y fijando escenarios de ejecución- al menos debería sacarnos de la rutina informativa de los calendarios incumplidos y dejarnos levantar la mirada del retrovisor.

Puede que hasta Federico esté ya en su ciudad cuando paguen el billete los primeros viajeros del AVE. Debería ser un hecho en un plazo de tres meses, y no un deseo, si nos atenemos al decisivo avance que se ha producido esta semana aprobando la liquidación de la encomienda de gestión, dando por válida la justificación de los gastos de la Fundación Lorca y acordando volver a dar “voz” a la familia en el futuro ente que coordine la llegada del legado y la gestión del centro de La Romanilla.

¿Demasiado optimismo? Si las malas noticias atraen malas noticias -y a las hemerotecas me remito-, por qué no creer que las buenas noticias puedan (por una vez) llegar en cascada… Pero esto va contra la Granada ceniza. Y yo todavía no sé si nos persigue o la buscamos.

La abuela del 1-O

Magdalena Trillo | 19 de septiembre de 2017 a las 9:31

¿El pueblo frente a la Guardia Civil?

La imagen más icónica sobre el sinsentido de la deriva secesionista, una abuela con los brazos cruzados esperando paciente a que un guardia civil la deje pasar, puede engrosar ya el largo listado de fotos famosas que han sido manipuladas a lo largo de la historia.

El conocido retrato de Abraham Lincoln de 1860, irradiando carisma, firmeza y liderazgo, fue un preparado montaje con su cabeza y el cuerpo del político sureño John Calhoun; paradójicamente un partidario de la esclavitud. En la fotografía de Mussolini de 1942, con la espada en alto sobre un bravío caballo, el propio dictador italiano ordenó que borraran a la persona que sujetaba las riendas para dar más sensación de heroicidad. En 1971, cuando el canciller alemán Willy Brandt se reunió con Brézhnev corrían las cervezas y los cigarros; la prensa soviética eliminó todo indicio de distracción…

Lo que en la era analógica estaba reservado a grandes causas, restringido a quienes manejaban el poder, con el Photoshop y el mundo digital lo hemos democratizado. Y banalizado. Nadie se extraña ya de las continuas polémicas por los retoques de modelos, artistas y famosas y ni siquiera de algunos casos de rebelión -como hizo la actriz Inma Cuesta- cuando ni siquiera se reconocen.

Ha cambiado lo burdo o sofisticado del engaño y la rapidez de la alerta: antes podían sobrevivir décadas; hoy saltan las correcciones en segundos como balas iracundas.

Pero cuando la manipulación se esconde en el contexto, en lo subjetivo de la interpretación, es mucho más escurridiza. Pienso, por ejemplo, en el mítico beso del marinero a la enfermera que se convirtió en icono del fin de la II Guerra Mundial. Todavía hay disputas sobre la identidad de los protagonistas y hasta se le ha dado la vuelta a su simbolismo por cuanto podría implicar de acoso sexual.

La abuela del 1-O no es catalana ni fue testigo de cómo la Guardia Civil registraba el semanario El Vallenc buscando las papeletas del referéndum. No representa al oprimido pueblo catalán clamando por su libertad, su derecho a decidir, frente al autoritarismo de Madrid. La tomó en 2012 un periodista de Última hora en la controvertida toma de posesión de José Ramón Bauzá como presidente balear. Es una esquina de un pueblo de Mallorca. La señora fue a ver a una amiga. Se encontró el despliegue policial y decidió esperar, más de media hora, para no dar la vuelta.

Sus familiares se han quejado del uso político que se ha hecho de la imagen. ¿Importa? La abuela del 1-O forma parte ya del relato del independentismo. Nada tiene que ver la verdad; ni la responsabilidad; ni los derechos de otros; sólo lo que se quiere contar.

1-O: ¿Y si lo más rentable es dejarles votar?

Magdalena Trillo | 17 de septiembre de 2017 a las 10:02

El agujero de la capa de ozono se ha detenido y hasta presenta indicios de recuperación. En parte ha funcionado el Protocolo de Montreal que se firmó hace tres décadas -el 99% de las sustancias que destruyen el ozono ya no se emiten a la atmósfera- pero lo realmente paradójico es que también: aunque se ha producido un aumento de la temperatura en la superficie del planeta, también se está registrando un inesperado enfriamiento en la estratosfera con una intensificación de los flujos de las corrientes desde el ecuador hacia los polos. El resultado de las nuevas “dinámicas” es que se inyecta más oxígeno en las capas altas.

¿Y es bueno? Pues no queda nada claro. Los científicos advierten que “no podemos bajar la guardia” porque resultará casi imposible revertir todo lo que ya hemos destruido. Además, si el incremento de la radiación ultravioleta puede afectar gravemente a la salud humana (cáncer de piel, cataratas, debilitamiento del sistema inmunitario…), el “engrosamiento” de la capa de ozono en las latitudes medias y altas (con especial incidencia en los países nórdicos) también puede tener consecuencias negativas por el desplome de los rayos utravioleta.

¿Entonces? Todo dependerá de cómo evolucionen los procesos dinámicos en la atmósfera, el cambio climático y la emisión de los gases invernadero. Hay que estar alerta, investigar y redefinir los modelos; equivocarse y corregir.

