Máscaras

Magdalena Trillo | 4 de octubre de 2015 a las 10:20

Me niego a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor pero reconozco que hay momentos en los que las comparaciones son suicidas… Francisco Ayala, como Alberti, Aleixandre, Cela o Chillida, aguantó sin pestañear la cámara implacable de Alberto Schommer. Hoy, aspirantes contumaces a la posteridad como Artur Mas no resistirían más que el filtro del Photoshop. Ni siquiera los bellos chicos de moda, los Rivera y Arrimadas que saborean su victoria en las catalanas con la misma escenografía de desafío y éxito que ilustra la futurista saga Divergente, soportarían la mirada desnuda y penetrante del Premio Nacional de Fotografía.

divergente

rivera

Hasta finales de mes, el Alcázar Genil acoge la exposición Máscaras, una selección de retratos del creador vasco que nos invita a mirar a través de la imagen, a bucear en la trayectoria artística, experimental y de renovación del reputado fotógrafo tanto como a desentrañar las historias de los personajes a los que atrapa en dos dimensiones. Hieráticos pero profundos, enigmáticos pero reveladores. Auténticos. Una serie de bustos modernos que se asemejan a cualquier efigie de la antigüedad en pose y poso.

ayala

schommer

Román Gubern lo describiría mejor que yo. Gilles Lipovetsky también. Y cualquiera de los dos podría integrar la serie de retratos del creador vasco recientemente fallecido sin miedo a defraudarnos. Porque podrían mirarnos, cara a cara, con mucho que contar; con poco que ocultar. Con reflexiones que soportan la inmediatez de los píxeles, las agujas del reloj y hasta las circunstancias. Del comunicador catalán acabo de rescatar un artículo de prensa que publicó con motivo de las municipales de mayo y parece que lo hubiera escrito ayer.
Se titula “El reñidero audiovisual” y analiza cómo Podemos y Ciudadanos concentran el interés de los medios “desde el colorismo gesticulante e hiperdinámico de Pablo Iglesias a la pulcritud y ambigüedad de Albert Rivera”. El líder de Podemos, con su aspecto de “apóstol social salido de una novela de Gorki, su configuración quijotesca, su barbita post-leninista, su camisa abierta (resurrección de los descamisados de Evita Perón), su gestualidad melodramática y su verbo inflamado… En contraste, un pulcro Alberto Rivera hijo de la burguesía catalana que busca “tranquilizar a la audiencia atribulada” encarnando el “sentido de la responsabilidad, la centralidad, el equilibrio y la objetividad”…

Aunque ya no recordemos el efectista gancho de su “desnudo primigenio” -se refiere Gubern al polémico cartel electoral de 2006 en el que aparecía desnudo tapándose modosamente los genitales con las manos cruzadas- en pro de esa imagen moderna de prudencia que atrae a votantes de izquierda y de derecha por igual, de líder aplicado y cumplidor que hace de “perfecta contrafigura escénica” a las estridencias de Pablo Iglesias y de Podemos.

Gubern se circunscribe a la “máscara visible”, pero también a lo que en cultura audiovisual se entiende por el “fuera de campo” para mostrarnos cómo los debates televisivos -el ring audiovisual- han metamorfoseado al pueblo en público y desatan adrenalina sin necesidad de recurrir ni al fútbol ni al porno. En la esfera pública, tal vez siempre fue así: ¿no se distrae también la política entre la realidad y la ficción? ¿No entra en juego a la hora de votar la razón tanto como la sinrazón? ¿Sentimientos y pasiones? ¿Filias y fobias?

Albert Rivera

Se preguntaba Gubern, y lo deberían hacer hoy desde el PP y desde el PSOE, si el pulcro look de Rivera, mesurado y alérgico a las subidas de tono, puede ofrecer al electorado (al de toda España en la cita del 20 de diciembre) la promesa centrista que en su día quiso encarnar Adolfo Suárez.

La apuesta es arriesgada pero no nos equivoquemos: por encima de las programas y las palabras, cada vez importa más la fotogenia, la retórica y la puesta en escena. El parecer más que el ser; la máscara por encima del original. En la realidad fría e ingrata de la calle y en la amable realidad fabricada de los platós, en los escenarios tradicionales de caza del voto y en el pujante reñidero (éste sí) de las redes sociales.

