Y pese a todo… felices

Magdalena Trillo | 26 de marzo de 2017 a las 12:07

La puesta en marcha del Metro se vuelve a retrasar (ahora a mediados de mayo, mes y medio extra desde el último compromiso de la Junta), los transbordos no serán gratis salvo la más que improbable reacción del Gobierno financiando el servicio como ya hace en Madrid y Barcelona y el aislamiento ferroviario sigue bloqueando Granada (el 15 de abril podremos celebrar el segundo año de desconexión) ajeno a las mareas amarillas y a las simbólicas movilizaciones en Moreda: las obras en Loja van tremendamente ralentizadas y, si hay soterramiento (otra cuestión es cuándo), será tan low-cost como la solución tercermundista que se está ejecutando en el trazado del Poniente. Y como esa descafeinada estación de viajeros que en su día iba a ser emblemática, iba a llevar el nombre de Moneo y, dialogando con la Alhambra y la Sierra, iba a sumarse a los reclamos turísticos de la ciudad.

La no-sorpresa de la semana ha sido que el Metro (tampoco) estará en funcionamiento para Semana Santa. ¿Con suerte para el Corpus? Los granadinos lo esperaban (ver para creer) y la oposición lo había convertido en una insistente profecía. El consejero ha puesto sobre la mesa las “disfuncionalidades” de las que todos hemos sido testigos en las últimas semanas con las pruebas en blanco (choque incluido) pero lo que subyace bajo su irreprochable propósito de “garantizar la seguridad y la calidad del servicio” es un interrogante de más difícil respuesta: si el nuevo transporte será realmente competitivo. En precio y en tiempo. Si merecerá la pena cogerlo para renunciar al vehículo privado, si será viable para que conviva con los autobuses de la Rober y la LAC (hasta si es un éxito tendrá efectos colaterales sobre las cuentas de la capital) y si moverá a suficientes viajeros desde Albolote hasta Armilla para hacerlo mínimamente rentable.

Hace tiempo (demasiado) que la fatalidad de Granada con las infraestructuras se coló en nuestro ADN. Al mismo nivel (casi) que la malafollá y sin mayores consecuencias que unas oportunas lamentaciones de bar y unas divertidísimas ocurrencias virales en redes sociales: no se pierdan la satírica ‘visión cinematográfica’ del doblador granadino Alfredo Díaz sobre la convivencia con el Metropolitano; medio minuto más elocuente que cualquier posicionamiento editorial.

El humor siempre nos ofrece una salida. Bueno, no siempre. Lo lamentable es que cada vez tengamos más excepciones para refugiarnos en el reconfortante terreno de la irreverencia, el sarcasmo y la provocación. Lo acabamos de ver con la crispación del conflicto sanitario cuando sólo un salto de vértigo al pasado, al mapa hospitalario de 2012, ha calmado la crisis encauzando la desfusión -ojo, que ni será inmediata, ni fácil, ni barata ni lo ‘mejor’ para todos-, pero nos lo advierten también con insistencia las fuerzas de seguridad con la aplicación de la Ley Mordaza y nos lo recuerdan los jueces con procesos y sentencias absolutamente desproporcionadas.

Cuando el humor no funciona, tal vez el mejor recambio sea la prudencia, la paciencia y, sí, también la proporción. Nos hará falta cuando el Ayuntamiento termine de reconocer lo inevitable: una quiebra técnica que terminará abocando a una dura subida de impuestos con tanto coste político para el equipo de gobierno socialista como económico para los bolsillos de los granadinos…

Pero ese marrón aún no toca… Y es que no todo se desliza del gris al negro en Granada. Este fin de semana, la Noche en Blanco ha vuelto a dejar en evidencia que la ‘vida sigue’ a pesar de la política, la economía y hasta la fatalidad. Granada da la bienvenida a la primavera -hasta el buen tiempo es secundario- y se prepara para el aluvión de turistas de Semana Santa con bares y comercios hasta la bandera. La ciudad palpita. Les confieso que el martes, cuando Primark desembarcó en Granada, me emocioné. Decenas de jóvenes vitoreaban al gigante irlandés ¡locos por trabajar! No llevaban pancartas de protesta ni camisetas reivindicativas; zarandeaban globos azules… ¿De verdad que los sesudos investigadores siguen proclamando que los mayores índices de felicidad se registran en Dinamarca o Noruega? ¿Saben acaso dónde se esconde la felicidad?

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