No hay café para todos
Reconozcámoslo. No sólo los políticos son responsables de la ineficacia y del agujero financiero de las instituciones. El tópico del ‘vuelva usted mañana’ ya tiene una investigación científica que lo avala. El catedrático de la Autónoma de Barcelona Xavier Ballart ha llevado a cabo un estudio junto a Javier Villamayor, que prepara la tesis con la Nobel de Economía Elinor Ostrom, a partir de 400 entrevistas a altos funcionarios de la Administración central española. Las conclusiones son abrumadoras.
Los funcionarios creen en el servicio público pero carecen de iniciativa, son poco innovadores y nada amigos de los cambios. Casi el 60% descarta llevar adelante una propuesta –aunque crea que es relevante– si sabe que va a chocar con el político de turno. Y sólo un 18% es capaz de tomar decisiones y cuestionar a los jefes. Para quienes gobiernan, “una actitud refractaria a liderar el cambio” y un grave problema para la “modernización pública y la reforma”. Para los gobernados, un sufrimiento continuo con el que hay que enfrentarse a diario y un ‘bocado’ presupuestario en las arcas públicas que ‘cuesta’ a cada familia una media de 6.000 euros.
Lo peor del caso (recordaremos que siempre hay honrosas excepciones) es que los funcionarios son una especie en peligrosa extensión. Todos queremos ser funcionarios. También los periodistas. Basta echar un vistazo para comprobar que hay más compañeros ‘en el lado oscuro’ que en los medios de la ciudad. ¡Y quién no querría!, diríamos todos.
Publicábamos el sábado que dos de cada diez granadinos que tienen trabajo son funcionarios: más de 61.400 privilegiados entre los empleados del Estado, la Junta, la Diputación, la Universidad y los ayuntamientos. Si hay 308.400 personas con trabajo en Granada, el 20% son funcionarios, dos puntos por encima del pasado ejercicio. Probablemente, el único sector que es capaz de seguir creando empleo (con el dinero de todos, claro).
Empleo cualificado y bien remunerado. Bien es cierto que no tanto como los controladores, ni como sus colegas de Europa. La ‘guerra’ de Blanco en los aeropuertos se libra en Bruselas con los eurofuncionarios. Cobran entre 2.600 y 18.000 euros al mes según la tabla salarial y quieren más. Mucho más. La Comisión Europea ha presentado un recurso contra la subida ‘limitada’ del 1,85% que pactaron los Estados miembros (en pro de la austeridad) y exige un aumento del 3,7%…
Tal vez sean unos y otros quienes expliquen la necesidad de poner en marcha un ‘PIB de la felicidad’ como defendía hace unas semanas Nicolas Sarkozy: esa ‘contabilidad social’ que debe reflejar con más rigor el grado de satisfacción de los ciudadanos. La ‘cruzada’ del presidente francés partía de la idea (cierta) de que el crecimiento económico no siempre va ligado a la sensación de bienestar, aunque tal vez haya que tener la estabilidad y el sueldo de un funcionario para entenderlo.
O no. Porque el pesimismo (¿la tristeza?) también tiene sus ventajas. Julie Norem, profesora de psicología de la Universidad de Wellesley, lleva más de 20 años investigando las virtudes de ver el vaso medio vacío. Su libro El poder positivo del pensamiento negativo es la prueba de que ver las cosas negras no es tan malo: ni para nuestra calidad de vida ni para el bolsillo. En situaciones de estrés, el sistema inmunológico de los pesimistas puede ser más fuerte que el de los optimistas. Hasta la crisis, dicen, es consecuencia de un exceso de optimismo…
Pesimistas u optimistas, son muchos los que se unen al ‘síndrome del funcionario’: pasar desapercibidos y no mover los pies del tiesto. Hibernando. Como la marmota. Esperando, ilusos, que haya ‘café para todos’.




