La carrera del 21-N

Magdalena Trillo | 6 de noviembre de 2011 a las 9:26

Súmate al cambio. No conozco a nadie de los (muchísimos) que van a votar al PP el próximo 20 de noviembre que vaya a leerse las 214 páginas de su programa electoral ni se preocupe de destripar las 407 propuestas con que prometen sacarnos del paro, cumplir el déficit, bajar los impuestos y reactivar la economía metiendo la tijera “a todo” menos a las pensiones, la sanidad y la educación. Y de poco servirá cómo contraataquen quienes militan en el Pelea por lo que quieres, Rebélate o Reinicia y quieren convertirse en una solución renegando de su propia gestión o apropiándose de la indignación popular. Por encima de lemas y de operaciones de mercadotecnia, el sentimiento que hay en la sociedad española es uno: no gusta lo que hay y las expectativas de que pueda mejorar con quienes hoy (sí) nos representan van del pesimismo a la depresión. Hará falta mucho más que un cambio de gobierno para salir del túnel pero reconozcamos que el PP se ha ganado a pulso su oportunidad.

Llevamos meses viéndolo en las encuestas y en las calles. Siempre se ha dicho de los programas que están para no cumplirlos; el del PP es mucho más innovador: resulta tan ambiguo y tan de banda ancha que permitirá a Rajoy gobernar acatando las directrices europeas (pese a su efusiva proclama de “seremos el país que fuimos, respetado y no mandado”) sin salirse ni un milímetro de sus compromisos electorales. Tal vez no necesitaba tanta ingeniería de léxico para ganar; sí para hacer historia. Concediendo un mínimo de fiabilidad al último barómetro del CIS, las incógnitas del 20-N se sitúan en dos escenarios: si Rajoy podrá enterrar de una vez la sombra de Aznar logrando los mejores resultados del PP en toda su historia y si el hundimiento del PSOE se llevará a Rubalcaba por delante. Diecisiete puntos de diferencia (190-195 escaños para el PP, 121-116 para el PSOE) que difícilmente podrán hacer tambalear esos ocho millones de indecisos a los que se aferran los socialistas para “pelear” por la remontada.

El debate de mañana entre Rubalcaba y Rajoy no será sino morbo. Un duelo de corbatas y poses; un asunto de apariencias, sudores y luces. Estaremos atentos a las salidas de tono, las meteduras de pata y el ingenio de los oradores. Como en una pelea de gallos, nos divertiremos viendo quién acorrala a quién y, al día siguiente, amenizaremos los desayunos con las clásicas quinielas de vencedores y vencidos. Poco más. Cuesta creer que haya algún español que decida su voto mañana –y mucho menos que lo cambie–; resulta difícil pensar que haya un trasvase directo de votos por la campaña; y parece más que improbable que se repita la hazaña socialista de 1996 en la que González casi gana dándole la vuelta a las encuestas. Entonces no había cinco millones de parados, los bancos aún no se habían apropiado de nuestros sueños y el capitalismo más inmoral no había ganado la batalla a la democracia.

Para Andalucía, para Granada, la verdadera campaña se juega a partir del 21 de noviembre. El vuelco electoral para marzo lo vaticina ya el sondeo del CIS: Arenas conseguiría la mayoría absoluta que necesita para romper tres décadas de hegemonía socialista y, en Granada, las encuestas ratifican lo que el equipo de Sebastián Pérez baraja, apagando la euforia con cierta dosis de prudencia, desde hace semanas: 5 diputados y 2 para el PSOE. La misma intención de voto que refleja el barómetro que publicamos hoy todos los diarios de Grupo Joly: el ocaso del granero socialista. Debacle. Histórica. Sin matices.

Veo los mensajes de campaña en otras comunidades (Duran i Lleida llama a “bombardear democráticamente las urnas”) y me entristece pensar que aquí se vote mirando atrás y en otras regiones construyendo su futuro. El País Vasco busca más victorias en clave de libertad; los catalanes están llamados a las urnas “con el corazón y la cabeza” pero “pensando en la cartera” –el ansiado pacto fiscal– y en Andalucía, lo realmente histórico, es que no se haya producido un relevo en el poder en más de tres décadas de democracia. No son los ERE; es la salud del propio sistema. No son los programas, los candidatos ni la campaña: es el enfermo andaluz.


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