La penitencia del ladrillo

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2012 a las 11:01

La exposición al ladrillo de los bancos españoles, oculta hasta ahora con la responsabilidad directa de unos y la connivencia de muchos –incluidas las autoridades europeas que en 2008 aprobaron una normativa que les permitía mantener en sus activos inmobiliarios el valor de compra, no el real–, nos ha lanzado a la casilla de partida (la temida recesión) y ha terminado obligándonos a pedir un rescate (¿blando?) en el que ya no habrá ni líneas rojas que proteger ni paños calientes; sólo condiciones.

En el origen de todo, el ladrillo. El ladrillo como problema y como solución. La tentación del dinero fácil. El atajo a cualquier precio: la especulación, el pelotazo, el engaño, el fraude, la corrupción. Las consecuencias del modelo anacrónico, agresivo e irracional que ha dibujado durante más de dos décadas el espejismo de un desarrollo inagotable, que ha llevado a familias y empresas de la abundancia a la miseria y que, en apenas unos meses, ha expulsado a todo un país de la ilusión del progreso al fango de la ruina y la intervención.

Riqueza con pies de barro. La excusa es siempre la misma, el paro, y las preguntas se encadenan a la misma velocidad que crece la desesperación: cuántos empleos son necesarios para acabar con una playa virgen; cuántos justificarían que construyamos más moles de viviendas con el reclamo de un campo de golf; cuántos redimirían nuestra conciencia para permitir que un excéntrico millonario nos engatuse con el mayor casino de Europa.

No es demagogia. Los proyectos están sobre la mesa. De Tarifa a Tabernas. La propuesta del marido de Ana Rosa de construir 350 viviendas y 1.400 plazas de hotel junto a la playa salvaje de Valdevaqueros, entre el Parque del Estrecho y los Alcornocales, ya ha dividido al pueblo. La preocupación del alcalde es comprensible –el desempleo alcanza el 40%– pero su ‘solución’ no deja de redundar en un modelo fracasado: 600 empleos hoy y ¿otra ciudad fantasma mañana? El primer problema es que es sólo ladrillo. Se insiste en los ‘males’ del turismo de sol y playa que han esquilmado el Levante o la Costa del Sol y se hace con una estrategia completamente superada si el verdadero objetivo es sustituir mochilas y neveras por un turismo de calidad con alta capacidad de gasto, largas estancias y fidelidad con el destino.

El Ayuntamiento garantiza el bajo nivel de edificabilidad (no será ningún Marina d’Or) y niega impacto medioambiental, pero nada dice sobre el aprovechamiento de los recursos de la comarca, la exploración de segmentos turísticos emergentes o la búsqueda de nuevas experiencias para el visitante. A ello se suma la incógnita financiera. ¿Qué banco va a dar dinero, hoy, para una iniciativa de tales características? ¿Más viviendas que sumar al agujero inmobiliario? Soluciones cortoplacistas. Un parche coyuntural, y no una apuesta de desarrollo, donde todavía no se ha despejado el principal escollo: que sea legal.

En Granada, hace sólo una semana, la Junta rechazó los proyectos para construir dos nuevos campos de golf en la Costa y el Cinturón. La justificación, de nuevo, el paro; la letra pequeña, levantar otro millar más de viviendas. ¿De nada ha servido la lección que ha supuesto la ruina de Medina Elvira? Cojan el coche y compruébenlo; un símbolo del ‘ladrillazo’ y la especulación.

Al otro lado de Andalucía, Almería acaba de sumarse a la puja por el Eurovegas. Un grupo de empresarios ha ofrecido al magnate estadounidense Sheldon Adelson el desierto de Tabernas como alternativa a Madrid y Barcelona para instalar la sucursal europea de la multinacional del ocio. Por una vez, coincido con los obispos: nos dejamos cegar con los 26.000 millones de inversión y los 200.000 empleos prometidos con un proyecto que esconde la “podredumbre del juego, la prostitución y el blanqueo de dinero”. Y mucho ladrillo…

El ladrillo como verdugo y como víctima. Porque ni el ladrillo es el culpable de todo ni podemos volver a mitificarlo como ‘salvador’ ni es justo que lo criminalicemos eternamente. La construcción es un sector estratégico irrenunciable mientras no hagamos realidad (con inversiones, no con recortes) la teórica transformación del modelo productivo y seamos capaces de reconducir su peso en la economía. No podemos prohibir por sistema sacando las pancartas del “salvemos” ni demonizar cualquier iniciativa que ‘huela’ a ladrillo. Preservar no es abandonar; también implica ‘tocar’, intervenir, actuar. La cuestión, una vez más, es cómo. Con qué objetivos y con qué intereses.

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