Un director impuesto, ¿lo menos malo?

Magdalena Trillo | 29 de abril de 2012 a las 17:17

Es la primera vez que el director del Festival de Música y Danza de Granada no es elegido por consenso. Corrijo: sin consenso, con bronca institucional, con indignación entre los profesionales y con perplejidad en la ciudad. Por la forma y por el fondo. Porque la elección ha sido una farsa. Un concurso teóricamente público, abierto y ajustado al código de buenas prácticas que ha terminado en sainete con preludio adivinatorio y epílogo de desprestigio incluidos. La crónica de un candidato anunciado. Sólo así se puede entender la ausencia de aspirantes de primer nivel para dirigir el Festival y la ‘desmotivación’ que ha habido entre los profesionales del sector para participar en una convocatoria absolutamente politizada donde el actor principal ha aprovechado más de una rueda de prensa para ‘venderse’ y sus valedores para hacer campaña. ¿Ninguno de los directores y gestores de los grandes festivales de teatro, música y danza de Europa estaba interesado en vincular su trayectoria a Granada? No. No si creen, saben, que el puesto tiene nombre y apellidos.

La versión oficiosa que empieza a circular ante los crecientes corrillos de “incredulidad” y “preocupación” por la decisión del Consejo Rector de elegir como director a Diego Martínez, tal y como había ‘pronosticado’ hace meses el Ayuntamiento, es que ha sido “lo menos malo”. Pero ni ha sido una ‘operación’ de un día ni era desconocido el interés, legítimo por otro lado, de situar al frente del festival más importante de Granada a una persona afín al gobierno municipal y al PP. Ayer mismo me recordaban que fue Juan García Montero quien ‘trajo’ a Martínez de Úbeda con la idea de que fuera el relevo de Carlos Magán en la OCG cuando estalló la crisis de gestión en la orquesta. Entonces, hace ya más de cuatro años, se optó por José Luis Jiménez –con enorme acierto, por cierto– y el aspirante a gerente terminó recalando en el Archivo Falla con una visibilidad y remuneración mucho menos golosa que la prevista.

El momento de mover ficha llegó el pasado mes de octubre cuando, tras doce años como director, Enrique Gámez anunciaba su marcha: no pasó ni una semana y Martínez, funcionario y profesor de música, era el candidato mejor posicionado. El del PP. Porque el proceso se ha dilatado lo suficiente para poder elegirlo de la manera más pragmática y operativa: sumando votos. Ayuntamiento (PP) y Diputación (PP) ya contaban desde el 20-N con el apoyo del Ministerio y sólo tenían que esperar al 25-M para incorporar a la Junta. Ni siquiera el revés electoral en el Gobierno andaluz ha alterado su hoja de ruta. Aunque la Junta aporta más de 700.000 euros y la Diputación, por ejemplo, 128.000, todas las instituciones tienen los mismos votos: dos. Una simple operación aritmética confirma el acuerdo no unánime de la elección.

El pasado martes –justo el día en que finalizaba el contrato del director saliente– se puso sobre la mesa la posibilidad de dejar desierto el concurso y seguir contando con Gámez –la edición de este año está completamente cerrada– a la espera de recomponer la situación. La propuesta fue rechazada de forma tajante por el Ayuntamiento y se acabó arriesgando por “lo menos malo”.

Imagino que ha de ser duro para el propio ‘ganador’ llegar a un festival sabiéndose candidato de un partido, objeto de conflicto institucional y tras un proceso que ha enmascarado un nombramiento a dedo. A mí me queda una duda, por qué nadie ha impugnado el concurso, y una desazón: entre la vorágine de la crisis y el bloqueo de las tres elecciones que hemos sufrido en menos de un año, tal vez nos hayamos confiado (todos) y seamos corresponsables por no exigir las ‘buenas prácticas’ prometidas, despolitizando la elección e imponiendo un mínimo de ética y rigor con un jurado de expertos.

La realidad es que la página de Gámez ya está cerrada y la de Diego Martínez abierta. Por la solidez y solvencia del equipo de profesionales que lo hacen posible, por la propia estabilidad e imagen del Festival y por Granada, ojalá sea un acierto su designación. Ojalá el fondo justifique la forma y ojalá dentro de unos años nadie tenga que mirar con nostalgia y lamentar que el Festival de Granada, con mayúsculas, se haya degradado en un festival “municipal” más. Uno de tantos. Los momentos excepcionales exigen decisiones excepcionales, pero el camino de la excepcionalidad a la mediocridad es cada vez más corto. A Diego Martínez, toda la suerte del mundo.

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