La terapia del carbón

Magdalena Trillo | 8 de enero de 2017 a las 9:30

Nunca he llegado a saber si fue una broma. Que los Reyes dejen carbón a una escolar que aún coquetea con la inocencia debería estar tipificado como causa segura de trastorno emocional. La bolsita de carbón dulce podría entenderse como una llamada de atención; un cargamento de carbón de verdad, del amargo y sucio que se arracima en los braseros de picón y te enciende las espinillas de cabrillas, sólo puede ser un motivo de máxima alerta ante los inevitables pasos que vamos dando hacia el precipicio vital que nos devora en cascada las corazas de protección.

Pero la complicidad y la desconfianza, la ilusión y el fracaso, no siempre juegan en campos contrarios. A veces se confunden; en ocasiones se invierten sin razón aparente; a menudo son interesadas percepciones que se construyen con los sentimientos y se desmontan con los argumentos. ¿Ser “bueno, malo o regular” no tiende a ser la misma cosa? ¿Se puede ser algo todo el tiempo? ¿En cualquier circunstancia? ¿Para todos los ojos?

La explicación se esconde en la amígdala. Eso leí al menos hace unos meses en un estudio de la University College de Londres que se publicó en la revista científica Nature Neuroscience. Evidentemente, el objeto de investigación no era descifrar por qué los Reyes Magos nos sorprenden -para el castigado, siempre sin motivo- con un saco de carbón. A partir de un ensayo clínico con 80 voluntarios, los expertos constataban cómo la amígdala es la zona del cerebro que reacciona ante los malos comportamientos y cómo, y aquí radica el hallazgo de mayor impacto, se va adaptando para no entrar en conflicto. Piensen en el mundo de los negocios y la empresa, en la educación o en la política, piensen en sus propias vidas: estamos programados para no tener remordimientos, para que no nos importe demasiado mentir si obtenemos un beneficio personal, para que las “ataduras morales” no nos causen un choque emocional.

El título del estudio era realmente provocador: “El cerebro de los corruptos se adapta para aceptar sus conductas”. Y sus principales conclusiones: cuando la mentira o el engaño se convierten en habitual, la reacción de la amígdala va disminuyendo; a medida que cultivamos las pequeñas transgresiones en busca de un beneficio, se va generando un cambio de plasticidad neuronal que transforma a esa persona en deshonesta.

Si no interpretamos mal, podríamos deducir que lo que nos revelan desde la ciencia médica es lo fácil -e imperceptible- que resulta saltarse las normas. Las de la convivencia, las morales, las legales. Desde lo más inocente de una imprecisión, una medio-verdad y una mentira a los comportamientos más humillantes, vergonzosos y hasta violentos. Son escalas. Intensidades de un mismo proceso.

Reconozco que para los tiempos en que nos movemos, de profunda incertidumbre y de crisis perpetua -y poco importa si despedimos el 16 o saludamos el 20-, el planteamiento de la amígdala conformista podría resultar apropiado y, por supuesto, juega en el terreno de lo efectista. La cuestión es, si por ello mismo, se queda limitado. Si no deja espacio para la reacción; para la indignación; para la rabia. La individual y la colectiva.

Porque ante una bolsa de carbón te puedes conformar y reír, puedes mirar para otro lado o te puedes revolver. Si pensamos en el 2016 que acabamos de dejar atrás, necesitaríamos una mina a pleno rendimiento para dar todas las llamadas de atención que nos hemos ganado a pulso. Lo admitamos o no. Lo queramos ver o no. Puede que la única certeza que volvamos a tener en este 2017 es que vivimos en un mundo terriblemente complejo; que somos impredeciblemente complejos. Aun estando ante los mismos retos y desafíos, con las mismas inseguridades y temores. Pero sabiendo que, detrás de la imagen cómoda y cinematográfica de la marmota, nada es exactamente igual. Ni siquiera la bolsa de carbón de un 6 de enero…

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