En China, la antigua sede atómica 816 se ha convertido en una atracción turística. Los visitantes recorren 20 kilómetros de túneles y bajan 12 pisos para penetrar en las profundidades de las montañas de Fuling, a orillas del río Yangtze, y ser testigos de la recreación de la primera bomba atómica. Contaba el corresponsal de El Mundo esta semana que era una experiencia entre “mágica y santa”; luces de neón y música estremecedora para evocar una “indeleble” página de la historia. Del máximo secretismo ha pasado a ser un motivo de orgullo -y negocio- para el país.

Al igual que en el caso de la capa de ozono, podemos ver la base 816 como un referente para entender “cómo cambia la percepción histórica de lo que se considera una verdad absoluta”, como una muestra del “giro” que se produjo en China cuando firmó el tratado que prohíbe las explosiones nucleares e, incluso, como una lección de presente…

Al sur de la frontera de Corea del Norte, los vecinos de Choerwon viven la escalada de desafíos de Pyongyang como una rutina: “Para qué preocuparse; si lanzan un cohete, no habrá tiempo ni de pensar”.

Relata un enviado especial de La Vanguardia que en todo Seúl se asume el riesgo de un ataque “como quien puede sufrir un accidente”. Con 48.000 habitantes y 30.000 soldados en el paisaje de sus calles, los vecinos de Choerwon han sido capaces de neutralizar el miedo y hasta de convertir el “turismo bélico” en una fuente de ingresos: oleadas de turistas llegan en autocares y en tren desde Seúl al complejo militar de Panmunjon, recorren los túneles que los norcoreanos excavaron en los 70 para invadirles y vuelven por la tarde a casa con gorras y productos de marketing de su experiencia bélica.

En todo Corea del Sur, pensar en la reunificación parece ciencia ficción. Sobre todo para generaciones jóvenes que viven ajenas a la ira de Kim Jong Un. ¿Se puede hacer algo?: “Es imposible. Hay un problema de mentalidad insuperable. Llevan demasiados años de lavado de cerebro”.

Apliquemos esta última reflexión a Cataluña y probemos a mirar el procés al revés: ¿seguro que lo negativo, lo peligroso, es dejarlos votar? La baza de las palabras la enterramos con el recurso de su Estatuto, los interlocutores están quemados (a los dos lados del Ebro) y cualquier escenario de futuro pasaría por “más para Cataluña y menos para los demás”. Hablo de un referéndum con límites, exigencias y garantías; de la reforma de la Constitución.

En la tensa cuenta atrás del 1-O, es un camino inviable pero tal vez sea lo más rentable para el día después. Y bastaría con dejar a un lado la demagogia y el cinismo y contestar a preguntas como ésta: ¿estamos dispuestos, por ejemplo en Andalucía, a que se apruebe un cupo catalán?

Antes de hablar, rebobina

Magdalena Trillo | 12 de septiembre de 2017 a las 10:34

Su “burrada” en las redes sociales le ha costado el trabajo, está “hundida” y hasta dice sentir “miedo” cuando va por la calle. Todo, producto de un “calentón”: nada más terminar un debate televisivo, entró en Facebook, llamó “perra asquerosa” a Inés Arrimadas y le deseó que la “violaran en grupo”. En cuestión de horas pasó de linchadora a linchada. Ajusticiamiento social y despido ejemplarizante.

El mensaje que Rosa María Miras escribió contra la diputada de Ciudadanos fue una auténtica “salvajada” -así lo describe ella misma confesando que está “avergonzada“- pero el efecto boomerang de sus insultos no ha sido menos desmedido. Por encima de los excesos de unos y otros, tal vez estemos ante una señal de que lo que es (debería ser) la “inteligencia colectiva”.

El caso Arrimadas ha vuelto a poner el foco sobre el viejo debate de los límites de la libertad de expresión -en un espacio tan líquido como las redes sociales en el que se navega de forma inconsciente y se confunde lo público y lo privado-, sobre la asignatura pendiente de acotar jurídicamente el delito de incitación al odio en la red -por cuanto se amplifica el daño a la víctima- y, de forma colateral, sobre la frágil situación en que se encuentran los trabajadores frente a las empresas como consecuencia de nuestro peligroso exhibicionismo.

Por el ingenuo uso que hacemos de las redes sociales y por la sensación de protección e impunidad que implica el falso anonimato. Porque lo que hacemos, lo que decimos, aun en momentos extremos, tiene consecuencias. No sólo legales, sociales y, como acabamos de ver con la empleada de Badalona, laborales. También vende. Para quienes “azuzan la jauría” desde los medios y para los propios náufragos del escurridizo ciberespacio que consiguen mejorar su posicionamiento, ganar seguidores y ensanchar sus círculos de influencia.

El linchamiento público siempre fue popular y rentable. El de toda la vida y el que nos facilita el móvil. Tanto como la tentación de pontificar y de dar lecciones. Aunque para ninguno de los dos desenfrenos hay una receta mágica ni una única respuesta, no es en el derrotismo donde deberíamos situarnos. Unos estudiantes de Madrid han ganado un concurso europeo desarrollando un nuevo emoticono para combatir el acoso, el odio y la intolerancia en las redes: rewind, antes de hablar rebobina. Es una pequeña, tal vez insignificante aportación, pero Rosa María Miras, por ejemplo, hoy tendría trabajo…