Cuando elaboran (y cocinan) las encuestas no tienen en cuenta todas estos sucedáneos, contextos y máscaras que, nos guste o no, nos acompañan inexorablemente en el camino a las urnas… Y así les va. O les iba. Porque los cambios son profundos y no son a futuro; están aquí. Les cuento. El experimento más inmediato se producirá en los próximos meses en la televisión norteamericana. En la nueva temporada de The Good Wife (si no la conocen les recomiendo la serie de la CBS que emite en España la Fox), Peter Florrick tendrá a Hillary Clinton como rival a la Casa Blanca y la primera cita en las primarias de 2016 se emitirá el 1 de febrero coincidiendo con la votación real.

Mucho más que inspiración. Mientras unos (los afectados del Ala Oeste) hablan ya de “conexión casi perversa entre la cultura popular y la política”, otros enfatizan el poder de las nuevas narrativas audiovisuales para, por ejemplo, convencer al electorado más joven que ya ni ve la televisión analógica y en cuya decisión de voto puede tener más impacto un líder de opinión de las redes sociales y un presentador de un late show que cualquier “solemne editorial”.

¿Y si la copia tiene más peso en la campaña que el candidato real? No es una hipótesis; es la preocupación que tienen ya los asesores políticos norteamericanos. ¿Y si son máscaras huecas las que mueven los hilos? Todos coincidiremos en que no es la fotogenia el fuerte de Rajoy. Pero ¿han pensado en el PP si para los años grises de crisis y recesión era justamente su imagen triste de “contable aplicado y cumplidor con gafas y barbita canosa” -como lo retrata Gubern- la que mejor funcionó?

Y lo más importante, si ahora la baza es la recuperación, ¿han calculado la fuga de votantes que se irá si se consolida Ciudadanos como ‘marca blanca’ con su pócima de éxito, regeneración y juventud? ¿Lo han previsto en el PSOE del esforzado mediático Pedro Sánchez?

the good
Las campañas no son lo que eran… la política no es lo que era… este mundo no es lo que era… Termino con la sobredosis de realidad que el filósofo francés Gilles Lipovetsky nos lanza en su último libro La estetización del mundo. Saqué esta semana la obra de la biblioteca y voy a tener que comprar un recambio si sigo a este ritmo de anotaciones. El sociólogo de la posmodernidad nos habla tan de cerca a la gente común que de cada reflexión suya podría escribirse un nuevo artículo, un nuevo libro.

Si recuerdan su Pantalla global, El imperio de lo efímero o La era del vacío, no se sorprenderán cuando lo vuelvan a ver diseccionar nuestros movimientos más rutinarios, nuestros pensamientos más cotidianos, y los hallen en la base de grandes principios filosóficos, de grandes verdades y grandes temores.

Les pongo como ejemplo tres ideas extraídas de una entrevista que El Mundo publicó en enero al salir su libro en España: “La gente común no halla ya la felicidad en el súper, por eso escribe o hace fotos”, “Hoy en día lo emocional ha penetrado en todos los ámbitos de nuestra vida, incluida la política, todos quiere hacernos reír o llorar; el capitalismo funciona como una ingeniería de sueños y emociones”, “No basta con consumir, hay que sentir”.

Pese al tono apocalíptico con que podríamos entonar cualquiera de sus sentencias, lo que más me gusta de Lipovetsky es su optimismo, el espacio que siempre encuentra para no dejarse derrotar, para abrir siempre una rendija que nos permita ser positivos. Lo digo pensando en la política: ¿Estamos viviendo un proceso de estetización de la política? ¿Y eso es bueno o es malo? ¿Supondrá más manipulación, más democracia?

Emociónese. No se limite a consumir; sienta. Por una vez, la respuesta no la tienen unos pocos; no la tienen los de siempre. La tenemos todos. Y sin máscaras.

  • Leo

    No es secreto que el mercado lo que quiere son zombies y para eso trabaja “para hacernos zombies”. Una sociedad de zombies es una sociedad esclava. Funciona la cacareada democracia en sociedades así…????